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29 nov 2023

Desde aquel día. Novela de Graham Swift

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«¿Y qué son estas cosas: el teatro, la poesía? Ilusiones, juguetes. No hace falta una bomba para destrozarlos. Sólo nos dicen lo que está en nuestro corazón. Sólo son espejos de nuestra alma perdida y deshonrada.»
✔«¡El momento en que comienza la representación! Ese momento mágico en que las luces se apagan y el telón tiembla; cuando lo fingido, lo ficticio, se convierte en lo real, y los espectadores, en sus filas oscuras, se convierten en fantasmas. Ese momento en que las cosas cobran vida.»

novelistas ingleses actuales, Graham Swift
Desde aquel día es una novela densa, intensa, muy incardinada en la cultura inglesa. Graham Swift, su autor, cuenta en ella la peripecia de un hombre de mediana edad (cincuenta y tantos años) que en la primera línea de la novela nos dice que acaba de volver de un intento de suicidio («Éstas -debo advertíroslo- son las palabras de un hombre muerto») Es a raíz de este regreso que nos vamos a ir enterando del universo que habitaba el personaje, Bill Undwin. Es él mismo el encargado de relatarnos en 22 capítulos la peripecia de su vida que le ha llevado a estar a punto de no regresar del otro lado.

En el momento en que se inicia el relato él es un estudioso humanista becado en una universidad inglesa en la que su jefe es un tal Potter al que Bill le ha mostrado unos cuadernos de un tal Matthew Pearson que han llegado hasta sus manos por vía familiar, siguiendo una ruta que en ese instante estamos aún por dilucidar. Luego, algo más tarde, conocemos que iban dentro del legado que su madre Silvia, cuando falleció le hizo llegar.

A partir de aquí, Bill irá mezclando en la novela que está escribiendo -precisamente la que tenemos ante nuestros ojos- estos cuadernos, una especie de Diario, con su peripecia personal: hijo de un militar, que en 1946 se suicidó, y de  Sylvie, una mujer actriz muy disfrutona de la vida, que al año o poco más de enviudar se casa con Sam, casi veinte años más joven que ella, de procedencia norteamericana y relacionado con la novedosa industria del plástico. Las relaciones entre Bill y su padrastro de quien procede su apellido no serán muy buenas y en un encuentro en París éste revelará a Bill el auténtico motivo por el que su padre se pegó un tiro.
«París me inculcó primero la idea de que el más elevado objetivo de la civilización es la perfección de lo inútil: bailarinas, charlas de café, óperas de Puccini, sonetos isabelinos, ropa interior de seda, perfumerie, pâtisserie, arañas, el murmullo mágico del momento en que se apagan las luces en una sala.»
En cuanto a la historia de Matthew Pearce, esta es interesante por demás. Transcurre en el siglo XIX: el personaje es un agrimensor que tuvo mucha importancia en el desarrollo del primero o uno de los primeros ferrocarriles ingleses; es un científico, un racionalista, aficionado a la paleontología. Matthew conocerá a quien será su esposa, Elizabeth, hija de un pastor metodista, de una manera un tanto azarosa. Durante unos años todo les va bien. Pero surgirán disensiones irreconciliables entre ambos hombres -el pastor y Matthew- a raíz de la teoría del Origen de las especies de Charles Darwin. Elizabeth se pondrá de parte del padre y, por ello, Matthew abandonará el hogar. Es importante también la relación entre Matthew y su propio padre, John Pearce, al que cuidará con abnegación al final de sus días, a pesar del mal trato que éste, alcohólico, le da.

En la historia principal Bill es hijo de George Rawlinson: A raíz de esto en la novela se nos cuenta el origen de dicho apellido que se remonta nada menos que a Walter Raleigh, aventurero histórico que combatió a los españoles, que hizo dinero en América y que al final de sus días se dedicó a la poesía. Se mezcla con todo lo dicho hasta aquí la figura de Hamlet de Shakespeare y de los personajes de esta tragedia, utilizados por el autor como referentes de los comportamientos de no pocos actuantes de la novela. Esto último, unido a los paralelismos entre las distantes historias de Matthew y Bill, contribuye no poco a componer una historia complicada y confusa en ocasiones. La complicación viene dada especialmente por la caída del texto durante varias páginas en reflexiones filosóficas y teológicas muy acordes con el pensamiento del siglo XIX. Concretamente a mí me ha llevado la lectura de esta parte de Desde aquel día  a recordar con frecuencia el pensamiento naturalista y trascendentalista  propio del escritor, filósofo y poeta norteamericano del XIX Ralph Waldo Emerson que tuve ocasión de conocer leyendo su obra titulada "Naturaleza". Esta lectura volví a recrearla en mi memoria cuando poco después leí la novela de Luis Landero, "El huerto de Emerson". [pinchando en cada uno de estos dos títulos se puede acceder a la reseña que en su día hice en el blog].

Desde aquel día, Últimos tragos, Last orders
Hay contenida en esta novela, la primera que he leído de este escritor inglés, Graham Swift, al que no tenía el gusto de conocer, mucha literatura. A la anterior referencia a Emerson, que acabo de señalar, se unen otras muchas referencias, evocaciones y/o intertextos literarios. El principal sin duda alguna es el de la tragedia de Shakespeare, Hamlet. Contribuye esta tragedia a la belleza, que sin duda existe en esta historia magníficamente contada, con metáforas alusivas a Hamlet en un claro paralelismo de la vida de Bill con la obra: él, Bill, sería Hamlet; su padre muerto, George Rawlinson, el espíritu de Hamlet; Sam, Polonio, asesino del padre; Sylvia, la reina que se casa con el asesino; Ruth, esposa de Bill, sería Ofelia; y las aguas en las que ésta perece las transforma en las cuartillas y papeles que Bill Undwin está escribiendo (¡¡este libro!!) y en los papeles de Pearce. Complicado, sin duda, pero cuando se logra desentrañar, el disfrute del lector y su valoración del mérito del novelista crecen exponencialmente.

Pero Graham Swift no queda satisfecho del todo con estas analogías y paralelismos literarios. Hay más. Así por ejemplo la pareja de enamorados, Bill y Ruth, los compara con Dido y Eneas, y ya más metido en el ámbito cultural anglo con los personajes Jill y Jack del cuento infantil de la norteamericana Louisa May Alcott. Dentro de estas referencias intertextuales no puedo dejar sin citar la que en mí se ha producido al leer la afición paleontológica de Mattew Pearce y la búsqueda de fósiles que realiza en las playas de Lyme Regis. Durante esta búsqueda se alude al ictiosaurio que allí mismo descubriera la paleontóloga Mary Anning. Hace como dos años que yo había tenido oportunidad de leer la novela histórica de Tracy Chevalier titulada Las huellas de la vida en la que se muestra la amistad profesional y posible relación afectivo amorosa entre las paleontólogas Mary Anning y Elizabeth Philpot durante los años veinte del siglo XIX en las playas de Lyme Regis. La intertextualidad en mi cabeza volvía a restallar con gran regocijo por mi parte. 

Es precisamente la paleontología el motivo que el autor  utiliza para que el narrador pase a contar la historia del agrimensor inglés. Estando Bill embebido en la lectura de los papeles de Pearce, no acude en auxilio de Katherine, esposa de Michael Potter, su profesor jefe, cuando ésta se quiebra el tobillo buscando fósiles en la playa de Lyme Regis. Este nodo en ambas historias principales le sirve al narrador para, de modo muy propio del Cine, pasar a contar la historia sobre Matthew Pearce (1819-1869). El eslabón que Graham Swift utiliza para hacerlo es, además del de la mujer en la playa, el del hallazgo del ictiosaurio por el propio Pearce. La presentación que hace de este personaje mediante una descripción dinámica es cinematográfica por demás. La noche de juerga que vive Matthew junto a su joven compañero de viaje, poco antes de embarcar rumbo a América, y su reflexión, borracho, frente a la ventana del cuarto que ocupa en su posada es muy shakespeariano: "No somos quienes creemos ser, sólo somos personajes en una eterna y amoral mascarada..."
  
Desde aquel día comienza con una muerte fallida, con un regreso de ella tras haberla tocado levemente. En el interior de la narración la muerte abunda: el suicidio paterno y el de Ruth, la esposa de Bill a la que él tanto quería; la muerte natural de Silvia, la madre a la que Bill ama quizás de una manera algo exagerada; la muy posible muerte de Matthew Pearce; la del padre de éste, John Pearce; y en la vida representada en la tragedia de Shakespeare: Hamlet y Ofelia;  etc. 

Sir Walter Raleigh, piratas ingleses contra España
Tras su suicidio fallido, Bill ha sentido el deseo inmenso de escribir. ¿Busca la inmortalidad? No, él dice que ya estuvo allí y que ha regresado. Como Matthew con Darwin, él a través de su muerte no lograda ha vivido una revelación, ha visto que las personas, los seres vivos, se convierten en cosas. Pero no al revés. ¿O, quizás, sí? Sí así fuera puede ser que Ruth aún esté actuando y no haya muerto, que pueda volver.  Hay mucho azar en la vida. Somos una cosa u otra por mor del azar: Cómo Shakespeare llegó a ser poeta y no se convirtió  en otra cosa, en pastor de ovejas, por ejemplo;  cómo Darwin dejó la poesía y gracias a eso estudió y estableció su teoría sobre la evolución de las especies; y también cómo sir Walter Raleigh escribió tras una vida de aventura. Quizás todos buscaban la posteridad, la inmortalidad, vivir más allá de la muerte, trascender la finitud de la vida.  Y para llegar a ello, para lograr al menos acercarse un mínimo a esta inmortalidad, a esta trascendencia, sólo queda la poesía, la literatura, el arte teatral, pues sólo él es capaz de convertir cosas en personas y corregir el destino vital que conduce inexorablemente a convertir las personas en cosas.
«Amor romántico. Amor romántico. El primer beso nervioso en una noche húmeda, dentro de un taxi, a la Chica Número Tres. El último, al romper el alba, a la Reina de Egipto. "Ahora presume, muerte, tienes en tu poder una chica sin par".»
Formalmente Graham Swift se esmera en esta novela: Hace uso del paréntesis, las anticipaciones y otros artificios estilísticos; mezcla el francés con el inglés en un afán de mostrar elegancia, cultura, ternura, suavidad, delicadeza («Fausse naïveté»); se sirve de la letra cursiva para destacar algunas palabras especialmente relevantes en la narración: El, impidiera, sustitutas... Muy hermosa me ha parecido la manera que tiene de presentar la narración con cambio en la persona del narrador del 'yo' habitual al 'tú' y al 'él'. Y naturalmente, -ya lo he dicho anteriormente-, me ha encantado ese llevar la literatura de la mano que el escritor a lo largo de toda la narración practica.

En definitiva, Desde aquel día es una novela que me ha satisfecho, que me ha gustado y que, sí, también he de decirlo, me ha supuesto esfuerzo en algún momento. Quizás sea por ello una novela que en mi opinión pretende mucho más de lo que alcanza y que en ocasiones se pierde en meandros de confusas reflexiones cuando al final vemos que la historia bien podría reducirse a una serie de duelos por la muerte de seres queridos, de personas amadas, y al deseo de trascender la finitud de la vida. 

25 jun 2023

Bartleby, el escribiente (Una historia de Wall Street). Herman Melville

8 comentarios:

«¡No querrás entregarlo a la policía y que encarcele a esa inocente palidez! Y qué razones aducirías para conseguir algo así? ¿Acaso es un vagabundo? ¿Cómo? ¿Un vagabundo? ¿Un trotamundos que se niega a moverse? Entonces, para que no se convierta en un vagabundo, es por lo que intentas considerarle un vagabundo. Eso es demasiado absurdo.»

"Bartleby, el escribiente", editorial Penguin
Durante un viaje en avión a Istria que acabo de realizar he leído -más bien he vuelto a leer- Bartleby, el escribiente de Herman Melville. He vuelto a él movido por la estupenda reseña que mi amiga Lorena, del blog El pájaro verde, publicó en él no hace nada. Hace tan bien Lorena sus reseñas, reflexiona de manera tan atinada sobre lo que acaba de leer, y lo que es más importante, escribe tan bien esta mujer, que pocas veces logro sustraerme a la tentación de seguir su senda lectora, al menos en el propósito. Y digo "al menos en el propósito" porque en numerosas ocasiones no logro dar cabida en mi listado de lecturas a las suyas. Esta vez sí, y estoy satisfecho de haberlo hecho.

He manejado la misma edición de la editorial Penguin que ella, dado que la introducción a la novela iba por cuenta de Enrique Vilá-Matas, novelista que admiro y quien con frecuencia usa al personaje literario de Bartleby como arquetipo de una manera de estar en el mundo, de un comportamiento humano. Tan es así esto que digo que el escritor de Barcelona, además de personajes sueltos en sus narraciones a los que atribuye las cualidades del creado por Melville, tiene en su haber un título que es un verdadero homenaje al mismo, Bartleby y compañía, publicado el año 2000.

En el prólogo, Vila-Matas señala lo emparentado que está este cuento con la literatura de Kafka. Cualquiera diría que Melville habría estado influido por el autor checo, si no fuera porque Frank Kafka nació 27 años después de que la novelita del estadounidense viera la luz en 1853. De haberla, pues, la influencia sería a la inversa; aunque tampoco existió tal, pues parece que el escritor de Praga no la leyó siquiera. 

De todas maneras, y sin duda alguna, estamos claramente ante un texto precursor. Un texto que no sólo preludia a Kafka, sino que anticipa muchos otros textos de autores posteriores a él que contienen, todos ellos, una singular comicidad:
«comprendí que el cuento de Melville no era una metáfora del escritor, ni el símbolo de nada, y se trataba más bien, como sugería Gilles Deleuze, de un texto de una violenta comicidad: un relato emparentado con ciertas narraciones de Kleist, de Dostoievski, de Kafka o de Beckett, «con los cuales formaba una subterránea y brillante secuencia». (Enrique Vila.Matas en el prólogo)

 El personaje de Bartleby es un auténtico hallazgo por parte del norteamericano. En él, en palabras de Enrique Vila-Matas, parece conjugarse de manera perfecta la disolución del mundo real en el ficticio y viceversa: «Una figura, la del copista de Wall Street, que parece que hubiera anticipado la aparición, un siglo después, del escritor Robert Walser.»

El comportamiento de Bartleby con su jefe y compañeros de trabajo es ciertamente extraño, manifestación de una especie de patología que yo describiría como 'apatía laboral'. Bartleby es un copista que cuando se le encomienda cualquier tarea contesta con un educado «preferiria no hacerlo». Al principio, su jefe, el abogado que lo ha contratado, y sus tres compañeros de oficina (Turkey, Níppers y Ginger Nut) aceptan de buen grado su resistencia pasiva al trabajo que se le encomienda. Pero poco a poco se van enfadándo y solicitan de su jefe una decisión drástica respecto a Bartleby

El autor de Moby Dick, imbuido claramente del espíritu de la época, formula en su obra principal y también en este cuento reflexiones filosóficas cargadas de contenido religioso. A estos pensamientos le lleva el estilo de vida que por esos años -mitad del siglo XIX- se está instalando en los Estados Unidos. Allí -no conviene obviar el subtítulo del cuento, «Una historia de Wall Street»- el capitalismo despiadado se está abriendo paso. Wall Street, donde está la Bolsa de Valores y donde radican las principales oficinas de abogados neoyorquinos, es el centro de la deshumanización y la despiadada explotación del hombre por el hombre derivadas del positivismo y un liberalismo sin freno alguno. El trascendentalismo de Emerson del que ya he hablado en alguna que otra entrada de este blog [ver especialmente la dedicada a Naturaleza, una de sus obras] se percibe en Bartleby, el escribiente.
«¿Qué me dicta la conciencia sobre qué debería hacer con este hombre, o, mejor dicho, con este fantasma? Lo que debo hacer es deshacerme de él; que se vaya. Pero ¿cómo? No irás a echar a empujones a esa pobre criatura tan pálida y pasiva, tan indefensa, ¿verdad? No irás a deshonrar tu nombre con semejante crueldad, ¿verdad? No, no voy a hacerlo; no puedo hacerlo.»
Es claro que en la mente del narrador, el abogado jefe de Bartleby, la religiosidad tiene un peso indudable. Y es que en definitiva, a pesar del título del cuento, el personaje esencial, el actor principal del conflicto que se plantea, no es el desencadenante del mismo, o sea, el pasivo, indolente y estoico Bartleby del que apenas si sabemos algo, sino su jefe, el abogado norteamericano que ve cómo la actitud de su empleado le hace replantearse no pocas cosas.

La novelita o cuento largo está muy bien equilibrada en todos sus aspectos. Los personajes que gravitan en torno a los dos principales padecen neurosis peculiares y complementarias: Turkey, de 60 años, es un empleado activo y enérgico hasta las doce del mediodía; Nippers, de unos veinticinco años de edad, es su auténtico complementario dado que es a esa hora cuando su carácter encendido deja paso a uno más tranquilo y menos conflictivo; y Ginger Nut, de sólo doce años, es el chico de los recados que aprovisiona de manzanas y pasteles a Turkey y Nippers

Moby Dick, Bartleby, humor absurdo
Bartleby, el escribiente
es la expresión más alta de la filosofía social de su autor. En este cuento, a través de la figura del narrador, se ponen a prueba sus convicciones sociales, laborales y religiosas. Bartleby, con su comportamiento, logra llevar al extremo a éste; tanto que su filantropía y amor al prójimo cederán ante la austeridad practicada al límite por parte del empleado pasivo. No digo más para no desvelar qué pasa con Bartleby y con su jefe, las dos caras de una misma moneda.

Herman Melville y su relato Bartleby, el escribiente siempre sorprenden; da lo mismo las veces que se lea pues como dice el prologuista de esta edición, Enrique Vila-Matas, en cada lectura se produce una revelación. Los clásicos es lo que tienen, que nunca se agostan, que siempre emiten señales aprovechables que llegan a nuestro hoy hayan pasado los años que hayan pasado. 

Nota
Este libro lo incluyo dentro del Reto Nos gustan los clásicos, séptima edición.








 

21 may 2021

Ralph Waldo Emerson. "Naturaleza"

21 comentarios:
Leer, la lectura, el mundo de los libros, en definitiva, provoca con frecuencia que, tras acabar una obra que nos ha resultado grata, los lectores queramos continuar con otro título de la misma autoría; o bien que algo visto o intuido durante el acto de lectura en el finalizado volumen nos lleve a buscar con ahínco  esa novela citada en el texto o nos anime a profundizar en la manera de pensar de ese escritor reverenciado por este o aquel personaje e, incluso, como ha sido en mi caso, por el mismísimo autor. 

Quienes hayáis leído la reseña que escribí sobre la novela "El huerto de Emerson" del extremeño Luis Landero [quienes no lo hayáis hecho, pinchando aquí podéis hacerlo] recordaréis que dediqué un espacio importante a solventar el porqué del título. Resultó que todo procedía de la lectura de unos ensayos del escritor, filósofo y poeta norteamericano Ralph Waldo Emerson, quien en uno de ellos aconsejaba contentarse con lo que por naturaleza nos ha sido dado y sacar de ahí los más frutos posibles que contenga. Esto es lo que Landero denomina 'Huerto de Emerson'.

Me agradó esa traslación de la frase desde el plano de la filosofía del escritor del siglo XIX a una novela memorialista de un escritor del siglo XXI y me propuse saber algo más de Ralph Waldo Emerson y su ideario filosófico. Busqué por mi entorno títulos asequibles del bostoniano que me permitiesen conocer algo de su pensamiento y me topé con que la editorial Nórdica libros acababa de sacar una hermosa edición de uno de sus primeros ensayos. Y digo hermosa edición porque el texto se presenta acompañado de bonitas ilustraciones, -delicadas acuarelas-, realizadas por la argentina residente en Madrid Eugenia Ábalos. 

El autor
Ralph Waldo Emerson (Boston, 1803 - Concord, 1882) fue el líder del trascendentalismo filosófico a principios del siglo XIX. Estudió Teología en Harvard y tras finalizar los estudios se ordenó pastor unitario, aunque la muerte de su mujer le llevó a renunciar al sacerdocio. Su Obra y pensamiento filosófico influyó en discípulos suyos como Nathaniel Hawtorne y Henry David Thoreau; también poetas y filósofos como Whitman o Nietzsche reconocieron la deuda que debían a su producción.


Mi opinión
Trascendentalismo filosófico, Filósofos  americanos del XIX

Personalmente pienso que este breve ensayo presentado en ocho capítulos de escasa extensión, el escritor lo escribió en 1836 simplemente para exponer con argumentos su idea de que todo está creado por un espíritu superior infinito. Evidentemente, sin citarlo, se refiere a Dios y a sostener la idea de que la Creación de todo lo existente en el mundo natural la realizó él mismo a su imagen y semejanza. El hombre está dentro de esta Naturaleza, pero tiene entre los elementos que la componen un rango mayor gracias al entendimiento de que está dotado. En un siglo en el que el positivismo y las ciencias naturales estaban experimentando un auge espectacular Ralph Waldo Emerson quería señalar que si bien el científico observa las cosas, animales, plantas y objetos con afán puramente clasificatorio, debe este estudioso ser consciente de que hay una fuerza espiritual en esos elementos reflejo de quien los creó. E insiste en algún capítulo en que la Naturaleza es, frente a la idea de puro escenario en el que se acumulan objetos y especies de diversa índole, una unidad. A esta unidad es a lo que él llama Paisaje, cuya mera observación lleva al Uno, creador de todo.

El pensamiento de Emerson es claramente panteísta y enlaza directamente con la corriente filosófica del Idealismo. Por proximidad temporal, enlaza primero con el idealismo trascendental de Kant, pero en esencia también con el idealismo platónico. La Belleza, el Lenguaje, y todos los otros elementos que configuran el mundo natural los analiza el filósofo en este ensayo desde la perspectiva idealista. Según esto, todo es simbólico dado que todo es analogía, semejanza, y apunta -¡naturalmente!- a las cualidades inefables del gran Hacedor. 

Por el lado del asunto la obra es muy sencilla, como se ve. Pero ¿qué tiene de interesante además? Pues sin lugar a dudas lo más hermoso de ella es el lenguaje empleado para trasladar al lector estas ideas filosófico-religiosas. Emerson es un poeta y da buena muestra de sus habilidades en este ensayo. Presentar algunas citas tomadas de la obra creo que es mucho mejor que intentar explicar lo difícil o lo casi imposible:
  • «la belleza, en su sentido más amplio y profundo, es una expresión del universo. Dios es la hermosura absoluta pero la belleza de la naturaleza no es suprema. La verdad, la bondad y la belleza no son sino diferentes caras de un mismo todo. Pero la belleza de la naturaleza no es suprema.»
  • «No son sólo las palabras las que son simbólicas, son las cosas las que son simbólicas. Cada hecho natural es un símbolo de algún hecho espiritual
  • «El mundo visible y la relación entre sus partes son el cuadrante donde leemos lo invisible»
  • «Todas las cosas son morales; sus cambios incesantes guardan una relación constante con la naturaleza espiritual. [...] Una hoja, una gota, un cristal o un intervalo de tiempo guardan relación con el todo y participan de la perfección del todo.»
  • «El mundo procede del mismo espíritu que el cuerpo del hombre. [...] Pero difiere del cuerpo en un aspecto importante. No está, como éste, sometido ahora a la voluntad humana. Su orden sereno es inviolable. Es, por lo tanto, para nosotros, el intérprete actual de la mente divina.»
  • «cuando contemplo un paisaje exuberante no atañe tanto a mi propósito el recitar correctamente el orden y la superposición de los estratos como averiguar por qué toda noción de multitud se pierde en una apacible sensación de unidad.»
Finalizada la parte ensayística escrita en prosa, hay un segundo apartado en este libro referido a los mismos asuntos pero expresados ahora en verso. Son 12 poemas que Nórdica Libros ofrece en el idioma original en que fueron escritos y trasladados a nuestro idioma por el buen traductor que es Andrés Catalán.

Son estos poemas bellas composiciones que me han reafirmado en una idea que, ya leyendo el ensayo, sobrevolaba constantemente mi cabeza. Me refiero a que la poesía de nuestro Gustavo Adolfo Bécquer está sin duda alguna muy en la línea de este trascendentalismo emersoniano. Concretamente ha habido un momento en que en vez de estar leyendo a Emerson me parecía estarlo haciendo de la poesía de Bécquer. Véase si no lo siguiente: «todo espíritu se construye una casa, y más allá de su casa, un mundo, y más allá de su mundo, un cielo.» -se lee en el ensayo del norteamericano. Y Bécquer en su Rima XXIII escribe "por una mirada, un mundo / por una sonrisa, un cielo / por un beso... ¡Yo no sé / qué te diera por un beso,".  También, aunque ya no de manera tan directa, la lectura de los poemas del poeta y filósofo norteamericano me ha hecho recordar alguno de los de nuestro Antonio Machado. Dice Emerson: «El agua sirve para beber; el carbón, para calentar; la lana, para abrigar; pero no podemos beber la lana, ni tejer el agua, ni comer el carbón.», lo que ha repentizado en mi memoria unos versos del poeta sevillano contenidos en "Proverbios y Canciones": "bueno es saber que los vasos / nos sirven para beber, / lo malo es que no sabemos / para qué sirve la sed."

Y finalizo como comencé. O sea, volviendo a Luis Landero, el causante de que haya leído "Naturaleza", el primer ensayo filosófico de Ralph Waldo Emerson. En la reseña de "El huerto de Emerson" y también en otras que he hecho de obras del escritor de Albuquerque he resaltado el dominio del vocabulario que tiene, especialmente del léxico rural y campesino que él siempre anhela preservar. Deseo semejante me ha parecido ver en alguno de los poemas del poeta estadounidense contenidos en "Naturaleza". Y como para prueba vale un botón, aquí dejo unos versos de su poema "Añuelo", hermoso ya desde el propio título:
Dadme verdades, 
que estoy cansado de las superficies 
y muero de inanición. Si conociera 
tan solo las especies y hierbas de los bosques, 
la ruda, la potentilla, la hiedra terrestre, la verbena y la agrimonia, 
la alverjana, el trilio, la pelosilla, el sasafrás, 
la asclepia y los oscuros helechos, las pintorescas cañas y droseras, 
y las claras y virtuosas raíces [...]
editorial Nórdica, Ralph Waldo Emerson, Teología y Filosofía

No puedo acabar esta breve reseña sin llamar la atención sobre la belleza de las acuarelas de  Eugenia Ábalos que ilustran esta edición de la editorial Nórdica ya desde la misma portada. Sin duda alguna me atrevo a decir que hoy el libro tiene más valor por estas hermosísimas aguadas que por la propia filosofía contenida en el ensayo dada la superación actual de la misma.

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Nota:

La lectura de este ensayo de Ralph Waldo Emerson me sirve para seguir avanzando en el Reto Nos gustan los clásicos


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