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21 may 2021

Ralph Waldo Emerson. "Naturaleza"

21 comentarios:
Leer, la lectura, el mundo de los libros, en definitiva, provoca con frecuencia que, tras acabar una obra que nos ha resultado grata, los lectores queramos continuar con otro título de la misma autoría; o bien que algo visto o intuido durante el acto de lectura en el finalizado volumen nos lleve a buscar con ahínco  esa novela citada en el texto o nos anime a profundizar en la manera de pensar de ese escritor reverenciado por este o aquel personaje e, incluso, como ha sido en mi caso, por el mismísimo autor. 

Quienes hayáis leído la reseña que escribí sobre la novela "El huerto de Emerson" del extremeño Luis Landero [quienes no lo hayáis hecho, pinchando aquí podéis hacerlo] recordaréis que dediqué un espacio importante a solventar el porqué del título. Resultó que todo procedía de la lectura de unos ensayos del escritor, filósofo y poeta norteamericano Ralph Waldo Emerson, quien en uno de ellos aconsejaba contentarse con lo que por naturaleza nos ha sido dado y sacar de ahí los más frutos posibles que contenga. Esto es lo que Landero denomina 'Huerto de Emerson'.

Me agradó esa traslación de la frase desde el plano de la filosofía del escritor del siglo XIX a una novela memorialista de un escritor del siglo XXI y me propuse saber algo más de Ralph Waldo Emerson y su ideario filosófico. Busqué por mi entorno títulos asequibles del bostoniano que me permitiesen conocer algo de su pensamiento y me topé con que la editorial Nórdica libros acababa de sacar una hermosa edición de uno de sus primeros ensayos. Y digo hermosa edición porque el texto se presenta acompañado de bonitas ilustraciones, -delicadas acuarelas-, realizadas por la argentina residente en Madrid Eugenia Ábalos. 

El autor
Ralph Waldo Emerson (Boston, 1803 - Concord, 1882) fue el líder del trascendentalismo filosófico a principios del siglo XIX. Estudió Teología en Harvard y tras finalizar los estudios se ordenó pastor unitario, aunque la muerte de su mujer le llevó a renunciar al sacerdocio. Su Obra y pensamiento filosófico influyó en discípulos suyos como Nathaniel Hawtorne y Henry David Thoreau; también poetas y filósofos como Whitman o Nietzsche reconocieron la deuda que debían a su producción.


Mi opinión
Trascendentalismo filosófico, Filósofos  americanos del XIX

Personalmente pienso que este breve ensayo presentado en ocho capítulos de escasa extensión, el escritor lo escribió en 1836 simplemente para exponer con argumentos su idea de que todo está creado por un espíritu superior infinito. Evidentemente, sin citarlo, se refiere a Dios y a sostener la idea de que la Creación de todo lo existente en el mundo natural la realizó él mismo a su imagen y semejanza. El hombre está dentro de esta Naturaleza, pero tiene entre los elementos que la componen un rango mayor gracias al entendimiento de que está dotado. En un siglo en el que el positivismo y las ciencias naturales estaban experimentando un auge espectacular Ralph Waldo Emerson quería señalar que si bien el científico observa las cosas, animales, plantas y objetos con afán puramente clasificatorio, debe este estudioso ser consciente de que hay una fuerza espiritual en esos elementos reflejo de quien los creó. E insiste en algún capítulo en que la Naturaleza es, frente a la idea de puro escenario en el que se acumulan objetos y especies de diversa índole, una unidad. A esta unidad es a lo que él llama Paisaje, cuya mera observación lleva al Uno, creador de todo.

El pensamiento de Emerson es claramente panteísta y enlaza directamente con la corriente filosófica del Idealismo. Por proximidad temporal, enlaza primero con el idealismo trascendental de Kant, pero en esencia también con el idealismo platónico. La Belleza, el Lenguaje, y todos los otros elementos que configuran el mundo natural los analiza el filósofo en este ensayo desde la perspectiva idealista. Según esto, todo es simbólico dado que todo es analogía, semejanza, y apunta -¡naturalmente!- a las cualidades inefables del gran Hacedor. 

Por el lado del asunto la obra es muy sencilla, como se ve. Pero ¿qué tiene de interesante además? Pues sin lugar a dudas lo más hermoso de ella es el lenguaje empleado para trasladar al lector estas ideas filosófico-religiosas. Emerson es un poeta y da buena muestra de sus habilidades en este ensayo. Presentar algunas citas tomadas de la obra creo que es mucho mejor que intentar explicar lo difícil o lo casi imposible:
  • «la belleza, en su sentido más amplio y profundo, es una expresión del universo. Dios es la hermosura absoluta pero la belleza de la naturaleza no es suprema. La verdad, la bondad y la belleza no son sino diferentes caras de un mismo todo. Pero la belleza de la naturaleza no es suprema.»
  • «No son sólo las palabras las que son simbólicas, son las cosas las que son simbólicas. Cada hecho natural es un símbolo de algún hecho espiritual.»
  • «El mundo visible y la relación entre sus partes son el cuadrante donde leemos lo invisible»
  • «Todas las cosas son morales; sus cambios incesantes guardan una relación constante con la naturaleza espiritual. [...] Una hoja, una gota, un cristal o un intervalo de tiempo guardan relación con el todo y participan de la perfección del todo.»
  • «El mundo procede del mismo espíritu que el cuerpo del hombre. [...] Pero difiere del cuerpo en un aspecto importante. No está, como éste, sometido ahora a la voluntad humana. Su orden sereno es inviolable. Es, por lo tanto, para nosotros, el intérprete actual de la mente divina.»
  • «cuando contemplo un paisaje exuberante no atañe tanto a mi propósito el recitar correctamente el orden y la superposición de los estratos como averiguar por qué toda noción de multitud se pierde en una apacible sensación de unidad.»
Finalizada la parte ensayística escrita en prosa, hay un segundo apartado en este libro referido a los mismos asuntos pero expresados ahora en verso. Son 12 poemas que Nórdica Libros ofrece en el idioma original en que fueron escritos y trasladados a nuestro idioma por el buen traductor que es Andrés Catalán.

Son estos poemas bellas composiciones que me han reafirmado en una idea que, ya leyendo el ensayo, sobrevolaba constantemente mi cabeza. Me refiero a que la poesía de nuestro Gustavo Adolfo Bécquer está sin duda alguna muy en la línea de este trascendentalismo emersoniano. Concretamente ha habido un momento en que en vez de estar leyendo a Emerson me parecía estarlo haciendo de la poesía de Bécquer. Véase si no lo siguiente: «todo espíritu se construye una casa, y más allá de su casa, un mundo, y más allá de su mundo, un cielo.» -se lee en el ensayo del norteamericano. Y Bécquer en su Rima XXIII escribe "por una mirada, un mundo / por una sonrisa, un cielo / por un beso... ¡Yo no sé / qué te diera por un beso,".  También, aunque ya no de manera tan directa, la lectura de los poemas del poeta y filósofo norteamericano me ha hecho recordar alguno de los de nuestro Antonio Machado. Dice Emerson: «El agua sirve para beber; el carbón, para calentar; la lana, para abrigar; pero no podemos beber la lana, ni tejer el agua, ni comer el carbón.», lo que ha repentizado en mi memoria unos versos del poeta sevillano contenidos en "Proverbios y Canciones": "bueno es saber que los vasos / nos sirven para beber, / lo malo es que no sabemos / para qué sirve la sed."

Y finalizo como comencé. O sea, volviendo a Luis Landero, el causante de que haya leído "Naturaleza", el primer ensayo filosófico de Ralph Waldo Emerson. En la reseña de "El huerto de Emerson" y también en otras que he hecho de obras del escritor de Albuquerque he resaltado el dominio del vocabulario que tiene, especialmente del léxico rural y campesino que él siempre anhela preservar. Deseo semejante me ha parecido ver en alguno de los poemas del poeta estadounidense contenidos en "Naturaleza". Y como para prueba vale un botón, aquí dejo unos versos de su poema "Añuelo", hermoso ya desde el propio título:
Dadme verdades, 
que estoy cansado de las superficies 
y muero de inanición. Si conociera 
tan solo las especies y hierbas de los bosques, 
la ruda, la potentilla, la hiedra terrestre, la verbena y la agrimonia, 
la alverjana, el trilio, la pelosilla, el sasafrás, 
la asclepia y los oscuros helechos, las pintorescas cañas y droseras, 
y las claras y virtuosas raíces [...]
editorial Nórdica, Ralph Waldo Emerson, Teología y Filosofía

No puedo acabar esta breve reseña sin llamar la atención sobre la belleza de las acuarelas de  Eugenia Ábalos que ilustran esta edición de la editorial Nórdica ya desde la misma portada. Sin duda alguna me atrevo a decir que hoy el libro tiene más valor por estas hermosísimas aguadas que por la propia filosofía contenida en el ensayo dada la superación actual de la misma.

_________________________

Nota:

La lectura de este ensayo de Ralph Waldo Emerson me sirve para seguir avanzando en el Reto Nos gustan los clásicos


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10 may 2021

"El huerto de Emerson" por Luis Landero

27 comentarios:

«Yo soy de los que viven, archivan en la memoria, y luego, al recordar, me lo reinvento casi todo. Yo solo necesito un poquito de realidad para escribir; lo demás es añadido imaginario.» (pág. 98)

El huerto de Emerson, Luis Landero, Novela
En 2015 cuando leí "El balcón en invierno" de Landero pocos se asomaban al muy humilde mío, quiero decir a este blog, que en ese momento tenía escaso tiempo de vida y era poco conocido por estos pagos. Tras haber visitado —leído— "El huerto de Emerson" con interés he ido como no podía ser de otro modo a recuperar mis impresiones sobre ese balcón al que salí hace seis años largos y no puedo por menos —perdóneseme la inmodestia— que reconocer que lo que allí vertí [pincha aquí para acceder a esa reseña] sobre la publicación de este Gran Faroni de nuestra literatura, Luis Landero, podría reproducirlo casi al pie de la letra para comentar esta última obra autobiográfica, novela memorialista, ensayo intimista o como quiera que el carácter proteico de la literatura hoy decida calificarla.

No es Landero un escritor al uso, quiero decir, facilón. No, desde luego que no. Su literatura surge de lo más profundo de sí mismo. Podría decir —repetir, pues creo haberlo ya dicho en otro lugar de este blog— que constantemente nos está hablando de él y su mundo. Si en otros de sus libros podría quedar algún atisbo de duda, en éste la declaración de lo que digo parte ya del propio título de la obra: "El huerto de Emerson". ¿De qué huerto nos habla? ¿Quién es Emerson? Hay que leer los 15 apartados en que se estructura esta obra para hallar la respuesta debida a ambas preguntas. Pero si aún no lo habéis hecho un poco de ayuda nunca viene mal. Seguid leyendo.

La primera cuestión no se entiende sin la segunda. Emerson es un escritor, poeta y filósofo estadounidense que vivió durante el siglo XIX y fue fundador del movimiento denominado trascendentalismo, pensamiento filosófico que parte de Kant, sigue por Fichte y desemboca en Schopenhauer. En esencia lo que venía a decir Emerson a cuyo huerto viene Landero a recoger lechugas y hortalizas es que el contacto de la persona con la naturaleza  provoca que a través de la intuición y la mera observación se pueda conectar con la 'energía cósmica', o sea, vamos, en último término con Dios; quiere decirse, pues, que el trascendentalismo es una especie de panteísmo. Pero a Luis Landero lo que más le sedujo del  pensamiento de Emerson es la declaración del norteamericano de que hay que valorarse en lo que uno es, que hay que conocerse a uno mismo, que «cada cual ha de aceptarse a sí mismo tal como es, y aceptarse además con orgullo y contento. Que a todos nos ha tocado en suerte un terrenito en el que laborar». Este terrenito es el huerto al que alude en el título. En definitiva, él mismo.

Trascendentalismo, William Carlos Williams, Paterson, Jim Jarmusch
A raíz de la lectura de este libro he recordado una hermosísima película que vi hace ya unos años que bebía en el pensamiento y filosofía de Ralph Waldo Emerson. Me refiero a "Paterson" del director Jim Jarmusch que hace cinco años ya reseñé en este blog. En el film, la pareja protagonista se siente atraída por la 'poesía de las cosas' de William Carlos Williams, poeta norteamericano que bebía de este transcendentalismo de Emerson. Todo como se ve está muy muy relacionado.

Pero a lo que vamos. Landero en esta novela-ensayo-memoria-metaliteraria adquiere un cuaderno nuevo y se dispone a escribir. Dice que en contra de lo que acostumbra piensa hacerlo sin plan previo («Siempre he planeado mucho mis libros, pero esta vez quiero que el libro se vaya haciendo solo, y que él solo vaya tomando la forma que mejor le parezca.»). Lo único importante para ser escritor, dice desdoblándose en personaje de su propia vida visto desde su posición de autor-narrador, «es tozudez y maña. Extraes un hilo de la primera frase, tiras de él y tejes la segunda, soplas sobre las ascuas de la segunda y con esa pequeña candela enciendes la tercera, luego tomas una palabra de la tercera, la frotas, a ver qué sale, [...] a la cuarta le pones alas y la echas a volar, y en cuanto a la quinta, a lo mejor esa llega sola, despistada, como caída de un guindo, o bien se presenta voluntaria, y hasta es posible que venga acompañada de otra, y así, [...]». ¿Se puede explicar de manera más poética el personalísimo proceso creativo de Landero? Creo que no. Pero no es el único momento en la narración que lo hace. Toda ella está plagada de explicaciones metaliterarias, de aclaraciones sobre su poética. Y esto es uno de los grandes valores de este librito, breve por el número de páginas y extenso por la profundidad de su contenido. 

Pero ¿de dónde saca los asuntos, el contenido, el fondo que subyace tras esas palabras que tiran unas de otras formando una conga de lo más solidaria? Siempre siempre de su propia memoria, o sea, de lo vivido, del propio huerto personalísimo. Así ha sido desde siempre en él, desde esos Juegos de la edad tardía hasta este que tengo en las manos. Piensa con acierto Landero que el tiempo nos agotará y de nosotros como ya comentaran nuestros antepasados renacentistas no quedará más que lo guardado en la memoria de quienes nos sobrevivan. ¿Y si esos —como es seguro que pasará— también abandonan este mundo? ¿Dónde irá a parar lo vivido por nosotros? Al olvido, evidentemente. Quizás el papel, ese cuaderno virgen que ha adquirido y espera sobre la mesa ser violentado amorosamente por la pluma, sea la solución
«Pensé en cómo mi mundo propio e irrepetible, con su infinita minucia de sucesos, al que a última hora vendría a agregarse el de la muerte, se perdería conmigo, igual que se perdió el de mis padres y el de todos los muertos que ahora me rodeaban.»

 Es El huerto de Emerson una obra memorialista y autobiográfica por donde quiera que se la mire: los orígenes extremeños del autor, el traslado de la familia a Madrid, la muerte del padre, sus diversos trabajos y ocupaciones: ayudante en un despacho de abogados, guitarrista, profesor ayudante de francés en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, profesor de instituto, conferenciante... Mil y uno oficios  han sido desempañados por Luis Landero si bien «Salvo cuando fui guitarrista, también yo me considero un hombre sin oficio, con solo algunas habilidades difusas que me han permitido ganarme la vida y encontrar un lugar en el mundo. Desde siempre, yo he admirado a quienes tienen y dominan una profesión y la desempeñan con esmero y con gusto.»

El escritor-narrador en este ensayo autobiográfico novelado se presenta a sí mismo como impostor, maestro de la apariencia, siempre a punto de abandonar cualquier oficio u ocupación atraído por los cantos de sirena de la pereza, su auténtica perdición, contra la que ha luchado desde siempre. Su impostura le lleva a confesar que más que un profesor que escribe, he sido un escritor que en sus horas libres se ganaba la vida dando clases, por aquello de la maldición bíblica del pan y del sudor. Sin embargo como profesor de Literatura en el madrileño Instituto Calderón de la Barca, de Literatura comparada en la Universidad de Yale o de Escritura y Ciencias Teatrales en la RESAD (Real Escuela Superior de Arte Dramático) sus clases se caracterizaban por la atención puesta en el detalle dejando de lado las grandes exposiciones teóricas («he sido un profesor de detalles, vislumbres y caprichos, en tanto que el grueso del saber académico lo encomendaba a los buenos oficios de cualquier manual.»)

Escritura a mano, Luis Landero
Y la verdad es que también en su narrativa —algo que en este libro se percibe muy especialmente— ese gusto por el detalle, por lo mínimo, se comprueba de varios modos. Uno es a través del vocabulario al que recurre en ocasiones; palabras como escuerzo (sapo), tueco (oquedad producida en la madera por la carcoma), garabato (instrumento de hierro con punta semicírcular que sirve para tener colgado algo, asirlo o agarrarlo), evónimo (tipo de arbusto también llamado 'bonetero') o aldabón (culebrilla inofensiva de mítica mala fama) le sirven para dar entrada en el relato al realismo mágico que por momentos se enseñorea en él: « Si te pica el alicante, llama al cura que te cante.Si te pica el aldabón,avisa al enterrador».Si el aldabón y su mala fama pertenecen a la esfera de lo imaginado, la niñez es terreno abonado a la fantasía y surtidor primordial de ese realismo mágico —mejor sería decir "memorialismo mágico"— en que a base de detalles mínimos en algunas ocasiones esta obra se transforma. Es muy ilustrativo al respecto la estampa en la que el autor rememora cómo un hombre gordo que caminaba junto a un niño en una feria se separaba del suelo y volaba elevándose; algo que al Landero niño e incluso al novelista adulto cuando ha sido preguntado por ello no le parece para nada inverosímil: al niño porque todos sus compañeros así lo veían, y al adulto porque, dice, "no es inverosímil que un hombre gordo, si es joven, salga volando". Sentido del humor no le falta al autor de Albuquerque. 

Muchos elementos sabrosos hay en este relato memorialista. A los recuerdos vividos se le añaden de una manera no menos vívida un gran número de frases escuchadas que por mecanismo inexplicable se quedaron grabadas en su memoria reapareciendo de manera recurrente a lo largo de su vida. Son expresiones aparentemente tan sin sentido como la que durante su adolescencia oyó decir en un ultramarinos del barrio («Aquí no trabajamos el mejillón pequeño"») o la que con seriedad profirió su tío Paco en un círculo masculino que el Landero niño observaba («El problema de las grandes ciudades es que los taxis libres van más despacio que los ocupados, y eso entorpece el tráfico»). A estas frases, oídas durante su adolescencia a hombres y mujeres en conversaciones mantenidas en torno al fuego o a la puerta de las casas durante las cálidas noches de verano, se suman otro sinfín de ellas leídas en Faulkner (El villorrio, especialmente), en Stendhal (Rojo y negro), en Cervantes que sostenía que «Saber sentir es saber decir», o en Goethe cuando afirmaba que «Basta con sentir». Pero también en su memoria están los versos de Antonio Machado («En el corazón tenía / la espina de una pasión; / logré arrancármela un día: / ya no siento el corazón»), de Juan Ramón Jiménez, de Quevedo, Cernuda, Valle... que afloran por doquier en este texto memorial como formantes intrínsecos de su propia experiencia vital. Esta presencia se plasma en intertextos que cualquier lector avisado puede reconocer durante la lectura. Así en una plegaria «al señor de la invención y de la gramática» leemos, entre muchas otras, una petición en la que resuena el poeta de Moguer («concédeme la gracia de encontrar el nombre exacto de las cosas») y sucede otro tanto en alusiones y citas que llevan a muñidores literarios que en Landero forman parte inseparable de su propio existir.

El lenguaje literario contenido en "El huerto de Emerson" de Luis Landero es poético por demás. La imaginería que utiliza para construirlo, la abundancia descriptiva, la metaforización, las alusiones y elisiones... Todo contribuye a crear una atmosfera lectora agradable y satisfactoria. Esta obra de apariencia sencilla, compendio de lo que su vida ha sido, se disfruta infinitamente cuando el lector reconoce las alusiones intertextuales, comprende las elisiones, desarrolla las imágenes y se deleita con el color y plasticidad derivada de su poder descriptivo
«Son días intensos, irrepetibles, perdurables, de no parar de contar, de escuchar, de preguntar, y de un continuo y deleitoso asombro que todos querrían que no acabara nunca. Pero luego, sin embargo, lento pero seguro, pasa el tiempo, haciendo su oficio, y llega el día en que los niños se han comido las golosinas, las mujeres han guardado sus ropas y perfumes, porque en aquellas soledades no tienen ocasión de lucirlos, las aventuras y noticias ya han sido despachadas, y sin saber cómo, vuelve la monotonía, y el camino liso de lo cotidiano, y el fastidio de la rutina, y la desgana de los días y el secreto sinsabor de vivir.»
Novela memorialista, Autobiografía, Novela introspectiva
Efectivamente es el tiempo, como no podía ser de otra manera, elemento esencial de un libro autobiográfico, un libro en el que se muestra el camino que la vida es, el viaje que ella supone. A través de la escritura memorial se pretende capturar el tiempo que huye y los tiempos que mudan. Landero muestra en este libro un mundo que desaparece si es que todavía existe: «Estas cosas se habían contado durante siglos alrededor del fuego, y en verano al fresco de la calle. Mi abuela Frasca y mi tía Cipriana me las habían contado a mí, pero yo ahora no tengo a quién contárselas. Como tantas cosas, aquellos tiempos también se han extinguido» Diríase que la experiencia vital no está completa hasta que no contamos o nos contamos lo vivido.

Es el momento actual, nuestro tiempo, época en la que el viaje físico se ha sacralizado. Es preciso viajar, es casi una obligación ciudadana. Si no se viaja, la economía se resiente. Luis Landero no gusta de estos desplazamientos físicos en el espacio pese a haberlos practicado en algún momento de su ya larga vida. Afirma que «de todos mis viajes, los que he vivido con más emoción e intensidad, los buenos, los inolvidables, los esenciales, los he hecho con Julio Verne, con Defoe, con Homero, con Stevenson, con Humboldt, con Darwin, con Kapuściński, con Shackleton y con tantos otros. Pocos lectores habrán disfrutado tanto como yo con los libros de viajes y las novelas de aventuras.» Y categórico, concluyente, y muy muy literario como es todo en él, añade

«Dejemos los viajes para los hombres sin imaginación, como dice Proust de las mujeres hermosas»


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21 may 2020

"Lluvia fina" de Luis Landero

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“Esta cayendo una lluvia menuda helada. Aurora se recoge en su abrigo y camina sin prisas hacia la parada del autobús. La calle está desierta. Sólo algunas siluetas apresuradas que se desvanecen enseguida entre las sombras. Alrededor, los reflejos de las farolas en el suelo mojado, las ráfagas ocasionales de los coches, la luz de las ventanas: la vaga irradiación nocturna de la ciudad.”

Aurora reflexiona en el aula de su colegio donde se ha quedado, finalizada la jornada escolar, para corregir unos ejercicios de sus alumnos. Ante los dibujos inocentes de los niños piensa sobre la condición de "muro de las lamentaciones oficial" que cumple dentro de su familia. Ella es una amable mujer casada con Gabriel. Ambos son padres de Alicia, una niña con problemas de comunicación e interrelación de la que apenas nadie, salvo ella misma, Aurora, se ocupa y menos se preocupa. Esto, ser la escuchante de todos y no poder contar sus cosas a nadie la está sobrepasando.

Novela española actual, Técnica de la Citación
Gabriel es el menor de los tres hijos que tuvo el matrimonio formado por Gabriel y Sonia. De ellos es el único varón; las otras dos son niñas: Sonia, la mayor, y Andrea, la segunda. El padre, Gabriel, un hombre optimista y fantasioso, amado por todos sus hijos, murió siendo todos bastante pequeños; en este personaje cabe ver un homenaje o un guiño al Gran Faroni, protagonista de la primera novela de Luis Landero, "Juegos de la edad tardía". Representa Gabriel padre la alegría de vivir, la luz, la inventiva manifestada aquí en un retrato de un militar antiguo con entorchados que él dijo a sus hijos era el Gran Pentapolín en torno al cual fabulaba historias con las que embelesaba a los tres hermanos. La madre es todo lo contrario del fallecido: es una mujer tiránica, triste, oscura, que desconfía de los buenos momentos y que durante toda su vida sólo se ha dedicado a su trabajo de practicante que combinó el enviudar con un negocio de mercería para sacar la familia adelante. Dado su autoritarismo será a ella a la que carguen sus hijos todas sus frustraciones.

Junto a los tres hermanos están las parejas con las que comparten toda o parte de su vida; todos ellos esconden rarezas y arrastran fracasos y desilusiones: Horacio, divorciado de la hija mayor, Sonia, con la que tiene dos niñas, Ana y Azucena, se casó con ella más por influencia de la madre que por deseo de ella; Andrea, la reina de los traumas, achaca toda su infelicidad a los demás: a su madre porque -decía- la abandonó cuando sólo tenía dos o tres años, a Sonia porque Horacio -repetía siempre- tenía que haberse casado con ella, a Gabriel porque es un egoísta infantil que jamás se preocupó de nadie; de Gabriel, que parece el más equilibrado, conoceremos por boca de Aurora sus extravagancias y dobleces... Esta familia, pues, es una auténtica fauna.

Me ha gustado mucho la manera como está escrita la novela. He leído por ahí que lo importante en literatura es lograr que el escrito fluya, que el lector se sienta confortable durante la lectura, que no encuentre dificultades insalvables. Esto, naturalmente, no equivale a escribir puerilidades o asuntos deliberadamente comprensibles para lectores de bajo nivel intelectual; paradójicamente los autores que así piensan suelen fabricar auténticos bodrios, ladrillos ilegibles e infumables que se caen de las manos por culpa de tanto recurso narrativo novedoso acumulado muchas veces sin venir a cuento y en un desorden tremendo.

No. Landero, en esta novela, se maneja con la llaneza de los maestros, aquellos que manejan el material que tienen entre manos con tal habilidad que saben construir venciendo las dificultades y logran mostrar un resultado aparentemente fácil y sencillo. ¡Ay, la dificultad de la claridad! Por eso esta novela me ha gustado, porque revela la presencia en su arquitectura de un auténtico maestro de las letras.

Es una novela construida prácticamente toda ella a través del sistema de la citación. Quiero decir que no hay un narrador único, -testigo, objetivo u omnisciente-, que cuente toda la historia, sino que es a través de ese muro que es Aurora que nos vamos enterando de la realidad, de manera incompleta y con perspectivas diversas según quién sea en cada momento su comunicador. A través del estilo directo escuchamos a los personajes contarle a Aurora. Es estilo directo porque lo narrado por cada uno de ellos es reproducción exacta de lo acaecido: A veces, con frecuencia, dado que todo ya ha sucedido, se mezcla lo que se está diciendo con una anterior citación de otro personaje que enjuicia, introduce su punto de vista, contradice..., pero todo siempre en el momento en que es contado a Aurora. Ella misma también referirá su experiencia con Gabriel, su marido. Y lo hace en primera persona abandonando el estilo de la citación o mezclando en estilo directo la conversación mantenida con él con otra u otras conversaciones mantenidas por otros personajes y que en el instante mismo de la rememoración le están siendo contadas a Aurora. En fin, es una compleja y muy trabajada novela cuya narratividad supone una verdadera vuelta de tuerca, una mîse en abyme ('abismación', se dice en castellano) que provoca una metaliteraturización del relato que estamos leyendo. Ya en la primera página de la historia aparece una reflexión de Aurora (en el fondo una especie de anticipación) sobre lo que nos disponemos a leer: un relato de relatos
"Ahora ya sabe con certeza que los relatos no son inocentes, no del todo inocentes. Quizá tampoco lo sean las conversaciones de diario, los descuidos y equívocos verbales o el hablar por hablar. Quizá ni siquiera lo que se habla en sueños sea del todo inocente. Hay algo en las palabras que, ya de por sí, entraña un riesgo, una amenaza, y no es verdad que el viento se las lleve tan fácilmente como dicen."
Pero, insisto, pese a la dificultad del procedimiento, Luis Landero consigue que la historia fluya, que estemos a gusto leyéndola. Esto, creo yo, está al alcance de pocos autores.

Todo sucede en el escaso tiempo que va del final de las clases de la tarde en la escuela donde trabaja
"Está empezando a atardecer, y hace ya rato que se fueron los niños."                                al momento en que  "una voz la devuelve de golpe a la realidad: «Doña Aurora, que son ya las ocho», dice el bedel desde la puerta apenas entreabierta. ¡Las ocho ya! ¡Qué tarde se ha hecho! Aurora recoge sus cosas, se pone el abrigo, y al accionar el móvil descubre con sorpresa que está apagado". 
O sea, en tiempo real,  unas cuatro horas aproximadamente durante las que ella ha estado recordando las confesiones que unos y otros le han hecho quejándose todos de todos. Esas quejas, esa multiplicidad de voces que durante veinte años, desde que llegó a esa familia, ha escuchado con paciencia infinita han ido calando en ella como esa lluvia fina que al salir del colegio encuentra en la calle y que la conduce hacia el inexorable futuro.

El autor nos va descubriendo la personalidad de cada personaje en el discurrir de las conversaciones que entre sí mantienen a propósito de una fiesta que a Gabriel se le ha ocurrido dar para celebrar el 80 cumpleaños de la madre, mujer cuyo difícil carácter ha hecho que la familia lleve muchos años sin reunirse. Es, piensa Gabriel, una buena disculpa para retomar el contacto. Comienzan entonces las llamadas telefónicas de Gabriel a Sonia, de Sonia a Andrea, de Gabriel a Andrea... y a su vez en un segundo nivel las de cada uno de ellos a la buena de Aurora comentándole los agravios intuidos o recibidos en los respectivos diálogos. Lo interesantísimo para mí es que Landero muestra la psicología de estos seres no a través de descripciones estáticas sino todo lo contrario: vemos y sabemos cómo es cada uno de ellos al verlos actuar en las retrospecciones que van relatándole a Aurora a fin de que ésta se haga mejor idea del porqué de las quejas de cada cual. Esto, insisto, no es fácil, y el escritor, pacense de nacimiento y origen familiar pero madrileño de adopción como tantos otros españoles que arribaron a la capital en los años sesenta, lo lleva a cabo con soltura, eficiencia y elegancia.

No cabe decir mucho más de esta historia que en el fondo muestra la cotidianeidad de un pequeño grupo familiar en el que hay de todo, pese a que vistos desde fuera y sin profundizar nada sería una familia normal más. Algo que es verdad porque con frecuencia la normalidad es esto que nos encontramos aquí: madres posesivas y distantes, padres amables e imaginativos, mujeres que se creen perseguidas por todos desde siempre, otras que deben reconducir su vida tras una primera equivocación provocada por interferencia materna, un hombre soñador e incapaz de ponerse en serio a nada, y una mujer que no soporta por más tiempo ser recipiente donde los demás arrojan sus neuras y se van tan oreados sin preocuparles el estado en que ella queda. ¿Es esto una familia normal y feliz? Decía Lev Tolstoi al inicio de su novela "Ana Karenina" que «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». ¿Sí? Bueno, no sé, dejando al ruso a un lado hay que leer esta novela para tomar postura y decidir si estamos ante un grupo familiar feliz o infeliz, e incluso si en cualquier caso se podría hablar de normalidad.

En torno a Luis Landero
"Lluvia fina",
De Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) he leído unos cuantos libros aunque curiosamente ésta es la primera novela de ficción que reseño. Es un escritor que se dio a conocer como novelista en 1989 con "Juegos de la edad tardía" que fue toda una sorpresa en el panorama literario español de ese año. La novela recibió el Premio de la Crítica y el Nacional en 1990, y él mismo fue distinguido con el Premio Icaro para nuevos creadores por esta novela que le permitió dedicarse de manera más profesional a la literatura. No obstante compatibilizó hasta su jubilación la escritura con la docencia, primero en el Instituto Calderón de la Barca de Madrid, luego en la Escuela de Arte Dramático, también en la Universidad Complutense de Madrid como Profesor Ayudante e incluso ha sido profesor invitado en la Universidad de Yale.

Por profesión y ciudad de ejercicio comunes siempre le he seguido la pista y a mis alumnos constantemente les he animado a participar en el Certamen Literario de Narraciones Cortas Luis Landero, que se convoca a nivel internacional para todos los alumnos de secundaria de los países hispanoparlantes. 

Además del primero y del último de sus libros he tenido el gustazo de leer otros títulos suyos: "Caballeros de fortuna" (1994), "El mágico aprendiz" (1998), y su autobiografía, "El balcón en invierno" (2014), que ahora mismo recuerde. Esta novela memorialista sí que la tengo reseñada en este blog. Invito a quien desee saber más sobre las ideas y vivencias del autor a leer la novela y antes, si así lo desea, mi reseña en la que después de cinco años de haberla publicado al volver a ella creo que contiene informaciones interesantes. Os dejo el enlace aquí.

15 feb 2015

A propósito de "El balcón en invierno" de Luis Landero

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He leído con gusto la última obra de Luis Landero, que el "Club de Lectores 1001" en el que participo ha puesto como lectura para este mes de febrero y sobre la que debatiremos a partir del 1 de marzo en la página web del Club. Es por esto que sólo hablaré de cuestiones laterales que me ha suscitado la obra sin entrar en asuntos más pegados al texto.


Durante su lectura he recordado las novelas que de Landero había leído hasta este momento. Son dos, "Juegos de la edad tardía" con la que se dio a conocer el año 1988 y "El mágico aprendiz", de 1998, que fue la tercera en aparecer. La verdad es que no es autor muy prolífico pues, al hecho de haberse dado a conocer a los 41 años, se añade el que entre novela y novela transcurren una media de cuatro; esta regularidad se rompe, pasando a ser de dos o tres años, cuando la próxima es de muy fuerte contenido biográfico, como ocurre con esta última aparecida en 2014 separada dos años de "Absolución" (2012), la novela anterior, y cinco de otra también muy autobiográfica, "Retrato de un hombre inmaduro". "Absolución" lleva dos años esperándome sobre el mueble del salón donde coloco los libros que pienso leer en breve, algo que como se ve no siempre cumplo.

I.- No más Novelas
 Lo más llamativo de "El balcón en invierno" es que es fruto de una reflexión  sobre el género que se le suscita al escritor-narrador a partir de la relectura de las primeras páginas que ha redactado de la que debería ser su siguiente narración. Nada más leer esos esbozos iniciales, Landero se dice a sí mismo: "¡Oh, no, Dios mío, otra novela no, otra vez no! Otra vez el hombrecillo gris y sus grandes o pequeños afanes, no." (p. 10). Significativamente, es por ello que este primer capítulo lo titula "No más Novelas". Y aduce como apoyo a esta decisión que el mundo actual huye de la novela literaria buscando la satisfacción instantánea, razón por la que los lectores de ficción son minoría pues se buscan historias que tengan un rápido correlato 'real', o sea, visual. 
¿Es que no ves que hoy casi nadie lee novelas, o al menos novelas literarias, y que hay placeres y modos de entretenimiento, y ofertas de ocio en general, más fáciles, baratas e instantáneas?
Cada vez habrá menos lectores, y luego menos, y así poquito a poco hasta que se vean convertidos en una especie de secta, como los cristianos de las catacumbas. ¿Es ese el destino de la literatura?