13 sept 2026

De César Aira leo "El error" y revisito "Las noches de Flores" (A pares LIII)

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«En este mural, Pepe Dueñas, Dante sin Virgilio, vengador solitario de las injusticias sociales salvadoreñas, se repetía en un paisaje boscoso; sus distintas apariciones se desplegaban en un arco irregular, o más bien en una espiral alargada, de izquierda a derecha, en el extremo izquierdo huyendo de su aldea natal atacada por el Ejército, dejando atrás los cadáveres de sus padres […], un poco más allá emboscando en un paso montañoso a las fuerzas del gobierno y aniquilándolas, luego haciendo estallar una planta eléctrica, más allá arengando a una población de campesinos; derribando un helicóptero; resistiendo a un cerco de las fuerzas oficiales; […] » ("El error")


Me gusta entrar en las tiendas Re-Read que cada vez proliferan más en nuestras ciudades. Por poco dinero se puede encontrar en ellas libros interesantes en un más que aceptable buen estado de conservación. Hará cosa de cinco o seis meses estando en Salamanca, en una de mis habituales visitas a una de esas tiendas topé allí entre otros con este título de César Aira. Hacía mucho que no volvía al escritor argentino del que guardaba un desigual sabor de boca tras mi primer acercamiento a él con la lectura de Las noches de Flores, novela corta que leí en 2016 (¡hace ya diez años! Es increíble la velocidad a la que se pasan los años). 

Lo anterior explica esta entrada 'A pares' en la que reseño El error, publicada en 2010, y vuelvo a publicar (revisito) Las noches de Flores que el escritor argentino (Coronel Pringles, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1949) dio a luz en 2004. En ambas novelas hay elementos que permiten unirlas en una misma entrada. De ellas la principal, quizás sea la consideración del arte en sentido literario y pictórico que ambas nouvelles exponen. Pero vale ya de prolegómenos. Comenzaré por la novela recién leída.



El error
Estamos ante un auténtico experimento literario. César Aira me ha sorprendido con esta novela que en el fondo me ha parecido estar construida a base de relatos que como el discurrir de la vida se suceden unos a otros sin solución de continuidad. En el fondo esta manera de obrar es mostración de la propia realidad, de la propia vida en la que vamos topando con otras personas cada una de las cuales encierra una materialidad tanto o más interesante que la de aquel o aquello que propició el encuentro. Y así ad infinitum...

Es El error ejemplo de lo que el propio autor suele decir de sus ahora mismo ya más de cien títulos, que son «cuentos de hadas dadaístas» o «juguetes literarios para adultos». Y sí, efectivamente esta novela corta es clara muestra de esto y de su estilo literario. Un estilo que busca romper los moldes estrechos de los géneros impuestos por el propio devenir de la historia. Es amigo César Aira de hacer guiños a otras manifestaciones artísticas, principalmente en la novela que nos ocupa a la pintura, una manera diferente de narrar, sí, pero hermana de la literaria desde la noche de los tiempos.

Dentro de las varias historias, truncadas por el cruce con otras historias, que constituyen El error aparece una, sin duda alguna la principal, que es en sí misma un canto a la narratividad. Es la historia folklórica del bandolero Pepe Dueñas, cuyas incursiones delictivas, sus apariciones y desapariciones fulgurantes constituyen en el imaginario de El Salvador, país donde transcurre la novela, una auténtica leyenda. Las sucesivas y diversas acciones de este delincuente se producen siempre sobre el mismo fondo, el país centroamericano. Es como esos frescos surgidos en la edad media y muy caros a los pueblos hispanoamericanos tras su independencia para explicar su nacimiento e identidad. Quizás el autor más representativo de esto sea el mexicano Diego Rivera y su mural pintado en las paredes de la escalera principal del Palacio Nacional en la Ciudad de México titulado 'Epopeya del pueblo mexicano'. En este mural, al igual que en algunos frescos medievales o renacentistas como los pintados por Masaccio en Capilla Brancacci de la iglesia de Santa María del Carmen de Florencia, vemos al personaje o personajes repetidos de manera sucesiva sobre el mismo fondo de manera que la lectura de izquierda a derecha es para el observador una clara narración continuada.

Efectivamente, esa es la técnica, trasladada al campo de la escritura literaria, que utiliza César Aira en esta 'nouvelle', en este 'juguete literario'. Se abre la novela ya en su misma portada con un simbólico ataúd que anuncia lo que se encontrará el lector adentrándose a través de esa puerta situada bajo el epígrafe de la palabra ERROR. ¿Qué es ello? Evidentemente el sentido del título es simbólico. Y en mi opinión es un juego, un guiño humorístico que Aira hace a los preceptores literarios: quien se adentre en esta novela verá que la misma no se atiene a ningún principio de los establecidos y consagrados por el canon.

Literatura argentina,
Y así lo comprobaremos los lectores: Dos parejas que pasean por un jardín en el que hay una construcción que alberga la obra de un afamado escultor; luego se salta a narrar la relación epistolar entre este escultor famoso y apartado de la vorágine del mundo y una presa encerrada a perpetuidad por asesinato; conoceremos la historia a grandes rasgos de esta mujer que machacó el cráneo de su marido con un lingote irregular de oro y que para evitar ser capturada huye al bosque; en el bosque conoce a un pequeño hombre, una especie de enano que la acoge, cuida y le anticipa que volverá al lugar del crimen; así lo hace y es apresada y condenada a cadena perpetua, condena que cumplirá en a cárcel "La Peña" adonde llega y ella, junto al resto de las presas, leerá la colección de novelas editadas por editorial La Providencia bajo el lema 'Historias que matan'; relata esta serie de novelas la historia legendaria de Pepe Dueñas inmerso en la Selva Cinco en donde se refugia escapando del incendio que él mismo provocó y contribuyó a apagar del Palacio donde estaba Neblinosa, la que sería su esposa; en esta selva correrá la aventura del gel de piedra; posteriormente Neblinosa se empeñará en arreglar la escultura del busto paterno que estaba a la entrada del Palacio de la Ciencia y Pepe Dueñas habrá de ingeniárselas para que tal deseo se haga realidad; y...

Como se ve por lo escrito arriba estamos ante una sucesión narrativa que parece no tener fin ni siquiera cuando llegamos a la última página de la novela. No es que estemos ante un final abierto, estamos más bien ante un final truncado, roto, suspendido... En fin ante algo nuevo, no habitual desde el punto de vista estructural.

Como ya percibí y dejé dicho por escrito en la reseña que en su día hice de Las noches de Flores, también El error, vista la novela desde la propia expresión lingüística utilizada, se acerca -si es que no lo es- al realismo mágico: exuberancia lingüística, referencias a pueblos indígenas (pipiles, mecas...), vocabulario de fauna y flora autóctonas (tero, bagre, porotos...), pero fundamentalmente ruptura de la lógica así como utilización en ocasiones de un lenguaje hiperbólico por demás

  • «De una fuente cercana al arroyo, pero independiente de este, brotaba un agua que no apagaba el fuego. Era difícil de creer, tratándose de agua que parecía perfectamente normal y potable, pero Eugenio le hizo una demostración convincente. Recogida de la fuente en un balde y volcada sobre una fogata, se deslizaba sobre las llamas sin oponerse a ellas» 
  • «cuando quería remendarle una media, encontraba que la aguja era más grande que la media, lo que hacía muy incómoda la costura»



Las noches de Flores
(reseña de 14 de septiembre de 2016)


César Aira, arte conceptual, muerte de la novela

Que el mercado del arte se utiliza de tapadera de la corrupción es “muy difícil probarlo dadas las características del arte en la actualidad. Y lo es. Dificilísimo. ¿Qué existe y qué no existe en el arte? Pero al mismo tiempo es facilísimo, basta con hacer coincidir «cualquier cosa» con «cualquier cosa»…?”

La frase anterior sirve de cierre de este relato de César Aira aparecido por vez primera en 2004 y vuelto a reeditar ahora por Random House. Si, como en mi caso,  es la primera vez que se lee algo de este prolífico escritor y traductor argentino, sorprende su manera de hacer literatura. Leer "Las noches de Flores" ha sido para mí toda una experiencia literaria. Desde el principio esta novela corta de tan sólo 144 páginas destila argentinidad por todos los poros: Jorge Luis Borges, sin duda, parece entreverse en más de un momento; a mí, especialmente, me ha parecido presente en el personaje de Aldo quien dice que "aun siendo un gran olvidadizo, él podría recuperar, si se pusiera, todo lo que le había pasado en su vida", para a continuación, como hace el personaje de "Funes, el memorioso" en el cuento borgiano, desgranar el sistema utilizado para hacer tal cosa. También la atmósfera mágico-fantástica en que se mueven los personajes de este relato, y, especialmente, el personaje de Malvón-Nardo, tiene mucho de los Cronopios de Julio Cortázar. Véase si no la descripción que se hace de Nardo la primera vez que se manifiesta:
"Esto lo dijo un ser extraño, mitad murciélago, mitad loro, de un metro de alto, que se descolgó de un árbol al paso de los Peyró, y siguió caminando con ellos, con un garbo precario, sobre piernas demasiado cortas y zapatitos de goma roja"
Ernesto Sábato, literatura argentina La misma ambientación nocturna con ribetes delictivo-policiales en que se desarrolla la acción me ha llevado a pensar en otro de los grandes autores argentinos, Ernesto Sábato, y en aquellos escritos que presentan historias henchidas de 'pavura'. Los túneles que discurren bajo el barrio de Flores de la ciudad de Buenos Aires me han hecho recordar la novela "El túnel" del magnífico escritor de Rojas en la provincia de Buenos Aires. 

Y es que -pienso yo- César Aira envuelve esta narración en claros elementos argentinos que van desde la tradición literaria que he señalado antes hasta el propio meollo del asunto que plantea: la búsqueda por parte de una pareja de jubilados -Aldo y Rosa- de fuentes alternativas de ingresos a fin de sobrellevar mejor la crisis en que la Argentina se encontró desde 1998 hasta el 2003, el año en que se sitúa la historia que se relata. Concomitante con esta terrible penuria económica que echó a miles de personas a buscar en los cubos de la basura estuvo el ascenso de la delincuencia, especialmente en forma de secuestros como el del joven Jonathan que está en el centro de esta novela corta.

Y como "piolín" [modismo argentino que significa 'cordel delgado de algodón, cáñamo o de otra fibra'] que soporta todo el planteamiento literario anterior estaría el vocabulario popular de la Argentina, de la ciudad de Buenos Aires y de Flores, el barrio donde nació y vive el escritor, y en donde ocurren los acontecimientos de esta historia. Son términos como 'bailantero', 'rubro', 'estada', 'chanchada', 'perspectivístico', 'vereda', 'chacra'..; pero también cambios en la modalidad verbal cual es la utilización del modo condicional en vez del subjuntivo: “Claro está que ese policía no estaría cumpliendo con su función, con el trabajo por el que le pagan, lo que no impide que tendría razón.”.

Las características señaladas hasta aquí son las que me han hecho más agradable esta novela. Luego hay otra importantísima, que no se puede dejar pasar, pero que a mi modesto entender César Aira no logra plasmar apropiadamente o si lo hace a propósito, como estoy comenzando a creer, aún yo no alcanzo a disfrutarla como debiera. Me refiero a materializar en el escrito que estamos leyendo la profunda reflexión que sobre el arte contemporáneo expone al final del mismo y que encabeza este post: 
"hacer coincidir «cualquier cosa» con «cualquier cosa»" 
Mallarmé, Rimbaud, Baudelaire, CopiLlevada esta idea al extremo, como sucede en esta narración, todo es un cúmulo de coincidencias cuya disparidad nos hace pensar en errores inexplicables, descuidos, falta de planificación, engaños poco aceptables por parte del narrador... Pero no, yo pienso que el escritor es plenamente consciente de lo que hace y que lo que pretende es, con el producto que está construyendo, hacer realidad aquello que nos quiere exponer, que en definitiva -y a falta de conocer en profundidad sus ideas sobre arte moderno expuestas en su ensayo Sobre el arte contemporáneo que acaba de publicar en Literatura Random House- es que el arte es necesario para comprender la realidad, y no al revés como tantas veces se dice ante una obra de naturaleza conceptual.

Para la realización de esta reseña he buscado información en internet y ahí he encontrado un artículo de Javier Rodríguez Marcos publicado el pasado 28 de febrero en el diario EL PAIS que me parece muy clarificador al respecto. En lo esencial, sobre el autor César Aira, Javier Rodríguez escribe:
"A veces, sin embargo, un artista consigue engañar a todo el mundo y se hace pasar por novelista. Es el caso de César Aira. Los que sospechaban que sus libros eran solo una parte de trabajos más propios del arte conceptual que de la ficción al uso verán confirmadas sus sospechas en el ensayo Sobre el arte contemporáneo. Allí cuenta cómo abandonó su primitiva intención de ser Rimbaud y ser Premio Nobel cuando se topó con Marcel Duchamp. Ese día se dio cuenta de la 'inutilidad de escribir libros' y de la necesidad de hacer 'otra cosa'."
Curiosamente y en contra de lo que el escritor (o artista simplemente) argentino manifiesta sobre su abandono de la escritura, jamás ha dejado de escribir siendo uno de los autores más prolíficos, con más de sesenta novelas a sus espaldas. Si bien, también es cierto que en su faceta de conferenciante y ensayista los temas sobre la vanguardia plástica (Marcel Duchamp, el dibujante Copi), la vanguardia literaria (es especialista en la poeta argentina Alejandra Pizarnik) o los poetas impresionistas decadentistas franceses Rimbaud o Mallarmé han ocupado gran parte de su tiempo. Esto nos revela a un autor que entiende la creación artística no en compartimentos estancos sino como algo más extenso, más envolvente, más incluyente. De ahí que el autor de "Las correspondencias" [el soneto "Correspondances" de Baudelaire y su sentido se puede leer aquí muy bien explicado] sea uno de los poetas a los que él quiere parecerse ("Como todos los escritores, quiero ser un buen escritor, quiero ser Baudelaire", El País, 13 del XI de 2010).

Final
Con esta novela corta de César Aira me ha sucedido algo no muy frecuente en mí pero que cuando me acaece me gratifica y llena de satisfacción. Ello ha sido que tras una lectura fácil y ágil, me pareció percibir en la historia contada una ración de incongruencias superior a mi nível de permisividad (ciegos que ven, mujeres que son hombres, monjas que no lo son, hombres de orden que son delincuentes peligrosos, escritores que no lo son en absoluto, etc., etc.). No, me dije, esto no puede ser, por Dios. Pero como todo aquello que esconde más que lo aparente, al dejar reposar la lectura, ésta se me ha ido haciendo algo más inteligible, más motivadora..., y me han surgido deseos de leer más de este escritor para entenderle mejor, para ver si como él mismo dice es un escritor que no quiere serlo o si lo que desea es hacer algo distinto en línea con lo que otro personaje escritor del relato, Ricardo Mamaní, dice del arte en un momento de esta narración de manera "pedante y seguro de sí mismo":
"El arte está buscando siempre lo nuevo, y lo nuevo ha terminado identificándose con lo distinto. Se ha producido una reversión de causas y efectos, y ahora basta con que sea distinto. Y la realidad se define por lo distinto. Pero el crecimiento vegetativo de la población, y el aumento relativo de artistas en la sociedad contemporánea, ha multiplicado lo distinto artístico a tal extremo que hoy casi puede asegurarse que cualquier configuración de la realidad ha sido anticipada en el arte."
Algo lioso, sí. Pero como a mí ¿no os atrae saber por qué piensa así César Aira?

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Nota:
Han pasado diez años desde que escribiera la reseña sobre Las noches de Flores y aún no he leído el ensayo del autor "Sobre arte contemporáneo". Hay que ver cuántas cosas afirmamos que haremos para luego olvidarlas durante años y años. A ver si esta vez no me sucede así.


8 sept 2026

"Nada especial" de Nicole Flattery

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«Había cinco o seis pinturas apoyadas en fila contra la pared. Fue la primera vez que las miré en serio. El silencio me lo permitió. Eran colores chillones, eléctricos, como las manchas de la cara de Shelley la noche anterior. Reconocía a la mujer famosa del cuadro. Le había visto la falda levantada, la había visto en una piscina, [...] Su cara se repetía y se repetía, pero mirarla minuciosamente no la hacía más realista; solo la volvía inhumana, como si fuera apenas uno entre un millón de animales que estuvieran mandando al matadero»

Nada especial, Nicole Flattery, literatura irlandesa
Desconocía por completo el nombre y la obra de la autora irlandesa Nicole Flattery (County Westmeath, 1990). Por la solapa de la edición de su novela en Eterna Cadencia Editorial aprendo que es autora de relatos y que uno suyo titulado "Dulces palabras"  publicado en una antología de nombre «Cuentos irlandeses contemporáneos», según muchos de sus lectores, bien merecería convertirse en novela. Pero de hecho su primera incursión en el género lo ha realizado con el título que acabo de leer: Nada especial.

La novela cuenta la experiencia vivida por Mae, una adolescente de diecisiete años que en medio de esta etapa vital de por sí cambiante decide abandonar el colegio y dejar de lado familia y amistades. Es hija de madre soltera, una camarera alcohólica, que convive con Mikey, un buen hombre que ejerce de padrastro con el que Mae se lleva bien. En el colegio Mae se refugia en la amistad de Maud; a ambas les repele la superficialidad de sus compañeras y les hastía el contenido de las clases. Ambas desean experimentar y en concreto Mae comienza a deambular por Nueva York; un día conoce por casualidad a Daniel con quien pasará la noche. A partir de ese encuentro no volverá al colegio y así, no por algo especial, se romperá el vínculo con Maud.

La anterior información la conocemos en dos de los primeros capítulos fechados en 2010, fecha de la muerte de la madre a la que ella visitaba habitualmente durante los últimos años en que estuvo ingresada en una residencia de ancianos. Entre esos capítulos de 2010 se incluye uno de fecha 1966 que sirve de explicación y justificación de todo lo que en la novela vendrá a partir del capítulo cuarto en que de nuevo en 1966 y tras la experiencia con Daniel ella encuentra trabajo como secretaría en The Factory (en la traduccíón de Paula Galíndez, el Estudio). Es esta parte en la que se cuenta cómo Mae y otra chica, Shelley, trabajan en The Factory mecanografiando veintitantas grabaciones en cintas de cassette de vivencias cotidianas y experiencias artísticas de Él (Andy Warhol) y quienes con Él formaban parte de The Factory (Ondine, Edie Sedgwick, Anita y Dolores).  Este trabajo que Shelley y Mae están realizando junto a otras dos chicas más conformará el libro de Andy Warhol titulado A, a novel

Esta parte del mecanografiado de las cintas se cierra con el atentado que el artista pop sufrió en 1968 y la publicación del libro. La novela cierra con un último capítulo fechado en 1985 en el que madre e hija vuelven a contactar después de muchos años sin verse. La muerte o la enfermedad de seres queridos suelen propiciar estos encuentros. En fin, nada especial, por otra parte.

Según he ido repasando la estructura que Nicole Flattery ha dado a su narración ha ido mejorando sustancialmente mi consideración de esta obra. Es verdad que al estar desordenada, con esas anticipaciones de sucesos y esas vueltas al pasado, la novela en una primera lectura me resultó algo confusa; sin embargo ahora, al reflexionar sobre ella, entiendo que la voluntad de estilo prevalece por encima de cualquier otra cosa.

En cuanto a la historia que se nos cuenta si hay algo que desde un principio me agradó de esta novela es que la novelista irlandesa no sitúa el foco central en el Estudio (The Factory) de Andy Warhol, sino que éste aparece de manera tangencial y debido a la peripecia vivida por esta chica anónima, vulgar y corriente que es Mae. El centro de atención no es Drella (uno de los nombres con que se denominaba a Warhol) ni sus producciones cinematográficas experimentales o sus fiestas orgiásticas; la novela pone el foco en cómo dos chicas apenas salidas de la adolescencia van a evolucionar al ser conocedoras de las experiencias habidas en el Estudio neoyorquino y la contemplación y participación en alguna de esas fiestas pasadas de revoluciones. En suma, lo esencial no es tanto conocer la manera de vida del artista pop cuanto ver la evolución vital de una chica que entró a trabajar en The Factory siendo una adolescente y salió de allí convertida en una persona bien distinta.

«Me puse a mirar las fotos de esa época y pensé lo mismo que todo el mundo: las fiestas se veían divertidas. Estaba tan desconectada y distanciada de esas imágenes que parecía que no había estado allí. Debían haber sido buenas épocas. Toda esa gente intentando hacerse reír. No recordaba cómo había sido, en verdad. No tenía permitido recordar. Las fotos de los últimos años eran glamurosas, pero algo no terminaba de cerrar. El buen humor parecía impostado, forzado. La ropa era notoriamente ostentosa: la marca que se ponían decía algo. Las fiestas eran fastuosas, poco convincentes, tenían un aire pesado, como si todos acabaran de llegar de un funeral. Seguro porque era cierto. La atmósfera, los gestos, los insultos. Ya ninguna de esas cosas terminaba de cerrar. O tal vez yo estaba más grande, era menos ingenua.»

Pero lo dicho anteriormente no es óbice para que Nada especial lance también una mirada crítica sobre la manera de hacer arte por parte de algunos artistas pop del siglo pasado. Se cuestiona qué es arte y quién es en realidad el creador de la obra. Mae y Shelley se desencantan totalmente cuando tras el arduo trabajo realizado en The Factory mecanografiando las grabaciones conocen que su nombre no va a aparecer impreso, que no las van a nombrar para nada. Ellas son las que han sabido transcribir los suspiros, los ruidos, los gemidos, los llantos; han sabido crear la atmósfera precisa para poder verter al papel lo escuchado; y pese a eso el mérito de la autoría se lo llevará Andy Warhol. Desde luego la denuncia es clara y pertinente. Y sin embargo, y aun así, Mae no se siente fracasada; ha sido una experiencia enriquecedora que sin duda, al igual que los protagonistas de esas grabaciones, estaría dispuesta a repetir:

«Sabía que de haber tenido que volver al principio, a trabajar con ese libro, lo habría hecho. Habría dejado todo. Habría vuelto a sufrir de cero. Tal vez ellos sentían lo mismo, tal vez siempre lo habían sentido. Todas sus miserias expuestas al servicio del arte. Del tacho de basura al libro.»

La equiparación entre artista famoso y creador anónimo es total en esta frase, pero muy injusta en la realidad. 

¿Qué es lo que más me ha disgustado de la lectura de esta novela? Pues sinceramente lo que más me ha sorprendido y perturbado ha sido la excesiva argentinidad del castellano utilizado en la traducción. Ignoro, claro es, cuál habría sido mi opinión si hubiera leído el original en lengua inglesa. Pero la versión realizada por la traductora Paula Galíndez creo que peca en exceso de vocabulario y modismos argentinos, algo que siendo ella misma argentina no se le puede echar en cara. Mientras leía la novela me parecía estar leyendo a un autor de dicho país y no a una irlandesa. Me ocurrió tal cosa al topar con expresiones que aquí no usamos. He aquí una serie de ellas:

«de a poco», «no me interesa qué le da gracia a él»«ella era filosa y depresiva»«muchas veces no lográbamos decidir cuál programa era más entretenido»«se va así nomás»«yo no sabía pasarla bien»«me interesaba ver si la tienda se retobaba al descubrirme»[pág. 32], «mirar como espiando por una hendija» [pág. 36], «todo se fue al tacho»[pág 46], «me llevó varios días comprender a qué me hacía acordar ese departamento» [pág 100], «una sonrisa enorme, medio zonza» [pág. 111], «me saqué el suéter y quedé en musculosa, nada más» [pág. 152], «fuimos salticando por las calles» [pág 165], «le robaste un tapado» ('tapado': abrigo largo y elegante de invierno para mujer o hombre, generalmente confeccionado en paño, lana o piel sintética) [pág. 183], «el primer avistaje de un solero» ('solero: vestido ligero y fresco, sin mangas y por lo general con tiritas finas (breteles)) [pág. 183], «Tal vez a Shelley le hacía acordar a su casa» [pág 192], «Me metí al lado de ella y nos tapé con las sábanas», etc.

Y que conste que amo la literatura argentina, que me encanta leer a César Aira, a Virginia Higa, a Selva Almada, a Mariana Travacio, a Salomé Esper, a Cortázar, a Piglia, a Borges... a tantos y tantos buenos escritores de esa nacionalidad. Pero cuando tengo en mis manos un libro firmado por una irlandesa y situado además en Nueva York mi mente no está para nada en modo argentino y me perturba bastante un lenguaje que de manera inconsciente lleva mi cabeza española a deambular por el Palermo bonaerense, por la avenida del Libertador, la calle Corrientes, el cementerio de la Chacarita y otros espacios semejantes que en Nueva York, obvio, no existen. Creo que un español más neutro habría sido el oportuno para la edición que se vende en España. Y sí, ya sé que la editorial es argentina. Pero esto es lo que yo he sentido. 


Para finalizar

Nada especial, Nicole Flattery
Cierro esta reseña apuntando dos aspectos que me parecen reseñables y que tienen mucho que ver con el artista famoso y la empleada anónima, o sea, con el momento pop vivido en esa década de los años sesenta. Me refiero primero a la música. Warhol está escuchando rock continuamente tanto cuando está sobrio como cuando está bajo el efecto de las drogas; de igual manera Mae, Maud y Shelley son consumidoras de música pop. Los Four Tops, Joni Mitchell, T. Rex... son algunos de los artistas citados en el escrito.

Luego estaría esa dualidad sorpresiva, paradójica y contradictoria, ese arriba y abajo que en Nada especial representa The Factory. Por un lado estaría el despacho de Drella con todo lo que dentro de él se gesta y sucede; y de otro quedarían los cuartos donde trabajan las mecanógrafas. Ambos espacios están juntos, sí; pero en realidad se sitúan a una distancia infinita. Y este distanciamiento lo plasma Nicole Flattery en afortunadas frases que hacen que la novela resista:

  • «Todos los clientes eran jóvenes uniformemente atractivos, olvidables.» (pag. 58)
  • «Todo el personal era tan atractivo que era tétrico.» (pág 59)
  • «Un camión de basura enorme hacía tiempo sobre la vereda, y cuando ella pasó debajo de su sombra, la hizo parecer aún más chiquita y frágil. Era bajita y compacta, y sin embargo no tenía nada deseable»
  • "Desde el contestador me llegaban los manotazos pegajosos de su amistad" (pag. 108)
  • «Solanas tenía algunas ideas interesantes como muchas mujeres feas», afirma la desinhibida madre de Mae (pag. 28)
  • "Después de eso [de finalizar el mecanografiado de las cintas de cassette] no habría máquina que encender, nada que escuchar, ninguna confesión que oír. Ellos seguirían viviendo sin tener idea de que nosotras nos habíamos creado"