«Sabe el maestro que los libros que uno tiene, los que ha leído y los que tiene por leer son su medida del mundo y, también, de cuánto del mundo hay dentro de uno. Tal vez su trabajo como docente se limite a agrandar el mundo de sus alumnos proponiéndoles libros como vehículos.»
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Si el libro de mi reseña anterior llegó hasta mí por la vía de la amistad, también El alumno de José Antonio Lucero ha seguido un camino similar. Esta vez ha sido mi magnífica, buena y desde antiguo, amiga Lupe quien me habló de este título, diciéndome cuando me lo prestó para que lo leyera:
«Te gustará, estoy segura. Va de un profesor como tú. Hay muchas referencias a libros y a literatura en él»
A mí, los libros que hablan de libros o que dialogan con autores del pasado y sus creaciones literarias me gustan. Fue por eso que sin dilación alguna tome a El alumno en mis manos y comencé a leerlo.
El autor
José Antonio Lucero es un roteño de 38 años, licenciado en Historia y profesor de Geografía e Historia y Lengua y Literatura en un colegio de su localidad natal. Como educador mantiene abierto desde 2015 un canal en You Tube, La cuna de Halicarnaso, que —dice él mismo en su pagina web— «uso como base para aplicar en el día a día de mis clases el modelo pedagógico Flipped Classroom y el Aprendizaje Basado en Proyectos con el objetivo de motivar a mis alumnos y hacer de su aprendizaje algo mucho más significativo».
Desde muy pronto José Antonio Lucero se sintió atraído por la creación de narraciones. En 2012 autopublicó Mariela, 1972. Un asesinato en Rota. Pero fue a partir de 2021 cuando su carrera literaria despegó con fuerza; ese año publicó La vida en un minuto, novela que había sido finalista del Premio Ateneo Joven de Sevilla en 2018. Al año siguiente, en 2022, vio la luz La madrina de Guerra y en 2024 La maestra. Todas estas novelas, al igual que la que aquí reseño han sido publicadas por Editorial B del grupo Penguin Random House.
Mi comentario
En El alumno e imagino que también en La maestra que publicó en 2024 Lucero realiza un homenaje al gremio de los enseñantes, concretamente al cuerpo de Maestros que tanto bien han hecho en varios momentos de su historia a España. Mucho bien y por ello, paradójicamente, también han sufrido mucha represión y muerte; así lo refleja esta novela cuando en el pasado siglo los levantados en armas contra el gobierno legítimo se hicieron con el poder y a muchos docentes encarcelaron, echaron del Cuerpo o por sus ideas políticas los fusilaron.
Sinopsis de la novela (realizado por la propia editorial)
Septiembre de 1955. Roque, un joven maestro que en el pasado fue un alumno difícil, llega a una escuela de la sierra de Sevilla con el deseo de que los niños puedan soñar con un futuro mejor, lejos del estruendo de la violencia y la lacra de la dictadura.
Poco a poco conseguirá sembrar en los pequeños la curiosidad por el conocimiento y descubrirles la belleza de las palabras a través de la poesía.
Sin embargo, sus inquietudes pedagógicas, heredadas de la maestra de su infancia, Lali, no casan con el estricto engranaje educativo del régimen ni con los ideales del director del centro, quien pronto empezará a sospechar de él. Y es que Roque esconde un secreto del pasado: busca algo que le arrebataron cuando era un niño, tras la detención de su profesora y su ingreso en un siniestro internado franquista, donde, a pesar de todo, descubrió que enseñar puede ser un acto de resistencia.
El novelista presenta la historia de Roque, maestro de Encinar de la Sierra (pueblo ficticio de Sevilla) en e1 curso 1955-56, en contrapunto temporal con el curso de 1939-40 durante el que él mismo cursa estudios en un Colegio religioso de élite situado en Madrid. En este centro educativo ingresa Roque por expreso deseo de su padre, importante gerifalte de la Falange. La relación entre Roque y Javier, su padre, es muy mala por algo sucedido entre ellos al poco de haber estallado el Golpe de Estado de 1936. Nela, la madre de Roque, poco ha podido hacer para enderezar la situación entre ellos en un momento en que las mujeres en España apenas tenían visibilidad y eran sistemáticamente ninguneadas por el varón, mucho más si éste, Javier Ramírez, ocupaba una importante posición en el Partido único.
En el contexto de la inmediatísima posguerra vemos a un alumno que es educado en un colegio religioso de élite y de estricta disciplina donde sufre algunas vejaciones o es conocedor de otras más graves sufridas por algunos de sus compañeros. A este chico, cuya vida escolar durante el curso 39-40 conocemos, volvemos a encontrarlo ya convertido en maestro nacional en un pueblo sevillano el año de 1955. Estos dos momentos, separados entre sí quince años, se van alternando en contrapunto temporal a lo largo de los capítulos que componen las cinco partes más un epílogo (éste de 1972) que forman la novela.
- Primera Parte lleva por título "Un mago". En esta parte se suceden en contrapunto el ingreso en el curso 39-40 de Roque niño en la escuela madrileña de San Miguel y la llegada de Roque ya maestro a la escuela de Encinar de la Sierra en 1955.
- La segunda Parte se titula "Un calambur". Bajo el nombre de esta figura literaria que Roque enseña a sus alumnos se crea el 'Club de los Calambures', reunión de cinco o seis alumnos con Roque en su casa donde éste les lee poesías, algunas prohibidas en esos años, y los anima a componerlas. Uno de estos chicos, Saúl, se revela como un buen creador. En esta misma parte hay una importante vuelta a sus experiencias en el Colegio San Miguel durante el curso 1939-1940 al tomar el maestro en sus manos el libro "Sombras agrestes" de Justo Rebollo, quien fuera amigo íntimo en esa época lejana.
- La Tercera Parte se rotula como "La libertad de enseñar" y en ella Roque pretende ejercer en libertad la enseñanza, algo difícil en la España franquista del momento.
- La Cuarta Parte se titula "Un amanecer" y en ella es cuando se producen los hechos más relevantes de todo el relato, que, como es lógico, no pienso revelar para no destrozar el placer de la lectura.
- La Quinta parte por último aparece bajo el epígrafe de "Una confesión". En ella se resuelve toda la novela con algún que otro giro imprevisto y sorprendente.
La novela me ha gustado por muchas cosas. Una de ellas, quizás la más importante para mí, ha sido la gran cantidad de referencias a obras y autores de nuestra historia literaria. Son alusiones a autores conocidos por su papel relevante en la España anterior a la Guerra Civil y que, acabada ésta, fueron borrados, eliminados del imaginario colectivo, en un vano intento de reescribir la Historia. Afortunadamente siempre hubo algunos maestros que como Roque, jugándose el puesto y el tipo, se afanaron por mantener viva su memoria:
«No puede decirlo porque la Generación del 27 es un espejismo, es un paréntesis, es gente que no existió. Federico García Lorca, que no escribió. Pedro Salinas, que nunca pensó que podía cambiar España con sus rimas. Rafael Alberti, alguien que no soñó con alumbrar con sus letras a los desheredados. Tampoco Manuel Altolaguirre. Como tampoco existieron Maruja Mallo y Concha Méndez, mujeres que no entendieron que ellas pudieron habitar un espacio de reivindicación, o Rosa Chacel, que no quiso hacer su revolución obrera, la suya, la feminista, como Josefina de la Torre y tantas otras.»
No puedo dejar sin citar el manejo que José Antonio Lucero hace del recurso de la intertextualidad. Predomina la machadiana («tarde suave y mansa», p. 149; «la mayor parte del día se escenifica la función de charanga y pandereta, cerrado y sacristía que escribiría el poeta exiliado», p. 224; «ligero de equipaje», p. 265; «monotonía de la lluvia tras los cristales», en otro momento...). Pero también la hay referida a otros autores: Bécquer («las golondrinas de Bécquer anidando en el balcón de Lola», p.226); Miguel Hernández (su poema «Tristes guerras»), en otro momento; etc.
Este culturalismo no es sólo literario sino que invade también otros espacios como el de la pedagogía y el del cine. Aparecen citados con cierta reiteración nombres de pedagogos como María Montessori, Célestin Freinet, Ferrer i Guardia... Asimismo, ya cuando la acción se sitúa a mediados de la década de los cincuenta del siglo XX, las referencias culturales tiran más por los derroteros del Cine y algo menos, aunque también las haya, de la Literatura. No se puede obviar que en 1956, momento en que finaliza la novela, se está produciendo un cierto aperturismo en el Régimen que busca el abandono de la autocracia por la tecnocracia. Este aperturismo se notará en la literatura y queda reflejado en la novela en esa novela ficticia, "Sombras agrestes", del también ficticio Justo Rebollo, así como en los poetas que en el Club de los Calambures comienzan a leer a partir de esa fecha («Y recibirá nuevos miembros y otros se irán, y junto a los clásicos leerán a poetas nuevos -Gabriel Celaya, Gloria Fuertes, Blas de Otero, Ángela Figuera Aymerich-, en cuyos versos, al resonar en esas boquitas ávidas, habrá un arma cargada de futuro»)
«En la España de mediados de los cincuenta no era difícil que esa novela pasara la censura [...] la cultura española vivía una especie de resurgimiento al que no le tardaron en salir las ovejas negras: Berlanga con su Bienvenido, mister Marshall (¿cómo diablos pudo pasar la censura aquel guion?, señorita Lali), Bardem con Muerte de un ciclista, y algo más tarde, Luis Martín Santos con Tiempo de silencio, por poner algunos ejemplos a los que también podríamos sumar la obra de mi amigo»
Pero sin duda alguna lo más llamativo e importante para mí es que El alumno es una novela muy emotiva, que aunque contiene algunos giros sorprendentes y hasta quizás en el límite de la verosimilitud, la maestría del autor hace que esos flashes de inverosimilitud cedan en pro de la credibilidad que viene de la mano de la emotividad sacudida por las relaciones familiares del protagonista con sus padres, con sus amigos y con sus amores.
Es una novela que, estoy seguro, a cualquiera que la lea le resultará muy, pero que muy, entretenida. Especialmente la disfrutarán los enseñantes, que se verán bastante reflejados en ella. El gusto y la vocación por la enseñanza los expresa José Antonio Lucero en variados momentos con enorme conocimiento y satisfacción personal. Los que la hemos ejercido y no pocos de quienes actualmente la profesan estoy seguro que harán suya frases como la siguiente:
«Yo siempre digo que para esta profesión hay que tener algo que se tiene o que no se tiene. y ese algo consiste en la habilidad de plantarse delante de todos esos chicos y, sin que se sepa en realidad cómo, lograr secuestrar su atención, ¿sabéis?»


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