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27 abr 2021

Un amor. Sara Mesa

22 comentarios:

«Ahora, salvo por ese perro —el guardián de cadáveres—, está sola, completamente sola. Alrededor solo hay silencio: el ficticio silencio de siempre. El motor de un quad taladra el aire, a lo lejos ladran un par de perros y hacia ella se encaminan, nítidas, unas nuevas palabras: el tiempo es el castigo.»

"Un amor" me ha gustado mucho. Sara Mesa sabe mostrar los recovecos inexplicables de la mente del ser humano como nadie. En esta ocasión el deseo, el placer, la compostura femenina y su contrario ante los planteamientos directos, sin ambages ni sentimentalismos por parte del hombre. Y al tiempo la vida en la localidad pequeña, donde todo se sabe y nada o casi nada se puede esconder; esos lugares donde todo se guarda para utilizarlo cuando sea necesario; esos lugares mitificados pero de los que muchas veces conviene escapar para no caer, exánimes, en su toxicidad. 

"Un amor", editorial Anagrama, Sara Mesa
Natalia
es una joven treinteañera, cerca ya de los cuarenta, que por un problema en la empresa de la ciudad donde trabajaba ha decidido despedirse e irse a vivir a un pueblo pequeño, La Escapa, donde nadie la conoce. Allí alquila una casa terrera y se dedicará a traducir del francés una obra literaria. La situación no puede ser más idílica: mundo rural, tranquilidad, apacible dedicación a la traducción literaria. Sin embargo pronto verá que en ese lugar tan bucólico las pasiones humanas, los comportamientos mendaces, las envidias y zancadillas de las que creía haber logrado escapar también están presentes.

La novela, como la anterior de la escritora madrileña, indaga en la psicología profunda y tantas veces contradictoria de los personajes. En especial es en la protagonista, en Natalia, Nat para los amigos, en quien la autora pone el foco de su análisis. Natalia no desea ser acosada por ningún hombre y cuando alguno se acerca a ella se pone tensa y en situación de prevención pues sabe -al menos así lo piensa- que en la relación hombre-mujer siempre el sexo está presente; una experiencia durante su adolescencia así se lo enseñó. Pero contra lo esperado por parte del lector cuando quien sea no lanza sus cebos, indirectas, mensajes o miradas cargadas de deseo hacia ella la desilusión de Nat es tremenda y empieza a pensar que el declive vital ya está próximo («Sin embargo, el desinterés de Píter ha hecho saltar una alarma en Nat: la señal de que empieza a perder un poder que había poseído inconscientemente hasta entonces.»). La conciencia de pérdida de su carnalidad entra en contradicción con la incomodidad que dice sentir cuando el huraño y desagradable de su casero le lanza miradas libidinosas e incluso llega a hacerle proposiciones. Y en medio de estos dos extremos la relación con Andreas el alemán, que nació de manera extraña, fría, contractual y que poco a poco fue haciéndose dueña de ella.

Fuera de estos tres hombres en el mundo rural libremente elegido por Natalia hay otros personajes como la pareja de ancianos formada por Joaquín y Roberta a los que Nat ayuda, cuida y a cambio recibe un pequeño sueldo; la chica de la tienda que la atiende con amabilidad pero hacia la que Natalia hace converger sus infundados celos y sospechas; y también esa familia tan típica en la España vaciada que viviendo en la ciudad acude en vacaciones o en los puentes festivos a la pequeña pedanía donde conserva una casa familiar en la que dicen disfrutar lo indecible y oxigenarse de la vorágine citadina.

No puedo ni debo decir más sobre la trama de la novela pues no quisiera destrozar el placer de la sorpresa que innegablemente contiene el relato. Sólo diré que en la historia de Nat el amor, los celos, la pasión, el enamoramiento, el placer..., pero también la amistad, la ayuda desinteresada, el dar sin pedir nada a cambio... están presentes en abigarrada mezcla y confusión. Es la cabeza de la protagonista la que debe poner orden en este turbulento mar  que la está ahogando. 

En una novela corta como "Un amor" hay mucha literatura, muchas lecturas ocultas, que en algunos momentos me ha parecido ver emerger. La principal sin duda alguna es la de la escritora francesa Annie Ernaux, concretamente la de su novela "Pura pasión" que no hará ni un año que leí con inmenso placer [leer mi reseña aquí]. La misma relación de dependencia tóxica que padece la protagonista de la novela francesa es la que se enseñorea de Nat. Vista desde fuera esta relación libremente aceptada parece contradecir las manifestaciones verbales de empoderamiento femenino por parte del personaje, pero desde el interior de su ser ella, Nat, es, como la protagonista de la novela de Ernaux, una mujer que «Piensa que un solo instante —por ejemplo, ese instante— basta para justificar una vida completa: hay quien no tuvo ni siquiera eso.» Y junto a este innegable parecido con la obra de Ernaux también me ha parecido ver revolotear por momentos la figura clásica de Ana Ozores en este relato; me refiero sobre todo a los acercamientos burdos, bastos, procaces, que el desagradabilísimo casero -me ha recordado a Celedonio, el lascivo sacristán de la Catedral de Vetusta- realiza hacia Natalia considerando que por su comportamiento privado está al alcance de cualquiera: «Trata de escabullirse, de ir más allá, pero él la sujeta por un brazo. —Ven aquí —susurra—. ¿No quieres que yo también te dé mandanga?». 

También la literatura sirve de sostén caracterizador de algún personaje: Natalia y su búsqueda siempre del verdadero y mejor sentido de las palabras en esa traducción literaria que tiene entre manos revela el carácter introspectivo y analítico que exhibe en el relato: «Cuál es entonces el sentido correcto? ¿Verde claro, verdeazulado, enfermizo, difuso, errante? En función del que escoja, deberá orientar el resto del párrafo. Optar por una traducción literal, sin entender el auténtico sentido de la frase, sería como hacer trampas.», piensa ella a propósito del término francés 'glauque' que aparece en el texto que está vertiendo al castellano. Y otro tanto realiza Sara Mesa con Píter el hippy al que nos presenta como hombre sensible; manifestación de esa sensibilidad son las vidrieras que fabrica e ilustra:  «Son para una biblioteca, le explica Píter, por eso ha inscrito versos en ellas: de Pablo Neruda, de Mario Benedetti, de Wisława Szymborska.»

Muy agradable en la narrativa de Sara Mesa, algo que ya observé con sumo gusto en "Cara de pan", es el papel de la música en el relato. La prosa de la escritora tiene un ritmo y una sonoridad que capta al lector; es un ritmo suave que al igual que ocurre con el jazz por momentos introduce rupturas, antirritmos que sorprenden y sirven para agitar y mantener viva nuestra atención en esto que estamos leyendo. Si en su anterior novela eran Nina Simone, Aretha Franklin o Dizzy Gillespie quienes resonaban en las cabezas de alguno de sus personajes, en "Un amor" es Chet Baker, Sam Cooke o Miles Davis los músicos que sostienen musicalmente el tono de la novela. Quizás son los personajes que se mueven más en la ambigüedad, en la indefinición, los que portan estos gustos musicales: en "Cara de pan" era el Viejo, y en "Un amor" es Píter.


Y luego, evidentemente, esa manera suya de escribir utilizando sin estridencias los mil y uno recursos estilísticos que ella maneja como nadie, en especial el adelgazamiento de la figura del narrador mediante el empleo tanto del 
  • estilo directo libre:  «Exacto, dice, es eso lo que busca en su trabajo, la adecuación al contexto» (pos. 188)
como del
  • estilo indirecto libre: «Nat arranca a hablar. ¿Ha traído el coche? ¿Sí? Puede llevárselo a escondidas, de él no sospecharán. Que lo deje en una perrera. O en cualquier otro sitio, en otro pueblo.» (pos. 1738)

Final
Un amor, novela corta española actual
Una muy buena novela, sí señor. Esta chica, Sara Mesa, escribe divinamente. Como ya he dicho, había leído de ella "Cara de pan" que me encantó [se puede leer la reseña que hice de ella aquí]; "Un amor" parecía comenzar en un nivel más bajito, pero qué va qué va, según se avanza en la lectura se observa cómo remonta y remonta hasta alcanzar un nivel que enamora. Y alcanza ese elevado nivel por todo lo dicho hasta aquí y también porque como de pasada toca infinidad de temas y asuntos que hacen reflexionar por el alcance que  los mismos tienen: el machismo, la importancia de lo mínimo («lo grande y lo pequeño, todo junto, en el mismo plano mental»), los celos, el sexo, el imaginario construido por uno mismo («Le atrajo la imagen que ella se había construido de él»), la prostitución, el drama kurdo, la dificultad de mantener la privacidad adecuada en una localidad pequeña, etc. Sí, muchas son las cosas que atraen en Un amor de Sara Mesa.
_________________

Nota.- Esta novela fue objeto de debate en la tertulia literaria "más que palabras..." [si quieres leer la crónica de la misma pincha aquí].

28 ene 2021

Sergio del Molino. La España vacía: Viaje por un país que nunca fue

26 comentarios:

Pueden vivir en Maipú o en el desierto de Arizona, pero están tan enclavados en el centro de la cultura contemporánea como cualquier residente de un barrio de moda de Nueva York. Al mismo tiempo, aunque habiten en el corazón de Barcelona, tienen su mente en un ayer agrario y primordial. Son viejóvenes.

"La España vacía" de Sergio del Molino es un ensayo en el que el autor indaga desde su personalísima subjetividad sobre la existencia de dos Españas: la vacía y la llena. Para él es un proceso no novedoso que hunde sus raíces en el propio ser que nos caracteriza. Me agrada la solución que viene a proponer que es la de la asunción y convivencia de ambas Españas en una que es donde habitan las personas. No vale hablar 'frente a' o 'contra a' una u otra dado que ninguna es absolutamente culpable ni tampoco en esto España es un país original. 

Sinopsis

Un viaje histórico, biográfico y sentimental por un país deshabitado dentro de España En solo veinte años, entre 1950 y 1970, el campo español se vació. Las consecuencias de este éxodo marcan el carácter de la España de hoy. Un ensayo emocionante y necesario sobre las raíces de un desequilibrio que hace tanto daño a la ciudad como al campo. Un viaje a los pueblos de la España vacía y un análisis de la literatura, el cine y la historia que los relata. Hay que viajar muy al norte, hasta Escandinavia, para encontrar en Europa unas densidades de población tan bajas como las de la España vacía.[Sergio del Molino es un] excelente prosista, capaz de hacer relevante lo trivial con el solo poder de la palabra exacta y la formulación imaginativa. (Ricardo Senabre, El Cultural)

Mi opinión

La España vacía; Viaje por un país que nunca fue, campo y ciudad
Me encanta el paseo que realiza el autor por la historia, sobre todo la literaria, de España para dar una explicación plausible de por qué y desde cuándo se ha producido este vaciamiento. Sergio del Molino se ha documentado en profundidad. No hace afirmaciones a humo de pajas, todo lo que sostiene tiene bases sólidas. El cuerpo de notas que incorpora a su ensayo es extenso. Su opinión, personal y original, no surge de la nada, se construye sobre consistentes cimientos. Tras leer el ensayo se comprende que el sintagma "España vacía" desde que apareció en este libro haya tenido éxito y que esta obra haya suscitado un debate importante en el seno de nuestra sociedad. Si he entendido bien a Del Molino la idea que subyace en la expresión de marras no sólo se circunscribe a  localidades desaparecidas o en vías de desaparición. Tiene un sentido más amplio, más profundo. No habla sólo de poblaciones semidesérticas. A mí, sus planteamientos me han parecido atinados, interesantes y bien traídos. 

Sergio del Molino publica en 2016 este ensayo que indaga sobre el desierto humano en que se está convirtiendo -si no está convertido ya- buena parte del territorio español. El escritor en su afán de concreción llega a circunscribirlo a una serie de provincias, unas 14, que con la salvedad de Madrid -auténtico agujero negro propiciador en buena parte de este vaciamiento- forman una especie de España interior dentro de España ("catorce provincias quedaron heridas de muerte y agonizan hasta hoy. Huesca, Guadalajara, Teruel, Soria, Ávila, Cuenca, Zamora, Burgos, León, Salamanca, Palencia, Segovia, Lugo y Ourense se convirtieron prácticamente en desiertos"). Este vaciado no es producto exclusivo de los últimos años (el "gran trauma" producido entre 1950 y 1970), sino que es un proceso que con mayores o menores altibajos viene sucediendo desde la industrialización de zonas peninsulares a partir del último tercio del siglo XIX; este desarrollo  industrial tuvo sus dos principales polos en Vizcaya (la metalurgia) y Barcelona (el textil) y hacia allí que se desplazó buena parte de la población sobrante en campos y ciudades de provincia de esa España que malvivía. Otros importantes puntos de atracción fueron también Madrid, Valencia o Sevilla.

La cuestión "España vacía" no radica sólo en esta emigración, normal en todos los países y habitual a lo largo de los siglos, sino en la cultura que contra los pueblos de origen y sus habitantes existe en España desde tiempo inmemorial, especialmente desde el Renacimiento que contrapuso los valores burgueses radicados en las ciudades que surgían por entonces al ruralismo presente en los feudos que existían así desde hacía al menos un milenio. Se gestó en el XVI una literatura que cantaba lo campesino y pastoril pero idealizado, es decir, visto desde la impostada evocación nostálgica de aquellos que vivían en la ciudad y se sabían procedentes del campo. Era, pues, un mundo falso el de esas églogas y novelas pastoriles; frente a ellas surge también en esa época una literatura realista que llama a las cosas por su nombre y que se patentiza en novelas -la picaresca o el mismísimo "Quijote"- y ensayos como el de fray Antonio Vélez de Guevara, "Menosprecio de corte y alabanza de aldea". Este tipo de literatura extiende la idea de lo rural como mundo embrutecido, feo y peligroso, frente a un universo cortesano refinado y hermoso. Incluso la obra de Vélez de Guevara, a pesar del título, es una reafirmación del mundo urbano; queda la aldea, el mundo rural, sólo como refugio del fárrago ciudadano al estilo de la 'vida retirada' cantada por Fray Luis de León, o sea, el Beatus ille horaciano.

Esas dos visiones del campo son las que pasando los siglos han persistido entre nosotros (y no sólo entre los españoles sino prácticamente en todo Occidente): la visión de Henry David Thoreau de las excelencias de la vida en el campo y la del peligro de vivir en él que sostenían muchos otros autores. Para evitar el peligro sólo quedaba la educación (Rousseau o la leyenda alemana del buen salvaje Kasperhauser). En definitiva, siempre mensajes que no servían para solventar las perentorias necesidades -hambre especialmente- de estas zonas depauperadas o que a lo más las convertían en meros lugares de escapada (segundas residencias, urbanizaciones en medio del campo) para tomar oxígeno y proseguir la vida de urbanitas.

Del Molino reconoce ya esta idea de la España vacía en nuestra literatura (Galdós, Delibes, Cela, Luis Martín Santos, Julio Llamazares...), en nuestro cine (el estudio sobre el documento en imágenes de Buñuel,  Las Hurdes, es fantástico; también es muy reveladora su opinión sobre la película "Surcos" de José Antonio Nieves Conde, así como lo que manifiesta sobre esa serie de películas protagonizadas por Paco Martínez Soria que se burlaban del paleto que arribaba a la gran ciudad y que tanto hacían reír precisamente a esos espectadores que no hacía tanto habían cambiado el mundo rural por el urbano), y plenamente presente en nuestra historia política a partir del siglo XIX, llegando incluso hasta nuestros días.

En nuestro país, como sucede con tantas otras cosas, estas provincias vacías han sido utilizadas políticamente  -lo siguen siendo actualmente- precisamente por aquellos que hablando de favorecerlas y sacarlas de su ostracismo lo único que perseguían era ventaja para afianzarse ellos en los grandes núcleos urbanos que desde hacía años las estaban debilitando. Pone como ejemplo el sistema electoral por circunscripciones provinciales que la Constitución del 78 ideó. En teoría era una manera de favorecer la representación de estos territorios en las Cortes pero en el fondo lo que perseguían los dos grandes partidos era evitar la competencia con otras posibles nuevas fuerzas políticas que pudieran surgir en las grandes ciudades, algo que en estas provincias más tradicionales y conservadoras era impensable que sucediera. Como se ve, de nuevo la gran paradoja -tristemente tan habitual entre nosotros- sigue en su apogeo: con un lenguaje de alabanza de aldea lo que se pretende es consolidar la ciudad (la corte) a expensas de aquella. 

Sergio del Molino es un autor que levanta polémica -sana y enriquecedora polémica, en mi opinión-porque se atreve a agitar cuestiones, ideas, personas o cosas tenidas por muy asentadas y admitidas por todos. Es el caso de, por ejemplo, el análisis que realiza sobre la popularísima frase del no menos popular 'viejo profesor' Enrique Tierno Galván, alcalde de Madrid, proferida en unas fiestas populares de la capital: "A colocarse, y el que no esté colocado, que se coloque y al loro" con la que venía a intentar ganarse a esa base social juvenil procedente de los pueblos que arribaba a Madrid. Si Tierno es un mito que Del Molino racionaliza también hace lo propio con asuntos más vidriosos de nuestra historia como es el Carlismo, movimiento que en el XIX representó la defensa del mundo rural con la exclusiva finalidad de conquistar el trono de la capital. Esta utilización del campo (paisaje y paisanaje) carlista desemboca al decir del escritor en esos nacionalismos que al socaire del Romanticismo y utilizando recursos establecidos por los carlistas (periódicos en las lenguas autóctonas, exaltación del folklore tradicional, etc.) crecerán en nuestro país ocultando -y aquí viene el lado molesto que muestra el autor- que durante la pasada Guerra Civil estos carlistas que están en la base del Nacionalismo vasco colaboraron con el dictador aportando nada menos que 40000 requetés que sirvieron para que los fascistas ganaran con rapidez el frente del Norte.

Estos y otros desvelamientos más realizados por Sergio del Molino en este ensayo están debida y profusamente documentados, lo que no quita para que desde luego sean opiniones muy personales de este madrileño radicado en Zaragoza, aragonés por origen familiar, y como cualquier opinión personal, muy discutibles. Que un ensayo incite al debate, a la discusión civilizada, siempre es deseable, y desde luego "La España vacía" incita a ello. 

Finalizo destacando algunas frases de entre las muchas que contiene la obra que me parecen especialmente reveladoras:
  • Mi trabajo es literario, y la mirada que lanzo a la España vacía es la propia de un escritor que la ha pisado, la ha conocido, la ha vivido, la ha amado y la ha leído. (p. 41)
  • La España vacía, vacía sin remedio, imposible ya de llenar, se ha vuelto presencia en la España urbana. (p. 249)
  • Hay una España vacía en la que vive un puñado de españoles, pero hay otra España vacía que vive en la mente y la memoria de millones de españoles. (p. 16)
  • A la España vacía le falta un relato en el que reconocerse. Las historias que la cuentan complacen a quienes no viven en ella y halagan dos clases de prejuicios: los de la España negra y los del beatus ille. (p. 87)
  • A la España vacía real no le han quedado más que dos caminos: negar y destruir su propia tradición o representarla en una función ininterrumpida al gusto de aquellos que abandonaron hace mucho sus casas y sus calles. (p. 221)
  • Desde Veruela, Bécquer diseñó la primera cartografía romántica de la España vacía. Con él empezó el mito. […] Con el tiempo, los habitantes de aquellos desiertos hicieron suyos esos relatos y empezaron a vivir conforme a ellos. El turismo lo propiciaba. […] desde el momento en que la España vacía asumió que no le quedaba nada más que pasado. Éste, por fuerza, tiene que ser real. Incluso el Quijote ha de serlo. (pp. 148, 151, 153)
  • La recreación consciente y sofisticada de la mitología de la España vacía. La construcción de identidades originales desde la ciudad con una mirada a los mitos heredados, que se reconstruyen y se reinventan con una libertad enorme. Es el estadio último de la descomposición de un país, una forma sutil y casi invisible de levantar una patria imaginaria. (p. 224) 

Sobre el autor

España desértica, España vacía, España vaciada
Sergio del Molino (Madrid, 1979) es escritor y periodista. Premio Ojo Crítico y Tigre Juan por La hora violeta (2013), una novela testimonial dura y muy emotiva que hace cosa de dos años leí y reseñé en este blog. Es autor también de otras novelas:  No habrá más enemigo (2012), Lo que a nadie le importa (2014) y La mirada de los peces (2017). El ensayo que he reseñado aquí, La España vacía (2016), fue un auténtico fenómeno editorial en nuestro país donde abrió un debate social, cultural y político inédito. Recibió el Premio de los Libreros de Madrid al Mejor Ensayo y el Premio Cálamo al Libro del Año, y fue reconocido como uno de los diez mejores libros de 2016 en España por la inmensa mayoría de la prensa. En 2013, El Cultural de El Mundo le escogió como uno de los narradores españoles menores de cuarenta años más relevantes. Actualmente colabora en diversos medios de comunicación, como El País, Cadena Ser, Onda Cero, Mercurio o Eñe.

 

2 dic 2020

"El disputado voto del señor Cayo" de Miguel Delibes.

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"A través de la cristalera, se divisaba la cinta gris topo de la carretera punteada de amarillo y, del otro lado, el emparrado de un merendero con mesas de madera carcomida por las lluvias y la intemperie. Más allá, corría el río, torrencial y cristalino, y, en la ribera opuesta, se iniciaba la ladera, muy pina, abrigada de robles con hoja nueva y coronada por abruptos tolmos, en torno a los cuales planeaban pausadamente los buitres. (pág. 44)

Mi propósito inicial era hacer un breve apunte sobre dos libros para formar un decimoquinto "A pares". Pero al hacer la de "El disputado voto del señor Cayo" de Miguel Delibes me di cuenta de que merecía una sola para él solo. Al final de esta entrada doy el título del libro que se quedó huérfano.


Con esta reseña quiero rendir, como lector, humilde homenaje personal al escritor vallisoletano Miguel Delibes que este año habría cumplido 100 años. En su centenario tenía que releer alguno de sus títulos, la mayoría de ellos leídos en su momento. Elegir cuál sin interrumpir la hoja de ruta lectora marcada durante los dos meses que quedaban hasta culminar 2020 no me era fácil. Quería uno breve que no hubiese sufrido mucho el peso del paso del tiempo. Quedaban fuera por lo tanto dada su extensión "El hereje", quizás su mejor novela; de las otras, recordaba con mucho aprecio, por haber constituido allá en mi lejana adolescencia mi entrada consciente en la lectura literaria, "La sombra del ciprés es alargada", "Diario de un cazador" o "La hoja roja"; por mi dedicación profesional tenía muy presentes en mí lecturas reiteradamente hechas y comentadas con los alumnos a quienes a lo largo de los años impartí clase de "Lengua y literatura españolas":  "El camino", "Las ratas", "El príncipe destronado", "Mi idolatrado hijo Sisí", y alguna otra. La verdad es que tenía el terreno de elección bastante acotado si eliminaba las citadas. ¿Cuál elegir, pues? Al final me decidí por "El disputado voto del señor Cayo", pensé que por su engarce con el mundo socio-político quizás no habría perdido actualidad.

Creo que acerté en la elección pues la novela de sólo 190 páginas, aparecida en 1978 antes de otra muy exitosa como "Los santos inocentes" y de ya una serie de libros de puro oficio que, salvando la estupenda de "El hereje", les siguieron podría cumplir a la perfección mi pretendida finalidad.

Estamos en la primera o en una de las primeras elecciones legislativas de la Democracia. Corre el año 1978 y en la sede de un partido progresista -no se dice cuál, pero por unas cosas u otras se viene a entender que es el PSOE- repasan el mapa de la provincia donde figuran señalados con chinchetas de colores los pueblos visitados y los que no. Es a alguno de los no visitados a donde Dani, el secretario provincial quiere que vayan siquiera a hacer acto de presencia algunos de los candidatos. Concretamente a tres de ellos van a ir Víctor, profesor universitario de unos 40 años, candidato cunero impuesto desde Madrid, y Laly, licenciada en matemáticas, algo menor que el anterior, y candidata en las listas simplemente por rellenar el número permitido dados los pocos voluntarios para hacerlo. Les llevará en su Seat 124 Rafa, militante de base de sólo 25 años.

Miguel Delibes no da puntada sin hilo y por la novela van desfilando todos los tópicos asociados a la izquierda y también y por ello sus propias contradicciones. Así cuando piensan qué coche y chófer llevarán los diputados se deciden precisamente por el 124 de Rafa para evitar malentendidos: 
"A Miguel ya sabéis que no hay quién le apee del ciento treinta y uno, una manía. ¿Os importa llevar el ciento veinticuatro?
—Mejor —dijo Laly—: El ciento treinta y uno queda como burgués
."
Los pueblos que visitarán son tres localidades que apenas si tienen habitantes, algo que ni ellos mismos conocen. Sus nombres son Cureña, Quintanabad y Martos. Son localidades ficticias que según se va leyendo quiere uno situarlas en el mapa.  Al llegar al primero de ellos, Cureña, encuentran a Cayo uno de los tres vecinos del municipio. Vive junto a su mujer sordomuda y no se habla con el otro vecino. Pocos y mal avenidos como se ve.

Gracias al señor Cayo sabrán que en los otros dos pueblos no vive ya nadie. La España vacía y vaciada nos la muestra Delibes en estas tres poblaciones. El drama de la emigración y del abandono del medio rural es denunciado así por Miguel Delibes:
—Diga usted, ¿no habrá por aquí un lugar donde reunir a los vecinos?
—¿Qué vecinos? —preguntó el hombre.
—Los del pueblo.
—¡Huy! —dijo el viejo sonriendo con represada malicia—: Para eso tendrían ustedes que llegarse a Bilbao.
Por diálogos como el anterior la provincia que en mi opinión más puntos tiene para ser el referente real donde sucede la historia es Burgos. No obstante esta cuestión es poco importante pues la denuncia del abandono y desertización de Castilla no queda circunscrita a una única zona sino a toda la Comunidad.

La tarde, pues, a estos tres buscadores de votos se les irá en agradable compañía y charleta con este hombre de más de 80 años que les enseñará el pueblo y les ilustrará acerca de sus ocupaciones con las abejas y la miel que realiza por puro entretenimiento, de manera que cuando el joven e impulsivo Rafa le suelta en plan mitinero que no hay derecho a que siga trabajando, Cayo le contesta que si se lo impidiesen él moriría. 

A lo largo de esa tarde sentirán que ellos tres desde la ciudad no les llevan la modernidad sino una cultura que viene a acabar de una vez por todas con la que mal que bien aún queda en esas zonas escondidas y aisladas de Castilla. Quien mejor lo entiende es Víctor que se maravilla ante la inmensa sabiduría de este castellano viejo. 
—No hay derecho —murmuró. Y recostó la nuca en el respaldo del asiento. 
—¿A qué no hay derecho, macho? 
—A esto —dijo Víctor, apuntando a los últimos edificios del pueblo—: A que hayamos dejado morir una cultura sin mover un dedo.
El choque de dos culturas
Quizás donde mejor se perciba la pobreza de una de estas culturas frente a la inmensa riqueza de la otra sea en el léxico, en el vocabulario, preciso y unívoco el utilizado por el señor Cayo y su mundo en vías de extinción versus la carencia por ignorancia de los términos adecuados para designar esa realidad por parte de los urbanitas.

El candidato y profesor universitario Víctor entra en conflicto consigo mismo tras el encuentro con el sr. Cayo que con una inmensa naturalidad les ha mostrado costumbres de las abejas que bordoneaban (hacían el sonido que las identifica) en la rama de un árbol; a éstas les ha preparado una colmena fabricada con sus propias manos y con la ayuda del humeón (fuelle que suelta humo) organiza su traslado de la una a la otra. Rafa y Laly muestran su sorpresa ante aves cuyos nombres ignoran; así les sucede con el picorrelincho que no es otro que como en la zona, les aclara Cayo, llaman al picocarpintero. En el paseo por el pueblo y su entorno el señor Cayo les nombra diferentes terrenos: tolmos (peñascos elevados), tozal (teso o colina); y les muestra labores campesinas como hacer queso y los objetos a ellas asociados como el entremijo (mesa de tablero con ranuras que se emplea para hacer el queso). Finalmente los lleva a su casa que no es más que un tabuco (aposento pequeño) donde hay muchos objetos como por ejemplo la bruza (cepillo de cerdas muy espesas y fuertes con  abrazadera de cuero al dorso para agarrarla  utilizada para limpiar caballerías) que Cayo utilizaría de joven para tener lustroso al animal de tiro del carro que conduciría por la cambera (camino de carros). Prestaba siempre el sr Cayo la debida atención al recial (corriente recia e impetuosa del agua de los ríos) especialmente cuando ocurría el ejarbe (aumento de agua que reciben los ríos a consecuencia de grandes lluvias). Del otro vecino dice Cayo que no se hablaba con él porque era muy testarrón (testarudo)

PSOE, PSP, UCD, PP, AP,
Frente a la exuberancia terminológica de Cayo, quienes han acudido allí a pedirle el voto ("No saben hacer una O con un canuto pero les jode que alguien trate de enseñarles algo.") se comunican entre ellos con una pobreza lingüística tremenda. La licenciada en matemáticas y candidata Laly es soez en su manera de hablar dirigiéndose a Rafa constantemente con el apelativo "cacho puto", y éste también constantemente minusvalora a los campesinos llamándolos catetos y calificándolos como auténticos zombies ("Son como muertos vivos, coño, ¿te das cuenta? —le dice Rafa a Víctor). 

Es Víctor el único que reconoce la valía de esta gente y es consciente de la barbaridad cometida con ellos por los supuestamente inteligentes: "nosotros, los listillos de la ciudad, hemos apeado a estos tíos del burro con el pretexto de que era un anacronismo y… y los hemos dejado a pie." El pensamiento de Miguel Delibes queda plenamente reflejado en algunas de las opiniones que Víctor al final de la reveladora jornada, y tras haber bebido alguna copa de más en la cena , le dice a Laly
"—¿De… de veras te parece más importante recitar Althusser que conocer las propiedades de la flor del saúco?".
"¿P… puedes decirme, Laly, por qué es más cultura nuestra cultura?"

En mi opinión esta es la intención perseguida con esta novela por su autor: Mostrar, quizás, una leve esperanza de recuperar el mundo rural castellano dejado de la mano de Dios desde hacía décadas. La Democracia, quizás, piensa Delibes, podría prestarle la atención que el medio merecía. Pero los dos jóvenes que acompañan a Víctor, único representante de la intelectualidad, no parecen dejarnos, por la actitud de ambos, abrigar muchas esperanzas.  En fin, era 1978 y todo podía aún ocurrir. Estamos hoy en 2020 y ahí está la España vacía y vaciada de la que hablan ahora muchos y buenos autores como Sergio del Molino, por citar un nombre importante. Estamos ahora más concienciados del problema que esto supone; como se ve llegamos 40 años tarde.

Esta novela corta es un prodigio lexicográfico. A los términos ya señalados cabría añadir otro montón que le nacen a Cayo con una fantástica naturalidad: 'almorrón' (lomo alto de tierra, acanalado en su parte superior, y que desde una noria, acequia, etc., conduce el agua hasta las regueras). Miguel Delibes es de Valladolid y eso se nota mucho en el vocabulario como se ve en este término y en otros como 'camella' (arcaísmo utilizado en el relato con el sentido de portillo que cierra o abre el paso del agua por la reguera) o incluso 'gárgol' (ranura en la que se encaja el canto de una pieza), palabra utilizada por el señor Cayo cuando les está hablando de la confección de la colmena de madera para las abejas. Y muchas más: 'chovas', 'dujos', 'hornilleras, 'costanillas'...

Es también, como he señalado, una denuncia explícita y muy plástica de la España vacía tal cual es y la vive Cayo: "Dentro de los edificios, bajo los dinteles sin puertas o tras los postigos desencuadernados, se veían arcones de nogal, viejos arados, ganchos, escañiles y yugos llenos de polvo y telarañas. De cuando en cuando, el señor Cayo se detenía para mostrarles alguna peculiaridad del pueblo o contarles anécdotas nimias, en cuyo relato ponía un énfasis desproporcionado"

Pueblos abandonados de Castilla, Miguel Delibes
Pero sobre todo es un canto al medio natural que el novelista abona con ese vocabulario preciso y pertinente que ya hoy pocos conocen: 
"Descendían por la trocha de uno en uno, entre ringleras de manzanos chamosos, el caserío arriba, en el cantil, y, abajo, en la hondonada, el río, las torrenteras rugientes, con un rumor sordo, y cambiante como el del mar. Ya en la orilla, el señor Cayo caminó a paso rápido por la sirga hasta alcanzar un restaño"
Y en el aspecto de la política -no podemos obviar que la anécdota del libro es la búsqueda del voto- Miguel Delibes presenta, en mi opinión, un panorama algo descorazonador: los Partidos son como empresas que sólo buscan ganar y para ello pegan sus carteles electorales sobre los de la competencia e incluso en algún momento son capaces de llegar hasta las manos. Sus militantes, salvo excepciones como Víctor, son algo incultos, procaces y malhablados como Laly (Laly dirigiéndose con cierto humor a Rafa: "Reúnes todos los vicios del pequeño burgués, las tres Pes, como dice Ayuso: Pereza, pito y paladar."), vagos  y pretenciosos (Rafa tiene 23 años y anda aún por 2º de Derecho). Además viven en un mundo irreal en el que ven  la realidad a través del Cine e incluso llegan a considerar a alguien de una opción u otra por aspectos ajenos a la política como, por ejemplo, la conducción de un modelo u otro de automóvil e incluso por sus gustos musicales:
—¿Crees de veras que cada opción política tiene su música? 
—Tampoco es eso —dijo Laly—, pero tú me dirás cómo casas el género chico con una alternativa progresista.
Lo que la relectura de esta novelita de Delibes me ha venido a mostrar es que su literatura sigue siendo más que adecuada para enseñar a escribir a quien sea y desee aprender. Véase, si no la descripción con la que abro esta reseña. ¿No os parece un más que pertinente ejemplo para mostrar a escolares y bachilleres?

Pero, me diréis, ¿hay algo en la novela que no te haya gustado? Pues sí, hay una cosa que creo que no hace mucho bien a los escritores que colocan sus novelas muy pegadas al tiempo real. Ello son las alusiones de nombres reales de políticos fugaces que en el momento de escritura quizás tuviesen relevancia pública ("Los de Fernández Cuesta eran"; "Ahora dicen que anda con Areilza", y así) pero pasados los años -42, nada más y nada menos- han quedado subsumidos y olvidados en el fango de la Historia.

Por último, sólo he visto en la novela un asunto que resulta anacrónico para un lector actual. Ese es la manera de relacionarse hombres y mujeres en el relato. Se percibe una falta de equidad en el trato entre ambos sexos; especialmente es perceptible tal cuestión en Rafa y Laly, siempre lanzando el primero pullitas machistas a la chica, y ésta defendiéndose del acoso verbal con una agresividad lingüística que resulta algo fuera de lugar. En defensa del escritor diré que para la generación a la que él pertenece hombres y mujeres pertenecían a esferas distintas; por eso no creo que haya machismo en Miguel Delibes, había machismo en la sociedad de 1978. La novela es una muestra de la realidad sociológica española de esos años.

Para finalizar
Pensaba unir esta reseña de "El disputado voto del señor Cayo" con "Coños", la primera publicación de Juan Manuel de Prada, y formar una entrega más de mi sección "A pares". No va a ser así porque creo que no maridan bien estos dos autores y menos aún estas dos publicaciones. Dejaré para otra ocasión a Juan Manuel de Prada y así homenajearé a Miguel Delibes como se merece. 
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Nota
Esta novela fue la que elegimos en la Tertulia "más que palabras..." para homenajear al escritor que fuera director de El Norte de Castilla. Por la fecha de publicación y la maestría del autor también la incluyo dentro de las lecturas de clásicos dentro de la IVª edición del  Reto 'Nos gustan los clásicos' en el que participo.