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3 jul 2023

"Literatura infantil" de Alejandro Zambra

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«No está claro que hayamos, en propiedad, elegido un equipo de fútbol. Para muchos de nosotros ese aspecto de la herencia paterna fue el único que nunca cuestionamos. Y aunque estuviéramos peleados a muerte con nuestros padres, la posibilidad de sublimar los problemas y ver un partido juntos nos proporcionaba cierta dosis razonable de esperanza familiar, una tregua momentánea que al menos nos permitía sostener la ilusión de pertenencia.»

Ensayo, Cuento, Literatura chilena
He llegado hasta Alejandro Zambra, escritor chileno (Santiago, 1975), movido por la lectura de reseñas positivas sobre su último libro titulado Literatura infantil. En ellas se resaltaba el hecho de la transformación íntima sufrida por el escritor a raíz de su conversión en padre. «Cuando tienes un hijo, vuelves a ser hijo», dice el autor en una de las primeras páginas de este ensayo-novela compuesto en realidad de una especie de diario (parte I) y de una serie de relatos (parte II) que bien podrían ser independientes pero que mantienen entre sí una línea de vida, un hilo que los une, que los agrupa en torno a ese hecho: ser padre.

Leer en esas reseñas cómo al hacernos padres reconocemos la labor realizada por los nuestros es lo que me lanzó a hacerme con esta obra. Primero pensé en regalársela a mi hijo, padre primerizo de un niño precioso (¡qué voy a decir yo que soy su abuelo!, pensaréis no sin razón). Haberme convertido en abuelo hizo que rememorara el momento en que yo accedí a la paternidad. Recuerdo que según que mi hijo iba descubriendo el mundo que lo rodeaba, daba sus primeros pasos, balbucía las primeras palabras, mi memoria iba al encuentro de mis padres. ¿Habrían ellos experimentado la misma emoción, el mismo gozo, idéntica enorme ilusión como la que yo estaba teniendo día tras día? Además, algunas preguntas hechas por mi hijo sobre mis reacciones y comportamientos hacia él cuando bebé me animaban a regalárselo. Pero antes de hacerlo, decidí  leerlo yo.

Lo primero que llamó mi atención es su adscripción a un género en concreto. Ni el mismo Zambra tiene claro si la obra es un ensayo o un cuento. Constantemente él se inclina por denominarlo "ensayo" dado -imagino que es por esto-  que responde plenamente a la definición que suele darse de este género: escrito breve en el que de manera personal se reflexiona sobre algún asunto. En este caso la recién adquirida paternidad. Pero verdaderamente ¿qué es?
[Jazmina, la esposa de Alejandro Zambra] «Dice que le gusta mi cuento. Le digo que es un ensayo. Dice que le gusta mi ensayo en un tono que evidencia que cree que es un cuento y que no le gusta tanto.»
El autor en este y otros momentos presentes en el libro lo que transmite es la duda íntima que él mismo tiene. La indefinición de géneros es algo normal en la literatura de hoy día. En su escrito Alejandro Zambra reflexiona en voz alta no sólo acerca de su condición de padre, el recuerdo del hijo que fue, la valoración que ahora mismo le merece la figura de su padre al que en su primera juventud vino a despreciar un tanto, etc. También se hace preguntas sobre lo que en forma de libro está construyendo. Y es que en esta obra hay muchísima metaliteratura. El proceso de construcción literaria está muy presente tanto en reflexiones que le asaltan al propio autor cuando piensa en cómo abordar ciertos relatos (1), como en las indicaciones o consejos que personas de su entorno le dan sobre este o aquel personaje (2)
  1. «Las veces que intenté este relato lo hice en tercera persona.Casi siempre pruebo en primera y en tercera. Y también en segunda, como mi novela favorita, Un hombre que duerme, de Georges Perec. Al final elijo la voz que me suena más natural, que casi nunca es la segunda persona.»
  2. [Jazmina a propósito de la historia que Zambra cuenta sobre su relación con un personaje] «Bueno, haz que Anastasia sea más consistente. No me creo mucho a ese personaje. Hazla más seria.»
Su experiencia paternal hace que especialmente en la segunda parte del libro se centre más en su relación con Horacio, su propio padre ahora abuelo de Silvestre. En esta segunda parte conocemos la propia infancia, adolescencia y primera juventud del autor-personaje, en suma, la evolución y crecimiento del propio Zambra. Una etapa en la que relata conflictos habidos por él con su padrastro, su salida del hogar paterno, su llegada a la literatura a través del fútbol, sus amores, cómo debía ocultar a una novia antifutbolera esta pasión...

También en esta segunda parte usa todas las personas narrativas e introduce el relato haciéndolo, construyéndolo. Hay personajes que intervienen desde fuera de él aconsejándole cómo hacer, qué añadir, qué suprimir... Estos seres son Jazmina sobre todo, pero también Horacio, su padre, que discrepa del sesgo que Zambra da a algún relato protagonizado por él. En la primera parte, una especie de diario en la que el autor vierte su experiencia de la paternidad, la persona narrativa más utilizada es la primera naturalmente. Es en esta parte más personal donde percibimos al Zambra más frágil, más vulnerable. El amor, los sentimientos despertados en él por Silvestre lo muestran humanamente desarmado, quebradizo...

 El título del libro, Literatura infantil, se justifica en las primeras páginas del ensayo-cuento. Cuenta Alejandro Zambra que su editora no hacía más que pedirle que escribiera un libro infantil. Él hasta el momento no le había hecho ningún caso, en principio porque es contrario a esa afición de los responsables del mundo editorial por parcelar la literatura. 
«Se me hace tan absurda la existencia de una literatura no infantil, de una literatura para adultos, para no-niños, una literatura-literatura, una literatura de verdad; la idea de que hago y leo una literatura de verdad y que los libros que leemos juntos son una especie de sustituto o de sucedáneo o de imitación o de preparación para la literatura verdadera me parece tan injusta como falsa.»
Comparto con él esta reflexión. No hay literatura infantil como no hay literatura juvenil, ni femenina, ni de otras categorías. Sólo existe buena y/o mala literatura. Quizás por esto en este libro, que él está dirigiendo a su hijo de apenas seis o siete años cuando finaliza el relato, hay muchísimas alusiones a otros libros y autores
«Pienso en el extraordinario comienzo de Habla, memoria, de Nabokov: el niño "cronofóbico" que mira una película anterior a su nacimiento y ve a su madre embarazada y la cuna que preparan para él le parece una tumba […] o en los delirios geniales de Vicente Huidobro en Mio Cid Campeador, o de Laurence Sterne en el Tristram Shandy. Pienso en el estremecedor "recuerdo inventado" que da forma a La lengua absuelta, de Elias Canetti, y en fragmentos de Virginia Woolf y de Rodrigo Fresán y de Elena Garro. La lista empieza a volverse interminable […]»
Como tantos otros grandes autores podría decirse que el país donde Alejandro Zambra habita se llama Literatura. Es a ese país al que llega Silvestre y al que él con ayuda de su esposa Jazmina Barreda, también escritora, está haciendo ingresar a su hijo. Poco a poco le va a ir construyendo su biblioteca; esa biblioteca, sólo una balda por ahora, que ilustra la portada de este libro.

Papel central en Literatura infantil que sirve para enlazar las vidas de los tres esenciales protagonistas del ensayo-cuento es la referencia que en él se hace a la novela-libro Nada es para siempre, de Norman Maclean, obra que, recuerda Zambra, su padre, gran aficionado a la pesca, le prestó para que la leyera dado que a él le había gustado mucho. Esta novela inspiró la película de Robert Redford, El río de la vida. La anécdota sobre la lectura no realizada de la misma por Zambra, quien a Horacio le dice que sí la ha hecho, es de gran interés y presenta la emotividad y evolución positivas de la relación Horacio-Silvestre-Alejandro. Muy interesante.

Además de la película de Robert Redford en Literatura infantil se citan muchos otros títulos cinematográficos como Chungking Express, la película de Wong Kar-wai, Brokeback Mountain, A river runs through it, Taxi Driver o Seinfeld. Dice el autor en la carta a su hijo que en definitiva es este libro que él conoció Nueva York a través del cine (Taxi Driver, Seinfeld...) y de la música de, sobre todo, Frank Sinatra. Y es que la cultura popular (cine y música principalmente) que le ha acompañado durante su niñez y juventud se la quiere dar a conocer al Silvestre de dentro de quince o dieciséis años si es que en ese hipotético momento su hijo adolescente decide leerla


Por último no querría dejar de aludir a la cantidad de términos chilenos y mexicanos esparcidos por el texto. No hay que olvidar que Alejandro Zambra nació en Chile pero que actualmente vive con su esposa Jazmina Barreda en México DF de donde ella es natural. Quizás para el lector español algunos de estos vocablos sean difíciles de interpretar y dificulten un tanto la lectura de este precioso libro salido de las manos de un poeta como es el autor. En Literatura infantil nos encontramos con términos como garabatos (palabras malsonantes, tacos, palabrotas), chanco (queso gauda o chanco para derretir), quiltra (chucho), copuchentos (mentirosos, maldicientes), fome (aburrido), mi guagua (mi bebé;  también puede ser un pinchito junto a una bebida), pungas (carteristas), paco (policía), marraqueta (pan pequeño con una hendidura longitudinal), chapulines (insectos comestibles en México), etc.

Para finalizar
Carta al hijo, Carta al padre, Amor paterno-filial
Por ley de vida se mata al padre, pero jamás al hijo. En el fondo y sabedor de que esto en algún momento le sucederá a Silvestre, igual que a él le aconteció con su padre Horacio, Alejandro Zambra está escribiendo este libro para que en un futuro impreciso e impredecible su hijo Silvestre lo lea y conozca, sepa del amor hacia él de su padre. 

Quienes han leído más obras del autor chileno detectan en Literatura infantil a un Zambra vulnerable.  No lo puedo corroborar porque es lo primero suyo que leo. Sólo puedo decir que hay momentos en que me he emocionado mucho. Zambra destila sinceridad y eso siempre se agradece. 

Estamos ante un ensayo, o quizás cuento, que su autor escribe a raíz de su conversión en padre. Su nueva condición y los sentimientos que la crianza de su hijo Silvestre despiertan en él le hacen recordar su propia infancia, adolescencia y primera juventud. Especialmente recuerda en el final de su etapa adolescente los desencuentros con su padre. Pero su paternidad le hacen reconsiderar la figura paterna que representó éste y reconciliarse personalmente con él; y digo personalmente porque jamás Horacio, su padre (en realidad era su padrastro, pero para el caso es lo mismo), se sintió alejado de Alejandro, jamás dejó de hablarle.

En definitiva, un libro emotivo muy bien escrito que cura las heridas que los hijos dicen tener con sus respectivos padres. La curación se produce justo cuando ellos a su vez se convierten en padres. En ese momento no pueden por menos que poner en su justo valor los desvelos, sacrificios y esfuerzos que con ellos tuvieron que hacer su progenitores, muy semejantes e incluso iguales o superiores a los que ahora ellos están realizando.

25 oct 2021

"Estado del malestar" de Nina Lykke

20 comentarios:

«Me gustaría no ser médica, porque entonces podría ir al médico. Entonces podría creerme toda esta representación teatral en la que el médico es el protagonista y los pacientes son el público» (reflexión realizada por la protagonista Elin con un evidente sentido humorístico y crítico. Tal sentido es perceptible en muchas páginas del libro)


Dado que la tertulia "más que palabras..." de la que formo parte se reúne este martes y como, por no poseer aún el don de la ubicuidad, me será completamente imposible participar en la misma, a vuela pluma quiero dejar dos o tres impresiones mías sobre el libro de Nina Lykke, "Estado del malestar",  objeto de debate.


Estado del malestar
La novela que he leído está bien. Sin más. Es un poco una colección de tópicos requetevistos sobre los males de nuestra sociedad del bienestar en la que paradójicamente todos decimos, creemos o queremos sentirnos muy mal. Hay un victimismo tremendo en la misma. Si no somos víctimas de algo, o nos sentimos agraviados por algo, o menospreciados por alguien, y tal, no somos nada. Nos tenemos que quejar de todo, incluso de lo que no está escrito. Es lo que tiene no haber sufrido grandes carencias, es lo que tiene tener las necesidades básicas más que cubiertas, es lo que tiene pertenecer a la clase media mayoritaria de los países nórdicos (Noruega en este caso). Pero no es una obra circunscrita al caso noruego sino que lo que en ella se plantea es trasladable a cualquier otro país del continente, como por ejemplo al nuestro, España.

Más que una novela en muchos momentos me ha parecido estar leyendo un ensayo. Eso sí tiene momentos, detalles, anécdotas muy bien traídas, simpáticas críticas al Sistema, pero, todo hay que decirlo, nada sorprendentes. 

Según leía esta novela plagada de reflexiones en primera persona emitidas por Elin, la médico protagonista de la narración, no he podido por menos que recordar la grata lectura del anecdotario en forma de libro escrito por el doctor Francisco Coronel Díaz titulado "Las experiencias de un médico para todo" que reseñé en este blog hará cosa de medio año o así [pinchando en el título del libro se accede a la lectura de la reseña]. Si el doctor Coronel contaba un sinfín de situaciones anecdóticas que en el ejercicio de su profesión de nefrólogo vivió en su consulta y fuera de ella, la ficticia doctora Elin en su consulta de medicina general de un centro de salud de la ciudad de Oslo cuenta no pocas curiosidades acaecidas con variopintos pacientes: aquellos que sólo van para hablar un rato, los que quieren milagros como adelgazar llevando una vida sedentaria y llena de apetito, la pareja de cuarenta y tantos años que desean tener un hijo que los una más dado que cada uno viene de un matrimonio con dos y tres hijos, la pareja infértil hasta el momento y que ahora ella con con 39 años pese a haberse quedado embarazada desea abortar porque tienen en perspectiva un viaje fastuoso, el portador de fuertes hemorroides que acude a la consulta sin haberse limpiado bien para no dañarlas, etc., etc.

La autora para dar entrada en la novela a los pensamientos y reflexiones de su personaje protagonista utiliza el recurso del desdoblamiento. Conversa silenciosamente con Tore, el esqueleto de plástico y tamaño natural que tiene en el despacho de su consulta. Tore se dirige a ella y Elin le responde o le pregunta a su vez. En realidad son soliloquios pero presentados de una manera más gráfica, más plástica, más fácil de entender. Quizás si la autora Nina Lykke hubiera echado mano del monólogo interior, el flujo de conciencia u otros recursos posibles la novela habría ascendido varios puestos en el escalafón de mi valoración personal, pero las cosas son como son, no hay más.
«Pero no puedes desaparecer sin más, dice Tore, que quiere que siga en la lucha, tanto con Aksel, que está en cas, en Grenda, como con Bjørn , que ha vuelto a su vida matrimonial en Friedrikstad, como con Gro, que ha hablado varias veces con Aksel, como me ha dicho alguna vez en los mensajes que me ha enviado y a los que he dejado de responder.»
literatura noruega, Estado del malestar
Al tiempo que Elin tiene una visión de privilegio de la sociedad desde su consultorio por donde desfila la totalidad de la sociedad noruega, ella forma parte de la misma y a sus cincuenta y pocos años vive con su esposo Aksel una vida tediosa y sin alicientes que intenta sobrellevar gracias a su adicción alcohólica y a las series televisivas. Se encuentra muy sola dado que sus dos hijas ya han abandonado el nido familiar y a que se siente algo desatendida por Aksel, un fanático del esquí y otros deportes cuya máxima ocupación es acudir a competiciones variadas en los lugares más dispares. Ella se ve a sí misma como una mujer tradicional que, hija de madre soltera, desde bien pequeña hubo de resolverse la papeleta de vivir sin encontrar gran respuesta en ella a la que sin embargo en su vejez cuida y visita en la Residencia de mayores donde pasa sus últimos años de vida. Como mujer casada le sucede lo mismo con Aksel, quien no hace nada en el hogar a no ser que ella se lo pida. 

Todo el panorama descrito hasta aquí cambiará cuando Elin casualmente encuentre en facebook un saludo de Bjørn, su lejano novio del instituto. Inopinadamente, sin reflexionar, contesta al saludo y a partir de ahí se inicia una relación entre ellos que dará al traste con su aburrida vida. Pero, ¿es mejor la perspectiva de vivir con Bjørn que la confortable vida que lleva con Aksel?

Para dar respuesta a la pregunta anterior es preciso leer el libro que como digo se lee muy bien, tiene algo de felizmente adictivo. 

Muchas son las reflexiones, los pensamientos esparcidos a lo largo de este libro. He aquí algunos que han llamado poderosamente mi atención durante la lectura:
  • Ontología
    • «Este cuerpo, esta cáscara indefensa que nos rodea y desde la que vemos el mundo. El cuerpo es la jaula en la que vivimos y, de vez en cuando, sin que sepamos por qué, sacudimos los barrotes y la jaula se tambalea»
    • «Nos pasamos la vida fingiendo que somos inmortales e invulnerables, pero bajo la piel nos corre la sangre y siempre hay posibilidades de que ocurra una catástrofe. En cuestión de minutos, de segundos, todo se puede derrumbar, nadie está seguro en esta vida cotidiana que creemos que está grabada en piedra, pero que en realidad está escrita en la arena y enseguida llegará el tsunami.»
  • Lo políticamente correcto en una sociedad profundamente vigilada
    • «Últimamente debemos tener cuidado. Todas nuestras declaraciones podrían acabar grabadas en video, en audio y compartirlas en las redes sociales por un empleado que estuviera por allí, con el móvil en la mano, como casi todos los empleados a lo largo de toda la comida, y por eso la conversación en la cafetería ya no es libre, porque allí también tenemos que contenernos como ya hacemos en la consulta con los pacientes.»
    • «Pienso que esa palabra, masculino, nunca la habría dicho en Grenda [Grenda es el barrio guay donde viven familias y jóvenes de ideología progresista], porque en Grenda el género es una construcción social y, aun así, esa palabra no para de surgir y de subírsele a los hombros, a los brazos, a la barba incipiente, al pelo gris del pecho que le asoma por la camisa»
  • La absurda necesidad de transmitir una imagen a los demás en la que vaya implícita la ubicación ideológica
    • «"Nosotros los hombres" es algo que Aksel no habría dicho nunca. "Soy un hombre con muchas necesidades físicas" tampoco. Nosotros los hombres, vosotras las mujeres son expresiones que Aksel nunca habría utilizado. Ni él ni nadie en toda Grenda»
  • Los prejuicios sociales
    • «Cuando conoció a Bjørn, una amiga mía me dijo lo siguiente: "Es muy guapo y muy amable, pero ¿tú crees que es suficiente para ti?", y esas palabras se me quedaron en la cabeza porque cuando Bjørn estaba en Oslo me daba dentera cada vez que abría la boca. Y lo que más vergüenza me daba  —porque me avergonzaba de él igual que él se avergonzaba de mí— no era que no fuera de Kràkeroy o que nadie de su familia hubiera ido a la universidad» [...]  
  • La cotidianidad y vulgaridad de la vida
    • «Nos hemos reído de todos los amigos y compañeros de trabajo que se han separado convencidos de que todo iba a mejorar y al final sólo han comprobado que la vida era igual que antes, pero más difícil, porque enfrentarse a esta nueva vida con toda su logística y tus hijos y los míos y los nuestros requiere una inteligencia y una madurez mucho mayor y más profunda y más amplia que la que habría requerido quedarse en la vida anterior.»
  • Sociedad machista y patriarcal:
    • «¿Qué pasaría si yo dejara de lavar la ropa y las sábanas y las toallas, si dejara de recoger, si dejara de hacer la compra y la comida, si dejara de congelar las sobras y volver a sacarlas para que se descongelaran? Es decir, si dejara de hacer todas aquellas tareas que hacían que Aksel, cada vez que me veía pasearme por la cocina, me dijera: "¡Qué hacendosa estás!"»
  • La falta de médicos en la atención primaria (uno de los motivos)
    • «¿Qué es ese invento de especialista en medicina general? Especialista y general son antónimos. Otorrinolaringología es una mezcla de dos conceptos que tienen sentido juntos; ginecología y obstetricia, también; enfermedades cardiovasculares, lo mismo; pero ¿especialista en medicina general? ¿Es una broma?»
  • La muerte en nuestra sociedad
    • «Me quiero morir [la madre de Elin a su hija cuando ésta va a visitarla]
      — Pero no puedes decir esas cosas.
      Tenemos esta conversación en cada visita, y como de costumbre pienso: ¿por qué no? No sólo no puede morirse, sino que no puede hablar de ello. Según la ley, hay que mantener a las personas con vida por mucho que sufran.
      »

27 jun 2021

Lorenzo Silva. "Castellano". Buscando una identidad

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«Un relato de hechos que no excluye la conjetura, ni siquiera la elaboración literaria de los personajes, pero trata de ceñirse a lo que la historiografía ha averiguado de sus acciones y su carácter, a lo que de ellos está documentado —a menudo, en sus propias palabras—, sin renunciar a trasladar al lector la complejidad, en algún caso prolija, de lo que se ventiló en Castilla —y sobre Castilla, y contra ella— en los dos años que transcurrieron entre la primavera de 1520 y la de 1522.» (pág. 240)


Lorenzo Silva, Historia novelada, No ficción, Castilla, España de las Autonomías
“Castellano” de Lorenzo Silva es una búsqueda de la propia identidad, de lo castellano, de aquello que a los aquí nacidos nos hace distintivos y enraizados en ese lugar. El autor, partiendo del hoy, busca en el ayer de la revuelta comunera sofocada por las tropas del emperador Carlos I el 23 de abril de 1521 la propia idiosincrasia castellana. ¿Existe tal identidad? ¿Ha sido una operación decididamente calculada cuartear Castilla en un sinnúmero de comunidades menores: Castilla-La Mancha, Castilla y León, Madrid, La Rioja, Cantabria… a fin de cercenar ese posible impulso identitario? ¿En qué reside lo propiamente castellano?... Un sinfín de preguntas a las que quiere dar respuesta le sobrevienen al escritor. Lo hace de una manera narrativa a partir de documentos conservados de la época y de autorizadas interpretaciones históricas. No estamos ante una novela histórica, ni ante una mera recopilación de documentos históricos. El mismo Lorenzo Silva no sabe situar el libro dentro de un género determinado («Quizá se la pueda llamar novela. O quizá no. Decídalo quien la lea»); en algún momento arriesga que la obra pueda ser, dice, un ensayo histórico, pero se inclina –y yo con él- por el de la novelización de un momento histórico.

 Me ha gustado el libro, aunque a veces me haya resultado un poquitín -muy poquito, la verdad- tedioso [o prolijo, como gusta decir el escritor], dado el deseo de fidelidad del autor a lo auténticamente acaecido. No quiere el creador de Chamorro y Bevilacqua ser tildado de urdidor de patrañas, de presentar actores de la Historia sin base suficiente, y para ello ha de ser fiel y abandonar en algunos momentos la narratividad en pro de la Verdad que está presentando. Pero Lorenzo Silva sabe solventar esos momentos de pura historicidad documental con referencias a la propia actualidad del viaje que en contrapunto con lo investigado está realizando por tierras de Castilla donde sabe encontrar vestigios del pasado y auténticas muestras de castellanismo. Es un viaje en un doble sentido, externo e interno («esto es el relato de un viaje: de cómo, contra todo pronóstico, alguien que nunca tuvo noción de ser nada, en términos de adscripción colectiva, y que podría no ser quien lo narra, acaba siendo y sintiéndose algo.»). El autor se pasea por Covarrubias, por Villalar, por Alcalá de Henares, por Toledo…, por tantos y tantos espacios que en sus palacios, murallas, e iglesias guardan memoria, restos, recuerdos del pasado vibrante de este pueblo brioso. En el análisis y búsqueda de la identidad castellana Silva tiene en cuenta muchos razonamientos de autores importantes. Muy significativas son las opiniones de los intelectuales del 98 quienes en su pesimismo por la decadencia de España vuelven su mirada hacia Castilla a la que proponen como el rescoldo que hay que atizar dado que, en su opinión, contiene la esencia de lo español. Mucho mal ha hecho esta consideración a Castilla al identificarla con España cuando España está formada por la suma de muchas otras zonas e identidades. Al tiempo, los Machado, Unamuno, Valle y otros reniegan de esa Castilla que desprecia cuanto ignora. Y así Lorenzo Silva pasa revista a otra serie de autores (Ganivet, Azaña, José Mª Maravall, Miguel Delibes, Fernando Martínez Gil…) que le sirven para ir construyendo –más bien buscando- la posible identidad castellana.

El viaje físico, real, que por tierras castellanas realiza el escritor se fecha entre abril de 2020 y febrero de 2021. En 2020 el escritor pasea por el campo próximo a su domicilio en Illescas donde reside desde hace unos años. Illescas, Toledo, abril y el 23 de ese mes en que se conmemora la derrota en Villalar de los Comuneros de Castilla le lleva a evocar los sucesos y las personas que en esos dos años de hace 500 -de 1520 a 1522- se levantaron contra el poderosísimo emperador, el César de Roma, en defensa de su libertad. En este viaje el novelista recorrerá los lugares principales de la gesta que encabezaron Padilla, Bravo y Maldonado hasta llegar a Villalar donde sus cabezas serían separadas de sus cuerpos y mostradas en picas como advertencia para aquellos que pudieran sentirse tentados a seguir sus pasos
«Antes de venir hasta aquí he estado haciendo la ruta de sus correrías y las de sus enemigos. He ido desde Medina de Rioseco hasta Tordesillas, por Castromonte y Torrelobatón, y desde Torrelobatón hasta Villalar, pasando por Vega de Valdetronco, donde Padilla quiso dar al adversario la batalla que sus soldados, por indisciplina o porque no le oyeron, prefirieron eludir para caer más adelante como moscas bajo las lanzas imperiales
Busca luego los enterramientos de los líderes del movimiento. Los de Bravo en Segovia y Maldonado en Salamanca está documentado que se realizaron en sus respectivas ciudades; el de Padilla sin embargo no se encuentra en Toledo al haber quedado la ciudad imperial, rebelde, en manos de su esposa María Pacheco quien se negó durante unos breves meses a entregarla a los imperiales. Buscando, pues, el posible emplazamiento de los restos del comunero toledano el escritor llega un «mediodía de febrero de 2021  ante los restos del monasterio jerónimo de la Mejorada, cerca de Olmedo, en Valladolid. Aquí, bajo jurisdicción y custodia real y a cargo de los monjes jerónimos, María Pacheco y el prior de San Juan, en nombre de los virreyes, acordaron en octubre de 1521 que descansarían los restos de Juan de Padilla en espera de ir a Toledo.». Hoy, lo que fuera el Monasterio de Santa María de la Mejorada, próximo a Olmedo en la provincia de Valladolid, es una Bodega de excelentes caldos extraídos de los viñedos de la zona. El edificio fue realizado por Rafael Moneo quien lo restauró e integró con la fábrica moderna que exige una bodega en la actualidad los restos arquitectónicos del derruido monasterio. 

Lo anterior viene un poco a resaltar una de las características del carácter castellano: el descuido por lo propio, nuestra secular incuria. Lorenzo Silva vuelve este defecto -grave defecto en mi opinión- del revés y lo convierte en hecho diferencial:
«Este proverbial descuido, esta indiferencia hacia sí mismos y sus símbolos tan característica de los castellanos, que ninguna otra nación se permitiría y que a muchas llegaría a escandalizar, tiene un reverso saludable y liberador. Vive el castellano exonerado de la pesadez y la prosopopeya del homenaje a los emblemas y los figurones patrios. Se puede ser castellano sin necesidad de andarlo proclamando con aire solemne ni de ponerse en pie con la mano en el pecho cuando suena un himno, sin sentir siquiera la necesidad de rendirle pleitesía a una heroína nacional antes que a un ficticio niño hechicero.»

Cantar de Mío Cid, Comunidades de Castilla, Villalar, Derrota de los comuneros, 23 de abril
Antes de concluir con esta afirmación, Silva relaciona el movimiento de libertad de las Comunidades con la creación de la propia Castilla. Esta,  según se desprende del Poema de Fernán González, se desgajó del Reino de León que la tenía asfixiada. También el Poema de Mio Cid, -buen caballero si oviera buen señor-, muestra una acción heroica de alguien que en ejercicio de su propia libertad engrandecerá al rey a pesar de lo mal que éste lo ha tratado. Abundan estas dos obras en la idea de que es la Libertad -así con mayúscula- y la lucha contra la injusticia lo que alberga el alma de los castellanos. Un alma que encuentra su más alta plasmación en el idioma que usaban quienes conquistaron un Nuevo Mundo y que hoy hablan más de 500 millones de personas. Es este idioma en el que escribió Cervantes El Quijote, obra donde el ilustre alcalaíno señaló en negro sobre blanco el inmenso valor que tiene la libertad, «ese don con el que "no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre" y por el que "se puede y debe aventurar la vida", mientras que el cautiverio es "el mayor mal que puede venir a los hombres"».

Una lengua que, paradójicamente, es hoy la de aquellos países que en ejercicio del carácter que hasta esas nuevas tierras llevaron los castellanos decidieron continuar la aventura por su cuenta sin abandonar el idioma en el que hicieron sus proclamas y siguieron creando sus escritos. Habla especialmente con cariño el autor del tagalo José Rizal, amante de la cultura legada por España, en especial su lengua, en la que escribió no pocas cosas y con la que luchó para que la metrópoli fuese receptiva a las peticiones de las Islas Filipinas: «El país no piensa separarse de la madre patria, no pide más que un poco de libertad, de justicia y de amor; aún espera, cree y sólo se levantará cuando haya perdido la paciencia», decía quien a su pesar fue convertido en mártir de la independencia filipina al ser fusilado de espaldas por traidor a la patria por las tropas que comandaba el General español Camilo García de Polavieja.

Como cierre de la reseña quisiera poner en valor lo bien que Lorenzo Silva narra los acontecimientos históricos y presenta a los diversos protagonistas de los mismos. Aparecen éstos muy bien retratados acercándonoslos a nuestra actualidad. Los Laso de la Vega y su choque con los Girón es vívido, la genealogía de los Maldonado salmantinos y de los Bravo segovianos me ha parecido interesante por demás, los distintos nobles de uno y otro lado (el Almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez; el condestable de Castilla, don Íñigo Fernández de Velasco; el padre de Maria Pacheco, don Iñigo López de Mendoza; el regente holandés, Cardenal Adriano, que luego se vería elevado al papado como Adriano VI; la reina Juana; etc.) aparecen bien caracterizados y se hacen reconocibles para nuestra sensibilidad actual.


Final
Como tantas veces ocurre en la vida, la chispa que dio origen a esta novelización de la Historia surgió estando escuchando el autor, en uno de sus viajes en coche camino de uno de los centros de secundaria adonde es invitado a hablar a los adolescentes de su obra literaria, el poema épico de Luis López Álvarez Los comuneros, en su correspondiente versión musical de Nuevo Mester de Juglaría


Este canto esperanzador sobre Castilla lanzado con entusiasmo por el poeta Luis López Álvarez, musicado y cantado de manera magistral por los integrantes del grupo artístico provocó que un 23 de abril del año 2017 durante la fiesta anual que se realiza ese día en Villalar de los Comuneros en memoria de esa derrota Lorenzo Silva se preguntase qué constituye o dónde reside la esencia de lo Castellano, precisamente el título que da al libro. Creo que la lectura de "Castellano" da varias claves muy interesantes sobre este asunto.

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11 mar 2021

Andrés Trapiello. Madrid

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"Es imposible llevar la cuenta de las transformaciones, mejoras y peoras. Madrid cambia tan rápidamente como nosotros mismos, pero esa velocidad solo la aprecia el que viene de fuera o el que llevaba sin vernos mucho tiempo. Madrid, como nosotros, al verse cada mañana en el espejo, no nota el cambio. Puede que algún día llegue a decir: ¡cómo he envejecido!, pero se olvida a los dos minutos.

Leyendo "Madrid" de Andrés Trapiello no he podido menos que recordar la satisfactoria lectura que realicé, cinco años atrás, de "Madrid. La novela" escrita por Antonio Gómez Rufo  de la que dejé debida constancia en este blog [lee su reseña aquí]. Desde luego son obras muy distintas. Si la de Gómez Rufo me pareció original y novedosa, la de Trapiello me ha sorprendido por el enfoque, ¡tan personal!, dado a la misma. Viene a decirnos el autor que los lugares son lo que las personas que los habitan perciben de ellos. Soy de la misma opinión.

Andrés Trapiello, natural de Manzaneda de Torío (León), donde nació en 1953, abandona la casa familiar por desavenencias familiares con su padre en mayo de 1971. A dónde ir con esos pocos años y en compañía de un hermano algo mayor que él no podía encontrar otra respuesta que la de la ciudad de Madrid. A Madrid vino Andrés junto a su hermano Pedro tras una discusión con el padre. En Madrid, Andrés no tenía otro asidero que un amor de verano -una prima- con quien contactó imbuido totalmente del romanticismo emanado de la lectura de "La Cartuja de Parma" de Stendhal. El padre de la chica, tío por parte de madre de los dos chicos, era miembro de la Guardia Civil, y avisado de la huida de los sobrinos decidió acogerlos en su casa. Pronto Andrés se dio cuenta, cuando su hermano decidió volverse a León y la prima le dio a entender que de lo dicho en verano nada de nada, que había de buscarse la vida por sí mismo. Y así decidió salir de la casa de su tío y buscar una de huéspedes que encontró por los Carabancheles. Como medio de subsistencia se valdrá de la venta de enciclopedias que había iniciado con un boxeador que le metió en el negocio: no lo hacía mal y por la zona de la calle de Serrano vendió varias así como suscripciones al Círculo de Lectores que por estos años se iniciaba en España. Pero pronto tomó conciencia de que era difícil salir adelante así y más si como a él le ocurría lo que deseaba era hacerse escritor. De manera que, transcurridos cinco meses de estancia en Madrid, decide marchar a Valladolid donde un tío suyo lo acoge y él podrá estudiar Filología; cambiará sus contactos anarquistas madrileños por su militancia en la Joven Guardia Roja al tiempo que comenzó a colaborar en prensa. De la Joven Guardia Roja pasaría a militar en el PCE (i) del que sería purgado en 1974 por 'revisionista y drogadicto'. El hecho es que en 1975 de nuevo vuelve a Madrid, ciudad que ya no abandonará y en la que vive desde entonces.

El libro "Madrid" es una obra literaria de naturaleza mixta. Digo mixta porque, pese a su título, no es un libro de viaje al uso dirigido al turismo que visita la ciudad, no es sólo una historia de Madrid, tampoco es exclusivamente la crónica de un Madrid que fue y que ya no es...; bueno es y no es todo eso al tiempo porque lo esencial es que es el libro de Andrés Trapiello que pasea y vive Madrid durante medio siglo. En definitiva, pues, cabría calificarlo de ensayo, género muy personal que puede acoger todo lo anterior y aún más.

El descubrimiento personal que realiza Trapiello de Madrid le lleva a hablar, a la par que de su propia biografía, del ayer de la capital, un ayer que se remonta diez siglos atrás cuando la Villa no era más que una fortaleza árabe, un alcázar de defensa. Vamos a ir sabiendo de la ciudad y de los lugares y calles de la misma según que discurre la propia peripecia personal de Trapiello en la capital: redactor de una revista de arte; colaborador de un programa cultural televisivo donde conocerá a su mujer y del que sería despedido por no ser del agrado de la directora presentadora del mismo; partícipe en todos los aspectos de la llamada Movida madrileña en la que se pondrá en contacto con no pocos protagonistas de la misma, y de la que afortunadamente él y su pareja se alejarían al tener que atender las obligaciones familiares derivadas de la paternidad; la fundación junto a Juan Manuel Bonet de la editorial "La Ventura" en la que publicarían la Obra de Francisco Giner de los Ríos Morales, -nieto del creador de la Institución Libre de Enseñanza Francisco Giner de los Ríos-, cuya mujer, hermana de Díez Canedo, "tenía una biblioteca fabulosa con primeras ediciones de JRJ, Cernuda, Max Aún, León Felipe o Amster" (p. 167); etc. 

Los locales donde sonaba la Movida, las calles y los barrios donde vivían los escritores regresados del exilio que conoce por su trabajo de editor, y de cuya amistad y compañía se complace hablar, son protagonistas importantes de estos años de dificultades económicas y muchas ilusiones literarias de Andrés Trapiello
"De los cinco exiliados que trató uno mucho entonces, y a algunos mucho mucho, cuatro eligieron a su regreso barrios que parecían recordarles los tiempos anteriores a la guerra; Giner (Santa Isabel, en Antón Martín, separado del barrio de las Letras por la calle de Atocha), Ramón Gaya (Cuchilleros, entre las Cavas, a un paso de la Plaza Mayor y a otro de la plaza de la Cebada), María Zambrano (Antonio Maura, en el aristocrático de los Jerónimos, [...]) y Bergamín (en una isabelina plaza de Oriente y a dos pasos también del romanticismo)."
Así, de esta manera, entreverando su peripecia personal con la descripción e historia de Madrid van discurriendo las páginas de este ensayo. Al finalizar su  lectura conocemos de cabo a rabo los títulos de la obra narrativa de Andrés Trapiello, las dificultades por las que pasó dada la inquina que algunos críticos le tenían desde antiguo por su manera independiente de pensar y comportarse tanto personalmente como en su faceta de editor literario cuando en la Biblioteca de Autores Españoles de la editorial Trieste publicó a escritores que no estaban de moda. Desde entonces, viene a decirnos, varios críticos lo tuvieron en el punto de mira. De ellos sólo cita por el nombre a Juan Palomo (seudónimo humorístico de un colectivo de críticos) que tras criticarle que en Las Armas y las letras no apareciese nombrado Koldo Michelena, dijo no esperar mucho de una de sus novelas a punto de aparecer.

Andrés Trapiello escribió su obra más importante, Las Armas y las letras, a instancias de Rafael Borras que hacia los años 90 del siglo pasado le pidió una obra que hablase sobre la literatura en España durante la Guerra Civil. Tras finalizarla la presentó al Premio Espejo de España promovido por la editorial Planeta y no se lo dieron. A cambio, dice en 'Madrid', consiguió que el diario La Vanguardia lo fichase como articulista, trabajo que ejerció durante 25 años, desde 1995 a 2020. Seguramente en su salida haya tenido mucho que ver su indisimulada militancia contra el independentismo catalán, pensamiento que queda expuesto bien a las claras en el ensayo leído. Así, por ejemplo, en la página 193  habla de la movida madrileña y de la envidia que Barcelona sentía en esos años hacia la capital por su notoriedad: "Por suerte para todos las Olimpíadas de 1992 resarcieron a Barcelona de los 'seculares agravios', y los nacionalistas dejaron unos años de victimarse y dar la matraca, entretenidos en robar como pujoles y chupar del bote. [...] En todas partes, excepto en Cataluña y Euskadi, querían ser Madrid, y a Almodóvar lo recibían en el extranjero como hubieran recibido a Federico (García Lorca)"

Madrid y Galdós,
Me doy cuenta de que quien lea esta reseña se preguntará: ¿pero también se habla de la ciudad propiamente dicha? Sí, y mucho, pero siempre, como digo, enlazando con la peripecia vital del autor en ella: en las distintas zonas donde vivió desde Carabanchel alto hasta  Conde de Xiquena donde lleva viviendo desde hace 40 años de modo ininterrumpido. Es desde esta casa sque e desplaza en estos años  hasta el Museo Romántico en la calle de San Mateo, hasta el Museo del Prado,  el Jardín Botánico o el Parque del Retiro, a husmear en las casetas de la Cuesta Moyano o en las de la Feria del libro antiguo y de ocasión que se montan en Otoño en Recoletos, etc. Y en el ínterin nos habla de la evolución de esa Cuesta, de las vicisitudes vividas por ese parque o ese jardín y sobre todo habla muy mucho de la importancia que en Madrid tiene y tuvo el Romanticismo que marcó el siglo XIX y  dio a la ciudad gran parte de la belleza actual (la reina Isabel II, el rey José I, la desamortización de Mendizábal, los conventos reconvertidos en plazas, los monumentos erigidos en los años que vivió esa generación de escritores que configuraron la Edad de Plata, y de  todos ellos especialmente Pérez Galdós. Galdós y Madrid, Madrid y Galdós son inseparables.

Quizás si tuviera que elegir alguna parte de esta obra que más me haya impactado o interesado elegiría las referencias que el autor da de los crecimientos demográficos de Madrid que influyeron en la transformación y configuración de la ciudad. La capital tenía en 1868 300.000 habitantes llegando a tener en 1936, 1.000.000. Hubo que adecuar en esos años la ciudad. Hubo planes que seguían al del promotor inmobiliario Marqués de Salamanca: el plan Castro (1860), el de Arturo Soria (la Ciudad Lineal) o el de Zuazo y Jansen (1929). Secundino Zuazo y el alemán Hermann Jansen pensaron para la paz social en hacer colonias donde conviviesen las clases sociales en tres tipos de viviendas: 160 metros para la clase alta, 110 metros para la burguesía, y de 60 metros para los obreros. Estas colonias se hicieron en las afueras de la ciudad. Hoy las casas las habita clase pudiente. Son El Viso, Ciudad Jardín, Cruz del Rayo, la Prosperidad, la del Retiro, la Obrera, la del Hogar Ferroviario… Se hicieron al amparo de la ley de Casas Baratas de 1911. 

La verdad es que me ha gustado todo en el libro y especialmente la libertad con la que está escrito. Al ser el propio autor el eje sobre el que pivota la obra, es por eso en parte una autobiografía centrada en su actividad literaria. Estos dos factores (liberalidad en las opiniones vertidas y su propia peripecia vital) han hecho que Trapiello sea recibido por la comunidad literaria (autores, lectores, editores, críticos, etc.) con variedad de opiniones, algunas muy encontradas entre sí. Y precisamente por eso, por apartarse del pensamiento único imperante y empobrecedor me agrada Andrés Trapiello y me ha gustado este libro que habla de Madrid en aproximadamente unas 500 páginas.

Textos seleccionados
Seleccionar fragmentos dentro de este libro es difícil pues todo él es merecedor de ser destacado. Con todo lo intentaré hacer siquiera sea con una pequeña muestra. El capítulo dedicado al Romanticismo -el capítulo 13- es capital. En él al hablar del ambiente intelectual que se respiraba en Madrid en los años 90 del siglo XX dice lo siguiente:
"Osadía era también leer a nuestros verdaderos escritores de la modernidad, porque había que hacerlo medio a escondidas para no desacreditarse: Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Machado, Baroja, Azorín… Todos ellos eran para nosotros hijos del romanticismo: Unamuno de Espronceda, JRJ. de Becquer, Machado de Campoamor, Baroja de Larra, Azorín de Mesonero, valle de Zorrilla…" (,p. 216)
En ese mismo capítulo comentando el olvido durante 200 años en que los españoles tuvimos a músicos nuestros como Bocherini, Scarlatti, Vicente Martín y Soler, Blas de Laserna y otros escribe: "Cuando ahora se escuchan alguna rara vez, la gente se pregunta: '¿Por qué España es así? ¿Por qué aquí prescindimos siempre de lo mejor nuestro? ¿Qué nos pasa? ¿Somos masoquistas?'"

Sobre el Rastro (capítulo 20) y citando a Francisco Umbral escribe: "Entre el Prado y el Rastro [...] Madrid no tiene otras opciones que 'organizarse en Museo del Prado o desorganizar en el Rastro. El Rastro es un Prado al revés'" (pág. 323)

El capítulo titulado "El Madrid de Galdós" es la mar de sabroso. Trapiello además de reivindicar la
figura del escritor canario ("a Galdós, de verdad de verdad, de la literatura solo le interesaban las mujeres. Y de Madrid, la gente. O mejor, como decía Juan Ramón Jiménez: la mujer, y como decía Gaya, las gentes") se sirve de él para lanzar una pullita política que, me imagino, no es bien recibida por muchas personas: [Ballester, enamorado secreto de Fortunata a la vuelta de enterrarla]: "Sin olvido no habría hueco para las ideas y los sentimientos nuevos. Si no olvidáramos no podríamos vivir, porque en el trabajo digestivo del espíritu no puede haber ingestión sin que haya también eliminación."

Por último finalizo esta selección con una cita sobre el oficio de reseñista al que él ha dedicado muchos años de su vida. Escribió reseñas hasta que le encargaron el que sería luego su libro más aplaudido, "Las Armas y las Letras (literatura y guerra civil, 1936-1939)". Al hablar de este trascendental giro en su vida reflexiona: 
"El oficio de reseñista literario es el más triste y deslucido de todos, decía Baroja. [...] Un reseñista literario es alguien que se quema las pestañas leyendo libros de escritores que viven de escribirlos y venderlos, y no de aliñar reseñas, lo cual despierta en muchos de los reseñistas, escritores frustrados, un comprensible resentimiento y mal humor, que no dudan en trasladar a sus juicios sumarísimos." (p. 281)

Biografía del escritor (tomada de https://ortegaygasset.edu/tertulia-literaria-con-el-escritor-andres-trapiello/)

Andrés Trapiello, poeta y escritor español, nació en 1953 en Manzaneda de Torío, León.
Después de estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Valladolid, donde también trabajó en el diario Pueblo, se trasladó en 1975 a Madrid, ciudad en la que vive desde entonces. De 1975 a 1977 trabajó como redactor en una revista de arte y de 1977 a 1980, también como redactor, en programas de arte y de literatura de Televisión Española.
En 1980 fundó y dirigió con Juan Manuel Bonet las Entregas y Libros de La Ventura, donde ese mismo año apareció Junto al agua, su primer libro de poemas.
En 1982 empezó a dirigir, con Valentín Zapatero, su fundador, la editorial Trieste en la que apareció ese año su segundo libro de poemas, Las tradiciones, al que siguió, en 1985, también en la editorial Trieste, La vida fácil.
En 1988 publicó su primera novela, La tinta simpática, y en 1990 vio la luz El gato encerrado, primer tomo de los diecisiete, hasta la fecha, del Salón de pasos perdidos, conjunto de diarios que ha subtitulado “Una novela en marcha”, publicados todos ellos en la editorial Pre-Textos.
En 1989 empezó a dirigir en la editorial Comares de Granada, de Miguel Ángel del Arco y Mario Fernández Ayudarte, la colección La Veleta, donde han aparecido hasta la fecha más de cien libros, de poesía y de prosa.
En 1992 recibió el Premio Internacional de novela Plaza y Janés por su segunda novela, El buque fantasma, y en 1993 el Premio de la Crítica por su cuarto libro de poemas Acaso una verdad, al que han seguido hasta la fecha Rama desnuda y Un sueño en otro.
En 1993 Las armas y las letras. Literatura y guerra civil 1936-1939 recibió el Premio don Juan de Borbón y señaló el comienzo de sus artículos semanales en el Magazine de La Vanguardia, en la que colabora desde entonces. Ese libro fue revisado, significativamente ampliado y reeditado en 2010.
En 2003 su novela Los amigos del crimen perfecto obtuvo el Premio Nadal, y en 2005 Al morir don Quijote el Premio Fundación Juan Manuel Lara a la mejor novela de ese año editada en español, a la que siguió en 2009 Los confines, todas ellas en la editorial Destino.
Otros libros suyos son La noche de los Cuatro Caminos (2001), crónica de un episodio del maquis en Madrid, El arca de las palabras (2006) e Imprenta moderna. Imprenta y literatura (2006). Colaborador de La Vanguardia, El País, El Cultural o el Abc Cultural y diversas publicaciones literarias, es autor, junto a Alfonso Meléndez, y en calidad de tipógrafo, de un número apreciable de catálogos y diseños editoriales.
En 2003 le fue concedido por el conjunto de su obra el Premio de las Letras de la Comunidad de Madrid, y en 2010 el de las Letras de la Comunidad de Castilla y León.
En 2012 su novela Ayer no más fue elegida mejor novela del año por los lectores de el diario El País.
En 2014 publicó la novela El final de Sancho Panza y otras suertes.
Su diario titulado Salón de pasos perdidos tiene ya más de veinte tomos desde el primero aparecido en 1990 con el título El gato encerrado 1987 hasta el último, Diligencias 2016, publicado en 2019
"Madrid" es el último de los 17 ensayos que ha escrito entre los que destaca además de éste el titulado 'Las armas y las letras' y 'El Rastro'.

15 ene 2021

Tercer Acto. Última entrega de la autobiografía de Félix de Azúa

15 comentarios:

"El ritmo rápido, el que mueve la fogosa máquina juvenil, había agotado su labor y entré casi sin percatarme en el ritmo lento que es el del mundo adulto, el de la razón, el del segundo acto, […] cuando los humanos trabajamos con gran esfuerzo para construir algo duradero que dé sentido y reconocimiento a nuestras vidas, esfuerzo inútil, pero forzoso, antes de que llegue el tercer acto y constatemos que nuestra vida ha sido tan vana e inútil como las de los mil trillones de humanos que nos precedieron y que tan bien describe el Eclesiastés. No hay vidas más o menos útiles o fútiles, sólo más o menos bellas de relatar."

Desde que durante el último trimestre de 2020 viera en los suplementos culturales de los periódicos referencias a este libro, el mismo me interesó. Por fin en Reyes tuve oportunidad de hacerme con él y lo he leído con satisfacción. La verdad es que ardía en deseos de leer algo de Félix de Azúa que fuera más literario que los artículos periodísticos que regularmente publica en El País y, creo que también, en El periódico de Catalunya. Su mirada sobre la actualidad política, social y artística siempre me ha parecido atinada y cargada de razones nada sentimentales y sí bien fundamentadas y asentadas. Por eso me apetecía mucho ver su faceta de literato que, pese a ser extensa en el tiempo y en producción, nada, salvo algún poema suelto suyo contenido en alguna antología poética, conocía.

"Tercer Acto", Autobiografía, Félix de Azúa
Tercer Acto
no es un libro sencillo, De inicio presenta cierta dificultad que con atención logra vencerse; para ello es exigible una lectura atenta, estar despierto con los cinco sentidos durante la misma. En algún momento me ha recordado la literatura de Enrique Vila-Matas con el que, en mi opinión, cruza alguna chanza privada como esa referencia a Marcel Duchamp y la broma sobre los urinarios que Perico Riquelme, personaje en un momento del relato, parece querer proferir. Pero sobre todo me ha recordado a Vila Matas por la hibridación de géneros, por esta novelización de la memoria personal, por la autoficción que este ensayo es en el que caminan de la mano bajo nombres inventados personas reales muy presentes en la vida del autor. Me refiero especialmente a Agustín García Calvo, especialista en literatura griega, profesor de griego, lingüista y filósofo a cuya tertulia parisina de La Boule acude el narrador innominado -sin duda alguna el propio escritor- junto a los amigos de estudios en Gerona y Barcelona junto a otros españoles exiliados como el profesor (Julio Silvela Silva en el ensayo novelado) o que se tenían por tales:
Aún vivía el dictador y seguíamos siendo oficialmente un grupo de exiliados de la dictadura, aunque ninguno, excepto Julio Silvela Silva, fuera en verdad un represaliado, los demás estábamos allí por aburrimiento, por azar, por romanticismo o por aventura, pero nos sentíamos dolorosas víctimas del régimen.

Esta novela-ensayo está preñada de opiniones personales del autor-narrador sobre variados asuntos. Escribir una autobiografía o unas memorias a la edad del escritor, setenta y seis años, da para mucho y si además como es su caso la dedicación profesional ha sido intelectual, concretamente profesoral, las idas y venidas por el espacio mental son obligadas, Azúa las muestra en capítulos que dan saltos temporales moviéndose en un abánico temporal que va de 1960 hasta 2007 sin más orden que el que nace del propio ejercicio memorialístico. Así pues, vemos al narrador y a sus amigos Hugo, Josean y Manolín en su época de adolescentes escolares en Cataluña donde por el origen no autóctono y nivel socioeconómico inferior (hijos de profesor, militar o guardia civil) se sienten algo rechazados por algunos compañeros oriundos del lugar de clase burguesa o pequeñoburguesa cual es la pertenencia de Tartarull y Fromenter. Luego vamos a conocer la estancia en París de Josean, Hugo y el narrador junto al profesor Julio Silvela Silva y otra serie de españoles allí ubicados durante los años setenta (María de Jesús, Demetrio Persépolis, Balta, la Mudita, Teresa, Mina Soria ...). Tras estos años de iniciación y juventud (en el fondo el Primer Acto de la existencia) llegará el asentamiento y la tranquilidad en la que cada uno de ellos se ubicará en lugares diversos (Madrid, País Vasco, Catalunya...) aunque en general siempre en el ámbito de la enseñanza e investigación universitarias hasta que por fuerza de los años este Segundo Acto de creación y proyección profesional finalice y dé paso al Tercer Acto que da título al relato, es decir al último acto de esta representación carnavalesca que en el fondo es la Vida. 

La novela es el retrato de la generación a la que pertenece Félix de Azúa, una generación que de jóvenes, en esos años parisinos sobre todo, pero también ya en España antes de salir a Europa y mucho más a su regreso tras la muerte de Franco, a sus inquietudes intelectuales y filosóficas (Josean está muy interesado en Heidegger y su obra "Ser y Tiempo" es su libro de cabecera; el profesor Silvela Silva les hace profundizar en los arcaicos griegos, los filósofos primitivos, y también en la filosofía del lenguaje; el narrador en compañía de su amante, Cicciolina, visitará a Ernst Jünger en Múnich; etc.) unirán sus devaneos con el mundo de las drogas legales (el alcohol sobre todo que en algunos hizo estragos) e ilegales (los porros de hachis, grifa y marihuana, las papelinas de LSD... e incluso en algunos de ellos la esclavitud de la heroína). Esto durante la juventud, o sea, durante el Primer Acto de la vida que en la producción libresca de Félix de Azúa se corresponderá con lo manifestado en "Autobiografía sin vida" publicado en 2010 (esto lo digo sin haberlo comprobado por mí mismo dado que no he leído el ensayo citado).

Es curioso y muy irónico que el Segundo Acto, es decir, el momento de máximo esplendor y proyección profesional de cualquier persona y por tanto también del escritor y de sus compañeros juveniles lo despache en "Tercer Acto" con rapidez en dos patadas, que suele decirse:

luego fueron pasando los meses, muchos meses, porque, sin apenas darme cuenta, había yo entrado en el segundo acto, el más largo y monótono, cuando el tiempo parece detenido, pero en realidad avanza con extrema aceleración y no nos percatamos de ello hasta que es irremediable y nos vemos arrojados al tercer y último acto.
[...] La obsesión por los libros, más que la lectura misma, ha sido el gran consuelo de mi vida a todo lo largo del segundo acto, que comenzaba en ese momento sin que yo lo sospechara. 

Evidentemente aquí está de fondo ese segundo libro de su autobiografía titulado “Autobiografía de papel” que apareció en 2013.

En este libro, "Tercer Acto", el autor da suelta a otra serie de asuntos que han movido su estar en la vida.  Se manifiesta con plena liberalidad sin seguir lo marcado por lo políticamente correcto sino lo verdaderamente sentido por él, una persona libérrima sin atadura política alguna. Estos son, aparte de los ya expuestos, algunos de estos asuntos: 

  • El franquismo como justificación vital de no pocas personas. Así los jóvenes que acuden a la tertulia del profesor Silvela se consideran represaliados políticos sin serlo: 
    • Filósofos españoles del siglo XX, Profesores represaliados por Franco en 1965
      No podíamos admitir que habíamos estado de vacaciones hasta entonces, era casi imposible renunciar al sueño heroico de haber sido perseguidos por la descomunal fuerza del Estado, iba a ser muy difícil echarle la culpa de nuestras frustraciones a alguien, una vez desaparecida la presencia granítica del dictador.
       (p. 68). 
 Jóvenes que cuando muere el dictador se quedan sin referente existencial lo que percibe el camarero que habitualmente les atiende en La Boule: 

    • Pronto comprendió la tristeza grande de aquellos desgraciados a quienes se les había hurtado el sentido de su existencia al perder el nombre del enemigo. Parece, ya me perdonaréis, dijo, como si se os hubiera muerto el padre, ¡ánimo, por favor (un peu de courage, sacrebleu)! (p. 68) 

  • Las drogas y los intelectuales. Me ha parecido de sumo interés, por desconocerlo completamente, la relación del filósofo alemán Ernst Jünger con el desarrollo del ácido lisérgico (LSD): 
    • Jünger había sido y era amigo de Hofmann, el químico que inventó el LSD y a quien Jünger se había prestado para las primeras experiencias alucinógenas.(80),  
  • Su opinión sobre los alemanes ha llamado poderosamente mi atención. Si las palabras que voy a colocar a continuación las hubiese leído antes de conocer la obra de Bernhard Schlink ("El lector" y especialmente "Olga", novela que he leído y reseñado hace bien poco) quizás me habría parecido una afirmación excesiva, pero, tras conocer la opinión de alemanes tan respetables como Schlink, ya no me lo parece: 
    • El campo bávaro y luego suabo estaba enteramente cubierto por la nieve. Las preciosas granjas de madera abalconada que se sucedían en la carretera parecían de juguete: hay un oscuro fondo infantil en el carácter germano que añade inocencia a su criminalidad congénita, como el niño que destripa juguetes mientras sonríe a sus papás.(p. 84) 
  • Interesantísima por demás es su opinión sobre la finalidad perseguida con la lectura de libros, actividad que en esencia ha constituido el segundo acto de su vida: 
    • en todos y en cada uno de ellos podía encontrarse lo que andaba buscando con desesperación desde que perdí la infancia, a saber, el secreto de la vida y de la muerte, un enigma escondido entre las páginas librescas de importancia decisiva para llegar a entender nuestra absurda naturaleza mortal y la razón insondable por la que no éramos dioses a pesar de haberlos inventado. (95) y con ese humor irónico y sarcástico suyo, tan característico, a continuación afirma que es fácil de entender que lo que me impulsaba a comprar libros (o robarlos, etcétera) no era leerlos, sino haberlos leído. Yo siempre leí en pretérito pluscuamperfecto. (96) 
  • La desaparición del otro por muerte o abandono: 
    • Es muy difícil aceptar que alguien con quien hemos contado toda la vida, tan indudablemente presente como si fuera el sol de cada día aunque no la hayamos visto en años, desaparecerá de pronto, en un instante, y ya no estará al otro lado del teléfono o de la puerta.(p.109)
  • París y la arquitectura
    • Aquél era un París muy empobrecido por la guerra. En veinte años apenas si habían comenzado alos franceses a reconstruir su industria pesada y a levantar ciudades nuevas como Evry o Cergy, única novedad urbanística que tanto interesaría a Rohmer porque creyó que sería la máquina de troquelación de unos nuevos ciudadanos más racionales y bellos, típica creencia de la vanguardia francesa desde Le Corbusier, como si la arquitectura fuera capaz de determinar a los ciudadanos para mejorarlos en lugar de corromperlos. (p. 132)
  • La sorprendente evolución política de las personas. Así Josean que había llegado a Heidegger a través de las revistas literarias falangistas que recibía su padre en casa ha pasado a ser ahora un ferviente defensor de la identidad nacionalista, que convertida en ideología política todo lo fagocita y controla: 
    • ¿Josean nacionalista? Ya lo creo, dijo Hugo con su mirada irónica, se ha ido convirtiendo en un nacionalista, pero a la manera de Heidegger, nacionalismo de la tierra y de la lengua, propuesta mítica y antirreligiosa. (p. 131) 
    • bajaba a la zona húmeda para llegarme hasta el viejo barrio del vicio, que estaba cambiando a gran velocidad y se transformaría irremediablemente gracias al grupo de negocios que montarían los socialistas cuando se adueñaran del Ayuntamiento de Barcelona junto con empresarios de un inexistente antifranquismo. Aquellas fuerzas, que entonces apenas llamaban la atención, se convertirían en un opresivo nacionalismo totalitario pocas décadas más tarde y dominarían el mercado entero del trabajo y de los negocios. (p. 148)
  • Religión e ideología política. Es curiosísima la opinión que defiende el profesor José Andaluce, exiliado en Francia y compañero de profesión y militancia política del padre de Manolín
    • Andaluce aún creía que el comunismo era un modo de justificar la existencia y darle un significado, lo que coincidía exactamente con lo que pretendían todos los credos religiosos: ofrecer una salvación y sosegar la angustia de un modo masivo.(p. 134) 
  • El imperceptible paso del tiempo
    • Cuando llega el momento de envejecer y comenzar a morir, el tiempo parece acelerarse en una monótona precipitación que lo hace inaprensible o inconsciente, pero cuando vuelve a nuestra conciencia nos encuentra ya viejos. La vejez llega en un instante y no depende de la edad. Hay gente que ha sido vieja desde la infancia. (p. 175)
  • Crítica a afirmaciones estúpidas de ciertos movimientos como por ejemplo ésta del animalismo: 
    • Comenzaba ya entonces la manía de los animales y del clima, una atmósfera opresiva que llevaría a aberraciones como confundir el tiro de mulas con el esclavismo o denunciar violaciones de gallinas en un gallinero.(p. 147), 
  • La nación en democraciaEspaña sin Franco iba a convertirse en una inmensa taberna para las masas europeas. (p. 149), 
  • La vida universitaria. Quizás éste sea el ámbito más conocido por Azúa y por ello al que dedica mayor espacio en las opiniones críticas que vierte al final de esta obra: 
    • La vida universitaria es un mundo ajeno sin apenas roces con el mundo real y verdadero. Se parece a la vida eclesiástica de los enclaustrados, en la que sólo importa lo que sucede dentro de la reclusión universitaria y entre los rijosos frailes, sus rencillas, sus venganzas, sus seducciones, sus abominaciones, pero con la diferencia de que el claustro universitario está persuadido de que puede cambiar el mundo. (p. 180) 
    • Hay que tener presente que, desde la muerte de Franco, la universidad española se había ido moralizando y al final ya sólo se enseñaba a ser demócrata, solidario, diverso sexual, respetuoso con el medio ambiente o agraviado por motivos de identidad nacional. Toda enseñanza seria estaba prohibida, había que hacer felices a los estudiantes, el suspenso era considerado reaccionario y el esfuerzo una práctica fascista. Desaparecida la lucha por la vida, la universidad se había convertido en un balneario. (p. 181) 
  • Médicos y muerte. La estación término de la vida, el final del tercer acto de la existencia se aborda por parte de los personajes de esta novela en frontal oposición a la dictadura médica empeñada en prolongar la vida a toda costa: Silvela, Josean, el propio narrador, desean ser soberanos en esa hora suprema, no desean fallecer en un hospital rodeados de tubos y de máquinas. Con inmensa sorna y no escasa acerva crítica el autor pone en boca de los médicos que en Hospital del Mar de Barcelona atienden al profesor Silvela que acaba de sufrir una trombosis la frase siguiente: 
    • queremos que el señor Silva Silvela viva muchos años y tenga una vejez feliz. Además, todo es gratis gracias al seguro médico, ese magnífico invento catalán. (p. 185) 
            El mismo Silvela Silva al verse visitado en el hospital por sus discípulos Josean, Hugo y el propio narrador, los despacha de su lado con estas palabras: 
    • y ahora, basta, ¡hala!, un par de besos, por favor, y adiós, no quiero volver a veros en lo que me queda de vida, me infectáis de sentimientos. Silvela estaba siguiendo su enseñanza y eliminando cualquier atisbo de emoción. Él prefería la caricatura antes que dar la menor ventaja a la muerte. Este desafío me ha parecido, años más adelante, algo profundamente castellano y ausente de otros lugares de la península. (p. 186)

Para finalizar

Muchas cosas además de la trama presentada y de los asuntos tocados por Félix de Azúa en esta novela de autoficción memorialista me han agradado. Ya he comentado anteriormente la estructura no lineal en forma de puzle desordenado siguiendo los caprichos de la memoria del narrador-autor-personaje que en el relato jamás es citado por su nombre real; tan sólo en un momento inicial de la narración -y luego también al final de la misma- Josean se dirige a él con el apelativo de Serenus Zeitblom, personaje de la novela Doktor Faustus de Thomas Mann. Al igual que  Serenus Zeitblom en la novela del premio nobel alemán cuenta cómo Alemania vendió su alma al diablo –el nazismo- por unos años de gloria, yo entiendo que bajo este apelativo Félix de Azúa quiere presentarse en Tercer Acto como alguien que está contando la deriva de Cataluña que en su opinión también ha vendido su alma a otro diablo no muy distante del anterior: el nacionalismo. 

Articulista en El País, Fundador de Ciutadans, Ciudadanos

El autor es académico de la Española desde el año 2015 donde ocupa el sillón 'H' sucediendo a otro catalán ilustre, el profesor Martín de Riquer. Su dominio y amor por la lengua castellana es perceptible en toda la novela. Utiliza un lenguaje hermoso con un vocabulario preciso y apropiado a aquello que designa lo que a veces le lleva a utilizar términos hoy algo en desuso pero muy ajustados a lo designado: Poterna (puerta angosta), derelictos (objetos abandonados por su primer propietario), gozque (perro), nosocomio (hospital de enfermos) y otros más. Junto a ello es destacable el culturalismo que rezuma toda la obra. Principalmente en el campo de la literatura como se ve por ejemplo en el ya comentado apelativo dado al narrador-personaje o en la imagen que viene a la mente de éste cuando se produce el reencuentro con los compañeros de juventud pasados ya muchos años: 

Recordé cuando el protagonista de Proust, en la Recherche, después de veinte años vuelve a encontrarse con los amigos de su juventud en un baile elegante y aquel reencuentro le parece como un efecto mágico, un portento, porque sus antiguos conocidos se esconden detrás de unas máscaras grotescas, ridículas, como de enanitos de cuento (p. 138)

Pero también en el campo de la pintura. En ésta es fundamental la alusión a la visión carnavalesca de la vida dada por Goya en una de sus pinturas, 'El entierro de la sardina', cuadro que muestra el último acto de disfrute de la vida carnavalesca. La alusión a este cuadro le sirve al autor-narrador para evidenciar la distancia que separaba la Barcelona que dejó en 1973 de la que se reencontró a su regreso en 1978: 

Yo había dejado una ciudad sórdida asediada por la presencia constante de los esbirros de la muerte, sus largos gabanes de paño gris en invierno, sus chaquetillas toreras de verano, pero ahora regresaba a una ciudad eufórica, con cabeza de cartón y signos anunciadores de la idiotez que sería la plaga mundial desde finales del siglo XX y estallaría en el siglo XXI. El célebre baile de la sardina, aquel amontonamiento de borrachos y monigotes presididos por una bacante bajo el estandarte de la sonrisa imbécil que Goya había eternizado, volvía a presidir una capital española. (p. 148)

En varios sentidos es una obra de final de ciclo, que dicen los futboleros, pues por una parte completa la autobiografía de la que el escritor llevaba ya dos entregas, y también el título -¡tan teatral y dramático!- viene a significar el final del ciclo de la vida del propio autor si bien afortunadamente aún no se ha producido pero que evidentemente por propia experiencia y observancia de la evolución del ser humano, intuye, no andará muy lejana. Azúa tiene 76 años y le deseo muchos más años de vida en los que prosiga dándonos obras clarividentes, irónicas y de crítico humor como ésta que he leído. 



12 mar 2020

El infinito en un junco. Irene Vallejo, Premio Ojo Crítico de Narrativa 2019

23 comentarios:
Mi tía Marina falleció a los 91 años. La recuerdo diez o quince años antes de dejarnos, cuando en la calle veía niños corriendo o jugando, comentar para sus adentros pero en voz alta: "El mundo no se acaba". Exactamente esta idea, 'el mundo no se acaba' o 'la vida sigue', es la que mientras leía este ensayo narrativo de Irene Vallejo Moreu constantemente me asaltaba.


Es más, pienso que no sólo no se acaba, como en ocasiones con cierta impertinencia quienes vamos peinando canas queremos creer por eso de que después de nosotros el caos, sino que hay mucha vida después como demuestran escritores como Irene Vallejo que se mueve como pez en el agua en la difusión, promoción y divulgación de la cultura clásica. 

Yo, modestamente, me considero amante de los libros. En todos los sentidos me gustan. Me gustan por lo que dicen; me gustan, claro es, por cómo lo dicen; me gustan por su forma externa; me gustan sus portadas, sus lomos, sus guardas al agua o no; me gustan por sus títulos; me gustan... en definitiva... por todo. También me gusta verlos colocados en estudiado desorden en los expositores de las librerías o apilados en descuidado desorden, esta vez sí, en las librerías de lance. Acudir a las bibliotecas y buscar por las estanterías en los tejuelos fijados en sus lomos la signatura del volumen ansiado es actividad que frecuento. Tampoco me pierdo las ferias, fiestas y celebraciones que en torno al mismo se realizan. Desde muy temprana edad el Día del Libro, que se celebra todos los años el 23 de abril, cuando los libreros sacan sus expositores a las calles, me ha gustado. Ese día raro es el año que no adquiero algunos ejemplares aprovechando los descuentos promocionales que se realizan; además en ocasiones el gremio de libreros edita algún ejemplar sobre la lectura o regalan algún libro a los compradores. Recuerdo -¡y conservo!- con cariño difícil de explicar "¿Cómo leer un libro?" de Dolores Rico Oliver con ilustraciones del genial Antonio Mingote que hace cerca de cuarenta años regalaron a los compradores. Mi atracción por los libros me lleva a no perderme cuantas casetas librescas crecen como setas en Muestras dedicadas al libro sea antiguo, de ocasión o de todos los tiempos. Me encanta husmear por ellas, hojear algunos, voltearlos para ver sus contraportadas, examinar el índice o cotillear en las biografías de los autores...

Por lo dicho hasta aquí creo que a nadie extrañará que el libro de esta zaragozana me haya encantado. Explicaré un poquito por qué. En primerísimo lugar está la sencillez comunicativa con la que Irene Vallejo se maneja. Utiliza una exposición clara, diáfana, directa, sin alambiques; pero ello no quita para que en no pocas ocasiones utilice figuras expresivas que insuflan belleza a un texto que, en principio, podría resultar aburrido, abstruso o sólo del gusto de los muy especialistas en el mundo antiguo. Afortunadamente, y de ahí el enorme éxito popular del libro, nada de esto ocurre en "El infinito en un junco" que en manos de la autora se codea en ocasiones con la alta literatura. Hay metáforas bellísimas que llegan muy adentro: "Los primeros relatos de tu vida entraron por las caracolas de tus orejas; tus ojos aún no sabían escuchar", leemos en un momento; y en otro lugar citando a la poeta rusa Anna Ajmátova la prosa de la ensayista no va a la zaga de los versos de la poetisa:
"Un día, al enfrentarse en el espejo con su aspecto demacrado y los surcos que el sufrimiento estaba abriendo en su cara, ella recordó la imagen de las antiguas tablillas mesopotámicas. Y escribió un verso triste e inolvidable: «Ahora sé cómo traza el dolor rudas páginas cuneiformes en las mejillas»."
Fundamental en el aprecio sentido por la obra ha sido para mí el placer que proporciona viajar por Egipto, Grecia o Roma hasta hoy mismo a bordo de la prosa de Irene. La comprensión del mundo antiguo mostrado se evidencia a través de la naturalidad con que en el ensayo se equipara, por ejemplo, a un bardo del siglo VII aC con un escritor posmoderno dada la forma que tienen ambos de entender su obra como versión, nostalgia, traducción y constante reciclaje del pasado, o la evocación producida en mi cabeza del tema de los Doors, 'Riders on the storm', cuando en pirueta magnífica la escritora imagina a la anónima persona -un hombre, sin duda, dados los parámetros de la época- que ideó los signos del alfabeto:
"Él vivió en el siglo VIII a. C., hace veintinueve siglos. Cambió mi mundo" [...] "Con seguridad fue amigo de curtidos mercaderes fenicios de rostro bronceado. Seguramente bebió con ellos en las tabernas de los puertos, de noche, aspirando el olor del salitre en el aire mezclado con el humo que subía de un platillo de sepia sobre la mesa, mientras escuchaba historias de mar. Barcos cabalgando en la tormentas, olas como cordilleras, naufragios, costas extrañas, misteriosas voces de mujer en la noche."
Después de leer fragmentos como el citado anteriormente no puede extrañar que, pese a estar ante un ensayo sobre la historia de los libros desde su primera aparición hasta nuestros días, el programa cultural radiofónico de RNE el Ojo Crítico le haya concedido el Premio Ojo Crítico de Narrativa 2019. Naturalmente que es oportuna la concesión porque hay mucho de narración en la obra que reflexiona en hermosa metáfora sobre juncos [los papiros egipcios se fabricaban con juncos que crecían en el delta del Nilo] capaces de albergar el infinito en ellos. Realiza la autora una hibridación entre géneros construyendo un ensayo que se mueve en la frontera entre la pura exposición personal, aguda y original sobre el asunto y la construcción de un relato que le sirve para ahormar la inmensidad de materiales que con soltura, gracia y conocimiento maneja.

 Ese sinfín de sabiduría la vierte Irene Vallejo en su ensayo de manera estudiada, avanzando y retrocediendo en el tiempo desde el lejano pasado hasta hoy mismo pero también efectuando paralelismos al estilo de los autores clásicos entre el tratamiento dado a unos mismos asuntos en Grecia y en Roma, o entre la manera de trabajar en la biblioteca de Alejandría y en la de Pérgamo, o la actitud tenida ante el objeto libro por los romanos paganos y los cristianos perseguidos por sus creencias, etc. Todo, como ya he dicho, comparándolo las más de las veces con actitudes actuales, con objetos usuales entre nosotros, con argumentos presentes en prestigiosas obras literarias de los últimos siglos ("El lector" de Bernhard Schlink, la novela negra de Ruth Rendell "Un juicio de piedra", la novela del escritor nigeriano Chinua Achebe "Me alegraría de otra muerte", "El país de las últimas cosas" y "La invención de la soledad" de Paul Auster, "Finnegan’s Wake" de Joyce, "Mientras agonizo" de Faulkner,... y tantos y tantos otros).

Es así mismo evidente que la autora de "El infinito en un junco" además de ser experta en literatura de todas las épocas es amante del Cine, género artístico que bebe en grandes creaciones literarias. Leyendo este ensayo son abundantes los títulos de películas ("Taxi Driver" y "Gangs of New York" de Martin Scorsese, "¡Qué bello es vivir!" de Frank Capra, "Matar a un ruiseñor" de Robert Mulligan, "84, Charing Cross Road" -"La carta final" en España- de David Hugh, "La mujer de al lado" de François Truffaut,.. y tantas y tantas otras más).

Cuando la escritora trata de hacernos ver cómo la tradición clásica presente en los libros clásicos llega hasta las manifestaciones artísticas más novedosas no duda en afirmar que Cada nueva forma de expresión —la publicidad, el manga, el rap, los vídeojuegos— los adopta y los realoja.[…] de manera que continúan subiendo a los escenarios de los teatros mundiales, son adaptados al lenguaje del cine y emitidos por televisión. Y es que afirma
"Desde Grecia y Roma no dejamos de reciclar nuestros signos, nuestras ideas, nuestras revoluciones. Los tres filósofos de la sospecha -Nietzsche en la metafísica, Freud en la ética y Marx en la política- partieron del estudio de los antiguos para realizar el giro a la modernidad. Incluso la creación más innovadora contiene, entre otras cosas, fragmentos y despojos de ideas anteriores."
Para mí, aparte del magnífico recorrido que junto a Irene Vallejo realizamos por las bibliotecas de Alejandría, de Pérgamo, de Roma, la obra es más que interesante por el enorme número de anécdotas que contiene referidas a multitud de vicisitudes vividas por autores de muchos de los libros que nombra (Homero, Platón, Aristóteles, Erastótenes, Calímaco, Plauto, Julio César, Cicerón, Aristófanes, Tucídides, el poeta bilbilitano Marcial, Safo de Lesbos, Eurípides, Esquilo, el cordobés Séneca, etc., etc.). El listado de escritores es larguísimo. Baste con estos nombres. Sólo decir que la gracia con que se cuentan y la oportunidad de su inserción en el relato son elementos fundamentales para lograr el placer que la lectura de este ensayo produce. No pocas veces durante la lectura la sonrisa se dibujaba en mi rostro. No cabe otra respuesta anímica cuando se lee que En el siglo I, el humorista Marcial se quejaba: -"Mis páginas sólo gustan gratis", o cuando leemos que en un claro guiño al lector -al público, en su caso- Plauto dice: "Un griego escribió esto, y Plauto lo barbarizó". Desde luego qué inmensa actualidad tiene esta frase, qué cerca nos sentimos del comediógrafo desde el hoy del corta y pega.

Alberto Manguel, Umberto Eco, Jorge Carrión, "Una historia de la lectura", El nombre de la rosa", "Librerías"
El libro que acabo de leer pertenece, como ya he dicho, a esa saga de libros que hablan de libros. En ese hilo hay que situar a "El infinito en un junco". La misma Irene cita y declara su gratitud a obras importantísimas en este campo como "Una historia de la lectura" del argentino-canadiense Alberto Manguel publicada por vez primera en inglés en 1996, traducida al español por José Luis López Muñoz en 1998, y que yo leí con enorme gusto allá por 2003 ó 2004. Constantemente durante la lectura de "El infinito en un junco" recordaba esta estupenda obra de Manguel. También, especialmente, en los capítulos de la IIª parte dedicados a Roma, al hablar del número de bibliotecas que había en la ciudad la autora cita el impresionante libro del español Jorge Carrión titulado "Librerías" [en su momento hice reseña del mismo en este blog] que como ya le está ocurriendo al de Irene Vallejo tuvo -y sigue teniendo- una difusión enorme habiendo sido traducido a la mayoría de lenguas de nuestro entorno
"En su imprescindible ensayo —y ruta de viajes bibliófilos—, Jorge Carrión escribe que el diálogo entre las colecciones privadas y las colecciones públicas, entre la librería y la biblioteca, es tan viejo como la civilización; pero la balanza histórica siempre se inclina por la segunda
En otro momento, también de esta IIª parte titulada "Los caminos de Roma", en concreto cuando la autora se lamenta de la persecución inmisericorde que el objeto libro ha sufrido a manos de dictadores, censores, revolucionarios obtusos o lerdos inquisidores, vuelve al escritor catalán para señalar una de tantas paradojas que han acompañado a la cultura a lo largo de todos los tiempos:
"Como escribe Jorge Carrión, quienes diseñaron los mayores sistemas de control, represión y ejecución del mundo contemporáneo, quienes demostraron ser los más eficientes censores de libros, eran también estudiosos de la cultura, escritores, grandes lectores."
Por último en este sentirse formando parte de un tipo de obras determinado, de un subgénero ensayístico concreto, el de los libros que hablan de libros, me parecen muy relevantes las referencias constantes a otro gran bibliófilo, amante de la vida secreta de los libros. Me refiero a Umberto Eco citado en especial por "El nombre de la rosa", novela histórica culturalista que publicó en 1980, en la que homenajea a los libros, las bibliotecas que los contienen, los estudiosos de los mismos y los enigmas y conocimientos escondidos en éstos. Pero además de por esta espectacular novela también Umberto Eco es citado por su reelaboración para el mundo actual del concepto mito que él como semiólogo estudió y analizó. Respecto al objeto libro y las constantes premoniciones agoreras sobre su inexorable desaparición Irene Vallejo concluye de acuerdo con el semiólogo italiano que el libro
"Como dice Umberto Eco, pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados, no se puede hacer nada mejor."

Para finalizar
Con inmensa satisfacción asistí a la presentación por su autora de "El infinito en un junco" el pasado día 25 de febrero en la librería Rafael Alberti de Madrid. Acompañaron a la escritora en una sala abarrotada la periodista Eva Cruz, la editora de Siruela Ofelia Grande, y la dinamizadora cultural Lola Larumbe al frente de la Librería Rafael Alberti desde al menos hace 39 años.

Por Ofelia Grande, la editora, supimos que el libro va ya por la novena edición, que además del Premio Ojo Crítico de Narrativa 2019 hacía poco que había logrado el Premio Las Librerías Recomiendan de No Ficción 2020. Fue ella quien, en mi opinión, clavó lo que en definitiva esta obra es cuando textualmente dijo que lo fundamental es que "Es un libro bonito". Parece una tontería, pero para mí no es tal. Verdaderamente este ensayo se lee con gusto no por lo mucho de novedoso que aporta que forzosamente en el campo que indaga no puede ser mucho y tampoco, quizá, por esas estupendas similitudes que establece entre el lejano pasado de los griegos arcaicos con el posmoderno cine de, por ejemplo, Quentin Tarantino, sino especialmente por lo bonito que Irene Vallejo cuenta las cosas por escrito.

Lola Larumbe, Eva Cruz, "El infinito en un junco"
La periodista Eva Cruz centró las preguntas que hizo a la escritora en tres aspectos presentes en la obra: la oralidad, la creación del alfabeto y la de una muy personal experiencia vivida por la autora en su paso por la escuela. A los tres respondió Irene con una voz que enamora a quien la escucha y que contribuye no poco al éxito alcanzado por este peculiar ensayo.

Verdaderamente tras escuchar hablar a la autora, pude concluir leyendo la obra que ella, la aragonesa nacida en 1979, estaba en cuerpo y alma en el texto que tenía en mis manos, que no había simulación ni impostación alguna, sino sinceridad y dulzura naturales emanando de cada palabra, línea, párrafo, capítulo... de su libro. Y cuando se escribe con esta sinceridad, con esta sencillez, con esta naturalidad, es evidente que se logra transmitir y que la comunicación con el lector es total. Logra Irene Vallejo hacernos cómplices de cuanto dice y por eso que a este ensayo le den un premio de Narrativa no extrañará a nadie que se acerque a él.

No puedo abandonar esta reseña en la que es difícil abarcar obra tan cargada de elementos e informaciones sin agradecer a la autora, quien por edad bien podría haber sido alumna mía en su paso por la Enseñanza Secundaria, los agradecimientos que ella a su vez realiza a un nutrido número de profesores de instituto.
Todos esos profesores de instituto que son sembradores de entusiasmo, en particular Chus Picot, Ana Buñola, Paz Hernández, David Mayor, Berta Amella, Laura Lahoz, Fernando Escanero, José Antonio Escrig, Marcos Guillén, Amaia Zubilaga, Eva Ibáñez, Cristóbal Barea, Irene Ramos, Pilar Gómez, Mercedes Ortiz, Félix Gay y José Antonio Laín.
Este sentido homenaje al profesorado de Medias en el que me siento solidariamente incluido, la autora lo realiza por los ánimos e ideas que estos profesionales amigos suyos -¡seguro!- le habrán hecho respecto al libro, pero también imagino que aunque no aparezca su nombre entre los de la cita con ella homenajea en silencio a Pilar Iranzo a la que en la primera parte del ensayo cita por su nombre tras haber dicho
"para mí, el griego empezó con voz de mujer —la voz de mi profesora de instituto—"