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3 oct 2024

Abraham B. Yehoshúa: "Una mujer en Jerusalén"

20 comentarios:

«Recuerda que días atrás se había fijado para ese día una reunión extraordinaria para valorar un incremento de la producción debido al cierre de los territorios, ya que esa medida había aumentado la demanda de pan en las zonas palestinas, y mucho más cuando algunas pequeñas panificadoras palestinas habían sido destruidas por ser sospechosas de fabricar también explosivos.»

Literatura hebrea, Pacifistas judíos, Israel
Mi excelente amiga Rosa, del blog Cuéntame una historia, reseñó hará poco más de una semana, Una mujer en Jerusalén de Abraham B. Yehoshúa. Como hago habitualmente, leí su crítica de la novela que como siempre me satisfizo plenamente. Es Rosa mujer de muchas lecturas y posee un olfato literario fantástico que le sirve para distinguir lo bueno de lo malo, la buena literatura de la otra, abundante y mediocre. Confiesa en su reseña que buscando un autor cuyo apellido comenzase por Y a fin de cumplimentar esa letra en el Reto del blog Lecturápolis al que está apuntada este año 2024, recordó o se topó con esta novela de Yehoshúa que tenía apuntada, nada menos que desde 2013, en su lista de lecturas pendientes. Y decidió leerla. Afirma textualmente, como cierre del buen comentario que hace del libro, lo siguiente: «Trataré de encontrar más libros de este autor israelí, de origen sefardí; pacifista y luchador por un tratado de paz entre israelíes y palestinos; licenciado en Literatura y profesor en la Universidad de Haifa, y que murió en 2022».  A esto añado yo que Abraham B. Yehoshúa nació en Jerusalén el año 1936 muriendo en Tel Aviv en la fecha que dice Rosa en su blog. 


Una mujer en Jerusalén
Quedé yo tan satisfecho con la lectura de la entrada sobre la novela que hacía Rosa en su blog que me dije: ¿por qué no hacer yo lo mismo que ella, o sea, elegir a A. B. Yehoshúa para rellenar esa letra Y del Reto "Autores de la A a la Z" en el que también participo con sumo agrado desde hace ya unos cuantos años? Pues dicho y hecho, busqué el título y en pocos días lo he leído y lo he disfrutado. Desde luego este israelita escribe como los propios dioses. Yo, como mi amiga, finalizada la lectura de la novela también me propongo en un futuro próximo leer más cosas suyas.

Nada hasta ahora había leído de este israelí sefardíta. Me ha gustado su manera de escribir: amena, directa, con notas de humor, con claros mensajes de actualidad sobre su país contenidos entre líneas. La novela la escribe en 2004 y aparece publicada en España en 2008 por la editorial Anagrama. Su título original traducido al español era 'La misión del director de recursos humanos'. Ya sabemos que en España gustamos mucho de cambiar, en libros y películas especialmente, los títulos originales por otros que se nos antojan más entendibles para el público. La verdad es que el que el propio escritor puso es más acorde con el protagonismo central de uno de los personajes, mientras que el de 'Una mujer en Jerusalén' en mi opinión resulta como más desvaído, demasiado genérico; de hecho se fija más en la anécdota que motiva la acción que en el protagonismo de la susodicha mujer. 
Una mujer en Jerusalén lleva un subtítulo: Una pasión en tres actos. Y esos tres actos se corresponden con los tres capítulos que constituyen la novela: El director, La misión y El viaje.

Todo comienza con la llamada telefónica de un periodista local al anciano dueño de una prestigiosa panificadora de Jerusalén comunicándole que en el depósito de cadáveres yace desde hace ya siete días el cuerpo de una mujer muerta en el último atentado suicida ocurrido en el mercado central. La tal mujer no llevaba sobre sí más papeles que una nómina sin nombre de trabajador expedida por esa panificadora jerosolimitana. Le avisa el periodista de que el próximo fin de semana sacará en el diario un artículo comentando la dejadez de la empresa que no ha sabido dar datos de la tal mujer, así como la falta de caridad y empatía al no haberse interesado por la trabajadora al ver que no se presentaba en su puesto de trabajo.

El dueño de la panificadora, que ya tiene 87 años, no desea que sus últimos años de vida se vean empañados por un suceso tan penoso; es por ello que encarga al director de recursos humanos que le dé  a la mayor brevedad información cierta sobre quién pueda ser esta trabajadora para ponerse en contacto con sus familiares y proceder al entierro de sus restos. Es viernes y el director, que está divorciado, debe de ocuparse de su hija con la que ha quedado a la salida de su instituto. El empresario no admite excusas y le dice que sea su secretaria personal la que se ocupe de atender a la chiquilla. Así comienza la investigación que el director de RRHH hace sobre una trabajadora que él debió de entrevistar en la correspondiente selección de personal, pero de la que no guarda el más remoto recuerdo. Es ahora su propia  secretaria la que al saber que en la nómina ponía que era trabajadora de la limpieza de la panificadora en el turno de noche busca el expediente y encuentra que se trata de una tal Julia Ragayev que llevaba sin aparecer por su puesto de trabajo desde hacía un mes. Pero si no iba a trabajar ¿por qué se le seguía pagando el sueldo? 

Comienza así la investigación del director de personal que poco a poco se va interesando cada vez más por el caso. Sus pesquisas le llevan a contactar con el periodista ('la víbora', lo llama él) que amenaza con un  duro artículo por la dejadez mostrada por la empresa; habla con las vecinas de la casa -una barraca o chabola, más bien- donde se alojaba Julia; dialoga con el supervisor de la Ragayev en la panificadora, quien le habla de la belleza de la fallecida... Una vez localizada e identificada, el director de RRHH cree que su función ya ha finalizado y que podrá regresar a su casa para ocuparse de su propia hija. pero de eso nada, pues el dueño de la empresa le dice que estaría bien que, una vez encontrada, entregasen a la familia de la fallecida, -extranjera ella, sin que en ningún momento se diga exactamente de donde era-, una compensación económica por el despiste que con ella han tenido. De esto también será el director de personal el encargado. Y es tanto el frenesí que pone en esta misión que cuando en vez de enterrarla en la capital de su país, un familiar proponga hacerlo en su pueblo natal el protagonista se ofrecerá él mismo a acompañarlos. 

La historia es francamente entretenida y la manera que tiene Abraham B. Yehoshúa de presentarla es ciertamente curiosa y original: en tercera persona cuando el narrador es un ser que todo lo conoce, y en primera cuando son los propios personajes colaterales del relato (compañeros de trabajo de la fallecida, los camareros de la cafetería donde dialogan el Director de RRHH y el Supervisor, las chicas ortodoxas vecinas de la chabola donde ella vivía, los habitantes de la localidad donde ¿finalmente? darán tierra a Julia Ragayev...) quienes desde su posición observan la actuación de este Director de Recursos Humanos. Además, presenta los dos diferentes tipos de narrador con distinta tipografía: en versalitas las partes del narrador omnisciente y en cursivas las relatadas en primera persona.

Escritores judíos, Conflicto árabe-israelí
(foto extraída de Biografías y Vidas)
Es Abraham B. Yehoshúa un israelita comprometido con la paz. Abogó por el entendimiento de las dos partes en conflicto. Esto no empece que fuese, durante el tiempo correspondiente y obligatorio para cualquier israelita, soldado del ejército de su país. Pero cuando se licenció participó en movimientos izquierdistas que buscaban la solución. Es paradójico que cuando estoy escribiendo esto Israel esté bombardeando el Líbano tras haber destrozado y reducido a cascotes y miles de muertos la franja de Gaza. Y lo más grave es que, vista la respuesta que Irán ha realizado esta pasada noche, la guerra no tiene visos de acabar pronto. Cuarenta y tantos mil muertos dicen los informativos hay por ahora. ¡Terrible! 

He encontrado muchas alusiones a la realidad que vive este país incrustado en medio de otros que se han mostrado en tiempos como enemigos suyos y otros que se siguen manifestando de este modo. Delicadamente, como si nada, formando parte de la naturalidad y del día a día de Israel, Yehoshúa desliza frases sencillas, como la cita que abre esta reseña, que sirven para contextualizar la historia que se relata, una historia que sucede en un país atravesado por la neurosis social, la disociación, la pura esquizofrenia:
  • «¡Oh!, buenas gentes, decidnos qué está ocurriendo en Tierra Santa. ¿Quiénes son estos muertos que nos mandáis sin cesar? ¿Es que hay alguien que se beneficia de todo esto?»
  • «Al calor de la calefacción del coche, que se desliza por las carreteras mojadas y desiertas de Jerusalén este, peor iluminada que la parte occidental de la ciudad»
  • «Al árabe [un trabajador árabe de la panificadora] le agrada tener la oportunidad de quedarse solo en su lugar de trabajo, como dueño y señor, y así poder levantarse más tarde y ahorrarse la humillación de tener que pasar por tres puestos de control.»
Y finalizo ya señalando los finos rasgos de humor que este escritor muestra, como al descuido, en Una mujer en Jerusalén. Vemos al Director de personal separado de su mujer que ha vuelto a casa de su madre y que, claro, hay días en que, si él no avisa, la mujer cierra la puerta con llave con lo que él se queda en la calle («se olvidaba de que cuando él no duerme en casa su madre echa la cadena, por lo que ahora le es imposible entrar»). O cómo lo pasan los soldados del país natal de la mujer fallecida en un búnker construido durante la guerra fría y dedicado ahora al turismo («la camarera se queda ociosa y el oficial se ve obligado a distraerla en la cama.»). Por esta frase del búnker más otras como la que afirma que el soldado que vigila en el búnker es «un soldado cosaco», o que el trayecto en avión desde Jerusalén ha sido de cuatro horas, además del apellido Ragayev de la mujer jerosolimitana, mi cabeza me dice que el país a donde se dirigen para darle sepultura -cristiana sepultura, además- bien pudiera ser ¿Ucrania? ¿Kazajistán? Por último el tremendo jetómetro (permítaseme el barbarismo, pero no encuentro mejor término para describir a este personaje) que tiene la Víbora, el periodista que desata todo el asunto, que no se corta un pelo para aprovecharse del teléfono móvil vía satélite que porta el Director de RRHH a pesar del enorme coste de esas llamadas; o la foto que maquinan hacer él y su fotógrafo del momento del sepelio
«está seguro de que el fotógrafo sabrá aprovechar un momento de distracción y hacer, sin necesidad de flash, una fotografía apropiada para incluirla en su periódico junto a la sección de los anuncios de casas y coches en venta.»
Como se ve en la cita que cierra esta reseña, el capitalismo de la sociedad de consumo en que vivimos no se arredra ante nada, ni siquiera ante la muerte de una inocente caída por culpa de un conflicto político que dura años -siglos pudiera decirse también- y cuya resolución no parece cercana.

 

13 oct 2023

Los Zelmenianos. Novela de Moyshe Kulbak

23 comentarios:

«El gato dormitaba junto al horno. La tía guardaba silencio cuando escuchaba el consejo que le llegaba de todos lados:
—¡Que Itche vaya a trabajar en una fábrica textil!
Nunca habría creído el tío Itche que en su vejez cometerían con él semejante bajeza.
—¡Conviértete en obrero de una vez! ¡Viejo tonto! —le insistían»

Moyshe Kulbak, Los Zelmenianos
Realizar el Reto 'Autores de la A a la Z' tiene muchas ventajas. Una de ellas es la necesidad de buscar autores cuyo nombre o apellido con el que se le identifica comience por determinada letra. La 'K' es siempre complicada de cumplimentar, pues además de Kafka y algunos escritores orientales pocos más lo portan. Por esto cuando en la última Feria del Libro de Madrid me detuve en la caseta de la editorial zaragozana Xórdica y vi la novela de Moyshe Kulbak dije para mí: «lo encontré». Tomé el libro en mis manos y comencé a hojearlo. Quien atendía al público, al detectar mi interés, amablemente se dirigió a mí y me explicó la génesis de Los Zelmenianos, su primera escritura en yiddish, el malhadado destino de su autor al caer en desgracia estalinista, la ignorancia en España de este título hasta que en 2016 la editorial Xórdica la publicó en traducción de Rhoda Henelde y Jacob Abecasís directamente desde el yiddish, y otra serie de informaciones más.
Todo esto que digo me contó el vendedor; tan bien lo hizo, que me convenció y procedí a adquirir la novela. La he leído, la he disfrutado, me ha mostrado aspectos de la primera URSS que desconocía, y he transitado por tres generaciones de judíos bielorrusos a lo largo de unos setenta años. Una grata experiencia.

Los Zelmenianos es una novela de Moyshe Kulbak a la que, como digo, he llegado de carambola, casi sin proponérmelo. Sin embargo el resultado ha sido bueno pues la historia me ha parecido interesante y el estilo utilizado en ella también me ha resultado curioso. Pese a estos dos rasgos (historia y estilo) confieso que en ciertos momentos me ha supuesto cierto esfuerzo avanzar en el libro. He logrado culminarlo y ahora ya, desde la cumbre de la novela acabada, creo que la historia merece y que la peripecia vital del autor debe de ser conocida, admirada y sí, también, llorada.

En fin, estamos en la Rusia soviética que está llevando a cabo la instauración de programas de colectivización superada ya la guerra civil que siguió a la primera guerra mundial, conflicto bélico durante el cual se produjo la Revolución de 1917. En esos años de colectivización obligada por las autoridades estalinistas (1928-1933) se está realizando la verdadera revolución que romperá la unidad dentro de las comunidades. En el caso de la novela de Moyshe Kulbak la comunidad (el «patio de reb Zélmele») está radicada en Minsk y es de judíos askenazis bielorrusos dedicados a artesanías liberales (relojería, sastrería, carpintería, curtiduría...); este tal reb Zélmele levantó el patio junto a su esposa, la abuela Bashe, 70 años atrás. 
 
Lo que se nos cuenta en Los Zelmenianos es la historia de los cuatro hijos que tuvo esta pareja y la de sus nietos, los hijos de estos cuatro. Cómo los ideales de reb Zélmele cayeron empujados por un supuesto progreso que imponía el maquinismo, el Cine, la industrialización, la electricidad, el mundo fabril que iba contra el trabajo individual artesano que era lo que practicaban estos judíos (sastre, relojero, carpintero...) tenidos por esto como kuláks, pequeño-burgueses contra los que había que ir. El choque y la incomprensión se produce entre los cuatro hijos de reb Zélmele (tío Itche, tío Zishe, tío Yuda y tío Folie) y sus propios hijos y sobrinos. La manifestación de este distanciamiento, ruptura generacional entre padres e hijos viene significada en el alejamiento de la práctica religiosa de los jóvenes («bribones») respecto de sus mayores. Así Sonie y Tonke, hijas de tía Guite y tío Zishe, se emparejan y tienen hijos con gentiles, algo que sus padres y tíos no comprenden pero deberán aceptar. Incluso, una de ellas, Tonke, regresará al patio tras una larga estancia fuera de casa sola y con un bebé en sus brazos. 
La edición incorpora a manera de marcapáginas el árbol genealógico de los Zelmenianos

Hay una fuerte crítica al sistema comunista que se está imponiendo desde arriba con la aceptación forzada de los súbditos. Entrar en el Partido, hacerse funcionario de las diferentes agrupaciones socialistas comunitarias que están surgiendo es una buena cosa para sobrellevar estos súbitos cambios. Así Bere, hijo de tía Málkele y tío Itche, al volver de la guerra se hace policía y en el «patio» será la autoridad a quien consultar cuantas acciones se realicen allí. Incluso Bere, casado con Jáyele, la hija de tío Yuda y tía Hesie, se negará a ponerle el nombre judío de Zalmen a su hijo; a cambio le pondrá el nombre de Marat. La justificación que da para evitar el nombre del abuelo es ciertamente insidiosa:
 «Aún he de reflexionar sobre el nombre, pero en cualquier caso el niño no se llamará Zalmen, debido a que el abuelo reb Zélmele fue, según muchos indicios, un kúlak, un campesino rico, y además no tengo del todo claro de dónde sacó el dinero para construir el patio. Sí, realmente, ¿de dónde?» 
Sobre este abandono de la tradición y el choque padres-hijos se ve cómo al morir el tio Zishe, su yerno, Pavel Olshevski, no judío marido de Sonie, le pregunta a ésta por cuestiones religiosas demostrando su más absoluta ignorancia. Hay que recordar que este casamiento fue algo que siempre enfadó a Zishe hasta el punto de haber sido el desencadenante de su fallecimiento.
En el extremo opuesto de estos «jóvenes bribones» están los padres y tíos «juiciosos» cuya vivencia del judaísmo en sentido pleno puede verse en muchos momentos. Uno de ellos muy evidente y significativo se da cuando el tío Yuda decide abandonar el patio y prepara su equipaje:
«metió el taled y las filacterias, el violín, una libra de pan, un par de cebollas, en fin, todo lo que necesita un ser humano para emprender viaje.»

En cuanto al estilo utilizado hay que decir que en la época en que Moyshe Kulbak publica por entregas los episodios que componen Los Zelmenianos los escritores sufrían una fuerte presión para que abandonasen cualquier experimentalismo literario y se acomodasen a la línea oficial del realismo socialista. En la novela se encuentran manifestaciones de ambas tendencias, si bien predomina la del realismo socialista que poco o nada dejaba a la imaginación libre del lector. 

Experimental es la ruptura de la linealidad gráfica de un párrafo acercándolo a la formalidad propia de los metros poéticos. La finalidad claramente es la de imprimir ritmo fónico a la expresión:

«El salón está envuelto en la penumbra. Tsalke el del tío Yuda, con los codos apoyados en la mesa, fuma un cigarrillo de liar. Contempla como salen a empujones, entre risas,
      a través de
                            la puerta,
                                                los
                                                        ocho
                                                                        bribones.
»

Respecto a esta y otras innovaciones dentro de la novela hay instantes muy logrados. Así en el capítulo 16 del libro 2, y también en otras partes del libro, el autor escribe una prosa rítmica, con recursos propios de la lírica. Es una prosa que a retazos más o menos regulares repite una secuencia fónica Noche cálida»/ «Noche oscura. Tierra negra, tejados negros, en vísperas del brote de los tonos verdes» / «La Osa Mayor, vista del revés, cuelga del cielo en el lado norte del patio»)

Algunos otros vanguardismos utiliza Moyshe Kulbak, pero, como digo, predomina la línea realista que el socialismo real imponía en arte y literatura. En este sentido, y pese a todo, también el escritor bielorruso consigue momentos de elevada belleza, aunque a veces, quizás por esa imposición estética, algo almibarada:
«En las márgenes del patio de reb Zélmele se han formado alegres regueros burbujeantes de vísperas de primavera, y sobre las paredes pasean retazos soleados. El patio se va despojando de las sucias nieves como un ave se sacude las gotas de lluvia»

Moyshe Kulbak. muestra en Los Zelmenianos su total oposición a arrancar por la fuerza las tradiciones. Él, judío askenazi como los personajes de su relato, no se opone a lo bueno del Nuevo Orden comunista, pero sí denuncia las barbaridades que en su nombre se estaban cometiendo. Ese enfrentar generaciones entre sí, hijos con padres, hermanos con hermanos sólo por razones ideológicas disgusta al escritor bielorruso. Todo esto lo expone con suma claridad en esta narración. Y por esto no fue del agrado de las autoridades, las cuales en 1937 retiraron del cartel la representación de una obra suya por, según estos funcionarios, presentar «demasiados mendigos y barbudos abandonados, y demasiados pocos proletarios».

Moyshe KulbaK, Los Zelmenianos
Retrato de Moyshe_Kulbak_1984_
Anatoly_Nalivaev (de Wikipedia)
Hasta que se produjo su caída en desgracia en ese año de 1937 su producción literaria había sido aceptada dado que mostraba las tradiciones y el folclore del pueblo judío sufriendo muchas veces bajo la opresión zarista. Sin embargo cuando en 1931 se publica en Moscú el primer libro de la novela titulado «Los Viejos» y en 1935 en Minsk el segundo de nombre «Bere», ambos escritos en yiddish o judeoalemán,​ idioma perteneciente a las comunidades judías asquenazíes tanto del centro como del este de Europa, comenzó a ser mal mirado por los mandatarios quienes en 1937 lo encarcelan, enjuician por subversivo y lo condenan a muerte. Su esposa también sufriría cárcel durante diez años. A ella, de nombre Zelda, le dirán cuando la liberen en 1946 que «Moyshe Kulbak halló la muerte en 1940 por extenuación».

Para finalizar
No quisiera cerrar esta reseña sin señalar la innegable veta humorística que aflora no pocas veces en esta novela. Así no he podido por menos que recordar la película  Tiempos modernos de Charles Chaplin cuando el tío Zishe, que era persona respetable y burguesa «se sintió empujado con todos los demás, comenzó también él a gritar algo y por un instante pasó por su imaginación que él también era un bolchevique, ¡estaba marchando detrás de la bandera roja!». Cuando es consciente de su desatino, se marcha de la manifestación a través de una callejuela lateral. Mi evocación de Charlot al frente de una manifestación obrera me hizo sonreír; más tarde, comprobando fechas, vi que la película de Chaplin apareció un año más tarde que la segunda novela de Kulbak. ¿Quién influyó a quién? Está claro.
La ingenuidad de estos judíos artesanos liberales la muestra el judío Moyshe Kulbak presentando a otro de los tíos, el tío Itche, disfrutando de manifestarse como representante de los artesanos independientes portando en sus manos un ramo de flores para entregar a un comandante del Ejército Rojo. ¿Artesanos independientes en la Rusia soviética estalinista? ¡Qué humorada!

También hay humor en la referencia metaliteraria que el propio autor hace de sí mismo poniendo en boca de Tonke un poema suyo. El propio novelista se identifica como zelmeniano, o sea, judío de los Viejos, en palabras de Tonke:

«Hay una canción de un poeta zelmeniano de nombre Kulbak, que siempre me ronda por la cabeza:
Y a los jóvenes de bronce
les asaltó entonces
la voluntad
de calmar
la ira
de los años
desperdiciados.»
Esta misma Tonke, en el libro segundo cuando vuelve al patio con un hijo sin padre en sus brazos, es requerida por la vieja esposa del bedel de la sinagoga, la tía Neje, y por Ester, la maestra de caligrafía, para que les diga el nombre del padre de su bebé. Ella se revuelve y les dice que era un buen bolchevique y además gentil. Ellas le proponen que se case con un judío para solventar la situación. ¿Por qué no con Tsalke? Al negarse ella, muchos de los del patio dicen cosas como que rezando nadie se ha quedado embarazada 
«Por rezar sus oraciones nocturnas, tío [al tío Zishe, su padre], ninguna mujer se ha quedado encinta.»
Humor y metaliteratura, una buena combinación que es fácil que pasara desapercibida para no pocos lectores.  

Muy humorístico me ha resultado el consejo que tío Yuda le da a su hijo Tsalke, tantas veces suicida quedado en el intento. Le dice que mejor que seguir siendo sólo intelectual, gran conocedor de la Torá, se hiciera bolchevique: «Si te haces bolchevique, vas por ahí con la bandera, y dices lo que hay que decir... [...] Tú eres una persona, bendito sea Dios, que maneja una pluma. Tú escribes, explicas, y entonces , ¿por qué no demostrarles que en realidad están equivocados, eh?...» Y a renglón seguido, aunque alaba que se derrocara al zar, critica que ahora, en ese preciso momento, se persiguiera todo lo judío.

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Con Los Zelmenianos de Moyshe Kulbak avanzo en la consecución de los retos "Autores de la A a la Z" y el de "Nos gustan los clásicos".


29 sept 2016

David Grossman, autor de "Gran Cabaret"

12 comentarios:
Aclaración preliminar
Cuando el blog "Cuéntame una historia" de Rosa Berros me invitó a adherirme a la iniciativa "Libros encadenados" lo hice diciéndole que leería "Gran Cabaret" de David Grossman, pero que tardaría algún tiempo. Bueno, pues no ha sido así. Hay ocasiones en que una lectura parece perderse debajo de una inmensa resma de libros y otras, -como ha ocurrido en esta ocasión-, en que contra todo pronóstico lo que habíamos programado para más tarde se impone y se encarama a la primera posición. 

David Grossman, Vasili Grossman, "La vida entera", "Vida y destino"

¿Por qué pasan estas cosas? Pues no lo sé, ni tampoco creo que exista una Ley universal que explique el fenómeno; sólo puedo lanzar suposiciones que intenten dar una justificación medianamente lógica. En el caso que nos ocupa debo confesar que cuando pensé en este título, que había llegado a mis manos de manera casual, la memoria -mi mala memoria, evidentemente- me jugó una mala pasada: confundí a David Grossman con otro Grossman de nombre Vasili. Ambos, además, tienen una obra cuyos títulos comparten la palabra 'Vida': "La vida entera", David Grossman; "Vida y destino", Vasili Grossman. Cuando elegí leer a David estaba pensando en Vasili. Confieso mi error pues, aparte del apellido, de la palabra 'vida' en una de sus obras y ser judíos los dos, la 'Vida' particular de cada uno de ellos fue distante y distinta: Vasili nació en la Rusia Imperial en 1904 y murió en la Rusia Soviética en 1964; mientras que David nació en Jerusalén en 1954 y está actualmente en plena actividad creadora. Pido perdón, pues cuando en el post yo afirmaba haber leído la obra "La vida entera" me equivocaba de medio a medio dado que la obra en la que estaba pensando en  ese momento era "Vida y destino" de Vasili. Perdón, perdón, perdón.

Al advertir mi confusión, rápidamente, quizás para amortiguar la culpa, me puse con "Gran Cabaret". Y así, sin comerlo ni beberlo, la novela del israelita Grossman se saltó la cola de la que formaba parte sin importarle nada los murmullos, los ahogados silbidos y hasta algunos velados insultos que otros libros a punto estuvieron de proferir. Natural el enfado, ¿no?  



Gran Cabaret, Novela política, Novela de denuncia, literatura judía, Israel

Mi
reseña  
sobre
Estamos en Natanya, una ciudad costera israelita. Durante dos horas Dóvaleh, un showman, entretiene a un público entregado en su cabaretera función diaria. Al local, el histrión Dóvaleh Grinstein lo nombra Cesarea, igual que la ciudad judía al norte de donde él y su público se encuentran,