"Soy tan cobarde como él y como tantos otros que a estas horas, en mi pueblo, estarán diciendo bajito para que no les oigan: esto es una salvajada, un derramamiento inútil de sangre, así no se construye una patria. Pero nadie moverá un dedo. A estas horas ya habrán limpiado la calle con una manguera para que no quede rastro del crimen. Y mañana habrá murmullos en el aire, pero en el fondo todo seguirá igual. La gente acudirá a la siguiente manifestación en favor de ETA, sabiendo que conviene dejarse ver en la manada. Es el tributo que se paga para vivir con tranquilidad en el país de los callados."
Fernando Aramburu presenta en este relato cómo viven realmente los integrantes de una pequeña localidad vasca la violencia terrorista. Es la historia de dos familias enfrentadas por culpa de la injerencia ideológica pese a haber estado antaño muy unidas, es una plasmación cierta -o, al menos, muy verosímil- de lo sucedido en el País Vasco durante los años más duros de la lucha armada. Esas dos familias viven en uno cualquiera de los pueblos de Euskadi, concretamente de la provincia de Gipuzkoa. Allí la presión social es fuerte por lo que es difícil sustraerse a la cotidiana participación en las manifestaciones, concentraciones, quema de contenedores y acciones varias que conforman el día a día de la Lucha. Los jóvenes, en especial varones, se ven impelidos a participar en las diversas ekintzas (acciones) programadas por los dirigentes, los cuales son conscientes, como dice un personaje, de que "ETA debe actuar sin interrupción. No le queda otro remedio. Hace tiempo que ha caído en el automatismo de la actividad ciega. Si no hace daño, no es, no existe, no cumple ninguna función. Este modo mafioso de funcionamiento está por encima de la voluntad de sus integrantes. Ni siquiera sus jefes pueden sustraerse a él. Sí, bien, toman decisiones, pero eso es sólo aparente. En ningún caso pueden no tomarlas porque la máquina del terror, una vez que ha cogido velocidad, no se puede detener. ¿Me entiendes?". (pág. 390)
