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9 may 2025

Los nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez

13 comentarios:

«Y entonces se terminó ese año y empezó el siguiente, y de verdad creíamos que todo empezaba de nuevo. […] Y me acuerdo de que Feliza sonrió apenas, pero sonrió, y contestó: “Sí, sí. Eso es definitivamente lo que voy a pedir”. Nos pusimos los abrigos y salimos. Viernes 8 de enero, con un frío de espanto, casi nadie en las calles. Y de esto me acuerdo: los periódicos habían dicho que esa noche iba a nevar.»

Juan Gabriel Vásquez, Los nombres de Feliza
Creo haberlo escrito ya más de una vez en este blog: el azar, la casualidad, la pertinente alineación de los astros, un sinfín de concatenaciones se producen para llegar hasta o alejarse de una lectura. Digo esto porque de Los nombres de Feliza de Juan Gabriel Vásquez me alejé voluntariamente en una ocasión cambiando en mi librería de cabecera un ejemplar del libro que con afecto me acababan de regalar por otro de la nobel surcoreana Han Kang de quien hasta ese momento nada había leído. Pero ¿por qué decidiste no leer la última de Juan Gabriel Vásquez, diréis, cuando venía avalada por un alto número de críticas elogiosas? Precisamente fue una de esas críticas, la firmada por Santos Sanz Villanueva en El Cultural del día 31 de enero de este año, lo que me empujó a hacer uso del cheque-regalo que acompañaba a la novela y cambiarla por Imposible decir adiós de la  Premio Nobel de Literatura 2024. ¿Tan fuerte, pues, era lo que afirmaba Sanz Villanueva?  A mí, desde luego, en una primera lectura del artículo así me lo pareció; sin embargo cuando degusté satisfactoriamente la novela y volví a leer la susodicha reseña me di cuenta de que en ella abundaban más los elogios que las críticas, aunque los dos "peros" que le ponía al autor colombiano, también yo, ahora, los suscribo plenamente.

Antes de decidirme a leer el libro, en mis paseos por blogs amigos y/o de prestigio leí una o dos reseñas sobre Los nombres de Feliza. La muy elogiosa escrita por mi gran amiga Rosa Berros en su blog Cuéntame una historia me incitó a dejarle un comentario señalándole mis reticencias y temores sobre la novela de Juan Gabriel Vásquez. En amable respuesta ella, para convencerme de las bondades de esa narración, se comprometió a prestarme el libro para que las comprobase por mí mismo. Y su ofrecimiento no era una broma, pues a los pocos días se materializó con la llegada por correo hasta mi casa de la novela Los nombres de Feliza. Muchas gracias, Rosa.

Naturalmente, lo he leído nada más recibirlo suspendiendo el orden de lecturas que tenía programado. Y  he de decir, así ya de entrada, que la novela me ha gustado. Me ha sucedido con ella lo que sólo me ocurre con algunas lecturas y que cuando me pasa íntimamente me viene a certificar la calidad de lo que tengo en las manos. Resulta que desde que en mi primerísima juventud leyera La ciudad y los perros del recientemente fallecido Mario Vargas Llosa, mi listón personal del muy seguro agrado lector viene marcado por el irrefrenable deseo nada más despertar de seguir leyendo el libro que el día anterior tuviera en mis manos. Exactamente esto es lo que me ha ocurrido con Los nombres de Feliza. 

La novela es ejemplo de la tendencia narrativa de la autoficción, hoy tan en boga. Consiste la misma en que el autor se ficcionaliza y se permea dentro de la narración. Aquí, él se transmuta en la figura del narrador y construye un relato, la novela que estamos leyendo, en la que cuenta la historia de una compatriota suya, la escultora Feliza Bursztyn. La idea de escribir este relato nació en el novelista a raíz de la lectura que realizó, durante su primera estancia en París el año 1996, de una columna contenida en un libro de García Márquez, Notas de prensa, que recopilaba artículos publicados en prensa por él mismo entre 1980 y 1984. Allí leyó la columna que el 20 de enero de 1982 escribiera Gabriel García Márquez (Gabo) en el diario español El País en la que daba cuenta de la muerte de una escultora colombiana exiliada en Francia por entonces. La escultora, de apellido imposible, era hasta ese preciso momento totalmente desconocida por el jovencísimo periodista. Pero lo que constituyó la espoleta para que el por entonces bisoño escritor Juan Gabriel Vásquez comenzase a pergeñar en su interior la novela que tenemos en las manos es que Gabo colocaba como causa de la muerte, la tristeza:
«La escultora colombiana Feliza Bursztyn, exiliada en Francia, se murió de tristeza a las 10:15 de la noche del pasado viernes 8 de enero, en un restaurante de París.»
¿Por qué esta mujer moriría de tristeza? ¿Por qué murió relativamente joven, con sólo 48 años? ¿Cómo es que nació su dedicación a la escultura? ¿Estuvo casada? ¿Tuvo descendencia? ¿...? Estos interrogantes y muchos otros más se abrirían en la mente de Juan Gabriel quien desde ese momento, unos años más y otros menos, comenzó a documentarse sobre Feliza Bursztyn: la 'escultora de la chatarra', una mujer independiente, liberada, que no admitirá el destino de mujer que le esperaba (dedicarse en exclusiva a la crianza de sus tres hijas), una mujer con inquietudes intelectuales que le llevaron a relacionarse con grandes figuras colombianas del mundo de la pintura (Alejandro Obregón, Jorge Gaitán Durán o Beatriz Daza), con escritores (Santiago García o Gabo), con críticos de arte (Marta Traba o Casimiro Elger)... 

Se asiste, leyendo la novela, a la vida de esta mujer de origen polaco, perteneciente por ascendencia familiar a la comunidad judía yiddish abundante en ese país a principios del siglo XX. Sus padres en 1930 a la vista de los acontecimientos que en Europa estaban acaeciendo deciden abandonar el continente y toman un barco que por puro azar los dejará en Colombia donde comienzan a hacer su vida. Allí, en Bogotá, nacerán Hela y cuatro años después su hermana Feliza. Es, pues, la protagonista de la novela colombiana de nacimiento, aunque su apellido polaco y sus rompedoras actitudes vitales harán que las fuerzas vivas del país siempre la consideren ajena, extranjera.

escultura colombiana, Vanguardismo escultórico, Escultura y Política

La tremenda personalidad de Feliza choca a la sociedad de su tiempo, incluida su propia familia. A los diecisiete años se casa con el judío norteamericano Larry Fleisher, a quien conoce en Nueva York, y lo hace pese a la oposición de sus padres que la veían demasiado joven para ello. Larry y ella vivirán en Bogotá y allí tendrán tres hijas; sin embargo pronto la afición de Feliza por el arte, por la pintura, por el mundo artístico la llevarán a pasar fuera de casa más tiempo del que Larry considera propio de un hobby. Pero es que el arte no es para Feliza un mero entretenimiento, un pasatiempo; para ella es su razón de vivir. Y eso Larry no lo entenderá. En los círculos de artistas, críticos de arte, poetas, escritores... en los que Feliza se mueve conocerá a Jorge Gaitán, un poeta que la atrae fuertemente. Jorge también está casado y tiene un hijo. La situación para ambos en Bogotá es complicada, asfixiante. El entorno de Feliza no soporta su actitud al abandonar a sus tres hijas y marchar a vivir en la misma ciudad con el amante, un hombre que además es 'goy' (no judío). Es por esto que ambos toman la decisión de abandonar Colombia y marchar a París donde el mundo artístico está en plena ebullición. La ruptura con todo lo anterior es total, tremenda. Su propia familia no logra comprenderlo y Jacobo, su padre, hasta realizará una ceremonia judía en la que simulará que su hija ha muerto para él y para la comunidad.
«Feliza entendió que el dolor de su padre era verdadero, pero le pareció además entrever otros desórdenes: pues un clima envenenado se había instalado en la comunidad por su culpa, y las niñas no eran más que la encarnación en el mundo de esas ideas etéreas. Lentamente se dio cuenta de que unas inercias invisibles y monstruosas, que nadie podía controlar porque no estaban en ninguna parte, unas inercias que salían de los fondos más recónditos de las tradiciones y las memorias y las leyes que nadie había escrito nunca, fueron arrinconando a sus padres, exigiendo la reparación de algo que se había roto, no, exigiendo algo más fuerte todavía que sólo podía llamarse de una forma: expiación.»
La muerte es elemento importante en la novela. SPOILER:Jacobo se la aplicó simbólicamente a Feliza y luego más tarde él la sufriría en la realidad. Feliza, que estaba en Israel, acudirá a su lado y Jorge desde París parte para acompañarla. Pero la mala suerte hará que el avión que lo trasladaba tenga un accidente Fin del SPOILER. Luego vendrían otras muertes de artistas y amigos hasta llegar a la suya propia en París al lado de su último amor, Pablo Leyva. 

En la construcción de la novela Pablo Leyva será importantísimo para Juan Gabriel Vásquez, pues es él la fuente viva que más cosas le contará de Feliza. Tras su relación con el poeta Jorge Gaitán, un día, habiéndose citado con su amiga y crítica de arte argentina Marta Traba, que estaba pensando abandonar Colombia al sentirse presionada por la policía, Feliza comenzará su relación con Pablo
«Allí, entre poetas inéditos y actores delgados y artistas en busca de un lugar en el mundo, estaba un hombre de barba densa y mirada amable que no dejaba de hablar del Apollo 11 ni de Neil Armstrong, y se preguntaba en voz alta lo que se sentiría en la planta del pie cuando uno pisaba la Luna. Feliza lo reconoció: era Pablo, sí, Pablo Leyva.»
Es con la memoria inestable de Pablo Leyva Franco, de 83 años, al que visitará el autor-narrador en su apartamento bogotano con la que en gran medida organizará el relato de la vida de Feliza Bursztyn. Precisamente es la estructura dada a la narración lo que más me ha agradado de la novela. Hay mucho trasiego temporal en un avanzar y retroceder en el tiempo que parece sorprender, pero que según se lee se da uno cuenta de que es lo propio de la mente del principal relator de la historia de Feliza. 

Todo en el libro sucede en 10 días, los que van de la llegada de Pablo a París para estar con Feliza a la fecha del fallecimiento de ella el viernes 8 de enero de 1982. Y en estos diez días a través de la memoria de Pablo y la mucha documentación recopilada por el novelista a lo largo de los años conocemos la historia de Feliza: la de sus padres judíos polacos, Jacobo y Chaja; la de ella misma y su primer matrimonio con el judío norteamericano Larry Fleisher; la amistad de Feliza con la crítica de arte argentina Marta Traba que la introduce en los círculos artísticos bogotanos; su relación con Jorge Gaitán; la vida de ambos en París; etc, etc. Todo se nos va dando con vueltas atrás y anticipaciones, al tiempo que nos acercamos a esa muerte anunciada desde el principio de la novela -muy García Márquez, desde luego- del viernes 8 de enero de 1982. 

Junto a esta estructura no lineal, que me ha gustado mucho, Juan Gabriel Vásquez  utiliza una manera peculiar de situar en el tiempo los episodios de la vida de Feliza. Lo hace, no dando el desnudo y escueto dato del año en que ocurrió tal o cual cosa, sino aludiendo a sucesos históricos relevantes y seguramente conocidos por todos los lectores: asesinato de Kennedy, Revolución cubana, muerte del Che, guerra en Israel, asesinato del dictador dominicano Rafael Trujillo...

Esta manera de incorporar datos históricos relevantes de dominio del gran público la mayoría, así como las frecuentes referencias a autores, pintores y escultores de relevancia en Colombia y en el mundo son elementos que el novelista maneja con sabiduría y que contribuyen a que la obra se lea con mucho gusto. Este culturalismo presente en Los nombres de Feliza deriva lógicamente de que el personaje novelado es una artista -pintora y escultora- que vive inmersa en el mundo del arte. Como el mundo artístico e intelectual está frecuentemente entreverado con el político, los sucesos de esta índole son también muy importantes en esta narración. Una mujer libre, independiente de todo y de todos, bondadosa, artista y además rompedora (escultora de la chatarra) dentro de una sociedad muy conservadora es desde luego elemento más que llamativo. Es normal que como dice el propio Juan Gabriel Vásquez nada más leer él en 1996 la columna de Gabriel García Márquez sintiera el primer deseo de hacer algo a partir de eso
«Veintiocho años pasaron entre el origen remoto de esta novela -el primer pequeño latido, como diría Nabokov- y su punto final.» 
Muy interesantes son las opiniones que sobre la política se vierten en estas páginas. La actitud independiente de Feliza contribuye a la veracidad de las mismas. No es Feliza Bursztyn militante de nada. En todo caso su militancia estuvo en el campo de la escultura de vanguardia. Así  recordaba Pablo, tras los problemas que tuvo Feliza con la policía, una conversación mantenida con Santiago García, militante comunista, casado con Patricia Ariza, de idéntica militancia que su esposo
«Patricia me lo dijo el otro día: si Feliza pintara eucaliptos en acuarela, nada de esto le habría pasado. Me dijo: “No me persiguen a mí, que soy de las Juventudes, pero sí la persiguen a ella”... No se entiende. Se siente culpable, Pablo».
Los mismísimos periodistas se perdían con Feliza cuando le preguntaban por el sentido de su obra. La artista era tan irónica en sus respuestas, tan independiente, que los dejaba completamente descolocados. Al respecto es muy interesante un momento de la novela en el que un periodista interroga a Feliza. El novelista presenta esta entrevista utilizando el formato Pregunta - Respuesta propio del mundo periodístico. En un momento dado el periodista pregunta a Feliza por lo que ha pretendido transmitir con una escultura suya llamada "Las histéricas", a lo que la escultora algo enfadada le responde: 
«Ay, pero otra vez la misma cosa. Mire, si yo tengo que explicar mis obras se me va a ir la vida en eso y no voy a tener tiempo para hacerlas.
[...]
No me gusta que se obligue al escultor a decir lo que debería decir el crítico. No me gusta que se le pida al escultor explicar lo que debería sentir el espectador.»


Para finalizar
¿Tenía algo de razón Santos Sanz Villanueva en los 'peros' que ponía al libro? Pues en mi opinión, sí. El crítico de la revista El cultural achacaba a Juan Gabriel Vásquez el que, sin necesitarlo, dada su calidad como escritor, hubiese buscado premeditadamente el best seller, el éxito comercial. Y que para ello hubiese exagerado las referencias a Gabo (Gabriel García Márquez), sabedor de que sacarlo, incluso en momentos en que no era necesario, redundaría en que más lectores se acercasen a esta ya de por sí magnífica novela. Y si el nombre de Gabo le servía de aderezo o introductor de múltiples referencias historicistas, pues mejor que mejor. Así lo he podido detectar cuando al referirse a la salida de García Márquez de Colombia por miedo a ser detenido el novelista aprovecha para hablar de varios y diversos aspectos que poco o nada tenían que ver con el autor de Cien años de soledad
«"Pon Caracol, Feliza. Está pasando algo con Gabo". El programa de las mañanas habló del intento de golpe de Estado del 23 de febrero en Madrid, de un terremoto cuyas réplicas todavía se sentían, del traslado de la dictadura de Pinochet al Palacio de la Moneda y de la huelga de hambre de Bobby Sands, un miembro del IRA, y luego la voz del locutor de los cables de última hora, la voz melodramática sobre fondo de falsos ruidos de telégrafo, como de mensajes entrando en clave morse, anunció con el tono de las catástrofes que Gabriel García Márquez, el colombiano más célebre de todos los tiempos, se acababa de ir de Colombia para evitar que lo arrestaran.»
Novelistas colombianos actuales
Y la segunda objeción que el catedrático y crítico exponía en esa reseña que me alejó y me acercó a un mismo tiempo a Los nombres de Feliza era que por mostrar el amor y cariño entre Pablo Leyva y Feliza Bursztyn el autor caía, por exceso, en el ternurismo propio de la novela rosa. Y aquí también he de darle la razón a Sanz Villanueva. Sí, en una mujer tan fuerte, tan feminista, tan echada para adelante, independiente hasta la médula, que por ser ella misma hasta decidió alejarse de sus tres hijas cuando éstas eran pequeñas me sorprendió verla pidiéndole a su pareja matrimonio. Ocurre tal cosa en un viaje a Copenhague de Pablo al que Feliza lo acompañó para así alejarse del asfixiante y rancio ambiente colombiano:
«Se arregló para irse a su encuentro de ambientalistas, y luego, cuando se acercó a Feliza para despedirse, ella lo tomó de la mano y le dijo: “Quiero que nos casemos”. Y luego, sin darle tiempo a responder, añadió: “Si tú quieres también, casémonos aquí. Casémonos ya. Seguro que es muy fácil y la ciudad está linda”.
Pablo dijo: “Sí”.
”¿Verdad que sí?”, dijo Feliza.
“Sí”, dijo Pablo. “Sí, yo también quiero”
».

Pero estas dos reticencias son ciertamente muy menores. En la novela predomina sobre todo lo meritorio. Varios de los aspectos que contribuyen a ello ya los he señalado. Quizás me faltaría por consignar:

  • Un lenguaje plagado de colombianismos (entorchar [retorcer o trenzar varias veces], rumorar [rumorear], solaperos [insignias pegadas a la solapa], chaperona [persona que acompaña, carabina], bogotano [de Bogotá], galpón [cobertizo grande], talanquera [muro, valla], mamar gallo [reírse de], bolillo [instrumento cilíndrico usado por agentes de la autoridad] y muchos otros más que dan colorido y autenticidad a la historia.
  • Un claro estilo personal muy hermoso. Baste sólo una cita para mostrarlo: 
«Marta la citaba en El Cisne para quejarse: la gente no entendía, Feliza, aquí los críticos estaban todavía elogiando a Van Gogh, y eso si hubiera críticos, pero no, Feliza, tampoco hay críticos, porque no vamos a pisarnos las mangueras.»

  •  La estructura dada a la novela, distribuyendo el contenido en cinco capítulos que pivotan todos ellos alrededor de esos diez días del reencuentro en París de Pablo con la exiliada Feliza. De todas estas jornadas destaca  especialmente ese viernes 8 de enero de 1982 en el que literalmente Feliza se desplomó en un restaurante al que había acudido en compañía de Pablo para cenar con otras dos parejas, una de ellas la formada por Gabo y su mujer Mercedes. El mecanismo de la  recursividad, el volver con reiteración a esa noche en Paris con Gabo y Mercedes, es de lo que mas me ha gustado. Es un volver insistente y en desorden propio de la memoria.
  • Y naturalmente, creo ya haberlo escrito, el contenido propiamente dicho. Un recorrido por la biografía vital y artística de la 'escultora de la chatarra' y de paso por el arte del siglo XX, anterior y coincidente con su existencia. También el recorrido por la historia del siglo XX en Colombia y en el mundo, quizás algo excesivo y redundante en algún momento. 
_______________________
Nota: 
Hoy mismo en la revista El Cultural leo que Juan Gabriel Vásquez en opinión de varios autores y críticos literarios es el sucesor de Vargas Llosa, algo que yo también comparto:
«El boom hispanoamericano tiene un sucesor indiscutible: Juan Gabriel Vásquez. El escritor colombiano ha publicado ya una obra que ha robustecido su figura literaria, hasta el punto de que son muchos los que lo consideran sucesor de Mario Vargas llosa. Y aunque el crítico de El Cultural, Santos Sanz Villanueva, subraya con acierto los fallos de su última novela, Los nombres de Feliza, varias de sus publicaciones, sus colecciones de cuentos y sobre todo la novela Los informantes, sitúan a Juan Gabriel Vásquez en la cumbre literaria.»

21 oct 2023

Antonio Orejudo: Un momento de descanso

10 comentarios:

✔«Cifuentes admiraba a aquellos físicos y neurobiólogos aficionados a la literatura y capaces de mantener una conversación de cierta profundidad sobre (pongamos por caso) los fundamentos del arte contemporáneo. ¿Qué colega suyo en el Departamento de Spanish podía decir siquiera cuáles eran los principios generales de la física cuántica?
✔«Al final comprendí que obsesionarse con distinguir nítidamente entre realidad e imaginación era un error operativo y conceptual que además conducía a la neurosis. Entendí que era más razonable —y también más exacto— considerar que la imaginación es un sexto sentido, tan fidedigno o engañoso como los demás.»

Antonio Orejudo, Un momento de descanso
Sinopsis
(proporcionada por la propia editorial)
Como un fantasma del pasado, Arturo Cifuentes reaparece un día en la vida del narrador Antonio Orejudo. Cifuentes es un viejo amigo de la facultad, con el que Orejudo compartió casa en Nueva York, cuando ambos encontraron sus primeros trabajos en Estados Unidos, y al que suponía ya establecido en aquel país. Han pasado diecisiete años desde la última vez que se vieron, Cifuentes se ha divorciado y ha regresado a España para ocupar un puesto en la facultad donde estudiaron. Y tiene mucho que contar: las relaciones con su hijo adolescente, la crisis de su matrimonio, su infausta peripecia profesional y, sobre todo, su desencanto profundo con las humanidades. El narrador, que recapitula también sus experiencias determinantes de aquellos años, no sospecha, sin embargo, que su viejo amigo quiere proponerle algo de más calado, que les afecta a ambos: desenmascarar a los farsantes, descubrir las raíces de una vieja y permanente conspiración.

Un momento de descanso se estructura en tres partes. Primera, 'Aparece un fantasma', relata el encuentro de Antonio Orejudo con Arturo Cifuentes y la puesta al día de la vida de éste durante los 17 años que estuvieron separados. El propio Arturo le ha buscado porque desea que Orejudo escriba una novela denunciando la impostura del que fuera su benefactor, Augusto Desmoines. Segunda, 'El nacimiento de un escritor', cuenta la vida de Orejudo en USA: Cómo nace su estilo literario mezcla de realidad e imaginación desbordante colocados ambos en el mismo nivel, lo que provoca el descontrol en el lector que quiere deslindar siempre lo sucedido real de lo sucedido imaginado. Antonio Orejudo confiesa que así, con esta técnica de escritura, es con la que escribió sus tres obras anteriores, en especial la primera, Fabulosas narraciones por historias, gestada en USA, y también las dos siguientes. Tercera, 'La felicidad', momento en que la trama da un giro de 180º: los propósitos iniciales de Arturo Cifuentes van a difuminarse y las seguridades del propio Orejudo se tambalean al ver que las versiones sobre lo mismo de unos y de otros difieren mucho, radicalmente en ocasiones. Con todo y con ello al finalizar la novela encontramos que la ahora nonata novela, antes deseada,  sin embargo acabamos de tenerla en nuestras manos. 

Antonio Orejudo, que es profesor titular de Literatura española en la universidad de Almería y que pasó siete años en  distintas universidades estadounidenses, tira de su experiencia americana y española para confeccionar un relato en el que la realidad compite con la ficción rompiendo fronteras. Cuando la realidad no es suficiente la ficción acude para llenar ese vacío. En definitiva esto es la novela que tenemos en nuestras manos, una habilidosa y bien lograda mezcla realidad-ficción que alcanza una simbiosis tal, que se hace difícil si no imposible separar ambas dimensiones. Este es en definitiva y por lo que llevo leído de Antonio Orejudo la principal seña de identidad de su estilo, de su manera de escribir.
 
Leyendo Un momento de descanso observamos cómo la integridad de la persona como valor supremo de comportamiento se tambalea y se relativiza enfrentado con el día a día del mundo. Da la impresión de que todo se quiebra, se fragiliza y que aspectos aparentemente tan insustanciales como la denominada democratización del lenguaje están, o pueden estar, en la base de la demolición de los valores supremos. Y a todo esto, viene a preguntarse el autor convertido en personaje de su propia novela, ¿existen valores supremos? Vivimos en un mundo en el que no existe seguridad alguna ante nada. Antonio Orejudo presenta estas cuestiones tan profundas y serias envueltas en un atadillo de humor que hace de la lectura de su novela un más que agradable pasatiempo. Pasatiempo que desde luego no equivale a pérdida de tiempo dado que hay mucha sustancia en todo lo que aquí él escribe. El contexto -de la importancia del contexto se habla mucho y con acierto en la novela- es la vida universitaria, en especial la universidad española y también, aunque en menor medida, la americana.
«¿Nunca se ha parado a pensar por qué apenas se han escrito novelas de campus en español? Yo se lo voy a decir: [...] Una novela realista, cualquier libro sobre la universidad española, aunque sea un libro de investigación como el suyo, está condenado a convertirse en una astracanada. Los que no conocen el mundillo académico pensarán además que es inverosímil. Haga la prueba.»
En el fondo esto es lo que el propio Antonio Orejudo está realizando y poniendo en nuestras manos, una novela realista sobre la universidad española. Pese a la enorme seriedad del asunto que se trata, en esta narración, como ya he dicho, hay humor, mucho humor. Es un humor inteligente, irónico, paródico, que esconde una carga crítica de gran profundidad, pero que es muy deseable. Ejemplos los encontramos a mares en Un momento de descanso: la crítica a la alta cocina; crítica al victimismo (negros, mujeres, homosexuales...); al mundo universitario español: enchufismo (oposiciones dadas, etc.), envidias entre colegas...; al sistema escolar americano: el niño Edgar sin aptitudes para la danza es animado por su profesora para participar en un concurso televisivo enfrentándose al padre, Arturo Cifuentes...

Pero en esta novela no sólo hay trama, asunto, relato. También es muy importante el estilo que muestra su autor. Muchas son las características del mismo que han llamado mi atención, por ejemplo la  innovación en la introducción del diálogo en estilo directo eliminando los signos de puntuación, pero manteniendo los verbos que lo introducen «Dice» - «digo»; también la conversión, sin previo aviso, de la narración novelística en un musical cinematográfico o en un collage de géneros; igual que la mucha metaliteratura y también autobiografismo que como todo en esta novela lindan con la autoficción («Yo, un tema que me sabía de memoria y recitaba de corrido. Yo, un tema que cada vez me aburría más.»), tendencia con la que el autor ironiza hasta el extremo de que en la narración quienes más insisten en su expulsión de la institución americana en la que él disfrutaba de una beca de profesor asociado son precisamente 
«Los profesores más jóvenes y más sensibles a lo posmoderno digamos, los mismos que habían escrito ensayos sobre la autoficción o que estudiaban la mezcla de realidad e imaginación en la narrativa contemporánea fueron los más intransigentes conmigo. 
[...] Los seniors, en cambio, los profesores más veteranos, los que se habían formado en la vieja escuela, fueron más indulgentes. Especialmente Elias Rivers.»
Claramente circula, contenido en la cita anterior, muchísimo humor; un humor que incide en que no existe necesariamente mayor verdad o consistencia en los jóvenes que en los mayores y para ello  Antonio Orejudo lo que hace es parodiar, hacer uso, en una arriesgada vuelta de tuerca, del sentido carnavalesco tan propio del  posmodernismo. 

Es Antonio Orejudo, en sentido lato, un humanista. Y es él mismo quien en la figura de su personaje o en la de otros ficticios que lo acompañan en la narración (Arturo Cifuentes, Virgilio Desmoines, Francisco Almendra, Raquel Medina, etc.) hace una acerada crítica de las humanidades versus la ciencia. Es muy interesante y hasta divertido el choque dialéctico entre Arturo Cifuentes y su novia Lib -luego ya esposa- cuando, siendo Cifuentes y Orejudo profesores becados en USA, discuten sobre si mejor sería que los niños estudiasen Historia de las Ciencias y no Historia de la Literatura. Pero el novelista no se para en barras y su crítica irónica llega incluso hasta el sarcasmo, como cuando lanza esta afirmación sobre la Filología Hispánica:
«Filología Hispánica aún no se había convertido en una carrera de saldo, aún no era la licenciatura de los que no pueden estudiar algo más serio por falta de capacidad o de nota media. Cuando nosotros entramos en la universidad, Filología Hispánica era todavía una disciplina en la que se matriculaban no sólo quienes no servían para las ciencias, sino también jóvenes de cierta cultura, chicos a los que les interesaban de verdad las letras, y que habían leído bastantes libros para su edad.»
Penosamente coincido con la afirmación que, cuando se redacta esta novela aparecida en 2011, vierte Orejudo acerca de estos estudios; una afirmación que he oído a muchas otras personas (ahora mismo recuerdo al arquitecto y académico de Bellas Artes Luis Fernández-Galiano lamentándose de que las humanidades, los estudios filológicos, se hubiesen desprestigiado de tal guisa en los años finales del siglo XX e iniciales del XXI). ¡O tempora, o mores! 
 
Dejo para el final, pero no lo pienso desvelar, claro, el escondido sentido del título, de ese sintagma nominal, Un momento de descanso. Leyendo la novela queda claramente diáfano. Sólo diré, a modo de resumen, que la novela realiza un recorrido por los entresijos de la integridad humana. ¿Mejor acomodarse que exigirse? ¿Mejor la mediocridad que la excelencia? ¿Dónde y mejor se consigue la felicidad? Todos estos extremos son los que se cuestionan y se ponen en solfa en esta novela de Antonio Orejudo en la que él mismo, como he dicho, se metamorfosea en personaje.

Nota final
Es seguro que algunos elementos propios del estilo de Antonio Orejudo, presentes en Un momento de descanso, habré dejado sin señalar, sin consignar, sin destacar. Estoy convencido de ello porque la novela es, aunque breve, prolija y densa en detalles, en rasgos particulares, en signos definidores de las novelas de su autor. Por ello y para paliar en lo posible esta laguna, esta carencia, remito a la reseña que el pasado mes de marzo publiqué en este mismo blog de la primera novela del autor titulada Fabulosas narraciones por historias. Creo que en esa primera obra ya están presentes, si no todas, sí muchas de las características estilísticas que significan la novelística del escritor madrileño.

15 mar 2023

Montevideo. Enrique Vila Matas. Síndrome Cortázar

10 comentarios:

✔«Si algo tiene de extraordinario la literatura es que es un espacio de libertad tan inmenso que permite todo tipo de contradicciones.»
✔«El fragmento «París» iba a ser el primer capítulo de un libro, ya definitivamente descartado, que pretendía abordar la totalidad de la historia de mi estilo y que pensaba encabezar con una inevitable cita de Nabokov: «Pero la mejor parte de la biografía de un escritor no es la crónica de sus aventuras, sino la historia de su estilo.»
✔«Hacía años que deseaba pisar el territorio de aquel cuento de ficción, ver el armario, la puerta que estaba detrás del armario, la para mí mítica puerta condenada, intentar averiguar qué pasaba cuando uno entraba en un espacio de ficción que existía al mismo tiempo en el mundo real o, dicho de otro modo, en un espacio del mundo real que no sería nada sin un mundo de ficción, y a la inversa, y así hasta el infinito.»

Enrique Vila-Matas, Montevideo, habitación propia, estilo propio
Ha pasado casi un mes desde que finalizara la lectura de Montevideo, la última novela de Enrique Vila Matas. Desde que comenzara a leerla tenía pensado hacer esta reseña; sin embargo transcurrido un mes desde que llegara a la última página no he encontrado momento, manera y palabras adecuadas para afrontarla. Y es que Vila Matas, barcelonés de 75 años, es para mí un escritor que me atrae al tiempo que me resulta difícil encerrarlo en palabras que lo expliquen debidamente. Es más, él mismo cultiva esta -permítaseme el palabro- inaprehensibilidad de manera plenamente consciente. Paradójicamente esta sutileza suya, que dificulta la debida comprensión a quien lo lee, es lo que en cierto modo a mí  -y a muchos otros lectores, sin duda- atrae.

Sinopsis (tomada de la página Ahora qué leo creada por la web lasexta.com)
Un hombre avanza por los recuerdos de su vida, desde el París de los años 70 donde trapicheaba con droga hasta el Festival de cine de Lisboa como escritor consagrado, pasando por Reikiavik o Bogotá, repasando momentos, lecturas, citas y conversaciones que podrían haber pasado, o no. Mientras tanto, trata de escapar de bloqueos y de su propio discurrir.
En una sucesión de escenas sin freno, el narrador trae constantemente al primer plano diferentes escritores (reales e inventados), citas pertinentes aunque a veces no, ciudades y reflexiones sobre escribir, la literatura por delante y por detrás. El rayo que mató a Ödön von Horváth, la puerta cegada de un cuento de Cortázar, la novela inventada de una escritora que jamás existió...
Y mientras tanto, poco a poco, va dándose cuenta de que siempre, en la habitación de al lado, algo pasa, algo sucede. Un misterio que guarda en su interior el secreto para desplazarse desde una ciudad a otra. De un recuerdo a otro. Como una máquina del tiempo y el espacio capaz de generar literatura.



Acabo de leer esta última novela de Enrique Vila Matas. Es una obra corta, pero grande y densa en forma y contenido. No es una lectura sencilla, es una lectura exigente que está bañada completamente por la literatura. Si hay algún autor cuyo espacio vital, su territorio, su nación es alguno, esa zona donde se mueve no es otra que la Literatura con mayúscula.

Montevideo, mi lectura número cinco de las veintitantas novelas del escritor, es una novela de apenas 200 páginas en la versión kindle que he manejado (304 en papel, editada por Seix Barral). De las cinco leídas, hasta el momento sólo una tengo reseñada en el blog, su Historia abreviada de la literatura portátil. Agradándome como me agrada su manera de escribir, no encuentro para esto otra explicación plausible que la de la enorme dificultad que conlleva -para mí, al menos- poner en palabras los sentidos, referencias y componentes formales que Vila Matas desgrana en sus libros. En analogía con alguno de sus personajes parece que me hubiera contagiado de aquello que, en esta última obra su protagonista tanto desdeña y de lo que tanto protesta, el «preferiría no hacerlo» de Bartleby, personaje del cuento de Herman Melville  "Bartleby, el escribiente" que tanto juego le dio a nuestro novelista en novelas como Bartleby y compañía (2000) o París no se acaba nunca (2003). 

Según leía Montevideo ingresaba en un territorio conocido, el del universo Vila Matas. Es éste un espacio impregnado de literatura por todas partes. Beben sus libros en las obras de otros autores, cuya lectura conforma la verdadera vida y realidad del escritor. Quizás sea por ello que  todo cuanto hace en la historia el novelista-personaje-protagonista de la novela está relacionado con, o justificado por, propuestas y/o frases leídas por él en autores anteriores como Miklós Szentkuthy, Herman Melville, Thomas Wolfe, Antonio Tabucchi, Voltaire, Ödön von Horváth, Robert Walser..., y muchos otros más. Bastantes de estos nombres son conocidos por mí, pero otros muchos se me escapan y o bien he buscado en wikipedia información sobre ellos o simplemente he preferido dejarlos pasar, por una parte al saber que algunos de ellos a buen seguro serán inventados y, por otra, por dejarme placenteramente arrastrar por la vorágine surreal de la prosa del escritor, amén de mi reconocida  incapacidad de albergar en mi cabeza información tan profusa.

En el listado autoral anterior intencionadamente he omitido los nombres de los dos autores centrales en este relato: el argentino Julio Cortázar y el francés Arthur Rimbaud. Estos dos escritores, en especial el primero, están en la base de la trama de la novela. El narrador-personaje de Montevideo es un novelista que busca reencontrar el deseo de escribir que parece haberle abandonado, busca un estilo literario propio que lo aleje de los manidos clichés con que desde hace unos años se clasifica su obra. Uno de ellos es la denominación de autoficción con la que críticos y periodistas suelen despacharla. En opinión del avatar novelesco de Vila Matas en una narración todo, incluso la no ficción, es ficción. Pese a esta afirmación, sostenida por el propio escritor en múltiples entrevistas, el personaje de Montevideo quiere encontrar el gozne, el umbral, la puerta por la que sin solución de continuidad se pueda pasar de la realidad a la ficción, o sea, lo que en su caso equivale a dejar el estilo antiguo y manido del que reniega e ingresar en otro nuevo y que le satisfaga. Para ello echa mano del cuento de Cortázar La puerta condenada en cuyo contenido este personaje avatar piensa poder hallar las claves para poder realizar este tránsito; es por ello que, en una surreal mezcla de lo real con lo ficcional, se empeña en seguir todos los pasos del protagonista del cuento visitando los lugares por donde el protagonista cortazariano pasó para ver de encontrarlas.

El otro autor importante para el desarrollo y comprensión de la trama de Montevideo es Arthur Rimbaud, el poeta maldito francés que de la noche a la mañana decidió abandonar su dedicación literaria -hay quienes afirman que por un desengaño amoroso sufrido con Paul Verlaine- y desaparecer. Pero como siempre ocurre con Enrique Vila Matas las referencias a cualquier autor del pasado suele realizarla utilizando el recurso de la citación, es decir, a través de citas que del mismo realizan autores actuales. Así respecto a Rimbaud, poeta maldito, echa mano de Le Clezio, autor maldito actual reconocido con el Premio Nobel de Literatura en 2008. Concretamente un personaje importante de Montevideo, Madeleine Moore, escritora amiga del narrador que quiere recuperarlo para la literatura, le comentará que él le ha recordado al Rimbaud viejo que aparece en una novela de Le Clezio, La Cuarentena:
«En una escala en Adén, o quizás en Harar, dijo, el viejo Rimbaud entraba en una taberna convertido en un patético tipo desarraigado, con ojos feroces pero faltos de hierro, solo, tremendamente solo, porque iba sin la compañía de la literatura»
Al igual que Rimbaud el protagonista de Montevideo piensa, reflexiona, medita sobre la frase «Je est un autre» que escuchó decir a un joven parisino en el Pont Neuf, frase del poeta francés que siempre se destaca como algo trascendente para entenderle a él y a su obra poética. Al narrador este joven actual le parece que sea el mismo Rimbaud redivivo. Pero, con afán desmitificador, con la intención de colocar todo en su debido lugar, en una pirueta con innegables tintes humorísticos, el novelista-narrador-protagonista desmotivado, quemado, descreído de todo lo que exageradamente envuelve la Literatura echa por tierra las palabras del héroe cuando a propósito de la emblemática frase comenta que;
«Tanto si estaba vivo o muerto, y si era o no Rimbaud aquel joven ocioso y brutal que había visto vivo en el Pont des Arts, lo cierto para mí era que con su Je est un autre —una frase en una carta, frase muy mitificada cuando quizás hubo ahí un simple error caligráfico— había transformado la noción de identidad de tantos de nosotros.»
La 'boîte en valise' de Marcel Duchamp
La literatura y la personalidad real de Enrique Vila Matas transita sobre todo por la acera de la creación minoritaria, la de los autores malditos, la de aquellos que habiendo triunfado en los márgenes del éxito sin embargo su influencia ha sido tremenda posteriormente en todo el espectro artístico. Y esto se manifiesta en su producción desde el principio de su obra. En esas primeras obras, en especial en Historia abreviada de la literatura portátil [leer reseña aquí] hay claras referencias a personalidades de este tipo: autores pictóricos como Marcel Duchamp y su "Boîte en valise", que tanto me ha recordado la maleta roja que el protagonista de Montevideo encuentra en la habitación 205 del Hotel Esplendor de la capital de Uruguay al que acude siguiendo la trama del cuento de Julio Cortázar, pero también otros artistas de la literatura, el pensamiento, la pintura y la música que directa o indirectamente aparecen citados en esta novela: Walter Benjamín, Jacques Rigaud, Blaise Cendrars, Valery Larbaud, Scott Fitzguerald, Vicente Huidobro, César Vallejo, Salvador Dalí, Tristan Tzara, Ezra Pound, Cyril Connoly, Francis Picabia, el príncipe Mdivani, García Lorca, Maurice Blanchot, Aleister Crowley, etc.

Estos autores y muchos otros más los encuadra el novelista barcelonés, cuando los cita en sus primeras novelas, dentro del movimiento shandy que él alaba, defiende y en el que se postula tras explicar debidamente -como digo en la reseña que dediqué a su Historia abreviada de la literatura portátil- el sentido del término y su procedencia:
«En definitiva, lo shandy, adjetivo éste que reunía en su significado varios elementos desde el más prosaico de refresco elaborado con cerveza y limonada al derivado de la obra de Laurence Sterne (Tristram Shandy) natural del condado de Yorshire (al norte de Inglaterra) donde este escritor vivió gran parte de su vida. Allí el término shandy equivalía en su momento a alegre, cerebral, corrosivo, liberal, demoníaco, voluble, chiflado, etc. El shandy era un tipo marcado por la voluntad de la transgresión. Y en otro plano, una persona “imposible, gratuita y delirante”. Es algo, pues, muy propio de las vanguardias.»
Ahora, en esta novela de Montevideo he percibido que el novelista se aproxima al movimiento Oulipo,  movimiento del que nada conocía hasta que realicé la lectura de La anomalía, novela de Hervé Le Tellier [sobre tal corriente estética recomiendo leer la reseña que sobre esta novela hice en noviembre del pasado año]. Fue precisamente a raíz de esa lectura que supe que este grupo nacido en Francia venía a pretender fusionar las matemáticas y las ciencias en general con la literatura. En Montevideo también he reconocido ecos de esta tendencia creativa:
«En mis encuentros con el joven Desdini, un día le contaba la historia de los matemáticos de Princeton, sabios retirados a los cuarenta años que se dedicaban a leer la Divina Comedia. Y en otro le descubría la existencia del OuLiPo, la asociación de ciencia y literatura que, por no tener noticia de ella, le dejó fascinado. Otros días era él quien me exponía problemas matemáticos irresolubles y yo sentía que no entendía mucho, pero que aquello que entendía siempre acababa resultándome muy útil.»
La novela, como toda la Obra de Vila Matas, es un libro confeccionado a base del recurso de la citación y de la técnica literaria de las cajas chinas: incluir historias dentro de otras historias. Abrir puertas en una historia que conducen a otras historias y dentro de éstas a su vez proseguir en subsiguientes aperturas. Tal modo literario de proceder es técnica antiquísima que nuestro escritor utiliza con maestría y profundidad, siendo algunas de ellas ciertamente complejas de desentrañar al encontrarse llenas de referencias intelectuales y literarias. 

Sea o no la 'autoficción' un término adecuado para clasificar esta narración, la verdad es que leyendo Montevideo he visto con más nitidez aún si cabe un Enrique Vila Matas resucitado. Y digo resucitado con todo el sentido pues dejó la redacción de la novela interrumpida por tener que someterse a un trasplante de riñón. Superada la prueba médica, el novelista salió de la misma con otra percepción de la vida y de su oficio. Quizás sea eso lo que justifique la presencia de ese personaje novelista que tras escribir el fragmento «París» con el que inicia esta misma novela entra en crisis creativa confesándose harto de que siempre se le encasille en unos clichés narrativos; un novelista que busca encontrar su estilo propio. Este estilo propio y personal enlaza con la metáfora que en la novela representan la habitación del hotel Esplendor de Montevideo (hotel Cervantes en el cuento de Cortázar) y la que en el Beaubourg parisino le brinda Madelaine Moore, su amiga novelista y antaño, en París, trapicheadora de papelinas de cocaina, con la idea de que allí logre remontar su crisis de identidad creativa.
Autoficción, Realidad-ficción,
«Moore escribe como si no hubiera sido ella tocada por los debates sobre la narración en primera persona, la autoficción (que no existe, porque todo es autoficcional, ya que lo que se escribe siempre viene de uno mismo; hasta la Biblia es autoficción, porque empieza con alguien creando algo), la autorrepresentación, la no ficción, que tampoco existe porque cualquier versión narrativa de una historia real es siempre una forma de ficción, ya que desde el instante en que se ordena el mundo con palabras se modifica la naturaleza del mundo.»

Fiel a su manera de escribir, Vila Matas construye esta historia a base de piezas sueltas, que según se articulan van mostrando la zona interior del propio escritor; bueno, del propio escritor no, pero sí al menos, en sus propias palabras, de un 27% del propio escritor. Como se ve, el humor y la ambigüedad en él están siempre presentes, son consustanciales a su identidad. Así se constata cuando, a preguntas de un periodista de eldiario.es sobre en cuál de las cinco tendencias narrativas que en la novela el narrador dice que existen 
«Enumero las cinco tendencias: 1) La de quienes no tienen nada que contar. 2) La de quienes deliberadamente no narran nada. 3) La de quienes no lo cuentan todo. 4) La de quienes esperan que Dios algún día lo cuente todo, incluido por qué es tan imperfecto. 5) La de quienes se han rendido al poder de la tecnología que parece estar transcribiéndolo y registrándolo todo y, por tanto, convirtiendo en prescindible el oficio de escritor.»
el propio Vila Matas le responde con el fino humor del que siempre hace gala: 
«Bueno, debe de haber más que cinco [risas] pero la más interesante es la de no decir nada deliberadamente.»
Todo lo dicho hasta aquí creo que sirve para mostrar que  Montevideo es una lectura interesante, pero no sencilla; una novela que exige complicidad e intensidad lectoras por parte de quien se coloca delante de sus páginas.

30 jun 2021

Theodor Kallifatides. "Madres e hijos"

28 comentarios:

✔«No intento demostrar la continuidad de la tradición griega, sino la fuerza del mito. Continúa vivo, a pesar de que todo alrededor ha cambiado. Convive con nosotros y convivimos con él. Es el gran río que arrastra nuestro destino.»
✔«Grecia le ha dado a la humanidad cincuenta y dos mil palabras, leí en el aeropuerto de Atenas. Suecia le ha dado el rodamiento, la cremallera y la llave inglesa que, pese a su nombre, es un invento sueco.»

Theodor Kallifatides, "Madres e hijos", editorial Galaxia Gutemberg
Mi muy buena amiga Isabel me recomendó la lectura de este libro de Theodor Kallifatides. No me atrevo a calificarlo de novela porque en mi opinión no lo es, sino más bien unas memorias familiares, un recorrido por el territorio vital de los Kallifatides, en especial de la rama iniciada por Dimitrios Kallifatides, padre de Theodor. 
Pero no quiero desestructurar la reseña. Tras la explicación de por qué llegué hasta el autor griego residente en Suecia conviene decir algo sobre él para luego entrar de lleno en el relato. Allá voy. 

El autor
Nació en Molaoi, Grecia,  el 12 de marzo de 1938. Es un escritor sueco de origen griego. Se trasladó con sus padres a Atenas en 1956 y emigró a Suecia en 1964 en busca de trabajo. Allí se adaptó y dominó rápidamente el sueco, lo que le permitió retomar sus estudios. Se matriculó en la Universidad de Estocolmo en filosofía. Licenciado, trabajó en la dicha universidad como profesor entre 1969 y 1972.​ Inició su carrera de escritor en 1969 con un libro de poesía, pero el reconocimiento lo obtuvo principalmente gracias a sus novelas. Ha publicado novelas, recopilaciones de poesía, libros de viajes y obras de teatro. También ha escrito guiones cinematográficos y ha dirigido una película. Ha recibido muchos premios por su trabajo tanto en Grecia como en Suecia.


«Madres e hijos»
Sinopsis proporcionada por la propia editorial)
A los sesenta y ocho años, Theodor Kallifatides, exiliado en Suecia desde hace más de cuatro décadas, visita a su madre de noventa y dos, que sigue residiendo en Atenas. Ambos saben que puede ser uno de sus últimos encuentros. Durante la semana que pasan juntos, recuerdan lo que ha sido lo más importante en sus vidas con una presencia decisiva del padre, de quien Theodor está leyendo el recuento escrito que este le ha dejado de lo que ha sido su difícil existencia, desde sus orígenes como exiliado griego en Turquía, pasando por sus meses en una prisión de los nazis y su pasión por el oficio de maestro. Se desvelan así los orígenes de una familia que atraviesa el siglo xx. 

Opinión
"Madres e hijos" (publicado originalmente en 2007. En España en 2020) es un libro de autoficción en el que su autor Theodor Kallifatides presenta de manera narrativa la memoria de su propia familia. El escritor retorna con 68 años a  su país, Grecia, para visitar a su madre de 92. Vive en Suecia desde 1964. Tras una exitosa vida tanto en el plano laboral  como en el personal -casado y con un hijo- nada ha escrito que tenga por centro a su madre. Desea hacerlo aunque no sabe si a ella la satisfará. Su avanzada edad le hace pensar que quizás no alcance a leer la obra que piensa escribir tras la visita de una semana que hace a la casa familiar en Atenas.

Según leemos "Madres e hijos" nos enteramos de las vicisitudes vividas por la familia, en especial por su padre, auténtico eje sobre el que pivota todo el escrito. Resulta que Dimitrios Kallifatides, que así se llamaba el padre, escribió en 1972 a la edad de 82 años un texto sobre su vida a petición del propio Theodor ausente de Grecia desde 1964; Theodor se lo pidió porque no quería que la memoria familiar cayese en el olvido. Durante el viaje y la estancia en Atenas releerá este escrito de su padre, que entra a formar parte del relato de autoficción que tenemos entre las manos.  A lo largo de las cerca de 160 páginas que "Madres e hijos" tiene de extensión se entremezclan tres planos narrativos: la biografía escrita por el  padre; los comentarios, recuerdos infantiles y adolescentes vividos en la casa familiar que le suscitan la lectura del texto paterno; y el presente de los siete días del viaje desde Estocolmo a Atenas donde revive con su madre y su hermano Stelios la cultura que le pertenece pero de la que se ha visto alejado por múltiples circunstancias políticas y personales. 

Muchas cosas interesantes contiene este libro. Una de ellas, y no menor, es la mostración de las deportaciones o emigraciones forzadas de unos lugares a otros por motivos políticos. La familia Kallifatides es originaria de Trebisonda, ciudad creada por colonos griegos en el VIII a.C. La historia de esta importante colonia es movidita; lo importante de ella es que en época antiquísima, -cuando los griegos apoyaron a Ciro el Joven en su lucha contra el heredero del trono de Persia, su hermano mayor Artajerjes, al regreso hacia Grecia tras la campaña-, muchos griegos se establecieron en la colonia que comenzó a florecer especialmente con el Imperio Romano dada su ubicación estratégica en el Mar Negro y dentro de la Ruta de la Seda. A la caída del Imperio Romano, Trebisonda quedó dentro del Imperio Bizantino hasta que el mismo en el siglo XV cayó en manos de los otomanos. La colonia griega permaneció viva y activa con sus escuelas, su actividad comercial, su lengua propia, etc., hasta  que «tuvo lugar la Revolución de los Jóvenes Turcos, en 1908-1909, que promulgó la Constitución y abolió el absolutismo de los sultanes. La Constitución trajo la aniquilación y finalmente el exterminio del elemento griego en Turquía». Pero es en 1923, a raíz del final de la Primera Guerra Mundial y la posterior Guerra de independencia turca, cuando se produjo un acuerdo -el Tratado de Lausana- por el que Trebisonda queda definitivamente integrada en la Turquía de Ataturk y se produce un acuerdo entre Grecia y Turquía por que que habrá un intercambio forzoso de población. Por este acuerdo más de un millón y medio de 'griegos pónticos' (así eran denominados los que desde tiempo inmemorial habitaban esta zona) hubieron de migrar a Grecia. 
Independencia turca, Fin del Imperio Otomano

Esta emigración forzada, tras haber participado en la Primera Guerra Mundial en la que llegó a alcanzar la Cruz de Hierro por su valor, la vivió en primera persona Dimitrios Kallifatides, el padre de Theodor, que es quien a grandes rasgos lo cuenta en el texto que a su muerte dejó escrito para su hijo.

De grandísimo interés para mí ha sido ver la inmensa vocación de Dimitrios Kallifatides por la enseñanza. El relato que leemos es un auténtico canto a la profesión de maestro ejercida por Dimitrios en circunstancias difíciles pero siempre con una disposición a prueba de bombas. También Theodor confiesa su devoción y aprecio por los educadores. Gracias a ellos, los que tuvo en Grecia y los que tuvo en Suecia, confiesa, él pudo llegar a donde ha llegado:
[en Grecia]
  • «el maestro, el inolvidable señor Pablo, estuvo siempre conmigo. Con frecuencia me pregunto cómo se habría desarrollado mi vida sin aquellos maestros.»
  • «Yannis Raisis, profesor de Griego Clásico y Latín que, como castigo por hacer novillos, me obligó a leer los poemas de Catulo y de ese modo descubrí la gran poesía. El profesor de Historia, el señor Ilías Georgiu, me pidió que lo ayudara en sus investigaciones.»

 [en Suecia]

  • «también en Suecia algunos maestros fueron mi salvación. El lector Ake Löfgren y el profesor Harald Ofstad, que impartían Filosofía Práctica en la Universidad de Estocolmo, y que vieron en mí algo más que mi deficiente y patoso sueco. Así como el profesor Marc Wogau, en la Universidad de Uppsala, que aceptó examinarme de Filosofía Teórica»

Para concluir con una pregunta que muchos nos hacemos continuamente: 
«¿Por qué en nuestros días no se estima a los buenos maestros?»

La pervivencia del mito en la vida cotidiana es otro aspecto que ha llamado mucho mi atención durante la lectura de este relato de autoficción. Resulta que el escritor-narrador ve especialmente en la lengua («Si hay algo absolutamente auténtico en el interior del hombre, eso es su lengua, el primer mito») y en la manera de vivir de su madre la personificación de no pocos relatos míticos. 
«Un ejemplo más de que mi madre vive en el mito griego, creyendo que vive su propia realidad. De nuevo veo que el mito de la muerte es más fuerte que la propia muerte. De nuevo me doy cuenta de que mi madre es mi verdadera patria. Si yo fuera una fruta, ella sería mi árbol. Si yo fuera un árbol, ella sería la tierra. Si yo fuera la tierra, ella sería mi cielo»
Para un hombre mayor que ha vivido más de cuarenta años en un país nórdico europeo el choque cultural Grecia-Suecia es muy perceptible. Para Theodor, un griego que junto a su familia vivió muchas privaciones en sus años de adolescente, llegar al aeropuerto de Estocolmo con la maleta llena de comestibles hechos por su madre es la representación misma del estigma de la pobreza («¿Por qué me comportaba yo así? Hay ciertas situaciones que no soporto. Supongamos que me abren la maleta en el aeropuerto. ¿Qué van a pensar cuando vean los kurabiés? ¿Qué gitano es este? En pocas palabras, cargo conmigo el estigma de la pobreza.»). Por contra Gunilla, su mujer, no arrastra esa baja autoestima; según Theodor Kallifatides porque «mi mujer no sabe lo que es la pobreza. Lo que le dan, para ella es un regalo. Para mí, una limosna».

Al igual que existe un fuerte contraste entre la manera de sentir un mismo hecho en Suecia o en Grecia, también el autor-narrador marca en este relato de autoficción el enorme salto entre generaciones. Markos, el hijo de Theodor, o los hijos de su hermano Stelios no sienten ni se comportan como en el pasado hicieron sus padres y mucho menos con la entrega y desprendimiento del abuelo Dimitrios. Al respecto el novelista evoca la figura de Yorgos, el medio hermano mayor, que durante la guerra civil se negó a maltratar a dos guerrilleras que había capturado su compañía, por lo que fue condenado a muerte; afortunadamente cambiaron las tornas del conflicto armado y se salvó. Cuando Theodor le preguntó, después de la guerra, por qué lo hizo, ¿cómo se atrevió a decir no? respondió: «¿Qué habría dicho papá?»

Al hilo de este comportamiento Kallifatides reflexiona sobre cómo este respeto a los mayores, este sentido del deber, de observancia de lo aprendido de padres y educadores no es práctica habitual en la actualidad y por eso lo resalta 
«Eso es tener un padre. Eso es tener un hermano mayor. Ya no vive. Una mañana se levantó, se hizo su café, se sentó en el sofá a tomárselo, y no se levantó más. Se le reventó la aorta y ya no pudo siquiera probar su último café.»

 Los jóvenes de hoy, prosigue en su reflexión, han perdido en gran medida el sentido del valor de lo colectivo y lo ejemplifica de esta manera:

«En Suecia, con excepción de los impuestos, las obligaciones comunes poco a poco han ido remitiendo, dejando cada vez más espacio a la libertad individual. La obligación que tienen los alumnos en una escuela de mantener cierto silencio en las clases se ha visto sustituida por el derecho a llamar desde sus teléfonos móviles dentro del aula.»

Novela de autoficción
Pero sin duda es este libro un canto a la maternidad y la paternidad. Al titularse la obra "Madres e hijos" podría pensarse que el alcance de la misma se reduce a la figura materna, que sólo es un homenaje sentido hacia esa mujer de 92 años que lo quiere como si siguiera siendo un chiquillo. Así es, en efecto, pero no sólo. La madre es esencial, pero lo es también por la enorme figura del padre con el que convivió durante más de cuarenta años. Theodor Kallifatides en la obra vuelve a agradecer a su padre todo lo que hizo por su familia. Digo que "vuelve a agradecer a su padre" porque sobre él ya había escrito el autor dos obras, una precisamente cuando éste falleció en 1972. 

Lo que la pareja de progenitores ha representado para él lo sintetiza en una frase: «mi madre es el ayer, mi padre es el futuro». Más tarde esta frase la explicita con claridad meridiana
«Mi padre hizo de mí un ser humano, y mi madre, un escritor. En el mundo de mi padre existía el trabajo, el deber, la perseverancia, el contener las lágrimas hasta que se hubieran terminado todas las sonrisas. El mundo de mi madre era distinto. En él existían los lazos sentimentales y la preocupación, que es la consecuencia de estos.»

Son estos lazos sentimentales los que quizás por última vez el escritor ha ido a estrechar y abrazar.  La despedida última en que ella, la madre, no sale a la puerta de casa para despedirlo confirmará al escritor lo que había pensado la noche anterior, acostado en el sillón donde dormía, que «no podía olvidar "el agujero". Ese miedo congénito por el abismo que acompaña al hombre desde el primer día. El peligro de caerte de la tierra como te caes de un caballo desbocado».

Las referencias sobre la propia construcción de la novela son continuas. Dado que Theodor Kallifatides cuenta de manera entrecortada, mezclando a todo lo largo del relato los tres niveles narrativos ya señalados, y que en ocasiones se pierde en reflexiones algo alejadas del hilo principal, a veces se ve impelido a disculparse ante el lector («Que me perdone el lector por estas constantes interrupciones, pero no podía continuar.»).

Respecto a la figura materna sobre la que se propone escribir, lo que más le preocupa es caer en la falsedad. No quiere convertirla en modelo como hacen los pintores porque, piensa, eso la haría comportarse de manera irreal. Por otra parte, reflexiona, que quizás haya «Poca gente tan incapaz como los escritores para describir la realidad». De ahí que lo que haga sea mostrar la relación madre-hijo mantenida durante esos siete días que duró la fugaz visita del exitoso escritor. Vemos a una auténtica madre preocupada fundamentalmente por satisfacer el paladar del hijo pródigo a quien endulza la vida con los lukumás, taramás, kurabiés..., todos alimentos típicos de Grecia que en Suecia no se verán ni por soñación. ¡Hay algo más auténtico que una madre haciendo esto!

El autor aprovecha la visita para completar la visión que tiene del padre extraída esencialmente del texto que este escribió para él; por ello indaga cuidadosamente sobre cómo fue la relación amorosa entre sus padres dado que entre ambos existía una diferencia de 24 años de edad y que Dimitrios llegó al matrimonio viudo y con un hijo. O sea, que el matrimonio había sido concertado. A tan íntima pregunta la madre le responde que sí, que así fue, pero que «con los años aprendí a respetarlo, a avenirme a él, a amarlo». Y tras decir esto ella salió del balcón donde estaba hablando con su hijo. Es este el momento en que el propio narrador-autor-personaje aprovecha para realizar una digresión reflexiva sobre qué cosa será el amor; consecuencia de esta reflexión es un listado que, mientras ella está en la cocina trajinando, él hace de las formas en las que nos enamoramos. Esta divagación es de las más extensas del relato y marca claramente el proceso mental que un narrador seguramente seguirá cuando decide presentar un enamoramiento de un tipo o de otro. En mi opinión esto es metaliteratura en estado puro.

3 may 2021

Ana Iris Simón y su primera novela: "Feria"

34 comentarios:

«Igual me da envidia la vida que tenían mis padres con mi edad porque a veces, sin casa y sin hijos en nombre de no sé muy bien qué pero también como consecuencia de no tener en el horizonte mucho más que incertidumbre, daría mi minúsculo reino, mi estantería de Ikea y mi móvil por una definición concisa, concreta y realista de eso que llamaban, de eso que llaman progreso.» (pág. 26)

He llegado hasta Ana Iris Simón y su primer libro, "Feria", por un comentario que sobre esta obra  realizó Andrés Trapiello hace poco más de dos semanas en prensa. Decía textualmente Trapiello entre otras muchas cosas en ese artículo periodístico que llamó mi atención:

«Los pijos de izquierda han dejado estos días las zonas residenciales de Madrid (el norte) para visitar los arrabales (el sur), demandando el voto que también allí les disputan los pijos de derechas. Pero a diferencia de estos, los de izquierda, dicen 'nosotros, los currantes' y 'lo reconozco, yo tengo un buen salario' [...] Los pijos han entrado en campaña justo cuando acabo de leer Feria, de Ana Iris Simón.
[...] Ana Iris Simón describe a los farsantes, esta vez de izquierdas: "han pasado los veranos en Irlanda", tienen "dos másteres y un doctorado antes de los treinta", "no han visto un gitano por primera vez antes de los veintisiete cuando fueron a Casa Patas" y le dicen "a los que viven en un bloque de VPO", que "no tienen ni puta idea por no ver en Sálvame el katejon antifascista. Nada nuevo bajo el sol: señoritos diciéndole al pueblo lo que el pueblo es (…), los que parece que sienten nostalgia de un barro que no han pisado en su vida". En su puta vida.»
Tras tan sabrosas y desusadas frases no tenía más opción que hacerme con la obra de esta joven del Campo de Criptana (Ciudad Real) que con inmenso desparpajo y sin sentirse constreñida por el dogma de lo políticamente correcto ha publicado en octubre de 2020 este su primer libro que ya va por su quinta edición, prueba de la buena recepción que está teniendo.

Dice la autora en esta obra memorialista, en la que ella aparece como testigo esencial de los sucedidos que relata, que «si lo que más me gustaba era escribir sobre la familia y la costumbre quizá es que lo que más me gustaba no era escribir, sino la costumbre y la familia» Y lo dice en unos tiempos en los que parece que hay que escapar, huir, de todo aquello que tenga resonancias a conformidad con lo recibido.  Y no, no es así para nada. Ana Iris, nombre hermoso donde los haya, cuya razón explica la autora en la obra relacionándola de manera hermosa y coloquial con la profesión de sus padres en la Oficina de Correos de Aranjuez por una parte y con la diosa del arcoíris que anuncia el pacto de unión entre el Olimpo y la tierra al final de la tormenta, por otra. La diosa Iris, al igual que Hermes, es la encargada de hacer llegar los mensajes de los dioses a los seres humanos. Desde luego más relación con el oficio que simboliza la cornamusa coronada no podría haber. 

En Ana Iris confluyen dos líneas genealógicas: la de los bisuteros por parte de su madre Ana Mari, -así eran llamados sus abuelos María Sola y Gregorio por ser feriantes-, y la de Mari Cruz y Vicente, sus abuelos por parte de Javier, el padre, que eran, digamos, más urbanitas, más asentados, más unidos a la tierra criptanera a cuyo cultivo se dedicaban. Es a estos dos mundos a los que la joven autora dedica la obra. Quizás más al de los feriantes por ser un mundo más evanescente mientras que el de su abuelo campesino es más estable y duradero como demuestra el árbol plantado por él, un almendro, que algunas tardes de verano iban a regar, abuelo y nieta, sin mayor finalidad que la de «cuando él falte, me dice, y yo pase por allí con alguien, podré señalarlo y decirle "mira, ese árbol lo plantó mi abuelo, así que pa mí es la sombra".»

El libro se organiza en nueve apartados más un décimo titulado La historia del Gigante. Este relato que cierra el volumen es, además de un encargo del padre que Ana Iris y su hermano Javi realizaron debidamente, un canto homenaje a la tierra manchega de la que la escritora está más que orgullosa, y, naturalmente, nada hay más manchego que la historia de don Quijote y de los gigantes convertidos en molinos. Se debe de leer el libro para entender debidamente el porqué de este décimo relato; sólo diré aquí que nace del deseo de Javier padre por conocer el antes de un hombre muy alto y algo herido con el que toparon él y sus dos hijos en la estación de Alcázar de San Juan un día que pasaron los tres juntos. 

 Si la Ana Mari puso a Ana Iris en contacto con la verdad de la tierra pateada y de los paisanos que pasaban por la caseta de feria, la figura de Javier, el padre, supone para ella el estímulo necesario de su afición por contar historias. Declara Ana Iris: «mi padre vivía en los relatos, en las historias que me contaba, pero sobre todo en las que se contaba a sí mismo». Fue él quien despertó y azuzó, seguramente sin saberlo, su afición por la escritura, él quien le había contado historias desde que era muy niña; ahora, cuando le pidió que le escribiera la historia de ese gigante manchego, venía a decirle que era llegado el momento de pasarle los trastos de la vida: hasta ese momento él «se había ocupado de ordenar la realidad, nuestra realidad, de inventársela o, más bien, de explicárnosla.»  

Desde la dedicatoria Ana Iris declara la devoción que siente por su familia. Una devoción que no excluye la disensión, el choque dialéctico, la critica. Pero siempre por encima de todo eso está el amor sentido por ella hacia sus padres, abuelos, primos, amigos..., y el que en justa correspondencia siente sobre sí. Eso debe de ser la felicidad; sí, así debe de ser y desde luego esta colección de relatos costumbristas cuyo epicentro es la persona de la autora rezuman afecto, cariño; en definitiva, amor. Hay amor incluso hasta cuando vemos a la pareja formada por sus padres, la Ana Mari y Javier, rota; incluso entonces la felicidad, el buen ambiente, la falta de improperios entre los progenitores, existe. Es evidente que llevarse bien no equivale a asentir en todo cual bestias irracionales, no. Por eso en este libro se comentan disensiones entre la narradora y otros partícipes en él: entre el padre y las abuelas a propósito de la religión, entre el padre y la madre por la educación que cada uno entiende hay que dar a los hijos, dentro del núcleo de amigos de Ana Iris también se disiente... Pero son siempre discrepancias que no van más allá del puro diálogo, y que sirven a quienes las protagonizan de estímulo en su crecimiento personal.

Los Bisuteros, Mercadillos populares
Lo que a mí más me ha interesado desde el punto de vista anecdótico es la mostración que Ana Iris realiza de un mundo en vías de desaparición si no ya totalmente fenecido: la Feria y los feriantes. Es "Feria" un homenaje claro a esa manera nómada de vivir que acababa en la Feria de Gerona a mediados de otoño tras haber pasado desde el mes de mayo por las de un sinfín de localidades españolas: Madrid, Alicante, Alcázar de San Juan, Salamanca, Valladolid, Zaragoza, Gandía, etc. Llegado el frío y la poca luz los bisuteros que eran la familia materna se acomodaban en los mercadillos semanales de las localidades próximas a Campo de Criptana. Era una vida nómada que a Ana Iris le encantaba pero de la que también se avergonzaba y de la que no se atrevía a hablar delante de sus compañeros del Vicente Aleixandre de Aranjuez:
«Cuando la profesora, que se llamaba Rosa, nos preguntó qué habíamos hecho en verano [...] no hablé de que me había pasado varias semanas durmiendo con mi abuela María Sola y mi abuelo Gregorio en una caseta, ayudándole a descargar la Mercedes, lavándome en una palangana y andando descalza hasta la fuente en la que cogíamos el agua mientras mi abuela me gritaba que no fuera descalza, que me iba a pichar e iba a coger el tétanos. No hablé de nada de eso porque me daba vergüenza, no fueran a pensar que éramos gitanos y que por eso no sabía leer, porque eso era lo que, fuera de la feria, había oído que éramos los feriantes.» (pág. 80)
Pero lo más meritorio de la primera obra de esta escritora novel es sin duda alguna la manera como está escrita. Es un estilo memorialista caprichoso que sigue los vaivenes dispares del pensamiento con paradas en el recuerdo desde un presente actualísimo. Se alternan sin orden preciso en la novela la más chirriante actualidad (alusiones a partidos políticos muy nuevos como Vox, o a Podemos formando parte del Gobierno de España…) y el pasado recordado vivamente pese a la corta edad de Ana Iris dada la conmoción ocasionada por el suceso (el asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997, por ejemplo) o ese otro pasado que a los mayores conmocionó y que verbalmente le transmitieron desde su niñez como por ejemplo cuando su padre Javier y el abuelo Vicente, simpatizantes comunistas, le cuentan a la joven narradora la lucha por la amnistía general finalmente conseguida en 1978 tras tantos años de dictadura.

Este traqueteo hacia adelante y hacia atrás provoca el choque emocional entre el mundo de hoy y el perdido del todo o quasi desaparecido. La España de las pesetas y la del €. La de las pesetas es la de los padres y abuelos de Ana Iris; la que se la estaba cargando era la de los Leclerc, los McDonald's, el Aquópolis, etc., etc. Esta era la modernidad que se avecinaba y que los feriantes sabían que acabaría con ellos. En medio de esta barahúnda, los niños como Ana Iris que aunque en verano viajaba en la Mercedes de feria en feria sin embargo ya se divertía con sus amigas y primos viendo series televisivas como 'Peaky Blinders' o jugando a videojuegos como 'Fortnites'. Era una pérdida sin retorno posible.

La Mancha mítica, literatura pop actual
El libro es una preciosidad por esa manera tan fresca y natural con la que está escrito. El ritmo es fluido y el tono que del escrito emana revela llaneza y ausencia total de impostura. Naturalidad narrativa en la expresión y por ende también en lo comunicado. La chica que cuenta sin dobleces su visión del mundo que le ha tocado vivir es tan auténtica como reveladoras son la serie de fotografías referidas a la vida real de la protagonista. Son fotos en blanco y negro de ella niña, de ella con sus padres, de su madre  Ana Mari, de La Mancha con sus molinos o esas casas-cueva de Ontígola (Toledo) donde vivieron unos años, etc. 

Algunas frases especialmente destacables
  • «Cuando era pequeña pensaba en mis abuelos, pensaba en los Bisuteros [...] como un vestigio de una España que fue y ya no es. Una España en la que había zoos chicos y enanos recortadores y en la que sonaba Camela, pero donde también había recitadores como Waldo, el amigo de mi abuelo Gregorio, que declamaba romances y coplas de pie quebrado en el teatro chino de Manolita Chen.» (pág. 129)
  • «Nos pasamos la adolescencia y la primera juventud deseando no parecernos a nuestros padres y cuando crecemos, o igual es que crecemos por eso, nos damos cuenta de que casi todo lo que tenemos de bueno no es nuestro, sino suyo.» (pág. 193)
  • «Quería decir, además de que si todo es fascismo -y parece que así es- nada lo es, y que a mí me llevan los demonios porque fascistas fueron los que se llevaron a mi bisabuelo primero a la cárcel y luego al exilio y no cuatro neocones en Twitter y en el Congreso y ellos no serían capaces de hacer algo tan grande, y esto no lo digo yo, lo dijo Pablo Iglesias.» (pág. 162)
  • «Sentía que [yo] era de la feria, que la feria me pertenecía y yo pertenecía a la feria porque sabía cómo se ponía en marcha, cómo era cuando nadie la veía. Siempre es así, supongo: para sentir que uno pertenece a algo o a alguien, o que algo o alguien le pertenece a uno, es necesario entender sus tramoyas.» (pág. 118) 
  • [Ana Iris es hija de] «un ateo monoteísta, porque mi padre no era ateo, sino que creía profundamente en el ateísmo»
La autora
Treinteañeras que quieren ser madres, España hoy
(biografía contenida en la solapa de la edición de la obra realizada por la editorial Círculo de Tiza)
[Campo de Criptana, 1991] Estudió en escuelas públicas de Aranjuez. Cursó Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Rey Juan Carlos en Fuenlabrada mientras doblaba y alarmaba camisetas en Desigual y hacía de guía en el edificio de Telefónica en Gran Vía. Su primera casa fue Telva y después fue redactora en Vice y guionista en Playz de RTVE. Con 28 años ha sido testigo de tres ERE. Actualmente colabora con distintos medios. Se acaba de ir de Madrid, donde vivió desde 2014, a una ciudad de provincias, en parte porque le da envidia la vida que tenían sus padres a su edad, aunque la Thermomix no se la ha comprado ni se ha metido en la hipoteca. Feria es su primer libro.

La novela ha sido distinguida con el Premio ‘Javier Morote’ 2021, consagrado a reconocer una obra especialmente sobresaliente publicada por un autor muy joven. Ha sido la cuarta edición de estos premios, creados en 2018 por la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (Cegal).