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4 abr 2022

Lev Tolstói: Guerra y paz. Un clásico muy actual.

32 comentarios:

« —¡Somos rusos y no regatearemos nuestra sangre en defensa de la religión, el trono y la patria! ¡Hay que dejar los desvaríos, si es que somos verdaderos hijos de nuestra patria! ¡Demostraremos a Europa cómo Rusia se levanta en defensa de Rusia!— gritaba.»

León Tolstoy, Leo Tolstoi, Lev Tolstói, Novela rusa
Un clásico de la literatura universal que no había leído aún. Su extensión de 1864 páginas en la edición de Mario Muchnick que he manejado ha hecho que su lectura la haya realizado al tiempo de la de otros libros mucho menos voluminosos y también más actuales. Por esto aunque comencé la lectura el 12 de enero de este 2022 no ha sido hasta el 31 de marzo que la he dado por concluida.

La edición de Mario Muchnick es fantástica con unas anotaciones estupendas consistentes en traducciones de las muchas frases que en francés se dicen los personajes pertenecientes a la aristocracia y alta burguesía de la Rusia del zar Alejandro I. La traductora, Lydia Kúper, declara en "Nota de la traductora" al final del texto propiamente dicho, fechada en 2003, que había puesto en este trabajo toda el alma y que en el curso de su realización comparó, contrastó y consultó no pocas traducciones del texto tanto al español como al francés, italiano e inglés. El resultado, al menos a mí así me lo ha parecido, es de una enorme calidad.

La edición es completísima porque, además del texto perfectamente traducido como digo por Lydia Kúper, incluye un Apéndice que bajo el título de «Unas palabras acerca de "Guerra y paz"» escribió el mismísimo Lev Tolstói (1828-1910) el año 1888 en la revista "Antigüedades rusas" donde el propio novelista justifica el título de la obra, el género al que pertenece («No es una novela ni un poema y todavía menos una crónica histórica: Guerra y paz es lo que el autor ha querido y podido expresar, en la forma en que está expresado.»), el carácter de la época que tantos lectores le criticaron en su momento, el porqué de usar el francés dentro de una obra rusa, la razón de los nombres de los personajes en una novela que mezcla los históricos con los de ficción, su disputa o discrepancias con la visión dada por los historiadores de los acontecimientos históricos mostrados en el relato y, por último, la escasa trascendencia que según su opinión tienen los llamados grandes hombres en los acontecimientos históricos.

En esta estupenda edición de la obra cumbre de la literatura rusa y universal se incluyen dos listados: 1) de los personajes y 2) de los contenidos de los capítulos de la novela. Estas dos listas son muy útiles según se realiza la lectura y a mí, personalmente, me han servido muchísimo para la confección de esta reseña.

Cierra ya definitivamente la edición una extensa confesión del propio editor Mario Muchnick sobre cómo conoció a sus catorce años Guerra y paz en una edición mexicana y cómo quedó subyugado por la acción, las intrigas palaciegas, los bailes y amoríos -estos últimos, claro, lo atraparon mucho menos-. Cuenta en este escrito sus siguientes encuentros con Guerra y paz en inglés, en francés, hasta llegar a una «cuarta lectura de la novela que tuvo lugar en Madrid, en 1998» que le sedujo completamente. Fue a raíz de esta cuarta lectura, efectuada también en inglés, que decidió editarla en español. Como se ve toda una odisea editorial.



Guerra y Paz
¿Por qué he decidido leer esta novela cumbre de Lev Tolstói ahora? Evidentemente, una motivación clara es el conflicto desatado por la actual Federación Rusa (Rusia) con la vecina Ucrania invadida  definitivamente por el país de Vladimir Putin el pasado 20 de febrero de este año 2022. Los amagos e indicios de que esta invasión posiblemente iba a producirse venían ocupando los informativos desde casi finales de 2021. En mi imaginario personal las ciudades de Odesa, Kiev o Jarkov siempre han estado asociadas a Rusia, mejor dicho, al Imperio Ruso. Los cosacos, esos seres tan intrépidos y atractivos literariamente hablando, siempre me agradaron y excitaron mi imaginación. La segunda razón ha sido mi admiración por la literatura rusa entre cuyos nombres más respetados hay no pocos de origen ucraniano (Gógol, Bulgákov, Vasili Grossman, y muchos otros más). Los setenta años que Ucrania formó parte de la URSS hicieron que el gentilicio "ucraniano", igual que el de las otras catorce repúblicas socialistas soviéticas que la integraban, quedase subsumido bajo el genérico de "ruso". Por eso para mí, hasta que no se ha desatado esta terrible e injusta guerra los tres escritores antes mencionados eran tan rusos como Tolstói, Pushkin o Dostoievski. Evidentemente necesitaba aclararme y la lectura de Guerra y paz me ha servido en parte para ello.

La novela la escribió su autor durante cinco años y la fue publicando, al menos las dos primeras partes, en forma de fascículos de revista siendo muy bien acogidos por los lectores. Esto explicó que luego de dos años en este formato (de 1865 a finales de 1867) hiciese aparecer en forma de libro todo lo publicado hasta entonces y prosiguiese la escritura de las campañas de Napoleón en Rusia hasta darle forma completa y definitiva a finales de 1869. El formato de novela por entregas utilizado desde luego sirve para explicar el ritmo ágil y fluido de la novela cuya lectura no es nada pesada para  los lectores actuales a pesar de su enorme extensión, algo más de 1700 páginas.

¿Qué cuenta la novela?
Bielorrusia, Ucrania, Rusia, Kiev, Zelenski, Putin, Jarkov, Mariupol
Desde el punto de vista histórico la novela cuenta las campañas rusas de las tropas napoleónicas. Antes de entrar en Rusia Napoleón al frente de un fastuoso ejército de 600.000 hombres venció en Austerlitz (año 1805) a la Coalición de países formada contra él; hizo lo propio luego, ya en Rusia, en Friedland (1807) y en Smolensk (1812). Tras estas grandes victorias y muchas otras menores, el emperador francés sigue en ese año de 1812 su avance imparable camino de Moscú. Antes de llegar a la capital del imperio del zar Alejandro I tiene lugar la batalla de Borodinó que según algunos ganaron los franceses y según Kutúzov, general en jefe de los rusos, Rusia; posterior al resultado de esta contienda es la entrada de los franceses en Moscú, que los rusos habían abandonado, y el incendio de la ciudad. A partir de aquí se produce la debacle francesa por las enormes pérdidas sufridas en Borodinó, por los agudos problemas de intendencia sufridos por su ejército, por la desmoralización de las tropas, y también pero no sólo, como se ha repetido hasta el hartazgo, por las inclemencias climatológicas.

Lo anterior es en síntesis la parte histórica que Tolstói muestra en Guerra y paz. El resto de la novela está dedicada a contar lo sucedido a una serie de familias y de personajes que viven la guerra cuando ésta se desata pero también vivían la paz cuando se establecía. Son fundamentalmente tres familias las que conforman el abanico, diríamos, social, jovial y festivo en que discurre la vida de los hombres y mujeres que forman parte de las mismas. Sus nombres; los Bezújov, los Roskov, y los Bolkonski. Los hombres y mujeres de estas tres familias sirven para mostrar la vida de lujos y fiestas que llevaba la aristocracia rusa, que además, durante estos años, conformaban el grupo de jefes militares. Las relaciones amorosas entre los miembros de estas tres adineradas familias mantienen viva la atención novelesca del lector.

Es importante señalar que no sólo aparecen en la novela personajes adinerados preocupados por cómo aumentar sus posesiones o satisfacer las deudas que negocios ruinosos puedan haberles ocasionado; también aparece el pueblo llano ruso, que constituían la carne de cañón de esos ejércitos de miles de hombres que se enfrentaban entre sí por voluntad de unos engreídos jefes cuyos proyectos tácticos de batallas rara vez tenían reflejo fiel en la realidad. Los mujiks (campesinos rusos sin propiedades) eran reclutados obligatoriamente para el ejército y caían como chinches en batallas que, en una sola jornada, podían dejar en el campo 20.000 ó 25.000 hombres muertos o, lo que era peor aún, heridos de muerte.

Si la aristocracia social y militar está representada por personajes como Pierre Bezújov (protagonista principal de la novela que filosofa y reflexiona sobre la guerra, la religión, la opresión ejercida por los señores sobre los siervos, etc.) o por Andrei Bolkonski, Maria Bolkonski, Nikolai Rostov, Natasha Rostov, Sonia (prima de Natasha y de Petia Rostov), etc., sin lugar a dudas la voz del pueblo la deposita Tolstói en Platón Karatáiev, «soldado compañero de cárcel de Pierre en Moscú. Símbolo del pueblo ruso.». Pierre Bezújov, hijo bastardo del inmensamente rico Kiril Vladimirovich Bezújov, cuya fortuna heredará íntegramente, es por origen, pensamiento y evolución personal durante el relato el nexo de unión entre las clases dirigentes rusas y el pueblo llano. Sus ideas de pacifismo, de redención social, de filantropía, en definitiva de socialismo, son las ideas que defendía el aristócrata Lev Tolstói en su vida real. Precisamente estas ideas llevaron al escritor a chocar no pocas veces con las de los que serían artífices de la revolución rusa de 1917: Lenin y Trotski

La nómina de personajes es inmensa y no queda reducida a los que acabo de citar. Tolstói hace un fresco completo de la sociedad rusa: el estamento militar que sólo busca los reconocimientos honoríficos personales aunque sea a costa de los intereses de la Nación; las envidiejas y celos que surgen entre los jóvenes candidatos a noviazgo, también los galanteos; los momentos duros vividos por las mujeres durante la crianza de los hijos o el cuidado de los familiares enfermos; así como los vicios que asolaban a no pocos hombres inmersos en las garras del juego, la bebida o la vida amoral; etc.

Leyendo Guerra y paz no he podido por menos que recordar a Pérez Galdós y sus "Episodios nacionales". Entiendo que Galdós cuando inicia sus series en 1872 ya es conocedor de la obra maestra de Tolstói y decide aplicar el esquema y estilo tolstoiano a su trabajo, o sea, la novela histórica renovada. Lev Tolstói la realiza apartándose un tanto de la fundacional novela histórica romántica de Walter Scott introduciendo en ella una mayor dosis de realismo. En efecto -es mi opinión- Guerra y paz es una novela histórica realista. El propio escritor ruso en el Apéndice que en 1888 hizo acompañar a la reedición de su novela es consciente de sus innovaciones y a la pregunta que él mismo se hace de «¿Qué es Guerra y paz?», se responde:
«No es una novela ni un poema y todavía menos una crónica histórica: Guerra y paz es lo que el autor ha querido y podido expresar, en la forma en que está expresado. [...] La historia de la literatura rusa, desde los tiempos de Pushkin, no sólo ofrece múltiples ejemplos de obras que se apartan de esa forma que podríamos llamar europea, sino que no nos ofrecen un solo caso contrario. Desde Almas muertas, de Gógol, hasta La casa de los muertos de Dostoievski, en el nuevo período de la literatura rusa no hay una obra de arte en prosa, por encima de la mediocridad, que se ajuste a la forma de novela, poema épico o relato.» 
Literatura rusa del siglo XIX, Guerra Rusia-Ucrania, Guerras napoleónicas en Rusia
En la respuesta reconoce pues, Tolstói, que su novela, al no ser en lo absoluto ninguna de las tres formas señaladas, es algo novedoso constituido en su unidad por los tres ingredientes juntos. Y eso es lo que Galdós recogió en sus cinco series de los Episodios nacionales: Ficción, Nacionalismo e Historia. Y es lo que engancha muchísimo a la lectura de esta obra ingente que es Guerra y paz: la sabia hilazón realizada entre personajes históricos reales (zar Alejandro I, general Kutúzov, general Barclay de Tolly,  conde Rastopchin, Napoleón, Murat 'el rey de Nápoles', y muchos otros más) y los ficticios creados por el novelista a imitación de otros que podrían haber existido como los Bolkonski, Drubetskoi, Bilibin, pero cuyos nombres y personalidades sólo tuvieron existencia real en la cabeza del autor ruso. Por otra parte la novela es un canto a la nación rusa que el novelista ve latiendo no en unos cuantos héroes individuales sino en el pueblo ruso. Como se ve Galdós tuvo en esta novela un perfecto modelo para su obra magna.

A lo largo de la novela Tolstói insiste en su concepto sobre lo que para él es la Historia rebatiendo las teorías o planteamientos de reconocidos historiadores del momento como Thiers, Michelet y otros. Es Tolstói partidario de una historia "científica", es decir apoyada en documentación fiable y suficiente. Para él, más que los historiadores que se fijan en la fuerza de una sola persona, resultan más fiables y están más en lo cierto aquellos otros «más recientes historiadores, desde Gibbon hasta Buckle», como el alemán Gervinus, que estudian los hechos relacionados con todos los pueblos. 
«Thiers, bonapartista, dice que el poder de Napoleón se funda en su virtud y genialidad; Lanfrey, republicano, sostiene que lo sustentan las mentiras y el engaño del pueblo. Esos historiadores, al contradecirse unos a otros, destruyen la idea de la fuerza que produce los acontecimientos y dejan sin respuesta la pregunta esencial de la historia. Los historiadores que estudian los hechos relacionados con todos los pueblos parecen reconocer la falsedad de los historiadores particulares sobre la fuerza motriz de los hechos. No reconocen que esa fuerza radique en el poder de los héroes o monarcas; para ellos es el resultado de numerosas fuerzas dirigidas de forma diferente. Al describir la guerra o la conquista de un pueblo, el historiador universal no busca la causa del acontecimiento en el poder de un solo personaje, sino en la interacción recíproca de numerosos personajes relacionados con aquel hecho. Según tal opinión, resulta que el poder de los personajes históricos es producto de múltiples fuerzas y no puede ya ser considerado como una fuerza capaz de provocar por sí misma el hecho.»

Estas reflexiones sobre los conceptos de Historia y también otras tantas sobre la espiritualidad, la religión,  las clases sociales, la liberación de los siervos, etc., etc., van apareciendo a lo largo y ancho de la novela puestas en boca de algunos de los personajes, en especial de los más reflexivos, aquellos que como Pierre Bezújov o Andrei Bolkonski se muestran como más torturados dada su conciencia de persona, de seres humanos que desean la redención de todos los hombres. Bezújov entrará en la masonería y adoctrinará a otros como Andrei o Nikolai para que lo hagan, si bien al final se desengaña un poco de esta filantropía masónica que es más que otra cosa una revolución desde arriba que ignora bastante a aquellos que precisamente busca redimir, o sea, al pueblo, verdaderos artífices del movimiento histórico.


¿Cómo lo cuenta?
Desde el punto de vista formal la novela hace uso del narrador omnisciente. Es un narrador-autor que no se oculta jamás, que conoce todo lo que sucedió, sucede y sucederá en el curso de la narración que está presentando, se comporta como si de un dios auténtico se tratara. Constante y conscientemente marca la distancia temporal de más de 50 años que separan los hechos relatados del momento de escritura de los mismos. Con esto quiere marcar al tiempo la literaturización de un momento histórico relativamente reciente y la enorme distancia intelectual que separa ambos periodos. Los avances científicos admitidos ya en 1865 cuando Tolstói redacta su obra eran objeto de burla o simplemente se ignoraban en 1805. Tal es el caso del creacionismo frente a la teoría de la evolución de Darwin Que los hombres han descendido del mono en un período incierto es tan comprensible como el decir que fueron hechos con un puñado de barro en determinada época (en el primer caso la incógnita es el tiempo; en el segundo, el origen).»

Existe introspección psicológica en muchos de los personajes que en una especie de monólogo interior 'avant la lettre' se cuestionan no pocas cosas acerca de su actuar próximo o presente: «La vieja princesa ofrecía vino a su vecina con un triste suspiro, miraba enfadada a su hija y parecía decir: “Sí, querida, a nosotros no nos queda otra cosa que beber vino dulce. Ahora es el momento de esos jóvenes y de su insultante felicidad”. Y el diplomático pensaba, mirando los rostros felices de los enamorados: “¡Vaya tontería todo lo que estoy contando! ¡Como si importara algo! ¡La felicidad es eso!”.» Como se ve Proust, Joyce y demás renovadores de la novela a inicios del siglo XX ya tenían aquí señalada la senda para la renovación, sólo les faltaba pulirla, eliminar lo superfluo. 

Aunque sin duda alguna, leyendo a Lev Tolstói, la sensación que embarga al lector es la de lo contradictorio que se muestra el escritor en no pocas ocasiones: de defensor del más radical cientifismo unas veces a detractor del mismo por la ruptura que éste supone respecto al misterio, magia y espiritualidad inherentes al sentimiento religioso. Y lo mismo acaece cuando escuchamos pregonar la necesidad de la liberación de los siervos y al poco se critica la revuelta de los mismos o se les ve bajar sumisos la cerviz reconociendo así su mal comportamiento. A este respecto quizás sean las conversaciones mantenidas entre Pierre Bezújov y Andrei Bolkonski donde quedan bien a las claras las dudas del propio autor sobre estas cuestiones sociales: Bezújov defiende la mejora de las condiciones de vida de los siervos («¿Qué mal y qué horror hay en impedir que la gente muera de enfermedad, sin ayuda, cuando es tan fácil ayudarlos materialmente y yo les proporciono médicos, hospitales y asilos a los ancianos, cuando es tan fácil hacerlo? ¿Y no es un bien tangible e indudable si doy un poco de descanso y asueto al mujik, a la mujer con niños, que no tienen un minuto de reposo ni de día ni de noche?») mientras que su interlocutor le responde que para un mujik «su única felicidad posible es la de ser animal, de la que quieres tú privarlo.». Evidentemente el escritor ruso se identifica más con Bezújov que con Bolkonski pero en su comportamiento vital, en cierto modo, asumía ambos planteamientos. 

Cuando describe batallas en campo abierto la técnica que utiliza es, diríamos hoy, muy cinematográfica. Tolstói maneja a la perfección  el arte de la narración abriendo el campo focal para hablar de planteamientos bélicos generales para luego, como si de un zoom se tratara,  acercarse a un episodio particular o a la actuación concreta de un personaje. Su maestría al hacerlo así provoca que la lectura sea muy agradable y muy entretenida.


Para finalizar
Federación rusa, Ucrania, Donbass, Crimea
La invasión de Ucrania por orden de Vladimir Putín me incitó, entre otras cosas, a leer esta obra de Tolstói. A lo largo de la lectura he tenido la sensación de que el tiempo -casi 200 años- no había pasado. Las motivaciones de exacerbado nacionalismo que aduce Putin para masacrar a Ucrania son casi idénticas a las arengas que los militares aristócratas rusos lanzaban para incitar al combate contra los franceses [la cita que abre esta reseña es un claro ejemplo]. En una cosa difiere el ayer del hoy: en 1807 - 1812 los rusos fueron los atacados; hoy, ellos son los invasores. Y siendo así no son pocas las similitudes que he creído encontrar, especialmente en los problemas de intendencia sufridos por ambos ejércitos -el francés del siglo XIX y el ruso del XXI- que a la postre llevaron a Francia y hoy, parece, están llevando a Rusia a batirse en retirada. Ojalá que la semejanza prosiga por este sendero.

Como vengo diciendo comencé esta reseña aludiendo a los motivos que me llevaron a leer Guerra y paz. Ahora, cuando decido dar cierre a la misma recuerdo uno más que, pienso, puede servir de colofón a mi comentario. Además de todo lo dicho sobre los penosos acontecimientos bélicos actuales y el de mi admiración por la literatura rusa, el detonador definitivo que me impulsó a buscar la novela de Tolstói fue la lectura que en diciembre del año pasado realicé del ensayo de Sergio del Molino "Contra la España vacía". En un momento dado del ensayo de Sergio del Molino se puede leer lo siguiente: 
 «Bezújov sufre varias metamorfosis en los arcos argumentales, hasta renegar de su pacifismo y convertirse en un patriota. Al final de la novela, protagoniza una de las escenas más emocionantes y salvajes de la historia de la literatura: un paseo alucinado por un Moscú en llamas, incendiado por las tropas de Napoleón. 
Me fascina la complejidad de Bezújov, que trasciende muchísimo cualquier caricatura de progre melifluo y, a la vez (quizá debido a su talla inabarcable), encarna el tópico como nadie. No hay nada declamatorio, inverosímil o arquetípico en él. Contiene la riqueza de Fausto y el temblor dubitativo de Hamlet, pero es muchísimo más humano. En Pierre Bezújov nos reconocemos todos los lectores, porque es frágil de verdad, se asusta de verdad y se desconcierta y desespera de verdad ante un mundo que creía entender y acaba ardiendo ante sus ojos. O ante sus lentes, porque Bezújov lleva gafas, es un ochkastie. Su derrota es un derrumbe humanitario que clausura cualquier ambición espiritual y de mejora del ser humano. El Tolstói religioso empieza en el desengaño de su personaje.»

Sin lugar a dudas buscar a este personaje tan actual, tan contemporáneo, tan moderno y cercano al hombre de hoy, verle funcionando en su propia salsa, o sea en el original de Lev Tolstói, fue el principal acicate para sentarme a leer esta magnífica novela, mejor diría, este novelón en su más amplio sentido de longitud y de calidad, que es Guerra y paz, un clásico en toda regla.

31 mar 2013

"Ana Karenina", recetario amoroso

2 comentarios:

Como en la Tertulia Literaria decidimos leer algo de Tolstoi para el mes de abril, esta ya pasada Semana Santa me apeteció ver la enésima versión de “Ana Karenina”. Se trata de una producción inglesa dirigida por Joe Wright, según la adaptación de Tom Stoppard (guionista, entre otras, de la premiadísima Shakespeare in love y reconocido autor teatral del que ahora mismo recuerdo haber visto en las naves del Matadero de Madrid una interesante obra suya titulada Rock ’n’ Roll). Está protagonizada por una estupenda Keira Knightley quien con el director de esta película ha trabajado en otras adaptaciones a la pantalla de obras literarias como Expiación (adaptación de la novela de Ian McEwan de igual título) y Orgullo y Prejuicio (adaptación de la novela de Jane Austen), y un Jude Law que está magnífico en el papel de Alexis Karenin que ama profundamente pero sin pasión a su esposa Ana; completa el triángulo un para mí desconocido Aaron Taylor-Johnson en el  papel de amante apasionado conde Vronski.

Tengo que decir que la adaptación cinematográfica me ha gustado. Creo que el guionista y el director arriesgan al hacer discurrir toda la acción dentro de los límites de un teatro, si bien esta limitación la rompen magistralmente en ocasiones para presentarnos las magníficas extensiones heladas rusas que recorre Ana en sus desplazamientos en ferrocarril o la arcádica vida en el campo de Levin (Domhnall Gleeson) y su esposa Kitty (Alicia Vikander). Sin lugar a dudas este recurso fílmico es el que marca la diferencia con las muchísimas adaptaciones que la novela de Tolstoi ha conocido. Sin él la película de Joe Wright sería una película de época más que el gusto popular suele despachar con el marbete de películas de ‘amor y lujo’. Del recurso comentado hay que reseñar el empleo de artificios expresionistas propios del teatro y del cine mudo como son, por ejemplo, las escenas de tren  –a veces primerísimos planos de las ruedas, ejes y bielas de las antiguas máquinas- utilizadas como cortinilla para dar el salto al exterior desde la angostura del interior teatral.

Entrar a discutir lo habitual en estos casos, -¿mejor la novela que la película; mejor la adaptación que el original?-, creo yo que no tiene mucho sentido. Cada pieza en su género, con las limitaciones que los mismos imponen, son excelentes creaciones. Es obvio que el adaptador al reducir 600 páginas [a doble columna en la clásica edición de la editorial Aguilar] a un metraje de poco más de 2 horas ha de decidir qué elementos deja fuera del film o si siquiera los insinúa.

En esencia estamos ante una historia de amor. Y en tal sentido el triángulo Karenin – Ana – Vronski aparece tal y como Tolstoi lo planteó en su relato: Un marido que transige con el juego amoroso de su mujer siempre que éste no traspase los límites impuestos por el buen gusto de la sociedad rusa del momento, una esposa que no puede permanecer junto a su marido cuando su corazón ya no le pertenece a él sino al padre de la niña que lleva en su seno y un joven conde Vronski que, al amar a la Karenina con locura hasta rozar el ridículo según le advierten sus amistades de la sociedad moscovita

Vronsky sabía que no corría el riesgo de parecer ridículo a los ojos de Betsy ni de las personas del gran mundo. Sabía muy bien que para esas personas el papel de un infeliz enamorado de una muchacha o de una mujer libre puede ser ridículo, pero el de un hombre  que asedia a una mujer casada y que pone su vida por encima de todo para atraerla y llevarla al adulterio tiene algo bello y grandioso y nunca puede ser ridículo.”

será capaz hasta de abandonar una exitosa carrera de armas por seguir a Ana incluso en sus equivocadas decisiones que serán las que a la postre conducirán a la protagonista a la más errónea de todas: su suicidio.

El relato presenta también otra posible
vivencia de la relación amorosa: el amor calmado y reflexivo que vive la pareja Levin – Kitty. Sin embargo en el film se hurtan al espectador no pocos elementos cuales son la interesantísima personalidad del personaje Konstantin Levin y la de sus hermanos Nikolay y Konishev (este último ni siquiera aparece en la película con lo que queda fuera el enfrentamiento campo-ciudad representado respectivamente por los hermanos Konstantin y Konishev). Konstantin Levin es el alter ego del novelista: rico, de ideas anarquizantes, padre de una numerosa prole, esposo celoso, introductor de reformas agrarias y partidario de la abolición de la servidumbre no tanto por amor al género humano –que también- como por mejorar la cuenta de resultados de sus explotaciones agrarias. Pues bien esta compleja personalidad en el film de Joe Wright sólo llega a atisbarse en la escena en que propietario (Konstantin Levin) y trabajadores agrícolas siegan la hierba al unísono con el dalle o la guadaña.

Y una tercera manera de vivir la relación hombre-mujer, mucho más prosaica aunque también mucho más frecuente es la que vive el matrimonio que abre el relato novelesco, el del príncipe Oblonsky y Daría Alexandrovna, Dolly, hermana de Kitty, que ha de soportar las continuas infidelidades de su marido quien vive por encima de sus posibilidades siendo un aprovechado de todo aquel que le rodea. Así Stiva –príncipe Stepan Arkadievich Oblonski- es presidente de un tribunal de Moscú gracias a Alexei Alexandrovich Karenin, esposo de Ana Karenina, su hermana. Al final del relato novelesco –no así en el cinematográfico- Dolly se ha separado definitivamente de Stiva que por fin logró el inútil cargo que ansiaba para poder seguir con su tren de vida, y la vemos pasando una temporada en casa de su hermana Kitty que espera otro hijo más.

La novela de la que “Ana Karenina” es digna sucesora, “Madame Bovary”, abrió la puerta a este subgénero de novelas realistas del XIX que cabe calificar de “novelas de adulterio”. Entre las muchas similitudes que ambas presentan voy a destacar la para mí principal: en las dos el personaje femenino se ve abocado por una sociedad estrecha de miras a su disolución, a la muerte. Este empujar a la muerte a aquella mujer que “rompa las reglas” como dice en un momento dado el personaje de Betsy a Vronski en la escena del teatro al que Ana ha decidido ir pese a la oposición de su amante, es muestra del machismo de la sociedad del momento. Así una mujer rompedora que decide vivir con sinceridad su relación amorosa será castigada por una sociedad hipócrita que admite el engaño pero no la verdad.

Algo que no se explicita con claridad en el film es la fecha en que la historia está sucediendo (año 1878), época en que los rusos están ayudando a Serbia en su lucha contra los turcos. ¿El motivo habrá sido el de la corrección política: no levantar ampollas en el aún no enfriado conflicto de los Balcanes? Todo es posible. Ya se sabe que lo importante es vender y no molestar.