22 sept 2026
En recuerdo de Marcos Ordóñez
13 sept 2026
De César Aira leo "El error" y revisito "Las noches de Flores" (A pares LIII)
«En este mural, Pepe Dueñas, Dante sin Virgilio, vengador solitario de las injusticias sociales salvadoreñas, se repetía en un paisaje boscoso; sus distintas apariciones se desplegaban en un arco irregular, o más bien en una espiral alargada, de izquierda a derecha, en el extremo izquierdo huyendo de su aldea natal atacada por el Ejército, dejando atrás los cadáveres de sus padres […], un poco más allá emboscando en un paso montañoso a las fuerzas del gobierno y aniquilándolas, luego haciendo estallar una planta eléctrica, más allá arengando a una población de campesinos; derribando un helicóptero; resistiendo a un cerco de las fuerzas oficiales; […] » ("El error")
Es El error ejemplo de lo que el propio autor suele decir de sus ahora mismo ya más de cien títulos, que son «cuentos de hadas dadaístas» o «juguetes literarios para adultos». Y sí, efectivamente esta novela corta es clara muestra de esto y de su estilo literario. Un estilo que busca romper los moldes estrechos de los géneros impuestos por el propio devenir de la historia. Es amigo César Aira de hacer guiños a otras manifestaciones artísticas, principalmente en la novela que nos ocupa a la pintura, una manera diferente de narrar, sí, pero hermana de la literaria desde la noche de los tiempos.
Dentro de las varias historias, truncadas por el cruce con otras historias, que constituyen El error aparece una, sin duda alguna la principal, que es en sí misma un canto a la narratividad. Es la historia folklórica del bandolero Pepe Dueñas, cuyas incursiones delictivas, sus apariciones y desapariciones fulgurantes constituyen en el imaginario de El Salvador, país donde transcurre la novela, una auténtica leyenda. Las sucesivas y diversas acciones de este delincuente se producen siempre sobre el mismo fondo, el país centroamericano. Es como esos frescos surgidos en la edad media y muy caros a los pueblos hispanoamericanos tras su independencia para explicar su nacimiento e identidad. Quizás el autor más representativo de esto sea el mexicano Diego Rivera y su mural pintado en las paredes de la escalera principal del Palacio Nacional en la Ciudad de México titulado 'Epopeya del pueblo mexicano'. En este mural, al igual que en algunos frescos medievales o renacentistas como los pintados por Masaccio en Capilla Brancacci de la iglesia de Santa María del Carmen de Florencia, vemos al personaje o personajes repetidos de manera sucesiva sobre el mismo fondo de manera que la lectura de izquierda a derecha es para el observador una clara narración continuada.
Efectivamente, esa es la técnica, trasladada al campo de la escritura literaria, que utiliza César Aira en esta 'nouvelle', en este 'juguete literario'. Se abre la novela ya en su misma portada con un simbólico ataúd que anuncia lo que se encontrará el lector adentrándose a través de esa puerta situada bajo el epígrafe de la palabra ERROR. ¿Qué es ello? Evidentemente el sentido del título es simbólico. Y en mi opinión es un juego, un guiño humorístico que Aira hace a los preceptores literarios: quien se adentre en esta novela verá que la misma no se atiene a ningún principio de los establecidos y consagrados por el canon.
Y así lo comprobaremos los lectores: Dos parejas que pasean por un jardín en el que hay una construcción que alberga la obra de un afamado escultor; luego se salta a narrar la relación epistolar entre este escultor famoso y apartado de la vorágine del mundo y una presa encerrada a perpetuidad por asesinato; conoceremos la historia a grandes rasgos de esta mujer que machacó el cráneo de su marido con un lingote irregular de oro y que para evitar ser capturada huye al bosque; en el bosque conoce a un pequeño hombre, una especie de enano que la acoge, cuida y le anticipa que volverá al lugar del crimen; así lo hace y es apresada y condenada a cadena perpetua, condena que cumplirá en a cárcel "La Peña" adonde llega y ella, junto al resto de las presas, leerá la colección de novelas editadas por editorial La Providencia bajo el lema 'Historias que matan'; relata esta serie de novelas la historia legendaria de Pepe Dueñas inmerso en la Selva Cinco en donde se refugia escapando del incendio que él mismo provocó y contribuyó a apagar del Palacio donde estaba Neblinosa, la que sería su esposa; en esta selva correrá la aventura del gel de piedra; posteriormente Neblinosa se empeñará en arreglar la escultura del busto paterno que estaba a la entrada del Palacio de la Ciencia y Pepe Dueñas habrá de ingeniárselas para que tal deseo se haga realidad; y...
Como se ve por lo escrito arriba estamos ante una sucesión narrativa que parece no tener fin ni siquiera cuando llegamos a la última página de la novela. No es que estemos ante un final abierto, estamos más bien ante un final truncado, roto, suspendido... En fin ante algo nuevo, no habitual desde el punto de vista estructural.
Como ya percibí y dejé dicho por escrito en la reseña que en su día hice de Las noches de Flores, también El error, vista la novela desde la propia expresión lingüística utilizada, se acerca -si es que no lo es- al realismo mágico: exuberancia lingüística, referencias a pueblos indígenas (pipiles, mecas...), vocabulario de fauna y flora autóctonas (tero, bagre, porotos...), pero fundamentalmente ruptura de la lógica así como utilización en ocasiones de un lenguaje hiperbólico por demás
- «De una fuente cercana al arroyo, pero independiente de este, brotaba un agua que no apagaba el fuego. Era difícil de creer, tratándose de agua que parecía perfectamente normal y potable, pero Eugenio le hizo una demostración convincente. Recogida de la fuente en un balde y volcada sobre una fogata, se deslizaba sobre las llamas sin oponerse a ellas»
- «cuando quería remendarle una media, encontraba que la aguja era más grande que la media, lo que hacía muy incómoda la costura»
"Esto lo dijo un ser extraño, mitad murciélago, mitad loro, de un metro de alto, que se descolgó de un árbol al paso de los Peyró, y siguió caminando con ellos, con un garbo precario, sobre piernas demasiado cortas y zapatitos de goma roja"
La misma ambientación nocturna con ribetes delictivo-policiales en que se desarrolla la acción me ha llevado a pensar en otro de los grandes autores argentinos, Ernesto Sábato, y en aquellos escritos que presentan historias henchidas de 'pavura'. Los túneles que discurren bajo el barrio de Flores de la ciudad de Buenos Aires me han hecho recordar la novela "El túnel" del magnífico escritor de Rojas en la provincia de Buenos Aires. Y es que -pienso yo- César Aira envuelve esta narración en claros elementos argentinos que van desde la tradición literaria que he señalado antes hasta el propio meollo del asunto que plantea: la búsqueda por parte de una pareja de jubilados -Aldo y Rosa- de fuentes alternativas de ingresos a fin de sobrellevar mejor la crisis en que la Argentina se encontró desde 1998 hasta el 2003, el año en que se sitúa la historia que se relata. Concomitante con esta terrible penuria económica que echó a miles de personas a buscar en los cubos de la basura estuvo el ascenso de la delincuencia, especialmente en forma de secuestros como el del joven Jonathan que está en el centro de esta novela corta.
"hacer coincidir «cualquier cosa» con «cualquier cosa»"
Llevada esta idea al extremo, como sucede en esta narración, todo es un cúmulo de coincidencias cuya disparidad nos hace pensar en errores inexplicables, descuidos, falta de planificación, engaños poco aceptables por parte del narrador... Pero no, yo pienso que el escritor es plenamente consciente de lo que hace y que lo que pretende es, con el producto que está construyendo, hacer realidad aquello que nos quiere exponer, que en definitiva -y a falta de conocer en profundidad sus ideas sobre arte moderno expuestas en su ensayo Sobre el arte contemporáneo que acaba de publicar en Literatura Random House- es que el arte es necesario para comprender la realidad, y no al revés como tantas veces se dice ante una obra de naturaleza conceptual. Para la realización de esta reseña he buscado información en internet y ahí he encontrado un artículo de Javier Rodríguez Marcos publicado el pasado 28 de febrero en el diario EL PAIS que me parece muy clarificador al respecto. En lo esencial, sobre el autor César Aira, Javier Rodríguez escribe:
"A veces, sin embargo, un artista consigue engañar a todo el mundo y se hace pasar por novelista. Es el caso de César Aira. Los que sospechaban que sus libros eran solo una parte de trabajos más propios del arte conceptual que de la ficción al uso verán confirmadas sus sospechas en el ensayo Sobre el arte contemporáneo. Allí cuenta cómo abandonó su primitiva intención de ser Rimbaud y ser Premio Nobel cuando se topó con Marcel Duchamp. Ese día se dio cuenta de la 'inutilidad de escribir libros' y de la necesidad de hacer 'otra cosa'."
"El arte está buscando siempre lo nuevo, y lo nuevo ha terminado identificándose con lo distinto. Se ha producido una reversión de causas y efectos, y ahora basta con que sea distinto. Y la realidad se define por lo distinto. Pero el crecimiento vegetativo de la población, y el aumento relativo de artistas en la sociedad contemporánea, ha multiplicado lo distinto artístico a tal extremo que hoy casi puede asegurarse que cualquier configuración de la realidad ha sido anticipada en el arte."
15 mar 2026
Selva Almada, novelista argentina
"Ninguno recordaba cuál había sido el principio del disturbio. Una noche de esas en que los dos se dejaban estar hasta el amanecer en un bar, se habían desconocido."
[los dos son Òscar Tamai y Elvio Miranda, padres respectivos de Pajarito y Marciano] .
"En una de esas tardes calurosas, con el cuerpo veteado por los surcos que deja el sudor en el polvo adherido a las pieles, disfrutando del botín de una pila de naranjas amargas robadas de alguna quinta, Marciano y Pajarito se habrán hecho amigos."
Entré en la novela bajo de expectativas pues personas próximas me habían hablado en negativo de la dificultad del léxico utilizado por la autora. "¡Es imposible leer esta novela de seguido. Cada poco hay que pararse a buscar significados!" En efecto el vocabulario utilizado en la narración es extraño para un español si bien al haberlo leído en mi kindle pudiendo consultar rápido los sentidos correctos de las expresiones en ningún momento vi interrumpido mi disfrute lector. Tan sólo alguna expresión como la de "chaque" se me quedaba en el limbo de los justos durante la lectura; no ha sido hasta ahorita mismo o recién -que diría algún paisano de la escritora- que he podido dilucidar el sentido de la expresión: modismo regional derivado del idioma guaraní propio del nordeste Argentino con el sentido de ¡cuidado! o ¡precaución!. En el fondo esta expresión es una más del grueso de vocablos del mismo origen guaraní presentes en la novela y cuyo uso es muy frecuente entre la población de la provincia de Corrientes en el nordeste de Argentina, zona limítrofe con Paraguay y Brasil, donde suceden los hechos relatados. Así pues vencer y disfrutar de la inmensidad de la lengua viva popular argentina sin perturbar excesivamente mi lectura fue la primera grata sorpresa. Algunos ejemplos del vocabulario:
‘Yuyos’: malas hierbas, ‘pispear’: indagar; ‘culear’: realizar el coito; ‘berretín’: deseo, ilusión; ‘chicote’: látigo, trabilla; ‘rebenque’: látigo; ‘afanar mamones. Mantener a raya a los cuzcos’: robar [perrillos] recién nacidos. Controlar a los perros pequeños; ‘carayá’: mono aullador; ‘changas’: chaperones; ‘lauchas’: ratones; ‘gausca’: pene; ‘paspado’: agrietado; ‘chirle‘: blanduzca; ‘percudida’: ensuciada; ‘guacho’: huérfano; ‘atado’: paquete de cigarrillos; ‘potrero’: Terreno inculto y sin edificar donde suelen jugar los muchachos; ‘buchaca’: Bolsa de la tronera de la mesa de billar; etc.Las siguientes sorpresas vinieron ya todas juntas y solidarias formando la perfecta novela que "Ladrilleros" es. Me refiero especialmente a la estructura que Selva da a esta historia de la amistad y enemistad habida entre dos chicos ('changos') que nacen prácticamente al mismo tiempo, crecen y se educan juntos, pierden su amistad por resquemores típicos de muchachos, y se sienten herederos de la tremenda inquina que en vida existió entre sus padres, aversión que ambos practicarán con resultado tremendo.
En la novela, principio y final se unen cerrando un círculo. Son dos momentos separados por apenas unos minutos o quizá segundos, los que van de sentir unos navajazos a la pérdida de la vida. Es en ese interregno de la agonía cuando pensamientos y recuerdos acuden en desorden a la conciencia de los moribundos, que conocemos la vida y los antecedentes familiares de estos dos chicos, Pajarito y Marciano, que les han llevado inevitablemente a este final fatal.
El texto, pues, es todo un enorme flash back con avances y retrocesos que nos van dando informaciones debidas sobre los avatares de los Tamai (la familia de Pajarito: su padre Óscar, su madre Celina, su hermana Sonia...) y de los Miranda (la familia de Marciano: su padre Elvio, su madre Estela, su hermano Ángel, sus hermanas mellizas). Todo lo iremos sabiendo en perfecta y medida dosificación según establece la autora. Esto es magnífico y me ha gustado mucho.
Junto a lo anterior está el ritmo vivo, dinámico, real, costumbrista podría decirse aunque de un costumbrismo no urbano ni rural sino más bien de etapa vivencial, la de estos dos niños, luego adolescentes, luego ya muchachos. Son las maneras de ser típicas de estas fases de desarrollo las que se nos muestran en esta novela. Estamos ante unos chicos que sufren a sus padres, violentos a veces con ellos en grado sumo, sobre todo con Pajarito; unos chavales que disfrutan infringiendo pequeñas y muchas veces absurdas prohibiciones paternas como la de no ir a la Feria que se está instalando en la localidad; unos muchachos que comienzan a sentir las urgencias del sexo que en un momento dado es el centro de todo. Tener sexo con ésta o con aquélla, beber hasta perder el sentido, utilizar las conquistas como arma con la que violentar al un día amigo y de un tiempo acá ya enemigo eterno, ocultar al otro las apetencias sexuales si éstas no se atienen a lo establecido en un universo de machos, pelear y gallear dentro del grupo a fin de dejar claro quién lleva la voz cantante... Es en este sentido en el que digo que en la novela hay costumbrismo.
A una mentalidad europea como la mía le sorprende la sexualidad constante en que viven estos chicos junto a sus compañeras del otro sexo, quizás ellas más propensas a la sensualidad y más enraizadas con el sentido telúrico que las lleva a la maternidad, su meta vital, donde se cobijan y a la que, de no haberla conseguido aún, ansían llegar. Una vez allí se sienten realizadas; no así sus partenaires masculinos que viven la necesidad del sexo más como caza y prueba de éxito entre sus iguales que por afán de ser padres. Ellos -es el caso de uno de los personajes- pueden dejar mujer e hijos sin sentir gran pena, no se sienten atados a un hogar, su vida está más fuera que dentro: en los boliches, en el juego, en las tabernas, en los quilombos... Es, evidentemente, una sociedad cien por cien machista donde la única función del varón es la de con el sexo procurarse satisfacción y contribuir, aunque eso ya no le importe mucho, a que ellas sean madres. La propiedad del hombre sobre la mujer e hijas es total. Así al padre de Celina le molesta que ella lleve en su interior un hijo de Tamai y ejerce su derecho a golpearla por ello, algo que Celina entiende pues de siempre los hombres han golpeado a sus mujeres.
Los hombres golpean a sus mujeres alguna vez en la vida. A eso también lo había aprendido. ¿Acaso su padre no la había agarrado con el cinto cuando le dijo que esperaba un hijo de Tamai?
Agarrar y oler una concha, meterle la lengua hasta el fondo, chuparle todo el jugo a ver si se saca el olor a meo y a mierda del baño de la bailanta, ['bailanta': club donde se escucha normalmente un tipo de música (cumbia, tropical, reguetón...) y que es frecuentado por una clase social baja, de escaso poder instructivo]
Aunque hayan pasado diez años, Elvio Miranda todavía no pudo entrar a la tierra de los finados. Está varado en esos pocos minutos antes de ser asesinado; no se resigna a abandonar el mundo de los vivos.
24 ene 2026
"Hamnet": del libro a la película
«La cuestión es no bajar nunca la guardia. No creer nunca que se está salvo. No dar nunca por hecho que el corazón de tus hijos late, que tus hijos beben leche, que respiran, que andan y hablan, sonríen, discuten y juegan. No olvidar ni un momento que pueden desaparecer, que te los pueden robar en un abrir y cerrar de ojos, que se los pueden llevar como leves vilanos.»
- «Una mañana de principios de primavera, unos quince años antes de que Hamnet vaya corriendo a casa del médico, un preceptor de latín se encuentra junto a esa misma ventana; ensimismado se tira del aro que lleva en la oreja izquierda.» (ejemplo de traslación en el tiempo. Muy cinematográfico)
- «Las plantas y las uñas conservan todavía la suciedad que acababa de recoger de la vida: polvo en la calle, tierra del huerto, barrio de la orilla al río, donde se bañaba con sus amigos hace menos de una semana.» (ante el cadáver de un ser recién fallecido)
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| El teatro de El Globe de Shakespeare en Londres |
9 may 2024
Paul Auster. Un recordatorio
(La especie de reseña que viene a continuación la realicé en 2008 nada más finalizada su lectura. La mantengo tal cual. En ese año aún no había abierto este blog y no me inquietaba nada revelar más de la cuenta en mis escritos. AVISO, pues, a los lectores de que las líneas que vienen a continuación pueden incurrir en spoiler. Procuraré evitarlo ocultando las frases que así me lo parezcan. Gracias. Quienes deseen leer lo que está oculto basta con que pasen el cursor seleccionando esas frases)
El libro, aparecido en 2006 y recibido como regalo en las Navidades de 2007, me ha parecido un auténtico ‘regalo’ para ser
leído. Francamente, me ha gustado mucho. Es de las veces, no muy frecuentes por
cierto, en que una novela te atrapa y te engancha.
Asunto: Nathan Glass, de 60 años, divorciado de su mujer y padre de Rachel de quien lleva una temporada algo distanciado, tras una vida como vendedor de seguros, llega a Brooklyn donde nació, para instalarse y pasar los años -o el tiempo que le quede- después del cáncer de pulmón que se le diagnosticó, del que fue operado y sometido a la quimioterapia correspondiente.
Así, a simple vista, parece que el tono de la historia va a resultar dramático, feo, gris. Pero, nada de eso. Nathan un día, por casualidad, reencuentra a su sobrino Tom Woods, hijo de su hermana June recientemente fallecida, al que recordaba como chico inteligente y con unas perspectivas envidiables. Sin embargo se topa con un treintañero abandonado –está bastante gordo- que ha salido adelante con empleos esporádicos (ha trabajado como taxista) y que ahora está en la librería Brightman’s Attic. Esta librería pertenece a Harry Brightman, un homosexual muy interesado por la cultura que cuando conoció a Tom quedó encantado con él por su cultura y conocimientos; aunque pretendió tener relaciones con él, cuando Tom se negó él aceptó su postura y le ofreció trabajo. En esta librería también trabaja Rufus Sprague, un chico jamaicano que es el querido de Harry .
Estas dos relaciones, la del sobrino y la del librero, le sirven a Auster para introducirnos en un mundo de personajes que debidamente llevados ocuparán el resto de la novela. Así, por Tom sabemos de su hermana Aurora, que ha deambulado por terrenos más que peligrosos durante su juventud (drogas, prostitución, etc.), pero que ahora parece haberse tranquilizado. Este hilo abrirá el relato al personaje de Lucy, la hija de 9 años de Aurora que un día sin previo aviso se presenta en casa de Tom enviada por su hermana desde no se sabe donde porque Lucy dice que no puede hablar al haberle prometido a su madre guardar silencio. Por este motivo, Tom y Nathan deciden llevar la niña a Vermont donde vive Pamela, hermanastra de Tom que vive en el campo lo que ambos –tío y sobrino- consideran muy apropiado para la niña. Pero Lucy es un diablillo que no quiere esa solución y, en secreto, ocasionará un percance en el automóvil de Nathan durante el viaje desde New York a Burlington (Vermont); por ese motivo (la niña echó 40 latas de coca cola en el depósito de gasolina del vehículo) deberán quedarse unos días en Brattleboro donde en un taller les repararán el auto. Mientras aguardan se alojarán en una casa rural –diríamos aquí- que no se inauguró en su momento al haber fallecido repentinamente la mujer del dueño de la misma de apellido Chownder. A través de este personaje conoceremos a su hija, Honey, que, buena cocinera como es, se trasladará a la casa rural para atender a los huéspedes y así ayudar a su padre. Consecuencia: Tom y ella se enamorarán, y tras una serie de indecisiones se casarán, lo que provocará que el viaje a Burlington se frustre y Lucy comience a vivir con la joven pareja, decisión que satisfará a todos.
De esta línea, la de
Tom, ya sólo resta hablar de la madre de Lucy y sus problemas con su marido David Minor. Este es un seguidor de la
iglesia del Templo del verbo divino
fundada por el reverendo Bub,
personaje engañabobos que sólo busca su provecho personal y que incluso llegará
a solicitar servicios sexuales de Aurora para permitir que Lucy no siga al pie
de la letra los absurdos postulados de esta iglesia. Es por esto que Aurora
decide sacar a su hija de ese ambiente de secta en el que su marido los tiene
confinados. Y aunque ella quiere también escapar no podrá hacerlo al estar vigilada
estrechamente por Minor. Sólo logrará salir cuando su tío Nathan la localice y
acuda a su domicilio a llevársela ante los sorprendidos ojos de David Minor.
La otra línea de
desarrollo argumental viene dada por la biografía de Harry Brightman, quien
antes de montar la librería tuvo amistades y actividades no muy recomendables
que le llevaron a la cárcel. El motivo fue la falsificación de obras de
maestros de la pintura que su novio Gordon
Dryer realizaba y que él comercializaba hasta que todo fue descubierto.
Años más tarde, cuando ya estamos inmersos en la historia antes descrita, este
Dryer y su amigo Trumbell le
proponen a Harry otro ‘fastuoso’ negocio de falsificación que les hará
millonarios. Se trataba de falsificar el manuscrito inexistente de Hawtorne, La letra escarlata. Harry, crédulo como
era, acepta a pesar de las advertencias de Nathan. Pero todo no es más que una
extorsión, que ocasionará la muerte por infarto de Harry, quien en su testamento legará la propiedad de la librería y
del edificio que la alberga a Rufus y Tom.Como Rufus, que era un
travestido por las noches, decide abandonar Brooklyn y Tom y Honey quieren
llevar una vida más tranquila y hacerse profesores, todos los bienes de Harry
serán vendidos.
El epílogo de la historia viene dado por la evolución de Nathan quien lleva una plácida vida con su amante Joyce Mazucchelli, madre de la BPM (buena y perfecta madre, en palabras de Tom Woods) Nancy Mazucchelli de la que Tom en un tiempo se sintió enamorado y que tras separarse de su marido e irse a vivir a su casa Aurora y su hija Lucy acabará enamorándose de ésta y haciendo vida de lesbianas, algo que a Joyce escandalizará pero que Nathan le ayudará a comprender y transigir.
Nathan sufrirá un amago
de ataque al corazón que piensa le llevará a la muerte. Pero no, sólo fue una
inflamación de esófago y volverá a incorporarse a su casa de Brooklyn para
seguir escribiendo ese Libro de las
locuras de los hombres que empezó en junio del año 2000 cuando llegó allí y
que ahora 40 minutos antes de las 8 de la mañana del 11 de septiembre de 2004
le está haciendo sentirse un hombre pleno, en un mundo feliz y bien hecho, que
él, claro, no sabe que saltará en pedazos dentro de 40 minutos.
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- La primera es la importancia que en todos sus relatos tiene su condición de judío. Aunque no fuera practicante, su educación familiar es visible en sus novelas en las que las festividades y protocolos culturales de actuación de esa comunidad religiosa aparecen con frecuencia.
- En segundo lugar la manera que tiene de ir haciendo aparecer a los distintos personajes es muy reconocible en su estilo; surgen éstos de manera natural, fruto de las meras relaciones humanas, del propio discurrir de la vida. El azar, la casualidad, siempre tiene mucha importancia aquí.
- Mucho más propio de su estilo es la propia construcción de sus historias, que discurren con abundantes vueltas hacia atrás, anticipaciones y resúmenes que poco a poco, fragmentariamente, van dando forma al todo que es la narración.
- El cosmopolitismo neoyorquino y de otras ciudades -entre ellas algunas europeas como París o Londres- es seña identitaria de su escritura; esta identidad cosmopolita es característica que reconozco en otros muchos autores norteamericanos como Philip Roth, Richard Ford, Kurt Vonnegut, James Salter, Lucia Berlin, Dominick Dunne, Siri Hustvedt, Jonathan Franzen y tantos otros más, que me hacen distinguir con claridad su manera de escribir de la de autores de otras nacionalidades.
- Historias muy urbanas de personajes inmersos o relacionados con el mundo de la cultura, especialmente de la literaria: periodistas, profesores, críticos, traductores, libreros...
- Mezcla de géneros y ruptura de los límites en los que se encuadran éstos.
- Presencia frecuente de la metaliteratura en sus libros. En A salto de mata es total, claro.
- Magnífico dominio de todos los estilos narrativos con especial manejo del indirecto libre con el que consigue dotar a muchas de sus historias de esa atmósfera imaginativa, metafísica o evanescente tan característica en él.
- Cierto suspense y sensación kafkiana presente en buen número de sus historias que contribuyen a la creación de esa atmósfera metafísica o evanescente antes citada.
- Importancia capital en sus libros -no sólo en los de no ficción- del autobiografismo. Pedir cuentas a familiares por unos u otros personajes -a los padres, sobre todo- es asunto frecuente en no pocas de sus novelas.
- Etc.
28 abr 2024
Plegarias atendidas de Truman Capote
«Debo al bar del Pont Royal haber hecho muchas amistades incluyendo a la primera expatriada norteamericana, Miss Natalia Barney […] Miss Barney vivió en el mismo piso durante todas esas décadas, una suite con habitaciones sorprendentes que daban a un patio de la rué de l'Université. Vidrieras de colores en las ventanas y vidrieras de colores en los tragaluces, un tributo al Art Nouveau que habría conducido al pequeño Boaty a un estado delirante como de perro loco: lámparas Lauque esculpidas como ramilletes de rosas lácteas, mesas medievales abarrotadas de fotografías de amigos enmarcados en oro y carey: Apollinaire, Proust, Gide, Picasso, Cocteau, Radiguet, Colette, Sarah Bernahrdt, Stein y Toklas, Stravinsky, las reinas de España y Bélgica, Nadia Boulanger, la Garbo bien arrimadita a su vieja amigocha Mercedes D'Acosta, y Djuna Barnes, esta última una apetitosa pelirroja con labios de pimiento difícilmente reconocible como la áspera autora de El bosque de la noche (y como la heroína ermitaña en versión moderna de Patchin Place). Cualquiera que fuese su edad real, que debía de ser de ochenta o más años, Miss Barney, normalmente ataviada con viril franela gris, tenía aspecto de anacarada cincuentona. Disfrutaba conduciendo, e iba por todas partes en su Bugatti esmeralda descapotable, daba vueltas por el Bois o se iba a Versalles las tardes agradables. De vez en cuando, me pedía que fuese con ella, ya que Miss Barney disfrutaba echando sermones, y su impresión era que yo tenía aún mucho que aprender.»"
Había leído este libro hace ya muchos años; apenas si recordaba su contenido. El caso es que en algún sitio, ahora mismo no sabría decir si en un libro o en algún artículo sobre literatura leído recientemente, alguien consideraba Plegarias atendidas la mejor novela de Truman Capote. Siendo así, me dije, y dado que apenas si recuerdo nada de ella, he de volver a leerla. De este modo he vuelto a leer algo del creador del Nuevo Periodismo.
Quería Capote -así se lo manifestó en multitud de ocasiones a Joseph M. Fox, su editor de Random House, cuando éste le reclamaba muestras de la novela que afirmaba estar escribiendo y por la que Fox le había entregado a cuenta altas sumas de dinero- emular nada menos que a Proust y su "En busca del tiempo perdido"; pero no, no alcanzó ese logro. Lo que sí hizo fue vengarse de aquellos ricachones que, quizás, lo ninguneaban y lo utilizaban como el payasete que daba color a sus fiestas, pero que como los bufones de la Corte quedaba al margen de los tremendos beneficios que ellos se repartían. Capote -su personaje P.B, Jones, auténtico alter ego suyo en la novela- ronda por los palacios, pero se queda sólo con las migajas. El verdadero Jonesy es el que de madrugada se acerca a los cines porno para poder satisfacer su deseo.
El libro que acabo de leer es uno de esos libros inconclusos que se publican tras la muerte del autor. No sabemos en este caso si Truman Capote desearía que se hubiera publicado o no de esta manera; también ignoramos si, como afirmó con reiteración a sus editores, existían otros capítulos y qué fue de ellos dado que, por mucho se ha buscado, nada se ha encontrado. Lo único evidente es la publicación que hizo en vida de estos tres capítulos en la revista Esquire en forma de separatas, pero siempre nos quedará la duda: ¿eran esos textos los que de verdad él quería que formaran su Plegarias atendidas? Sea como fuere, lo único que hoy tenemos es esto: las tres separatas de Esquire publicadas como capítulos de su anunciadísima durante casi veinte años y nunca aparecida fastuosa novela. Lo que yo he visto en ella es sólo una crónica de sociedad mordaz y sin cortapisas que, como es lógico, produjo que el escritor fuera expulsado de la misma como si de un piojoso animal se tratara.
«…Sí, dejé de trabajar en Plegarias atendidas en septiembre de 1977, un hecho que no tenía nada que ver con las reacciones que algunas partes del libro ya publicadas suscitaron en el público. El alto se produjo porque me encontraba con no pocos problemas: sufría una crisis creativa y personal al mismo tiempo. Como esta última no tenía ninguna relación, o muy poca relación, con la primera, sólo será necesario hacer alusión al caos creativo.»
«La verdad es que en casa de Boaty, se encontraban cantidades notables de personajes célebres. Actores tan distintos como Marta Graham y Gypsy Rose Lee, todo género de lentejuelas salpicadas con una colección de pintores (Tchelitchew, Cadmus, Rivers, Warhol, Rauschenberg), compositores (Bernstein, Copland, Britten, Barber, Blitzstein, Diamond, Menotti) y gran abundancia de escritores (Auden, Isherwood, Wescott, Mailer, Williams, Styron, Porter y, en varias ocasiones, cuando se encontraba en Nueva York, Faulkner, a veces buscando Lolitas, pero por lo general serio y cortés bajo el doble peso de una nobleza incierta y una resaca de Jack Daniel's). Y también Alice Lee Langman, considerada por Boaty la primera dama de las letras de América.»
«Aces Nelson no tiene nada especial, salvo que es algo más mono que la mayoría. Está bien, comparativamente hablando. Va a Tánger dos o tres veces al año, siempre en el yate de alguien. El verano se lo pasa de un yate a otro, el Gaviota, el Siesta, el Christina, el Sister Anne, el Creóle, el que quieras. El resto del año está allá arriba en los Alpes, en St. Moritz o en Gstaad. O en las Antillas, Antigua, Lyford Cay. Haciendo altos en París, Nueva York, Beverly Hills, Grosse Pointe. Pero, esté donde esté, siempre está haciendo lo mismo. Ganándose el pan. Jugando desde el almuerzo hasta que se apagan las luces. Al bridge, al gin, al cutthroat, al old maid, al backgammon, resplandeciente, sonriendo con sus dientes con fundas y haciendo felices a los carcamales en sus salones de alta mar. Así es como se saca el dinero para sus viajes. El resto procede de extorsionar a tipas de diferentes edades y pasiones, culos acaudalados con maridos a quienes no les importa un rábano quién se lo haga con tal que no tengan que hacérselo ellos.»
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Artículo de Marina Ortiz Cortés publicado en el diario El Independiente (06/02/2024) |
«De modo que decidí recorrerme la calle Cuarenta y dos oeste, que no cae muy lejos de aquí [la residencia de la Y.M.C.A. donde P. B. Jones reside y escribe estas memorias], y buscar una película en uno de esos palacios del cine abiertos toda la noche y con aroma a amoníaco. Cuando me puse en camino, eran más de la una y el itinerario de mi paseo me llevó por nueve manzanas de la Octava Avenida. Prostitutas, negros, puertorriqueños, unos cuantos blancos y, en realidad, todos los estratos sociales de gente de la calle, los lujuriosos chulos latinos (uno con un sombrero blanco de visón y una pulsera de diamantes), los cabreantes heroinómanos dando cabezadas desde los portales, los chaperos, entre los cuales los más valientes eran los gitanos, puertorriqueños y rudos montañeses fugitivos de no más de catorce o quince años ("Señor, ¡diez dólares! ¡Fólleme toda la noche!") que rondaban por las aceras como un águila ratonera sobrevolando un matadero. Y, de vez en cuando, el coche de la policía patrullando, con sus pasajeros desinteresados y sin ver nada, al haberlo visto todo hasta tener reuma en los ojos de ver el espectáculo.»












