22 abr 2026

Dos autores, dos novelas, dos tertulias (A pares L, 1ª 1/2): "Comerás flores" de Lucía Solla Sobral

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Hay ocasiones en las que a uno parece juntársele todo. Es lo que esta segunda mitad del mes de abril parece haberme sucedido. Y es que entre obligaciones familiares, viajes y las variadas aficiones y ocupaciones literarias voluntariamente adquiridas, el tiempo no me llega para todo. En lo que se refiere al objeto principal de este blog, el comentario de libros leídos, resulta que los encuentros de las dos tertulias literarias en que participo han venido a situarse en fechas muy próximas la una de la otra: El grupo de lectura "más que palabras...", el primero y más antiguo de las dos tertulias, es  este mes el primero en celebrarse; comentaremos en él la novela de Lucía Solla Sobral Comerás flores. Es por esto que la reseña sobre esta novela abre este A pares. La segunda reunión lectora, la del Club de Lectura Fuencarral, que también una vez al mes se celebra en La Casa del Libro de la calle Fuencarral de Madrid el último miércoles de cada mes tendrá lugar, pues, más tarde y por ello la novela "Ve y cuéntalo en la montaña" de James Baldwin que protagonizará el encuentro la comentaré en segundo lugar. Ambas reseñas serán en esta ocasión más minirreseñas que otra cosa. El tiempo no da para más..
 


Lucía Solla Sobral: "Comerás flores"

«He fallado. Soy imbécil. ¿Cómo me pudo pasar esto a mí? ¿Por qué yo no lo vi? Sé que tú te estabas dando cuenta. ¿De qué me sirvieron todas esas charlas, los debates y los libros? Fui a la universidad, hice un máster, tengo trabajo y una hermana activista.»

Maltrato psicológico, Violencia de género, Machismo, Romanticismo tóxico

Una primera novela de una escritora nacida en Marín, Pontevedra, en 1989. Con el título Comerás flores  Lucía Solla Sobral se alzó con el Premio Ojo Crítico de narrativa 2025. Es una novela escrita con mucha frescura y naturalidad que trata el tema del enamoramiento romántico, de las trampas que pueden encontrarse en él. La protagonista es Marina, una joven de 24 años que se enamora perdidamente de un hombre de unos 45 que fácilmente podría ser su padre; concretamente este hombre, Jaime, tiene una hija, Jimena, de la misma edad que Marina, algo que a ella incomoda y que es un handicap importante para que la relación llegue a buen puerto.


La novela, pues, presenta a un hombre maduro que poco a poco va anulando a esa joven que antes de conocerlo tenía una vida propia, vivía con Diana, una íntima amiga a la que él comienza a desprestigiar y que poco a poco va apartando de Marina. Es un hombre muy atento, que se anticipa a los deseos de ella, que la colma de atenciones. Pero ¿son las atenciones del enamorado manifestación clara de sincero amor o las mismas no son más que reflejo del afán de control y de dominio de éste? Llega un momento en que la chica se ve abrumada por él. Muchos aspectos del enamoramiento se tocan en este libro. Uno de ellos, el fundamental, es el de la atracción de una mujer joven por un hombre maduro. La experiencia, el saber estar de éste, la protección que emana de su figura, su éxito, incluso el remedo de figura paterna que puede representar para la chica son detalles esenciales en esta narración que la autora conduce con acierto. Ante el control que representa el exceso de atenciones de Jaime sobre Marina, su amiga Diana, auténtico Pepito Grillo suyo, le dice:
«—No sé, tía, parece un padre en vez de tu novio. —Cortó la pizza en cuatro y la repartió en dos platos—. Un padre chungo.»
Es una novela que toca el tema de la violencia de género. En este caso es una violencia blanda, apenas perceptible, cual lo es la violencia psicológica que en ocasiones puede llegar a ser tan mala o hasta peor que la física. No es necesario golpear para sentirse maltratado, basta con gritar, con mirar aviesamente, con durante días condenar al silencio al otro... Intentar hacerse perdonar los brotes violentos con regalos y atenciones viene a ser una manera de cosificar al otro, de ignorarlo como portador de emociones, de anularle la voluntad mercantilizando sus enfados.

Pero hay también otros muchos asuntos que se tratan en esta narración, si bien todos ellos están interrelacionados con el prinicpal que he señalado antes. Uno de ellos, muy importante, es el de la violencia que se infringe a sí misma Marina simplemente para satisfacer a quienes la rodean, bien sea su madre Bea y sobre todo su novio Jaime. Jaime es carnivoro y constantemente critica a Marina su veganismo. Ella para no incomodarlo, para satisfacerlo, para evitar discusiones, acepta comer alimentos que no quiere y por eso de inmediato y a escondidas se provoca el vómito. Esta aceptación por parte de Marina de los deseos de los otros (metafóricamente en el caso de la comida comer esto o aquello sólo por satisfacerlos) es lo que se desprende de la expresión que da título a la novela y que se repite en varias ocasiones a lo largo de ella: «Comerás flores». Es decir, tendrás que tragar y hacer o admitir cosas que no te satisfacen, pero que deberás soportar porque el amor es tan hermoso y tú estás tan enamorada... 

Otro asunto muy importante es el del comportamiento de Jaime. Él es un triunfador en su campo («compositor de atmósferas»), es un maestro de la diglosia, o sea, sabe cuando conviene hablar en gallego y cuando en castellano, no admite que se le contradiga, que se le pongan objeciones a no ser que éstas procedan de alguna de sus clientes como Mercedes a las que satisfacer. Y Marina no es ninguna clienta, es su chica, su novia, su enamorada. Por eso cuando no le da la razón o le comunica algo que no le satisface, él se pone hecho un basilisco y grita, grita, grita. Y después se marcha sin avisar, la abandona por un tiempo y cuando vuelve es como si nada hubiera sucedido. Quizás este asunto sea el más importante porque este es el comportamiento de un maltratador, es el comportamiento de un amante tóxico que es lo que Jaime es. A Marina le costará percatarse de ello porque aún por su cabeza circulan historias de amor romántico tipo la de Jane Eyre que tanto hacía llorar a su madre Bea. En ese ambiente se educó y liberarse de ello es difícil. A ella le costará concretamente casi tres años, desde los 24 que tenía cuando se enamoró de Jaime hasta los 27 que tiene cuando está escribiendo este relato.

El tema del duelo por la muerte del padre también tiene gran importancia en Comerás flores. ¿No encuentra Marina en Jaime sin ser muy consciente de ello a un sustituto del padre fallecido? Su amiga Diana lo supo ver desde el primer momento. Pero el amor, ya lo dice el saber popular, es ciego.
 
La novela me ha gustado, pero no todo en ella me ha gustado. A veces, demasiadas en mi opinión, cae en un infantilismo que considero fuera de lugar («Con la segunda patata me dio una arcada. No podía más. Me llené la boca con el siguiente bocado de hamburguesa. Nadie me había enseñado a comer estando triste.» o «Cuando Jaime quería llevarnos otra vez a un sitio elegante y caro y nosotras queríamos pedir pizza con los bordes gorditos, nos convertíamos en la misma niña malcriada.»). También, aunque no incurre en ello más que una vez, la escritora cede a las consignas de lo políticamente correcto, de las denominadas cuotas identitarias cuando, pienso yo, no había necesidad ninguna. Pero con todo es una novela equilibrada, y, esto lo quiero destacar, en mi opinión toca con acierto el tema de la amistad, de la verdadera amistad. La relación entre Diana y Marina es fantástica, es sincera, es auténtica, son dos magníficas amigas, dos personas que se valoran mutuamente, que se ayudan, que se aconsejan, que se quieren.

Formalmente han llamado mucho mi atención esas repeticiones, normalmente triadas (tricolon) en las que el término —a veces no es el mismo término sino una secuencia fónica— se repite tres veces. Con estas repeticiones se intenta transmitir la intensidad con que el personaje vive lo que la palabra significa. Lo curioso es que a veces realiza la repetición utilizando signos de puntuación («Lloro. Lloro. Lloro») y otras los omite totalmente («también la odiaba. La odiaba la odiaba la odiaba. Odiaba [...]» o «Jaime me adoraba me quería me despertaba todas las mañanas con los ojos como plumas»). Ambos usos, con y sin signos de puntuación, tienen clara intención de estilo.

Radios culturales, escritores gallegos
Hay variedad de intertextos bien en forma de citaciones («Yo sabía que salir del amor era como salir de una catástrofe aérea porque se lo leí a Peri Rossi, pero no sabía yo lo difícil que era hablar del amor sin que a una se le llenasen los mofletes de miga de pan y se le pegase el calor a la piel como un pijama de franela.») cuanto simplemente de los nombres de artistas y personajes («Quería casarme, por supuesto que quería casarme, porque apoyada en los muslos de mamá, con sus dedos recorriendo mi oreja, Elizabeth Bennet se casó con Mr. Darcy y Jane Eyre con el señor Rochester y Harry con Sally y Anna Scott con William Thacker.»). 

También en lo formal me ha gustado mucho ese final en el que no todo se cierra, en el que algunos flecos quedan ahí flotando al viento tal y como sucede en la vida, en la que no todo está proyectado, cerrado, en la que el azar tiene un importante protagonismo, en la que el qué pasará hace que la vida sea toda una aventura hermosa de vivir.

 
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En unos días la 2ª 1/2 de este  A pares L: Dos autores, dos novelas, dos tertulias



15 abr 2026

"Una casa sola", novela de Selva Almada

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«Abrí los ojos a una mañana que presentaba poca novedad. El aguaribay florecido ardía de abejas. Las gallinas escarbaban el suelo buscando lombrices. Una pollita joven desenterró un cordón de zapatilla y armó tal alboroto que las otras la persiguieron para robarle el botín. La Miní apareció entre los pastos; tan blanca y con las costillas marcadas, la galga, que si no fuera la pura luz del día, diría que no era un perro sino el ánima de un perro. Arrastraba un lagarto overo y el olor a sangre atrajo a sus cachorros. Pero la capitana rancha sola: les tiró unos tarascones y comió triturando cuero, huesos, carne, hasta hartarse. Después se echó a la sombra del tala y dejó que los hijos se prendieran a las tetas»

Novela argentina última, Prosa poética, novela lírica
 Llegué a la última y magnífica novela de la argentina Selva Almada vía Leonardo Padura y la espectacular reseña que de la obra publicó el mes pasado en Babelia - El País. Esta vez la lectura la he realizado en un soporte distinto al habitual, la he realizado escuchándola. No suelo practicar esta modalidad de lectura, pero resulta que al bajar en préstamo la obra en eBiblio no me di cuenta de que el formato era audio. Bueno, en fin, me dije, no es la primera vez que escucho una novela en lugar de leerla, así que admití el préstamo. Y lo admití entre otros motivos porque la novela Una casa sola de Selva Almada está solicitadísima. Yo mismo tuve que esperar cerca de dos meses para que mi petición fuera atendida. Así que lo tenía claro, esta vez iba a escuchar en vez de leer. Y así lo he hecho.

Habría mucho que decir sobre las ventajas e inconvenientes de esta modalidad lectora hoy tan en auge. Todo, pienso, es cuestión de hábito y gusto. Tengo conocidos que me confiesan usar este formato con frecuencia, que les agrada. Vale. En mi caso no me convence demasiado porque no me permite detenerme, regodearme en las propias palabras, disfrutarlas, volver  atrás de inmediato en la frase recién leída si deseo volver a leerla y cosas así. Tampoco me convence en el caso de los audio-libros la pérdida (al menos yo la pierdo o me pierdo), o no constatación, del fin de una secuencia e inicio de la siguiente al no tener el texto escrito delante.

Cuando comencé la audición de Una casa sola  tuve una sensación negativa porque en la novela abundan los argentinismos, algunos de fonética desconocida para mí, cuyo sentido muchas veces se me hacía por demás difícil de encontrar. La primera secuencia o capítulo de la obra es además de las que tienen más duración (19 minutos). Puse voluntad y ganas de encontrarme a gusto porque la autora es una de mis favoritas y, sin haberme enterado en su totalidad, sobreviví a este primer contacto con el contenido de la obra. Volví a "leer" los 19 minutos del primer capítulo y ya me fui encontrando mejor y mejor. A mi satisfacción contribuía mucho la dicción perfecta de la locutora de la novela, Mara Campanelli, mujer argentina como Selva Almada, que sabe dar la entonación justa a las distintas frases que conforman el texto. La voz de Mara le va a la historia como anillo al dedo. Si al principio se me hizo algo difícil la intelección, el ritmo, el tono, la musicalidad tan argentina de la actriz de voz, según que avanzaba la historia y pasaban las secuencias narrativas (30), me iba gustando más y más. Yo tenía la ventaja de ya ser conocedor del estilo narrativo de Selva Almada (leí y reseñé 'Ladrilleros' hará cosa de seis años) y los argentinismos que pueblan el relato, los nombres de animales y plantas tan de allá, y otras cuestiones semejantes, aun sorprendiéndome, no me han impedido disfrutar muchísimo de la novela.

 Estamos ante una voz narrativa en primera persona a la que no estaba yo acostumbrado y pienso que al igual que yo tampoco lo estarán muchas otras personas. Y es que quien protagoniza el relato, quien nos cuenta su propia historia es un ser inanimado, una cosa, concretamente la Casa. Es una casa en medio del bosque (el espinal) que se ha ido haciendo por unos y por otros desde tiempos muy antiguos (se habla del asesinato de un general y dictador del país que se produciría -no se identifica el momento aunque sí el lugar, la Posta de San José, en la novela- en 1870. Ya por entonces, cuando el asesinato del general Justo José de Urquiza, cuyo nombre no aparece, la casa que protagoniza el relato ya estaba en pie, si bien sólo era un chamizo, un refugio en el bosque, apenas cuatro paredes y una techumbre hecha de ramas. Luego quienes la fueron habitando y usando la hicieron crecer a lo alto y a lo ancho según sus necesidades. Especialmente se habla de una familia -los Lucero- que la habitó varios años mientras que el hombre Damián, trabajaba de peón para un patrón y la mujer, Lorena, limpiaba en la casa de la Maestra y luego atendió a la mujer enferma del propio patrón. Esta familia estuvo en ella al menos cuatro años durante los cuales nacieron sus hijos y la Casa fue más casa que nunca, un verdadero hogar, pues albergó por primera y única vez a una familia.

Junto a los Lucero transitan por Una casa sola otros personajes: soldados (milicos), policías (canas), una banda de hombres desarrapados y hambrientos, aparecidos que en la noche deambulan por la casa y las habitaciones donde duermen los gurici (los chicos) de Damián y Lorena. Pero también hay personajes que tienen individualidad propia como la Grinja que aunque como otros sea un personaje fantasmagórico del pasado en el relato cumple la función de evocar la tragedia y el dolor en contraste con la vida cotidiana de los Lucero; el Cortito, así llamado por haber perdido las piernas en la guerra de las Malvinas, es un personaje de la actualidad que está al volante de una de las máquinas que, en torno a lo que queda de la casa, está desbrozando el lugar, allanándolo, seguramente para abrir claros en el bosque y dedicarlos a la agricultura [a punto de publicar esta reseña leo una entrevista con la escritora que habla del proyecto frustrado de construcción de un aeropuerto]; la Curandera a la que visita el Cortito con frecuencia entra a conformar y abundar en ese aspecto mágico y de fábula que desde antiguo acompaña a la Casa y a todo lo que la rodea; y la Tata, madre de la Lorena y abuela de los niños, que al desaparecer toda la familia se presenta en la casa con policías e investigadores para intentar dilucidar qué fue lo que pasó, algo que no se llega a conocer. Es esta Tata un referente claro a esas otras mujeres de la plaza de Mayo, madres y abuelas, que incansables buscaron a sus hijos y nietos desaparecidos.

Importante, muy importante, es también el tiempo, el cual transcurre en Una casa sola de manera imperceptible, pero implacable. En la novela Selva Almada no establece una cronología clara, tan sólo proporciona  apuntes indiciarios (muerte de un general y dictador, soldados que hablan de Malvinas, máquinas que desbrozan, leñadores que con sus hachas tumbaban árboles en el espinal cuando la Casa no era más que cuatro paredes...). Esta temporalidad imprecisa, inasible, contribuye a crear un ambiente narrativo que en gran medida, y como comenta Leonardo Padura, recuerda bastante a Juan Rulfo. Con todo vemos, aunque sin saber con precisión cuándo, que la casa comienza a existir, que crece, que un día alberga una familia en su interior, que de la noche a la mañana se queda vacía, que comienza a ser invadida por las plantas del bosque y finalmente que apenas si se la distingue 
«Sigo en pie como esas viejas muy viejas: de pura empecinada no más [...] Vista desde arriba, ya nadie podría distinguirme».
Es la naturaleza la que marca el decurso temporal. Concretamente en la obra no son los humanos quienes dan más información sobre el tiempo transcurrido, sino los perros durante la época de los Lucero: la galga Miní que a la Casa le recuerda a la Sultana que tanto gustaba a los gurici de los Lucero y que precisamente es la que nota la falta de éstos en la casa; y luego también es el Tala (árbol) quien según la estación («el tala se expurga las hojas muertas con disimulo») junto a la Casa marcan el paso del tiempo   («el tala y yo somos hermanos de leche [...] aunque hace ya tiempo que me pasó en altura»). Siempre un tiempo impreciso («un chaperío relumbrante es todo lo que queda de un galpón que ha sucumbido a las tormentas, cuánto hace, quién sabe, [...]»). Un tiempo que pasa, que vuelve, que parece acabarse, pero que de nuevo renueva lo que semejaba estar muerto. El eterno retorno, la sensación de siempre lo mismo, lo inacabable y a la vez finito, la anulación del tiempo...
«El aire tibio se perfuma de pomeas. Nadie viene ya, ni siquiera la Tata. Sigo en píe, sola, desde que se fueron los Lucero.»

Una casa sola, fábula, novela mágica
(fotografía tomada de Babelia-El País del 12/3/2026)
La prosa de Selva Almada rebosa poesía por sus cuatro costados. Es de una belleza increíble. A las imágenes atrevidas se suman los vocablos propios del habla popular de la zona donde se ubica de manera imprecisa la acción, o sea la provincia argentina de Corrientes colindante con el Paraguay. Al ser audible el formato en que he leído Una casa sola no me ha sido fácil tomar apuntes claros de términos utilizados. Muchos vocablos son semejantes a los que ya señalé en mi reseña sobre "Ladrilleros" (ver reseña aquí), pero otros muchos son propios de la zona (el litoral) donde viene a situarse esta protagonista sorprendente, la Casa, que está siendo asfixiada por la Naturaleza de la zona.

A continuación algunas frases hermosas que he podido retener en la memoria:
  • Las alarás cavando sus túneles en la madera
  • La madrugada se llenó de olor a sangre y calostros 
  • Despelote de estrellas en la noche. La luna poniendo a parir a las bestias del monte.
  • ¡Pucha, que eres arisca!
  • Pavor de las madres a la muerte blanca
  • Olor a bicho enojado y corrupto
  • El gurí chico creció como un chucho guacho
  • El patrón a Lucero le pagaba de a puchitos
Final
Una novela muy interesante en estructura, lenguaje, asunto, y procedimientos narrativos que a los buenos lectores, aquellos que no se conforman con la mera historia sino que buscan en los libros algo más (mucho más en ésta), entusiasmará.




8 abr 2026

"El alumno" de José Antonio Lucero

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«Sabe el maestro que los libros que uno tiene, los que ha leído y los que tiene por leer son su medida del mundo y, también, de cuánto del mundo hay dentro de uno. Tal vez su trabajo como docente se limite a agrandar el mundo de sus alumnos proponiéndoles libros como vehículos.»

José Antonio Lucero, Autores andaluces
Si el libro de mi reseña anterior llegó hasta mí por la vía de la amistad, también El alumno de José Antonio Lucero ha seguido un camino similar. Esta vez ha sido mi magnífica, buena y desde antiguo, amiga Lupe quien me habló de este título, diciéndome cuando me lo prestó para que lo leyera: 
«Te gustará, estoy segura. Va de un profesor como tú. Hay muchas referencias a libros y a literatura en él»
A mí, los libros que hablan de libros o que dialogan con autores del pasado y sus creaciones literarias me gustan. Fue por eso que sin dilación alguna tome a El alumno en mis manos y comencé a leerlo.

El autor
José Antonio Lucero es un roteño de 38 años, licenciado en Historia y profesor de Geografía e Historia y Lengua y Literatura en un colegio de su localidad natal.  Como educador mantiene abierto desde 2015 un canal en You Tube, La cuna de Halicarnaso, que —dice él mismo en su pagina web— «uso como base para aplicar en el día a día de mis clases el modelo pedagógico Flipped Classroom y el Aprendizaje Basado en Proyectos con el objetivo de motivar a mis alumnos y hacer de su aprendizaje algo mucho más significativo»

Desde muy pronto José Antonio Lucero se sintió atraído por la creación de narraciones. En 2012 autopublicó Mariela, 1972. Un asesinato en Rota. Pero fue a partir de  2021 cuando su carrera literaria despegó con fuerza; ese año publicó La vida en un minuto, novela que había sido finalista del Premio Ateneo Joven de Sevilla en 2018. Al año siguiente, en 2022, vio la luz La madrina de Guerra y en 2024 La maestra. Todas estas novelas, al igual que la que aquí reseño han sido publicadas por Editorial B del grupo Penguin Random House. 

Mi comentario
En El alumno e imagino que también en La maestra que publicó en 2024 Lucero realiza un homenaje al gremio de los enseñantes, concretamente al cuerpo de Maestros que tanto bien han hecho en varios momentos de su historia a España. Mucho bien y por ello, paradójicamente, también han sufrido mucha represión y muerte; así lo refleja esta novela cuando en el pasado siglo los levantados en armas contra el gobierno legítimo se hicieron con el poder y a muchos docentes encarcelaron, echaron del Cuerpo o por sus ideas políticas los fusilaron.

Sinopsis de la novela (realizado por la propia editorial)
Septiembre de 1955. Roque, un joven maestro que en el pasado fue un alumno difícil, llega a una escuela de la sierra de Sevilla con el deseo de que los niños puedan soñar con un futuro mejor, lejos del estruendo de la violencia y la lacra de la dictadura.
Poco a poco conseguirá sembrar en los pequeños la curiosidad por el conocimiento y descubrirles la belleza de las palabras a través de la poesía.
Sin embargo, sus inquietudes pedagógicas, heredadas de la maestra de su infancia, Lali, no casan con el estricto engranaje educativo del régimen ni con los ideales del director del centro, quien pronto empezará a sospechar de él. Y es que Roque esconde un secreto del pasado: busca algo que le arrebataron cuando era un niño, tras la detención de su profesora y su ingreso en un siniestro internado franquista, donde, a pesar de todo, descubrió que enseñar puede ser un acto de resistencia.

El novelista presenta la historia de Roque, maestro de Encinar de la Sierra (pueblo ficticio de Sevilla) en e1 curso 1955-56, en contrapunto temporal con el curso de 1939-40 durante el que él mismo cursa estudios en un Colegio religioso de élite situado en Madrid. En este centro educativo ingresa Roque por expreso deseo de su padre, importante gerifalte de la Falange. La relación entre Roque y Javier, su padre, es muy mala por algo sucedido entre ellos al poco de haber estallado el Golpe de Estado de 1936. Nela, la madre de Roque, poco ha podido hacer para enderezar la situación entre ellos en un momento en que las mujeres en España apenas tenían visibilidad y eran sistemáticamente ninguneadas por el varón, mucho más si éste, Javier Ramírez, ocupaba una importante posición en el Partido único.

En el contexto de la inmediatísima posguerra vemos a un alumno que es educado en un colegio religioso de élite y de estricta disciplina donde sufre algunas vejaciones o es conocedor de otras más graves sufridas por algunos de sus compañeros. A este chico, cuya vida escolar durante el curso 39-40 conocemos, volvemos a encontrarlo ya convertido en maestro nacional en un pueblo sevillano el año de 1955. Estos dos momentos, separados entre sí quince años, se van alternando en contrapunto temporal a lo largo de los capítulos que componen las cinco partes más un epílogo (éste de 1972) que forman la novela.
  • Primera Parte lleva por título "Un mago". En esta parte se suceden en contrapunto el ingreso en el curso 39-40 de Roque niño en la escuela madrileña de San Miguel y la llegada de Roque ya maestro a la escuela de Encinar de la Sierra en 1955.
  • La segunda Parte se titula "Un calambur". Bajo el nombre de esta figura literaria que Roque enseña a sus alumnos se crea el 'Club de los Calambures', reunión de cinco o seis alumnos con Roque en su casa donde éste les lee poesías, algunas prohibidas en esos años, y los anima a componerlas. Uno de estos chicos, Saúl, se revela como un buen creador. En esta misma parte hay una importante vuelta a sus experiencias en el Colegio San Miguel durante el curso 1939-1940 al tomar el maestro en sus manos el libro "Sombras agrestes" de Justo Rebollo, quien fuera amigo íntimo en esa época lejana. 
  • La Tercera Parte se rotula como "La libertad de enseñar" y en ella Roque pretende ejercer en libertad la enseñanza, algo difícil en la España franquista del momento.
  • La Cuarta Parte se titula "Un amanecer" y en ella es cuando se producen los hechos más relevantes de todo el relato, que, como es lógico, no pienso revelar para no destrozar el placer de la lectura. 
  • La Quinta parte por último aparece bajo el epígrafe de "Una confesión". En ella se resuelve toda la novela con algún que otro giro imprevisto y sorprendente.
La novela me ha gustado por muchas cosas. Una de ellas, quizás la más importante para mí, ha sido la gran cantidad de referencias a obras y autores de nuestra historia literaria. Son alusiones a autores conocidos por su papel relevante en la España anterior a la Guerra Civil y que, acabada ésta, fueron borrados, eliminados del imaginario colectivo, en un vano intento de reescribir la Historia. Afortunadamente siempre hubo algunos maestros que como Roque, jugándose el puesto y el tipo, se afanaron por mantener viva su memoria:
«No puede decirlo porque la Generación del 27 es un espejismo, es un paréntesis, es gente que no existió. Federico García Lorca, que no escribió. Pedro Salinas, que nunca pensó que podía cambiar España con sus rimas. Rafael Alberti, alguien que no soñó con alumbrar con sus letras a los desheredados. Tampoco Manuel Altolaguirre. Como tampoco existieron Maruja Mallo y Concha Méndez, mujeres que no entendieron que ellas pudieron habitar un espacio de reivindicación, o Rosa Chacel, que no quiso hacer su revolución obrera, la suya, la feminista, como Josefina de la Torre y tantas otras.»
La maestra, El alumno
No puedo dejar sin citar el manejo que José Antonio Lucero hace del recurso de la intertextualidad. Predomina la machadiana («tarde suave y mansa», p. 149; «la mayor parte del día se escenifica la función de charanga y pandereta, cerrado y sacristía que escribiría el poeta exiliado», p. 224; «ligero de equipaje», p. 265; «monotonía de la lluvia tras los cristales», en otro momento...). Pero también la hay referida a otros autores: Bécquer («las golondrinas de Bécquer anidando en el balcón de Lola», p.226); Miguel Hernández (su poema «Tristes guerras»), en otro momento; etc.

Este culturalismo no es sólo literario sino que invade también otros espacios como el de la pedagogía y el del cine. Aparecen citados con cierta reiteración nombres de pedagogos como María Montessori, Célestin Freinet, Ferrer i Guardia... Asimismo, ya cuando la acción se sitúa a mediados de la década de los cincuenta del siglo XX, las referencias culturales tiran más por los derroteros del Cine y algo menos, aunque también las haya, de la Literatura. No se puede obviar que en 1956, momento en que finaliza la novela, se está produciendo un cierto aperturismo en el Régimen que busca el abandono de la autocracia por la tecnocracia. Este aperturismo se notará en la literatura y queda reflejado en la novela en esa novela ficticia, "Sombras agrestes", del también ficticio Justo Rebollo, así como en los poetas que en el Club de los Calambures comienzan a leer a partir de esa fecha («Y recibirá nuevos miembros y otros se irán, y junto a los clásicos leerán a poetas nuevos -Gabriel Celaya, Gloria Fuertes, Blas de Otero, Ángela Figuera Aymerich-, en cuyos versos, al resonar en esas boquitas ávidas, habrá un arma cargada de futuro»)
«En la España de mediados de los cincuenta no era difícil que esa novela pasara la censura [...] la cultura española vivía una especie de resurgimiento al que no le tardaron en salir las ovejas negras: Berlanga con su Bienvenido, mister Marshall (¿cómo diablos pudo pasar la censura aquel guion?, señorita Lali), Bardem con Muerte de un ciclista, y algo más tarde, Luis Martín Santos con Tiempo de silencio, por poner algunos ejemplos a los que también podríamos sumar la obra de mi amigo»

Pero sin duda alguna lo más llamativo e importante para mí es que El alumno es una novela muy emotiva, que aunque contiene algunos giros sorprendentes y hasta quizás en el límite de la verosimilitud, la maestría del autor hace que esos flashes de inverosimilitud cedan en pro de la credibilidad que viene de la mano de la emotividad sacudida por las relaciones familiares del protagonista con sus padres, con sus amigos y con sus amores. 

Es una novela que, estoy seguro, a cualquiera que la lea le resultará muy, pero que muy, entretenida. Especialmente la disfrutarán los enseñantes, que se verán bastante reflejados en ella. El gusto y la vocación por la enseñanza los expresa José Antonio Lucero en variados momentos con enorme conocimiento y satisfacción personal. Los que la hemos ejercido y no pocos de quienes actualmente la profesan estoy seguro que harán suya frases como la siguiente:
 «Yo siempre digo que para esta profesión hay que tener algo que se tiene o que no se tiene. y ese algo consiste en la habilidad de plantarse delante de todos esos chicos y, sin que se sepa en realidad cómo, lograr secuestrar su atención, ¿sabéis?»