29 oct. 2013

"Una vacante imprevista": La explotación del éxito

J. K. Rowling lleva vendidos con la saga del aprendiz de mago Harry Potter más de 450 millones de ejemplares en todo el mundo. Las aventuras del adolescente Harry han colmado la necesidad de fantasía de los niños de medio mundo que iban cumpliendo años al ritmo de su héroe novelesco. Pero todo tiene un límite, el tiempo no perdona, y los lectores -luego también espectadores de las adaptaciones cinematográficas- alcanzaron otra edad, la adulta. Cual si del ficticio Harry Potter se tratase la escritora y sus editores decidieron dar un golpe con la varita mágica pues pensaron que ese jugoso mercado de lectores no debía perderse. Lo malo es que -y Harry Potter sabe de eso un montón- no siempre la magia produce los efectos deseados. Este es el caso de la novela "Una vacante imprevista" que salió al mercado el 27 de septiembre de 2012  con el eslogan de 'la primera novela para adultos escrita por J. K. Rowling'. Para adultos, sí, especialmente para los convencidos, aquellos que a su autora favorita le perdonan todo pues recuerdan con gusto cómo crecieron con su héroe gafitas.

Pero dejando a un lado las consideraciones anteriores plenamente mercantilistas, la novela, desde mi modesta opinión no resiste un mínimo análisis.  El relato cuenta, en síntesis, la convulsión que en una pequeña localidad de Inglaterra llamada Pagford ocasiona la repentina muerte de un representante del consejo parroquial. La plácida vida del diminuto pueblo se altera al tener que cubrir esta imprevista vacante, lo que revelará que bajo su apacible aspecto todos los habitantes del lugar escondían secretos y deseos no siempre confesables.

De partida el asunto no está mal. Lo que en mi opinión falla es que el relato está claramente descompensado. De sus 608 páginas, la escritora dedica el 80% a presentarnos acciones cotidianas y normales en cualquier comunidad de seres humanos: adolescentes rebeldes (el adoptado Fats y su amigo Andrew) que se rebelan contra la autoridad paterna; adolescentes que se minusvaloran (Sukhvinder Jawanda) pero que luego tendrán comportamientos heroicos, y otros que minusvalorados por los demás se sobreponen y luchan a su manera por cambiar el contexto familiar y/o social que les ha tocado en suerte (Krystal Weedon); esposas (Shirley y Samantha, suegra y nuera) oscurecidas por las figuras de sus maridos pero que aguantan porque son más las ventajas que los inconvenientes; hombres inmaduros (Gavin, Colin Wall); hombres autoritarios (Simon Price y Howard Mollison); hombres deseados (Vikram Jawanda y el mismo Barry Fairbrother); mujeres que se entregan profundamente por amor (Kai Bawdan o Mary Fairbrother); mujeres que se sacrifican por los demás (Tessa Wall protegiendo al débil Colin y al acomplejado y conflictivo  hijo suyo Stuart [Fats], o Parminder Jawanda defendiendo a los menos favorecidos de la localidad frente a los instalados en su confort); y algunos otros más también muy característicos.

En conclusión, al leer esas más de cuatrocientas páginas en las que suceden obviedades como las señaladas anteriormente se tiene la impresión de pérdida de tiempo y de que Rowling tiene poco asunto que ofrecer por lo que demora su resolución hasta esas 100 últimas páginas en las que sucede por fin algo. La pena es que ese 'algo' se mueve por lo trillado y convencional pretendiendo ofrecer un mensaje moralizante, válido sí, pero nada novedoso. Porque que en muchas ocasiones los despreciados e insultados se demuestren más fuertes que aquellos que los vejan y menosprecian, ¿a quién sorprende?, o que las personas de "orden" oculten vergüenzas sólo tenidas por tales por ellos mismos (los Mollison con su hija Patricia o los extraños deseos de Colin Wall) ¿no es más bien propio de la caduca novela folletinesca de finales del XIX? Y esto sin aludir al patético final en el hospital de Pagford donde el obeso poderoso Howard Mollison se recupera de su nuevo y costoso infarto mientras dos plantas más abajo, en el tanatorio, sobre una fría losa de mármol, yacen los cuerpos sin vida de Krystal y de Robbie, su inocente hermano. Maniqueísmo puro y duro.

Y por si esto fuera poco nada en el relato logra sorprendernos, todo en él es previsible, con lo que no ha lugar a suspense alguno. Ni siquiera la estructura deja un resquicio que sirva para salvar la obra. Como sucede con los relatos cinematográficos más tradicionales asistimos a los sucedidos en orden secuencial y predecible sin dejar la autora lugar a duda alguna pues todo se nos aclara, a veces hasta el extremo hurtándonos incluso la posibilidad de equivocarnos en nuestra apreciación:
"-¡Los Mollison! ¡Precisamente!- dijo Colin cuando volvió a la sala con una taza de té. No le había ofrecido una a Tessa; su egoismo se revelaba a menudo en esos detalles, vivía demasiado enfrascado en sus propias preocupaciones para fijarse en los demás." (pág. 278).
Por último una consideración más. Como digo al inicio de este comentario, la novela se publicitó con el mantra de 'la primera novela para adultos de J. K. Rowling'. Yo no veo por parte alguna nada que justifique esa calificación, a no ser que la edad adulta se reduzca a utilizar -y leer, claro- de vez en cuando unas cuantas expresiones gruesas que la novelista va sembrando por el relato y que en ocasiones llegan a sorprender  pues ya se sabe que no hay nada peor que una expresión gruesa o escatológica colocada fuera del lugar que le es natural:
"Pedaleó con furia hasta la esquina para desaparecer. No quería ver a Fats saliendo de la iglesia con un afligido Cuby, vestido con el traje barato y la corbata que le había descrito con cómica repugnancia en la clase de lengua el día anterior. Habría sido como interrumpir a su amigo cuando cagaba" (sic, pág. 194).
Aunque en ocasiones el contexto favorezca el empleo de estas expresiones, sin embargo parece que la autora es consciente de su 'audacia', sin percatarse de que lo que hace provocaría sorpresa a los lectores de la novela naturalista decimonónica, pero ¿hoy?:
"-Si gritas, te rajo, zorra.
La penetró, y le hizo daño. Krystal lo oía gruñir, y oía su débil quejido: un sonido cobarde y tenue del que se avergonzaba.
Obbo se corrió y se apartó de ella. Inmediatamnte Krystal se subió los pantalones y [...]" (pág. 391).
Ignoro si bajo el seudónimo con el que la Rowling se ha presentado ahora, el de Robert Galbraith, se pretende ocultar una nueva manera de novelar o si simplemente ha sido una añagaza más de la industria editorial para disparar las ventas del título “El canto del cuco” [en España sale a la venta el próximo 14 de noviembre], como ha ocurrido en otros países una vez que ‘sorprendentemente’ se haya desvelado la verdadera autoría de esta novela policíaca.

A mí, personalmente, me da lo mismo lo que se haga para vender una obra siempre que ésta tenga calidad; pero sí me molesta, y mucho, que pretendan darme gato por liebre, como en mi opinión me ha sucedido con la novela que he comentado.

Nota: En la página de este mismo blog "Música que me gusta escuchar" he colocado algunos temas musicales que tienen en común el tema del dinero, asunto que -siempre según mi opinión, claro es- subyace en el giro copernicano realizado por esta novelista.


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