27 jun 2026

"Septiembre negro", una novela de Sandro Veronesi

6 comentarios:

«Hay dos versos de W. H. Auden que siempre recuerdo desde que los leí por primera vez —estaba en el instituto— y que, en forma de tarjeta de visita, he repartido siempre que he podido entre mis amigos, las chicas a las que he amado, mis alumnos, mi mujer, mis hijos, en las conferencias que he dado. Dicen así: "Aunque no siempre podemos recordar por qué fuimos felices, / no olvidamos que lo fuimos»

Septiembre negro, Juan Salmerón Arjona (traductor)
Hace ya cuatro años leí con gusto El colibrí, novela exitosa de Sandro Veronesi tanto en su país como aquí o en Francia [novela reseñada en este blog]. Tras El colibrí (2019) el escritor italiano publicó Comandante (2023) y por último en 2024 vio la luz en su país Septiembre negro (en 2026 en España). Las tres han sido publicadas por editorial Anagrama y la traducción la ha realizado Juan Manuel Salmerón Arjona.

Al igual que hice en la reseña de El colibrí pensaba colocar aquí la sinopsis ofrecida por la propia editorial. Sin embargo he decidio no hacerlo, pues la sinopsis que ofrecen es tan extensa que apenas si deja espacio a la imaginación del propio lector. Así que no, no la copiaré. No quiero desvelar más de lo necesario, error en el que, creo, insurre la empresa editora.


Mi comentario
Desde la altura de sus 62 años, el narrador y protagonista Gigio Bellandi, trasunto del autor con total seguridad, rememora el lejano verano de 1972 cuando él tenía 12 años y su propio cuerpo y el mundo que habitaba experimentaron un cambio brusco, no esperado, que modificó la trayectoria de ambos. El momento cenital de esta mutación tuvo lugar durante el mes de septiembre cuando se estaban celebrando los Juegos Olímpicos de Múnich  y un grupo terrorista palestino denominado 'Septiembre negro' atentó en los mismos, secuestrando a miembros del equipo olímpico israelí tras haber asesinado a dos de sus integrantes. La resolución del conflicto fue una masacre que aún hoy día es recordada en todo el mundo. Pese al horror y crudeza de estos hechos los JJ OO continuaron como si nada hubiese sucedido. E igual ocurrió con la vida del niño-adulto Bellandi, que continuó como si lo vivido y experimentado personalmente por él durante ese verano del 72 no hubiese sido importante, a pesar de que sí lo fue.

Si el mundo que rodeaba a Gigio se vio sacudido por el suceso terrorista anterior, él mismo, como digo, también vivió transformaciones íntimas en las que entró siendo un niño y salió convertido en otra persona. El cambio que sufre es el propio de la adolescencia. Gigio Bellandi y el resto de su familia como todos los veranos veranea en el Tirreno, en una localidad llamada Fiumetto. Hasta allí se desplazan desde Vinci, pueblecito a unos 30 kilómetros de la zona de veraneo; en la playa coinciden con la familia Raimondi, ésta de alta alcurnia y mayor poder adquisitivo. El preadolescente que el joven Bellandi es se siente atraído por Astel, la hija de los Raimondi, un año maayor que él y con la cabeza ya  ocupada por asuntos más propios de mayores que de niños como Gigio. El acercamiento a Astel que el narrador consideraba casi imposible se verá favorecido precisamente por la afición a la música anglófona de la chica Raimondi. Gigio habla perfectamente inglés gracias a Betty, su madre irlandesa, y Astel le pide ayuda para que le desvele el contenido de las canciones. Por este motivo Gigio y Astel pasarán horas y horas durante ese verano escuchando música, traduciendo letras, bailando y conociéndose cada día más y mejor.

Estamos, pues, ante una novela de iniciación, un bildungsroman, en el que se muestra el muy difícil de aprehender momento de transición del mundo infantil al adulto, o sea, la adolescencia. La literatura lo ha tocado en múltiples ocasiones, aunque también en múltiples ocasiones ha preferido eludirlo por la dificultad de transcribirlo debidamente en palabras. En mi opinión Sandro Veronesi consigue presentarlo debidamente. Gigio Bellandi, el narrador, es un chico que a sus doce años es un enamorado de todos los deportes, especialmente del ciclismo: los éxitos y fracasos de los ciclistas italianos los vive como propios. Así, por ejemplo, que Franco Bittosi perdiese el campeonato del mundo de ciclismo el 6 de agosto de 1972 lo vive Gigio como un fracaso personal:
«¡Ay qué dolor, qué dolor inmenso! Sí, un dolor inmenso nos invade a todos, a sus familiares, a sus fans, a nuestros barrios, a Versilia, a Toscana y a toda Italia, porque todos amamos a Bittosi. Si él hubiera ganado, habríamos ganado todos.
Ya no es cuestión de si era niño o adulto: el 6 de agosto de 1972, el dolor nos destrozó a los dos, como destrozó a mi padre, a Gilda, a mi madre, a todos mis amigos de Bagno Stella y a todos mis amigos de Vinci, a mis compañeros de clase, a los profesores, al director del colegio, al cura.»
Es Gigio más niño que adulto, sin duda alguna, disfruta más contemplando las Olimpiadas por las primeras televisiones en color que han llegado a Italia (una de ellas precisamente está en casa de los Raimondi en Fiumetto), pero la atracción que sobre él ejerce Astel ya le hace dudar, tendrá que elegir. Y es que ser adulto no siempre es satisfactorio. El niño y el adulto luchan en su interior:
«Bailábamos, pero mi cabeza no se vaciaba del todo, siempre sobrevivía un pensamiento que me decía que estaba perdiéndome los récords mundiales de Mark Spitz o de Roland Matthes. Hiciéramos lo que hiciéramos, latía en mí, oculta e inconfesable, la esperanza de que ella se interrumpiera y me propusiera ir al salón a ver las Olimpiadas en color.»
La desazón propia de un adolescente la presenta Veronesi en Septiembre negro con acierto y total verosimilitud. El personaje narrador se siente muy unido a Augusto, su padre, quien gusta de practicar la navegación a bordo de su barquito Tivatú. Siempre que puede lo acompaña, aunque ya en un momento dado preferiría quedarse con Astel y no salir a navegar con el padre. Es enorme la cantidad de términos marineros que Sandro Veronesi presenta en su novela: orza, bolinas, foque, espináker, viento lebeche... y tantos otros más.

Si hablando del padre, Augusto Bellandi, los términos marineros cobran especial importancia, en el mundo de los adolescentes Astel y Gigio es la música la que está en el centro de sus intereses. Todos los temas musicales que se citan en la novela aparecen en una lista de Spotify de un usuario con nick 'Palomew' que al ser pública me he permitido insertar aquí. Espero que os guste tanto como a mí:


Como ya señalara yo en la reseña que hice de El colibrí, también aquí, en Septiembre negro, las referencias a la cultura popular, especialmente la música y el cine, son abusndantes. Las mismas cumplen una importante función en la formación y evolución del carácter e identidad de todos los personajes. Si la música lo hace en los adolescentes y jóvenes, el Cine lo realiza en los padres de éstos. De hecho, muchos de los nombres que los adusltos dan a sus hijos están tomados de filmes que les gustaron o conmovieron por algún motivo:
«a mi hermana la llamaron Gilda por la película de Rita Hayworth. Primer misterio: [...] Mi hermana nació en 1965, y Gilda, la película, es de 1946, mi madre tenía entonces catorce años y mi madre once, y no se conocieron hasta doce años después.[...] Gilda era una vieja película, ¿qué tenía que ver con ellos? A ver: yo también llamé Jimmy a mi primer hijo en honor a Jimmy Rabbitte de la película The Commitments, pero, para empezar, esta película se estrenó un año antes de que naciera mi hijo»
Y al igual que el escritor ya hiciera en El colibrí mucha es la metaliteratura que hay en esta última novela. Así, cuando, como en la cita anterior, el narrador percibe que se ha salido de su línea narrativa interrumpe el discurso y avisa de que no es ese el momento de decir tal cosa o que ni siquiera esa es la intencionalidad que persigue con su narración:
«Pero veo que he empezado a hablar de mí -de mí como soy ahora- y no quiero;no era mi intención y me interrumpo enseguida, porque el único yo que importa en la historia que quiero contar es el de un niño de doce años que aún no sabe nada de nada.»
En otro momento el Gigio adulto, el hombre de 62 años que está escribiendo esta historia, avisa de la finalidad de la misma. En el fondo la está usando como terapia personal. Aviva nuestro interés como lectores al oírle preguntarse si él podría haber hecho algo cuando tenía doce años para que eso no sucediera. Y el suspense se activa en nosotros: ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sucedido que aún no se nos ha contado? ¿Por qué escribe esta historia? ¿Será algo demasiado grave?... Y es gracias a esto que seguimos en la lectura,  porque el suspense Sandro Veronesi ha sabido despertarlo y sabe dosificarlo debidamente.
«La cuestión es saber si, siendo yo como era, podía o no podía oponer resistencia a la fuerza que me las arrebató de esa manera. Es una pregunta que me he hecho muchas veces, y he llegado a la conclusión de que estas respuestas no se pueden obtener directamente: se responde a una pregunta y enseguida surge otra, las respuestas solo son opiniones, y en lugar de acercarnos a la verdad nos alejamos. Me he convencido de que, si hay alguna posibilidad de que la respuesta aparezca, verdadera y esencial, tiene que ser a través de la narración: una narración exacta, detallada y honesta de todo aquello que perdimos»
Y más tarde, ya desde el hoy más actual, confiesa que, dados los años transcurridos, había olvidado muchísimas cosas de las escritas en las páginas anteriores cuando habla de ese verano de su preadolescencia  («el nombe del barco de Agnelli, los minutos que le sacó Merckx a Gimondi en el Tour de Francia, el argumento de El Eternauta»). Y de manera confesa y categórica -¡más confesión metaliteraria imposible!- concluye diciendo:
«Bobby Fischer ha pasado a ser mi ídolo borrando a casi todos los que tenía de niño cuando me gustaban todos los deportes –y cuyos nombres fui olvidando poco a poco y he tenido que buscar en Google para mencionarlos en esta narración–.»

Lo que más me ha agradado
Adolescencia,Bildungsroman
Muchas cosas me han gustado de este Septiembre negro. De todo lo que, aunque sea de pasada, toca (la política, la persecución de los diferentes, el racismo, el sexo, la infidelidad, la amistad, la familia...) para mí lo esencial es la presentación que realiza del proceso de transición hacia la edad adulta de ese niño preadolescente, su entrada en la misma. También cómo ésta se ha producido en un entorno cambiante y confuso tanto en el ámbito familiar (sus padres, los conflictos entre ellos, la relación con su hermana Gilda, la relación con el padre, el curioso tío Giotti que aparece inopinadamente en la casa y del que tanto aprendió, los amigos, el descubrimiento de la atracción física...) como en el mundial (el evidente componente racista existente durante esos años 70 del siglo pasado, el mundo del deporte, las Olimpiadas de 1972, el atentado por parte del grupo terrorista Septiembre Negro, la música rock...).

Pero sin duda alguna el mensaje que en mi opinión deja claro el autor en esta novela es el tremendo desconocimiento que los adultos tienen de aquellos que tienen a su cargo, o sea, sus hijos o sobrinos que poco a poco crecen, se transforman, se enamoran, se ilusionan, se desilisuionan... Y ellos, los padres, los tíos, los responsables, ignoran casi todo lo que les acontece o les preocupa. Tal se observa cuando en Dublín y ya con catorce años de edad Giogi pregunta a su tío Giotti por Astel:
«¿Qué pasaba con Astel? ¿Se sabía algo de ella? [...] La respuesta fue: "¿Astel?" ¿Entendéis? Mi tío Giotti no sabía ni quién era, como tampoco sabía quiénes eran Vincenzo Balestrieri y Jacky Ickx antes de que yo se lo dijera. Es verdad que se marchó de Fiumetto el día antes de que ella llegara, ni siquiera la conocía de vista, y es evidente que mi padre nunca le habló de ella. [...] En aquel momento, con la rabia que sentía, metí a mi tío Giotti en el saco de los adultos egoístas e insensibles, y no me despedí de él como se merecía.»
Una buena novela, muy bien escrita, muy en la línea, tanto en tema como en procedimientos narrativos, de  El colibrí. Un autor recomendable al que se lee con mucho gusto. Muy recomendable.


9 jun 2026

Juan Maíllo: "El palacio de nitrógeno"

12 comentarios:
Juan Maíllo, Poesía elegíaca
Gentilmente, Juan Maíllo me ha enviado no hace muchos días este poemario suyo. Desconocía yo hasta este momento que el profesor lucentino practicase también el arte de Erato, quiero decir, que escribiese poesía, y dentro de ésta en el libro que nos ocupa el canto elegíaco. 

A mí los los libros de poesía lírica como El palacio de nitrógeno siempre me han atraído. Parece mentira cómo, a pesar de la habitual delgadez de los mismos, pueden contener en su interior tal cantidad de sentimientos y sensibilidad. Los veintidós poemas que componen este poemario me reafirman completamente en lo que acabo de decir. 

Abre Juan Maíllo este hermoso librito con tres epígrafes referidos al asunto que va a tocar y que son muy reveladores de sus gustos literarios. Los textos de los mismos pertenecen, por este orden, a  Charles BukowskiWislawa Szymborska y Jack Kerouac. Entiendo que aluden, yendo de lo general a lo particular, a la necesidad de ser fuerte para superar la adversidad, reflexionar sobre el luctuoso suceso acaecido, y al final aludir a que la bondad de un hombre es merecedora de todos los elogios. Y este hombre es, sin duda alguna, aquel al que con palabra amorosa dedica este bello y gran libro: «Papá». Sigue a estas cuatro páginas una quinta en la que informa de qué es la criogenia, la criogenización, esto es, la paralización de «procesos biológicos y químicos. Indefinidamente»

 Confieso que tras leer los cuatro primeros poemas tuve que parar la lectura, pues la verdad y el sentimiento que los mismos transmiten me embargaron por completo. La realidad de la muerte del padre, las palabras del oficio fúnebre, el lugar concreto donde reposan los restos, sus datos personales... insistentemente resuenan en la cabeza del poeta. El aciago suceso ocurrió además un 19 de marzo, Día del Padre, y el hijo lamenta la marcha precisamente ese día en que él («papá, / mi papá, / papaíto») debía de haber sido obsequiado. El regalo van a ser estos poemas construídos con «palabras espolvoreadas de nitrógeno» y de esta manera, dice Juan Maíllo, dirigiéndose a su padre fallecido:
«te mantendré así,
vivo,
hasta que llegue mi muerte,
esté ya a tu lado
y no tenga que viajar más
para verte.»
  Entre el primer poema, precisamente el que da título al libro («El palacio de nitrógeno»), y el último («Criogenia»), que explicita el porqué de haberlo compuesto, hay veinte poemas escritos en verso libre en los que el poeta da rienda suelta a sus recuerdos: momentos vividos con el padre («Palabras féretros», «El tesoro» o «Las treinta monedas de plata») mezclados con el presente actual («Letras negras sobre fondo blanco») o con lo ya finalizado, pero aún muy  reciente («Sentado en el filo de la cama»). 

Hay mucha verdad en esta obra, tanta que, sin saberlo a ciencia cierta, me atrevo a decir que los nombres familiares que en algunos poemas aparecen se corresponden con los auténticos de la familia del poeta (mujer e hijos) y de otros familiares y amigos, en especial compañeros de trabajo, que han vivido y acompañado al poeta en el proceso luctuoso por el que está pasando o acaba de pasar. Son «Mónica, Víctor y Paula» que, mientras él está despierto en la madrugada, duermen en la casa; son sus compañeras de trabajo «Mapi» y «Rocío» del poema ¿Cómo estás? («"¿Cómo estás?", / me dice Mapi / mi compañera / [...] / "¿Cómo estás?", / me dice Rocío, / otra de mis compañeras, »).

Creo haber percibido un auténtico sentimiento de religiosidad respirando en algunos poemas,. «Dios nos prueba», dice en el poema «La avaricia»; el poeta es un hombre que cree, un hombre religioso a su manera, un hombre que busca consuelo, pero no es un beato ni nada parecido. Estamos más ante un panteísmo que enlaza con un amor a la naturaleza (en «Gotas de lluvia» aparece la idea de la muerte que da vida).Y también varios de los poemas traslucen junto a hermosos recuerdos la mancilla de la vulgar realidad («La avaricia» o el hermosíssimo «Letras negras sobre fondo blanco»).
                         

(De “LA AVARICIA”)

Dios nos prueba
afortunado quien no codicia
y ofende a sus hermanos
afortunado quien codicia lo invisible
porque está arraigándose en la tierra
[del desarraigo
está tejiendo una red de palomas
[blancas
y está cavando una tumba bajo el
[mar en calma.

 


(De “LETRAS NEGRAS SOBRE FONDO BLANCO”)

Nadie puede bajar aquí
es imposible
solo yo puedo
nadie podrá robármelos
ni mancharlos de codicia
por la herencia
entre hermanos


[…]
En cuanto a lo formal destacaría cómo en algunos poemas Juan Maíllo hace un uso liberalísimo de los signos de puntuación, llegando casi a prescindir de ellos («Letras negras sobre fondo blanco», «Tejo milenario y los truenos», «Anuncio»). También es abundante el polisindeton y las repeticiones para marcar con ese ritmo redundante y monótono la incomprensión que nos genera la muerte («Mis ojos muertos» o «Primavera»). En el primero de estos dos poemas la secuencia conjunción copulativa 'Y' más gerundio 'LLORANDO' aparece repetida ocho veces referida a Paula. En «Primavera» el polisindeton también es de conjunción copulativa, en este caso la 'NI', más sintagma nominal; es una reiteración rítmica puesta en la boca o en el pensamiento de Noelia y el poeta. 

Las secuencias nominales rítmicamente repetidas de este último poema me han evocado durante su lectura poemas de Juan Ramón Jiménez. Y es que en El palacio de nitrógeno de Juan Maíllo afloran muchas de sus lecturas y se perciben muchos de sus poetas favoritos, sin necesidad de que él los nombre. Así el perito en lunas de Miguel Hernández («perito en grillos» leemos en una ocasión); pero sobre todo me evoca al poeta oriolano y también a José Hierro la manera directa, imperiosa, que tiene de dirigirse al receptor de esta elegía que en definitiva es El palacio de nitrógeno:
«Estas palabras para
honrarte 
[...]
palabras que deambulan,
como espíritus, 
te invocan
[...]
Es imposible que 
desaparezcas
del todo.»
[...]
(Palabras féretros)
Cuando se refiere al cadáver en proceso de descomposición y agusanamiento es evidente la asimilación e influjo en el poeta de la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández:
«Ya habrán empezado los gusanos
a reírse a carcajadas 
en su banquete
[...]
Si pudiera quitar la lápida,
si pudiera abrir tu féretro, 
si pudiera entrar en él, 
dormir a tu lado, 
abrazarte,»
[...]
(Mis ojos muertos
  He disfrutado mucho leyendo los hermosos poemas de este libro de Juan Maíllo. Habita en él un hacedor de imágenes, de belleza literaria, que ya había visto en sus novelas pero que ahora aparecen en mayor cantidad y densidad. La disolución del tiempo, su detención, su aniquilación como consecuencia de la muerte es elemento central en este canto elegíaco a la figura de «Antonio Muñoz Cañete», el padre de Juan José Muñoz Maíllo, el autor y creador del poemario.

UN SUEÑO
Anoche anduve en un sueño.
Recortaba las fotografías 
de tu cara y de mamá y
luego las pegaba
una junto a la otra
en una hoja en blanco.
Las fotografías tenían el color del tiempo, 
el mismo tiempo que os separó
y os reunió
el el cementerio:
el color blanco.»
________________________

Otros libros de Juan Maíllo leídos y reseñados por mí en este blog son:

Caronte (2017) 


4 jun 2026

"Los sorrentinos". Novela de Virginia Higa

10 comentarios:

«El sorrentino no tenía el borde de masa de los pansotti, ni el relleno de carne de los agnolotti, ni llevaba ricota como los cappeletti. Era una media esfera con cuerpo, hecha con una masa secreta, suave como una nube, rellena de queso y jamón.»

LIteratura argentina actual, Cocina,
La escritora Virginia Higa (Bahía Blanca, Argentina, 1983) sólo tiene publicados, que yo sepa, esta novela y un libro del género ensayo. Acabo de encontrar el título del mismo ("El hechizo del verano") y la verdad es que me parece un título muy novelístico, casi más que el de la única novela que ha escrito hasta ahora.

Los sorrentinos es la historia de una familia argentina de origen napolitano (los abuelos emigraron desde Sorrento hasta la Argentina a finales del siglo XIX,  época de fuerte emigración italiana). El personaje central es el Chiche, el menor de cinco hermanos ([los padres del Chiche] «Tuvieron cinco hijos: Umberto, Electra, Totó, Carmela,  y Argentino, el Chiche, todos nacidos en Mar del Plata») que se hará cargo del restaurante que sus padres abrieron en Mar del Plata, ciudad turística de la provincia de Buenos Aires. Aunque él no tenía afición excesiva por este gremio al morir Umberto, su hermano mayor, se hizo cargo del negocio. Un negocio que debía gran parte de su éxito a la creación de un plato de pasta llamado 'sorrentinos' como homenaje al lugar de procedencia familiar.

Son, pues, los sorrentinos y el restaurante de la familia Vespolini, regentado por el Chiche Vespolini, el eje sobre el que gira la novela. Una novela que da cuenta de la vida del Chiche, de sus hermanas Carmela y Electra, y de sus hermanos Umberto y Totó. Pero siempre teniendo como punto de referencia al Chiche; de ahí que en gran medida algunos apartados o secuencias en que se estructura esta novela corta (apenas 150 páginas) me hayan parecido más una serie de anécdotas, cuyos relatos al engavillarse han formado esta novela.

Por lo dicho entiendo que la autora lo que ha pretendido hacer es rendir homenaje a este personaje que le había llegado a ella en forma de relato familiar. Cierto es que si este era el propósito, Virginia lo ha logrado con nota.

En el homenaje ocupa lugar preeminente el vocabulario utilizado por el Chiche y sus familiares. También es muy importante en el apartado de las aficiones del personaje, el Cine. Y en cuanto a su identidad, su condición sexual es elemento central.


El Vocabulario
No domino, como es evidente, el habla de la Argentina, pero por lo que he investigado en la novela Virginia Higa utiliza muchas palabras procedentes del lunfardo o del lunfardo modificadas por el personaje protagonista, y también muchas otras palabras o expresiones propias de su familia italo-argentina. Son términos como 'mishadura' (pobreza extrema, miseria, indigencia o falta de dinero);  'catrosha' (mujer que disfruta de salir con muchos hombres), calificativo que el Chiche dedicaba a Adela, empleada del restaurante («¡Sí serás catrosha!»). En masculino, la palabra 'catrosho', se usa para designar al hombre homosexual; 'chinaso' (se aplica a las personas, objetos o costumbres de extraordinario mal gusto); 'morfando' (comiendo);  'mersa' y 'mersada' en la expresión que Pepè le dirige a su amigo Chiche («catrosho mersada») por no querer, estando en Roma, ir a escuchar el saludo dominical del Papa: 'mersa' se utiliza como adjetivo para describir a una persona, comportamiento o cosa de mal gusto, vulgar o con costumbres poco refinadas, se asocia despectivamente con lo "ordinario" o lo "barato". Hay también palabras que surgen de la  mezcla entre el italiano y el lunfardo, como por ejemplo "sciaquada" (pronunciado shacuada) se utiliza coloquialmente para referirse a una persona desgarbada, descuidada, desaliñada, sin gracia o de aspecto endeble). Propiamente italiana parece la palabra 'munaciello
[el munaciello era un] «espíritu doméstico napolitano que, al parecer, había seguido a la familia desde Sorrento hasta Mar del Plata. La figura del munaciello era la de un monje de baja estatura, vestida con el hábito de la orden de los dominicos»
En otros casos el vocablo o la expresión es una pura invención o creación del protagonista de la novela. Tal ocurre con 'papocchia' (de mala calidad), o en otro ligar del relato con 'spaccone de porquería' («un spaccone era una persona que se daba aires, que creía ser más de lo que era o que exhibía con soberbia lo que poseía o creía poseer.»).

Ni que decir tiene que siendo el vocabulario uno de los méritos de la novela, también es una de las dificultades que para hablantes de este lado del atlántico presenta. Con todo, en mi opinión, los pros superan con creces a los contras.


Los Personajes
Además del Chiche, protagonista y centro de todo el relato, en Los sorrentinos hay multitud de personajes. Además de ser muchos, las relaciones familiares entre ellos también son grandes y diversas. Esto, pienso, no es más que una traslación al papel de la realidad habitual en las comunidades de origen italiano, que vienen a reproducir los comportamientos culturales propios de la lejana patria en la que la familia (aquí la de los Vespolini) es un pilar esencial, fundamental. 

Están los cuatro hermanos del Chiche: Umberto, Electra, Totó y Carmela. Y luego vendrían los primos de éstos, menos en número, pero también importantes como por ejemplo la prima Dorita o el primo Ernesto. Los sobrinos como Honorio, Manuel, o Virginia, hijo el primero de Totó y los dos últimos de Carmela. Las parejas de unos y de otros, como por ejemplo Elvio, marido de Carmela; Lucinda, mujer de Totó; la 'Coca', mujer del primo Ernesto; la  Gorda Montero, casada con el sobrino Honorio; la prima Dorita y su casorio con Valdemar del sector ("rubro") de vendedores de aspiradoras; etc. Y por si esto fuera poco, las familias creciendo por parte de los más jóvenes («Ernesto y la Coca habían tenido dos hijas: Teresa -la que trabajaba en la rotiseria- y "la Matilde nuestra" -que era la madre de la bailarina de la televisión-) y extinguiéndose por arriba: Electra por enfermedad, Umberto por accidente laboral, otros por voluntad propia... ¡En fin, la vida!

Por si el enrevesado panorama familiar fuera poco, en Los sorrentinos aparece también un buen número de personajes secundarios como el bioquímico Pepé, 'catrosho' como Chiche y amante de las telenovelas; Corina, antigua novia de Umberto; Facha Farina, la veterana cocinera transmisora de los secretos gastronómicos de la trattoria; el cura Adelfi, 'catrosho' como Pepé y el Chiche; el psiquiatra doctor Kavafis, comensal habitual en la trattoría, que representa al típico personaje humorístico de la comedia italiana que en el fondo es la novela; la señora Baldi, maga y profetisa, que acompaña a Carmela a visitar a una modista vidente; el joven mozo Mario al que el Chiche llamaba Carpi, personaje que atiende al Chiche, especialmente leyéndole noticias del periódico haciéndole protagonista de alguna de ellas, y que abre y cierra la novela; Valdemar, el marido de la prima Dorita que para Ernesto no era más que un 'spaccone', o sea, una persona fanfarrona, presumida, bravucona o jactanciosa; y así otros tantos más.

Estamos, pues, ante una novela de personajes. Cada uno aporta sus anécdotas, sus vivencias, y la suma de todo ello da como resultado esta novela, Los sorrentinos


El Cine
En la época en que se desarrolla lo esencial de la novela, mediados del siglo pasado, el Cine era sin liugar a dudas la diversión popular por antonomasia. Actores y actrices eran auténticos modelos de comportamiento y fetiches que provocaban adhesiones y rechazos de tal grado que a veces producían enemistades y encontronazos entre familiares y amigos. Tal les ocurrió al Chiche y Virginia, la hija mayor de Carmela, quienes se enfadaron por discrepar acerca de la intervención o no de Steve McQueen en la película Los siete magníficos (año 1960).

Pero son las películas italianas o protagonizadas por actores y actrices de ese país las más aludidas en la novela. Así, a Umberto, hermano mayor y creador de la exitosa receta de los sorrentinos, le gustaba muchísimo Sofía Loren en una película cuyo título no da pero que era una versión contemporánea del cuento de la Cenicienta. Al Chiche también le gustaba mucho Sofía Loren y otras actrices italianas como Silvana Mangano o Anna Magnani; entre otras cosas le gustaban porque no eran 'sciquadas': 
«actrices no sciquadas eran, por supuesto, Sofía Loren, Anna Magnani, Silvana Mangano y muchas más. Esta última era su favorita, sobre todo en el papel de Anna, en esa película en la que ella, la Mangano, es una monja que atiende a los enfermos en un convento y un día llega un hombre que le hace recordar su pasado de cantante un poco catrosha en un cabaret.» 
En sentido contrario y como medio para caracterizar a Elvio, italiano del norte y en consecuencia serio marido de Carmela, apareece el odio que éste sentía hacia Alberto Sordi por ser éste un actor cómico, con la comicidad propia del sur. También sin citar el título [¿quizás sea "Prionero de honor" (1959)] se dice:
(Elvio) «Odiaba sobre todo una película de Alberto Sordi en la que él interpreta a un soldado que cae prisionero de los ingleses durante la campaña de Africa.Decía que hacía quedar como unos cobardes a los italianos con eso de que "soldado que escapa sirve para otra guerra"»
 Pero sin lugar a dudas mucho más interesante me parece la referencia a la argumentación que sobre Ugo Tognazzi en la película Belleza americana  el Chiche y familia hacen en la sobremesa de una de sus comidas en la trattoría. En esa ocasión hablaban sobre la diferencia existente entre ser catrosho, como lo eran él, Pepé, y el resto de sus amigos, y hacer alarde de ello: 
«Ser catrosho y ser marica reventada eran dos cosas completamente diferentes: ser marica reventada era una provocación innecesaria, mientras que ser catrosho se había convertido, para la familia, en una especie de título honorífico»


La Cocina
Novela "Los sorrentinos"
Y, naturalmente, el gran elemento que se cita y es homenajeado en la novela por Virginia Higa  es el de la cocina y la gastronomía. El trabajo en la cocina, el cuidado en las elaboraciones, la preocupación por que la satisfacción de los clientes sea máxima, la competencia existente entre la Trattoria Napolitana Vespolini y otros establecimientos como el ristorante Montecarlini que también los elaboraba... Era una competencia sana y colaborativa  a veces; así cuando en alguno de los dos establecimientos se acababa el pan, el uno o el otro enviaba un mozo al establecimiento de la competencia solicitándoselo; éste, solidariamente, preparaba el mandado.

Las alusiones a platos y especialidades, comenzando por la que da título a la novela son muchísimas. Qué sea un sorrentino se explica con la claridad que exige mantener en secreto la fórmula que los hace tan especiales; así se puede ver en la cita que encabeza esta entrada.

Todos los elementos, como no podía ser de otra forma en una buena novela como Los sorrentinos, están relacionados. La cocina, los alimentos, las recetas de platos, etc. más que ninguna otra cosa. Los personajes actúan por motivos casi siempre relacionados con la restauración. Dorita abre su negocio para competir con la Trattoría, Carmela cuando se enfada con el Chiche se niega a volver a cocinar sorrentinos, y así el resto.
«con la muerte de Electra se perdieron muchas de las recetas tradicionales que ella guardaba en su memoria, como la pasta e fagioli, la pastiera o el babá, y la preparación de las salsas para los sorrentinos quedó sin supervisión.»
Y luego están los infinitos nombres de platos e ingredientes: fagioli, scones, babá, martelitos, pansotti, agnolotti...

Nota final
Tuvimos la suerte en el Club de lectura Fuencarral celebrado ayer mismo (3 / 6 / 2026) de contar con la presencia en la reunión de Virginia Higa, la autora de la novela. Amablemente, Virginia despejó dudas y aclaró aquellos extremos que la novela había suscitado en algunos de quienes allí nos encontrábamos. Ella había venido a Madrid desde Buenos Aires, donde actualmente reside, llamada por la organización de la Feria del Libro de Madrid que este año dedica los actos centrales al Humor en la Literatura. 

Sobre si el libro de Los sorrentinos es humorístico se habló largo y tendido. Me pareció muy interesante lo que Virginia dijo sobre el humor en la literatura, sobre si ella se propuso escribir un libro para suscitar la risa en sus lectores. No, aclaró, yo no buscaba la risa por la risa porque el humor en literatura surge de la mirada, del tono que se dé a la narración. Muy intereante también fue la reflexión que sobre la memoria (la novela se considera memorialista por parte de muchos lectores) realizó. Realidad, ficción, recuerdo, memoria, verdad, creación literaria... todos estos ingredientes forman parte de Los sorrentinos, explicó.

Le preguntamos sobre la recepción de su novela en Argentina cuando se publicó hace nueve años (ocho en España). Dijo que, tras el momento de su lanzamiento (entrevistas, presentaciones, firmas y tal), el libro tuvo una acogida modesta; con el paso del tiempo fue el boca a boca de los propios lectotres lo que  engrandeció el libro y logró hacerlo popular. Es, declaró, una obra de éxito sostenido en el tiempo, más exitosa durante los últimos años que cuando vio  la luz. Es un libro, concluímos la mayoría de los allí presentes, muy regalable porque es una obra tierna, auténtica, que presenta la vida y a sus personajes tal cuales son con sus aristas, bondades y sus opuestos.