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10 dic 2022

Las "Meditaciones" del emperador Marco Aurelio

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«Todo cuanto ves, muy pronto será destruido y los que han visto la destrucción dentro de muy poco serán también destruidos; y el que murió en la vejez extrema acabará igual que el que murió prematuramente».
«Habla, sea en el Senado, sea ante cualquiera, con elegancia y certeramente. Utiliza una terminología sana».
«Después de asignarte estos nombres: bueno, reservado, veraz, prudente, condescendiente, magnánimo, procura no cambiar nunca de nombre, y, si perdieras dichos nombres, emprende su búsqueda a toda prisa».
«No malgastes más tiempo argumentando acerca de lo que debe ser un buen hombre. Trata de ser uno».
«A los animales irracionales y, en general, a las cosas y a los objetos sometidos a los sentidos, que carecen de razón, tú, puesto que estás dotado de entendimiento, trátalos con magnanimidad y liberalidad; pero a los hombres, en tanto que dotados de razón, trátalos además sociablemente»»

Marco Aurelio, Estoicos, Estoicismo, ética, Roma
Desde que hace ya una pila de años -por los años 90 del siglo pasado- leyera la noticia de que en Estados Unidos estaba haciendo estragos el libro de Baltasar Gracián Oráculo manual y Arte de la prudencia, leído y consultado por mí en los ya lejanos años universitarios, tuve claro que debía de visitar o frecuentar las fuentes de las que bebió el jesuita aragonés. 

Aunque esta visita desde entonces siempre estuvo en mi ánimo, languidecía como tantos otros propósitos librescos que el tiempo va dejando arrumbados en el foso del olvido. Pero hete aquí que en la revista ICON del diario El País del pasado mes de septiembre leo un titular que hizo renacer en mí el desatendido propósito: 
«El libro español de proverbios del siglo XVII que recomienda el hombre más rico del mundo.
Elon Musk citó ‘El arte de la prudencia’ en Twitter, pero no es el primero en hacerlo. Los libros de Baltasar Gracián fueron un éxito en el Wall Street de los noventa y recomendados a candidatos a la presidencia
»
El tuit del magnate, hoy dueño de twiter, fue el aldabonazo que me hizo volver a buscar textos que en mi opinión hubieran servido a Baltasar Gracián de base, de modelo incluso, para sus aforismos. En estas estaba cuando en la visita que ese mismo mes de septiembre realicé a la Feria del Libro de Madrid ubicada como siempre en el parque del Retiro topé, en la caseta de la histórica librería La Felipa, con una edición austera, poco adornada, acorde el continente con su contenido, de las Meditaciones del emperador Marco Aurelio. La adquirí inmediatamente, pues, como digo, llevaba años con el propósito de hacerme con un ejemplar de las mismas. Y sí, en estas reflexiones imperiales, estaban, en espíritu y  también en cuerpo, muchos de los aforismos gracianescos que tantos elogios suscitaban desde hacia tiempo entre los candidatos presidenciales y los millonarios de Wall Street.


Meditaciones 
La edición de la editorial Edaf que adquirí y tengo en mis manos vio la luz este mismo año 2022. Es reedición de la que en 2007 apareciera con traducción, anotación e introducción de Jorge Cano Cuenca. Diré que la traducción me parece magnífica; también me lo parecen las notas a pie de página, por lo clarificadoras y explicativas que resultan; y desde luego la introducción que realiza Cano Cuenca dirigiéndose al tiempo al propio autor y a los lectores. Se dirige el traductor a Marco Aurelio por el hecho de que unas meditaciones no son otra cosa que unas reflexiones, un como diría Antonio Machado diálogo del hombre que siempre va conmigo. Así que, en el fondo, estas reflexiones (Meditaciones) distribuidas en trece libros (partes), cada una de las cuales contiene una media de 40 ó 45 sugerencias de comportamiento y actitud moral ante los embates de la existencia, apuntan al propio autor -de ahí que Cano Cuenca, en la edición de 2007, titulase el volumen simplemente con la expresión "A sí mismo"- y también, evidentemente, a los lectores del momento y los futuros.

No es un libro que exija una lectura lineal, sino que permite ir saltando, al albur, de reflexión en reflexión. En este sentido es igual que El arte de prudencia cuyos aforismos admiten una lectura aleatoria y no continuada. Con todo, la distribución del conjunto en libros se debe a que cada uno de ellos en cierto sentido se circunscribe a un campo: la fama, la naturaleza, el bien común, el agradecimiento a quienes nos antecedieron, la inexorabilidad de la muerte, la impiedad, etc. Pero en cada uno de ellos retornan como las mareas, mezclándose en ordenada confusión, los asuntos. Siempre prevalece la idea de que vivimos una existencia única; que no hay más vida que la que tenemos; que la muerte está ahí y alcanza a todos, por lo que hay que preocuparse de ella lo justo, pero no más; que debemos hacer lo posible por favorecer el bien común, evitando el egoísmo; que no podemos ir en contra de la Naturaleza, dentro de la cual todo está contenido para su sostenimiento, incluso el propio sufrimiento por culpa de la enfermedad; etc.

El pensamiento de Marco Aurelio forma parte de la filosofía estoica, y nace a partir del pensamiento de Séneca y otros estoicos menos conocidos. Lo que sucede con Marco Aurelio es que es un estoico que es emperador, algo poco o nada frecuente. Los estoicos huyen de la vanagloria mundana, del halago desmedido de los otros; eso siendo César era harto difícil, pues la adulación hacia el imperator estaba en boca de todos. Sin embargo Marco Aurelio en estas meditaciones se pone a la altura de los otros hombres, se identifica con ellos; por eso nunca habla de sus hazañas bélicas, sino que se fija en lo que le rodea a él y a todos: la naturaleza, el frío, la pereza, la presencia o ausencia de la fuerza interior para estar en el mundo, la contribución a la mejoría de la comunidad, etc.

Leyendo estas Meditaciones no he podido por menos que evocar el pensamiento cristiano. ¿Está el estoicismo en la base del cristianismo? Cierto es que ambas corrientes buscan la virtud, aunque sea una virtus diferente. Para Marco Aurelio alcanzar la virtud implica riesgo, ejercicio (askesis), buscando siempre una adecuada relación entre uno mismo y la vida; la virtud del estoicismo no es otra cosa que el arte de vivir. Frente a este concepto de virtud, el cristianismo pospone para la vida ultraterrena la meta a conseguir. También en el cristianismo hay askesis pero entendido como sacrificio en la vida terrena cuyo premio se obtendrá en la que exista después de la muerte. Es una diferencia muy sustancial. Marco Aurelio postula no preocuparse de la muerte y ocuparse sólo de la vida, pues tras esta no hay nada; en el cristianismo la muerte es central al ser la puerta de acceso a la -en su pensamiento- la verdadera vida.

Estoicismo, Marco Aurelio, Meditaciones,

Pero hay muchas coincidencias en el día a día entre estoicos y cristianos. Una de ellas y no menor es la de la reflexión o meditación, que los cristianos denominan oración. Leyendo a Marco Aurelio, digo, me veía transformado en uno de estos sacerdotes cristianos que con el breviario en sus manos reflexionan sobre el sentido de la vida y de los oficios religiosos que de forma resumida aparecen compendiados en el libro así llamado. Los postulados cristianos ya están contenidos en el estoicismo: hacer el bien al otro, no ser egoísta, no enfadarse por cualquier nadería, no ensoberbecer («no te cesarices», se decía a sí mismo y a quien le leyera el mismísimo César)...; en definitiva, lo que en estas Meditaciones presenta el emperador muerto en Viena (Vindobona) el año 180 d.C.  es una ética, una manera de enfrentar la vida, un modo de vivir. Es una ética que coloca al hombre en el centro de todo, que lo distingue claramente de otras especies naturales pero que insiste en que con éstas ha de haber relación cordial, que se aparta de la crueldad ilegítima, que busca la paz y concordia entre pueblos. Y al colocar al individuo, a la persona, en el centro de todo, construye una auténtica filosofía en torno a él. En cierto sentido podría decirse que Marco Aurelio dio a la posteridad un libro de autoayuda, al mostrar a quien lo leyera cómo se podía ser feliz en una existencia de la que todos conocemos su aciago final.

De los cientos de reflexiones que contiene este libro -todas ellas reseñables por su profundidad y largo alcance- sólo a guisa de ejemplo, voy a colocar algunas aquí:
  • «Arroja todo fuera, quédate sólo con estas pocas cosas; acuérdate también de que cada uno vive sólo el presente, este punto; el resto ya ha sido vivido o es dudosoDesde luego el Quevedo de «Ayer se fue, mañana no ha llegado / hoy se está yendo sin parar un punto» puede fácilmente haber bebido aquí.
  • «No actúes contra tu voluntad, ni al margen de lo común, ni sin examen, ni a contracorriente; que la afectación no engalane tu pensamiento; no seas charlatán ni te pierdas en muchas tareas». Creo que a muchos que se ocupan de la res publica les vendría de perlas leer ésta y otras reflexiones de alguien que conocía bien el oficio de ocuparse de lo público.
  • «Ni sentirse disgustado, ni abatido, ni desanimado, si tus actos no siempre ligan con los principios rectos, sino, tras la frustración, retomarlo otra vez y estar contento si tus actos son más humanos y amas aquello a lo que encaminas». Buena propuesta para chicos y grandes que aceptan mal la frustración.
  • «Todo lo que ves se destruirá muy pronto, y los que asistan a esa destrucción en breve pasarán por ella. El que muera muy viejo se encontrará en el mismo punto que el que lo haga muy joven». Sí, claro, querido Marco, pero no es lo mismo más que menos, ¿no te parece? Je, je.
  • «Aceptar sin arrogancia; dejar ir con soltura». Aquí sí que veo el pensamiento y estilo literario de Baltasar Gracián.
  • «"Lo regio es obrar bien y que hablen mal de uno" (Antístenes)». El cínico Antístenes acertaba al recoger en su pensamiento una acción muy frecuente en la plaza pública. Marco Aurelio, con esta cita, así se lo reconoce.


Nota:
Este libro participa en el Reto Escritores de la A a la Z que organiza el blog Lecturápolis. Con él relleno la letra A. También entra a formar parte de los libros clásicos dentro del Reto Nos gustan los clásicos que organiza el blog Un lector indiscreto.





20 abr 2021

John Williams. El hijo de César

18 comentarios:

«Octavio César ha traído paz a esta tierra: los romanos no han vuelto a combatir entre sí desde Actium. Ha traído prosperidad al campo y a la ciudad: ni siquiera los más pobres carecen de alimento en la ciudad, y los habitantes de las provincias prosperan merced a la beneficencia de Roma y de Octavio César. Ha traído la libertad al pueblo: el esclavo ya no tiene que temer la crueldad arbitraria de su señor, ni el pobre la venalidad del rico, ni el orador responsable las consecuencias de sus palabras.»

Conocí la literatura de John Edward Williams a través de "Stoner", la novela que publicó en 1961 y que en 2010 la editorial tinerfeña Baile del Sol publicó por vez primera en España. Tras esa edición vendrían las realizadas en otros países europeos comenzando con Francia que la puso en las librerías en 2011. Desde ese momento la figura del escritor norteamericano fallecido en Arkansas en 1994 a la edad de 71 años empezó a ser reconocida en todo el mundo. "Stoner" me encantó cuando la leí en 2014 y ahora al releer la reseña que por entonces hice de la novela en el blog creo que me puse algo gallito con el autor [mi opinión sobre "Stoner" aquí].

El escritor
En esa ya lejana reseña de 2014 algo decía sobre la vida del escritor, cosas como que participó en la IIª guerra mundial, que fue profesor en la universidad de Misuri y luego en la de Denver donde dirigió el programa de escritura creativa de esa institución hasta su jubilación en 1986; pero de su obra literaria apenas dije nada. Aprovecho, pues, ahora para completar la información sobre su vida y Obra creativa. John Williams, nacido en Clarksville (Texas) en 1922, dejó la facultad tras un primer año de suspensos y trabajó en periódicos y emisoras locales durante meses hasta alistarse en el ejército en 1942. Fue enviado a India y allí empezó a elaborar su primera novela, Nothing But the Night que se publicó en 1948 y un año después se atrevió con un poemario, The Broken Landscape: Poems.  

Su segunda novela, Butcher’s Crossing, llegó más de una década después, en 1960, aunque el verdadero éxito le llegaría con sus dos últimas obras: Stoner (1965) y la que con sumo agrado acabo de leer, Augustus (1972) que en España se comercializa, no sé por qué razón, con el título de El hijo de César. Esta última novela le hizo conseguir el National Book Award en 1972. Su quinta novela iba a llevar por título el de The Sleep of Reason. Estaba trabajando en ella cuando la muerte lo sorprendió y se lo llevó como consecuencia de un fallo respiratorio. Corría el año 1994 y John Edward Williams estaba en el momento más alto de su carrera.

Mi comentario sobre "El hijo de César"
National Book Award, John Williams, Augustus, El hijo de César
Reencontrarme con la literatura de Williams ha sido muy satisfactorio. La novela me ha gustado muchísimo. Me parece una novela histórica excelente y al tiempo muy distinta, por lo bien hecha que está, de lo que uno encuentra habitualmente en el género. Cuando leo histórica la sensación de falsedad o de impostura suele muchas veces asaltarme: los anacronismos están a la orden del día, muchas veces de manera muy burda. Con esta lectura no me ha sucedido tal cosa en absoluto. En "El hijo de César" todo es natural, todo discurre como debe de ser o como al menos uno imagina que en la época relatada las cosas debían de ser. ¿Cómo lo logra el autor? Pues sencillamente (es una manera de hablar porque es una sencillez que surge tras mucho trabajo y superación de la dificultad) empleando una estructura comunicativa acorde a la que en ese siglo de Augusto se empleaba: la epistolar. Todo el libro está construido a base de cartas que se envían unos personajes a otros en las que cuentan sus propias experiencias o comentan lo vivido por otro o lo observado por el remitente sobre lo dicho o hecho por aquél o aquélla. A veces la comunicación es con uno mismo, o sea, quien escribe lo hace para sí mismo como sucede en fragmentos tomados de supuestos diarios de algún personaje. Lo importante y el logro alcanzado es que este puzle comunicativo provoca un enjambre de perspectivas diferentes sobre unos mismos hechos que así se van completando en la mente del lector. Es magnífico observar cómo a lo dicho por algún personaje se añade por boca de otro un matiz importante que provoca un cambio significativo en la percepción de quien está leyendo la novela.

Esta serie de cartas no son correlativas en el tiempo sino que se suceden en una alternancia temporal que va del momento actual vivido por los protagonistas a bastantes años después: el mismo hecho que conocemos en un momento inmediato a haberse producido es recordado y revivido por unos personajes que ya no son jóvenes en otras cartas, diarios o memorias relativos a sus hechos de juventud. Lo que sí es interesante y hace que la lectura de esta novela resulte sencilla y muy agradable para cualquier lector es que aunque las cartas se fechan en momentos diversos sin embargo sirven para construir un relato lineal que al fin y al cabo es la novela que estamos leyendo: la vida del hijo de César.

La novela presenta la figura de Augusto, sucesor de Julio Cesar, iniciador del Imperio que sucedió a la época de la República. Augusto logró poner fin a las Guerras Civiles que de continuo asolaban Roma, impulsó reformas legislativas de calado que sentarían las bases de nuestro Occidente actual, embelleció e higienizó la capital, y fue permisivo con los dioses de otras religiones; quizás, por esto el Cristianismo pudo mal que bien empezar a ser aceptado aunque como todos sabemos no sería hasta Constantino que el Imperio se hiciera cristiano.

La relación familiar es grande e intensa entre todos los personajes que aparecen en la novela. Comienza el relato con una carta de Julio César a Antia, madre de Cayo Octavio, para que lo envíe a Grecia a estudiar a fin de que el joven al que había adoptado no se ablandase por la molicie de vida que predominaba en Roma. Estando allá, en Apolonia (Grecia), con sus amigos Mecenas, Saldiviano Rufo y Marco Agripa les llega la noticia de la muerte de César y de que en el testamento ha legado el Imperio a su hijo adoptivo, Cayo Octavio. Octavio y sus tres amigos deciden ser prudentes y moverse con prevención pues saben que hay muchas familias y personajes ilustres en Roma (Cicerón, Marco Antonio, la familia Claudia, los Graco, etc....) partidarios del antiguo régimen que primaba a unas cuantas familias poderosas sobre el resto. Octavio, si bien no era pobre, no procedía de una estirpe de mucha raigambre en el país. Luchará y hará política logrando realizar un triunvirato con Marco Antonio y Lépido y así comenzar a dominar en una parte del Imperio con el nombre ya adoptado de Cayo Octavio César Augusto.

Imperio Romano, Cayo Octavio César Augusto
Definitivamente Octavio se hará con todo el poder del imperio cuando en Actium derrote a Marco Antonio. Habrá paz en Roma, habrá prosperidad, pero también conciliábulos para intentar derrocarle que él irá desmontando con la ayuda de sus amigos Agripa y Mecenas -a Rufo hubo de castigarle por no haber sido claro en su alineación- y con la política de matrimonios desarrollada en su propia casa y en la de otros, en especial con la persona de su hija Julia -mi pequeña Roma, la llamaba- a la que casó con éste o aquél para así lograr acuerdos que consolidasen la unidad de Roma y fortaleciesen su figura como emperador.

Además del asunto y la manera de presentarlo por muchas otras razones me ha gustado esta novela. Una de las principales es que he conocido aspectos sobre el mundo antiguo que ignoraba por completo. Por ejemplo no sabía (perdón, perdón, pero así es) que el gran Marco Tulio Cicerón, el hostigador de Catilina, era partidario de la República y, aunque contribuyó o al menos no se opuso al asesinato de Julio César, Marco Antonio no le perdonaría un libelo en su contra por lo que pasado un tiempo sería decapitado y expuesta su cabeza y manos al público. Aunque Octavio lo admiraba intelectualmente no pudo oponerse a su sacrificio, exigido por Marco Antonio en las negociaciones que entablaron para constituir el Triunvirato. Tampoco sabía que la gran extensión del Imperio Romano conllevaba una administración bastante diferenciada entre unas zonas y otras. He entendido así mucho mejor la razón por la que el Imperio  pervivió en Oriente más tiempo que en Occidente; en la novela el mero hecho de que Oriente lo controlase Marco Antonio, Occidente, Augusto, y África, Lépido, sirve para entender la muy distinta política que se seguía en unos u otros lugares. Pero especialmente he disfrutado muchísimo viendo cómo César Augusto Octavio se preocupó por modernizar, culturizar y embellecer Roma. La embelleció realizando templos, colocando esculturas, haciendo baños públicos (la sanidad era un aspecto que le preocupaba especialmente); la culturizó abriendo bibliotecas y favoreciendo las reuniones de intelectuales y los debates; y la modernizó proponiendo un corpus legislativo de muchísimo alcance que en gran medida ha llegado hasta nuestros días. En el relato leído ocupan lugar destacable  las leyes que sobre el matrimonio dictó el emperador. Esas leyes las utilizó a conveniencia para solventar problemas políticos. En fin, como se ve, en época de los romanos los gobernantes aplicaban las leyes o las ignoraban según fuesen sus necesidades políticas y personales. No ha cambiado tanto la cosa, ¿no os parece?

John Williams es un enamorado de la literatura. En "Stoner" la literatura medieval inglesa ocupaba un importante lugar dentro del relato, como no podía ser de otra manera tratándose de la historia de un profesor de literatura inglesa prerrenacentista. De igual manera en "El hijo de César" la literatura y los autores del momento en que sucede la narración tienen una función principal en la novela ocupando las figuras principales un lugar central en la misma. Algunas de estas figuras estelares de la literatura y filosofía romanas que aparecen son entre otros: Mecenas, Horacio, Cicerón, Terencio, Ovidio, el geógrafo Estrabón, el mismísimo Julio César que al inicio del relato está aún con vida, el historiador Tito Livio a quien Mecenas escribe con profusión contestando las preguntas que el joven historiador hace al ya anciano compañero y amigo de Cayo Julio César Octavio Augusto, un maduro Séneca solicita 40 años después de la muerte de César a Filipo, el joven médico que lo asistió en sus últimos momentos noticia sobre cómo murió el emperador... Pero sin duda alguna Publio Virgilio Marón es la estrella principal de esta pléyade. Virgilio,  admiradísimo por Augusto, es autor de poemas como las Bucólicas, las Geórgicas y sobre todo es el creador de la Eneida, epopeya sobre los orígenes de Roma. Virgilio a la hora de su muerte pidió a Octavio que la destruyese al considerarla una obra imperfecta, acción que afortunadamente el emperador no realizó.

La literatura ocupa como digo lugar preeminente en la novela. Y junto a ella la filosofía, esencialmente la estoica de la que Octavio era seguidor como discípulo y admirador que era de Cicerón que fue quien la adaptó al estilo de vida romano. También se percibe en las actitudes de algunos personajes la influencia del epicureísmo de Lucrecio y/o del escepticismo de los romanos seguidores de la escuela del griego Pirrón. Lo mejor de todo esto es lo magníficamente bien que el novelista incardina estos movimientos en los distintos caracteres de los personajes que así ganan en verosimilitud y redondez. 

La religión también es asunto importante en la narración. Marcha como es lógico de la mano de la filosofía y el escepticismo de Octavio se percibe al considerarla el emperador como una manera de dominar al pueblo gran seguidor de los distintos cultos a los dioses más diversos. Claramente el hijo de César era poco creyente aunque sí muy respetuoso con todas las creencias. En carta a Nicolás de Damasco le dice lo siguiente al respecto:
«Si alenté al pueblo a rendir culto a estos antiguos dioses romanos, lo hice por necesidad más que por una convicción religiosa de que esas fuerzas residan realmente en sus supuestas entidades... Quizás tuvieras razón después de todo, querido Nicolás: quizás solo existe un dios. Pero, si eso es cierto, te equivocaste en el nombre. Se llama azar, su sacerdote es el hombre, y al final la única víctima de ese sacerdote es el mismo hombre, su pobre ser dividido»

Hasta aquí sólo he hablado de personajes masculinos. Podría parecer por ello que las mujeres no tuvieran relevancia en la novela. No es así. Las mujeres son muy importantes por varios motivos: uno ya lo he señalado al hablar de la política matrimonial practicada por Octavio quien se casaba y divorciaba por oportunismo político principalmente. En una de sus cartas a Tito Livio, Mecenas cuenta al historiador latino el papel personal que él tuvo en los sucesivos matrimonios de Octavio. Muchos se consumaron por pura política. De uno de ellos, el que hizo con Escribonia, la hermana menor del suegro del pirata Sexto Pompeyo, dice que lo mejor que Augusto obtuvo de ella, de la que se divorció nada más tener una hija, fue precisamente eso, su hija Julia. En la misma semana de este divorcio se casó con Livia, quien al decir de Marco Antonio ya iba encinta de su anterior marido, Claudio Nerón. También otro importante matrimonio fue el de Antonio con la hermana mayor de Octavio, Octavia. De esta mujer dijo Mecenas que si a él le hubieran gustado las mujeres habría sido una buena esposa. 

Julia Octavio, Marco Agripa, Tiberio, Augusto
Las mujeres cumplían la función de dar herederos al marido o maridos. Julia, la hija de Octavio, enviudó por segunda vez a los 27 años de edad y en ese momento ya tenía cuatro hijos y estaba embarazada del quinto. Se casaría por tercera vez por razones políticas a petición de su padre con Tiberio, el hijo que Livia había tenido con Claudio Nerón, al que Julia odiaba profundamente, pero Roma (los deseos del emperador) estaba siempre por encima de los sentimientos personales. Quizás por ello la promiscuidad y la liberalidad absolutas serían su comportamiento durante este último matrimonio. El epicureísmo, el disfrute y la búsqueda del placer no estaban mal vistos en Roma pero si conllevaba por medio el adulterio era motivo de penalización; sólo las prostitutas estaban eximidas de esto pero también tenían vedado el matrimonio. El Libro II -la novela se estructura en tres Libros- acaba  con el descubrimiento por parte de Augusto de una conspiración que se estaba urdiendo en su contra. Forman parte de esta conspiración varios amantes de Julia (Julio Antonio, Sempronio Graco, Quintín Crispini y otros). Para salvar a Julia de la muerte al haber participado junto a Julio Antonio en la conjuración le aplica sus leyes sobre el matrimonio y la acusa de infidelidad y prostitución desterrándola de por vida a Pandateria. 

El hijo de César es excelente ejemplo de la funcionalidad de la novela histórica frente a la que cumplen los tratados de Historia. Son estos últimos, al fin y a la postre, muchas veces un mero catálogo de batallas, guerras, nombres de reyes y poderosos, quedando los verdaderos hacedores de la historia oscurecidos por la magnificencia de los triunfos y festejos promovidos en honor de los generales y dirigentes de los ejércitos victoriosos. John Edward Williams introduce en esta novela junto a los nombres señeros ya citados a protagonistas anónimos ahondando así en la verdadera realidad vivida por el pueblo que hurtan los historiadores pero no los novelistas. Ejemplo de ello es al final del Libro I la figura de un tal Horacio Flaco, tribuno en el ejército de Bruto, que huye en la batalla por miedo y no saber por qué combatía. El es hijo de un liberto y no sabe qué hará si vuelve a estar en combate. Este personaje popular es ejemplo de lo que auténticamente vivían dentro de sí los miembros de esas voluminosas legiones romanas que asolaban el mundo. Otro personaje interesante en este terreno de seres intrahistóricos es el de Hirtia, la hija de la nodriza que de niño amamantó a Octavio, quien próxima ya su muerte es conducida por su hijo a ver Roma y topa casualmente con el César al que reconoce y llama Tavio, su nombre de niño. El diálogo entre ambos es manifestación de los sentimientos auténticos que jamás encuentran espacio en los libros de Historia y sí en las novelas históricas. Augusto a raíz de este encuentro el mismo día que él se disponía a condenar a su hija Julia reflexiona que «por mor de Roma y mi posición de autoridad tenía que condenar a mi ropia hija, y se me ocurrió pensar que si Hirtia hubiera tenido el poder de elegir, habría sacrificado a Roma y salvado la vida de su hija»

La reflexión anterior le sirve al personaje central de la novela a razonar sobre los distintos tipos de amor. Igual que sobre el amor, en la novela se reflexiona sobre el poder, el deseo, la muerte, el sentimiento de pena, la esclavitud del matrimonio, etc., etc. Un sinfín de asuntos son los que magistralmente se tocan en esta muy buena novela. La cita siguiente sobre el poder, extraída del diario que Julia está escribiendo en su exilio de la isla de Pandateria, me parece un buen ejemplo sobre cómo cada persona siente de manera distinta:

«el poder es vano, dicen los filósofos; pero ellos no saben lo que es el poder, de igual modo que un eunuco no sabe lo que es una mujer, lo cual le permite contemplar la imposible. Jamás en mi vida pude comprender como mi padre no era capaz de sentir ese goce del poder que para mí constituía el motivo de mi existencia y gracias al cual fue feliz con Marco Agripa.» 

Final
Tanto me ha gustado esta novela que he buscado un libro de Plutarco que recordaba tenía por casa sin leer desde hace muchos años. Se trata de "Alejandro y César", dentro de la serie Vidas Paralelas que el escritor latino del siglo I d.C. escribió.  Quiero conocer más sobre este personaje y esta época. Al tiempo la figura de Alejandro Magno con quien se compara a César siempre me ha atraído siendo una de las más populares en el imaginario colectivo. La mismísima Cleopatra, última reina de Egipto de la dinastía ptolemaica que se inauguró con Ptolomeo, general del Gran Alejandro a quien éste concedió esa zona del norte de África.

Nota.
Al haber sido publicada originalmente esta novela el año 1972, incluyo la misma dentro de la lista de clásicos leídos dentro de la Vª edición del Reto "Nos gustan los clásicos" promovido por Francisco del blog Un lector indiscreto.

12 mar 2020

El infinito en un junco. Irene Vallejo, Premio Ojo Crítico de Narrativa 2019

23 comentarios:
Mi tía Marina falleció a los 91 años. La recuerdo diez o quince años antes de dejarnos, cuando en la calle veía niños corriendo o jugando, comentar para sus adentros pero en voz alta: "El mundo no se acaba". Exactamente esta idea, 'el mundo no se acaba' o 'la vida sigue', es la que mientras leía este ensayo narrativo de Irene Vallejo Moreu constantemente me asaltaba.


Es más, pienso que no sólo no se acaba, como en ocasiones con cierta impertinencia quienes vamos peinando canas queremos creer por eso de que después de nosotros el caos, sino que hay mucha vida después como demuestran escritores como Irene Vallejo que se mueve como pez en el agua en la difusión, promoción y divulgación de la cultura clásica. 

Yo, modestamente, me considero amante de los libros. En todos los sentidos me gustan. Me gustan por lo que dicen; me gustan, claro es, por cómo lo dicen; me gustan por su forma externa; me gustan sus portadas, sus lomos, sus guardas al agua o no; me gustan por sus títulos; me gustan... en definitiva... por todo. También me gusta verlos colocados en estudiado desorden en los expositores de las librerías o apilados en descuidado desorden, esta vez sí, en las librerías de lance. Acudir a las bibliotecas y buscar por las estanterías en los tejuelos fijados en sus lomos la signatura del volumen ansiado es actividad que frecuento. Tampoco me pierdo las ferias, fiestas y celebraciones que en torno al mismo se realizan. Desde muy temprana edad el Día del Libro, que se celebra todos los años el 23 de abril, cuando los libreros sacan sus expositores a las calles, me ha gustado. Ese día raro es el año que no adquiero algunos ejemplares aprovechando los descuentos promocionales que se realizan; además en ocasiones el gremio de libreros edita algún ejemplar sobre la lectura o regalan algún libro a los compradores. Recuerdo -¡y conservo!- con cariño difícil de explicar "¿Cómo leer un libro?" de Dolores Rico Oliver con ilustraciones del genial Antonio Mingote que hace cerca de cuarenta años regalaron a los compradores. Mi atracción por los libros me lleva a no perderme cuantas casetas librescas crecen como setas en Muestras dedicadas al libro sea antiguo, de ocasión o de todos los tiempos. Me encanta husmear por ellas, hojear algunos, voltearlos para ver sus contraportadas, examinar el índice o cotillear en las biografías de los autores...

Por lo dicho hasta aquí creo que a nadie extrañará que el libro de esta zaragozana me haya encantado. Explicaré un poquito por qué. En primerísimo lugar está la sencillez comunicativa con la que Irene Vallejo se maneja. Utiliza una exposición clara, diáfana, directa, sin alambiques; pero ello no quita para que en no pocas ocasiones utilice figuras expresivas que insuflan belleza a un texto que, en principio, podría resultar aburrido, abstruso o sólo del gusto de los muy especialistas en el mundo antiguo. Afortunadamente, y de ahí el enorme éxito popular del libro, nada de esto ocurre en "El infinito en un junco" que en manos de la autora se codea en ocasiones con la alta literatura. Hay metáforas bellísimas que llegan muy adentro: "Los primeros relatos de tu vida entraron por las caracolas de tus orejas; tus ojos aún no sabían escuchar", leemos en un momento; y en otro lugar citando a la poeta rusa Anna Ajmátova la prosa de la ensayista no va a la zaga de los versos de la poetisa:
"Un día, al enfrentarse en el espejo con su aspecto demacrado y los surcos que el sufrimiento estaba abriendo en su cara, ella recordó la imagen de las antiguas tablillas mesopotámicas. Y escribió un verso triste e inolvidable: «Ahora sé cómo traza el dolor rudas páginas cuneiformes en las mejillas»."
Fundamental en el aprecio sentido por la obra ha sido para mí el placer que proporciona viajar por Egipto, Grecia o Roma hasta hoy mismo a bordo de la prosa de Irene. La comprensión del mundo antiguo mostrado se evidencia a través de la naturalidad con que en el ensayo se equipara, por ejemplo, a un bardo del siglo VII aC con un escritor posmoderno dada la forma que tienen ambos de entender su obra como versión, nostalgia, traducción y constante reciclaje del pasado, o la evocación producida en mi cabeza del tema de los Doors, 'Riders on the storm', cuando en pirueta magnífica la escritora imagina a la anónima persona -un hombre, sin duda, dados los parámetros de la época- que ideó los signos del alfabeto:
"Él vivió en el siglo VIII a. C., hace veintinueve siglos. Cambió mi mundo" [...] "Con seguridad fue amigo de curtidos mercaderes fenicios de rostro bronceado. Seguramente bebió con ellos en las tabernas de los puertos, de noche, aspirando el olor del salitre en el aire mezclado con el humo que subía de un platillo de sepia sobre la mesa, mientras escuchaba historias de mar. Barcos cabalgando en la tormentas, olas como cordilleras, naufragios, costas extrañas, misteriosas voces de mujer en la noche."
Después de leer fragmentos como el citado anteriormente no puede extrañar que, pese a estar ante un ensayo sobre la historia de los libros desde su primera aparición hasta nuestros días, el programa cultural radiofónico de RNE el Ojo Crítico le haya concedido el Premio Ojo Crítico de Narrativa 2019. Naturalmente que es oportuna la concesión porque hay mucho de narración en la obra que reflexiona en hermosa metáfora sobre juncos [los papiros egipcios se fabricaban con juncos que crecían en el delta del Nilo] capaces de albergar el infinito en ellos. Realiza la autora una hibridación entre géneros construyendo un ensayo que se mueve en la frontera entre la pura exposición personal, aguda y original sobre el asunto y la construcción de un relato que le sirve para ahormar la inmensidad de materiales que con soltura, gracia y conocimiento maneja.

 Ese sinfín de sabiduría la vierte Irene Vallejo en su ensayo de manera estudiada, avanzando y retrocediendo en el tiempo desde el lejano pasado hasta hoy mismo pero también efectuando paralelismos al estilo de los autores clásicos entre el tratamiento dado a unos mismos asuntos en Grecia y en Roma, o entre la manera de trabajar en la biblioteca de Alejandría y en la de Pérgamo, o la actitud tenida ante el objeto libro por los romanos paganos y los cristianos perseguidos por sus creencias, etc. Todo, como ya he dicho, comparándolo las más de las veces con actitudes actuales, con objetos usuales entre nosotros, con argumentos presentes en prestigiosas obras literarias de los últimos siglos ("El lector" de Bernhard Schlink, la novela negra de Ruth Rendell "Un juicio de piedra", la novela del escritor nigeriano Chinua Achebe "Me alegraría de otra muerte", "El país de las últimas cosas" y "La invención de la soledad" de Paul Auster, "Finnegan’s Wake" de Joyce, "Mientras agonizo" de Faulkner,... y tantos y tantos otros).

Es así mismo evidente que la autora de "El infinito en un junco" además de ser experta en literatura de todas las épocas es amante del Cine, género artístico que bebe en grandes creaciones literarias. Leyendo este ensayo son abundantes los títulos de películas ("Taxi Driver" y "Gangs of New York" de Martin Scorsese, "¡Qué bello es vivir!" de Frank Capra, "Matar a un ruiseñor" de Robert Mulligan, "84, Charing Cross Road" -"La carta final" en España- de David Hugh, "La mujer de al lado" de François Truffaut,.. y tantas y tantas otras más).

Cuando la escritora trata de hacernos ver cómo la tradición clásica presente en los libros clásicos llega hasta las manifestaciones artísticas más novedosas no duda en afirmar que Cada nueva forma de expresión —la publicidad, el manga, el rap, los vídeojuegos— los adopta y los realoja.[…] de manera que continúan subiendo a los escenarios de los teatros mundiales, son adaptados al lenguaje del cine y emitidos por televisión. Y es que afirma
"Desde Grecia y Roma no dejamos de reciclar nuestros signos, nuestras ideas, nuestras revoluciones. Los tres filósofos de la sospecha -Nietzsche en la metafísica, Freud en la ética y Marx en la política- partieron del estudio de los antiguos para realizar el giro a la modernidad. Incluso la creación más innovadora contiene, entre otras cosas, fragmentos y despojos de ideas anteriores."
Para mí, aparte del magnífico recorrido que junto a Irene Vallejo realizamos por las bibliotecas de Alejandría, de Pérgamo, de Roma, la obra es más que interesante por el enorme número de anécdotas que contiene referidas a multitud de vicisitudes vividas por autores de muchos de los libros que nombra (Homero, Platón, Aristóteles, Erastótenes, Calímaco, Plauto, Julio César, Cicerón, Aristófanes, Tucídides, el poeta bilbilitano Marcial, Safo de Lesbos, Eurípides, Esquilo, el cordobés Séneca, etc., etc.). El listado de escritores es larguísimo. Baste con estos nombres. Sólo decir que la gracia con que se cuentan y la oportunidad de su inserción en el relato son elementos fundamentales para lograr el placer que la lectura de este ensayo produce. No pocas veces durante la lectura la sonrisa se dibujaba en mi rostro. No cabe otra respuesta anímica cuando se lee que En el siglo I, el humorista Marcial se quejaba: -"Mis páginas sólo gustan gratis", o cuando leemos que en un claro guiño al lector -al público, en su caso- Plauto dice: "Un griego escribió esto, y Plauto lo barbarizó". Desde luego qué inmensa actualidad tiene esta frase, qué cerca nos sentimos del comediógrafo desde el hoy del corta y pega.

Alberto Manguel, Umberto Eco, Jorge Carrión, "Una historia de la lectura", El nombre de la rosa", "Librerías"
El libro que acabo de leer pertenece, como ya he dicho, a esa saga de libros que hablan de libros. En ese hilo hay que situar a "El infinito en un junco". La misma Irene cita y declara su gratitud a obras importantísimas en este campo como "Una historia de la lectura" del argentino-canadiense Alberto Manguel publicada por vez primera en inglés en 1996, traducida al español por José Luis López Muñoz en 1998, y que yo leí con enorme gusto allá por 2003 ó 2004. Constantemente durante la lectura de "El infinito en un junco" recordaba esta estupenda obra de Manguel. También, especialmente, en los capítulos de la IIª parte dedicados a Roma, al hablar del número de bibliotecas que había en la ciudad la autora cita el impresionante libro del español Jorge Carrión titulado "Librerías" [en su momento hice reseña del mismo en este blog] que como ya le está ocurriendo al de Irene Vallejo tuvo -y sigue teniendo- una difusión enorme habiendo sido traducido a la mayoría de lenguas de nuestro entorno
"En su imprescindible ensayo —y ruta de viajes bibliófilos—, Jorge Carrión escribe que el diálogo entre las colecciones privadas y las colecciones públicas, entre la librería y la biblioteca, es tan viejo como la civilización; pero la balanza histórica siempre se inclina por la segunda
En otro momento, también de esta IIª parte titulada "Los caminos de Roma", en concreto cuando la autora se lamenta de la persecución inmisericorde que el objeto libro ha sufrido a manos de dictadores, censores, revolucionarios obtusos o lerdos inquisidores, vuelve al escritor catalán para señalar una de tantas paradojas que han acompañado a la cultura a lo largo de todos los tiempos:
"Como escribe Jorge Carrión, quienes diseñaron los mayores sistemas de control, represión y ejecución del mundo contemporáneo, quienes demostraron ser los más eficientes censores de libros, eran también estudiosos de la cultura, escritores, grandes lectores."
Por último en este sentirse formando parte de un tipo de obras determinado, de un subgénero ensayístico concreto, el de los libros que hablan de libros, me parecen muy relevantes las referencias constantes a otro gran bibliófilo, amante de la vida secreta de los libros. Me refiero a Umberto Eco citado en especial por "El nombre de la rosa", novela histórica culturalista que publicó en 1980, en la que homenajea a los libros, las bibliotecas que los contienen, los estudiosos de los mismos y los enigmas y conocimientos escondidos en éstos. Pero además de por esta espectacular novela también Umberto Eco es citado por su reelaboración para el mundo actual del concepto mito que él como semiólogo estudió y analizó. Respecto al objeto libro y las constantes premoniciones agoreras sobre su inexorable desaparición Irene Vallejo concluye de acuerdo con el semiólogo italiano que el libro
"Como dice Umberto Eco, pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados, no se puede hacer nada mejor."

Para finalizar
Con inmensa satisfacción asistí a la presentación por su autora de "El infinito en un junco" el pasado día 25 de febrero en la librería Rafael Alberti de Madrid. Acompañaron a la escritora en una sala abarrotada la periodista Eva Cruz, la editora de Siruela Ofelia Grande, y la dinamizadora cultural Lola Larumbe al frente de la Librería Rafael Alberti desde al menos hace 39 años.

Por Ofelia Grande, la editora, supimos que el libro va ya por la novena edición, que además del Premio Ojo Crítico de Narrativa 2019 hacía poco que había logrado el Premio Las Librerías Recomiendan de No Ficción 2020. Fue ella quien, en mi opinión, clavó lo que en definitiva esta obra es cuando textualmente dijo que lo fundamental es que "Es un libro bonito". Parece una tontería, pero para mí no es tal. Verdaderamente este ensayo se lee con gusto no por lo mucho de novedoso que aporta que forzosamente en el campo que indaga no puede ser mucho y tampoco, quizá, por esas estupendas similitudes que establece entre el lejano pasado de los griegos arcaicos con el posmoderno cine de, por ejemplo, Quentin Tarantino, sino especialmente por lo bonito que Irene Vallejo cuenta las cosas por escrito.

Lola Larumbe, Eva Cruz, "El infinito en un junco"
La periodista Eva Cruz centró las preguntas que hizo a la escritora en tres aspectos presentes en la obra: la oralidad, la creación del alfabeto y la de una muy personal experiencia vivida por la autora en su paso por la escuela. A los tres respondió Irene con una voz que enamora a quien la escucha y que contribuye no poco al éxito alcanzado por este peculiar ensayo.

Verdaderamente tras escuchar hablar a la autora, pude concluir leyendo la obra que ella, la aragonesa nacida en 1979, estaba en cuerpo y alma en el texto que tenía en mis manos, que no había simulación ni impostación alguna, sino sinceridad y dulzura naturales emanando de cada palabra, línea, párrafo, capítulo... de su libro. Y cuando se escribe con esta sinceridad, con esta sencillez, con esta naturalidad, es evidente que se logra transmitir y que la comunicación con el lector es total. Logra Irene Vallejo hacernos cómplices de cuanto dice y por eso que a este ensayo le den un premio de Narrativa no extrañará a nadie que se acerque a él.

No puedo abandonar esta reseña en la que es difícil abarcar obra tan cargada de elementos e informaciones sin agradecer a la autora, quien por edad bien podría haber sido alumna mía en su paso por la Enseñanza Secundaria, los agradecimientos que ella a su vez realiza a un nutrido número de profesores de instituto.
Todos esos profesores de instituto que son sembradores de entusiasmo, en particular Chus Picot, Ana Buñola, Paz Hernández, David Mayor, Berta Amella, Laura Lahoz, Fernando Escanero, José Antonio Escrig, Marcos Guillén, Amaia Zubilaga, Eva Ibáñez, Cristóbal Barea, Irene Ramos, Pilar Gómez, Mercedes Ortiz, Félix Gay y José Antonio Laín.
Este sentido homenaje al profesorado de Medias en el que me siento solidariamente incluido, la autora lo realiza por los ánimos e ideas que estos profesionales amigos suyos -¡seguro!- le habrán hecho respecto al libro, pero también imagino que aunque no aparezca su nombre entre los de la cita con ella homenajea en silencio a Pilar Iranzo a la que en la primera parte del ensayo cita por su nombre tras haber dicho
"para mí, el griego empezó con voz de mujer —la voz de mi profesora de instituto—"