✔ «la noche ha hecho brotar en la ciudad miles de luces que titilan y parecen desplazarse. Son como estrellas caídas que intentasen alzar el vuelo para regresar al firmamento. Pero no pueden. No es posible volver a lo que se ha perdido, piensa el señor Linh.» ✔ «— Le pido perdón, señor Taolai, perdón… por todo lo que le hice a su país, a su gente.» ✔ «— En la aldea nos cuidamos nosotros mismos. Si la enfermedad es leve, nos curamos. Si es grave, nos morimos. Eso es todo.»
Leí por vez primera esta novela corta de Philippe Claudel hará cosa de cinco años. Curiosamente y contra mi costumbre tras su lectura no hice resumen alguno y tampoco, pese a llevar ya este blog en funcionamiento siete años, la reseñé. Suelen ocurrir estas cosas. Sin embargo la impresión que dejó en mí esta obra no se difuminó con el paso del tiempo y tampoco la cantidad de nuevas lecturas que sobre ella cayeron lograron hacérmela olvidar. Cuando un libro se queda grabado en la memoria algo tiene que le hace prevalecer sobre otros posteriores. El motivo de haber vuelto a esta novela es que en la tertulia "más que palabras...", y precisamente a propuesta mía, la elegimos para inaugurar este 2022. Veremos qué juego da en la reunión que en los próximos días tendremos sobre ella.
El escritor
La biografía de Philippe Claudel (Dombasle-sur-Meurthe, 2 de febrero de 1962) nos muestra un hombre enamorado del arte de contar. Toda su vida gira en torno a ello: profesor de literatura moderna en secundaria y universidad (¡qué es verdaderamente un profesor de literatura sino un contador de historias!) dedicado en cuerpo y alma, además de a la enseñanza, a la narrativa propiamente dicha escribiendo novelas y guiones de cine desde 1999 hasta hoy mismo. Respecto a esto último, el Cine, conviene subrayar que ha dirigido varias películas, alguna como "Il' y a longtemps que je t'aime" de enorme éxito.
En España de sus 16 novelas sólo se han traducido hasta el momento siete u ocho, siendo La nieta del señor Linh la segunda en aparecer en español el año 2006. Le precedió Almas grises, novela que dio a conocer a Philippe Claudel en nuestro país. Tras la que acabo de releer vinieron otras, siendo la última aparecida El archipiélago del perro. Salamandra es la editorial que más títulos ha publicado de Claudel en nuestro país.
La novela
"La nieta del señor Linh" es una preciosa fábula sobre el desarraigo y la necesidad de encontrar motivos para persistir en esta vida pese a todos los contratiempos. Es una novela sencilla de sólo tres personajes principales: el anciano señor Linh procede de un país asiático en guerra que ha tenido que abandonar tras perder a toda su familia y quedar su aldea completamente destruida por los bombardeos. Lleva con él a su nieta Sang Diu, un bebé de apenas seis semanas que alimenta como puede y que pese a su corta edad apenas si lo importuna. Los servicios del país europeo al que llega tras seis semanas de navegación lo alojan en un edificio dedicado a refugiados de ese país del que no se nos dice el nombre. No se dice el nombre del país asiático en guerra constante y tampoco el de la metrópoli a la que son llevados los refugiados, pero durante la lectura no he podido evitar pensar que el señor Linh fuera north-vietnamita y que el país que lo acoge no sea otro que Francia, potencia colonizadora del mismo cuando aún se le conocía con el nombre de Indochina. El tercer personaje es el señor Bark, un hombre maduro natural de la metrópoli pero desarraigado de la Vida.
Viéndolo así, o sea la llegada de un anciano arrancado de su tierra a un país del que desconoce todo, en especial su idioma y cultura, es por lo que es evidente que el tema central es el del desarraigo. Un desarraigo que se ve acentuado por el desconocimiento del idioma del país europeo y también por la edad del señor Linh. El señor Linh es un anciano y sólo esta condición, su vejez, hace que las familias de compatriotas que encuentra cuando lo meten en el edificio de refugiados lo atiendan conforme a las normas de su cultura ancestral. Estamos pues ante un individuo que vive en completa soledad y aislamiento. Cuando este ser humano topa con el señor Bark en un banco del parque que hay frente a la casa donde están los refugiados y ve que se interesa por él, aunque no entiende nada de lo que le dice conecta emocionalmente con él y ve su relación como una razón para acomodarse a ese nuevo país que le es tan hostil. El tema de conversación versa normalmente sobre Sang Diu, la nieta del señor Linh. Es ella la que provoca que esta relación de amistad fructifique y que Linh, a quien Bark llama Taolai ('buenos días' en vietnamita) porque Linh educadamente se dirigió así al francés cuando éste le preguntó su nombre, halle un motivo para seguir hacia adelante.
Los dos personajes son muy diferentes: Bark es grueso y pesado y Linh, delgado y delicado, cuando «estrecha con las dos manos la del hombre, [percibe que éste posee] una mano de gigante, con unos dedos enormes, callosos, agrietados». El viejo señor Linh, flacucho, encogido y arrugado, siempre con esa niña en brazos, se hace amigo de Bark, grandullón, robusto y parlanchín que no para de fumar. Esta antítesis entre ambos es plasmación material de la enorme distancia de todo tipo que los separa .Se hacen amigos aunque no entienden nada de lo que se dicen y sin embargo ambos se buscan, se necesitan, son capaces de sentirse en el otro. Cada uno encuentra en el otro la razón de su existencia pues los dos están completamente solos en este mundo ajetreado y veloz que los ignora pero en el que tienen que vivir. Su enorme amistad va a ser el tirón que cada uno de ellos necesitaba para persistir en este mundo.
En tan breve relato se tocan muchos asuntos, si bien todos ellos relacionados entre sí: la vejez, la muerte, el desamparo, el amor, la familia, la amistad, el arraigo-a y desarraigo-de, el egoísmo, la ignorancia de los unos respecto a los otros, el colonialismo, etc.
La novela es muy poética. El autor utiliza un lenguaje sencillo y una estructura sencilla como corresponde a una fábula. Característica muy interesante del estilo del escritor en esta novela es la combinación que en ocasiones realiza de tiempos verbales si bien es el presente atemporal el predominante; otro tanto sucede con las personas narrativas utilizadas: la tercera predominate cede circunstancialmente su voz a la segunda en ocasiones. Todo ello imprime ritmo, belleza, variedad al relato
«El señor Linh recuerda el ritmo de las carretas tiradas por búfalos, su parsimonioso y pronunciado balanceo, que a veces te hace adormecer y a veces soñar despierto, y el paisaje, que cambia con serena lentitud, una lentitud que permite mirar el mundo realmente y ver los campos, los bosques, los ríos, y hablar con quienes te encuentras, escuchar su voz, intercambiar noticias…»
Todo en este relato me ha gustado pero quizás sean las evocaciones que realiza el anciano Linh de su desaparecida aldea con las leyendas, historias y narraciones unidas a ella (la de la fuente de los cinco chorros a la que se dirigen los humanos cuando sienten próxima la muerte es bellísima) lo que más me ha emocionado de esta novela corta. De manera reiterada en la narración aparece la música presente en la canción que repetidamente entona el señor Linh para arrullar a su nieta: «La mañana siempre vuelve, / siempre vuelve con su luz, / siempre hay un nuevo día, / y un día serás madre tú.». En esta canción va implícita la esperanza en el futuro.
La novela tiene un ritmo adecuado que va in crescendo adquiriendo una gran altura con la sorprendente sorpresa final que hace que el lector deba replantearse todo lo leído, deba retornar a las primeras páginas no vaya a ser que se haya perdido algo por el camino por donde Philippe Claudel lo ha conducido con suavidad y certera mano.
Para esta conducción Claudel utiliza como unidad narrativa la secuencia cinematográfica como corresponde al guionista que él es. Su condición de cineasta explica en mi opinión el estilo minimalista del que hace uso, un minimalismo plagado de bellísimas imágenes. He aquí algunos ejemplos:
«Las palabras de la canción se burlan del tiempo, del lugar y de la edad. Gracias a ellas, es fácil volver a donde se ha nacido, a donde se ha vivido, a la casa de bambú con suelo calado, impregnada del olor de la leña en que se cuece la comida mientras la lluvia derrama su líquida y transparente cabellera sobre la techumbre de hojas.»
«Ahora el señor Linh es viejo y está cansado. Aquel país desconocido lo agota. La muerte lo agota. Lo ha chupado como los ávidos cabritillos a su madre, que se tumba sobre un costado porque no puede más. La muerte se lo ha quitado todo.»
«En los arrozales, las mujeres cantan mientras trasplantan brotes jóvenes, con los pies sumergidos en el agua cálida y cenagosa. Los búfalos meditan cabizbajos, mientras sobre sus lomos los espulgabueyes se pavonean y se alisan las blancas plumas. Unos niños intentan cazar ranas gritando y azotando el agua con varas de sauce. En el cielo, las golondrinas escriben invisibles poesías en la suave brisa.»
Como puede verseLa nieta del señor Linh es una verdadera joyita literaria. No he leído más libros de Philippe Claudel, pero quienes sí lo han hecho hablan con satisfacción de todos ellos. Habrá que leer algo más de este escritor y cineasta francés. Si sólo he leído uno de sus libros, también de sus filmes sólo he visto uno, el titulado "Il' y a longtemps que je t'aime" (año 2008), que me gustó mucho. Quiero ver alguna película suya más. Dejo aquí sus títulos por si también a vosotros os apeteciese daros un garbeo por su producción cinematográfica: En 2011, Tous les soleils ('Silencio de amor', se tradujo en España); en 2013, Avant l'hiver ('Antes del frío invierno'); y en 2015, Une enfance.
«Y me di cuenta de que da igual, de que el envejecimiento es la edad de las igualaciones. Si te mienten, es hermoso. Si te dicen la verdad, también es hermoso. Porque los besos sí fueron reales, y eso es la certeza, la única certeza del mundo.»
Supe de Manuel Vilas, como tanta otra gente, a raíz del Premio Nacional de Novela que en 2018 se le concedió por su magnífica "Ordesa". Fue leer esa novela y quedar atrapado en las redes de su peculiar prosa. De "Ordesa" salté a la poesía contenida en su poemario "Amor"y luego ya en 2019 leí su breve pero sustancioso "Nueva teoría de la urbanidad", librito que pese a nacer como regalo por parte del autor a una editorial esconde en su interior la filosofía existencial y nihilista propia del escritor envuelta en la ironía, la guasa, la broma, la agudeza...; en definitiva en ese estilo burlón, chocarrero muchas veces, tan característico en él [de los tres títulos citados tengo reseñas hechas en este blog que se pueden leer haciendo clic en cada uno de los títulos]. De manera que cuando en la muy reciente Feria del Libro de Madrid vi "Los besos" en la mayoría de las casetas y luego leí no pocas reseñas positivas sobre el mismo en los muy fiables blogs literarios que frecuento supe que habría de leerlo. Y eso es lo que acabo de hacer.
Sinopsis. De la novela dice la propia editorial en la contraportada del libro lo siguiente:
Marzo, 2020. Un profesor abandona Madrid por prescripción médica, va hasta una cabaña en la sierra y conoce a una mujer apasionada quince años menor. Él se llama Salvador; ella, Montserrat, y entre los dos crece una confianza plena e inesperada, llena de revelaciones.
Sus encuentros son un gran baño de luz. Salvador se ilusiona y le cambia el nombre, la llama Altisidora, como un personaje del Quijote. Ambos se enamoran y construyen una relación madura, con las prevenciones propias de sus cuerpos y recuerdos: el pasado reaparece constantemente.
Los besos es una novela de amor romántico e idealizado, pero también de piel y amor carnal, de cómo en mitad de una crisis universal dos seres humanos intentan regresar a la patria biológica y atávica del erotismo, ese lugar misterioso donde hombres y mujeres encuentran el sentido más profundo de la vida.
Mi comentario Los besos es una novela que va in crescendo. Comienza un poco en un tono menor, lento o moderato, para con el paso de sus páginas ir ascendiendo ascendiendo hasta llegar a un tutta orchestra magnífico, espléndido, sonoro, tremendo, humano, necesario, comprensivo, total. Un a tutta orchestra que queda suspendido en el aire, en la nada, tras la experiencia vivida por Montserrat/Altisidora y Salvador, los protagonistas de estos besos a través de los cuales se elevan hasta otra dimensión vital logrando así escapar de la vulgaridad del momento.
Salvador es un profesor de instituto a quien han prejubilado anticipadamente dados los problemas de memoria que últimamente está sufriendo. El sindicato de la enseñanza al que pertenece le ha concedido la estancia durante un tiempo en una cabaña de la sierra de Madrid a donde se desplaza para así huir de la ciudad cuando el confinamiento decretado por el gobierno por culpa de la COVID-19 está a punto de hacerse realidad. Allí, en Sotopeña, nombre ficticio de esta población serrana, Salvador queda prendado nada más verla de Montserrat, una mujer quince años menor que él que trabaja en un supermercado de la localidad a donde él se acerca a por provisiones. Es un flechazo, un amor a primera vista, que lo dejará tocado y que, afortunadamente para él, será recíproco pues Montse se ocupará de llevarle viandas dado que en la cabaña que habita apenas si Salvador tiene algo.
Salvador es un hombre que necesita pocas cosas. A Sotopeña acude con poco equipaje, dos ediciones de El Quijote y una Biblia. Allí, en Sotopeña, a sus 58 años Salvador encontrará el amor en Montserrat a la que con cervantino ingenio llamará Altisidora. Esta analogía Quijote / Salvador y Montserrat-Altisidora / Aldonza-Dulcinea le servirá para desarrollar la trama. Al tiempo, la línea cronológica de 2020 en que sucede el enamoramiento narrado se cruza en un claro desplazamiento al pasado con la de 1981 cuando el narrador era estudiante en Madrid y vivía en una residencia de nombre Academia donde hizo fuerte amistad con Rafael Puig, amigo con quien hablaba de todo lo humano y lo divino en un ámbito de confianza y sana amistad como nunca jamás volvería a tener. El personaje de Rafael le pone en contacto, comunicación o revelación, con el lado misterioso de la existencia. Rafael es un chico que anticipa el futuro, que sabe con antelación lo que va a suceder e incluso que logra comunicarse con los ya fallecidos. Esta dimensión mágica, inexplicable racionalmente, se denomina en el relato por parte del narrador, que no es otro que el mismísimo Salvador, como Oscuridad.
El amor que surge de manera inopinada en esta pareja de seres ya maduros es una auténtica revelación para ambos, en especial para Salvador, un hombre soltero que se veía ya abocado a no vivir una pasión semejante. Salvador a lo largo del relato no quiere caer en el estereotipo masculino, no quiere tener la obligación de dar él el primer paso, no desea hacerlo porque tiene miedo al rechazo, al fracaso, quizás porque se sabe mayor. Montserrat es una mujer con arrestos, decidida; además de cajera en el supermercado donde trabaja es madre de Marc, un niño de ocho o nueve años que vive en Alemania con su padre del que ella está separada. Para Montserrat Marc es lo primero y eso Salvador lo sabe.
En la vorágine existencial y el aislamiento provocados por la decisión gubernamental del confinamiento obligatorio ambos, Salvador y Montserrat, hallan en su relación un salvavidas, una isla donde refugiarse de la sinrazón de la misteriosa pandemia surgida de la propia Oscuridad y de las decisiones de los políticos que bombardean las mentes de los ciudadanos con verborrea incesante y hueca:
«Pongo la televisión y sale el presidente del Gobierno de España, o sea, Narciso, y en su cara brilla el virus de la entropía, pues tarde o temprano perderá unas elecciones y vendrá otro que abominará de él.»
«Narciso está en la tele de nuevo. Yo creo que le gusta. Mueve las manos en señal de una nueva liturgia en donde se comprometen la solidaridad, la eficacia gubernamental, la invocación igualitaria a todos y todas»[...]
«A nuestro Narciso le da igual el virus porque también está enamorado, pero de sí mismo. Los enamorados no vemos el virus. Yo estoy enamorado de Altisidora. Narciso lo está de sí mismo.»
«El Narciso de España se acerca a la psicopatía, al cinismo y al sadismo, el de Estados Unidos también.»
Frente a la vulgaridad de la vida cotidiana presente en esas comparecencias televisivas Salvador busca la belleza como único asidero vital. Lo encuentra en el amor a Montserrat a quien convierte en Altisidora, personaje cervantino de "El Quijote" obra que está releyendo y que frente a la Biblia, el otro libro que se ha llevado a la cabaña de la sierra es su auténtica guía vital. Antes que el Dios revelador bíblico, él prefiere el dios revelador humano, Cervantes, con sus contradicciones, sus errores sintácticos a veces y de contenido otras cuantas más. Salvador es un romántico, un idealista, que encuentra el amor en su madurez, que quiere que perdure pero no exclusivamente en un nivel genital o meramente sexual; por eso espiritualiza a Montserrat, la cajera del supermercado y como hiciera don Quijote con Aldonza Lorenzo transformándola en Dulcinea del Toboso, él transmuta a Montse, con el permiso de ella por supuesto, en Altisidora. Y Montserrat se entusiasma ante esta prueba de amor por encima de la mera cópula. Sentirse amado/a y deseado/a es casi más importante que el propio ejercicio de la sexualidad.
"La literatura
es la habilidad de un escritor para ponerse en el punto
de vista de alguien a quien a lo mejor no le cae bien" // Foto:Clara
Rodríguez
Hay en Los besos un claro homenaje al amor romántico; a Cervantes, que puso a recorrer el mundo a don Quijote, un idealista enamorado de un imposible; al amor en la madurez e incluso en la vejez; al ejercicio de la sexualidad en esa edad... En definitiva hay en esta novela una evidente reivindicación de la vida, aunque sin olvidar que es finita y que la entropía -concepto que como el de Oscuridad llena la novela- o sea la incertidumbre, el desorden consustancial a ella, está ahí elevándose por encima de los dioses actuales -en especial de la Ciencia- tal y como la COVID-19 ha venido a demostrar. En un mundo y una sociedad que vive de espaldas a la muerte como si la misma no existiese o ya estuviese vencida dice Manuel Vilas en una magnífica entrevista concedida al diario Voz Pópuli lo siguiente: «Nosotros, los escritores, lo que hacemos muchas veces a través de las novelas o de los ensayos es recordar que la muerte está ahí y tratar de contarla, describirla, precisarla… para que el lector lo recuerde. Hacemos como de recordatorio de los grandes temas de la vida que a veces la sociedad elimina de las pantallas porque son incómodos.»
Es curioso, pero nada extraño, que en esta respuesta al periodista Carlos H. Vázquez, Vilas convierta casi en términos equivalentes novela y ensayo; y es que mucho de reflexión, de especulación, de introspección, de pensamiento, hay en Los besos. Son pensamientos exclusivos unas veces de Salvador y otras, nacidos a través del diálogo con Montserrat. Salvador está constantemente sometiendo todo a análisis, incluso los elementos más insignificantes o que así pudieran parecerlo. En su proceso introspectivo salta de unos asuntos a otros de manera que a veces da la sensación de perderse en futilidades («Es una bombilla de 75 vatios. Fue una revolución esa bombilla, porque las de 60 vatios eran un tanto débiles y las de 100 eran excesivas. De modo que la de 75 fue un éxito que sí supuso un paso adelante de la humanidad.») aunque siempre hay algo importante en ello, en este caso el paso del tiempo. Esta manera de pensar, de considerar el mundo en derredor, de ver a Montserrat como Altisidora, de no comportarse como quizás se entendería debería actuar un hombre, lleva a Montse a tildarlo de loco, pero de loco maravilloso («Montserrat/Altisidora se ríe, se emociona también, y me dice: Claro que sí, es un nombre hermoso. Bien, ya soy Altisidora. Estás completamente loco, pero mientras no seas el Anthony Perkins de Psicosis me conformo. Porque no estás loco, ¿no?»).
Lo anterior es muestra de la radical diferencia que existe en esta pareja de solitarios que han encontrado en los besos, manifestación y preludio del amor, un refugio a su soledad. Montserrat sólo es Altisidora en los brazos de Salvador, pues en el resto es una mujer que tiene bien asentados los pies en el suelo. Eso lo intuye o mejor lo sabe Salvador, casi desde el inicio de la relación. Sabe que por encima de todo para Montse está Marc, su hijo; y lo sabe aunque ella jamás lo diga de manera directa:
«cosa que no haré jamás [formularle a Montserrat la pregunta de si sería capaz de dar como prueba de amor su vida por él], porque sé la respuesta, la sé porque su hijo Marc es más importante que yo, y eso también es una obra maestra de la vida, el hecho de que ella esté más enamorada de su hijo que de cualquier hombre que haya existido, exista o existirá. Los misterios son todos profundamente hermosos.»
En la novela la dualidad hombre-mujer es evidente y se muestra sin tapujos porque no es lo mismo ser hombre que ser mujer. Quizás aquí, en el fondo anide el tono burlón e irónico de Vilas que disiente del pensamiento dictado por la superioridad respecto a cuestiones de género. En la invocación televisiva de Narciso a «todos y a todas» ya se percibe el sarcasmo; aunque no hay sarcasmo alguno en la distancia que separa la consideración suya y la de ella sobre lo que están viviendo durante los meses de 2020 que van de marzo a agosto:
«Ahora comprendo que ella en realidad, en el fondo, no pensaba como yo. Ella buscaba un amor en el tiempo, y yo una belleza atemporal. Ella buscaba un ser humano y yo un arquetipo. Ella buscaba el sol y yo una estrella más pequeña.».
En definitiva, Salvador es un romántico y ella una mujer realista que vive el día a día. Quizás de ahí derive la distinta actitud ante el sexo de uno y otra, la erotización y la destrucción del ideal amoroso por cualquier futilidad.
El estilo es el propio de Manuel Vilas, un estilo reflexivo, introspectivo a veces, dialogado en otras aunque siempre de esa manera indirecta que los narradores fronteros con el ensayo suelen utilizar. El escritor de Barbastro construye una novela interesante que no deja indiferente, que habla de muchas cosas, en especial del Amor, del Tiempo, de la Muerte, del Olvido, del misterio de la vida (la Oscuridad en el relato), del Hombre y la Mujer, del Erotismo, de la Vejez, de la maternidad, etc., etc. Todo muy bien engarzado, sin forzar nada, con una naturalidad que enamora al lector de la literatura del de Barbastro.
Y enamora además porque la novela rezuma poesía, musicalidad, filosofía, trascendencia..., cultura de todo tipo. Como es habitual en el autor la música ocupa un lugar importante en la narración desde la clásica («Lascia Ch’io Pianga» de Haendel) pasando por los clásicos del jazz (John Coltrane, Nina Simone o Amy Winehouse) hasta compositores actuales de música romántica como Franco Battiato. Vilas y el narrador en primera persona de la novela aman el Cine y eso se percibe en la utilización que hacen de él (con Psicosis de Hitchcock o con Deseando amar de Wong Kar-Wai, por ejemplo) como referente explicativo de su situación:
[Altisidora] «Es el agua frente a la piedra. El agua, como en aquella película que vi una vez, aquella que se titulaba 'Deseando amar', en donde al final de la historia nacía una pequeña planta en medio de las piedras.»
Para finalizar sólo me quedaría aludir a lo que ya he manifestado al inicio de esta reseña y que es seña de identidad de su manera de hacer literatura. Manuel Vilas posee un estilo nihilista sí, pero que no cae en el desaliento; es consciente de que el capitalismo nos rodea por todos lados y que la ancianidad en la que a sus 58 años -casual o irónicamente la misma edad de Salvador en la novela- está a punto de ingresar no se desarrolla al margen del mismo.
«Somos sociedades llenas de ancianos, en España los ancianos son millones. Lo llaman envejecimiento de la población, que es un eufemismo..»
«La invención de la ancianidad es la esencia de Europa. La tercera edad es un invento del capitalismo social. A veces pienso que el capitalismo tiene sentido del humor.»
Sólo una mirada irónica sobre la vida permite sobrellevar la inmensa contradicción que es la misma. A esto añade Vilas a través de Salvador la incesante búsqueda de la belleza. A la edad en que éste se encuentra sólo la belleza puede ser acicate para perseverar en la vida. En eso Salvador, a las puertas de la ancianidad, difiere de Montserrat quien con 43 años y un hijo aún es joven y vive con avidez el presente temporal y no la belleza atemporal que busca Salvador.
«Nos hacen vivir sin belleza, y lloramos en los callejones. Sin belleza, y bien alimentados, con buenos surtidos de antibióticos, con muchos médicos, con muchas escuelas públicas, pero sin belleza, sin un gramo de belleza en ninguna parte.»
«Ya sé por qué los ancianos perseveran en la vida. Es por la belleza. Porque el mundo es bello en sí mismo. En la ancianidad se descubre eso. Ya no hay ruido. Ya no está pasando nada. Solo pasan las horas, una detrás de otra.»
«"Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío, alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina", escribió el poeta español Luis Cernuda, y esa es la única libertad que cuenta.»
«una cosa maravillosa te regala la madurez es la desactivación de toda vanidad y la activación de la belleza del adiós, sea de la naturaleza que sea ese adiós y tenga la causa que tenga.»
Sólo una sola cosa más para definitivamente finalizar. La novela que ha comenzado con una sorpresa aunque suficientemente intuida por todos, el decreto del Confinamiento obligatorio durante tres meses de toda la población española, se cierra con otra sorpresa igualmente intuida o sospechada por todos, el autoexilio voluntario del Rey Juan Carlos I. Desde luego no ganamos para sorpresas, aunque como digo sean sorpresas de baja intensidad dado que estaban ya en la cabeza de todos.
Si hay algo que me interesa especialmente en esta ocasión es conocer la opinión de aquellos que hayáis leído Los besos de Manuel Vilas. ¿Qué es lo que más os ha llamado la atención de ella? ¿Os parece una obra distinta a otras del novelista o quizás os parece más de lo mismo? No sé, creo que es una novela que despierta preguntas en quien la lee; una novela, desde luego, apropiada para una tertulia literaria; una novela que, aunque trata de la intimidad de la pareja, estimula la discusión social sobre la misma. Una novela, en definitiva y de cualquier manera, interesante sin duda alguna.
"Si tuviéramos más presente en nuestro día a día que vamos a morir, si lográramos vivirlo sin angustia ni miedo, aceptando que la muerte forma parte de la vida, y no la siguiéramos tratando como un tema tabú, nuestro paso por aquí probablemente sería muy diferente." (Pág. 241)
En 2020 completé con gusto el divertido Reto 'Autores de la A a la Z' que Marisa G. de "Lecturàpolis" convoca desde hace ya varios años. Marisa tiene la costumbre de sortear entre quienes logran culminar con éxito dicho Reto una serie de libros. El pasado año tuve la suerte de ser premiado con el libro de Charo Jiménez"Cenizas y rosas" y, desde ya, he de decir que fui doblemente afortunado: primero porque salió premiada mi papeleta, pero en segundo lugar, y sobre todo, porque he descubierto a una autora que no conocía que me ha gustado mucho.
Esperaba, por lo que había oído y leído sobre esta obra, encontrarme ante una narración de duelo desesperanzado, de hundimiento en el propio dolor ocasionado por la pérdida de un ser querido. Creía que sería un alegato contra la injusticia que supone arrebatar de nuestro lado a alguien a quien amamos infinito. Sí, esperaba todo eso, y, aunque la injusticia de la muerte ocasiona en el ser humano duelo, pena y sentimiento de desamparo, he topado con una novela que sin rehuir hablar de ello incide más en la Vida, en la necesidad de vivir a tope disfrutando de la existencia como a buen seguro quien ha desaparecido desearía que hiciéramos.
La novela tiene dos partes argumentales bien diferenciadas. Por una parte está la vejez de José, padre de Beatriz que lo cuida y se preocupa por él por que no le pase nada, por que pase el tiempo que le queda lo mejor posible, por que el alzhéimer que le ataca por momentos no le haga languidecer en la orilla de lo que en verdad es un ser humano. Todo esto le preocupa a Beatriz, que ha de compaginarlo con las ocupaciones derivadas de su profesión de educadora y orientadora en un Centro de Secundaria sevillano: chicos difíciles, reuniones con padres, toma de decisiones, etc.
Beatriz es madre de Alba que está en Londres porque aquí la cosa anda mal, de Gonzalo, que anda ahora por Budapest, y de Fran que estudia en la universidad. Tiene dos hermanos, Cándido que se ha hecho cargo del despacho profesional que llevaba su padre y que colabora con ella en su cuidado, y Natalia, la hermana menor que desde siempre se sintió minusvalorada y se alejó física y emocionalmente de la familia. La relación fraternal se tensiona ante las exigencias que impone el cuidado del padre.
Es Beatriz, sin duda alguna, el personaje central. Es una mujer que afronta la vida con determinación y arrojo gracias al amor que siente por su marido Paco, por sus tres hijos, por su anciano padre y muy especialmente por la amistad profunda, de años, que siente por Reme, la hija de Juana y Silverio, vecinos de escalera que siempre se han ayudado. La historia de Juana, de Reme y de Valentina, su hija, es la otra historia que se nos cuenta en la novela. Es la de Reme una historia de caída y de superación, una historia bastante diferente de la Beatriz pero también coincidente en el amor hacia los padres aunque este amor lo haya vivido de distinta manera y no se haya percatado mucho de él e incluso lo haya negado con reiteración.
Naturalmente en este repaso de personajes no podemos olvidar a José, el anciano padre de Beatriz que vive en una nebulosa mental perfectamente presentada por la autora. José tiene en casa una cuidadora extrajera que chapurrea el español y de cuyo nombre se acuerda en pocas ocasiones. Es una relación en la que la intimidad del anciano se ve seriamente comprometida pues ella, Sofía, es la que se ocupa de que haga sus necesidades fisiológicas, de asearlo, bañarlo, secarlo, vestirlo, sacarlo de paseo... En fin ella [Sofea, la llama humorísticamente José] es el sustituto de su cabeza, cada vez más perdida, y de sus brazos y piernas que apenas ya le sirven de nada. Como digo, la confusión mental del anciano está muy bien mostrada por Charo Jiménez a base de monólogos interiores y soliloquios en los que fluye su conciencia en confuso desorden; en esas reflexiones, en esos pensamientos imaginativos el anciano fabula con ideas absurdas para un hombre de su edad, pero que le sirven para mantenerse vivo e ilusionado hasta el final. Un final que me ha gustado mucho cómo lo presenta la autora y que me ha llevado a recordar esas idas y venidas mentales, esa lucha agónica que se desata en la mente del personaje de la novela de Carlos Fuentes, "La muerte de Artemio Cruz".
La historia -mejor sería decir, las historias- que se presentan en "Cenizas y rosas" son muy auténticas, muy reconocibles, muy 'Verdad'. Cualquiera que las lea se puede reconocer en alguna o en todas ellas. Ciertamente lo que se cuenta no es nuevo ni original, es la vida misma. Beatriz que asiste a un Taller de Escritura recibe de su profesora Nazareth la enseñanza de que en literatura casi todo ya está dicho, de que la originalidad no reside en el/los asunto/s sino en la manera de mostrarlos filtrados a través de la propia experiencia de quien escribe. ¡Qué gran verdad!
"Nazareth, la profesora del taller, nos dice que todo está dicho, todo está escrito, pero no con nuestra voz, nuestras emociones y nuestras tripas. Y eso convierte nuestras palabras en algo especial y único" (pág. 26)
La idea anterior, particularmente la he transmitido a mis alumnos a lo largo de mi vida profesional muchas veces; ocurría esto cuando ellos veían que los temas literarios fundamentales eran muy coincidentes de unas obras a otras fueran cuales fueran sus creadores (amor, vida, muerte, pena, familia, traición, egoísmo, solidaridad, instintos...) y se preguntaban qué diferenciaba a los unos de los otros. Como dice Mario Vargas Llosa en el librito que hace muy poco leí y reseñé en el blog, "Cartas a un joven novelista" [leer la reseña aquí], la diferencia en los asuntos reside en la propia experiencia vital del artista que se transfunde en su obra y se muestra a través de una estructura, de una forma determinada.
Lo dicho en el párrafo anterior lo evidencia la autora en su novela. Lo primero que percibimos es autenticidad vital, se nota que Charo Jiménez ha pasado por esta experiencia de pérdida y sabe comunicarla a las mil maravillas. También percibimos que su formación, sus lecturas, sus gustos musicales. artísticos y cinematográficos campan con acierto por las páginas de "Cenizas y rosas". Así temas musicales del grupo Kansas o de Rocío Jurado le sirven para transmitir mejor esa reflexión sobre la inanidad de la existencia ("Dust in the wind" de Kansas) o el imposible deseo de volver a los brazos de la persona desaparecida ("Qué no daría yo" de Rocío Jurado) que acometen por oleadas el pensamiento del doliente. También el Cine, otra manifestación artística popular como la música, le sirve para comunicar la necesidad de superar la pena buscando incentivos vitales:
"Un día todo cenizas que finalmente ha salvado una peli que tiene Chelo, y que hacía mil años que no veía: Julia. Oh, me sigue encantando. Qué actuaciones -Jane Fonda, Vanesa Redgrave…-, qué historia, qué bien reflejadas las tribulaciones del escritor. Sí, definitivamente, el arte nos protege de nuestras miserias." (pág. 210)
Si eso sucede con la música y el cine mucho más acontece con las lecturas que la autora tiene interiorizadas. La poesía de Ángel González envuelve por completo con su enorme sensibilidad y tono de realidad la novela: al principio en la cita inicial con ese poema "En serio" y casi hacia el final en ese capítulo de título "Octubre" en el que Beatriz escapa a Rota y reflexiona: "Es octubre y, como dice Ángel González, 'esas hojas, los pájaros, las nubes, las palabras dispersas y los ríos nos llenan de inquietud súbitamente y de desesperanza'. Es lo que pasa, y en este octubre, mucho más." La poesía le encanta a Charo siendo ella misma hacedora de poemas como bien demuestra en la novela que se compone de partes en prosa, otras en verso y otras en prosa poética. Prosa poética que a buen seguro le han inspirado autores como Francisco Umbral a cuya novela lírica "Mortal y rosa" hace referencia sin nombrarla cuando describiendo el estado cada vez peor de su padre Beatriz piensa: "Estoy oyendo menguar a mi padre como Umbral oía crecer a su hijo"
Todo lo anterior lo presenta la escritora con gran maestría mezclando secuencias referidas al padre narradas por él mismo con otras también en primera persona protagonizadas por Beatriz; además la tipografía de unas y otras secuencias es distinta: cursiva cuando es Beatriz quien narra; versalita cuando no es ella. Así pues en esta segunda tipografía aparecen las partes referidas a José, el padre de Beatriz, y las referidas a Juana y a su hija Reme. Además las distintas secuencias son de desigual longitud lo que también incide en la significación que Charo Jiménez quiere conferir a ciertos momentos de la narración y dota a la novela del ritmo preciso.
Para finalizar añadiré que la propia autora se cuela en el relato en forma de una escritora que acude al Centro de Iniciativas Culturales de Sevilla (CICUS) a presentar su novela titulada "Ara, como el río", precisamente el título real de la que precede a ésta que estamos leyendo. Este proceso de autoficción, de confusión de límites entre lo real y lo ficticio agrega un plus a esta interesante y bien realizada obra cuya lectura recomiendo a todos.
¿Quién es Charo Jiménez?(Triskel, su editorial, da esta semblanza de ella )
Charo Jiménez nace en Sevilla en 1961. Recuerda su niñez como una etapa extraña en la que descubre, gracias a Andersen, Perrault, Rabindranath Tagore…, que los libros guardan sueños y secretos extraordinarios. Ya nunca abandonará su pasión por las letras.
Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y ha sido profesora durante más de veinte años. Por circunstancias ajenas a su voluntad, se ve obligada a abandonar las aulas y, tras un periodo de adaptación en el que, como decía Ortega y Gasset, tiene que esforzarse en salvar sus circunstancias para salvarse ella, escribe su primera novela Trampantojo (Triskel, 2015). Dos años después cuenta la extraordinaria historia de Jánovas, un pueblo del Pirineo aragonés, en su segunda novela Ara, como el río (Triskel, Ediciones, 2017). Cenizas y rosas, su novela más personal e íntima, es por ahora su último trabajo.