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8 nov 2024

"El gran teatro del mundo" de Calderón de la Barca

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«En la representación / igualmente satisface / el que bien al pobre hace / con afecto, alma y acción / como el que hace al rey, y son / iguales este y aquel / en acabando el papel. / Haz tú bien el tuyo y piensa / que para la recompensa / yo te igualaré con él. / No porque pena te sobre, / siendo pobre, es en mi ley / mejor papel el del rey / si hace bien el suyo el pobre; / uno y otro de mí cobre / todo el salario después / que haya merecido, pues / con cualquier papel se gana, / que toda la vida humana / representaciones es. / Y la comedia acabada / ha de cenar a mi lado / el que haya representado, / sin haber errado en nada, / su parte más acertada; / allí igualaré a los dos.» (personaje de El Autor)

Tenía muy buen recuerdo de cuando allá en mi lejana juventud vi una representación en mi ciudad natal de El gran teatro del mundo. Todos estos años he guardado en mi interior la profundidad filosófica, existencial, político-social, y, naturalmente, también teológica que Pedro Calderón de la Barca encerró en este auto sacramental. 

¡Ah!, exclamaréis algunos, ¡un Auto Sacramental! Vamos, un coñazo. Y no, os tengo que decir que no, que no es un peñazo, que es teatro en grado puro. A cualquiera de vosotros que agrade el arte de Talía conocer mejor a Calderón es esencial. Fijaos que fue un gran renovador del Teatro: introdujo la música, partes cantadas (es el creador de la zarzuela), efectos de magia sorpresivos, dio un papel esencial a la escenografía... Todo esto referido a aspectos propios del montaje y de la puesta en escena. Pero no quedó aquí su contribución, sino que en la órbita de las grandes celebraciones teológicas que se celebraban durante la festividad del Corpus Christi puso en pie como nadie ideas y conceptos difíciles de aprehender. Y lo hizo a través de figuras alegóricas. o sea, seres reconocibles: un Rey, un mendigo, un hombre rico, un labrador, una mujer bella... que le sirven para mostrar a través de ellos conceptos como la dominación, la pobreza, la riqueza, el duro trabajo, la hermosura... 

En El gran teatro del mundo nada más correrse el telón aparecen dos ideas primeras, constructoras de la representación a la que vamos a asistir: una es la del artífice máximo, la del creador, que en la obra se plasma en la figura del Autor, y la otra es la del Mundo, o sea, la propia existencia, en esta representación el Teatro. El actor Antonio Comas hace el papel de Autor-Dios y está sobresaliente en él. El Autor es afable, inmisericorde por momentos, pero clemente siempre. La actriz Carlota Gaviño representa al Mundo (el Teatro) y es quien reparte los papeles a cada uno de los siete actores. Estos papeles (la discreción, la riqueza, el poder, la pobreza, etc.) no son elegibles sino que es la vida la que nos los da. A nosotros sólo compete actuar con ellos en este Mundo, en este Teatro, de la mejor manera posible. El Autor no da indicación alguna de cómo llevarlo a efecto; cada ser humano haciendo uso de su albedrío lo ejecutará. Tan sólo hay un precepto que repite a cada uno de los actuantes un personaje llamado Ley de Gracia: «Obrar bien, que Dios es Dios»

Establecidos estos principios el Autor, o sea Dios, se retira del escenario del teatro, o sea del Mundo, para asistir como espectador desde un palco de la sala a la representación que harán sus criaturas. Cuando éstos demandan una indicación sobre qué hacer, cómo proceder, el Autor les remite a la Ley de Gracia que, contumaz, repite una y otra vez el precepto señalado. Según que cada una de las figuras habla y expone sus quebrantos y sus deseos, la Voz de Dios, en esta ocasión invisible, decide indicarle la salida de la representación. Unos la reciben antes y otros después, pero a todos llega y todos han de acatarla de manera inexorable. Casi todos aceptan la orden con resignación. Este comportamiento y lo hecho en vida les será tenido en cuenta por el Autor en el último instante del Auto. 

En la época en que Calderón de la Barca escribe El gran teatro del mundo (año 1671), diez años antes de su fallecimiento, estas obras teatrales tenían como finalidad la exaltación del sacramento de la Eucaristía. En la obra original el examen que hace el Creador a sus criaturas se realiza mediante la inclusión o no de las mismas en la Comunión con el Corpus Christi. Las diferencias existentes entre protestantes y católicos sobre qué se producía durante este sacramento es la justificación práctica del para qué de los Autos Sacramentales. Los católicos, de los que Calderón es parte destacada, hablan de verdadero cuerpo de Cristo (transubstanciación) , mientras que los protestantes hablan sólo de simbólico cuerpo de Cristo (consubstanciación). 

En la Obra dirigida por Lluis Homar esta Comunión se representa en forma de invitación a participar en la mesa donde Dios se encuentra. El Autor-Dios va llamando a unos y otros a participar en la celebración. Sólo el rico y el niño nonato quedan excluidos, si bien pronto el no nacido es invitado a acercarse a los elegidos.

Lo importante para los espectadores actuales de esta representación no es el mensaje místico, teológico, que Calderón quería darle, que también para quien así lo quiera, pues la CNTC es muy respetuosa con el mismo. Lo importante en mi opinión es la profundidad filosófica que se encierra en ella. Sin querer ser exagerado yo diría que don Pedro Calderón de la Barca se adelantó bastantes años a la filosofía existencialista. De hecho en la obra cuando el Mundo está repartiendo los papeles a los actores me vino a la mente Seis personajes en busca de autor de Luigi Pirandello y también la novela Niebla de Miguel de Unamuno. Personajes que desean vivir, nacer, y una vez nacidos no quieren ser juguete de su creador, se rebelan ante la idea de encontrar la muerte por el capricho del escritor.

Una obra profunda, con muchos matices, que en apariencia parece simple por eso de que en la Vida sólo hay dos puertas: el nacimiento, por la que se entra; y la de la muerte, por la que se sale. Y ninguna de las dos las elige el ser humano por sí mismo. Quizás se pueda hablar de pesimismo en esta concepción, pero no hay que olvidar que estamos en el Barroco. Bástenos recordar al gran Quevedo en alguno de sus poemas filosóficos. A mi cabeza viene ahora su soneto "¡Ah de la vida!... Nadie me responde" porque en él, como en El gran teatro del mundo, aparece la línea de pesimismo y desengaño propios del Barroco.


La obra cuando acabó recibió varios minutos de aplausos dirigidos a todo el elenco actoral, a la música de percusión en directo ejecutada por Pablo Sánchez, a la luminotecnia..., en definitiva a todos los integrantes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Una magnífica representación que puede verse en el Teatro de la Comedia (C/ Príncipe, 14, 28012  Madrid) hasta el próximo día 24 de noviembre. Merece la pena verla, os lo aseguro.

28 mar 2021

Calderón de la Barca vs Nao Albet y Marcel Borràs (A pares XVIII)

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La Cultura es segura”, se hartan a decir los trabajadores de este gremio cada vez que tienen ocasión. Hombre, sí, esto es cierto, la Cultura nunca ha hecho daño a nadie. Perdón, hubo un caballero allá por los años treinta que clamaba eso de ‘cuando oigo la palabra Cultura echo mano a la pistola’. Pero eran otros tiempos y otra la pandemia que asolaba el mundo, más peligrosa que la actual pues ésta, siéndolo y mucho, sólo afecta al cuerpo mientras que la que a algunos hacía llevar la mano a la cartuchera afectaba y corrompía las mentes.

Pues eso, que como la Cultura es segura en estos tiempos aciagos, y yo creo y sigo a pies juntillas las recomendaciones, no tuve que oír más para lanzarme, provisto de mi correspondiente FFP3 y con la boca bien cerrada, a los teatros de mi ciudad que van ofreciendo aquellas representaciones que se vieron bruscamente interrumpidas por el estricto confinamiento decretado en marzo de 2020 y que a cuentagotas y con muchas idas y venidas han ido reponiéndose aquí o allá, según, en función de la denominada cogobernanza que a más de uno nos tiene en un sinvivir. Dos son las representaciones a las que en el plazo de 30 días he asistido, y las dos, siendo muy distintas, mucho me han agradado.

"Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach" 

 
Nao Albet, Marcel Borràs, Irene Escolar, Vanguardias teatrales actuales
La primera fue la ideada, escrita, dirigida e interpretada junto a otros actores por Nao Albet y Marcel Borràs. El espectáculo es de título largo y sorprendente: "Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach". Se trata en esencia de un engaño al que se ven sometidos dos jóvenes amantes del teatro que quieren escribir una obra que les han encargado en la que obligatoriamente debe de existir un atraco a un banco;  según la escriben discuten posibles versiones y escenas distintas hasta que una mujer (Irene Escolar) llamada María Kapravof, estandarte de la vanguardia artística denominada (re)productivismo, les propone dar un paso más en ese movimiento estético de hiperrealidad de manera que a través de una perfomance la ficción quede perfectamente integrada en la realidad. Y ¿qué mejor fusión entre ambos niveles que la ejecución de la representación en el escenario real donde se ubica, o sea, en una entidad bancaria auténtica? Todo así va a ganar en hiperrealismo: el atraco, el secuestro e incluso el resultado de muerte que en la escritura ellos propugnan. La verdad es que se les ha ido un pelín la mano a estos artistas innovadores en su afán por agradar a Boris Kaczynski, el gurú del teatro que les ha encargado esta primera obra teatral que ellos están escribiendo. 

En esta representación todo, incluso la trama, me ha gustado. Pero especialmente me he sentido atraído por la puesta en escena. En ella se marcaba perfectamente con un escenario a dos niveles los ámbitos de la realidad y la ficcionalidad. El primero estaba más próximo al patio de butacas mientras que el de la ficción y representación era más profundo, más amplio, más habitado. Junto a esto la música moderna y las proyecciones de imágenes en movimiento así como de textos escritos cuyas letras mudaban de lugar componiendo anagramas dadores de pistas comprensivas sobre los sucedidos, son recursos innovadores que me sorprendieron gratamente. Por otra parte hay momentos en que el escenario es mostrado por su haz y su envés. Quiero decir que hay escenas -las más importantes en el desarrollo de la trama- que los espectadores vemos desde la perspectiva de quien está dentro de la habitación (despacho u oficina bancaria) donde suceden los acontecimientos y de quien está fuera de ella o sale de la misma para ejecutar la acción engañosa que a todos nos tiene boquiabiertos. 

Autores teatrales españoles actuales, Nao Albet, Marcel Borràs
Luego está el ritmo. Un ritmo endiablado, que no da descanso, un ritmo trepidante al que todo contribuye: la música, los textos proyectados, las imágenes, la luminotecnia… y la propia actuación y movimiento de los actores. Aquí hay que detenerse un poco para elogiar la buena actuación del elenco formado por (Nao Albet, Carlos Blanco, Marcel Borràs, Irene Escolar, Alina Furman, Eva Llorach, Francesca Piñón y Vito Sanz). Me han gustado todos. A algunos como los propios Nao Albet y Marcel Borràs no los conocía mientras que a otros en especial a Irene Escolar sí que la había visto en otras obras pareciéndome en éstas quedarse un poco encasillada en un estilo actoral; sin embargo en esta obra su actuación me ha encantado por todo: su versatilidad en la manera de moverse así como el dominio que demuestra de los idiomas, en especial del ruso y del inglés. Muy bien por la Escolar. Y muy bien por Nao Albet y Marcel Borràs. Lástima que el día 21 de marzo finalizase la exhibición del espectáculo en el CDN. Ojalá vuelva a reponerse o a realizar gira por toda España pues la Obra bien lo merece.

“El príncipe constante”

Tras este espectáculo teatral con el que disfruté muchísimo, unas semanas más tarde, he visto la representación de una obra cuyo título conocía pero que nunca había leído y menos había visto representada. Me refiero a “El príncipe constante” de Calderón de la Barca que desde el  pasado mes de febrero y hasta el día 17 de abril se puede ver en la sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, el Teatro de la Comedia de la calle Príncipe de Madrid.
 
CNTC, Compañía Nacional de Teatro Clásico, Teatro de la Comedia, Luis Homar

Si la obra que vi en el Teatro María Guerrero me gustó por su frescura e innovación, ésta de Calderón me ha sorprendido por su tremenda contundencia, por su imponente calidad y la elevación literaria que esconde en su interior. Los dramas históricos como éste, así como sus Comedias, Tragedias y Autos Sacramentales más importantes, hacen en mi opinión de Calderón de la Barca nuestro Shakespeare español.

En la obra estamos ante la prisión sufrida por el infante de Portugal don Fernando hecho cautivo por parte de los marroquíes en 1437 cuando con su hermano el infante don Enrique quisieron conquistar Tánger siendo derrotados por los musulmanes. El rey de Fez deja libre a don Enrique para que acuda a Lisboa y demande al rey de Portugal, Duarte I, la cesión de la ciudad de Ceuta a cambio de la libertad de don Fernando. Ceuta había sido ganada para Portugal en 1415 y durante esos veinte años se habían erigido iglesias y convertido al cristianismo toda su población. Cuando en la obra retorna de Portugal don Enrique con el consentimiento luso para el acuerdo exigido por el rey musulmán, don Fernando se opone vivamente a él considerando enorme traición a Dios y a los ceutíes convertidos ceder la soberanía de la plaza a cambio de su persona.

El rey de Fez sorprendido por esta negativa y comportamiento le dice a Fernando que será tratado como un cautivo más y que conocerá la muerte por su contumacia. A este penoso futuro el infante no se opone sino por el contrario acepta con estoicismo su suerte, comportamiento que es vivamente elogiado por los compatriotas cautivos de los musulmanes. Don Fernando sostiene su actitud en una serie de consideraciones, argumentaciones y reflexiones filosóficas de peso que a mí me han recordado muchísimo las contenidas en la Tragedia y también Auto Sacramental de “La vida es sueño”. Son esos silogismos y razonamientos que tanto gustaban en el momento (siglo XVII. La obra se estrenó en 1627) en el seno del catolicismo tipo los contenidos en el muy conocido monólogo de Segismundo de "La vida es sueño" ( ‘Nace el pez, que no respira, aborto de ovas y lamas y apenas bajel de escamas […]  ¿y yo, con más albedrío, tengo menos libertad? ‘. En el caso de la obra que comento la argumentación es de signo opuesto pues en vez de buscar la libertad lo que se quiere justificar es precisamente la elegida ausencia de ésta.

La obra se sostiene especialmente por la excelente actuación del actor Luis Homar que con voz y ritmo adecuados va diciendo sus parlamentos que lejos de hacerse pesados y/o tediosos se celebra escucharlos tan bien dichos. Son parlamentos y razonamientos envueltos en la sintaxis profusa y complicada típica del barroco con ese cúmulo de antítesis, oxímoron e imaginería conceptual a la que hoy estamos poco o nada acostumbrados. Por esto es esencial transmitir bien y con diáfana claridad el texto; y esto, a mi entender, lo logran, además de Luis Homar, pocos actores. Por citar alguno quizás Lara Grube (princesa musulmana Zara en la obra) y José Juan Rodríguez (Muley, enamorado y pretendiente de Zara, mujer a quien su padre quiere casar con otro partido más beneficioso); el resto del elenco lo logra a duras penas diciendo el verso de manera atropellada, con poca claridad articulatoria y baja altura de voz que provoca que al espectador no le llegue de la manera debida. Y esto, por favor señores del CNTC, es una terrible lástima.

Luis Homar, Xavier Albertí, El príncipe constante

El texto teatral de Calderón muestra el camino hacia el heroísmo a través de la extenuación física y la resistencia paciente frente a la tortura. Muestra también (tema muy calderoniano) la defensa de la libertad como experiencia y elección individual consciente frente a las imposiciones de la Razón de Estado. De ahí el carácter "peligroso" de esta obra para los gobernantes que ni aquí ni en otros lugares han sido muy proclives a alabar este drama calderoniano. Afortunadamente el Romanticismo europeo alemán de la mano de Goethe valoró adecuadamente este texto reconociendo en él la enorme poeticidad y lirismo que contiene. Luego ya en los inicios del siglo XX el ruso Meyerhold y el polaco Grotowski basaron en gran medida en esta obra -y también en otras de otros autores, claro- la renovación del teatro europeo que ya había iniciado el mismísimo Goethe con el Teatro Espectáculo en Weimar.
 
Es muy comprensible que Goethe se fijase en "El príncipe constante" para su Teatro Espectáculo pues Calderón de la Barca es el introductor de la música y de los efectos teatrales de magia en escena algo que hizo avanzar la dramaturgia un montón. En la puesta en escena realizada por Xavier Albertí hay que destacar la presencia en escena del Cuarteto Bauhaus (dos violines, viola y violoncelo) que ponen música a buena parte de las escenas. 

Y si Goethe, quizás, se puede reconocer en esa apuesta por la música en escena, la escenografía practicada con un escenario desnudo completamente puede que quiera evocar siquiera lejanamente al Teatro pobre de Grotowsky quien prescindía de todo lo innecesario (escenario, incluso el texto) dejando sólo lo esencial que él consideraba que era el actor. Sí, desde luego aquí, lo esencial, lo imprescindible, el soporte de todo el andamiaje teatral radica en la fuerza de dos o tres actores con Luis Homar, ¡fantástico!, a la cabeza.

Por eso, pese a esas pequeñas dificultades que he señalado derivadas del atropellamiento verbal o bajo tono de voz de algunos intérpretes, es perfectamente entendible que a su conclusión, la obra recibiese una enorme cantidad de aplausos que bien fácil tuvieron una duración de cinco o seis minutos continuados. Luis Homar y Calderón de la Barca se lo merecen sin duda alguna. 
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Nota
Aunque un día después sirva este "A pares XVIII" como mi homenaje particular al Día Mundial del Teatro celebrado ayer día 27 de marzo en todo el mundo.

7 ene 2017

Carmelo Gómez es "El alcalde de Zalamea"

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Una breve entrada sólo para recordar a aquellos que como yo se perdieran la representación en su día de "El alcalde de Zalamea" en el Teatro de la Comedia de Madrid, que pueden verla hasta el próximo 29 de enero en el mismo teatro y por los mismos intérpretes.


Yo, que la vi la víspera de Reyes, la recibí como un auténtico regalo. El mejor texto de comedia de Calderón puesto en pie magistralmente por mi paisana Helena Pimenta y soportado de increíble manera por un elenco actoral de primera, cuyos integrantes están todos a un altísimo nivel. 

Sin duda de entre todos ellos destaca Carmelo Gómez que compone un Pedro Crespo muy creíble: humilde pero digno, respetuoso pero defensor de su parcela individual, sencillo pero orgulloso... Su voz, sus gestos, su movimiento...,  llenan la escena por sí mismos. Pero si a él unimos a Joaquín Notario en el papel de don Lope de Figeroa la pareja desarrolla en escena un noble y agradable duelo dialéctico en el que cada uno defiende la parcela que le corresponde sin menoscabar ni invadir la contraria. ¡Fantásticos ambos!

Luego vienen las mujeres: Nuria Gallardo en el papel de la bella Isabel que es capaz de pedir la muerte por haber sido causa de la pérdida del honor de su familia al haber sido deshonrada con fuerza por el capitán Don Álvaro de Ataide (Jesús Noguero); Inés (Alba Enríquez), la prima y compañera de Isabel; y Chispa (Clara Sanchis), sobre todo Chispa, mujer que acompaña a los soldados del tercio y que está con Rebolledo (David Lorente) pícaro aprovechado que llegará a pedir la muerte de Pedro Crespo si eso le evita la suya. 

También la pareja que cumple la función que en Lope sería la figura del donaire formada aquí por Don Mendo (Francesco Carril) enamorado desesperanzado de Isabel y reverso moral de Pedro Crespo pues su hidalguía es comprada y no de sangre, y su criado Nuño (Álvaro de Juan) que se lamenta siempre del hambre terrible que la pobreza de solemnidad que padece el hidalgo al que sirve le hace pasar. Y, por último la dignidad que representa Juan (Rafa Castejón), hermano de Inés y que representa el progreso de la familia de Pedro Crespo al salir del pueblo para servir a don Lope de Figueroa en el ejército que va camino de Portugal. Formar parte del ejército y distinguirse en el campo de batalla era el primer paso para poder ascender en la escala social y entrar a formar parte o al menos acercarse al estamento de la aristocracia.

La música es un elemento importante en los montajes de Helena Pimenta. Es una música barroca tocada en directo al son de la vihuela y de la percusión que acompañan la voz de Rita Barber que canta jácaras, follías y otros temas populares. Es la música y la canción la encargada de marcar el choque entre el poder militar (los soldados, el capitán violador, Chispa y Rebolledo...) y el poder civil (Pedro Crespo y la justicia que representa). Una voz y unas melodías preciosas.

El decorado es sólo un muro al fondo de la escena que sirve para marcar el afuera y el adentro de los espacios que varían en función del momento argumental: la casa de Pedro Crespo por dentro, la calle que linda con la casa del alcalde, y así. 

En fin, no digo más. Sólo volver a recomendar a todos la representación: Un magnífico Calderón pasado por la visión de una excelente directora (Helena Pimenta) que queda plasmado en unos actores excelentes de entre los que Carmelo Gómez destaca sobre los demás sin que ninguno de ellos desmerezca en nada. 
¡¡Hasta el 29 de este mes en cartel!!

27 mar 2015

"LA CISMA de INGLATERRA" de Calderón de la Barca

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En el Teatro Pavón de Madrid (sede provisional del Compañía Nacional de Teatro Cláscico) se representa hasta el día 27 de abril la obra de Calderón "Enrique VIII y LA CISMA de INGLATERRA", un drama histórico lindante con la tragedia pero -en mi opinión- sin llegar a traspasar la línea que separa ambos subgéneros. Un gran espectáculo que merece la pena no perderse.
Será la obra encargada de abrir en el mes de julio el Festival de Teatro Clásico de Almagro.
CNTC, CDN, Teatro público, Teatro Clásico, Festival de Almagro

"La Cisma de Inglaterra", título que el autor dio a la obra y que en esta puesta en escena se ha acompañado de la referencia al rey inglés Enrique VIII seguramente para atraer más al público dado el tirón que este personaje histórico siempre tiene, me ha sorprendido gratamente. Yo me esperaba un texto cargado de alusiones teológicas en la línea de los autos sacramentales de Calderón como "El gran teatro del mundo" o "La cena del rey Baltasar". Pero no. Aunque en esta pieza aparecen algunas alegorías como la de aludir al personaje de Ana Bolena como la Ambición, la Maldad o la personificación del Diablo, en general nos movemos en el ámbito de la realidad histórica y sobre todo humana. La alusión al Cisma acaecido entre los cristianos católicos y los cristianos anglicanos aparece de manera velada y elegante. Desde el principio se deja poco margen al libre albedrío, estando la trama marcada por la superstición, la magia y el inexorable destino: los sueños fantasmagóricos en los que al rey se le aparece una bellísima y huidiza mujer; y las dos cartas -una de León X y otra de Martín Lutero- que Enrique se coloca la una en la cabeza y la otra a los pies creyendo que eran la primera del Papa  y la otra del monje protestante cuando equivocada o arteramente le habían sido trocadas.

En lo demás estamos ante los problemas de un hombre con responsabilidades de gobierno, el rey Enrique VIII, arrastrado por la pasión que le coloca delante la ambición de uno de sus consejeros (el Cardenal Volseo que aspira a suceder al fallecido León X), pero que, como no podía ser menos en Calderón, al final reconoce su error y lo enmienda en lo que puede: a María Tudor, la hija que tuvo con la reina Catalina de Aragón, la declara heredera del trono inglés y la promete al infante de España, el futuro rey Felipe II, con el que -pero esto ya no se ve en la obra- casaría en 1554. Evidentemente estos dos hechos -el arrepentimiento del monarca y la entronización de su hija María- son licencias históricas que el artista se toma para mayor gloria de la estirpe de la Corona de España.

El gran acierto y la oportunidad de esta obra reside en el aldabonazo que el escritor madrileño da a Felipe IV, que reinaba en España en 1627 cuando "La cisma de Inglaterra" ve la luz, que era muy aficionado a los esoterismos y a interpretar el destino marcado en los astros. Calderón mediante esta muestra de las pasiones, ambiciones y corruptelas de los Tudor lanza un aviso que llega hasta nuestros días sin perder una pizca de actualidad:
¿El poder político es servicio a los ciudadanos o bien ocasión para satisfacer pasiones y colmarse de riquezas? 
El "Vanitas vanitatis" barroco, Calderón, Barroco, Siglo XVII
Sergio Peris-Mencheta, el actor que da vida de manera muy convincente al rey inglés, declara acerca de su personaje:

"Este rey es un Hamlet activo que no sabe hacia dónde va como si fuera un elefante en una cacharrería que piensa en movimiento. Enrique VIII reconoce sus errores y dice eso de 'lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir' y hace que asuma sus debilidades como monarca para seguir asumiendo sus tareas"
Peris-Mencheta es un gran conocedor de Shakespeare pues no en balde dirigió en 2012 "La tempestad". También la directora del CNTC, Helena Pimenta, lo es. Además cuando Calderón compone este drama hacía poco más de una década que el autor inglés había dramatizado la vida de Enrique VIII ("The Famous History of the Life of King Henry the Eighth", año 1613). No sé si será por estas razones, pero lo que sí es cierto es el tono shakespeariano, grandioso y trágico en ocasiones, que sobrevuela la representación en muchos momentos. Sin lugar a dudas este "tono Shakespeare" lo soporta especialmente el personaje del loco-bufón Pasquín realizado de manera admirable por el actor Emilio Gavira, poseedor de una voz y una dicción admirables.

La puesta en escena es la ya habitual -¡y magnífica!- de la Compañía Nacional de Teatro Clásico: vestuario de época, música del XVII interpretada en vivo en escena, decorado sencillo que se adapta a los distintos momentos del drama con facilidad, mobiliario escueto pero suficiente...

Reparto por orden de aparición
Rey Enrique VIII: Sergio Peris-Mencheta
Ana Bolena: Mamen Camacho
Pasquín: Emilio Gavira
Cardenal Volseo: Joaquín Notario
Tomás Boleno: Chema de Miguel
Carlos, embajador de Francia: Sergio Otegui
Dionís / Capitán: Pedro Almagro
Reina doña Catalina: Pepa Pedroche
Infanta María: Natalia Huarte
Margarita Polo: María José Alfonso
Juana Semeira: Anabel Maurin
Soldado: Alejandro Navamuel
Servidor de escena: Antonio Albujer
Servidor de escena: Karol Wisniewski
Sergio Peris-Mencheta, Joaquín Notario, Pepa Pedroche, Emilio Gavira

Conclusión
Aunque Calderón tiene sólo 26 años cuando escribe esta obra, ya se adivinan en ella  frases, temas y asuntos que estallarán con fuerza en obras de madurez como "La vida es sueño", "El alcalde de Zalamea"..., y en algunos de sus autos sacramentales.
Sin duda alguna según se ve la representación uno cae en la cuenta de la muchísima razón que el estudioso del teatro español, Francisco Ruiz Ramón, tiene cuando afirma que “el arte teatral de Lope se hace ciencia teatral en Calderón". O dicho en otras palabras, que Calderón prosigue la labor abierta por Lope en la construcción de la Comedia Nacional, pero que la depura y sistematiza dándole un carácter más ideológico jugando constantemente -como buen barroco que es- con los contrastes, las semejanzas, las dualidades y los reflejos; no otra función que mostrar esto último tiene el gran espejo que llena la escena en el último acto y que sirve para mostrar esta dualidad y también el tema del  "Vanitas vanitatis" tan del gusto de los hombres del XVII.