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4 dic 2023

Los amigos del crimen perfecto. Premio Nadal 2003. Andrés Trapiello.

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«Los ACP [Amigos del Crimen Perfecto], a imitación del Detection Club que formaron Chesterton, D. L. Sayer, Agatha Christie, F. Willis, Crofts, Wade y otros, era un club de amantes de la novela policiaca, un grupo de personas a las que unía el amor del arte por el arte, el arte puro, el asesinato como una de las bellas artes, para decirlo con frase impar.»

Los amigos del crimen perfecto, Premio Nadal, Andrés Trapiello
Andrés Trapiello es un escritor que siempre me ha interesado. Lo conocí por sus artículos publicados en la sección cultural de periódicos y de revistas. Lo he leído a lo largo de los años con mucho agrado. Abordé la lectura de la para mí primera obra suya hará algo más de dos años y medio. Fue su ensayo de corte biográfico  e histórico titulado Madrid del que dejé testimonio en este mismo blog. Como todo lo suyo que hasta el momento había leído me gustó y así lo reflejo en la reseña que hice de la obra.  

No había abordado su novelística hasta este momento siendo ésta, Los amigos del crimen perfecto la primera novela suya que leo. Mirando la biografía literaria que coloqué en la entrada que dediqué en El blog de Juan Carlos a su ensayo Madrid observo que la misma fue su tercera incursión en el género. Antes de 2003, que fue cuando Los amigos del crimen perfecto se alzó con el Premio Nadal, Andrés Trapiello había publicado ya otras novelas: La tinta simpática, en 1988,  y  El gato encerrado, en 1990,  primer tomo éste de los diecisiete que hasta la fecha ha publicado del Salón de pasos perdidos, conjunto de diarios que ha subtitulado Una novela en marcha, publicados todos ellos en la editorial Pre-Textos. Al ser esta última más un tomo de un diario que una novela en el sentido habitualmente admitido, es El buque fantasma, aparecida en 1992, la considerada segunda novela suya, novela que fue galardonada ese mismo año con el Premio Internacional de novela Plaza y Janés. 
Tras Los amigos del crimen perfecto, en 2005, Andrés Trapiello, un enamorado de  Miguel de Cervantes y en especial de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, da a la imprenta Al morir don Quijote considerada por la  Fundación Juan Manuel Lara como la mejor novela de ese año editada en español. Cuatro años más tarde y también en la editorial Destino publica Los confines. Por último, en 2012, aparece  su novela Ayer no más, elegida mejor novela del año por los lectores del diario El País.

Como se ve por lo dicho hasta aquí, Trapiello es un periodista, articulista y ensayista que no hace ascos a la narrativa en el formato de novela. En mi opinión, tras haber leído la que protagoniza esta reseña, su manera de narrar tiene individualidad propia y distintiva, algo que no todos quienes proceden del periodismo logran. Pero entremos ya de una vez en ella.

Los amigos del crimen perfecto me ha gustado y sobre todo me ha entretenido. No digo que sea perfecta, desde luego que no. No sé, creo que hay algo en ella que no se ajusta a la perfección. Pero ya digo que es muy entretenida y especialmente realiza un diferente y muy sabroso recorrido por la novela policíaca española que luego derivará en negra, de esa novela clásica de detectives que corretean, piensan y resuelven siempre en localidades extranjeras (USA, Inglaterra, París...) hasta esa nueva novela española que en los años 80 salta de Chicago, Los Angeles y los docks de Dover a las calles de Madrid, Barcelona, Bilbao y otras localidades españolas.

Naturalmente todo lo anterior se envuelve en un delicioso celofán, el de la ACP (Amigos del Crimen Perfecto), tertulia que periódicamente se reúne en el Café Comercial de la madrileña glorieta de Bilbao, para debatir sobre novelas de aquí y de allá en las que haya un cadáver, una investigación, unas pruebas, unos sospechosos y unos culpables con pruebas incriminatorias sólidas. Pero, se preguntan estos tertulianos, que entre ellos se llaman con nombres de autores y de personajes célebres de la literatura policíaca y detectivesca (Sam Spade, Nero Wolfe, Sherlock Holmes, Miles, Poe, Marlowe...), ¿existe el crimen perfecto? («El azar es el principio fundamental de todo Crimen Perfecto. El azar, algo en lo que la policía no cree nunca.»). 

Estos individuos, en una magistral mezcla entre lo real y lo ficticio, entre literatura y vida, viven en la realidad («Una cosa son las novelas, y otra la vida real. Lo sabes muy bien. Y en la vida real hemos de vivir todos a medias, con las cosas descacharradas. Ésa es la vida. A cambio tenemos nuestras pequeñas alegrías, nacen hijos, los vemos crecer, nos reímos con ellos. Esa felicidad es real. En las novelas las cosas malas pesan mucho, pero no tienen en cambio una sola cosa buena real.») pero se mutan en ficción en sus reuniones. Hay uno, Paco Cortés (Sam Spade), escribidor de relatos policíacos de kiosko, que sirve de nexo de unión entre ambos ámbitos. Con este personaje, en mi opinión, cumple Trapiello uno de los propósitos de este libro: homenajear a los autores de novelas tipo pulp fiction o hard boiled que hubo en España durante las décadas de los 50, 60 y 70 del siglo pasado. Me refiero a nombres como José Mallorquí, Francisco González Ledesma, E. Macho Quevedo, M. Guasch, E. Riambau, y otros más [en una ya muy lejana entrada en el blog, que desde aquí os animo a leer, toqué este tema que siempre me ha resultado fascinante], que engrosaron la, durante bastantes años, considerada sub-literatura de kiosko. Al igual que ellos, el protagonista de la novela, autor de más de 30 títulos, utiliza seudónimos diversos:
«Tenía muchos otros seudónimos donde elegir: Fred Madisson, Thomas S. Callway, Edward Ferguson, Peter O'Connor, Mathew Al Jefferson, Ed Marvin Jr. y una docena más que utilizaba caprichosamente.»
Con el advenimiento de la Democracia  estos autores fueron reivindicados, los que aún vivían salieron de su, hasta ese momento, forzado anonimato y realizaron lo que en este libro se muestra: la conversión de esa literatura vergonzante y menospreciada en novela policíaca española y más tarde en la novela negra española actual que de tanto prestigio y buena salud goza actualmente. Esta transformación la personifica el autor en la figura del protagonista y alma de la ACP, Paco Cortés, quien en un momento dado, ya como gestor de la editorial donde hasta entonces había publicado sus relatos, decide hacer en su propia persona y también en el terreno de la novela policíaca española de kiosko una reconversión paralela a la que en la industria y tantos otros aspectos estaba experimentando España: 
«—Se le ha ocurrido una idea que considera una genialidad: plagiar nuestras propias novelas. Todos le miraron con expresión de sorpresa. 
 —Hay que ambientar las novelas en España. Es lo que se estila ahora. El público está cansado de que los crímenes ocurran a tres mil kilómetros de aquí. No valoran el que sean o no perfectos, sino que se huela o no la sangre, y cuanto más próxima esté la sangre, mejor, y cuanto más familiar, mejor todavía.»
Por lógica, derivado de este entreveramiento literatura-vida, uno de los componentes destacables en Los amigos del crimen perfecto es la metaliteratura. Se habla mucho aquí de literatura, como por otra parte es natural en una tertulia de amigos amantes del género policíaco. Un género éste que en esos años finales de la dictadura e iniciales de la democracia (la historia temporalmente pivota sobre el asalto al Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981) comparte con el de la novela rosa o sentimental, también de kiosko, muchos elementos, por ejemplo el de la obligada ausencia de crítica social:
«A las lectoras les gusta que las mujeres sean jóvenes, guapas y pobres y los hombres canallas, guapos y ricos. Las guapas son un poco tontas y las buenas son menos guapas, pero más decentes. Las guapas, golfas y las feas, en cambio, muy buenas madres, novias y hermanas. Lo de los hombres no tiene variación: siempre egoístas y depredadores de su virtud. Usted me entiende. Las guapas acaban pasándose de tontas y las listas acaban siendo un poco más guapas. ¿Me sigue usted? ¿Qué porquería es esa de que la protagonista se enamore ahora de un cura obrero?»
Tercera España,
Si todo lo expuesto hasta aquí revela elementos que me han agradado de esta novela, he de decir que la manera que tiene Andrés Trapiello de presentarlos también me ha satisfecho mucho. El novelista muestra su dominio de la lengua a través de un vocabulario extenso y muy preciso. Según leía he ido tomando nota de muchos de los términos que el escritor emplea y la lista ha resultado muy extensa. Son palabras como mechinal ('habitación muy pequeña y reducida'), se azorró (‘se avergonzó’), tillado (‘suelo de tablas’), contumelia (‘Oprobio, injuria u ofensa hecha a alguien’), caduceo (‘vara cilíndrica rodeada por dos serpientes, símbolo del dios romano Mercurio y hoy símbolo del comercio’), cenceño (‘Enjuto, delgado’), barzoneando (‘Andar vagando y sin destino’), trapaza (‘Artificio, engaño’), cerusa (‘Carbonato de plomo’), lampiones (‘Faroles de alumbrar’), corchete (‘Agente de justicia que se encargaba de coger al delincuente’),  mirotear (neologismo construido a imitación de ‘corretear’ o ‘besuquear’ para marcar la acción frecuente o repetitiva de ‘mirar’), etc, etc. 

Un dominio del vocabulario del que dan muestra también largas enumeraciones que utiliza en ocasiones:
  • «cuántos asesinos, malhechores, barbianes, belitres, malsines, rufianes, bergantes, granujas, truhanes, bribones y bellacos» 
  • «Había allí pistoletes, cachorrillos, pistolas de duelo, de avispero, colts, revólveres de lo más variado, ordenados por épocas, por tamaños, por filigrana, en roseta, con los cañones apuntando al centro, en espiga, en ringlero, en escala…»
Y todo esto parodiando con acierto el estilo de las novelas baratas, hardboiled o de kiosko:
«Cuando aquel beso terminó, Hanna, sin soltar sus manos, le condujo al dormitorio, no sin antes soplar sobre la llama de la vela. En el momento en que se apagó, apareció en el balcón el sortilegio de todas las estrellas, y la luna extendió, como una alfombra, el misterio de su sudario.»
Una parodia que, como ya he dejado dicho, llega a colonizar su propia vida -la de Paco Cortés, se entiende; aunque quizás trascienda a la del propio escritor, asunto para debatir en tertulia a semejanza de la que los ACP realizan en el Café Comercial- convertida, al expresarse así, en prácticamente elemento novelesco: 
  • «Sí, le dolía la garganta. En una novela él hubiera tachado las palabras dolor-de-garganta con unas equis, y habría dejado de dolerle. En una novela habría suprimido el pasaje donde el jarrón se rompía, y el jarrón seguiría incólume.»
  • «¿Qué había querido Dora decir con aquel beso? Le gustó aquel beso por lo que tenía de novelesco. Le gustaba mucho la vida cuando se parecía en algo por lo menos a una novela de las suyas.» 
Tampoco hay que olvidar la buena dosis de humor en que Andrés Trapiello envuelve su narración. Es un humor inteligente, nada chocarrero, que incide y demuestra siempre el buen talante del autor y su inmenso conocimiento literario. Una sabiduría literaria que aparece esparcida en Los amigos del crimen perfecto de una manera natural, nada impostada:
  • «Modesto acudió a las diez de la mañana siguiente a la calle San Francisco de Sales, tal y como el inspector le indicó. Ésa era la hora en la que se incorporaba el comisario jefe, encargado del caso, un tal don Ángel de Buen, que llegó, en efecto, a las once y media.» 
  • «—Apuesto tres párolis a que esos polis no sacan nada en claro —dijo Marlowe, que no sabía exactamente lo que era un pároli, pero se había quedado con la expresión desde que la leyó en una pésima traducción de una novela de Dürrenmatt.»
Para concluir
La acción de la novela está situada en los años 80, concretamente el 23 F de 1981 tiene -ya lo he dicho en algún momento de esta reseña- un papel cenital. A partir de esta fecha central la acción discurre hacia adelante durante dos o tres años. Esta linealidad temporal se rompe con múltiples vueltas atrás dado que todos los personajes tienen pasado. Asistimos a la vida de muchos de estos personajes. En la novela evolucionan los mismos de su entidad novelesca (Milagros es Miles, Paco Cortés es Sam Spade, Modesto Ortega es Perry Mason, Lolita Chamizo es Mike Dolan, el hijo del relojero de la calle Postas es Marlowe, el policía de la comisaría de la calle La Luna es Maigret, el doctor Agudo es Sherlock Holmes, el estudiante es Poe, el dueño de un restaurante de nombre auténtico Antonio Sobrado es Nero Wolfe...) a la real cuando la evidencia de la vida se les impone tal y como Paco en un momento dado le dice a Dora, su mujer («tenemos que vivir en la vida, no en una novela. Para vivir precisamos no lo ficticio, sino lo necesario.»)

Tertulias literarias,Cafés literarios madrileños
Los tertulianos -la vida y la evolución en el tiempo de una tertulia también me ha resultado interesante- discurren mucho sobre la posibilidad en la novela de un crimen perfecto. La novela transita desde la ficción hacia la realidad y ésta se intenta explicar utilizando utensilios propios del mundo novelesco. ¿Es esto factible? y lo que es más importante, ¿existe el crimen perfecto? ¿En la realidad sí y en la novela no? ¿O será más bien al revés? 

Además de todo lo anterior diré que Los amigos del crimen perfecto de Andrés Trapiello me ha interesado mucho por ser un elogio de la novela policíaca clásica, de la gran novela detectivesca. El diálogo que mantienen en un momento del relato Antonio Sobrado (Nero Wolfe) y Francisco Cortés (Sam Spade) es toda una lección sobre dicha novelística:
«—¿Qué novelas te gustan a ti?
—¿De las grandes? —preguntó Cortés.
Nero Wolfe comprendió que estaba en efecto delante de un experto.
—¿A qué llamas tú grandes? 
—Lo siento —se disculpó el recién estrenado novelista—. Me refería a los clásicos, ya sabes Malet, McCoy, William Irish… 
—Yo creía que los grandes eran Doyle, la Christie, Simenon. 
—Ésos son los clásicos. 
—De acuerdo —empezó a decir Antonio Sobrado—. De los tuyos me gusta, de McCoy, Di adiós al mañana, y de Irish, La novia iba de negro.Y de los míos El regreso de Sherlock Holmes, de sir Arthur, El hombre que oyó pasar trenes toda la noche, de Simenon, y de La Dama, El asesinato de Roger Ackroyd, quizá los Diez negritos, no sabría con cuál quedarme.
—No está mal —dijo el novelista—. Pero ¿conoces El misterio de la habitación amarilla de Gaston Lerroux, Lord Peter y el desconocido de Dorothy Sayers, El asunto Benson de Van Dine, El problema del telegrafista de Dickson Carr o El misterio del sombrero de seda de Ellery Queen? Las que tú has dicho son novelas de sobresaliente. Éstas son de magna cum laude, y son clásicas.»




11 mar 2021

Andrés Trapiello. Madrid

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"Es imposible llevar la cuenta de las transformaciones, mejoras y peoras. Madrid cambia tan rápidamente como nosotros mismos, pero esa velocidad solo la aprecia el que viene de fuera o el que llevaba sin vernos mucho tiempo. Madrid, como nosotros, al verse cada mañana en el espejo, no nota el cambio. Puede que algún día llegue a decir: ¡cómo he envejecido!, pero se olvida a los dos minutos.

Leyendo "Madrid" de Andrés Trapiello no he podido menos que recordar la satisfactoria lectura que realicé, cinco años atrás, de "Madrid. La novela" escrita por Antonio Gómez Rufo  de la que dejé debida constancia en este blog [lee su reseña aquí]. Desde luego son obras muy distintas. Si la de Gómez Rufo me pareció original y novedosa, la de Trapiello me ha sorprendido por el enfoque, ¡tan personal!, dado a la misma. Viene a decirnos el autor que los lugares son lo que las personas que los habitan perciben de ellos. Soy de la misma opinión.

Andrés Trapiello, natural de Manzaneda de Torío (León), donde nació en 1953, abandona la casa familiar por desavenencias familiares con su padre en mayo de 1971. A dónde ir con esos pocos años y en compañía de un hermano algo mayor que él no podía encontrar otra respuesta que la de la ciudad de Madrid. A Madrid vino Andrés junto a su hermano Pedro tras una discusión con el padre. En Madrid, Andrés no tenía otro asidero que un amor de verano -una prima- con quien contactó imbuido totalmente del romanticismo emanado de la lectura de "La Cartuja de Parma" de Stendhal. El padre de la chica, tío por parte de madre de los dos chicos, era miembro de la Guardia Civil, y avisado de la huida de los sobrinos decidió acogerlos en su casa. Pronto Andrés se dio cuenta, cuando su hermano decidió volverse a León y la prima le dio a entender que de lo dicho en verano nada de nada, que había de buscarse la vida por sí mismo. Y así decidió salir de la casa de su tío y buscar una de huéspedes que encontró por los Carabancheles. Como medio de subsistencia se valdrá de la venta de enciclopedias que había iniciado con un boxeador que le metió en el negocio: no lo hacía mal y por la zona de la calle de Serrano vendió varias así como suscripciones al Círculo de Lectores que por estos años se iniciaba en España. Pero pronto tomó conciencia de que era difícil salir adelante así y más si como a él le ocurría lo que deseaba era hacerse escritor. De manera que, transcurridos cinco meses de estancia en Madrid, decide marchar a Valladolid donde un tío suyo lo acoge y él podrá estudiar Filología; cambiará sus contactos anarquistas madrileños por su militancia en la Joven Guardia Roja al tiempo que comenzó a colaborar en prensa. De la Joven Guardia Roja pasaría a militar en el PCE (i) del que sería purgado en 1974 por 'revisionista y drogadicto'. El hecho es que en 1975 de nuevo vuelve a Madrid, ciudad que ya no abandonará y en la que vive desde entonces.

El libro "Madrid" es una obra literaria de naturaleza mixta. Digo mixta porque, pese a su título, no es un libro de viaje al uso dirigido al turismo que visita la ciudad, no es sólo una historia de Madrid, tampoco es exclusivamente la crónica de un Madrid que fue y que ya no es...; bueno es y no es todo eso al tiempo porque lo esencial es que es el libro de Andrés Trapiello que pasea y vive Madrid durante medio siglo. En definitiva, pues, cabría calificarlo de ensayo, género muy personal que puede acoger todo lo anterior y aún más.

El descubrimiento personal que realiza Trapiello de Madrid le lleva a hablar, a la par que de su propia biografía, del ayer de la capital, un ayer que se remonta diez siglos atrás cuando la Villa no era más que una fortaleza árabe, un alcázar de defensa. Vamos a ir sabiendo de la ciudad y de los lugares y calles de la misma según que discurre la propia peripecia personal de Trapiello en la capital: redactor de una revista de arte; colaborador de un programa cultural televisivo donde conocerá a su mujer y del que sería despedido por no ser del agrado de la directora presentadora del mismo; partícipe en todos los aspectos de la llamada Movida madrileña en la que se pondrá en contacto con no pocos protagonistas de la misma, y de la que afortunadamente él y su pareja se alejarían al tener que atender las obligaciones familiares derivadas de la paternidad; la fundación junto a Juan Manuel Bonet de la editorial "La Ventura" en la que publicarían la Obra de Francisco Giner de los Ríos Morales, -nieto del creador de la Institución Libre de Enseñanza Francisco Giner de los Ríos-, cuya mujer, hermana de Díez Canedo, "tenía una biblioteca fabulosa con primeras ediciones de JRJ, Cernuda, Max Aún, León Felipe o Amster" (p. 167); etc. 

Los locales donde sonaba la Movida, las calles y los barrios donde vivían los escritores regresados del exilio que conoce por su trabajo de editor, y de cuya amistad y compañía se complace hablar, son protagonistas importantes de estos años de dificultades económicas y muchas ilusiones literarias de Andrés Trapiello
"De los cinco exiliados que trató uno mucho entonces, y a algunos mucho mucho, cuatro eligieron a su regreso barrios que parecían recordarles los tiempos anteriores a la guerra; Giner (Santa Isabel, en Antón Martín, separado del barrio de las Letras por la calle de Atocha), Ramón Gaya (Cuchilleros, entre las Cavas, a un paso de la Plaza Mayor y a otro de la plaza de la Cebada), María Zambrano (Antonio Maura, en el aristocrático de los Jerónimos, [...]) y Bergamín (en una isabelina plaza de Oriente y a dos pasos también del romanticismo)."
Así, de esta manera, entreverando su peripecia personal con la descripción e historia de Madrid van discurriendo las páginas de este ensayo. Al finalizar su  lectura conocemos de cabo a rabo los títulos de la obra narrativa de Andrés Trapiello, las dificultades por las que pasó dada la inquina que algunos críticos le tenían desde antiguo por su manera independiente de pensar y comportarse tanto personalmente como en su faceta de editor literario cuando en la Biblioteca de Autores Españoles de la editorial Trieste publicó a escritores que no estaban de moda. Desde entonces, viene a decirnos, varios críticos lo tuvieron en el punto de mira. De ellos sólo cita por el nombre a Juan Palomo (seudónimo humorístico de un colectivo de críticos) que tras criticarle que en Las Armas y las letras no apareciese nombrado Koldo Michelena, dijo no esperar mucho de una de sus novelas a punto de aparecer.

Andrés Trapiello escribió su obra más importante, Las Armas y las letras, a instancias de Rafael Borras que hacia los años 90 del siglo pasado le pidió una obra que hablase sobre la literatura en España durante la Guerra Civil. Tras finalizarla la presentó al Premio Espejo de España promovido por la editorial Planeta y no se lo dieron. A cambio, dice en 'Madrid', consiguió que el diario La Vanguardia lo fichase como articulista, trabajo que ejerció durante 25 años, desde 1995 a 2020. Seguramente en su salida haya tenido mucho que ver su indisimulada militancia contra el independentismo catalán, pensamiento que queda expuesto bien a las claras en el ensayo leído. Así, por ejemplo, en la página 193  habla de la movida madrileña y de la envidia que Barcelona sentía en esos años hacia la capital por su notoriedad: "Por suerte para todos las Olimpíadas de 1992 resarcieron a Barcelona de los 'seculares agravios', y los nacionalistas dejaron unos años de victimarse y dar la matraca, entretenidos en robar como pujoles y chupar del bote. [...] En todas partes, excepto en Cataluña y Euskadi, querían ser Madrid, y a Almodóvar lo recibían en el extranjero como hubieran recibido a Federico (García Lorca)"

Madrid y Galdós,
Me doy cuenta de que quien lea esta reseña se preguntará: ¿pero también se habla de la ciudad propiamente dicha? Sí, y mucho, pero siempre, como digo, enlazando con la peripecia vital del autor en ella: en las distintas zonas donde vivió desde Carabanchel alto hasta  Conde de Xiquena donde lleva viviendo desde hace 40 años de modo ininterrumpido. Es desde esta casa sque e desplaza en estos años  hasta el Museo Romántico en la calle de San Mateo, hasta el Museo del Prado,  el Jardín Botánico o el Parque del Retiro, a husmear en las casetas de la Cuesta Moyano o en las de la Feria del libro antiguo y de ocasión que se montan en Otoño en Recoletos, etc. Y en el ínterin nos habla de la evolución de esa Cuesta, de las vicisitudes vividas por ese parque o ese jardín y sobre todo habla muy mucho de la importancia que en Madrid tiene y tuvo el Romanticismo que marcó el siglo XIX y  dio a la ciudad gran parte de la belleza actual (la reina Isabel II, el rey José I, la desamortización de Mendizábal, los conventos reconvertidos en plazas, los monumentos erigidos en los años que vivió esa generación de escritores que configuraron la Edad de Plata, y de  todos ellos especialmente Pérez Galdós. Galdós y Madrid, Madrid y Galdós son inseparables.

Quizás si tuviera que elegir alguna parte de esta obra que más me haya impactado o interesado elegiría las referencias que el autor da de los crecimientos demográficos de Madrid que influyeron en la transformación y configuración de la ciudad. La capital tenía en 1868 300.000 habitantes llegando a tener en 1936, 1.000.000. Hubo que adecuar en esos años la ciudad. Hubo planes que seguían al del promotor inmobiliario Marqués de Salamanca: el plan Castro (1860), el de Arturo Soria (la Ciudad Lineal) o el de Zuazo y Jansen (1929). Secundino Zuazo y el alemán Hermann Jansen pensaron para la paz social en hacer colonias donde conviviesen las clases sociales en tres tipos de viviendas: 160 metros para la clase alta, 110 metros para la burguesía, y de 60 metros para los obreros. Estas colonias se hicieron en las afueras de la ciudad. Hoy las casas las habita clase pudiente. Son El Viso, Ciudad Jardín, Cruz del Rayo, la Prosperidad, la del Retiro, la Obrera, la del Hogar Ferroviario… Se hicieron al amparo de la ley de Casas Baratas de 1911. 

La verdad es que me ha gustado todo en el libro y especialmente la libertad con la que está escrito. Al ser el propio autor el eje sobre el que pivota la obra, es por eso en parte una autobiografía centrada en su actividad literaria. Estos dos factores (liberalidad en las opiniones vertidas y su propia peripecia vital) han hecho que Trapiello sea recibido por la comunidad literaria (autores, lectores, editores, críticos, etc.) con variedad de opiniones, algunas muy encontradas entre sí. Y precisamente por eso, por apartarse del pensamiento único imperante y empobrecedor me agrada Andrés Trapiello y me ha gustado este libro que habla de Madrid en aproximadamente unas 500 páginas.

Textos seleccionados
Seleccionar fragmentos dentro de este libro es difícil pues todo él es merecedor de ser destacado. Con todo lo intentaré hacer siquiera sea con una pequeña muestra. El capítulo dedicado al Romanticismo -el capítulo 13- es capital. En él al hablar del ambiente intelectual que se respiraba en Madrid en los años 90 del siglo XX dice lo siguiente:
"Osadía era también leer a nuestros verdaderos escritores de la modernidad, porque había que hacerlo medio a escondidas para no desacreditarse: Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Machado, Baroja, Azorín… Todos ellos eran para nosotros hijos del romanticismo: Unamuno de Espronceda, JRJ. de Becquer, Machado de Campoamor, Baroja de Larra, Azorín de Mesonero, valle de Zorrilla…" (,p. 216)
En ese mismo capítulo comentando el olvido durante 200 años en que los españoles tuvimos a músicos nuestros como Bocherini, Scarlatti, Vicente Martín y Soler, Blas de Laserna y otros escribe: "Cuando ahora se escuchan alguna rara vez, la gente se pregunta: '¿Por qué España es así? ¿Por qué aquí prescindimos siempre de lo mejor nuestro? ¿Qué nos pasa? ¿Somos masoquistas?'"

Sobre el Rastro (capítulo 20) y citando a Francisco Umbral escribe: "Entre el Prado y el Rastro [...] Madrid no tiene otras opciones que 'organizarse en Museo del Prado o desorganizar en el Rastro. El Rastro es un Prado al revés'" (pág. 323)

El capítulo titulado "El Madrid de Galdós" es la mar de sabroso. Trapiello además de reivindicar la
figura del escritor canario ("a Galdós, de verdad de verdad, de la literatura solo le interesaban las mujeres. Y de Madrid, la gente. O mejor, como decía Juan Ramón Jiménez: la mujer, y como decía Gaya, las gentes") se sirve de él para lanzar una pullita política que, me imagino, no es bien recibida por muchas personas: [Ballester, enamorado secreto de Fortunata a la vuelta de enterrarla]: "Sin olvido no habría hueco para las ideas y los sentimientos nuevos. Si no olvidáramos no podríamos vivir, porque en el trabajo digestivo del espíritu no puede haber ingestión sin que haya también eliminación."

Por último finalizo esta selección con una cita sobre el oficio de reseñista al que él ha dedicado muchos años de su vida. Escribió reseñas hasta que le encargaron el que sería luego su libro más aplaudido, "Las Armas y las Letras (literatura y guerra civil, 1936-1939)". Al hablar de este trascendental giro en su vida reflexiona: 
"El oficio de reseñista literario es el más triste y deslucido de todos, decía Baroja. [...] Un reseñista literario es alguien que se quema las pestañas leyendo libros de escritores que viven de escribirlos y venderlos, y no de aliñar reseñas, lo cual despierta en muchos de los reseñistas, escritores frustrados, un comprensible resentimiento y mal humor, que no dudan en trasladar a sus juicios sumarísimos." (p. 281)

Biografía del escritor (tomada de https://ortegaygasset.edu/tertulia-literaria-con-el-escritor-andres-trapiello/)

Andrés Trapiello, poeta y escritor español, nació en 1953 en Manzaneda de Torío, León.
Después de estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Valladolid, donde también trabajó en el diario Pueblo, se trasladó en 1975 a Madrid, ciudad en la que vive desde entonces. De 1975 a 1977 trabajó como redactor en una revista de arte y de 1977 a 1980, también como redactor, en programas de arte y de literatura de Televisión Española.
En 1980 fundó y dirigió con Juan Manuel Bonet las Entregas y Libros de La Ventura, donde ese mismo año apareció Junto al agua, su primer libro de poemas.
En 1982 empezó a dirigir, con Valentín Zapatero, su fundador, la editorial Trieste en la que apareció ese año su segundo libro de poemas, Las tradiciones, al que siguió, en 1985, también en la editorial Trieste, La vida fácil.
En 1988 publicó su primera novela, La tinta simpática, y en 1990 vio la luz El gato encerrado, primer tomo de los diecisiete, hasta la fecha, del Salón de pasos perdidos, conjunto de diarios que ha subtitulado “Una novela en marcha”, publicados todos ellos en la editorial Pre-Textos.
En 1989 empezó a dirigir en la editorial Comares de Granada, de Miguel Ángel del Arco y Mario Fernández Ayudarte, la colección La Veleta, donde han aparecido hasta la fecha más de cien libros, de poesía y de prosa.
En 1992 recibió el Premio Internacional de novela Plaza y Janés por su segunda novela, El buque fantasma, y en 1993 el Premio de la Crítica por su cuarto libro de poemas Acaso una verdad, al que han seguido hasta la fecha Rama desnuda y Un sueño en otro.
En 1993 Las armas y las letras. Literatura y guerra civil 1936-1939 recibió el Premio don Juan de Borbón y señaló el comienzo de sus artículos semanales en el Magazine de La Vanguardia, en la que colabora desde entonces. Ese libro fue revisado, significativamente ampliado y reeditado en 2010.
En 2003 su novela Los amigos del crimen perfecto obtuvo el Premio Nadal, y en 2005 Al morir don Quijote el Premio Fundación Juan Manuel Lara a la mejor novela de ese año editada en español, a la que siguió en 2009 Los confines, todas ellas en la editorial Destino.
Otros libros suyos son La noche de los Cuatro Caminos (2001), crónica de un episodio del maquis en Madrid, El arca de las palabras (2006) e Imprenta moderna. Imprenta y literatura (2006). Colaborador de La Vanguardia, El País, El Cultural o el Abc Cultural y diversas publicaciones literarias, es autor, junto a Alfonso Meléndez, y en calidad de tipógrafo, de un número apreciable de catálogos y diseños editoriales.
En 2003 le fue concedido por el conjunto de su obra el Premio de las Letras de la Comunidad de Madrid, y en 2010 el de las Letras de la Comunidad de Castilla y León.
En 2012 su novela Ayer no más fue elegida mejor novela del año por los lectores de el diario El País.
En 2014 publicó la novela El final de Sancho Panza y otras suertes.
Su diario titulado Salón de pasos perdidos tiene ya más de veinte tomos desde el primero aparecido en 1990 con el título El gato encerrado 1987 hasta el último, Diligencias 2016, publicado en 2019
"Madrid" es el último de los 17 ensayos que ha escrito entre los que destaca además de éste el titulado 'Las armas y las letras' y 'El Rastro'.