"No paraba de pensar en todo lo que tienen que aguantar las mujeres; y no me refiero solamente a lavar pañales o a que no les esté permitido ser juezas de un tribunal, sino a lo que yo estaba sufriendo en aquel momento: que te hurgasen, que te sondeasen, que te hiciesen daño. Y no sólo durante las visitas médicas; también en la noche de bodas, cuando la mujer se mete en la cama con el hombre al que ama. Ay, Dios (que no existes), tú odias a las mujeres, de lo contrario las habrías hecho distintas. Y tú que desairaste a tu madre, Jesús: tú las odias aún más. Siempre vagabundeando con una panda de tipos, pescando y dando sermones en el monte; para ti las mujeres como si no existieran." (“Chicas felizmente casadas”, pág. 119)
La cita anterior creo que resume con bastante fidelidad la intención de la autora: denunciar en tono distendido los elementos que desde hace milenios oprimen a la mujer. Denuncia de alcance universal al haber sido utilizados como instrumentos de dominación sobre el 51% de la población.
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Si en la primera entrega de la trilogía se narraba la iniciación de las dos amigas en el mundo de la gran ciudad, ahora en "La chica de ojos verdes", Kate va a tomar definitivamente decisiones que caracterizan a los adultos: romperá las amarras que la unían aún a sus orígenes campestres, resistirá con heroicidad los embates de la iglesia irlandesa que a través del párroco de su pueblo e incluso de un obispo pretende reconducirla y llevarla de nuevo al redil de la bovina conformidad en que siempre habían estado las mujeres, decidirá libremente unirse sin casarse a un hombre separado que casi le dobla en edad, resolverá incluso explorar nuevos horizontes abandonando Irlanda... En definitiva, Caithleen se ha hecho mayor y conoce la felicidad y el dolor de serlo. ¿Y Baba? Pues sencillamente en esta novela Baba queda relegada a un segundo plano, apareciendo en el relato sólo como asidero de una Kate que por momentos está muy perdida en ese mundo de mayores en el que no todo es de color de rosa. Baba es la seguridad que Kate siempre tiene a mano, es quien le recuerda verdaderamente quien es y de donde procede.
Es en el tercer y último de los relatos, “Chicas felizmente casadas”, en el que Baba reaparece ocupando un puesto central en el desarrollo de la trama. La vemos como un personaje ‘feliz’ dentro de lo que es la dureza de la vida para una mujer casada irlandesa por muy liberada que pretendiese estarlo o lo creyese ella misma. La clave de su supervivencia la encontramos en una frase que aparece al final de la novela: “La ignorancia es la felicidad.” Sí, en efecto, de este desigual par de niñas que correteaban juntas en la primera novela la que está más preparada para sobrevivir, aunque claudicando, naturalmente, es la más inculta, la menos inocente, la más primitiva en su concepción de la vida, la menos civilizada, la más sufridora pese a su vocinglera denuncia de la opresión. O sea, Baba: “Ay Señor, que todas las riñas y las palizas y las mentiras y la amargura hubiesen quedado reducidas a eso: a la mirada suplicante de Frank, a su dependencia de mí, igual que un perrillo…” ("Chicas felizmente casadas" pág. 174)
Las 3 novelas coinciden en tema y estructura. En las tres entregas las dos amigas sienten que se asfixian, razón por la que desean salir, escapar: del pueblo y del colegio de monjas, en “Las chicas de campo”; de Irlanda hacia Inglaterra en “La chica de ojos verdes”; y por último en “Chicas felizmente casadas” de la férula de sus maridos respectivos. Constantemente estas mujeres quieren ser ellas mismas lejos de su familia, de su patria, de sus maridos e incluso de sus propios hijos. Tal deseo de independencia expresado con tal libertad literaria no podía en los años 60, cuando salen las novelas a la luz, causar más que escándalo.
