Mostrando entradas con la etiqueta Romanticismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Romanticismo. Mostrar todas las entradas

18 jul 2024

Francisco José Sánchez Muniz: "Cuentos del Espejo de Agua"

14 comentarios:

«El libro paró su escritura y se cerró suavemente al ritmo que la claridad irrumpía en la mañana al amanecer. El lector, que había envejecido, […], estaba ahora radiante. Zoraida y sus criadas lloraban de emoción. En la cara del lector se abrió una sonrisa. La princesa se acercó a él y le cogió de la mano suavemente.»

Emulando al genial Miguel de Cervantes, aunque marcando las debidas, respetuosas y obligadas distancias con él, de Francisco José Sánchez Muniz (entre amigos, Paco) yo bien podría decir aquello de que Paco "ha cierto tiempo que es grande amigo mío" para proseguir confesando que es persona por demás afable, degustador de la buena cultura, hacedor de versos y narraciones, además de muy competente en lo suyo, o sea, especialmente en lo que toca a la nutrición y la salud cardiovascular. 

Yo que nada sé de nutrición, sí que puedo decir al menos, tras la lectura de los Cuentos del Espejo de Agua, que Paco es experto en lo que emocionalmente toca a la salud del corazón. Y es que, esto hay que decirlo desde el principio, los quince relatos que componen el volumen están llenos de amor: Amor a la literatura, amor a las narraciones mágicas y maravillosas, y amor humano hombre-mujer como el que se profesan los dos personajes principales de estos cuentos, Zoraida y el Lector del libro; un amor que van construyendo, recordando  y alimentando poco a poco, cuento a cuento, hasta sumergirse en las aguas del Espejo de Agua cuyas letras los habían enamorado.

La sensación que me invadía según iba leyendo estos relatos era la de adentrarme en la literatura propia de los cuentos mágicos y maravillosos. En efecto la cronología se pierde en ese «Érase que se era»  o «Érase una vez» con que principian buen número de los escritos que el Agua de Espejo va cincelando en las páginas del Libro azul celeste que el Lector lee a una audiencia que, noche tras noche, se congrega en torno al agua del foso del castillo-palacio donde se produce el milagro de la palabra. Estamos en un tiempo impreciso, que en mi imaginación se me antoja situado en esos siglos oscuros del alto medioevo en los que los grandes hacedores de cuentos vienen a ubicar la mayoría de sus historias. 

La sensación anterior se ve fortalecida por el romanticismo que impregna las narraciones contenidas en Cuentos del Espejo de Agua. Al decir romanticismo no sólo me refiero al sentimiento del amor que en mayor o menor medida, directa o transversalmente, cruza todos los relatos, sino a componentes románticos tan claros como la nocturnidad y el gusto por el terror, el miedo o la angustia que Paco pretende -y logra- reflejar en algunas de las historias. Tal sucede, por ejemplo, con la personificación dada a animales, objetos de la naturalezas y fenómenos atmosféricos que acaece en el titulado La bruma y el caballo; también en la analogía que en Día y noche se efectúa entre caballo y caballero y dama y yegua componiendo la quimera de un ser de seis patas. La plasticidad de la figura que se muestra remite con claridad a la intimidad amorosa. Es tal el poder mágico de la literatura, que los humanos que escuchan éste y otros cuentos vienen a confundir su realidad con la que se plasma en la ficción donde terror, prisión, lucha y amor se funden con la vida de Zoraida y del peregrino lector

Es una obra claramente de sensaciones, de emociones. Según paseaba por sus páginas he topado una y otra vez con un mundo sensorial lleno de sonidos y de colores, con una plasticidad que en literatura se logra fundamentalmente a través de la expresión poética. Y es que en Francisco José Sánchez Muniz anida un poeta. En él el estro pugna siempre por mostrarse, como se ve en este libro en multitud de expresiones de fuerte nervio poético («se acercó a ella, la cogió despacio por el taller y acercó su cara hasta que los ojos y sus bocas se fundieron llenándose de espumas de marea alta», en Sumergiéndose en el fondo del Espejo; «perdiendo la noche la soledad del silencio», en Una peregrinación diferente; «morir asaeteado por los cuernos de la luna o por el run-run de las estrellas titilantes», en La huida y el lago; «Infierno albo algo dantesco», en La bruma y el caballo); sin olvidar, claro, los poemas que se cuelan pertinentemente en algunos de los cuentos.

Francisco José Sánchez Muniz, Juan Carlos Galán, Paloma Celada, Antonio Bisquert
En la presentación del libro en el Centro Riojano de Madrid

Es evidente que Paco en esta colección de cuentos anidados entre sí por un hilo conductor, que inicia y concluye cada uno de los mismos (la lectura por el lector de los relatos que el Espejo de Agua escribe en ese libro de pastas azules cuando la noche comienza y que concluye con brusquedad al alba), tiene clara voluntad de estilo. Un estilo patente en la propia estructura anidada y en la variada manera de abordar los finales de los relatos: alguno, totalmente abierto; otros, inconclusos e incluso con doble final cual si de un ejercicio de taller literario se tratase. Un estilo a través del cual muestra, como ya he dicho, su gusto por la creación poética. También es evidente como rasgo de estilo el conocimiento que Francisco José exhibe del léxico de diferentes oficios (la 'gubia', el 'escoplo', el 'cepillo'... en El carpintero y el pájaro; la 'tanza', la 'carnada', la 'cofia', los 'rizos', el 'foque'...en El barco y el mayor tesoro). Y por último, dentro de lo propiamente estilístico hay que citar su inmenso amor por la literatura, la cual es homenajeada en referencias como la que realiza en El barco y el mayor tesoro, cuento en el que, así como en otros el escritor introduce partes en verso, en éste divide el relato en apartados bajo el epígrafe de las noches sucesivas durante las que el lector va leyendo el relato. La influencia y/u homenaje intertextual a obras o escritores clásicos es evidente:
  • «Segunda noche. Donde se relatan las aventuras que acontecieron a los tripulantes y marinos del barco después de una semana de viaje»
  • «Tercera noche. En la que se cuenta lo que aconteció al capitán y a los oficiales»
  • «esos hombres de la mar [en los que] existía mucha superstición y miedo y se contaban historias de mujeres bellas con cola de pez que, en las noches de luna nueva, cuando sólo hablaban las estrellas, hacían enloquecer con sus cantos y belleza a los hombres que el azar hacia caer en sus redes»
Para cerrar esta breve nota sobre el estilo de Francisco José Sánchez Muniz es obligado aludir a su condición de andaluz, onubense por más señas. Paco nació en donde el mar y los hombres que viven en su ribera soñaron e hicieron realidad el descubrimiento de otros mundos, otras gentes, otras historias... Su andalucismo es patente en la plasticidad, el colorismo, la magia, los sonidos, la sensualidad que habitan sus quince relatos. Dice el autor que hay en su obra una clara alusión a Las mil y una noches: «En un principio quise hacer algo que recordara a las mil y una noches, por eso, cuando y donde la luna está presente, un lector, noche tras noche, lee historias a una mujer que vive recordando su pasado». Efectivamente es así; y yo añadiría que además de esa evidencia también existe relación, en el modo de estructurar y anidar los relatos, con el clásico Decamerón boccacciano y con otros decamerones más actuales como el Decamerón del siglo XXI del Colectivo Literario Bremen en el que Francisco participa con varios relatos. 

Por último, y como sucede en los relatos contenidos en Cuentos del Espejo de Agua, el propio autor realiza sobre sí mismo una fusión entre lo real y lo ficticio. En el Proemio a estos cuentos leemos que, entre otras muchas fuentes de inspiración, dice el propio Francisco José Sánchez Muniz  «Cuentos del Espejo de Agua tiene su inspiración [...] sobre todo en un libro azul celeste grande con letras preciosas que recibiera de mi padre». Ese libro de su realidad vital lo transforma en el Libro azul celeste en el que el Agua escribe historias ficticias. Realidad y ficción, ficción y realidad, formando un ente único, como cuerpo y alma de un mismo ser. 

Si hubiera de elegir dos cuentos de entre los quince que forman el volumen (¡elección difícil, sin duda!) me inclinaría por los dos siguientes: "El peregrino" y "El candelabro". 
  • "El peregrino" me ha gustado por el ambiente frío, misterioso y el paisaje solitario de premonición de muerte en que se desarrolla. Todo esto y más se percibe en este cuento donde un peregrino y su fiel mastín se dirigen a una ermita. El camino es peligroso y misterioso. La arribada al destino, incierta. Nos movemos entre la certidumbre de una cosa y su contraria. La muerte, el descanso, el sueño... Todo ello se confunde armoniosamente en este cuento mágico.
  • "El Candelabro" es uno de los relatos que más se aproxima a los cuentos clásicos. Genios, seres maravillosos, Candelabro, espejo y cuadro de propiedades misteriosas siempre benefactoras si se cumplen condiciones establecidas. Amor paterno filial, hermano que aparece de manera mágica e inopinada, amor a raudales. Luna llena agosteña, éxito material en un bazar oriental... Como digo es un cuento en la más pura línea de lo mágico maravilloso.


El libro Cuentos del Espejo de Agua fue presentado el pasado día13 de junio en el Centro Riojano de Madrid. La sala en que tuvo lugar estuvo llena hasta los topes. Acompañó al autor en dicha presentación Margarita Arroyo, presidenta de AEFLA. 
La edición de Cuentos del Espejo de Agua está realizada por Ediciones Vitruvio, cuyo director Pablo Méndez también acompañó al escritor en la presentación. 
Es en la página web de la editorial donde se puede adquirir la obra. 


16 dic 2020

"Confesiones de un inglés comedor de opio" de Thomas de Quincey

16 comentarios:

“El comedor de opio no pierde ninguna de sus sensibilidades o aspiraciones morales: desea y anhela, con el mismo fervor que siempre, llevar a cabo lo que cree posible y lo que siente que le exige el deber; pero su percepción intelectual de lo que es posible supera infinitamente su capacidad, no sólo de ejecución, sino incluso su capacidad de intentarlo.”

Thomas de Quincey (1785-1859), escritor, poeta y periodista inglés de la primera mitad del siglo XIX, relata en esta novela breve los inicios, estado pleno y superación de su adicción al láudano (tintura de opio). Es, pues, una novela autobiográfica en la que el autor cuenta cómo tras morir su padre, acomodado comerciante, quedó a cargo de cuatro tutores que le dieron clase y casa en colegios ingleses de élite. Era tal su nivel intelectual y su capacidad para las lenguas clásicas y algunas de las modernas que a los 17 años harto de perder el tiempo con las pobres enseñanzas recibidas de estos preceptores abandona la Escuela en la que residía y comienza su deambular por la marginalidad londinense. Estamos en 1802. Durante este año y los siguientes hasta 1807 conoce el hambre, la imposibilidad de dormir, mil privaciones más, pero también entra en contacto con la bondad humana como la que Ann, una chica de su edad dedicada a la prostitución, le proporciona salvándole literalmente de la muerte. Por puro azar en una ocasión se encuentra con el abogado de un íntimo amigo suyo al que solicitará ayuda. La ayuda le llegará y le pondrá en contacto con el abogado de su padre encargado de administrar su herencia.

A partir de aquí finaliza su etapa de privaciones y volverá a la Universidad y a sus estudios que es lo que más le agradaba. En esta época, concretamente en 1807 y durante los 18 años siguientes, el opio entra en su vida; al inicio para mitigar un dolor para luego, y a la vista del enorme estado de claridad mental que siente con su ingestión, aficionarse a su consumo. En sus Confesiones contradice afirmaciones muy respetadas del momento que decían que el consumidor, tras un estado de felicidad de mayor o menor duración, caía en una profunda depresión que le inducía, para evitarla, a volver a consumir, de manera que así muy pronto se entraba en la espiral de la adicción. De Quincey niega tal cosa siguiendo a otros autores como Buchan que recomendaba la mesura en su consumo proponiendo dosis que proporcionaban beneficios al tiempo que evitaban la caída en la dependencia.

Tras hablar de los placeres que el consumo del láudano procuraban al sujeto pasa a hablar de los horrores que él mismo vivió cuando en el sueño entraban a formar parte elementos vistos, leídos o conocidos que de manera alucinatoria se repetían y multiplicaban en su imaginación borrando las fronteras entre sueño y realidad. Desde luego estas alucinaciones recurrentes son en mi opinión una anticipación o ejemplo evidente del surrealismo del siglo XX (cine de Buñuel, cuadros de Dalí, etc.). 

Y por último la superación de la esclavitud adictiva con una reducción de los granos de opio y de las gotas de láudano (24 gotas por grano) hasta llegar a su supresión total percibiendo entonces el autor-personaje protagonista que su intelecto funcionaba igual o mejor que cuando diecisiete años atrás se inició en el consumo.

Claramente es un canto de optimismo a las posibilidades del hombre de superar la adicción. Lo mejor de la obra es que no es moralista en el acostumbrado sentido de que ser un drogadicto es lo peor o de que toda la sociedad te evitará si consumes. Y al tiempo no cae en el concepto de culpa o de pecado tan pegado a las admoniciones moralizantes.

Han transcurrido doscientos años desde que en 1821 se publicó la obra. Me ha sorprendido la modernidad de los planteamientos sobre los peligros y también los placeres que el consumo de opiáceos produce. Y lo hace combatiendo los falsos prejuicios de un Anastasius frente al láudano al tiempo que,  apoyándose en tratadistas como Buchan pero sobre todo en su propia experiencia, tras aconsejar un consumo responsable pasa a declarar la diferencia que existe entre el bebedor de alcohol y el comedor (consumidor) de opio:
Por resumirlo todo en pocas palabras, un hombre que está ebrio, o tiende a la ebriedad, está, y tiene la impresión de estar, en un estado que apela a la supremacía de la parte de su naturaleza meramente humana, muy a menudo brutal; pero el comedor de opio (hablo del que no padece ninguna enfermedad, ni otros efectos secundarios del opio) siente que lo que domina es la parte más divina de su naturaleza;

Para un intelectual más que inteligente, amante de la creación y del pensamiento filosófico, es evidente que el estado de claridad mental que dice experimentó durante ocho años y que él achacaba al consumo de la tintura de opio, le fuese llevando casi sin darse cuenta a la esclavitud de la adicción hasta que por fin y gracias a  una enorme fuerza de voluntad lograr desasirse de la misma. 

Thomas de Quincey se plantea en la construcción de estas confesiones la manera como mostrar este cambio, esta evolución, en su discurso narrativo. En definitiva el autor realiza reflexiones metaliterarias la mar de interesantes: 

Y aquí me encuentro en un desconcertante dilema: o por un lado he de agotar la paciencia del lector detallándole mi enfermedad y cómo la combatí, dejando claro que ya no podía seguir luchando con esa irritación y constante sufrimiento; o, por el otro, si paso de puntillas sobre esta parte crucial de mi narración, renuncio a la ventaja de dejar una impresión más profunda en la mente del lector y me expongo a que se interprete que, igual que las personas débiles, me fui deslizando de manera fácil y gradual desde la primera a la última fase del comedor de opio (una interpretación que, en vista de lo que he reconocido hasta ahora, puede rondar en la mente de casi todos los lectores).

Reflexiones sobre su propia escritura que a mí me suenan a plena modernidad:

  • yo escribo como si pensara en voz alta, y sigo mi estado de ánimo sin pararme a considerar quién escucha; y si me paro a considerar lo que resulta decoroso decir a esta o a esa persona, pronto llegaré a dudar si es decoroso decir algo.
  • Ahora comenzaré «in medias res», y relataré sus efectos paralizantes sobre las facultades intelectuales en la época en que se podría decir que los tormentos del opio habían llegado a su acmé [«su punto culminante»].
  • Algunas llevan su propia fecha; otras las he fechado yo; y otras no tienen fecha. Cada vez que ha servido a mi propósito arrancarlas de su orden cronológico o natural, no he tenido reparo en hacerlo. A veces hablo en presente, otras en pasado.

En su manera de narrar hay que detenerse especialmente en el modo como comunica el estado de enajenación mental en que el consumo inmoderado de láudano le hizo caer. Son descripciones que si no supiéramos su procedencia adscribiríamos sin dudarlo al surrealismo:

  • A veces me escapaba y me encontraba en alguna casa china, con mesas de bambú, etc. Todas las patas de las mesas, los sofás, etc. pronto estaban inflamadas de vida: la abominable cabeza del cocodrilo, y sus ojos ladinos, me miraban multiplicados en miles de repeticiones: y yo seguía fascinado y aborreciendo todo aquello.
  • Monos, periquitos y cacatúas me miraban fijamente, se burlaban de mí, me hacían muecas o parloteaban. Me topaba con pagodas: y me quedaba inmovilizado durante siglos en la cúspide o en salas secretas; yo era el ídolo; yo era el sacerdote; me adoraban; me sacrificaban. Huía de la cólera de Brahma a través de los bosques de Asia: Visnú me odiaba; Shiva me tendía una emboscada. De repente me encontraba con Isis y Osiris, que decían que yo había cometido un acto que había estremecido al Ibis y al cocodrilo.

Desde luego no he encontrado en literatura mayor claridad y síntesis para comunicar al lector que "la percepción del espacio, y, en última instancia, la percepción del tiempo, quedaban profundamente afectadas" para el consumidor de opio tras su ingesta.

Y a lo dicho hasta aquí hay que añadir que De Quincey es un gran conocedor y degustador de la literatura de su tiempo; conocimiento que como sin querer va desgranando a lo largo de su relato: Percy Bysshe Shelley, Samuel Taylor Coleridge, Jeremy Taylor, el poeta escocés James Thomson ('El castillo de la indolencia'), el economista David Ricardo...; así como alusiones diversas a autores y pensadores anteriores (Homero, Spinoza...). 


A mí, aunque no lo cite por su nombre, me parece que las "Confesiones" del propio Jean Jacques Rousseau están en la base de estas de Thomas de Quincey. La manifestación plena del 'yo', de la propia subjetividad es la que sobre todas las cosas aparece aquí. Rousseau con sus "Confesiones" estableció la importancia de la experiencia personal, de la individualidad del ser humano; no otra cosa hace el escritor y pensador inglés en esta obra inserta por derecho en ese Romanticismo que se anunciaba ya en el pensador francés.

Ya para finalizar no me resisto a señalar una frase que aparece en el libro cuando De Quincey hablando de una obra suya inacabada dice que "Ese proyecto ahora estaba detenido y como congelado, al igual que un puente o acueducto español comenzado a una escala demasiado grande para las posibilidades del arquitecto." ¿Se refiere quizás aquí el pensador inglés a esa arrogancia española, tan nuestra, de pretender siempre hacer algo enorme, grandioso, 'lo mejón' en expresión castiza andaluza, sin tener en cuenta las capacidades de sus realizadores?

Una lectura que me ha satisfecho mucho. Una lectura que he visto muy moderna, muy actual, nada fuera del tiempo. En definitiva, un clásico con todas sus letras al que llegué por dos azarosas circunstancias: una, buscando un autor cuyo apellido o nombre identificativo comenzase por la letra 'Q' y me sirviese para cubrir esa grafía en el Reto de Marisa de su blog "Lecturápolis"; y la segunda, libros que no tuviesen demasiadas páginas por ver si logro completar el número de lecturas que atrevidamente me propuse a principios de este año tan aciago.

_______________________

"Confesiones de un inglés comedor de opio" de Thomas de Quincey me sirve también para participar en el Mes de la Novela Clásica del blog "Libros que hay que leer" de mi amiga Laky, así como para añadir una lectura clásica más a la IVª edición del Reto 'Nos gustan los clásicos' del blog "Un lector indiscreto" de mi amigo Pedro.


4 ago 2018

Haifaa Al-Mansour. Cine de verano I

12 comentarios:
Antes, once upon a time..., hace ya algún tiempo, vamos, quiero decir, cuando yo era joven, la canícula veraniega la combatíamos no pocas veces refugiándonos en alguno de esos programas dobles en sesión continua que los cines de mi ciudad exhibían durante los meses de julio y agosto. Ni sé ya las aventuras de Tarzán - to be continued..., decían esas pelis al acabar - que vi durante mi niñez o, ya adolescente, las de James Bond que contemplé hurtando la cara al severo portero de la entrada para que no reconociera en lo imberbe de ella mi minoría de edad.

Eso era para mí el Cine en verano: Películas para matar esas horas terribles de la tarde en que el sol derretía el asfalto y hacía que los adoquines de las calles ardiesen. Y en cierta medida sigo fiel a esta idea del Cine como refugio contra las implacables temperaturas. Pero afortunadamente "la película" (ja, ja..) ha cambiado mucho. Gracias a Dios entre los inevitables saldos de celuloide fabricados para la ocasión y las cintas para el consumo infantil, la ubicación geográfica y temporal de España en el ámbito de la distribución mundial de los filmes hace que a nuestro país lleguen varios meses después de su estreno filmes importantes que desde luego yo no colocaría bajo el despectivo marbete de "cine de verano". No, desde luego que no, afortunadamente, no. 

Y gracias a esos cambalaches de la industria, en un derretidor mes de agosto he podido ver en días sucesivos - ya no hay programas dobles como antaño- dos buenas películas: "Mary Shelley" de Haifaa Al-Mansour y "Happy End" de Michael Haneke.

"Mary Shelley"
Está dirigido este film por Haifaa Al-Mansour, mujer saudí de 44 años educada en El Cairo donde estudió Literatura y en Sidney (Australia) a donde se desplazó para cursar estudios cinematográficos. En su país es la primera mujer directora de Cine; además ha alcanzado reconocimiento internacional desde su primera incursión en el mundo del largometraje con "La bicicleta verde" (2012), film que se paseó con éxito por diversos festivales (Venecia, Dubai, nominación al Óscar como mejor pelicula de habla no inglesa...). En 2017 estrenó "Mary Shelley", su primera producción británica.

Película "Mary Shelley", Biopic, cine histórico
Se centra el film en las relaciones entre Mary Wollstonecraft Godwin (1797-1851) interpretada por la actriz Elle Fanning y el poeta Percy Bisshe Shelley (1792-1822) al que da vida el actor Douglas Booth. Es un drama romántico sobre la relación entre estos dos jóvenes, auténticos adelantados a su tiempo. Mary era hija del filósofo librepensador William Godwin (Stephen Dillane) cuya esposa falleció por una septicemia a los diez días de haber dado a luz a Mary. Asi pues, Mary jamás conoció a su madre, la filósofa y escritora pionera del pensamiento feminista Mary Wollstonecraft, pero siempre arrastró la idea de haber sido ella la culpable de su muerte.

En el biopic que es esta cinta se ve cómo Mary Wollstonecraft Godwin heredó de sus progenitores sus cualidades literarias, sus ideales librepensadores y su afán por la emancipación de la mujer en un momento - el Romanticismo - en que las ideas de libertad se extendían como un incendio imposible de controlar. Por esto no le importó al enamorarse a los 17 años del poeta Shelley, ya casado y con hijos, huir de la casa familiar junto a su hermanastra Claire Clairmont (Bel Powley) para vivir con él. Era una romántica practicante que gustaba de siempre de la lectura y escritura. En la película la vemos desde el principio practicando la escritura siguiendo el estilo de escritores que la satisfacían especialmente su propia madre a quien tenía idealizada. Su padre, el precursor del anarquismo William Godwin, le da un consejo literario - "No intentes parecerte a nadie. Sé tú misma"- , consejo que cuando lo sigue por vez primera le proporcionará el éxito.

Antes de que tal cosa suceda Mary afrontará el desapego paterno por la vida amancebada que lleva con Shelley siempre agobiado por las deudas por lo que no pocas veces habrán de abandonar el domicilio donde viven junto a Claire. Además, Mary será madre, pero su bebé morirá y esto la deja postrada en una especie de depresión. Para mejorar de vida y de salud su hermana Claire consigue que el poeta Lord Byron (Tom Sturridge) con quién mantenía una relacion amorosa invite a los tres a pasar una temporada en su opulenta residencia ginebrina. Es aquí donde para procurar salir de la monotonía de encierro en la casa que el mal tiempo impone Byron propone que los residentes escriban una historia romántica de fantasmas que luego leerán a los demás. El Doctor Polidori (Ben Hardy), enamorado de Mary, es  el primero en realizarla entre la chanza y el desprecio de los dos poetas quienes han llegado a tal nivel de frivolidad y extravagancia que hará que Mary tome conciencia de la situación y decida marchar de allí con Shelley casi alcoholizado y con Claire decepcionada de Byron.

Es a partir de este momento que Mary Shelley toma la vida por los cuernos y se empondera realizando su proyecto vital: ser escritora con voz propia. Así tras unos meses de intenso trabajo presenta a Shelley una obra en prosa: "Frankestein o el ' moderno Prometeo'". Hay que decir que la idea de crear un ser vivo a partir de la nada como hiciera Prometeo insuflando vida a una figura  de arcilla con forma humana le vino de los espectáculos de galvanismo frecuentes en la época a los que ella, gran aficionada a los adelantos científicos, asistía con frecuencia. 

Romanticismo, Cine dirigido por mujeres
Haifaa Al-Mansour, realizadora del film, es adalid de la liberación femenina (no hay que olvidar su origen saudita donde hasta ahora la mujer, incluso de clases altas como ella, vive en estado de negación de derechos fundamentales) y con esta película nos muestra las tremendas dificultades a las que Mary Wollstonecraft Godwin  hubo de enfrentarse para ver su autoría reconocida en la publicación de la obra. Sólo si su marido, Percy B. Shelley, la firmaba ésta sería publicada.  No contaré más para no hurtar interés en la contemplación del film. Sólo diré que pese al comportamiento veleidoso y errático que en la cinta se  muestra del enorme poeta inglés éste no se portará del todo mal con la madre de los cuatro hijos que tuvieron en común, de los que sólo les sobrevivió uno, Percy Florence Shelley (1819-1889).

La película se centra en el personaje que le da título (es un biopic, no podemos olvidarlo) dejando, quizás, algo desdibujada la realidad literaria -¡enorme!- de los dos poetas ingleses, Byron y Shelley. Del primero se nos traslada una imagen en exceso machista, arrogante y brutal en la relación humana. De Shelley nos quedamos sin conocer la profundidad de su interesantisima obra literaria, poniendo el acento Al-Mansour sobre todo en sus fases alcohólicas y de promiscuidad sexual con ambos sexos. En contraposición, la figura de Mary es la de una persona responsable, siempre sabedora de lo que quiere, una mujer que no cae en el exceso más que ocasionalmente y cuando sucede siempre hay una justificación para ello: el amor. En este sentido el hermoso film me ha parecido algo maniqueo.

A mí la película me ha gustado en general. Sus 120 minutos de metraje se pasan en un vuelo. Todo en ella, además de su contenido, está realizado con delicadeza y sensibilidad. Me ha encantado ese color matado, como tormentoso, que envuelve las acciones de los personajes; la música y la puesta en escena realzan la atmósfera romántica de sus acciones. Todo en el film está al servicio del drama romántico que se presenta en pantalla.

Cine histórico, Biopic, Literatura romántica, Feminismo
Los actores están todos espléndidos pero quizás sea Stephen Dillane quien más me haya gustado. Este actor es quien en la serie televisiva "El túnel" da vida al detective inglés Karl Roebuck que investiga, junto a la detective francesa Elise Wasserman (Clémence Poésy), los asesinatos que suceden en el Túnel del Canal. En la producción de Al-Mansour, Dillane compone un personaje de William Godwin estupendo. Para mí es con diferencia quien mejor está de todo el plantel de actores. Y eso que Elle Fanning de tan sólo 20 años da vida a una creíble Mary; igual que le sucede a Douglas Booth seis años mayor que la Fanning en el papel de Percy B. Shelley.  

La película se estrenó en España el pasado 13 de julio. Aún está en cartelera pero creo que está ya a punto de desaparecer de ella como demuestra que se proyecte ya sólo en sesión diaria única (hablo por mi ciudad) o a punto esté de pasar a la sesión golfa. Así que si queréis verla no debéis despistaros. 



10 feb 2015

“Los amantes de Teruel”: Historia y Leyenda. Preguntas.

2 comentarios:
(Dada la puntual deriva amorosa que este mes de febrero ha tomado el blog, me ha parecido oportuno colocar este artículo que apareció publicado en el número de noviembre de 2014 de la revista emBLOGrium. Espero que os agrade)


Juan De Ávalos, Iglesia de San Pedro (Teruel)
Manos del monumento a los Amantes realizado por Juan de Ávalos
Hace ya unos años, los turolenses, ante el poco caso que les hacía el Gobierno de la Nación y también el de su propia Región, lanzaron una campaña publicitaria en prensa, radio y televisión que logró sus objetivos e hizo que los españoles volviésemos los ojos hacia esta provincia aragonesa. La exitosa campaña popularizó el eslogan de “Teruel también existe”.  A partir de ese momento el turismo interior encontró en Teruel un nuevo lugar donde recalar. Fue entonces cuando el Ayuntamiento de la ciudad pensó en cómo hacer para que los visitantes de la ciudad permaneciesen el mayor tiempo posible en ella. Muchas cosas tiene la ciudad que justifican su visita: magníficas iglesias mudéjares, edificaciones modernistas como la comunicación entre la estación de tren de estilo neo-mudéjar y la ciudad alta o las contundentes casas de la burguesía comercial local realizadas por discípulos de Gaudí. Pero estos elementos, siendo importantes, no eran diferenciadores. La corporación municipal turolense durante los años 90 del siglo pasado pensó que la solución para su ciudad no vendría de fuera sino que estaba dentro de la misma villa. Y ésta no era otra que lo que a lo largo de los siglos la había hecho distinta a otras localidades españolas: la historia legendaria sobre los Amantes de Teruel.

 La Historia de los Amantes de Teruel
La historia de amor de Isabel de Segura y Diego de Marcilla, los Amantes de Teruel, se remonta al siglo XIII. Él, era el segundo hijo varón de su familia, y por tanto, no tenía derechos de herencia; mientras que ella, era hija única de una de las casas más ricas de la ciudad. Bajo estas condiciones, su amor solo podía culminar si el joven era capaz de lograr las riquezas suficientes como para aportar una dote acorde a las demandas de la familia de Isabel. Así, el padre de Isabel le concedió a Diego un plazo de cinco años para tal fin, y éste se unió como soldado de fortuna a las tropas cristianas que luchaban contra la invasión musulmana con la promesa de volver rico. Mientras, Isabel aguardaba en Teruel, rechazando propuestas de matrimonio de muchos de los nobles de la ciudad y aplacando los deseos de su padre de que contrajera matrimonio cuanto antes.