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9 jul 2019

"La función por hacer" de Miguel del Arco y Aitor Tejada

2 comentarios:
Nunca lo olvidaré. Conocí el buen saber hacer de Miguel del Arco viendo el montaje de "Veraneantes", la obra que presentó en el madrileño teatro de La Abadía partiendo de la homónima de Máximo Gorki. Ese día descubrí a dos monstruos teatrales: uno, el estupendo hombre de teatro; el segundo, la actriz Bárbara Lennie, bella y magnífica sobre las tablas. Corría el año 2011 y salí de la sala con la certeza de haber asistido a algo nuevo, distinto.

Desde entonces siempre estoy atento a espectáculos en los que aparezcan los nombres de este director y  de esta actriz que junto a otros (Israel Elejalde, Manuela Paso, Mirian Montilla, etc.) actuaron en esa función. Por eso cuando vi que en El Pavón -Teatro Kamikaze se reponía "La función por hacer" para conmemorar el décimo aniversario de su estreno, y que la misma era dirigida como lo fue entonces por Miguel del Arco, así como que el elenco teatral era el mismo de hace una década, decidí ir a verla. La pena, en mi ideación mítico-fanática, vino dada cuando sentado ya en el patio de butacas debidamente preparado para esta función leo en el programa de mano que desde el día 3 de julio Teresa Hurtado de Ory y Nuria García se incorporan al elenco en sustitución de Bárbara Lennie y Miriam Montilla respectivamente. ¡Vaya por Dios, -me digo-, no voy a poder ver a la Lennie! Pero la desilusión se trocó en plena satisfacción al ver que Teresa Hurtado de Ory borda el papel correspondiente a la Lennie quien no sé, por no haberla visto actuar, cómo lo haría  pero Hurtado de Ory desde luego está que se sale; y otro tanto puedo decir de la magnífica actuación de Nuria García en sustitución de Miriam Montilla. Está fantástica.

Cristóbal Suárez, Teresa Hurtado de Ory, Israel Elejalde, Miguel del Arco
Pero vamos a la obra en sí. Realizan Miguel del Arco y Aitor Tejada una libre adaptación de la obra de Luigi Pirandello "Seis personajes en busca de autor" estrenada por el dramaturgo italiano en Roma el año 1921. Pirandello presenta una profunda reflexión sobre el hecho teatral y el acto de creación literaria. Seis 'ideas de personajes' se presentan en un teatro donde se está representando una función en busca de alguien -un autor- que quiera darles corporeidad en un texto. Al igual que en Pirandello, pero actualizado a nuestra momento actual, unos personajes: dos Hermanos (Israel Elejalde, el Mayor; y Raúl Prieto, el Menor), la Mujer del Hermano Menor (Teresa Hurtado de Ory), y una Madre, esposa del Hermano Mayor (Manuela Paso) que lleva en sus brazos lo que parece ser un Niño pequeño, irrumpen en la función que se está representando en el Teatro donde nos encontramos los espectadores. La función que interrumpen trata de una pelea de pareja con ribetes cómicos entre dos personajes -el Actor (Cristóbal Suárez) y la Actriz (Nuria García)- que discuten sobre la plasmación de la realidad en la obra artística, en este caso, en un cuadro. La obrita parece entretenida y durante unos buenos 8 ó 10 minutos consigue captar toda nuestra atención. Por eso cuando los personajes intrusos la interrumpen la sorpresa es grande para el público; sorpresa a la que contribuyen de manera genial los dos actores que protagonizaban en escena un acalorado debate sobre el retrato que él había hecho de ella.

Pirandello estrenó "Seis personajes en busca de autor" en un momento de fuerte efervescencia artística y política en toda Europa: la época de las Vanguardias. El futurismo, el dadaísmo, el fascismo... están durante las primeras décadas del siglo XX poniendo en cuestión todo cuanto se tenía por sólido hasta ese momento en la sociedad. El mundo del teatro y el de la creación artística, no es ajeno a tal conmoción. Ante la vista del público se produce la génesis de la ideación autoral pero dándole la vuelta a la misma cual si de un calcetín se tratara: no es el autor quien conforma los personajes, sino que éstos, como si fuesen entes preexistentes al propio artista, buscan un autor que les de materialidad escritural. Lógicamente se ponen en relación dos niveles distintos del hecho teatral: la creación de los asuntos y la escenificación de los mismos. Estas almas en pena que vagan deseando encontrar a alguien que les permita concretarse sobre el papel colisionan con aquellos que deberán darles corporeidad sobre las tablas: los actores. Personajes y actores porfían sobre quiénes de ellos son más reales, más auténticos, tienen más realidad, son menos ficticios. De esta diatriba por lógica parecen dar más convincentes razones los personajes dado que lo que cada uno de ellos simboliza, porta o significa es inmutable a lo largo del tiempo, mientras que los actores como seres humanos que son resultan cambiantes siendo su realidad efímera y fugaz. 

Miguel del Arco, El Pavón Teatro Kamikaze
Que dos dimensiones tan dispares -personajes y actores, o lo que es lo mismo, ficción y realidad- entren en contacto y se interpelen mutuamente pertenece por derecho propio al terreno del absurdo, algo que las vanguardias artísticas de los años veinte estaban explorando con ahínco. El momento en que asistimos al espectáculo de Kamikaze Producciones dista mucho de cuando Pirandello estrenó su obra hace, prácticamente, un siglo ya, aunque a pesar del abultado número de años transcurridos, la eficacia del planteamiento teatral permanece intacta. Durante el siglo XX los espectadores de teatro nos hemos habituado a muchos efectos y técnicas teatrales encaminados a renovar el siempre eterno asunto del moribundo y paradójicamente inmortal teatro. Lo increíble de esta adaptación realizada por Aitor Tejada y Miguel del Arco es que logra sorprendernos absoluta y completamente.

La mayoría de las características teatrales que durante las tres primeras décadas del siglo XX buscaban mejorar el acartonado teatro tradicional están presentes en esta obra dirigida por Miguel del Arco: 
  • El distanciamiento o ruptura del encantamiento teatral a fin de que el espectador sea consciente de que la función a la que asiste no es un mero pasatiempo.
  • La conversión en escenario de toda la Sala incluido el espacio que ocupan los espectadores, con lo que el público pasa a ser partícipe del propio espectáculo, con lo se produce más que una ruptura una voladura de la cuarta pared
  • Teatro desnudo: Un escenario vacío de decorado a fin de que sean las ideas puestas en escena lo importante y no queden ocultas bajo el mismo. He de decir aquí que durante gran parte de la representación venía a mi cabeza la figura de nuestro gran Miguel de Unamuno que ya había planteado el mismo asunto de la obra de Pirandello tanto en su narrativa -su novela "Niebla" (1907) es ejemplo bien visible en ese personaje, Augusto Pérez, que se rebela contra su creador, a quien va a visitar a la ciudad de Salamanca donde el escritor realmente vivía-, como en teatro donde acuñó la expresión de 'teatro desnudo' -'La difunta' (1909) o 'Sombras de sueño' (1926) son títulos característicos-.
  • Gran importancia del lenguaje coloquial concediendo a los silencios y a las frases inconclusas una muy elevada significación: en "La función por hacer" esta característica es muy visible en la parte final de la obra cuando el Hermano Menor explica su actuación. Raúl Prieto, el actor que hace este personaje, está soberbio en este momento, subiendo un peldaño su ya memorable actuar hasta entonces.
  • El perspectivismo. Me gustó muchísimo ver cómo cada uno de los personajes de "La función por hacer" está dotado de individualidad propia. A tal efecto vemos cómo cada uno de ellos vive la realidad desde su foco particular. Paradigmático en la obra es el distinto punto de vista que sobre un mismo hecho que no pienso revelar tienen el personaje de la Madre y el del Hermano Menor.
  • La identificación del actor con el personaje, tal y como predicaba Constatin Stanislavski, es uno de los elementos importantes de la obra: las actrices Nuria Garcia y Teresa Hurtado de Ory protagonizan un divertido, crítico e importante momento teatral en este sentido. Son dos actrices formidables que transmiten veracidad en todo momento del espectáculo. 
  • El teatro dentro del teatro. Si algo define de manera definitiva esta obra ello es la mostración en la misma de la construcción teatral, de los elementos que constituyen una obra, de la verosimilitud obligada, de la distancia entre la representación y lo representado: al respecto es de una claridad meridiana los diálogos que mantienen a veces desabridos pero siempre interesantes entre los actores Israel Elejalde como Hermano Mayor y Cristóbal Suárez, el Actor que en el juego de espejos en que se convierte este complejo espectáculo adopta por momentos la función de Director escénico colisionando por ello no pocas veces con el sentir -su realidad constante- de los personajes erráticos en busca de un autor.
... y un sinfín de características más que sólo se pueden degustar como se debe asistiendo a esta representación sublime, magnífica, con la que Miguel del Arco dio en 2009 el salto definitivo a la dirección teatral. Este espectáculo del que esta reposición conmemora el décimo aniversario tiene el mismo elenco que lo estrenó y que cosechó siete Premios Max en 2011: mejor espectáculo, mejor dirección escénica para Miguel del Arco, mejor actriz para Bárbara Lennie, mejor actor de reparto para Raúl Prieto, mejor actriz de reparto para Manuela Paso, mejor producción para Kamikaze Teatro y mejor adaptación de obra teatral para del Arco y Tejada-. Y lo más importante, en cualquier caso, es que aquel montaje acabó convirtiéndose  en el germen de un proyecto escénico mucho más grande:  El Pavón Teatro Kamikaze -impulsado por del Arco, Tejada, Jordi Buxó e Israel Elejalde-, que recibió el Premio Nacional de Teatro 2017.
Bárbara Lennie, Manuela Paso, Nuria García, Raúl Prieto, Aitor Tejada, Mirian Montilla

La Obra estará en cartel hasta el próximo día 26 de julio. Al tratarse de una reposición, ignoro si emprenderán gira por ciudades españolas. La verdad es que el éxito de público lo tendrían asegurado.

Recomiendo ver esta representación a cualquiera que ame el teatro. Es una maravilla, un espectáculo como hay pocos. Si tuviera que darle una calificación, es evidente que le daría un diez.

22 ene 2015

"Rinoceronte" de Ionesco: ¿Una premonición?

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Ernesto Caballero, Rinocéros, Ionesco, Pepe Viyuela
El autor y el cartel de la representación

En el Teatro María Guerrero de Madrid está en cartel hasta el día 8 de febrero, la obra de Eugène Ionesco, "Rinoceronte". Ayer pude verla y mi impresión sobre la misma se resume en una sola palabra: ¡Magnífica! Magnífica por los cuatro costados:

I) Por la puesta en escena. Excelente la presentación que Ernesto Caballero, responsable de esta versión y director de la misma, hace mediante un escenario basado en una estructura metálica de varios niveles unidos por escaleras al estilo de las que para evacuar los edificios existen en las casas neoyorquinas de la primera mitad del siglo pasado. Estas escaleras delimitan el espacio escénico principal donde se desarrollan acciones cotidianas de nuestra sociedad: el trabajo en una oficina, la vida doméstica en un domicilio particular, las relaciones íntimas en un dormitorio... Pero la escena
Estructura metálica que constituye el decorado
desborda los límites del escenario del teatro italiano saltando a la sala donde los espectadores pasamos a formar parte del espectáculo cuando los pasillos laterales de las filas de butacas son ocupadas por personajes a quienes se interpela de manera genérica desde arriba. A esto hay que añadir el constante trasiego actoral que desde el inicio del espectáculo entran y salen por el patio de butacas desde fuera del teatro hablando sobre sucesos acontecidos en el exterior que a ellos les repercuten en su quehacer cotidiano, con lo que ya no sólo quienes estamos dentro de la sala somos protagonistas de la trama, sino que toda la sociedad a través de estos movimientos constantes también lo es.
II) Por los  actores. Dieciséis actores para dieciséis personajes y no podría señalar ni uno sólo por considerar mala su actuación. Todos alcanzan en mi opinión la calificación máxima. No obstante si hubiera que destacar algunos por la importancia de su papel y por el tiempo que pasan sosteniendo siempre con vigor el ritmo de la historia, éstos serían esencialmente Pepe Viyuela (Berenguer), Fernando Cayo (Juan), Fernanda Orazi (Daisy) y José Luis Alcobendas (Dudard). 
De los cuatro se eleva por encima de todos ellos un impresionante Pepe Viyuela a quien no hace mucho tuve oportunidad de ver en "El baile" de Edgar Neville donde daba cuerpo a un personaje cómico muy alejado del dramático que realiza a la perfección en esta ocasión. Si un actor se mide por su versatilidad, Pepe Viyuela es un actorazo, pues el Julián de "El baile" y el Berenguer de "Rinoceronte" sólo tienen un elemento en común, el físico del actor, pues en todo lo demás los registros son muy diferentes uno de otro; en mi opinión -pero eso ya se debe a la enjundia de la obra- es muy superior el de la obra de Ionesco al de Edgar Neville. Berenguer, que al inicio aparece casi como un deshecho social, es al fin y a la postre el único ser que se mantiene firme en sus convinciones y logra mantener incólume su dignidad (¿lo logra de verdad? El gran Ionesco no se muestra aquí categórico. Para eso estamos cada uno de los espectadores).
El plantel de actores (sus nombres al final del post)
De los otros tres me sorprendió muy gratamente el buen hacer de Fernanda Orazi, actriz argentina a quien es la primera vez que veo actuar, que modula un personaje pleno de femineidad: tierno, amable y en ocasiones veleidoso, pero siempre muy convincente. El Juan de Fernando Cayo y el Dudard de José Luis Alcobendas son figuras muy contundentes gracias a la fantástica actuación de quienes les dan cuerpo que logran transmitir al espectador la fanfarronería y autoritarismo del primero, igual que la tolerancia y la solidaridad con el grupo del segundo.
III) Por el asunto que presenta la obra. "Rinoceronte" es una obra genial que muestra, en un momento en que todo se cifraba en la bondad y superioridad de la sociedad democrática occidental sobre cualesquiera otro pensamiento, la serpiente que dicho sistema socio-político lleva en su seno. Este peligro mortal es el del pensamiento único, el de la imposibilidad de disenttir, de mantener tu opinión pese a que el resto opine distinto... Este riesgo fue dramatizado por el autor francés de origen rumano nada más y nada menos que en 1959, quizás como reacción al sentimiento de intolerancia que se estaba extendiendo por el corazón de los franceses que no veían con buenos ojos el fuerte independentismo que había prendido en Argelia, colonia francesa en esos momentos. El título y la anécdota que recorre la obra sobre si estamos ante un rinoceronte unicornio (el asiático) o bicorne (el africano) no es cuestión baladí, pues por esas fechas las 'naturalezas' asiática y africana que Francia tenía controladas se han ido ya (sus dominios en Asia) o están en ello (Argelia). 
Toda obra maestra si lo es, -y "Rinoceronte" lo es- tiene la capacidad de superar el impulso inicial que la gestó y tomar nuevos sentidos, que muy diferentes del original le dan valor en momentos diversos. Eso es lo que sucede con este drama que ha sido representado en países y épocas muy diferentes y siempre se la recibe como si hubiese sido escrita respecto a algo muy actual, es decir, con claro alcance de modernidad. Por eso cada vez que en España se ha representado: en 1961 dirigida por José Luis Alonso en el mismo teatro que ahora, en 1966 en adaptación televisiva dentro del programa de TVE "Estudio 1", en otros momentos de nuestra historia, o ahora en esta misma que acabo de ver, se encuentra -o se puede buscar- correlato con las vicisitudes del momento.
IVEl absurdo. Lo fantástico y maravilloso de Ionesco es que no nos plantea las cosas con certidumbre sino que nos las vuelve del revés. Todo en la obra tiene significado distinto al aparente y esta incongruencia es la que el espectador debe descubrir debajo del surrealismo hilarante de no pocas situaciones, no por ello menos reales: el tendero que tras un desastre sólo se preocupa por su beneficio económico, el intelectual que todo lo pasa a través de su estúpida lógica, el sindicalista que es capaz por mantenerse en el machito de negar lo que antes afirmaba de modo categórico, el marginado social que a la postre es la única esperanza, el anciano que pretende el favor de la bella y estúpida burguesita, el amor que salva y que luego aparece como arma para controlar... Todo en la función está al servicio del travestismo significativo por lo que el auténtico sentido ha de desentrañarlo el espectador él solo, pues no en balde es un hombre libre y debe usar su libertad para descubrir lo que ahí hay, lo que se esconde bajo lo aparente y mayoritariamente aceptado.