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26 sept 2024

La noche que llegué al Café Gijón. Paco Umbral

25 comentarios:

«(No sé si hay repeticiones en mi libro, pero casi me gustaría que las hubiera, pues he querido que tenga el tono un poco mareado y giratorio de la vida en el café, aquella vida encerrada de espejos, loca de conversaciones, que considero muerta para siempre cuando leo, por los días cuando escribo esto, que el arquitecto que remodeló el Gijón después de la guerra acaba de morir).»

Francisco Umbral Memorias
Desde que el año pasado volviera a leer con infinito placer a Francisco Umbral -concretamente fue la lectura de su novela Las ninfas- me prometí a mí mismo que habría de volver a hacerlo sin tardar mucho. Y así ha sido, pues al año exacto finalizo otro libro suyo: La noche que llegué al café Gijón

Tiene siempre la literatura de Paco Umbral mucho de biografismo personal expresado con acierto en una narrativa memorialista de estilo impresionista y tono lirico que es consustancial y seña de identidad de su prosa. Es una manera de escribir peculiar que me agrada mucho porque no es frecuente en nuestra literatura. Y diré desde ya que si Las ninfas me satisfizo, La noche que llegué al café Gijón también lo ha hecho y además por partida doble: por la belleza que trasluce su escritura, primero, y, después, por el conocimiento que de la trayectoria del escritor dentro de la literatura española del momento he obtenido.

Tras haber leído la novela que fue Premio Nadal en 1975 y ese diario íntimo lleno de sinceridad y sentimiento acerca de la terrible enfermedad que se llevó a su hijo Pincho con tan sólo seis años, titulado Mortal y Rosa escrito un año antes, yo quería leer más cosas que el escritor vallisoletano nacido en Madrid en 1932 hubiera escrito por esos mismos años. Fue así como tras buscar infructuosamente El hijo de Greta Garbo (1982), otro libro de memorias en el que homenajea a su madre, llegué a La noche que llegué al café Gijón. Fue un encuentro casual como tantas veces le sucede a cualquier lector. Paseando hace unos días en Madrid por la zona de Cuatro Caminos topé con la librería 'Ábaco', una librería de compra-venta de libros usados. Pensé que quizás allí estaría ese libro sobre la madre de Umbral que era incapaz de encontrar; entré, pregunté, el amable señor que la lleva realizó varias pesquisas a través de su ordenador para concluir que no, que El hijo de Greta Garbo no aparecía por lado alguno. De pronto cuando ya me iba a marchar, parece que el buen hombre recordó algo, salió de detrás del mostrador donde se hallaba y se dirigió raudo a una pila de libros que al lado de otras nacía en el suelo del local junto a las pobladísimas estanterías, rebuscó allí y con un libro de Paco Umbral en sus manos vino hacia mí. No era el que yo buscaba, pero su título, La noche que llegué al Café Gijón, hizo que decidiese adquirirlo.

Conocía yo sobradamente el título de Umbral que por muy pocos euros adquirí en la librería Ábaco.  Durante  años, a lo largo de mi vida profesoral, había leído a mis alumnos infinidad de veces fragmentos de esta obra, textos que muchas veces servían de ejemplo de prosa literaria en los manuales de Lengua Española que usábamos en clase. Los textos allí seleccionados siempre me habían gustado, pero nunca hasta ahora había decidido leer de cabo a rabo la obra de la que estaban tomados. Pues bien, es lo que acabo de hacer y salgo de la experiencia henchido de placer y de conocimientos literarios. Es Umbral toda una enciclopedia si se quiere conocer lo que en literatura, y en Madrid, fue el siglo XX. Durante los años 50 y 60 del pasado siglo todo estaba en la capital, todo se cocía en la villa y corte, sin rey por entonces.

El Café Gijón le sirve al escritor de escenario donde ver y hablar de los distintos tipos que en España existían durante los años 50 y 60 del siglo pasado. Y no sólo de los tipos literarios, aunque sí sobre todo de estos. Por la palestra que es el Gijón desfilan de la pluma de Paco Umbral poetas, novelistas, periodistas, republicanos enmudecidos, falangistas ensoberbecidos, modelos, pintores, actores, actrices, estudiantes, progres, extranjeras, cineastas, opositores, meretrices... Todo el mundo de la literatura y sus aledaños cultos o simplemente sociales se asoman siquiera un momento al muestrario que fue el mítico café durante esas dos décadas.

Habla Umbral en La noche que llegué al café Gijón de literatura española comparándola a veces con la de otras naciones, en especial con la de la Francia finisecular (Baudelaire, Proust...); expresa sus afinidades y antipatías por unos y otros autores; va marcando las características de su propio estilo; cuenta sus escarceos en el mundo del periodismo, lo que le costó conseguir una cierta regularidad salarial...; y también habla de los enormes deseos que por entonces tenía de convertirse en escritor de verdad, o sea, hacer un libro salido de sus propias manos, con un estilo que fuera propio y distinto a lo que por entonces se hacía en España...  El libro del que habla es el que en 1965 vería la luz sobre la figura de Mariano José de Larra (Larra, anatomía de un dandy).

Todo en este libro me ha gustado, pero si algo tuviera que destacar por encima de cualquier otra cosa me detendría en la propia introspección que Francisco Umbral realiza sobre su propia manera de escribir y la concepción que tiene de la literatura. Desde el principio sabe que lo que está haciendo se sale de los estrechos cauces de los géneros literarios y periodísticos establecidos («Yo estaba haciendo el reporterismo rápido que había soñado, metiéndole a todo siquiera un par de líneas de literatura.»). Y va aprendiendo que ver en persona en el Café «a aquellos animales sagrados,  como los poetas del Gijón» no sustituía el disfrute de la lectura de sus obras:
«A veces, a días, a ratos, cuando tenía como una sensación dispersa y excesiva de estarme  perdiendo en todo aquel gacetilleo tan madriles, me quedaba en el cuarto de la pensión, envuelto en mantas o desnudo sobre la colcha leyendo a Valle Inclán, a Kierkegaard, a Sartre, a Gómez de la Serna, a Huxley, leyendo los cuatro libros de la colección Austral que transportaba conmigo de casa en casa, o los libros que iba robando por las librerías, las bibliotecas y los despachos. O aquellos delgados libros de poemas que me daban los poetas de la tertulia, y que eran los que más me gustaban, porque el poeta lírico, inédito y nonato, aún subsistía en mí»
Efectivamente en Paco Umbral siempre existió un poeta emboscado. La novela que se estaba haciendo durante esos años, la novela social-realista, le parece zafia, nada literaria, y otro tanto dice del verso que o era de tono imperial y laudatorio como el que hacía el grupo falangista de la revista Escorial o se había quedado varado en Antonio Machado que a él le parecía un buen poeta de finales del XIX pero no para esos años 50-60 en los que se centran estas memorias. Cuando él llegó por vez primera al Gijón lo hizo de la mano del poeta José Hierro, que es junto a otra serie de nombres, algunos como Manuel Álvarez Ortega o Ramón de Garciasol hoy casi olvidados, los que formaban lo que él denomina la tertulia de los poetas:
«Gerardo Diego, Ramón de Garciasol (que se llama Miguel Alonso Calvo y quizá eligió el seudónimo por razones más políticas que estéticas), Jesús Juan Garcés, Jesús Acacio, Manrique, Juan Pérez Creus, Luis López Anglada, Álvarez Ortega, Eladio Cabañero, Francisco García Pavón, Leopoldo de Luis y, a veces, Ignacio Aldecoa o Buero Vallejo. Casi todos poetas, como se ve, con pasajeras incrustaciones de prosistas o dramaturgos.»
Del resto de grupos tertulianos que el escritor frecuentaba el de los pintores se contaba entre sus favoritos. Las razones la expone de esta manera: 
«El grupo de los pintores, el mundo de los pintores era una galaxia cálida y espesa, una cosa cobijadora y olorosa, un interior lleno de colores, tierras y palabras cargadas de realidad, como objetos. Mejor que las palabras-palabras de los poetas. Yo me encontraba bien, protegido de no sé qué ni por qué, entre la hueste lenta, sobria y constante de los pintores, siempre vestidos de lana, pana, botas, siempre de uñas negras y aguarrás, siempre con lo mejor del cuadro impreso en las yemas de los dedos»
Es mucho lo que se aprende de literatura, en especial, de la literatura en España pasada por el filtro de Umbral, leyendo La noche que llegué al café Gijón. Muchas frases he subrayado durante la lectura. He aquí algunas de ellas: 
  • «Ha habido sólo unos cuantos genios -Kafka, César Vallejo, Baudelaire- de condición hospiciana que se nos han aparecido siempre desnudos, desvalidos en brazos de la literatura como sus víctimas o sus hijos más ciertos» (a propósito de Eusebio García Luengo, escritor que rehuía premios y reconocimientos)
  • «Qué diferencia entre el fin de siglo madrileño que nos presenta Baroja y el fin de siglo parisino que nos presenta Proust. El clima de Las noches del Buen Retiro es casi proustiano. Qué más da una marquesa madrileña que una marquesa parisina. La diferencia está en el escritor, claro.
    Baroja es una portera. Cuenta muchos chismes y los cuenta como una portera. Lo amontona todo de cualquier manera y lo deja ahí en bruto.
    » 
  • «Azorín también deja los libros sin hacer, pero no por desidia como Baroja, sino quizá por impotencia» (Azorín y Baroja eran dos ídolos en esos años, pero no para él)
  • «En mi interior galería juvenil lucían unos cuantos nombres como hogueras cordiales, indelebles y arbitrarias: Heráclito, Quevedo, Proust, Juan Ramón, Baudelaire, Neruda, Gómez de la Serna y pocos más. Quizá Henry Miller, recién descubierto. Quizá Valle Inclán y Larra, también muy trabajados por entonces. Con esta docena escasa de prosistas y poetas puedo decir que se ha molturado casi todo lo que he escrito.» (éste es el personal hit parade literario de Umbral).

De la última cita bien puede extraerse el porqué del lirismo en que el autor envuelve su prosa. Los escritores que idolatra o son poetas o manejan la prosa con una concisión, soltura, significación plena  y brevedad poéticas. Eso es lo que él hace y en mi opinión logra con suficiencia. Pero esto no quiere decir que Francisco Umbral imite a nadie, pues él desde el primer momento quiso labrarse un estilo propio. Cuando habla del proyecto que tiene de hacer un libro sobre Larra dice que después de haber leído cuanto había escrito sobre el articulista madrileño era momento de olvidarlo todo y ponerse a escribir («Ya sabía todo o casi todo lo que se podía saber de Larra. Ahora tenía que empezar a olvidarlo, antes de ponerme a escribir»).

Otra cosa no podrá decirse de Umbral, pero que su estilo es propio y característico es una verdad irrefutable. Y al decir estilo me refiero tanto a los asuntos cuanto a la manera de presentarlos. Sobre temas contenidos en este libro, el de la literatura ya lo he señalado suficientemente; otro muy importante en su obra, que también aquí aparece con vigor es el de la mujer, o mejor dicho, las mujeres. Francisco Umbral murió en 2007 y su exuberante personalidad creo que hoy no sería muy aceptada. Sus opiniones sobre las mujeres hay que entenderlas desde dentro del momento de su escritura (estamos en 1977 o por ahí cuando escribe esta obra y diez años antes es el momento en que transcurre la narración) y no sacarlas de su contexto y dejarlas expuestas a la fría intemperie de nuestro hoy. De todas ellas yo destaco sobre el innegable machismo contenido en algunas el preciosismo y lirismo de la escritura de otras; creo que en líneas generales prima lo segundo sobre lo primero:

  • «la inercia varonil de siglos nos ha enseñado que a la mujer había que engañarla un poco o un mucho, que la mujer es siempre un poco niña y desea ser engañada. Cuando una mujer rompe ese juego, puede sentirse muy libre, segura y emancipada, pero no es fácil que llegue a ser feliz.»
  • «La mujer, tanto española como holandesa, noruega o norteamericana (y en esto se ha cometido grave injusticia con la española, juzgándola por lo que es común a todas y se le atribuye a ella sola), la mujer, digo, necesita tiempo, sólo quiere tiempo.»
  • «Las chicas del Ateneo no eran exactamente las chicas del Café Gijón. En realidad no tenían nada que ver las chicas del Ateneo con las chicas del Café Gijón. Las chicas del Gijón eran como más ocasionales, variadas, aventureras, practicables y glamurosas. Las chicas del Gijón querían hacer versos, teatro, pintura, striptease o películas, usaban el perfume difícil y turbador de las grandes estrellas -por lo menos el perfume-, y se pasaban la noche con la gallofa del café, cenando en tabernas cercanas, como Casa Pepe, la Estrecha o el Comunista, o bien en tabernas lejanas, como Casa Maxi. Las chicas del Ateneo no olían a nada. Todo lo más olían a cultura, a pensión, a libros y a las horribles frituras del bar.»
  • «Grullas líricas, flamencos hembras, finas de piernas, quebradizas de tobillo, misteriosas de ojos, musicales de cuello, movían con una gracia profesional sus caros ropajes y se tomaban un cortadito o un pipermint con mucho enredo de meñique y un prodigioso estirar del cuello, que creaba en torno lagos como espejos para aquel cisne entrevisto.» ( a propósito de las modelos)

Del genérico 'mujeres' desciende en ocasiones y particulariza en mujeres concretas: Holanda («Holanda tenía enfermedades muy americanas, como la mononucleosis, y se había hecho operar del apéndice y del bazo, del tabique nasal y de las amígdalas»), María Jesús («María Jesús tenía los rasgos menudos y perfectos, un poco efébicos, los ojos negros y muy agudos, la boca grande, infantil y burlona. María Jesús llevaba una melena corta y fuerte, y fumaba con manos de chico. Eran todas ellas de Filosofía y Letras.»), Sandra («Sandra venía de una historia confusa. Unos la decían hija de Negrín y otros madre de un niño rubio y bello, niño que efectivamente tuvo casi en el café, y junto al que yo la vi en habitaciones modestas del paseo de las Delicias»), Elena Soriano... y muchas otras más.

Efectivamente en Umbral la mujer, las mujeres, ocupan lugar preeminente. También lo hacían dentro del Café Gijón, de manera que sin ellas el establecimiento no era lo mismo:
«Cuando se iban las modelos, las actrices o las extranjeras, cuando se iban las mujeres, el café volvía a tomar un siniestro color de hombres solos.»
Acabo ya con una breve referencia a una anécdota que siguió a la salida del libro. Parece que a Paco Umbral le persiguieran las mismas. En la reseña que hice de Las ninfas ya comenté la fijación que en el público general ha quedado del famoso "es que yo he venido a hablar de mi libro y veo, Mercedes, que aquí no se habla de mi libro". La ocurrida con La noche que llegué al Café Gijón se refiere a la corrección sintáctica que Fernando Lázaro Carreter, por entonces Catedrático de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid, le hiciera.  El sillón R de la Real Academia Española, cuando en 1977 el libro llegó a las librerías, apostilló que el título debiera de haber sido 'La noche en que llegué al Café Gijón' y no el que el autor había puesto. Creo que Umbral no respondió al lingüista, prefirió el silencio, convencido seguramente de la pertinencia del aviso. Recordar este hecho me ha hecho sonreír cuando leí lo furibundo que Francisco Umbral se pone con Azorín y con Baroja a propósito de la para él mala sintaxis de ambos:
  • «En Las confesiones de un pequeño filósofo Azorín dice "pero, sin embargo". Y eso que su fuerte parecía ser la gramática»
  •  «una señorita le dice a su cortejador en la novela (Las noches del Buen Retiro): "saldrían ustedes ganando dejando dirigirse por nosotras". Esos dos gerundios seguidos y toda la estructura de la frase son como anteriores creaciones del castellano, Baroja no había accedido aún a la sintaxis, cuando se murió.»
La noche que llegué al Café Gijón, Umbral y el memorialismo
Se confirma el dicho español de 'consejos vendo, que para mí no tengo'. Bueno, nada nuevo bajo el sol al respecto. A todos nos ha sucedido y en más de una ocasión. Pese a esta levísima pega que Lázaro Carreter puso a la sintaxis del título, el catedrático y académico alabó el contenido y la expresión profundamente lírica de la obra. Frente a la otra anécdota, la del programa de Mercedes Milá, parece que ésta no menoscabó para nada la enorme figura del escritor. De todas maneras ya el propio Paco Umbral en La noche que llegué al Café Gijón recordando los panegíricos dedicados a Gómez de la Serna en su fallecimiento escribe anticipándose en cierto modo a lo que le sucedería bastantes años más tarde a él mismo: 
 «Comprendí lo que ya sabía: que en este país te colocan tres adjetivos y dos frases y ya nadie varía eso en cincuenta o cien años de vida literaria

Para finalizar
Todo lo comentado hasta aquí y mucho más que dejo en el tintero llena las páginas de esta magnífica obra literaria, unas memorias próximas y tempranas escritas por el escritor en 1976, el año en que una incipiente democracia comenzaba a nacer en España. El tiempo de escritura se vislumbra en las alusiones que se hace a las votaciones que se celebrarían o quizá ya se habían celebrado por la reforma constitucional que se estaba cociendo mientras el autor escribía el libro.

El Francisco Umbral ensayista, el hombre reflexivo, también aparece en la obra. Concretamente los juicios que emite sobre la vejez son duros y espeluznantes por la absoluta verdad que encierran. E igual sucede cuando leemos desde su hoy las cavilaciones que realiza sobre su propio quehacer literario.
  • «esta corta vida se remata con quince o veinte años de ser uno el fantasma sarmentoso de sí mismo. [...] El hombre se va volviendo del revés a lo largo de su vida. [...] El hombre no se transforma con el tiempo, sino que permanece uno mismo por dentro, y el chico luciente de los diecisiete años se siente de pronto paralizado, torpe y roto en un cuerpo de viejo.» (estamos ante un Quevedo redivivo)
  • «En José García Nieto admiraba yo la perfección incorregible de los versos, la pulcritud que vagaba por toda su vida y toda su obra, la facilidad para escribir -que es cosa que yo, teniéndola, siempre he admirado mucho- y la fe con que llevaba su bigote. [...] Por algo había ido yo a caer en una tertulia de poetas. La novela me parecía y me sigue pareciendo un compromiso burgués. Del truco de la intriga se ha pasado al truco de la técnica. Como ya no hay historias maravillosas que contar, se sorprende al lector mediante las maravillas de la técnica [...] Yo más que hacer hacer novelas, quería deshacerlas, experimentar. De momento escribía aquellos cuentos sin principio ni fin, muchas veces, muy dialogados o macizos de prosa, donde el poeta que me daba vergüenza ser se disfrazaba de narrador.»

23 ago 2023

Terenci Moix y Francisco García del Junco (A pares XXXIX)

8 comentarios:

En el 'A pares' anterior, ya el XXXIX, ¡hay que ver a qué velocidad circula, pasa y se mueve todo!, hablaba yo de lo variopinto que resulta habitualmente el panorama lector veraniego. Cierto es que la disciplina literaria -hablo por mí, naturalmente- se pierde o queda muy difuminada durante la canícula; y es que la molicie, la pereza o la comodidad propiciadas todas ellas por el intimidante calor me llevan, a la hora de leer, a tirar de cualquier ejemplar que dormita desde hace años en algún estante de mi biblioteca doméstica.  

Por lo dicho hasta aquí, si antes, en la anterior entrada, formaron tándem compañeros literarios tan distantes entre sí como los poetas salmantinos del siglo XVIII y un actualísimo escritor de novela negra como Lee Child, hoy en esta pareja entrega vienen a coincidir un muy famoso en su día novelista, periodista y tertuliano como lo fue Terenci Moix (Barcelona, 1942-2003) y un erudito profesor universitario cordobés especialista en patrimonio y arqueología llamado Francisco García del Junco (1959- ). Quizás, todo he de decirlo, entre ambos exista al menos un hilo de unión: el amor por lo que rodea el mundo del Egipto de los faraones. Concretamente García del Junco cursó en Sevilla la especialidad de "Lengua clásica egipcia en sistema jeroglífico"; y de Terenci Moix es bien sabido su interés y profundo conocimiento del Antiguo Egipto, especialmente de la dinastía ptolemaica. 





Terenci Moix: "El cine de los sábados"
"El cine de los sábados",Cine, Egipto, Literatura

Durante unos días de vacaciones en el norte de España escapando del rigor del verano mesetario he leído el primer libro de las Memorias que escribiera Terenci Moix, nacido Ramón Moix Meseguer. Aunque sus memorias reciben el genérico nombre de "El Peso de la Paja", la primera parte de las mismas, que es la que yo acabo de terminar, se titula "El cine de los sábados".

Todos los que hemos leído novelas de Terenci y hemos conocido su imagen pública sabemos de su gran afición al Cine y de su amor por el mundo clásico, en especial Egipto y sus faraones. Esto último iba buscando yo en estas memorias. Quería saber cómo nació en el simpático y dicharachero catalán la atracción por lo egipcíaco. Pero por ahora he de confesar que en esta primera entrega memorialista sólo he asistido a su niñez de niño querido y consentido, a su vida infantil siempre rodeado de mujeres (su madre, su hermana Ana María, sus tías solteras, su abuela...) que alababan de manera desmedida sus gracias ; también he sabido del inmenso placer que le producía ir al Cine con alguna de sus tías. Fue Terenci Moix -así lo confiesa de manera reiterada- un niño solitario que vivía más en el mundo de la imaginación, avivada por las ficciones protagonizadas por los actores y las actrices que poblaban las películas que veía, que en la realidad fea, chata, de la Barcelona de posguerra de los años 40 y primera mitad de la década de los 50 del siglo pasado.

Me ha entretenido mucho esta lectura, aunque se me haya hecho bola en algún momento. Literariamente, lo mejor de ella es cómo logra entreverar tres momentos narrativos dentro del propio relato: uno es el del propio decurso lineal de su vida que comienza con su nacimiento en 1942, luego el de su estancia en Roma en 1969 y por último el de la propia redacción del libro en 1989. Desde la altura del final de los esplendorosos e ilusionantes años 80 y en el inicio de la década de los 90, Terenci echa una mirada al mundo de sus años infantiles. Un mundo que hasta los cuatro o cinco años es el mundo que sobre él mismo los demás le han relatado («la infancia es un terreno que pertenece a los demás, nunca a uno mismo. La infancia es un relato en boca de testigos, un paisaje en ojos que vieron por los míos»), y de ahí a los doce, fin de la niñez y comienzo de la adolescencia, ya el suyo propio.
 
La narración en sí gira en torno a la relación de Ramonet con otros niños (el Niño Rubio, el Niño Rico... ) que serán sus primeras atracciones amistosas y ante las que él mismo, Niño Mimado y Caprichoso, quisiera convertirse en Niño de Oro. También aparecen otras relaciones en 1969 (con Pasolini, con Elsa Morante y con un tal Livio especialmente). En todas ellas está siempre presente la pulsión sexual, el erotismo, la homosexualidad presentida o confirmada ya.

Muchas cosas me han gustado, atraído y divertido de esta obra. Quizás la principal haya sido la de reencontrarme con el personaje, con el showman televisivo al que yo admiraba por su gracia, inteligencia y profunda cultura mostrada en los programas de TV que presentó y los debates en los que participó. Fue Terenci un hombre que no se callaba ni se casaba con nadie. Vivió en una época en la que aún no había llegado la cultura de la autocensura y del pensamiento políticamente correcto que nos atenaza hoy día. Así, el hombre libre que era, opinaba sobre y desvelaba cosas como las siguientes:
«Cuando leo a algunos escritores de mi generación, quedo admirado ante la precocidad de su conciencia política. Parece que algunos ya eran antifranquistas desde la cuna, otros que a los cinco años ya hacían de maquis por la calle Muntaner. En sus libros, dijérase que Barcelona entera estaba llena de resistentes y que todos teníamos conciencia de vencidos.»
O también cuando comunica cómo tantos y tantos cantantes e intelectuales, aunque ellos lo oculten en sus biografías,  fueron compañeros suyos en el colegio de los Escolapios al que él acudió:
«Algunos niños de cursos distintos se han ido cruzando, después, por mi vida. Encontré a Joaquim Marco en el mundo de la literatura, a Joan Manuel Serrat y Pepe Martín en el de la fama, a los hermanos Armet en el de la política. En cuanto al dramaturgo Josep María Benet, el Papitu de esta narración, es hoy mi mejor hermano.»
Y por último me ha encantado ver cómo el famoso escritor explica la manera como fue entrando en los diversos espacios culturales, siempre de la mano de la curiosidad y del azar, elementos imprescindibles para avanzar:
«Del mismo modo que el cine de los sábados me había llevado al erotismo, también me llevó hasta la literatura. Si gracias a Greer Garson conocí a Madame Curie —lo cual tampoco es para ponerse moños—, gracias a mi amiguete Kim de la India supe que existía Rudyard Kipling. Porque Antinea había sido María Montez, me encontré leyendo a Pierre Benoit. Porque una edición de Ivanhoe llevaba fotos de Elizabeth Taylor y Robert Taylor, me descubrí leyendo a Walter Scott. Por ser Lana Turner Mylady de Winter y uno de los mosqueteros del simpático Gene Kelly, acabé leyendo a Dumas. Y, así, hasta llegar a la Biblia, en cuyas páginas me urgía comprobar si Dalila había sido tan negativa para Victor Mature como daban a entender los colores del cine.»
Ramón Moix Messeger, Ramonet. Homosexualidad

En fin, una obra bien escrita y que, como no podía ser de otra manera dado su carácter autobiográfico y memorialista, es especialmente onanista al versar siempre, ¡claro!, sobre el propio escritor que en cierta manera se victimiza de manera, en mi opinión, algo excesiva. ¿Por qué afirmo esto? La solución sólo es posible hallarla a través de la lectura de este "El cine de los sábados".





 "Eso no estaba en mi libro de Historia de España" de Francisco García del Junco

Francisco García del Junco
Como ya he dicho al inicio de este "A pares", Francisco García del Junco es un profesor de Historia y Arqueología cordobés autor de un buen número de libros y de publicaciones. La mayoría de los mismos se centran en el Castillo de Almodóvar del Río, que fue el objeto de su tesis de doctorado en Arqueología por la Universidad de Sevilla. El libro que yo he leído forma parte de una extensa colección de libros divulgativos de Historia, que abordan aspectos poco tratados por los grandes manuales o por los libros de texto que estudian nuestros escolares. Se trata de la colección que la editorial Almuzara intitula "Eso no estaba en mi libro de": en mi libro de Historia de España, en mi libro de historia de la Literatura, en mi libro sobre Napoleón, en mi libro de historia del fascismo, en mi libro de Historia de la Economía...; llegan los títulos de esta colección a tocar aspectos propios de la cultura más popular: así en el catálogo de la misma aparece un "Eso no estaba en mi libro de los Beatles", "Eso no estaba en mi libro del Athletic", "Eso no estaba en mi libro de historia de la cocina española"... y otros más de este jaez. 

Ya sólo observar el listado de títulos, cuando tomamos el libro en nuestras manos sabemos que estamos ante un ejercicio puramente divulgativo, de poca profundidad y de escaso aporte científico. Con todo y con eso los trece capítulos que componen el volumen abordan asuntos interesantes cuya lectura tiene un evidente atractivo por lo novedoso y lo no muy conocido. Son asuntos como la sabida 'Expedición Malaspina' o la 'Inquisición española', y las menos o nada conocidas 'Real Expedición filantrópica de la Vacuna', 'El Real de a ocho: primera divisa internacional' o 'La Paz de las tres vacas'. Y así hasta trece capítulos que ocupan las 336 páginas de la edición ilustrada de este libro publicado en 2016.

Leyendo cada uno de los capítulos me ha parecido estar ante la publicación de un artículo aparecido en alguna revista divulgativa de Historia. No me extrañaría, si bien no me he puesto a investigarlo, que algunos de ellos (quizás el dedicado a `La llegada de los vikingos a España' según apunta un manuscrito medieval o el que hace referencia a 'Las mortandades de indios en Hispanoamérica') hayan ya sido tratados por el autor u otro articulista en alguna de estas publicaciones. 

Eso no estaba en mi libro de Historia de España
En líneas generales todos y cada uno de estos trece asuntos rompen una lanza en favor de España asaeteada desde hace mucho tiempo por una leyenda negra que no hace justicia a la labor desempeñada por el país en el mundo y sus innegables aportaciones al progreso del mismo. Achaca García del Junco la mala imagen de España y lo español a la pertinaz y maledicente labor de potencias extranjeras como Inglaterra y/o Francia interesadas siempre en atacar por todos los medios posibles a la por entonces principal potencia militar y política del mundo.

Un libro para leer en verano que dice alguna cosa novedosa y otras sabidas por demás. Ideal para leer a la orillita del mar bajo la sombrilla o en la zona de hierba de la piscina. Eso sí, debe procurarse no mojar el ejemplar (ja, ja...).

27 nov 2021

A pares (nº XXV): Jordi Sierra i Fabra, Plácido Díez Gansert y Jhumpa Lahiri.

6 comentarios:
Este A pares -ya el nº XXV, ¡madre mía y yo con la sensación de que la sección así titulada la inicié ayer mismo!- contiene cuatro lecturas que he hecho en los últimos días y que por una cosa u otra se habían quedado sin reseña alguna, por pequeña que esta fuera. En general han sido lecturas muy desiguales pues muy distintos en calidad, época y procedencia son cada uno de los cuatro. Hacer escalas de calidad sería algo arrogante por mi parte. Sólo diré que los dos nombres que abren y cierran el listado son conocidos por todos o casi todos, ¿no? De Jhumpa Lahiri tengo reseñado en este blog "El buen nombre", novela que me encantó cuando la leí por la manera de narrar que tiene la escritora. A Plácido Díez Gansert lo conocí directamente en la última Feria del Libro de Madrid y mantuve con él una animada conversación resultado de la cual fue la compra de "El profesor", primera novela suya  que él mismo me recomendó. 

Filo de sable, No fotografíes soldados llorando, El profesor, En otras palabras


Jordi Sierra i Fabra
Es autor nacido en Barcelona el año 1947; su producción es inmensa, nada menos que cerca de 400 títulos salidos de su propia mano. Su facilidad para la escritura explica su ingente obra. Yo, como tantos profesores de literatura de Enseñanza Media, conocí a Sierra i Fabra por su narrativa juvenil. Ni sé la de veces que libros suyos los elegimos en el Departamento como lecturas obligatorias o recomendadas para los alumnos. Proponer una obra de Sierra i Fabra fue siempre garantía de éxito. Pocos autores hay que hayan sabido conectar mejor con las inquietudes adolescentes. Más tarde y sobre todo en los últimos años ya libre de la obligación didáctica he leído algunas de sus novelas negras o detectivescas de sus series el Inspector Mascarell y el Comisario Soler. Y también han caído en mis manos otras de tipo biográfico (su conocimiento sobre la música popular contemporánea es muy grande) y alguna de más difícil adscripción.

Dos obritas suyas he leído con gusto y mucha fruición. Una perteneciente a la serie el Comisario Soler (Filo de sable) y otra más difícilmente ubicable (No fotografíes soldados llorando). Ambas, publicadas el año 2017, me han agradado y entretenido muchísimo

Filo de sable
Muy interesante, atrayente y adictiva. Muy bien contada, con un inusitado ritmo. Con la España de Franco a punto de entrar en los 25 años de Paz, las declaraciones catalanistas al diario Le Monde del abad del Monasterio de Montserrat y el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en noviembre de 1963 enmarcándola asistimos a una vertiginosa investigación policial del Comisario Soler junto al sub-comisario Quesada.

Sierra i Fabra, Comisario Soler, Novela detectivesca
Soler
es un demócrata en el seno de la policía de una comisaría barcelonesa que ya ha tenido problemas con el caso anterior "La muerte del censor" cerrado con éxito por el escrupuloso comisario tan sólo dos meses antes de iniciar éste. Ahora la pareja de investigadores se las han de ver con el franquismo puro y duro: un general héroe de guerra ya en la reserva, sus hijos que hacen carrera en la política del Régimen y el ambiente hostil de la comisaría dirigida por el comisario García habida cuenta de la denuncia que puso Hilario Soler a su compañero Martín Peláez por mala praxis profesional. Si no logra resolver el caso con éxito sin tocar mucho las narices el establishment Soler se juega el puesto y su profesión.

Junto a lo anterior el mundo íntimo y familiar del policía casado con Roser a la que adora y con dos hijos adolescentes, Montserrat de dieciséis e Ignacio de catorce, está en juego en esta novela. El equilibrio psíquico que ha de mantener Soler, un hombre honesto en un ambiente opresor, es inmenso si es que quiere salir indemne de la prueba a la que le somete este caso de asesinatos múltiples enlazados unos con otros sin que en apariencia ninguno tenga nada que ver con el anterior. 

De la novela destacaría muchas cosas. Por ejemplo la maestría con la que su autor sabe mostrar el color local y de época: 
«Los hombres llevaban las manos introducidas en los bolsillos de los abrigos y, algunos, los cuellos alzados. Las mujeres parecían más menudas, con pañuelos en la cabeza y medias gruesas. Los niños pequeños ya iban forrados de manera inmisericorde, con gorros, bufandas y guantes» 
También la manera directa como presenta datos de tipo sociopolítico 
 «La emigración del sur seguía llegando a Barcelona en oleadas. Trenes llenos. Vidas mejores, o eso intentaban. La ciudad crecía, y crecía. Cada vez se construía más, se abrían nuevas calles o vías, se derribaban casas viejas para levantar las de la nueva Barcelona. 25 años de victoria, como había dicho Escarré.»
Y a veces Sierra i Fabra no puede resistirse a presentar sin ambages su declarado catalanismo militante. Tal sucede cuando de boca del general franquista Fulgencio Aramburu el policía escucha frases como la siguiente:
«Todavía dejamos a demasiados catalanes vivos. Si los hubiéramos matado a todos, nos habríamos ahorrado algún que otro problema futuro, quién sabe, dentro de cien o doscientos años. Pero la generosidad del Caudillo es infinita»
La novela en líneas generales como creo ya haber dicho me ha gustado y entretenido mucho. Me parece una lectura muy recomendable


No fotografíes soldados llorando
«Un soldado llorando resquebraja la moral. Está diciendo que la guerra es una mierda y que se arrepiente de estar en ella»
Jordi Sierra i Fabra, literatura antimilitarista, literatura juvenil
Es una novela muy sencillita. Muy en la línea de otros libros suyos aunque éste no esté dirigido expresamente a adolescentes. Pese a ello se nota el hábito que tiene Sierra i Fabra de tratar temas transversales y tocar valores muy importantes (el amor, el respeto al otro, la identidad cultural, ...). En especial se toca aquí el machismo brutal y violento, la mendacidad, la necesidad de quitarse el fardo de la iniquidad, el abuso sobre la mujer, el autoritarismo desmedido...

Al estar situada la historia en un contexto militar aparecen otros valores: la valentía, el patriotismo, el miedo, la obediencia... Y al estar en este ámbito las faltas y los delitos cobran una importancia de otro nivel. Hay una crítica política que por reiterada ya se convierte en un tópico: «Esto es España, cielo. Aquí los militares aún tienen más peso que en otras partes. Y con la derecha que tenemos...».

 Ciertamente, quizás, más que crítica política lo que hay en el libro es antimilitarismo, si bien el mismo se contextualiza o se identifica sistemáticamente con una ideología concreta. Quizás, pienso, que en esta novela falta una mayor explicación del marco en el que la muerte de Carlos y la foto de Matías se produjeron: la descomposición de la antigua Yugoslavia (país que desde el final de la IIª guerra mundial estuvo en la órbita soviética) en varios países independientes y las guerras que hubo en esos años para conseguirlas. El militarismo serbio era sin duda alguna en 1999 muchísimo más salvaje que el que pudiera darse en un país democrático como España, dentro de los europeos el que menos presupuesto destina a su ejército. 
«Una fotografía capta una fracción de segundo de la vida de una persona. Como un haiku detenido en el tiempo.»



Plácido Díez Gansert
De sí mismo el escritor dice en su página web lo siguiente:

«Nací en Pamplona en 1971. Gracias al mestizaje cultural de mi familia, mi madre es alemana y mi padre español, y a periplos en el extranjero, tuve la suerte de recibir una educación cosmopolita. Estudié en el Colegio Alemán y soy licenciado en Derecho. Tras una trayectoria profesional en el mundo de la empresa trabajando quince años en departamentos internacionales, que me llevó a residir en México, Alemania y Brasil visitando más de sesenta países, abandoné ese entorno para dedicarme a lo que de verdad me seduce: la literatura.»

Con El profesor,  autopublicada en 2009, son ocho las obras salidas de su pluma: Crónica de un rebelde, El Libro de las Caras, Hijos de la Crisis, La ilusión perdida, Mercaderes del Nuevo Siglo, La Montaña Rusa y El Reencuentro.

El profesor
Sinopsis (proporcionada por el propio autor)
Un triángulo amoroso es el tema de mi primera novela, El profesor, que acaba de alcanzar su cuarta edición. Dos hombres muy diferentes – el protagonista, un profesor de filosofía y escritor frustrado, y un banquero de alta posición social – se enamoran de la misma mujer: la sofisticada y elegante pero muy indecisa Paula. 

 La historia me ha parecido poco interesante y nada novedosa. La caracterización de los personajes es flojita: Andrés es un crítico literario feroz, muy duro con la sociedad burguesa, fustigador de las costumbres socialmente admitidas, etc., etc. Antonio, el hombre que eligió Paula, es un conservador de libro escrito para militantes de partidos políticos: cazador, bancario, nada leído, etc., etc. Paula es una mujer insatisfecha por todo, una caprichosa que le gusta jugar porque se sabe guapa pero se aburre.  Alrededor de este trío aparece toda una galería de secundarios diseñados con una o dos características de poca profundidad: Ramiro, el amigo que le aconseja a Andrés con verdad aunque ésta sea cruda; Jacobo Lieberman, el anciano millonario que da oportunidades a Andrés y admite su incomodidad cuando le exige ciertas concesiones si es que quiere disfrutar de todo lo que le va a conseguir: dirección de una revista literaria, cátedra en una universidad, dinero, coches caros, viajes...; Clara Alonso, la joven alumna de Andrés enamorada platónicamente de su profesor; el ciego Zenón que le ilumina en sus indecisiones y le aconseja; Eva y Braulio, hermana y cuñado de Paula, que siempre han visto a Andrés con cierta prevención por su falta de adecuación al sistema social imperante; etc.

Con todo la novela se lee con gusto. Por ser la primera incursión del autor en la novelística creo que algunos despistes son más que disculpables, aunque tratándose de una cuarta edición creo que ya debieran de haber sido subsanados. Con todo para emitir una opinión más fundada sobre la manera de escribir de Plácido Díez Gansert tendré que esperar a leer alguna otra de sus novelas.



Jhumpa Lahiri
Ya hace cuatro años que leí y reseñé "El buen nombre" (de nuevo no me cabe otra exclamación que la de ¡Madre mía cómo pasa el tiempo sin darse uno cuenta!). Aunque invito a pasarse por esa entrada, como sé que muchos no lo harán me permito cortar y pegar los que sobre la escritora allí escribí:
La autora 
«Jhumpa Lahiri es una estadounidense de origen bengalí nacida en Londres en 1967. En 1999 saltó a la fama en el mundo de la narración con "Intérprete de emociones", su primera publicación, una colección de relatos que fue Premio Pulitzer el año 2000. Otros libros suyos además de la novela objeto de esta reseña son "Tierra desacostumbrada", otra colección de relatos aparecida en 2008; y otra novela, última publicación suya por ahora, titulada "La hondonada" del año 2013

En otras palabras

Jhumpa Lahiri, Memorias, Autobiografismo
A Jhumpa Lahiri le persigue desde sus mismos orígenes el problema de la identidad cultural. El hecho de que en su casa se hablase bengalí y en la calle donde interactuaba inglés le ocasionaba no pocos problemas identitarios al preguntarse a sí misma a dónde pertenecía ella, cuál era el mundo de referencias culturales al que pertenecía dado que una lengua siempre es casa y cobijo. Al tiempo, según estudiaba le fue conquistando su amor hacia el latín y la cultura que Roma había desarrollado. Al ubicarse fundamentalmente esta milenaria cultura en Italia pronto la escritora se sintió atraída por la lengua italiana. Pensaba que si quería ir a la ciudad de Roma, o a Venecia, o a Florencia, o a cualquiera de las maravillosas villas que conocieron en el pasado las hazañas del pueblo romano ella debería conocer la lengua de quienes allí ahora habitaban. Así comenzó a estudiar la lengua de Dante porque del amor a la vieja Roma pasó naturalmente al amor hacia la Italia renacentista. 

En este librito, Jhumpa Lahiri cuenta el proceso que siguió para escribirlo en una lengua que no era la suya materna (el bengalí), ni la de la sociedad en la que había crecido (el inglés de Boston). Lo había escrito -en realidad lo iba a escribir. El que lo estemos leyendo es señal de que el proceso finalizó satisfactoriamente- usando otra lengua, de ahí su título, lo había escrito en italiano. Hizo lo que algunos otros escritores hicieron (Nabokov, Agota Kristoff, Conrad, Samuel Beckett...): cambiar de instrumento lingüístico, empresa arriesgada. Ella lo ha conseguido y "En otras palabras" es la prueba de ello.

En esta breve obra Lahiri hace memoria de los pasos seguidos hasta alcanzar la cumbre: el dominio del idioma italiano y poder albergarse dentro de él abandonando identidades (la indobritánica y la estadounidense) en cierto modo prestadas por otros (sus padres, sus amigos...) pero no elegidas completa y libremente por ella misma.

Dos citas que me parecen significativas. La primera va sobre el porqué de volcarse Jhumpa Lahiri en una nueva lengua; y la segunda expresa el viaje interior que la escritura de este libro le ha supuesto a la escritora.

  1. «De jovencita, en Estados Unidos, intentaba hablar bengalí a la perfección, sin acento extranjero, para contentar a mis padres, para sentirme completamente hija suya, pero no era posible; por otro lado, quería que me consideraran estadounidense y, aunque hablaba inglés a la perfección, tampoco era posible. Estaba suspendida entre dos lenguas en vez de arraigada
  2. «Envidio a Pavese, su capacidad para sondear el fondo del idioma italiano. Sin embargo, yo también he hecho un cierto sondeo a través de estas reflexiones: explorando mi descubrimiento de la lengua, me he explorado a mí misma.»

Una lectura deliciosa que gustará a cualquiera que conozca algo de la producción literaria de Jhumpa Lahiri.

10 may 2021

"El huerto de Emerson" por Luis Landero

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«Yo soy de los que viven, archivan en la memoria, y luego, al recordar, me lo reinvento casi todo. Yo solo necesito un poquito de realidad para escribir; lo demás es añadido imaginario.» (pág. 98)

El huerto de Emerson, Luis Landero, Novela
En 2015 cuando leí "El balcón en invierno" de Landero pocos se asomaban al muy humilde mío, quiero decir a este blog, que en ese momento tenía escaso tiempo de vida y era poco conocido por estos pagos. Tras haber visitado —leído— "El huerto de Emerson" con interés he ido como no podía ser de otro modo a recuperar mis impresiones sobre ese balcón al que salí hace seis años largos y no puedo por menos —perdóneseme la inmodestia— que reconocer que lo que allí vertí [pincha aquí para acceder a esa reseña] sobre la publicación de este Gran Faroni de nuestra literatura, Luis Landero, podría reproducirlo casi al pie de la letra para comentar esta última obra autobiográfica, novela memorialista, ensayo intimista o como quiera que el carácter proteico de la literatura hoy decida calificarla.

No es Landero un escritor al uso, quiero decir, facilón. No, desde luego que no. Su literatura surge de lo más profundo de sí mismo. Podría decir —repetir, pues creo haberlo ya dicho en otro lugar de este blog— que constantemente nos está hablando de él y su mundo. Si en otros de sus libros podría quedar algún atisbo de duda, en éste la declaración de lo que digo parte ya del propio título de la obra: "El huerto de Emerson". ¿De qué huerto nos habla? ¿Quién es Emerson? Hay que leer los 15 apartados en que se estructura esta obra para hallar la respuesta debida a ambas preguntas. Pero si aún no lo habéis hecho un poco de ayuda nunca viene mal. Seguid leyendo.

La primera cuestión no se entiende sin la segunda. Emerson es un escritor, poeta y filósofo estadounidense que vivió durante el siglo XIX y fue fundador del movimiento denominado trascendentalismo, pensamiento filosófico que parte de Kant, sigue por Fichte y desemboca en Schopenhauer. En esencia lo que venía a decir Emerson a cuyo huerto viene Landero a recoger lechugas y hortalizas es que el contacto de la persona con la naturaleza  provoca que a través de la intuición y la mera observación se pueda conectar con la 'energía cósmica', o sea, vamos, en último término con Dios; quiere decirse, pues, que el trascendentalismo es una especie de panteísmo. Pero a Luis Landero lo que más le sedujo del  pensamiento de Emerson es la declaración del norteamericano de que hay que valorarse en lo que uno es, que hay que conocerse a uno mismo, que «cada cual ha de aceptarse a sí mismo tal como es, y aceptarse además con orgullo y contento. Que a todos nos ha tocado en suerte un terrenito en el que laborar». Este terrenito es el huerto al que alude en el título. En definitiva, él mismo.

Trascendentalismo, William Carlos Williams, Paterson, Jim Jarmusch
A raíz de la lectura de este libro he recordado una hermosísima película que vi hace ya unos años que bebía en el pensamiento y filosofía de Ralph Waldo Emerson. Me refiero a "Paterson" del director Jim Jarmusch que hace cinco años ya reseñé en este blog. En el film, la pareja protagonista se siente atraída por la 'poesía de las cosas' de William Carlos Williams, poeta norteamericano que bebía de este transcendentalismo de Emerson. Todo como se ve está muy muy relacionado.

Pero a lo que vamos. Landero en esta novela-ensayo-memoria-metaliteraria adquiere un cuaderno nuevo y se dispone a escribir. Dice que en contra de lo que acostumbra piensa hacerlo sin plan previo («Siempre he planeado mucho mis libros, pero esta vez quiero que el libro se vaya haciendo solo, y que él solo vaya tomando la forma que mejor le parezca.»). Lo único importante para ser escritor, dice desdoblándose en personaje de su propia vida visto desde su posición de autor-narrador, «es tozudez y maña. Extraes un hilo de la primera frase, tiras de él y tejes la segunda, soplas sobre las ascuas de la segunda y con esa pequeña candela enciendes la tercera, luego tomas una palabra de la tercera, la frotas, a ver qué sale, [...] a la cuarta le pones alas y la echas a volar, y en cuanto a la quinta, a lo mejor esa llega sola, despistada, como caída de un guindo, o bien se presenta voluntaria, y hasta es posible que venga acompañada de otra, y así, [...]». ¿Se puede explicar de manera más poética el personalísimo proceso creativo de Landero? Creo que no. Pero no es el único momento en la narración que lo hace. Toda ella está plagada de explicaciones metaliterarias, de aclaraciones sobre su poética. Y esto es uno de los grandes valores de este librito, breve por el número de páginas y extenso por la profundidad de su contenido. 

Pero ¿de dónde saca los asuntos, el contenido, el fondo que subyace tras esas palabras que tiran unas de otras formando una conga de lo más solidaria? Siempre siempre de su propia memoria, o sea, de lo vivido, del propio huerto personalísimo. Así ha sido desde siempre en él, desde esos Juegos de la edad tardía hasta este que tengo en las manos. Piensa con acierto Landero que el tiempo nos agotará y de nosotros como ya comentaran nuestros antepasados renacentistas no quedará más que lo guardado en la memoria de quienes nos sobrevivan. ¿Y si esos —como es seguro que pasará— también abandonan este mundo? ¿Dónde irá a parar lo vivido por nosotros? Al olvido, evidentemente. Quizás el papel, ese cuaderno virgen que ha adquirido y espera sobre la mesa ser violentado amorosamente por la pluma, sea la solución
«Pensé en cómo mi mundo propio e irrepetible, con su infinita minucia de sucesos, al que a última hora vendría a agregarse el de la muerte, se perdería conmigo, igual que se perdió el de mis padres y el de todos los muertos que ahora me rodeaban.»

 Es El huerto de Emerson una obra memorialista y autobiográfica por donde quiera que se la mire: los orígenes extremeños del autor, el traslado de la familia a Madrid, la muerte del padre, sus diversos trabajos y ocupaciones: ayudante en un despacho de abogados, guitarrista, profesor ayudante de francés en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, profesor de instituto, conferenciante... Mil y uno oficios  han sido desempañados por Luis Landero si bien «Salvo cuando fui guitarrista, también yo me considero un hombre sin oficio, con solo algunas habilidades difusas que me han permitido ganarme la vida y encontrar un lugar en el mundo. Desde siempre, yo he admirado a quienes tienen y dominan una profesión y la desempeñan con esmero y con gusto.»

El escritor-narrador en este ensayo autobiográfico novelado se presenta a sí mismo como impostor, maestro de la apariencia, siempre a punto de abandonar cualquier oficio u ocupación atraído por los cantos de sirena de la pereza, su auténtica perdición, contra la que ha luchado desde siempre. Su impostura le lleva a confesar que más que un profesor que escribe, he sido un escritor que en sus horas libres se ganaba la vida dando clases, por aquello de la maldición bíblica del pan y del sudor. Sin embargo como profesor de Literatura en el madrileño Instituto Calderón de la Barca, de Literatura comparada en la Universidad de Yale o de Escritura y Ciencias Teatrales en la RESAD (Real Escuela Superior de Arte Dramático) sus clases se caracterizaban por la atención puesta en el detalle dejando de lado las grandes exposiciones teóricas («he sido un profesor de detalles, vislumbres y caprichos, en tanto que el grueso del saber académico lo encomendaba a los buenos oficios de cualquier manual.»)

Escritura a mano, Luis Landero
Y la verdad es que también en su narrativa —algo que en este libro se percibe muy especialmente— ese gusto por el detalle, por lo mínimo, se comprueba de varios modos. Uno es a través del vocabulario al que recurre en ocasiones; palabras como escuerzo (sapo), tueco (oquedad producida en la madera por la carcoma), garabato (instrumento de hierro con punta semicírcular que sirve para tener colgado algo, asirlo o agarrarlo), evónimo (tipo de arbusto también llamado 'bonetero') o aldabón (culebrilla inofensiva de mítica mala fama) le sirven para dar entrada en el relato al realismo mágico que por momentos se enseñorea en él: « Si te pica el alicante, llama al cura que te cante.Si te pica el aldabón,avisa al enterrador».Si el aldabón y su mala fama pertenecen a la esfera de lo imaginado, la niñez es terreno abonado a la fantasía y surtidor primordial de ese realismo mágico —mejor sería decir "memorialismo mágico"— en que a base de detalles mínimos en algunas ocasiones esta obra se transforma. Es muy ilustrativo al respecto la estampa en la que el autor rememora cómo un hombre gordo que caminaba junto a un niño en una feria se separaba del suelo y volaba elevándose; algo que al Landero niño e incluso al novelista adulto cuando ha sido preguntado por ello no le parece para nada inverosímil: al niño porque todos sus compañeros así lo veían, y al adulto porque, dice, "no es inverosímil que un hombre gordo, si es joven, salga volando". Sentido del humor no le falta al autor de Albuquerque. 

Muchos elementos sabrosos hay en este relato memorialista. A los recuerdos vividos se le añaden de una manera no menos vívida un gran número de frases escuchadas que por mecanismo inexplicable se quedaron grabadas en su memoria reapareciendo de manera recurrente a lo largo de su vida. Son expresiones aparentemente tan sin sentido como la que durante su adolescencia oyó decir en un ultramarinos del barrio («Aquí no trabajamos el mejillón pequeño"») o la que con seriedad profirió su tío Paco en un círculo masculino que el Landero niño observaba («El problema de las grandes ciudades es que los taxis libres van más despacio que los ocupados, y eso entorpece el tráfico»). A estas frases, oídas durante su adolescencia a hombres y mujeres en conversaciones mantenidas en torno al fuego o a la puerta de las casas durante las cálidas noches de verano, se suman otro sinfín de ellas leídas en Faulkner (El villorrio, especialmente), en Stendha(Rojo y negro), en Cervantes que sostenía que «Saber sentir es saber decir», o en Goethe cuando afirmaba que «Basta con sentir». Pero también en su memoria están los versos de Antonio MachadoEn el corazón tenía / la espina de una pasión; / logré arrancármela un día: / ya no siento el corazón»), de Juan Ramón Jiménez, de QuevedoCernudaValle... que afloran por doquier en este texto memorial como formantes intrínsecos de su propia experiencia vital. Esta presencia se plasma en intertextos que cualquier lector avisado puede reconocer durante la lectura. Así en una plegaria «al señor de la invención y de la gramática» leemos, entre muchas otras, una petición en la que resuena el poeta de Moguer («concédeme la gracia de encontrar el nombre exacto de las cosas») y sucede otro tanto en alusiones y citas que llevan a muñidores literarios que en Landero forman parte inseparable de su propio existir.

El lenguaje literario contenido en "El huerto de Emerson" de Luis Landero es poético por demás. La imaginería que utiliza para construirlo, la abundancia descriptiva, la metaforización, las alusiones y elisiones... Todo contribuye a crear una atmosfera lectora agradable y satisfactoria. Esta obra de apariencia sencilla, compendio de lo que su vida ha sido, se disfruta infinitamente cuando el lector reconoce las alusiones intertextuales, comprende las elisiones, desarrolla las imágenes y se deleita con el color y plasticidad derivada de su poder descriptivo
«Son días intensos, irrepetibles, perdurables, de no parar de contar, de escuchar, de preguntar, y de un continuo y deleitoso asombro que todos querrían que no acabara nunca. Pero luego, sin embargo, lento pero seguro, pasa el tiempo, haciendo su oficio, y llega el día en que los niños se han comido las golosinas, las mujeres han guardado sus ropas y perfumes, porque en aquellas soledades no tienen ocasión de lucirlos, las aventuras y noticias ya han sido despachadas, y sin saber cómo, vuelve la monotonía, y el camino liso de lo cotidiano, y el fastidio de la rutina, y la desgana de los días y el secreto sinsabor de vivir.»
Novela memorialista, Autobiografía, Novela introspectiva
Efectivamente es el tiempo, como no podía ser de otra manera, elemento esencial de un libro autobiográfico, un libro en el que se muestra el camino que la vida es, el viaje que ella supone. A través de la escritura memorial se pretende capturar el tiempo que huye y los tiempos que mudan. Landero muestra en este libro un mundo que desaparece si es que todavía existe: «Estas cosas se habían contado durante siglos alrededor del fuego, y en verano al fresco de la calle. Mi abuela Frasca y mi tía Cipriana me las habían contado a mí, pero yo ahora no tengo a quién contárselas. Como tantas cosas, aquellos tiempos también se han extinguido» Diríase que la experiencia vital no está completa hasta que no contamos o nos contamos lo vivido.

Es el momento actual, nuestro tiempo, época en la que el viaje físico se ha sacralizado. Es preciso viajar, es casi una obligación ciudadana. Si no se viaja, la economía se resiente. Luis Landero no gusta de estos desplazamientos físicos en el espacio pese a haberlos practicado en algún momento de su ya larga vida. Afirma que «de todos mis viajes, los que he vivido con más emoción e intensidad, los buenos, los inolvidables, los esenciales, los he hecho con Julio Verne, con Defoe, con Homero, con Stevenson, con Humboldt, con Darwin, con Kapuściński, con Shackleton y con tantos otros. Pocos lectores habrán disfrutado tanto como yo con los libros de viajes y las novelas de aventuras.» Y categórico, concluyente, y muy muy literario como es todo en él, añade

«Dejemos los viajes para los hombres sin imaginación, como dice Proust de las mujeres hermosas»


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30 mar 2021

Las experiencias de un médico para todo. Francisco Coronel Díaz

17 comentarios:

"He sido un médico afortunado y no sólo por la satisfacción de ejercer una profesión tan vocacional como la medicina, sino porque he tenido suerte con mi trabajo. He disfrutado ejerciéndolo y casi siempre mis pacientes me han demostrado su confianza" (Pág. 155)

Mi muy buena amiga María, afincada en Las Rozas (Madrid), me regaló hace poco un librito de Francisco Coronel Díaz, a quien no tenía el gusto de conocer. Sin embargo, al acabar de leer "Las experiencias de un médico para todo", salgo con la sensación de conocerle desde hace tiempo, tal es la sencillez, cercanía y afabilidad con que Francisco se muestra en esta colección de anécdotas.

Editorial Círculo Rojo, Libros Amazon, El blog de Juan Carlos
Inicia Coronel la relación de situaciones curiosas vividas durante el ejercicio de su profesión por el principio, o sea, por cuando ya en los últimos años de estudio en la facultad de Medicina de la Complutense junto a otros compañeros comenzó a hacer prácticas gratuitas los fines de semana en las Urgencias del hospital de Atocha. Lo que hubo antes de esto, su adolescencia en el colegio de la calle Ibiza esquina Dr. Esquerdo, lo cuenta de pasada en el prólogo su amigo y compañero en el bachillerato el director de cine José Luis Garci, quien como es lógico destaca del libro todo aquello que tiene que ver con el séptimo arte, como por ejemplo la relación que el doctor Coronel tuvo con el director argentino afincado en España León Klimovsky o las anécdotas protagonizadas por muchos actores y artistas españoles (Lili Murati, Lola Flores, Luis Prendes...) durante el tiempo que el autor fue médico de la Sociedad de Autores. Coincido con el cineasta en casi todas sus apreciaciones, especialmente en las literarias cuando dirigiéndose directamente a su compañero de Bachillerato le dice: 
"Cuentas muy bien, Francisco, con amenidad de la buena [...] escribes con sencillez, ligereza y esa melancolía leve que no se nota. [...] Los médicos siempre habéis tenido algo especial con la literatura, también con la pintura o la música. Ese 'tacto' único, tú también lo tienes."
Efectivamente, Francisco Coronel cuenta muy bien y por ello el paseo que realiza por su vida profesional se lee con muchísimo gusto. Yo me lo imaginaba al principio casi casi como al barojiano Andrés Hurtado luchando por la vida, por hacerse un hueco en el oficio, por asegurarse las lentejas, siempre con una enorme vocación y entrega. Pienso que muchos jóvenes actuales debieran de leer esta obra para aprender de primera mano que no es fácil llegar arriba, que nadie regala nada y que al mérito se accede a través del trabajo y la bonhomía. 

No voy a destripar las anécdotas, algunas muy divertidas con las que no he podido contener la risa. Sólo diré que Francisco vivió situaciones cómicas y/o comprometidas, felizmente resueltas, en todos los ámbitos donde ejerció la medicina: en las urgencias del hospital de Atocha; en su etapa de médico militar especialmente por la confusión que en el medio castrense provocaba su apellido Coronel, sobre todo cuando alcanzó la graduación de teniente y pasó a ser, naturalmente, el Teniente Coronel; en el servicio privado de urgencias -ese teléfono 2222222 que no le dejó dormir tantas noches y que más de una vez le dejó a deber algún dinero-; en las muchas suplencias que hizo en consultorios de la Seguridad Social; en sustituciones hechas a compañeros, alguna de las cuales, como la que hizo al doctor Antelo que llevaba la consulta de la Sociedad de Autores, exigía tener despacho donde realizarla, lo que provocó que su domicilio particular se trocase de dos a tres de la tarde en consultorio médico donde Ami, su mujer, ejercía de recepcionista y las niñas de la pareja  debían de permanecer a ser posible en silencio, algo difícil, ciertamente, suscitándose por ello situaciones simpáticas con algunos pacientes, muchos de los cuales -la mayoría, claro- pertenecían al mundo de la farándula; o en las antiguas casas de socorro del Ayuntamiento donde realizó suplencias y guardias de 24 horas, llegando incluso a opositar y ganar una plaza de médico funcionario en la Beneficencia municipal.., etc. 

Estudioso siempre y muy atento a cuantas oportunidades laborales salieran, por fin Francisco Coronel Díaz, tras convertirse en médico de familia de la Seguridad Social por oposición, opta y consigue plaza de médico adjunto de Nefrología en el Hospital Clínico San Carlos. Hasta que finalmente pudo dedicarse en exclusiva a esta especialidad Francisco compatibilizó el Clínico con las guardias de fin de semana en las casas de beneficencia municipales y con su consulta privada. 

Ya en la dirección del servicio de Nefrología del Clínico el doctor Coronel siguió viviendo situaciones curiosas que añade a la colección de historias que es este "Las experiencias de un médico para todo". De todas las que de esta etapa cuenta me han llamado mucho la atención las que tienen que ver con su afición a la música que practicó como hobby desde su época estudiantil compatibilizándola luego, siempre como distracción y puro entretenimiento, con el ejercicio  profesional, lo que suscitó situaciones sorprendentes al ser reconocido por algún paciente cantando con amigos músicos en algún local nocturno o al ser vista su afición con no muy buenos ojos por algunos compañeros del Hospital.

Humor español durante el franquismo, Nefrología, Medicina y Humanidad
Es esta obra de Francisco Coronel un ilustrativo conjunto de historias que dan cuenta del periplo vital de su protagonista, médico de vocación entregado en cuerpo y alma durante años a su profesión. Como cualquier libro memorialista -y éste lo es- hay mucho de verdad en él. Se percibe mucha emotividad y ternura en algunos momentos; por ejemplo en la niña con síndrome de Down y sus simpáticos saludos a médico y enfermeras, o en el compositor y músico del grupo Académica Palanca, Antonio Sánchez, quien le regaló su guitarra, una guitarra que había acompañado a "Sabina, Krahe, Aute y alguno más" que era después de su mujer, claro, lo que él más quería.

Como lector he aprendido con este libro muchas cosas. Por ejemplo, ignoraba por completo que de 1966 a 1971 hubo una propuesta oficial para que médicos militares españoles voluntarios acompañasen en Vietnam al ejército norteamericano; tampoco sabía la diferencia entre Urología y Nefrología, y dentro de ésta de las distintas técnicas de diálisis existentes: la DP (diálisis peritoneal) y la HD (hemodiálisis). Enterarme de que la DP se la pueden practicar en su domicilio los propios pacientes me ha hecho exclamar para mis adentros: ¡Madre mía, cómo avanza todo! 

Por último quisiera destacar el conjunto de fotografías de poemas y escritos de agradecimiento de pacientes, de dibujos y libros dedicados por artistas y autores tratados por el doctor Francisco Coronel Díaz, en los que le dan las gracias por su buen hacer profesional y su buen carácter como persona. Yo también, como ellos, agradezco desde aquí al autor haberme hecho pasar un muy entretenido tiempo leyendo este libro, "Las experiencias de un médico para todo", que recomiendo a cualquiera sin duda alguna.
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Datos técnicos del libro:

Páginas: 192 Formato: Tapa blanda Precio: 14,50€ ISBN: 9788413853390 Tamaño: 15x21

10 mar 2018

Manuel Vilas. Ordesa

21 comentarios:
Hay libros que te impactan desde su primera página. Es lo que me ha ocurrido con "Ordesa" de Manuel Vilas. Confieso que he llegado a Vilas a través de los suplementos culturales que los periódicos que habitualmente leo ('El Pais' y 'El Mundo', sobre todo) sacan un día a la semana. Las opiniones que Santos Sanz Villanueva, Juan Cruz, Antonio Muñoz Molina y otros muchos escritores y críticos a quienes respeto vierten allí sobre esta obra me han conducido irremisiblemente a ella. No he parado hasta poder leerla. La he despachado en tan sólo tres tardes, desde luego no porque sea una lectura facilona y vana como otras, sino porque la profundidad humana y la verdad que transmite Vilas envueltas en un maravilloso lenguaje lindante con la poesía, si no poesía auténtica, no me permitían dejar de lado tan estupenda experiencia literaria.

Manuel Vilas Vidal, Novela memorialista

Antes de dar cima a sus cerca de 400 páginas era tal el placer que me estaba produciendo su lectura que no pude por menos que buscar alguno de los poemarios que hasta el momento este barbastrense ha publicado: El Cielo (2000), Resurrección (2005), XV Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma,  Calor (2008), VI Premio Fray Luis de León... Al final opté por sacar de la biblioteca "Amor" (año 2010), compendio de su poesía desde 1988 a 2010 reunida por él mismo. No estaba en los anaqueles de la sección de Poesía Gran Vilas, el libro de poemas que sacó en 2012 con el que consiguió el XXXIII Premio internacional de poesías Ciudad de Melilla; y menos aún, claro es,  El hundimiento, que en 2014 ganó en Málaga el Premio Generación del 27.

Para finalizar esta especie de recorrido por su bibliografía diré que, además de libros de poemas, Manuel Vilas es autor de otras novelas: España (DVD Ediciones, 2008; Punto de Lectura, 2012), que fue elegida por la revista Quimera como una de las diez novelas más importantes en español de la primera década del siglo XXI, 'Aire nuestro' (Alfaguara, 2009), que obtuvo el Premio de la Librería Cálamo, 'Los inmortales' (Alfaguara, 2012) y 'El luminoso regalo' (Alfaguara, 2013).

En "Ordesa" se muestra la disolución del hombre en ese continuum que es el tiempo y el intento de cómo vanamente éste siempre ha pretendido, detenerlo, pausarlo, fijarlo como sea, en su caso a través de la escritura, a través de la memoria plasmada sobre el papel. En esta obra, una novela porque como declaraba el escritor a un periódico de su región la novela es un género proteico en el que todo cabe y todo abarca ("Entiendo por novela una narración más o menos extensa de la vida. A partir de allí, y desde Cervantes, cada uno que haga lo que pueda. La gracia de la novela está en que cabe de todo, siempre y cuando se narre la vida."), Manuel Vilas homenajea a sus progenitores.  La chispa que despertó en él este proyecto fue la muerte de su madre en 2014, nueve años después de acaecida la de su padre. Con su desaparición el narrador, o sea, él, ha penetrado en la región de la soledad, pues poco antes de que su madre muriera Vilas, además, se había divorciado. Es, pues, esta obra también una muestra de cómo vive el presente un ser humano que se ve más como depositario del pasado que vehículo de un presente y menos aún  proyección de un futuro.

Tras la lectura me he quedado sin aliento. Es una de esas pocas obras que te impresionan de tal manera que no logras dejar de pensar en ella. Es un libro al que no consigo poner límites, es un libro imposible de medir, un libro inconmensurable. Muchísimos son los temas, asuntos y reflexiones que están en él. Por ello también muchísimas son las notas tomadas y los subrayados que he hecho. Ahora los miro y no sé cómo hacer para que esta reseña tenga cierto orden y no se convierta en un imposible. 

¡Vamos allá!
El hundimiento, Poesía, Amor
Fotografía:BEGOÑA RIVAS
Manuel Vilas Vidal al morir su madre y acudir a Barbastro, su pueblo, donde él nació en 1962, rememora en desorden momentos de su vida: su niñez feliz junto a ella y junto a su padre, muerto diez años antes; su adolescencia cuando egoísta como lo son los chicos de 17 años evitaba hablar con su padre, lo que ahora bien lamenta; su marcha a Zaragoza para estudiar en la Universidad; recuerdos de cuando en esa ciudad lo visitaba su padre que era viajante de comercio; etc. Junto a estas idas al pasado recordado, su presente de hombre de cincuenta y tres años divorciado recientemente aparece entreverado de manera natural: su divorcio que tanto le pesa; las visitas de sus dos hijos a su apartamento, siempre visitas cortas y como obligadas; su caída a los infiernos y su recuperación; su soledad; y así.

Todo el relato de su vida discurre de manera armónicamente desordenada a lo largo de las 157 secuencias en que lo estructura. La música es un ingrediente esencial en esta obra. Es una música presente en la forma y en el contenido. Formalmente, el lenguaje que utiliza tiene ritmos y compases propios de la poesía. Es más, como luego he podido comprobar leyendo "Amor", el compendio de toda su poesía escrita hasta 2010, hay versos, estrofas, poemas enteros, que casi transitan de sus poemarios antes citados a la prosa -poética, naturalmente- que conforma este relato. Tan es así, que el escritor finalizada la narración en sí añade un Epílogo titulado 'La Familia y la Historia' en el que incluye once poemas que hablan de lo mismo del libro pero enfocado desde un punto de vista distinto. De ellos, él mismo dice que "son como el 'making-off' de la novela".

Que la música está presente asimismo en el contenido lo pone de manifiesto que a los personajes -todos ellos reales, por supuesto- los cita alegóricamente a través de nombres de compositores importantes: Wagner es su madre; Juan Sebastián Bach, el padre; Monteverdi, el tío materno Alberto; Händel, su tío Mauricio, hermano de Alberto; Rachmaninov, el hermano de su padre, viajante de textiles catalanes como él; Vivaldi y Brahms, sus dos hijos; y así sucesivamente. Con estos apelativos lo que Manuel Vilas pretende es simbolizar el salto del contexto rural oscense del que procede a ese otro en el que él se haya instalado ahora. Cuando vuelve la vista atrás y hace memoria del pasado lo que busca es que éste resuene, que no se olvide:
"Venimos de los árboles, de los ríos, de los campos, de los barrancos.
Lo nuestro fue siempre el establo, la pobreza, el hedor, la alienación, la enfermedad y la catástrofe.
Somos compositores de la música del olvido.
Nos da igual que exista Dios como que no exista." (sec. 126)
Así como los nombres de músicos tienen valor simbólico, también los colores son usados en este relato con sentido trasladado. De ellos, dos son los que prevalecen: el azul y el amarillo. El segundo es alegoría de la decadencia, de la derrota, de la vejez, de la soledad. Por contra el azul es la pujanza, la luz, el cielo abierto, todo el futuro por el delante:
"Fuimos azules muchos años. Hasta los dieciocho años, los hijos son azules. Con el tiempo, todo, sin embargo, se vuelve amarillo.
Los hijos azules se vuelven hijos amarillos.
"
  (sec. 123)
Y en un relato tan duro, un relato que araña el fondo de la singularidad del ser humano con todo lo que ello comporta, resuena un tono quevedesco crítico, hondo, apesadumbrado, afilado, reflexivo, filosófico, irónico, sarcástico, humorístico:
  • Me ha parecido escuchar el famoso soneto de Quevedo ‘Ayer se fue, mañana no ha llegado’ mientras leía:
    Todo era futuro entonces, cuando ocurrió el pinchazo. Todo es pasado ahora, cuando busco el pinchazo, la búsqueda más ilusoria o absurda de la tierra. Pero la vida es absurda, por eso es tan bella.
    El valle de Ordesa sigue allí, no cambia, no ha cambiado en estos últimos cincuenta millones de años. Sigue igual, tal como se creó en la era terciaria.
    ” (sec. 142)
  • Lo escatológico, la unión de los 'pañales y mortaja' del poeta barroco, podría decirse que llena todo el texto iniciado a raíz de la muerte de sus padres, el avistamiento o el temor a la enfermedad suyo propio y que concluye con el producto del amor de esos dos seres ya muertos. Pues bien, como el conceptista poeta madrileño solía hacer, Manuel Vilas adoba lo feo de la extinción con el aliño del humor. Así, a propósito del diente de oro de su padre y de lo que el forense que le quitó el marcapasos antes de proceder a la incineración pudiera haber hecho con él, Vilas acaba concluyendo tras una serie de frases en las que juega con la expresión 'oro' que "Mi padre tenía un corazón de oro"      
  • Del mismo modo se percibe un enorme sentido del humor cuando, hablando de la materialidad de la escritura en contraposición a lo puramente espiritual, cita a Sta Teresa con frases como que “Moisés escribió diez mandamientos porque se cansó de cincelar la piedra” (sec. 21)
Cines desaparecidos, Barbastro, Huesca, Pobreza, Manuel Vilas
Y para acabar ya este apartado que sin habérmelo propuesto me ha salido sobre aspectos formales añadiré la importancia que el escritor-narrador-personaje (que todo esto junto es Manuel Vilas en esta novela) da a los paralelismos, a las correspondencias, entre él y sus padres:
    • Mi madre perseguía la estimación social, que se evaporó, y yo persigo la estimación literaria, que también se está evaporando” (sec. 140)
    • "Mi padre era viajante, viajante de comercio. Yo, más o menos, también. Yo escribo, él escribía. Da igual lo que escribiéramos. Estamos haciendo lo mismo. Él llamaba a sus obras literarias ‘pedidos y duplicados’" (sec. 102)
O también el paralelismo existente entre sus hijos y él del que le advierte Wagner, su propia madre, cuando vista la relación que tiene con sus dos hijos, que apenas le hacen caso, que lo rehúyen, ella le dice que ya va siendo hora de que hable a Bra y Valdi del camino, esto es, de que con sus desapegos y faltas de atención hacia él están cimentando el camino de lo que les ocurrirá a ellos con sus propios hijos durante su vejez. O sea, que están irremediablemente destinados a la soledad, la misma que él ahora padece por culpa de ellos.
"Wagner dice: están construyendo el camino, es un ancho y florido camino por el que tú volverás a estar con ellos siempre, como tú lo frecuentabas cada vez que no me besabas ni me cogías la mano ni venías a verme, es el mismo camino, el mismo regreso.” (sec. 134)
Formalmente hay muchísima literatura contenida en esta narración. Es una literatura integrada en el buen hacer del novelista, una literatura perfectamente digerida que no es postizo o adorno extraño sino constituyente intrínseco del estilo Vilas. Con todo y buscando con ahínco me ha parecido ver cómo por doquier resuena Quevedo, pero también Charles Baudelaire en los simbolismos y las correspondencias existentes entre el mundo material y el espiritual. También en una elegía póstuma como cabría calificar este escrito las Coplas del poeta palentino Jorge Manrique parece que resuenan en no pocos momentos; en especial, me ha parecido oírlas en las preguntas que lanza al abuelo desaparecido y jamás conocido (“¿Qué pensaría mi abuelo de sus hijos? ¿Estaba orgulloso de ellos ¿Los besaba? ¿Le ensanchaban el corazón como a mí me lo ensanchan Bra y Valdi? ¿Se perderá mi amor a Bra y Valdi de la misma forma que se perdió el amor de mi abuelo hacia Bach y Rachma? […] ¿ Quién era? ¿Me hubiera querido ¿Me habría cogido de la mano cuando yo era pequeño?”, sec. 148). Y sin poder hacer cita concreta por estar absolutamente diluido en la obra la poesía de Antonio Machado, no en balde el poeta de la palabra en el tiempo, embebe todo el poemario que en definitiva esta narración es.


¿Qué temas se tocan en esta novela?
Pues prácticamente podría ya concluir diciendo que además del primero de todos que es el Tiempo, todos los que constituyen la vida de cualquier miembro de una familia española de clase media-baja durante la segunda mitad del siglo XX y primeros años de éste. Como esencialmente ante lo que nos encontramos es ante una novela memorialista en busca de ese paraíso perdido que es la niñez hay más momentos recordados referidos a los años sesenta y setenta en que Vilas fue niño que a los siguientes, aunque estos tampoco faltan .

Antes de enumerar aquellos motivos que me ha parecido percibir en el libro, diré que a pesar de ser una novela que transita más por la senda de la realidad que de la ficción, lo magnífico de la misma es que trasciende la mera biografía del sujeto protagonista para, haciendo abstracción del mismo, tocar la universalidad del ser humano. He ahí donde reside la excelencia de esta obra.

Sin duda alguna el asunto esencial, el tema principal, que aquí se muestra no es otro que el del Amor. Ese amor que conforma la relación padres-hijos que muchas veces, vista desde fuera, nos parece, quizás, fría y distante, pero que sus protagonistas viven y la recuerdan -sobre todo la recuerdan- con amorosa emoción.  En esta emoción un año se erige por encima del resto: 1969. Este año es central en su recuerdo y lo remarca en el libro incluyendo una fotografía en la que pasea contento de la mano de su padre:  
Yo sigo en este mundo, pero Bach se marchó. Se estaba marchando ya cuando alguien le hizo esta extraña y a la vez alegre foto. Y alegorizó esa marcha con la supresión visual de medio cuerpo.”
Manuel Vilas en la introducción que hace a "Amor. Poesía reunida 1988-2010" dice que a la edad que ya tiene y ante el mundo que le ha tocado vivir "el amor a todo es la única salida del laberinto"; y añade "tal vez este sentimiento esté emparentado también con la exaltación, con la plenitud, con la euforia, con la libertad"; para concluir diciendo que "el amor es un buen lugar. Parece un sitio universal, cargado de energía, de energía elemental y no moral. No concibo el amor sino como una lucha a muerte contra los hipócritas". 
Poesía de Manuel Vilas, "Amor", poesía de la cotidianeidad, poesía en prosa
La verdad es que el amor en todas sus variantes y manifestaciones centra este relato: el amor a sus padres con todo lo que de tensiones, tiras y aflojas esta relación familiar tiene; el amor fraterno manifestado en el amor alejado entre él y su hermano o entre Bach y Rachmaninov, su padre y su tío paterno; el amor a sus dos hijos, quizás el más fuerte que existe aunque ellos aún no sean conscientes del mismo. Y también nombra de pasada las desviaciones, los disfraces de amor de que se visten algunas acciones, como las caricias no consentidas que algunos mayores realizan a los niños y que a éstos les repelen; y sin demorarse mucho en ello el narrador habla también de sus abundantes infidelidades, en las que el amor si se nombraba era sin duda alguna para disfrazar de algo el mero deseo.
Párrafo aparte merece sin duda el amor a su tierra, a ese paisaje oscense del que como tantos otros hubo de salir para poder sobrevivir pero que lleva siempre en su corazón. De ahí que la novela la haya titulado "Ordesa", el nombre que tiene ese valle del Pirineo de Huesca cuyo pico central es Monte Perdido. Pero el paisanaje que habita esta naturaleza a la que le gusta volver y en la que encuentra su seguridad no es precisamente amable, sino más bien al contrario. Así se percibe cuando habla de la dura relación entre sus dos tíos maternos, Alberto y Mauricio; a este último Vilas reprocha el comportamiento tenido con Alberto a quien por culpa de la tuberculosis le habían serrado un pulmón:
No le conmovía que tuviera un pulmón menos. Había resentimiento y catástrofe en aquellos pueblos de Huesca.
Esos pueblos de los que yo me enamoré.
” (sec.124)
Junto a Ordesa, naturalmente está Barbastro, su localidad natal, su pueblo, su centro vital y sentimental. Allí fue feliz, allí fue niño, y allí, también, regresó para enterrar a sus padres:
[Barbastro] “Era el paraíso. Fue mi paraíso. Fueron ellos mi paraíso, mi padre y mi madre, cuánto los quise, qué felices fuimos y cómo nos derrumbamos. Qué hermosa fue nuestra vida juntos, y ahora todo se ha perdido. Y parece imposible.” (sec. 109)
Otro asunto que aparece en el relato aunque no se detiene mucho en él es el de Profesor de Instituto. Yo que lo he sido hasta hace bien poco y como él de Lengua y Literatura entiendo perfectamente la desilusión que Vilas manifiesta del ejercicio durante veinte años en la profesión; pero no comparto el tono nihilista y ese meter en el mismo saco a todos los miembros de la comunidad educativa. Afortunadamente el autor es consciente de que toda generalización es odiosa y recoge velas en un momento dado. Yo, desde aquí, suscribo gran parte de lo que en la secuencia 48 el hasta hace nada profesor de Lengua dice, en especial el final. Quizás la cita sea algo extensa pero mi profesión de años me obliga. Perdón, por ello:
Mucho tiempo estuve narcotizado por una nómina. Mucho tiempo: más de dos décadas. […] un 10 de septiembre de 2014 dejé de dar clases en la enseñanza media […] Los institutos españoles de enseñanza media eran edificios sin gracia, construcciones deficientes, con pasillos ingrávidos, con aulas frías en los inviernos y tórridas ya incluso en las primaveras. […] Aquellos chicos eran humillados y ofendidos por los profesores, esos mediocres con rencor hacia la vida. No todos eran así. Había profesores que amaban la vida e intentaban transmitir ese amor a los alumnos. Es lo único que debe hacer un profesor: enseñar a sus alumnos a amar la vida y a entenderla. […] Yo no suspendía a nadie. No podía suspender a nadie. Tal vez al principio sí suspendí a algunos de esos críos por no saber analizar frases. […] Practicaba una explicación marxista de la sintaxis. Un marxismo cómico, pero al menos nos moríamos de risa.
 Afortunadamente, Vilas Vidal cierra esta secuencia en la que reflexiona sobre su dedicación profesional de 23 años diciendo:
Estoy siendo injusto: el único aliado leal de la redención social de los españoles desfavorecidos es el profesorado. Tuve inmejorables amigos allí. Vi profesores excelentes, pero el sistema educativo agoniza, eso es, en realidad, lo que quería decir, que el sistema educativo ya no funciona porque se ha quedado varado en el tiempo.
Quizás esta insatisfacción profesional estuviese en la base del alcoholismo del personaje-narrador y éste de sus infidelidades. No sería la única causa, pero sumada a otras, evidentemente coadyuvaría. El alcoholismo, confiesa con alegría, ha conseguido abandonarlo no sin dificultades:
Llevo mucho tiempo sin beber.
En España, la ayuda que recibe un exalcohólico es facilitarle que vuelva a beber.
Yo creo que en España no existe el perdón de los pecados.
De ahí que al final nadie pueda salir del alcohol en España, de ahí la expectación que despierta un exalcohólico español: a ver cuándo cae, a ver cuándo vuelve a beber
.” (sec. 95)
El trato que España da al alcohólico es un ejemplo más de la crítica social y política que aparece esparcida a  lo largo y ancho de esta estupenda novela. Al alcoholismo y la enseñanza ya comentados hay que añadir otros. En primer lugar esa dependencia de Aragón de la alta burguesía catalana que utilizaba -¡y utiliza!- la mano de obra del campesinado aragonés (oscense en este caso) para enriquecerse y en compensación hacer 'ascender' de la mera pobreza a la considerada clase media-baja, eufemismo acuñado en esos años del desarrollismo sesentero y setentero para esconder a los nuevos pobres. En concreto, el padre y el tío de Vilas eran viajantes e comercio del textil catalán:
Rachmaninov vivió en Galicia. Lo destinaron a Galicia. Trabajó en lo mismo que mi padre, trabajó de viajante. Trabajaron los dos para la misma empresa catalana. […] Ni en Aragón había industria, ni la había en Galicia. La industria estaba en Barcelona.” (sec. 146)
También la pobreza es tema importante en esta narración. Vilas constantemente habla de ella, de cómo la necesidad de huir de ella ha vaciado sus amadas tierras del Somontano, de la alienación que una nómina siempre supone, del extrañamiento, de la mentira que es la clase media-baja -eufemismo de pobre desde el desarrollismo franquista hasta nuestros días- y también de cómo la soledad o el desamparo son formas de pobreza:

Nunca me acostumbraré a ser pobre. Estoy llamando pobreza al desamparo. He confundido pobreza y desamparo: tienen el mismo rostro. Pero la pobreza es un estado moral, un sentido de las cosas, una forma de honestidad innecesaria. Una renuncia a participar en el saqueo del mundo, eso es para mí la pobreza.” (sec. 33)


Esta obra tiene mucho de ensayo filosófico. La verdad es que la muerte con que concluye el tiempo vivido por cada uno de nosotros es el meollo de la filosofía existencial. El escritor escribe sus reflexiones a raíz de la conclusión temporal de sus padres. Esto le lleva a plantearse no pocas cosas como ya hemos ido viendo. Una de ellas, el apresurado estilo de vida actual, lo contrapone al pausado vivir de los años setenta cuando él era feliz junto a su padre (“la vida iba más despacio y podías verla. Los veranos eran eternos, las tardes eran infinitas, y los ríos no estaban contaminados”) mientras que ahora -2005 ó 2014, cuando murieron respectivamente el padre y la madre- el apresuramiento se plasma en todo, incluso en la preferencia cada vez mayor de la incineración frente al enterramiento. Vilas se lamenta de haber llevado a sus padres fallecidos al crematorio en lugar de al cementerio. Los restos materiales que albergaron un ser vivo no son tales si en vez de enterrar se procede a la incineración.  Las cenizas se esparcen, desaparecen; las sepulturas, los nichos, los mausoleos de los cementerios permiten ir a reencontrase con la materialidad de los seres queridos.
La materia aún conserva un espacio, mantiene el tiempo viejo metido en un espacio. De ahí, de nuevo, y por enésima vez, mi error a la hora de incinerar a mis padres. Las tumbas son un lugar donde rememorar lo que ya no tiene tiempo, pero sí espacio, aunque sea un espacio óseo.” (sec. 145)
La paradoja es algo consustancial a la vida. No existe la vida unidimensional, hay cambios, zigzagueos, azares, contradicciones... Es absurdo pretender ser seres de una sola pieza, constantes, rectilíneos. No, así no es la vida real, la vida real es en esencia paradójica. Por eso, aunque hable de muerte y cementerios no hay religiosidad alguna en él. Lo que no quita para que en un momento de su reflexión venga a agradecer a los padres escolapios que le enseñaran a leer:
"Escribo porque me enseñaron a escribir los curas [...] Esa es una gran ironía de la vida de los pobres en España: les debo más a los curas que al Partido Socialista Obrero Español. La ironía en España es una obra de arte siempre" (sec. 85)
lo que no excluye su denuncia de cómo uno de estos padres escolapios siendo él muy niño lo manoseó, sobó y acarició sin poder recordar si es que hubo alguna cosa más.

Si paradójica fue su relación con la religión, otro tanto puede decirse de la política. En la cita anterior hay una clara crítica al discurso político de muchas -todas o casi todas- formaciones políticas que parece que todo se alumbró con su advenimiento. Evidentemente, viene a decir Manuel Vilas, eso no es así. Y como habla de su propia vida a su aprendizaje lector vino luego a añadirse su marcha a la universidad, algo que le permitió adquirir unos conocimientos y destrezas que le han servido para escribir sobre su tierra pobre:

PN de Ordesa, Monte Perdido, Cascada de Torla, Huesca
"Yo nombró esas tierras (el Somontano) y esos pueblos gracias a que fui a la Universidad, es decir, gracias al dictador Francisco Franco Bahamonde que sentó las bases para que los nietos de Cecilia supiéramos leer y escribir, que sentó las bases de la clase media española aunque retrasara por impericia y simpleza la modernización política de España unas décadas" (sec. 85)
Declarar lo anterior como hace el autor de Barbastro es, en el mundo del pensamiento único y la sociedad de lo políticamente correcto, tomar muchas papeletas en el sorteo del ostracismo político-cultural. A favor del escritor, afortunadamente, cuenta el escaso número de lecturas que la mayoría de nuestros políticos realiza, más atentos a encuestas que a cualquier otra cosa.


Final
Pongo ya punto final a esta reseña no porque se hayan agotado los asuntos que contiene la novela o ya nada más se pueda decir sobre el manejo de la forma. La dejo porque en algún momento hay que detenerse. Creo que con lo dicho ya está bien. Deseo que su lectura sirva para animar a leer este estupendo libro que como digo al inicio de este escrito me ha congraciado completamente con la literatura. "Ordesa" es literatura en sentido amplio, es literatura de alto nivel, de gran calidad. Y Manuel Vilas Vidal un nombre que jamás olvidaré. Leer libros como éste es esencial para saber discernir lo bueno de lo no tan bueno, ya no digo de lo manifiestamente malo.