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7 sept 2023

Islandia, 2004. Novela de Ezequías Blanco

12 comentarios:

«Ha caído en mis manos un libro titulado Sin noticias de Gurb con el que alguien pudiera establecer comparaciones y acusarme de plagio o intertextualidad, que esas cuestiones aquí tienen mucha importancia a causa de los derechos de autor y del exagerado individualismo de los artistas. Como si lo de caer en un sitio que no es el esperado y empezar un diario reseñando e interpretando la extrañeza que produce la novedad fuera exclusiva de alguien»


Hace unas semanas que leí Islandia 2004, la divertidísima novela de Ezequias Blanco. Se trata de una reedición que Huerga y Fierro, sus editores, presentan en una nueva y hermosa publicación. He disfrutado mucho leyéndola. Es divertida, crítica sin hacer sangre, popular, auténtica, muy bien escrita y viene acompañada, como es consustancial a su creador, de una enorme carga literaria y cultural. En fin, es una, por estilo y contenido, reconocible obra de Ezequias, getafense de adopción.

La anécdota que contiene es la pérdida, por algún defecto en la IA (Inteligencia Artificial) aplicada, del artefacto que debía de transportar al Gran Hermano orwelliano hasta la fría Islandia. En vez de ello ha recalado la nave en Getafe (Getafilandia) desde donde este personaje comienza a filmar y enviar a un joven transcriptor cintas de cuanto se presenta ante su ojo orwelliano. Y lo que se presenta es toda la sociedad y la vida social de esta ciudad de la CAM (Comunidad Autónoma de Madrid) a comienzos del siglo XXI. 

Es una novela divertida por demás. El tono surrealista lo envuelve todo Comienza el humor por ese personaje vestido de esquimal, ese GH cuyos conciudadanos quieren quitarse de encima por viejo y estar descacharrado; es por esto que deciden enviarlo en misión informativa a Islandia, de ahí su atuendo invernal: «sombrero castoreño, una bufanda muy tupida de lanas de caída de yak, unos guantes de Burgos, unos calzoncillos de felpa de pernera larga o pulgueros, una camisa de cuadros de merina australiana, un anorak de plumas de ganso [...]». Pero contra todo pronóstico el ser así trajeado cae en plena canícula en el poblachón manchego de Getafilandia. Y también contra todo pronóstico la máquina que en definitiva GH es suda por todos los poros que no debiera de tener, motivo por el que habrá de hacerse con otra vestimenta más adecuada al momento, paisaje y paisanaje local. 

El ojo que todo lo ve del GH graba de manera neutra e impersonal imágenes de todo cuanto en su recorrido por Getafilandia se va encontrando: la frutería de la Rosi, el salón de bailes Casablanca a donde ella, lesbiana, y la Encarni, madre separada, acuden a bailar y «a pillar la pava», sobre todo la primera; la sala de Bingo donde la suerte («dinero llama al dinero») cae sobre los hermanos Céspedes, marqueses de la Chorra Pelada; el dominguero partido de fútbol infantil en el que los padres chillan como posesos contra el equipo rival, quizás —¡venga Dios a verlo!— con inequívoco afán educativo; la desmadrada fiesta en casa de los Marqueses en la que hasta las mascotas se saltan todas las líneas rojas: «"Mariblanca [...] al menos echa tres polvos diarios con Héctor" "¿Qué dices?" "Lo que oyes" "Pero ¿es posible? ¿Un perro y una gata...?" "Sí, cari, un perro y una gata. Con mis propios ojos lo he visto y como podrás imaginar me quedé de piedra..." "Esta casa parece una orgía de animales"»; la farmacia del licenciado Cristóbal; el Centro de Mayores; la Librería El Chato; etc., etc.

En todos estos espacios los lugareños hablan, ríen, viven, se relacionan..., y el ojo que todo lo ve del GH va registrando en cintas de video sus gestos, sus figuras, sus palabras. Es luego otra máquina, el transcriptor, a la que GH envía las cintas, la encargada de poner en palabras lo allí grabado. Ambos seres, el caído por azar en Getafilandia y el transcriptor, aunque en principio tienen el propósito de no apostillar, de no opinar sobre lo que ven, sin embargo, según avanza el relato no pueden evitar implicarse en el mismo más y más. Ambos lo admiten y lo confiesan. El propio GH comunica: 
«Soy el Gran Hermano. Al principio escribí, que yo sólo apostillaría si lo considerara necesario y que prefería no tener que hacerlo, pero a estas alturas no me queda otro remedio, porque si no, me voy a comer las uñas que no me crecen»
Por su parte el propio transcriptor («un jovenzuelo con pinta de pajero compulsivo») que fue quien decidió desasirse del viejo GH enviándolo a Islandia no tiene más remedio que advertir que él que
«pretendía ser lo más objetivo posible en esta transcripción al dar cuenta de lo que sucedió en el jacuzzi entre Teresita, Diana y el Marqués, y en el jardín con los otros cuerpos sólo diré que a mí, que soy una máquina y estoy castrada se me elevó el pizarrín en tres ocasiones»

En total son diecinueve las cintas grabadas por este ojo, cada vez más humano y menos GH, tanto que en un momento dado del relato tomará una decisión importante que, naturalmente, no voy a revelar aquí. Sólo diré que la misma implica al propio libro que tenemos en nuestras manos. ¿Qué será? ¡A leer la novela tocan!, que diría aquel. El humor, presente de principio a fin, en definitiva lo que hace es reivindicar la vida, la vitalidad, la alegría de vivir.

El recorrido por Getafilandia que reflejan estas cintas y sus trascripciones es ciertamente muy costumbrista, y también muy Vélez de Guevara, quiero decir, muy al estilo de ese Diablo Cojuelo que levantaba los tejados de Madrid, otro poblachón manchego, para mostrarnos la vida viva de sus habitantes. Pero Islandia 2004 no es una mera postal costumbrista en la que vemos a personajes variopintos en su día a día. No, no es sólo eso. Ezequías en esta novela ironiza también de manera crítica sobre no pocos tipos de seres que existen en nuestra sociedad: he ahí a Hilario, el sindicalista, al que Encarni bailando en el Casablanca pregunta «"¿En qué trabajas?" "Soy sindicalista" "Ya se nota. Buena chupa llevas. Lo menos de noventa talegos"»; o a Luis Carlos, marqués de la Chorra Pelada, dedicado a sus placeres eróticos e intelectuales, el cual es vitoreado por todos los asistentes a su desmadrada fiesta cuando surrealísticamente en la misma es preguntado sobre cuestiones consideradas habitualmente de enjundia: la creación artística, la relación creador-obra creada y, por último, si la muerte del libro físico está próxima. Y este calavera —paradójicamente luego veremos que Luis Carlos es de lo más centrado de ese zoo humano que es Getafilandia— supera todas con nota; o al mismísimo Azrael Blanco, quien tras inventarse una frase que atribuye a Leopold Bloom —¡madre mía, cómo somos los profesores, qué capacidad de inventiva tenemos!—, afirma algo que, aunque su alter ego real, el novelista Ezequías Blanco, la ha escrito con tremenda ironía, yo creo que es realmente la finalidad perseguida por él en esta interesante y divertida novela. Dice Azrael que 
«intentará hacer de Getafilandia la síntesis material y espiritual del mundo del siglo XXI. [...] Si no la gran epopeya de la posmodernidad, sí al menos la epopeyita que se puede conseguir con estos personajes».
Y es que de personajes va esta narración. De personajes reales, de seres de carne y hueso, que se relacionan entre sí, en un espacio relativamente pequeño, la ciudad de Getafe, y que cada uno con su función (Pedro Castro, alcalde perenne; Gregorio Peces Barba, rector de la Universidad; Carmen García, directora del IES Puig Adam; el poeta Luis Alberto de Cuenca en la presentación de un victimista libro feminista de Enka, la marquesa; el obispo; el cronista local; el farmacéutico y poeta Cristóbal de la Manzanara; el sindicalista, poeta y abuelo precoz Matías Muñoz; los libreros Felipe Alarcón de El Chato, o el correspondiente de la librería Demos... Personajes reales éstos, que sirven de marco para las vicisitudes de los plenamente ficticios con los que se relacionan o acogen en sus espacios.

En cuanto a la escritura, hay que decir que es una gozada leer esta novela. En ella Ezequías plasma la viveza del lenguaje coloquial. Es fantástico y muy divertido observar cómo unos visitantes foráneos externos, el GH extraviado llegado aquí y su joven transcriptor aún en su remoto lugar, intentan comprender lo que se dice en una reunión de amigos «cuando coinciden todos a la vez y la conversación general pronto se desgrana en subgrupos de dos o de tres»:
«"¿Cual es la última palabra del diccionario?" [...] José Luis saca la PDA y apostilla "la última es zyjanera" "¿Y qué significa zyjanera?" "Se me han acabado las pilas y no me ha dado tiempo a leerlo" "Por cierto han salido al mercado unas pilas extraordinarias... ¡De cine...!" "El cine de ahora es una mierda. Nadie superará a Burt Lancaster..." "¿Encaste...?" "...Si se caían todos. Últimamente ni trapío ni casta..."»

Naturalmente no puedo pasar por alto que, aunque estamos ante una muestra del buen hacer en prosa de Ezequías Blanco, él es y se siente ante todo poeta. En un texto de naturaleza humorística como es Islandia 2004 el autor dedica unas cuantas páginas a la poesía. Concretamente presenta unos poemas humorísticos de tono escatológico que por asunto y variedad dentro del tema abordado (el pedo y sus variedades) bien podría haber firmado el mismísimo don Francisco de Quevedo.

Por último me parece un acierto, que da redondez a la novela, la analogía que se realiza entre el personaje del cuento de Collodi,  Pinocho, que, como se recordará, al final  es premiado con su transformación en ser humano y el Gran Hermano, cuya perfecta incorporación y asimilación de los valores y comportamientos getafeños le llevan a corporeizarse y transformarse en Hermi, el «jodío chino» que desde que lo vio por primera vez le decía Mateo, hermano de Juaniyo y de Angelito. La analogía se explicita en la contemplación de un cartel anunciando la edición crítica de Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi realizada por el profesor Azrael Blanco. Cualquiera que conozca la biobibliografía de Ezequías sabrá que precisamente el año en que Hermi, en ese momento como GH, aterrizó en Getafilandia vio la luz tal edición crítica.


Una nota final y una petición
Quiero añadir una nota final simplemente para señalar que el autor de la novela nombrada dentro de la cita que encabeza esta reseña es Eduardo Mendoza. Tal y como advierte el mismísimo Ezequías por boca del personaje protagonista pudiera ocurrir que en la cabeza de alguien se aposentase la equivocada idea de plagio. No cabe tal idea dado que, salvo en el tono humorístico, presente en ambas, y en la anécdota de alguien extraño a un lugar que comunica y/o comenta lo que ve por primera vez, en todo lo demás son narraciones absolutamente diferentes. Recojo de nuevo las palabras del escritor cuando dice que: 

Ezequías Blanco junto a  
Matías Muñoz en la caseta 
de Huerga y Fierro de la FIL
de Madrid 2023 en la que
ambos firmaron sus libros

«caer en un sitio que no es el esperado y empezar un diario reseñando e interpretando la extrañeza que produce la novedad fuera [no es] exclusiva de alguien [nadie]»

En cuanto a la petición, me gustaría solicitar a quien/es corresponda una merecida distinción para Ezequías Blanco, autor de esta novela. Ezequías Blanco, lo sabemos todos quienes tenemos o hemos tenido trato con él es hombre magnífico en todo lo que toca, ha tocado o pasado por sus manos. En esa ciudad de Getafe, protagonista principal ella misma de este relato, Ezequías ha sido profesor de Literatura en el IES Puig Adam y durante 30 años editor de la revista de poesía "Cuadernos del matemático". Actualmente sigue cultivando la poesía, la escritura de relatos y de novelas como esta magnífica Islandia 2004 en la que  realiza la epopeya (epopeyita, así, por humildad, dice él en la narración) de la ciudad de Getafe. Pero sobre todo, sobre todo, lo que es y más caracteriza a nuestro real y auténtico Azrael Blanco, nombre con el que aparece citado en su novela personificado en un reconocido poeta y profesor de instituto de la localidad, es ser derrochador de la amistad, del trato ameno, de la conversación elevada cuando toca y al nivel del interlocutor también cuando toca. O sea, autoridades de Getafe, ya estáis tardando en reconocer su inmensa labor por vuestra ciudad. Por ahora lleváis casi 20 años de demora, casi casi tantos como el nuevo Gran Hermano orwelliano cuando se perdió. Por favor, que no os ocurra a vosotros —mandatarios getafenses— algo parecido por pereza.

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Entradas en este blog sobre libros y actividades de Ezequías Blanco:


3 feb 2023

El desierto de los tártaros. Dino Buzzati

18 comentarios:

«No le asaltó la más mínima sospecha de que aquella noche era muy triste para él, de que en aquellos peldaños, en aquella hora concreta, terminaba su juventud. De que al día siguiente, sin ninguna razón especial, ya no volvería al viejo sistema, ni al otro día, ni más adelante, ni nunca»

Durante meses la busqué por librerías y bibliotecas. Eran tantos quienes hablaban bien de ella que me picaba muchísimo la curiosidad. Pero nada, no la encontraba por ninguna parte. Sin embargo estas Navidades entré en La Central de Callao (Madrid) y allí me estaba esperando. No lo dudé un instante y me la regalé en ese preciso instante. Los RRMM me la habían colocado delante para satisfacer mi deseo.


He leído con gusto este libro y he experimentado con él lo que hacía tiempo no me sucedía y que para mí, cuando me ocurre,  es marchamo de calidad y buena literatura: una vez iniciada la novela, su lectura me llamaba desde que por la mañana abría los ojos. Y eso sólo me había sucedido en mi juventud con Vargas Llosa, García Márquez y algún otro de los grandes. Pues Dino Buzzati y su El desierto de los tártaros ha despertado en mí sensaciones tan gratas como las experimentadas muchos años atrás.


El desierto de los tártaros
Sinopsis
(tomada de la contraportada de la edición de Alianza Editorial)

La historia del oficial Giovanni Drogo, destinado a una fortaleza fronteriza sobre la que pende una amenaza aplazada e inconcreta, pero obsesivamente presente, se halla cargada de resonancias que la conectan con algunos de los más hondos problemas de la existencia, como la seguridad como valor contrapuesto a la libertad, la progresiva resignación ante el estrechamiento de las posibilidades vitales de realización, o la frustración de las expectativas de hechos excepcionales que cambien el sentido de la existencia.

Presenta el autor italiano en esta novela publicada el año 1940 cuestiones trascendentales en la vida del ser humano: el inexorable paso del tiempo, la soledad, el envejecimiento, la impotencia del hombre ante el mundo que se le antoja (la fecha de escritura es 1939) incomprensible, las ilusiones vanas y pocas veces realizadas, la insensata búsqueda de un sentido trascendente y épico a la existencia sacrificando en su difícil consecución aspectos más normales de la vida como el amor a una mujer, los hijos, la vida familiar...

La acción se sitúa en un tiempo inconcreto, en un país también inconcreto. Hay serias expectativas de que la guerra estalle y da la sensación de que nadie puede hacer nada por evitarla; por eso el teniente Drogo es destinado a una fortaleza situada en una zona avanzada para controlar los posibles movimientos del enemigo cuando estos se produzcan. La ilusión entre los militares allí desplazados es máxima, si se desata el conflicto estos hombres podrán demostrar su valor y comportarse con heroísmo. Por eso se vigila con afán cualquier acción de los enemigos por mínima o de poco valor que esta sea. Pero así, en medio de la rutina impuesta por la vida militar pasan los días, los meses, los años («Cuatro meses habían bastado para enviscarlo en el monótono ritmo del servicio»). El teniente Drogo llegó a la Fortaleza con el decidido propósito de a los cuatro meses pedir una baja médica y volver a la ciudad donde la vida es más agradable y donde posiblemente le aguarde María, la hermana de su amigo Francesco Vescovi; sin embargo, llegado el momento y como ya los más antiguos en la fortificación le advirtieron, va posponiendo la decisión de abandonar el destino militar.  El tiempo, el hábito, la rutina, un «presente perpetuo e interminable». Un tiempo que parece inagotable, pero que huye inexorable. Tres días o siete meses parecían haber transcurrido ayer mismo. 
 «Pero Drogo no lo sabía, no sospechaba que la partida le habría costado trabajo ni que la vida de la Fortaleza se tragara los días unos detrás de otros, todos semejantes, con velocidad vertiginosa. Ayer y anteayer eran iguales, no habría ya sabido distinguirlos; un hecho de tres días antes o de veinte acababa pareciéndole igualmente lejano. Así se desarrollaba, sin saberlo él, la huida del tiempo.»
En esta imposibilidad de marchar, de abandonar el asfixiante baluarte militar hay mucho de kafkiano. ¿Por qué, nos preguntamos, el Capitán Ortiz, con quien se encuentra Drogo en las primeras páginas camino de la Fortaleza no ha abandonado el bastión? E igual que Ortiz, Prosdocimo, el sastre del Regimiento, o el sargento Trunk o el mismísimo Coronel. Todos ellos  creen que van a irse pronto de esta Fortaleza, pero en la espera del ataque del enemigo se les van pasando los años. Todas sus expectativas inmediatas, hasta que lleguen acontecimientos espectaculares, las reducen al cumplimiento a rajatabla del Reglamento. Esta es la razón de su existencia. Tan es así que incluso un compañero de nombre Lazzari morirá a manos de su amigo Martelli, el Moreno, simplemente porque en el ejército prima la condición de soldado sobre la de persona y si Lazzari desconoce o ha olvidado la contraseña, las ordenanzas dicen que hay que disparar contra él. Y Martelli así lo hace.

La historia de Drogo y la Fortaleza donde este teniente sirve la cuenta un narrador en tercera persona, que es objetivo y que va relatando aquello que va viendo, sabiendo, comprobando: «Un oficial -de espaldas no se puede ver quién es, pero podría ser Giovanni Drogo- camina aburrido, en la mañana de primavera, por los vastos lavaderos de la tropa, desiertos a esas horas.»

Esta primavera y los cuatro años transcurridos desde que Drogo llegara a la Fortaleza le deciden a por fin abandonar el destino y volver a la ciudad donde irá a ver al General para que le cambie de destino. La vuelta a la vida civil anterior le va a desilusionar: ya no encuentra en María la gracia y jovialidad de cuatro años atrás; un enorme desencanto se apropia de él cuando llega a la casa familiar; pero lo más fuerte es que el propio General del que depende su futuro le comunica la imposibilidad de su traslado dado que todos los posibles ya han sido cubiertos por sus propios compañeros que, marrulleros, se la han jugado escondiéndole los cambios que iba a haber en la Fortaleza. Drogo aprende en carne propia el  sentido real del tan elogiado compañerismo militar: cada uno se ha movido por su propio interés
«Drogo comprendió que había hecho el papel de un imbécil, comprendió que sus compañeros se la habían jugado, que el general debía de tener una impresión muy mediocre de él y que no había ya nada que hacer.»
Sólo queda ya, para poder sobrellevar este cruel destino, que suceda lo que todos llevan años esperando, que llegue, por fin, la confrontación con el enemigo. Pero cualquier movimiento avistado en forma de figuras negras y luces es considerado por la autoridad militar como intrascendente. Nadie piensa que vaya a pasar nada, incluso llega una ordenanza prohibiendo el uso de catalejos propios debiendo usar los muy arcaicos del ejército, proscribiendo así mismo difundir rumores sobre movimientos del enemigo. La orden en cuestión tardó el Estado Mayor dos años en transmitirla, algo que se antoja claramente kafkiano. ¿No será que pese a hablar continuamente de heroísmo, deseo de entrar en combate y demás, los militares tienen miedo?

La verdad es que esta novela toca aspectos muy profundos y trascendentales del ser humano. Junto al ya señalado del paso inexorable del tiempo, aparece la idea existencial, tan arraigada en los años 40 y 50 del siglo pasado, de 'el hombre, un ser abocado a la muerte'. Esta espera, este temor, impide al individuo disfrutar del momento, de la vida, del presente. Ser un ser para la muerte es idea que plasmó en 1938 Jean Paul Sartre en su obra La náusea y en 1942 Albert Camus en El extranjero. Con estas dos obras es evidente que El desierto de los tártaros tiene paralelismos muy evidentes. Las tres obras ahondan en la idea del existencialismo que en 1927 plasmara Martin Heidegger en su obra Ser y tiempo.

La novela tiene, junto a este evidente componente existencial y junto a la también clarísima influencia de Frank Kafka, mucho de surrealista. En ocasiones parece como que el joven Drogo o cualquiera de los compañeros que llevan en ese Puesto avanzado muchos años estuvieran inmersos en un universo onírico, en un mundo de sueños. En este sentido El desierto de los tártaros recuerda en cierta manera La montaña mágica de Thomas Mann. En ambos relatos el universo vital de Castorp y los otros enfermos de la novela de Mann es similar al de la Fortaleza donde pasan las horas, los días, las semanas, los meses y los años el regimiento en el el que sirve Drogo. Son Hans Castorp y Giovanni Drogo dos seres semejantes: los dos se debaten en las contradicciones 'muerte-vida' y 'enfermedad-salud'. En ambas novelas al final parece que la ocasión heroica -el enfrentamiento con el ejército enemigo- se presenta: en La montaña mágica en el alistamiento de Castorp en el ejército alemán para luchar contra Francia y en El desierto de los tártaros, de manera mucho más cruel, en una guerra anunciada e ignorada y esperada al mismo tiempo durante décadas. No viene al caso hablar más aquí de lo que sucede, basta con leer íntegramente esta hermosa y profunda novela de Dino Buzzati para enterarse.

Lo de novela profunda creo haberlo dejado claro a lo largo de esta reseña; en cuanto a la belleza que encierra, diré que, además de la derivada de la propia historia, ésta reposa en el lenguaje empleado, un lenguaje cargado de poeticidad
«Entre tanto el tiempo corría, su latido silencioso mide cada vez más precipitado la vida, no podemos parar ni un instante, ni siquiera para una ojeada hacia atrás. "¡Párate! ¡Párate!", quisiéramos gritar, pero comprendemos que es inútil. Todo huye, los hombres, las estaciones, las nubes; y de nada sirve agarrarse a las piedras, resistir en lo alto de un escollo; los dedos cansados se abren, los brazos se aflojan inertes, nos arrastra de nuevo el río, que parece lento, pero jamás se para.»
Si es hermosa la referencia a la huída del tiempo, no lo es menos cuando el autor se refiere a la soledad en la que en definitiva el ser humano vive 
«Drogo se dio cuenta de que los hombres por mucho que se quisieran, siempre permanecen alejados; si uno sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una minima parte; si uno sufre, no por eso los otros sufren daño, aunque el amor sea grande, y eso provoca la soledad en la vida.»
Y también sobre cómo el hombre no percibe que la vida, el tiempo, se le escapa, huye
«Así Drogo sube una vez más el valle de la Fortaleza y tiene quince años menos de vida. Por desgracia, no se siente cambiado en gran cosa, el tiempo ha huido tan velozmente que el ánimo no ha conseguido envejecer.»

La novela se cierra circularmente. Al inicio de ella un joven teniente Drogo se encuentra, camino de la Fortaleza, con el Capitán Ortiz que le cuenta un poco la vida en el Regimiento y le aconseja pedir un cambio de destino en cuanto pueda no vaya a ser que le suceda lo que a él. Y en uno de los capítulos finales el ya Capitán Drogo en uno de sus viajes a la Fortaleza desde el pueblo donde ha pasado unos días de permiso topa con un jovencísimo teniente Moro que, muy ilusionado, va camino del Regimiento donde ha sido destinado. Han pasado veinte años. 


Para finalizar
Novela existencial
He disfrutado mucho leyendo a Dino Buzzati (Belluno, 1906 - Milán, 1972), un periodista del Corriere della sera que pese al enorme nivel literario de sus novelas y relatos nunca se consideró escritor sino siempre un periodista que a veces escribía ficciones. Sin embargo El desierto de los tártaros es una novela impresionante que ya sólo por sí sola encumbra al autor y lo sitúa entre lo mejor del siglo pasado. Un clásico con todas las letras, un autor imprescindible de la literatura universal. 

Considero muy recomendable la lectura de esta novela. Ahora bien, aviso para navegantes: Abstenerse lectores que busquen enganches rápidos, giros inesperados, y que desdeñen la buena literatura expresada en hermosas descripciones físicas y de carácter. 

Para aquellos que se resistan a la buena literatura, pero deseen conocer los intríngulis de la historia de  El desierto de los tártaros, les diré que existe versión fílmica de la novela realizada el año 1976 por el director italiano Valerio Zurini. No la he visto, pero estoy casi seguro de que la novela le dará varias vueltas; pero no debe de ser mala: Filmaffinity le da un 6'5 sobre 10 de calificación.

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Nota
Incluyo esta novela en el Reto Nos gustan los clásicos y en el de Escritores de la A a la Z