Un día escaso me ha llevado la lectura de esta novela corta del japonés Yasunari Kawabata, premio Nobel de Literatura en 1968. Durante unas cinco o seis horas he disfrutado con la poesía que desprenden sus páginas a pesar de la cierta sordidez de la historia.
El autor
Yasunari Kawabata (1899 – 1972), huérfano desde los
cuatro años y sin familia de modo absoluto a partir de los quince, comienza a
escribir en
la universidad imperial de Tokio, donde se licenció. Su temprana pasión
literaria lo llevó a participar en grupos de vanguardia como el de los ‘neosensacionistas’,
que oponían el lirismo y el impresionismo al realismo social de los escritores
proletarios, y fue un activo impulsor de movimientos y revistas. Su primera
publicación es de 1926, “La bailarina de
Izu”, aunque su consagración definitiva le vendría diez años más tarde con
“País de nieve” (1937), que narra la
relación entre una geisha que ha perdido la juventud y un insensible hombre de
negocios tokiota.
Sus obras fundamentales (Mil grullas (1951), El sonido de la montaña (1954), El lago (1955), La casa de las bellas durmientes (1961), Kyoto (1962), y Lo bello y lo triste (1965) son novelas breves, casi en
miniatura, desgarradas y episódicas. En ellas, además de intentar recuperar
parte de los valores desplazados ante la irrupción de la cultura
norteamericana, Kawabata, dotado
de una enorme sensibilidad, se mete como nadie en la piel de sus personajes
femeninos.
“La
casa de las bellas durmientes”
Más que una historia sórdida Kawabata
presenta en esta novela publicada en 1961 el sentimiento de la soledad y del
paso del tiempo personificado en Eguchi,
un viejo de 67 años que viendo, previendo, incluso anhelando, próximo su final
visita por consejo de su amigo Kiga una casa en la que los ancianos como él pueden
acostarse con jóvenes muchachas completamente dormidas.
Esta situación algo repugnante, al menos en apariencia,
sin embargo para un hombre japonés de 67 años que si nos atenemos a la fecha de
publicación del relato habrá nacido en la última década del siglo XIX en pleno
Japón imperial dentro de una cultura tradicional muy característica, no deja de
ser manifestación de ese cuidado reverencial por los mayores.
Durante la segunda y tercera décadas del siglo XX Japón
va a tener que incorporar a su vida cotidiana muchos de los valores
occidentales: partidos políticos, pérdida de poder de la aristocracia,
activismo estudiantil… Todos estos cambios eclosionaron en
1925 con el establecimiento del sufragio universal masculino que amplió la base
electoral a un cuerpo de doce millones de personas. Este hecho –la
democratización- y las guerras victoriosas en general habidas hasta 1945 en que
abruptamente el orden milenario establecido se rompió en mil pedazos con el
bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki por parte de USA provocaron la
aparición de un engendro: un Japón occidentalizado, a su pesar. Precisamente son
los habitantes mayores de este Japón noqueado, que en las décadas 60 y 70 están
alcanzando edades ya venerables, los protagonistas de los principales relatos de Kawabata;
y en esta categoría se encuentran los viejos Kiga, Eguchi y Fukura que
visitan en su ancianidad esta Casa de las bellas durmientes.
El asunto principal que se dirime en este hermoso relato
es la imposible lucha contra el paso del tiempo. En una sociedad en la que
tradicionalmente la sabiduría residía en los ancianos y en la que la juventud
era vista por éstos como fuente de vida ("Desde la Antigüedad, los ancianos habían intentado usar la fragancia de
las doncellas como un elixir de juventud" [pág. 85]) los cambios
sufridos por mor de la occidentalización con la súbita inserción del país en dicha
cultura ha trastocado el modo ancestral de vida japonés, generando un
alejamiento del sentido de belleza japonesa que fundamentalmente residía en la
armónica inserción de la vida humana dentro de la naturaleza.. En palabras del
escritor tomadas de su discurso de aceptación del Premio Nobel “el encuentro
con la naturaleza es el encuentro con la belleza misma y tiene por tanto
un valor metafísico. En sus múltiples formas, la naturaleza presenta la
transición de la vida a la muerte, expresando así la alegría y melancolía que
conlleva la vida humana”. Para Yasunari Kawabata la literatura no es ajena en
sus representaciones a los conflictos entre el pasado y el presente, entre lo
tradicional y lo moderno. Esto es, en definitiva, lo que se plantea en esta
novela corta.
Naturaleza, pasión, hombre y mujer
En sus visitas a esta Casa donde los ancianos pueden
pasar la noche junto al cálido cuerpo desnudo de una joven mujer, Eguchi
siempre habla de lo adecuado de esta práctica para aquellos hombres que han
dejado de serlo o que ya no pueden demostrar a una mujer que lo son, categoría
en la que él aún no se considera incluído. Sin embargo en los cinco capítulos que
conforman el relato vemos cómo el viejo de 67 años está prácticamente ya en
esta estadía pues su estancia con estas vírgenes le deparan sólo el placer de
recordar pasados encuentros con otras mujeres que marcaron su vida como su
madre; sus tres hijas, en especial la pequeña a la que compara con una camelia
blanca o roja; la prostituta de 14 años a la él trató como un padre; la
prostituta de Kobe que, tras atenderle profesionalmente, entabla una relación afectiva
con él fuera de la casa de citas; etc.
Si citamos personajes, naturalmente no podemos olvidar a la
dueña de la posada a la que acude a pasar esas noches junto a las muchachas
narcotizadas. Este personaje merece una atención especial por ser hilo
conductor junto a Eguchi de todo el relato. Es ella quien le marca las líneas
rojas en la relación con las chicas: ser un caballero, no maltratarlas, no poder
verlas despiertas, no poder tomar el mismo narcótico que ellas, etc. Y tampoco
podemos obviar a la esposa de Eguchi quien mantiene una comunicación perfecta
con sus tres hijas ya casadas y quien, mientras él se encuentra acostado entre
dos muchachas desnudas, ella ”estaría durmiendo sola en esta fría noche de
invierno” y “no oiría el sonido las
olas, aunque el frío de la noche sería más intenso que aquí” (p- 108)
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" La región era cálida, y las hojas marchitas aún se aferraban a las ramas; pero debido a un viento tan tenue que apenas era viento, podía oír el susurro de las hojas caídas en el jardín. Las olas rompían con suavidad contra el acantilado. El lugar era como una casa encantada en medio del silencio y la soledad" (final del tercer capítulo)Pese a ello hay momentos en que inexplicablemente hay atisbos de la pasión ya casi olvidada como cuando en el capítulo cuarto en medio de la aguanieve que cae aparece un enjambre de mariposas blancas y él llega a hacer daño al cuerpo de la bella durmiente que tiene a su lado:
Y como no podía ser de otra forma, y más tratándose de ancianos, el simulacro de amor por el que Eguchi paga en esa posada se transformará en su opuesto, la muerte. La naturaleza viene a poner todo en su lugar:
- "Era el cuerpo de la mujer lo que arrastraba el hombre a los círculos inferiores del infierno"
- "Se le ocurrió una idea: los viejos tienen la muerte, y los jóvenes el amor, y la muerte viene una sola vez y el amor muchas."
"El impulso lo abandonó, y un vacío de profundidades oscuras invadió todo su ser. Las olas potentes estaban cerca y parecían hallarse a una gran distancia, en parte porque aquí en tierra no soplaba el viento. Vio el fondo oscuro de la noche del océano gris"
Un símbolo se repite insistentemente a lo largo de la novela: "las olas invernales", uniendo con maestría la fuerza de la naturaleza con la debilidad y palidez de los impulsos pasionales de la vejez que rompen sí, pero con una suavidad tan grande que poco tienen ya que ver con lo vivido durante la lejana o 'dormida' juventud.
Final
En algunos blogs al finalizar la reseña del libro, el comentarista da una calificación sobre el mismo. Es una costumbre que yo no practico, pero en este caso no resisto la tentación de otorgar una valoración numérica a esta hermosa novela. Sin lugar a dudas le doy la calificación máxima: un 10, las cinco estrellas o aquello que signifique la excelencia. Eso le doy a esta belleza y eso que la leemos en una traducción -excelente, por otra parte, la traducción de la edición de Emecé que he leído- que en el idioma del autor debe ser claramente una obra excelsa.
Nota:
"La casa de las bellas durmientes" es la novela que durante este mes de agosto estamos comentando en la tertulia online de "El club de los 1001 lectores".
Nota:
"La casa de las bellas durmientes" es la novela que durante este mes de agosto estamos comentando en la tertulia online de "El club de los 1001 lectores".

