«Mi familia decidió que pasara de mujer a mujer porque mujer fue su primera propietaria. El origen es algo más extraño y hasta difícil de creer —contestó sonriendo y encogiéndose de hombros añadió—: Según la leyenda perteneció a una guerrera de una etnia a la que llamaban “las amazonas”. […] La tradición dice que aquella extranjera procedía de un lugar donde las mujeres gobernaban sin la presencia de ningún hombre»
Al comienzo de El legado de Circe nos encontramos a finales del siglo III a.C., año 202 a.C., con idas y vueltas hacia atrás y hacia adelante de 17 años en algunos de los capítulos siguientes. La historia que se relata alcanza su final en el año 160 a.C., casi a mediados del siguiente siglo II. Es una época en la que los pueblos prerromanos que habitaban la península ibérica irán siendo sometidos por diversos pueblos conquistadores, especialmente por los cartagineses de Aníbal y luego por los romanos que en persecución de los anteriores llegarán a la península.
La acción se centra en una serie de mujeres pertenecientes a una familia que habita en un castro galaico durante casi los 20 últimos años del siglo III. En esta localidad encontramos a tres mujeres fundamentales en la historia: Nala, la curandera del castro, mujer que tiene fama de hechicera y que es muy conocedora de las propiedades de muchas plantas que sola o en compañía de su hija Xure se dedica a recoger para en su cabaña molerlas, mezclarlas, molturarlas y con ellas crear bebedizos y emplastos cuyas propiedades curativas son muy apreciadas por la mayoría de los habitantes del castro. La tranquila vida de esta localidad del noroeste peninsular se verá alterada cuando arriba a ella un joven jefe militar carpetano, Hilerno, que está huyendo de los cartagineses que derrotaron a su grupo de combatientes. Es recogido por Nala que lo llevará al castro y lo curará.
Durante el tiempo que dura su estancia en el castro Hilerno es feliz, especialmente porque se ve atraído y muy bien atendido por la jovencísima y bellísima Xure. La madre de ésta nota esta atracción mutua y pide ayuda al druida de la localidad, Gael, para que vigile a la pareja durante sus ausencias. Y ocurre lo inevitable. Para corregir su yerro Gael convencerá a Hilerno para que tras los meses pasados en el castro galaico regrese al suyo carpetano. Pero como dice el dicho popular, nunca mejor traído a cuenta en esta ocasión, "de esos polvos, estos lodos", y un miembro nuevo nacerá de la breve unión habida entre Xure e Hilerno. Se llamará Aloia. Su padre es desconocedor de su existencia y la niña será educada por Nala dado el fallecimiento de la madre en el parto. Ella, Aloia, es la auténtica protagonista de esta novela de la que ya no cabe decir más. Creo que con lo dicho hasta aquí cualquier amante de la literatura entretenida y bien escrita se habrá ya sentido atraído y deseará conocer cómo se desarrolla y concluye todo esto.
Paloma Celada, la autora, por su profesión de farmacéutica es conocedora de buen número de plantas de cuyas propiedades curativas y/o mortíferas hace sabio uso en esta su primera novela. Pebrazo, adormidera, siemprevivas, corteza de abedul, malvavisco, flor de gordolobo, lengua de ciervo, palo dulce, romero, pico de cigüeña, cornezuelo del centeno, tarraguillo, acónito, beleño y muchas otras plantas más tienen protagonismo en el relato al utilizarse como remedios sanadores en sus debidas dosis. Las mujeres conocedoras de los beneficios y perjuicios de las plantas eran tenidas antaño, mucho más en la época en que se sitúa la narración, por brujas hechiceras. No pocas de ellas acabaron quemadas en la hoguera acusadas de ser las causantes de cuantos problemas tuviera la comunidad. Reivindica Paloma el lugar que estas mujeres debieran de ocupar en la Historia, dado que su papel habría que considerarlo con toda certeza como protociencia. Paradójica y penosamente, quienes las quemaban públicamente, acusándolas de superstición y tratos con el Maligno, ellos eran los auténticos cultivadores de supersticiones varias.
En la novela se enfrenta la sabiduría más o menos experimentada, o sea, científica que se diría hoy, con la fe en creencias y espíritus del más allá. Así, estas mujeres chocan con el papel reservado a los druidas, sacerdotes que en la época y lugares donde sucede la acción se encargaban de atender a los heridos y enfermos simplemente a base de sahumerios y plegarias a los dioses. Es El legado de Circe un auténtico alegato en contra del anticientifismo y en defensa del papel activo de la mujer en la vida comunitaria.
Para quien no conozca a la autora diré que Paloma es mujer amantísima de Madrid, su Comunidad, donde habita desde que nació. Conocedora de todos los rincones de ésta hay uno por el que -esto es pura apreciación mía- siente más afecto. Me refiero a Alcalá de Henares, en cuya universidad cursó los estudios de Farmacia. Esta localidad yo la he querido ver en el castro de Combouto al que Aloia llegará al alcanzar su mayoría de edad en busca de su padre Hilerno. Esa zona y la de los ríos que la riegan hasta desembocar en el gran río Taio (Tajo) es la que en la novela se nombra como Carpetania. Carpetanos, vacceos, turdetanos, iberos, galaicos, cartagineses... son algunos de los pueblos que se nombran en el relato. Son los nombres antiguos de las comarcas limítrofes con lo que actualmente es la Comunidad de Madrid. Por esto considero que esta novela es también un homenaje de Paloma a la tierra que habita: Madrid.
Se nota que la autora se ha documentado mucho lo que contribuye a la verosimilitud, exigible siempre en literatura, pero mucho más cuando la acción se sitúa en una época oscura y poco conocida como son los siglos anteriores a la plena implantación de Roma en nuestra península. Ejemplo de lo que digo son los patronímicos (nombres propios) que aparecen en el relato: Aloia (nieta de Nala, la curandera del castro), Xure (hija de Nala),Vecco y Umarbeles (los gemelos hijos de Aloia), Aunia (nieta de Vecco y bisnieta de Aloia), Gael (druida del castro galaico), Elin (la prometida de Cadoc, hermano de Gael), Aníbal (general cartaginés), Maharbal (lugartenientes de Aníbal), Sosilos (preceptor de Aníbal), Hilerno (comandante de la coalición de tribus que se enfrenta a los cartagineses y padre de Aloia), Sileko (druida en Combouto), etc. En Combouto, el castro carpetano que lidera Hilerno están Corbis, Thurro (marido de Aloia), Tibaste (padre de Thurro), Leukón, Kompalko, Retogeno y su hijo Abblon, el viejo Letondon, Buntalos (su esposa es Stena), Orsua, Ambón. Caciro, Likinos… La verdad es que el listado de nombres propios es inmenso y todos ellos están bien traídos.
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| Situación aproximada de Carpetania en la Península Ibérica |
Para finalizar sólo quedaría explicar un poco el porqué del título de la novela, El legado de Circe. Paloma Celada siente una enorme simpatía por esta diosa y hechicera griega con conocimientos de herboristería, brujería y medicina. En la Odisea Circe transforma en animales a los guerreros con sus poderes mágicos. Pues bien, la novela se abre con un prólogo o preámbulo situado temporalmente en el siglo XIV a.C., final de la Guerra de Troya, y ubicado geográficamente en el Cerro del Viso, Alcalá de Henares. En este preámbulo vemos a unos fugitivos de la guerra que arriban hasta la meseta central de la península. Llegados a este lugar muere Asteria, la mujer de Tehuero, jefe del grupo huido. Antes de morir, Asteria ha entregado a su marido una medalla de bronce con la efigie de la diosa Circe. Dicha medalla es un auténtico talismán que concede dones sobrenaturales a su poseedora, poderes que jamás puede dar a conocer a nadie salvo a la mujer de su estirpe que ella elija como siguiente detentadora de la misma. Esta medalla la tiene en su poder, al inicio de la novela, Nala, la sanadora hechicera del castro galaico a la que ha llegado por herencia desde esa otra mujer, lejanísima en el tiempo, Asteria.
En el mundo bloguero, Paloma Celada utiliza el nick de Kirke en homenaje a Circe. Al igual que la diosa griega ella, salvando la enorme distancia en tiempo y realidad que las separa, es amante y conocedora de plantas y de los remedios sanadores que se obtienen de ellas. Es esta novela, pues, un homenaje a esos antiquísimos hacedores de emplastos y remedios botánicos anteriores a la aparición de la farmacopea.
El legado de Circe contiene, todo ello en su debida proporción, amor, herboristería, aventuras guerreras, historia, superstición y protociencia. Se lee con tanto agrado y está tan bien escrita que parece mentira que sea la primera de una autora a la que hasta el momento yo sólo conocía por sus excelentes relatos. ¿Para cuándo la siguiente novela, Paloma?


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