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8 nov 2024

"El gran teatro del mundo" de Calderón de la Barca

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«En la representación / igualmente satisface / el que bien al pobre hace / con afecto, alma y acción / como el que hace al rey, y son / iguales este y aquel / en acabando el papel. / Haz tú bien el tuyo y piensa / que para la recompensa / yo te igualaré con él. / No porque pena te sobre, / siendo pobre, es en mi ley / mejor papel el del rey / si hace bien el suyo el pobre; / uno y otro de mí cobre / todo el salario después / que haya merecido, pues / con cualquier papel se gana, / que toda la vida humana / representaciones es. / Y la comedia acabada / ha de cenar a mi lado / el que haya representado, / sin haber errado en nada, / su parte más acertada; / allí igualaré a los dos.» (personaje de El Autor)

Tenía muy buen recuerdo de cuando allá en mi lejana juventud vi una representación en mi ciudad natal de El gran teatro del mundo. Todos estos años he guardado en mi interior la profundidad filosófica, existencial, político-social, y, naturalmente, también teológica que Pedro Calderón de la Barca encerró en este auto sacramental. 

¡Ah!, exclamaréis algunos, ¡un Auto Sacramental! Vamos, un coñazo. Y no, os tengo que decir que no, que no es un peñazo, que es teatro en grado puro. A cualquiera de vosotros que agrade el arte de Talía conocer mejor a Calderón es esencial. Fijaos que fue un gran renovador del Teatro: introdujo la música, partes cantadas (es el creador de la zarzuela), efectos de magia sorpresivos, dio un papel esencial a la escenografía... Todo esto referido a aspectos propios del montaje y de la puesta en escena. Pero no quedó aquí su contribución, sino que en la órbita de las grandes celebraciones teológicas que se celebraban durante la festividad del Corpus Christi puso en pie como nadie ideas y conceptos difíciles de aprehender. Y lo hizo a través de figuras alegóricas. o sea, seres reconocibles: un Rey, un mendigo, un hombre rico, un labrador, una mujer bella... que le sirven para mostrar a través de ellos conceptos como la dominación, la pobreza, la riqueza, el duro trabajo, la hermosura... 

En El gran teatro del mundo nada más correrse el telón aparecen dos ideas primeras, constructoras de la representación a la que vamos a asistir: una es la del artífice máximo, la del creador, que en la obra se plasma en la figura del Autor, y la otra es la del Mundo, o sea, la propia existencia, en esta representación el Teatro. El actor Antonio Comas hace el papel de Autor-Dios y está sobresaliente en él. El Autor es afable, inmisericorde por momentos, pero clemente siempre. La actriz Carlota Gaviño representa al Mundo (el Teatro) y es quien reparte los papeles a cada uno de los siete actores. Estos papeles (la discreción, la riqueza, el poder, la pobreza, etc.) no son elegibles sino que es la vida la que nos los da. A nosotros sólo compete actuar con ellos en este Mundo, en este Teatro, de la mejor manera posible. El Autor no da indicación alguna de cómo llevarlo a efecto; cada ser humano haciendo uso de su albedrío lo ejecutará. Tan sólo hay un precepto que repite a cada uno de los actuantes un personaje llamado Ley de Gracia: «Obrar bien, que Dios es Dios»

Establecidos estos principios el Autor, o sea Dios, se retira del escenario del teatro, o sea del Mundo, para asistir como espectador desde un palco de la sala a la representación que harán sus criaturas. Cuando éstos demandan una indicación sobre qué hacer, cómo proceder, el Autor les remite a la Ley de Gracia que, contumaz, repite una y otra vez el precepto señalado. Según que cada una de las figuras habla y expone sus quebrantos y sus deseos, la Voz de Dios, en esta ocasión invisible, decide indicarle la salida de la representación. Unos la reciben antes y otros después, pero a todos llega y todos han de acatarla de manera inexorable. Casi todos aceptan la orden con resignación. Este comportamiento y lo hecho en vida les será tenido en cuenta por el Autor en el último instante del Auto. 

En la época en que Calderón de la Barca escribe El gran teatro del mundo (año 1671), diez años antes de su fallecimiento, estas obras teatrales tenían como finalidad la exaltación del sacramento de la Eucaristía. En la obra original el examen que hace el Creador a sus criaturas se realiza mediante la inclusión o no de las mismas en la Comunión con el Corpus Christi. Las diferencias existentes entre protestantes y católicos sobre qué se producía durante este sacramento es la justificación práctica del para qué de los Autos Sacramentales. Los católicos, de los que Calderón es parte destacada, hablan de verdadero cuerpo de Cristo (transubstanciación) , mientras que los protestantes hablan sólo de simbólico cuerpo de Cristo (consubstanciación). 

En la Obra dirigida por Lluis Homar esta Comunión se representa en forma de invitación a participar en la mesa donde Dios se encuentra. El Autor-Dios va llamando a unos y otros a participar en la celebración. Sólo el rico y el niño nonato quedan excluidos, si bien pronto el no nacido es invitado a acercarse a los elegidos.

Lo importante para los espectadores actuales de esta representación no es el mensaje místico, teológico, que Calderón quería darle, que también para quien así lo quiera, pues la CNTC es muy respetuosa con el mismo. Lo importante en mi opinión es la profundidad filosófica que se encierra en ella. Sin querer ser exagerado yo diría que don Pedro Calderón de la Barca se adelantó bastantes años a la filosofía existencialista. De hecho en la obra cuando el Mundo está repartiendo los papeles a los actores me vino a la mente Seis personajes en busca de autor de Luigi Pirandello y también la novela Niebla de Miguel de Unamuno. Personajes que desean vivir, nacer, y una vez nacidos no quieren ser juguete de su creador, se rebelan ante la idea de encontrar la muerte por el capricho del escritor.

Una obra profunda, con muchos matices, que en apariencia parece simple por eso de que en la Vida sólo hay dos puertas: el nacimiento, por la que se entra; y la de la muerte, por la que se sale. Y ninguna de las dos las elige el ser humano por sí mismo. Quizás se pueda hablar de pesimismo en esta concepción, pero no hay que olvidar que estamos en el Barroco. Bástenos recordar al gran Quevedo en alguno de sus poemas filosóficos. A mi cabeza viene ahora su soneto "¡Ah de la vida!... Nadie me responde" porque en él, como en El gran teatro del mundo, aparece la línea de pesimismo y desengaño propios del Barroco.


La obra cuando acabó recibió varios minutos de aplausos dirigidos a todo el elenco actoral, a la música de percusión en directo ejecutada por Pablo Sánchez, a la luminotecnia..., en definitiva a todos los integrantes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Una magnífica representación que puede verse en el Teatro de la Comedia (C/ Príncipe, 14, 28012  Madrid) hasta el próximo día 24 de noviembre. Merece la pena verla, os lo aseguro.

28 mar 2021

Calderón de la Barca vs Nao Albet y Marcel Borràs (A pares XVIII)

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La Cultura es segura”, se hartan a decir los trabajadores de este gremio cada vez que tienen ocasión. Hombre, sí, esto es cierto, la Cultura nunca ha hecho daño a nadie. Perdón, hubo un caballero allá por los años treinta que clamaba eso de ‘cuando oigo la palabra Cultura echo mano a la pistola’. Pero eran otros tiempos y otra la pandemia que asolaba el mundo, más peligrosa que la actual pues ésta, siéndolo y mucho, sólo afecta al cuerpo mientras que la que a algunos hacía llevar la mano a la cartuchera afectaba y corrompía las mentes.

Pues eso, que como la Cultura es segura en estos tiempos aciagos, y yo creo y sigo a pies juntillas las recomendaciones, no tuve que oír más para lanzarme, provisto de mi correspondiente FFP3 y con la boca bien cerrada, a los teatros de mi ciudad que van ofreciendo aquellas representaciones que se vieron bruscamente interrumpidas por el estricto confinamiento decretado en marzo de 2020 y que a cuentagotas y con muchas idas y venidas han ido reponiéndose aquí o allá, según, en función de la denominada cogobernanza que a más de uno nos tiene en un sinvivir. Dos son las representaciones a las que en el plazo de 30 días he asistido, y las dos, siendo muy distintas, mucho me han agradado.

"Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach" 

 
Nao Albet, Marcel Borràs, Irene Escolar, Vanguardias teatrales actuales
La primera fue la ideada, escrita, dirigida e interpretada junto a otros actores por Nao Albet y Marcel Borràs. El espectáculo es de título largo y sorprendente: "Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach". Se trata en esencia de un engaño al que se ven sometidos dos jóvenes amantes del teatro que quieren escribir una obra que les han encargado en la que obligatoriamente debe de existir un atraco a un banco;  según la escriben discuten posibles versiones y escenas distintas hasta que una mujer (Irene Escolar) llamada María Kapravof, estandarte de la vanguardia artística denominada (re)productivismo, les propone dar un paso más en ese movimiento estético de hiperrealidad de manera que a través de una perfomance la ficción quede perfectamente integrada en la realidad. Y ¿qué mejor fusión entre ambos niveles que la ejecución de la representación en el escenario real donde se ubica, o sea, en una entidad bancaria auténtica? Todo así va a ganar en hiperrealismo: el atraco, el secuestro e incluso el resultado de muerte que en la escritura ellos propugnan. La verdad es que se les ha ido un pelín la mano a estos artistas innovadores en su afán por agradar a Boris Kaczynski, el gurú del teatro que les ha encargado esta primera obra teatral que ellos están escribiendo. 

En esta representación todo, incluso la trama, me ha gustado. Pero especialmente me he sentido atraído por la puesta en escena. En ella se marcaba perfectamente con un escenario a dos niveles los ámbitos de la realidad y la ficcionalidad. El primero estaba más próximo al patio de butacas mientras que el de la ficción y representación era más profundo, más amplio, más habitado. Junto a esto la música moderna y las proyecciones de imágenes en movimiento así como de textos escritos cuyas letras mudaban de lugar componiendo anagramas dadores de pistas comprensivas sobre los sucedidos, son recursos innovadores que me sorprendieron gratamente. Por otra parte hay momentos en que el escenario es mostrado por su haz y su envés. Quiero decir que hay escenas -las más importantes en el desarrollo de la trama- que los espectadores vemos desde la perspectiva de quien está dentro de la habitación (despacho u oficina bancaria) donde suceden los acontecimientos y de quien está fuera de ella o sale de la misma para ejecutar la acción engañosa que a todos nos tiene boquiabiertos. 

Autores teatrales españoles actuales, Nao Albet, Marcel Borràs
Luego está el ritmo. Un ritmo endiablado, que no da descanso, un ritmo trepidante al que todo contribuye: la música, los textos proyectados, las imágenes, la luminotecnia… y la propia actuación y movimiento de los actores. Aquí hay que detenerse un poco para elogiar la buena actuación del elenco formado por (Nao Albet, Carlos Blanco, Marcel Borràs, Irene Escolar, Alina Furman, Eva Llorach, Francesca Piñón y Vito Sanz). Me han gustado todos. A algunos como los propios Nao Albet y Marcel Borràs no los conocía mientras que a otros en especial a Irene Escolar sí que la había visto en otras obras pareciéndome en éstas quedarse un poco encasillada en un estilo actoral; sin embargo en esta obra su actuación me ha encantado por todo: su versatilidad en la manera de moverse así como el dominio que demuestra de los idiomas, en especial del ruso y del inglés. Muy bien por la Escolar. Y muy bien por Nao Albet y Marcel Borràs. Lástima que el día 21 de marzo finalizase la exhibición del espectáculo en el CDN. Ojalá vuelva a reponerse o a realizar gira por toda España pues la Obra bien lo merece.

“El príncipe constante”

Tras este espectáculo teatral con el que disfruté muchísimo, unas semanas más tarde, he visto la representación de una obra cuyo título conocía pero que nunca había leído y menos había visto representada. Me refiero a “El príncipe constante” de Calderón de la Barca que desde el  pasado mes de febrero y hasta el día 17 de abril se puede ver en la sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, el Teatro de la Comedia de la calle Príncipe de Madrid.
 
CNTC, Compañía Nacional de Teatro Clásico, Teatro de la Comedia, Luis Homar

Si la obra que vi en el Teatro María Guerrero me gustó por su frescura e innovación, ésta de Calderón me ha sorprendido por su tremenda contundencia, por su imponente calidad y la elevación literaria que esconde en su interior. Los dramas históricos como éste, así como sus Comedias, Tragedias y Autos Sacramentales más importantes, hacen en mi opinión de Calderón de la Barca nuestro Shakespeare español.

En la obra estamos ante la prisión sufrida por el infante de Portugal don Fernando hecho cautivo por parte de los marroquíes en 1437 cuando con su hermano el infante don Enrique quisieron conquistar Tánger siendo derrotados por los musulmanes. El rey de Fez deja libre a don Enrique para que acuda a Lisboa y demande al rey de Portugal, Duarte I, la cesión de la ciudad de Ceuta a cambio de la libertad de don Fernando. Ceuta había sido ganada para Portugal en 1415 y durante esos veinte años se habían erigido iglesias y convertido al cristianismo toda su población. Cuando en la obra retorna de Portugal don Enrique con el consentimiento luso para el acuerdo exigido por el rey musulmán, don Fernando se opone vivamente a él considerando enorme traición a Dios y a los ceutíes convertidos ceder la soberanía de la plaza a cambio de su persona.

El rey de Fez sorprendido por esta negativa y comportamiento le dice a Fernando que será tratado como un cautivo más y que conocerá la muerte por su contumacia. A este penoso futuro el infante no se opone sino por el contrario acepta con estoicismo su suerte, comportamiento que es vivamente elogiado por los compatriotas cautivos de los musulmanes. Don Fernando sostiene su actitud en una serie de consideraciones, argumentaciones y reflexiones filosóficas de peso que a mí me han recordado muchísimo las contenidas en la Tragedia y también Auto Sacramental de “La vida es sueño”. Son esos silogismos y razonamientos que tanto gustaban en el momento (siglo XVII. La obra se estrenó en 1627) en el seno del catolicismo tipo los contenidos en el muy conocido monólogo de Segismundo de "La vida es sueño" ( ‘Nace el pez, que no respira, aborto de ovas y lamas y apenas bajel de escamas […]  ¿y yo, con más albedrío, tengo menos libertad? ‘. En el caso de la obra que comento la argumentación es de signo opuesto pues en vez de buscar la libertad lo que se quiere justificar es precisamente la elegida ausencia de ésta.

La obra se sostiene especialmente por la excelente actuación del actor Luis Homar que con voz y ritmo adecuados va diciendo sus parlamentos que lejos de hacerse pesados y/o tediosos se celebra escucharlos tan bien dichos. Son parlamentos y razonamientos envueltos en la sintaxis profusa y complicada típica del barroco con ese cúmulo de antítesis, oxímoron e imaginería conceptual a la que hoy estamos poco o nada acostumbrados. Por esto es esencial transmitir bien y con diáfana claridad el texto; y esto, a mi entender, lo logran, además de Luis Homar, pocos actores. Por citar alguno quizás Lara Grube (princesa musulmana Zara en la obra) y José Juan Rodríguez (Muley, enamorado y pretendiente de Zara, mujer a quien su padre quiere casar con otro partido más beneficioso); el resto del elenco lo logra a duras penas diciendo el verso de manera atropellada, con poca claridad articulatoria y baja altura de voz que provoca que al espectador no le llegue de la manera debida. Y esto, por favor señores del CNTC, es una terrible lástima.

Luis Homar, Xavier Albertí, El príncipe constante

El texto teatral de Calderón muestra el camino hacia el heroísmo a través de la extenuación física y la resistencia paciente frente a la tortura. Muestra también (tema muy calderoniano) la defensa de la libertad como experiencia y elección individual consciente frente a las imposiciones de la Razón de Estado. De ahí el carácter "peligroso" de esta obra para los gobernantes que ni aquí ni en otros lugares han sido muy proclives a alabar este drama calderoniano. Afortunadamente el Romanticismo europeo alemán de la mano de Goethe valoró adecuadamente este texto reconociendo en él la enorme poeticidad y lirismo que contiene. Luego ya en los inicios del siglo XX el ruso Meyerhold y el polaco Grotowski basaron en gran medida en esta obra -y también en otras de otros autores, claro- la renovación del teatro europeo que ya había iniciado el mismísimo Goethe con el Teatro Espectáculo en Weimar.
 
Es muy comprensible que Goethe se fijase en "El príncipe constante" para su Teatro Espectáculo pues Calderón de la Barca es el introductor de la música y de los efectos teatrales de magia en escena algo que hizo avanzar la dramaturgia un montón. En la puesta en escena realizada por Xavier Albertí hay que destacar la presencia en escena del Cuarteto Bauhaus (dos violines, viola y violoncelo) que ponen música a buena parte de las escenas. 

Y si Goethe, quizás, se puede reconocer en esa apuesta por la música en escena, la escenografía practicada con un escenario desnudo completamente puede que quiera evocar siquiera lejanamente al Teatro pobre de Grotowsky quien prescindía de todo lo innecesario (escenario, incluso el texto) dejando sólo lo esencial que él consideraba que era el actor. Sí, desde luego aquí, lo esencial, lo imprescindible, el soporte de todo el andamiaje teatral radica en la fuerza de dos o tres actores con Luis Homar, ¡fantástico!, a la cabeza.

Por eso, pese a esas pequeñas dificultades que he señalado derivadas del atropellamiento verbal o bajo tono de voz de algunos intérpretes, es perfectamente entendible que a su conclusión, la obra recibiese una enorme cantidad de aplausos que bien fácil tuvieron una duración de cinco o seis minutos continuados. Luis Homar y Calderón de la Barca se lo merecen sin duda alguna. 
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Nota
Aunque un día después sirva este "A pares XVIII" como mi homenaje particular al Día Mundial del Teatro celebrado ayer día 27 de marzo en todo el mundo.

5 mar 2020

Ron Lalá: Andanzas y entremeses de Juan Rana

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Ron Lalá, Andanzas y entremeses de Juan Rana, Álvaro Tato, Yayo Cáceres
La compañía Ron Lalá siempre se ha sentido atraída por la época del Siglo de Oro español. En 2012 montaron una función titulada "Siglo de Oro, siglo de ahora" cuyo título dice ya mucho del aggiornamiento que la compañía hace habitualmente en sus representaciones de los textos de dicha época. Tras este espectáculo, al año siguiente, en 2013, con motivo de la inminente conmemoración del 4º centenario del fallecimiento de Miguel de Cervantes (1547-1616) subieron a las tablas -iniciando con este montaje una fructífera colaboración en la producción con el CNTC que dura hasta hoy mismo- su espectáculo "En un lugar del Quijote" y, luego ya en 2016 ponen en pie "Cervantina", homenaje a la figura del autor del Quijote en el año exacto del 400 aniversario de su fallecimiento [escribí en su día reseña de esta representación. Léela aquí]. Estas tres producciones ellos las agrupan bajo la denominación de "La trilogía clásica".

Tras las anteriores funciones Ron Lalá decidió tomarse un descanso de lo clásico con "Crimen y telón" (2017), fantástico e hilarante ejercicio metaliterario de teatro dentro del teatro comentada también en este blog [leer la entrada aquí]. Es evidente que en la investigación llevada a cabo para el montaje de la trilogía clásica mucho material literario de dichos siglos manejó Ron Lalá y en especial Álvaro Tato, actor en el grupo y responsable principal de los textos de las tres obras. Así es y así lo demuestra la Compañía cuando en 2018 monta coproducida en esta ocasión por el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, "Don Juan en Alcalá" que si bien se basa en la obra del romántico José Zorrilla a nadie se le oculta la señera figura de Tirso de Molina rondando y asomándose tras ella. Y así llegamos hasta hoy, año 2020, en que Ron Lalá presenta, de nuevo en coproducción con la CNTC, "Andanzas y entremeses de Juan Rana", una creación teatral colectiva emanada de esos materiales clásicos que conocen como nadie.

La función
Juan Rana es un personaje cómico que aparecía en no pocas obras cortas que se representaban en los entreactos -en los intermedios (entremeses: inter mezzo)- de las obras largas. En esos tiempos muertos era obligación de la empresa teatral entretener al bullicioso público si no quería ver peligrar la integridad del edificio por las peleas entre jaques y valentones que había en el público. Para ello nada mejor que estas obritas cortas con gracia, música muchas veces, y humor, sobre todo humor. Pero esta argucia empresarial de nada serviría si no hubiese unos buenos actores cuya actuación atrajese al público y los tuviese entretenidos el tiempo necesario. Uno de estos actores cómicos, populares como pocos en la época del gran Calderón de la Barca fue Cosme Pérez, alias Juan Rana, que acabó sus días en la calle Cantarranas, actualmente calle Lope de Vega en el Barrio de las Letras de Madrid.

La obra se plantea como un juicio inquisitorial contra el tal Juan Ranas o Cosme Pérez o, en palabras del Inquisidor, como quiera que se llame. Su gran pecado es el de hacer reír, el ir por la vida en plan mojiganga, su falta de seriedad a todas horas. Conviene acallarlo, acabar con él para que su ejemplo de incorrección política no prenda en el pueblo. Hay que ahormar un juicio para dar a la deseada ejecución una especie de legalidad. ¿Con qué pruebas contamos?, se preguntan Inquisidor y Verdugo. Evidentemente sólo las de las obras teatrales de las que emanan esas risas culpables.



En la requisitoria que el Santo Oficio realiza son llamados a testificar en el caso personajes reales de la época como la actriz Bernarda Ramírez, el pintor Diego Velázquez o el mismísimo Pedro Calderón de la Barca, entre otros. Y las pruebas presentadas son las mismas obras cortas escritas para que las representase Cosme Pérez (Juan Rana). Concretamente se representan los entremeses de "Los dos Juan Ranas", "El toreador" y "El triunfo de Juan Rana", los tres de Calderón de la Barca; "Los galeotes" de Jerónimo de Cáncer, "El retrato vivo" de Agustín Moreto, y "El infierno" de autor anónimo. Junto a estas piezas completas el espectáculo se teje con fragmentos de entremeses de Luis Quiñones de Benavente, de Antonio de Solís, del titulado "Mojiganga de las visiones de la muerte" de Calderón de la Barca, y de otra serie de varios entremeses de Jerónimo de Cáncer. Es importante resaltar que algunos de estos entremeses como, por ejemplo, el de "El toreador" es la segunda vez que se representa dado que desde su estreno en el XVII nunca había vuelto a las tablas.

La versión y la dramaturgia ha corrido a cargo de Alvaro Tato, en esta ocasión dedicado en exclusiva a la elaboración del texto fruto de su profundo, serio y concienzudo conocimiento del teatro clásico español. La dirección, como es habitual en la compañía, es de Yayo Cáceres. Y los actores que dan vida a un sinfín de personajes son los habituales ronraleros Juan Cañas, Daniel Rovalher, Miguel Magdalena, Fran García e Íñigo Echevarría. Todos ellos ponen en pie un espectáculo en el que la música es central y en el que la luminotecnia es asimismo elemento importantísimo.

El asunto que se reivindica en la obra, la necesidad de la risa y del humor en la vida, es de gran actualidad hoy cuando todo parece regirse por los estrechos cauces de lo políticamente correcto y cualquier crítica, mofa o befa es tenida por agresión y hasta delito. Contraponer los supuestos tiempos oscuros del pasado a los también supuestos magníficos tiempos de libertad actuales es estupendo ejercicio crítico que nos mueve a reflexión.

Desde un punto de vista más personal, de amante de la literatura, me ha encantado la recuperación que Álvaro Tato realiza de nombres considerados de segunda fila, oscurecidos por la magnificencia y sobreabundancia de dramaturgos que vieron los siglos XVI y XVII. Nombres como el de Jerónimo de Cáncer, Antonio Solís y casi casi Quiñones de Benavente son desconocidos por el grueso de los españoles. De otra parte me satisface no poco poner de manifiesto la faceta alegre y divertida del tópicamente tenido por serio y aburrido Calderón de la Barca. Es hora ya de que los españoles reivindiquemos no sólo lo excelso -a veces injustamente atacado por antiguo y tildado de casposo- sino también lo magnífico o simplemente lo bueno contenido en la segunda división de los autores del Siglo de Oro.

Y como siempre la desacralización -que no desprestigio- que Ron Lalá hace de lo tenido por intocable me agrada sobre manera. Esa figura de un Diego de Velázquez divertido, un Calderón simpático, una actriz esperpénticamente ataviada cuyos pechos son dos bongos que, junto a unas protuberantes caderas, histrionizan su figura y le sirven además para hacer acompañamiento musical a los instrumentos de cuerda usados en la función: una guitarra española, un laúd y una bandurria, junto a un cajón de percusión y una pandereta... Todo ello en pro del humor, un humor que no hiere, pero que sí denuncia, que sí hace pensar... ¡¡Es Ron Lalá en estado puro!!

Íñigo Echevarría, Juan Cañas, Fran García, Daniel Rovalher, Miguel Magdalena

Nota.- En Madrid la obra está en cartel hasta este domingo día 8 de marzo. Luego emprende una gira por varias localidades como se puede ver en la imagen anterior.

24 ene 2020

CNTC. "Reinar después de morir". Luis Vélez de Guevara. Teatro de la Comedia

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Enero, en especial la primera semana de año, suele ser época en que me gusta ir al teatro. Quizás el frío, la lluvia, incluso la cada vez menos frecuente nieve, que hace o cae en la calle me lleva a buscar refugio en la calidez de las plateas de los teatros junto a unos cientos más de seres que padecen dolencia semejante.

El caso es que tras haberme fallado -¡la primera vez que me ocurre tal cosa!- la reserva confirmada y debidamente pagada que tenía para ver "La fiesta del chivo" con Juan Echanove en el papel protagonista, veía que mi costumbre iba a quedar sin realizarse esta vez. Fue por eso que al reembolsarme el coste de las entradas para ver la adaptación de la novela de Vargas Llosa debido a no quedó muy claro por qué ese día la Compañía había decidido dejar al público con un palmo de narices, decidí buscar, rápido, un sustituto y sin mucho pensarlo puse mis ojos en la CNTC (Compañía Nacional de Teatro Clásico). Pensé que los Clásicos no suelen fallar aunque tampoco -pensé también, erróneamente esta vez- suelen sorprender.

"Reinar después de morir", Teatro de la Comedia, CNTC

Durante este mes de enero y hasta el 9 de febrero próximo el teatro de la madrileña Calle del Príncipe tiene en cartelera "Reinar después de morir" de Luis Vélez de Guevara, uno de esos autores que pasan inadvertidos en los currículos escolares ensombrecido por las tremendas figuras de sus contemporáneos Lope de Vega, Calderón de la Barca o Tirso de Molina que son quienes se llevan el gato al agua. Bueno, a ver qué tal Vélez de Guevara como dramaturgo, me dije, pues del escritor (1579-1644), sevillano por nacimiento y madrileño por sus triunfos literarios, yo conocía su novela "El diablo cojuelo", pero absolutamente nada de su producción teatral. Era, pues, buena ocasión para cubrir esta laguna.

"Reinar después de morir" es un drama histórico cuya realidad se tiñe de la poesía que envuelve a las leyendas. La realidad que se presenta son los amoríos habidos entre el heredero de la Corona de Portugal, el futuro rey Pedro I, e Inés de Castro, dama española que llegó a Portugal como dama de compañía de la que fuera esposa del heredero Pedro. De inmediato surgió el amor entre estos dos jóvenes, un amor secreto hasta la muerte por parto de la esposa de Pedro. En los años en que fueron amantes secretos la pareja ya había tenido varios hijos, y viudo don Pedro decidieron casarse a espaldas del rey portugués don Alonso quien tenía previsto unir a su hijo con la heredera del reino de Navarra, Dª Blanca

Los intereses nacionales se impondrán sobre los deseos personales de los jóvenes que se amaban profundamente. La historia nos dice que el rey de Portugal y sus caballeros querían evitar a toda costa la unión documental entre Pedro e Inés para así evitar que Portugal y Castilla en un futuro volviesen a unirse. El más beligerante al respecto fue Alvar Gonzálvez que sería junto a otros quien mataría a la española. Cuando más tarde muera don Alonso y Pedro sea coronado rey de Portugal, éste acudirá a Alcobaça donde fue enterrada Inés dos años atrás y exhumándola la entronizará como legítima reina de Portugal.

Companhia Teatro de Almada, Luis Vélez de Guevara
Lara Grube en una escena de la obra (Foto de Sergio Parra)
Naturalmente la historia real pasada por el tamiz del tiempo se ha enriquecido poéticamente y ha quedado en el imaginario del pueblo portugués como una apasionada y romántica historia de amor. En la representación la poeticidad está presente en todo: en el decorado, una especie de pista de skate enlucida con el típico azulejo portugués azul tan reconocible y característico. Subiendo y bajando, deslizándose por este decorado, los personajes cuentan, viven y relatan su acontecer. Cual si de un holograma se tratase la entrada en escena del elenco simula la salida de los personajes del fondo ignoto y desvanecido de la historia (¡bellísimo ese momento!). Esta belleza poética se ve incrementada con las muy hermosas canciones puestas en boca de Violante, dama de compañía de Inés de Castro, quien en portugués canta romances que versan sobre este asunto. Hay uno en especial que al escucharlo trajo a mi memoria el conocidísimo entre nosotros "¿Dónde vas Alfonso doce, / dónde vas, triste de ti. / Voy en busca de Mercedes / que ayer tarde no la vi / (…)", seguramente tomado del fondo folklórico poético peninsular en el que bebe también éste mucho más antiguo que cuenta la desazón del amante (Pedro de Portugal) ante la pérdida de la amada (Inés).

Junto a lo anterior contribuye al tono poético que envuelve toda la representación el ritmo de la acción. Un ritmo pausado, demorado, que no tiene prisa porque las leyendas persisten siempre y no corren riesgo de perderse; un ritmo presente en la manera de moverse los actores por la escena, en la más que correcta dicción del verso, en la naturalidad con que se desarrollan incluso los momentos de máxima desrealización... También la música, el vestuario de época (muy simbólico y hermoso, en especial el vestido blanco que luce Dª Inés frente al oscuro de Dª Blanca) y la adecuada iluminación se aúnan para lograr esa altura poética que tiene todo en esta puesta en escena.

Lógicamente la obra se encuadra dentro del tipo de teatro establecido por Lope de Vega en su "Arte Nuevo de hacer comedias" y en ella encontramos todos los requisitos que el Fénix marcaba para las mismas: caballero y dama, poderoso que contraviene los deseos de los anteriores, figura del donaire o gracioso (aquí presente en Brito, el criado de don Pedro), la acción paralela levemente insinuada en los acercamientos algo torpes y obscenos como corresponden a la esfera de los sirvientes que cumplen Brito y Violante... Al ser drama trágico el final no es de alegría pero sí de triunfo de la  justicia y de la bondad sobre las fuerzas del mal. Al ser un triunfo post mortem queda exento de las ataduras del tiempo y pasa a la esfera de la leyenda donde pervive, aunque de los sucesos reales acaecidos en 1355 nos separen cerca de 700 años.

En mi opinión tiene muchísimo interés que la obra haya sido coproducida por la portuguesa Companhia Teatro de Almada y la española Compañía Nacional de Teatro Clásico. Desgraciadamente por estos pagos no es frecuente acometer empresas en plan de igualdad por parte de España y Portugal. Esta vez sí lo ha sido y ojalá que no estemos ante flor de un día sino que la cooperación cultural entre estos dos países cercanos geográfica e históricamente sea frecuente en el futuro.

Fijándome en el programa de mano y sin más documentación intuyo que el vestuario, la iluminación y el decorado pertenecen a realizadores portugueses mientras que la dirección total, la escénica en particular y el movimiento escénico a españoles. Se reproduce en este trabajo la unión ibérica que existía en 1635, año en que la obra se representó por primera vez.
Pepa Pedroche, David Bozeta, Manuela Velasco, Lara Grube
Dibujo de José Manuel Castanheira
Reparto:
  • María José Alfonso: Nodriza
  • Rita Barber: Violante
  • David Boceta: Príncipe don Pedro
  • Chema de Miguel: Rey don Alonso
  • Julián Ortega: Brito
  • Ricardo Reguera: Alvar Gonzálvez
  • Carmen del Valle / Lara Grube: Dª Inés de Castro
  • Manuela Velasco: Dª Blanca de Navarra
  • Y los niños Ainara Mateos, Teresa Cordero, Hugo Soneira y Alicia Chojnowski
Equipo Artístico:
  • Asesor de verso: Vicente Fuentes
  • Vestuario: Ana Paula Rocha
  • Iluminación: Guilherme Frazâo
  • Escenografía: José Manuel Castanheira
  • Versión: José Gabriel López Antuñano
  • Diseño de la puesta en escena: Ignacio García
  • Dirección: Pepa Pedroche
Una obra que es una auténtica sorpresa y que recomiendo vivamente a cualquiera que guste del Teatro. Una obra de gran calidad, que también tiene una posible lectura, como bien señala Ignacio García, muy acorde con nuestro tiempo:
"La confrontación entre la libertad individual y la basura moral del poder corrompido, el tacticismo y el interés".

27 mar 2015

"LA CISMA de INGLATERRA" de Calderón de la Barca

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En el Teatro Pavón de Madrid (sede provisional del Compañía Nacional de Teatro Cláscico) se representa hasta el día 27 de abril la obra de Calderón "Enrique VIII y LA CISMA de INGLATERRA", un drama histórico lindante con la tragedia pero -en mi opinión- sin llegar a traspasar la línea que separa ambos subgéneros. Un gran espectáculo que merece la pena no perderse.
Será la obra encargada de abrir en el mes de julio el Festival de Teatro Clásico de Almagro.
CNTC, CDN, Teatro público, Teatro Clásico, Festival de Almagro

"La Cisma de Inglaterra", título que el autor dio a la obra y que en esta puesta en escena se ha acompañado de la referencia al rey inglés Enrique VIII seguramente para atraer más al público dado el tirón que este personaje histórico siempre tiene, me ha sorprendido gratamente. Yo me esperaba un texto cargado de alusiones teológicas en la línea de los autos sacramentales de Calderón como "El gran teatro del mundo" o "La cena del rey Baltasar". Pero no. Aunque en esta pieza aparecen algunas alegorías como la de aludir al personaje de Ana Bolena como la Ambición, la Maldad o la personificación del Diablo, en general nos movemos en el ámbito de la realidad histórica y sobre todo humana. La alusión al Cisma acaecido entre los cristianos católicos y los cristianos anglicanos aparece de manera velada y elegante. Desde el principio se deja poco margen al libre albedrío, estando la trama marcada por la superstición, la magia y el inexorable destino: los sueños fantasmagóricos en los que al rey se le aparece una bellísima y huidiza mujer; y las dos cartas -una de León X y otra de Martín Lutero- que Enrique se coloca la una en la cabeza y la otra a los pies creyendo que eran la primera del Papa  y la otra del monje protestante cuando equivocada o arteramente le habían sido trocadas.

En lo demás estamos ante los problemas de un hombre con responsabilidades de gobierno, el rey Enrique VIII, arrastrado por la pasión que le coloca delante la ambición de uno de sus consejeros (el Cardenal Volseo que aspira a suceder al fallecido León X), pero que, como no podía ser menos en Calderón, al final reconoce su error y lo enmienda en lo que puede: a María Tudor, la hija que tuvo con la reina Catalina de Aragón, la declara heredera del trono inglés y la promete al infante de España, el futuro rey Felipe II, con el que -pero esto ya no se ve en la obra- casaría en 1554. Evidentemente estos dos hechos -el arrepentimiento del monarca y la entronización de su hija María- son licencias históricas que el artista se toma para mayor gloria de la estirpe de la Corona de España.

El gran acierto y la oportunidad de esta obra reside en el aldabonazo que el escritor madrileño da a Felipe IV, que reinaba en España en 1627 cuando "La cisma de Inglaterra" ve la luz, que era muy aficionado a los esoterismos y a interpretar el destino marcado en los astros. Calderón mediante esta muestra de las pasiones, ambiciones y corruptelas de los Tudor lanza un aviso que llega hasta nuestros días sin perder una pizca de actualidad:
¿El poder político es servicio a los ciudadanos o bien ocasión para satisfacer pasiones y colmarse de riquezas? 
El "Vanitas vanitatis" barroco, Calderón, Barroco, Siglo XVII
Sergio Peris-Mencheta, el actor que da vida de manera muy convincente al rey inglés, declara acerca de su personaje:

"Este rey es un Hamlet activo que no sabe hacia dónde va como si fuera un elefante en una cacharrería que piensa en movimiento. Enrique VIII reconoce sus errores y dice eso de 'lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir' y hace que asuma sus debilidades como monarca para seguir asumiendo sus tareas"
Peris-Mencheta es un gran conocedor de Shakespeare pues no en balde dirigió en 2012 "La tempestad". También la directora del CNTC, Helena Pimenta, lo es. Además cuando Calderón compone este drama hacía poco más de una década que el autor inglés había dramatizado la vida de Enrique VIII ("The Famous History of the Life of King Henry the Eighth", año 1613). No sé si será por estas razones, pero lo que sí es cierto es el tono shakespeariano, grandioso y trágico en ocasiones, que sobrevuela la representación en muchos momentos. Sin lugar a dudas este "tono Shakespeare" lo soporta especialmente el personaje del loco-bufón Pasquín realizado de manera admirable por el actor Emilio Gavira, poseedor de una voz y una dicción admirables.

La puesta en escena es la ya habitual -¡y magnífica!- de la Compañía Nacional de Teatro Clásico: vestuario de época, música del XVII interpretada en vivo en escena, decorado sencillo que se adapta a los distintos momentos del drama con facilidad, mobiliario escueto pero suficiente...

Reparto por orden de aparición
Rey Enrique VIII: Sergio Peris-Mencheta
Ana Bolena: Mamen Camacho
Pasquín: Emilio Gavira
Cardenal Volseo: Joaquín Notario
Tomás Boleno: Chema de Miguel
Carlos, embajador de Francia: Sergio Otegui
Dionís / Capitán: Pedro Almagro
Reina doña Catalina: Pepa Pedroche
Infanta María: Natalia Huarte
Margarita Polo: María José Alfonso
Juana Semeira: Anabel Maurin
Soldado: Alejandro Navamuel
Servidor de escena: Antonio Albujer
Servidor de escena: Karol Wisniewski
Sergio Peris-Mencheta, Joaquín Notario, Pepa Pedroche, Emilio Gavira

Conclusión
Aunque Calderón tiene sólo 26 años cuando escribe esta obra, ya se adivinan en ella  frases, temas y asuntos que estallarán con fuerza en obras de madurez como "La vida es sueño", "El alcalde de Zalamea"..., y en algunos de sus autos sacramentales.
Sin duda alguna según se ve la representación uno cae en la cuenta de la muchísima razón que el estudioso del teatro español, Francisco Ruiz Ramón, tiene cuando afirma que “el arte teatral de Lope se hace ciencia teatral en Calderón". O dicho en otras palabras, que Calderón prosigue la labor abierta por Lope en la construcción de la Comedia Nacional, pero que la depura y sistematiza dándole un carácter más ideológico jugando constantemente -como buen barroco que es- con los contrastes, las semejanzas, las dualidades y los reflejos; no otra función que mostrar esto último tiene el gran espejo que llena la escena en el último acto y que sirve para mostrar esta dualidad y también el tema del  "Vanitas vanitatis" tan del gusto de los hombres del XVII.