«Y me di cuenta de que da igual, de que el envejecimiento es la edad de las igualaciones. Si te mienten, es hermoso. Si te dicen la verdad, también es hermoso. Porque los besos sí fueron reales, y eso es la certeza, la única certeza del mundo.»
Supe de Manuel Vilas, como tanta otra gente, a raíz del Premio Nacional de Novela que en 2018 se le concedió por su magnífica "Ordesa". Fue leer esa novela y quedar atrapado en las redes de su peculiar prosa. De "Ordesa" salté a la poesía contenida en su poemario "Amor"y luego ya en 2019 leí su breve pero sustancioso "Nueva teoría de la urbanidad", librito que pese a nacer como regalo por parte del autor a una editorial esconde en su interior la filosofía existencial y nihilista propia del escritor envuelta en la ironía, la guasa, la broma, la agudeza...; en definitiva en ese estilo burlón, chocarrero muchas veces, tan característico en él [de los tres títulos citados tengo reseñas hechas en este blog que se pueden leer haciendo clic en cada uno de los títulos]. De manera que cuando en la muy reciente Feria del Libro de Madrid vi "Los besos" en la mayoría de las casetas y luego leí no pocas reseñas positivas sobre el mismo en los muy fiables blogs literarios que frecuento supe que habría de leerlo. Y eso es lo que acabo de hacer.
Sinopsis. De la novela dice la propia editorial en la contraportada del libro lo siguiente:
Marzo, 2020. Un profesor abandona Madrid por prescripción médica, va hasta una cabaña en la sierra y conoce a una mujer apasionada quince años menor. Él se llama Salvador; ella, Montserrat, y entre los dos crece una confianza plena e inesperada, llena de revelaciones.
Sus encuentros son un gran baño de luz. Salvador se ilusiona y le cambia el nombre, la llama Altisidora, como un personaje del Quijote. Ambos se enamoran y construyen una relación madura, con las prevenciones propias de sus cuerpos y recuerdos: el pasado reaparece constantemente.
Los besos es una novela de amor romántico e idealizado, pero también de piel y amor carnal, de cómo en mitad de una crisis universal dos seres humanos intentan regresar a la patria biológica y atávica del erotismo, ese lugar misterioso donde hombres y mujeres encuentran el sentido más profundo de la vida.
Mi comentario Los besos es una novela que va in crescendo. Comienza un poco en un tono menor, lento o moderato, para con el paso de sus páginas ir ascendiendo ascendiendo hasta llegar a un tutta orchestra magnífico, espléndido, sonoro, tremendo, humano, necesario, comprensivo, total. Un a tutta orchestra que queda suspendido en el aire, en la nada, tras la experiencia vivida por Montserrat/Altisidora y Salvador, los protagonistas de estos besos a través de los cuales se elevan hasta otra dimensión vital logrando así escapar de la vulgaridad del momento.
Salvador es un profesor de instituto a quien han prejubilado anticipadamente dados los problemas de memoria que últimamente está sufriendo. El sindicato de la enseñanza al que pertenece le ha concedido la estancia durante un tiempo en una cabaña de la sierra de Madrid a donde se desplaza para así huir de la ciudad cuando el confinamiento decretado por el gobierno por culpa de la COVID-19 está a punto de hacerse realidad. Allí, en Sotopeña, nombre ficticio de esta población serrana, Salvador queda prendado nada más verla de Montserrat, una mujer quince años menor que él que trabaja en un supermercado de la localidad a donde él se acerca a por provisiones. Es un flechazo, un amor a primera vista, que lo dejará tocado y que, afortunadamente para él, será recíproco pues Montse se ocupará de llevarle viandas dado que en la cabaña que habita apenas si Salvador tiene algo.
Salvador es un hombre que necesita pocas cosas. A Sotopeña acude con poco equipaje, dos ediciones de El Quijote y una Biblia. Allí, en Sotopeña, a sus 58 años Salvador encontrará el amor en Montserrat a la que con cervantino ingenio llamará Altisidora. Esta analogía Quijote / Salvador y Montserrat-Altisidora / Aldonza-Dulcinea le servirá para desarrollar la trama. Al tiempo, la línea cronológica de 2020 en que sucede el enamoramiento narrado se cruza en un claro desplazamiento al pasado con la de 1981 cuando el narrador era estudiante en Madrid y vivía en una residencia de nombre Academia donde hizo fuerte amistad con Rafael Puig, amigo con quien hablaba de todo lo humano y lo divino en un ámbito de confianza y sana amistad como nunca jamás volvería a tener. El personaje de Rafael le pone en contacto, comunicación o revelación, con el lado misterioso de la existencia. Rafael es un chico que anticipa el futuro, que sabe con antelación lo que va a suceder e incluso que logra comunicarse con los ya fallecidos. Esta dimensión mágica, inexplicable racionalmente, se denomina en el relato por parte del narrador, que no es otro que el mismísimo Salvador, como Oscuridad.
El amor que surge de manera inopinada en esta pareja de seres ya maduros es una auténtica revelación para ambos, en especial para Salvador, un hombre soltero que se veía ya abocado a no vivir una pasión semejante. Salvador a lo largo del relato no quiere caer en el estereotipo masculino, no quiere tener la obligación de dar él el primer paso, no desea hacerlo porque tiene miedo al rechazo, al fracaso, quizás porque se sabe mayor. Montserrat es una mujer con arrestos, decidida; además de cajera en el supermercado donde trabaja es madre de Marc, un niño de ocho o nueve años que vive en Alemania con su padre del que ella está separada. Para Montserrat Marc es lo primero y eso Salvador lo sabe.
En la vorágine existencial y el aislamiento provocados por la decisión gubernamental del confinamiento obligatorio ambos, Salvador y Montserrat, hallan en su relación un salvavidas, una isla donde refugiarse de la sinrazón de la misteriosa pandemia surgida de la propia Oscuridad y de las decisiones de los políticos que bombardean las mentes de los ciudadanos con verborrea incesante y hueca:
«Pongo la televisión y sale el presidente del Gobierno de España, o sea, Narciso, y en su cara brilla el virus de la entropía, pues tarde o temprano perderá unas elecciones y vendrá otro que abominará de él.»
«Narciso está en la tele de nuevo. Yo creo que le gusta. Mueve las manos en señal de una nueva liturgia en donde se comprometen la solidaridad, la eficacia gubernamental, la invocación igualitaria a todos y todas»[...]
«A nuestro Narciso le da igual el virus porque también está enamorado, pero de sí mismo. Los enamorados no vemos el virus. Yo estoy enamorado de Altisidora. Narciso lo está de sí mismo.»
«El Narciso de España se acerca a la psicopatía, al cinismo y al sadismo, el de Estados Unidos también.»
Frente a la vulgaridad de la vida cotidiana presente en esas comparecencias televisivas Salvador busca la belleza como único asidero vital. Lo encuentra en el amor a Montserrat a quien convierte en Altisidora, personaje cervantino de "El Quijote" obra que está releyendo y que frente a la Biblia, el otro libro que se ha llevado a la cabaña de la sierra es su auténtica guía vital. Antes que el Dios revelador bíblico, él prefiere el dios revelador humano, Cervantes, con sus contradicciones, sus errores sintácticos a veces y de contenido otras cuantas más. Salvador es un romántico, un idealista, que encuentra el amor en su madurez, que quiere que perdure pero no exclusivamente en un nivel genital o meramente sexual; por eso espiritualiza a Montserrat, la cajera del supermercado y como hiciera don Quijote con Aldonza Lorenzo transformándola en Dulcinea del Toboso, él transmuta a Montse, con el permiso de ella por supuesto, en Altisidora. Y Montserrat se entusiasma ante esta prueba de amor por encima de la mera cópula. Sentirse amado/a y deseado/a es casi más importante que el propio ejercicio de la sexualidad.
"La literatura
es la habilidad de un escritor para ponerse en el punto
de vista de alguien a quien a lo mejor no le cae bien" // Foto:Clara
Rodríguez
Hay en Los besos un claro homenaje al amor romántico; a Cervantes, que puso a recorrer el mundo a don Quijote, un idealista enamorado de un imposible; al amor en la madurez e incluso en la vejez; al ejercicio de la sexualidad en esa edad... En definitiva hay en esta novela una evidente reivindicación de la vida, aunque sin olvidar que es finita y que la entropía -concepto que como el de Oscuridad llena la novela- o sea la incertidumbre, el desorden consustancial a ella, está ahí elevándose por encima de los dioses actuales -en especial de la Ciencia- tal y como la COVID-19 ha venido a demostrar. En un mundo y una sociedad que vive de espaldas a la muerte como si la misma no existiese o ya estuviese vencida dice Manuel Vilas en una magnífica entrevista concedida al diario Voz Pópuli lo siguiente: «Nosotros, los escritores, lo que hacemos muchas veces a través de las novelas o de los ensayos es recordar que la muerte está ahí y tratar de contarla, describirla, precisarla… para que el lector lo recuerde. Hacemos como de recordatorio de los grandes temas de la vida que a veces la sociedad elimina de las pantallas porque son incómodos.»
Es curioso, pero nada extraño, que en esta respuesta al periodista Carlos H. Vázquez, Vilas convierta casi en términos equivalentes novela y ensayo; y es que mucho de reflexión, de especulación, de introspección, de pensamiento, hay en Los besos. Son pensamientos exclusivos unas veces de Salvador y otras, nacidos a través del diálogo con Montserrat. Salvador está constantemente sometiendo todo a análisis, incluso los elementos más insignificantes o que así pudieran parecerlo. En su proceso introspectivo salta de unos asuntos a otros de manera que a veces da la sensación de perderse en futilidades («Es una bombilla de 75 vatios. Fue una revolución esa bombilla, porque las de 60 vatios eran un tanto débiles y las de 100 eran excesivas. De modo que la de 75 fue un éxito que sí supuso un paso adelante de la humanidad.») aunque siempre hay algo importante en ello, en este caso el paso del tiempo. Esta manera de pensar, de considerar el mundo en derredor, de ver a Montserrat como Altisidora, de no comportarse como quizás se entendería debería actuar un hombre, lleva a Montse a tildarlo de loco, pero de loco maravilloso («Montserrat/Altisidora se ríe, se emociona también, y me dice: Claro que sí, es un nombre hermoso. Bien, ya soy Altisidora. Estás completamente loco, pero mientras no seas el Anthony Perkins de Psicosis me conformo. Porque no estás loco, ¿no?»).
Lo anterior es muestra de la radical diferencia que existe en esta pareja de solitarios que han encontrado en los besos, manifestación y preludio del amor, un refugio a su soledad. Montserrat sólo es Altisidora en los brazos de Salvador, pues en el resto es una mujer que tiene bien asentados los pies en el suelo. Eso lo intuye o mejor lo sabe Salvador, casi desde el inicio de la relación. Sabe que por encima de todo para Montse está Marc, su hijo; y lo sabe aunque ella jamás lo diga de manera directa:
«cosa que no haré jamás [formularle a Montserrat la pregunta de si sería capaz de dar como prueba de amor su vida por él], porque sé la respuesta, la sé porque su hijo Marc es más importante que yo, y eso también es una obra maestra de la vida, el hecho de que ella esté más enamorada de su hijo que de cualquier hombre que haya existido, exista o existirá. Los misterios son todos profundamente hermosos.»
En la novela la dualidad hombre-mujer es evidente y se muestra sin tapujos porque no es lo mismo ser hombre que ser mujer. Quizás aquí, en el fondo anide el tono burlón e irónico de Vilas que disiente del pensamiento dictado por la superioridad respecto a cuestiones de género. En la invocación televisiva de Narciso a «todos y a todas» ya se percibe el sarcasmo; aunque no hay sarcasmo alguno en la distancia que separa la consideración suya y la de ella sobre lo que están viviendo durante los meses de 2020 que van de marzo a agosto:
«Ahora comprendo que ella en realidad, en el fondo, no pensaba como yo. Ella buscaba un amor en el tiempo, y yo una belleza atemporal. Ella buscaba un ser humano y yo un arquetipo. Ella buscaba el sol y yo una estrella más pequeña.».
En definitiva, Salvador es un romántico y ella una mujer realista que vive el día a día. Quizás de ahí derive la distinta actitud ante el sexo de uno y otra, la erotización y la destrucción del ideal amoroso por cualquier futilidad.
El estilo es el propio de Manuel Vilas, un estilo reflexivo, introspectivo a veces, dialogado en otras aunque siempre de esa manera indirecta que los narradores fronteros con el ensayo suelen utilizar. El escritor de Barbastro construye una novela interesante que no deja indiferente, que habla de muchas cosas, en especial del Amor, del Tiempo, de la Muerte, del Olvido, del misterio de la vida (la Oscuridad en el relato), del Hombre y la Mujer, del Erotismo, de la Vejez, de la maternidad, etc., etc. Todo muy bien engarzado, sin forzar nada, con una naturalidad que enamora al lector de la literatura del de Barbastro.
Y enamora además porque la novela rezuma poesía, musicalidad, filosofía, trascendencia..., cultura de todo tipo. Como es habitual en el autor la música ocupa un lugar importante en la narración desde la clásica («Lascia Ch’io Pianga» de Haendel) pasando por los clásicos del jazz (John Coltrane, Nina Simone o Amy Winehouse) hasta compositores actuales de música romántica como Franco Battiato. Vilas y el narrador en primera persona de la novela aman el Cine y eso se percibe en la utilización que hacen de él (con Psicosis de Hitchcock o con Deseando amar de Wong Kar-Wai, por ejemplo) como referente explicativo de su situación:
[Altisidora] «Es el agua frente a la piedra. El agua, como en aquella película que vi una vez, aquella que se titulaba 'Deseando amar', en donde al final de la historia nacía una pequeña planta en medio de las piedras.»
Para finalizar sólo me quedaría aludir a lo que ya he manifestado al inicio de esta reseña y que es seña de identidad de su manera de hacer literatura. Manuel Vilas posee un estilo nihilista sí, pero que no cae en el desaliento; es consciente de que el capitalismo nos rodea por todos lados y que la ancianidad en la que a sus 58 años -casual o irónicamente la misma edad de Salvador en la novela- está a punto de ingresar no se desarrolla al margen del mismo.
«Somos sociedades llenas de ancianos, en España los ancianos son millones. Lo llaman envejecimiento de la población, que es un eufemismo..»
«La invención de la ancianidad es la esencia de Europa. La tercera edad es un invento del capitalismo social. A veces pienso que el capitalismo tiene sentido del humor.»
Sólo una mirada irónica sobre la vida permite sobrellevar la inmensa contradicción que es la misma. A esto añade Vilas a través de Salvador la incesante búsqueda de la belleza. A la edad en que éste se encuentra sólo la belleza puede ser acicate para perseverar en la vida. En eso Salvador, a las puertas de la ancianidad, difiere de Montserrat quien con 43 años y un hijo aún es joven y vive con avidez el presente temporal y no la belleza atemporal que busca Salvador.
«Nos hacen vivir sin belleza, y lloramos en los callejones. Sin belleza, y bien alimentados, con buenos surtidos de antibióticos, con muchos médicos, con muchas escuelas públicas, pero sin belleza, sin un gramo de belleza en ninguna parte.»
«Ya sé por qué los ancianos perseveran en la vida. Es por la belleza. Porque el mundo es bello en sí mismo. En la ancianidad se descubre eso. Ya no hay ruido. Ya no está pasando nada. Solo pasan las horas, una detrás de otra.»
«"Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío, alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina", escribió el poeta español Luis Cernuda, y esa es la única libertad que cuenta.»
«una cosa maravillosa te regala la madurez es la desactivación de toda vanidad y la activación de la belleza del adiós, sea de la naturaleza que sea ese adiós y tenga la causa que tenga.»
Sólo una sola cosa más para definitivamente finalizar. La novela que ha comenzado con una sorpresa aunque suficientemente intuida por todos, el decreto del Confinamiento obligatorio durante tres meses de toda la población española, se cierra con otra sorpresa igualmente intuida o sospechada por todos, el autoexilio voluntario del Rey Juan Carlos I. Desde luego no ganamos para sorpresas, aunque como digo sean sorpresas de baja intensidad dado que estaban ya en la cabeza de todos.
Si hay algo que me interesa especialmente en esta ocasión es conocer la opinión de aquellos que hayáis leído Los besos de Manuel Vilas. ¿Qué es lo que más os ha llamado la atención de ella? ¿Os parece una obra distinta a otras del novelista o quizás os parece más de lo mismo? No sé, creo que es una novela que despierta preguntas en quien la lee; una novela, desde luego, apropiada para una tertulia literaria; una novela que, aunque trata de la intimidad de la pareja, estimula la discusión social sobre la misma. Una novela, en definitiva y de cualquier manera, interesante sin duda alguna.
√ «El Mal posee recursos que el Bien desconoce»
√ «Hay buenas personas que a veces se comportan como si fueran malas»
√ «Sí el corazón pudiera pensar, se pararía, decía Fernando Pessoa»
√ «¿Qué es lo que uno siente cuando de pronto descubre que el Mal forma parte de su familia?»
√ «Las religiones se inventaron para otorgarle al Mal un lugar en el mundo»
√ «Si solo has conocido el mal, piensas que eso es lo normal»
√ «La belleza ayuda a curar el dolor del mundo»
Este mes de julio, como no podía ser de otro modo, practico un estilo lector veraniego, o sea, a mi aire, sin prisa alguna y probando nuevos formatos de lectura. No es la primera vez que entro en los audiolibros. Si bien mis experiencias anteriores no me resultaron del todo satisfactorias, según las practico (hasta el momento sólo en tres ocasiones he entrado en ellos) diríase que el formato me va resultando menos ajeno y que me voy encontrando como menos a disgusto en él. Este progreso del confort lo he confirmado con esta "lectoescucha" (perdóneseme el bárbaro compuesto) de la última novela de Rosa Montero, "La buena suerte" que me ha agradado bastante. Quizás haya influido en ello el hecho de que la voz lectora sea la de la actriz Emma Suárez que sabe transmitir los matices como nadie. Sí, definitivamente, me ha gustado la experiencia.
"La buena suerte"es una historia magnífica, que la novelista sabe conducir con mano segura a pesar de las muchas aristas que la trama y subtramas van dejando asomar en su desarrollo. Pero la Montero sale airosa y transmite una historia de maldad, de sentimientos de culpa, de abandonos..., pero también de felicidad, de saberse levantar pese a las dificultades, de esperanza, de inmensa fe en el futuro que en el fondo no es otra cosa que lo que vivimos día a día, de seguramente felicidad.
Es una novela de ficción plagada de incursiones en la realidad, que la escritora transforma a su gusto por necesidades del guion ficcional. La periodista que la novelista es no se esconde y hechos muy relevantes acaecidos años atrás, que llenaron hojas y hojas de los medios de comunicación, los usa como referentes de los sufridos por los personajes. Unos personajes muy bien delineados, cada uno con sus problemas e inquietudes a cuestas como sucede en la vida real.
Pablo Hernando, afamado arquitecto, viaja en AVE desde Madrid a Málaga donde tiene concertada una reunión de negocios. Inesperadamente al pasar por Pozonegro, localidad ficticia próxima a Puertollano, ve que en un misérrimo y feísimo edificio próximo al apeadero de la estación hay un anuncio de "Se Vende" colgado en el balcón de uno de sus pisos. Se le ocurre que es ahí donde debe bajarse, adquirir ese horroroso piso y cortar con todo. Así lo hace y adquiere el espantoso zulo en 42000€ que entrega sin regateo alguno a su vendedor, Benito Gutiérrez, quien a partir de ese momento no dejará de reconcomerse por dentro pensando que debía de haberle pedido al menos 60000 a «ese señorito que tiene pinta de ser muy pero que muy rico».
El piso por dentro es un vacío total. Afortunadamente Pablo descubre que lleva con él 1200 libras esterlinas de su último desplazamiento a Londres y acude a la única oficina bancaria de la localidad de apenas 1000 habitantes a cambiarlas. Con los euros obtenidos al cambio acude al Hiper Goliath que hay en el pueblo para comprar lo necesario para sobrevivir. Su vecina Raluca, una chica muy amable y habladora que vive en un piso debajo del suyo se le ha ofrecido para ayudarle en la compra dado que ella es cajera en ese gran Almacén. También, al ver que Pablo parece no disponer de fondos suficientes, le dice que intercederá por él en el Súper para ver si lo contratan. Lo logra y Pablo empieza en seguida a trabajar de reponedor. Pablo tiene 55 años y parece sufrir por dentro; a Raluca de unos 39 algo le dice que Pablo le gusta aunque ella por lo que ha hablado con él piensa que no está a su altura.
Los acontecimientos empiezan a rodar y los diversos personajes comienzan a mostrarse. Importantes son los compañeros y socios del Estudio de Arquitectura que Pablo ha dejado sin previo aviso en Madrid. Estos seres se movilizan y denuncian ante la policía la desaparición de Pablo. De ellos es Regina, mujer de 53 años con quien Pablo ha tenido relaciones esporádicas durante varios años, la que está más interesada en encontrarlo. A raíz de la denuncia entran en escena si bien se mantienen en un plano menor, los miembros de la policía encargados de las pesquisas. Son varios nombres (Nanclares, Jiménez, Lezaún...), hombres y mujeres, unos más jóvenes otros más viejos, con sus inquinas y envidias profesionales y personales, quienes se desplazan hasta la localidad para discretamente indagar.
Es Pozonegro un pueblo de nombre simbólico que hace referencia a la existencia en la localidad desde el XIX de una mina de hulla que dio vitalidad a la zona hasta que en los años 60 del pasado siglo fue abandonada por su baja productividad y excesivos costes. Benito Gutiérrez se reconcome por dentro según va descubriendo la importancia de este Pablo Hernando que según lee en Internet es famosísimo, ha ganado infinidad de premios y realizado proyectos arquitectónicos del máximo interés. Benito se siente engañado por el millonario y decide vigilarlo, entrar en la casa, husmear en sus cosas... para así planificar mejor lo que va a hacer en busca del dinero que, piensa, el arquitecto le debía haber dado por el piso.
El núcleo actoral es el del edificio cochambroso donde Pablo ha comprado el piso horroroso. Allí en el primero vive Raluca, Pablo en el segundo, en el tercero Ana Belén con su hijita de 5 años, y en otro Felipe, un anciano de 82 años atado a una bombona de oxígeno que debe llevar siempre con él para poder seguir viviendo. Pablo no quiere relacionarse mucho, pero que Raluca le haya conseguido trabajo hace que tenga que atenderla con amabilidad y que acepte sus invitaciones a la piscina del pueblo -la acción transcurre durante los meses de julio y agosto, y el tremendo calor importa para entender mejor la tremenda historia que Pablo esconde en su interior-, a cenar en su casa, a ayudarla en la atención que Felipe requiere... Todo hará que Pablo poco a poco vaya descubriendo en Raluca a una mujer atractiva que le hace recordar a Clara, la mujer con la que estuvo casado y que falleció por culpa de un cáncer rápido y voraz.
Es una historia en la que el Mal, la maldad de ciertas personas -un 1% se dice en algún momento de la narración que es el porcentaje habitual-, existe y que si te ves envuelto en el área de su actuación es difícil y complicado evadirse, salvarse, olvidarse de ella. Todos los personajes o practican el mal (el Moka, antiguo novio de Raluca, que se dedicaba a las drogas y al trapicheo por lo que ha pasado un tiempo en la cárcel; Benito Gutiérrez que busca estragar a Pablo sacándole cuanto más dinero mejor; Marcos Soto, personaje que nunca da la cara en el relato pero que está en el motivo que ha impulsado a Pablo a romper con toda su vida de triunfador; los socios del Estudio de Arquitectura que sólo buscan el beneficio personal importándoles bien poco los problemas de Pablo; y algunos otros más) o bien lo sufren o lo han sufrido en sus propias carnes. Esto último es lo que les ha pasado a la pareja protagonista: ella, Raluca, romántica mujer que de niña fue abandonada en un banco por su madre rumana que no se hizo cargo de ella, y él, Pablo, que en su niñez sufrió maltratos por parte de su padre y que ahora vive angustiado por la maldad de ese personaje que sobrevuela su vida durante todo el relato sin jamás dar la cara directamente: Marcos Soto.
El amor, la bondad, las buenas acciones, las acciones correctas de algunos harán que, pese a todo y en medio de un mundo hostil que como digo queda simbolizado en el lugar inhóspito donde ha ido a caer Pablo, triunfe el Bien. No es muy normal que tal cosa suceda en los relatos que acostumbramos leer. Es desde luego una arriesgadísima apuesta la que Rosa Montero ha realizado en "La buena suerte". Por ello, creo, que hay que aplaudirle el acierto con que va desenrollando la madeja donde se mezclan los hilos de Ariadna que las diversas tramas forman en el momento cenital de la historia. Podría Rosa Montero haberse dejado llevar por lo fácil y dejarse caer por la pendiente de lo trillado; pero no, la escritora logra tejer una historia creíble con unos mimbres en apariencia chocantes. Mimbres chocantes y ciertamente algo inestables me han parecido Raluca con un gusto estético deplorable aunque con una bondad embriagadora, y Pablo, maestro de la delicadeza, el equilibrio, orden, armonía, mesura y proporcionalidad estéticos dentro de un mundo, el de los negocios, donde los navajazos son práctica habitual.
Creo que Rosa Montero, maestra en el arte de la narración, sabe dosificar la información de manera adecuada, creando el suspense pertinente, soltando cuerda y recogiéndola a su gusto hasta que en los capítulos finales -49 es el número de ellos en que distribuye la historia- todo vaya despejándose, a veces en línea con lo esperado por el lector y en otras con sorpresas de lo más interesantes.
Destacaría especialmente en "La buena suerte" las evocaciones que las acciones del presente suscitan en la mente de los personajes. Muchas de estas evocaciones, como ya he dicho, lo son de sucesos horripilantes acaecidos en verdad, aparecidos en prensa en su momento y por ello suficientemente conocidos por los lectores. Son varios los citados. Uno de ellos, quizás el más horrendo, el de Fred West y su esposa Rosemary que durante 20 años, de 1967 a 1987, violaron, torturaron y asesinaron a al menos 20 mujeres jóvenes, entre ellas una prima carnal del escritor Martin Amis, le sirve a Rosa Montero para profundizar en el porqué de esa actitud tan común de no denunciar los golpes que a veces escuchamos propinar en la casa del vecino y a intentar mostrar de una mejor manera la confusión mental en la que Pablo se encuentra: «Pablo lee y relee los recortes de periódicos que hablan de estas historias. Quizás busca una respuesta». Ni que decir tiene que me encanta esta manera que tiene la narradora -que se confunde en este relato en numerosas ocasiones con la propia autora- de esconderse, de desaparecer, de no ser ella quien mueve hilo alguno y sólo lanzar una suposición, un quizás.
Muchos asuntos se tocan en "La buena suerte":
La vejezen el personaje de Felipe que con 82 años reflexiona sobre su condición y situación («Envejecer es ser ocupado por un extraño» o «Envejecer no te inmuniza contra el amor»).
El feísmo en las cosas, pero también en las actitudes e ideas. A veces lo feo en sus diferentes manifestaciones se acumula, se apila, se amontona («La absoluta quietud del pueblo le resulta no sólo deprimente sino también amenazadora. Más que dormido Pozonegro parece estar agazapado, es un depredador, un enemigo. Un lugar donde pueden secuestrarte unos neonazis y dónde torturan animales»).
La pedofilia, su sospecha más bien, que inmoviliza a Pablo cuando desearía intervenir para detener la violencia que su vecina Ana Belén practica sobre su hija de sólo 5 años.
El mundo de la Arquitectura que tan bien conoce la autora por afición y por su profesión. Ella misma en las aclaraciones que en primera persona da en el capítulo 50, un epílogo de aclaraciones y de agradecimientos, explica la procedencia de muchas de las obras arquitectónicas realizadas por Pablo Hernando. Así aclara que el Parlamento en forma de cubo de Camberra se lo ha inspirado el Kursaal de San Sebastián de Rafael Moneo. Que la torre Gaya que se supone levantó Pablo es el calco de la torre de Shanghái del arquitecto norteamericano Marshall Strabala. Que el movimiento House in First existe de verdad pero no en la forma de ese proyecto de edificio de cubos pixelados que en la novela se dice que Pablo está construyendo dado que este movimiento busca alojar a los sin techo por toda la ciudad y no crear guetos. Lo que el urbanista indio Charles Correa le dice a Pablo durante una cena es en realidad lo que le contestó esta persona a la autora hace muchos años cuando lo entrevistó en Bombay para el diario El Pais.
Pero el principal asunto en "La buena suerte" es, evidentemente, el Amor. Pablo amó a Clara pero no como quizás se debe amar. Hay una metáfora referida a esto en la novela. Se dice en un momento dado que los amantes deben de saber el mismo idioma, un idioma difícil, complejo como el tagalo. Es una metáfora que de manera alegórica y recurrente transita por todo el relato: «Él no sabe hablar tagalo", reconoce Pablo de sí mismo al evocar sus relaciones con Clara, con Regina y la que está surgiendo con Raluca. Curiosa y simbólicamente, al final de la novela Pablo está aprendiendo tagalo memorizando poemas en dicha lengua.
Respecto a este asunto del Amor, aunque también presente en otros de los temas tocados en la novela, la novelista realiza abundantes referencias literarias. La verdad es que esta característica está presente no sólo en "La buena suerte" sino también en otras obras de la novelista que he leído. Pero en este libro han llamado poderosamente mi atención las referidas a San Agustín: «"Amar el amor", decía San Agustín. O sea, amar la sensación de sentirse enamorada», que le dice Pablo a Raluca cuando ella le cuenta su relación con el Moka; a Nietzsche: «El amor -decía Nietzsche- no es más que un truco, un espejismo, un engaño de los genes para conseguir reproducirse», piensa Pablo a raíz de la noche pasada con Raluca que, enfadada, le devuelve la perrita y le dice que se encargue de ella y de su vida; al mismísimo Francisco de Quevedo aunque sin nombrarlo cuando el Felipe, enamorado pese a su avanzada edad, piensa que él «morirá amando. Polvo será, más polvo enamorado». Pero sin duda alguna la reflexión más profunda y pertinente que sobre el amor se hace el personaje protagonista es la siguiente: «No hay nada que envejezca más deprisa que el amor mal amado». Él no quiere que con Raluca esto le pueda volver a ocurrir y por eso está estudiando tagalo.
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Entradas relacionadas
En este blog tengo hecha reseña, además de ésta, de otras dos novelas de Rosa Montero que os invito a leer. Son las siguientes;