13 nov 2024

Opiniones y reflexiones (Rimas para conciliar). Francisco Coronel

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Los asiduos a este blog saben que Francisco Coronel es buen amigo mío al que he dedicado siempre desde aquí unas palabras para cada uno de los libros salidos de su mano. Con éste ya son cuatro los escritos que el nefrólogo doctor Coronel ha dado a la imprenta. Si los tres anteriores fueron en prosa, ahora, en esta cuarta entrega, descubrimos que también Francisco Coronel siente de vez en cuando la llamada de Calíope y de Erató. De las dos musas de la poesía en esta ocasión yo me inclino más por Calíope, musa de la poesía épica, que por Erató, que lo es de la poesía lírica; mi inclinación obedece a que en el poemario que acabo de leer, además de poemas que hablan de sentimientos, hay varios que cuentan, que relatan, sucedidos o experiencias del propio autor. 

Es Coronel (no es la primera vez que lo digo) un relator, un contador, un juglar, una persona que, como dijera José Luis Garci en el prólogo que escribió para el primero de sus libros, Las experiencias de un médico para todo, cuenta muy bien («Cuentas muy bien, Francisco, con amenidad de la buena [...] escribes con sencillez, ligereza y esa melancolía leve que no se nota.»). Estas mismas palabras son aplicables a los 32 poemas que incluye en este su último libro. Si hubiera que señalar un tema esencial para todo el poemario yo diría que éste es el del amor. El amor a la mujer, inspirador fundamental para el hombre («Si tienes suerte y encuentras / a la mujer de tu vida / o si eres mujer y encuentras / al hombre que tú querías, / no habrá deleite mayor / ni más alta complacencia / [...]»); también la amistad, que  no es otra cosa que una clase de amor y que como el anterior a veces, claro, produce desengaños (soneto titulado 'A alguien que te importa'; asimismo se ve con claridad en el poema que lleva por título 'La amistad y la poesía'); y también el amor a muchas otras cosas como el Cine, el mar, la música... y hasta el mus.

Aunque no se puede decir que la mirada que Francisco echa hacia atrás en algunos de sus poemas sea amor sensu stricto, yo lo incluyo en ello, pues la nostalgia no es otra cosa que el amor que permanece fijado en el recuerdo. El autor se contempla a la altura de sus años y no puede por menos que evocar momentos dichosos del pasado, de su pasado ('Dulce Navidad', 'El amor desde niño'). También reflexiona -y así lo señala en 'Loas a la amistad', el poema que abre el libro- sobre cómo con el paso de los años llega la jubilación, la vejez, y el olvido se cierne sobre la persona; el poeta se pregunta entonces: ¿Quiénes son los de verdad amigos?
«Luego llega la verdad
y, cuando estás más dolido,
las loas a la amistad
sólo son loas de olvido»

Opiniones y reflexiones contiene 32 poemas cuyos títulos llevan a modo de subtítulo la sinopsis explicativa de lo que viene a continuación. Algunas de estas sinopsis adoptan la forma de frase proverbial, como por ejemplo cuando bajo el título del poema 18, 'Ser reflexivo', leemos: «No hay que precipitarse en lo que se dice y en lo que se hace, es mejor pensar primero.»

Francisco Coronel, tal como él mismo cuenta en la solapa y en la contraportada del libro, siempre ha dedicado una parte de su actividad de ocio a la escritura poética, escribiendo en su juventud letras de canciones para el repertorio musical de una banda de rock. Tenía facilidad para rimar palabras que  acababan en composiciones musicales. Durante los dos últimos años confiesa que ha estado escribiendo de esta manera sus impresiones de la vida en sus momentos más creativos.
 
Estos 32 poemas confirman su afición. Sus composiciones, efectivamente, parecen canciones, que surgen con enorme libertad creativa y buscan el ritmo, en versos principalmente de arte menor, a través de rimas en general asonantadas. No se atiene con rigidez al canon, si bien hay algún poema como el nº 29. 'Amor de familia', en el que un correcto soneto muestra su habilidad y conocimientos estróficos. La mayoría de sus poemas tienen un adecuado y eficaz tono juglaresco propio de la poesía popularista. Predominan, como es natural en las coplas, las cuartetas de romance, que es la estructura estrófica en la que mejor se desenvuelve;  a veces las combina con quintillas o sextinas, algo que, en mi opinión y sólo en alguno de los poemas, hace que el mismo pierda algo de potencial y eficacia  comunicativas. Ese neopopularismo que cito muchas veces me ha llevado mentalmente a evocar o recordar el tono de los versos que Muñoz Seca escribiera para su archifamosa "La venganza de don Mendo".

Como ocurre en cualquier poemario hay poesías que me han gustado más y otras que me han gustado menos. Elegir siempre es difícil, pero personalmente, de entre todas ellas, yo destacaría sin duda alguna como mis favoritas las siguientes composiciones: el poema 26. 'Y van pasando los años' y el poema 16. 'La diferencia de géneros'. El primero es el que más me ha agradado tanto por contenido como por continente; del segundo destacaría el puntito de humor con el que Coronel sabe tratar un tema hoy tan controvertido. 

Para cerrar quiero señalar que entre los asuntos que el autor trata en este libro aparecen con fuerza, además de los ya señalados, dos que no quiero dejar de mencionar: su preocupación social y política (poemas 'Saludando a España' o 'La gracia de Madrid'); y la religiosidad, ayer y hoy (poemas 'Dulce Navidad' o '¿En qué creer?').

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Del autor y en este mismo blog:




"Las experiencias de un médico para todo"






elblogdejcgc, El blog de Juan Carlos


 
"Medicina & Rock 'n Roll"                      

                


"La historia que había que  contar"        








8 nov 2024

"El gran teatro del mundo" de Calderón de la Barca

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«En la representación / igualmente satisface / el que bien al pobre hace / con afecto, alma y acción / como el que hace al rey, y son / iguales este y aquel / en acabando el papel. / Haz tú bien el tuyo y piensa / que para la recompensa / yo te igualaré con él. / No porque pena te sobre, / siendo pobre, es en mi ley / mejor papel el del rey / si hace bien el suyo el pobre; / uno y otro de mí cobre / todo el salario después / que haya merecido, pues / con cualquier papel se gana, / que toda la vida humana / representaciones es. / Y la comedia acabada / ha de cenar a mi lado / el que haya representado, / sin haber errado en nada, / su parte más acertada; / allí igualaré a los dos.» (personaje de El Autor)

Tenía muy buen recuerdo de cuando allá en mi lejana juventud vi una representación en mi ciudad natal de El gran teatro del mundo. Todos estos años he guardado en mi interior la profundidad filosófica, existencial, político-social, y, naturalmente, también teológica que Pedro Calderón de la Barca encerró en este auto sacramental. 

¡Ah!, exclamaréis algunos, ¡un Auto Sacramental! Vamos, un coñazo. Y no, os tengo que decir que no, que no es un peñazo, que es teatro en grado puro. A cualquiera de vosotros que agrade el arte de Talía conocer mejor a Calderón es esencial. Fijaos que fue un gran renovador del Teatro: introdujo la música, partes cantadas (es el creador de la zarzuela), efectos de magia sorpresivos, dio un papel esencial a la escenografía... Todo esto referido a aspectos propios del montaje y de la puesta en escena. Pero no quedó aquí su contribución, sino que en la órbita de las grandes celebraciones teológicas que se celebraban durante la festividad del Corpus Christi puso en pie como nadie ideas y conceptos difíciles de aprehender. Y lo hizo a través de figuras alegóricas. o sea, seres reconocibles: un Rey, un mendigo, un hombre rico, un labrador, una mujer bella... que le sirven para mostrar a través de ellos conceptos como la dominación, la pobreza, la riqueza, el duro trabajo, la hermosura... 

En El gran teatro del mundo nada más correrse el telón aparecen dos ideas primeras, constructoras de la representación a la que vamos a asistir: una es la del artífice máximo, la del creador, que en la obra se plasma en la figura del Autor, y la otra es la del Mundo, o sea, la propia existencia, en esta representación el Teatro. El actor Antonio Comas hace el papel de Autor-Dios y está sobresaliente en él. El Autor es afable, inmisericorde por momentos, pero clemente siempre. La actriz Carlota Gaviño representa al Mundo (el Teatro) y es quien reparte los papeles a cada uno de los siete actores. Estos papeles (la discreción, la riqueza, el poder, la pobreza, etc.) no son elegibles sino que es la vida la que nos los da. A nosotros sólo compete actuar con ellos en este Mundo, en este Teatro, de la mejor manera posible. El Autor no da indicación alguna de cómo llevarlo a efecto; cada ser humano haciendo uso de su albedrío lo ejecutará. Tan sólo hay un precepto que repite a cada uno de los actuantes un personaje llamado Ley de Gracia: «Obrar bien, que Dios es Dios»

Establecidos estos principios el Autor, o sea Dios, se retira del escenario del teatro, o sea del Mundo, para asistir como espectador desde un palco de la sala a la representación que harán sus criaturas. Cuando éstos demandan una indicación sobre qué hacer, cómo proceder, el Autor les remite a la Ley de Gracia que, contumaz, repite una y otra vez el precepto señalado. Según que cada una de las figuras habla y expone sus quebrantos y sus deseos, la Voz de Dios, en esta ocasión invisible, decide indicarle la salida de la representación. Unos la reciben antes y otros después, pero a todos llega y todos han de acatarla de manera inexorable. Casi todos aceptan la orden con resignación. Este comportamiento y lo hecho en vida les será tenido en cuenta por el Autor en el último instante del Auto. 

En la época en que Calderón de la Barca escribe El gran teatro del mundo (año 1671), diez años antes de su fallecimiento, estas obras teatrales tenían como finalidad la exaltación del sacramento de la Eucaristía. En la obra original el examen que hace el Creador a sus criaturas se realiza mediante la inclusión o no de las mismas en la Comunión con el Corpus Christi. Las diferencias existentes entre protestantes y católicos sobre qué se producía durante este sacramento es la justificación práctica del para qué de los Autos Sacramentales. Los católicos, de los que Calderón es parte destacada, hablan de verdadero cuerpo de Cristo (transubstanciación) , mientras que los protestantes hablan sólo de simbólico cuerpo de Cristo (consubstanciación). 

En la Obra dirigida por Lluis Homar esta Comunión se representa en forma de invitación a participar en la mesa donde Dios se encuentra. El Autor-Dios va llamando a unos y otros a participar en la celebración. Sólo el rico y el niño nonato quedan excluidos, si bien pronto el no nacido es invitado a acercarse a los elegidos.

Lo importante para los espectadores actuales de esta representación no es el mensaje místico, teológico, que Calderón quería darle, que también para quien así lo quiera, pues la CNTC es muy respetuosa con el mismo. Lo importante en mi opinión es la profundidad filosófica que se encierra en ella. Sin querer ser exagerado yo diría que don Pedro Calderón de la Barca se adelantó bastantes años a la filosofía existencialista. De hecho en la obra cuando el Mundo está repartiendo los papeles a los actores me vino a la mente Seis personajes en busca de autor de Luigi Pirandello y también la novela Niebla de Miguel de Unamuno. Personajes que desean vivir, nacer, y una vez nacidos no quieren ser juguete de su creador, se rebelan ante la idea de encontrar la muerte por el capricho del escritor.

Una obra profunda, con muchos matices, que en apariencia parece simple por eso de que en la Vida sólo hay dos puertas: el nacimiento, por la que se entra; y la de la muerte, por la que se sale. Y ninguna de las dos las elige el ser humano por sí mismo. Quizás se pueda hablar de pesimismo en esta concepción, pero no hay que olvidar que estamos en el Barroco. Bástenos recordar al gran Quevedo en alguno de sus poemas filosóficos. A mi cabeza viene ahora su soneto "¡Ah de la vida!... Nadie me responde" porque en él, como en El gran teatro del mundo, aparece la línea de pesimismo y desengaño propios del Barroco.


La obra cuando acabó recibió varios minutos de aplausos dirigidos a todo el elenco actoral, a la música de percusión en directo ejecutada por Pablo Sánchez, a la luminotecnia..., en definitiva a todos los integrantes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Una magnífica representación que puede verse en el Teatro de la Comedia (C/ Príncipe, 14, 28012  Madrid) hasta el próximo día 24 de noviembre. Merece la pena verla, os lo aseguro.

1 nov 2024

Juan Manuel de Prada. "Mil ojos esconde la noche (I. La ciudad sin luz)"

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Entrada al parisino Cabaret del Infierno
El libro que acabo de leer es la primera entrega de la novela Mil ojos esconde la noche de Juan Manuel de Prada. Según confiesa el propio autor al final de este volumen la novela tiene una extensión de 1600 páginas; esta primera parte de casi 800 páginas lleva por título 'La ciudad sin luz'.

El libro me ha gustado en un 90% y me ha resultado, quizás, algo tedioso en el 10% restante. A pesar de que me agradan las historias que tienen por actuantes a escritores y a pintores -en esta novela lo son la mayoría de sus personajes-, seres que escaparon de la España de Franco y se refugiaron en París, sin embargo a veces me ha parecido un tanto repetitivo y como que la historia no avanzaba al ritmo que yo creía que debía de avanzar. También es cierto que hoy día la inmediatez de las RRSS nos (me) han acostumbrado a cierta velocidad lectora y un libro de este tamaño no es bien digerido por muchas personas. Yo, lo confieso, sí lo he digerido, y con gusto en muchos momentos, pero puede ser que tanta abundancia de datos y de nombres me haya producido una cierta acidez como si en ocasiones padeciera hernia de hiato y regurgitara parte de lo leído aun en contra de mi voluntad.

Creo que cuando aparezca en las librerías la segunda entrega acudiré a leerla porque deseo saber qué es de Fernando Navales el protagonista de la novela. Advierte Juan Manuel de Prada que Navales ya apareció en el primer libro que hace ya cosa de treinta años él dio a la imprenta, "Las máscaras del héroe", y que si tiene tiempo (ganas dice que no le faltan) tras esta larguísima novela, cuya primera parte acabo de leer, abordará la historia del personaje durante los años que van de 1936 a 1940. Habrá que ver qué ocurre porque el tiempo es mendaz y a veces (muchas veces) echa por tierra los mejores propósitos.


Fernando Navales es un falangista de la primera hora que en 1940, tras el final de la Guerra Civil española en 1939, lo encontramos en la calle Marceau de París donde Falange española tenía su sede para Francia. En este preciso momento Paris aguarda la entrada en la ciudad de los boches (los alemanes), sólo falta que el mariscal Petain firme el armisticio -mejor sería decir la rendición-. Así lo hará y fijará la sede del gobierno francés en Vichy; Paris quedará para los alemanes que poco a poco irán dictando leyes contra los judíos.

La embajada española que dirige Félix Lequerica, un vasco excesivamente equidistante a ojos de Navales, se ha trasladado a Vichy al igual que el resto de legaciones internacionales. Por este motivo es la calle Marceau donde trabaja Navales la que deberá encargarse de controlar como sea la diáspora de artistas e intelectuales republicanos que salieron de España en los primeros meses de 1939 y que han fijado su residencia en París. Perico Urraca, otro falangista que tiene comunicación directa con el cuñado del Caudillo y ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer, le encarga a Navales la misión de lograr que la mayoría de estos emigrados políticos expresen de la manera que sea su adhesión a la Nueva España, o sea, a la España de Franco. 

La sede de Falange española de la calle Marceau está dirigida por Federico Velilla quien junto a su segundo, Luis Felipe Solms, tienen hecho el vacío a Fernando Navales. La verdad es que no lo soportan por lo que le encargan trabajos menores como abrir la correspondencia y poco más. Por eso cuando Urraca, conocedor de estas interioridades, encargó esa misión a Navales sabía que éste la tomaría con gusto y pondría todo de su parte para llevarla a cabo. Y así es.

Juan Manuel de Prada, como ya he dicho, había sacado a pasear al personaje de Fernando Navales en "Las máscaras del héroe", donde narraba las existencias atormentadas y noctámbulas de sus múltiples personajes, entre los que destacaba Navales, la mayoría de ellos fracasados de la literatura. En esta novela junto a Navales, periodista y escritor nihilista, aparece su 'alter ego' Pedro Luis Gálvez,  bohemio que «prefirió enmascarar su heroísmo con los disfraces del desgarro y la truhanería, antes de habitar el cielo de las mitologías» (dice la editora en la sinopsis de la obra).  Ahora encontramos a Fernando Navales obsesionado con Gálvez por haber estado a punto de morir a sus manos. Es una escena pareja a la que Javier Cercas relató en Soldados se Salamina con la diferencia de que aquí sí hay ejecución, aunque milagrosamente el ajusticiado, se nos dice ya en las primeras páginas, salvó su vida. Tanto Sánchez Mazas, en Cercas, como Navales, en De Prada, eran falangistas y tuvieron su vida en manos de republicanos.  

Erotismo en las novelas de Juan Manuel de Prada
Por la novela desfila la flor y nata de la intelectualidad española de la primera mitad del siglo XX. Escritores como Gregorio Marañón, César González Ruano, Sebastián Gash, y otros muchos tienen papel muy relevante en la narración, especialmente el primero. Pero es en el campo de la pintura donde la nómina de artistas es más amplia yendo desde Picasso (curiosa y sospechosamente respetado por los alemanes a pesar de practicar lo que aquellos denominaban arte degenerado), a Federico Beltrán Masses, Óscar Domínguez, Emilio Grau Sala, Fabián de Castro, Manuel Viola, Carles Fontseré... Lugar relevante en la historia ocupa el arquitecto bejarano Mateo Hernández al ser éste el autor de la escultura La Bañista para la que posó la escritora catalana Ana María Martínez Sagi, mujer de la que Juan Manuel de Prada venía de escribir en 2022 una extensa biografía de 1700 páginas titulada El derecho a soñar que precedió a la salida de Mil ojos esconde la noche

Es alrededor de esta mujer, Ana María Martínez Sagi,  al igual que de Fernando Navales, que gravita la novela. Otras mujeres importantes e interesantes que ocupan lugar relevante en la historia que se narra son la bailarina Ana de Pombo, la peruana también bailarina, o mejor 'bailaora', Nana de Herrera, la actriz María Casares... Las mujeres tienen papel  importante en esta historia protagonizada especialmente por hombres con comportamientos muy machistas tal y como corresponde al momento histórico.

La novela me ha recordado la de Rafael Cansinos Assens, Memorias de un literato, la cual reconstruye la vida intelectual y bohemia de Madrid entre el final del siglo xix y el estallido de la Guerra Civil, si bien la de De Prada muestra a los personajes en el París de 1940 y 1941. Vemos en la ciudad de la luz -ahora sin ella, y de ahí el título de esta primera parte- a personajes sobresalientes del mundillo del arte y de la intelectualidad durante la República, intentando sobrevivir en condiciones muy difíciles. Algunos como César González Ruano se nos presentan como viciosillos en su vida personal así como proclives al fraude, al engaño y al aprovecharse de los demás. Observamos también cómo estos hombres y mujeres antifranquistas deberán de realizar textos, discursos, pinturas, que ensalzan la Nueva España, a fin de poder recuperar la condición funcionarial que tenían antes de la guerra (Marañón, por ejemplo); así mismo muchos de los pintores exiliados colaborarán en exposiciones promovidas por la embajada franquista para así poder recibir un dinero que les permita cubrir míseramente sus necesidades vitales básicas. En otros casos hay artistas como el escultor Mateo Hernández que se verá extorsionado por los fascistas de Falange por eso de haber vendido obras suyas a judíos como los Rothchild; a otros como Óscar Domínguez no les queda más opción para sobrevivir que realizar falsificaciones de obras de otros pintores, en su caso de Giorgio de Chirico e incluso del propio Picasso, en este caso con la aquiescencia del mismo.
 
Estamos ante una novela histórica con predominio de personajes reales a los que vemos actuar de manera esperpéntica, grotesca. Sigue Juan Manuel de Prada el dictado del personaje valleinclanesco Max Estrella de Luces de bohemia cuando éste decía que «el sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada». Y eso es lo que hace el novelista baracaldés de ascendencia zamorana: deformar, exagerar, caricaturizar... sirviéndose de esa estética para presentar de manera crítica la realidad española durante los años iniciales del franquismo. La manera de tratar literariamente a estos nombres encumbrados de la cultura española de la primera mitad del siglo XX me ha recordado mucho a Antonio Orejudo, especialmente en su novela Fabulosas narraciones por historias [tengo reseña hecha en este blog] en la que parodia y caricaturiza comportamientos de estas personas tan prestigiosas. Al hacerlo las baja de su pedestal y las reduce a su condición básica de seres humanos. Es lo mismo que hace con intencionalidad perversa el tal Navales, narrador de la novela. 

1940 y 1941 son unos años en los que las fuerzas de la Falange están echando un silencioso pulso con el dictador, quien a la postre se los llevará al huerto y los anulará dejando todo sometido a sus dictados. Es en ese contexto político (unido, claro, a la IIª guerra mundial en Europa) que se desarrolla la actividad del tal Fernando Navales, un escritor fracasado antes de la guerra civil española que se servirá de la ideología, como tantos otros en tantas épocas diversas, para justificar el odio y el resentimiento que siente hacia todos aquellos que en el pasado él considera que lo ningunearon. Precisamente, el asunto del resentimiento es central en la novela; Navales conoce al dedillo el ensayo Tiberio. Historia de un resentimiento de Gregorio Marañón y lo utiliza en multitud de ocasiones para justificar su perversa personalidad. 
«Afirma Marañón en su Tiberio que el resentimiento es una pasión impersonal, a diferencia del odio y de la envidia, que suponen siempre un duelo entre quien odia o envidia y quien es odiado o envidiado. La envidia y el odio tienen un sitio concreto dentro del alma y, si se extirpan, el alma puede quedar intacta. En cambio, el resentimiento anega el alma entera, gangrenándola por completo. Además el odio y la envidia casi siempre tienen una respuesta rápida ante la ofensa; el resentimiento, por el contrario, es pasión de larga incubación y reacciones tardías, que se puede disfrazar de resignación, hasta que llegue el momento oportuno de descargar el golpe. Así hacia yo con Velilla.» (y podría decirse -añado yo- que prácticamente éste es el comportamiento habitual de este ser frío y sin alma)

Desde el punto de vista literario la novela me ha agradado mucho. Está llena de intertextos, unos explícitos y otros no tanto. Esta gran cantidad de referencias literarias muestran el enorme conocimiento que el autor tiene de la misma. Da gusto estar leyendo las andanzas del cínico Navales y toparse con frases entresacadas o evocadas con acierto de Quevedo («Yo untaré con tocino todos los momios que nos caigan para que no me los muerda ese rabino de vía estrecha.», dice Mariano Daranas, corresponsal de ABC en París, hablando de Luis Felipe Solms al que Navales tilda de judío), de Garcilaso de la Vega («no hallaba cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la judía», dice el narrador al ver cómo Sebastián Gash se lamenta por los devaneos y coqueteos con otros de su pareja, la joven y hermosa pintora Lotty -Charlotte Calmis-), de Cervantes («el gabacho es por naturaleza pinturero e inoperante como el valentón de Cervantes, muy amigo de calarse el chapeo, requerir la espada y mirar al soslayo, antes de bañarse en un agua de borrajas», comenta el narrador Navales sobre los franceses), de San Juan de la Cruz, de Shakespeare («Como el judío Shylock», comenta el narrador a propósito de la contestación que Nana de Herrera le da -Todos se lo cobran en carne- en justa correspondencia al favor que éste le pide que le haga. El personaje Shylock pertenece a 'El mercader de Venecia'), del Romancero... Y también de Machado («Le revocaron el permiso injustamente. Algún judas debió de maniobrar por detrás. Mala gente que camina y va apestando la tierra...», le dice Martínez Sagi a Navales a propósito del cura nacionalista catalán Tarregó), de Lorca, de Ortega y Gasset, de Rubén Darío («Ah, padre y maestro mágico!», ¡Qué solo te han dejado los hombres», exclama González Ruano en el Cementerio de Montparnasse ante la tumba de Baudelaire)... En ocasiones la intertextualidad invade todo el texto en una amalgama literaria en mi opinión hermosa por demás:
«—¿Siempre dices lo que sientes? —le pregunté, en un aparte.
Me miró con sus ojos de cierva vulnerada:
—Casi siempre. Pero yo sólo digo mi canción a quien conmigo va.
»
(Martínez Sagi en conversación con Navales)

Hay en esta narración esperpéntica mucha verdad emanada de la enorme documentación que Juan Manuel de Prada ha manejado, según confiesa el propio escritor en la NOTA DEL AUTOR que coloca al final del volumen: «Aunque Mil ojos esconde la noche sea una novela alucinada y esperpéntica (o precisamente por serlo), guarda en sus entretelas muchas más verdades recónditas y nunca antes alumbradas de las que parece, gracias sobre todo a la documentación (en algunos casos muy íntima o secreta) hallada entre legajos polvorientos». Quizá por ello y con cierta razón el narrador-novelista juega con la palabra 'historia' o la palabra 'humanidad' colocándola en minúscula o mayúscula según que se refiera a la propia trama novelesca (en minúscula) o a la realidad del pasado de la que toma personajes y hechos (en mayúscula). Pide, cuando tal cosa hace, «perdón por la mayúscula» sabedor como es de que debiera de usarla en minúscula, pero él quiere de este modo enfatizar el término:
  • «no sé si para guiar los rumbos de la Humanidad (perdón por la mayúscula)»
  • «divagaciones sobre filosofía de la Historia (perdón por la mayúscula)»
Hay incluso un momento, muy importante en el desarrollo de la trama, en el que el personaje de Daranitas en un instante de exaltación franquista ante lo que sobre los rusos han manifestado Navales y Lequerica exclama:
«¡Muchísimo más! ¡Son asiáticos subhumanos! ¡Son el oprobio de la Humanidad, el estigma de la Civilización!
Empezaba a espumear, como si se hubiera atragantado, así que le di unas palmaditas en la espalda para que se relajara y dejara de hablar en mayúsculas.»
El comentario del narrador en forma de atrevida imagen sinestésica es un claro anacronismo tomado seguramente del mundo actual de Internet donde escribir en mayúsculas es equivalente a gritar en el lenguaje oral. 

La trama se desarrolla de manera lineal con un narrador testigo en primera persona que conoce todos los extremos de lo que cuenta y que en algún momento anticipa algo que sabe que sucederá pero que aún es pronto para exponerlo en el relato. Hay que tener en cuenta que restan otras 800 páginas más que los lectores aún no conocemos por haberlo así dispuesto el propio novelista. El segundo volumen de esta larga historia aparecerá, dice el propio novelista, "antes de un año con el título Cárcel de tinieblas".

La galería de personajes está tomada prácticamente en su totalidad de la realidad histórica. Sin serlo, naturalmente, a veces el escritor utiliza una especie de formulas épicas o sambenitos para definir a ciertos personajes. Así Hitler es un "ángel con gabardina y bigote", Picasso siempre aparece acompañado del adjetivo "garajista", a Óscar Domínguez suele seguirle la frase "el surrealista de recuelo canario", Franco es definido habitualmente como triponcete, y así con varios otros nombres del inmenso universo actoral que es Mil ojos esconde la noche.

Erotismo en la escultura. Escultores salmantinos
Para finalizar quisiera destacar dos aspectos que me parecen dignos de señalar. El primero es el gusto y la facilidad que demuestra para ello Juan Manuel de Prada a la hora de escribir escenas eróticas. No he podido por menos durante la lectura que recordar su libro Coños,[tengo reseña hecha de este libro aquí] primero de los que escribió, en el que en 54 relatos se dice que «Coños constituye un homenaje a la mujer y a la literatura, que aspira a la celebración episódica del cuerpo femenino, a la divinización obsesiva de las mujeres a través de las palabras».  Preguntado sobre la cantidad de referencias eróticas que hay a los muslos femeninos en su última novela De Prada viene, en cierto modo, a reafirmarse en lo que decía para Coños: 
«Yo creo que no tanto. Quizá lo que te impresiona es que mis descripciones son muy vívidas. Cuando describo algo carnal, resulta muy llamativo. Pero no negaré que es una parte del cuerpo femenino que me resulta bonita»

Y la otra cuestión que positivamente ha llamado mucho mi atención en esta novela es el inmenso dominio del vocabulario que tiene su autor. Infinidad de términos precisos, unos hoy desusados, otros poco utilizados, emplea Juan Manuel de Prada. Son palabras como lumias (prostitutas), corzas (muy del tipo de las cabras), adunaban ([se] unir, juntar, congregar), balandrán (Abrigo largo y ancho), mazorral (grosero, rudo, basto), pediluvios (Baño de pies tomado por medicina), balduque (Cinta estrecha, por lo común encarnada, usada en las oficinas para atar legajos), borono ([en Bilbao] Bruto, chapao a la antigua, sin modales. Paleto), eutrapélicamente (desligada de la acción y sin consecuencias reales en el desarrollo de la peripecia), sinsorgada (Insustancial y de poca formalidad), alifafes (Achaque generalmente leve), somormujo (persona sin gracia y con empatía negativa), pitañoso (legañoso), conticinio (Hora de la noche en que todo está en silencio), borborigmos (Ruido abdominal, a veces sordo y prolongado, que se produce en el intestino como consecuencia de la mezcla de gases y líquidos en su interior), gaoneras (Lance que el torero realiza citando al toro de frente mientras se coloca el capote por detrás del cuerpo), ablandabrevas (Persona inútil o de poca valía)... Algunos dirán que esto puede entorpecer la lectura; a mí me ha supuesto un enorme disfrute y aprendizaje.

Se le ha preguntado a De Prada sobre si las opiniones de Fernando Navales, que es asimismo escritor y periodista, coinciden con las suyas. A esta cuestión el autor formado en Zamora y Salamanca ha respondido que diametralmente muchas no son las suyas, aunque hay otras, de naturaleza estética especialmente, que sí. Por ejemplo la valoración que da de Picasso como pintor excesivamente considerado o sobre las vanguardias que vinieron a llevarse por delante todo el arte anterior a su aparición. De hecho afirma que el 90% de  lo que cuenta es veraz, si bien está novelado y pasado en ocasiones por el tamiz de la ficción. 
Sobre su identificación o no con el protagonista preguntado por un entrevistador responde: 
«A un lector rudimentario le puede ocurrir, a un lector inteligente no. Eso nos llevaría a identificar a Camilo José Cela con Pascual Duarte o a Nabokov con Humbert Humbert. Esto es una novela. Este tema me lo planteó la profesora Anna Caballé, y me dijo que hoy en día la gente está tan ofuscada por las ideologías y los esquematismos que ya no tiene la capacidad de discernimiento entre lo que es el autor y lo que es el personaje que narra la historia. Si alguien no tiene esa capacidad de discernimiento, apaga y vámonos. Esto es la clave de la literatura.»

20 oct 2024

Precioso veneno. Mary Webb

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«Era todo un espectáculo. Como toda la granja estaba rodeada de campos sembrados con cereales, parecía un montón de oro entre los oscuros bosques y prados de alrededor. Y los colores brillantes de los vestidos de las mujeres, los blusones color crema y las camisas de colores de los hombres, los caballos relucientes y los bueyes de colores intensos, los pajares amarillos con sombras azules, las imponentes cargas amarillas en las carretas, formaban una imagen que pocas veces puede verse en esta vida, al menos en aquellos tiempos.»

Precioso veneno, Mary Webb, autoras olvidadas

He leído Precioso veneno de Mary Webb por recomendación de algunos magníficos blogs que sigo desde hace mucho tiempo. Concretamente tres han sido las páginas webs que me decidieron a leer esta novela: Cuéntame una historia de Rosa Berros, que fue quien la reseñó en primer lugar; tras ella el tándem que forman Marian del blog Marian lee más libros y Mariana del blog Los libros de Mava, quienes subyugadas por lo que leyeron en la reseña que Rosa le dedicó confiesan en sus respectivas críticas que no pudieron contener su deseo y se precipitaron en la hermosura de este Precioso veneno

Desde aquí, queridas amigas, Rosa, Marian y Mariana, muchas, muchas, muchísimas gracias por vuestro contrastado juicio y  fino olfato literario. Gracias a vosotras, además de disfrutar leyendo, he conocido un sinfín de aspectos relativos a la autora que han enriquecido más aún si cabe la propia lectura de esta delicada y magnífica novela.


La autora 
Mi amiga Marian  dice en su blog sobre Mary Webb lo siguiente: 
«Mary Gladys Webb (1881-1927) fue una novelista y poeta inglesa. Aprendió a leer con su padre y siguió luego en el colegio. A los veinte años empezó a tener síntomas de una enfermedad que le provocó tener ojos saltones y bocio. Se casó en 1912 con un maestro que al principio la apoyó en sus ambiciones literarias. Su falta de salud y belleza la atormentó durante toda su vida.»
 A esta oportuna información cabe añadir lo que Jan Arimany. editor de Trotalibros Editorial responsable de la edición aparecida en 2023 de la novela que he tenido en mis manos, dice sobre la escritora:
«cuando empecé a investigar sobre Mary Meredith, descubrí lo mucho que tiene de autobiográfico "Precioso veneno". Como Prue, Mary era una niña sensible, solitaria y soñadora que creció en la región de Shropshire, su querido hogar y refugio. [...] El fracaso literario se sumó al fracaso matrimonial, y este al sufrimiento y la soledad a la que la condenó la enfermedad autoinmune de Graves-Basedow que padecía y cuyos síntomas incluyen ojos hinchados, insomnio, nerviosismo y temblores.»

La novela
Precioso veneno (Precious Bane) apareció en 1924 en Inglaterra siendo traducido por Pedro Ibarzábal, Editorial Sudamericana, en 1944, con el título Ponzoña Mortal. Desde ese momento la novela cayó en el olvido hasta que Trotalibros con traducción de Carmen Francí la sacó en febrero de 2023. Curiosamente Editorial Libros de Seda, con traducción de Ricardo García Herrero y el título de Perdición la ha publicado este 2024, cuando se cumple un siglo de su aparición primera. Del resto de la Obra de Mary Webb sólo se han vertido al español tres títulos más, todos ellos durante la década de los cuarenta del siglo pasado. Precisamente fue en esa década, concretamente en 1947 cuando falleció Stanley Baldwin, el principal valedor de la novelista,  quien en 1928 había prologado una edición que se hizo de Precious Bane en homenaje y recuerdo de la novelista desaparecida seis meses antes. Gracias a las palabras que dedicó a esta novela en dicho prólogo el por entonces primer ministro británico, Mary Webb no quedó relegada al olvido como tantas y tantos novelistas que «no tuvieron la suerte de llamar la atención de un primer ministro»., dice Jan Arimany en la Nota del editor que aparece al final del libro.  


Sinopsis (tomada de la página de la propia editorial)
En los tiempos de las guerras napoleónicas, la joven Prudence Sarn, rechazada por sus supersticiosos vecinos debido a su labio leporino, halla refugio en la cautivadora naturaleza de Shropshire. En la soledad de la campiña, las lagunas y los bosques de la región, la consume el anhelo de ser amada, pero su maldición hace imposible cualquier esperanza. Solo puede confiar en su hermano, Gideon, cuya avaricia provoca la ira del temible brujo Beguildy y desata terribles consecuencias.

Prudence Sarn (Prue) tiene 15 años al inicio de la historia. Estamos en 1811. Inglaterra está como de costumbre en plena rivalidad con Francia. En este contexto la novela se centra en la vida campesina de unas cuantas familias de las tierras de Sarn en el condado de Shropshire, las cuales viven con muchos trabajos de los productos que cultivan. Prue Sarn, que es quien cuenta la historia, se centra en lo acontecido dentro de su propia familia: la muerte inopinada del padre a consecuencia de la ira desatada contra Gideon, hermano de Prue, al haber sido engañado por éste cuando le dijo que había ido a misa siendo mentira; cómo Gideon, llevado del sentimiento de culpa, se convierte en comedor de los pecados del padre adoptando el tradicional y legendario papel de 'comedor de pecados' del fallecido a fin de que su espíritu no vague sin encontrar el descanso eterno; la avaricia y el deseo de hacerse rico que Gideon experimenta al convertirse en heredero de las posesiones paternas; la terrible maldición que cayó sobre Prudence antes de ella nacer al haberse cruzado una liebre por delante de la madre durante el embarazo; los enamoramientos entre los jóvenes...
«Y mientras escuchaba el sonido adormecido de los gritos de las cornejas y el aleteo que hacían cuando se posaban, pensé que este era un mundo muy raro, en el que enterrabas a tu padre por la noche y al amanecer te ponías a pensar en desayunos, casas y oro; en el que tenías que cargar con una maldición toda la vida porque una pobre liebre había mirado a tu madre antes de que nacieras; en el que un hijo, al comer el pan y beber el vino que había hecho su madre, cargaba sobre su pobre alma con todos los pecados de su padre.»
Fundamental en el relato es, como digo, el amor, los enamoramientos entre jóvenes. Así vemos cómo Gideon lo hace de Jancis, hija del brujo Beguildy quien dice que sabe curar enfermedades a base de conjuros y encantamientos, amén de poder comunicarse con los espíritus; por su parte Prue, que se cree condenada a no conocerlo por la maldición reflejada en su labio leporino, que a ojos de la comunidad de Sarn la hace ser tenida  por bruja, sabrá o al menos intuirá lo que es cuando en una fiesta -la fiesta del hilado- aparezca el tejedor Kester Woodseaves, hombre del que están prendadas todas las mujeres: la atrevida Felena, esposa del pastor; las mujeres del sacristán y del molinero; Polly, hija del molinero, y Tivvy, hija del sacristán; Moll y Sukey, hijas del boyero... No cabe decir más al respecto pues se destruiría uno de los atractivos de esta novela. Hay que leerla y disfrutarla. 

Y digo disfrutarla porque aparte del desarrollo de los amores de unos y de otros la manera como Mary Webb  presenta esta historia es magnífica. En primer lugar es un canto a la naturaleza, a la vida en el campo, a los trabajos que allí se desarrollan, a las leyendas que acompañan la vida en esas zonas brumosas y pantanosas en torno a la laguna de Sarn, a la condición femenina en ese siglo XIX y en esa época (las guerras napoleónicas) que la autora evoca con nostalgia por ver que es una época ya desaparecida, superada por la vida moderna del siglo XX que se la ha llevado por delante. Y todo esto envuelto en un lenguaje literario pertinente que no llega a abrumar con su preciosismo aunque a veces linda con ello. Pero la escritora sabe dosificarlo y logra transmitirnos el inmenso amor que por la naturaleza y todo lo que ésta encierra ella siente. Las descripciones de los paisajes habitados por aves, plantas, leyendas, el folklore, la superstición, la magia... y, claro, los seres humanos, llegan muy adentro del lector.
«Miraras adonde miraras, todo era de oro, excepto hacia Sarn, donde empezaban los bosques y la gran extensión de agua gris que brillaba y se estremecía bajo el sol. Ni los bosques ni el agua tenían un aspecto sombrío en aquel buen tiempo primaveral, cuando las hojas brotaban y las copas de los abedules tenían el color del trigo. Sólo nuestro robledal tenía siempre aire de otoño, ya que las hojas jóvenes eran muy marrones. Así que nuestro mayo siempre tenía un soplo de octubre. Pero era agradable sentarse en los prados y mirar hacia las colinas lejanas. Los alerces alzaban su verde intenso, y el oro de las prímulas parecía meterse en el corazón, e incluso la laguna de Sarn no era más que una neblina azul junto a la neblina amarilla de las copas de los abedules. Y había tal quietud en el lugar que si pasaba una abeja silvestre, por no decir un abejorro, te sobresaltaba como si fuera un grito.»
Consigue Mary Webb lo que pocas veces se logra, que una historia particular y lejana en el tiempo se convierta en reflejo, por persistencia o ausencia, del propio momento en que la misma se está escribiendo. Así en esas mujeres oprimidas, coartadas en su libertad y destinadas única y exclusivamente al matrimonio, subyace la reivindicación por la liberación de aquellas que en este momento tienen o tenían el libro en sus manos. En este sentido tiene mucha razón el juicio del editor Jan Arimany sobre el abundante autobiografismo contenido en este relato. Podría decirse sin temor a exagerar que la novela es una reivindicación de corte feminista. Así vemos cómo en los dos grupos -hombres y mujeres- la escritora se decanta claramente por el suyo, el de las mujeres. Todas ellas, incluso la procaz Felena, tienen elementos positivos. Por contra el grupo de los hombres, excepción hecha del muy agraciado Kester Woodseaves, peca de múltiples defectos: envidia, violencia, avaricia desmedida, maltrato a las mujeres, consumo de alcohol desmedido, brujería, odio... Poco salva de ellos, quizás un atisbo de amor en el frío y avariento Gideón hacia Prue y en otro sentido hacia Jancis; sin embargo yo pienso que esta parte positiva del hermano es más un deseo por parte de la propia narradora que otra cosa.

Por último quisiera destacar la mostración que hace Mary Webb del arte de escribir en alguna que otra reflexión metaliteraria que, oculta tras la narradora en primera persona que es Prudence, realiza:
  • «pero no quiero adelantar ahora lo que todavía no toca contar.»
  • «"Él", digo, como si el lector tuviera que saber, como yo supe en aquel momento, quién era.»

Como se ve el momento de escritura no coincide con el del relato. Prue escribe alejada de estos recuerdos, igual que Mary Webb lo hace evocando el siglo anterior al suyo. Una Mary Webb que, por su manera de contar y sus reivindicaciones o presentación de las problemáticas femeninas, ha sido comparada con Emily Brönte o Thomas Hardy. 

«El tiempo está en calma, como si fuera una tarde tranquila cuando los campos están nevados, el cielo adquiere un tono verdoso y las ovejas balan. Estoy sentada junto al fuego con una Biblia al alcance de la mano, soy una mujer mayor y cansada que tiene que cumplir una tarea antes de dar las buenas noches a este mundo.» (Prue en el capítulo La laguna de Sarn del Libro Primero)

A mí, al igual que a Rosa del blog Cuéntame una historia, Precioso veneno me ha recordado bastante a "Ritos funerarios" de Hannah Kent. Pero también según avanzaba en la lectura resonaba en mi cabeza "Harriet" de Elizabeth Jenkins, si bien el tono que imprime en su novela Mary Webb es menos gótico y terrible que el existente en estos dos títulos. También por las referencias religiosas e insistencia en la propia contingencia del ser humano varias veces me venía a la mente El gran teatro del mundo de nuestro Calderón de la Barca:

«Somos los títeres del Creador. Él nos saca de la caja cuando quiere y dice: «¡Ahora bailad!». O ahora nos toca inclinarnos, agitar una mano y caer desfallecidos. Y luego Él nos mete en la caja y se termina el juego. Puede ser una representación cómica, navideña o una tragedia, según a Él le plazca. La obra la hace Él.»

Y ya, aunque sin semejanzas en el asunto, hay momentos, mejor  casi sería decir frases, en este libro que me han evocado a autores que nada tienen que ver con esta escritora y poeta inglesa, ¡así de universal es la creación literaria! En la lectura del Prefacio que firma la propia Mary Webb me parecía estar leyendo al mismísimo Francisco de Quevedo («Somos el pasado del mañana. En este mismo momento nos vamos borrando como las imágenes pintadas en las esferas móviles de los relojes antiguos: un barco, una cabaña, el sol y la luna, un ramillete de flores. La esfera gira, el barco asciende y se hunde, el sol pintado de amarillo se pone, y nosotros, que éramos lo nuevo, vamos adquiriendo un carácter mágico.»). También el poema de Juan Ramón 'El viaje definitivo' venía una y otra vez a mí cuando leía lo que escribe en el momento de la muerte del padre (ya citado en esta reseña) o en otro triste instante cuando la narradora reflexiona sobre su desgracia y la del propio Jesucristo crucificado:

«El sol dorado lo envolvía todo, como la miel envuelve a las abejas en los panales, y el aire azul, el agua marrón, el prado verde eran tan hermosos que o podía creer que fuera a derramarse sangre en un día así. A veces me pregunto si hacía buen tiempo y estaba despejado en el Gólgota cuando María miró la cruz, y si cantaba algún pajarillo y las abejas se afanaban en el trébol. ¡Desde luego! Creo que hacía un tiempo claro y luminoso. Para que no faltara amargura en aquel cáliz, ya que, sin duda, hay pocas cosas más amargas que contemplar la crueldad del hombre en una mañana hermosa.»


En conclusión
Una novela que mezcla naturaleza, leyendas, realidad, folklore, ruralismo, destino de la mujer en el siglo XIX... Una novela que aunque evita caer en un maniqueísmo absoluto: buenos muy buenos, y malos muy malos, sin embargo no lo logra de manera absoluta al presentar en posición preeminente a las mujeres frente a los hombres, y salvar de entre éstos sólo a uno, una joyita de ser humano, más un ideal que una realidad, me parece.

autoras inglesas del primer tercio del siglo XX
https://booknode.com/auteur/mary-webb
A mí Precioso veneno me ha gustado a pesar de que reconozco que no es la mejor novela de todos los tiempos (¡eso es difícil y les ocurre a casi todas!). Tiene fuerza, ingenuidad pretendidamente buscada, muestra un gran amor por la literatura, y sobre todo por la naturaleza y todo lo que esta encierra: aves, plantas, leyendas, folklore (canciones populares, juegos infantiles...). También, claro, ese gran amor alcanza a los seres humanos que la habitan, la transforman y que conviven con la infinidad de creaciones fantásticas y relatos mágicos que desde la noche de los tiempos los vienen acompañando. En su estilo y proceder literario enlaza con los cuentos mágicos y maravillosos de los Hermanos Grimm

Nos encontramos, como en esos cuentos, con una lectura de índole moral, que persigue una clara enseñanza que es la siguiente: poner los bienes, el dinero, por encima de todo es un mal negocio, no genera más que desgracias; la vida es mucho más que bienes materiales. Se apoya este mensaje en argumentos que los distintos personajes, tanto en el ámbito de la religión cristiana como en el de la superstición y la magia, dan para una cosa y su contraria. Pero la principal evidencia de que vivir por y para el dinero es nocivo la toma la narradora de El paraíso perdido de John Milton donde se lee, según la traductora dice en una nota al final, lo siguiente: «Nadie debe admirarse de ver tantas riquezas encerradas en el fondo del infierno, pues, precisamente, su suelo es el más a propósito para tan precioso veneno»

Muchas más cosas de índole exclusivamente literaria se podrían decir de esta magnífica novela que encierra una gran modernidad en muchos aspectos: esa casi desaparición de la figura del narrador que pese a serlo en primera persona siempre se asegura de dar verosimilitud a todo lo que narra («Más tarde Jancis nos contó [...]», «Lo sé porque Tim, el del molinero, estaba en el bosque en ese momento y vino corriendo a contármelo, asustado»), y también en que como narradora procura que los juicios que da sobre otros personajes no caigan en lo subjetivo sino que sean opiniones compartidas; luego está el colorismo presente en esas enumeraciones de elementos naturales [un ejemplo claro puede verse en la cita que abre esta reseña]; y también, claro, la plasticidad y sensualidad que logra a través de hermosos símiles, personificaciones, el gusto tan asentado que tiene por las sinestesias...; etc., etc.
«Pero no te gustará cosechar el precioso veneno del que habla el libro que me prestó el vicario. No querrás que crezca lo que crece en el infierno, hermano.»
_________________
Nota:
Precioso veneno de Mary Webb viene a engrosar la lista de clásicos leídos por mí dentro del Reto "Nos gustan los clásicos"

10 oct 2024

"Distintas formas de mirar el agua". Julio Llamazares

19 comentarios:

«Pero en fin, así es el progreso, esa gran rueda que mueve la historia y que siempre gira hacia delante por más que les duela a muchos a los que como a mi familia les cambió la vida. Gracias a ello mi abuelo se convirtió en Ulises y yo soy la que soy ahora. ¿Cómo habría sido mi vida de no haberse cruzado en la trayectoria de mi familia la orden de un ingeniero que decidió detener el río como el que decide detener el tiempo? Ni siquiera habría existido...»

Distintas formas de mirar el agua, Julio Llamazares
León es una provincia grande en extensión y también grande en creación literaria. Muchos son los escritores leoneses, hasta el punto de que ya en 1982 Francisco Martínez García publicó una Historia de la literatura leonesa que no sé si se ha vuelto a reeditar. Si ya en 1982 Martínez García consideraba necesario lanzar una mirada a la literatura producida por leoneses a lo largo del tiempo, desde los siglos más lejanos hasta ese 1982, hoy sería más necesario que nunca una actualización de la misma dado el numeroso grupo de autores nacidos en esa zona de España. Escritores actuales leoneses son muchos: José María Merino, Luis Mateo Díez, Julio Llamazares, Andrés Trapiello, Carlos Fidalgo... [una relación más completa puede verse en este Listado de escritoras y escritores actuales de León]. La mayoría de ellos, como es ya una constante -¡y una maldición!- en la zona oeste de la Comunidad de Castilla y León, reside fuera de su provincia de origen, sobre todo en Madrid. 

Si bien entre estos autores los hay que hablan de su provincia de origen (sus leyendas, sus gentes, sus tierras variopintas: la Montaña, el Páramo...; sus comarcas: Babia, Laciana, los Ancares, Boñar...), sin duda alguna es Julio Llamazares quien ha construido una obra más centrada en la nostalgia por la pérdida de un mundo que él llegó a vivir durante su niñez y adolescencia. Un mundo que a partir de la década de los 60 fue desapareciendo, transformándose, de manera inadvertida unas veces y otras, como lo que se cuenta en Distintas formas de mirar el agua, de modo brusco, impuesto por los gobernantes y técnicos del momento aun en contra del sentir de los afectados.

En esta novela corta encontramos a una familia que un día de otoño llega hasta el embalse del Porma en León para esparcir sobre sus aguas las cenizas de Domingo, el abuelo. Domingo junto a Virginia, su mujer, y los cuatro chiquillos fruto de su matrimonio, tuvieron que abandonar Ferreras, su pueblo, por orden de la superioridad antes de que junto a otros cinco o seis más fuera anegado por las aguas del río Porma que iba a ver detenido su curso. La presa que embalsaría sus aguas llevaba construyéndose desde hacía cinco años y en breve iba a ser inaugurada. Esa lejana salida del pueblo, evocada por la abuela Virginia, dista del ahora en que se desarrolla la novela nada menos que cuarenta y cinco años.
«Durante los cuarenta y cinco años que han pasado desde el día en el que, con la casa a cuestas, abandonamos estas montañas camino de la llanura, Domingo nunca volvió a hablar del pueblo, como tampoco lo hizo de Valentín, el pobre hijo que se nos murió tan pronto. [...] Yo, al contrario, mientras más hacía por olvidar, más recordaba y me dolía el recuerdo.»
Estamos ante un tiempo detenido. La verdad es que eso es lo que supone la muerte para quien la sufre; aunque en este caso también el tiempo se detuvo en vida para el fallecido y Virginia 45 años atrás, pues pese a haber vivido físicamente esas cuatro décadas lejos de allí, concretamente en unas fértiles tierras  palentinas surgidas de una laguna desecada, mentalmente siempre estuvieron en Ferreras, su pueblo leonés hoy sumergido en el embalse que ellos llaman la laguna.

La desaparición del decurso temporal también sucede en el relato de Llamazares escrito a base de monólogos interiores y soliloquios coincidentes en el tiempo de los distintos miembros del grupo familiar: la abuela Virginia, sus cuatro hijos (Teresa, José Antonio, Virginia y Agustín), las parejas de los tres primeros (respectivamente Miguel, Elena y Emilio), y los hijos de cada una de estas parejas, o sea los nietos del abuelo fallecido (Raquel y Susana; Daniel con su novia italiana Maria Rosaria y Alex; Laura, Jesús y Virginia). Todos ellos esperan que Teresa, la hija mayor de Domingo, esparza las cenizas del abuelo sobre las aguas; mientras lo hacen cada uno evoca en sus pensamientos la vida y el comportamiento del abuelo Domingo y del resto de miembros de la familia.

Son tres generaciones meditando sobre un mismo hecho en un mismo instante. Paradójicamente este tiempo parado sirve para ver cómo en esos cuarenta y cinco años el mundo ha cambiado pasando de una sociedad cerrada y machista, en la que la mujer estaba sometida al varón, a una sociedad en la que la mujer es dueña de su cuerpo, actos y decisiones («Mi madre pertenece, como yo, a esa clase de mujeres acostumbradas a obedecer, primero a nuestros padres y luego a nuestros maridos. ¡Qué distintas de las jóvenes de hoy!», piensa Teresa). Lo curioso es ver cómo todos, viejos y jóvenes, enjuician de manera comprensiva estas actitudes tan dispares en unos y en otros («Lo que no me gustaba de él era su machismo, aunque comprendo que también eso se lo enseñaron en casa, aparte de que la abuela se lo reforzase luego como mi madre ha hecho con mi padre»). 

La transformación en la manera de vivir se percibe también en la dispersión de la familia por la geografía peninsular; se diría que así como Ferreras se perdió en las profundidades del embalse, la familia creada por Virginia y Domingo se ha disuelto diseminándose unos y otros por España: en Barcelona vive José AntonioTeresa lo hace en Valladolid; y Virginia en Santander. Agustín es el único que, en la laguna palentina, permanece en la casa de los abuelos, quienes por su edad hubieron de marchar a una residencia en la ciudad; pero a Agustín todos lo tienen por loco o algo retrasado 

Es Distintas formas de mirar el agua fundamentalmente una historia de amor; una historia de amor por parte de Julio Llamazares a su tierra, León, Castilla y León, una tierra de gentes sencillas, aparentemente duras, que no buscan enriquecerse, sino sólo ser felices. Así lo piensa Miguel, marido de Virginia hija y separado de ella desde hace ya seis años: 
«¿No será que el secreto de la felicidad es conformarte con lo que tienes, con lo que a base de esfuerzo vas consiguiendo por ti mismo, con el amor de unas pocas personas que la vida puso a tu lado, con la tranquilidad que dan la fidelidad y la compañía de una mujer a la que conociste un día y que, si entonces te pareció la mejor del mundo, quizá fue porque lo era?»
 Por su parte Daniel, uno de los nietos de Domingo y Virginia piensa que sus abuelos vivieron «una gran historia de amor sin duda ninguna: la de dos personas humildes, dos campesinos sin casi estudios ni pretensiones, pero con un corazón que lo compensaba todo, que se quisieron toda la vida sin decírselo posiblemente ni una sola vez.»

escritores leoneses vivos, Andrés Trapiello, Luis Mateo Díez
Julio Llamazares; fotografia: jeosm
 (httpswww.zendalibros.com)
Como nota anecdótica diré que el ingeniero que planificó y ejecutó el embalse del Porma que se recrea en esta novela fue Juan Benet. Habría que investigar el asunto, pero el libro se cierra con una cita de Juan Benet que textualmente dice: «Todo el aire de esa región queda reducido a bien poco: una sierra al fondo, una carretera tortuosa y un monte bajo en primer plano». La intencionalidad de Llamazares al incluirla la veo ambigua, pues por una parte parece criticar al ingeniero también escritor, y por otra también podría ser una especie de elogio. Y digo elogio porque en Distintas formas de mirar el agua el personaje de Daniel es ingeniero de Caminos como Benet y para defender obras públicas como el embalse, que dan progreso y confort, lanza reflexiones como la siguiente:
«Porque lo que no puede hacerse es oponerse a ellas sin más como hacen los ecologistas y algunos grupos de afectados (a éstos los comprendo aún), que luego, eso sí, quieren tener electricidad y agua en sus domicilios.»
Son el nieto Daniel y su novia italiana María Rosaria quienes, dada su lejanía, mejor pueden enjuiciar  la realidad de la familia y de lo sucedido en su vida por culpa de esa obra que al tiempo que es bella también supuso algo terrible para la pareja de ancianos que concebía su existencia apegada a su pueblo de origen. La muerte, como ocurre siempre, ha llegado y ha echado por tierra cualquier planteamiento vital. Por eso, piensa Maria Rosaria:
«Es ley de vida, como se dice. Unos se van y otros vienen, unos desaparecen y otros los sustituimos y así será mientras haya mundo. Por eso hay que disfrutar de la primavera, y de las nubes, y de los pájaros, y hasta de la belleza de este pantano que esconde, como todo, algo siniestro, pero que es una maravilla como paisaje, y por eso hay que aprovechar cada minuto de nuestro tiempo, que se va a toda velocidad, en lugar de regodearse en el dolor de lo que perdemos.»
___________________
En 2016 Julio Llamazares quedó finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León con Distintas formas de mirar el agua publicada el año anterior. Seguramente se iba a alzar con el galardón, pero previamente él ya había advertido que de ganarlo no lo aceptaría ni iría a recogerlo.  
 

3 oct 2024

Abraham B. Yehoshúa: "Una mujer en Jerusalén"

20 comentarios:

«Recuerda que días atrás se había fijado para ese día una reunión extraordinaria para valorar un incremento de la producción debido al cierre de los territorios, ya que esa medida había aumentado la demanda de pan en las zonas palestinas, y mucho más cuando algunas pequeñas panificadoras palestinas habían sido destruidas por ser sospechosas de fabricar también explosivos.»

Literatura hebrea, Pacifistas judíos, Israel
Mi excelente amiga Rosa, del blog Cuéntame una historia, reseñó hará poco más de una semana, Una mujer en Jerusalén de Abraham B. Yehoshúa. Como hago habitualmente, leí su crítica de la novela que como siempre me satisfizo plenamente. Es Rosa mujer de muchas lecturas y posee un olfato literario fantástico que le sirve para distinguir lo bueno de lo malo, la buena literatura de la otra, abundante y mediocre. Confiesa en su reseña que buscando un autor cuyo apellido comenzase por Y a fin de cumplimentar esa letra en el Reto del blog Lecturápolis al que está apuntada este año 2024, recordó o se topó con esta novela de Yehoshúa que tenía apuntada, nada menos que desde 2013, en su lista de lecturas pendientes. Y decidió leerla. Afirma textualmente, como cierre del buen comentario que hace del libro, lo siguiente: «Trataré de encontrar más libros de este autor israelí, de origen sefardí; pacifista y luchador por un tratado de paz entre israelíes y palestinos; licenciado en Literatura y profesor en la Universidad de Haifa, y que murió en 2022».  A esto añado yo que Abraham B. Yehoshúa nació en Jerusalén el año 1936 muriendo en Tel Aviv en la fecha que dice Rosa en su blog. 


Una mujer en Jerusalén
Quedé yo tan satisfecho con la lectura de la entrada sobre la novela que hacía Rosa en su blog que me dije: ¿por qué no hacer yo lo mismo que ella, o sea, elegir a A. B. Yehoshúa para rellenar esa letra Y del Reto "Autores de la A a la Z" en el que también participo con sumo agrado desde hace ya unos cuantos años? Pues dicho y hecho, busqué el título y en pocos días lo he leído y lo he disfrutado. Desde luego este israelita escribe como los propios dioses. Yo, como mi amiga, finalizada la lectura de la novela también me propongo en un futuro próximo leer más cosas suyas.

Nada hasta ahora había leído de este israelí sefardíta. Me ha gustado su manera de escribir: amena, directa, con notas de humor, con claros mensajes de actualidad sobre su país contenidos entre líneas. La novela la escribe en 2004 y aparece publicada en España en 2008 por la editorial Anagrama. Su título original traducido al español era 'La misión del director de recursos humanos'. Ya sabemos que en España gustamos mucho de cambiar, en libros y películas especialmente, los títulos originales por otros que se nos antojan más entendibles para el público. La verdad es que el que el propio escritor puso es más acorde con el protagonismo central de uno de los personajes, mientras que el de 'Una mujer en Jerusalén' en mi opinión resulta como más desvaído, demasiado genérico; de hecho se fija más en la anécdota que motiva la acción que en el protagonismo de la susodicha mujer. 
Una mujer en Jerusalén lleva un subtítulo: Una pasión en tres actos. Y esos tres actos se corresponden con los tres capítulos que constituyen la novela: El director, La misión y El viaje.

Todo comienza con la llamada telefónica de un periodista local al anciano dueño de una prestigiosa panificadora de Jerusalén comunicándole que en el depósito de cadáveres yace desde hace ya siete días el cuerpo de una mujer muerta en el último atentado suicida ocurrido en el mercado central. La tal mujer no llevaba sobre sí más papeles que una nómina sin nombre de trabajador expedida por esa panificadora jerosolimitana. Le avisa el periodista de que el próximo fin de semana sacará en el diario un artículo comentando la dejadez de la empresa que no ha sabido dar datos de la tal mujer, así como la falta de caridad y empatía al no haberse interesado por la trabajadora al ver que no se presentaba en su puesto de trabajo.

El dueño de la panificadora, que ya tiene 87 años, no desea que sus últimos años de vida se vean empañados por un suceso tan penoso; es por ello que encarga al director de recursos humanos que le dé  a la mayor brevedad información cierta sobre quién pueda ser esta trabajadora para ponerse en contacto con sus familiares y proceder al entierro de sus restos. Es viernes y el director, que está divorciado, debe de ocuparse de su hija con la que ha quedado a la salida de su instituto. El empresario no admite excusas y le dice que sea su secretaria personal la que se ocupe de atender a la chiquilla. Así comienza la investigación que el director de RRHH hace sobre una trabajadora que él debió de entrevistar en la correspondiente selección de personal, pero de la que no guarda el más remoto recuerdo. Es ahora su propia  secretaria la que al saber que en la nómina ponía que era trabajadora de la limpieza de la panificadora en el turno de noche busca el expediente y encuentra que se trata de una tal Julia Ragayev que llevaba sin aparecer por su puesto de trabajo desde hacía un mes. Pero si no iba a trabajar ¿por qué se le seguía pagando el sueldo? 

Comienza así la investigación del director de personal que poco a poco se va interesando cada vez más por el caso. Sus pesquisas le llevan a contactar con el periodista ('la víbora', lo llama él) que amenaza con un  duro artículo por la dejadez mostrada por la empresa; habla con las vecinas de la casa -una barraca o chabola, más bien- donde se alojaba Julia; dialoga con el supervisor de la Ragayev en la panificadora, quien le habla de la belleza de la fallecida... Una vez localizada e identificada, el director de RRHH cree que su función ya ha finalizado y que podrá regresar a su casa para ocuparse de su propia hija. pero de eso nada, pues el dueño de la empresa le dice que estaría bien que, una vez encontrada, entregasen a la familia de la fallecida, -extranjera ella, sin que en ningún momento se diga exactamente de donde era-, una compensación económica por el despiste que con ella han tenido. De esto también será el director de personal el encargado. Y es tanto el frenesí que pone en esta misión que cuando en vez de enterrarla en la capital de su país, un familiar proponga hacerlo en su pueblo natal el protagonista se ofrecerá él mismo a acompañarlos. 

La historia es francamente entretenida y la manera que tiene Abraham B. Yehoshúa de presentarla es ciertamente curiosa y original: en tercera persona cuando el narrador es un ser que todo lo conoce, y en primera cuando son los propios personajes colaterales del relato (compañeros de trabajo de la fallecida, los camareros de la cafetería donde dialogan el Director de RRHH y el Supervisor, las chicas ortodoxas vecinas de la chabola donde ella vivía, los habitantes de la localidad donde ¿finalmente? darán tierra a Julia Ragayev...) quienes desde su posición observan la actuación de este Director de Recursos Humanos. Además, presenta los dos diferentes tipos de narrador con distinta tipografía: en versalitas las partes del narrador omnisciente y en cursivas las relatadas en primera persona.

Escritores judíos, Conflicto árabe-israelí
(foto extraída de Biografías y Vidas)
Es Abraham B. Yehoshúa un israelita comprometido con la paz. Abogó por el entendimiento de las dos partes en conflicto. Esto no empece que fuese, durante el tiempo correspondiente y obligatorio para cualquier israelita, soldado del ejército de su país. Pero cuando se licenció participó en movimientos izquierdistas que buscaban la solución. Es paradójico que cuando estoy escribiendo esto Israel esté bombardeando el Líbano tras haber destrozado y reducido a cascotes y miles de muertos la franja de Gaza. Y lo más grave es que, vista la respuesta que Irán ha realizado esta pasada noche, la guerra no tiene visos de acabar pronto. Cuarenta y tantos mil muertos dicen los informativos hay por ahora. ¡Terrible! 

He encontrado muchas alusiones a la realidad que vive este país incrustado en medio de otros que se han mostrado en tiempos como enemigos suyos y otros que se siguen manifestando de este modo. Delicadamente, como si nada, formando parte de la naturalidad y del día a día de Israel, Yehoshúa desliza frases sencillas, como la cita que abre esta reseña, que sirven para contextualizar la historia que se relata, una historia que sucede en un país atravesado por la neurosis social, la disociación, la pura esquizofrenia:
  • «¡Oh!, buenas gentes, decidnos qué está ocurriendo en Tierra Santa. ¿Quiénes son estos muertos que nos mandáis sin cesar? ¿Es que hay alguien que se beneficia de todo esto?»
  • «Al calor de la calefacción del coche, que se desliza por las carreteras mojadas y desiertas de Jerusalén este, peor iluminada que la parte occidental de la ciudad»
  • «Al árabe [un trabajador árabe de la panificadora] le agrada tener la oportunidad de quedarse solo en su lugar de trabajo, como dueño y señor, y así poder levantarse más tarde y ahorrarse la humillación de tener que pasar por tres puestos de control.»
Y finalizo ya señalando los finos rasgos de humor que este escritor muestra, como al descuido, en Una mujer en Jerusalén. Vemos al Director de personal separado de su mujer que ha vuelto a casa de su madre y que, claro, hay días en que, si él no avisa, la mujer cierra la puerta con llave con lo que él se queda en la calle («se olvidaba de que cuando él no duerme en casa su madre echa la cadena, por lo que ahora le es imposible entrar»). O cómo lo pasan los soldados del país natal de la mujer fallecida en un búnker construido durante la guerra fría y dedicado ahora al turismo («la camarera se queda ociosa y el oficial se ve obligado a distraerla en la cama.»). Por esta frase del búnker más otras como la que afirma que el soldado que vigila en el búnker es «un soldado cosaco», o que el trayecto en avión desde Jerusalén ha sido de cuatro horas, además del apellido Ragayev de la mujer jerosolimitana, mi cabeza me dice que el país a donde se dirigen para darle sepultura -cristiana sepultura, además- bien pudiera ser ¿Ucrania? ¿Kazajistán? Por último el tremendo jetómetro (permítaseme el barbarismo, pero no encuentro mejor término para describir a este personaje) que tiene la Víbora, el periodista que desata todo el asunto, que no se corta un pelo para aprovecharse del teléfono móvil vía satélite que porta el Director de RRHH a pesar del enorme coste de esas llamadas; o la foto que maquinan hacer él y su fotógrafo del momento del sepelio
«está seguro de que el fotógrafo sabrá aprovechar un momento de distracción y hacer, sin necesidad de flash, una fotografía apropiada para incluirla en su periódico junto a la sección de los anuncios de casas y coches en venta.»
Como se ve en la cita que cierra esta reseña, el capitalismo de la sociedad de consumo en que vivimos no se arredra ante nada, ni siquiera ante la muerte de una inocente caída por culpa de un conflicto político que dura años -siglos pudiera decirse también- y cuya resolución no parece cercana.