«Un relato de hechos que no excluye la conjetura, ni siquiera la elaboración literaria de los personajes, pero trata de ceñirse a lo que la historiografía ha averiguado de sus acciones y su carácter, a lo que de ellos está documentado —a menudo, en sus propias palabras—, sin renunciar a trasladar al lector la complejidad, en algún caso prolija, de lo que se ventiló en Castilla —y sobre Castilla, y contra ella— en los dos años que transcurrieron entre la primavera de 1520 y la de 1522.» (pág. 240)
Busca luego los enterramientos de los líderes del movimiento. Los de Bravo en Segovia y Maldonado en Salamanca está documentado que se realizaron en sus respectivas ciudades; el de Padilla sin embargo no se encuentra en Toledo al haber quedado la ciudad imperial, rebelde, en manos de su esposa María Pacheco quien se negó durante unos breves meses a entregarla a los imperiales. Buscando, pues, el posible emplazamiento de los restos del comunero toledano el escritor llega un «mediodía de febrero de 2021 ante los restos del monasterio jerónimo de la Mejorada, cerca de Olmedo, en Valladolid. Aquí, bajo jurisdicción y custodia real y a cargo de los monjes jerónimos, María Pacheco y el prior de San Juan, en nombre de los virreyes, acordaron en octubre de 1521 que descansarían los restos de Juan de Padilla en espera de ir a Toledo.». Hoy, lo que fuera el Monasterio de Santa María de la Mejorada, próximo a Olmedo en la provincia de Valladolid, es una Bodega de excelentes caldos extraídos de los viñedos de la zona. El edificio fue realizado por Rafael Moneo quien lo restauró e integró con la fábrica moderna que exige una bodega en la actualidad los restos arquitectónicos del derruido monasterio.«Antes de venir hasta aquí he estado haciendo la ruta de sus correrías y las de sus enemigos. He ido desde Medina de Rioseco hasta Tordesillas, por Castromonte y Torrelobatón, y desde Torrelobatón hasta Villalar, pasando por Vega de Valdetronco, donde Padilla quiso dar al adversario la batalla que sus soldados, por indisciplina o porque no le oyeron, prefirieron eludir para caer más adelante como moscas bajo las lanzas imperiales.»
Lo anterior viene un poco a resaltar una de las características del carácter castellano: el descuido por lo propio, nuestra secular incuria. Lorenzo Silva vuelve este defecto -grave defecto en mi opinión- del revés y lo convierte en hecho diferencial:
Antes de concluir con esta afirmación, Silva relaciona el movimiento de libertad de las Comunidades con la creación de la propia Castilla. Esta, según se desprende del Poema de Fernán González, se desgajó del Reino de León que la tenía asfixiada. También el Poema de Mio Cid, -buen caballero si oviera buen señor-, muestra una acción heroica de alguien que en ejercicio de su propia libertad engrandecerá al rey a pesar de lo mal que éste lo ha tratado. Abundan estas dos obras en la idea de que es la Libertad -así con mayúscula- y la lucha contra la injusticia lo que alberga el alma de los castellanos. Un alma que encuentra su más alta plasmación en el idioma que usaban quienes conquistaron un Nuevo Mundo y que hoy hablan más de 500 millones de personas. Es este idioma en el que escribió Cervantes El Quijote, obra donde el ilustre alcalaíno señaló en negro sobre blanco el inmenso valor que tiene la libertad, «ese don con el que "no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre" y por el que "se puede y debe aventurar la vida", mientras que el cautiverio es "el mayor mal que puede venir a los hombres"».«Este proverbial descuido, esta indiferencia hacia sí mismos y sus símbolos tan característica de los castellanos, que ninguna otra nación se permitiría y que a muchas llegaría a escandalizar, tiene un reverso saludable y liberador. Vive el castellano exonerado de la pesadez y la prosopopeya del homenaje a los emblemas y los figurones patrios. Se puede ser castellano sin necesidad de andarlo proclamando con aire solemne ni de ponerse en pie con la mano en el pecho cuando suena un himno, sin sentir siquiera la necesidad de rendirle pleitesía a una heroína nacional antes que a un ficticio niño hechicero.»
Una lengua que, paradójicamente, es hoy la de aquellos países que en ejercicio del carácter que hasta esas nuevas tierras llevaron los castellanos decidieron continuar la aventura por su cuenta sin abandonar el idioma en el que hicieron sus proclamas y siguieron creando sus escritos. Habla especialmente con cariño el autor del tagalo José Rizal, amante de la cultura legada por España, en especial su lengua, en la que escribió no pocas cosas y con la que luchó para que la metrópoli fuese receptiva a las peticiones de las Islas Filipinas: «El país no piensa separarse de la madre patria, no pide más que un poco de libertad, de justicia y de amor; aún espera, cree y sólo se levantará cuando haya perdido la paciencia», decía quien a su pesar fue convertido en mártir de la independencia filipina al ser fusilado de espaldas por traidor a la patria por las tropas que comandaba el General español Camilo García de Polavieja.
Como cierre de la reseña quisiera poner en valor lo bien que Lorenzo Silva narra los acontecimientos históricos y presenta a los diversos protagonistas de los mismos. Aparecen éstos muy bien retratados acercándonoslos a nuestra actualidad. Los Laso de la Vega y su choque con los Girón es vívido, la genealogía de los Maldonado salmantinos y de los Bravo segovianos me ha parecido interesante por demás, los distintos nobles de uno y otro lado (el Almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez; el condestable de Castilla, don Íñigo Fernández de Velasco; el padre de Maria Pacheco, don Iñigo López de Mendoza; el regente holandés, Cardenal Adriano, que luego se vería elevado al papado como Adriano VI; la reina Juana; etc.) aparecen bien caracterizados y se hacen reconocibles para nuestra sensibilidad actual.
Final


