«Cuando empecé a escribir estas páginas, yo creía que iban a tratar de los hijos, de los que tenemos y de los que desearíamos tener, de las formas en que dependemos del hecho de que nuestros hijos dependan de nosotros, de las formas en que los animamos a que sigan siendo niños, de las formas en que ellos siempre nos resultan más desconocidos para nosotros que para sus conocidos más casuales.»
En varios de los comentarios que me dejaron en la reseña que hace nada hiciera de El año del pensamiento mágico amablemente algunos visitantes a mi blog me recomendaban vivamente la lectura de este otro libro de la Didion. Dado que la lectura del ensayo que la autora norteamericana escribiera a raíz de la muerte de su marido John Gregory Dunne fue para mí una experiencia literaria gozosa, decidí seguir los consejos de mis lectores y sin demora me hice con las Noches azules, el libro en el que Joan Didion rememoró la vida de su hija Quintana fallecida unos años antes.
El título
El libro que distribuye su contenido en 35 capítulos o apartados dedica el primero de ellos a justificar el título, a explicar qué son, y por qué ella lo titula así, las "noches azules". En mi opinión ya el mero sintagma destila belleza. Pero, ¿qué son las noches azules? Resulta que en ciertas latitudes y en ciertos momentos del año, concretamente al aproximarse el verano, es cuando los crepúsculos se vuelven largos y azules. «Las noches azules son lo contrario de la muerte de la luz, pero al mismo tiempo son su premonición».
«Este libro se titula "Noches azules" porque en la época en que lo empecé a escribir sorprendí a mi mente volviéndose cada vez más hacia la enfermedad, hacia la muerte de las promesas, el acortamiento de los días, lo inevitable del apagamiento, la muerte de la luz.»
Como se ve, pues, ya desde el inicio, la obra que tenemos en nuestras manos avisa de lo que va a hablar: de final, de acabamiento, de la inevitabilidad de la muerte; pero también de esperanza, de negación de lo evidente, de promesa de sanar. En esta dicotomía, absurda e infranqueable, nos debatimos todos cuando la noche definitiva se acerca, se intuye, o siquiera se percibe en su lejanía. Las noches azules son luz que declina, oscuridad que se quiere retardar, esperanza de lo imposible, fe irracional en las posibilidades humanas.
Mi impresión
En el apunte realizado a vuela pluma en Facebook nada más finalizar la lectura de la obra, como tenía en mi cabeza tan vívida la favorable impresión que me había producido El año del pensamiento mágico, escribí textualmente lo siguiente: «Si comparo ambas obras, a pesar de la semejanza en el asunto, gana por goleada en mi consideración "El año del pensamiento mágico". No sé si haré comentario más extenso que éste, pero si lo hago ahí explicaré los motivos de mi favoritismo.». A ver si logro hacerlo.
Lo primero es que el asunto y tono de la obra que dedica a su hija Quintana ya no sorprende dado que cinco años antes de que las Noches azules apareciesen, es decir, en 2005 Joan Didion sorprendió a la lomunidad literaria universal con El año del pensamiento mágico del que hace apenas diez días di mi opinión aquí, en este mismo blog. Ambos libros parten de un hecho luctuoso, una muerte. El año..., de la del marido y la necesidad de la viuda de retornar a la senda de la vida, de proseguir en el camino; la segunda, de la de la hija, si bien es mucho más el lapso de tiempo que Didion dejó pasar entre el fallecimiento y la escritura. Si en el que dedicó a John Dunne sólo habían pasado unos meses (diez cuando comenzó a escribirlo, doce cuando lo finalizó), en el dedicado a rememorar a Quintana Roo son seis los años transcurridos desde la desaparición de ésta en agosto de 2005. Por otra parte, en El año... tocaba vivamente la enfermedad, entonces activa, de la hija al tiempo que intentaba superar el dolor y la pena por la muerte de su marido; en Noches azules ya no hay tanto dolor por la pérdida concreta sino más bien por lo que simboliza de pérdida universal.
Los dos libros pertenecen al género de la no-ficción. Si el primero lo hizo motu propio casi como terapia para poder salir del abatimiento personal en que la había confinado la pena y el dolor causados por la inesperada muerte del marido, las Noches azules fueron más una apuesta, un reto al que la sometió su editor y que ella rehuyó largo tiempo. Pero en un momento, cuando ya no se esperaba, se presentó con el manuscrito ante él y se lo entregó. Así al menos es como ella misma lo cuenta en la película documental que sobre su figura dirigió su sobrino Griffin Dunne en 2017. Este documental es muy interesante pues en él es la misma escritora quien responde a las preguntas del sobrino. Los dos libros de no ficción que aquí comentamos son el vórtice sobre el que gira el film. En el mismo se ve a una Joan Didion algo ajada por la esclerosis múltiple que desde 1970 arrastraba, pero sobre todo por la enfermedad de Parkinson que al fin y a la postre será la que causará su muerte en noviembre del pasado año 2021. Este interesante documental se puede ver actualmente en la plataforma Netflix y no sé si también en otras.
Muchos aspectos de la enfermedad de Quintana, como he dicho, ya los trató la escritora en El año del pensamiento mágico. En él nos cuenta sus airadas reacciones ante las explicaciones que los médicos le daban sobre el desarrollo de la enfermedad de Quintana, enfermedad que la había llevado a la UCI de varios hospitales. En el fondo la escritora contraponía la muerte sorpresiva de John que ella no pudo predecir y por lo tanto evitar con la enfermedad de Quintana en la que ella quería involucrarse activamente a fin de evitar la fatalidad. No pudo ser y quizás por ello dejó pasar Joan Didion varios años hasta que decidió volver a Quintana, a hablar de ella, a rememorarla, a reivindicarla, a festejarla.
El libro sobre su hija no es un libro centrado en su muerte, en la pena y dolor que esto le causó. No, no sólo es esto; el libro, como acabo de decir, es un recordatorio de lo hermoso que fue pasar esos 39 años junto a Quintana, los momentos de felicidad que desde su adopción la niña y luego la mujer proporcionó a ambos, a John y a ella, Joan. Naturalmente este viaje por los años de convivencia vividos juntos lleva inevitablemente a Didion a consideraciones genéricas sobre el envejecimiento, las enfermedades y la muerte
«Pero a medida que las páginas avanzaban se me ocurrió que su tema real no era para nada los hijos, o por lo menos no los hijos en sí, por lo menos no los hijos en tanto que hijos: su tema real era esta negativa a abordar dicha consideración, la negativa a afrontar las certidumbres del envejecimiento, la enfermedad y la muerte.»
Esa adversativa con la que se abre la cita anterior enlaza con otra proposición -precisamente la que encabeza esta reseña- en la que expone su intención inicial. Está claro que, como tantas veces dicen muchos escritores, los libros tienen vida propia y es durante el mismo proceso de escritura que van diseñando su propio camino.
Noches azules es, en mi opinión, una obra menos profunda que El año... Esto no debe de entenderse necesariamente como peor. No, para nada. Simplemente es un libro distinto, diferente. Si algo me atrae de Joan Didion y en mi consideración la convierte en escritora imprescindible es su saber abordar asuntos diversos y cuando, como en este caso, son similares hacerlo con perspectivas diferentes. A eso llamo yo tener cintura, ser una cualificada artista, una escritora merecedora de todos los reconocimientos.
El libro me ha parecido menos oscuro que el dedicado al marido. Quiero decir que no se ceba, si bien tampoco los elude, en los aspectos terribles de la enfermedad y fallecimiento de Quintana, sino que dedica buen número de páginas a la rememoración más o menos gozosa de su vida. Así ocupa un lugar destacado en la novela la adopción de la niña, sin duda alguna un episodio de vital importancia para el matrimonio. También son importantes las relaciones de la familia Dunne Didion con actores, directores, guionistas, productores y demás componentes del mundo cinematográfico en el que ellos dos participaron como guionistas de no pocos filmes. Nombres como Martin Scorsesse, Warren Betty, Steven Spielberg... aparecen en su vida cotidiana, en fiestas celebradas en su casa californiana, en viajes promocionales de películas por todo el país y también por Europa, etc.
Al ser ambos cónyuges periodistas, los asuntos de actualidad más importantes entraban a formar parte de la cotidianidad familiar. El mundo hippy, la música y los músicos, las drogas, el alcohol... Todo esto aparece en Noches azules a veces con pesar por parte de la madre escritora al culpabilizarse en cierta manera de la caída en las drogas y el alcohol de Quintana («Visto desde la distancia, todos bebíamos más de la cuenta, pero en 1966 esto no se nos ocurría a ninguno. Solo cuando leí mis primeras novelas, en las que siempre había alguien abajo preparando una copa y cantando «Big Noise blew in from Winnetka», me di cuenta»). Analizando el decurso de la vida de su hija, la madre contrapone el miedo y la enorme preocupación que tuvo por ella desde el mismo momento que la tomó en sus brazos con la 'sana' despreocupación de sus propios padres. Este hecho paradójicamente, reflexiona la autora, introduce miedos y/o irresponsabilidad en los hijos. El miedo paterno los niños lo ven y lo absorben como propio, y cuando no sucede así, la irresponsabilidad más absoluta los envuelve sabedores de la superprotección paterna en la que viven. Por otra parte, Quintana siempre tuvo un miedo propio, distinto al de otros niños: el miedo al abandono que es frecuente en aquellos que saben que son niños adoptados.
«Tengo entendido que todos los hijos adoptados temen que sus padres adoptivos los vayan a abandonar igual que los abandonaron sus padres naturales. Por culpa de las circunstancias extraordinarias en que fueron introducidos en la estructura familiar, están programados para ver el abandono como su rol, su destino, el futuro que les aguarda a menos que ellos lo puedan dejar atrás.»
Todas estas reflexiones sobre su hija desaparecida y sobre la existencia en general se le suscitan a Joan Didion en Noches azules revisando pertenencias de Quintana, en especial fotografías de la niña sola o en compañía de amigas o de ellos mismos, sus padres Joan y John. Al observarlas desde el presente es consciente la autora de la fugacidad de la vida, del paso del tiempo. En definitiva, del envejecimiento que se ha adueñado de ella sin haber sido consciente del mismo a pesar de que «El envejecimiento y sus evidencias constituyen los acontecimientos más previsibles de la vida, y sin embargo siguen siendo asuntos que preferimos dejar sin mencionar, sin explorar». Joan Didion se da cuenta de que ha perdido «empuje» que es lo que mantiene a uno vivo; ella es consciente de su deterioro físico y cognitivo; además la ausencia de Quintana («Ayer mismo Quintana estaba viva») le hace recalar en otras ausencias presentes en su propia persona
«Fue ayer mismo cuando todavía sabía hacer cuentas, me acordaba de los números de teléfono, alquilaba un coche en el aeropuerto y lo sacaba del aparcamiento sin quedarme paralizada en el momento crucial, con los pies ya en los pedales pero inmovilizada por la pregunta de cuál era el acelerador y cuál el freno.»
Por último y a modo de colofón de esta especie de análisis comparado realizado entre estos dos libros de No-ficción tan íntimos y personales, sólo añadiré que he detectado más presencia de la música y de referencias literarias en Noches azules que en El año del pensamiento mágico. Quizás, ya lo he señalado antes, la razón se deba a que El año... nace estando ella muy tocada por el duelo, el dolor y la pena de la muerte de John Dunne; algo que en Noches azules, al existir mayor distanciamiento y asimilación de lo inevitable dada la duración de la enfermedad durante meses, no se da. Esto hace que se pueda explayar en detalles aparentemente más nimios e insignificantes como aquellos temas musicales que escuchaba Quintana y que le sirven a ella para evocarla. Esencialmente son cuatro:
En una familia de escritores es normal que cuando uno de ellos crea una obra la literatura de otros ocupe lugar preferente. Así ocurría en vida de ellos y así Quintana fue despedida por su madre y por su marido Gerry, con la lectura de poemas de autores que a ella en vida le gustaban
«Gerry leyó un poema de Galway Kinnell que a ella le gustaba, Patti Smith le cantó una nana que había escrito para su propio hijo. Yo leí los poemas de Wallace Stevens y de T.S. Eñiot "Dominio del negro" y "New Hampsfire", con los cuales la solía poner a dormir cuando era un bebé.»
Hay alusiones a autores como Pablo Neruda, Karl Shapiro y otros que gustaban a la hija fallecida. Pero de cara a la personalidad de Quintana la principal referencia es a un verso del poema Endimion de Keats que dice «Adentrarse en la nada». Para la madre ese verso y la importancia que en su diario le daba Quintana tenía un gran significado.
Frases relevantes en el texto
Además de las citas que incluyo en la reseña me parecen relevantes frases como las siguientes:
«El padre de la novia muerto mientras cenaba. La novia en un coma inducido, viva únicamente gracias a la respiración asistida y con los médicos de la unidad de cuidados intensivos convencidos de que no sobreviviría a la noche. La primera de una cascada de crisis médicas que terminaría con su muerte veinte meses más tarde.»
«Seguíamos pensando que la felicidad y la salud y el amor y la suerte y los hijos hermosos son "bendiciones comunes y corrientes".»
«Un día estamos mirando la fotografía de Magnum en que aparece Sophia Loren en el desfile de Christian Dior en París en 1968 y pensando que sí, que podría ser yo, yo podría llevar ese vestido, yo estaba en París aquel año; y un instante minúsculo más tarde estamos en la consulta de algún médico que nos está contando lo que ya ha fallado y por qué nunca volveremos a llevar las sandalias de ante rojo con tacones de diez centímetros»
«Esto es un intento por encontrar sentido al tiempo que siguió, a las semanas y meses que desbarataron cualquier idea previa que yo tuviera sobre la muerte, la enfermedad, la probabilidad y la suerte, la buena o la mala fortuna, sobre el matrimonio y los hijos y el recuerdo; sobre el dolor y los modos en que la gente se plantea o no el hecho de que la vida acaba; sobre la precariedad de la cordura y sobre la vida misma.»
Es el tercer libro que leo de la escritora estadounidense Joan Didion (Sacramento, 5 de diciembre de 1934-Manhattan, 23 de diciembre de 2021). Los dos anteriores fueron dos novelas suyas: Río revuelto, que leí en 2020 durante el encierro pandémico, y Según venga el juego, que leí durante las navidades del año pasado a raíz de la muerte de la autora. Las dos novelas me gustaron y no sé por qué -me lo sigo preguntando ahora mismo- no las reseñé en el blog. Quizás el cúmulo de lecturas realizadas durante la pandemia y durante las fechas navideñas hiciera que se quedarán allá, relegados en el pozo de los libros buenos pero complicados y exigentes a la hora de escribir una reseña satisfactoria. Bueno, sea lo que fuere y como reza el dicho popular «a la tercera va la vencida».
Con la reseña de El año del pensamiento mágico quiero rendir un sentido homenaje a esta excelente periodista, autora de guiones cinematográficos en solitario o en tándem con su marido, el también periodista y novelista John Gregory Dunne, y potentísima escritora de obras de ficción y de no ficción fallecida el 23 de diciembre de 2021 por problemas derivados de la enfermedad de Parkinson que padecía desde hacía unos años.
El año del pensamiento mágico
Poco antes de la Navidad de 2003, concretamente el 25 de noviembre de 2003, Quintana, hija adoptiva de Joan Didion y de su marido, repentinamente cae enferma; lo que al principio se creyó era una simple gripe evolucionó rápidamente a neumonía finalizando en un choque séptico. Al borde de la muerte, la chica de poco más de treinta años será mantenida en coma inducido y con respiración asistida durante varias semanas. Joan Didion y John Gregory Dunne, sus padres, van a visitarla al hospital de manera habitual; la víspera de Nochebuena, de vuelta a la casa tras haberla visitado y poco antes de la cena, John Dunne sufre un infarto cerebral y muere. En un instante la vida cambió:
«Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba».
Joan Didion, a los ocho meses de la muerte de su marido con quien había vivido durante cuarenta años, decide escribir este libro para -así lo manifiesta en la cita que encabeza esta reseña-intentar poner orden en su cabeza tras lo que vivió y encauzar en algún sentido el dolor y el duelo que siguieron
«Hasta entonces sólo había podido experimentar dolor, no duelo. El dolor era pasivo. El dolor ocurría. El duelo, el acto de manejar ese dolor, requería atención.»
Leyendo el ensayo que es El año del pensamiento mágico conocemos cómo la viuda que es ella se enfrentó al inopinado acontecimiento de la muerte del esposo: primero tuvo sentimiento de culpa por no haber advertido ciertas señales o mensajes («Dijo estas cosas en el taxi que nos llevaba del Berth Israel North a nuestro apartamento tres horas antes de morir o veintisiete horas antes de morir: intento recordarlo y no puedo») luego, como hiciera durante la larga enfermedad de su hija Quintana, acudió a los libros en busca de soluciones pues siempre lo había hecho así («En épocas difíciles, me habían enseñado desde niña, lee, aprende, prepárate, recurre a la literatura.»). Si en referencia a Quintana, Didion se empapó de literatura médica hasta el punto de ser reconvenida en más de una ocasión por los facultativos que trataban a su hija. ahora serán los libros que tocaban el asunto de la pena, del dolor y del duelo los que estarán en su mesilla y a los que se asirá por ver de entender y manejar en lo posible su situación anímica.
De las lecturas que realiza sobre el tema es «el diario que C. S.Lewis escribió tras la muerte de su esposa, A Grief Observed» donde más analogías o similitudes con su estado encontró. Este ensayo escrito por el autor de Las Crónicas de Narnia es impresionante y desde aquí lo recomiendo a quien quiera acercarse a una experiencia fidedigna de la vivencia del dolor y del duelo provocados por la pérdida de un ser amado. En España la obra está publicada por Anagrama con el título de Una pena en observación. Para aquellos que sean algo remisos a lecturas de este tipo pueden ver la versión fílmica, ¡magnífica también!, que con el título de Tierras de penumbra dirigió en 1993 Richard Attenborough y que está protagonizada por Anthony Hopkins y Debra Winger.
La muerte de su pareja fue tan repentina que, durante los ocho meses siguientes, no pocas veces en sus reflexiones y pensamientos aparecía la idea de qué era la muerte para los occidentales de hoy, o sea, para ella misma. La conclusión a la que llega con aporte bibliográfico suficiente es la de que desde hace ya casi un siglo o incluso más vivimos de espaldas a la misma. Me llamó mucho la atención leyendo este magnífico ensayo la siguiente cavilación que no puedo por menos que corroborar:
«alrededor de 1930, en la mayoría de países occidentales y sobre todo en Estados Unidos, se inicia una revolución de las actitudes aceptadas frente a la muerte. "La muerte —escribió— tan omnipresente en el pasado que resultaba familiar, se borraría, desaparecería. Se convertiría en algo vergonzoso o prohibido."» (el entrecomillado lo toma de un libro que Philippe Aries había escrito en 1973 titulado Historia de la muerte en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días)
Pero sin lugar a dudas a mí lo que más me ha gustado de este libro es comprobar una vez más lo bien que escribe esta mujer que sin duda alguna habría merecido recibir en vida más premios que los que se le dieron. Quizás, el primero de todos fuera precisamente el que en 2005 recibió por El año del pensamiento mágico, distinguido con el Premio Nacional de Estados Unidos a la Mejor Obra de No-ficción de ese año (The National Book Award).
Dentro de las múltiples reflexiones que la escritora realiza en la obra y que la llevan a recordar momentos de su vida junto a John Dunne hay una frase que veinticinco noches ante de morir le dijo él a propósito de su manera de escribir, precisamente la manera que en esta obra ella utiliza, con acierto y frecuencia, pese a su dificultad. La situación es la siguiente: está John Gregory Dunne releyendo una secuencia de la novela de A Book of Common Prayer de Joan Didion
«La secuencia es complicada (en realidad, esa era la que John había querido releer para ver cómo funcionaba técnicamente) y está interrumpida por otra acción que obliga al lector a retomar el contexto al que Leonard Douglas y Grace Strasser-Mendana se refieren. —Maldita sea —me dijo John cuando cerró el libro—. No se te ocurra volver a decirme que no sabes escribir. Ese es mi regalo de cumpleaños.»
Ejemplo clarividente de su excelencia literaria, precisamente la que le elogia su marido John Dunne en la cita anterior, creo que se patentiza en lo que sigue: El 30 de agosto de 2004, por vez primera en ocho meses, Joan Didion aceptará cubrir para su periódico la convención demócrata igual que hiciera en el pasado. Según accede a la Torre C del Madison Square Garden donde se desarrolla el evento una serie de pensamientos, de recuerdos del pasado, la asaltan sacándola mentalmente del momento presente
«Mientras subía la escalera mecánica de la torre C, reflexionaba en todo aquello y de repente se me ocurrió: llevaba uno o dos minutos en aquella escalera pensando en la noche de noviembre de 2003 antes de volar a París, en las calurosas noches de julio de 1992 en las que cenábamos en Coco Pazzo y en aquella tarde que habíamos dado vueltas por la Calle 125 esperando el acto de Louis Farrakhan que finalmente no se celebró.»
En definitiva, Joan Didion, ocho meses después del inesperado suceso, llega a la conclusión de que lo único que ha hecho durante ese tiempo ha sido escapar, huir del presente, refugiarse en el pasado para así no asumir la realidad, en un mágico e infantil intento de «que el tiempo retrocediera, de rebobinar la película». Ciertamente hay que asumir lo que en la teoría y cuando la muerte no nos ronda hemos afirmado una y mil veces, que somos mortales y que algún día habremos de morir. Y si esto es así, ¿por qué cuando la muerte nos toca de cerca la negamos y no la aceptamos? De nuevo la escritora se da -y nos da- una explicación, dura sin duda, pero bien lógica y plausible:
«Somos imperfectos mortales, conscientes de nuestra mortalidad aun cuando tratemos de eludirla, vencidos ante nuestra propia complejidad, tan acorralados que cuando nos dolemos por los que hemos perdido, también nos dolemos, para bien o para mal, por nosotros mismos. Por lo que fuimos. Por lo que ya no somos. Por la nada absoluta que un día seremos.»
El título
(foto tomada de Babelia, El País de 1 del IX de 2006)
Aunque pienso que en gran medida la razón del título ha quedado suficientemente clara en alguno de los párrafos anteriores, es natural que nos hagamos la pregunta de por qué la escritora tituló así este ensayo. La verdad es que muy pronto, desde sus primeras páginas Joan Didion nos va dejando piedrecitas explicativas en el camino. La primera es cuando cuenta que la noche que John Dunne falleció ella sintió el irreprimible deseo de estar sola para así dejar abierta la posibilidad de que él volviera («necesitaba aquella primera noche para estar sola. Necesitaba estar sola para que él pudiera volver. Este fue el comienzo de mi año del pensamiento mágico.»). Y no es que de manera absurda ella pensase que en realidad él no había fallecido sino que «Pensaba como los niños pequeños, como si mis pensamientos y deseos tuvieran el poder de alterar la narración, cambiar el desenlace.» Este, en cierto sentido, infantilismo pensante también lo practicará en innumerables ocasiones durante la larga enfermedad, con las recaídas y mejorías correspondientes, de su hija Quintana. Así, al contarnos cómo vivió esos meses, tras la muerte de Dunne, atendiendo a la hija enferma son frecuentes los "Y si..." («Qué pasaría si...», «Si no le hacían la tráqueo», etc.) en un absurdo deseo de controlar lo imposible: el azaroso constituyente de la vida. Este absurdo se lo declarará a ella directamente alguno de los médicos encargados de la supervivencia de Quintana, aunque a Joan Didion -tal era su estado emocional- le fuera completamente indiferente: «("Si quiere llevar usted el caso, yo dimito", dijo uno finalmente), pero me hacían sentirme menos impotente. Recuerdo que en el UCLA aprendí el nombre de muchos tests y escalas.»).
Como ella bien a las claras declara había llegado a creerse portadora del poder mágico que a su hija, cuando ésta era pequeña, le decía poseer:
«No dejes que Camuñas me coja, decía Quintana cuando se despertaba de una pesadilla,
Estás a salvo. Estoy aquí. Me había llegado a creer que nosotros teníamos ese poder»
Para finalizar
Hacia el final, la autora, ya viuda de ocho meses, es consciente, tras el repaso que ha dado en las páginas del libro a ese lapso de tiempo, de que la vida continúa, de que
«si hemos de continuar viviendo llega un momento en que debemos abandonar a los muertos, dejarlos marchar, mantenerlos muertos.»
Muchas frases contenidas en este libro son dignas de ser citadas y/o recordadas. Me conformo, para no aburrir más con estas tres:
«me doy cuenta de lo receptivos que somos al persistente mensaje de que podemos evitar la muerte.»
«Todo iba como siempre y, de repente, va y cae toda esa mierda»
«Un día normal. "Y de repente... se acabó."»
En definitiva, un libro que me ha gustado mucho, sin duda alguna una de mis mejores lecturas de este 2022. Creo que Joan Didion es una escritora magnífica pero, aviso, El año del pensamiento mágico es un libro durillo, no es una lectura para pasar el tiempo sin más.
«Escribir sobre una persona real y escribir sobre un personaje imaginario es, a fin de cuentas, lo mismo: hay que sugerir lo máximo posible en la imaginación del lector con lo poco que el lenguaje ofrece. Es encender un gran fuego psicológico con algunas ramitas húmedas recogidas aquí y allá.» (p. 83)
Según se aproximan las fechas durante las que se desarrolla la Feria del Libro de Madrid (este año comienza el próximo 27 de mayo y su clausura será el 12 de junio) surgen como setas Ferias del Libro en el resto de ciudades españolas. Hace nada fue la de Salamanca, ahora está desarrollándose la de Badajoz, la de Teruel cerró no hará más de siete días, la de Mérida abre en la primera quincena de junio, y todo así. Fue precisamente en una de ellas, la de Salamanca, donde vi en un expositor este librito de Emanuele Trevi. Su sinopsis me captó y lo adquirí.
Emanuele Trevi
No conocía al autor, así que ya en casa busqué información sobre él. Es un escritor y crítico literario italiano nacido en Roma en 1964. Su labor está referida a la escritura de ensayos sobre figuras literarias italianas. El que hizo sobre el poeta Pietro Tripodo, leo en una nota biográfica encontrada al azar, fue distinguido en su país con el Premio Sandro Onofri. El libro que acabo de leer, Dos vidas -Due vite-, se centra en las vidas de otros dos autores italianos, Rocco Carbone y Pia Pera, quienes a su condición de escritores añadían la de íntimos amigos del autor. Con este libro Emanuele Trevi ha ganado el prestigioso Premio Strega en 2021, precisamente un año después de que lo ganara Sandro Veronesi, escritor italiano autor de "El colibrí", la novela que con gusto leí y reseñé en este blog no hace mucho.
Dos vidas
La obra es un libro de no ficción en el que el autor rememora su amistad con dos amigos escritores, un hombre y una mujer. Los dos se marcharon antes de tiempo: Rocco Carbone por accidente de moto a los 46 y Pía Pera por culpa de la ELA que se le manifestó a los 37 años y que finalmente se la llevaría con poco más de cincuenta. Estos dos autores, fatal y prematuramente fallecidos, eran en sí mismos muy distintos el uno de la otra, si bien la muerte vino a juntarlos de manera inmisericorde.
Emanuele Trevi abre y cierra la obra con el recuerdo de la visita que los tres amigos realizaron en 1995 al Museo de Orsay en París para contemplar el cuadro de Courbet, El origen del mundo, que el estado francés acababa de adquirir. El naturalismo exento de cualquier adorno presente en la imagen le sirve para abrir sus recuerdos sobre el infeliz Carbone; la sensualidad que emana de la desnudez voluptuosa del cuerpo femenino es la puerta que utiliza para caracterizar a Pía Pera, exquisita y excelente traductora, sobre todo del idioma ruso, aunque también del inglés y otras lenguas. Son, pues, estos dos amigos de Trevi muy opuestos en sí mismos: afligido y pesaroso, Rocco; vital y disfrutadora de la vida, Pera.
El escritor lleva sus evocaciones a la par, fijando alternativamente la atención en el uno y en la otra. Señala la dificultad de mantener la amistad con Rocco Carbone, en un momento dado diagnosticado de trastorno bipolar y a quién por sus altibajos era difícil tener contento. En cuanto a Pía Pera, su procedencia de clase rural acomodada, aunque sus padres eran Elvira Genzone, una catedrática de historia y de filosofía, y Giuseppe Pera, un "inescrutable" -según lo describe ella misma- y eminente abogado laboralista, hará que se sintiera muy atraída por el campo; es precisamente a una propiedad en Lucca, recibida en herencia, a donde se trasladará poco después de manifestársele la enfermedad del ELA y donde pasará los últimos años de su vida. Trevi al principio no entendió esta decisión, pero luego, precisamente al leer el diario personal de Pera y su alusión a un verso de Emily Dickinson, poeta y cuidadora de jardín como ella, -«I haven't told my garden yet», Aún no se lo he dicho a mi jardín- lo entenderá por completo.
Es un precioso libro que rebosa literatura por todas sus páginas. Magnífica literatura tanto en la escritura de Trevi como en las imágenes, símiles y analogías que realiza con obras y autores, para mejor trasladar al lector la personalidad de los dos amigos suyos. Estamos ante un libro que habla de libros. Muchos de los autores citados son conocidos por mi (Nabokov, Homero, Chejov, Pushkin, Bulgakov, Lermontov, Carroll, etc.); con otros, especialmente italianos no tan universales, me he sentido algo perdido, aunque he de decir que algunos nombres sí que los controlaba. Así hablando de Rocco leemos:
«Agosto, su primera novela, la publicó Theoria en 1993 [...] Aunque pequeña, la editorial dirigida por Paolo Repetti y Beniamino Vignola, había reconocido y lanzado a alguno de los autores noveles más significativos del momento, como Marco Lodoli, Sandro Veronesi, Giulio Mozzi,Sandro Onofri, Sandra Petrignani y muchos otros.»
Como obra ensayística que es, son numerosísimas las reflexiones que el autor vierte al hilo del recorrido que realiza por la peripecia vital de estos dos escritores italianos amigos suyos. Una muy interesante es ver cómo señala la distancia que existe entre el mundo que vio nacer la amistad entre los tres a finales de los años 80 del siglo pasado, una época en la que la vida transcurría con ritmo más pausado, más lento, más humano, en nada parecido al de hoy día
«nos emborrachamos con Campari [...] una tarde de la primavera de 1987, cuando todavía las noticias son lentas y pasan de boca en boca, y un amigo al que nos encontramos por casualidad nos dice que Primo Levi se ha matado.» (p. 34)
Para describir debidamente la personalidad difícil y oscura de Rocco Carbone, Trevi echa mano de la similitud que, según él, el infeliz y desafortunado autor guardaba con autores y personajes literarios. Así ante la poca venta de sus libros «Rocco se puso a analizar la cuestión del éxito. Tenía a su favor ejemplos nobilísimos: Henry James y Joseph Conrad lamentaban que sus novelas se vendieran poco e incluso se sentían culpables». Pero es especialmente en la analogía con ciertos personajes literarios como Trevi resalta más la naturaleza de su amigo, casado con Samantha Traxler, mujer de clase alta:
«Pero es verdad que en la parábola del personaje de Fitzgerald veía Rocco significados que no podían dejarlo indiferente. En Gatsby, como en su gran modelo, el Martin Eden de Jack London, otro libro que leía y releía como si fuera una Biblia, el tema del ascenso social partiendo de la nada es clave y guarda relación con el hecho no sólo de hacer carrera (gracias a las actividades ilícitas en el caso de Gatsby, a la literatura en el caso de Martin Eden), sino de mantener una relación (imposible) con una mujer de clase social muy superior.»
La enfermedad mental de Rocco Carbone que el propio Carbone presenta en una de sus novelas titulada L'apparizione le sirve a Trevi para reflexionar sobre la diferencia entre psiquiatría y literatura
«La psiquiatría, una disciplina cuyo fin es hacer diagnosis y prescribir terapias, debe, para ser eficaz, reducir la multiplicidad de los casos y los síntomas a constantes, crear definiciones: histeria, paranoia, depresión, episodio maníaco... La literatura, en cambio, halla su razón de ser en la negativa a generalizar: siempre cuenta la historia de esta persona, encerrada en su unicidad, artífice y prisionera de sus singularidad.»
Y si estas analogías y similitudes establece respecto a Rocco, otro tanto realiza con Pia Pera, persona en casi todo distinta al amigo Carbone. Con ella echa mano de su labor de traductora para perfilar y manifestar mejor su carácter y personalidad. Así muestra su espontaneidad y su vivencia vital del erotismo y del sexo fijándose en sus relatos contenidos en la recopilación La belleza del asno (La bellezza dell'asino) y también en su obra Diario de Lo en la que Pera presenta la relación Humbert-Lolita (Lolita de Nabokov) desde la perspectiva de ella, o sea, de la pubescente Lolita. «Añadamos, en honor de Pia, que su intención al contar la historia desde el punto de vista de Lolita no era hacer ninguna absurda reivindicación "feminista" como las que hoy están de moda». Esta novela no fue muy exitosa pues exigía en el lector un más que suficiente nivel literario para la perfecta comprensión de la obra. sin haber leído con anterioridad el original del que ésta partía era imposible captar la calidad de la narración de Pia Pera.
Preciosa e interesantísima en mi opinión es la justificación que realiza Emanuele Trevi de la escritura de este libro. La efectúa hablando de Pia Pera y de la traducción que hizo del Eugenio Oneguin de Pushkin. Igual que Tatiana vive en el lector que tiene en sus manos la novela de Pushkin, la amiga de Trevi, fallecida por culpa de la inmisericorde ELA, vivirá otra vez a través de la escritura que él está realizando. Se pregunta el autor: «¿Qué diferencia hay entre la Pia Pera que inscribieron en el registro civil de Lucca el 12 de marzo de 1956 y la Tatiana de Pushkin?». Y poco después viene a concluir que no hay diferencia alguna y lo explica:
«Porque vivimos dos vidas, ambas destinadas a acabar: la primera es la vida física, la de la sangre y el aliento; la segunda es la que se desarrolla en la mente de quienes nos amaron. Y cuando la última persona que nos conoció muera, nos disolveremos, nos evaporaremos para siempre, y comenzará la grande e interminable fiesta de la Nada, en la que el aguijón del recuerdo no podrá ya herir a nadie.»
He aquí, pues, la justificación del título de este ensayo. Es un título de significación múltiple, variada, polisémica. De un lado tenemos las dos vidas que está repasando: las de sus amigos Pia y Rocco; de otro tenemos la doble o múltiple vivencia que cada uno de ellos tuvo en vida a través de sus particulares creaciones literarias; pero sobre todo es la última significación, contenida en la cita anterior, la que da sentido máximo a la obra que estamos o acabamos de leer. Emanuele Trevi en Dos vidas ha conquistado para cada uno de sus dos buenos amigos nada menos que la inmortalidad, ha logrado revivirlos, volverlos a la vida. Cada vez que un lector lea este librito, Pera y Carbone renacerán, tendrán una vida nueva. No existe prueba de amistad mayor, ¿no os parece?
«En los campos estalinistas, según cuentan, se exterminó aproximadamente a un millón y medio de escritores, artistas y pensadores. Después de la rehabilitación, la vanguardia rusa empezó su segunda muerte, lenta y silenciosa. El verdugo esta vez no tenía un bigote severo. La muerte vino en forma de mercado democrático, libre, reluciente y sobre todo seductor.» (ensayo La la gente)
Tras la lectura de los relatos del ruso Maxim Ósipov gracias a los cuales he podido conocer cómo se vive en la Rusia actual, cómo piensan muchos de sus habitantes, cómo actúan las autoridades con los que no siguen sus dictados, cómo la mayoría de los rusos sólo quieren enriquecerse como sea y cómo los que tienen más conciencia y/o inteligencia ansían dejar el país de una vez por todas, ha llegado a mis manos este libro de Dubravka Ugrešić que agavilla una serie de artículos de tono ensayístico escritos entre 2014 y 2018. Aparecieron publicados en la Gazeta Wyborcza polaca, en un portal en línea serbio, en periódicos suizos, y en revistas literarias norteamericanas. El que da título al volumen, el ensayo «La edad de la piel» fue incluido en 2016 en la prestigiosa colección norteamericana «Pushcart Prize» que rinde homenaje a los mejores textos poéticos, de relatos, ensayísticos, etc. aparecidos cada año en pequeñas publicaciones fuera de los grandes circuitos literarios.
Al tratarse de una escritora nacida en la antigua Yugoslavia me pareció interesante acercarme a esta lectura para ver cómo se vive hoy en aquellos lugares que estuvieron en la órbita soviética. ¿Sería una vida parecida a la de los rusos de la Federación Rusa de Putin?
La escritora
Para entender debidamente el libro y lo que en estos ensayos vierte su autora creo conveniente dar unas breves notas biográficas sobre ella. Dubravka Ugrešić nace en 1949 en Kutina, localidad de Croacia que por entonces era una región de Yugoslavia, país hoy desaparecido por su desmembración en las 8 regiones que lo integraban. Ugrešić es hija de un serbio que cuando Yugoslavia fue ocupada por los nazis se unió a la resistencia; su madre era extranjera. Estos dos datos, padre de la resistencia yugoslava y madre foránea, nunca fueron buenas cartas de presentación en la Croacia que apoyó mayoritariamente a Alemania durante la IIª GM y que en 1941 con el apoyo de Hitler se constituyó en Estado Independiente. Ese estado fue gobernado por el partido ustacha de Ante Pavelić.
Contra ese Estado, desaparecido tras la derrota de Hitler, luchó en la resistencia el padre de Dubravka Ugrešić. La hija siempre ha defendido el papel jugado por su padre en la Yugoslavia que emergió tras la guerra mundial. Ella consiguió sus primeros laureles literarios antes de la desintegración del país; además, por si lo anterior fuera poco, en 1989 se unió a la Asociación para una Iniciativa Democrática de Yugoslavia, un partido político marginal que se oponía a la independencia de Croacia. Cuando dos años más tarde tras un referéndum popular Franjo Tudman declara unilateralmente la independencia de Croacia es evidente que Ugrešić no puede permanecer en el país que la vio nacer y marcha, primero a Serbia. Con la guerra 1991-1995 que asoló las regiones de Yugoslavia al tiempo que iban surgiendo países donde antes sólo había territorios o comarcas de una Federación la novelista se instalará definitivamente en Amsterdam, ciudad donde actualmente reside si bien viaja con mucha frecuencia a USA donde ha impartido clases en varias de sus universidades.
La edad de la piel
Tras la lectura de estos ensayos la primera sensación que me invade es la de la dureza que la autora muestra con su país de nacimiento, Croacia, especialmente porque, asegura, el nuevo Estado está acogiendo sin disimulo alguno su ascendiente ustacha, o sea fascista. Franjo Tudman cuando declaró la independencia de Croacia en 1995 en su discurso inaugural la situó como heredera directa de aquella Croacia libre e independiente que entró en los mapas geopolíticos de la mano de Hitler en 1941. Por esto y por la deriva que, según la autora asentada en Amsterdam, los mandatarios siguientes han adoptado para el país, es por lo que la Ugrešić no puede por menos que ser muy crítica.
Dubravka Ugrešić es, como ya he dicho, hija de un serbio que luchó contra la ocupación nazi del país y contra los colaboracionistas nazis que allí en Croacia eran los 'ustachi'. Como su padre, ella vio en la Yugoslavia de Tito innegables avances en muchos campos, especialmente en el de la dignidad de la mujer. Esto y otros elementos de esa época que en general aprueba no la llevan a alabar el brutal comportamiento del padrecito Stalin con su política de hambrunas terribles y de persecución de los enemigos políticos.
Se lamenta muy mucho la ensayista de que los atroces crímenes cometidos por todos los bandos (serbios, croatas y bosniacos) durante la «guerra pasada» (con este eufemismo se refieren en Croacia a la guerra desatada en la antigua Yugoslavia entre los años 1991 y 1995) hayan quedado en su mayor parte sin perseguir e incluso que los asesinos se hayan visto elevados a responsabilidades de gobierno en muchos de los nuevos Estados.
«Nadie ha presentado una enumeración de daños. Cuánta gente murió, cuánta desapareció, cuántos desplazados hubo, cuál fue el perjuicio económico sufrido, cuántas casas se demolieron, cuántas fábricas se destruyeron, cuántas vías férreas, carreteras, hospitales, iglesias, escuelas, monumentos, cuántos libros se quemaron... Nadie ha presentado las cuentas. A las autoridades de la mayoría de los Estados de la antigua Yugoslavia les interesa» [...] (ensayo ¡La arqueología de la resistencia!)
La política de limpieza étnica que se practicó en plena contienda, ahora en la paz se sigue practicando aunque de manera más sutil: eliminando referentes de uno y otro país (Croacia y Serbia) que pudieran existir en forma de esculturas, realizando una lectura de la Historia totalmente dispar por unos y por otros, e incluso fomentando la belicosidad en estos tiempos de paz a través del deporte: el fútbol y la selección nacional en Croacia, y el tenis de Novak Djokovic en Serbia.
La autora se manifiesta con bastante neutralidad, si bien no puede dejar de atacar el comportamiento de Croacia, su país de nacimiento, respecto al neoustachismo que ve en alza y la política cultural practicada, la cual ignora a cualquier autor de la época yugoslava así como a aquellos que son críticos con el devenir del país. En este último grupo se ve incluida ella misma.
Muchísimos son los temas que tocan estos dieciocho artículos ensayísticos. Sin lugar a dudas el que más espacio ocupa e interés tiene es el de los perniciosos nacionalismos identitarios. Este asunto es, quizás por su enorme semejanza con otros homónimos que en España se producen, el que más me ha interesado. Que la pertenencia étnica, el dominio lingüístico o la nacionalidad adquirida por el hecho fortuito de haber nacido aquí o allá, estén por encima de cualquier otro mérito es algo que me ha tocado profundamente, pero que no me ha resultado extraño para nada
«Hoy el trabajo se ha desvanecido de la memoria. El único clavo ardiente identificativo al que agarrarse, que hoy en día le queda a la gente es su pertenencia étnica. Por eso los jueces y abogados son en primer lugar croatas y solo después jueces; por eso los médicos son en primer lugar serbios y solo después médicos; por eso también los escritores son en primer lugar croatas, serbios y bosniacos, y solo después escritores.» (ensayo ¡Larga vida al trabajo!)
Tampoco el revisionismo y reescritura de la Historia me coge de nuevas
«Se han derribado las verdades que conocíamos y las han cambiado por otras nuevas. Solo en la pequeña Croacia en la que nací han derribado o destrozado tres mil monumentos que homenajeaban a los partisanos y al movimiento de resistencia yugoslavo. Hoy, un ejército de historiadores no cualificados trabaja para borrar la historia antifascista y legalizar otras versiones. [...] Hoy, en el corazón de Europa, en Bosnia y Herzegovina, los niños van a clase separados por etnias, croatas, serbios y bosniacos; estudian la misma historia y la misma lengua con libros de texto completamente distintos.» (ensayo ¡La arqueología de la resistencia!)
Dubravka Ugrešić en La edad de la piel se muestra muy hostil contra la misoginia que ve triunfante no sólo en su país de nacimiento y en las vecinas Serbia, Eslovenia, Macedonia, Kosovo o Montenegro sino también, y mucho, en los Estados Unidos a cuya ciudad de Nueva York acude con frecuencia, y eso que ella siempre se mueve en ámbitos culturales en los que tales comportamientos se consideran proscritos. Las obscenidades que con frecuencia aparecen dibujadas en carteles que anuncian actuaciones de mujeres artistas son equiparables, en su ataque a la mujer, con las descalificaciones que la Susan Sontag, comprometida con los bosniacos de Sarajevo, recibe desde Croacia. En ambos casos es misoginia de alta intensidad.
Respecto a lo anterior, lo que más lamenta la escritora es la asunción que por tradición, cultura o lo que sea la mujer tiene de su condición de persona supeditada al hombre. Constata con pesar que en general la mujer busca siempre el aplauso masculino pues es él quien la eleva a categoría cultural
«La escritura masculina es siempre plural; la femenina, en singular. Los hombres piensan y dicen nosotros, las mujeres suelen decir yo. [...] Las mujeres se dirigen en su escritura mayoritariamente a los hombres, los hombres se dirigen casi siempre a otros hombres. Girls love boys, boys love boys. Las mujeres son más hábiles con el lenguaje del exhibicionismo corporal, están condicionadas a este tipo de discurso, porque con él han recogido siempre el aplauso masculino.» (ensayo «L'ecriture masculine»)
Asunto no menor al que la ensayista dedica espacio en varios de estos artículos es el del impacto que las nuevas tecnologías tienen en la sociedad. Según ella frente a la liberación que prometían y el aumento del disfrute cultural que su asunción suponía lo que sobre todo han propagado ha sido la estupidez
«Gracias a los medios, la estupidez se ha vuelto global. Al sustituir los contenidos relevantes por otros irrelevantes, los medios borran la memoria cultural.» (ensayo ¡Más despacio!) «cuantos más juguetes tecnológicos hay para ayudarnos a registrar la voz, la cara, el movimiento, más veloz y eficaz es el olvido.» (ensayo ¡La arqueología de la resistencia!)
Dubravka Ugrešić posee una enorme cultura y de ella hace gala en sus escritos. Son numerosas las referencias a escritores como Tolstói, Dostoievski, Milan Kundera, Elena Ferrante, Susan Sontag, el checo Bohumil Hrabal... También utiliza personajes y contenidos de obras universales para dar forma literaria a sus artículos (Sherezade y Shariar de los cuentos de "Las mil y una noches", el Hanta de "Una soledad demasiado ruidosa" de Bohumil Hrabal o títulos de Milan Kundera como La lentitud o La despedida).
Otro tanto se puede decir del Cine. Numerosas referencias a títulos le sirven para, partiendo de ellos, desarrollar un escrito o ejemplificar un comportamiento. Así Promesas del este de David Cronenberg o la oscarizada La La Land, entre las recientes; pero también otras más lejanas como la Ninotchka de Lubitsch.
Frente a esta exhibición de riqueza cultural la autora constata que en nuestra época lo que se impone de manera arrolladora es la incultura: «Los incultos (¡porque ellos, vive Dios, han tomado el poder en todas partes!) ejercen su terror sobre los cultos (por lo demás, ¿no han estado los cultos desde siempre en minoría?).» (ensayo ¡Aquí no hay nada!). Es tal el nivel de desconocimiento, de falsificación del pasado, de ocultación de la verdad, que la escritora, intelectual independiente donde las haya llega a reconocer: «Mirando los programas rusos descubrí también que la dura televisión comunista soviética censurada era incomparablemente mejor que la actual no censurada.» (ibidem)
¿Quiere decir lo apuntado en el párrafo anterior que en "La edad de la piel" Dubravka Ugrešić se muestra como una nostálgica del statu quo anterior a la caída del comunismo? En mi opinión, no; sin embargo esa es la consideración que interesadamente se difunde de ella desde su país natal. Lo malo no es esta calificación, sino que la misma no sea debidamente contestada por altavoces mediáticos importantes presentes en otros países. Ser crítica con un estado de cosas nunca es fácil; quien así se comporta recibe ataques por todos los flancos. Hay que ser muy valiente para mantenerse en pie a pesar del fuego cruzado que se recibe.
Dubravka Ugrešić es una luchadora por la independencia intelectual, muy beligerante frente a la instalada «cultura del consenso». Paradójicamente, consiste la tal cultura en la reedición en nuestra sociedad y mundo libres del «Homo sovieticus, un Homo duplex, la especie humanoide mayoritaria que, según dicen, vivía en los tiempos comunistas y que se caracterizaba por su hipocresía, por la cautela como regla, la elusión de conflictos como regla y la paranoia, no como diagnóstico, por supuesto, sino como estilo de vida.» (ensayo La la gente). La cultura del consenso se asienta esencialmente en el desconocimiento de las cosas:
«No tener ni la menor idea es, por lo demás, el fundamento sobre el que se sostiene la cultura del consenso.» (ibidem)
Qué cerca está, si es que no son lo mismo, esta 'cultura del consenso' con lo tan asentado entre nosotros de 'lo políticamente correcto'. Ambos conceptos buscan el sometimiento, la dependencia cultural, el silencio, la autocensura... en aras de una amable convivencia, una confortable integración con los otros si es que se viene de fuera. Hay que procurar no chirriar en el panorama diseñado por quienes mandan, por aquellos que figurarán en el futuro en los anuarios y los reconocimientos.
Estos hombres importantes, estos próceres, han encontrado una manera de amansar al hombre pequeño («El hombre pequeño ha sido un figurante en los espectáculos históricos, entregaba su pequeña vida por las grandes victorias, los grandes reyes, emperadores y caudillos, encajaba sus huesos anónimos en las pirámides célebres y en el "futuro radiante"» (ensayo El hombre pequeño y 'La felicidad gitana'). ¿Cómo han logrado hacerlo? Entregándoles la tecnologíay haciéndoles creer que son capaces por sí mismos de cambiar las cosas, de que la cultura la hacen ellos, de que lo importante es hacerse cuantos más selfis mejor, conseguir cuantos más likes mucho mejor.
«Gracias a la tecnología digital, y no gracias a Marx, el hombre pequeño ha puesto un pie en el comunismo. [...] Gente exhausta se troncha en los selfis y repite por milésima vez su felicidad. Ellos se divierten, de veras se lo pasan genial, y no hay nadie que se atreva a apagar la música que suena a todo volumen, a cerrar el grifo del alcohol y a negarse a participar en el olvido colectivo» (ibidem)
Para finalizar
Si como señalé en la reseña de los relatos de Maxim Ósipov dar por concluida la misma [leer lareseña aquí] era harto difícil por ser muchos los asuntos que en ellos se tocaban así como diversas las maneras literarias empleadas, qué decir de estos ensayos. Innumerables son los temas que en los 18 escritos que forman "La edad de la piel" aparecen. Resulta imposible abarcar todos en una reseña que por definición no debiera de ser muy extensa. Por eso pongo fin a la misma aquí mismo. Sé que dejo en el tintero muchas cosas, pero el formato utilizado así lo exige. No puedo evitar, sin embargo, cerrarla sin aludir siquiera sea de pasada al asunto de las migraciones al que Dubravka Ugrešić es muy sensible habida cuenta de la historia reciente de su país natal.
Es una paradoja que tras la liberación e independencia de Croacia varios cientos de miles de croatas hayan tenido que abandonar el país para buscarse la vida. Antes estaban sometidos a los soviéticos y ahora ellos ocupan puestos de trabajo que no quieren los europeos, incluidos muchos rusos. En Amsterdam la autora conoce a una chica que trabaja limpiando casas y en un avión rumbo a Zagreb habla con Iván que emigró a las islas Feroe. A pesar de estar fuera de su patria ambos la llevan en el corazón y a su manera la mantienen viva
«Me pareció que ese chico era, en efecto, una sombra, igual que lo es Meliha, y también Frank con el solo hecho de autoexcluirse, e igual que, paradójicamente, pese a todos sus actos para incluirse, es una sombra Goran. Ellos, igual que otros millones de personas, llevan una vida paralela. Es gente sin voz y, sin embargo, mueven, impulsan y mantienen la vida en Europa. Son la Europa invisible.» (ensayo La Europa invisible)
Frente a estos jóvenes más o menos preparados que para huir de la miseria han tenido que abandonar su tierra, «Por toda Croacia se pavonean antiguos camioneros, generales, ladrones, asesinos, políticos, pícaros, alcaldes y delincuentes laureados con títulos universitarios falsos y doctorados honoris causa.» (ensayo La Europa invisible). Ejemplo de estos aborrecibles tipos humanos es el militar croata Ante Gotovina protagonista principal de la Operación Tormenta por la que, además de la muerte de miles de personas a manos croatas, más de 250.000 civiles serbios tuvieron que abandonar Croacia. El final de esta operación de limpieza étnica es recordada hoy con orgullo en Croacia y constituye una de sus grandes fiestas nacionales
«El general Ante Gotovina, el pilar moral croata por excelencia, icono nacional, es un asesino profesional formado en la Legión Extranjera y conocido porque en la guerra pasada, expulsó de forma pacífica a unos doscientos mil serbios de Croacia» (ensayo Artistas & asesinos)
Como se ve en el texto citado la autora expatriada en Amsterdam tira de ironía, recurso utilizado con frecuencia en sus artículos ensayísticos.
«Y me di cuenta de que da igual, de que el envejecimiento es la edad de las igualaciones. Si te mienten, es hermoso. Si te dicen la verdad, también es hermoso. Porque los besos sí fueron reales, y eso es la certeza, la única certeza del mundo.»
Supe de Manuel Vilas, como tanta otra gente, a raíz del Premio Nacional de Novela que en 2018 se le concedió por su magnífica "Ordesa". Fue leer esa novela y quedar atrapado en las redes de su peculiar prosa. De "Ordesa" salté a la poesía contenida en su poemario "Amor"y luego ya en 2019 leí su breve pero sustancioso "Nueva teoría de la urbanidad", librito que pese a nacer como regalo por parte del autor a una editorial esconde en su interior la filosofía existencial y nihilista propia del escritor envuelta en la ironía, la guasa, la broma, la agudeza...; en definitiva en ese estilo burlón, chocarrero muchas veces, tan característico en él [de los tres títulos citados tengo reseñas hechas en este blog que se pueden leer haciendo clic en cada uno de los títulos]. De manera que cuando en la muy reciente Feria del Libro de Madrid vi "Los besos" en la mayoría de las casetas y luego leí no pocas reseñas positivas sobre el mismo en los muy fiables blogs literarios que frecuento supe que habría de leerlo. Y eso es lo que acabo de hacer.
Sinopsis. De la novela dice la propia editorial en la contraportada del libro lo siguiente:
Marzo, 2020. Un profesor abandona Madrid por prescripción médica, va hasta una cabaña en la sierra y conoce a una mujer apasionada quince años menor. Él se llama Salvador; ella, Montserrat, y entre los dos crece una confianza plena e inesperada, llena de revelaciones.
Sus encuentros son un gran baño de luz. Salvador se ilusiona y le cambia el nombre, la llama Altisidora, como un personaje del Quijote. Ambos se enamoran y construyen una relación madura, con las prevenciones propias de sus cuerpos y recuerdos: el pasado reaparece constantemente.
Los besos es una novela de amor romántico e idealizado, pero también de piel y amor carnal, de cómo en mitad de una crisis universal dos seres humanos intentan regresar a la patria biológica y atávica del erotismo, ese lugar misterioso donde hombres y mujeres encuentran el sentido más profundo de la vida.
Mi comentario Los besos es una novela que va in crescendo. Comienza un poco en un tono menor, lento o moderato, para con el paso de sus páginas ir ascendiendo ascendiendo hasta llegar a un tutta orchestra magnífico, espléndido, sonoro, tremendo, humano, necesario, comprensivo, total. Un a tutta orchestra que queda suspendido en el aire, en la nada, tras la experiencia vivida por Montserrat/Altisidora y Salvador, los protagonistas de estos besos a través de los cuales se elevan hasta otra dimensión vital logrando así escapar de la vulgaridad del momento.
Salvador es un profesor de instituto a quien han prejubilado anticipadamente dados los problemas de memoria que últimamente está sufriendo. El sindicato de la enseñanza al que pertenece le ha concedido la estancia durante un tiempo en una cabaña de la sierra de Madrid a donde se desplaza para así huir de la ciudad cuando el confinamiento decretado por el gobierno por culpa de la COVID-19 está a punto de hacerse realidad. Allí, en Sotopeña, nombre ficticio de esta población serrana, Salvador queda prendado nada más verla de Montserrat, una mujer quince años menor que él que trabaja en un supermercado de la localidad a donde él se acerca a por provisiones. Es un flechazo, un amor a primera vista, que lo dejará tocado y que, afortunadamente para él, será recíproco pues Montse se ocupará de llevarle viandas dado que en la cabaña que habita apenas si Salvador tiene algo.
Salvador es un hombre que necesita pocas cosas. A Sotopeña acude con poco equipaje, dos ediciones de El Quijote y una Biblia. Allí, en Sotopeña, a sus 58 años Salvador encontrará el amor en Montserrat a la que con cervantino ingenio llamará Altisidora. Esta analogía Quijote / Salvador y Montserrat-Altisidora / Aldonza-Dulcinea le servirá para desarrollar la trama. Al tiempo, la línea cronológica de 2020 en que sucede el enamoramiento narrado se cruza en un claro desplazamiento al pasado con la de 1981 cuando el narrador era estudiante en Madrid y vivía en una residencia de nombre Academia donde hizo fuerte amistad con Rafael Puig, amigo con quien hablaba de todo lo humano y lo divino en un ámbito de confianza y sana amistad como nunca jamás volvería a tener. El personaje de Rafael le pone en contacto, comunicación o revelación, con el lado misterioso de la existencia. Rafael es un chico que anticipa el futuro, que sabe con antelación lo que va a suceder e incluso que logra comunicarse con los ya fallecidos. Esta dimensión mágica, inexplicable racionalmente, se denomina en el relato por parte del narrador, que no es otro que el mismísimo Salvador, como Oscuridad.
El amor que surge de manera inopinada en esta pareja de seres ya maduros es una auténtica revelación para ambos, en especial para Salvador, un hombre soltero que se veía ya abocado a no vivir una pasión semejante. Salvador a lo largo del relato no quiere caer en el estereotipo masculino, no quiere tener la obligación de dar él el primer paso, no desea hacerlo porque tiene miedo al rechazo, al fracaso, quizás porque se sabe mayor. Montserrat es una mujer con arrestos, decidida; además de cajera en el supermercado donde trabaja es madre de Marc, un niño de ocho o nueve años que vive en Alemania con su padre del que ella está separada. Para Montserrat Marc es lo primero y eso Salvador lo sabe.
En la vorágine existencial y el aislamiento provocados por la decisión gubernamental del confinamiento obligatorio ambos, Salvador y Montserrat, hallan en su relación un salvavidas, una isla donde refugiarse de la sinrazón de la misteriosa pandemia surgida de la propia Oscuridad y de las decisiones de los políticos que bombardean las mentes de los ciudadanos con verborrea incesante y hueca:
«Pongo la televisión y sale el presidente del Gobierno de España, o sea, Narciso, y en su cara brilla el virus de la entropía, pues tarde o temprano perderá unas elecciones y vendrá otro que abominará de él.»
«Narciso está en la tele de nuevo. Yo creo que le gusta. Mueve las manos en señal de una nueva liturgia en donde se comprometen la solidaridad, la eficacia gubernamental, la invocación igualitaria a todos y todas»[...]
«A nuestro Narciso le da igual el virus porque también está enamorado, pero de sí mismo. Los enamorados no vemos el virus. Yo estoy enamorado de Altisidora. Narciso lo está de sí mismo.»
«El Narciso de España se acerca a la psicopatía, al cinismo y al sadismo, el de Estados Unidos también.»
Frente a la vulgaridad de la vida cotidiana presente en esas comparecencias televisivas Salvador busca la belleza como único asidero vital. Lo encuentra en el amor a Montserrat a quien convierte en Altisidora, personaje cervantino de "El Quijote" obra que está releyendo y que frente a la Biblia, el otro libro que se ha llevado a la cabaña de la sierra es su auténtica guía vital. Antes que el Dios revelador bíblico, él prefiere el dios revelador humano, Cervantes, con sus contradicciones, sus errores sintácticos a veces y de contenido otras cuantas más. Salvador es un romántico, un idealista, que encuentra el amor en su madurez, que quiere que perdure pero no exclusivamente en un nivel genital o meramente sexual; por eso espiritualiza a Montserrat, la cajera del supermercado y como hiciera don Quijote con Aldonza Lorenzo transformándola en Dulcinea del Toboso, él transmuta a Montse, con el permiso de ella por supuesto, en Altisidora. Y Montserrat se entusiasma ante esta prueba de amor por encima de la mera cópula. Sentirse amado/a y deseado/a es casi más importante que el propio ejercicio de la sexualidad.
"La literatura
es la habilidad de un escritor para ponerse en el punto
de vista de alguien a quien a lo mejor no le cae bien" // Foto:Clara
Rodríguez
Hay en Los besos un claro homenaje al amor romántico; a Cervantes, que puso a recorrer el mundo a don Quijote, un idealista enamorado de un imposible; al amor en la madurez e incluso en la vejez; al ejercicio de la sexualidad en esa edad... En definitiva hay en esta novela una evidente reivindicación de la vida, aunque sin olvidar que es finita y que la entropía -concepto que como el de Oscuridad llena la novela- o sea la incertidumbre, el desorden consustancial a ella, está ahí elevándose por encima de los dioses actuales -en especial de la Ciencia- tal y como la COVID-19 ha venido a demostrar. En un mundo y una sociedad que vive de espaldas a la muerte como si la misma no existiese o ya estuviese vencida dice Manuel Vilas en una magnífica entrevista concedida al diario Voz Pópuli lo siguiente: «Nosotros, los escritores, lo que hacemos muchas veces a través de las novelas o de los ensayos es recordar que la muerte está ahí y tratar de contarla, describirla, precisarla… para que el lector lo recuerde. Hacemos como de recordatorio de los grandes temas de la vida que a veces la sociedad elimina de las pantallas porque son incómodos.»
Es curioso, pero nada extraño, que en esta respuesta al periodista Carlos H. Vázquez, Vilas convierta casi en términos equivalentes novela y ensayo; y es que mucho de reflexión, de especulación, de introspección, de pensamiento, hay en Los besos. Son pensamientos exclusivos unas veces de Salvador y otras, nacidos a través del diálogo con Montserrat. Salvador está constantemente sometiendo todo a análisis, incluso los elementos más insignificantes o que así pudieran parecerlo. En su proceso introspectivo salta de unos asuntos a otros de manera que a veces da la sensación de perderse en futilidades («Es una bombilla de 75 vatios. Fue una revolución esa bombilla, porque las de 60 vatios eran un tanto débiles y las de 100 eran excesivas. De modo que la de 75 fue un éxito que sí supuso un paso adelante de la humanidad.») aunque siempre hay algo importante en ello, en este caso el paso del tiempo. Esta manera de pensar, de considerar el mundo en derredor, de ver a Montserrat como Altisidora, de no comportarse como quizás se entendería debería actuar un hombre, lleva a Montse a tildarlo de loco, pero de loco maravilloso («Montserrat/Altisidora se ríe, se emociona también, y me dice: Claro que sí, es un nombre hermoso. Bien, ya soy Altisidora. Estás completamente loco, pero mientras no seas el Anthony Perkins de Psicosis me conformo. Porque no estás loco, ¿no?»).
Lo anterior es muestra de la radical diferencia que existe en esta pareja de solitarios que han encontrado en los besos, manifestación y preludio del amor, un refugio a su soledad. Montserrat sólo es Altisidora en los brazos de Salvador, pues en el resto es una mujer que tiene bien asentados los pies en el suelo. Eso lo intuye o mejor lo sabe Salvador, casi desde el inicio de la relación. Sabe que por encima de todo para Montse está Marc, su hijo; y lo sabe aunque ella jamás lo diga de manera directa:
«cosa que no haré jamás [formularle a Montserrat la pregunta de si sería capaz de dar como prueba de amor su vida por él], porque sé la respuesta, la sé porque su hijo Marc es más importante que yo, y eso también es una obra maestra de la vida, el hecho de que ella esté más enamorada de su hijo que de cualquier hombre que haya existido, exista o existirá. Los misterios son todos profundamente hermosos.»
En la novela la dualidad hombre-mujer es evidente y se muestra sin tapujos porque no es lo mismo ser hombre que ser mujer. Quizás aquí, en el fondo anide el tono burlón e irónico de Vilas que disiente del pensamiento dictado por la superioridad respecto a cuestiones de género. En la invocación televisiva de Narciso a «todos y a todas» ya se percibe el sarcasmo; aunque no hay sarcasmo alguno en la distancia que separa la consideración suya y la de ella sobre lo que están viviendo durante los meses de 2020 que van de marzo a agosto:
«Ahora comprendo que ella en realidad, en el fondo, no pensaba como yo. Ella buscaba un amor en el tiempo, y yo una belleza atemporal. Ella buscaba un ser humano y yo un arquetipo. Ella buscaba el sol y yo una estrella más pequeña.».
En definitiva, Salvador es un romántico y ella una mujer realista que vive el día a día. Quizás de ahí derive la distinta actitud ante el sexo de uno y otra, la erotización y la destrucción del ideal amoroso por cualquier futilidad.
El estilo es el propio de Manuel Vilas, un estilo reflexivo, introspectivo a veces, dialogado en otras aunque siempre de esa manera indirecta que los narradores fronteros con el ensayo suelen utilizar. El escritor de Barbastro construye una novela interesante que no deja indiferente, que habla de muchas cosas, en especial del Amor, del Tiempo, de la Muerte, del Olvido, del misterio de la vida (la Oscuridad en el relato), del Hombre y la Mujer, del Erotismo, de la Vejez, de la maternidad, etc., etc. Todo muy bien engarzado, sin forzar nada, con una naturalidad que enamora al lector de la literatura del de Barbastro.
Y enamora además porque la novela rezuma poesía, musicalidad, filosofía, trascendencia..., cultura de todo tipo. Como es habitual en el autor la música ocupa un lugar importante en la narración desde la clásica («Lascia Ch’io Pianga» de Haendel) pasando por los clásicos del jazz (John Coltrane, Nina Simone o Amy Winehouse) hasta compositores actuales de música romántica como Franco Battiato. Vilas y el narrador en primera persona de la novela aman el Cine y eso se percibe en la utilización que hacen de él (con Psicosis de Hitchcock o con Deseando amar de Wong Kar-Wai, por ejemplo) como referente explicativo de su situación:
[Altisidora] «Es el agua frente a la piedra. El agua, como en aquella película que vi una vez, aquella que se titulaba 'Deseando amar', en donde al final de la historia nacía una pequeña planta en medio de las piedras.»
Para finalizar sólo me quedaría aludir a lo que ya he manifestado al inicio de esta reseña y que es seña de identidad de su manera de hacer literatura. Manuel Vilas posee un estilo nihilista sí, pero que no cae en el desaliento; es consciente de que el capitalismo nos rodea por todos lados y que la ancianidad en la que a sus 58 años -casual o irónicamente la misma edad de Salvador en la novela- está a punto de ingresar no se desarrolla al margen del mismo.
«Somos sociedades llenas de ancianos, en España los ancianos son millones. Lo llaman envejecimiento de la población, que es un eufemismo..»
«La invención de la ancianidad es la esencia de Europa. La tercera edad es un invento del capitalismo social. A veces pienso que el capitalismo tiene sentido del humor.»
Sólo una mirada irónica sobre la vida permite sobrellevar la inmensa contradicción que es la misma. A esto añade Vilas a través de Salvador la incesante búsqueda de la belleza. A la edad en que éste se encuentra sólo la belleza puede ser acicate para perseverar en la vida. En eso Salvador, a las puertas de la ancianidad, difiere de Montserrat quien con 43 años y un hijo aún es joven y vive con avidez el presente temporal y no la belleza atemporal que busca Salvador.
«Nos hacen vivir sin belleza, y lloramos en los callejones. Sin belleza, y bien alimentados, con buenos surtidos de antibióticos, con muchos médicos, con muchas escuelas públicas, pero sin belleza, sin un gramo de belleza en ninguna parte.»
«Ya sé por qué los ancianos perseveran en la vida. Es por la belleza. Porque el mundo es bello en sí mismo. En la ancianidad se descubre eso. Ya no hay ruido. Ya no está pasando nada. Solo pasan las horas, una detrás de otra.»
«"Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío, alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina", escribió el poeta español Luis Cernuda, y esa es la única libertad que cuenta.»
«una cosa maravillosa te regala la madurez es la desactivación de toda vanidad y la activación de la belleza del adiós, sea de la naturaleza que sea ese adiós y tenga la causa que tenga.»
Sólo una sola cosa más para definitivamente finalizar. La novela que ha comenzado con una sorpresa aunque suficientemente intuida por todos, el decreto del Confinamiento obligatorio durante tres meses de toda la población española, se cierra con otra sorpresa igualmente intuida o sospechada por todos, el autoexilio voluntario del Rey Juan Carlos I. Desde luego no ganamos para sorpresas, aunque como digo sean sorpresas de baja intensidad dado que estaban ya en la cabeza de todos.
Si hay algo que me interesa especialmente en esta ocasión es conocer la opinión de aquellos que hayáis leído Los besos de Manuel Vilas. ¿Qué es lo que más os ha llamado la atención de ella? ¿Os parece una obra distinta a otras del novelista o quizás os parece más de lo mismo? No sé, creo que es una novela que despierta preguntas en quien la lee; una novela, desde luego, apropiada para una tertulia literaria; una novela que, aunque trata de la intimidad de la pareja, estimula la discusión social sobre la misma. Una novela, en definitiva y de cualquier manera, interesante sin duda alguna.