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28 mar 2025

Erri di Luca: Aquí no, ahora no

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«Entenderemos las vidas, los niños que corretean jugando a crecer, las madres que alargan la ropa, compran zapatos y se quedan mirando el tiempo que corre por los hijos. Luego los hijos se detienen y son las madres las que corren hacia la brusca vejez y que, de tanto subir y bajar habitaciones, ni siquiera están peinadas. Luego hablan poco y comen pausadamente en Navidad. Por lo menos, así eran las madres.»

Novelas de Erri di Luca
Aunque había oído años atrás el nombre de este autor italiano nacido en Nápoles (Italia) hará en mayo 75 años, Aquí no, ahora no es el primer libro suyo que leo. Erri di Luca publicó ésta, su primera novela, cuando ya tenía casi 40 años. Cuenta en ella sus años de infancia en Nápoles. Usa como disculpa el hallazgo de unas fotografías antiguas en las que de niño aparece con su madre. En este tiempo congelado el adulto de casi cuarenta años dialoga con ella que ya es intemporal. Cuenta el proceso de adaptación de la familia, y particularmente el suyo, desde la pobreza y escasez de todo en que quedó sumida Nápoles tras la Segunda Guerra Mundial, a una vida mejor y más confortable según pasaban los años. Pese a la indudable mejora, sin embargo el pequeño Erri no se adapta bien a los nuevos edificios a los que su familia se ha trasladado a vivir; allí convive con otras familias, acomodadas como la suya, y con los nuevos habitantes venidos desde muy lejos que son los norteamericanos.

Tras los diez primeros de su vida años que tanto le marcaron velozmente vemos pasar su adolescencia y primera juventud hasta que a los 31 años se casa y permanece en ese estado hasta los 37. Según dice en la obra fue persona durante los primeros diez años y también durante los siete de su matrimonio. Y es que, afirma: «Ser en el mundo, por lo que he podido entender, es cuando se te confía una persona y tú eres responsable y al mismo tiempo tú eres confiado a esa persona y ella es responsable de ti.». De niño estuvo confiado a sus padres, en especial a su madre; de casado se responsabilizó de su esposa especialmente en los momentos más terribles de la enfermedad que ella sufrió.

En cuanto a la forma, el estilo  de Aquí no, ahora no es muy cuidado, con logradas y hermosas imágenes literarias; podría decirse que en muchas páginas de esta breve obra (a veces más un ensayo por sus reflexiones que una novela) la prosa poética es la tónica de su escritura. Los ejemplos son múltiples en este libro, yo diría que casi, casi, constantes:
  • «El sol se apagaba dentro del mar. A veces el violeta de las nubes lo partía y lo deshacía antes de que tocase el horizonte. Lo mirábamos desde la orilla mientras nos secábamos después del baño, y era nuestro, como la arena que quedaba en los pies, como el aliento.»
  • «Está el olor de la Torreta el domingo: mercado, gentío, frío. Desde el horno irradian aromas y enfrente el carro de los frutos secos tuesta el aire.»
Me ha resultado llamativa y muy significativa la reflexión que realiza Erri di Luca sobre el propio acto de escribir, sobre la literatura, y el nacimiento en él de su afición por la escritura. Sitúa la misma en los años de niñez cuando viviendo en una callejuela pobretona de la ciudad de Nápoles para evadirse miraba fijamente a través del cristal de la cocina el muro desconchado de la casa de enfrente. Al hacerlo descubría en su imaginación cómo el desconchón que veía se expandía en una enorme diversidad de  tonos azulados; al trasladarse la familia en Nápoles a la zona de casas nuevas la mirada  a través del cristal de la cocina ya no se fijaba en desconchón alguno sino que se difuminaba en el exterior en una infinidad de colores que le resultaban desconocidos y poco atractivos. Mientras que en la callejuela las dificultades que le suponían su tartamudez las superaba a través de la escritura («Hablar es recorrer un hilo. Escribir, en cambio, es poseerlo, devanarlo.»), en la casa nueva, ya adolescente, comenzó a descuidarse, a no esforzarse, a sentir que no servía para nada, que todo lo hacía mal. 
«Adopté en aquel tiempo la costumbre de no terminar los ejercicios, de dejar en blanco una parte. También en los exámenes me guardaba una parte de la respuesta que debía al docente. Custodiaba una porción de no plenitud, iba mal, comenzaba a crecer.»
Además, mientras que en la vida real no se podía mentir, la escritura, siempre que permaneciese en el secreto de su lectura en silencio, sí las permitía. Todo cambió cuando un día un maestro, prendado de una redacción de Erri decidió leerla en voz alta; en ese momento el adolescente entendió que también la escritura podía mentir:
«Me juré no escribir más mentiras. Contarlas, no las contaba, y tú en esto eras inflexible. Pero escribirlas no me parecía un pecado, era bonito inventar. Luego llegó ese tema y tuve la prueba de que también la escritura, despojada de su secreto, se convierte en mentira.»
Es una novela en la que el autor habla de la vida, de la suya. En ella el sentimiento más profundo es el del amor, especialmente hacia su madre y su mujer. También, como es propio de la vida, sentirá el descubrimiento terrible de la muerte: la de su amigo Massimo que tanto lo impactó; la de su padre, que no pudo soportar la presión vital; la de su mujer, que lo amó y a la que él tanto quiso; la de su propia madre, inmortalizada en las fotografías que está visualizando y a través de las que dialoga con ella. Amor y muerte, la esencia de la vida.

El título lo toma de la frase que tantas veces su padre, que jamás le pegó, le repetía para censurar un gesto, una palabra, una actitud del niño Erri. Afirma que las palabras con frecuencia son más castradoras, anulan más que una torta, que un cachete:
«Mejor los golpes, mejor el derecho arriesgado a meter un poco de ruido cuando un juego me cogía la mano. No las palabras: a ésas no se les podía llorar, no se les podía responder, y yo no era capaz de decir ni una sola cuando tú intervenías, entre la apnea y el tartamudeo. Se aprende tarde a defenderse de las palabras.»
La inseguridad que tales admoniciones paternas le produjeron hicieron que el niño, el adolescente e incluso el adulto joven que fue Erri di Luca constantemente se estuviese disculpando, temiendo equivocarse. También cuando sus padres criticaban su tartamudez él se disculpaba afirmando su involuntariedad. Paradójicamente, cuando conoció a la que sería su esposa esas mismas palabras le sirvieron para conquistarla:
«No he hecho nada.» «No lo he hecho adrede.»
Autores italianos de poesía, prosa y prosa poética
https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0
Para finalizar y aun a riesgo de equivocarme en mi reflexión diré algo acerca de la traducción que firma César Palma. Creo que hace un trabajo aceptable, incluso brillante; sin embargo no puedo dejar de señalar un momento en que su texto me ha sorprendido por demás. Ha sido cuando refiriéndose a Filomena, la sirvienta de origen siciliano que trabajaba en la casa nueva de la familia en Nápoles, dice que hablaba utilizando asonancias y en la traducción no quedan clara las mismas. Al actuar así, entiendo que la idea del traductor habrá sido marcar la impericia e incultura de la tal Filomena para conseguirlas más que descuido del propio Palma. De cualquier manera, creo que como poco falta una aclaración explicativa a pie de página.
«Asombraban sus despistes con las palabras, siempre basados en una asonancia. «Esta mañana he salido al balconcillo y hacía un frío de pegarse.» «Qué bonitos estos naranjos rojos sanguinarios.»

Una novela breve, pero profunda. Todas sus páginas esconden informaciones valiosas, que en esta corta reseña seguro que muchas se me habrán pasado. Lo que no quiero que se me pase, por último ultimísimo, es la impronta que la figura paterna  -ausente, pero al tiempo tan presente- tuvo sobre el autor. La prueba de ello es el título que decidió dar a su libro, un homenaje a su persona sin duda alguna.






6 oct 2022

Annie Ernaux, Premio Nobel de Literatura 2022.

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Premio Nobel de Literatura 2022

Hoy he sido gratamente sorprendido con la noticia de la concesión del Premio Nobel de Literatura 2022 a la francesa Annie Ernaux. El jurado sueco ha justificado su decisión en 

«la valentía y la agudeza clínica con la que descubre las raíces, los distanciamientos y las restricciones colectivas de la memoria personal»

Mi homenaje particular consiste hoy en reproducir la reseña que en marzo de 2020 hice de "Pura pasión". Gracias a esa lectura conocí a esta escritora y comencé a saber más de ella. Leí El acontecimiento en el que narra su propio aborto y luego vi la adaptación cinematográfica que de la misma hizo la francesa de origen libanés Audrey Diwan en 2021 que se alzó con el León de Oro n el Festival de Venecia de ese mismo año. 


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 "Pura pasión" de Annie Ernaux

“Naturalmente, no siento ninguna vergüenza por anotar este tipo de cosas, debido al lapso que media entre el momento en que se escriben, cuando soy la única que las ve, y el momento en que la gente las leerá y que, me da la impresión, no llegará jamás” (Annie Ernaux: Pura pasión)

Annie Ernaux, "Pura pasión", erotismo, novelas cortas
El adulterio de Irene Wagner de Stefan Zweig en la Viena de 1913 [me refiero a la novela Miedo del escritor austriaco que reseñé en marzo de 2020] me ha llevado a recordar una lectura anterior sobre una relación amorosa bien distinta situada en un momento mucho más cercano a nuestro hoy. Se trata de una más que interesante confesión íntima de una mujer madura y con hijos víctima de una pasión irresistible por un hombre de un país del este también casado y al que lo que le une esencialmente es la relación erótica y sexual. El mundo interior de esta mujer cuando espera la llegada de A (así lo llama) a la habitación de hotel donde se han citado es de una sinceridad como pocas veces he visto por escrito. La mujer, posiblemente -mejor debiera decir, seguramente- la propia Annie Ernaux, madre de dos hijos que estudian ya en la Universidad y han dejado la casa familiar, escritora y profesora de literatura en la Universidad, se desnuda metafóricamente ante nosotros los lectores. Pocas veces he leído una confesión autobiográfica de tal calibre.

Annie Ernaux -leo en la nota biográfica que sigue a esta pequeña obrita de sólo 88 páginas- dejó la ficción para abordar la confesión autobiográfica tras dos o tres éxitos en el campo de la novela. El autobiografismo, el memorialismo, la autoconfesión, es un género de no ficción que comenzó a cultivarse por muchos autores a partir de los años 80 del siglo pasado. La novela que acabo de leer es del año 1992 y se une a otros títulos autobiográficos de la escritora: “El lugar” (1983) y “La vergüenza” (1997) en los que cuenta el ascenso social de sus padres; “Ce qu’íls disent ou rien” (1977) sobre su adolescencia; “La mujer helada” (1981) sobre su matrimonio; “El acontecimiento” (2000) en el que relata su aborto; “No he salido de mi noche” (1997) sobre la enfermedad de Alzheimer padecida por su madre; “Una mujer” (1987) en el que cuenta la muerte de su madre por cáncer de mama; y otros títulos [los años de publicación se refieren al momento de su aparición en Francia. En España se publicaron mucho más tarde]

En "Pura pasión" nos encontramos en 1989, momento en que ella se siente fuertemente atraída por un hombre. La atracción les llevará de inmediato a mantener relaciones sexuales. Para ella, una mujer sola pero madre de dos hijos ya con vida independiente, este hombre se convierte en una permanente obsesión. Comienza así ella a entender a cuantas mujeres del pasado o personajes literarios vivieron ávidamente inmersos en una pasión semejante. La obsesión por A (como lo designa en el escrito que finalmente ha decidido hacer sobre su experiencia) la ha tenido ausente del mundo real. Durante unos meses vivía pendiente del teléfono, de sus llamadas, se compraba vestidos y lencería para que él la viera guapa, cuando ella contemplaba en TV una película romántica pensaba si él estaría viendo la misma, durante sus encuentros clandestinos el tiempo para ella desaparecía y sólo existía el presente del placer que ambos se proporcionaban...

Van pasando los días, las semanas y aunque en la cabeza de ella la obsesión permanece intacta, A no ha vuelto a llamarla, ha desaparecido. Ella no quiere acudir en París a ciertos actos no vaya a ser que A junto a su esposa esté allí; aunque racionalmente no le preocupa, sin embargo emocionalmente no soporta imaginarlo haciéndole el amor a otra mujer, ni siquiera a su esposa; al tiempo que se va habituando a su desaparición, sin embargo desea irracionalmente rebobinar el tiempo vivido y para ello acude a lugares -Florencia o Venecia- donde estuvo justo antes de conocerlo o a donde ambos acudieron juntos... A veces el viaje sólo se lo justifica ante sí misma por el mero hecho de retornar y mostrarse engañosamente a sí misma que él no le importa tanto.

Es de gran interés ver cómo esta mujer culta, preparada, profesora universitaria, escritora, que disfruta de lecturas y películas como algunas que cita en el relato (“La mujer de al lado” de François Truffaut, “Loulou” de Pialat, “Demasiado bella para ti” de Blier, “El imperio de los sentidos” de Oshima, o “Lo que el viento se llevó” del director Víctor Fleming) ha podido quedar atrapada en una relación con un hombre hermoso pero que poco o nada lee y que más que ver películas eróticas o románticas como ella gusta de practicar sexo y poco más. Ella misma es consciente de ello y lo viene a justificar no por una diferencia de clase social sino de procedencia geográfica.

Cuando él se ausenta sin previo aviso durante casi un año ella se pone a escribir sobre esta vivencia sin romanticismos ñoños ni engaños personales: 
    • "Yo estaba segura de que jamás había habido en mi vida nada más importante ni tener hijos, ni aprobar oposiciones, ni viajar lejos que eso, estar en la cama con este hombre a media tarde."
    • "Yo tenía el privilegio de vivir desde el inicio, constantemente, con plena conciencia, lo que siempre acaba por descubrirse con asombro y perplejidad: el hombre al que se ama es un extraño."
Novela autobiográfica
Por otra parte en esta novelita Annie Ernaux, profesora de literatura, no lo olvidemos, realiza no pocas reflexiones metaliterarias sobre lo que está escribiendo y como lo está escribiendo. Así mientras A está ausente sin dar noticia alguna pero ella está en plena fase enfermiza de dependencia amatoria el tiempo verbal que utiliza es el pretérito imperfecto para marcar así lo inacabado de aquello que relata: "El pretérito imperfecto que he utilizado de manera espontánea desde las primeras líneas corresponde a un tiempo que yo no deseaba que acabara, el de 'en aquel entonces la vida era más hermosa', el de una repetición eterna.". Sin embargo cuando ya comienza a tomar conciencia del final cercano de esa relación, ciertamente tóxica para ella, el tiempo verbal se muda en presente de indicativo: "Paso del pretérito imperfecto, el era -¿pero desde cuándo?-, al presente -¿pero desde cuándo?- por falta de una solución mejor"

Por último también Annie Ernaux viene a confesar en un momento de esta novela de no ficción el motivo que la lleva a tomar la pluma. Me pregunto si no escribo para saber si los demás no han hecho o experimentado cosas idénticas, o al contrario, para que les parezca normal experimentarlas. O sea, escribir es para ella una manera de conocimiento tanto personal como para aquellos que la lean. Sería algo así como una mezcla de la literatura del conocimiento y de la literatura de la experiencia válido para los dos extremos de la comunicación literaria: el autor y el lector.

En definitiva, como también viene a decirnos en un momento dado, ella no está escribiendo un libro sobre A ni tampoco sobre sí misma, sino sobre lo que las vivencias tenidas con él le han supuesto.
El me había dicho: «No escribas un libro sobre mí». Pero no he escrito un libro sobre él, ni siquiera sobre mí. Me he limitado a expresar con palabras —que sin duda él no leerá, ni le están dirigidas— lo que su existencia, por sí sola, me ha dado.

5 may 2022

Cristina Peri Rossi. "La insumisa", novela autobiográfica

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«Yo leía muchísimo, sin orden, que es como hay que leer: novelas, poesía, libros de autores clásicos y modernos, los diarios que compraban en la casa de mis tías abuelas, los prospectos de medicina, los carteles de las películas y los libros de la biblioteca de mi tío que devoraba con bulimia»

La insumisa, novela autobiográfica, Cristina Peri Rossi
"La insumisa" es la última novela de Cristina Peri Rossi, flamante Premio Cervantes de este año 2022. Precisamente fue este Premio y el día de su entrega, el 23 de abril, lo que me llevó a comprar dos libros de la autora uruguaya residente en España desde el año 1972. Junto a esta novela autobiográfica, que me ha gustado y me ha servido para conocer mejor la vida de la autora desde su niñez hasta la edad adulta, adquirí una antología de su poesía editada por Visor titulada "La barca del tiempo" de cuya lectura estoy disfrutando mucho.

Leyendo "La insumisa" se asiste a la relación de Cristina con sus padres: cómo el padre era un ser distante, bebedor y mujeriego, con problemas de relación con la madre. La niña Peri Rossi, cuando oía o presenciaba las discusiones del matrimonio siempre se ponía del lado de su madre a la que quería intensamente. Con tres años, nos dice la autora, «le propuse casarme con ella». Desde el momento en que nos hace esta comunicación -la primera página del libro- la autobiografía se vuelca totalmente del lado materno. Se nos habla de los bisabuelos genoveses que enamoradísimos embarcaron muy jóvenes desde la ciudad italiana hacia Montevideo a donde llegaron tras un viaje que duró tres meses; durante la singladura la pareja fue casada por el capitán del buque, y -nos dice la escritora- en esa travesía la bisabuela Marcela Frugone quedó embarazada del primero de los 14 hijos que tuvo con Agustín Nocetti, su marido, al que profesaba un inmenso amor que la llevaría a no entender la vida sin él. Ambos enamorados morirán tempranamente dejando en el mundo siete hijos vivos de los 14 partos que Marcela tuvo. La hija mayor, María Luisa, casada con Carlos Alberto, será quien se encargará de sacar adelante a todos. Vivirán en la casona que Agustín, maestro de obras, construyó para albergar a toda la prole. María Luisa, pronto viuda de Carlos Alberto con quien tuvo tres hijos, es la abuela de Cristina Peri Rossi, y madre por lo tanto de Julieta Rossi, la mamá queridísima de Cristina, y también del soltero tío Tito que tanto influyó en los gustos literarios y musicales de nuestra autora. Julieta Rossi, muy pronto viuda de su marido Ambrosio Peri, era maestra y supo ver muy pronto las aptitudes de su hija para la escritura. El matrimonio Peri Rossi tuvo dos hijas; sin embargo y es algo que me resulta chocante Cristina nada dice en esta novela autobiográfica de su hermana. ¿Por qué?

De lo que más habla la autora en esta biografía novelada es de la atracción que desde siempre sintió ella por la belleza femenina. Cuenta cómo se enamoró en el Instituto de Elsa, una chica cuatro años mayor que ella. De cómo Elsa también parecía sentirse atraída por ella y cómo la imposición familiar la llevó a alejarse de Cristina. Este desamor, esta desilusión, dolió mucho a la novelista. Aunque como bien le dijo su madre los desamores se superan encontrando otros. Y así se enamoró de Alina, otra niña del instituto. Fue Alina quien le comunicó otro descubrimiento, en este caso atroz: eran «'anormales'» por amarse, por quererse, por declararse su amor; las chicas debían amar a chicos, casarse con ellos y tener descendencia, eso era lo normal y lo correcto. Elsa y Alina seguirían esta ruta y no les iría del todo bien; en fin, al menos a Alina, le fue bastante mal pues acabaría suicidándose.

Todos estos pormenores acerca de la identidad sexual, y algunas anécdotas siempre relacionadas en algún sentido con el hecho de haber nacido mujer relata Peri Rossi. Una de ellas es la gran desinformación existente en su tiempo respecto a la condición femenina representada en el hecho de la menstruación. Cuando Cristina tuvo su primer período se asustó muchísimo, y el gran desconocimiento y la nula información recibida sobre el asunto en el seno de la familia la llevarían a creer lo que algunas amigas de parecida edad le decían sobre que ya era mujer por lo que debía de tener cuidado de que ningún hombre la tocase pues se quedaría embarazada. Así un día llegó a casa gritando creerse embarazada dado que un hombre la había empujado por la calle.

Muchos episodios anecdóticos como el anterior se pueden leer en esta entretenida autobiografía novelada. Uno de ellos, quizás el más impactante de todos sea el que -cuenta la novelista- le sucedió en el previo a la operación por urgencias de peritonitis aguda a la que tuvo que someterse. Cuando la preparaban para llevarla a quirófano, Cristina se sintió violentada, agredida sexualmente; al comunicarle a su madre el suceso, ésta le aconsejó callar dado que no hubo testigos y el hecho se perdía en la nebulosa de no saber si la agresión sucedió realmente o fue producto de la imaginación desatada por culpa de la anestesia.

Esta novela, que podríamos denominar 'novela de iniciación', está formada por 18 capítulos, en mi opinión quasi relatos, dado que cualquiera de ellos podría sostenerse por sí solo desgajado del volumen. Son capítulos que giran, como ya he dicho, siempre en torno al hecho de la conformación de su identidad como mujer, de la explosión de su sexualidad, de su evolución y aceptación personales. Me ha sorprendido mucho que no haga explícitas referencias a su posicionamiento político que en 1972 la llevaron a tener que abandonar Uruguay sin previo aviso a fin de poder conservar la vida y su libertad. Quizás sea por esto por lo que tras dar noticia de su niñez y adolescencia a lo largo de la mayoría de los capítulos (Primer amor, El viaje de las cigüeñas, El qué dirán, Segundo amor, El deseo, La operación, Las anormales, El beso, etc.) a la edad adulta dedique tan sólo el último del libro, 'Nena querida'. En este capítulo cuenta de manera muy poética cómo sus relaciones amorosas con mujeres están muy relacionadas con el sentidísimo amor que desde bien niña, cuando leía cuanto caía en sus manos, ha tenido por la literatura. 

editorial Visor, erotismo, homosexualidad femenina
Leyendo los maravillosos poemas contenidos en la antología "La barca del tiempo" observo que en ellos aunque los asuntos del amor, la sexualidad, el erotismo, la condición femenina en el mundo y tal aparecen en muchos, Peri Rossi no elude hablar de su compromiso político, de su exilio, de los exiliados, de la soledad lejos de la patria, etc. Esto me lleva a preguntarme por qué en esta novela de título tan apropiado para el cuestionamiento sociopolítico, sin embargo, la política brilla por su ausencia. Espero que sea porque la escritora tenga en su pensamiento dedicar otra obra autobiográfica a cubrir esta carencia. Habría que preguntárselo a ella, desde luego. No sé cómo hacerlo, pero intentaré hacerle llegar esta cuestión a ella. Y ya me gustaría a mí que me respondiese. Si tal conjunción de astros se produjese, a bombo y platillo daría cuenta de ello en este blog. Sería fantástico.

Además de lo dicho hasta aquí, qué otra cosa destacaría de esta novela. Pues especialmente las referencias que la poeta y narradora realiza a la literatura en forma de títulos de obras y nombres de autores que la han marcado. Así se ve, por ejemplo, cuando, casi al quijotesco modo, habla de la biblioteca de su tío Tito en la que la adolescente Cristina pasaba las horas
«era una biblioteca muy completa: desde Homero al Ulises de Joyce, no faltaba ninguno de los libros de un buen lector, contemporáneo y que no tenía géneros preferidos, aunque yo sabía que a mi tío le gustaba mucho Juan Ramón Jiménez (con quien yo le encontraba gran parecido físico) y Antonio Machado. Por otro lado era la biblioteca de un lector del siglo XX: allí estaban tanto las novelas de Jean Paul Sartre, de Albert Camus, como la Eneida de Virgilio, Una habitación propia, de Virginia Wolf, o La madre, de Gorki, libro que me impresionó muchísimo [...]
No sé con qué libro comencé, ni con cual terminé, pero recuerdo haber leído los poemas de Amado Nervo, Don Quijote de la Mancha, el teatro de Eugene O'Neill y los relatos de William Saroyan. Nena querida fue toda una revelación para mí, y se convirtió en uno de mis preferidos.» [...]
También muchas son las referencias explícitas a compositores y obras musicales que Cristina aprendió a admirar escuchando los discos de su tío
«Si reviso mi discoteca, son los mismos que tengo hoy, aunque se hayan agregado otros. Beethoven, el melancólico y estremecido Chopin,Bach, Haendel, Tchaikovsky, Edvard Grieg, Smetana, Debussy, Vivaldi, Monteverdi, Erik Satie, Schubert, el jazz más antiguo (Paul Robeson y María Anderson) tanto como mis sopranos favoritas: Renata Tebaldi, Joan Sutherland, Birgit Nilsson, Victoria de los Ángeles y María Callas» (capítulo Mi tío)
Luego, ya por ella misma, el mundo del Cine, en especial sus actrices favoritas (Elizabeth Taylor, Ava Gardner y otras) entran a formar parte de su universo afectivo, creativo e intelectual.

Y junto a lo anterior no quiero dejar en el tintero el intenso lirismo que en ocasiones aparece esparcido  en esta autobiografía en prosa. Es un lirismo que estalla en las manos de la escritora cuando habla de amor, de la atracción erótica. Así en su adolescencia el descubrimiento de la poesía de Bécquer le servirá para sobrellevar el amor sentido hacia Elsa o Alina y para entender mejor sus propios sentimientos. Pero no sólo esto; también a la hora de contar lo sentido al besar a la persona amada en el capítulo El beso la poesía becqueriana emerge en las palabras que utiliza para describirlo: 
«No bien me senté a su lado, sentí que las manos, la boca, las sienes y las mejillas me temblaban. No podía mirar la página del libro, que no sabía qué decía, porque no podía quitar los ojos de aquella boca. [...] No sé cuánto tiempo estuvimos de esa manera, sólo sé que fue el principio de una cadena y, a veces, se inclinaba hacia la derecha, otras hacia la izquierda.»

editorial menos cuarto
 Es Cristina Peri Rossi una enamorada del lenguaje, de las palabras, casi tanto o más que de las mujeres que a lo largo de su ya extensa vida -Peri Rossi nació en Montevideo el año 1941- ha amado. Se percibe claramente en los poemas de la antología citada («Las mujeres son todas pronunciadas, / y las palabras, son todas amadas» (poemario Evohé, 1971), «En las páginas de un libro que leía, perdí una mujer. / En cambio, a la vuelta de la  esquina, he hallado una palabra» (ibidem), etc.

En "La insumisa", esta novela última, deja clara huella de su amor por la expresión justa, cuidada, hermosa. Y esto, que se percibe en general en todo el libro, restalla con fuerza en denominaciones breves y cercanas como 'bichicome' (mendigo), 'gato barcino' (gato atigrado), 'los grillos critaban' (los grillos gritaban o chillaban), un 'vestido lleno de volados y alforzas' (vestido lleno de elementos que sobresalen y de pliegues), 'gallo bataraz' (gallo de plumaje gris y pintas o rayas blancas), etc. 

Como se deduce he disfrutado mucho leyendo esta autobiografía novelada;  es una auténtica gozada leer denominaciones y frases como las anteriores utilizadas por esta maestra del idioma, esta buena narradora y mejor, mucho mejor, poeta en toda la extensión y profundidad de la palabra. 

21 feb 2022

Fernando Marías. "Arde este libro"

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«Te conocí hace cuatro décadas. Estás muerta desde hace siete años que van camino de ocho y luego irán camino de nueve y luego de once y de diecisiete y de treinta y ocho y así sin descanso hasta el gran cero final. Cada tecla que pulso te lleva hacia el olvido. Y esa misma tecla, que al ser pulsada también consume una décima de segundo de mi vida, acerca a la vez mi propia muerte.»

Arde este libro, Novela autobiográfica, especulativa, alcohólica, espectral
"Arde este libro" es una impresionante novela de no ficción escrita por Fernando Marías en 2021. Es la última de su producción pues la muerte sorprendió inopinadamente al escritor el día seis de este mes de febrero. 
Su fallecimiento fue toda una sorpresa. Como tanta otra gente, no me la esperaba. Quizás fue este suceso lo que me impulsó a sin demorarme más ponerme a leerla. Antes había leído elogiosos comentarios de la misma por parte de amigas lectoras de comprobado buen criterio. Todas ellas coincidían en manifestar el fuerte impacto que esta novela intimista les había ocasionado.

También yo declaro sentirme golpeado por el relato. En él Fernando Marías hace un recorrido autobiográfico por su existencia. Una existencia con varios acompañantes, el principal su pareja Verónica («Veronique Lebrun Lapierre fue tu nombre, aunque yo siempre te llamé Verónica»), muerta prematuramente en 2012 a los 54 años de edad y cuya desaparición fue el detonante de la escritura del relato iniciado en 2019. Dice el autor que la frase primera que abre la novela «Te incineraron con una novela mía entre las manos. Por eso escribo este libro» la escribió en 2012 nada más conocer la muerte de Verónica y la noticia de haber sido incinerada con un libro suyo entre las manos. Muchas otras frases, dice, pasaron por su cabeza («Había una vez un libro entre las llamas. ¿Debería empezar así? Quién sabe, siempre es muy difícil la primera frase.») hasta que se decidió por la que escribiera tantos años atrás. Sí, siempre en una novela es difícil e importante la elección de la primera frase. En esta ocasión la elección es impactante al igual que el relato completo que la sigue.

Partiendo de esa frase el libro entero es un canto fúnebre, una elegía, que muestra el desarrollo de la vida de la pareja y la fatal desaparición del integrante femenino por culpa de la adicción alcohólica. Es el alcoholismo el elemento nuclear de la narración que marca la destrucción de la felicidad y finalmente la extinción de uno de los dos. El sentimiento de culpa invade a Fernando Marías pues ella, Verónica, era una mujer que cuando se conocieron en 1979 no probaba el alcohol pero un día ante la insistencia de su amor, ella, gozosa y enamorada, decide hacer caso a su pareja y probar los deliciosos gin-tonics, vinos y cervezas que él parecía tanto disfrutar. Este pesar arrastra el narrador durante toda la novela. «Te mató el alcohol y fui yo quien te enseñó a beber.», repite inconsolable.

Por azares de la existencia resultará que el inductor tras en un momento dado tocar fondo, morir lo llama él en hermosa imagen literaria («El uno de octubre de 1997 estuve a punto de morir. En realidad morí y resucité, eso fue con exactitud lo que pasó.»), resucita a una vida de abstinencia plena de cualquier toma alcohólica. No así sucedió con Verónica que continuará su discurrir por los derroteros del demonio del alcohol en soledad. Ese día de octubre de 1997, prosigue Fernando Marías, «se partió en dos nuestro camino compartido, de esta fecha nuclear provino todo nuestro futuro, incluido este libro».

El libro recorre a lo largo y a lo ancho la relación de esta pareja desde su conocimiento en 1979, jóvenes hermosos y disfrutones, en el Madrid de lo que durante la década de los ochenta se denominaría luego, en el futuro, Movida madrileña, hasta la disolución de su vida en común: físicamente en 2003 con la marcha de Veronique a casa de su madre en Marsella, y la ya definitiva con su muerte en 2012, sucedida también en Marsella. 

Es, pues, la novela la mostración de todas las fases de una vida en común, con su etapa de amor exultante: la vida en pareja en la que el afecto y el sexo son el eje central; luego las ilusiones de futuro, las fantasías: él -siempre él- pensando triunfar en el Cine y luego escribiendo libros, ella coadyuvando con trabajos mal pagados al sostenimiento de la pareja para que él pudiera escribir; el triunfo de esa novela primera titulada "La luz prodigiosa", el pago por ella y por las adaptaciones al cine y la televisión de la misma; el disfrute de ello; y el alcohol, siempre el alcohol, en el centro de la vida de ambos; la caída de él y su entrada en la abstinencia; la dificultad o imposibilidad de convivir un exalcohólico con una alcohólica; la necesidad de Marías de distanciarse de ella para no recaer; los engaños diarios y las vanas promesas sin futuro de una alcohólica; los espacios mentales en blanco por culpa de la ebriedad; y así...
«Para entonces yo no bebía hacía años, por tanto tú y yo éramos extoxicómano contra toxicómana, exalcohólico contra alcohólica, esa convivencia criminal a la que nadie sobrevive.»

La novela es magnífica. No sólo por abordar lo duro que es mantener vivo el amor en el seno de una pareja de alcohólicos. Sí, de alcohólicos porque quien estuvo en las garras del alcohol, como el novelista, y pudo escapar de ellas sabe que debe estar siempre alerta porque cualquier recaída es fatal: «Quien recae abandona su destino en manos del azar, esta es una verdad que los bebedores refutan para sentirse a salvo. Si yo hubiera recaído habría muerto antes que tú.». Luego, por lo bien que está escrita, con un lenguaje bellísimo en ocasiones, una estructura adecuada a una novela memorialista como es "Arde este libro" en la que los temas van apareciendo primero de manera sucesiva y luego ya de forma reiterada según que la memoria avanza, vuelve y revuelve el recuerdo de unas cosas y de otras hasta completar el círculo que abre y cierra con ese libro incinerado en manos de ella que alguien colocaría ahí antes de la cremación: «Te incineraron con una novela mía entre las manos. Por eso escribo este libro». Por esta razón, la caprichosa marcha de la memoria, la novela carece de división en capítulos si bien los temas aparecen en cierto modo ordenados según que fue transcurriendo la vida de estos dos seres: el enamoramiento, la ilusión, el alcohol, la caída y recuperación de él, la caída irremediable de ella, el sentimiento de culpa de él, la lucha de ella por salir de la adicción, la muerte, la pobreza... No son sucesivos, se dan en desorden y a veces en coincidencia, pero son, fueron.

Como decía  una amiga al finalizar la lectura, todo en este libro merece ser subrayado. Es cierto. Pocas cosas hay prescindibles en el relato, aunque algunas a mí me han impactado más que otras. Quizás la primera, dada la coincidencia en el tiempo con ella y mi vivencia de la misma si bien de manera tangencial, sea el Madrid de la Movida. En los años 80 del siglo pasado yo como tanta otra gente vivimos con euforia la libertad que hacía poco había llegado a España. Como dice el escritor evocando sin citarlo al Gil de Biedma del poema No volveré a ser joven Fernando Marías y Verónica venían como todos los jóvenes a llevarse la vida por delante, a comerse el mundo. Como confiesa el poeta barcelonés en su hermoso poema será cuando el novelista esté situado en la atalaya de los años que sea consciente del fracaso, de que la vida iba en serio. Pero en ese momento y en ese lugar eran jóvenes, perseguían sueños y se sentían héroes. Sucedió en Madrid

«Madrid: nunca te amaré lo suficiente. Cada una de aquellas mañanas, al salir a la calle, arrancaba a caminar sabiéndome señalado por los dioses. Bastaba respirar el aire de aquel Madrid, lo juro. Era mentira, pero fue verdad.»

Los años de la Movida en Madrid fueron años difíciles que a la mayoría nos tocaron tangencialmente y a algunos les dio de pleno y se los llevó en la tremolina del alcohol y las drogas. Afortunadamente los más timoratos nos salvamos por melindrosos, pero conocidos hubo más atrevidos que estuvieron al borde del precipicio, uno o dos se precipitaron por él y algún otro tuvo que huir de la ciudad para evitar ser arrastrado en la caída. Verónica en 2003 intentó huir yendo a Marsella con su madre pero ya lo advirtió el propio Lazarillo de Tormes hace más de cuatrocientos años: «No mejora de condición quien muda sólo de lugar y no de costumbres». Diríase que el autor anónimo estuviese pensando en la pareja de Fernando Marías. 

La Movida no se entiende sin la efervescencia cultural que anidaba en ella. Sobre todo en forma de música, muy presente en la novela, pero también en las ilusiones, fantasías y ensoñaciones de los jóvenes que como esta pareja querían comerse el mundo. El Cine y la Literatura eran los paraísos donde se refugiaban ambos cuando eran bebedores, y Cine y Literatura fueron la tabla de salvación de Fernando Marías en su etapa de abstinencia. Los cantantes y los grupos nacionales y extranjeros que se citan en este relato son muchos y aún hoy, pasados ya tantos años desde esa época, siguen sonando en emisoras y sobre todo en las cabezas de quienes éramos jóvenes en esos momentos.

Precisamente fue en el campo musical que Fernando Marías hizo realidad su sueño de realizador cinematográfico. Consistió en la filmación de unos segundos de imágenes que sirvieran para anunciar la entrada en el escenario del  mítico Rock Ola del grupo Nacha Pop en una de sus primeras actuaciones. Y aquí finalizó todo su sueño de creador cinematográfico que durante años su fantasía alimentó. Sin embargo el Cine marca la entrada y salida de la relación de la pareja. En un cine de Madrid, el cine Avenida, ve Marías simbolizado el nacimiento y la finalización de su relación amorosa que duró algo más de veintidós años: 

«toda plenitud humana se desplaza hacia su final en el instante mismo de nacer, y la tarde memorable del cine Avenida echó a caminar de forma inexorable hacia otra tarde del cine Avenida, esta desoladora y ubicada en el futuro.
Veintisiete de enero de 2002: ese día, veintidós años y algunos meses después de mi diáfana felicidad. Se estrenó en la misma sala la versión cinematográfica de la novela que acabaría por arder sobre tu pecho.
»

Fue su primera novela, La luz prodigiosa, aparecida en 1992, y por la que tanto habían luchado amorosamente unidos la que los llevó al cénit de su felicidad por lo logrado, si bien a renglón seguido en 1993 llegaría el momento en que sus caminos por culpa del alcohol se bifurcarían, separándose ya definitivamente en ese 2003 en que otro éxito, la versión cinematográfica de esa novela, llegaría a la vida del escritor.

La literatura propia y ajena está muy presente en la novela. Por ella venía un joven Fernando Marías a justificar su afición a la bebida: «De aquella época recuerdo mi fascinación por el alcoholismo que hermanaba a los idolatrados Edgar Allan Poe, Scott Fitzgerald, Fiodor Dostoievski, Jack London o Dylan Thomas, a quien por aquella época no leí y al que por tanto idolatraba porque sí, con la misma fe ciega, justo es admitirlo, que los curas oscuros reclamaban para sus milagros y resurrecciones.» Si estos grandes autores habían sido alcohólicos y él quería ser un gran autor, beber y escribir eran actividades coincidentes y necesarias. Gran error, claro; pero eso, como ocurre con casi todo, se comprueba con el paso del tiempo después de haber caído en el pozo.

Si su papel en el Cine se circunscribiría a la realización del guion de dos de sus novelas (La luz prodigiosa e Invasor) y poco más, en Literatura puede decirse sin temor alguno a equivocarse que Fernando Marías triunfó. Su manera de escribir es muy personal y ha sabido marcarse un estilo propio que lo distingue de otros autores. En esta «historia real de amor, muerte y desarraigo iniciada en el Madrid de los años ochenta y concluida hoy» que él mismo anuncia al inicio del relato asistiremos -al tiempo que conocemos la biografía del escritor, el alcoholismo de la pareja, la felicidad primero y luego incluso la felicidad dentro de la infelicidad- a la producción de este libro en vivo y en directo. Es un caso evidente de metaliteratura que el novelista resalta con frecuencia a lo largo de sus páginas

«La escena de tu partida de 2004, que se encuentra unas páginas más atrás, fue una de las primeras que escribí al comenzar. Sin embargo, no lograba encontrarle ubicación dentro de la estructura del libro a pesar de su importancia»


Para finalizar 
No puedo dejar esta reseña sin citar la inesperada muerte de Fernando Marías el pasado día seis de este mes de febrero. Constantemente durante la lectura esta noticia me asaltaba. Muchas páginas, estoy seguro de ello, las habría  entendido de manera diferente de haberlas leído desconociendo este dato. Por eso, quizás, han llamado mucho mi atención las constantes referencias a la Muerte. Algo lógico en principio dado que la escritura del libro surge del dolor por la desaparición definitiva de Verónica; sin embargo al referirse a la suya, la cual, mientras escribía el relato, pensaba que sucedería inevitablemente pero en un tiempo aún no determinado, yo no he podido por menos que atisbar avisos, llamadas al lector sobre la misma que quizás en su fuero interno sentía próxima:

  • «Mi muerte ya ha dado señales de vida, por eso admito con naturalidad que habrá para mí un trayecto en metro que será el último, igual que habrá un último paseo ante el mar, una última vez que me sentaré frente a la pantalla de cine, un último orgasmo, un último día de lluvia recia, un último gajo de naranja, un último miércoles, un último whatsapp y, por supuesto, una última novela que comenzaré a leer sin sospechar que después no habrá ninguna otra [...]»
  • «Así me pasará a mí también. Un lunes o un jueves, cómo saberlo, cómo saber si será a las dos y veintitrés de la madrugada o a las dieciséis y dieciséis de la tarde, el universo entero fundirá a negro a la vez que yo expiro, mientras en innumerables lugares personas también innumerables comprarán palomitas a la entrada del cine, surcarán los mares, firmarán su ansiado divorcio, se maquillarán a toda prisa para entrar al plató de un informativo que no reseñará mi muerte»

Fernando Marías, La luz incierta, novelista, guionista cinematográfico
Y amante como es de la Literatura al reflexionar y especular sobre su  propia muerte, aparte de evocar al Juan Ramón Jiménez del poema El viaje definitivo que se percibe en la última de las citas anteriores, el escritor, él también poeta por el buen trato que da a la lengua, no puede menos que manifestar un convencimiento y un temor. 

  • El convencimiento: «Los demás escritores, junto a nuestros libros, seremos antes o después conjugados en pasado e incluso borrados de la memoria colectiva. No soy ni seré una excepción, lo sé con convicción más sólida y también con tolerancia creciente a medida que corre el tiempo.» 
  •  El temor: «Peor, mucho peor que morir con un libro a medio leer es morir sin concluir el libro que escribes. No llegar a concluir un libro al que llevas años entregado se me antoja una cárcel sin retorno.»
Desde luego Fernando Marías logró concluir con mérito Arde este libro. No sé si habrá dejado alguno prendido en los telares de su escritura. Nada se ha dicho de ello. Espero que no y que así el novelista haya podido conjurar sus temores a esa cárcel sin retorno de la que hablaba.

10 may 2021

"El huerto de Emerson" por Luis Landero

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«Yo soy de los que viven, archivan en la memoria, y luego, al recordar, me lo reinvento casi todo. Yo solo necesito un poquito de realidad para escribir; lo demás es añadido imaginario.» (pág. 98)

El huerto de Emerson, Luis Landero, Novela
En 2015 cuando leí "El balcón en invierno" de Landero pocos se asomaban al muy humilde mío, quiero decir a este blog, que en ese momento tenía escaso tiempo de vida y era poco conocido por estos pagos. Tras haber visitado —leído— "El huerto de Emerson" con interés he ido como no podía ser de otro modo a recuperar mis impresiones sobre ese balcón al que salí hace seis años largos y no puedo por menos —perdóneseme la inmodestia— que reconocer que lo que allí vertí [pincha aquí para acceder a esa reseña] sobre la publicación de este Gran Faroni de nuestra literatura, Luis Landero, podría reproducirlo casi al pie de la letra para comentar esta última obra autobiográfica, novela memorialista, ensayo intimista o como quiera que el carácter proteico de la literatura hoy decida calificarla.

No es Landero un escritor al uso, quiero decir, facilón. No, desde luego que no. Su literatura surge de lo más profundo de sí mismo. Podría decir —repetir, pues creo haberlo ya dicho en otro lugar de este blog— que constantemente nos está hablando de él y su mundo. Si en otros de sus libros podría quedar algún atisbo de duda, en éste la declaración de lo que digo parte ya del propio título de la obra: "El huerto de Emerson". ¿De qué huerto nos habla? ¿Quién es Emerson? Hay que leer los 15 apartados en que se estructura esta obra para hallar la respuesta debida a ambas preguntas. Pero si aún no lo habéis hecho un poco de ayuda nunca viene mal. Seguid leyendo.

La primera cuestión no se entiende sin la segunda. Emerson es un escritor, poeta y filósofo estadounidense que vivió durante el siglo XIX y fue fundador del movimiento denominado trascendentalismo, pensamiento filosófico que parte de Kant, sigue por Fichte y desemboca en Schopenhauer. En esencia lo que venía a decir Emerson a cuyo huerto viene Landero a recoger lechugas y hortalizas es que el contacto de la persona con la naturaleza  provoca que a través de la intuición y la mera observación se pueda conectar con la 'energía cósmica', o sea, vamos, en último término con Dios; quiere decirse, pues, que el trascendentalismo es una especie de panteísmo. Pero a Luis Landero lo que más le sedujo del  pensamiento de Emerson es la declaración del norteamericano de que hay que valorarse en lo que uno es, que hay que conocerse a uno mismo, que «cada cual ha de aceptarse a sí mismo tal como es, y aceptarse además con orgullo y contento. Que a todos nos ha tocado en suerte un terrenito en el que laborar». Este terrenito es el huerto al que alude en el título. En definitiva, él mismo.

Trascendentalismo, William Carlos Williams, Paterson, Jim Jarmusch
A raíz de la lectura de este libro he recordado una hermosísima película que vi hace ya unos años que bebía en el pensamiento y filosofía de Ralph Waldo Emerson. Me refiero a "Paterson" del director Jim Jarmusch que hace cinco años ya reseñé en este blog. En el film, la pareja protagonista se siente atraída por la 'poesía de las cosas' de William Carlos Williams, poeta norteamericano que bebía de este transcendentalismo de Emerson. Todo como se ve está muy muy relacionado.

Pero a lo que vamos. Landero en esta novela-ensayo-memoria-metaliteraria adquiere un cuaderno nuevo y se dispone a escribir. Dice que en contra de lo que acostumbra piensa hacerlo sin plan previo («Siempre he planeado mucho mis libros, pero esta vez quiero que el libro se vaya haciendo solo, y que él solo vaya tomando la forma que mejor le parezca.»). Lo único importante para ser escritor, dice desdoblándose en personaje de su propia vida visto desde su posición de autor-narrador, «es tozudez y maña. Extraes un hilo de la primera frase, tiras de él y tejes la segunda, soplas sobre las ascuas de la segunda y con esa pequeña candela enciendes la tercera, luego tomas una palabra de la tercera, la frotas, a ver qué sale, [...] a la cuarta le pones alas y la echas a volar, y en cuanto a la quinta, a lo mejor esa llega sola, despistada, como caída de un guindo, o bien se presenta voluntaria, y hasta es posible que venga acompañada de otra, y así, [...]». ¿Se puede explicar de manera más poética el personalísimo proceso creativo de Landero? Creo que no. Pero no es el único momento en la narración que lo hace. Toda ella está plagada de explicaciones metaliterarias, de aclaraciones sobre su poética. Y esto es uno de los grandes valores de este librito, breve por el número de páginas y extenso por la profundidad de su contenido. 

Pero ¿de dónde saca los asuntos, el contenido, el fondo que subyace tras esas palabras que tiran unas de otras formando una conga de lo más solidaria? Siempre siempre de su propia memoria, o sea, de lo vivido, del propio huerto personalísimo. Así ha sido desde siempre en él, desde esos Juegos de la edad tardía hasta este que tengo en las manos. Piensa con acierto Landero que el tiempo nos agotará y de nosotros como ya comentaran nuestros antepasados renacentistas no quedará más que lo guardado en la memoria de quienes nos sobrevivan. ¿Y si esos —como es seguro que pasará— también abandonan este mundo? ¿Dónde irá a parar lo vivido por nosotros? Al olvido, evidentemente. Quizás el papel, ese cuaderno virgen que ha adquirido y espera sobre la mesa ser violentado amorosamente por la pluma, sea la solución
«Pensé en cómo mi mundo propio e irrepetible, con su infinita minucia de sucesos, al que a última hora vendría a agregarse el de la muerte, se perdería conmigo, igual que se perdió el de mis padres y el de todos los muertos que ahora me rodeaban.»

 Es El huerto de Emerson una obra memorialista y autobiográfica por donde quiera que se la mire: los orígenes extremeños del autor, el traslado de la familia a Madrid, la muerte del padre, sus diversos trabajos y ocupaciones: ayudante en un despacho de abogados, guitarrista, profesor ayudante de francés en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, profesor de instituto, conferenciante... Mil y uno oficios  han sido desempañados por Luis Landero si bien «Salvo cuando fui guitarrista, también yo me considero un hombre sin oficio, con solo algunas habilidades difusas que me han permitido ganarme la vida y encontrar un lugar en el mundo. Desde siempre, yo he admirado a quienes tienen y dominan una profesión y la desempeñan con esmero y con gusto.»

El escritor-narrador en este ensayo autobiográfico novelado se presenta a sí mismo como impostor, maestro de la apariencia, siempre a punto de abandonar cualquier oficio u ocupación atraído por los cantos de sirena de la pereza, su auténtica perdición, contra la que ha luchado desde siempre. Su impostura le lleva a confesar que más que un profesor que escribe, he sido un escritor que en sus horas libres se ganaba la vida dando clases, por aquello de la maldición bíblica del pan y del sudor. Sin embargo como profesor de Literatura en el madrileño Instituto Calderón de la Barca, de Literatura comparada en la Universidad de Yale o de Escritura y Ciencias Teatrales en la RESAD (Real Escuela Superior de Arte Dramático) sus clases se caracterizaban por la atención puesta en el detalle dejando de lado las grandes exposiciones teóricas («he sido un profesor de detalles, vislumbres y caprichos, en tanto que el grueso del saber académico lo encomendaba a los buenos oficios de cualquier manual.»)

Escritura a mano, Luis Landero
Y la verdad es que también en su narrativa —algo que en este libro se percibe muy especialmente— ese gusto por el detalle, por lo mínimo, se comprueba de varios modos. Uno es a través del vocabulario al que recurre en ocasiones; palabras como escuerzo (sapo), tueco (oquedad producida en la madera por la carcoma), garabato (instrumento de hierro con punta semicírcular que sirve para tener colgado algo, asirlo o agarrarlo), evónimo (tipo de arbusto también llamado 'bonetero') o aldabón (culebrilla inofensiva de mítica mala fama) le sirven para dar entrada en el relato al realismo mágico que por momentos se enseñorea en él: « Si te pica el alicante, llama al cura que te cante.Si te pica el aldabón,avisa al enterrador».Si el aldabón y su mala fama pertenecen a la esfera de lo imaginado, la niñez es terreno abonado a la fantasía y surtidor primordial de ese realismo mágico —mejor sería decir "memorialismo mágico"— en que a base de detalles mínimos en algunas ocasiones esta obra se transforma. Es muy ilustrativo al respecto la estampa en la que el autor rememora cómo un hombre gordo que caminaba junto a un niño en una feria se separaba del suelo y volaba elevándose; algo que al Landero niño e incluso al novelista adulto cuando ha sido preguntado por ello no le parece para nada inverosímil: al niño porque todos sus compañeros así lo veían, y al adulto porque, dice, "no es inverosímil que un hombre gordo, si es joven, salga volando". Sentido del humor no le falta al autor de Albuquerque. 

Muchos elementos sabrosos hay en este relato memorialista. A los recuerdos vividos se le añaden de una manera no menos vívida un gran número de frases escuchadas que por mecanismo inexplicable se quedaron grabadas en su memoria reapareciendo de manera recurrente a lo largo de su vida. Son expresiones aparentemente tan sin sentido como la que durante su adolescencia oyó decir en un ultramarinos del barrio («Aquí no trabajamos el mejillón pequeño"») o la que con seriedad profirió su tío Paco en un círculo masculino que el Landero niño observaba («El problema de las grandes ciudades es que los taxis libres van más despacio que los ocupados, y eso entorpece el tráfico»). A estas frases, oídas durante su adolescencia a hombres y mujeres en conversaciones mantenidas en torno al fuego o a la puerta de las casas durante las cálidas noches de verano, se suman otro sinfín de ellas leídas en Faulkner (El villorrio, especialmente), en Stendhal (Rojo y negro), en Cervantes que sostenía que «Saber sentir es saber decir», o en Goethe cuando afirmaba que «Basta con sentir». Pero también en su memoria están los versos de Antonio Machado («En el corazón tenía / la espina de una pasión; / logré arrancármela un día: / ya no siento el corazón»), de Juan Ramón Jiménez, de Quevedo, Cernuda, Valle... que afloran por doquier en este texto memorial como formantes intrínsecos de su propia experiencia vital. Esta presencia se plasma en intertextos que cualquier lector avisado puede reconocer durante la lectura. Así en una plegaria «al señor de la invención y de la gramática» leemos, entre muchas otras, una petición en la que resuena el poeta de Moguer («concédeme la gracia de encontrar el nombre exacto de las cosas») y sucede otro tanto en alusiones y citas que llevan a muñidores literarios que en Landero forman parte inseparable de su propio existir.

El lenguaje literario contenido en "El huerto de Emerson" de Luis Landero es poético por demás. La imaginería que utiliza para construirlo, la abundancia descriptiva, la metaforización, las alusiones y elisiones... Todo contribuye a crear una atmosfera lectora agradable y satisfactoria. Esta obra de apariencia sencilla, compendio de lo que su vida ha sido, se disfruta infinitamente cuando el lector reconoce las alusiones intertextuales, comprende las elisiones, desarrolla las imágenes y se deleita con el color y plasticidad derivada de su poder descriptivo
«Son días intensos, irrepetibles, perdurables, de no parar de contar, de escuchar, de preguntar, y de un continuo y deleitoso asombro que todos querrían que no acabara nunca. Pero luego, sin embargo, lento pero seguro, pasa el tiempo, haciendo su oficio, y llega el día en que los niños se han comido las golosinas, las mujeres han guardado sus ropas y perfumes, porque en aquellas soledades no tienen ocasión de lucirlos, las aventuras y noticias ya han sido despachadas, y sin saber cómo, vuelve la monotonía, y el camino liso de lo cotidiano, y el fastidio de la rutina, y la desgana de los días y el secreto sinsabor de vivir.»
Novela memorialista, Autobiografía, Novela introspectiva
Efectivamente es el tiempo, como no podía ser de otra manera, elemento esencial de un libro autobiográfico, un libro en el que se muestra el camino que la vida es, el viaje que ella supone. A través de la escritura memorial se pretende capturar el tiempo que huye y los tiempos que mudan. Landero muestra en este libro un mundo que desaparece si es que todavía existe: «Estas cosas se habían contado durante siglos alrededor del fuego, y en verano al fresco de la calle. Mi abuela Frasca y mi tía Cipriana me las habían contado a mí, pero yo ahora no tengo a quién contárselas. Como tantas cosas, aquellos tiempos también se han extinguido» Diríase que la experiencia vital no está completa hasta que no contamos o nos contamos lo vivido.

Es el momento actual, nuestro tiempo, época en la que el viaje físico se ha sacralizado. Es preciso viajar, es casi una obligación ciudadana. Si no se viaja, la economía se resiente. Luis Landero no gusta de estos desplazamientos físicos en el espacio pese a haberlos practicado en algún momento de su ya larga vida. Afirma que «de todos mis viajes, los que he vivido con más emoción e intensidad, los buenos, los inolvidables, los esenciales, los he hecho con Julio Verne, con Defoe, con Homero, con Stevenson, con Humboldt, con Darwin, con Kapuściński, con Shackleton y con tantos otros. Pocos lectores habrán disfrutado tanto como yo con los libros de viajes y las novelas de aventuras.» Y categórico, concluyente, y muy muy literario como es todo en él, añade

«Dejemos los viajes para los hombres sin imaginación, como dice Proust de las mujeres hermosas»


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23 ene 2021

Paul Auster: "A salto de mata". Juan Manuel de Prada: "Coños" (A pares XVII)

38 comentarios:
Este "A pares" está formado por dos lecturas en cierta manera extrañas aunque por motivos diferentes. "A salto de mata" de Paul Auster lo es porque su 'lectura' la he realizado escuchando el libro y no leyéndolo. Los audiolibros están en auge últimamente. La verdad es que yo ya los había probado anteriormente en dos ocasiones y no me había encontrado muy a gusto haciéndolo sobre todo porque la búsqueda de algún dato, nombre de personaje, fecha escuchada o lo que sea se hace difícil cuando no imposible; para qué decir nada de realizar anotaciones 'in situ' o efectuar subrayados de alguna frase relevante, algo sencillamente impensable. Pero con todo en una época en la que hay que caminar, montar en bici o viajar en coche conduciéndolo personalmente, me parece que los audiolibros son un buen remedo -si es que las imitaciones pueden serlo- de la verdadera lectura sobre todo si, como ha sido el caso de este libro, lo que se escucha es una historia de escasa complicación temática y aún menos complicación formal.

La segunda lectura, "Coños", de Juan Manuel Prada, la realicé en papel hará unos tres meses y se había quedado ahí, sin reseña ni comentario alguno debido al tipo de obra que en sí es. La extrañeza en este caso viene ya expresada en el propio título, llamativo por demás; si me acerqué al texto fue por su escasa complicación al estar realizado en forma de relatos cortos independientes unos de otros y por el escaso número de páginas del libro, algo que después de lecturas largas y sesudas me apetece hacer de vez en cuando para así desconectar rápido de profundidades anteriores.



"A salto de mata" de Paul Auster

Novela autobiográfica, Paul Auster
El autor cuenta en primera persona episodios de sus primeros treinta años de vida. Si hay algo constante a lo largo de las 153 páginas del libro es la perentoriedad del dinero que Auster siente constantemente. Ya en su niñez Paul recuerda a su padre Samuel discutiendo con Queemie, su madre, a cuenta del dinero que ella derrochaba según él a manos llenas. Muy pronto Paul comprendió que el dinero era importante y procuraba ahorrar la mayor parte de lo que le daban como regalos durante las diferentes festividades judías y en ceremonias como el Bar Mitzvah que como miembro de la comunidad realizó al cumplir los trece años. Estos ahorros más el de las propinas que obtenía durante las vacaciones escolares haciendo pequeñas tareas en los jardines y casas de los vecinos más el que le dieron por su graduación de bachillerato le permitieron hacerse con un fondo (unos 1500$) que le resultó muy útil para viajar a Europa finalizados sus estudios de bachillerato y antes de entrar en la Universidad de Columbia donde estudiará Literatura, la pasión de su vida. 

Los viajes son una constante en él. Amante de la literatura desde al menos los doce años, Europa siempre le atrajo. A los 18 años viaja a París en un barco fletado para estudiantes. Y de allí, en los dos meses y medio que duró esta primera gran salida, España, Italia y muy especialmente Dublín. Ir a la capital de Irlanda era algo que le debía a James Joyce sin lugar a dudas, dice. En esta novela autobiográfica cuenta sus experiencias en Europa, especialmente en París, las amistades que hizo, los trabajos que realizó para salir adelante pues el dinero se acababa rápido y sobre todo sus deseos de escribir. En los dos meses y medio que duró el viaje pensó mucho en la novela que quería escribir y cuyo manuscrito luego se perdió. 

De regreso en USA inicia sus estudios universitarios en 1965. Finalizado el segundo curso se apunta a un programa de la Columbia para estudiar en el extranjero el tercer curso en París. Le decepcionó completamente el programa y tuvo una fuerte discusión con el director del mismo, a consecuencia de la cual decidió abandonar la Universidad. Si no estudiaba debería incorporarse a filas y marchar a la Guerra de Vietnam. Decidió, por esto, permanecer en París leyendo, escribiendo, viendo películas e incluso pensando en hacerse director de cine algo que no realizará por no superar los farragosos requisitos exigidos para ingresar en la Escuela de Cinematografía. Al notar que su familia estaba preocupada por él decidió volver a Nueva York y pensar sobre qué hacer, si la Universidad o la Guerra. Corría 1968 y había revueltas estudiantiles contra el papel de USA en Vietnam. A Paul el decano de la Facultad le dijo que le admitirían de nuevo en la Universidad si lo deseaba pues que un chico de 20 años fuese a la Guerra era un auténtico crimen. Volvió a ella y se graduó, aunque durante esos tres años las huelgas y manifestaciones estudiantiles contra Vietnam fueron frecuentes; revueltas en las que Auster participó no muy activamente pues él se sentía alejado de "aquello que se dice solidaridad". Quizás gracias a este carácter se salvó de ir a la cárcel, de morir montando un explosivo o de huir constantemente del FBI como les ocurrió a un buen número de sus compañeros de estudios.

Sus temores sobre tener que ir a Vietnam desaparecieron cuando en 1969 realizado el sorteo él salió con un número que lo eximía del servicio. Pudo a partir de entonces y una vez finalizados sus estudios buscarse un trabajo que le diese el suficiente dinero como para ganar tiempo y así realizar su mayor deseo: escribir. Comienza entonces a trabajar en un petrolero de la ESSO. Viaja por toda la costa este del país y entabla amistad con personas que le hacen conocer la profunda realidad del país como, por ejemplo, el fuerte racismo que en el mismo existe. Logrados unos 4000$ decide volver a París donde se dedica a escribir y cuando el dinero se le va agotando comienza a hacer traducciones del francés al inglés o viceversa. Una de las que hizo fue la de una constitución que se preparaba para el nuevo Vietnam. También daba clases de inglés a estudiantes de bachillerato, hacía de guía turístico para ingleses o americanos y cosas así. En París vive con su novia Lydia Davis, hija del escritor Robert Gorham Davis. Ambos viven fundamentalmente de hacer traducciones de autores franceses al inglés. Más dinero le dará hacer sinopsis en inglés de guiones cinematográficos que la mujer mexicana de un productor ruso le proporcionaba. Tras un trabajo en México con resultado poco amable vuelve con Lydia a Nueva York donde irreflexivamente -dice- deciden casarse. Es 1974.

En Nueva York, gracias a su padrastro (el segundo marido de su madre tras haberse separado el matrimonio en 1965) consigue que The New York Review of Books o  Harper’s Saturday Review le paguen por las reseñas que haga de libros de arte y/o de literatura. Es una manera de sobrevivir malamente que apenas le permite escribir. Con todo escribe poesía, teatro y va pergeñando alguna novela. La necesidad de dinero estalla cuando en 1976 sea padre junto a Lydia Davis de Daniel, su primer hijo. "Tener un hijo marca la verdadera frontera entre la juventud y la edad adulta". Idea entonces comercializar un juego de cartas sobre beisbol que inventó cuando era adolescente. Pero “El que confía en imbéciles acaba comportándose como un imbécil”, escribe en "A salto de mata", expresando así el fracaso de la idea y el tiempo perdido hablando con una gran cantidad de charlatanes para intentar que su juego fuese vendido a una empresa que lo comercializase, algo que siempre acabó en fracaso.

Tras el fracaso del juego buscó un trabajo fijo pero tras varios meses de entrevistas y búsqueda nada le había salido. Afortunadamente le llegó una beca de 3500$ del instituto de Arte de Nueva York. Gracias a esto podrá ponerse ya  decididamente a escribir. La novela negra americana que leía y le gustaba (suicidio aparente que es un asesinato) le llevó a decidir hacer una novela de sentido inverso: asesinato que al final fuera un suicidio. Le agradó la idea y se puso a escribir una novela policíaca en esos términos. En dos meses le dio forma en unas 300 páginas que imitaban otras leídas pero que a él le satisfizo. Sin embargo tropezó con dificultades sobre todo por su incompetencia como vendedor. Necesitaba un agente literario, pero los poetas no tenían agente. Su fracaso iba en el sentido de que le decían que ya no se llevaban las novelas de detectives privados, algo parecido a lo que le dijeron cuando el juego de cartas sobre beisbol, que ya no se llevaban los juegos de mesa sobre deportes.

autores judíos norteamericanos,
En noviembre de 1978 se rompió su matrimonio. Dos meses después murió su padre y eso le afectó muchísimo por lo que se puso a escribir sobre él. Volvió a New York, se enamoró y en 1981 se volvió a casar. En esos 4 años todo cambió. Un amigo que montaba una editorial le pidió un manuscrito y entonces Auster le mandó la novela y se la publicó aunque condiciones de dinero no había por parte alguna y además la publicó dos años después. 

Finaliza esta autobiografía de juventud relatando las vicisitudes del manuscrito de esa novela detectivesca que al final salió con mayor fortuna en una editorial de bolsillo que le adelantó 2000$ de los cuales hubo de entregar 1000$ al primer editor -su amigo- según figuraba en contrato y un 10% a la agente literaria que le llevaba los asuntos; en total, sólo le quedaron tras todos esos años de lucha 900$. "A salto de mata" cierra con esta frase: “Así se escriben libros por dinero. Es 1996”. Fue su primer no-fracaso y por tanto el final de esta narración subtitulada "Crónica de un fracaso precoz". 

Me gustaría que al acabar de leer esta reseña, el lector tuviese clara la idoneidad de la lectura de "A salto de mata" para aquellos amantes de la obra y la figura de Paul Auster.



"Coños" de Juan Manuel de Prada

Es el primer libro que escribió Juan Manuel de Prada. Se trata de una boutade, un juego de joven amante de la literatura, enamorado precisamente de la de Ramón Gómez de la Serna con quien soñaba codearse o al menos emular. Así si el madrileño novecentista escribió y escandalizó en su tiempo con "Senos", el vizcaíno que estudió en Salamanca escribió unos relatos sueltos que agavilló bajo el rotundo y no menos escandaloso título de "Coños". Son 54 relatos cortos que entre todos suman apenas 150 páginas en total.
 
La sinopsis que la editorial Valdemar que lo publica realiza sobre el mismo pretende en mi opinión elevar estos ejercicios de escritura erótica de un estudiante a categoría excelsa, algo que en mi opinión no alcanza aunque tampoco quepa concluir lo contrario en absoluto. Dice la editorial lo siguiente:

Coños, constituye un homenaje a la mujer y a la literatura, que aspira a la celebración episódica del cuerpo femenino, a la divinización obsesiva de las mujeres a través de las palabras, y muestra al lector que la diversidad no es sólo un camino hacia la unidad íntima de la mujer. Burlándose de los géneros, entremezclando lúdicamente el fragmento lírico con las memorias apócrifas, la prosa de estirpe clásica con un humor tributario de las vanguardias, Juan Manuel de Prada nos sirve, en un estilo propio, millonario de metáforas, un libro que podría adscribirse a un género nuevo o excluirse de toda adscripción.

Tras haberlo leído, a la pregunta que me hago sobre qué es este libro, me contesto que no es nada más que un divertimento, una nadería graciosa e irrespetuosa sin más, que no hay que ver con ojos de policía de lo políticamente correcto simplemente porque no lo es. Pero así como pienso que no hay que derribar la estatua de Colón porque de él haya derivado el concepto de colonización, de igual manera pienso que no hay que arremeter contra el autor porque el órgano designado sea exclusivo de una mitad de la población. Así como en Colón hoy debemos quedarnos con los beneficios que su gesta supuso para el mundo en muchos aspectos, en este librito de Juan Manuel de Prada se debe uno fijar en el buen oficio literario que destilan los relatos que lo componen. ¡¡Sin más!!

Pese a ser una obra de primera juventud del escritor ya en ella se traslucen sus muchas lecturas y su mucho amor por el cine. Literatura y Cine son referentes de no pocas imágenes presentes en su escritura. Igualmente se percibe en la mayoría de los relatos el innegable sentido del humor del escritor que recuerdo haber percibido con gusto en la única novela que de él he leído, "Las máscaras del héroe", que fue Premio Ojo Crítico de narrativa 1997.  
  • Así, a oscuras, escondidos de Manitú, desenterrábamos la marihuana y fumábamos en paz, rememorando a John Wayne en 'She wore a yellow ribbon'. (película de John Ford del año 1949 protagonizada por John Wayne)
  • Gertrudis, que es algo procaz, se corre maldiciendo a Guillermo Cabrera Infante, a quien considera un James Joyce para mulatos con úlcera gástrica. Tampoco es para tanto.
  • Miro el coño de Gertrudis y le recito fragmentos de Paradiso, la novela de Lezama Lima que me deslumbró en la adolescencia por sus conexiones insólitas, aunque nunca llegase a entenderla del todo (pero la literatura no debe entenderse, basta con que acaricie el oído, el alma o los cojones).
Lo que más me ha agradado de este librito del vizcaíno de nacimiento, zamorano por procedencia familiar e infancia y salmantino por formación universitaria, es, aparte del sentido del humor, el buen empleo que hace de la lengua si bien a veces me haya resultado un tanto barrocón por el exceso de imaginería y adornos. Bueno, ya la última cita anterior en la que aparece nombrado el cubano José Lezama Lima y su novela "Paradiso" dice mucho de este gusto suyo por el exceso. 

Antes de concluir quisiera resaltar la idea de que según se leen los distintos capítulos o relatos uno se da cuenta de que la obra no tiene por destinatario exclusivo un lector masculino, ni tampoco es una especie de "Libro de buen amor" actual que ofrezca un abanico de mujeres (costureras, sonámbulas, cubanas, solteronas, viudas, filipinas, vírgenes...) al estilo de lo que hiciera en su siglo Juan Ruiz, y mucho menos un manual de educación sexual. Lo que hay en él (originalidad, vanguardia, Cine, Pintura, Música, autobiografía...) configura esta gavilla de ejercicios literarios como una obra para leer despacio, saboreando su más que aceptable literatura y su innegable buen sentido del humor

"Las máscaras del héroe", "El silencio del patinador", Ramón Gómez de la Serna
Esta colección de relatos cortos de título tan llamativo según aclara Luis Carda Jambrina, prologuista de la misma, salió publicada por vez primera en 1994 de manera casi clandestina en una edición no venal de sólo 50 ejemplares que iba circulando de mano en mano siendo citada por entusiastas del género y "apreciada por poetas, escritores y especialistas en literatura erótica (Rafael Alberti, Luis García Berlanga, Luis Alberto de Cuenca, Abelardo Linares, Gonzalo Santonja, Víctor Infantes...)". Fue tal la popularidad que adquirió en esos ambientes literarios que a rebufo de la primera novela del autor citada antes, aparecida en 1996, y junto a otro libro de relatos -doce en este caso- titulado "El silencio del patinador" de 1995, la editorial Valdemar decidió hacer una edición en toda regla ese año, la cual se ha ido reeditando una y otra vez desde entonces en ésa y otras editoriales.