«Cuando empiezas a olvidar cosas —no me refiero al alzhéimer, sino sólo a la previsible consecuencia de envejecer—, hay varias formas de reaccionar. Puedes empeñarte en obligar a la memoria a que revele el nombre de aquel conocido, aquella flor, estación de tren, astronauta… O admites el fracaso y tomas medidas prácticas como consultar internet o libros de referencia. O puedes desistir —olvidar lo de recordar— y a veces descubres que el hecho extraviado aflora una hora o un día después, a menudo durante una de esas largas noches de vigilia que impone la edad. Bueno, todos los que olvidamos cosas aprendemos esto.»
Comienzo a escribir esta reseña imbuido aún por el
magnífico discurso que
Julian Barnes dejó el viernes pasado (23 de febrero de 2026) en el acto de entrega de los Premios Princesa de Asturias 2026. El autor de
El sentido de un final construyó su comunicación en torno a la circularidad del arte frente al sentido de progreso, avance y evolución con que el mismo, en todas sus manifestaciones, se suele enseñar. En definitiva, habló
Barnes sobre el tiempo, dimensión que abordamos en el momento de nacer, sobre la que viajamos a lo largo de nuestra existencia hasta que la misma temporalidad viene a descabalgarnos de ella con la muerte. Él mismo se encuentra ya en cercano diálogo con ese cese de la existencia biológica, que afronta con estoicismo y el habitual talante irónico que lo caracteriza. La Princesa de Asturias señaló que el escritor inglés padece desde hace unos años cáncer de sangre, razón por la que ha decidido cerrar su etapa de escritor con una última obra titulada "
Despedidas".
El sentido de un final es la primera obra que leo del autor británico (Leicester, 19 de enero de 1946). No sabría decir cuál ha sido el motivo de esta ausencia mía. Creo que equivocadamente pensaba que su obra, aunque sabía de su calidad, sería de enorme dificultad y eso me hacía posponer su lectura. Afortunadamente mis compañeras de la Tertulia
más que palabras... y la inestimable ayuda del Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026 que el escritor el viernes de la semana pasada recibió en Oviedo hicieron que para el encuenro tertuliano de este mes de octubre lleváramos este título. Nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refrán, y he de decir que mi satisfacción con esta novela ha sido total, por lo que desde ya me considero adepto a la literatura de
Julian Barnes.
Tony Webster a sus más de sesenta años, separado de su esposa Margaret y ya retirado de la vida activa, recibe un día la carta de un abogado: Sarah Ford, la madre de Verónica, la novia que tuvo en la universidad por un tiempo, al morir le ha legado 500 libras y un sobre con un manuscrito. El dinero lo recibe con prontitud, pero el manuscrito no llega a sus manos. Se pone a investigar y descubre que el manuscrito es el Diario de su amigo Adrián, que como él bien sabía puso fin a su vida hace unos cuarenta años. El diario, descubre Tony gracias a los abogados, está en manos de Verónica quien fuera pareja de Adrián tras abandonar ella a Tony. Webster se pone en contacto con ella por correo electrónico solicitándole la entrega dado que ese era el deseo de su madre fallecida.
Al volver a ver a Verónica, Tony rememora su època de instituto junto a sus amigos Colin y Alex a los que vino a unirse Adrian Finn, muchacho muy inteligente que pronto sorprendió a sus profesores. Frente a Adrián, Tony demuestra una inteligencia mediocre. Y no sólo en el instituto, donde en contraste con la profundidad interpretativa que demuestra Adrián ante un poema o al definir el concepto de "Historia", él exhibe bastantes limitaciones. También en la Universidad, cuando conoce a Verónica, ésta al ver cómo Tony repite ideas de otros le dice:«Bueno, ahora que estás en la universidad, debemos hacer que pienses por ti mismo, ¿no?»
Y es que en verdad Tony no es muy avispado. Cuando en busca del diario de Adrián en alguna ocasión logra citarse con Veronica y dialogar con ella sobre lo sucedido al amigo común, ésta le reprocha su incapacidad para comprender los acontecimientos del pasado, las circunstancias que llevaron al suicidio al amigo de la escuela. Varias veces a lo largo de la novela le lanza esta frase:
«Simplemente no lo entiendes, ¿verdad? Nunca lo has entendido, y nunca lo harás.»
El tema del tiempo, de la historia, de la comprensión del pasado es central en el relato. Ya en el instituto cuando el profesor de Historia Old Joe Hunt lanza a la clase la pregunta «¿Qué es la historia?» se desarrolla un interesante diálogo entre el profesor y los alumnos; primero con Tony Webster:
«—La historia son las mentiras de los vencedores —contesté, precipitándome un poco.
—Sí, ya me temía que dijeras eso. Bien, siempre que recuerdes que es también los autoengaños de los derrotados.»
Luego, tras esta definición más o menos académica el profesor y Adrian Finn dialogan. Este último plantea la dificultad que tiene el historiador para hablar de un hecho sucedido cuarenta o cincuenta años atrás cuando ya no quedan testigos del mismo y la documentación es escasa o inexistente del todo. Adrián ejemplifica su teoría con el suicidio reciente de Robson, un compañero de curso, que a todos ha dejado muy impresionados. Argumenta Adrián: «¿Cómo podría alguien escribir la historia de Robson dentro de cincuenta años, cuando sus padres hayan muerto y su novia haya desaparecido y, de todos modos, no quiera recordarle?»
En esta diatriba escolar entre profesor y alumno se esconden las claves para desentrañar más o menos lo que más adelante encontraremos en la novela: la explicación del suicidio precisamente de Adrián, el porqué del mismo; la búsqueda del sentido de este final investigado exactamente cuarenta años después de haberse producido.
Junto a la Historia —el Tiempo—, otro aspecto esencial en la novela es la importancia que el autor, a través del narrador en primera persona que es Tony Webster, da a la Poesía, o mejor, a los poetas: T. S. Eliot, Ted Hughes y un tercero cuyo nombre nunca aparece expresado. No da su nombre, pero aludir a él como argumento de autoridad, revela lo importante que es para Julian Barnes este poeta innominado. Ejemplos de esta falta de atribución son estas frases:
- «lo que el poeta denominó "una disputa por un anillo"».
- «Y como ha señalado el poeta, hay una diferencia entre suma y aumento»
- «Ojalá seas corriente, como el poeta deseó una vez al bebé recién nacido»
Al leerlas se ha despertado mi curiosidad y he buscado y rebuscado quien se escondía bajo esa atribución anónima de «como dice el poeta». Estoy convencido de que los lectores ingleses quizás conozcan el nombre del autor simplemente al escuchar sus versos, pero los lectores españoles lo tenemos más difícil. Afortunadamente hoy tenemos casi todo a un clic y así he encontrado que las tres frases que he destacado pertenecen al poeta inglés Philip Larkin (9 de agosto de 1922 – 2 de diciembre de 1985). Es evidente que su obra es muy del gusto de Barnes y que por eso lo utiliza de manera intertextual como apoyo a las ideas que aparecen en el desarrollo de la trama.
La ubicación exacta en la Obra del poeta inglés de estas frases la he encontrado en
El blog de Adrian Barlow. Leo allí que la primera frase evoca el texto que Larkin escribiera en 1963, época en la que se están produciendo los noviazgos de
Veronica primero con
Tony y luego con
Adrián; con ese texto se refería a la dificultad que en esos años tenían los jóvenes para tener relaciones sexuales completas, razón por la que muchas parejas optaban por casarse. La segunda frase también la escribió Larkin en 1963 y pro
viene de un célebre poema suyo titulado Dockery and Son (Dockery e hijo), en el que, al enterarse de que su antiguo compañero de universidad ya tiene un hijo estudiando allí, reflexiona sobre las elecciones de vida, la acumulación de los años y la paternidad. Finalmente, la última frase, también de Philip Larkin, está extraída de su poema titulado
Born Yesterday («Nacida ayer»), escrito en 1954. Larkin escribió este poema dedicado a Sally Amis, la hija recién nacida de su gran amigo y también escritor Kingsley Amis.
Estas alusiones a Philip Larkin sin dar su nombre revelan la dificultad que el ser humano tiene para, con el paso del tiempo, recordar lo aprendido, contar lo sucedido e incluso lo ejecutado por uno mismo en el pasado. La memoria no es fiable, reflexiona para sí mismo el propio narrador:
«Vivimos con suposiciones muy fáciles, ¿no? Por ejemplo, que la memoria es igual a sucesos más tiempo. Pero es algo mucho más extraño. ¿Quién dijo que la memoria es lo que creíamos que habíamos olvidado? Y debería ser obvio que el tiempo no actúa como un fijador, sino más bien como un disolvente.»
Sin duda alguna la novela es una extensa y lúcida reflexión sobre el Tiempo, sobre el paso del mismo, sobre el vano intento de pararlo y detenerlo a través de la memoria, de fosilizarlo por medio del arte; sobre la llegada de la vejez, sobre la diferencia entre juventud y vejez...
- «¿quién dijo lo de "la pequeñez de la vida que el arte exagera"?» (esta frase es una autocita que Julian Barnes hace de lo expresado por él mismo en su obra “El ruido del tiempo”.)
- «una de las diferencias entre la juventud y la vejez: cuando somos jóvenes, nos inventamos futuros distintos para nosotros mismos; cuando somos viejos, inventamos pasados distintos para los demás.»

La belleza de esta novela radica en que estas reflexiones filosóficas sobre el tiempo, sobre el paso de la vida, sobre la memoria como recurso para inventarse el pasado, sobre la memoria como medio para escapar de lo que hicimos y de lo que nos sentimos culpable, las expresa el autor con un lenguaje sencillo pero muy literario. La profundidad que expresan los personajes fluye de manera natural en espacios descritos de manera muy pictórica, simple, impresionista
«Miré por la ventanilla. Tiendas de barrio, restaurantes baratos, un local de apuestas, gente haciendo cola delante de un cajero, mujeres a las que asomaban tiras de piel entre las junturas de sus vestidos, un cenagal de basura, un demente gritando, una madre obesa con tres niños obesos, caras de todas las etnias: una calle principal multiuso, el Londres normal.»
A esta sencillez lingüística se añade la ironía y el humor que despliega Julian Barnes en la novela.
- «Robson había dejado embarazada a su novia y se había ahorcado en el desván; tardaron dos días en encontrarle.
—Nunca habría imaginado que supiese cómo ahorcarse.
—Estaba en ciencias.»
- «En aquella época, los libros en rústica tenían tapas de colores tradicionales: Penguins anaranjados para la narrativa, Pelicans azules para los ensayos. Tener más azul que anaranjado en tus estanterías indicaba seriedad.»
- «Algún inglés dijo una vez que el matrimonio es una larga comida insulsa en que te sirven primero el postre»
Son respiros que sientan muy bien y que el lector agradece. Igual que se agradecen las referencias a la realidad popular de esos años 60 del siglo pasado que vivían los jóvenes protagonistas; en especial a la música pop de los Rolling Stone, Frank Sinatra, Ned o los Moody Blues.
En El sentido de un final es claramente perceptible la pertenencia de Julian Barnes al pomodernismo literario. A las características de esta tendencia ya comentadas en esta entrada sólo me restaría añadir:
- El diálogo del autor con los lectores en una especie de metarreferencialidad que le sirve para romper la separación entre realidad y creación de ficción
- «Yo no era exactamente virgen, por si los lectores se lo están preguntando»
- «Después de la ruptura se acostó conmigo. Supongo que los lectores están pensando: el pobre infeliz, ¿cómo no lo vio venir? Pues no lo vi.»
- «Los lectores podrían pensar que esto son patrañas, patrañas de sermón y justificaciones de uno mismo.»
2. La hibridación de géneros que claramente hay en la novela: ensayo, novela, autoficción, filosofía...
3. La ironía como distanciamiento y manera de relativizar la vida y sus consideradas grandes verdades. Los dos suicidios que suceden en la obra son relatados y sobre ellos se reflexiona con un enorme sentido irónico. Y lo mismo sucede al hablar de la relación de los jóvenes protagonistas con sus propios padres:
«Sí, desde luego que éramos pretenciosos: ¿para qué otra cosa sirve la juventud? [...] Nuestros padres veían las cosas de una manera distinta, y describían a sus hijos como inocentes súbitamente expuestos a influencias nocivas. [...] por entonces nos negábamos a reconocer que alguna vez habían sido como nosotros, y sabíamos que nuestra comprensión de la vida —y de la verdad, la moralidad y el arte— era mucho más clara que la de nuestros comprometidos mayores.»
Final
Como colofón a esta reseña repito lo dicho al principio de la misma: Me he hecho adepto a la narrativa de Julian Barnes, y no sé si en el futuro mutaré en adicto, es fácil que así sea. Tras haber disfrutado leyendo El sentido de un final leeré El loro de Flaubert, novela que el propio escritor citó en la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias como ejemplo de su diálogo con la literatura anterior a él, a su tiempo y al movimiento posmodernista en el que él mismo se encuadró. Larga vida al novelista inglés, inmortal ya en lo referido a su Obra, cuyas creaciones son literatura con mayúscula.