Este breve, emotivo y poético libro pertenece por derecho
propio al grupo de obras sobre el
duelo que irremisiblemente sigue a la desaparición de los seres más
queridos. Los hijos son quienes en el corazón de sus padres ocupan
el lugar de máximo amor.
Según iba leyendo las cuatro secciones de la
obra que Piedad Bonnett escribió para
asumir la desaparición de su hijo Daniel (I. Lo irreparable; II. Un precario
equilibrio; III. La cuarta pared; y IV.
El final: El duelo) acudían a mi memoria de lector otras obras que tocan este
mismo asunto. Concretamente dos resonaban con fuerza en mi interior: “Mortal
y rosa” de Francisco Umbral, por la poesía que destila la prosa del
padre sorprendido por el proceso que a su criatura de apenas 9 años conduce
irremisiblemente hacia lo irreparable; y “Paula” de Isabel Allende, por
la contundencia y desnudez insólitas con que la autora muestra las fases de la
enfermedad de la persona más querida por ella. Este asunto de revisar
el proceso vital del desaparecido para intentar encontrar explicación plausible
al fatal desenlace me ha recordado la actualísima “También esto pasará” de Milena
Busquets, y también en cierto sentido la ya clásica obra de C.S. Lewis “Una
pena en observación”.
La autora construye su relato apoyándose en su
experiencia de experta lectora. Son numerosísimas las referencias a autores que
han dejado por escrito su vivencia de la dolencia mental, semejante a la que
aquejaba a Daniel, y los irrefrenables impulsos
que le llevarían finalmente a suicidarse. Destaca de entre todos ellos la
americana Sylvia Plath y su
magnífica novela autobiográfica “La campana de cristal” [leer reseña aquí], pero también
Julián
Barnés- de quien nada he leído hasta la fecha- cuya reflexión sobre los impulsos suicidas padecidos
por él tras el fallecimiento de su mujer a consecuencia de un tumor cerebral resulta para la Bonnett de lo más clarificador.
