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29 abr 2026

James Baldwin: "Ve y dilo en la montaña" (2ª 1/2 del A pares L: Dos autores, dos novelas, dos tertulias)

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A la semana exacta de la 1ª 1/2 de este A pares L publico su 2ª 1/2. Como ya dije en la presentación del  mismo el de esta entrada corresponde al título sobre el que hacemos tertulia en el Club de Lectura Fuencarral de la Casa del Libro un día de la última semana del mes en que nos encontramos.  Respecto a Comerás flores de Lucía Solla Sobral que protagonizaba la entrada anterior sólo advertiré aquí de la sustancial diferencia entre ambos libros. Tales diferencias deben mucho, si no todo, a la enorme distancia que hay entre una obra publicada en 2025 (la de Lucía Solla Sobral) y otra aparecida el año 1953 en el contexto de una Norteamérica racista, hostigadora de cualquier identidad sexual distinta a la admitida y muy refugiada en el ámbito de la religiosidad.

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(oculto los posibles spoilers para no destrozar el gusto lector a quienes no la hayan leído. Aquellos que, pese a 
todo, deseen leerlos no tienen más que seleccionar con el cursosr el texto subrayado)
James Baldwin: "Ve y dilo en la montaña"

«Erraban por siempre por el valle; y golpeaban por siempre la roca; y las aguas manaban, perpetuamente, en el desierto perpetuo. Clamaban por siempre al Señor, y alzaban por siempre la vista, y eran por siempre abatidos, y Él por siempre los alzaba. No, el fuego no podía dañarlos, y sí, las fauces del león fueron aplacadas; la serpiente no era su señora, la tumba no era su lugar de reposo, la tierra no era su hogar. Job era testigo de todos ellos, y Abraham era su padre, Moisés había elegido sufrir con ellos y no deleitarse en el pecado durante años. Sadrac, Mesac y Abdenego habían pasado antes que ellos por el fuego, y David había cantado su dolor, y Jeremías había llorado por ellos.»


Novela de James Baldwin


Conocía desde mi época universitaria el nombre de James Baldwin (1924-1987), pero hasta el día de hoy nada suyo había leído. Sabía por quienes fueron profesores de anglística en mi Facultad de Letras, los hermanos Coy Ferrer (Javier y Juan José), que era de color y homosexual, y que por ambas condiciones había luchado contra la segregación en la que se encontraban él y quienes eran como él. Los temas principales que trata Baldwin en sus obras tienen mucho que ver con la relación que él mantenía con la religión, el racismo y la homosexualidad en el contexto de los Estados Unidos de mediados del siglo XX,

Ve y dilo en la montaña es la primera novela publicada por este neoyorquino, hijo de madre soltera y con padre adoptivo predicador. Apareció en 1953 y es una semiautobiografía suya. En la novela hay un personaje, John, que como él a los 14 años sufre una crisis religiosa que le llevará a convertirse en predicador. Ambos nacen en Harlem y son hijos de madres solteras. El de la novela es hijo de Elizabeth quien se casa con Gabriel, diácono predicador de la Iglesia del Templo del Fuego Bautizado, una iglesia protestante pentecostal situada en Harlem. Aunque Gabriel acepta al niño, la relación entre ambos será conflictiva. Gabriel es muy estricto con John y éste al sentirse odiado devuelve ese mismo odio soñando con escapar de la férula paterna, algo que no realizará jamás. 

Es una novela de personajes en la que especialmente destaca Gabriel, el predicador. Proyecta en él James Baldwin su desengaño hacia la religión que sufriría por la época en que se encuentra escribiendo el libro. Gabriel es un hombre, borracho y disoluto de joven, que se convertirá en predicador del estricto cristianismo pentecostal al conocer a Deborah, mujer muy devota amiga de Florence, hermana suya. Pese a estar casado con Deborah, Gabriel no puede resistir la tentación y durante nueve días tendrá relaciones con Esther, trabajadora en la misma casa de blancos donde él trabaja. A los nueve días decide dejarla, pero ella quedará embarazada y él se encargará de sufragar los gastos que ocasionará el que Esther marche a Chicago a tener a su hijo, Royal, hijo que ella no llegará a conocer por fallecer en el parto.

La novela se estructura en tres partes de las que la segunda es la más importante por contener las llamadas «Oraciones de los devotos». Son las siguientes: «La Oración de Florence», «La Oración de Gabriel» y «La oración de Elizabeth». La primera parte se titula «El Séptimo Día» o sea, el sábado día del oficio religioso cuando los fieles de la iglesia acuden a ella para santificar y bendecir la creación del mundo por Dios. Quien prepara la sala para esta celebración es John ayudado por su amigo Elisha. Por último, el tercer apartado lleva por título «El Suelo de la Revelación» y en ella John ve a su amigo Elisha que está en el suelo recibiendo en éxtasis una revelación divina; él mismo también la recibirá.  Si bien la acción lineal ocupa sólo un día que es el sábado de 1935 en que John cumple años, en los tres apartados se nos cuentan desordenadamente los antecedentes de la familia Grimes, las relaciones de parentesco entre ellos, las infidelidades, los malos comportamientos, la vida de estos negros en una Nueva York donde son los blancos quienes llevan la batuta y mantienen segregados a las personas de color...

La novela ciertamente está muy cargada de elementos religiosos. Concretamente es el Antiguo Testamento el que más importancia tiene en ella. Se habla mucho de Noé, a quien se atribuye el descubrimiento del vino y su poder embriagador. También se habla mucho de su hijo Cam que descubrió la desnudez de su padre y por eso fue maldito. De la estirpe de Cam, dice la leyenda, que procede la raza africana, los negros, una raza por ello maldita desde su origen. La religión mezclada con la segregación racial es un aspecto muy relevante en la novela. Gabriel constantemente advierte a sus hijos contra los blancos. John, que es el alter ego de James Badwin, se rebela algo contra ello, aunque admite la parte de razón que tiene el padre. La religión y los pasajes bíblicos junto a citas de himnos adventistas son utilizados como imágenes expresas o sobreentendidas que ayudan a comprender la vida de la comunidad de esta iglesia pentecostal. Me parece muy reveladora la escena en la que John el día de su 14 cumpleaños es invitado por su madre a comprarse algo y en Central Park sube hasta un montículo desde el que se divisa el perfil de la ciudad:
«Distinguió el perfil de Nueva York. No supo por qué, pero brotó en él un júbilo y una sensación de poder, y subió la cuesta a todo correr como si fuera un motor, o un loco, dispuesto a tirarse de cabeza sobre la ciudad que resplandecía ante él. [...]
Al llegar a la cima se detuvo [...] se sintió como un gigante capaz de arrasar la ciudad con su furia; se sintió como un tirano capaz de aplastar la ciudad con el pie; se sintió como un conquistador largo tiempo esperado [...]
Entonces se acordó de su padre y su madre, y de todos los brazos extendidos para retenerlo, para salvarlo de esa ciudad en la que, según decían, su alma hallaría la perdición.»
A mí esta visión de Nueva York desde ese montículo, esa montaña, me ha recordado el episodio evangélico de las tentaciones que sufrió Jesucristo en el desierto cuando fue llevado a lo alto de una montaña y el Diablo le dijo aquello de "Todo esto te daré, si postrado me adorares". Creo que este es el intertexto que subyace en este fragmento, aunque vuelto del revés. Y pienso que quizás ese sea el mensaje que la novela quiere dar: cuidado con los salvadores que quieren hacernos perder el gozo de la vida, cuidado con esos predicadores falsos, hipócritas, que predican lo contrario de lo que practican. Esta va a ser la revelación que recibirá John cuando en la Iglesia ese séptimo día caiga al suelo y se vea liberado:
«Yo, John, vi una ciudad, en lo alto y en medio del aire, esperando, esperando, esperando en lo alto»
Y muy próximo a la cuestión religiosa que incita al temor de Dios está el otro temor que Gabriel se esfuerza por inocular en sus hijos, en especial en John, hijo al que ve como más proclive a relacionarse con los blancos. En un Nueva York en el que la segregación racial estaba más que instaurada, Gabriel no hace nada para mejorar la convivencia entre los blancos y los negros. Por eso previene a John frente a ellos cuando el conflictivo hermano Roy vuelve herido a casa tras haber sido agredido por ellos:
«¿Lo ves? –añadió ahora su padre–. Han sido los blancos, algunos de esos blancos que tan bien te caen, los que han intentado rebanarle el pescuezo a tu hermano.»
En esta novela que tiene muchísimo de autobiográfica no aparece de manera explícita la condición homosexual del autor. Sin embargo creo que puede atisbarse en su relación con Elisha. Más que en su relación, en la manera como Elisha es observado por John en la Iglesia, en los pensamientos que su presencia le suscitan:
«Y se fijó en Elisha, un joven que seguía al Señor; un sacerdote de la Orden de Melquisedec al que se le había concedido el poder de vencer la muerte y el Infierno. El Señor lo había elevado, lo había transformado, y lo había situado en la senda luminosa. ¿En qué pensaba Elisha cuando llegaba la noche y se quedaba solo donde nadie podía verlo, donde ninguna lengua podía dar cuenta de él, excepto la lengua de las trompetas de Dios? ¿Cómo eran sus pensamientos, su cama, su cuerpo vil? ¿Cómo eran sus sueños?»
Muy interesante en esta novela es el papel que tienen las mujeres. Son muchas las que hay en la historia: Deborah, la primera mujer de Gabriel; Florence, la hermana de Gabriel; Estephanie, la madre soltera de John que casará con Gabriel; Esther, la aventura de Gabriel que dará como consecuencia un hijo, Royal; Ella Mae, la chica pareja de Elisha que se verá separada de él por culpa del predicador James; la Hermana Washington, abuela de Ella Mae, la Hermana McDonald, madre de Esther... En general todas ellas cargan con una condena, con una maldición, la de estar sometidas a los hombres, la de que el amor sea el señuelo para este sometimiento, la de ser engañadas y abandonadas por ellos... Así piensa Florence a propósito de su fallida relación con Frank«a veces le venía la idea de que todas las mujeres cargaban con una maldición desde la cuna; a todas, de un modo u otro, se las había abocado al mismo destino cruel, habían nacido para aguantar el peso de los hombres.». Y en otro momento, la misma Florence, la mujer más concienciada del grupo, al conocer las circunstancias de Elizabeth y lo sucedido al padre de John concluye:
«Sí –dijo Florence, acercándose a la ventana– los hombres se mueren, eso es verdad. Y somos las mujeres las que nos quedamos, como dice la Biblia, y los lloramos. Los hombres mueren, para ellos se acaba todo, pero nosotras tenemos que seguir viviendo e intentar olvidar lo que nos han hecho. Ay, Señor.»
En lo formal es importante el desarrollo de la trama a base de ese perspectivismo centrado en esas cuatro o cinco figuras esenciales de la narración: John, alter ego del propio James Baldwin; Gabriel, alter ego del padrastro del autor, al que siempre llamó padre; y las mujeres Elizabeth, alter ego de la propia madre soltera del novelista llamada Emma Berdis Jones; y Florence, hermana de Gabriel. Gracias a sus distintos puntos de vista vamos conociendo la historia que se nos relata.

Si en lo formal no es una novela sencilla, esta dificultad se ve acrecentada a día de hoy por el excesivo contenido evangélico que contiene. En una sociedad secularizada y tan desacralizada como la nuestra las referencias bíbicas y religiosas resultan a veces muy difíciles de desentrañar; mucho más cuando en ocasiones van anejas a maneras poco habituales de presentarlas. Tal me ha parecido a mí, por ejemplo, el frecuente uso catafórico (anticipar el pronombre a su referente) que realiza (ejemplo: «Él no la sentía, esa dicha que experimentaban ellos»). Tampoco es fácil la interpretación de los momentos oníricos que les suceden a los devotos cuando reciben la revelación. No es sencilla porque en esa ensoñación que sufren, los pasajes bíblicos y religiosos que perciben o pasan por su mente son confusos, aparecen en desorden o exigen gran conocimiento por parte del lector para realizar debidamente la precisa exégesis religiosa. El momento esencial de esta revelación es la de John cuando en el oficio de ese Séptimo Día, día de su 14 cumpleaños, recibe el anuncio divino de que seguirá los pasos religiosos de predicador de su padre. En parte, así John se salvará del peligroso mundo delicuencial al que igual que su hermano Roy o su medio hermano Royal estaba abocado.


Para finalizar
escritores afroamericanos,Religión,
James_Baldwin (foto de Allan_Warren)
Una novela tan densa como Ve y dilo en la montaña, que toca tantos aspectos de la biografía de James Baldwin, es difícil de agotar en una simple reseña como ésta. Me felicito irónicamente a mí mismo por haberla leído durante las fechas de la Semana Santa. ¡Ojalá, que la espiritualidad de esas fiestas me hayan hecho entender mejor a James Baldwin! Pero no estoy seguro de que así haya sido.

Cuando voy a cerrar esta entrada caigo en la cuenta de que nada he dicho acerca del aspecto físico del escritor que tanto le preocupó íntimamente a lo largo de su vida. Me refiero a su fealdad. Sí, él mismo, con frecuencia aludía a ella, a cómo su padre (su padrastro) lo criticaba por ello y así él también se percibe en esta novela:
«John destacaba en los estudios aunque, a diferencia de Elisha, no en matemáticas ni en baloncesto, y se decía que le aguardaba un Gran Futuro. Podría llegar a ser un Gran Guía de Los Suyos. A John no le interesaban mucho los suyos, pero la expresión tantas veces repetida aparecía en su mente como una gran puerta de latón, que se le abría para darle paso a un mundo en el que la gente no vivía en la oscuridad de la casa de su padre [...] En este mundo John, que según decía su padre era feo, que siempre era el chico más bajo de la clase, y que no tenía amigos, se volvía de inmediato guapo, alto y popular. 
[...]
Su padre siempre había dicho que el rostro de John era el rostro del Demonio..., ¿y acaso no había algo -en el arco de la ceja, en el modo en que su pelo áspero le formaba una uve en la frente- que confirmaba las palabras de su padre?»
En resumen, son cuestiones centrales en Ve y dilo en la montaña las siguientes:  la hipocresía, la distancia entre predicar y dar trigo, la discriminación racial, la lucha hombres-mujeres, el empoderamiento femenino, la ocultación de la condición sexual... Novela muy autobiográfica. 

No me cansaré de advertir una y otra vez que el conocimiento bíblico es muy importante para una buena intelección de esta primera novela de James Baldwin. Y recuerdo que hoy día estos conocimientos son pocos y no gozan de mucho prestigio en el mundo que nos ha tocado vivir.


11 mar 2025

Colson Whitehead. "El ritmo de Harlem"

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El ritmo de Harlem por Colson Whitehead

«Harlem. Error, una vez más: una jaula para impedir que la turba de locos que consideraban aquellas calles su casa pudieran escapar al mundo de más allá. A saber qué caos no sembrarían, qué perdición, si los soltaban entre la población decente. Mejor tenerlos a todos aquí encerrados, en esta isla comprada a los indios por veintisiete pavos, según cuentan por ahí.»

Novela que denuncia la discriminación de la población de color en USA
Tras haber leído hace ya casi cinco años dos duras novelas de Colson Whitehead ('El ferrocarril subterráneo' y 'Los chicos de la Níckel') que tocaban el tema de la persecución a los negros americanos durante la época en que la esclavitud y segregación racial estaban más que vivas en el Sur de los EEUU, el autor aborda ahora una temática histórica y terrible con la que inicia una saga novelística protagonizada por Ray Carney, un americano de color, pequeño empresario de una tienda de muebles en el Harlem. Carney está casado con Elizabeth con quien tiene dos hijos, May y John. Sus suegros lo desprecian porque lo consideran un mindundi; él se esfuerza por estar a la altura, pero recibe desprecios y abusos no sólo por parte de los elementos corruptos de la sociedad neoyorquina de su barrio harlemitano (especialmente policías y mafiosos negros que lo utilizan de perista para sus robos pequeños y no tan pequeños). Ray Carney tiene una doble cara, practica lo que él denomina «dorvey», añagaza que crea ante su mujer Elizabeth y que consiste en dividir el sueño en dos etapas, una primera desde que anochece hasta la medianoche y otra posterior tras un periodo de vigilia. Este periodo es lo que denomina "dorvey" (término contracto proveniente del francés 'dormir' y 'veiller', en español sería algo así como 'duermevela').

Ray Carney se mueve entre dos fuegos siempre: los mafiosos malotes y los delincuentes menores como su primo Freddie y el compañero de éste Pepper; entre la legalidad de su tienda y la ilegalidad de su tráfico de piezas robadas; entre los pagos a los policías corruptos como el inspector Munson y los mismos pagos realizados a Miami Joe y otros jefes mafiosos; entre los engaños y chivatazos a unos y otros, y de los otros a los unos. Carney es experto en sobrevivir y moverse entre dos aguas.

Una novela que contiene mucho humor sarcástico, mucha crítica social, mucha denuncia de los abusos policiales sobre la población negra. Precisamente la muerte de un chico de color por un policía es el fondo social de la novela, un abuso que se repite con una constante que es de preocupar y que viene a demostrar que el choque entre negros y blancos estaba muy vivo en gran parte de la población estadounidense de ayer (la novela transcurre durante la década de los 60 del siglo pasado), pero también  en la de hoy como lo demuestran revueltas sociales sucedidas en ese país de manera periódica.

Me gusta la literatura que despliega Colson Whitehead en sus libros. Me agrada sobremanera el culturalismo que muestra el autor en El ritmo de Harlem. Especialmente destaca la música (el blues y el bebop, sobre todo) que nombres como los de Charles Mingus, Ornette Coleman o Lena Horne, y títulos emblemáticos de temas clásicos de estos ritmos tan caros a los afroamericanos como "Ebony", "Lonely woman" o temas de godspell como "My Heart is a Pasture" entonados en iglesias episcopalianas que tanto abundan en Harlem y que tan frecuentadas son por los habitantes del barrio. En una magnífica pirueta musical Colson Whitehead titula la novela, al menos en la edición americana, como "Harlem Shuffle", tema del año 1963 del dúo Bob & Earl que los Rolling Stone recogieron e interpretaron con enorme el año 1986. El novelista confiesa en entrevista publicada por el diario The Objective al poco de publicarse en España la novela en 2023 que tomó el título de esa canción para su novela porque representa muy bien la dualidad del personaje y en general de toda la sociedad tanto la delincuencial como la aparentemente honesta. 
«La letra es muy ligera. Como una canción de baile: te mueves a la izquierda, te mueves a la derecha. Es el ritmo de Harlem. Pero, parte de la melodía es un poco siniestra. Se oyen muchos cuernos, que dan ese toque maligno a la canción. Creo que eso está en mi libro. Hay mucho humor, pero también mucha gente que es asesinada todo el tiempo. Así que esa canción capta las dos caras de la historia»


Como en las otras dos novelas que he leído de  Colson Whitehead el asunto central es la insoportable discriminación racial que los de su raza sufren en los Estados Unidos, bien sea históricamente (El ferrocarril subterráneo) como ya en épocas más próximas a la nuestra como sucede en Los chicos de la Nickel y también en El ritmo de Harlem. La gran diferencia estriba en que en esta última el humor ocupa lugar preferente. No sólo es una novela de gánsteres y policías (novela de atracos la definen algunos), que lo es, también es una denuncia de lo difícil que la población de color lo tiene en ese barrio neoyorquino para mantenerse impoluto sin incurrir en delitos más o menos graves.  El personaje de Ray Carney es perfecto para mostrar esa dificultad, ese querer estar en el lado de los buenos pero llevándose más o menos bien con los malos. La mayoría de los personajes (La novedad es que el novelista echa mano del humor para mostrar esta dualidad. Es un humor sobre todo de dos tipos:

Blanco
«Se sentó en el sofá. A juzgar por su expresión, le sorprendía lo cómodo que era el Argent. Carney tuvo que aguantarse las ganas de cantarle las alabanzas de la espuma Airform»  (cuando el Carney comerciante debe morderse la lengua para no contar, cuando no es el momento, las excelencias de ese sofá que ansía vender) 
«Munson le reconoció a Carney que Cheap Brucie tenía a un contacto en la comisaría que velaba por él, y que Munson odiaba a ese tipo porque una vez le abrió la nevera y le birló el almuerzo» (la bobería que muestran incluso los delincuentes sanguinarios)
Lingüístico 
«Quiero que telefonees a Pepper a Donegal’s, es donde pide que le dejen los mensajes. Que le llames y le digas que tienes información sobre mí, que venga cagando leches, ipso flauto» (la incultura del gánster que habla se evidencia con este latinismo mal expresado)
«Yo estudié en la… —UCLA —añadió Carney. —Exacto. ¡La Universidad del Chaflán de Lenox Avenue! —Un viejo chiste privado.» (el acrónimo famoso vulgarizado para mofarse de esa cultura elevada). 
Es un humor que incluso sirve de aderezo a la fuerte denuncia que el autor hace de la fortísima discriminación racial que existe en su país contra la que él lucha con las armas que mejor maneja: su escritura. El humor sarcástico es evidente en comentarios como el siguiente: 
«Meter en la cárcel a un poli blanco por matar a un chico negro? —dijo—. Ahora dime que el Ratoncito Pérez existe.»


Final

(Tomado de The Objective de 08/03/2023. Colson Whitehead,
imagen de archivo, 2022. | Marilla Sicilia / Europa Press)
 
Diré para cerrar esta breve reseña que El ritmo de Harlem es -así lo declara el mismísimo Colson Whitehead- la primera entrega de una trilogía. En la ya citada entrevista del The Objective afirma que él sólo pensaba haber escrito un atraco en un momento dado, pero que según iba escribiendo se vio en la necesidad de contar tres historias situadas respectivamente en el año 1959, 1961 y 1964; estas tres historias son los tres capítulos que tiene la novela. Y del mismo modo, si esta primera entrega de la saga Ray Carney sucede en los años 60, pensó, según escribía, que el personaje daba para otras dos novelas que se situarán en los años 70 y los años 80 del siglo pasado.
«Poco a poco, iba viendo que se estaba convirtiendo en una saga. Decidí que iban a ser dos libros. Y si haces dos, también puedes hacer tres. Sólo es una regla de tres. El lector va a seguir a Ray y a la ciudad en los años 60, 70 y 80. Cada década –cada libro– es un momento muy diferente en su vida. Tiene 30 años en el primer libro y tendrá 50 en el tercero. La ciudad de Nueva York entra en un desastre financiero a mediados de los 70 y sale de él en los 80. En cierto modo, el destino de Ray está escrito en la ciudad»

21 dic 2024

Eudora Welty y "La hija del optimista"

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« Su padre había comenzado a considerarse lo que él llamaba, con toda seriedad, un optimista; tal vez había recuperado esa palabra de los días de su niñez. Adoraba a su esposa. Cualquier cosa que hacía Becky, inevitablemente lo hacía bien y todo lo que decía estaba bien dicho. ¡Pero no todo era perfecto! El problema de su madre era aquella profunda desesperación que la embargaba. Y nadie tenía más capacidad para excitar aquella desesperación que la única persona a la que llamaba desesperadamente, aquel hombre que se negaba a aceptar que ella estuviera desesperada. Era una decepción sobre otra.»

Comienza La hija del optimista con el regreso precipitado de Laurel a Nueva Orleans desde Chicago donde trabaja. Su padre, el juez McKelva está ingresado en el hospital; padece un problema oftalmológico de muy mal pronóstico. Se pone en manos de su amigo Nate Courtland, oftalmólogo que ya atendió a Becky, su primera mujer, de un problema similar. Pese a las reticencias que Courtland tiene sobre ser él quien intervenga a McKelva de su gravísimo desprendimiento de retina, el juez tanto le insiste que Nate accede. 

Pese al natural optimismo que siempre ha acompañado al juez, la penosa etapa postoperatoria le hace entrar en un enmudecimiento atronador. Su segunda esposa, Fay Chisom, con quien ha contraído matrimonio hace apenas año y medio, no acepta esta situación y constantemente insta al anciano juez a levantarse y abandonar el hospital. Lógicamente esta opción está totalmente fuera de lugar, pues el juez está enfermo de muerte, algo que sucederá tras haber estado hospitalizado unos dos meses. 

Lo anterior, más la preparación del viaje de Laurel y Fay con el féretro del juez a cuestas hasta Mount Salus para enterrarlo (¡qué cosa puede haber más faulkneriana que ésta!), ocupa el primero de los cuatro apartados en que Eudora Welty organiza el contenido de la narración. Por las manifestaciones extemporáneas totalmente fuera de lugar de Fay hacia los sanitarios, hacia su propio marido moribundo, hacia Laurel, la hija de éste, y hasta hacia Becky, la esposa fallecida ya hace diez años, conocemos a esta mujer en todos sus extremos y concluimos que con razón todos los habitantes de Mount Salus, amigos de la familia McKelva, mostraron enorme sorpresa y disgusto al conocer el precipitado enlace del juez.

En el segundo apartado asistimos al velatorio realizado  en Mount Salus en la casa de los McKelva, Muchos personajes nuevos aparecen aquí para acompañar y dar su sentido pésame a Laurel: los Bullock, Adele Courtland (hermana del doctor que operó al juez), Missouri (la mujer de color que sirve en casa de los McKelva)... En el lado opuesto de Laurel está Fay, la inculta y poco empática viuda que también se verá acompañada, aunque a su pesar, por los miembros de su familia Chisom (su madre, sus hermanos y sus sobrinos). La enemistad entre ambas familias, singularizada en Laurel y Fay, aumenta muchos grados en esta parte al añadir Fay a sus malos modales y pocas luces la mentira, pues siempre había sostenido estar sola y sin familia en este mundo.

Los otros dos apartados de la novela muestran cómo Laurel en los tres días que permanece en la casa de su niñez recupera no pocos recuerdos de su anterior vida en familia: su madre Becky, su hermana Tish, la relación entre el juez y su primera mujer, las cartas de amor entre ambos, el matrimonio de la propia Laurel en plena guerra mundial y su tempranísima viudedad... Y así hasta un final, que no es oportuno descubrir aquí.

La historia en sí no está muy alejada de otras en que las segundas esposas, mucho más jóvenes que el viudo con el que se casan, se convierten en madrastras con frecuencia de menos edad que sus hijastras, lo que conlleva no pocos choques en la relación entre unas y otras. Si a esto, como sucede en este caso, unimos el fortísimo desnivel sociocultural existente entre ellas, el conflicto está más que servido. Lo que sí que atrapa al lector es la forma en la que Eudora Welty envuelve la historia. Un envoltorio de tono claramente sureño norteamericano en la estela de Faulkner, Capote, Tennesee Williams, Joyce Carol Oates, Alice Munro, Lucia Berlin... Es precisamente ese ambiente oscuro, opresivo, de calor asfixiante, de negritud, de envidias y malas relaciones entre familiares, de naturaleza, de cultivo floral («el cultivo de flores era una actividad social fundamental en las clases altas sureñas, y también lo fue para la autora, Eudora Welty.», aclara el magnífico traductor que es José C. Vales, autor asimismo de novelas de mucho mérito como la titulada "Cabaret Biarritz" que en este blog reseñé en 2017), lo que une a La hija del optimista con la enorme tradición literaria de la Norteamérica meridional. 

Si la historia y la trama son muy destacables en la novela, los recursos literarios utilizados para mostrarla y desarrollarla no lo son menos. Me ha sorprendido con muchísimo agrado la manera que tiene Eudora Welty de acercarse, como si de un zoom cinematográfico se tratase, a la disparidad sociocultural de los personajes que cohabitan en el relato. Así se percibe especialmente en los dos primeros apartados: en el primero es evidente durante la estancia hospitalaria del juez en la habitación doble que comparte con el señor Dalzell, próximo a morir. Las conversaciones y pensamientos de las dos familias se entremezclan en la sala de espera de manera contrapuntística; es la manera que tiene la narradora, que no es otra que Laurel, de marcar la enorme distancia que separa ambos mundos. La incultura y el menosprecio hacia los médicos es patente en Fay y en la madre de Archie Lee, el hijo borracho de Dalzell; qmbqw mujeres no son capaces de admitir la finitud de sus seres queridos.

Y lo mismo percibe Laurel durante el velatorio del juez celebrado en la mansión McKelva en Mount Salus, cuando en un momento las conversaciones se superponen, se cortan las unas a las otras, en una especie de contrapunto instantáneo. Estas dos situaciones a la par de las manifestaciones y comentarios de unos y otros hacen reflexionar a Laurel McKelva:
«Laurel cerró los ojos, recordando en ese momento por qué los Chisom le habían resultado tan familiares. Podían haber salido de aquella noche en la sala de espera del hospital -podían haber salido de cualquier tiempo difícil, del pasado o del futuro-; eran la gran familia atestada de parentela, la gran familia formada por aquellos que nunca comprenden lo que les ocurre.»
De igual modo la maestría literaria de la autora nacida en Jackson, Mississippi, en 1909, es patente en muchos otros momentos. Ha llamado especialmente mi atención la manera muy personal que tiene de utilizar en ocasiones el monólogo interior. Así cuando Laurel se halla sola en la casa paterna y encuentra objetos diversos en ella se expresa de esta manera:
«"Los recuerdos vuelven como la primavera", pensó Laurel. Los recuerdos tenían las mismas características que la primavera. En algunos casos, era la madera más vieja la que florecía.»
Quizás sea esta manera de abordar el recuerdo del pasado y la nostalgia que suele acompañarlo uno de los asuntos más interesantes, si no el más importante, de esta buena novela, que mereció ser galardonada con el Premio Pulitzer 1972, año en que apareció. 

Escritores norteamericanos del sur
Sí, así es y así me lo ha parecido a mí: La hija del optimista me ha gustado especialmente porque plantea un asunto relevante no muy tratado literariamente: el de las emociones que se despiertan en familiares y amigos tras la muerte de una persona. Los objetos que acumuló el fallecido, la emoción que produce contemplarlos, los recuerdos que surgen al hacerlo, la melancolía, la necesidad de proseguir y no quedarse anclado en la nostalgia del pasado, cómo manejar los recuerdos de manera que nos sirvan para continuar viviendo el presente... Sí, en definitiva, esto sí que es manifestación clara de optimismo y magnífica herencia recibida por parte de Laurel de ese juez vital y optimista que fue McKevan desde siempre, algo no muy bien entendido por amigos y allegados.
«el pasado ya no puede ayudarme ni hacerme daño, no más que mi padre en su ataúd. El pasado es como él, insensible, y jamás podrá despertar. Es el recuerdo lo que actúa como un sonámbulo. Regresará con sus heridas abiertas desde cualquier rincón del mundo, como Phil, llamándonos por nuestros nombres y exigiéndonos esas lágrimas a las que tienen derecho. El recuerdo no será nunca insensible. Al recuerdo sí se le pueden infligir heridas, una y otra vez. En ello puede residir su victoria final. Pero del mismo modo que el recuerdo es vulnerable en el presente, también vive en nosotros, y mientras vive, y mientras tengamos fuerzas, podremos honrarlo y darle el trato que merece.»
En conclusión, La hija del optimista de Eudora Welty es una muy interesante narración, escrita de una manera que yo diría muy propia de la literatura norteamericana. El tono que desprenden sus páginas es para mí claramente característico de la manera de hacer buena literatura por parte de los grandes autores sureños norteamericanos. Eudora Welty se cuenta entre ellos, sin duda alguna
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Nota:
Al tratarse de una novela publicada antes de 1980, añado este título al de los que ya he incluido en el Reto "Nos gustan los clásicos". En las bases de este Reto figura esa fecha, 1980, como frontera entre lo clásico y lo contemporáneo o más actual
 

9 may 2024

Paul Auster. Un recordatorio

13 comentarios:
Autores norteamericanos judíos del siglo XX
Desde que el novelista y cineasta Paul Auster (Newark, 3 de febrero de 1947) falleciera el pasado 30 de abril no ha pasado día que no pensara cómo hacerle un levísimo homenaje personal. Por fin, a ocho días de su fallecimiento -todos los santos tienen octava, reza el dicho- he decidido hacerlo recomendando, en forma de reseña, alguna novela suya que recordara especialmente.

De Paul Benjamín Auster he leído los siguientes títulos: El palacio de la luna (1989),  El libro de las ilusiones (2002), Brooklyn Follies (2006), Sunset Park (2010) y A salto de mata: crónica de un fracaso precoz (1997), única obra, esta última, que tengo reseñada en este blog. De estos cinco libros guardo muy buen recuerdo, lo que quiere decir que todos ellos fueron de mi agrado. Puesto a elegir uno de los cuatro títulos de ficción leídos [A salto de mata es una novela autobiográfica] de este excelente novelista norteamericano que recuerde especialmente éste sería Brooklyn Follies. Es, pues, con la reseña de esta novela que leí el año 2008 con la que desde El blog de Juan Carlos homenajeo al gran guionista, director de cine, lingüista, traductor, novelista, poeta, ensayista, profesor universitario, autobiógrafo, escritor, dramaturgo, músico, libretista, crítico y editor que fue Paul Auster. Descanse en paz.



Brooklyn Follies

(La especie de reseña que viene a continuación la realicé en 2008 nada más finalizada su lectura. La mantengo tal cual. En ese año aún no había abierto este blog y no me inquietaba nada revelar más de la cuenta en mis escritos. AVISO, pues, a los lectores de que las líneas que vienen a continuación pueden incurrir en spoiler. Procuraré evitarlo ocultando las frases que así me lo parezcan. Gracias. Quienes deseen leer lo que está oculto basta con que pasen el cursor seleccionando esas frases

 

El libro, aparecido en 2006 y recibido como regalo en las Navidades de 2007, me ha parecido un auténtico ‘regalo’ para ser leído. Francamente, me ha gustado mucho. Es de las veces, no muy frecuentes por cierto, en que una novela te atrapa y te engancha.

Asunto: Nathan Glass, de 60 años, divorciado de su mujer y padre de Rachel de quien lleva una temporada algo distanciado, tras una vida como vendedor de seguros, llega a Brooklyn donde nació,  para instalarse y pasar los años -o el tiempo que le quede- después del cáncer de pulmón que se le diagnosticó, del que fue operado y sometido a la quimioterapia correspondiente.

Así, a simple vista, parece que el tono de la historia va a resultar dramático, feo, gris. Pero, nada de eso. Nathan un día, por casualidad, reencuentra a su sobrino Tom Woods, hijo de su hermana June recientemente fallecida, al que recordaba como chico inteligente y con unas perspectivas envidiables. Sin embargo se topa con un treintañero abandonado –está bastante gordo-  que ha salido adelante con empleos esporádicos (ha trabajado como taxista) y que ahora está en la librería Brightman’s Attic. Esta librería pertenece a Harry Brightman, un homosexual muy interesado por la cultura que cuando conoció a Tom quedó encantado con él por su cultura y conocimientos; aunque pretendió tener relaciones con él, cuando Tom se negó él aceptó su postura y le ofreció trabajo. En esta librería también trabaja Rufus Sprague, un chico jamaicano que es el querido de Harry .

Estas dos relaciones, la del sobrino y la del librero, le sirven a Auster para introducirnos en un mundo de personajes que debidamente llevados ocuparán el resto de la novela. Así, por Tom sabemos de su hermana Aurora, que ha deambulado por terrenos más que peligrosos durante su juventud (drogas, prostitución, etc.), pero que ahora parece haberse tranquilizado. Este hilo abrirá el relato al personaje de Lucy, la hija de 9 años de Aurora que un día sin previo aviso se presenta en casa de Tom enviada por su hermana desde no se sabe donde porque Lucy dice que no puede hablar al haberle prometido a su madre guardar silencio. Por este motivo, Tom y Nathan deciden llevar la niña a Vermont donde vive Pamela, hermanastra de Tom que vive en el campo lo que ambos –tío y sobrino- consideran muy apropiado para la niña. Pero Lucy es un diablillo que no quiere esa solución y, en secreto, ocasionará un percance en el automóvil de Nathan durante el viaje desde New York a Burlington (Vermont); por ese motivo (la niña echó 40 latas de coca cola en el depósito de gasolina del vehículo) deberán quedarse unos días en Brattleboro donde en un taller les repararán el auto. Mientras aguardan se alojarán en una casa rural –diríamos aquí- que no se inauguró en su momento al haber fallecido repentinamente la mujer del dueño de la misma de apellido Chownder. A través de este personaje conoceremos a su hija, Honey, que, buena cocinera como es, se trasladará a la casa rural para atender a los huéspedes y así ayudar a su padre. Consecuencia: Tom y ella se enamorarán, y tras una serie de indecisiones se casarán, lo que provocará que el viaje a Burlington se frustre y Lucy comience a vivir con la joven pareja, decisión que satisfará a todos.

De esta línea, la de Tom, ya sólo resta hablar de la madre de Lucy y sus problemas con su marido David Minor. Este es un seguidor de la iglesia del Templo del verbo divino fundada por el reverendo Bub, personaje engañabobos que sólo busca su provecho personal y que incluso llegará a solicitar servicios sexuales de Aurora para permitir que Lucy no siga al pie de la letra los absurdos postulados de esta iglesia. Es por esto que Aurora decide sacar a su hija de ese ambiente de secta en el que su marido los tiene confinados. Y aunque ella quiere también escapar no podrá hacerlo al estar vigilada estrechamente por Minor. Sólo logrará salir cuando su tío Nathan la localice y acuda a su domicilio a llevársela ante los sorprendidos ojos de David Minor.

 La otra línea de desarrollo argumental viene dada por la biografía de Harry Brightman, quien antes de montar la librería tuvo amistades y actividades no muy recomendables que le llevaron a la cárcel. El motivo fue la falsificación de obras de maestros de la pintura que su novio Gordon Dryer realizaba y que él comercializaba hasta que todo fue descubierto. Años más tarde, cuando ya estamos inmersos en la historia antes descrita, este Dryer y su amigo Trumbell le proponen a Harry otro ‘fastuoso’ negocio de falsificación que les hará millonarios. Se trataba de falsificar el manuscrito inexistente de Hawtorne, La letra escarlata. Harry, crédulo como era, acepta a pesar de las advertencias de Nathan. Pero todo no es más que una extorsión, que ocasionará la muerte por infarto de Harry, quien en su testamento legará la propiedad de la librería y del edificio que la alberga a Rufus y Tom.Como Rufus, que era un travestido por las noches, decide abandonar Brooklyn y Tom y Honey quieren llevar una vida más tranquila y hacerse profesores, todos los bienes de Harry serán vendidos.Novelas neoyorquinas de Paul Auster, literatura norteamericana

 El epílogo de la historia viene dado por la evolución de Nathan quien lleva una plácida vida con su amante Joyce Mazucchelli, madre de la BPM (buena y perfecta madre, en palabras de Tom Woods) Nancy Mazucchelli de la que Tom en un tiempo se sintió enamorado y que tras separarse de su marido e irse a vivir a su casa Aurora y su hija Lucy acabará enamorándose de ésta y haciendo vida de lesbianas, algo que a Joyce escandalizará pero que Nathan le ayudará a comprender y transigir.

Nathan sufrirá un amago de ataque al corazón que piensa le llevará a la muerte. Pero no, sólo fue una inflamación de esófago y volverá a incorporarse a su casa de Brooklyn para seguir escribiendo ese Libro de las locuras de los hombres que empezó en junio del año 2000 cuando llegó allí y que ahora 40 minutos antes de las 8 de la mañana del 11 de septiembre de 2004 le está haciendo sentirse un hombre pleno, en un mundo feliz y bien hecho, que él, claro, no sabe que saltará en pedazos dentro de 40 minutos.


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Hasta aquí la especie de resumen-reseña que escribí en 2008 sobre Brooklyn Follies. Al repasar mentalmente las lecturas que he hecho de Paul Auster descubro una serie de características que en mi opinión identifican de manera singular su literatura y que a mí me han hecho disfrutar mucho de ella leyendo sus libros: 
  • La primera es la importancia que en todos sus relatos tiene su condición de judío. Aunque no fuera practicante, su educación familiar es visible en sus novelas en las que las festividades y protocolos culturales de actuación de esa comunidad religiosa aparecen con frecuencia. 
  • En segundo lugar la manera que tiene de ir haciendo aparecer a los distintos personajes es muy reconocible en su estilo; surgen éstos de manera natural, fruto de las meras relaciones humanas, del propio discurrir de la vida. El azar, la casualidad, siempre tiene mucha importancia aquí.
  • Mucho más propio de su estilo es la propia construcción de sus historias, que discurren con abundantes vueltas hacia atrás, anticipaciones y resúmenes que poco a poco, fragmentariamente, van dando forma al todo que es la narración. 
  • El cosmopolitismo neoyorquino y de otras ciudades -entre ellas algunas europeas como París o Londres- es seña identitaria de su escritura; esta identidad cosmopolita es característica que reconozco en otros muchos autores norteamericanos como Philip Roth, Richard Ford, Kurt Vonnegut, James Salter, Lucia Berlin, Dominick Dunne, Siri Hustvedt, Jonathan Franzen y tantos otros más, que me hacen distinguir con claridad su manera de escribir de la de autores de otras nacionalidades.
  • Historias muy urbanas de personajes inmersos o relacionados con el mundo de la cultura, especialmente de la literaria: periodistas, profesores, críticos, traductores, libreros... 
  • Mezcla de géneros y ruptura de los límites en los que se encuadran éstos. 
  • Presencia frecuente de la metaliteratura en sus libros. En A salto de mata es total, claro.
  • Magnífico dominio de todos los estilos narrativos con especial manejo del indirecto libre con el que consigue dotar a muchas de sus historias de esa atmósfera imaginativa, metafísica o evanescente tan característica en él.
  • Cierto suspense y sensación kafkiana presente en buen número de sus historias que contribuyen a la creación de esa atmósfera metafísica o evanescente antes citada.
  • Importancia capital en sus libros -no sólo en los de no ficción- del autobiografismo. Pedir cuentas a familiares por unos u otros personajes -a los padres, sobre todo- es asunto frecuente en no pocas de sus novelas.
  • Etc.
Así doy término a este recordatorio-homenaje póstumo a Paul Auster, un escritor que ha marcado, junto a muchos otros citados también aquí, la literatura norteamericana del siglo XX y del primer cuarto de este XXI en que nos encontramos.

¡¡Descanse en Paz, Paul Benjamin Auster!!



27 dic 2023

La señora Harris en Nueva York (Sra. Harris, #2). Paul Gallico

5 comentarios:

 «—Si de mí dependiera —declaró—, erigiría una estatua en plaza pública a las mujeres como ellas, porque son las verdaderas heroínas de la vida. Cumplen con sus obligaciones día sí y día también, luchan por salir de la pobreza, de la soledad, de las carencias, para sobrevivir y mantener a su familia, pero no pierden la capacidad de reír, de sonreír, de encontrar un rato para entregarse a las ensoñaciones»

La señora Harris en Nueva York, Paul Gallico
La señora Harris en Nueva York es el segundo libro de la serie iniciada por Paul Gallico (Nueva York, 1897 - Mónaco, 1976) en 1958 con Flores para la señora Harris. Ada Harris, el personaje central, es una mujer de la limpieza por horas que atiende en Londres a una variopinta serie de señoras y señores. He de confesar antes de proseguir que busqué este primer título por haberlo visto recomendado en algunos blogs y por parecerme idóneo para dar colofón al Reto 'Autores de la A a la Z' del que sólo me faltaba por rellenar la letra G. Pero su presencia en bibliotecas próximas a mi casa era escasísima, no así el que reseño en esta entrada que aparecía en muchas y además con varios ejemplares en todas ellas. Dada la proximidad del final de año y la necesidad de realizar la lectura y su reseña antes del día de San Silvestre, opté por leer esta segunda entrega de la serie que Paul Gallico publicó en 1960.

 Ya en una nota inicial el editor avisa a los lectores de que La señora Harris en Nueva York es secuela de Flores para la señora Harris. Así que no se puede llamar a engaño el lector cuando se realizan múltiples referencias en el texto al viaje a París que Ada Harris realiza en la primera de la serie para hacer realidad el capricho que tiene de hacerse con un vestido de Christian Dior. Las alusiones, comparaciones y diferencias entre el desplazamiento a uno y otro país son constantes a lo largo de la novela que he leído. 

En esta entrega la protagonista junto a su amiga y vecina Violet Butterfield se desplaza a Nueva York aprovechando la oferta que le hacen los Schreiber a cuya casa acude a limpiar algunos días de la semana. John Schreiber ha sido nombrado director de una importante compañía cinematográfica y es en Nueva York donde debe desarrollar su trabajo. Ada Harris accede a seguirlos siempre que acepten como cocinera a su inseparable vecina londinense. El motivo esencial que impulsa a estas dos maduras mujeres para lanzarse a tal aventura es el deseo que albergan de salvar a un niño, Henry Brown, de las garras de los Gusset, vecinos suyos que quedaron al cuidado del pequeño cuando la madre de éste se lo encomendó; tras dejar de dar la madre de Henry señales de vida y de mandar dinero para la manutención del chico, los Gusset e hijos -nada menos que cinco- lo maltratan y escarnecen de manera habitual. Las señoras Harris y Butterfield sufren por ello, no pueden consentirlo, y urden la manera de salvarlo.

La novela se lee de un tirón, no ofrece dificultad ninguna. Es una obra que yo englobaría dentro de la narrativa feelgood. Efectivamente, todo en ella es amable, los problemas se solucionan estupendamente, el amor desprendido hacia los demás y la amistad están siempre presentes y, naturalmente, el final es feliz. No se puede decir mucho del libro para no desvelar momentos hilarantes sobresalientes. En mi opinión lo que más interés tiene en la novela es la comparativa que Paul Gallico, estadounidense y periodista deportivo hasta que se consagró definitivamente a la creación literaria, realiza entre la manera de vivir y sentir en England y en USA. Esta diferencia (pragmatismo norteamericano vs idealismo británico, finura y delicadeza de los ingleses ves rudeza y zafiedad de los norteamericanos) me ha recordado la que desde siempre muchos autores estadounidenses de los inicios del siglo XX, como por ejemplo Henry James, expresaron en sus libros. Aunque ya no estamos ante la admiración sin reservas por lo culto europeo frente a lo prosaico americano de Las bostonianas o Los embajadores de James, sí que, al menos, lo londinense queda por encima de lo neoyorquino. La velocidad, el individualismo, el tráfago de Nueva York queda opacado en el interior de las dos protagonistas por la tranquilidad, sentido de buena vecindad y amistad existentes en Batersea, su barrio londinense.
«Los rascacielos altos y brillantes de Nueva York invitaban a mirar al cielo; el bullicio, el ajetreo y el estruendo del tráfico incesante, los atestados valles entre los edificios montañosos excitaban y estimulaban los nervios, aceleraban el pulso; las tiendas y los teatros gloriosos, las maravillas de los supermercados, todo aquello procuraba a la señora Harris una emoción sin límites [...] 
pero ellas añoraban el ritmo más pausado y más suave de la gran urbe gris y extensa en la que habían nacido y crecido
Hay en la novela todo lo amable que siempre hay en un producto feelgood: Humor (la señora Butterfield confunde términos de manera graciosísima, se emociona y pone nerviosa por nada..), amor (en especial ese inicio que parece prometer para una tercera entrega de la serie entre John Baiswater, chófer del embajador de Francia en Washington, y la propia señora Harris), el lujo y buen nivel de vida que deja fuera de toda la trama prácticamente cualquier atisbo de injusticia social o cosa parecida. Y digo prácticamente porque, aunque en el maniqueísmo propio de este tipo de narraciones aparecen seres deleznables u odiosos como los Gusset o el cantante de hillbilly, Kentucky Clairbone hombre vanidoso, superficial, egoísta, egocéntrico, vulgar, grosero, aburrido y zafio»), un blanco del sur que odia a los negros y casi más a los extranjeros, principalmente si son ingleses, sin embargo pronto este sinsabor es oscurecido por la bondad e inteligencia del resto de personajes: el niño Henry Brown, los Schreiber, el Marqués Hypolite de Chassagne, embajador francés en USA, su chófer John Bayswater, etc.

Serie de novelas Señora Harris
Por último quisiera destacar el homenaje que hace Paul Gallico en La señora Harris en Nueva York a su ciudad de nacimiento. El recorrido en coche por las calles y avenidas neoyorquinas o el trayecto en barco por Staten Island y la desembocadura del río Hudson, está cargado de orgullo y admiración a la ciudad y estilo de vida de sus habitantes:
«Ella aceptó entusiasmada [la invitación del capitán del barco remolcador a subir en él]; pasó por debajo de los grandes puentes del East River, por delante de los edificios de muros de cristal de las Naciones Unidas, y contempló con asombro el arco triple del puente de Triborongh; de ahí pasaron al Hudson y avanzaron por el lado de Jersey, atravesaron el puente de George Washington y gozaron del privilegio de contemplar la vista insuperable de los rascacielos del centro de la ciudad [...]»
Tras estas gratificantes experiencias el punto de vista de la señora Harris sobre los norteamericanos irá cambiando según pasan las páginas de la novela. Así, tras en muchos momentos haber destacado la zafiedad de los mismos, ahora por contra los ve como «personas cordiales, simpáticas, cariñosas, generosas y hospitalarias [...] en la calle iban con muchísima prisa [...] pero en la casa eran amables, comprensivos y muy desprendidos, y anfitriones especialmente generosos cuando se enteraban de que Ada era extranjera y británica».
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Nota:
La Señora Harris en Nueva York participa en los Retos "Autores de la A a la Z" y en el de "Nos gustan los clásicos"


21 ene 2023

El lamento de Portnoy. Novela de Philip Roth. (Revisitados)

23 comentarios:

«William Butler Yeats lo escribió –dije, comprendiendo mi poco tacto, la falta de sensibilidad con que yo había puesto de relieve el abismo que nos separaba: yo soy listo y tú eres tonta, eso es lo que había querido decir al recitar a aquella mujer uno de los tres poemas que yo había aprendido de memoria en mis treinta y tres años−. Un poeta irlandés −añadí» (pág. 184)

Philip Roth, El mal de Portnoy
Al hilo de la lectura del libro de James Salter, "Juego y distracción" que, como digo en el comentario que de ella hago en este blog [leerlo aquí], me evocó vivamente la novela de Philip Roth aparecida en 1969, "El lamento de Portnoy", recordé haber hecho reseña de ella. La he buscado y la he releído. Me ha parecido que las palabras que le dediqué hace años no están nada mal; sin embargo su recepción entre los lectores de 'El blog de Juan Carlos' ha sido claramente escasa, quizás por la fecha en que la publiqué -en 2012, coincidiendo con la concesión del Premio Príncipe de Asturias de Literatura al escritor norteamericano- cuando el blog apenas si había echado a andar. Es por eso que he decidido traerla al presente y situarla con esta entrada dentro de la Sección "Revisitados de este blog. Ya me diréis qué os parece. 



AVISO: El comentario de la novela El lamento de Portnoy de Philip Roth que viene a continuación contiene algunos spoilers. ¡Quien avisa, no es traidor!



 El 26 de octubre del año 2012 cuando publiqué la reseña lo hice bajo este rotundo título: 

 «En el muro de las lamentaciones. “EL LAMENTO DE PORTNOY” de Philip Roth (Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012)»

Y seguía así:

 La novela apareció en 1969. Es una novela que cabría considerar como “fuerte” en el sentido en que mis padres empleaban dicho término y que yo escuchaba de sus labios cuando niño. Es “Fuerte” porque su asunto, al menos externamente, gira en torno a la obsesión que el protagonista Alexander Portnoy tiene sobre el sexo. Dicha obsesión le viene de su época adolescente y parece no haber desaparecido en el momento en que está contando el relato, a sus 33 años.

¿Por qué esta obsesión? Seguramente procede de su condición de judío y su evolución como adolescente, del gran complejo de Edipo que sufre –o ha sufrido- y de su gran soledad… Y es que Alexander vive en Newark, afueras de New York, a donde sus padres se trasladaron huyendo del antisemitismo que sentían en Jersey City, en un barrio donde todos sus habitantes son judíos y en el que se observan estrictamente los principios de la ley judaica (carnicería judía, barbero judío, colegio judío…) al igual que en el seno de su familia constituida por Jack Portnoy, el padre, vendedor de seguros en los barrios más difíciles de la ciudad (Harlem, Bronx, y así), la madre Sophie Ginsky, la hermana Hanna y el novio de ésta Morty. Los vecinos también lo son: su tío Hynnie, vendedor de gaseosas; su primo Harold, Heshie.

Y en este contexto está Alex, adolescente de algo menos de 16 años, que quiere sentirse como el centrocampista de un partido de Baseball: seguro y conocedor de todo (esta metáfora la desarrolla Philip Roth en las páginas 72-76; y me recuerda un muy mucho a otro libro de crisis adolescente, El guardián entre el centeno de J.D. Salinger). Portnoy se rebela contra la opresión y rigidez con que su familia, y en especial su madre Sophie, lo educan. Es un sentimiento ambivalente pues al tiempo que siente asfixia en su casa, también se siente solo fuera de esta protección. Su crisis de adolescencia encuentra salida hormonal en la masturbación, si bien este acto le perturba seriamente pues el joven está invadido del sentimiento de culpa inherente a cualquier momento de placer que le han imbuido en casa, en la sinagoga, en el colegio…; en definitiva, en la educación que recibe.

Estos asuntos ocupan las tres primeras partes del relato (“La persona más inolvidable que he conocido”, “Sacudiendo” y “Lamentaciones judías”) que ocupan las primeras 83 páginas. De estas tres partes, además de la angustia que siente por lo encima de él que está su madre y el afán por masturbarse destaca el lamento siguiente: «No querer ser uno judío y serlo para los otros». Y es que su físico (la nariz ganchuda, el pelo negro y ensortijado…) lo delatan ante los goyische (gentiles) que viven con alegría y son físicamente distintos. Alex se siente en un gueto y, –dice-, quiere vengarse de esta sociedad que los aparta a través del arma que tiene más a mano, el sexo. Primero masturbándose por doquier, incluso en sitios públicos, y cuando crezca practicando sexo con las kurveh (prostitutas) gentiles y no sólo con ellas.

Así sucede en la 4ª parte, “Ansia de sexo” en donde se nos aparece como un ser machista por demás. Es aquí, en esta parte de 92 páginas, donde vemos a la perfección la estructura del relato. Estamos ante una confesión, así la llama él en un momento, realizada por Alex ante un doctor al que en ocasiones llama Spielvogel (un psicoanalista o psiquiatra, sin duda) que en silencio escucha su monólogo que fluye de su conciencia entremezclando edades, periodos, etc., de manera que en ocasiones su confesión nos retrotrae a los 4 años de edad, en otras tiene 22 o vuelve al presente de la confesión, a sus 33 años (la técnica literaria es, pues, el monólogo interior y/o flujo de conciencia).

En las referencias que hace a su situación actual sabemos que se gana la vida como Subdelegado de Igualdad de Oportunidades de la ciudad de Nueva York, siendo un personaje conocido por sus apariciones en televisión por los controvertidos casos que lleva y resuelve. Por esto, es más chocante aún la depravación sexual de que hace gala con esa medio novia que se echa, la Mona, con la que practicará sexo duro y a la que convencerá para participar en tríos sexuales e incluso pretenderá llevar a orgías. En definitiva busca hacer realidad las fantasías sexuales que tiene desde la adolescencia. Su madre siempre le advirtió de lo inadecuado de este comportamiento imbuyéndole un sentimiento de culpa que le acompañará hasta el final del relato.

La 5ª parte, “La forma más extendida de degradación en la vida erótica”, insiste en sus relaciones adultas con diferentes mujeres, además de con la Mona, meretriz analfabeta a la que intentará educar recomendándole diversas lecturas (Dos Passos, Baldwin, Steinbeck, etc.). Esta mujer se enamorará sinceramente de él, pero él, que también se siente muy próximo a ella, no logrará superar el que ella proceda de los bajos fondos y que vista y actúe como una mujer de otro estatus. Se muestra, pues, Alex como un racista y actúa del mismo modo que echa en cara a los americanos no-judíos, sin aceptar a quien no pertenezca a su cultura, ahora no religiosa sino intelectual. La abandonará y ella amenazará con suicidarse.

Su relación con la Mona le hará recordar su primera salida fuera de su casa un Día de acción de Gracias con sólo 17 años cuando tras llevar dos meses sin ver a su familia por haber empezado a estudiar en la Universidad se va con su novia Kay, una chica de familia cristiana y buena posición social. Su judaísmo personal le pesa tanto que piensa que deberá plantearlo de mano a los padres de la chica (vamos, que de nuevo se siente culpable por ser judío y piensa que todo el mundo lo sabe y que ello es una barrera infranqueable). No lo hará, sin embargo, aunque luego a Kay tras una falta le propondrá casarse si se convierte al judaísmo; ella responde escandalizada por semejante propuesta y esto será el fin de la relación.

Escritores norteamericanos del siglo XXTambién recordará que con 29 años tuvo una novia en el lugar de trabajo. Era una chica de 22 llamada Sally Manlsby de familia americana desde la conquista en el XVI. A través de ella intentará vengarse de todos los agravios que en su opinión sufre su cultura representados primeramente en el jefe de su padre (Lainsbury) quien lo explotaba abusivamente. Sin embargo Sally, de personalidad fuerte, aunque accederá a algunos de sus caprichos sexuales, en un momento le manifestará simplemente que ella hay cosas que no hace, y punto.

La última parte tiene el título de “En el Exilio”. En esta parte viaja a Israel y curiosamente no se siente a gusto. Le sorprende que todos allí sean judíos y como le dirá una de sus conquistas es que él tiene cultura de gueto, que por eso desprecia a los otros, que no quiere integrarse. Dos chicas conoce, una militar y otra de 21 años de un kibutz. Con ninguna de las dos podrá practicar sexo, al no conseguir la erección. Además piensa que puede padecer una enfermedad de transmisión sexual (consecuencia ‘lógica’ de su desordenado comportamiento, vamos, el castigo que debería derivarse de su culpable actuación). La chica militar se irá al ver su nula disposición sexual, y la del kibutz impedirá que abuse de ella diciéndole las cosas a la cara. Esta chica se llama Naomi y es una sabra (nacida ya en el estado de Israel). 

En esta 5ª parte, concretamente en la página 252 de la novela, aparece la frase que en el fondo ha estado sobrevolando todo el relato: 
«¿Por qué, por qué no puedo tener un poco de placer sin que siga inmediatamente el castigo?»
Lo importante, al final, es que el relato le ha servido para descubrirse a sí mismo, y como dice el Dr. Spielgovel: «ahora, quizá, podamos empezar. ¿Sí?».

Además de lo reseñado anteriormente, y ya para finalizar, no hay que echar en saco roto la gran carga irónica y el claro humor que el relato encierra, si bien este último centrado la mayoría de las veces en situaciones de fuerte contenido sexual y/o escatológico. Es un humor chocante fruto de los altibajos situacionales como, por ejemplo, hacer uso de un hablar elevado en situaciones ciertamente muy chocarreras (vid. pág. 189). Para mí la situación más divertida se da cuando la Mona le dice haber comprendido el poema de “Leda y el Cisne” de Yeats con la vagina (vid. pág. 184).

Y es que asimismo la dualidad alta cultura frente a cultura en grado cero propicia, amén de no pocas situaciones humorísticas, la coartada perfecta para que el judío-que-es-pero-no-quisiera-aparentemente-serlo exponga su amplio abanico de preferencias literarias (Keats, Steinbeck, Baldwin, Kafka, Dos Passos, etc.). Y especialmente William Butter Yeats y su bellísimo y muy sensual poema con el cual prácticamente abre el relato.

En un momento dado, en las primeras páginas de El lamento de Portnoy, Philip Roth eleva a este impresentable personaje a la categoría de héroe: «Parezco un hijo de la casa de Atreo» [alude a los Atridas, de cuya estirpe proceden los héroes Aquiles, Agamenón y Menelao] y lo coloca a renglón seguido del vulgar comentario hecho por la Mona a propósito de la comprensión de dicho poema. Yo creo que con esto Roth está manifestándonos el poder adivinatorio, prospectivo y fuente de conocimientos no usuales que la literatura siempre ha propiciado, y que él parece defender, si bien, claro, Portnoy es un Aquiles del s. XX (otra muestra de humor irónico y carnavalesco).