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9 may 2023

Teatro de La Abadía: Andrew Bovell y Juan Mayorga (A pares XXXVII)

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Coincidentes en el tiempo se representan en el Teatro de La Abadía de Madrid dos espectáculos teatrales que he tenido oportunidad de ver. Son "Maria Luisa", última obra escrita por el académico de la española y actual director artístico de La Abadía, Juan Mayorga; y "Canción del primer deseo", obra escrita por Andrew Bovell a instancias de Julián Fuentes Rita que es quien se hace cargo de su dirección y puesta en escena. Maria Luisa se representa en la Sala Juan de la Cruz, el espacio más propiamente identitario de La Abadía, hasta el próximo 21 de mayo; Canción del primer deseo, por su parte, ocupa hasta este sábado día 14 la sala a la italiana José Luis Alonso.


He disfrutado mucho más de la obra de Andrew Bovell que de la de Mayorga. Sin embargo acudí con más convencimiento a la de este último que a la del primero. La trayectoria del actual director de La Abadía me inducía a ello pues he sido testigo de magníficas obras suyas como La tortuga de Darwin que me encantó; El mago;  El chico de la última fila, ¡interesantísima!; o El Golem, que vi no hace tanto y que me pareció más compleja y filosófica que las otras tres. 




Maria Luisa
Teatro de La Abadía, Juan Mayorga
En Maria Luisa Mayorga sigue la senda del pensamiento profundo y filosófico presente en El Golem focalizando esta vez en la soledad de una mujer mayor, María Luisa (Lola Casamayor), cuya falta de comunicación habitual con otros, salvedad hecha de su amiga Angelines (Marisol Rolandi), la lleva a vivir en un confuso mundo mezcla de realidad y fantasía. Aparte de Angelines María Luisa sólo se ancla a la realidad gracias al portero (Paco Ochoa) del edificio donde vive. Es éste quien le habla sobre la conveniencia de colocar algún nombre más junto al suyo en el buzón de correo, habida cuenta de los muchos robos que se estaban produciendo por el barrio a personas mayores. Los nombres que María Luisa decide poner son por demás sorprendentes y hasta en cierto modo estrafalarios: Emerson Azzopardi (Juan Paños), un joven poeta que vive en un mundo de palabras; Benito Beckenbauer (Juan Codina), un viejo militar que ansía dar un golpe para instaurar una dictadura en la creencia de que está apoyado por todo el pueblo; y ya más tarde Juan Olmedo (Juan Vinuesa), hombre conservador más reconocible y al que María Luisa identifica como el novio que no tuvo, el objeto de su deseo insatisfecho. Los tres viven en la fantasía de María Luisa a la que acompañan en su soledad, en sus desplazamientos por la ciudad, a la que aconsejan y a la que, entre ellos, se disputan.

El planteamiento del que parte la obra me pareció muy interesante, así como la actuación de los actores me pareció justa sin ser sobresaliente. Sin embargo creo que la obra no acabó de entusiasmarme al fallar en mi opinión la puesta en escena. El decorado me pareció de una simpleza propia del teatro de marionetas, la distribución de espacios sobre la tarima de la sala principal de La Abadia no me ayudó para nada a meterme de lleno en la obra, incluso la mímica realizada por la actriz principal en sus desplazamientos dentro y/o fuera del edificio me pareció de una simpleza excesiva. El propio Mayorga en el programa de mano justifica esta puesta en escena en el intento de identificar vejez y pérdida de facultades con el mundo infantil; de ahí esa sensación de teatro colegial, de caricatura, de teatrillo de títeres. No sé, el caso es que a mí no acabó de convencerme.

Tampoco me convenció desde el punto de vista argumental ese mostrar a los ancianos siempre como seres insatisfechos, personas que han pasado por la vida sin haberla degustado debidamente. Son tantas las veces que, en nuestra propia realidad, tales mensajes son lanzados por unos y por otros que, al menos a mí así me sucede, la propia reiteración de los mismos consigue hacerlos pocos creíbles. En este sentido María Luisa vivirá en su imaginación y fantasía cuantas cosas no ha vivido en la realidad: la diversión a través del baile en locales tenidos de mala nota, la pasión por la conversación, e incluso la culminación del deseo. 




Canción del primer deseo
Teatro de la Abadía, Andrew Bovell
Si María Luisa finaliza con la realización de los deseos, Canción del primer deseo se queda siempre ahí, en el ansia por, como dice uno de sus personajes, acariciar y ser acariciado, desear y ser deseado. Andrew Bovell ha tomado como eje de la obra el poema de García Lorca Cancioncilla del primer deseo. Es un poema sencillo, simple, que da pie al título y sostiene a Camelia (Consuelo Trujillo), personaje principal de la obra al que al inicio de la misma vemos ya mayor y perdida en la nebulosa de la desmemoria; sólo mantiene lazos con la realidad a través del recitado de este hermoso poema de Lorca que habla de amor y que en sí mismo resume lo que ha sido la trágica vida de esta mujer. 

Y es que esta obra va de historia, de la necesidad de asumirla, de no arrinconarla. Es un repaso de la historia reciente de España desde la Guerra Civil  hasta nuestra inmediata actualidad pasando naturalmente por el franquismo y sus consecuencias: el exilio, la pérdida de identidad, los abusos cometidos, el restañar de las heridas... Pero lo mejor es que todo esto lo hace el autor combinando a la perfección tres generaciones de seres que pivotan en torno a Camelia, madre de dos mellizos (Julia y Luis), que la cuidan en la vieja casa que fuera de su padre, funcionario relevante de la policía franquista. Camelia es hermana melliza a su vez y se vio separada de su hermano por culpa de esta represión. Todo, al inicio de la representación, va como de costumbre: los hermanos Julia (Pilar Gómez) y Luis (Jorge Muriel) lanzándose pullas a propósito de la mayor o menor implicación en el cuidado de la madre senil; el jardín con el brocal del pozo en medio aparece descuidado y sucio por demás;  y al fondo un muro desportillado.

Todo cambia cuando Luis se presenta un día en casa con un joven colombiano (Borja Maestre) al que acaba de contratar -le dice a Julia, si bien ella vislumbra en la cara de Luis el deseo- para cuidar a la madre. Este inmigrante es un revulsivo en la vida de esta familia despertando recuerdos voluntariamente enterrados en la madre, deseos eróticos hacia él en ambos hermanos y evocaciones del duro pasado vivido por la madre de Camelia cuyo marido -el padre de Camelia, pues- fue fusilado y la madre tuvo que elegir entre ella -Camelia- o el hermano. Eligió al hermano y con él en brazos partió al exilio. No quiero contar más pues uno de los alicientes de la representación nace de la pura narratividad contenida en la misma. Los descubrimientos y giros argumentales tienen su importancia y mantienen vivo el interés del espectador.

Esta narratividad que señalo hace que aparezcan en la representación de apenas 90 minutos una infinidad de asuntos que, creo, provocan el descreimiento y cargan la obra de cierta inverosimilitud. ¿Cómo es posible que tantas cosas le hayan ocurrido a este ramillete de seres: apropiación de bebés por gerifaltes del Régimen, represión política, torturas, represión de la homosexualidad, explotación sexual y abusos sexuales en el seno de la familia, desprecio a los inmigrantes... Luego también hay un abuso, por muy metafóricos que sean, de tópicos (Goya, Luis Buñuel, García Lorca...) y de imágenes: el pozo al que se ha ido echando toda la basura hasta cegarlo, pozo que el joven colombiano se ofrece a limpiar; los mellizos que representan esas dos Españas en conflicto permanente; la anciana sin memoria que es el país que ha decidido voluntariamente olvidar; el homosexual y su identificación con Lorca; etc. 

En mi opinión son demasiados mimbres para cesto tan pequeño. Pienso que  Andrew Bovell debería haber elegido otro formato literario -el de la novela, por ejemplo- para acoger en varios cientos de páginas lo que en hora y media no tiene cabida.  Pese a esta objeción he de decir que la manera de entretejer todos estos materiales me pareció perfecta. Creo que el director Julián Fuentes Rita borda una puesta en escena perfecta. 

Otro tanto en cuanto a perfección puedo decir de los cuatro actores que dan vida a los personajes de estas tres generaciones de seres. Los cuatro se transmutan debidamente cuando dejan de ser Luis, Camelia, Julia y el inmigrante colombiano, y pasan a ser el padre franquista, la madre despojada de su hija, la hija amable de la pareja autoritaria, y/o el represaliado político torturado por la policía. Los cuatro, como digo, están muy bien. Son ellos, junto a la muy buena escenografía e iluminación, los que sostienen una obra que, como ya he dicho, se desmanda en el número de asuntos que toca.

El poema lorquiano es bellísimo. No me resisto a colocarlo aquí como cierre de esta reseña doble:


Teatro español, Generación del 27
En la mañana verde,
quería ser corazón.
Corazón.

Y en la tarde madura
quería ser ruiseñor.
Ruiseñor.

(Alma,
ponte color de naranja.
Alma,
ponte color de amor)

En la mañana viva,
yo quería ser yo.
Corazón.

Y en la tarde caída
quería ser mi voz.
Ruiseñor.

¡Alma,
ponte color naranja!
¡Alma,
ponte color de amor!






5 mar 2022

Juan Mayorga y Alfredo Sanzol. "El Golem"

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Vicky Luengo, Juan Mayorga, Alfredo Sanzol

Felicia
(Vicky Luengo) toma una cerveza sin alcohol en la cafetería de un hospital en un tiempo indeterminado. Salinas (Elena González) se acerca a su mesa y hace  ver a Felicia que sabe todo sobre ella. Salinas es un ser extraño, tiene aires de funcionaria fría, sin escrúpulos, carente de emociones. Sabe que Felicia es la esposa de Ismael (Elías González) internado en el Hospital al que pertenece la cafetería donde ambas se encuentran. Ismael padece una extraña enfermedad sin nombre pero ha tenido suerte: dentro de la política restrictiva que está siendo llevada a cabo por las autoridades del país su dolencia va a seguir siendo tratada por la Sanidad Pública. Por megafonía se escucha que los pacientes deberán de abandonar el Hospital habida cuenta de que el Gobierno ha restringido los fondos dedicados a la sanidad. Estamos en un tiempo y lugar indeterminados, ucrónicos, pero en mi cabeza se abre paso la política de austeridad que el gobierno anterior al actual impuso en todos los frentes públicos y muy especialmente en el sanitario.

Ismael va a poder quedarse en el Hospital a cambio de que Felicia se preste a un experimento clínico. Consiste el mismo en la memorización diaria y en orden de unas cuantas palabras de un texto que no se sabe quien escribió; deberá hacer suyo ese texto, incorporarlo a sí misma. Es algo muy sencillo y ella quiere mucho a Ismael; por él sería capaz de hacer cualquier cosa y ésta no le va a representar esfuerzo alguno. Además así podrá dejar de pernoctar en el coche y podrá dormir en una cama del hospital donde se aseará y se alimentará. Todos los días acude a la 'sala de las palabras' donde junto a Salinas, que se dice traductora, lingüista y conocedora de un sinfín de lenguas, va trabajando ese texto que debe memorizar. Felicia se va dando cuenta de que algo dentro de ella está cambiando, que se siente como invadida por otro ser, por otra identidad, que está dejando de ser ella. El poder inmenso de las palabras se le va imponiendo. Un relato ajeno se va haciendo no sólo con su mente y personalidad, también su cuerpo se va transformando progresiva e imperceptiblemente hasta llegar a ser en cierto modo irreconocible por los otros. La alienación total se ha completado en ella. La manipulación a través de las palabras, de los relatos ajenos se le ha impuesto.

En resumen de esto va la obra. Una representación de sólo tres personajes y tres actores. Vicky Luengo se mete en el papel de Felicia  y saca adelante un difícil personaje. Las ensoñaciones, los cambios corporales, la pérdida de la identidad..., todo lo transmite magníficamente la actriz mallorquina que se luce y es la principal sostenedora de la representación. Elena González (Salinas) aparece vestida con traje de chaqueta aparentando ser convincentemente una funcionaria distante. Efectivamente, recuerda -lo he leído por ahí y no puedo estar más de acuerdo- a los funcionarios de la institución de la obra de Buero Vallejo "La Fundación" en la que una serie de personas se encuentran encerrados y privados de libertad sin ellos saberlo o ser conscientes de su situación. Y luego está Elías González (Ismael) quien gracias al amor de su esposa va a verse libre de la enfermedad aunque también su propia identidad  se va a transformar. Él también va a ser, ya lo es e incluso lo era ya antes, un hombre totalmente alienado, un hombre que asume un relato que no era el suyo pero que sin él ser muy consciente se le ha impuesto hasta su completa asunción.

Teatro María Guerrero, CDN, Madrid
La verdad es que Juan Mayorga, el autor de la obra, ha filosofado no poco en ella y ha querido hacer ver que las palabras tienen una fuerza tremenda que puede llegar a ser destructiva de uno mismo; que pueden provocar guerras; que crean relatos que se pretenden imponer y que incluso, una vez realizados, quienes los recibimos adoptamos como ciertos e inamovibles. Juan Mayorga lanza un aviso a la sociedad, al individuo, para que no se fíe, para que siempre estemos ojo avizor, para que seamos críticos, muy críticos con cuanto llegue hasta nosotros en forma de inocentes palabras. ¡¡Cuidado!!

Pero, ¿por qué ese título: El Golem? En mi opinión aquí radica la principal falla de esta obra. A lo largo de las dos horas de representación sólo hay, hacia la mitad de la misma, una breve explicación por parte de Salinas de qué sea un 'golem'. Salvo esto en ningún otro momento se vuelve sobre ello. Ha sido al salir del teatro -la verdad es que en mi caso ya lo había consultado con antelación- cuando he atado cabos tras lo contemplado y he buscado en mi cabeza un principio de racionalidad, de verosimilitud, de orden plausible. El Golem es un mito hebraico medieval que viene a ser como una versión judía del mito de Adán. La versión del mito más conocida es la que cuenta que el rabino praguense Judah Loew en el siglo XVI ante los ataques antisemitas sufridos por su comunidad creó un gólem (ser animado creado a partir de materia inanimada: barro, arcilla o similar) gigantesco al que insufló vida inoculándole instrucciones que este ejecutaría, al carecer de inteligencia propia, de modo mecánico y sistemático. Antes de la de este rabino, durante la Edad Media, hubo otras leyendas que tratan de este mito, el cual ya aparece en la misma Biblia referido a una sustancia embrionaria o incompleta. Según una de estas leyendas medievales la principal incapacidad del gólem es la de no poder hablar. Para hacerlo funcionar había que introducirle un papel con la orden por la boca u otro orificio.

Todo lo que he intentado explicar en el párrafo anterior no aparece debidamente comunicado en la obra teatral. Para que la misma no quede reducida a una pura palabrería casi sin sentido habría sido preciso, en mi opinión, hacer relevantes estas ideas. Al no hacerlo la obra exige para su debida comprensión un espectador enterado que sepa ver bajo los diálogos que los tres personajes se cruzan las bases del mito en el que se apoyan. Juan Mayorga ha obviado esto y lo ha sustituido por la presencia de fondo de una sociedad autoritaria y opresiva que está suspendiendo los derechos del ciudadano. Para que estos ciudadanos no sean conscientes y acepten esta opresión es preciso alienarlos, inocularles un relato distinto al que ellos sostenían antes y que les hacía estar disconformes con lo que se les venía encima. Pero si esto es así,  -y yo creo firmemente que esta es la intención del escritor-, ¿qué necesidad había de recurrir a este mito hebreo tan distante de nuestra cultura cristiana?

Quizás me haya faltado para disfrutar en toda su dimensión de "El Golem" haber asistido, previamente a ésta, a la representación, -al menos haberlas leído habría sido conveniente-, de  las otras dos obras creadas por el académico de la lengua dedicadas al poder de la palabra: "La lengua en pedazos" y "Silencio". La primera recibió numerosos premios y se centra en la figura de Santa Teresa de Jesús; la segunda ha pasado recientemente por los escenarios -no sé si aún sigue en ellos- puesta en boca de la magnífica actriz Blanca Portillo y que, por lo que sé, parte de la reflexión que el propio autor realizó sobre la importancia de la palabra en su discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua. Estoy seguro de que habiendo visto o leído esas dos obras mi intelección y disfrute de ésta habría sido mayor. En este blog hace ya unos años dejé constancia del inmenso placer que tuve viendo la representación de una obra de Juan Mayorga titulada "El mago" [leer reseña aquí]. En ella como en tantas otras del autor madrileño se escenifica un deseo íntimo del ser humano que nos hace seguir tirando hacia adelante: «Todo es mentira, pero queremos pensar que está lleno de verdad» (Juan Mayorga, noviembre de 2018)

La dirección de la obra corresponde a Alfredo Sanzol, director y dramaturgo que admiro y del que he disfrutado un buen número de representaciones dirigidas por él como En la luna (2011), La dama boba (2017), La ternura (2017) o Macbeth (2020) y alguna otra que ahora mismo se escapa de mi recuerdo. Es un director -en alguna como La ternura, también dramaturgo- que me encanta. Creo que su dirección de actores siempre es magnífica, y en ésta también, naturalmente. Para la escenografía ha ideado una serie de grandes paneles en ángulo recto que sistemáticamente (al menos en 8 ó 10 ocasiones) son desplazados por la escena configurando diversos espacios rectangulares que simulan las dependencias de un hospital, residencia o institución cerrada creando un ambiente ciertamente opresivo. Quizás como 'pero' diría que me pareció ver un cierto abuso en estos desplazamientos y movimientos escénicos que ejecutan cuatro personas (Andrés Bernal, Cecilia Galán, Leonora Lax y Kevin de la Rosa) quienes con pleno derecho al final de la obra saludan junto a los tres actores. 


Nota:
"El Golem" se representa en el Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional en Madrid hasta el próximo 17 de abril de este año 2022. 

21 dic 2018

Juan Mayorga y Robert Walser. La vida como representación

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Ha coincidido que poco antes de ver la obra "El mago" escrita y dirigida por Juan Mayorga hubiese leído "El paseo" de Robert Walser. De esta última diré que hacía tiempo que ardía en deseos de echármela al coleto (¡uf, qué frase tan ripiosa me ha salido! Pero ahí la dejo) pues no eran pocas las alabanzas que en blogs amigos había leído sobre ella. De Juan Mayorga sólo diré que su dramaturgia ha estado de siempre entre mis preferidas y que si, como en esta ocasión, tengo oportunidad de ver algo suyo, lo hago.

expresionismo literario, teatro de ideas


"El paseo" de Robert Walser
Como digo llevaba tiempo -casi tres años- queriendo hacerme con esta breve obra. Concretamente mi deseo nació a raíz de leer "El comensal" de Gabriela Ybarra [leer reseña aquí], la interesante primera novela de la autora, en la que ésta alude a Robert Walser, en concreto cuando ella siente la necesidad de revisitar los espacios y lugares que habitaron sus padres del mismo modo que el escritor suizo sentía, como parte del proceso creativo, la necesidad de pasear.

Es posible que la vida de Robert Walser sirva para entender mejor esta joyita. Nacido en Biel (Suiza) en 1878 alcanzó notoriedad en la Alemania anterior a la Primera Guerra Mundial, siendo muy bien recibida su obra por escritores como Robert Musil y Franz Kafka. En 1913 marcha a Berna (Suiza) quizás para recuperarse de los problemas de depresión que durante toda su vida le acuciaron. Alternará hasta 1923 las estancias en Berlín y en Berna donde definitivamente fijará su residencia en 1923. Sus problemas mentales se agudizaron y en 1929 ingresa en un psiquiátrico de la capita suiza. Sigue escribiendo allí dentro pero en 1933 su pluma enmudece al ser conducido a una clínica psiquiátrica en Heriseau (Suiza) contra su voluntad. En la Navidad de 1956 aparece muerto sobre la nieve a unos cuantos cientos de metros de esta clínica de la que desde su ingreso jamás salió.

Kafka, Musil, Robert Walser, novela expresionista
"El paseo" vio la luz en 1917. En España sin embargo la novelita no se publicará hasta 2012 en la editorial Siruela. El nombre del autor se conoce por estos pagos gracias a que el editor y escritor Carlos Barral publicó en 1974 la considerada mejor obra de Robert Walser titulada "Jacob von Gunten", reeditada por Siruela en 2011.

La obra me ha parecido interesante, aunque algo prolija en el lenguaje, quizás algo densa y enrevesada pese a su brevedad, y sobre todo muy filosófica. El escritor-narrador cuenta el paseo que  un día, de la mañana al atardecer, realiza para descansar del incesante trabajo de escritura. Es consciente de que su vagar durante un día laborable levanta un sinfín de suspicacias entre quienes lo ven pues no entienden cómo un hombre puede estar de holganza mientras los demás trabajan. Ignoran que en realidad Walser está trabajando durante su deambular pues todos los tipos humanos que ve, y las situaciones por las que pasa van tejiendo en su cabeza lo que más tarde se convertirá en obra escrita:
"En una palabra, me gano el pan de cada día pensando, cavilando, hurgando, excavando, meditando, inventando, analizando, investigando y paseando tan a disgusto como el que más" (pág. 35)
Él no se esconde ante sí mismo y por eso ya desde el principio justifica su paseo considerándolo casi casi una terapia. Considera que no se debe aparentar lo que no se es y hace extensiva esta consideración a su propia persona pues "un crítico que tal hace no es auténtico, y los escritores no deben abusar de la escritura. Espero que esta frase guste en general, despierte satisfacción y halle cálido aplauso." Walser introduce sobre la marcha el otro extremo de la comunicación literaria anticipando con una magnífica dosis de humor la reacción que la afirmación que acaba de hacer puede -más bien, debería- despertar en sus lectores.

Lo sorprendente de esta obra es que con una naturalidad demoledora el escritor presenta y lanza reflexiones profundísimas sobre la propia sociedad y, como él no quiere zafarse de la misma, también sobre la operación y oficio de escribir. Respecto a lo primero critica las convenciones sociales que agarrotan a las personas. El, por ejemplo, confiesa que pasea durante un día de labor porque "Los domingos no me puedo dejar ver en la calle, porque no tengo ropa de domingo" (pág. 32) y pone en solfa la consideración que tiene la sociedad de lo que es un caballero de buena condición cuando irónicamente pone en boca de unos empresarios hoteleros lo que guía la selección de sus huéspedes:
"Quien sólo sea bueno, recto y honrado, y no tenga ninguna otra ventaja importante, por favor que no se nos acerque; porque no nos parece ser un caballero refinado y mejor." (pág. 49)
Metaliteratura
Pero lo mejor de esta obrita es observar cómo se muestra ante el lector el escritor haciendo su escrito: las elecciones que realiza, los artificios que utiliza, las exageraciones en que intencionadamente incurre ("donde me encontraba era sólo una zona pobre y carretera, medio rural, medio suburbial, sencilla, amable, modesta y de pocas aspiraciones, y no un distinguido parque, como me he atrevido a indicar, lo que retiro sigilosamente, porque todo lo que tenía de parque es inventado y no pega en absoluto aquí", pág. 11), los referentes literarios que contempla ("gitanas de botas rojas, ojos negros como la pez y cabello a juego, ante cuya extranjera visión se piensa quizá en la novela de Gartenlaube La princesa de los gitanos, que sin duda transcurre en Hungría, lo que importa poco, o en La gitanilla, que sin duda es de origen español, lo que no es preciso tomar al pie de la letra", pág. 47), las censuras que a sí mismo se impone ("Yo mismo repruebo la expresión «cretino». Desapruebo tan fea palabra y ruego al lector que me perdone.", pág. 40)
Y concluye, Robert Walser con una frase que resume en sí misma el ejercicio metaliterario que en definitiva esta obra es:
"«Todo esto», me propuse en silencio mientras me detenía, «lo escribiré después en una obra de teatro o en una especie de fantasía que titularé El paseo»" (pág. 15)


"El mago" de Juan Mayorga
Empapado de las ideas de la representación, la falsedad, la manipulación, que es la vida que emanan de "El paseo" de Robert Walser acudí, sin saber muy bien de qué trataba, a ver en el Teatro Valle Inclán de Madrid la obra de Juan Mayorga titulada "El mago"
Mi primera sorpresa se produjo cuando la representación tuvo lugar en la sala pequeña  del teatro, la sala Francisco Nieva. Ya sólo este detalle me hizo pensar en una obra más clásica, menos espectacular, más de texto que de maquinaria y tramoya, como así fue en efecto. La segunda sorpresa vino cuando el discurrir de la historia, en principio de teatro de alta comedia, fue derivando, maravillosamente llevada por la mano autoral y directora de Mayorga, hacia un teatro más de ideas, más filosófico.

El asunto es simple. Nadia (Clara Sanchís) ha ido a ver un espectáculo de magia en el que se ofreció como voluntaria en un ejercicio de hipnosis.  Al volver a casa no sabe si aún sigue en estado hipnótico, si está en casa junto a su marido Víctor (José Luis García Pérez), su hija adolescente Dulce (Julia Piera), y su madre Aranza (María Galiana) o si todo es una ilusión y la verdadera Nadia donde está en realidad es en el teatro junto al mago y el resto de voluntarios hipnotizados. La cosa se complica más a ojos del descreído Víctor porque esperan para cenar a Lola (Ivana Heredia), una antigua amiga del instituto, y por si esto fuera poco tiene anunciada su visita un posible comprador, Ludwig (Tomás Pozzi) del piso donde viven y tienen en venta.

Como se ve los mimbres son excelentes para una comedia de equívocos, un vodevil clásico; y sólo en eso podría haberse quedado si no estuviese tras el texto y la dirección Juan Mayorga. La obra, según avanza la representación perfectamente actuada por los seis intérpretes, va incidiendo en cuestiones más próximas al mundo filosófico al plantearse en la misma cuestiones tales como la ubicuidad, la esencia y presencia, verdad y representación, un creador muñidor y unos títeres manipulados, realidad y ficción, etc., etc.

Metaliteratura

Como bien se deduce del título, estamos hablando de magia y ésta siempre tiene truco. El teatro también no es otra cosa que un aceptado caso de magia en el que todos somos conscientes del truco pero mientras dura la representación no queremos verlo y no aceptamos que nadie venga a jorobarnos rompiendo el encantamiento libremente consentido, ¡y pagado! Y en eso estamos en esta obra, en un juego de cajas chinas, un juego de espejos, en un teatro (la vida)  donde todos hacemos teatro y por si esto fuera poco nos chifla ver ese otro Teatro que en esta ocasión nos presenta una obra que habla del teatro dentro del teatro. Increíble, magnífico, y además hilarante, divertidísimo, y con una profundidad de lo más interesante..

Corrijo, pues, al llegar al final de la reseña, el título que he dado a la misma porque en verdad debería de ser el siguiente: La vida es pura representación. Algo que desde los orígenes del arte teatral han tratado no pocas veces  los grandes dramaturgos con Calderón de la Barca a la cabeza en esa inmensa obra que es "El gran Teatro del Mundo". En definitiva, de eso es de lo que va esta buena obra del reciente académico de la RAEL Juan Mayorga.
María Galiana, Clara Sanchís, José Luis García-Pérez, Julia Piera, Tomás Pozzi, Ivana Heredia

Nota final.- La obra "El mago" estará en la cartelera del Teatro Valle Inclán de Madrid hasta el próximo día 30 de diciembre de este año 2018. Seguo que durante los próximos meses emprenderá gira por diversos teatros españoles. Si tenéis oportunidad no os la perdáis, creo que os gustará.