Mostrando entradas con la etiqueta Autobiografía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Autobiografía. Mostrar todas las entradas

11 mar 2021

Andrés Trapiello. Madrid

28 comentarios:

"Es imposible llevar la cuenta de las transformaciones, mejoras y peoras. Madrid cambia tan rápidamente como nosotros mismos, pero esa velocidad solo la aprecia el que viene de fuera o el que llevaba sin vernos mucho tiempo. Madrid, como nosotros, al verse cada mañana en el espejo, no nota el cambio. Puede que algún día llegue a decir: ¡cómo he envejecido!, pero se olvida a los dos minutos.

Leyendo "Madrid" de Andrés Trapiello no he podido menos que recordar la satisfactoria lectura que realicé, cinco años atrás, de "Madrid. La novela" escrita por Antonio Gómez Rufo  de la que dejé debida constancia en este blog [lee su reseña aquí]. Desde luego son obras muy distintas. Si la de Gómez Rufo me pareció original y novedosa, la de Trapiello me ha sorprendido por el enfoque, ¡tan personal!, dado a la misma. Viene a decirnos el autor que los lugares son lo que las personas que los habitan perciben de ellos. Soy de la misma opinión.

Andrés Trapiello, natural de Manzaneda de Torío (León), donde nació en 1953, abandona la casa familiar por desavenencias familiares con su padre en mayo de 1971. A dónde ir con esos pocos años y en compañía de un hermano algo mayor que él no podía encontrar otra respuesta que la de la ciudad de Madrid. A Madrid vino Andrés junto a su hermano Pedro tras una discusión con el padre. En Madrid, Andrés no tenía otro asidero que un amor de verano -una prima- con quien contactó imbuido totalmente del romanticismo emanado de la lectura de "La Cartuja de Parma" de Stendhal. El padre de la chica, tío por parte de madre de los dos chicos, era miembro de la Guardia Civil, y avisado de la huida de los sobrinos decidió acogerlos en su casa. Pronto Andrés se dio cuenta, cuando su hermano decidió volverse a León y la prima le dio a entender que de lo dicho en verano nada de nada, que había de buscarse la vida por sí mismo. Y así decidió salir de la casa de su tío y buscar una de huéspedes que encontró por los Carabancheles. Como medio de subsistencia se valdrá de la venta de enciclopedias que había iniciado con un boxeador que le metió en el negocio: no lo hacía mal y por la zona de la calle de Serrano vendió varias así como suscripciones al Círculo de Lectores que por estos años se iniciaba en España. Pero pronto tomó conciencia de que era difícil salir adelante así y más si como a él le ocurría lo que deseaba era hacerse escritor. De manera que, transcurridos cinco meses de estancia en Madrid, decide marchar a Valladolid donde un tío suyo lo acoge y él podrá estudiar Filología; cambiará sus contactos anarquistas madrileños por su militancia en la Joven Guardia Roja al tiempo que comenzó a colaborar en prensa. De la Joven Guardia Roja pasaría a militar en el PCE (i) del que sería purgado en 1974 por 'revisionista y drogadicto'. El hecho es que en 1975 de nuevo vuelve a Madrid, ciudad que ya no abandonará y en la que vive desde entonces.

El libro "Madrid" es una obra literaria de naturaleza mixta. Digo mixta porque, pese a su título, no es un libro de viaje al uso dirigido al turismo que visita la ciudad, no es sólo una historia de Madrid, tampoco es exclusivamente la crónica de un Madrid que fue y que ya no es...; bueno es y no es todo eso al tiempo porque lo esencial es que es el libro de Andrés Trapiello que pasea y vive Madrid durante medio siglo. En definitiva, pues, cabría calificarlo de ensayo, género muy personal que puede acoger todo lo anterior y aún más.

El descubrimiento personal que realiza Trapiello de Madrid le lleva a hablar, a la par que de su propia biografía, del ayer de la capital, un ayer que se remonta diez siglos atrás cuando la Villa no era más que una fortaleza árabe, un alcázar de defensa. Vamos a ir sabiendo de la ciudad y de los lugares y calles de la misma según que discurre la propia peripecia personal de Trapiello en la capital: redactor de una revista de arte; colaborador de un programa cultural televisivo donde conocerá a su mujer y del que sería despedido por no ser del agrado de la directora presentadora del mismo; partícipe en todos los aspectos de la llamada Movida madrileña en la que se pondrá en contacto con no pocos protagonistas de la misma, y de la que afortunadamente él y su pareja se alejarían al tener que atender las obligaciones familiares derivadas de la paternidad; la fundación junto a Juan Manuel Bonet de la editorial "La Ventura" en la que publicarían la Obra de Francisco Giner de los Ríos Morales, -nieto del creador de la Institución Libre de Enseñanza Francisco Giner de los Ríos-, cuya mujer, hermana de Díez Canedo, "tenía una biblioteca fabulosa con primeras ediciones de JRJ, Cernuda, Max Aún, León Felipe o Amster" (p. 167); etc. 

Los locales donde sonaba la Movida, las calles y los barrios donde vivían los escritores regresados del exilio que conoce por su trabajo de editor, y de cuya amistad y compañía se complace hablar, son protagonistas importantes de estos años de dificultades económicas y muchas ilusiones literarias de Andrés Trapiello
"De los cinco exiliados que trató uno mucho entonces, y a algunos mucho mucho, cuatro eligieron a su regreso barrios que parecían recordarles los tiempos anteriores a la guerra; Giner (Santa Isabel, en Antón Martín, separado del barrio de las Letras por la calle de Atocha), Ramón Gaya (Cuchilleros, entre las Cavas, a un paso de la Plaza Mayor y a otro de la plaza de la Cebada), María Zambrano (Antonio Maura, en el aristocrático de los Jerónimos, [...]) y Bergamín (en una isabelina plaza de Oriente y a dos pasos también del romanticismo)."
Así, de esta manera, entreverando su peripecia personal con la descripción e historia de Madrid van discurriendo las páginas de este ensayo. Al finalizar su  lectura conocemos de cabo a rabo los títulos de la obra narrativa de Andrés Trapiello, las dificultades por las que pasó dada la inquina que algunos críticos le tenían desde antiguo por su manera independiente de pensar y comportarse tanto personalmente como en su faceta de editor literario cuando en la Biblioteca de Autores Españoles de la editorial Trieste publicó a escritores que no estaban de moda. Desde entonces, viene a decirnos, varios críticos lo tuvieron en el punto de mira. De ellos sólo cita por el nombre a Juan Palomo (seudónimo humorístico de un colectivo de críticos) que tras criticarle que en Las Armas y las letras no apareciese nombrado Koldo Michelena, dijo no esperar mucho de una de sus novelas a punto de aparecer.

Andrés Trapiello escribió su obra más importante, Las Armas y las letras, a instancias de Rafael Borras que hacia los años 90 del siglo pasado le pidió una obra que hablase sobre la literatura en España durante la Guerra Civil. Tras finalizarla la presentó al Premio Espejo de España promovido por la editorial Planeta y no se lo dieron. A cambio, dice en 'Madrid', consiguió que el diario La Vanguardia lo fichase como articulista, trabajo que ejerció durante 25 años, desde 1995 a 2020. Seguramente en su salida haya tenido mucho que ver su indisimulada militancia contra el independentismo catalán, pensamiento que queda expuesto bien a las claras en el ensayo leído. Así, por ejemplo, en la página 193  habla de la movida madrileña y de la envidia que Barcelona sentía en esos años hacia la capital por su notoriedad: "Por suerte para todos las Olimpíadas de 1992 resarcieron a Barcelona de los 'seculares agravios', y los nacionalistas dejaron unos años de victimarse y dar la matraca, entretenidos en robar como pujoles y chupar del bote. [...] En todas partes, excepto en Cataluña y Euskadi, querían ser Madrid, y a Almodóvar lo recibían en el extranjero como hubieran recibido a Federico (García Lorca)"

Madrid y Galdós,
Me doy cuenta de que quien lea esta reseña se preguntará: ¿pero también se habla de la ciudad propiamente dicha? Sí, y mucho, pero siempre, como digo, enlazando con la peripecia vital del autor en ella: en las distintas zonas donde vivió desde Carabanchel alto hasta  Conde de Xiquena donde lleva viviendo desde hace 40 años de modo ininterrumpido. Es desde esta casa sque e desplaza en estos años  hasta el Museo Romántico en la calle de San Mateo, hasta el Museo del Prado,  el Jardín Botánico o el Parque del Retiro, a husmear en las casetas de la Cuesta Moyano o en las de la Feria del libro antiguo y de ocasión que se montan en Otoño en Recoletos, etc. Y en el ínterin nos habla de la evolución de esa Cuesta, de las vicisitudes vividas por ese parque o ese jardín y sobre todo habla muy mucho de la importancia que en Madrid tiene y tuvo el Romanticismo que marcó el siglo XIX y  dio a la ciudad gran parte de la belleza actual (la reina Isabel II, el rey José I, la desamortización de Mendizábal, los conventos reconvertidos en plazas, los monumentos erigidos en los años que vivió esa generación de escritores que configuraron la Edad de Plata, y de  todos ellos especialmente Pérez Galdós. Galdós y Madrid, Madrid y Galdós son inseparables.

Quizás si tuviera que elegir alguna parte de esta obra que más me haya impactado o interesado elegiría las referencias que el autor da de los crecimientos demográficos de Madrid que influyeron en la transformación y configuración de la ciudad. La capital tenía en 1868 300.000 habitantes llegando a tener en 1936, 1.000.000. Hubo que adecuar en esos años la ciudad. Hubo planes que seguían al del promotor inmobiliario Marqués de Salamanca: el plan Castro (1860), el de Arturo Soria (la Ciudad Lineal) o el de Zuazo y Jansen (1929). Secundino Zuazo y el alemán Hermann Jansen pensaron para la paz social en hacer colonias donde conviviesen las clases sociales en tres tipos de viviendas: 160 metros para la clase alta, 110 metros para la burguesía, y de 60 metros para los obreros. Estas colonias se hicieron en las afueras de la ciudad. Hoy las casas las habita clase pudiente. Son El Viso, Ciudad Jardín, Cruz del Rayo, la Prosperidad, la del Retiro, la Obrera, la del Hogar Ferroviario… Se hicieron al amparo de la ley de Casas Baratas de 1911. 

La verdad es que me ha gustado todo en el libro y especialmente la libertad con la que está escrito. Al ser el propio autor el eje sobre el que pivota la obra, es por eso en parte una autobiografía centrada en su actividad literaria. Estos dos factores (liberalidad en las opiniones vertidas y su propia peripecia vital) han hecho que Trapiello sea recibido por la comunidad literaria (autores, lectores, editores, críticos, etc.) con variedad de opiniones, algunas muy encontradas entre sí. Y precisamente por eso, por apartarse del pensamiento único imperante y empobrecedor me agrada Andrés Trapiello y me ha gustado este libro que habla de Madrid en aproximadamente unas 500 páginas.

Textos seleccionados
Seleccionar fragmentos dentro de este libro es difícil pues todo él es merecedor de ser destacado. Con todo lo intentaré hacer siquiera sea con una pequeña muestra. El capítulo dedicado al Romanticismo -el capítulo 13- es capital. En él al hablar del ambiente intelectual que se respiraba en Madrid en los años 90 del siglo XX dice lo siguiente:
"Osadía era también leer a nuestros verdaderos escritores de la modernidad, porque había que hacerlo medio a escondidas para no desacreditarse: Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Machado, Baroja, Azorín… Todos ellos eran para nosotros hijos del romanticismo: Unamuno de Espronceda, JRJ. de Becquer, Machado de Campoamor, Baroja de Larra, Azorín de Mesonero, valle de Zorrilla…" (,p. 216)
En ese mismo capítulo comentando el olvido durante 200 años en que los españoles tuvimos a músicos nuestros como Bocherini, Scarlatti, Vicente Martín y Soler, Blas de Laserna y otros escribe: "Cuando ahora se escuchan alguna rara vez, la gente se pregunta: '¿Por qué España es así? ¿Por qué aquí prescindimos siempre de lo mejor nuestro? ¿Qué nos pasa? ¿Somos masoquistas?'"

Sobre el Rastro (capítulo 20) y citando a Francisco Umbral escribe: "Entre el Prado y el Rastro [...] Madrid no tiene otras opciones que 'organizarse en Museo del Prado o desorganizar en el Rastro. El Rastro es un Prado al revés'" (pág. 323)

El capítulo titulado "El Madrid de Galdós" es la mar de sabroso. Trapiello además de reivindicar la
figura del escritor canario ("a Galdós, de verdad de verdad, de la literatura solo le interesaban las mujeres. Y de Madrid, la gente. O mejor, como decía Juan Ramón Jiménez: la mujer, y como decía Gaya, las gentes") se sirve de él para lanzar una pullita política que, me imagino, no es bien recibida por muchas personas: [Ballester, enamorado secreto de Fortunata a la vuelta de enterrarla]: "Sin olvido no habría hueco para las ideas y los sentimientos nuevos. Si no olvidáramos no podríamos vivir, porque en el trabajo digestivo del espíritu no puede haber ingestión sin que haya también eliminación."

Por último finalizo esta selección con una cita sobre el oficio de reseñista al que él ha dedicado muchos años de su vida. Escribió reseñas hasta que le encargaron el que sería luego su libro más aplaudido, "Las Armas y las Letras (literatura y guerra civil, 1936-1939)". Al hablar de este trascendental giro en su vida reflexiona: 
"El oficio de reseñista literario es el más triste y deslucido de todos, decía Baroja. [...] Un reseñista literario es alguien que se quema las pestañas leyendo libros de escritores que viven de escribirlos y venderlos, y no de aliñar reseñas, lo cual despierta en muchos de los reseñistas, escritores frustrados, un comprensible resentimiento y mal humor, que no dudan en trasladar a sus juicios sumarísimos." (p. 281)

Biografía del escritor (tomada de https://ortegaygasset.edu/tertulia-literaria-con-el-escritor-andres-trapiello/)

Andrés Trapiello, poeta y escritor español, nació en 1953 en Manzaneda de Torío, León.
Después de estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Valladolid, donde también trabajó en el diario Pueblo, se trasladó en 1975 a Madrid, ciudad en la que vive desde entonces. De 1975 a 1977 trabajó como redactor en una revista de arte y de 1977 a 1980, también como redactor, en programas de arte y de literatura de Televisión Española.
En 1980 fundó y dirigió con Juan Manuel Bonet las Entregas y Libros de La Ventura, donde ese mismo año apareció Junto al agua, su primer libro de poemas.
En 1982 empezó a dirigir, con Valentín Zapatero, su fundador, la editorial Trieste en la que apareció ese año su segundo libro de poemas, Las tradiciones, al que siguió, en 1985, también en la editorial Trieste, La vida fácil.
En 1988 publicó su primera novela, La tinta simpática, y en 1990 vio la luz El gato encerrado, primer tomo de los diecisiete, hasta la fecha, del Salón de pasos perdidos, conjunto de diarios que ha subtitulado “Una novela en marcha”, publicados todos ellos en la editorial Pre-Textos.
En 1989 empezó a dirigir en la editorial Comares de Granada, de Miguel Ángel del Arco y Mario Fernández Ayudarte, la colección La Veleta, donde han aparecido hasta la fecha más de cien libros, de poesía y de prosa.
En 1992 recibió el Premio Internacional de novela Plaza y Janés por su segunda novela, El buque fantasma, y en 1993 el Premio de la Crítica por su cuarto libro de poemas Acaso una verdad, al que han seguido hasta la fecha Rama desnuda y Un sueño en otro.
En 1993 Las armas y las letras. Literatura y guerra civil 1936-1939 recibió el Premio don Juan de Borbón y señaló el comienzo de sus artículos semanales en el Magazine de La Vanguardia, en la que colabora desde entonces. Ese libro fue revisado, significativamente ampliado y reeditado en 2010.
En 2003 su novela Los amigos del crimen perfecto obtuvo el Premio Nadal, y en 2005 Al morir don Quijote el Premio Fundación Juan Manuel Lara a la mejor novela de ese año editada en español, a la que siguió en 2009 Los confines, todas ellas en la editorial Destino.
Otros libros suyos son La noche de los Cuatro Caminos (2001), crónica de un episodio del maquis en Madrid, El arca de las palabras (2006) e Imprenta moderna. Imprenta y literatura (2006). Colaborador de La Vanguardia, El País, El Cultural o el Abc Cultural y diversas publicaciones literarias, es autor, junto a Alfonso Meléndez, y en calidad de tipógrafo, de un número apreciable de catálogos y diseños editoriales.
En 2003 le fue concedido por el conjunto de su obra el Premio de las Letras de la Comunidad de Madrid, y en 2010 el de las Letras de la Comunidad de Castilla y León.
En 2012 su novela Ayer no más fue elegida mejor novela del año por los lectores de el diario El País.
En 2014 publicó la novela El final de Sancho Panza y otras suertes.
Su diario titulado Salón de pasos perdidos tiene ya más de veinte tomos desde el primero aparecido en 1990 con el título El gato encerrado 1987 hasta el último, Diligencias 2016, publicado en 2019
"Madrid" es el último de los 17 ensayos que ha escrito entre los que destaca además de éste el titulado 'Las armas y las letras' y 'El Rastro'.

15 ene 2021

Tercer Acto. Última entrega de la autobiografía de Félix de Azúa

15 comentarios:

"El ritmo rápido, el que mueve la fogosa máquina juvenil, había agotado su labor y entré casi sin percatarme en el ritmo lento que es el del mundo adulto, el de la razón, el del segundo acto, […] cuando los humanos trabajamos con gran esfuerzo para construir algo duradero que dé sentido y reconocimiento a nuestras vidas, esfuerzo inútil, pero forzoso, antes de que llegue el tercer acto y constatemos que nuestra vida ha sido tan vana e inútil como las de los mil trillones de humanos que nos precedieron y que tan bien describe el Eclesiastés. No hay vidas más o menos útiles o fútiles, sólo más o menos bellas de relatar."

Desde que durante el último trimestre de 2020 viera en los suplementos culturales de los periódicos referencias a este libro, el mismo me interesó. Por fin en Reyes tuve oportunidad de hacerme con él y lo he leído con satisfacción. La verdad es que ardía en deseos de leer algo de Félix de Azúa que fuera más literario que los artículos periodísticos que regularmente publica en El País y, creo que también, en El periódico de Catalunya. Su mirada sobre la actualidad política, social y artística siempre me ha parecido atinada y cargada de razones nada sentimentales y sí bien fundamentadas y asentadas. Por eso me apetecía mucho ver su faceta de literato que, pese a ser extensa en el tiempo y en producción, nada, salvo algún poema suelto suyo contenido en alguna antología poética, conocía.

"Tercer Acto", Autobiografía, Félix de Azúa
Tercer Acto
no es un libro sencillo, De inicio presenta cierta dificultad que con atención logra vencerse; para ello es exigible una lectura atenta, estar despierto con los cinco sentidos durante la misma. En algún momento me ha recordado la literatura de Enrique Vila-Matas con el que, en mi opinión, cruza alguna chanza privada como esa referencia a Marcel Duchamp y la broma sobre los urinarios que Perico Riquelme, personaje en un momento del relato, parece querer proferir. Pero sobre todo me ha recordado a Vila Matas por la hibridación de géneros, por esta novelización de la memoria personal, por la autoficción que este ensayo es en el que caminan de la mano bajo nombres inventados personas reales muy presentes en la vida del autor. Me refiero especialmente a Agustín García Calvo, especialista en literatura griega, profesor de griego, lingüista y filósofo a cuya tertulia parisina de La Boule acude el narrador innominado -sin duda alguna el propio escritor- junto a los amigos de estudios en Gerona y Barcelona junto a otros españoles exiliados como el profesor (Julio Silvela Silva en el ensayo novelado) o que se tenían por tales:
Aún vivía el dictador y seguíamos siendo oficialmente un grupo de exiliados de la dictadura, aunque ninguno, excepto Julio Silvela Silva, fuera en verdad un represaliado, los demás estábamos allí por aburrimiento, por azar, por romanticismo o por aventura, pero nos sentíamos dolorosas víctimas del régimen.

Esta novela-ensayo está preñada de opiniones personales del autor-narrador sobre variados asuntos. Escribir una autobiografía o unas memorias a la edad del escritor, setenta y seis años, da para mucho y si además como es su caso la dedicación profesional ha sido intelectual, concretamente profesoral, las idas y venidas por el espacio mental son obligadas, Azúa las muestra en capítulos que dan saltos temporales moviéndose en un abánico temporal que va de 1960 hasta 2007 sin más orden que el que nace del propio ejercicio memorialístico. Así pues, vemos al narrador y a sus amigos Hugo, Josean y Manolín en su época de adolescentes escolares en Cataluña donde por el origen no autóctono y nivel socioeconómico inferior (hijos de profesor, militar o guardia civil) se sienten algo rechazados por algunos compañeros oriundos del lugar de clase burguesa o pequeñoburguesa cual es la pertenencia de Tartarull y Fromenter. Luego vamos a conocer la estancia en París de Josean, Hugo y el narrador junto al profesor Julio Silvela Silva y otra serie de españoles allí ubicados durante los años setenta (María de Jesús, Demetrio Persépolis, Balta, la Mudita, Teresa, Mina Soria ...). Tras estos años de iniciación y juventud (en el fondo el Primer Acto de la existencia) llegará el asentamiento y la tranquilidad en la que cada uno de ellos se ubicará en lugares diversos (Madrid, País Vasco, Catalunya...) aunque en general siempre en el ámbito de la enseñanza e investigación universitarias hasta que por fuerza de los años este Segundo Acto de creación y proyección profesional finalice y dé paso al Tercer Acto que da título al relato, es decir al último acto de esta representación carnavalesca que en el fondo es la Vida. 

La novela es el retrato de la generación a la que pertenece Félix de Azúa, una generación que de jóvenes, en esos años parisinos sobre todo, pero también ya en España antes de salir a Europa y mucho más a su regreso tras la muerte de Franco, a sus inquietudes intelectuales y filosóficas (Josean está muy interesado en Heidegger y su obra "Ser y Tiempo" es su libro de cabecera; el profesor Silvela Silva les hace profundizar en los arcaicos griegos, los filósofos primitivos, y también en la filosofía del lenguaje; el narrador en compañía de su amante, Cicciolina, visitará a Ernst Jünger en Múnich; etc.) unirán sus devaneos con el mundo de las drogas legales (el alcohol sobre todo que en algunos hizo estragos) e ilegales (los porros de hachis, grifa y marihuana, las papelinas de LSD... e incluso en algunos de ellos la esclavitud de la heroína). Esto durante la juventud, o sea, durante el Primer Acto de la vida que en la producción libresca de Félix de Azúa se corresponderá con lo manifestado en "Autobiografía sin vida" publicado en 2010 (esto lo digo sin haberlo comprobado por mí mismo dado que no he leído el ensayo citado).

Es curioso y muy irónico que el Segundo Acto, es decir, el momento de máximo esplendor y proyección profesional de cualquier persona y por tanto también del escritor y de sus compañeros juveniles lo despache en "Tercer Acto" con rapidez en dos patadas, que suele decirse:

luego fueron pasando los meses, muchos meses, porque, sin apenas darme cuenta, había yo entrado en el segundo acto, el más largo y monótono, cuando el tiempo parece detenido, pero en realidad avanza con extrema aceleración y no nos percatamos de ello hasta que es irremediable y nos vemos arrojados al tercer y último acto.
[...] La obsesión por los libros, más que la lectura misma, ha sido el gran consuelo de mi vida a todo lo largo del segundo acto, que comenzaba en ese momento sin que yo lo sospechara. 

Evidentemente aquí está de fondo ese segundo libro de su autobiografía titulado “Autobiografía de papel” que apareció en 2013.

En este libro, "Tercer Acto", el autor da suelta a otra serie de asuntos que han movido su estar en la vida.  Se manifiesta con plena liberalidad sin seguir lo marcado por lo políticamente correcto sino lo verdaderamente sentido por él, una persona libérrima sin atadura política alguna. Estos son, aparte de los ya expuestos, algunos de estos asuntos: 

  • El franquismo como justificación vital de no pocas personas. Así los jóvenes que acuden a la tertulia del profesor Silvela se consideran represaliados políticos sin serlo: 
    • Filósofos españoles del siglo XX, Profesores represaliados por Franco en 1965
      No podíamos admitir que habíamos estado de vacaciones hasta entonces, era casi imposible renunciar al sueño heroico de haber sido perseguidos por la descomunal fuerza del Estado, iba a ser muy difícil echarle la culpa de nuestras frustraciones a alguien, una vez desaparecida la presencia granítica del dictador.
       (p. 68). 
 Jóvenes que cuando muere el dictador se quedan sin referente existencial lo que percibe el camarero que habitualmente les atiende en La Boule: 

    • Pronto comprendió la tristeza grande de aquellos desgraciados a quienes se les había hurtado el sentido de su existencia al perder el nombre del enemigo. Parece, ya me perdonaréis, dijo, como si se os hubiera muerto el padre, ¡ánimo, por favor (un peu de courage, sacrebleu)! (p. 68) 

  • Las drogas y los intelectuales. Me ha parecido de sumo interés, por desconocerlo completamente, la relación del filósofo alemán Ernst Jünger con el desarrollo del ácido lisérgico (LSD): 
    • Jünger había sido y era amigo de Hofmann, el químico que inventó el LSD y a quien Jünger se había prestado para las primeras experiencias alucinógenas.(80),  
  • Su opinión sobre los alemanes ha llamado poderosamente mi atención. Si las palabras que voy a colocar a continuación las hubiese leído antes de conocer la obra de Bernhard Schlink ("El lector" y especialmente "Olga", novela que he leído y reseñado hace bien poco) quizás me habría parecido una afirmación excesiva, pero, tras conocer la opinión de alemanes tan respetables como Schlink, ya no me lo parece: 
    • El campo bávaro y luego suabo estaba enteramente cubierto por la nieve. Las preciosas granjas de madera abalconada que se sucedían en la carretera parecían de juguete: hay un oscuro fondo infantil en el carácter germano que añade inocencia a su criminalidad congénita, como el niño que destripa juguetes mientras sonríe a sus papás.(p. 84) 
  • Interesantísima por demás es su opinión sobre la finalidad perseguida con la lectura de libros, actividad que en esencia ha constituido el segundo acto de su vida: 
    • en todos y en cada uno de ellos podía encontrarse lo que andaba buscando con desesperación desde que perdí la infancia, a saber, el secreto de la vida y de la muerte, un enigma escondido entre las páginas librescas de importancia decisiva para llegar a entender nuestra absurda naturaleza mortal y la razón insondable por la que no éramos dioses a pesar de haberlos inventado. (95) y con ese humor irónico y sarcástico suyo, tan característico, a continuación afirma que es fácil de entender que lo que me impulsaba a comprar libros (o robarlos, etcétera) no era leerlos, sino haberlos leído. Yo siempre leí en pretérito pluscuamperfecto. (96) 
  • La desaparición del otro por muerte o abandono: 
    • Es muy difícil aceptar que alguien con quien hemos contado toda la vida, tan indudablemente presente como si fuera el sol de cada día aunque no la hayamos visto en años, desaparecerá de pronto, en un instante, y ya no estará al otro lado del teléfono o de la puerta.(p.109)
  • París y la arquitectura
    • Aquél era un París muy empobrecido por la guerra. En veinte años apenas si habían comenzado alos franceses a reconstruir su industria pesada y a levantar ciudades nuevas como Evry o Cergy, única novedad urbanística que tanto interesaría a Rohmer porque creyó que sería la máquina de troquelación de unos nuevos ciudadanos más racionales y bellos, típica creencia de la vanguardia francesa desde Le Corbusier, como si la arquitectura fuera capaz de determinar a los ciudadanos para mejorarlos en lugar de corromperlos. (p. 132)
  • La sorprendente evolución política de las personas. Así Josean que había llegado a Heidegger a través de las revistas literarias falangistas que recibía su padre en casa ha pasado a ser ahora un ferviente defensor de la identidad nacionalista, que convertida en ideología política todo lo fagocita y controla: 
    • ¿Josean nacionalista? Ya lo creo, dijo Hugo con su mirada irónica, se ha ido convirtiendo en un nacionalista, pero a la manera de Heidegger, nacionalismo de la tierra y de la lengua, propuesta mítica y antirreligiosa. (p. 131) 
    • bajaba a la zona húmeda para llegarme hasta el viejo barrio del vicio, que estaba cambiando a gran velocidad y se transformaría irremediablemente gracias al grupo de negocios que montarían los socialistas cuando se adueñaran del Ayuntamiento de Barcelona junto con empresarios de un inexistente antifranquismo. Aquellas fuerzas, que entonces apenas llamaban la atención, se convertirían en un opresivo nacionalismo totalitario pocas décadas más tarde y dominarían el mercado entero del trabajo y de los negocios. (p. 148)
  • Religión e ideología política. Es curiosísima la opinión que defiende el profesor José Andaluce, exiliado en Francia y compañero de profesión y militancia política del padre de Manolín
    • Andaluce aún creía que el comunismo era un modo de justificar la existencia y darle un significado, lo que coincidía exactamente con lo que pretendían todos los credos religiosos: ofrecer una salvación y sosegar la angustia de un modo masivo.(p. 134) 
  • El imperceptible paso del tiempo
    • Cuando llega el momento de envejecer y comenzar a morir, el tiempo parece acelerarse en una monótona precipitación que lo hace inaprensible o inconsciente, pero cuando vuelve a nuestra conciencia nos encuentra ya viejos. La vejez llega en un instante y no depende de la edad. Hay gente que ha sido vieja desde la infancia. (p. 175)
  • Crítica a afirmaciones estúpidas de ciertos movimientos como por ejemplo ésta del animalismo: 
    • Comenzaba ya entonces la manía de los animales y del clima, una atmósfera opresiva que llevaría a aberraciones como confundir el tiro de mulas con el esclavismo o denunciar violaciones de gallinas en un gallinero.(p. 147), 
  • La nación en democraciaEspaña sin Franco iba a convertirse en una inmensa taberna para las masas europeas. (p. 149), 
  • La vida universitaria. Quizás éste sea el ámbito más conocido por Azúa y por ello al que dedica mayor espacio en las opiniones críticas que vierte al final de esta obra: 
    • La vida universitaria es un mundo ajeno sin apenas roces con el mundo real y verdadero. Se parece a la vida eclesiástica de los enclaustrados, en la que sólo importa lo que sucede dentro de la reclusión universitaria y entre los rijosos frailes, sus rencillas, sus venganzas, sus seducciones, sus abominaciones, pero con la diferencia de que el claustro universitario está persuadido de que puede cambiar el mundo. (p. 180) 
    • Hay que tener presente que, desde la muerte de Franco, la universidad española se había ido moralizando y al final ya sólo se enseñaba a ser demócrata, solidario, diverso sexual, respetuoso con el medio ambiente o agraviado por motivos de identidad nacional. Toda enseñanza seria estaba prohibida, había que hacer felices a los estudiantes, el suspenso era considerado reaccionario y el esfuerzo una práctica fascista. Desaparecida la lucha por la vida, la universidad se había convertido en un balneario. (p. 181) 
  • Médicos y muerte. La estación término de la vida, el final del tercer acto de la existencia se aborda por parte de los personajes de esta novela en frontal oposición a la dictadura médica empeñada en prolongar la vida a toda costa: Silvela, Josean, el propio narrador, desean ser soberanos en esa hora suprema, no desean fallecer en un hospital rodeados de tubos y de máquinas. Con inmensa sorna y no escasa acerva crítica el autor pone en boca de los médicos que en Hospital del Mar de Barcelona atienden al profesor Silvela que acaba de sufrir una trombosis la frase siguiente: 
    • queremos que el señor Silva Silvela viva muchos años y tenga una vejez feliz. Además, todo es gratis gracias al seguro médico, ese magnífico invento catalán. (p. 185) 
            El mismo Silvela Silva al verse visitado en el hospital por sus discípulos Josean, Hugo y el propio narrador, los despacha de su lado con estas palabras: 
    • y ahora, basta, ¡hala!, un par de besos, por favor, y adiós, no quiero volver a veros en lo que me queda de vida, me infectáis de sentimientos. Silvela estaba siguiendo su enseñanza y eliminando cualquier atisbo de emoción. Él prefería la caricatura antes que dar la menor ventaja a la muerte. Este desafío me ha parecido, años más adelante, algo profundamente castellano y ausente de otros lugares de la península. (p. 186)

Para finalizar

Muchas cosas además de la trama presentada y de los asuntos tocados por Félix de Azúa en esta novela de autoficción memorialista me han agradado. Ya he comentado anteriormente la estructura no lineal en forma de puzle desordenado siguiendo los caprichos de la memoria del narrador-autor-personaje que en el relato jamás es citado por su nombre real; tan sólo en un momento inicial de la narración -y luego también al final de la misma- Josean se dirige a él con el apelativo de Serenus Zeitblom, personaje de la novela Doktor Faustus de Thomas Mann. Al igual que  Serenus Zeitblom en la novela del premio nobel alemán cuenta cómo Alemania vendió su alma al diablo –el nazismo- por unos años de gloria, yo entiendo que bajo este apelativo Félix de Azúa quiere presentarse en Tercer Acto como alguien que está contando la deriva de Cataluña que en su opinión también ha vendido su alma a otro diablo no muy distante del anterior: el nacionalismo. 

Articulista en El País, Fundador de Ciutadans, Ciudadanos

El autor es académico de la Española desde el año 2015 donde ocupa el sillón 'H' sucediendo a otro catalán ilustre, el profesor Martín de Riquer. Su dominio y amor por la lengua castellana es perceptible en toda la novela. Utiliza un lenguaje hermoso con un vocabulario preciso y apropiado a aquello que designa lo que a veces le lleva a utilizar términos hoy algo en desuso pero muy ajustados a lo designado: Poterna (puerta angosta), derelictos (objetos abandonados por su primer propietario), gozque (perro), nosocomio (hospital de enfermos) y otros más. Junto a ello es destacable el culturalismo que rezuma toda la obra. Principalmente en el campo de la literatura como se ve por ejemplo en el ya comentado apelativo dado al narrador-personaje o en la imagen que viene a la mente de éste cuando se produce el reencuentro con los compañeros de juventud pasados ya muchos años: 

Recordé cuando el protagonista de Proust, en la Recherche, después de veinte años vuelve a encontrarse con los amigos de su juventud en un baile elegante y aquel reencuentro le parece como un efecto mágico, un portento, porque sus antiguos conocidos se esconden detrás de unas máscaras grotescas, ridículas, como de enanitos de cuento (p. 138)

Pero también en el campo de la pintura. En ésta es fundamental la alusión a la visión carnavalesca de la vida dada por Goya en una de sus pinturas, 'El entierro de la sardina', cuadro que muestra el último acto de disfrute de la vida carnavalesca. La alusión a este cuadro le sirve al autor-narrador para evidenciar la distancia que separaba la Barcelona que dejó en 1973 de la que se reencontró a su regreso en 1978: 

Yo había dejado una ciudad sórdida asediada por la presencia constante de los esbirros de la muerte, sus largos gabanes de paño gris en invierno, sus chaquetillas toreras de verano, pero ahora regresaba a una ciudad eufórica, con cabeza de cartón y signos anunciadores de la idiotez que sería la plaga mundial desde finales del siglo XX y estallaría en el siglo XXI. El célebre baile de la sardina, aquel amontonamiento de borrachos y monigotes presididos por una bacante bajo el estandarte de la sonrisa imbécil que Goya había eternizado, volvía a presidir una capital española. (p. 148)

En varios sentidos es una obra de final de ciclo, que dicen los futboleros, pues por una parte completa la autobiografía de la que el escritor llevaba ya dos entregas, y también el título -¡tan teatral y dramático!- viene a significar el final del ciclo de la vida del propio autor si bien afortunadamente aún no se ha producido pero que evidentemente por propia experiencia y observancia de la evolución del ser humano, intuye, no andará muy lejana. Azúa tiene 76 años y le deseo muchos más años de vida en los que prosiga dándonos obras clarividentes, irónicas y de crítico humor como ésta que he leído.