15 feb. 2015

A propósito de "El balcón en invierno" de Luis Landero

He leído con gusto la última obra de Luis Landero, que el "Club de Lectores 1001" en el que participo ha puesto como lectura para este mes de febrero y sobre la que debatiremos a partir del 1 de marzo en la página web del Club. Es por esto que sólo hablaré de cuestiones laterales que me ha suscitado la obra sin entrar en asuntos más pegados al texto.


Durante su lectura he recordado las novelas que de Landero había leído hasta este momento. Son dos, "Juegos de la edad tardía" con la que se dio a conocer el año 1988 y "El mágico aprendiz", de 1998, que fue la tercera en aparecer. La verdad es que no es autor muy prolífico pues, al hecho de haberse dado a conocer a los 41 años, se añade el que entre novela y novela transcurren una media de cuatro; esta regularidad se rompe, pasando a ser de dos o tres años, cuando la próxima es de muy fuerte contenido biográfico, como ocurre con esta última aparecida en 2014 separada dos años de "Absolución" (2012), la novela anterior, y cinco de otra también muy autobiográfica, "Retrato de un hombre inmaduro". "Absolución" lleva dos años esperándome sobre el mueble del salón donde coloco los libros que pienso leer en breve, algo que como se ve no siempre cumplo.

I.- No más Novelas
 Lo más llamativo de "El balcón en invierno" es que es fruto de una reflexión  sobre el género que se le suscita al escritor-narrador a partir de la relectura de las primeras páginas que ha redactado de la que debería ser su siguiente narración. Nada más leer esos esbozos iniciales, Landero se dice a sí mismo: "¡Oh, no, Dios mío, otra novela no, otra vez no! Otra vez el hombrecillo gris y sus grandes o pequeños afanes, no." (p. 10). Significativamente, es por ello que este primer capítulo lo titula "No más Novelas". Y aduce como apoyo a esta decisión que el mundo actual huye de la novela literaria buscando la satisfacción instantánea, razón por la que los lectores de ficción son minoría pues se buscan historias que tengan un rápido correlato 'real', o sea, visual. 
¿Es que no ves que hoy casi nadie lee novelas, o al menos novelas literarias, y que hay placeres y modos de entretenimiento, y ofertas de ocio en general, más fáciles, baratas e instantáneas?
Cada vez habrá menos lectores, y luego menos, y así poquito a poco hasta que se vean convertidos en una especie de secta, como los cristianos de las catacumbas. ¿Es ese el destino de la literatura?

Esta reflexión sobre el porvenir de la novela me ha hecho recordar el famosísimo diagnóstico sobre "La muerte de la novela" que Eduardo Mendoza, en respuesta a preguntas de un periodista sobre la salud del género, lanzó el año 1997. A partir de ese momento, y dado el revuelo que tal afirmación provocó, el novelista catalán se vio en la obligación de matizar en varias ocasiones lo dicho. Así en agosto de 1998 publicó un artículo en el diario EL PAIS para manifestar que él no dijo en ningún momento que la novela hubiera muerto, sino que corría serio peligro si no se replanteaba su forma y razón de ser. Y daba argumentos: el cambio radical en el modo de leer acaecido por el peso de los audiovisuales dentro del mundo del entretenimiento del que la novela formaba parte; el alejamiento de un tipo de lector a partir de los años 50 y 60 del siglo pasado como consecuencia del experimentalismo que sucedió -dice Mendoza- a las vanguardias artíticas y que "algunos hacen coincidir con la aparición del 'Ulises' y otros lo retrotraen a la de 'Madame Bovary'"; y también apuntaba a la enseñanza escolar como causa de la decadencia irreversible de la novela, al forzar o bien actitudes analíticas en los alumnos, o bien absurdas memorizaciones de largas listas de autores y obras.
Mendoza, que ha seguido publicando narraciones, recibió muchas respuestas y aún hoy sigue recibiendolas. Entre ellas hubo voces autorizadas como la de Vargas Llosa que, escandalizado, quiso opinar sobre el asunto. En síntesis el escritor peruano da la razón a Mendoza sobre el alejamiento del lector de la novela experimental  y la consecuente pérdida de autoridad de ésta al quedar reducida a un juego de "audaces pases de ilusionismo verbal y pirotecnia constructiva". De seguir por ese camino, dice Vargas Llosa, la novela irá erradicando de sus fines todo tipo de pretensión filosófica, doctrinaria o moral, para refugiarse única y exclusivamente en la función de entretener en un lógico movimiento pendular de Acción - Reacción. Nace así, prosigue, la época de la novela light que en el fondo busca -es sin duda su máxima aspiración- su conversión en producto audiovisual por lo que los propios autores la escriben haciendo ya desde el inicio depender la palabra de la imagen. Esto, concluye Vargas Llosa, es el principio del fin de la novela de entretenimiento. Pero no supone el final de la Novela siempre que ésta sepa encontrar su espacio propio que, indudablemente, no se definirá por su proximidad y parecido con el espacio privativo de la imagen:
Estará hecha esencialmente de palabras y de fantasía, y se ofrecerá al lector como un desafío y una propuesta de colaboración intelectual, para, soñando aquél junto al autor, construir una ficción que, a la vez que redime a ambos temporalmente de las pequeñeces y miserias de la existencia real, les sirva de brújula para guiarse con más seguridad —con una visión menos ingenua y más crítica— a través de las complejidades y tumultos de la vida. (Mario Vargas Llosa: La muerte de la Novela)

II.- Memorialismo
Cuando Landero en este relato decide abandonar la historia del jubilado que tenía ya esbozada y comienza a deambular por las galerías de su memoria intentando explicarse a sí mismo, un ser real, reflexiona  "¿desde cuándo lo vivido, en literatura, es garantía de la verdad?".
Esta consideración me ha hecho tomar conciencia de que, efectivamente, a partir de los años 70 se desarrolla en España una corriente de memorialismo y de novela-ensayo que buscaba esa "realidad" o "verdad" demandada por el lector de la novela de entretenimiento, sin caer en la cuenta de que en cuanto se echa a volar la memoria ésta tergiversa lo vivido, lo fabula, lo ficcionaliza y levanta una nueva realidad. Citaré como ejemplos de esto algunos autores y títulos comenzando por el "Diario del artista seriamente enfermo" en el que el poeta Jaime Gil de Biedma relata sus andanzas por Barcelona y Manila (Filipinas) a donde llegó para trabajar en la Compañía General de Tabacos de Filipinas. Pero más que el memorialismo va a ser la tendencia de novela-ensayo la que arrasará en el campo de la novela literaria a la que hace alusión Landero en ese primer capítulo de su novela. Y en esta tendencia aparecen autores tan importantes y señalados como Javier Marías (Todas las almas), Enrique Vilá-Matas (París no se acaba nunca, Doctor Pasavento, Dublinesca), Javier Cercas (Soldados de Salamina, El impostor) o ahora mismo Antonio Muñoz Molina (Como la sombra que se va), entre otros muchos nombres

III.- Lo vivido
Por último, tras leer esta última novela de Landero veo cada vez con más claridad la razón que se esconde en las palabras de Javier Cercas [creo que Muñoz Molina en otro lugar hace un comentario semejante] cuando a propósito de su último relato dice que en realidad siempre se escribe sobre lo vivido. Esta afirmación en el caso de la novelística de Landero es verdad absoluta. Detrás de las tres novelas que de él he leído siempre están sus rurales orígenes familiares como aparceros de una finca en la comarca de Los Barros (Extremadura). Sobre todos los componentes de este grupo familiar se eleva, omnipotente, la figura del padre hacia el que el escritor tenía temor físico, no reverencial, pero también agradecimiento no confesado al deberle a su empeño, a su desmedido afán, su conversión en aquello que hoy es. Este padre real cuya muerte en 1964 abre el relato memorialista iniciado en el capítulo 2 ya aparecía en "Juegos de la edad tardía", su primera novela, en la figura de Gregorio Olías que aspiraba a transmutarse en Augusto Faroni, poeta bohemio cuya vida ficticia Gregorio crea llevando la impostura hasta el extremo del infortunio. También en "El mágico aprendiz" el personaje de Matías es trasunto de la personalidad paterna y -como confiesa en "El balcón en invierno"- de la suya propia, si bien en la del hombre Luis Landero se aúna con la mansedumbre materna: 
Paco puede ser un buen ejemplo del carácter atormentado e infantil de muchos parientes por parte de tu padre. Tú mismo, no hay que irse lejos, eres también así. Sin embargo, por parte de tu madre, que eran de otro pueblo y cuya numerosa familia se dispersó luego por otros lugares, todos sin excepción eran mansos, ingenuos y realistas, alegres y poco imaginativos, cariñosos pero desapasionados, sencillos y enemigos de complicarse la vida (p. 29)
En una entrevista que le hicieron en la revista "Comunidad escolar", -que se publicó en papel desde 1988 a 1999, año en que pasó a aparecer sólo en soporte digital hasta su desaparición definitiva en 2012-, a raíz del éxito de su tercera novela, el periodista tras hablar con el novelista concluía:
El escritor vive obsesionado por la figura de su padre, que murió cuando él tenía 16 años. Sobre el personaje de su última novela gravita también la figura del progenitor. ¿Homenaje a Kafka? ¿Fantasmas familiares? Él afirma que cuando se quedó huérfano aún no había leído a Kafka, pero que el tema del padre no lo inventó el escritor checo, sino que se limitó a recogerlo. 
Y el novelista extremeño a las preguntas que allí se le hacían repetía lo que desde su primera novela lleva diciendo y haciendo como escritor sobre sí mismo, la memoria y los personajes:
  • Todo lo que escribo está marcado por una especie de obsesión hacia las personas vulgares, que lo son sólo en apariencia, porque luego esconden un mundo de sueños y se lanzan a la aventura de trascender su propia existencia. 
  •  Es que la memoria reinventa el pasado como el novelista reinventa la actualidad. La parte imaginativa de los seres humanos es tan real como la objetiva. Ya decía Valle Inclán que las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos. Todos los escritores hemos aprendido mucho de la memoria. Es una narradora extraordinaria.



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