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2 feb 2025

La invención del amor. Novela de José Ovejero

18 comentarios:

«Nunca utilizo la palabra amor. Nunca leo novelas de amor. Durante un tiempo, cuando coqueteé con la idea de ser escritor, sin concretarla nunca por falta de fuerza de voluntad, imaginaba un libro de relatos que se titularía El amor es un cuento. Luego descubrí que ese título ya existía, que todo lo que uno pueda pensar sobre el amor ya está dicho, que es imposible contar una historia de amor, porque están todas contadas.»

Novela, La invención del amor, Premio de nOvela Alfaguara
Hasta hoy, salvo los poemas que hizo a 22 cuadros expuestos en el Museo del Prado contenidos en un libro titulado "Nueva guía del Museo del Prado" (tengo reseña hecha en este blog), nada había leído de José Ovejero (Madrid, 1958). Es, pues, La invención del amor, la primera novela que leo de este madrileño que ha cultivado todos los géneros y que ha trabajado como traductor del alemán, francés e inglés en conferencias; también ha traducido libros como las obras de teatro de Agota Kristof.

Con La invención del amor Ovejero ganó el Premio Alfaguara de Novela 2013. Es una novela muy interesante que muestra el poder infinito que tiene la imaginación. Al concurso literario presentó esta narración con el título de 'Triángulo imperfecto' que, quizás, concretiza más la trama que se desarrolla en la obra. La novela tiene una importante parte de thriller, retazos de relato empresarial, muestra el nacimiento del amor a partir de una descomunal impostura y presenta a un personaje, la fallecida Clara, desde la perspectiva de una serie de seres con los que compartió su existencia: su hermana Carina, su amante Samuel Queipo, sus propios padres, y especialmente el protagonista cuyo nombre Samuel marca el origen de la invención en la que él se involucra un poco por diversión y un mucho por indolencia y apático juego. 

Samuel es un hombre de unos cuarenta años que está ya un poco de vuelta de todo. Tiene amigos a los que frecuenta. Precisamente, la novela se inicia con el final de un encuentro tenido con ellos hasta la madrugada en su casa. Es en esa hora incierta de la mañana del día siguiente, cuando el cerebro de Samuel se mueve en la incertidumbre del sueño pesado y el despertar provocado por el sonido del teléfono, que conoce a través de él que Clara ha muerto. Samuel es un hombre que tiene y ha tenido relación con muchas mujeres y piensa que quizás, aunque no la recuerda de nada, Clara haya sido una de ellas. Es por eso que decide asistir al funeral y posterior entierro donde será golpeado por Alejandro, el marido al que Clara engañaba; más tarde entrará en conversación con Carina, hermana de Clara, deseosa de conocer más de la fallecida tan diferente a ella.

Estos son los palos que comienzan a edificar la impostura que Samuel va haciendo crecer ante Carina. Hábilmente él le pide que le cuente cómo era Clara en la casa familiar, la relación entre las hermanas y con los padres. Carina accede. Así Samuel va sabiendo cosas de esta Clara que todos le atribuyen a él y de la que hasta esa temprana llamada nada sabía. A las preguntas de Carina él responde con generalidades que nada le comprometen. Será cuando conozca al verdadero amante de la fallecida en accidente de coche, de nombre Samuel Queipo, y converse con él cuando podrá ir introduciendo otros datos en las conversaciones con Carina a la que frecuenta con asiduidad. Surge entre ellos, con la disculpa de la fallecida Clara, una cierta atracción.

La impostura no sólo atañe a Samuel, también el comportamiento falso lo practican muchos -si no todos- de los otros personajes: En primer lugar está la propia Clara, casada con Alejandro y amante de Samuel Queipo a quien cuenta una vida que nada tiene que ver con la real; luego la propia Carina ante sus propios padres, pero también ante Samuel al que el lector no se sabe si sigue el juego o es totalmente desconocedora del mismo; e incluso hasta la madre de Samuel quien cuando su hijo le comunica la muerte de Clara se lamenta y lo consuela diciéndole que está segura de que Clara volverá. De los tres sólo la madre está disculpada pues parece que la senilidad ha colonizado ya su cabeza.

La novela de José Ovejero me ha recordado a algunas novelas de Juan José Millás y de Javier Marías. A Millás por ese pasar sin aviso de la considerada auténtica realidad a otra realidad más evanescente, más lábil y huidiza, pero realidad también. A Javier Marías por ese cúmulo de reflexiones y argumentaciones que el narrador en primera persona del relato, el propio Samuel, se hace a sí mismo construyéndose así de esta manera una justificación de la farsa en la que voluntariamente se ha metido y que está disfrutando sobre manera.

Es tal la inmersión de Samuel en esta patraña, impostura, falsedad o como quiera que queramos denominarla, que hasta las relaciones profesionales con  su socio José Manuel en la empresa de materiales de construcción que ambos tienen se deterioran o transforman precisamente por esto. Y es que Samuel parece vivir en otro mundo, dentro de una burbuja de mentiras que él mismo parece disfrutar según la misma va creciendo; la vida real, los problemas económicos de la empresa le resbalan, que haya unos clientes kosovares interesados en la misma no le quita el sueño, todo lo contrario que a José Manuel que no entiende el comportamiento de su socio. 

José Ovejero en La invención del amor al tiempo que presenta la llegada al amor por unos derroteros insospechados por poco frecuentados, está escribiendo una narración amorosa también muy poco frecuente. Estamos ante una investigación (técnica propia de los thrillers)  por parte de Samuel de quien fuera esta tal Clara; el conocimiento de ella lo va a tener a través de las comunicaciones que le hacen los demás (Alejandro, el marido; Carina, la hermana; Samuel Queipo, el amante) a las que finalmente añadirá la suya propia («Clara, según Samuel») quizás la más certera de todas ellas.  

De manera magistral según avanza la narración se va produciendo un tránsito sin barreras, o con poquitas trabas, entre la realidad y la invención, entre lo verdadero y lo impostado; ambas dimensiones comienzan a fusionarse. 
«Una mentira y todo cambia, se precipita, se disuelve. Una mentira y ya no puedes defenderte, decir: "No es posible, te juro que no es así". Porque ya te has creado un personaje y has convencido a los demás de que ese personaje eres tú; y ahora no puedes salir tú mismo a escena para mostrar quién eres. Ahí está, tu doble, el otro inventado que querías que diese la cara por ti.»
Esta duplicación y confusión entre la verdad y la mentira se marca en el propio texto, además de con la narración en estilo indirecto, con el acercamiento a una imaginada, pero posible, en estilo directo, que introduce colocándola entre paréntesis. Igualmente, en ocasiones, la narración cambia de la primera a la 2° persona para marcar el extrañamiento de uno mismo, el verse Samuel como desde fuera de su propia persona:
«Me toco el labio, que ahora empieza a dolerme, y la sangre que mancha mis dedos me parece irreal, perteneciente a otra persona, una imagen que has visto mil veces en el cine, siempre con otro protagonista, y de pronto estás tú allí, mirándote el índice y el corazón manchados de sangre.»

En la construcción del relato el perspectivismo, como se ve, es elemento fundamental. El narrador que es el propio Samuel cuenta lo que otros (Carina, Alejandro, Samuel Queipo...) le van contando. Estamos, pues, ante un texto de textos, una historia en la que diversos personajes cuentan la de otro personaje. A esto se le llama técnica de las cajas chinas o narrativa enmarcada. En La invención del amor es evidente la misma. El mismísimo narrador lo expone bien a las claras en una intervención metaliteraria que hace a propósito de lo que Carina le ha contado sobre su hermana Clara:
«Ahora, al transcribir todo esto, probablemente estoy prestando a sus frases una cadencia, un tono y una sintaxis que son los míos. La recuerdo y la recuerdo con mis palabras, porque cuando contamos lo que nos rodea lo hacemos siempre en nuestra lengua, después de filtrarlo con ojos, con entendimiento y emociones que queremos neutrales o los únicos posibles pero que no dejan nunca de ser los nuestros, distintos, limitados. Ella habla en frases más cortas que las mías, duda menos también; adopta a veces un tono sarcástico tan ajeno al mío que soy incapaz de reproducirlo.»
Lo anterior es revelador del proceso de escritura, algo sobre lo que el narrador -en cuanto figura, alter-ego de José Ovejero- con no poca dosis de humor reflexiona cuando dice: «Vuelvo a dormirme y no me despierto hasta bien entrada la mañana siguiente, creo que ya sin fiebre. Si no fuese un tópico tan horroroso, diría que la visita de Carina me ha parecido un sueño. Ya está: lo he dicho.»"

Autores multigénero, Madrid, Humor
 https://www.lamarea.com/author/jose-ovjero/

El autor es, lo he señalado al inicio de esta reseña, muy buen conocedor de los cuadros contenidos en la pinacoteca madrileña del Prado. Su saber lo muestra citando algunos títulos de pinturas y autores de las mismas («Perro semihundiudo, la sala de los bufones, el David de Caravaggio, los cuadros de Baldung Grien, el Cristo Yacente de Vallmitjana, Venus y Adonis.»)

Junto a las pinturas, Ovejero introduce en La invención del amor no pocas referencias a escritores y títulos de libros: Julio Cortázar, Philip Roth... Pero especialmente ha llamado mi atención la que hace a una novela totalmente desconocida por mí titulada "Brujas la muerta" (Bruges-la-Morte [en francés : La ciudad muerta de Brujas]), novela corta del belga Georges Rodenbach, publicada por primera vez en 1892. Es una novela simbolista de la que el mentiroso o fabulador Samuel ha extraído información para hablar a su hermana sobre el amor y su pérdida. Como se ve el texto de textos que es la novela de Ovejero se muestra aquí de otra manera: usando como verdades lo que son mentiras, ficciones literarias

La acción se sitúa en una zona concreta de Madrid, el entorno de la Glorieta de Embajadores y el tiempo es el actual. Hay referencias costumbristas madrileñistas que el escritor introduce con cierta reiteración humorística como la que alude al extendido hábito entre la población de origen chino de fumar mucho y escupir en el suelo. 

Novela entretenida, equilibrada, muy bien estructurada, que aborda una situación cotidiana -el enamoramiento- desde una novedosa posición: la simulación, la suplantación, la impostura. Y dado que la novela va de amor he indagado en la Red cómo le va al autor en este terreno. He encontrado que -y creo que sigue en esa situación- es pareja de la también escritora Edurne Portela, autora de la que en este mismo blog reseñé hace ya más de cinco años su novela titulada Formas de estar lejos, novela que en su momento leí con atención, si bien nada más he vuelto a leer de la autora. 

23 ene 2025

Pablo Gallego Boutou: "Bar Urgel"

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«Mi madre y yo venimos a La Vera cada año por vacaciones. Un mes y poco con la tía, con sus gatas, Miel y Casiopea, detrás de nosotros yendo al pueblo a comprar pan, por senderos salpicados de brevas y moras frescas como en medio del vaivén de chinchorros a la orilla del río y sus cientos de gargantas donde patinan los zancudos. Un mes entero a salvo de mi padre»

"Bar Urgel", Pablo Gallego Boutou
Acabo de leer esta novela primera de Pablo Gallego Boutou a la que he llegado por puro azar. Hay que ver lo importante que es el azar en la vida. Vivo a una docena de kilómetros de Carabanchel Bajo, barrio donde se ubica el local que da título a esta narración; por agradables motivos familiares desde hace unos años visito la zona con muchísima frecuencia y precisamente es la terraza de este Bar Urgel donde durante el buen tiempo suelo sentarme para refrescarme y dejar pasar de la mejor manera posible las inclementes horas de solazo veraniego. Cuando mi hijo vio expuesta en el escaparate de la librería Derivas del barrio la novela, me dice que tuvo claro que había de regalármela. Así lo ha hecho y yo desde aquí se lo agradezco infinito. 

Con esta obra Pablo Gallego Boutou (Madrid, 1989) ganó el pasado mes de junio el I Premio de Narrativa Diana Zaforteza concedido por la Fundació Lluis Coromina, la familia Zaforteza-Rodés, Josep Massot y Mario Rotllant. Al conocer este dato he indagado sobre el porqué del establecimiento de este premio literario. Resulta que la tal Diana Zaforteza, fallecida prematuramente con sólo 44 años, fue fundadora de dos editoriales: Alpha Decay y Alfabia. En ellas esta mujer amante de la cultura trabajó con nombres como Lou Reed, Leonard Cohen, Andy Warhol, Paolo Sorrentino o David Vann. Diana Zaforteza heredó la pasión por la cultura de su padre, el aristócrata José 'Puco' Zaforteza, a quien, como a ella, un cáncer lo apartó de la vida. (toda la información aquí vertida sobre la persona que da nombre al premio la tomo del diario mallorquín Última hora). En cuanto a quiénes formaban el jurado en esta primera convocatoria del Premio leo que sus integrantes fueron: Edurne Portela (directora literaria del mismo) y Héctor Abad Faciolince, Isabel Coixet, Aixa de la Cruz, Ignacio Martínez de Pisón y Azahara Alonso. Como se ve un jurado de campanillas.


Bar Urgel
Se trata de una novela innovadora, fragmentaria, híbrida cabría decir por la presencia en ella de varios géneros literarios (narrativo, dramático, lírico...). y por la multiplicidad de registros lingüísticos (culto, coloquial, vulgar...). La innovación y el experimentalismo se constata en muchos aspectos, principalmente se visualiza en la distribución del texto por la página así como en la construcción de la historia a base de fragmentos que la hacen parecer dislocada cuando no hay tal.

En muchas de mis reseñas, para iniciarlas, echo mano de las sinopsis que las editoriales suelen colocar en la contraportada o en alguna de las solapas interiores del libro. Dudo si hacerlo en esta ocasión pues creo que más que una sinopsis lo que Galaxia Gutenberg ha hecho es una especie de breve reseña, seguramente inquieta por el posible desconocimiento que los lectores pudieran tener sobre el autor y la historia novelada. La verdad es que lo que la editorial escribe sobre el libro en esta primera edición aparecida en octubre de 2024 es perfecto y poco más, como primera información, se podría añadir que lo mejorase. Dice así:

Un joven madrileño pasa sus días cuidando de su madre enferma, callejeando con su amigo el Gordo y anotando frases inconexas en el Bar Urgel, impulsado por una vaga ambición de hallar una trascendencia a través de la escritura, un sentido a su aciaga existencia. Es en ese ambiente amistoso del bar, rodeado de hombres que encarnan lo que más odiaba y lo que más temía de su difunto padre, donde poco a poco cristaliza la búsqueda silenciosa del protagonista. Entre pinchos de tortilla y cervezas, sermones improvisados al hilo de la tertulia televisiva, peroratas etílicas de tinte machista, raíz xenófoba y homofobia desaforada, el protagonista se siente a veces acorralado por una masa coral que no hace sino corroborar la insufrible decadencia política y social que ve a su alrededor. Otras veces, sin embargo, encuentra una insospechada poesía en ese corro de personajes que lo acoge como a uno más.

En esta novela iniciática, ganadora del I Premio de Narrativa Diana Zaforteza, Pablo Gallego Boutou juega con diferentes estilos en los que combina lirismo y oralidad para iluminar la tragedia con belleza, ternura y sentido del humor. En una atmósfera de desencanto, la literatura y el arte despejan los miedos y alumbran un territorio narrativo propio, una vía que permite desgranar las propias contradicciones, resistir ante los grandes desengaños y revelar lo insondable que nos hace caer. Una novela sobre el alivio de la tristeza y del dolor, sobre el cuidado de los demás y la búsqueda del placer, sobre la amistad comprometida y la necesidad de un espacio común al que pertenecer.

Es una novela que desarrolla su trama fundamentalmente en un bar de Carabanchel Bajo, en Madrid, paradigma del discurrir diario de la la real vida española. Allí, un joven, el narrador en primera persona protagonista de la historia, acude para escribir (fundamentalmente su tesis, pero lo que observa y escucha a la fauna que acude al local luego lo recrea en relatos que forman parte de la novela que tenemos en nuestras manos). Al protagonista de Bar Urgel escribir es lo que en esta vida más le agrada. Este joven arrastra un trauma producido por la conflictiva y contradictoria relación que en vida llevó con su padre recientemente fallecido; ahora, más de un año después de la muerte de éste, se ocupa de su madre inmovilizada en la cama por una cruel enfermedad desde hace ya bastantes meses. Los tipos que acuden al bar (el gitano evangelista Ezequiel; el muy de derechas Julio; Antoñito, adicto a la máquina tragaperras; Carmen Puigpelat del Clos 'la Puigpi', que fue correctora de estilo en una editorial y que  da consejos literarios al protagonista para ese libro que se trae entre manos; el Comunista, así llamado por eso de que en su juventud militó en el PCE; el Risillas, tío de Paco, el cual temporalmente trabaja en la cocina del Urgel y es un maestro haciendo la tapa estrella del local: la tortilla de patatas; el propietario del bar, Paco, que lleva 29 años batiéndose el cobre en el negocio pese a sus problemas de salud; y hasta Susanna Griso que desde el televisor proporciona asuntos y temas de conversación a la parroquia que visita, cada uno con sus peculiaridades y soledades, el Bar Urgel de la carabanchelera calle Blasa Pérez.

La novela me ha gustado especialmente porque muestra de manera excelente los cambios emocionales que en el personaje protagonista se están produciendo. Es un chico que intenta encontrarse, que le gustaría ser como otros, sobre todo le gustaría que esa chica que lee La montaña mágica y con la que coincide algunos días en el parque le atrajese suficientemente, pero 
«No. No nos vemos porque yo no quiero, porque he dejado de pasar por ahí.. Me apena cada vez que conozco a una chica de la que me gustaría enamorarme; es un eco más de que sigo siendo lo que preferiría no ser. Arrastro conmigo deseos que no me pertenecen. Son piedras.»
Es un joven que vive en perpetua contradicción, que busca encontrarse a sí mismo. Sus contradicciones no vienen dadas sólo por la indefinición de su condición o inclinaciones sexuales; también las arrastra en la relación con sus padres: con su madre a la que el protagonista en ese momento cuida y, al tiempo que la ama y es sabedor de su próximo final, recuerda el mucho amor que de adolescente ella vertió sobre él, y que paradójicamente hizo que la odiase; no obstante ahora, pasado ya el tiempo de la paliza que recibió en el IES por su condición personal, reconoce lo valioso de sus consejos («Ella le amaba, lo amó desde siempre y él por ello ahora al recordar ese pasado y ver que la madre no es más que un cuerpo llegó hasta sentir que la odiaba porque recordaba que cuando a él lo golpearon en en el IES ella le dijo: "Es importante que no permitas al odio entrar por la rendija de tu puerta. No dejes que los demás te obliguen. No hay que odiar, hijo."»). En cuanto a la relación con su padre, al que admiraba y temía por partes iguales, su afecto hacia él se mueve en un amor-odio que aún ahora, transcurridos trece meses desde su muerte, le tiene completamente invadida la cabeza 
«perro amariconao  subnormal retrasado chaval estás más gordo más fondón deja de preguntarlo todo la cabeza alta [...] por qué no te habrás quedado así chiquito para poder llevarte sobre los hombros no sé a quién se habrá follado tu madre pero yo no diría que eres hijo mío no te mereces nada qué pasa que la quieres más a ella deja de escribir gilipolleces por qué no te enderezas de una vez así no vas a conseguir nada en tu vida campeón máquina mi niño si es que lo vas pidiendo a gritos mírate me recuerdas a mí». 
Todos los personajes, y no sólo el protagonista, están muy bien diseñados, tienen individualidad propia: Mateo, el chico que le descubre su propia inclinación sexual; Luis, el Gordo, auténtico amigo desde el colegio por quien, por defenderle, él perderá el trabajo y a quien 'traicionará' para conseguirle un bien mayor, alejarlo de las drogas; Mariana, la chica pelirroja de la que no sabe si sí o si no, pero de la que le apetecería enamorarse; la Puigpi, mujer de 69 años ya jubilada de su trabajo en una editorial, que le da buenos consejos literarios que él como joven acepta a regañadientes, pero a los que reconoce su valor y conveniencia 
«La Puigpelat me ha pedido que ahonde en ciertas cuestiones. Que escriba más sobre mi madre, sobre la familia, sobre la chica en la hierba. Que trate de dialogar con los otros fragmentos. Tengo tantas escenas en este bar. Debería dejar de venir, será una novela infinita»
Es en esos fragmentos que le surgen por sus estancias en el Urgel donde aparece el variopinto elenco de personajes secundarios que dan viveza, autenticidad y humor, bastante humor, a la novela. ¿Cómo no reconocer el humor en ese personaje que asomándose a la puerta del bar dice, elevando la voz, que si hay algún maricón dentro que él no entra? ¿Quién no podría identificar en este tipo a cientos de seres de parecido comportamiento? ¿Cómo no ver humor en los diálogos que los parroquianos establecen con la Susanna Griso que predica desde el televisor? ¿Cómo no percibir autenticidad en Paco, el dueño del local, atosigado por su condición de trabajador autónomo al que la enfermedad, suya o de miembros de su familia, le va a hacer plantearse cerrar el negocio?

Esta autenticidad queda reflejada así mismo en el marco urbano donde está radicado el Bar Urgel. Estamos en Madrid, Carabanchel Bajo, zona de Tercio Terol, calle de Blasa Pérez esquina Urgel de donde sale la calle Rascón; un poco más allá la calle General Ricardos que conduce hasta la glorieta Marqués de Vadillo:
«General Ricardos. Locales de kebabs. Clínicas dentales. De inmobiliarias y móviles de segunda mano. Se escucha el cerrojo automático del Mercadona. Las chicas del Pannus, una gitana, otra argentina, friegan el suelo. Se las ve fumar dentro. La luz ácida de las casas de apuestas se desparrama por las aceras, sobre los edificios de enfrente; se cuela por las ventanas donde hay cabezas delante de televisores»
Es de este paisaje urbano de donde salen los secundarios que entran en el Bar Urgel: el ludópata Antoñito, el Comunista, el gitano poliomielítico Ezequiel, el derechista Julio, la niña con síndrome de Down y su madre, Luis el Gordo, etc. 

Sobre la estructura de la novela diré que Pablo Gallego Boutou distribuye el contenido de la misma en seis apartados:
  1.  Presentación del paisaje y del paisanaje
  2.  Profundiza en tres aspectos: la afición a la escritura del protagonista con los consejos que la Puigpi le da; el descubrimiento del sexo con Mateo; y el maltrato que la madre recibió por parte del padre
  3.  El protagonista a través de Grindr contacta con otros hombres para tener sexo sin profundizar en la relación; la muerte golpea a algunos personajes.
  4.  La ruptura con el Urgel y el posible cierre de éste. 
  5.  Final abierto de la relación del narrador con Mariana. Final completamente cerrado de la madre.
  6.  Especie de epílogo. 

Y en estas seis partes en que se estructura la novela aparecen fragmentos literarios de distinta índole: distintos géneros (narración sobre todo, verso, teatro), distintos registros sociolingüísticos (culto, vulgar, coloquial...), distinta longitud y no siempre igual distribución en la página de estos fragmentos, juego con las tipografías y la puntuación, empleo de una buena remesa de imaginería literaria que confiere al lenguaje utilizado la categoría en muchos momentos de auténtica prosa poética, etc.
✔«Junio. Primer mes del verano. Para celebrar las 20 semanas que lleva a mi madre en la cama, los 13 meses que mi padre lleva con los huesos fríos.
Sin curro, sin pasta, hacia la pérdida. A ver qué queda; quién, cuando no quede ni el deseo.
»
✔«Y mamá, parada en la cama, con el pasado anudado a su pupila como un cordón umbilical. Una garrapata.
En medio de un silencio tan denso que parece de metacrilato
»
✔«Soñé que la gracia se posaba en nuestras clavículas. Nos cauterizaba la lengua, la volvía. Luego el salón se iluminaba y tú te ponías en pie y preguntabas
                                                             eres ya tú, amor mío.»

La desarticulación del propio texto es acorde con la propia desarticulación del barrio donde está Bar Urgel y con la variedad de tipos humanos que se dan cita en ese lugar, cada uno de estos seres  con su desarticulación íntima. Quien más, quien menos busca dar un sentido a su vida dentro de la dureza en la que ésta se desarrolla. Yo diría que todos, pero especialmente el personaje-narrador-protagonista que sin mucho miedo a equivocarme vengo a identificar con el propio autor, o como poco a inspirarse mucho en él.


Pablo Gallego Boutou
"Bar Urgel", Premio de Narrativa Diana Zaforteza 2024
Como he hecho con la sinopsis de Bar Urgel, su primera novela galardonada con el I Premio de Narrativa Diana Zaforteza, echo mano de la información dada por Galaxia Gutenberg en la solapa de la portada. Creo que lo que se dice allí de este joven novelista es más que suficiente para entender mejor esta interesante novela. 

Pablo Gallego Boutou (Madrid, 1989) es actor, escritor y mediador cultural. Licenciado en Interpretación por la RESAD, cursa el Máster de Interpretación Cinematográfica por la Central de Cine y el Máster de Escritura Creativa por la Universidad Complutense de Madrid. Ha escrito los poemarios Oboedescere (XXVIII Premio de Poesía del Certamen Nacional de Jóvenes Creadores de la Comunidad de Madrid) y Nival (XXIV Premio Internacional de Poesía Luis Feria). Su formación continúa en el Nuevo Teatro Fronterizo y en la Fundación Centro de Poesía José Hierro, donde se forma en crítica, autocrítica y corrección de poemas. Como actor ha protagonizado, entre otros, Man Up, dirigido por Teatro en Vilo y producido por el CDN, La Comedia del Fantasma de Plauto, dirigida por Felix Estaire y estrenada en el Festival de Teatro Clásico de Mérida y El Alcalde de Zalamea, dirigida por José Luis Alonso de Santos para Teatros del Canal. A día de hoy, trabaja como pedagogo para la Fundación La Caixa. 

Nota final
A punto ya de cerrar la reseña me invade la necesidad de destacar el elevado número de referencias literarias a autores y obras que aparecen en la obra. Pablo Gallego Boutou las pone principalmente en boca de la Puigpi habida cuenta de que ella trabajó durante años en el mundo editorial:
«Hace muchos años, realicé labores de edición. Cortázar, Asturias, Neruda, Paz. Todos ellos buscando el barco que los hiciera arribar a España. Todos muy buenos y muy maricas, como diría Bolaño. Unos culiaos. La literatura hispanoamericana del siglo XX es impresionante y nauseabunda, no te repones después de eso. Verdadera utilidad práctica. ¿Sabías? En la vida, hay dos tipos de editores: los que creen que hay libros que deben ser leídos y los que editan los libros que la gente quiere leer. Yo fui muy competente, no olvides mencionarlo. Por estas manos pasaron infinidad de autores. Cuando te das cuenta de que, como editor, te va a ir mejor siendo del segundo tipo, terminas por darte al oficinismo o buscando ayuda psiquiátrica.»

 Es Carmen la Puigpi la que cuando le da consejos al narrador-autor-escritor-en-ciernes le dice que debe leer a los grandes: «No puedes llegar a ser un escritor si no has leído los cuentos de Mansfield, al Gabo, Cortázar. ¡Por Dios! ¿Conoces a Pedro Lemebel?» Y un poco más adelante, cuando ella ya ve próximo su final le regala varios libros de su propia biblioteca:

«Trató de eludirme, se puso a meter en una caja vacía todos los libros que pillaba. Tengo miedo torero, La hora de la estrella, Las bodas de Cadmo y Harmonía...
—Venga, y éste también. Léelos en el orden que quieras, pero léelos.
—Puigpi. Que no.
—Eres marica, ¿no? Pues venga La biblioteca de la piscina.
—Aquí te va
»

Los títulos que en la cita aparecen pertenecen respectivamente a los escritores Pedro Lemebel, Clarice Lispector, Roberto Calasso y Alan Hollinghurst. Son claramente autores no muy conocidos por el gran público. Pablo Gallego Boutou, a través de estos libros y sus autores, asimismo se muestra ante los lectores como un autor distinto, diferente, que no transita por las veredas acostumbradas y por todos conocidas. Y así lo es en efecto Bar Urgel, una novela distinta, fresca, innovadora, diferente, arriesgada... 
 

26 sept 2024

La noche que llegué al Café Gijón. Paco Umbral

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«(No sé si hay repeticiones en mi libro, pero casi me gustaría que las hubiera, pues he querido que tenga el tono un poco mareado y giratorio de la vida en el café, aquella vida encerrada de espejos, loca de conversaciones, que considero muerta para siempre cuando leo, por los días cuando escribo esto, que el arquitecto que remodeló el Gijón después de la guerra acaba de morir).»

Francisco Umbral Memorias
Desde que el año pasado volviera a leer con infinito placer a Francisco Umbral -concretamente fue la lectura de su novela Las ninfas- me prometí a mí mismo que habría de volver a hacerlo sin tardar mucho. Y así ha sido, pues al año exacto finalizo otro libro suyo: La noche que llegué al café Gijón

Tiene siempre la literatura de Paco Umbral mucho de biografismo personal expresado con acierto en una narrativa memorialista de estilo impresionista y tono lirico que es consustancial y seña de identidad de su prosa. Es una manera de escribir peculiar que me agrada mucho porque no es frecuente en nuestra literatura. Y diré desde ya que si Las ninfas me satisfizo, La noche que llegué al café Gijón también lo ha hecho y además por partida doble: por la belleza que trasluce su escritura, primero, y, después, por el conocimiento que de la trayectoria del escritor dentro de la literatura española del momento he obtenido.

Tras haber leído la novela que fue Premio Nadal en 1975 y ese diario íntimo lleno de sinceridad y sentimiento acerca de la terrible enfermedad que se llevó a su hijo Pincho con tan sólo seis años, titulado Mortal y Rosa escrito un año antes, yo quería leer más cosas que el escritor vallisoletano nacido en Madrid en 1932 hubiera escrito por esos mismos años. Fue así como tras buscar infructuosamente El hijo de Greta Garbo (1982), otro libro de memorias en el que homenajea a su madre, llegué a La noche que llegué al café Gijón. Fue un encuentro casual como tantas veces le sucede a cualquier lector. Paseando hace unos días en Madrid por la zona de Cuatro Caminos topé con la librería 'Ábaco', una librería de compra-venta de libros usados. Pensé que quizás allí estaría ese libro sobre la madre de Umbral que era incapaz de encontrar; entré, pregunté, el amable señor que la lleva realizó varias pesquisas a través de su ordenador para concluir que no, que El hijo de Greta Garbo no aparecía por lado alguno. De pronto cuando ya me iba a marchar, parece que el buen hombre recordó algo, salió de detrás del mostrador donde se hallaba y se dirigió raudo a una pila de libros que al lado de otras nacía en el suelo del local junto a las pobladísimas estanterías, rebuscó allí y con un libro de Paco Umbral en sus manos vino hacia mí. No era el que yo buscaba, pero su título, La noche que llegué al Café Gijón, hizo que decidiese adquirirlo.

Conocía yo sobradamente el título de Umbral que por muy pocos euros adquirí en la librería Ábaco.  Durante  años, a lo largo de mi vida profesoral, había leído a mis alumnos infinidad de veces fragmentos de esta obra, textos que muchas veces servían de ejemplo de prosa literaria en los manuales de Lengua Española que usábamos en clase. Los textos allí seleccionados siempre me habían gustado, pero nunca hasta ahora había decidido leer de cabo a rabo la obra de la que estaban tomados. Pues bien, es lo que acabo de hacer y salgo de la experiencia henchido de placer y de conocimientos literarios. Es Umbral toda una enciclopedia si se quiere conocer lo que en literatura, y en Madrid, fue el siglo XX. Durante los años 50 y 60 del pasado siglo todo estaba en la capital, todo se cocía en la villa y corte, sin rey por entonces.

El Café Gijón le sirve al escritor de escenario donde ver y hablar de los distintos tipos que en España existían durante los años 50 y 60 del siglo pasado. Y no sólo de los tipos literarios, aunque sí sobre todo de estos. Por la palestra que es el Gijón desfilan de la pluma de Paco Umbral poetas, novelistas, periodistas, republicanos enmudecidos, falangistas ensoberbecidos, modelos, pintores, actores, actrices, estudiantes, progres, extranjeras, cineastas, opositores, meretrices... Todo el mundo de la literatura y sus aledaños cultos o simplemente sociales se asoman siquiera un momento al muestrario que fue el mítico café durante esas dos décadas.

Habla Umbral en La noche que llegué al café Gijón de literatura española comparándola a veces con la de otras naciones, en especial con la de la Francia finisecular (Baudelaire, Proust...); expresa sus afinidades y antipatías por unos y otros autores; va marcando las características de su propio estilo; cuenta sus escarceos en el mundo del periodismo, lo que le costó conseguir una cierta regularidad salarial...; y también habla de los enormes deseos que por entonces tenía de convertirse en escritor de verdad, o sea, hacer un libro salido de sus propias manos, con un estilo que fuera propio y distinto a lo que por entonces se hacía en España...  El libro del que habla es el que en 1965 vería la luz sobre la figura de Mariano José de Larra (Larra, anatomía de un dandy).

Todo en este libro me ha gustado, pero si algo tuviera que destacar por encima de cualquier otra cosa me detendría en la propia introspección que Francisco Umbral realiza sobre su propia manera de escribir y la concepción que tiene de la literatura. Desde el principio sabe que lo que está haciendo se sale de los estrechos cauces de los géneros literarios y periodísticos establecidos («Yo estaba haciendo el reporterismo rápido que había soñado, metiéndole a todo siquiera un par de líneas de literatura.»). Y va aprendiendo que ver en persona en el Café «a aquellos animales sagrados,  como los poetas del Gijón» no sustituía el disfrute de la lectura de sus obras:
«A veces, a días, a ratos, cuando tenía como una sensación dispersa y excesiva de estarme  perdiendo en todo aquel gacetilleo tan madriles, me quedaba en el cuarto de la pensión, envuelto en mantas o desnudo sobre la colcha leyendo a Valle Inclán, a Kierkegaard, a Sartre, a Gómez de la Serna, a Huxley, leyendo los cuatro libros de la colección Austral que transportaba conmigo de casa en casa, o los libros que iba robando por las librerías, las bibliotecas y los despachos. O aquellos delgados libros de poemas que me daban los poetas de la tertulia, y que eran los que más me gustaban, porque el poeta lírico, inédito y nonato, aún subsistía en mí»
Efectivamente en Paco Umbral siempre existió un poeta emboscado. La novela que se estaba haciendo durante esos años, la novela social-realista, le parece zafia, nada literaria, y otro tanto dice del verso que o era de tono imperial y laudatorio como el que hacía el grupo falangista de la revista Escorial o se había quedado varado en Antonio Machado que a él le parecía un buen poeta de finales del XIX pero no para esos años 50-60 en los que se centran estas memorias. Cuando él llegó por vez primera al Gijón lo hizo de la mano del poeta José Hierro, que es junto a otra serie de nombres, algunos como Manuel Álvarez Ortega o Ramón de Garciasol hoy casi olvidados, los que formaban lo que él denomina la tertulia de los poetas:
«Gerardo Diego, Ramón de Garciasol (que se llama Miguel Alonso Calvo y quizá eligió el seudónimo por razones más políticas que estéticas), Jesús Juan Garcés, Jesús Acacio, Manrique, Juan Pérez Creus, Luis López Anglada, Álvarez Ortega, Eladio Cabañero, Francisco García Pavón, Leopoldo de Luis y, a veces, Ignacio Aldecoa o Buero Vallejo. Casi todos poetas, como se ve, con pasajeras incrustaciones de prosistas o dramaturgos.»
Del resto de grupos tertulianos que el escritor frecuentaba el de los pintores se contaba entre sus favoritos. Las razones la expone de esta manera: 
«El grupo de los pintores, el mundo de los pintores era una galaxia cálida y espesa, una cosa cobijadora y olorosa, un interior lleno de colores, tierras y palabras cargadas de realidad, como objetos. Mejor que las palabras-palabras de los poetas. Yo me encontraba bien, protegido de no sé qué ni por qué, entre la hueste lenta, sobria y constante de los pintores, siempre vestidos de lana, pana, botas, siempre de uñas negras y aguarrás, siempre con lo mejor del cuadro impreso en las yemas de los dedos»
Es mucho lo que se aprende de literatura, en especial, de la literatura en España pasada por el filtro de Umbral, leyendo La noche que llegué al café Gijón. Muchas frases he subrayado durante la lectura. He aquí algunas de ellas: 
  • «Ha habido sólo unos cuantos genios -Kafka, César Vallejo, Baudelaire- de condición hospiciana que se nos han aparecido siempre desnudos, desvalidos en brazos de la literatura como sus víctimas o sus hijos más ciertos» (a propósito de Eusebio García Luengo, escritor que rehuía premios y reconocimientos)
  • «Qué diferencia entre el fin de siglo madrileño que nos presenta Baroja y el fin de siglo parisino que nos presenta Proust. El clima de Las noches del Buen Retiro es casi proustiano. Qué más da una marquesa madrileña que una marquesa parisina. La diferencia está en el escritor, claro.
    Baroja es una portera. Cuenta muchos chismes y los cuenta como una portera. Lo amontona todo de cualquier manera y lo deja ahí en bruto.
    » 
  • «Azorín también deja los libros sin hacer, pero no por desidia como Baroja, sino quizá por impotencia» (Azorín y Baroja eran dos ídolos en esos años, pero no para él)
  • «En mi interior galería juvenil lucían unos cuantos nombres como hogueras cordiales, indelebles y arbitrarias: Heráclito, Quevedo, Proust, Juan Ramón, Baudelaire, Neruda, Gómez de la Serna y pocos más. Quizá Henry Miller, recién descubierto. Quizá Valle Inclán y Larra, también muy trabajados por entonces. Con esta docena escasa de prosistas y poetas puedo decir que se ha molturado casi todo lo que he escrito.» (éste es el personal hit parade literario de Umbral).

De la última cita bien puede extraerse el porqué del lirismo en que el autor envuelve su prosa. Los escritores que idolatra o son poetas o manejan la prosa con una concisión, soltura, significación plena  y brevedad poéticas. Eso es lo que él hace y en mi opinión logra con suficiencia. Pero esto no quiere decir que Francisco Umbral imite a nadie, pues él desde el primer momento quiso labrarse un estilo propio. Cuando habla del proyecto que tiene de hacer un libro sobre Larra dice que después de haber leído cuanto había escrito sobre el articulista madrileño era momento de olvidarlo todo y ponerse a escribir («Ya sabía todo o casi todo lo que se podía saber de Larra. Ahora tenía que empezar a olvidarlo, antes de ponerme a escribir»).

Otra cosa no podrá decirse de Umbral, pero que su estilo es propio y característico es una verdad irrefutable. Y al decir estilo me refiero tanto a los asuntos cuanto a la manera de presentarlos. Sobre temas contenidos en este libro, el de la literatura ya lo he señalado suficientemente; otro muy importante en su obra, que también aquí aparece con vigor es el de la mujer, o mejor dicho, las mujeres. Francisco Umbral murió en 2007 y su exuberante personalidad creo que hoy no sería muy aceptada. Sus opiniones sobre las mujeres hay que entenderlas desde dentro del momento de su escritura (estamos en 1977 o por ahí cuando escribe esta obra y diez años antes es el momento en que transcurre la narración) y no sacarlas de su contexto y dejarlas expuestas a la fría intemperie de nuestro hoy. De todas ellas yo destaco sobre el innegable machismo contenido en algunas el preciosismo y lirismo de la escritura de otras; creo que en líneas generales prima lo segundo sobre lo primero:

  • «la inercia varonil de siglos nos ha enseñado que a la mujer había que engañarla un poco o un mucho, que la mujer es siempre un poco niña y desea ser engañada. Cuando una mujer rompe ese juego, puede sentirse muy libre, segura y emancipada, pero no es fácil que llegue a ser feliz.»
  • «La mujer, tanto española como holandesa, noruega o norteamericana (y en esto se ha cometido grave injusticia con la española, juzgándola por lo que es común a todas y se le atribuye a ella sola), la mujer, digo, necesita tiempo, sólo quiere tiempo.»
  • «Las chicas del Ateneo no eran exactamente las chicas del Café Gijón. En realidad no tenían nada que ver las chicas del Ateneo con las chicas del Café Gijón. Las chicas del Gijón eran como más ocasionales, variadas, aventureras, practicables y glamurosas. Las chicas del Gijón querían hacer versos, teatro, pintura, striptease o películas, usaban el perfume difícil y turbador de las grandes estrellas -por lo menos el perfume-, y se pasaban la noche con la gallofa del café, cenando en tabernas cercanas, como Casa Pepe, la Estrecha o el Comunista, o bien en tabernas lejanas, como Casa Maxi. Las chicas del Ateneo no olían a nada. Todo lo más olían a cultura, a pensión, a libros y a las horribles frituras del bar.»
  • «Grullas líricas, flamencos hembras, finas de piernas, quebradizas de tobillo, misteriosas de ojos, musicales de cuello, movían con una gracia profesional sus caros ropajes y se tomaban un cortadito o un pipermint con mucho enredo de meñique y un prodigioso estirar del cuello, que creaba en torno lagos como espejos para aquel cisne entrevisto.» ( a propósito de las modelos)

Del genérico 'mujeres' desciende en ocasiones y particulariza en mujeres concretas: Holanda («Holanda tenía enfermedades muy americanas, como la mononucleosis, y se había hecho operar del apéndice y del bazo, del tabique nasal y de las amígdalas»), María Jesús («María Jesús tenía los rasgos menudos y perfectos, un poco efébicos, los ojos negros y muy agudos, la boca grande, infantil y burlona. María Jesús llevaba una melena corta y fuerte, y fumaba con manos de chico. Eran todas ellas de Filosofía y Letras.»), Sandra («Sandra venía de una historia confusa. Unos la decían hija de Negrín y otros madre de un niño rubio y bello, niño que efectivamente tuvo casi en el café, y junto al que yo la vi en habitaciones modestas del paseo de las Delicias»), Elena Soriano... y muchas otras más.

Efectivamente en Umbral la mujer, las mujeres, ocupan lugar preeminente. También lo hacían dentro del Café Gijón, de manera que sin ellas el establecimiento no era lo mismo:
«Cuando se iban las modelos, las actrices o las extranjeras, cuando se iban las mujeres, el café volvía a tomar un siniestro color de hombres solos.»
Acabo ya con una breve referencia a una anécdota que siguió a la salida del libro. Parece que a Paco Umbral le persiguieran las mismas. En la reseña que hice de Las ninfas ya comenté la fijación que en el público general ha quedado del famoso "es que yo he venido a hablar de mi libro y veo, Mercedes, que aquí no se habla de mi libro". La ocurrida con La noche que llegué al Café Gijón se refiere a la corrección sintáctica que Fernando Lázaro Carreter, por entonces Catedrático de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid, le hiciera.  El sillón R de la Real Academia Española, cuando en 1977 el libro llegó a las librerías, apostilló que el título debiera de haber sido 'La noche en que llegué al Café Gijón' y no el que el autor había puesto. Creo que Umbral no respondió al lingüista, prefirió el silencio, convencido seguramente de la pertinencia del aviso. Recordar este hecho me ha hecho sonreír cuando leí lo furibundo que Francisco Umbral se pone con Azorín y con Baroja a propósito de la para él mala sintaxis de ambos:
  • «En Las confesiones de un pequeño filósofo Azorín dice "pero, sin embargo". Y eso que su fuerte parecía ser la gramática»
  •  «una señorita le dice a su cortejador en la novela (Las noches del Buen Retiro): "saldrían ustedes ganando dejando dirigirse por nosotras". Esos dos gerundios seguidos y toda la estructura de la frase son como anteriores creaciones del castellano, Baroja no había accedido aún a la sintaxis, cuando se murió.»
La noche que llegué al Café Gijón, Umbral y el memorialismo
Se confirma el dicho español de 'consejos vendo, que para mí no tengo'. Bueno, nada nuevo bajo el sol al respecto. A todos nos ha sucedido y en más de una ocasión. Pese a esta levísima pega que Lázaro Carreter puso a la sintaxis del título, el catedrático y académico alabó el contenido y la expresión profundamente lírica de la obra. Frente a la otra anécdota, la del programa de Mercedes Milá, parece que ésta no menoscabó para nada la enorme figura del escritor. De todas maneras ya el propio Paco Umbral en La noche que llegué al Café Gijón recordando los panegíricos dedicados a Gómez de la Serna en su fallecimiento escribe anticipándose en cierto modo a lo que le sucedería bastantes años más tarde a él mismo: 
 «Comprendí lo que ya sabía: que en este país te colocan tres adjetivos y dos frases y ya nadie varía eso en cincuenta o cien años de vida literaria

Para finalizar
Todo lo comentado hasta aquí y mucho más que dejo en el tintero llena las páginas de esta magnífica obra literaria, unas memorias próximas y tempranas escritas por el escritor en 1976, el año en que una incipiente democracia comenzaba a nacer en España. El tiempo de escritura se vislumbra en las alusiones que se hace a las votaciones que se celebrarían o quizá ya se habían celebrado por la reforma constitucional que se estaba cociendo mientras el autor escribía el libro.

El Francisco Umbral ensayista, el hombre reflexivo, también aparece en la obra. Concretamente los juicios que emite sobre la vejez son duros y espeluznantes por la absoluta verdad que encierran. E igual sucede cuando leemos desde su hoy las cavilaciones que realiza sobre su propio quehacer literario.
  • «esta corta vida se remata con quince o veinte años de ser uno el fantasma sarmentoso de sí mismo. [...] El hombre se va volviendo del revés a lo largo de su vida. [...] El hombre no se transforma con el tiempo, sino que permanece uno mismo por dentro, y el chico luciente de los diecisiete años se siente de pronto paralizado, torpe y roto en un cuerpo de viejo.» (estamos ante un Quevedo redivivo)
  • «En José García Nieto admiraba yo la perfección incorregible de los versos, la pulcritud que vagaba por toda su vida y toda su obra, la facilidad para escribir -que es cosa que yo, teniéndola, siempre he admirado mucho- y la fe con que llevaba su bigote. [...] Por algo había ido yo a caer en una tertulia de poetas. La novela me parecía y me sigue pareciendo un compromiso burgués. Del truco de la intriga se ha pasado al truco de la técnica. Como ya no hay historias maravillosas que contar, se sorprende al lector mediante las maravillas de la técnica [...] Yo más que hacer hacer novelas, quería deshacerlas, experimentar. De momento escribía aquellos cuentos sin principio ni fin, muchas veces, muy dialogados o macizos de prosa, donde el poeta que me daba vergüenza ser se disfrazaba de narrador.»

24 feb 2024

Castillos de fuego. Ignacio Martínez de Pisón

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✔ «Aquí, si quieres vivir, si quieres tener algún derecho, tienes que volverte como ellos, convertirte en un colaboracionista, en un carcelero, en un chivato, en un traidor. ¿Te parece suficiente información? Estamos ocupados por fuera pero también por dentro. ¿Quieres más información o te basta con esto?»
«Revilla, que no tenía con él tanta familiaridad como Santos, se sumó a la conversación cuando evocaron algunos de los lugares sagrados del falangismo: el Teatro de la Comedia, en el que se había celebrado el acto fundacional, y el Café Lion, con La Ballena Alegre en el sótano…
—¡La de veces que estuve allí con José Antonio! —exclamó, tratando de ponerse a la altura del propio Ridruejo, uno de los próceres del partido, compositor de varios versos del Cara al sol.»

Novelas de la posguerra española, Madrid
Como todos los finales de año leí, en los suplementos de los periódicos y en las revistas literarias que frecuento, listados sobre los mejores libros del año que se iba. En casi todos ellos figuraba en posición preeminente, si no en la primera, Castillos de fuego, la última novela de Ignacio Martínez de Pisón. Me la regalé por Reyes y es ahora cuando he dado fin a sus cerca de 700 páginas. 

Es una novela larga, pero para nada pesada. Entra a formar parte del grupo de narraciones situadas durante el primer franquismo, ese momento en que la represión, las venganzas, el deseo de retornar al momento anterior a 1936,  estaban a la orden del día. La vida en España transcurría dentro de una anormalísima normalidad. Nadie estaba seguro de lo que ese día, el siguiente, o cualquier otro podría ocurrirle; vivir al día, sobrevivir, era la aspiración máxima. Una aspiración compartida por todos, si bien los vencedores de la contienda tenían las de ganar; sin embargo, los perdedores mantenían viva su esperanza, pues la guerra en Europa, especialmente su discurrir a partir de 1943, auguraba -así decían y así lo creían muchos- el inminente desalojo del dictador.

Estamos ante una novela histórica de personaje coral que me ha recordado mucho a otras como La colmena de Camilo José Cela y, casi más todavía, a Las tres bodas de Manolita, tercera entrega de los Episodios de una guerra interminable, escrita por la prematuramente desaparecida Almudena Grandes. Precisamente es esta novela de la escritora madrileña la que más he recordado mientras deambulaba por Madrid con los personajes de Castillos de fuego

Ignacio Martínez de Pisón presenta la vida en el Madrid que va de Noviembre de 1939 a septiembre de 1945 y la distribuye en cinco partes que el denomina 'Libros': 

  • En el primero, Noviembre de 1939 a Junio de 1940, asistimos a la presentación de muchos de los actores del relato, tanto los propiamente históricos como los de ficción. Del contexto mundial sobresale sobremanera la presencia en el panorama europeo de Alemania, que está realizando sus primeras invasiones: la de Polonia primero, seguida de otras como la de Francia. Esta parte finaliza en el emblemático edificio de Telefónica desde cuya terraza se realiza un castillo de fuego (fuegos artificiales) en homenaje a que Tánger ha vuelto a ser administrado por España dada la alianza que Franco mantiene con Hitler.
  • En el segundo libro, Julio a Diciembre de 1941, los dos mundos madrileños se muestran en su interioridad: el de los ganadores (falangistas de siempre como Matías Revilla y no falangistas como Valentín Aja que durante la guerra militaba en el PC y que ahora es colaboracionista de la brigada político-social denunciando a antiguos compañeros); y el de los perdedores (republicanos, especialmente comunistas que intentan mantener viva la resistencia a la espera de que la guerra europea acabe con los fascismos, el de Franco entre ellos). Luego estarían los, digámoslo así, neutrales como Basilio, padre de Gloria, catedrático de universidad depurado y apartado de su cátedra por los vencedores; Félix Benítez, alumno de Basilio, enamorado de Gloria. Y también los arribistas que se apuntaron al carro del vencedor.
  • En el tercer libro, Abril a Octubre de 1942, las historias de los miembros de este personaje coral conectan e inflexionan a través de una historia de celos existente entre los hermanos Ruiz: Esteban, protésico dental, y Aníbal, colaborador de Matías Revilla en la Comisión Revisora de Viviendas y Muebles; estos dos hermanos tienen muy mala relación entre ellos a propósito de la paternidad de Rocío, la hija de Rosario, esposa de Esteban. Lo que sucede entre los hermanos complica la vida a Revilla que no quiere verse salpicado por ello. Aquí se ven las maniobras dentro de los falangistas para echar a unos u otros. Si cayese el ministro Arrese, sostenedor de Revilla, Valentín Aja correría serio peligro. Por otro lado, en esta parte prosigue la represión en cárceles y Bernabé, el hermano de Cristina y de Eloy, encarcelado en Porlier, es fusilado junto a muchos otros. En contraste con lo anterior, Avelina, esposa de Matías Revilla, muestra la 'caridad' del Régimen. Caen muchos comunistas por la represión y las denuncias de Valentín; Eloy logra, de milagro, huir al monte.
  • En el cuarto libro o cuarta parte, Septiembre de 1943 a Marzo de 1944, vemos la vida de los guerrilleros en el monte. En el grupo de Eloy, entre otros, están el Caralarga,  Arsenio, el Chaconero, el Mancho, Ginés, niño pastor que ayuda a Eloy.... Estos guerrilleros realizan batidas por la zona, robos para aprovisionarse, ejecuciones sumarias por viejas deudas o por encargo del Partido. Porque el propio PCE también realizaba sus purgas. Al tiempo, en el interior de Madrid, Cristina participa en la Resistencia colaborando con Heriberto Quiñones, con Virgilio, y otros comunistas del exterior, como el primero, o del interior, como el segundo, que es su enlace con el Partido. Todo lo hace Cristina para así mantener, siquiera sea de manera epistolar, relación con Eloy. También en el interior vemos cómo se desarrolla la vida de Gloria con Félix, que los ha acogido, a Basilio y a ella, en su despacho de abogado. Por último, Valentín, empecinado en la persecución de sus antiguos compañeros, va medrando en el Cuerpo de policía. 
  • En la quinta parte o quinto libro, Febrero a septiembre de 1945, Eloy retorna a Madrid por orden del Partido. Personajes reales e históricos como Jesús Monzón y Pilar Soler serán llamados por el Partido desde Toulouse. Otros, como  Gabriel León Trilla, no obedecerán la orden y sufrirán en propia carne su indisciplina. Si así, más o menos, discurre la peripecia real, la historia de ficción en esta parte final se va resolviendo. Lógicamente -eso lo sabemos desde el principio todos los lectores-, las aspiraciones de los antifascistas quedarán en agua de borrajas, serán puro Castillos de fuego. Pero Ignacio Martínez de Pisón culmina la historia de ficción, una hermosa historia de amor, de manera emotiva y muy esperanzadora para todos aquellos que hemos disfrutado leyendo la novela.
Una novela, en definitiva, muy equilibrada, que muestra grandezas y debilidades en los dos bandos: el sacrificio y la ciega entrega de los derrotados; las insidias, emociones y decepciones entre los falangistas que con ilusión militaron en la primera hora y que con el paso del tiempo -¡y de la guerra en Europa!- ven cómo son abandonados, dejados de la mano de Dios. Aquí se habla con emoción de Dionisio Ridruejo, falangista convencido que también con convencimiento dirige una demoledora carta a Franco, que lo depurará y echará del entorno gubernamental.

Me ha encantado pasar unos agradables momentos con personajes históricos que he estudiado, leído y algunas obras suyas incluso admirado. En la novela, centrada en el Madrid del franquismo del primer momento, la intelectualidad republicana no existe: los que no han muerto, como les ocurrió a García Lorca o a Antonio Machado, se han exiliado (Alberti, Cernuda, Emilio Prados...) y los que no (Dámaso Alonso, Aleixandre...) están silenciados en lo que se denomina exilio interior. Sólo quedó la intelectualidad que apoyó el golpe como los poetas falangistas Luis Rosales o Dionisio Ridruejo, autores teatrales como Arniches, los Álvarez Quintero o Jardiel Poncela. Algunos, como el propio Ridruejo, renegarían de su apoyo inicial a Franco, pero volver atrás ya era imposible.
«Mira quiénes están ahí: Pemán, Luca de Tena, Arniches… Es él, ¿no? Carlos Arniches, el de los sainetes. ¡Qué viejito está! Y allí mira: Fernando Díaz de Mendoza, María Guerrero… El de al lado debe de ser su hermano, el aviador. Un héroe de guerra.»
En el campo de los nombres propios la novela me ha permitido conocer algunos de personas que desconocía, que tuvieron responsabilidades políticas en los muy represivos gobiernos franquistas de la primera mitad de los años 40 del pasado siglo:
  • «Basilio había visto a varios gerifaltes del régimen entrar en la iglesia. Había reconocido a dos generales y varios ministros. A uno de ellos, el de Hacienda, José Larraz, lo había tenido de alumno veinte años atrás. Pero el que le interesaba era el de Educación Nacional, José Ibáñez Martín»
  • «Mercedes Sanz, una mujer de mofletes rellenos y mirada infantil, con el pelo recogido en una compleja arquitectura de horquillas, que, aunque había vuelto a casarse, seguía vistiendo de negro para no renunciar a su condición de viuda de Onésimo Redondo, prohombre de Falange.»

Al igual que me sucedió cuando leí Madrid de Andrés Trapiello, Castillos de fuego me ha parecido, por momentos, un excelente cartel turístico para la ciudad por donde deambulan toda esta serie de personajes. La verdad es que en definitiva es a Madrid a quien Ignacio Martínez de Pisón da el  verdadero protagonismo. 
«[Esteban] Cruzó la plaza, siguió hasta Carretas y salió a la Puerta del Sol. [...] En la esquina de Montera, se zafaba de una prostituta empeñada en colgársele del hombro [...]. Llegó Esteban a la Gran Vía. A partir de allí avanzó despacio, asomándose a las bocacalles de uno y otro lado, que estaban en plena ebullición: Valverde, Chinchilla, Jacometrezo, Libreros.»
Los nombres de los seres de ficción e incluso el de los reales históricos no suponen más que un muestrario de los otros muchos que componían la población y la fisonomía de la capital de España, que por esos años alcanzaba el millón de habitantes. Con enorme acierto en 1942  Dámaso Alonso en su poema 'Insomnio' decía: «Madrid es una ciudad de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)». Y tal cementerio es patente en la novela que acabo de leer.  

Novelistas zaragozanos, Literatura actual de Aragón
Dejando a un lado el importante fresco de represión política que se plasma en la narración, quisiera destacar la frescura, naturalidad y viveza con que el autor muestra la vida popular. Los madrileños de la novela sobreviven a duras penas, pero están vivos: luchan por sus ideales, se sacrifican por sus semejantes, sacan con esfuerzo -¡y también con picaresca!- a sus familias adelante, y aman con sinceridad a sus parejas, hijos, maridos, amantes... En definitiva, respiran vida, aunque se la juegan de continuo y pueden perderla en cualquier momento

La música es también un elemento importante en esta novela. Desde la sintonía del franquista parte radiofónico, que yo ignoraba que fuese una adaptación de un tema de Henry Purcell («Concluido el parte informativo, sonó la sintonía habitual, una versión de la marcha Lillibullero de Henry Purcell») pasando por la música norteamericana del momento («¡Glenn Miller! ¡Me encanta! Empezó a bailar al son de In the Mood»). Pero lo que a este respecto más ha llamado mi atención es la manera que tiene Martínez de Pisón de introducir la música popular del momento (tangos, canciones de la guerra reciente y otras) a base de unos cuantos versos o frases del tema en cuestión, sin necesidad de dar el título de la canción:
  • «Granada, tierra soñada por mí. Mi cantar se vuelve gitano cuando es para ti…»
  • «...Regando las flores hay una monjita, que como ellas tiene carita de flor y que se parece a aquella mocita que tras la cancela le hablaba de amor...»
  • «...Rocío, ay, mi Rocío, manojito de claveles, capullito florecío...»
  • «¡Ay, ba...! ¡Ay, ba...! Ay, babilonio que marea... ¡Ay, ba...! ¡Ay, ba...! Ay, vámonos pronto a Judea...»

Para finalizar
Castillos de fuego de Ignacio Martínez de Pisón es una novela de lectura sencilla, con una estructura lineal, sin florituras ni alharacas, que avanza de manera ordenada por la España de 1939 a 1945. Es una España de traiciones, de maquis, de tretas dentro del Régimen, de brutal represión en todo el país y también en el interior del PCE, que se cargó a no pocos de sus militantes por -en su equivocada impresión- falta de disciplina.
«Supongo que no te suena el nombre de Heriberto Quiñones… Yo lo conocí porque vino a traerme una carta de Eloy. Era un hombre íntegro, noble, valiente, generoso: un gran comunista. Lo dio todo por reorganizar el Partido en el interior. Y, cuando digo todo, digo todo. Hasta la vida. Pero a los dirigentes que estaban en Francia, en México, en Rusia, no les gustaba que pensara por sí mismo.»
En definitiva, estamos ante una novela coral, de personajes variados y muy creíbles, muy auténticos. Seres que aman, que traicionan, que a veces deben prostituirse para salir adelante, que traicionan, que luchan, que sufren, que mueren, que odian hasta el extremo... Una ciudad (Madrid) en la que conviven enemigos irreconciliables que durante la reciente guerra civil, algunos, se cambiaron de bando, colaboraron con el otro, y que en la "Paz" se instalarán en el el odio más profundo. ¡¡Una magnífica novela!!


24 ago 2022

El Círculo del Alba. Luisa Ferro

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«Ninguna de las víctimas fue reclamada por sus familias. Jamás se encontró una conexión entre ellas, salvo la de ser hijas de la miseria. Bastardas de una sociedad que no veía más allá de su propio bienestar; la misma que luego exigía justicia y pan para los más necesitados mientras, noche tras noche, cenaban faisán y acudían a la opera o al teatro sin girar la cabeza hacia el mendigo que estaba a las puertas implorando las sobras de sus mesas.»

El Círculo del Alba, Luisa Ferro,Novela negra histórica,Madrid
Leí hace poco con muchísimo gusto la bilogía de Luisa Ferro titulada "Donde mueren los dragones de Jade" [leer reseña de la misma aquí]. La acción de los dos libros que la componen transcurre durante el siglo XIII en la China de la dinastía Song. Tras la inmensa satisfacción que me  produjeron las dos novelas de que consta la bilogía, El pozo de las luciérnagas y La sanadora del emperador, amablemente Luisa, viendo que había disfrutado mucho con ellas, especialmente con las partes más dinámicas de la segunda entrega, me hizo llegar a través de Planeta, la editorial que publica sus obras, «El Círculo del Alba», la novela que a la madrileña residente en Fuenlabrada ha dado hasta ahora más satisfacciones.


Sinopsis (proporcionada por la propia editorial)
Madrid, 1903. Bruno Moreto se enfrenta a una gran encrucijada. Su tutor, Ernesto Olmedo, médico forense, asesor de la policía y propietario de una funeraria, ha muerto en extrañas circunstancias. Todo apunta a un suicidio. Su muerte deja un negocio hipotecado, con deudas que comprometen gravemente el futuro de Bruno.El hermano del difunto, Hugo Bonaventura, un conde italiano con fama de vividor, llega a Madrid para hacerse cargo de la situación, pero los acontecimientos darán un giro inesperado. Bruno y Bonaventura se verán inmersos en la investigación de varios asesinatos rituales de niñas, cuyas raíces se sumergen en el pasado más oscuro de Olmedo. Ambos, pese a sus diferencias iniciales, tendrán que aliarse para destapar un misterio que ha dormido agazapado tras décadas de silencio


La lectura de esta novela que Luisa Ferro publicó en 2016 me ha hecho recordar la serie televisiva Vienna Blood que desde hace unos meses veo ocasionalmente. Naturalmente, quiero dejar bien claro que la novela de la Ferro nada debe a la serie televisiva dadas las fechas en que una y otra ven la luz, la serie en 2019 y la novela en 2016. Ignoro si las novelas de Liebermann, escritas por el inglés Frank Tallis entre los años 2005 y 2018 eran conocidas por nuestra novelista, pero sea como fuere la unión de detective aficionado en la forma que sea e investigador profesional hace tiempo que la novela negra la viene utilizando. También lo hace en la suya la autora de El Circulo del Alba y como en las novelas de Frank Tallis el protagonismo principal viene a recaer en el ayudante más que en el detective profesional.

Me ha parecido interesante y novedoso en esta novela la duplicación de la estructura argumental con una distancia temporal entre una y otra de nada menos que 25 años. En efecto, al inicio del relato nos topamos con un joven estudiante de medicina, Ernesto Olmedo, que colabora con el jefe de policía Arturo del Romo en la resolución de crímenes que están sucediendo en Madrid en los años que van de enero de 1878 a 1903, fecha en que de manera sorprendente el médico forense Ernesto Olmedo, dueño de la funeraria La Luz de Helios, se suicida. Bruno Moreto, su joven discípulo, al que Olmedo acogió con sólo seis años de edad y con quien se portó como si de un padre se tratara, no cree que haya sido suicidio sino más bien homicidio. A esclarecer esta duda se dedicará en compañía de un personaje sorprendente, el hermano gemelo de Olmedo desaparecido de España hace nada menos que casi treinta años y que regresa a Madrid al ser el beneficiario de casi la totalidad de la herencia del fallecido Olmedo. Hugo Bonaventura, conde del Drago, que así se llama, se irá ganando la confianza de Bruno y en compañía del comisario Antonio del Romo, hijo del jefe de policía con el que colaboró su hermano Olmedo, irán intentando aclarar este caso, así como otros sospechosos suicidios de médicos de la promoción de Olmedo y también una serie de asesinatos de niñas secuestradas previamente. Son, como se ve, líneas de investigación aparentemente independientes que irán convergiendo en el curso de la novela.

Junto a la propia trama detectivesca se desarrolla en paralelo otra más cotidiana o familiar que como todo lo que forma parte de un relato al fin y a la postre también confluirá con la principal. Se trata de la vida en el seno de la casa que mantenía el doctor Olmedo mientras vivió: un núcleo familiar constituido en torno a la funeraria La Luz de Helios conformado por lady Amber Doyle, cuñada de Olmedo, por el aya hindú Uma Vunda, y por los empleados de la casa como el matrimonio formado por el cochero y mozo de cuadras Pedro y su mujer Mercedes que se encarga de la cocina. Al ser lady Amber aficionada al espiritismo y hacer reuniones en la casa sobre el tema, muchos otros personajes se asomarán así a la historia central. Entre estos personajes abundan los femeninos quienes en mayor o menor grado se sienten atraídos por la buena presencia y educadas maneras de Bruno Moreto; en este sentido la atracción entre Sofía Mendoza, una de las jóvenes, y Moreto es mutua. También hay que destacar otra relación que en este contexto de estudio y práctica del espiritismo, de la hipnosis e incluso del sonambulismo desarrollado en la casa de lady Amber Doyle, surge: me refiero a la que se establece entre Cora Steiner, joven muy atractiva, y Bruno. Estas dos mujeres, Sofía y Cora, son objeto de deseo por parte de Bruno, si bien ellas prefieren, a lo que parece, ser dependientes de hombres que no les profesan verdadero amor.

Estas relaciones amorosas del joven Moreto, especialmente la mantenida con Anna Cohen, la joven sobrina del anticuario Samuel Cohen, sirven para poner en contacto directo la trama de los asesinatos con la de las desapariciones y asesinatos de niñas; el vínculo entre ambas tramas surge al haber visitado Olmedo a Cohen el mismo día de su muerte. El vínculo Anna - Bruno sirve de nexo de unión entre la investigación policial y la trama más sentimental de este entretenido relato.

Sistema turnante de gobierno
Es El Círculo del Alba una novela histórica de trama detectivesca situada la misma en 1903, año en que cae el gobierno de Silvela. En cuanto a hechos acaecidos en los 25 años que van de los esponsales reales de 1878 con que abre la novela a esa fecha del siglo XX, hay alusiones a sucesos que durante ese cuarto de siglo tuvieron relevancia como el famoso crimen de la calle de Fuencarral, la estafa del Cantinero y otros timos de este jaez protagonizados por mujeres que se hicieron populares por su maestría en estos engaños. 

En mi opinión es, sin lugar a dudas, en la pintura que Luisa Ferro hace del Madrid costumbrista de principios de siglo XX, que la novela gana en matices historicistas al recrear una ciudad que existió, y que hoy, ya para bien, está bastante desaparecida,
«El barrio de Ventas del Espíritu Santo estaba muy cerca de La Luz de Helios y también era un arrabal, aunque fuese punto de encuentro de señoritos de provincias en busca de diversión y donde medio Madrid se daba cita los fines de semana. A lo largo de la carretera de Aragón surgían ventorros donde servían lustrosas raciones  aderezadas con el "chapurreao", a base de vino con limón, pero no era menos cierto que en ambas veredas del arroyo Abroñigal se asentaban nidos de chabolas y se palpaba la misma miseria que en las Injurias
Dentro de este Madrid existente o que existió me han interesado vivamente, por vivir yo en esa zona, todas las secuencias narrativas que la novelista ubica en la Dehesa de la Villa. De manera magistral la escritora mezcla realidad y ficción en la conformación del lugar: el cerro de las balas, que sí existió y actualmente ahí está aunque con el nombre de cerro de los locos; y las cavernas a las que se accede a su través, pura creación imaginativa nacida a partir de la pequeña oquedad que allí existe, pero que crece y crece gracias a la inventiva magnífica de nuestra autora. 

Al no ser la primera novela que leo de Luisa Ferro para nada me ha sorprendido el gusto y conocimiento que muestra respecto a la medicina. Ya en la bilogía citada al inicio de esta reseña hacía gala de su enorme saber sobre el tema. En esta obra su conocimiento se hace explícito en las descripciones al detalle de los cuerpos de los asesinados, de las niñas halladas muertas y abandonadas, así como en las pruebas que, tomadas del escenario del crimen, Bruno realizaba en La Luz de Helios:
«Echó mano de las tijerillas más pequeñas del instrumental y se dispuso a cortar la laña. La sacó de una sola pieza y la depositó en una tablilla de hueso y lámina de mica para estudiar el hilo en profundidad bajo el microscopio. Era catgut, un filamento de origen animal de uso frecuente en cirugía.» 
Como me ocurriera durante la lectura de La sanadora del emperador y El pozo de las luciérnagas me ha gustado mucho la manera como la novelista, en El Círculo del Alba, dosifica la información y da entrada a la misma en la novela. Lo hace de manera natural, al hilo de las conversaciones mantenidas por los propios personajes; incluso la introduce sin previo aviso para luego ir clarificándola con aportes sencillos y diáfanos. Es lo que sucede, por ejemplo, con la larga nómina de personajes que, lejos de causar confusión en el lector, al hacerlo de la manera descrita es asumida por éste con naturalidad. La profusión de nombres es grande en general y muy notoria en el ámbito del anticuario Samuel Cohen. Estos últimos nombres y las relaciones existentes entre ellos son muy relevantes en el curso de la trama novelesca y esenciales para la resolución de la misma.

Para finalizar
En El Círculo del Alba hay una decidida crítica a las clases altas sólo pendientes de su propia satisfacción importándoles un comino, aunque en voz alta digan lo contrario, cómo vivan las clases pobres. La cita inicial con que abro la reseña es buena muestra de esta hipocresía.

No quiero dejar sin señalar el acierto y la maestría con que la novelista sabe presentar y resolver los momentos de acción: persecuciones nocturnas y sobre carruajes de caballos por las calles de Madrid, enfrentamientos violentos entre personas, luchas, peleas, tiroteos... El cine de héroes  y aventuras venía a mi mente mientras con sumo gusto los leía. 

Asimismo es impresionante, y en mi opinión digno de ser destacado por la dificultad que entraña, ese saber moverse, que Luisa Ferro demuestra, por los distintos espacios y momentos requeridos por la historia. Una novela de 600 páginas como El Círculo del Alba da para contener escenas y secuencias  de todo tipo; lo único que se debe evitar es caer en el aburrimiento y desde aquí os puedo asegurar que si de algo carece este libro es de aburrido. Se lee con mucho agrado y desde sus primeras páginas resulta adictivo quedando el lector atrapado en su lectura. Por todo lo dicho hasta aquí, y muchas razones más que quedan en el tintero, os lo recomiendo vivamente.