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27 jun 2021

Lorenzo Silva. "Castellano". Buscando una identidad

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«Un relato de hechos que no excluye la conjetura, ni siquiera la elaboración literaria de los personajes, pero trata de ceñirse a lo que la historiografía ha averiguado de sus acciones y su carácter, a lo que de ellos está documentado —a menudo, en sus propias palabras—, sin renunciar a trasladar al lector la complejidad, en algún caso prolija, de lo que se ventiló en Castilla —y sobre Castilla, y contra ella— en los dos años que transcurrieron entre la primavera de 1520 y la de 1522.» (pág. 240)


Lorenzo Silva, Historia novelada, No ficción, Castilla, España de las Autonomías
“Castellano” de Lorenzo Silva es una búsqueda de la propia identidad, de lo castellano, de aquello que a los aquí nacidos nos hace distintivos y enraizados en ese lugar. El autor, partiendo del hoy, busca en el ayer de la revuelta comunera sofocada por las tropas del emperador Carlos I el 23 de abril de 1521 la propia idiosincrasia castellana. ¿Existe tal identidad? ¿Ha sido una operación decididamente calculada cuartear Castilla en un sinnúmero de comunidades menores: Castilla-La Mancha, Castilla y León, Madrid, La Rioja, Cantabria… a fin de cercenar ese posible impulso identitario? ¿En qué reside lo propiamente castellano?... Un sinfín de preguntas a las que quiere dar respuesta le sobrevienen al escritor. Lo hace de una manera narrativa a partir de documentos conservados de la época y de autorizadas interpretaciones históricas. No estamos ante una novela histórica, ni ante una mera recopilación de documentos históricos. El mismo Lorenzo Silva no sabe situar el libro dentro de un género determinado («Quizá se la pueda llamar novela. O quizá no. Decídalo quien la lea»); en algún momento arriesga que la obra pueda ser, dice, un ensayo histórico, pero se inclina –y yo con él- por el de la novelización de un momento histórico.

 Me ha gustado el libro, aunque a veces me haya resultado un poquitín -muy poquito, la verdad- tedioso [o prolijo, como gusta decir el escritor], dado el deseo de fidelidad del autor a lo auténticamente acaecido. No quiere el creador de Chamorro y Bevilacqua ser tildado de urdidor de patrañas, de presentar actores de la Historia sin base suficiente, y para ello ha de ser fiel y abandonar en algunos momentos la narratividad en pro de la Verdad que está presentando. Pero Lorenzo Silva sabe solventar esos momentos de pura historicidad documental con referencias a la propia actualidad del viaje que en contrapunto con lo investigado está realizando por tierras de Castilla donde sabe encontrar vestigios del pasado y auténticas muestras de castellanismo. Es un viaje en un doble sentido, externo e interno («esto es el relato de un viaje: de cómo, contra todo pronóstico, alguien que nunca tuvo noción de ser nada, en términos de adscripción colectiva, y que podría no ser quien lo narra, acaba siendo y sintiéndose algo.»). El autor se pasea por Covarrubias, por Villalar, por Alcalá de Henares, por Toledo…, por tantos y tantos espacios que en sus palacios, murallas, e iglesias guardan memoria, restos, recuerdos del pasado vibrante de este pueblo brioso. En el análisis y búsqueda de la identidad castellana Silva tiene en cuenta muchos razonamientos de autores importantes. Muy significativas son las opiniones de los intelectuales del 98 quienes en su pesimismo por la decadencia de España vuelven su mirada hacia Castilla a la que proponen como el rescoldo que hay que atizar dado que, en su opinión, contiene la esencia de lo español. Mucho mal ha hecho esta consideración a Castilla al identificarla con España cuando España está formada por la suma de muchas otras zonas e identidades. Al tiempo, los Machado, Unamuno, Valle y otros reniegan de esa Castilla que desprecia cuanto ignora. Y así Lorenzo Silva pasa revista a otra serie de autores (Ganivet, Azaña, José Mª Maravall, Miguel Delibes, Fernando Martínez Gil…) que le sirven para ir construyendo –más bien buscando- la posible identidad castellana.

El viaje físico, real, que por tierras castellanas realiza el escritor se fecha entre abril de 2020 y febrero de 2021. En 2020 el escritor pasea por el campo próximo a su domicilio en Illescas donde reside desde hace unos años. Illescas, Toledo, abril y el 23 de ese mes en que se conmemora la derrota en Villalar de los Comuneros de Castilla le lleva a evocar los sucesos y las personas que en esos dos años de hace 500 -de 1520 a 1522- se levantaron contra el poderosísimo emperador, el César de Roma, en defensa de su libertad. En este viaje el novelista recorrerá los lugares principales de la gesta que encabezaron Padilla, Bravo y Maldonado hasta llegar a Villalar donde sus cabezas serían separadas de sus cuerpos y mostradas en picas como advertencia para aquellos que pudieran sentirse tentados a seguir sus pasos
«Antes de venir hasta aquí he estado haciendo la ruta de sus correrías y las de sus enemigos. He ido desde Medina de Rioseco hasta Tordesillas, por Castromonte y Torrelobatón, y desde Torrelobatón hasta Villalar, pasando por Vega de Valdetronco, donde Padilla quiso dar al adversario la batalla que sus soldados, por indisciplina o porque no le oyeron, prefirieron eludir para caer más adelante como moscas bajo las lanzas imperiales
Busca luego los enterramientos de los líderes del movimiento. Los de Bravo en Segovia y Maldonado en Salamanca está documentado que se realizaron en sus respectivas ciudades; el de Padilla sin embargo no se encuentra en Toledo al haber quedado la ciudad imperial, rebelde, en manos de su esposa María Pacheco quien se negó durante unos breves meses a entregarla a los imperiales. Buscando, pues, el posible emplazamiento de los restos del comunero toledano el escritor llega un «mediodía de febrero de 2021  ante los restos del monasterio jerónimo de la Mejorada, cerca de Olmedo, en Valladolid. Aquí, bajo jurisdicción y custodia real y a cargo de los monjes jerónimos, María Pacheco y el prior de San Juan, en nombre de los virreyes, acordaron en octubre de 1521 que descansarían los restos de Juan de Padilla en espera de ir a Toledo.». Hoy, lo que fuera el Monasterio de Santa María de la Mejorada, próximo a Olmedo en la provincia de Valladolid, es una Bodega de excelentes caldos extraídos de los viñedos de la zona. El edificio fue realizado por Rafael Moneo quien lo restauró e integró con la fábrica moderna que exige una bodega en la actualidad los restos arquitectónicos del derruido monasterio. 

Lo anterior viene un poco a resaltar una de las características del carácter castellano: el descuido por lo propio, nuestra secular incuria. Lorenzo Silva vuelve este defecto -grave defecto en mi opinión- del revés y lo convierte en hecho diferencial:
«Este proverbial descuido, esta indiferencia hacia sí mismos y sus símbolos tan característica de los castellanos, que ninguna otra nación se permitiría y que a muchas llegaría a escandalizar, tiene un reverso saludable y liberador. Vive el castellano exonerado de la pesadez y la prosopopeya del homenaje a los emblemas y los figurones patrios. Se puede ser castellano sin necesidad de andarlo proclamando con aire solemne ni de ponerse en pie con la mano en el pecho cuando suena un himno, sin sentir siquiera la necesidad de rendirle pleitesía a una heroína nacional antes que a un ficticio niño hechicero.»

Cantar de Mío Cid, Comunidades de Castilla, Villalar, Derrota de los comuneros, 23 de abril
Antes de concluir con esta afirmación, Silva relaciona el movimiento de libertad de las Comunidades con la creación de la propia Castilla. Esta,  según se desprende del Poema de Fernán González, se desgajó del Reino de León que la tenía asfixiada. También el Poema de Mio Cid, -buen caballero si oviera buen señor-, muestra una acción heroica de alguien que en ejercicio de su propia libertad engrandecerá al rey a pesar de lo mal que éste lo ha tratado. Abundan estas dos obras en la idea de que es la Libertad -así con mayúscula- y la lucha contra la injusticia lo que alberga el alma de los castellanos. Un alma que encuentra su más alta plasmación en el idioma que usaban quienes conquistaron un Nuevo Mundo y que hoy hablan más de 500 millones de personas. Es este idioma en el que escribió Cervantes El Quijote, obra donde el ilustre alcalaíno señaló en negro sobre blanco el inmenso valor que tiene la libertad, «ese don con el que "no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre" y por el que "se puede y debe aventurar la vida", mientras que el cautiverio es "el mayor mal que puede venir a los hombres"».

Una lengua que, paradójicamente, es hoy la de aquellos países que en ejercicio del carácter que hasta esas nuevas tierras llevaron los castellanos decidieron continuar la aventura por su cuenta sin abandonar el idioma en el que hicieron sus proclamas y siguieron creando sus escritos. Habla especialmente con cariño el autor del tagalo José Rizal, amante de la cultura legada por España, en especial su lengua, en la que escribió no pocas cosas y con la que luchó para que la metrópoli fuese receptiva a las peticiones de las Islas Filipinas: «El país no piensa separarse de la madre patria, no pide más que un poco de libertad, de justicia y de amor; aún espera, cree y sólo se levantará cuando haya perdido la paciencia», decía quien a su pesar fue convertido en mártir de la independencia filipina al ser fusilado de espaldas por traidor a la patria por las tropas que comandaba el General español Camilo García de Polavieja.

Como cierre de la reseña quisiera poner en valor lo bien que Lorenzo Silva narra los acontecimientos históricos y presenta a los diversos protagonistas de los mismos. Aparecen éstos muy bien retratados acercándonoslos a nuestra actualidad. Los Laso de la Vega y su choque con los Girón es vívido, la genealogía de los Maldonado salmantinos y de los Bravo segovianos me ha parecido interesante por demás, los distintos nobles de uno y otro lado (el Almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez; el condestable de Castilla, don Íñigo Fernández de Velasco; el padre de Maria Pacheco, don Iñigo López de Mendoza; el regente holandés, Cardenal Adriano, que luego se vería elevado al papado como Adriano VI; la reina Juana; etc.) aparecen bien caracterizados y se hacen reconocibles para nuestra sensibilidad actual.


Final
Como tantas veces ocurre en la vida, la chispa que dio origen a esta novelización de la Historia surgió estando escuchando el autor, en uno de sus viajes en coche camino de uno de los centros de secundaria adonde es invitado a hablar a los adolescentes de su obra literaria, el poema épico de Luis López Álvarez Los comuneros, en su correspondiente versión musical de Nuevo Mester de Juglaría


Este canto esperanzador sobre Castilla lanzado con entusiasmo por el poeta Luis López Álvarez, musicado y cantado de manera magistral por los integrantes del grupo artístico provocó que un 23 de abril del año 2017 durante la fiesta anual que se realiza ese día en Villalar de los Comuneros en memoria de esa derrota Lorenzo Silva se preguntase qué constituye o dónde reside la esencia de lo Castellano, precisamente el título que da al libro. Creo que la lectura de "Castellano" da varias claves muy interesantes sobre este asunto.

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28 ene 2021

Sergio del Molino. La España vacía: Viaje por un país que nunca fue

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Pueden vivir en Maipú o en el desierto de Arizona, pero están tan enclavados en el centro de la cultura contemporánea como cualquier residente de un barrio de moda de Nueva York. Al mismo tiempo, aunque habiten en el corazón de Barcelona, tienen su mente en un ayer agrario y primordial. Son viejóvenes.

"La España vacía" de Sergio del Molino es un ensayo en el que el autor indaga desde su personalísima subjetividad sobre la existencia de dos Españas: la vacía y la llena. Para él es un proceso no novedoso que hunde sus raíces en el propio ser que nos caracteriza. Me agrada la solución que viene a proponer que es la de la asunción y convivencia de ambas Españas en una que es donde habitan las personas. No vale hablar 'frente a' o 'contra a' una u otra dado que ninguna es absolutamente culpable ni tampoco en esto España es un país original. 

Sinopsis

Un viaje histórico, biográfico y sentimental por un país deshabitado dentro de España En solo veinte años, entre 1950 y 1970, el campo español se vació. Las consecuencias de este éxodo marcan el carácter de la España de hoy. Un ensayo emocionante y necesario sobre las raíces de un desequilibrio que hace tanto daño a la ciudad como al campo. Un viaje a los pueblos de la España vacía y un análisis de la literatura, el cine y la historia que los relata. Hay que viajar muy al norte, hasta Escandinavia, para encontrar en Europa unas densidades de población tan bajas como las de la España vacía.[Sergio del Molino es un] excelente prosista, capaz de hacer relevante lo trivial con el solo poder de la palabra exacta y la formulación imaginativa. (Ricardo Senabre, El Cultural)

Mi opinión

La España vacía; Viaje por un país que nunca fue, campo y ciudad
Me encanta el paseo que realiza el autor por la historia, sobre todo la literaria, de España para dar una explicación plausible de por qué y desde cuándo se ha producido este vaciamiento. Sergio del Molino se ha documentado en profundidad. No hace afirmaciones a humo de pajas, todo lo que sostiene tiene bases sólidas. El cuerpo de notas que incorpora a su ensayo es extenso. Su opinión, personal y original, no surge de la nada, se construye sobre consistentes cimientos. Tras leer el ensayo se comprende que el sintagma "España vacía" desde que apareció en este libro haya tenido éxito y que esta obra haya suscitado un debate importante en el seno de nuestra sociedad. Si he entendido bien a Del Molino la idea que subyace en la expresión de marras no sólo se circunscribe a  localidades desaparecidas o en vías de desaparición. Tiene un sentido más amplio, más profundo. No habla sólo de poblaciones semidesérticas. A mí, sus planteamientos me han parecido atinados, interesantes y bien traídos. 

Sergio del Molino publica en 2016 este ensayo que indaga sobre el desierto humano en que se está convirtiendo -si no está convertido ya- buena parte del territorio español. El escritor en su afán de concreción llega a circunscribirlo a una serie de provincias, unas 14, que con la salvedad de Madrid -auténtico agujero negro propiciador en buena parte de este vaciamiento- forman una especie de España interior dentro de España ("catorce provincias quedaron heridas de muerte y agonizan hasta hoy. Huesca, Guadalajara, Teruel, Soria, Ávila, Cuenca, Zamora, Burgos, León, Salamanca, Palencia, Segovia, Lugo y Ourense se convirtieron prácticamente en desiertos"). Este vaciado no es producto exclusivo de los últimos años (el "gran trauma" producido entre 1950 y 1970), sino que es un proceso que con mayores o menores altibajos viene sucediendo desde la industrialización de zonas peninsulares a partir del último tercio del siglo XIX; este desarrollo  industrial tuvo sus dos principales polos en Vizcaya (la metalurgia) y Barcelona (el textil) y hacia allí que se desplazó buena parte de la población sobrante en campos y ciudades de provincia de esa España que malvivía. Otros importantes puntos de atracción fueron también Madrid, Valencia o Sevilla.

La cuestión "España vacía" no radica sólo en esta emigración, normal en todos los países y habitual a lo largo de los siglos, sino en la cultura que contra los pueblos de origen y sus habitantes existe en España desde tiempo inmemorial, especialmente desde el Renacimiento que contrapuso los valores burgueses radicados en las ciudades que surgían por entonces al ruralismo presente en los feudos que existían así desde hacía al menos un milenio. Se gestó en el XVI una literatura que cantaba lo campesino y pastoril pero idealizado, es decir, visto desde la impostada evocación nostálgica de aquellos que vivían en la ciudad y se sabían procedentes del campo. Era, pues, un mundo falso el de esas églogas y novelas pastoriles; frente a ellas surge también en esa época una literatura realista que llama a las cosas por su nombre y que se patentiza en novelas -la picaresca o el mismísimo "Quijote"- y ensayos como el de fray Antonio Vélez de Guevara, "Menosprecio de corte y alabanza de aldea". Este tipo de literatura extiende la idea de lo rural como mundo embrutecido, feo y peligroso, frente a un universo cortesano refinado y hermoso. Incluso la obra de Vélez de Guevara, a pesar del título, es una reafirmación del mundo urbano; queda la aldea, el mundo rural, sólo como refugio del fárrago ciudadano al estilo de la 'vida retirada' cantada por Fray Luis de León, o sea, el Beatus ille horaciano.

Esas dos visiones del campo son las que pasando los siglos han persistido entre nosotros (y no sólo entre los españoles sino prácticamente en todo Occidente): la visión de Henry David Thoreau de las excelencias de la vida en el campo y la del peligro de vivir en él que sostenían muchos otros autores. Para evitar el peligro sólo quedaba la educación (Rousseau o la leyenda alemana del buen salvaje Kasperhauser). En definitiva, siempre mensajes que no servían para solventar las perentorias necesidades -hambre especialmente- de estas zonas depauperadas o que a lo más las convertían en meros lugares de escapada (segundas residencias, urbanizaciones en medio del campo) para tomar oxígeno y proseguir la vida de urbanitas.

Del Molino reconoce ya esta idea de la España vacía en nuestra literatura (Galdós, Delibes, Cela, Luis Martín Santos, Julio Llamazares...), en nuestro cine (el estudio sobre el documento en imágenes de Buñuel,  Las Hurdes, es fantástico; también es muy reveladora su opinión sobre la película "Surcos" de José Antonio Nieves Conde, así como lo que manifiesta sobre esa serie de películas protagonizadas por Paco Martínez Soria que se burlaban del paleto que arribaba a la gran ciudad y que tanto hacían reír precisamente a esos espectadores que no hacía tanto habían cambiado el mundo rural por el urbano), y plenamente presente en nuestra historia política a partir del siglo XIX, llegando incluso hasta nuestros días.

En nuestro país, como sucede con tantas otras cosas, estas provincias vacías han sido utilizadas políticamente  -lo siguen siendo actualmente- precisamente por aquellos que hablando de favorecerlas y sacarlas de su ostracismo lo único que perseguían era ventaja para afianzarse ellos en los grandes núcleos urbanos que desde hacía años las estaban debilitando. Pone como ejemplo el sistema electoral por circunscripciones provinciales que la Constitución del 78 ideó. En teoría era una manera de favorecer la representación de estos territorios en las Cortes pero en el fondo lo que perseguían los dos grandes partidos era evitar la competencia con otras posibles nuevas fuerzas políticas que pudieran surgir en las grandes ciudades, algo que en estas provincias más tradicionales y conservadoras era impensable que sucediera. Como se ve, de nuevo la gran paradoja -tristemente tan habitual entre nosotros- sigue en su apogeo: con un lenguaje de alabanza de aldea lo que se pretende es consolidar la ciudad (la corte) a expensas de aquella. 

Sergio del Molino es un autor que levanta polémica -sana y enriquecedora polémica, en mi opinión-porque se atreve a agitar cuestiones, ideas, personas o cosas tenidas por muy asentadas y admitidas por todos. Es el caso de, por ejemplo, el análisis que realiza sobre la popularísima frase del no menos popular 'viejo profesor' Enrique Tierno Galván, alcalde de Madrid, proferida en unas fiestas populares de la capital: "A colocarse, y el que no esté colocado, que se coloque y al loro" con la que venía a intentar ganarse a esa base social juvenil procedente de los pueblos que arribaba a Madrid. Si Tierno es un mito que Del Molino racionaliza también hace lo propio con asuntos más vidriosos de nuestra historia como es el Carlismo, movimiento que en el XIX representó la defensa del mundo rural con la exclusiva finalidad de conquistar el trono de la capital. Esta utilización del campo (paisaje y paisanaje) carlista desemboca al decir del escritor en esos nacionalismos que al socaire del Romanticismo y utilizando recursos establecidos por los carlistas (periódicos en las lenguas autóctonas, exaltación del folklore tradicional, etc.) crecerán en nuestro país ocultando -y aquí viene el lado molesto que muestra el autor- que durante la pasada Guerra Civil estos carlistas que están en la base del Nacionalismo vasco colaboraron con el dictador aportando nada menos que 40000 requetés que sirvieron para que los fascistas ganaran con rapidez el frente del Norte.

Estos y otros desvelamientos más realizados por Sergio del Molino en este ensayo están debida y profusamente documentados, lo que no quita para que desde luego sean opiniones muy personales de este madrileño radicado en Zaragoza, aragonés por origen familiar, y como cualquier opinión personal, muy discutibles. Que un ensayo incite al debate, a la discusión civilizada, siempre es deseable, y desde luego "La España vacía" incita a ello. 

Finalizo destacando algunas frases de entre las muchas que contiene la obra que me parecen especialmente reveladoras:
  • Mi trabajo es literario, y la mirada que lanzo a la España vacía es la propia de un escritor que la ha pisado, la ha conocido, la ha vivido, la ha amado y la ha leído. (p. 41)
  • La España vacía, vacía sin remedio, imposible ya de llenar, se ha vuelto presencia en la España urbana. (p. 249)
  • Hay una España vacía en la que vive un puñado de españoles, pero hay otra España vacía que vive en la mente y la memoria de millones de españoles. (p. 16)
  • A la España vacía le falta un relato en el que reconocerse. Las historias que la cuentan complacen a quienes no viven en ella y halagan dos clases de prejuicios: los de la España negra y los del beatus ille. (p. 87)
  • A la España vacía real no le han quedado más que dos caminos: negar y destruir su propia tradición o representarla en una función ininterrumpida al gusto de aquellos que abandonaron hace mucho sus casas y sus calles. (p. 221)
  • Desde Veruela, Bécquer diseñó la primera cartografía romántica de la España vacía. Con él empezó el mito. […] Con el tiempo, los habitantes de aquellos desiertos hicieron suyos esos relatos y empezaron a vivir conforme a ellos. El turismo lo propiciaba. […] desde el momento en que la España vacía asumió que no le quedaba nada más que pasado. Éste, por fuerza, tiene que ser real. Incluso el Quijote ha de serlo. (pp. 148, 151, 153)
  • La recreación consciente y sofisticada de la mitología de la España vacía. La construcción de identidades originales desde la ciudad con una mirada a los mitos heredados, que se reconstruyen y se reinventan con una libertad enorme. Es el estadio último de la descomposición de un país, una forma sutil y casi invisible de levantar una patria imaginaria. (p. 224) 

Sobre el autor

España desértica, España vacía, España vaciada
Sergio del Molino (Madrid, 1979) es escritor y periodista. Premio Ojo Crítico y Tigre Juan por La hora violeta (2013), una novela testimonial dura y muy emotiva que hace cosa de dos años leí y reseñé en este blog. Es autor también de otras novelas:  No habrá más enemigo (2012), Lo que a nadie le importa (2014) y La mirada de los peces (2017). El ensayo que he reseñado aquí, La España vacía (2016), fue un auténtico fenómeno editorial en nuestro país donde abrió un debate social, cultural y político inédito. Recibió el Premio de los Libreros de Madrid al Mejor Ensayo y el Premio Cálamo al Libro del Año, y fue reconocido como uno de los diez mejores libros de 2016 en España por la inmensa mayoría de la prensa. En 2013, El Cultural de El Mundo le escogió como uno de los narradores españoles menores de cuarenta años más relevantes. Actualmente colabora en diversos medios de comunicación, como El País, Cadena Ser, Onda Cero, Mercurio o Eñe.

 

2 dic 2020

"El disputado voto del señor Cayo" de Miguel Delibes.

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"A través de la cristalera, se divisaba la cinta gris topo de la carretera punteada de amarillo y, del otro lado, el emparrado de un merendero con mesas de madera carcomida por las lluvias y la intemperie. Más allá, corría el río, torrencial y cristalino, y, en la ribera opuesta, se iniciaba la ladera, muy pina, abrigada de robles con hoja nueva y coronada por abruptos tolmos, en torno a los cuales planeaban pausadamente los buitres. (pág. 44)

Mi propósito inicial era hacer un breve apunte sobre dos libros para formar un decimoquinto "A pares". Pero al hacer la de "El disputado voto del señor Cayo" de Miguel Delibes me di cuenta de que merecía una sola para él solo. Al final de esta entrada doy el título del libro que se quedó huérfano.


Con esta reseña quiero rendir, como lector, humilde homenaje personal al escritor vallisoletano Miguel Delibes que este año habría cumplido 100 años. En su centenario tenía que releer alguno de sus títulos, la mayoría de ellos leídos en su momento. Elegir cuál sin interrumpir la hoja de ruta lectora marcada durante los dos meses que quedaban hasta culminar 2020 no me era fácil. Quería uno breve que no hubiese sufrido mucho el peso del paso del tiempo. Quedaban fuera por lo tanto dada su extensión "El hereje", quizás su mejor novela; de las otras, recordaba con mucho aprecio, por haber constituido allá en mi lejana adolescencia mi entrada consciente en la lectura literaria, "La sombra del ciprés es alargada", "Diario de un cazador" o "La hoja roja"; por mi dedicación profesional tenía muy presentes en mí lecturas reiteradamente hechas y comentadas con los alumnos a quienes a lo largo de los años impartí clase de "Lengua y literatura españolas":  "El camino", "Las ratas", "El príncipe destronado", "Mi idolatrado hijo Sisí", y alguna otra. La verdad es que tenía el terreno de elección bastante acotado si eliminaba las citadas. ¿Cuál elegir, pues? Al final me decidí por "El disputado voto del señor Cayo", pensé que por su engarce con el mundo socio-político quizás no habría perdido actualidad.

Creo que acerté en la elección pues la novela de sólo 190 páginas, aparecida en 1978 antes de otra muy exitosa como "Los santos inocentes" y de ya una serie de libros de puro oficio que, salvando la estupenda de "El hereje", les siguieron podría cumplir a la perfección mi pretendida finalidad.

Estamos en la primera o en una de las primeras elecciones legislativas de la Democracia. Corre el año 1978 y en la sede de un partido progresista -no se dice cuál, pero por unas cosas u otras se viene a entender que es el PSOE- repasan el mapa de la provincia donde figuran señalados con chinchetas de colores los pueblos visitados y los que no. Es a alguno de los no visitados a donde Dani, el secretario provincial quiere que vayan siquiera a hacer acto de presencia algunos de los candidatos. Concretamente a tres de ellos van a ir Víctor, profesor universitario de unos 40 años, candidato cunero impuesto desde Madrid, y Laly, licenciada en matemáticas, algo menor que el anterior, y candidata en las listas simplemente por rellenar el número permitido dados los pocos voluntarios para hacerlo. Les llevará en su Seat 124 Rafa, militante de base de sólo 25 años.

Miguel Delibes no da puntada sin hilo y por la novela van desfilando todos los tópicos asociados a la izquierda y también y por ello sus propias contradicciones. Así cuando piensan qué coche y chófer llevarán los diputados se deciden precisamente por el 124 de Rafa para evitar malentendidos: 
"A Miguel ya sabéis que no hay quién le apee del ciento treinta y uno, una manía. ¿Os importa llevar el ciento veinticuatro?
—Mejor —dijo Laly—: El ciento treinta y uno queda como burgués
."
Los pueblos que visitarán son tres localidades que apenas si tienen habitantes, algo que ni ellos mismos conocen. Sus nombres son Cureña, Quintanabad y Martos. Son localidades ficticias que según se va leyendo quiere uno situarlas en el mapa.  Al llegar al primero de ellos, Cureña, encuentran a Cayo uno de los tres vecinos del municipio. Vive junto a su mujer sordomuda y no se habla con el otro vecino. Pocos y mal avenidos como se ve.

Gracias al señor Cayo sabrán que en los otros dos pueblos no vive ya nadie. La España vacía y vaciada nos la muestra Delibes en estas tres poblaciones. El drama de la emigración y del abandono del medio rural es denunciado así por Miguel Delibes:
—Diga usted, ¿no habrá por aquí un lugar donde reunir a los vecinos?
—¿Qué vecinos? —preguntó el hombre.
—Los del pueblo.
—¡Huy! —dijo el viejo sonriendo con represada malicia—: Para eso tendrían ustedes que llegarse a Bilbao.
Por diálogos como el anterior la provincia que en mi opinión más puntos tiene para ser el referente real donde sucede la historia es Burgos. No obstante esta cuestión es poco importante pues la denuncia del abandono y desertización de Castilla no queda circunscrita a una única zona sino a toda la Comunidad.

La tarde, pues, a estos tres buscadores de votos se les irá en agradable compañía y charleta con este hombre de más de 80 años que les enseñará el pueblo y les ilustrará acerca de sus ocupaciones con las abejas y la miel que realiza por puro entretenimiento, de manera que cuando el joven e impulsivo Rafa le suelta en plan mitinero que no hay derecho a que siga trabajando, Cayo le contesta que si se lo impidiesen él moriría. 

A lo largo de esa tarde sentirán que ellos tres desde la ciudad no les llevan la modernidad sino una cultura que viene a acabar de una vez por todas con la que mal que bien aún queda en esas zonas escondidas y aisladas de Castilla. Quien mejor lo entiende es Víctor que se maravilla ante la inmensa sabiduría de este castellano viejo. 
—No hay derecho —murmuró. Y recostó la nuca en el respaldo del asiento. 
—¿A qué no hay derecho, macho? 
—A esto —dijo Víctor, apuntando a los últimos edificios del pueblo—: A que hayamos dejado morir una cultura sin mover un dedo.
El choque de dos culturas
Quizás donde mejor se perciba la pobreza de una de estas culturas frente a la inmensa riqueza de la otra sea en el léxico, en el vocabulario, preciso y unívoco el utilizado por el señor Cayo y su mundo en vías de extinción versus la carencia por ignorancia de los términos adecuados para designar esa realidad por parte de los urbanitas.

El candidato y profesor universitario Víctor entra en conflicto consigo mismo tras el encuentro con el sr. Cayo que con una inmensa naturalidad les ha mostrado costumbres de las abejas que bordoneaban (hacían el sonido que las identifica) en la rama de un árbol; a éstas les ha preparado una colmena fabricada con sus propias manos y con la ayuda del humeón (fuelle que suelta humo) organiza su traslado de la una a la otra. Rafa y Laly muestran su sorpresa ante aves cuyos nombres ignoran; así les sucede con el picorrelincho que no es otro que como en la zona, les aclara Cayo, llaman al picocarpintero. En el paseo por el pueblo y su entorno el señor Cayo les nombra diferentes terrenos: tolmos (peñascos elevados), tozal (teso o colina); y les muestra labores campesinas como hacer queso y los objetos a ellas asociados como el entremijo (mesa de tablero con ranuras que se emplea para hacer el queso). Finalmente los lleva a su casa que no es más que un tabuco (aposento pequeño) donde hay muchos objetos como por ejemplo la bruza (cepillo de cerdas muy espesas y fuertes con  abrazadera de cuero al dorso para agarrarla  utilizada para limpiar caballerías) que Cayo utilizaría de joven para tener lustroso al animal de tiro del carro que conduciría por la cambera (camino de carros). Prestaba siempre el sr Cayo la debida atención al recial (corriente recia e impetuosa del agua de los ríos) especialmente cuando ocurría el ejarbe (aumento de agua que reciben los ríos a consecuencia de grandes lluvias). Del otro vecino dice Cayo que no se hablaba con él porque era muy testarrón (testarudo)

PSOE, PSP, UCD, PP, AP,
Frente a la exuberancia terminológica de Cayo, quienes han acudido allí a pedirle el voto ("No saben hacer una O con un canuto pero les jode que alguien trate de enseñarles algo.") se comunican entre ellos con una pobreza lingüística tremenda. La licenciada en matemáticas y candidata Laly es soez en su manera de hablar dirigiéndose a Rafa constantemente con el apelativo "cacho puto", y éste también constantemente minusvalora a los campesinos llamándolos catetos y calificándolos como auténticos zombies ("Son como muertos vivos, coño, ¿te das cuenta? —le dice Rafa a Víctor). 

Es Víctor el único que reconoce la valía de esta gente y es consciente de la barbaridad cometida con ellos por los supuestamente inteligentes: "nosotros, los listillos de la ciudad, hemos apeado a estos tíos del burro con el pretexto de que era un anacronismo y… y los hemos dejado a pie." El pensamiento de Miguel Delibes queda plenamente reflejado en algunas de las opiniones que Víctor al final de la reveladora jornada, y tras haber bebido alguna copa de más en la cena , le dice a Laly
"—¿De… de veras te parece más importante recitar Althusser que conocer las propiedades de la flor del saúco?".
"¿P… puedes decirme, Laly, por qué es más cultura nuestra cultura?"

En mi opinión esta es la intención perseguida con esta novela por su autor: Mostrar, quizás, una leve esperanza de recuperar el mundo rural castellano dejado de la mano de Dios desde hacía décadas. La Democracia, quizás, piensa Delibes, podría prestarle la atención que el medio merecía. Pero los dos jóvenes que acompañan a Víctor, único representante de la intelectualidad, no parecen dejarnos, por la actitud de ambos, abrigar muchas esperanzas.  En fin, era 1978 y todo podía aún ocurrir. Estamos hoy en 2020 y ahí está la España vacía y vaciada de la que hablan ahora muchos y buenos autores como Sergio del Molino, por citar un nombre importante. Estamos ahora más concienciados del problema que esto supone; como se ve llegamos 40 años tarde.

Esta novela corta es un prodigio lexicográfico. A los términos ya señalados cabría añadir otro montón que le nacen a Cayo con una fantástica naturalidad: 'almorrón' (lomo alto de tierra, acanalado en su parte superior, y que desde una noria, acequia, etc., conduce el agua hasta las regueras). Miguel Delibes es de Valladolid y eso se nota mucho en el vocabulario como se ve en este término y en otros como 'camella' (arcaísmo utilizado en el relato con el sentido de portillo que cierra o abre el paso del agua por la reguera) o incluso 'gárgol' (ranura en la que se encaja el canto de una pieza), palabra utilizada por el señor Cayo cuando les está hablando de la confección de la colmena de madera para las abejas. Y muchas más: 'chovas', 'dujos', 'hornilleras, 'costanillas'...

Es también, como he señalado, una denuncia explícita y muy plástica de la España vacía tal cual es y la vive Cayo: "Dentro de los edificios, bajo los dinteles sin puertas o tras los postigos desencuadernados, se veían arcones de nogal, viejos arados, ganchos, escañiles y yugos llenos de polvo y telarañas. De cuando en cuando, el señor Cayo se detenía para mostrarles alguna peculiaridad del pueblo o contarles anécdotas nimias, en cuyo relato ponía un énfasis desproporcionado"

Pueblos abandonados de Castilla, Miguel Delibes
Pero sobre todo es un canto al medio natural que el novelista abona con ese vocabulario preciso y pertinente que ya hoy pocos conocen: 
"Descendían por la trocha de uno en uno, entre ringleras de manzanos chamosos, el caserío arriba, en el cantil, y, abajo, en la hondonada, el río, las torrenteras rugientes, con un rumor sordo, y cambiante como el del mar. Ya en la orilla, el señor Cayo caminó a paso rápido por la sirga hasta alcanzar un restaño"
Y en el aspecto de la política -no podemos obviar que la anécdota del libro es la búsqueda del voto- Miguel Delibes presenta, en mi opinión, un panorama algo descorazonador: los Partidos son como empresas que sólo buscan ganar y para ello pegan sus carteles electorales sobre los de la competencia e incluso en algún momento son capaces de llegar hasta las manos. Sus militantes, salvo excepciones como Víctor, son algo incultos, procaces y malhablados como Laly (Laly dirigiéndose con cierto humor a Rafa: "Reúnes todos los vicios del pequeño burgués, las tres Pes, como dice Ayuso: Pereza, pito y paladar."), vagos  y pretenciosos (Rafa tiene 23 años y anda aún por 2º de Derecho). Además viven en un mundo irreal en el que ven  la realidad a través del Cine e incluso llegan a considerar a alguien de una opción u otra por aspectos ajenos a la política como, por ejemplo, la conducción de un modelo u otro de automóvil e incluso por sus gustos musicales:
—¿Crees de veras que cada opción política tiene su música? 
—Tampoco es eso —dijo Laly—, pero tú me dirás cómo casas el género chico con una alternativa progresista.
Lo que la relectura de esta novelita de Delibes me ha venido a mostrar es que su literatura sigue siendo más que adecuada para enseñar a escribir a quien sea y desee aprender. Véase, si no la descripción con la que abro esta reseña. ¿No os parece un más que pertinente ejemplo para mostrar a escolares y bachilleres?

Pero, me diréis, ¿hay algo en la novela que no te haya gustado? Pues sí, hay una cosa que creo que no hace mucho bien a los escritores que colocan sus novelas muy pegadas al tiempo real. Ello son las alusiones de nombres reales de políticos fugaces que en el momento de escritura quizás tuviesen relevancia pública ("Los de Fernández Cuesta eran"; "Ahora dicen que anda con Areilza", y así) pero pasados los años -42, nada más y nada menos- han quedado subsumidos y olvidados en el fango de la Historia.

Por último, sólo he visto en la novela un asunto que resulta anacrónico para un lector actual. Ese es la manera de relacionarse hombres y mujeres en el relato. Se percibe una falta de equidad en el trato entre ambos sexos; especialmente es perceptible tal cuestión en Rafa y Laly, siempre lanzando el primero pullitas machistas a la chica, y ésta defendiéndose del acoso verbal con una agresividad lingüística que resulta algo fuera de lugar. En defensa del escritor diré que para la generación a la que él pertenece hombres y mujeres pertenecían a esferas distintas; por eso no creo que haya machismo en Miguel Delibes, había machismo en la sociedad de 1978. La novela es una muestra de la realidad sociológica española de esos años.

Para finalizar
Pensaba unir esta reseña de "El disputado voto del señor Cayo" con "Coños", la primera publicación de Juan Manuel de Prada, y formar una entrega más de mi sección "A pares". No va a ser así porque creo que no maridan bien estos dos autores y menos aún estas dos publicaciones. Dejaré para otra ocasión a Juan Manuel de Prada y así homenajearé a Miguel Delibes como se merece. 
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Nota
Esta novela fue la que elegimos en la Tertulia "más que palabras..." para homenajear al escritor que fuera director de El Norte de Castilla. Por la fecha de publicación y la maestría del autor también la incluyo dentro de las lecturas de clásicos dentro de la IVª edición del  Reto 'Nos gustan los clásicos' en el que participo.



27 may 2020

Fernando Benzo: "Nunca fuimos héroes"

28 comentarios:
Gabo recuerda aquello que solía decir el Dandy. No son monstruos con cuernos y rabo. Son personas. También se acatarran y les hace reír una película tonta. El Dandy no lo decía para defenderlos. Todo lo contrario. No permitáis que eso os lleve a confusión, les advertía. Matan, secuestran, destruyen. Pero son personas.” (en cap. 14)

Fernando Benzo, Nunca fuimos héroes, editorial Planeta
A Fernando Benzo lo descubrí por casualidad hará poco más de un año en un programa radiofónico en el que hablaba de su novela "Las cenizas de la inocencia", novela que, a raíz de esto, leí y me agradó en extremo [hice reseña de la misma en mi blog]. Al finalizar tan grata lectura me puse a indagar sobre él y apunté algunos de sus títulos que busqué por Internet. Encontré y adquirí en Amazon uno de ellos, "Los náufragos de la Plaza Mayor", una distopía que presentaba un Madrid cuyos habitantes se habían volatilizado, y que también reseñé en este blog. Desde luego, en marzo del año pasado cuando la leí para nada pensaba que un Madrid desierto, sin nadie que discurriese por sus avenidas y calles se haría realidad justamente un año después. Tras leerla me desinflé un poquito pues en calidad "Los náufragos..." está muy por debajo de "Las cenizas..." y busqué lecturas de otros escritores.

Hace cosa de dos o tres meses empecé a ver reseñas positivas por los blogs literarios que frecuento de "Nunca fuimos héroes". Tomé nota del título y me propuse leerlo. Por fin llegó el momento y he de decir, así, sin más, nada más empezar, que me ha gustado, me ha entretenido, me ha ilustrado, me ha enseñado..., en definitiva, he disfrutado mucho con esta última novela de Fernando Benzo.

Gabo, comisario de policía retirado, recibe un día una llamada de su antiguo compañero Sixto Almada, ahora Comisario Jefe de la Comisaría a la que el expolicía es conducido tras haberle partido la cara a un ruso sobón que molestaba a su amiga Dolores. Sixto le avisa de que su fijación desde hace ya 30 años, un terrorista de ETA llamado Harri, ha sido detectado en Madrid. Dada la animadversión que desde siempre Gabo ha tenido a este individuo, Almada le insta a ocuparse de él vigilándole a fin de conocer las intenciones que alberga. Gabo es renuente a la petición arguyendo que él ya está retirado, pero Sixto, buen conocedor del comportamiento humano, deja a su alcance el dossier del antiguo etarra, sabedor de que Gabo no podrá resistir la tentación de cobrarse la deuda, viva desde hace décadas, que mantiene con él.

Gabo se hace el encontradizo con Harri en una sala de billares donde éste mata las horas muertas algunas tardes. Aunque al principio se ignoran mutuamente pronto estos dos solitarios comienzan a jugar partidas y a contarse sus vidas, inventadas o no. Dado que quienes habían detectado la presencia de Harri en Madrid habían sido los de estupefacientes una inspectora de esta Unidad de nombre Estela contacta con Gabo y le propone trabajar  juntos, a lo que el poco empático de Gabo en principio se negará aunque poco a poco y por necesidad, si es que quiere vigilar de verdad al exetarra, accederá.

En esencia esta es la línea argumental de la narración en la que se van intercalando los recuerdos de las épocas profesionales vividas por el comisario retirado desde el lejano tiempo en que un joven Gabo tras salir de la Academia de Policía de la calle Miguel Ángel de Madrid es destinado junto a su compañero Sixto Aldama al País Vasco donde la banda ETA se está haciendo notar con atentados, secuestros y extorsiones. Allí, en San Sebastián vive en un piso franco con otros compañeros que le marcarán profundamente y que siempre tendrá en su memoria: Cata, Javi y el Dandy. Cada uno de ellos con su personalidad, sus manías, sus orígenes a cuestas; particularidades que se manifiestan en sus gustos musicales, sus vicios, sus maneras, y que le sirven al autor para individualizar a cada uno de ellos.

El relato es contado por una tercera persona externa al mismo que lo hace de manera objetiva. En ocasiones este narrador da paso a una segunda persona generalizadora o impersonal que en su amplio campo significativo incluye también al propio personaje del que se está contando algo, en el ejemplo que pongo, Estela: "Era una mujer guapa que parecía empeñada en compensar cualquier posible atractivo con una férrea seriedad y una mirada fría con la que parecía estar advirtiendo de que estaba dispuesta a sacar la pistola y castrarte a la menor estupidez.” (en cap. 4). En general el estilo de escritura destaca por ser limpio, franco, claro, coloquial, fluido, directo… Un estilo caracterizado por la frase corta, a veces de una sola palabra. Una manera de comunicar que resulta muy agradable de leer y que alcanza altura 
Aquella noche hicieron el amor después de más de una semana compartiendo cama sin tocarse. Marina le pidió que lo hicieran sin pena. Y así lo hicieron. Como siempre. Con ansia, con dulzura, con hambre, con sabor a final, y con olor a para siempre. Y sin pena.” (en cap. 8)
Las vicisitudes del tiempo presente, que no se concreta con exactitud pero que sin lugar a dudas discurre en la segunda década de este siglo XXI, le hacen evocar al protagonista sucesos semejantes acaecidos en el pasado: los años de la Guerra Sucia contra ETA en el sur de Francia, las Conversaciones de Argel de 1989, la operación de Bidart en 1992, el secuestro y asesinato del concejal Miguel Angel Blanco en 1997... Estos avances y retrocesos rompiendo la línea temporal dotan al relato de una agilidad y una fluidez que atrapa al lector. 

ETA y la guerrilla colombiana, Drogas y ETA, Terrorismo y Narcotráfico
La relación guerrilla colombiana-ETA es evidente (Ag. EFE, 31/5/2019)
Es en cada una de estas evocaciones que sin caer nunca en lo prolijo Benzo hace entrar al relato en el terreno de lo histórico, de lo sucedido en verdad. Son evocaciones que para nada distraen del asunto ficticio principal, la investigación sobre Harri y sus extrañas conexiones en España con gerifaltes de la droga como Johnny 'el Argentino'Mario Claudio 'el Emperador', e islamistas como Youssef Dabdelkeir 'el Egipcio'. Esta ficción, la de la extraña ligazón entre un exetarra, unos traficantes de droga y el terrorismo yihadista es el núcleo fundamental de la novela. 

Ciertamente arriesgada operación en mi opinión es escribir sobre estos asuntos en España donde un brutal atentado islamista dio al traste con un más que cantado resultado electoral debido a la adscripción, equivocada o intencionada, a unos u otros autores. Este pensamiento constantemente me sobrevolaba durante la lectura pensando que el autor mostraría una definida inclinación por alguna de las tesis enfrentadas en ese momento y que incluso hoy reaparece en algunas ocasiones en el ambiente político. Pero no. Fernando Benzo conduce con mano diestra la narración y sabe evitar tan vidrioso asunto. ¿Cómo? Pues no lo voy a decir porque para eso está esta entretenida novela y el disfrute de descubrir lo que sucede según que se avanza en su lectura.

Salvado ese asunto tan próximo a nuestro momento sociopolítico actual, es en las opiniones que en la novela se vierten sobre los dos principales actores en liza durante esos terribles años de plomo -los terroristas de ETA y los funcionarios de la Policía del Estado-, donde se trasluce el pensamiento del escritor
  • Sobre la Guerra Sucia: “La sospecha perseguiría siempre a aquellos que se dedicaron a la lucha antiterrorista durante aquellos años. Costaba creer que aquello fuese un asunto encapsulado, al que se guiaban y se comían un grupo reducido de políticos y polis al margen de la organización policial.” (en cap. 10, al ser Gabo cuestionado por su participación o no en esas acciones)
  • Sobre la neutral visión del problema: “Nada podía justificar la furia colectiva de aquellas jaurías de jóvenes que dedicaban su tiempo libre a recorrer las calles destruyendo cuanto encontraban en su camino mientras reclamaban la vuelta a un mundo imaginario que consideraban que alguien en algún momento de la historia les había arrebatado.” (en cap. 2, al encontrarse el personaje en Donosti con una escena de kale borroka)
  • Sobre la distorsionada mente terrorista: “Estos tíos viven en una realidad paralela. Cuando mi nuevo amigo terrorista te habla de los problemas que ve en el País Vasco, te pinta un mundo imaginario en el que poco menos que tanques invasores patrullan las calles vigilando a una población cuya calidad de vida no es mucho mejor que en los antiguos guetos judíos, sometidos todos a unas fuerzas represoras del Estado que actúan con un ciego afán exterminador, sin miramientos jurídicos ni humanitarios.” (en cap. 11, comenta Santiso, uno de los interlocutores por parte del Estado en las conversaciones Argel)
Varios asuntos, además del general de la lucha contra ETA, se tocan en esta más que interesante novela. Quizás el principal sea el de la culpa, un sentimiento que acompaña a Gabo desde que vio morir en esa guerra a más de un compañero y sacrificarse a más de una compañera: Cata y Marina son el contrapunto a Estela en los modos de actuación y entrega a la causa, siendo las tres buenas profesionales policiales aunque en tiempos diferentes y con valores de entrega también muy distintos; justamente lo que va de la España de los primeros años 80 a la de hoy día. Muy unido al sentimiento de culpa esta el asunto de la lealtad: 
¿La lealtad? Una minucia como sentimiento, comparada con la culpa. Ese sí que es de los que marcan toda una vida. Uno puede llegar a librarse de la lealtad. Puede ignorarla, traicionarla, reemplazar una por otra, cambiar su objeto y su motivación. Pero la culpa no, la culpa es inamovible.” (en cap. 6)
El tema de los tiempos distintos, de lo que va del ayer al hoy, hace que tenga también mucho interés el asunto de los límites morales, éticos, políticos, en la lucha contraterrorista, más garantista hoy día que lo fuera en el pasado.

Mitos y leyendas vascas, Euskalerria, Olontzero
Julie Vicario-Weber (Cc)
Fuera de lo estrictamente político me ha interesado mucho en este relato las alusiones a la cultura vasca en un sentido claramente valorativo de la misma. Están referidas fundamentalmente al mundo rural como las leyendas sobre la bruja Tontorgorri, el toro rojo Zezengorri, la diosa Mari, el cura y cazador errante Mateo Txistu, el señor de la noche Gaueko, las ‘lamias' (sirenas),  los ‘jentilak' (primeros pobladores de la tierra vasca), el Olentzero:  el único gentil (jentilak) que quedó del exterminio que de ellos hicieron los cristianos. Otras veces lo que aparece son términos euskeras referidos al ámbito familiar y doméstico como 'aita' (padre), 'ama' (madre), 'amona' (abuela), ‘jatorra' (simpático), ‘ximelgorris' (diablos)... Y también, si bien en esta ocasión con un sentido muy crítico, aparecen términos que pretenden crear falsos ideales revolucionarios, un pensamiento mítico-político construido siempre en la constante idea del "ellos" y "nosotros" propia de los nacionalismos irredentos: son vocablos como ‘zutabes' (boletines que la banda distribuía entre los seguidores justificando la acción realizada); ‘talde' (grupo reducido de apoyo a un comando terrorista), ‘muga' (frontera), ‘mugalari' (colaborador de ETA que ayudaba a pasar clandestinamente la frontera), ‘gudari' (soldado vasco), ‘txacurra' (perro. Aplicado a los policías)...

Junto a las referencias a la cultura vasca en "Nunca fuimos héroes" Fernando Benzo deja muestras de su extensa cultura fundamentalmente referida al mundo de la Música y del Cine. Referido a la música he confeccionado una playlist con algunos de los temas que se citan. El mismo Fernando Benzo realizó en "Las cenizas de la inocencia" la playlist de canciones que en ella aparecen; no la he visto en esta ocasión y por ello me he permitido realizarla. Es ésta que coloco a continuación:



Respecto al Cine, otra de las aficiones confesadas del novelista madrileño, muchas imágenes o símiles utilizan a este arte o a alguno de sus personajes o intérpretes como elemento real de comparación. Así por ejemplo la conversación mantenida entre Gabo y el coronel de la Guardia Civil Varela sobre la droga y ETA además de muy interesante contiene en su decurso alusiones y referencias a películas muy conocidas (“El silencio de los corderos" al utilizar metafóricamente el nombre de Hanibal Lecter; “Psicosis” al nombrar a Norman Bates; “El exorcista" al evocar ese giro de cuello inolvidable; etc.). Otra muestra de este culturalismo cinematográfico puede observarse en los símiles que realiza entre la pareja de interrogadores policiales formada por el Dandy y el jefe Toni Pazos y parejas célebres del cinematógrafo (el Gordo y el Flaco,; Spencer Tracy y Katherine Hepburn; o Fred Astaire y Ginger Rogers)

Para finalizar
Pensaba, mientras leía con avidez esta novela, en lo mucho que, en cierto sentido, me recordaba a "Patria" de Fernando Aramburu [leer reseña aquí] por eso de haber convertido en materia de ficción a la banda ETA. Efectivamente ésta puede ser una clara semejanza entre ambas, si bien las diferencias son muchas, entre otras que mientras en Aramburu estamos dentro del propio pueblo vasco que vive la escisión entre etarras y no etarras, la novela de Benzo enfoca el conflicto desde la perspectiva de los policías destinados en el Norte. Se percibe aquí que la interrelación con los locales es pequeña, tan sólo algún ligue ocasional del Dandy o la visita del grupo de policías a algún bar a tomar copas y poco más. Por otra parte también podría considerarse la vida de Harri exiliado en Argelia, en Santo Domingo o en Colombia como la novelización de la vida de algunos etarras cuando acabó para ellos la acción directa, algo que en "Patria" no se aborda.

Evidentemente las diferencias referidas a estilo, intencionalidad, asuntos tocados, etc. son evidentes como corresponde a dos novelistas distintos en formación, en origen, en profesión..., o sea, prácticamente, diferentes en todo. A este respecto cabe señalar que al final de la propia ficción en una Nota del Autor, Fernando Benzo alude a haber estado destinado profesionalmente, durante algún tiempo ya lejano, en el Ministerio del Interior donde conoció de primera mano este tema así como a muchas personas que se enfrentaban directamente a él. Nombra a Pedro Gómez de la Serna con quien coincidió en dicho Ministerio y con quien años después, en 2001 concretamente, decidió "escribir un libro que recorrería las vicisitudes de la lucha policial contra el terrorismo desde los comienzos de la banda hasta aquel momento". Dicho libro no vio la luz por acuerdo de ambos dada la petición de confidencialidad de algunas personas. Con honestidad más que sobrada Fernando confiesa haber tomado algunos episodios policiales recogidos en ese libro nonato con el debido permiso del coautor.