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13 sept 2026

De César Aira leo "El error" y revisito "Las noches de Flores" (A pares LIII)

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«En este mural, Pepe Dueñas, Dante sin Virgilio, vengador solitario de las injusticias sociales salvadoreñas, se repetía en un paisaje boscoso; sus distintas apariciones se desplegaban en un arco irregular, o más bien en una espiral alargada, de izquierda a derecha, en el extremo izquierdo huyendo de su aldea natal atacada por el Ejército, dejando atrás los cadáveres de sus padres […], un poco más allá emboscando en un paso montañoso a las fuerzas del gobierno y aniquilándolas, luego haciendo estallar una planta eléctrica, más allá arengando a una población de campesinos; derribando un helicóptero; resistiendo a un cerco de las fuerzas oficiales; […] » ("El error")


Me gusta entrar en las tiendas Re-Read que cada vez proliferan más en nuestras ciudades. Por poco dinero se puede encontrar en ellas libros interesantes en un más que aceptable buen estado de conservación. Hará cosa de cinco o seis meses estando en Salamanca, en una de mis habituales visitas a una de esas tiendas topé allí entre otros con este título de César Aira. Hacía mucho que no volvía al escritor argentino del que guardaba un desigual sabor de boca tras mi primer acercamiento a él con la lectura de Las noches de Flores, novela corta que leí en 2016 (¡hace ya diez años! Es increíble la velocidad a la que se pasan los años). 

Lo anterior explica esta entrada 'A pares' en la que reseño El error, publicada en 2010, y vuelvo a publicar (revisito) Las noches de Flores que el escritor argentino (Coronel Pringles, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1949) dio a luz en 2004. En ambas novelas hay elementos que permiten unirlas en una misma entrada. De ellas la principal, quizás sea la consideración del arte en sentido literario y pictórico que ambas nouvelles exponen. Pero vale ya de prolegómenos. Comenzaré por la novela recién leída.



El error
Estamos ante un auténtico experimento literario. César Aira me ha sorprendido con esta novela que en el fondo me ha parecido estar construida a base de relatos que como el discurrir de la vida se suceden unos a otros sin solución de continuidad. En el fondo esta manera de obrar es mostración de la propia realidad, de la propia vida en la que vamos topando con otras personas cada una de las cuales encierra una materialidad tanto o más interesante que la de aquel o aquello que propició el encuentro. Y así ad infinitum...

Es El error ejemplo de lo que el propio autor suele decir de sus ahora mismo ya más de cien títulos, que son «cuentos de hadas dadaístas» o «juguetes literarios para adultos». Y sí, efectivamente esta novela corta es clara muestra de esto y de su estilo literario. Un estilo que busca romper los moldes estrechos de los géneros impuestos por el propio devenir de la historia. Es amigo César Aira de hacer guiños a otras manifestaciones artísticas, principalmente en la novela que nos ocupa a la pintura, una manera diferente de narrar, sí, pero hermana de la literaria desde la noche de los tiempos.

Dentro de las varias historias, truncadas por el cruce con otras historias, que constituyen El error aparece una, sin duda alguna la principal, que es en sí misma un canto a la narratividad. Es la historia folklórica del bandolero Pepe Dueñas, cuyas incursiones delictivas, sus apariciones y desapariciones fulgurantes constituyen en el imaginario de El Salvador, país donde transcurre la novela, una auténtica leyenda. Las sucesivas y diversas acciones de este delincuente se producen siempre sobre el mismo fondo, el país centroamericano. Es como esos frescos surgidos en la edad media y muy caros a los pueblos hispanoamericanos tras su independencia para explicar su nacimiento e identidad. Quizás el autor más representativo de esto sea el mexicano Diego Rivera y su mural pintado en las paredes de la escalera principal del Palacio Nacional en la Ciudad de México titulado 'Epopeya del pueblo mexicano'. En este mural, al igual que en algunos frescos medievales o renacentistas como los pintados por Masaccio en Capilla Brancacci de la iglesia de Santa María del Carmen de Florencia, vemos al personaje o personajes repetidos de manera sucesiva sobre el mismo fondo de manera que la lectura de izquierda a derecha es para el observador una clara narración continuada.

Efectivamente, esa es la técnica, trasladada al campo de la escritura literaria, que utiliza César Aira en esta 'nouvelle', en este 'juguete literario'. Se abre la novela ya en su misma portada con un simbólico ataúd que anuncia lo que se encontrará el lector adentrándose a través de esa puerta situada bajo el epígrafe de la palabra ERROR. ¿Qué es ello? Evidentemente el sentido del título es simbólico. Y en mi opinión es un juego, un guiño humorístico que Aira hace a los preceptores literarios: quien se adentre en esta novela verá que la misma no se atiene a ningún principio de los establecidos y consagrados por el canon.

Literatura argentina,
Y así lo comprobaremos los lectores: Dos parejas que pasean por un jardín en el que hay una construcción que alberga la obra de un afamado escultor; luego se salta a narrar la relación epistolar entre este escultor famoso y apartado de la vorágine del mundo y una presa encerrada a perpetuidad por asesinato; conoceremos la historia a grandes rasgos de esta mujer que machacó el cráneo de su marido con un lingote irregular de oro y que para evitar ser capturada huye al bosque; en el bosque conoce a un pequeño hombre, una especie de enano que la acoge, cuida y le anticipa que volverá al lugar del crimen; así lo hace y es apresada y condenada a cadena perpetua, condena que cumplirá en a cárcel "La Peña" adonde llega y ella, junto al resto de las presas, leerá la colección de novelas editadas por editorial La Providencia bajo el lema 'Historias que matan'; relata esta serie de novelas la historia legendaria de Pepe Dueñas inmerso en la Selva Cinco en donde se refugia escapando del incendio que él mismo provocó y contribuyó a apagar del Palacio donde estaba Neblinosa, la que sería su esposa; en esta selva correrá la aventura del gel de piedra; posteriormente Neblinosa se empeñará en arreglar la escultura del busto paterno que estaba a la entrada del Palacio de la Ciencia y Pepe Dueñas habrá de ingeniárselas para que tal deseo se haga realidad; y...

Como se ve por lo escrito arriba estamos ante una sucesión narrativa que parece no tener fin ni siquiera cuando llegamos a la última página de la novela. No es que estemos ante un final abierto, estamos más bien ante un final truncado, roto, suspendido... En fin ante algo nuevo, no habitual desde el punto de vista estructural.

Como ya percibí y dejé dicho por escrito en la reseña que en su día hice de Las noches de Flores, también El error, vista la novela desde la propia expresión lingüística utilizada, se acerca -si es que no lo es- al realismo mágico: exuberancia lingüística, referencias a pueblos indígenas (pipiles, mecas...), vocabulario de fauna y flora autóctonas (tero, bagre, porotos...), pero fundamentalmente ruptura de la lógica así como utilización en ocasiones de un lenguaje hiperbólico por demás

  • «De una fuente cercana al arroyo, pero independiente de este, brotaba un agua que no apagaba el fuego. Era difícil de creer, tratándose de agua que parecía perfectamente normal y potable, pero Eugenio le hizo una demostración convincente. Recogida de la fuente en un balde y volcada sobre una fogata, se deslizaba sobre las llamas sin oponerse a ellas» 
  • «cuando quería remendarle una media, encontraba que la aguja era más grande que la media, lo que hacía muy incómoda la costura»



Las noches de Flores
(reseña de 14 de septiembre de 2016)


César Aira, arte conceptual, muerte de la novela

Que el mercado del arte se utiliza de tapadera de la corrupción es “muy difícil probarlo dadas las características del arte en la actualidad. Y lo es. Dificilísimo. ¿Qué existe y qué no existe en el arte? Pero al mismo tiempo es facilísimo, basta con hacer coincidir «cualquier cosa» con «cualquier cosa»…?”

La frase anterior sirve de cierre de este relato de César Aira aparecido por vez primera en 2004 y vuelto a reeditar ahora por Random House. Si, como en mi caso,  es la primera vez que se lee algo de este prolífico escritor y traductor argentino, sorprende su manera de hacer literatura. Leer "Las noches de Flores" ha sido para mí toda una experiencia literaria. Desde el principio esta novela corta de tan sólo 144 páginas destila argentinidad por todos los poros: Jorge Luis Borges, sin duda, parece entreverse en más de un momento; a mí, especialmente, me ha parecido presente en el personaje de Aldo quien dice que "aun siendo un gran olvidadizo, él podría recuperar, si se pusiera, todo lo que le había pasado en su vida", para a continuación, como hace el personaje de "Funes, el memorioso" en el cuento borgiano, desgranar el sistema utilizado para hacer tal cosa. También la atmósfera mágico-fantástica en que se mueven los personajes de este relato, y, especialmente, el personaje de Malvón-Nardo, tiene mucho de los Cronopios de Julio Cortázar. Véase si no la descripción que se hace de Nardo la primera vez que se manifiesta:
"Esto lo dijo un ser extraño, mitad murciélago, mitad loro, de un metro de alto, que se descolgó de un árbol al paso de los Peyró, y siguió caminando con ellos, con un garbo precario, sobre piernas demasiado cortas y zapatitos de goma roja"
Ernesto Sábato, literatura argentina La misma ambientación nocturna con ribetes delictivo-policiales en que se desarrolla la acción me ha llevado a pensar en otro de los grandes autores argentinos, Ernesto Sábato, y en aquellos escritos que presentan historias henchidas de 'pavura'. Los túneles que discurren bajo el barrio de Flores de la ciudad de Buenos Aires me han hecho recordar la novela "El túnel" del magnífico escritor de Rojas en la provincia de Buenos Aires. 

Y es que -pienso yo- César Aira envuelve esta narración en claros elementos argentinos que van desde la tradición literaria que he señalado antes hasta el propio meollo del asunto que plantea: la búsqueda por parte de una pareja de jubilados -Aldo y Rosa- de fuentes alternativas de ingresos a fin de sobrellevar mejor la crisis en que la Argentina se encontró desde 1998 hasta el 2003, el año en que se sitúa la historia que se relata. Concomitante con esta terrible penuria económica que echó a miles de personas a buscar en los cubos de la basura estuvo el ascenso de la delincuencia, especialmente en forma de secuestros como el del joven Jonathan que está en el centro de esta novela corta.

Y como "piolín" [modismo argentino que significa 'cordel delgado de algodón, cáñamo o de otra fibra'] que soporta todo el planteamiento literario anterior estaría el vocabulario popular de la Argentina, de la ciudad de Buenos Aires y de Flores, el barrio donde nació y vive el escritor, y en donde ocurren los acontecimientos de esta historia. Son términos como 'bailantero', 'rubro', 'estada', 'chanchada', 'perspectivístico', 'vereda', 'chacra'..; pero también cambios en la modalidad verbal cual es la utilización del modo condicional en vez del subjuntivo: “Claro está que ese policía no estaría cumpliendo con su función, con el trabajo por el que le pagan, lo que no impide que tendría razón.”.

Las características señaladas hasta aquí son las que me han hecho más agradable esta novela. Luego hay otra importantísima, que no se puede dejar pasar, pero que a mi modesto entender César Aira no logra plasmar apropiadamente o si lo hace a propósito, como estoy comenzando a creer, aún yo no alcanzo a disfrutarla como debiera. Me refiero a materializar en el escrito que estamos leyendo la profunda reflexión que sobre el arte contemporáneo expone al final del mismo y que encabeza este post: 
"hacer coincidir «cualquier cosa» con «cualquier cosa»" 
Mallarmé, Rimbaud, Baudelaire, CopiLlevada esta idea al extremo, como sucede en esta narración, todo es un cúmulo de coincidencias cuya disparidad nos hace pensar en errores inexplicables, descuidos, falta de planificación, engaños poco aceptables por parte del narrador... Pero no, yo pienso que el escritor es plenamente consciente de lo que hace y que lo que pretende es, con el producto que está construyendo, hacer realidad aquello que nos quiere exponer, que en definitiva -y a falta de conocer en profundidad sus ideas sobre arte moderno expuestas en su ensayo Sobre el arte contemporáneo que acaba de publicar en Literatura Random House- es que el arte es necesario para comprender la realidad, y no al revés como tantas veces se dice ante una obra de naturaleza conceptual.

Para la realización de esta reseña he buscado información en internet y ahí he encontrado un artículo de Javier Rodríguez Marcos publicado el pasado 28 de febrero en el diario EL PAIS que me parece muy clarificador al respecto. En lo esencial, sobre el autor César Aira, Javier Rodríguez escribe:
"A veces, sin embargo, un artista consigue engañar a todo el mundo y se hace pasar por novelista. Es el caso de César Aira. Los que sospechaban que sus libros eran solo una parte de trabajos más propios del arte conceptual que de la ficción al uso verán confirmadas sus sospechas en el ensayo Sobre el arte contemporáneo. Allí cuenta cómo abandonó su primitiva intención de ser Rimbaud y ser Premio Nobel cuando se topó con Marcel Duchamp. Ese día se dio cuenta de la 'inutilidad de escribir libros' y de la necesidad de hacer 'otra cosa'."
Curiosamente y en contra de lo que el escritor (o artista simplemente) argentino manifiesta sobre su abandono de la escritura, jamás ha dejado de escribir siendo uno de los autores más prolíficos, con más de sesenta novelas a sus espaldas. Si bien, también es cierto que en su faceta de conferenciante y ensayista los temas sobre la vanguardia plástica (Marcel Duchamp, el dibujante Copi), la vanguardia literaria (es especialista en la poeta argentina Alejandra Pizarnik) o los poetas impresionistas decadentistas franceses Rimbaud o Mallarmé han ocupado gran parte de su tiempo. Esto nos revela a un autor que entiende la creación artística no en compartimentos estancos sino como algo más extenso, más envolvente, más incluyente. De ahí que el autor de "Las correspondencias" [el soneto "Correspondances" de Baudelaire y su sentido se puede leer aquí muy bien explicado] sea uno de los poetas a los que él quiere parecerse ("Como todos los escritores, quiero ser un buen escritor, quiero ser Baudelaire", El País, 13 del XI de 2010).

Final
Con esta novela corta de César Aira me ha sucedido algo no muy frecuente en mí pero que cuando me acaece me gratifica y llena de satisfacción. Ello ha sido que tras una lectura fácil y ágil, me pareció percibir en la historia contada una ración de incongruencias superior a mi nível de permisividad (ciegos que ven, mujeres que son hombres, monjas que no lo son, hombres de orden que son delincuentes peligrosos, escritores que no lo son en absoluto, etc., etc.). No, me dije, esto no puede ser, por Dios. Pero como todo aquello que esconde más que lo aparente, al dejar reposar la lectura, ésta se me ha ido haciendo algo más inteligible, más motivadora..., y me han surgido deseos de leer más de este escritor para entenderle mejor, para ver si como él mismo dice es un escritor que no quiere serlo o si lo que desea es hacer algo distinto en línea con lo que otro personaje escritor del relato, Ricardo Mamaní, dice del arte en un momento de esta narración de manera "pedante y seguro de sí mismo":
"El arte está buscando siempre lo nuevo, y lo nuevo ha terminado identificándose con lo distinto. Se ha producido una reversión de causas y efectos, y ahora basta con que sea distinto. Y la realidad se define por lo distinto. Pero el crecimiento vegetativo de la población, y el aumento relativo de artistas en la sociedad contemporánea, ha multiplicado lo distinto artístico a tal extremo que hoy casi puede asegurarse que cualquier configuración de la realidad ha sido anticipada en el arte."
Algo lioso, sí. Pero como a mí ¿no os atrae saber por qué piensa así César Aira?

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Nota:
Han pasado diez años desde que escribiera la reseña sobre Las noches de Flores y aún no he leído el ensayo del autor "Sobre arte contemporáneo". Hay que ver cuántas cosas afirmamos que haremos para luego olvidarlas durante años y años. A ver si esta vez no me sucede así.


12 feb 2026

La segunda venida de Hilda Bustamante (Salomé Esper)

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«Cayó una gota y después dos hasta convertirse en una tormenta que parecía un diluvio, una mezcla de tiempos evangélicos que amenazaba recomponer ese apocalipsis con las vendas de un antiguo testamento. Hay ciclos también en lo profético y lo misterioso. El orden que guía al universo y a sus formas descansa en cada venida de la muerte, cada langosta y cada vidrio explotado. Adentro de ellos, la explicación que nadie alcanza.»

Salomé Esper, Realismo mágico
La novela de Salomé Esper (Jujuy, 1984), La segunda venida de Hilda Bustamante (2023) presenta el caso imposible de la resurrección de una mujer, Hilda Bustamante, al año de haber fallecido. Hilda era al fallecer una mujer de 79 años de edad, uno más de los que en ese momento tenía Álvaro, su marido. Este suceso, que alguien pueda regresar después de muerto, es la mar de extraño y chocante.

Cuando Hilda, tras salir de la tumba y vagar por las calles del pueblo, llega a su casa es recibida con muchísimo cariño y también mucha naturalidad por su nietita Amelia que la había echado mucho de menos durante el tiempo que ella faltó. Aunque el matrimonio  formado por Hilda y Álvaro, pese a sus inmensos deseos, no tuvo hijos, sin embargo de hecho tuvieron uno; se trata de Gabriela, mujer joven que con una hija de pocos meses a su cargo fue recibida, acogida y ayudada con mucho cariño por la pareja. De ahí que Amelia, la hija de Gabriela, se considere nieta e incluso casi hija de Hilda que la colmó de cariño en vida.

La reaparición de Hilda causa extrañeza, pero también aceptación, en el pueblo. Su resurrección levantará no pocos secretos de los miembros de la localidad: En el grupo de las Devotas, mujeres que asistían a la iglesia con mucha frecuencia, se verá que el curita joven se timaba con Nora; que Susana, que tanto leía en la iglesia, siempre lo hacia de novelas de suspense; que Clara se apuntó al grupo más como cosa social que religiosa; que Carmen es muy amiga de Hilda pero sospecha que algo raro se trae Nora con el curita Roberto, también la relación a tres bandas Hilda - Genaro -Álvaro...

Y así sigue esta historia contada linealmente en capítulos-secuencias de muy desigual extensión unos de otros. La estructuración dada a la trama pretende resaltar lo sorpresivo, imposible, increíble, mágico... del suceso acaecido. Una historia que dura ocho días: cuatro que estuvo Hilda de resucitada y otros cuatro que hubo de velorio hasta que Álvaro decide, sin levantar ruido, llevarla de nuevo al cementerio a re-enterrarla. Cuando tal cosa ocurre ambos tienen la misma edad:
«Cuando Hilda murió, Álvaro tenía 78 años. No hubo palabras para describir su dolor.
Cuando se volvieron a ver, y el reloj reinició, tenían ya la misma edad.
Después, el tiempo no importó.
»
Hay mucho de inexplicable, de irracional pero sin embargo aceptado, de realidad mágica, en esta resurrección imposible de la protagonista. Si resucita como el Cristo, ¿también ella será divina como él? Difícil cuestión la que se le plantea al padre Néstor que debe de dar homilía en la iglesia. La sorpresa surge cuando Néstor llega a decir que a veces Dios se equivoca. ¿Cómo? Hasta este punto llega lo surreal del suceso. El inexplicable hecho de la resurrección y todos los acontecimientos que le acompañaron o sucedieron (las imparables campanadas, la explosión de los vidrios de todas las casas, la plaga de langostas, el segundo velorio que hubo que darle a Hilda...) provocan que el cura suplente Néstor venga a replantearse todo:
«La huida del padre Roberto era algo inédito para él, las langostas cubriendo las paredes de la iglesia eran algo inédito para él, consolar al viudo de una resucitada era algo inédito para él. Y descubrió, en esa inauguración de las cosas, un alivio que no había sentido en mucho tiempo. Donde antes había tensión, ahora había algo real que palpitaba, la experiencia de la que hablaba en misa, esas palabras repetidas eran ahora agua sucia. Esto, esto ante sus ojos era un manantial, y dios estaba ahí, solo que deforme y espantoso, hiriente y burlón [...] preparado para saltar con sus patas traseras de langosta, para usar su poder sin lógica en otros infelices.»
Un suceso inexplicable que al meterse en él exige una distinta manera de comunicarlo. Y para ello la novelista no puede servirse del lenguaje habitual. De ahí que la argentina Salomé Esper eche mano de un lenguaje distinto, superrreal, que rompa con lo por todos admitido. Si Hilda Bustamante ha venido de nuevo a su casa tras un año de estar enterrada, si nos posicionamos en esta irrealidad, la manera de presentarla también ha de aproximarse a ella. Aparecen utilizados recursos como la presentación coincidente de acciones sucedidas en un mismo tiempo pero en espacios distantes, la utilización de elementos reales cargados de simbolismo: campanadas, plaga de langostas, tierra removida en el cementerio, la bicicleta de Álvaro transportando a Hilda...
«La tercera ronda de siete campanadas comenzaba justo cuando Amelia se subía al asiento de atrás de la bici. Ya se había agarrado fuerte de la camisa de Álvaro, como un gato, dejando como siempre en la tela esas dos marcas estrelladas de miedo a caerse. Ya se había puesto el vestido el cura. Álvaro comenzaba a pedalear. El cura se retocaba los labios y el rímel. Amelia pedía ir a la librería a comprar una goma porque la había perdido de nuevo. La séptima campanada los encontró pasando la plaza relucientemente verde»
Algo importante es comprobar cómo este acontecimiento que muchos califican de paranormal desata en el pueblo una controversia entre quienes lo consideran cierto y quienes, apoyados en la ciencia, lo desechan por completo. Así se comprueba en el diálogo mantenido por dos personajes innominados acerca de los fenómenos y la concatenación de causas:
«el cura suplente dijo algo en contra de Dios y cuando salieron ahí estaban las langostas, no fue tan así, no fue contra Dios del todo solo dijo que no era tan perfecto, si Dios fuera perfecto no se le hubiera escapado un muerto, qué hacés llamando a la radio, cortá, la Biblia anunció las plagas hace un montón.la plaga es porque están fumigando en los campos del norte y los bichos se escapan, es tremendo cómo la gente no se acuerda de esto y siempre pasa lo mismo, todos los años lo mismo, de la señora esa que hablan yo no sé nada, solo digo que no es algo de los demonios ni de los santos, es algo del campo, lo de las langostas, no lo de los muertos, pero están en la ciudad las langostas y eso es un mensaje»
Poetas y novelistas argentinas actuales
Como se ve en el texto anterior las intervenciones de los interlocutores se presentan de manera no convencional. 

Para mí la belleza del texto reside también en muchos de los términos y expresiones utilizadas por la novelista. Son vocablos propios de su tierra, la Argentina, que aquí —al menos para mí— resultan llamativos y que cargan a La segunda venida de Hilda Bustamante de una realidad mágica. Algunos ejemplos serían: «andar como bola sin manija» (andar perdido o desorientado); «petiso» (persona baja, de poca estatura); «compró facturas» (bollería dulce); «tacho» (tarro); «Álvaro comía cada vez menos, se iba apagando de a poco» (se iba apagando poco a poco); «viernes de truco» (fin de semana para jugar al truco, juego de naipes muy famoso en la Argentina); «pava de agua» (recipiente de metal con asa y tapa usado para calentar agua); y algunos otros más 

Sobre Salomé Esper dice la propia editorial Sigilo que publica esta interesante novela lo siguiente: «Salomé Esper nació en Jujuy (Argentina) en 1984. Es poeta, narradora y editora. Estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de Córdoba. Publicó dos libros de poemas, Sobre todo (2010, Intravenosa) y Paisaje (2014, Tres tercios), y una novela, La segunda venida de Hilda Bustamante (2023, Sigilo), que ha sido traducida al italiano y al portugués.»





4 ene 2026

"Gabriela, clavo y canela". Novela de Jorge Amado

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«Don Nacib era hombre para casarse con una muchacha distinguida, toda llena de humos, calzando zapatos, medias de seda, usando perfumes. Muchacha virgen, sin vicio de hombre…
Gabriela servía para la cocina, para arreglar la casa, lavar la ropa, acostarse con hombres. No uno viejo y feo, no por dinero. Por gustar de él, por acostarse con él. Clemente en el camino, el señor en las plantaciones, Zé do Carmo también. En la ciudad, Bebito, estudiante joven, ¡de casa tan rica! Venía despacito, en la punta de los pies, con miedo a la madre. El primero de todos, ella era una chiquilina, había sido su mismo tío. Sí, ella era una chiquilina; y de noche llegó su tío, viejo y enfermo.
»

Jorge Amado, Bruno Barreto, película
No había leído hasta la fecha ningún libro del brasileño Jorge Amado (Itabuna, Bahía, 1912 - Salvador de Bahía, 2001). Conocía su nombre y sabía muy por encima el argumento de su novela Gabriela, clavo y canela. pero nada más. Ahora he llegado a este título gracias a mis compañeras de la tertulia "más que palabras...". Fueron ellas, en una reunión a la que no pude asistir, quienes propusieron leer esta novela y hacerla objeto de tertulia para este mes de enero. ¡Cómo les agradezco su propuesta! He disfrutado muchísimo con la lectura de esta obra que el escritor brasileño publicara en 1958 y que hiciera de él un autor universalmente conocido. 

Sinopsis de Gabriela, clavo y canela (proporcionada por su editor)
Cuando Gabriela, una hermosa mulata analfabeta, llega a Ilhéus, ciudad del estado brasileño de Bahía, huyendo del campo y de la miseria, se desencadena un divertido cúmulo de pasiones humanas en un abigarrado marco rebosante de sabores, colores y olores. La sugerente Gabriela, su amante –el pintoresco y pragmático Nacib–, las singulares hermanas Reis y el sempiternamente enamorado profesor Josué son sólo los principales personajes de esta inolvidable novela del escritor brasileño Jorge Amado que, empapada de un vitalismo y una sensualidad profundamente ligados a la cultura y las costumbres de su Bahía natal, es una celebración de la existencia y del humor.

Como digo la impresión que me ha dejado la lectura de Gabriela, clavo y canela no ha podido ser mejor. Me ha parecido una novela de trama sencilla muy bien escrita con un estilo a veces directo y otras más adornado, más poético. Es una novela que, aunque tenga una serie de personajes principales: Gabriela, el sirio Nacib, Mundinho Falcao, el coronel Ramiro Bastos, el librero Juan Fulgencio, el poeta y enamorado Josué, y alguno más, es una novela coral cuyo personaje esencial -suma de los particulares- es la ciudad emergente de Ilheus. 

La acción se sitúa en 1925, un tiempo en el que la ciudad costera de Ilheus desea abrir su puerto para poder exportar directamente el cacao producido en las tierras del interior. Es en estas tierras ganadas a la selva virgen y a sus habitantes indígenas a punta de espada  que se decía en la época de la conquista (en los inicios del siglo XX, de rifle) donde los diversos hacendados ("coroneles") se han hecho millonarios. Ese mundo de violencia y sometimiento al poder es visible también en las relaciones entre los habitantes de la propia ciudad donde los coroneles tienen sus normas de comportamiento: respeto a las esposas propias y ajenas, venganza sobre la esposa y su amante por adúlteros si son cogidos infraganti; divertimento sexual con prostitutas y amantes a las que en ocasiones ponen casa y les exigen fidelidad; en lo político lealtad al cacique al que aseguran su voto y el de sus allegados.

Este estado de cosas es puesto en cuestión con la llegada a Ilheus al calor del dinero que el cacao está produciendo de remesas de gentes de fuera: "retirantes" que acuden en masa a la ciudad huyendo de la sequía del 'sertao', región árida del noreste de Brasil, y también burgueses exportadores como Mundinho Falcao, los bancarios, los empresarios que montan cines y/o restaurantes, etc. Es en el primer grupo que llega el personaje principal de la novela: Gabriela. 

Es Gabriela una representante de la pureza de la tierra brasileña; es una mujer inocente, sincera, que no alberga en su cabeza las represiones de comportamiento impuestas por la cultura, dado que ella carece de la misma; su bondad es natural, su naturaleza es auténtica, es un ser sin doblez que actúa por noble impulso y cuya moral es la derivada de su propia condición humana. Gabriela ama con sinceridad, pero es un ser libre y considera que no está atada a ninguna persona; pese a todo cuando está con Nacib evita con un «¡qué gracioso!» los acercamientos y propuestas libidinosas de los hombres que la pretenden,  y es que para ella el sexo es puro juego; un juego que las normas sociales, la cultura religiosa y demás codifica y acogota dictando reglas cuyo quebrantamiento provoca vergüenza social en los engañados quienes para recuperar su honor mancillado echan mano de las armas. Precisamente es este comportamiento brutal el pivote sobre el que gira la trama de esta novela. Progreso frente a violencia, civilización frente a tomarse la justicia por la mano, libertad versus pertenencia. 

Junto a estos comportamientos de índole personal que mueven a los personajes del relato, especialmente a los hombres, en paralelo están las actuaciones de los mismos en el terreno político. La modernidad viene de mano de los llegados de fuera (Mundinho, Gabriela...), mientras que el conservadurismo feroz, los viejos métodos violentos son los que sostienen quienes detentan el poder desde hace al menos veinte años (estancieros, hacendados, coroneles...).

En lo que concierne al estilo he de decir que Jorge Amado se posiciona en un terreno intermedio entre la pura manera tradicional de novelar (linealidad discursiva, narrador omnisciente...) y la clara renovación narrativa: 
  • Cruce en un mismo plano narrativo de conversaciones distintas transmitiendo viveza popular:
«—Ahora se habla solamente de un tal Mundinho Falcáo, "coronel". Dicen que él lo va a resolver… Que es un hombre vivo.
—¿Estás pensando en la moza? — preguntó Fagundes a Clemente.
—Ni me dijo adiós… Ni siquiera me miró para despedirme…
—Ella estaba dándote vuelta la cabeza. Ya no eras más el mismo de antes.
—Como si no nos conociéramos… Ni un adiós…
—La mujer es así. No vale la pena.
—Es un hombre muy ambicioso. Pero, ¿cómo va a poder resolver el caso de la bahía si ni el compadre Ramiro pudo hacerlo? —Melk hablaba sobre Mundinho Falcáo.
»
(hablan coroneles y trabajadores en la canoa que les lleva a la plantación de cacao)
  • Apertura de cada uno de los cuatro capítulos en que se distribuye la trama con poemas de estructura estrófica popular que confieren a la historia un tono como de leyenda:
«Rondó de Ofenisia» (capítulo primero), «Lamento de Gloria» (Capítulo segundo), «Cantiga para acunar a Malvina» (capítulo tercero) y «Cantar de amigo de Gabriela» (Capítulo cuarto)
  • Regionalismo presentado a través de un estilo modernista renovado: 
«Las flores despuntaban en las plazas de Ilhéus, repletas de canteros de rosas, crisantemos, dalias, margaritas y no-me-olvides. Los pétalos de las "once-horas" se abrían por entre el follaje, puntuales como el reloj de la Intendencia, salpicando de rojo el verde del césped. Hacia los lados del Malhado, en medio de la vegetación salvaje, en los húmedos bosques "Do Unháo" y "da Conquista", reventaban fantásticas orquídeas. Pero el perfume que se elevaba en la ciudad, que la dominaba, no venía de los jardines, de los bosques, de las cuidadas flores, ni de las orquídeas salvajes. Llegaba de los depósitos de ensacamiento, de los muelles y de las casas exportadoras, era el perfume de las almendras de cacao, tan fuerte que atontaba a los forasteros, tan habitual a los nativos que ninguno más lo sentía.»
  • y un humor que permea el texto a base de breves y sutiles pinceladas:
    • «el estanciero encontró a la esposa en el dormitorio, vestida apenas -como contaba Ari y constó en los autos con "depravadas medias negras". En cuanto al doctor Osmundo Pimentel, estaba completamente desvestido, sin medias de color alguno ni traje para cubrirle la arrogante juventud conquistadora […] El dentista era soltero, joven, tenía desocupado el corazón, si la mujer lo encontraba parecido a San Sebastián, qué culpa tenía él, que ni siquiera era católico, formando con Diógenes el único par de protestantes de la ciudad…»
    • «Ese tal Club Progreso, que mejor merecería llamarse Club del Restregamiento…»
    • «No pudiendo reconocerlos, el padre Basilio era padrino de todos ellos -tres niñas y dos niños- y ejerciendo la caridad cristiana, les prestaba el uso de su propio nombre de famiia, Cerqueira, un bonito y honesto nombre» (referido a los »cinco robustos retoños» que la gobernanta Otália «había llevado a la pila bautismal envueltos en linón y encaje»)
Dentro de esta renovación, de este vanguardismo, Jorge Amado tiñe Gabriela, clavo y canela de sensualidad, de optimismo, de libertad y fe en el progreso. Son las mujeres, incluso las más conservadoras (las hermanas Dos Reis, Arminda, las solteronas...) las impulsoras del cambio. El ejemplo mayor de esta mujer renovadora, modernizadora de una sociedad anclada en el pasado y en el machismo es naturalmente Gabriela. Con ella el autor pone el acento y su esperanza en que la renovación del país venga del propio núcleo del mismo, de sus habitantes nativos, de su indigenismo. Quizás por su militancia comunista también admite el cambio propiciado por los venidos de afuera como Mundinho Falcáo si bien, según discurre el relato, se observa que los comportamientos de estos personajes urbanos no difieren mucho del de los estancieros tradicionales, sólo les separa de estos un grado de civilización superior: admiten que no debe de castigarse con la muerte a los adúlteros tanto hombres como mujeres. Nada más.

Otro dato más en este universo de personajes que es Gabriela, clavo y canela y en el mensaje identitario que quiere transmitir el autor viene dado por las amables referencias que hace a los cultos y prácticas afrobrasileños. El personaje de Arminda, que acoge en su casa a la recién llegada Gabriela y que le da consejos, es una mujer que habla con el finado de su marido, el cual le avisa de lo que va a pasar; además gusta esta mujer de realizar sesiones de espiritismo y cultos de macumba y candomblé. Es en esta cultura popular en la que Gabriela se encuentra a sus anchas y no en la ciudadana y burguesa de la sociedad blanca de Ilheus: 
«Cada noche Nilo soltaba su alegría en medio de la habitación. En la pobre cocina, Gabriela fabricaba riqueza: "acarajés" de cobre, "abarás" de plata, el misterio de oro del "vatapá". La fiesta comenzaba.
Dora de Nilo, Nilo de Dora, pero en ¿cuál de las pastoras no cabalgara Nilo, pequeño dios del "terreiro"? Eran yeguas en la noche, cabalgaduras de los santos. Nilo se transformaba, todos eran santos, era Ogun y Xangó, Oxossi y Omolu, era Oxalá (dioses del candomblé) para Dora. Llamaba Yemanjá a Gabriela, diciendo que de ella nacían las aguas, el río Cachoeira y el mar de Ilhéus, fuentes entre las piedras. En los rayos de luna, la casa navegaba en el aire, subía por el morro, partía en fiesta. Las canciones eran el viento, las danzas eran los remos, Dora la figura de proa. Nilo, comandante, daba órdenes a los marineros.
»
literatura regionalista brasileña. macumba, candomblé, orishas
Como se puede ver en la cita anterior, Jorge Amado se eleva poéticamente cuando en su novela toca aspectos propios de los cultos populares. Él que se presentaba como ateo, sin embargo alaba esta religiosidad de los orishas, quizás porque son cultos cuyas prácticas enlazan con la propia naturaleza de la que nacen. Gabriela, en el fondo, no es más ni menos que eso, una mujer que ha nacido de la propia naturaleza de Brasil, una mujer que no tiene apellidos, una mujer que se entrega con alegría y que evita atarse obligadamente a nadie.

Jorge Amado pertenece -dicen los estudiosos de la literatura brasileña- a la segunda generación del modernismo brasileño caracterizado por el regionalismo, el realismo crítico y social. Gabriela, clavo y canela apareció en 1958. En este momento el autor está evolucionando a un realismo atravesado por elementos fantásticos, es decir, está entrando en el denominado realismo mágico. Sin ser, pues, un precursor de esta tendencia como sí lo fueron Miguel Angel Asturias o Juan Rulfo, se anticipó al boom latinoamericano que vino de la mano de García Márquez, Carpentier o Vargas Llosa. Uno de los elementos formales de esta tendencia es sin duda alguna la poeticidad de la prosa. Jorge Amado es poeta además de prosista y sabe dotar, en determinados momentos, de musicalidad poética la novela. Este tratamiento es propio además del denominado estilo modernista al que está adscrito el autor.
«Negras rocas emergen del mar; contra los flancos de piedra las ondas revientan en blanca espuma. Cangrejos de asustadoras garras surgen de recónditas cavidades. De mañana y de tarde, los chiquilines escalan ágilmente las rocas, jugando a bandidos y "coroneles". Por la noche se oye el ruido del agua mordiendo la piedra infatigable. A veces una luz extraña nace en la playa, sube por la roca, se pierde en los escondrijos, reaparece arriba. Los negros dicen que son brujerías de las sirenas, de la afligidas "máe d'agua", doña Janaína transformada en verde fuego. Suspiros ruedan, ayes de amor resuenan en la oscuridad de las noches. Las más pobres parejas, mendigos, malandrines, putas sin casa, hacen su cama de amor en la playa escondida entré las rocas, enrédanse en abrazos en la playa. Ruge, al frente, el mar bravío; duerme atrás la ciudad bravía.»
_________________________
Nota: Existe adaptación cinematográfica de la novela. La realizó en 1983 Bruno Barreto que, además de director fue guionista de la misma junto al propio Jorge Amado. Los papeles protagonistas de Gabriela y de Nacib los realizaron respectivamente Sonia Braga y Marcello Mastroiani. Ya sólo saber que en el film participan estos dos grandes actores me empuja a buscar en alguna plataforma la película para verla. Lo haré.

25 dic 2025

Juan Carlos Onetti: "La novia robada"

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Juan Carlos Onetti: "La novia robada"

«Era imposible que toda la ciudad participara en el complot de mentira o silencio. Pero Moncha estaba rodeada, aun antes del vestido, por un plomo, un corcho, un silencio que le impedían comprender o siquiera escuchar las deformaciones de la verdad suya, la que le habíamos hecho, la que amasamos junto con ella.»



Juan Carlos Onetti
La calidad jamás guarda relación obligada alguna con la extensión. Lo sabemos desde siempre. La bondad de un libro no depende de su tamaño. Siendo verdad, sin embargo es cierto que hoy se publican en ocasiones libros de gran número de páginas y virtudes literarias más que cuestionables; igual que se publican otros mucho más breves cuya bondad es por todos alabada. Como digo no es regla de oro, pero no cabe echar en saco roto el dicho popularizado por Baltasar Gracián de "Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo".  Este proverbio le va como un guante a La novia robada del uruguayo Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994), una novela breve, corta, que encierra una gran calidad en su interior. Siguiendo con Gracián a este cuento largo o breve novela cabe aplicarle también la frase de su Oráculo manual, "Mejor intensión, que extensión". Pues así es, claro que sí.

La novia robada (1968) es una muestra perfecta de realismo mágico de la literatura sudamericana, si bien, y según dicen todos los expertos en su Obra, Onetti se sitúa en una zona marginal del mismo con un estilo más existencialista, más pesimista. Así es en este cuento o, por su densidad, novela corta, en el que un narrador colectivo en primera persona —los viejos, que habitualmente se reúnen en el entorno del Hotel Plaza de Santa María, territorio mítico creado por Onetti ya en sus primeras novelas de los años cuarenta del siglo pasado—, cuenta la historia (real, irreal, pasada, futura, intemporal) de Moncha Insaurralde. Algunos personajes habitantes de Santa María, espacio aparecido por vez primera en su novela "La vida breve" (1950), son citados o tienen protagonismo en La novia robada. Están Brausen, una especie de Dios creador, alter ego del propio autor, que es quien en esa primera novela inventó dentro de la trama novelística la ciudad ficticia de Santa María y los personajes que en ella habitan. De éstos, como digo, en La novia robada aparece específicamente uno, el doctor Díaz Grey. Es este doctor quien a la protagonista Moncha Insaurralde, retornada desde París, a su pregunta de  «me voy a casar o me voy a morir» respondió con un inequívoco «Usted se va a casar», frase que ella completó, también de modo irrefutable con un «Y me voy a morir».

Estas dos frases son las que marcan la historia. Una historia surreal, que abandona las coordenadas espacio-temporales que conocemos para llevarnos a una zona incierta (Santa María) en un tiempo más incierto todavía: 
«El inevitable Díaz Grey trató de recordarla, algunos años atrás, cuando la huida de Santa María, del falansterio, cuando ella creyó que Europa garantizaba, por lo menos, un cambio de piel.». 
Por si lo anterior fuera poco, los mismos actores se cuestionan a sí mismos, perciben su irrealidad. Moncha Insaurralde, cuando Díaz Grey afirma no ver en ella síntomas de enfermedad alguna, le dice:
«No sé por qué vine a visitarlo. Si estuviera enferma hubiera ido a ver a un médico de verdad. Perdóneme, Pero algún día sabrá que usted es más que eso.»
Este es el ámbito en que se mueve el relato: la irrealidad, la evanescencia, lo surreal, la magia, lo inexplicable... 

Moncha Insaurralde retornada a Santa María se encerrará tras los muros de su casa y no será vista por nadie. Ella aspira a casarse por la iglesia con Marcos Bergner, vividor y borracho. Los casará el cura Bergner en la Catedral. Sólo hay un problema que comunica al lector el narrador colectivo: hace años que ambos Bergner desaparecieron de este mundo. No sabemos si Moncha también está desaparecida, pues nadie la ha visto desde su regreso (a la consulta con Díaz Grey acudió aprovechando la solitaria hora de la siesta). Lo único que sí se conoce es el vestido de novia que durante años estuvo confeccionando. Hay quienes dicen haberla visto vestida con él esperando en el Hotel Plaza a su enamorado Bergner; otros afirman haberla visto paseando a bordo de un lujoso, pero ruinoso coche.... Todo se confunde en la neblina que cubre Santa María que hace imposible calcular los tiempos, las realidades, los sucedidos. Además la memoria de los viejos, ya se sabe, es caprichosa y volátil, sobre todo volátil.  

Realismo mágico latinoamericano, Literatura uruguaya
La lectura de La novia robada ha despertado en mí el interés por Juan Carlos Onetti, un autor del que tan sólo había leído, ¡hace ya muchos años!,  su novelita titulada Los adioses del año 1954 y de la que apenas si recordaba algo. La novia robada ha reavivado en mí el recuerdo de esa ciudad mítica creada por el autor, que ya aparecía en Los adioses. Es por ello que ahora quiero leer alguna de sus principales novelas, cuyos títulos y asuntos conozco, pero que en verdad a día de hoy aún no he leído: La vida breve (1950), El astillero (1961) o Juantacadáveres (1964). Espero entender mejor así el mundo creado por este uruguayo en torno a Santa María.




24 ago 2025

David Uclés en "La península de las casas vacías"

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«Pensó en cómo aquella guerra había cambiado al pueblo, y en qué poca cosa quedaban los ideales cuando los hombres y las mujeres eran heridos; qué poco importaba la política y la lucha cuando las costuras del cuerpo se soltaban, cuando la nación resultaba diezmada.»

David Uclés, posmodernismo literario
Esta novela en la que su autor, según confesión propia, ha empleado más de quince años en escribirla, abandonándola en ocasiones para retomarla de nuevo más tarde, me ha gustado, a pesar de que del tema de la Guerra Civil estoy ya un poco ahíto. Y me ha gustado porque me ha parecido una manera muy original de presentar la guerra civil española que comenzó en 1936 y acabó en 1939. Dice David Uclés (Úbeda, Jaén, 21 de enero de 1990) que ha escrito esta historia para que las generaciones jóvenes como la suya no olviden lo que aquella lucha fratricida fue, la mucha gente que murió: 
«He escrito esta novela con total libertad, sin ningún reparo ni prejuicio, sólo he intentado honrar a toda la gente que murió.»
Sinopsis (tomada de la página de la editorial Siruela)

UNA NOVELA TOTAL SOBRE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA EN CLAVE DE REALISMO MÁGICO


Premio Cálamo Libro del Año 2024
Premio Andalucía de la Crítica
Candidato español al Premio Literario de la Unión Europea
Premio Kelvin 505 del Festival Celcius 232 a la mejor novela original en castellano publicada por primera vez en España en 2024
Premio Espartaco en la Semana Negra de Gijón a la mejor novela histórica escrita en español


He aquí la historia de la descomposición total de una familia, de la deshumanización de un pueblo, de la desintegración de un territorio y de una península de casas vacías.

Mi comentario
El autor-narrador se sitúa en la posición de narrador omnisciente, de dios creador, desde la que observa, dispone y enjuicia los acontecimientos. Describe los paisajes, en especial ese territorio cuasi mítico, Jándula (el pueblo jienense de Quesada en la realidad), en el que nace y muere esta novela, donde ocurren muchos episodios, algunos de ellos surreales o por encima de la realidad, siendo aquí donde el concepto de Realismo Mágico aplicado a La península de las casa vacías (editorial Siruela, 2024) encuentra toda su justificación. Parodiando algo al propio Uclés diré que sobre el realismo mágico en esta novela hablaré más tarde. Ahora sigo con ese narrador-dios que todo lo sabe y todo lo domina; naturalmente conoce todo de los personajes que intervienen en el relato, unos históricos y otros intrahistóricos (en definición de Miguel de Unamuno, creador del concepto: la gente común que hace la historia, pero no pasa a la Historia), o sea, reales en tanto en cuanto que él, según confiesa en varias ocasiones, es nieto del último de ellos, Luis, nacido al final de la GC, y que es quien, nos confiesa, le ha relatado la mayor parte de los sucesos narrados. 

El propio autor-narrador David Uclés no escatima el humor en su novela. 
«—Dicen que van a derribar su casa para construir una más moderna.
—¿Quiénes?
—Los herederos, los hijos que tiene repartíos entre Alicante y Mágina. Les trae sin cuidado la costumbre que tenemos de dejar que las casas se caigan solas.
»
Como el maestro Gonzalo Torrente Ballester el autor de La península de las casas vacías concibe la narrativa como un juego y en este sentido juega absolutamente con todo: entrando y saliendo del relato a voluntad; también juega con los lectores, con los personajes, con las creencias, con los contendientes..., en suma con la propia literatura. Construye un relato en el que las reflexiones metaliterarias abundan, especialmente dirigidas a los propios lectores quienes, el mismísimo Uclés reconoce, deben/mos estar perplejos ante esta lectura
  • «No sé si os habréis percatado, en las reacciones de varios personajes, de cierta dicotomía existencialista: los íberos no sabían si creer en Dios o en el narrador. Desconocían si eran lo mismo o no, y si alguno de los dos existía. Por regla general, la idea de ser un producto narrativo les angustiaba más que la de ser criaturas de un ente celestial.»
  • [sobre dos personajes que va a eliminar del relato] «En cuanto a si me arrepentiré y los traeré de vuelta, no puedo saberlo. Quizás más adelante los reviva narrativamente o los retome al final para cerrar la historia; o quizás mueran y cuando quiera echar mano de ellos, ya no estén, y serán ellos los que me habrán abandonado. No puedo saberlo. Vosotros sí, si hojeáis el final del libro. Es curioso. Podéis adelantaros a lo que yo mismo desconozco todavía que ocurrirá. En ese sentido, os envidio. Adiós, Manolo. Adiós, Pura.»
Son numerosas las confesiones del propio autor sobre decisiones escriturales tomadas en una novela que tiene mucho de histórica y en la que por eso mismo conviene ser cuidadoso. Así, por ejemplo, al hablar del personaje de Fuensanta y atribuírsela como hija al pintor Rafael Zabaleta, el autor de la portada, el novelista se ve en la necesidad de aclarar en el característico tono distendido predominante en la mayor parte del relato lo siguiente:
«Fuensanta. Esta era hija del pintor del pueblo, el cubista Zabaleta. En realidad, el artista nunca tuvo descendencia; pero, en el reino maleable de la literatura, he querido darle una hija.»
Y en cuanto a la interesante y llamativa portada, en un momento de la narración David Uclés informa de que es precisamente el padre de Fuensanta el autor de la misma, y que fue a él a quien acudió Ángela Ardolento para que le predijese más o menos la fecha de nacimiento del hijo que llevaba en sus entrañas:
«Una vez terminó de pintarla, Zabaleta se retiró a continuar con otro trabajo que llevaba a medias —un encargo realizado por el narrador de esta historia, quien quería que la portada llevara los rostros de los personajes principales del libro, acompañados por dos militares—»
Cualquiera que lea la cita anterior se dará cuenta de cómo el novelista hace uso de la maleabilidad que dice es consustancial a la literatura. Es así en efecto, mucho más en una novela que se siente más que a gusto dentro de la tendencia del posmodernismo literario como se observa en el texto anterior: metaliteratura, parodia de la propia escritura e introducción del libro real dentro de la propia ficción.
Si bien en la novela el narrador afirma que los personajes pintados son las personas de su familia y otras del pueblo, la portada en realidad no es más que un fragmento del cuadro 'La romería' que el pintor Zabaleta pintó en 1959. El autor disfruta jugando con los elementos reales e inventados más que un chiquillo.

El realismo mágico es sin duda alguna el estilo narrativo elegido por David Uclés para presentar a esa familia Ardolento transitando por la España de la Guerra Civil. Es la modalidad literaria que, en su opinión, mejor muestra la realidad, brutal en muchas ocasiones, inserta en la cotidianidad y el costumbrismo propios de los pueblos y personas que la tuvieron que vivir y sufrir pese a ellos. Al igual que el colombiano García Márquez con Macondo o el mexicano Juan Rulfo con Comala, Uclés crea un territorio mágico que emana de la propia realidad. Este territorio mítico al que Odisto y todos los Ardolento quieren retornar es Jándula (el pueblo real de Quesada en Jaén) que forma parte de Iberia (España junto a Portugal -Lusitania en la novela-). 
La magia e irrealidad impregnan la existencia de las personas en esta Iberia ficticia:
  • «Al final de las misas de difuntos el miembro más pequeño de la familia del fallecido tocaba un almirez de cobre; debía golpearlo una sola vez y con fuerza. Pensaban que la nota se desplazaría horizontalmente, daría la vuelta a la tierra y volvería meses después al mismo punto del planeta, ascendiendo finalmente hasta el cielo»
  • «Aquel pintor de lutos conocía las tonalidades oscuras mejor que nadie y la duración del pigmento que usaba coincidía con la de la tristeza de los familiares por el fallecido.»
  • [Manola, la sobrina de Odisto que ha salido en busca de su hermana Antonia llega a] «Écija, donde se entretuvo en contar las torres barrocas. Allí, debido a las temperaturas extremas, todos los habitantes sin excepción usaban sombrero para que no se les escapara el alma por la cabeza.»
Pero, advierte el narrador saliéndose del texto que esta técnica del realismo mágico no se aviene siempre bien con lo realmente sucedido, por lo que a veces debe de abandonarla o avisar al lector de que la realidad supera cualquier cosa imaginada, ironizando metaliterariamente con el propio estilo:
  • [las tropas de Yagüe] «llegaron a Badajoz. Lo que ocurrió allí, así como la respuesta republicana en la Cárcel Modelo, bien merece otro capítulo, uno más cercano a la novela histórica que al realismo mágico. No habrá muchos más relatos como el de Badajoz en este libro, pues la sangre no sale bien de este teclado.»
  • «El Caudillo, para destrozar cuantos más mejor, tenía un método: abría las compuertas de los embalses de Tremp y Camarasa para que el nivel del agua en el río ascendiera y lanzaba troncos que flotaban y que cargaban con dinamita, la cual estallaba contra las pasarelas. Parece realismo mágico, pero fue tal que así.»

Antes de entrar, para cerrar ya esta reseña, en la presentación del propio contenido histórico quisiera destacar el gusto por el vocabulario que demuestra el novelista en La península de las casas vacías. Son innumerables las palabras poco empleadas o al menos poco conocidas por los lectores actuales, habitantes la mayoría de núcleos urbanos que han olvidado por completo las actividades y los objetos empleados para ellas en el medio rural tan habitado en los ya lejanos años de la guerra civil española. Algunos de estos vocablos son por ejemplo: Abuzado: Echado de bruces especialmente para beber; Oblata: Dicho de un niño confiado por sus padres a un monasterio para que allí se eduque y si se aficionase entre en religión;  Barjas: Cestas de madera o esparto utilizadas en el campo para llevar alimentos; Entortar: Hacer tuerto metiéndole algo en el ojo; Orza: Vasija vidriada de barro alta y sin asas que sirve normalmente para conservar alimentos;  Estezonazos: golpes; Tomiza: Cuerda o soguilla de esparto; Jifero: Matarife; Albéitares: Veterinarios; Olíbano: Incienso aromático; Bleda: acelga; etc, etc.

La historia
que nos cuenta David Uclés la distribuye en cuatro apartados. El primero son los antecedentes de la contienda: luego los tres siguientes corresponden, cada uno de ellos, a los años en liza (1936, 1937 y 1938-1939). Finaliza la obra con un Epílogo en el que venimos a comprobar y a reafirmarnos en que es el propio autor quien ha narrado la historia a través del tamiz de su imaginación y la de su abuelo Luis que vino a este mundo en 1940, último vástago de la mítica estirpe de Odisto Ardolento, auténtico protagonista de toda esta historia.

En cuanto a lo estrictamente histórico el autor es ecléctico, imparcial, a pesar de que para evitar susceptibilidades confiesa su simpatía por el bando republicano, lo que no quita para que exponga de modo neutro las brutalidades cometidas por unos y por otros. Durante la lectura constantemente venía a mi mente la figura del periodista Manuel Chaves Nogales que en su obra "A sangre y fuego", reseñada en este blog hace ya doce años, presenta crónicas periodísticas escritas por él mismo durante la contienda; en ellas asistimos asombrados a bestialidades perpetradas por los 'hunos' y por los 'hotros'. Esta terminología cacográfica la toma deliberadamente el autor de La península de las casas vacías del propio Miguel de Unamuno quien la usó en más de un ensayo para describir lo equivalentes que en brutalidad eran las derechas y las izquierdas, o sea, los unos y los otros.
«—Estamos apañaos con ser de derechas o de izquierdas… ¡Siempre con lo mismo!
—Los políticos no tienen campo. Si no, no tendrían tiempo de inventar tantas cosas.
»
Sobre la GC dice Uclés en entrevistas: 
«Fue tan grotesco, tan irracional, que creo que nadie sabe explicarlo bien del todo. Hay quienes lo explican culpando sólo a una parte de la población, u olvidándose de la otra. Lo que tengo claro es que abrió un pozo de tristeza que no se ha secado. Todo el mundo en este país tiene una historia sobre la Guerra Civil; unas familias las sufrieron más que otras, pero todas la sufrieron.»

Y al inicio del relato de La península de las casas vacías reflexiona el autor-narrador:
«— Lo más peligroso de una guerra muchas veces no es la lucha armada contra el enemigo político, sino el ajuste de cuentas con los que te rodean. ¡Todo está permitido! Y si alguien te descerraja un tiro en mitad de una calle, nadie va a ser juzgado. Ese es el mayor miedo que da una guerra, la sensación total de indefensión. Y con la que se nos viene encima… Pero bueno, no creo que nadie toree a nadie en esta historia; y mucho menos a animales. ¿No ves que el narrador está contra la fiesta?»

_______________________

Nota final
No quiero extenderme más en esta reseña. Pero he de advertir que esta buena novela contiene muchas más cosas dignas de ser señaladas. Entre ellas las innumerables, si bien bastante sabidas, alusiones a personajes de la esfera literaria de la época (Alberti, María Moliner, Machado, García Lorca, André Malraux, Saint d'Exupery, Max Aub, Alejandro Casona...) y a otros del futuro que se ocuparían más o menos directamente de la Guerra Civil o de sus consecuencias (Paul Preston, Almudena Grandes,  Pío Moa, Hugh Thomas, Carmen Laforet...). Rompe David Uclés la línea temporal hacia adelante o hacia atrás muchas veces; también, como se ve, con estos protagonistas de la cultura española.








21 mar 2024

21 de abril, Día de la Poesía. Elena Garro.

5 comentarios:

«En mi larga vida nunca me había visto privado de bautizos, de bodas, de responsos, de rosarios. Mis esquinas y mis cielos quedaron sin campanas, se abolieron las fiestas y las horas y retrocedí a un tiempo desconocido. Me sentía extraño sin domingos y sin días de semana. Una ola de ira inundó mis calles y mis cielos vacíos. Esa ola que no se ve y que de pronto avanza, derriba puentes, muros, quita vidas y hace generales.»

Desde hace unos años tengo por costumbre sumarme a la celebración del Día Mundial de la Poesía desde aquí, mi blog, El blog de Juan Carlos. Esta vez lo hago con un libro en prosa, una novela que acabo de leer. ¡Ah!, exclamaréis algunos, y de seguido me/os preguntaréis: ¿Pero la poesía no es distinta a la prosa? Y yo os respondería, si esta inocente cuestión me la hubieseis planteado de verdad, con un Sí y un No simultáneos. Pues empezamos bien, amigo, -comentaríais con cierta perplejidad, para irónicamente continuar diciendo-: ya con eso me aclaro completamente. ¡Anda que tú también cuando te pones a explicar eres único! 

La humorada anterior viene a cuento de la última lectura que acabo de realizar. Se trata de la novela Los recuerdos del porvenir escrita en 1963 por la mexicana Elena Garro, que fuera esposa de Octavio Paz desde 1937 a 1959. Fue con el poeta mexicano con quien viajó a España en 1937 para participar en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura que tuvo lugar en Valencia, ciudad a la que se había retirado el gobierno de la República española. Para ambos políticamente este viaje y estancia en España tuvo importante repercusión: el desafecto con la causa republicana al observar la fuerte represión que se practicó en ese momento contra miembros del POUM (Partido Obrero Unificado Marxista) especialmente en Cataluña. A partir de ese momento los dos escritores optaron por una tercera vía que evitaba -especialmente en el caso de Paz- una decidida adscripción a izquierda o derecha. A Elena Garro siempre le persiguió su actuación durante la revuelta estudiantil de 1968, acusada de querer derrocar al gobierno del momento, por un lado; los contrarios, por su parte, lanzaron la interesada sospecha de que ella había denunciado a ciertos intelectuales de izquierda. Estar en medio siempre es lo peor, ya se sabe.

Pero me estoy yendo por las ramas. Vuelvo al libro que he leído, su primera novela titulada Los recuerdos del porvenir. Es una novela que en cierto modo denuncia la brutalidad cometida por unos y otros al final y durante el movimiento revolucionario mexicano que sumió al país desde 1910 a 1920 en una serie de guerras civiles que acabaron con los asesinatos de los líderes revolucionarios y el retorno de la riqueza del país a los detentadores durante la época del presidente Porfirio Díaz. Había sido contra ese injusto reparto de la riqueza durante el porfirismo contra lo que se habían levantado Villa, Carranza, Zapata..., si bien también entre ellos se traicionaron sucesivamente. Históricamente la trama de la novela se desarrolla durante el gobierno de Obregón (presidente de 1920 a 1924) y de Calles (presidente de 1924 a 1928), o sea la década de los años 20, Fue precisamente durante el gobierno de Calles que se desató la guerra de los cristeros que enmarca el levantamiento de Ixtepec, la localidad donde transcurre la acción. Las alusiones al momento histórico en que se sitúan los acontecimientos novelescos son claros en varios momentos:
  • «Isabel sonrió. Sólo su madre era capaz de decir que Calles no tenía delicadeza, cuando estaba fusilando a todos los que parecían un obstáculo para su permanencia en el poder.
    —Es algo más grave que una falta de delicadeza…
    Y Martín Moncada continuó la lectura del diario. En aquellos días empezaba una nueva calamidad política; las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia se había se habían vuelto tirantes. Había intereses encontrados y las dos facciones en el poder se disponían a lanzarse en una lucha que ofrecía la ventaja de distraer al pueblo del único punto que había que oscurecer: la repartición de las tierras.
    Los periódicos hablaban de la «fe cristiana» y los «derechos revolucionarios». Entre los porfiristas católicos y los revolucionarios ateos preparaban la tumba del agrarismo. Hacía menos de diez años que las dos facciones habían acordado los asesinatos de Emiliano Zapata, de Francisco Villa y de Felipe Ángeles, y el recuerdo de los jefes revolucionarios estaba fresco en la memoria de los indios. La Iglesia y el Gobierno fabricaban una causa para «quemar» a los campesinos descontentos.
    —¡La persecución religiosa!
    »
  • «¿Acaso Madero no había sido un traidor a su clase? Pertenecía a una familia criolla y rica y sin embargo encabezo la rebelión de los indios. Su muerte no solo era justa sino necesaria. Él era el culpable de la anarquía que había caído sobre el país. Los años de guerra civil que siguieron a su muerte habían sido atroces para los mestizos que sufrieron a las hordas de indios peleando por unos derechos y unas tierras que no les pertenecían. Hubo un momento, cuando Venustiano Carranza traicionó a la Revolución triunfante y tomó el poder, en que las clases adineradas tuvieron un alivio. Después, con el asesinato de Emiliano Zapata, de Francisco Villa y de Felipe Ángeles, se sintieron seguras. Pero los generales traidores a la Revolución instalaron un gobierno tiránico y voraz que solo compartía las riquezas y los privilegios con sus antiguos enemigos y cómplices en la traición: los grandes terratenientes del porfirismo.»
Siquiera fuera sólo por esto, por la información y conocimiento que sobre el México de ese período histórico se obtiene, ya la lectura de esta novela de Elena Garro resulta más que satisfactoria. Si además, como es el caso, esta erudición se ofrece desde el interior de una historia de ficción con tintes mágicos, entonces ya la novela gana en mi opinión muchos más puntos . 

La historia que se nos cuenta es sencilla: un destacamento militar está aposentado en la localidad de Ixtepec para vigilar los movimientos antigubernamentales que se puedan producir. El mando de este dispositivo militar lo ostenta el general Francisco Rosas y una serie de jefes militares que están a sus órdenes: el coronel Justo Corona, el capitán Flores, el teniente coronel Cruz, etc. Se hospedan todos en el Hotel Jardín que dirige Pepe Ocampo. Estos militares, además de para cumplir órdenes por crueles que éstas sean, viven para disfrutar de las mujeres y allí mismo en ese hotel tienen a sus queridas, obligadas a darles placer cuando a ellos se les antoje. En cierto modo también entre ellas existen grados según sea el militar con el que compartan lecho: la bella y enigmática Julia que tiene absorbido el seso al general Rosas; Antonia, la amante del coronel Corona («Antonia era una costeña rubia y melancólica; le gustaba llorar. Su amante el coronel Justo Corona»); «Rosa y Rafaela, las hermanas gemelas, queridas las dos del teniente coronel Cruz»; «Luisa pertenecía al capitán Flores y por su mal genio era temida por su amante y por los demás huéspedes del hotel»; y así. 

Como personaje antagonista a estos militares crueles que se emborrachan, maltratan a las personas y abusan de ellas, está el narrador de la novela que no es otro que el mismísimo pueblo de Ixtepec. En esta ocasión -y esto me ha parecido ciertamente novedoso- no estamos ante un personaje coral formado por la suma de los particulares, sino en cierto modo estamos ante un personaje coral declarado desde la primera línea del relato unas veces en primera persona de plural («A las seis de una tarde morada llegó un ejército que no era el de Abacuc [...] Los miramos con rencor "¡Desgraciados, ni siquiera gozan del placer de morirse por quien quieren!"») y otras del singular  («Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente»). De este personaje colectivo que tiene todas las características propias de un ser humano iremos conociendo poco a poco sus formantes, los elementos que lo constituyen. Y estos en definitiva son los Moncada (el matrimonio formado por Martín Moncada con su esposa Ana y los tres hijos del mismo: Juan, Manuel e Isabel; también los tíos de éstos, el matrimonio formado por Joaquín y Matilde; la vieja Dorotea, tía asimismo de los niños), los Montúfar (Elvira, viuda de Justino Montúfar, y Conchita, hija de ambos); el doctor Arrieta y Dª Carmen, su mujer; sin especificar sus componentes están los Olvera, los Cuevas...; luego estarían las cuscas (prostitutas) del prostíbulo que dirige la Luchi y en el que vive acogido por las chicas Juan Cariño, viejo algo desquiciado mentalmente al que llaman 'el Presidente'. Como en las comedias y narraciones clásicas este Juan Cariño, tenido por loco, es la única persona que puede decir a la cara las verdades. 

Hay muchos más personajes, pero la relación sería muy larga y me alejaría de la justificación señalada en el título de esta entrada. Por ello ya no citaré más nombres, excepción hecha de Dª Lola Goribar y su hijo Rodolfo, claramente los ricos del lugar, que al fin y a la postre serán los beneficiarios de la represión de los militares y de las matanzas inmensas que están realizando de indígenas y de aquellos que los apoyaban por considerar justa su causa.

Vuelvo, pues, al Día de la Poesía. Sí, en Los recuerdos del porvenir hay muchísima poesía. De hecho, aprendido y conocido el marco histórico en que se enclavan los sucesos ficcionalizados, lo más destacable del libro es el lenguaje utilizado en él. Un lenguaje cargado de adjetivación que impregna de colorido al texto. Es una adjetivación siempre profusa a lo largo de todo el relato:
«El jardín se incendiaba en el resplandor seco de las cuatro de la tarde. Los prados cenizos, las ramas inmóviles y las piedras humeantes se consumían en una hoguera fija. Un coro monótono de grillos cantaba su destrucción. El sol giraba enviándonos sus rayos inflexibles.»
Es destacable a su vez, junto a esta profusa adjetivación, la imaginería lingüística que contiene esta novela que por ella es considerada por algunos como precursora del realismo mágico:
«Una raya naranja finísima se levantó del horizonte oscuro, las flores que se abren en la noche se cerraron y sus perfumes quedaron en el aire unos instantes antes de desaparecer. El jardín empezó a nacer azul de entre sus sombras moradas.»
Ciertamente, si nos fijamos en las fechas y consideramos como dicen algunos que el certificado de nacimiento del Realismo mágico lo marca García Márquez con la publicación  de Cien años de soledad, es evidente que 1963 antecede en el tiempo a 1967. Sí es cierto que hay toques de realismo mágico, además de los contenidos en expresiones afortunadas (¡muchas!), en elementos de contenido como esa suspensión e incluso eliminación del tiempo que pretendía todos los días don Martín Moncada parando todos los relojes de la casa. Las alusiones constantes que en la novela aparecen sobre esta detención de la temporalidad sí que es elemento mágico o fantástico que saca de la prosaica realidad. Y eso, sacar al lector de la vulgar realidad, también es una de las intenciones más pretendidamente buscadas por la creación poética.

A la hora de considerar la poeticidad de Los recuerdos del porvenir no se puede obviar la figura y comportamiento de algunos personajes: dos femeninos (la bella y enigmática Julia y la sorprendente Isabel Moncada) y Felipe Hurtado, personaje importante en la novela dado que su llegada a Ixtepec viene a poner en marcha ese tiempo romo, detenido, inexistente, en que había caído el pueblo bajo el brutal dominio de los militares. Igualmente la marcha de estos tres seres, enigmáticos en su comportamiento cada uno por motivos diferentes, viene a devolver a la localidad al estado de inmovilismo en que se encontraba. Todo sigue igual, pero en cierta manera todo ha cambiado, ya nada volverá a ser como antes.

La atmósfera propia del realismo mágico la he querido percibir en esa mirada que, ocultos tras cristales  y visillos, dirigen los habitantes de Ixtapec a quienes se atreven a caminar por las calles. El pueblo, Ixtapec, sus habitantes, saben que la muerte está ahí, sobre ese pobre o pobres infelices que se han atrevido a dar el paso, a hacer caminar el reloj del tiempo. La Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez ha venido a mi memoria más de una vez durante la lectura. También hay magia y fantasía en las inexplicables desapariciones de seres y personajes, si bien siempre Elena Garro no se atreve a dejar la apuesta muy alta y antes o después venimos a conocer qué es lo que ocurrió. En mi opinión, aquí el denominado realismo mágico se diluye un tanto.

Para finalizar, no puedo dejar sin señalar la enorme importancia que la mujer tiene en esta novela. El peso de la narración recae en ellas. Está la bella Julia que atrae a Rosas, pero que tiene una vida anterior que no conocemos salvo por la llegada a Ixtapec de Felipe Hurtado; está Isabel Moncada, ¿enamorada? de su hermano Nicolás y que en el sentir de Ixtapec lo traicionará a él, a su famila, a todos; ¿sí?, ¿no? Es lo que tiene el pensamiento mágico, que penetra en territorios inexplicables. Las prostitutas y amantes de los militares, pese a su sujeción a los mismos, son en el fondo las detentadoras del poder en el mundo íntimo que es el dormitorio. Son mujeres que sufren el desprecio del hombre, pero en su fuero interno son libres porque se saben fuera del tiempo:
«Luisa obedeció sin titubear la orden de su amante y limpió las botas de Flores hasta dejarlas pulidas como espejos. Aceptaría siempre la abyección en la que había caído. "Nadie cae; este presente es mi pasado y mi futuro; es yo misma; soy siempre el mismo instante"».
Dentro de la consideración de obra predecesora que se ha dado a esta novela respecto a la tendencia literaria del Realismo mágico, también cabría decir (en México y otros países se ha dicho en multitud de ocasiones) que Los recuerdos del porvenir, es una anticipación del movimiento feminista actual. Elena Garro afirmó en más de una ocasión que «en México por el simple hecho de ser mujer todo queda invalidado». ¿Es suficiente hacer afirmaciones como esta para calificar a alguien de feminista? Según algunos analistas no, pues para serlo hay no sólo que estar a favor de la causa de las mujeres, sino luchar políticamente por ese objetivo; ella políticamente luchaba por los derechos de los campesinos, mujeres incluidas en el grupo, claro. Yo creo que Elena Garro en esta novela, que es un auténtico clásico, levanta su voz contra la opresión de unas personas sobre otras sean éstas hombres (Nicolás Moncada, Felipe Hurtado, Pepe Ocampo...) o mujeres (Julia, Luisa, Isabel Moncada...). Pero en fin, ahora todo se vuelve precursor de lo que esté en candelero; el feminismo es un movimiento muy fuerte y se le buscan, y se le encuentran, antecedentes en casi todo lo que en su día despuntó, ya sea Santa Teresa o María de la O Lejárraga, mujer esta última que firmaba con el nombre de su marido las obras que ella creaba. 

Nota.-
Los recuerdos del porvenir me sirve para añadir un título más al Reto 'Nos gustan los clásicos'. Asimismo con el apellido Garro cumplimento la letra G del Reto 'Autores de la A a la Z'
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De propina, una poesía para celebrar debidamente este 21 de abril, Día de la Poesía:

POEMA LUNAR 4 - de Gocho Versolari Poeta
(tomado del facebook de Mª José Luque Fernández)

Las mujeres
guardan la luna en la planta de los pies.
Los hombres la buscamos
desordenadamente
en los senos,
en el sexo,
en los ojos,
a lo largo de sus piernas,
en el hueco de sus hombros...
...y ellas andan descalzas
y la luna en sus plantas
sube
y
baja
del talón a los dedos:
navío al garete,
niño furioso y riente;
la esquiva luna en las pequeñas plantas
con misterios crujientes;
con su carga de toros
y de recién nacidos;
de bestias
y de hombres...
Nos bastaría
besar las plantas
del talón a los dedos
y llenarnos de luna
la glotis,
el esófago;
la vieja luna invadiendo las entrañas
y atragantando de claridad
la vida entera