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13 ene 2026

Irene Escolar, protagonista de "Personas, Lugares y Cosas" de Duncan MacMillan

8 comentarios:

Desde que el pasado 19 de diciembre leyera en el diario El País la elogiosa crítica de Raquel Vidales a Personas, Lugares y Cosas, la obra que acababa de estrenar en el Teatro Español de Madrid la actriz Irene Escolar, tenía muchas ganas de acudir a verla. La verdad es que no encontré buenas localidades hasta el domingo 11 de enero de 2026, último día de la representación que se había estrenado el 25 de noviembre de 2025. 

Mis expectativas eran muy altas tras leer la crítica de El País en la que se decía que Irene Escolar  compró los derechos de la obra de Duncan MacMillan que  había visto representada en Londres, donde se estrenó en 2015. Decía Raquel Vidales,  crítica del suplemento cultural:
«Irene Escolar compró los derechos de la obra para producirla y representarla en España, sin esperar a que el papel le cayera del cielo. Visto el resultado en el teatro Español de Madrid, Escolar no se equivocó en su apuesta: exprime hasta la última palabra de ese texto que Macmillan concibió para actrices como ella.
Todo el peso de la obra recae sobre ella.
»
He visto a la actriz en al menos dos obras que ahora mismo recuerde: en Agosto (Condado de Osage) de Tracy Letts  y en El cojo de Inishmaan de Martin McDonagh, ambas obras bajo dirección de Gerardo Vera. Me encantaron las dos y me gustó mucho la actuación de la actriz, cosa que en la que vi el pasado domingo no me ha ocurrido. Quizás la figura del director sea la causante de esta enorme diferencia. Desde luego Gerardo Vera, que en paz descanse, está a una distancia estratosférica —todo en mi humilde opinión personal, que conste— de Pablo Messiez.

El asunto que se toca en la obra no es menor desde luego: el problema de adicción a las drogas de una actriz y su inconstante deseo de desengancharse para poder continuar con su profesión de la que su drogadicción la está expulsando. La obra se inicia con un quedarse en blanco de Sara quien, representando La gaviota de Chejov, cae en un completo desvarío quedando desmayada en escena. Precisa Sara de un certificado de salud para poder seguir en la profesión. Es por ello que acude a una clínica de desintoxicación. Allí los internos (alcohólicos, drogadictos, politoxicómanos y demás) tienen sus idas y venidas de la institución, o sea, sus salidas aparentemente curados y sus reingresos por haber vuelto a caer en la adicción.

El planteamiento es la mar de sugestivo, si bien durante las dos horas de duración no hay muchos avances en el mismo. El grueso de la función se queda en la evolución del personaje de Sara (como Mamen se presentó ella en la institución) que quiere y no quiere dar el paso para salir de la esclavitud que las drogas le suponen. La terapia grupal es el centro del tratamiento y a esa terapia ella se niega en principio. Los demás internos quedan un tanto desvaídos ante la enorme centralidad que la obra da al personaje interpretado por Irene Escolar

Raquel Vidales en su elogio a la actriz por el personaje que compone de Sara dice del mismo:
«Es egoísta, desquiciada y cruel como todo toxicómano, pero también sensible, insegura y frágil como solo puede serlo una diva tan adicta a las drogas como al aplauso. Los mejores momentos son cuando Escolar logra que todas esas capas confluyan en un gesto, una frase, un silencio. El personaje emerge entonces en toda su dimensión.».
En mi opinión es cierto todo lo que la crítica dice, aunque también según mi criterio, esos silencios —¡excesivos!— y esos gestos suelen ir acompañados de frases dichas de modo muchas veces ininteligible por la rapidez con que la actriz las pronuncia o por el bajo volumen de voz con que las emite, lo que hace difícil su intelección. Es aquí donde mi decepción encontró su causa. Y no sólo ocurre en las escenas del tratamiento, sino que ya desde las escenas del inicio el atropellamiento en la dicción unido a la negligente vocalización por parte de Irene Escolar hace que la obra comenzase a no llegarme como debiera. 

Hago responsable de estos defectos en la actuación por partes iguales a actriz y director de la función. Creo que Pablo Messiez, que acierta con la puesta en escena de los 'monos' por síndrome de abstinencia de Sara, claramente fantásticos, oníricos y aterradores, se equivoca al no haber corregido debidamente la dicción de la actriz.  Una dicción que queda claramente expuesta en su desnudez al confrontar con la claridad de los otros actores, en especial de Javier Ballesteros en el papel de Marc y de la pareja que hacen el papel de padres de la diva toxicómana, los dos estupendos en mi opinión: Sonia Almarcha que además de madre hace los papeles de doctora y terapeuta, y Tomás del Estal que junto al de padre borda el papel del toxicómano Pol.

Para finalizar esta crónica de mi desilusión echo mano de nuevo de unas palabras de la crítica teatral de Babelia. Dice Raquel Vidales hablando de la actriz británica que representó a la Mamen/Sara de la obra: 
«Denise Dough logró uno de los mayores éxitos de su trayectoria encarnando a la protagonista, uno de esos personajes extremos que pueden encumbrar o arruinar una carrera». 
Sin llegar al extremo final diré que con esta actuación Irene Escolar desde luego no se ha encumbrado. E insisto en mi opinión a pesar de que los aplausos al final de la larga función de 140 minutos con un descanso de 15, a todas luces excesivo, durante el que la música electrónica, propia de sesiones en las que proliferan las drogas, 'ameniza' el interludio, fueron muy abundantes y duraderos. Curiosamente el teatro, lleno hasta la bandera ese día, tenía un público formado en muy gran número por profesionales del mundo teatral y cinematográfico: actores, actrices, directores de cine, directores teatrales, guionistas de series televisivas, productores, etc. En fin, que los compañeros de Irene Escolar y del resto del elenco que concluían el período de actuaciones en el Teatro Español de Madrid vinieron a aplaudir a sus camaradas. No sé si esta manera de proceder es habitual en el mundo de la farándula, pero sí que llamó mucho mi atención reconocer caras que me eran familiares por su participación en seriales televisivos, en películas y obras de teatro de mayor o menor éxito. 


Espero, más bien lo deseo, volver a ver a la actriz en otra producción teatral. Ansío volver a degustar a la actriz que hace ya más de diez años me entusiasmó. Espero que así sea y que la saga de los Gutiérrez Caba a la que pertenece la actriz con ella se perpetúe. Y su calidad también.


22 sept 2025

"Memorias de Adriano" (A pares XLVI)

17 comentarios:
Novela y Teatro. Adaptaciones teatrales de novelas


El pasado domingo día 21 de este mes de septiembre tuve la enorme satisfacción de asistir en el teatro Marquina de Madrid a la adaptación escénica de Memorias de Adriano, la novela histórica de Marguerite Yourcenar que tanto éxito tuvo desde que se publicó en París el año 1951. 

En el Cuaderno de notas, que la autora añadió a la edición de 1974, ella misma explica el proceso de creación de la novela: cómo muy pronto, entre los 20 y 25 años de edad (1924 a 1929), concibió el libro, si bien en 1929 decidió quemar todo lo escrito. Durante años tuvo el proyecto en el olvido, aunque lo recuperó y abandonó varias veces entre 1934 y 1937 («En todo caso, yo era demasiado joven. Hay libros a los que no hay que atreverse hasta no haber cumplido los cuarenta años»), y se puso definitivamente con él en 1948. Durante estos años 'en blancoMarguerite Yourcenar  se documentó exhaustivamente. Fue en 1948, como digo, que decidió abordarlo con pasión, publicando el libro tres años más tarde.  

Novela histórica,
Yo leí la novela, ejemplo de la renovación de la novela histórica en el siglo XX, hará cosa de cuarenta años, en 1984 o así. Su recuerdo me ha acompañado siempre y mi afición a la novela histórica durante bastantes años debe no poco a la escritora francesa, nacida en Bélgica y luego nacionalizada estadounidense. Por eso, cuando el pasado mes de julio vi anunciada la puesta en escena de una adaptación de la novela, supe que la tendría que ver. Me llevaba al teatro el recuerdo de la novela, pero también la personalidad y buen hacer del actor que da cuerpo a Adriano, el barcelonés Lluis Homar. Desconocía cuando compré las entradas que la directora de la obra era Beatriz Jaén, persona que había también llevado a las tablas la novela "Nada" de Carmen Laforet, adaptación y puesta en escena que me había gustado muy poquito [leer reseña aquí] cuando la vi en diciembre de 2024. 

Qué bien que no siempre tengamos todos los datos en nuestro poder. Afortunadamente, estuve ayer en el Marquina y fui testigo de un grandísimo espectáculo. El texto es de una enorme calidad, eso lo sabía desde que leí la novela de la Yourcenar . Pero oír hablar al emperador Adriano por boca de Lluis Homar me llenó por completo. Lluis Homar no sólo dice el texto, Lluis Homar siente el texto, se emociona y transmite dicha emoción al patio de butacas. Un patio de butacas que finalizada la representación prorrumpió en aplausos sonoros y muy duraderos, que hicieron salir a saludar varias veces al actor y a los otros cinco que, admirablemente y como auténticos mimos, siempre en silencio, grácilmente evolucionan por la escena secundando sus acciones.  Los cinco (Cris Martinez, Álvar Nahuel, Marc Domingo, Xavi Casan y Ricard Boyle) estuvieron magníficos. De ellos quisiera destacar a Álvar Nahuel que representó al personaje de Antinoo con una estética, ritmo, belleza y agilidad tales que en mi opinión rompe la distancia que hay con el público al que magníficamente transmite la emotividad y sentimientos que requiere el momento de la definitiva separación de los amantes.

Imagen tomada del blog literario Lluvia en el mar

Quienes fuimos testigos del excelente espectáculo teatral aplaudimos, además de la labor actoral, la estupenda puesta en escena de Beatriz Jaén. Ideó la directora una escenografía en la que  la música, los efectos sonoros, un decorado minimalista en el que las imágenes videográficas replican, duplican e incluso triplican, lo que en persona y sobre el escenario realizan los actores. Una cámara de video en manos de unos u otros actores es testigo mudo de las confesiones de Adriano, hombre poderoso donde los hubiera, pero en definitiva, y de ahí la intemporalidad del mismo, un hombre. Juega la puesta en escena con la trasposición del emperador romano desde su mundo antiguo al nuestro actual en forma de presidente de una nación. Durante los 90 minutos de la representación se presenta en escena la idea de la comunicación a la Nación por parte de su Presidente de algo trascendental: su renuncia al cargo y el designio de su sucesor. Los focos, los micrófonos, los maquilladores, los asesores políticos, la cámara de video o televisión... constantemente están evolucionando alrededor de este hombre que en medio de esta vorágine recuerda su vida ahora que se siente al final de la misma.

Naturalmente la excelencia de la representación habría quedado reducida a mero trampantojo sin la solidez del texto de Marguerite Yourcenar. Lo que en el teatro es una próxima declaración televisiva es en la novela la escritura de una carta a quien pronto será su sucesor en el cargo: Marco Aurelio. Y mientras la escribe Adriano recuerda su vida y hazañas. Las partes del texto de la novela elegidas por la dramaturga Brenda Escobedo y la directora Beatriz Jaén sirven a las mil maravillas para sin traicionar en nada a la novela, entender la tragedia humana del personaje, su conflicto emocional, la profundidad filosófica de su pensamiento y su quehacer como emperador romano en busca de la paz. Si como he dicho antes sus conflictos íntimos, sus debilidades físicas, sus problemas familiares y sus ansías de poder trascienden al personaje y lo acercan hasta nosotros de manera increíble, la alusión que en un momento se hace (¡y también en la novela, no se vea en esto oportunismo alguno!) del papel que Adriano tuvo en su tiempo en la creación de una entidad política nueva a la que llamó Palestina sobre otra anterior y milenaria de nombre Judea, hace que la obra teatral penetre con fuerza inusitada en la rabiosa y terrible actualidad que todos los días contemplamos en las noticias. 

Imagen tomada del blog literario Lluvia en el mar

Tras ver a Lluis Homar en la figura de Adriano, nada más volver a casa, busqué la novela de Marguerite Yourcenar. La he hojeado y he repasado algunos fragmentos, algunas frases que subrayé en los lejanos días en que la leí. Esto daría pie para otra entrada en el blog. Me refiero al cambio que nuestro ser experimenta de un tiempo a otro. Me explico: al leer alguno de mis subrayados recordé la falta de información que entonces tenía sobre tantas cosas; si no ¿por qué habría yo resaltado ciertas frases? El tiempo, como decía el gran Quevedo, todo lo cambia y lo bazuca (siempre me gustó esta palabra contenida en su escatológico y metafísico poema La vida comienza en lágrimas y caca...). Lo que ha quedado como entonces es la enorme satisfacción que he experimentado al escuchar en el teatro y leer en la novela las reflexiones filosóficas, epicúreas unas y estoicas otras, de un hombre de 62 años que se ve ya al borde de la muerte («Empiezo a percibir el perfil de mi muerte»), que la sabe próxima aunque no inminente. Estoicamente va a afrontarla y ante la idea del suicidio para evitarse dolores decide no adelantarse a su destino: «Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos...»

He aquí algunas frases que se me quedaron clavadas tras oírselas en la representación al emperador Adriano, redivivo en la figura de Lluis Homar. Mi mala memoria me ha obligado a buscarlas en su literalidad en la novela de la Yourcenar :
  • «Te ahorro detalles que serían tan desagradables para ti como para mí, la
    Memorias de Adriano
    descripción del cuerpo de un hombre que está envejeciendo y está a punto de morir de un corazón hidrópico
    » 
  • «He formado un proyecto para contarte sobre mi vida. Por supuesto, el año pasado compuse un resumen oficial de mi carrera, al que mi secretario Flegón le dio su nombre. Conté tan pocas mentiras como fue posible; el respeto por el interés público y la decencia, sin embargo, me obligaron a modificar ciertos hechos.»
  • «Lo esencial es que el hombre investido de poder debe haber demostrado posteriormente que merece ejercerlo.»
  • «Humanitas, Libertas, Felicitas: esas nobles palabras que adornan las monedas de mi reinado no fueron de mi invención.»
  • «He sido dueño absoluto solo una vez en mi vida, y sobre un solo ser.»
  • «Aquiles a veces me parece el más grande de los hombres en su valentía, su fortaleza, su aprendizaje e inteligencia acompañados de habilidad corporal, y su ardiente amor por su joven compañero.»
  • «Me he dado cuenta de que el suicidio podría aparecer como un signo de indiferencia, o quizás de ingratitud, hacia el pequeño grupo de amigos devotos que me rodean; no deseo legarles la horrible imagen de un hombre atormentado por el dolor que no puede soportar una tortura más.»
Finalizo señalando la enorme trascendencia que en el mundo literario tiene la novela histórica de Marguerite Yourcenar, verdadera constructora de la misma en el sentido moderno. En el Cuaderno de Notas, al que me he referido al inicio, además de contar las vicisitudes que corrieron estas Memorias hasta que vieron la luz, reflexiona sobre lo que para ella es el género de la novela histórica:
  • «Reconstruir desde dentro lo que los arqueólogos del siglo XIX han hecho desde fuera»
  • «Retrato de una voz. Si decidí escribir estas Memorias de Adriano en primera persona, fue para evitar en lo posible cualquier intermediario, inclusive yo misma. Adriano podía hablar de su vida con más firmeza y más sutileza que yo.»
  • «En nuestra época, la novela histórica, o la que, por comodidad puede denominarse así debe desarrollarse en un tiempo recobrado, animado por la presencia de un mundo interior.» 
 _________________
Nota histórica:
Adriano fue emperador romano del 117 al 138 d.C. y es conocido como el tercero de los cinco buenos emperadores (Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio) que gobernaron con justicia.

Nota práctica:
Memorias de Adriano se representa en el Teatro Marquina de Madrid desde el día 19 de este mes de septiembre y estará en cartel hasta el próximo día 10 de octubre. Si podéis, no os la perdáis.
Antes de llegar a Madrid se estrenó en el Festival de Teatro Clásico de Mérida de este año. Y tras Madrid, creo que giran por varias ciudades españolas.


8 abr 2025

Teatro y Novela, "Nada" de Carmen Laforet y "El cuarto de atrás" de Carmen Martín Gaite (A pares XLIV)

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Desde que en diciembre del año pasado viera la adaptación teatral de la novela Nada de Carmen Laforet en el Teatro María Guerrero de Madrid llevaba semanas -ya más bien meses- pensando escribir algo en este blog sobre las líneas que marcan frontera entre géneros y la conveniencia, acierto o lo que sea que supone traspasarlas o no.  No es la primera vez que asisto a representaciones teatrales de historias nacidas como relatos. Recuerdo con inmenso agrado algunas de ellas ya lejanas en el tiempo: "Tirano Banderas" de Valle Inclán o "El baile" de Irene Nemirovski, podrían servir de ejemplo. Pero las dos que he visto últimamente, una la ya citada de Nada, y la otra, la teatralización de El cuarto de atrás de la salmantina Carmen Martín Gaite, en mi opinión no logran superar del todo el listón del encantamiento exigible a cualquier pieza teatral. 

 
Unas palabras sobre la adaptación teatral de Nada de Carmen Laforet 

«Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba la gran Estación de Francia y los grupos que estaban esperando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso.»

Premio Nadal de 1944, Primer Premio Nadal
La adaptación de Nada, la novela firmada por una jovencísima Carmen Laforet, ganadora en 1944 con ella del Premio Nadal en su primera convocatoria, me pareció que padecía de un exceso de voz en off para la figura del narrador. El mismo intervenía con inusitada frecuencia en la pieza siendo en ocasiones sus parlamentos de una extensión excesiva. Se convertía así la obra dramática más en una novela leída que en una obra representada. A este, en mi opinión, defecto, habría que añadir la exagerada duración de la representación -nada menos que tres horas con descanso- y la tardía hora de inicio de la sesión, las 20:30 horas de la tarde. Estos tres malos mimbres provocaron en mí que la excelencia de la magnífica puesta en escena de la directora teatral Beatriz Jaén se diluyese y no lograse que yo saliese satisfecho de la función. De los tres defectos señalados el que, en mi opinión, hace más flaco favor a la obra es el de su excesiva duración, lo que revela una adaptación escasa, una insuficiente reducción a lo esencial, un no saber sustituir debidamente los rasgos propios de la narración por otros más característicos de la dramatización. Esta adaptación, en mi opinión poco lograda, corre a cargo de Joan Yago


Beatriz Jaén, Joan Yago, Carmen Barrantes

Tras mi asistencia al teatro, no volví a leer la novela. Tenía bastante presente en mi memoria la historia de Andrea, la chica huérfana que al acabar la guerra civil va a estudiar a Barcelona alojándose en casa de su abuela. Andrea recuerda la Barcelona anterior a la guerra y ahora comprueba lo mucho que ha cambiado la vida en la calle Aribau donde está la casa de l'àvia (abuela en catalán). El ambiente, la atmósfera que se vive tanto en la casa como en la calle es bien diferente al que ella recordaba. Los personajes (sus tíos Román y Juan, su tía Angustias, Gloria, la abuela y Antonia -la criada-) viven en permanente tensión; hay una violencia subyacente y una oscuridad terrible en todos ellos. La joven de dieciocho años que es Andrea quiere vivir la vida con intensidad; ella tiene sueños, es rebelde, no quiere verse doblegada por la angustia existencial en que vive sumido todo el país. Sólo sus amigos de la universidad, en especial su amiga Ena, la ayudarán a sobrevivir. Con Ena tiene una relación de amistad especial que no es amor, pero sí más que mera amigabilidad; ambas son mujeres diferentes, se les decía "raras" por entonces, son precursoras de lo que hoy se entiende por sororidad. 




Sobre la adaptación teatral de El cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite

Ya en 2025, concretamente un día del mes pasado, asistí en el teatro de La Abadía a la adaptación teatral de la novela El cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite. La novela la publicó la autora salmantina en 1978 y según confiesa en la misma comenzó a escribirla el mismo día en que Francisco Franco murió. El Teatro de La Abadía ha recordado a la escritora perteneciente a la generación narrativa de 1955 con motivo de cumplirse este mismo año cien de su nacimiento y 25 de su fallecimiento. Lo ha hecho con dos representaciones, las dos adaptaciones de sendas novelas suyas: "Caperucita en Manhattan", novela de 1990,  y El cuarto de atrás

Adaptaciones teatrales de novelas, Emma Suárez
Resultó que cuando quise adquirir entradas para la primera ya no había localidades. Busqué para la segunda y de casualidad encontré dos butacas esquinadas en la última fila de la sala. Seguramente que ese día se jugase un competido partido de champions entre los dos principales equipos madrileños propició la existencia de esas dos entradas libres. Sea como fuere el caso es que yo, salmantino como la propia Martín Gaite, pude así rendir debido tributo a esta magnífica novelista. No había leído de manera completa esta novela antes de ver la representación, algo que si he hecho finalizada la misma. Pero antes de hablar de mis impresiones sobre esta lectura quiero exponer mi opinión sobre la puesta en escena de la misma.


La adaptación me pareció mucho mejor que la de la novela de Carmen Laforet a la que me he referido al comienzo de esta entrada. Aquí estamos ante una historia mezcla de realidad, onirismo, ensoñación y fantasía infantil que María Folguera, adaptadora de la obra, ha sabido llevar a las tablas con acierto. No hay en este caso exceso de narración en off que tanto perjudicaba a Nada, aquí vemos a una mujer adulta -la propia escritora- que en estado de vigilia por su dificultad para conciliar el sueño recibe la visita de un entrevistador que ella, en esa circunstancia, a medio camino entre la realidad y la ensoñación, viene a relacionar con aquel otro ser de alas negras que en su niñez la 'visitaba' cuando no podía quedarse dormida. La adaptación teatral se sostiene gracias a la magistral actuación de Emma Suárez que casi en un auténtico monólogo lleva al espectador del hoy al ayer, de lo real a lo imaginado, de un lugar físico a otro, de la ciudad de Salamanca a la de Madrid..., en una mezcla de espacios y tiempos que si en el texto escrito ya conlleva una cierta dificultad de intelección en el teatral es aún mayor. Pero la dificultad es superada con sobresaliente junto a la magnífica actuación de Emma Suárez, auténtica sostenedora y salvadora de la representación, por la de sus partenaires Alberto Iglesias y Nora Hernández.  

Si bien en términos generales salí satisfecho de la representación hubo dos elementos de la puesta en escena de la que son responsables Rakel Camacho como directora y María Folguera como adaptadora del texto que me sorprendieron y menoscabaron mi satisfacción. Fueron éstas el cubo en el que confinaron la historia y que giraban para un lado u otro según que deseaban llevarnos a un momento u otro, a un espacio u otro; y la bañera que ocupaba el centro de la escena en lo que simulaba ser el dormitorio o cuarto de estar de la novelista insomne. ¿Por qué se metía en esa bañera la mujer adulta a veces sola y otras en compañía de la chica que aparece por la casa en un momento de la representación? Sólo le encuentro una posible explicación: querer transmitir al espectador el extrañamiento, el onirismo, en que está inmersa la mujer que no puede dormir como desearía; un momento en el que acuden a su cabeza una multiplicidad de ideas, de recuerdos, cruces entre el hoy y el ayer. La ilógica presencia de la bañera allí donde debiera haber una cama o un sofá quizás pretenda abocarnos a la irracionalidad con que se suceden las imágenes o se ordenan los pensamientos en esos momentos de vigilia y ensoñación que preceden a la pérdida total de la conciencia al quedarnos dormidos. 


Comentario sobre la novela El cuarto de atrás
El caso fue que nada más salir del teatro me hice el firme propósito de leer la novela lo más pronto posible y comprobar si la bañera de marras también aparecía en El cuarto de atrás. Fue así como leí completa esta novela de Carmen Martín Gaite, la quinta en el orden de su producción. 

«Mi casa de Salamanca tenía dos pasillos paralelos, el de delante y el de atrás, que se comunicaban por otro pequeñito y oscuro, en ése no había cuartos, lo llamábamos el trazo de la hache. Las habitaciones del primer pasillo daban a la Plaza de los Bandos, las del otro, a un patio abierto donde estaban los lavaderos de la casa y eran la cocina, la carbonera, el cuarto de las criadas, el baño y el cuarto de atrás. Era muy grande y en él reinaban el desorden y la libertad, se permitía cantar a voz en cuello, cambiar de sitio los muebles, saltar encima de un sofá desvencijado y con los muelles rotos al que llamábamos el pobre sofá, tumbarse en la alfombra, mancharla de tinta, era un reino donde nada estaba prohibido.»

Salamanca en la obra de Martín Gaite
La novela me ha encantado. Hacía ya tiempo que no leía alguna obra de esta escritora, salmantina como yo mismo. Me ha gustado por muchas cosas, no siendo la menor la multiplicidad de referencias a Salamanca, tanto a su paisaje urbano, costumbres y paisanaje.  La familia de la escritora me ha sido fácilmente identificable, no porque la conociese de primera mano, sino porque su tipología y manera de proceder era característica de otras muchas otras de su nivel. El padre era notario y la madre «hubiera querido estudiar una carrera, como sus dos hermanos varones, pero entonces no era costumbre, ni siquiera se le pasó por la cabeza pedirlo». Su apellido materno procedía de Galicia, de ahí el apelativo Carmiña con que la novelista era denominada en su casa. La afición a la lectura que desde muy temprana edad tuvo Carmiña se la inoculó su madre a quien «le encantaba, desde pequeña, leer y jugar a juegos de chicos». Fue ella quien le aconsejaba lecturas, gracias a las cuales la Martín Gaite fue haciéndose con un  criterio literario propio. De las lecturas que por entonces, con poco más de dieciocho años, hacía dice:
«me gustaba todo el proceso del enamoramiento, los obstáculos, las lágrimas y los malentendidos, los besos a la luz de la luna, pero a partir de la boda, parecía que ya no había nada más que contar. [...]
Un día una señora había dicho de mí, moviendo la cabeza con reprobación: "Mujer que sabe latín no puede tener buen fin" [...]
Por aquel tiempo, ya tenía yo el criterio suficiente para entender que el "mal fin" contra el que ponía en guardia aquel refrán aludía a la negra amenaza de quedarse soltera.»
 En la novela, como también se ve en la adaptación teatral, el tiempo avanza y retrocede de manera caprichosa al descubrir un papel, un objeto, una caja de metal, verse en el espejo y verse en su imaginación de niña, pensar en la casa donde vive de adulta en Madrid y evocar la libertad de la que disfrutaba en Salamanca incluso durante los años terribles de la Guerra Civil que su familia pasó allí. Fue durante estos años cuando la niña Carmiña de unos doce o trece años quería parecerse a otra niña de igual nombre y edad que ella, Carmencita Franco (Carmen Franco Polo nació en 1926 y la novelista en 1925), a la que vio en su ciudad una o dos veces. Estaba junto a su padre, Franco, quien había instalado el Gobierno de la España sublevada en el Palacio del Obispo de la ciudad.
«—¿Envidiaba usted a Carmencita Franco? —pregunta, inopinadamente, mi entrevistador.
Por primera vez desde que ha entrado, se me ocurre pensar que es un entrevistador y le miro con una especie de asombro mezclado de simpatía. [...]
—Pues sí, la envidiaba un poco por el pelo —digo— como a Diana Durbin. Para la moda de entonces, lo ideal era el pelo ondulado y yo lo tenía muy liso.»
Esta referencia al tiempo real de su infancia y adolescencia le sirve a la escritora para darse un baño de costumbrismo en el relato. Hay muchas referencias a las costumbres de la época, a los oficios que se practicaban, al proceder durante la Guerra, a la manera de obrar de ciertas clases provincianas adineradas como la suya.
  • «—¿Se acuerda usted de los bombardeos de la guerra? —Miro al hombre de negro sin comprender, al principio, a qué guerra se refiere, si a la de Sucesión o a la del año treinta y seis. 
 —¿De los bombardeos? Sí, sí que me acuerdo. Un día cayó una bomba en una churrería de la calle Pérez Pujol, cerca de casa, mató a toda la familia del churrero; la niña era muy simpática, jugaba con nosotros en la plazuela, al padre no le gustaba ir al refugio, decía que prefería morirse en casa, que lo que está de Dios, está de Dios.» (sobre la Guerra Civil en Salamanca)
  • «Las "costureras de toda la vida", vivían en pisos bajos y modestos, sin rótulo en la puerta, y solían tener en la alcoba oscura donde nos tomaban las medidas y nos probaban, una cama con almohadones de muchos colores entre los que yacía una muñeca de China con peluca empolvada y zapatitos de raso. Cuando venían a coser a las casas, traían dulces o caramelos para los niños, les contaban historias y les regalaban carretes vacíos y recortes de la labor [...]  
«Las modistas propiamente dichas, es decir, las que habían tenido la suerte de afianzarse en su nombre de tales, no venían nunca a las casas, y eran apreciadas a tenor del lujo con que se hubieran montado y de la lentitud con que llevaran a cabo los trabajos. A mí siempre me extrañó el hecho de que su prestigio estuviera en razón inversa con la prontitud en terminarlos y nunca en razón directa. «Es buenísima, pero tarda mucho, hasta después de Navidad no te lo tiene», se solía decir, como una recomendación infalible.»
(costureras y modistas)
  • «"Eso, cuando vayamos a Madrid; mejor en Madrid" Todo se dejaba para comprarlo, verlo o consultarlo en el próximo viaje, que ya faltaba poco, vivíamos de aquella experiencia fraudulenta. A Madrid se venía, en primer lugar, de modistas [...] Otro de los objetivos fundamentales del viaje a Madrid era asistir  a los estrenos de cine o de teatro que no hubieran llegado a provincias (de la diferencia existente entre las provincias y la capital)
Escritoras españolas del siglo XX
Curiosamente, en una novela de tono autobiográfico, en la que la autora rememora episodios vitales de su infancia. adolescencia y juventud primera, no hay referencia alguna a sus relaciones amorosas y matrimoniales con compañeros de generación literaria (la de 1950, para unos, o 1955, en el sentir de otros). Concretamente al llegar a Madrid la escritora contactó, a través de Ignacio Aldecoa, a quien había conocido estudiando Filología Románica en la Universidad de Salamanca, con los integrantes de la generación literaria de 1950. Con uno de estos jóvenes, Rafael Sánchez Ferlosio, se casó en 1953. Fruto de esta unión que duró hasta el año 1970, fueron dos hijos: Miguel que falleció de meningitis con sólo siete meses de edad, y Marta con la que viviría en Madrid hasta la muerte de ésta en 1985 con 29 años víctima del sida. Nada de esto se dice en la novela. Tan sólo, muy tangencialmente, aparece la figura de su hija Marta volviendo de noche a casa y encontrando dormida a su madre con papeles y el libro de Todorov esparcidos por el suelo

El hombre de sombrero y alas negras de las vigilias de su infancia se transforma, cuando de la Carmiña infantil se pasa sin solución de continuidad a la insomne Carmen adulta, en un entrevistador. Gracias a este artificio en la novela podemos asistir a un discontinuo repaso biográfico de su producción literaria. Así se habla de sus inicios en la literatura fantástica, de la atracción que sobre ella ejerce lo fantástico, lo mágico, la sensación de extrañeza. Lo comenta el hombre del sombrero negro cuando alaba en su primera novela, "El balneario", la parte fantástica, pero le echa en cara la racionalidad en la que recae tras sus incursiones en lo extraño. En cierto modo es lo que está haciendo en El cuarto de atrás, viajar de la extrañeza a la racionalidad, de la imaginación onírica a la realidad. De lo fantástico e imposible a lo verosímil
«Hay un punto en que la literatura de misterio franquea el umbral de lo maravilloso, y a partir de ahí, todo es posible y verosímil; vamos por el aire como en una ficción de Lewis Carroll, planeando sobre los tejados de una ciudad, es de noche y ella se agarra fuerte de mi mano y se ríe con el pelo alborotado, porque hace mucho aire»
Y es que hay mucha, muchísima, literatura en esta novela. Se inicia con ese libro de Todorov que la novelista está leyendo en la cama y con el que se queda dormida e ingresa en ese territorio donde todo, como decía Quevedo, se mezcla, se confunde y se bazuca. 
«Introducción a la literatura fantástica de Todorov, vaya, a buenas horas, lo estuve buscando antes no sé cuánto rato, habla de los desdoblamientos de personalidad, de la ruptura de límites entre tiempo y espacio, de la ambigüedad y la incertidumbre; es de esos libros que te espabilan y te disparan a tomar notas, cuando lo acabé, escribí en un cuaderno: "Palabra que voy a escribir una novela fantástica"»
 
Y esa novela fantástica que piensa escribir, que está escribiendo, que ha escrito y descubrimos al final de la novela, no es otra que la que tenemos en nuestras manos. Esta manera de proceder literariamente es muy propio del momento en que Carmen Martín Gaite está escribiendo esta narración, en pleno posmodernismo literario.
"El cuarto de atrás" en teatro

Muchísimas reflexiones metaliterarias cruzan el relato. Son reflexiones muy interesantes y muy reveladoras del propio quehacer escritural de la novelista. Ya sólo por ellas merece mucho la pena leer este libro. pero es que además está escrito de manera muy hermosa, con cierto toque poético que le sirve de pasarela del mundo real de la edad adulta al mágico de la niñez. Esta poeticidad creo que la han logrado transmitir a las tablas la directora y la adaptadora teatrales. Pero, ¿era preciso para lograrlo colocar una bañera en el centro de la escena? Yo pienso que no. 

8 nov 2024

"El gran teatro del mundo" de Calderón de la Barca

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«En la representación / igualmente satisface / el que bien al pobre hace / con afecto, alma y acción / como el que hace al rey, y son / iguales este y aquel / en acabando el papel. / Haz tú bien el tuyo y piensa / que para la recompensa / yo te igualaré con él. / No porque pena te sobre, / siendo pobre, es en mi ley / mejor papel el del rey / si hace bien el suyo el pobre; / uno y otro de mí cobre / todo el salario después / que haya merecido, pues / con cualquier papel se gana, / que toda la vida humana / representaciones es. / Y la comedia acabada / ha de cenar a mi lado / el que haya representado, / sin haber errado en nada, / su parte más acertada; / allí igualaré a los dos.» (personaje de El Autor)

Tenía muy buen recuerdo de cuando allá en mi lejana juventud vi una representación en mi ciudad natal de El gran teatro del mundo. Todos estos años he guardado en mi interior la profundidad filosófica, existencial, político-social, y, naturalmente, también teológica que Pedro Calderón de la Barca encerró en este auto sacramental. 

¡Ah!, exclamaréis algunos, ¡un Auto Sacramental! Vamos, un coñazo. Y no, os tengo que decir que no, que no es un peñazo, que es teatro en grado puro. A cualquiera de vosotros que agrade el arte de Talía conocer mejor a Calderón es esencial. Fijaos que fue un gran renovador del Teatro: introdujo la música, partes cantadas (es el creador de la zarzuela), efectos de magia sorpresivos, dio un papel esencial a la escenografía... Todo esto referido a aspectos propios del montaje y de la puesta en escena. Pero no quedó aquí su contribución, sino que en la órbita de las grandes celebraciones teológicas que se celebraban durante la festividad del Corpus Christi puso en pie como nadie ideas y conceptos difíciles de aprehender. Y lo hizo a través de figuras alegóricas. o sea, seres reconocibles: un Rey, un mendigo, un hombre rico, un labrador, una mujer bella... que le sirven para mostrar a través de ellos conceptos como la dominación, la pobreza, la riqueza, el duro trabajo, la hermosura... 

En El gran teatro del mundo nada más correrse el telón aparecen dos ideas primeras, constructoras de la representación a la que vamos a asistir: una es la del artífice máximo, la del creador, que en la obra se plasma en la figura del Autor, y la otra es la del Mundo, o sea, la propia existencia, en esta representación el Teatro. El actor Antonio Comas hace el papel de Autor-Dios y está sobresaliente en él. El Autor es afable, inmisericorde por momentos, pero clemente siempre. La actriz Carlota Gaviño representa al Mundo (el Teatro) y es quien reparte los papeles a cada uno de los siete actores. Estos papeles (la discreción, la riqueza, el poder, la pobreza, etc.) no son elegibles sino que es la vida la que nos los da. A nosotros sólo compete actuar con ellos en este Mundo, en este Teatro, de la mejor manera posible. El Autor no da indicación alguna de cómo llevarlo a efecto; cada ser humano haciendo uso de su albedrío lo ejecutará. Tan sólo hay un precepto que repite a cada uno de los actuantes un personaje llamado Ley de Gracia: «Obrar bien, que Dios es Dios»

Establecidos estos principios el Autor, o sea Dios, se retira del escenario del teatro, o sea del Mundo, para asistir como espectador desde un palco de la sala a la representación que harán sus criaturas. Cuando éstos demandan una indicación sobre qué hacer, cómo proceder, el Autor les remite a la Ley de Gracia que, contumaz, repite una y otra vez el precepto señalado. Según que cada una de las figuras habla y expone sus quebrantos y sus deseos, la Voz de Dios, en esta ocasión invisible, decide indicarle la salida de la representación. Unos la reciben antes y otros después, pero a todos llega y todos han de acatarla de manera inexorable. Casi todos aceptan la orden con resignación. Este comportamiento y lo hecho en vida les será tenido en cuenta por el Autor en el último instante del Auto. 

En la época en que Calderón de la Barca escribe El gran teatro del mundo (año 1671), diez años antes de su fallecimiento, estas obras teatrales tenían como finalidad la exaltación del sacramento de la Eucaristía. En la obra original el examen que hace el Creador a sus criaturas se realiza mediante la inclusión o no de las mismas en la Comunión con el Corpus Christi. Las diferencias existentes entre protestantes y católicos sobre qué se producía durante este sacramento es la justificación práctica del para qué de los Autos Sacramentales. Los católicos, de los que Calderón es parte destacada, hablan de verdadero cuerpo de Cristo (transubstanciación) , mientras que los protestantes hablan sólo de simbólico cuerpo de Cristo (consubstanciación). 

En la Obra dirigida por Lluis Homar esta Comunión se representa en forma de invitación a participar en la mesa donde Dios se encuentra. El Autor-Dios va llamando a unos y otros a participar en la celebración. Sólo el rico y el niño nonato quedan excluidos, si bien pronto el no nacido es invitado a acercarse a los elegidos.

Lo importante para los espectadores actuales de esta representación no es el mensaje místico, teológico, que Calderón quería darle, que también para quien así lo quiera, pues la CNTC es muy respetuosa con el mismo. Lo importante en mi opinión es la profundidad filosófica que se encierra en ella. Sin querer ser exagerado yo diría que don Pedro Calderón de la Barca se adelantó bastantes años a la filosofía existencialista. De hecho en la obra cuando el Mundo está repartiendo los papeles a los actores me vino a la mente Seis personajes en busca de autor de Luigi Pirandello y también la novela Niebla de Miguel de Unamuno. Personajes que desean vivir, nacer, y una vez nacidos no quieren ser juguete de su creador, se rebelan ante la idea de encontrar la muerte por el capricho del escritor.

Una obra profunda, con muchos matices, que en apariencia parece simple por eso de que en la Vida sólo hay dos puertas: el nacimiento, por la que se entra; y la de la muerte, por la que se sale. Y ninguna de las dos las elige el ser humano por sí mismo. Quizás se pueda hablar de pesimismo en esta concepción, pero no hay que olvidar que estamos en el Barroco. Bástenos recordar al gran Quevedo en alguno de sus poemas filosóficos. A mi cabeza viene ahora su soneto "¡Ah de la vida!... Nadie me responde" porque en él, como en El gran teatro del mundo, aparece la línea de pesimismo y desengaño propios del Barroco.


La obra cuando acabó recibió varios minutos de aplausos dirigidos a todo el elenco actoral, a la música de percusión en directo ejecutada por Pablo Sánchez, a la luminotecnia..., en definitiva a todos los integrantes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Una magnífica representación que puede verse en el Teatro de la Comedia (C/ Príncipe, 14, 28012  Madrid) hasta el próximo día 24 de noviembre. Merece la pena verla, os lo aseguro.

9 may 2023

Teatro de La Abadía: Andrew Bovell y Juan Mayorga (A pares XXXVII)

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Coincidentes en el tiempo se representan en el Teatro de La Abadía de Madrid dos espectáculos teatrales que he tenido oportunidad de ver. Son "Maria Luisa", última obra escrita por el académico de la española y actual director artístico de La Abadía, Juan Mayorga; y "Canción del primer deseo", obra escrita por Andrew Bovell a instancias de Julián Fuentes Rita que es quien se hace cargo de su dirección y puesta en escena. Maria Luisa se representa en la Sala Juan de la Cruz, el espacio más propiamente identitario de La Abadía, hasta el próximo 21 de mayo; Canción del primer deseo, por su parte, ocupa hasta este sábado día 14 la sala a la italiana José Luis Alonso.


He disfrutado mucho más de la obra de Andrew Bovell que de la de Mayorga. Sin embargo acudí con más convencimiento a la de este último que a la del primero. La trayectoria del actual director de La Abadía me inducía a ello pues he sido testigo de magníficas obras suyas como La tortuga de Darwin que me encantó; El mago;  El chico de la última fila, ¡interesantísima!; o El Golem, que vi no hace tanto y que me pareció más compleja y filosófica que las otras tres. 




Maria Luisa
Teatro de La Abadía, Juan Mayorga
En Maria Luisa Mayorga sigue la senda del pensamiento profundo y filosófico presente en El Golem focalizando esta vez en la soledad de una mujer mayor, María Luisa (Lola Casamayor), cuya falta de comunicación habitual con otros, salvedad hecha de su amiga Angelines (Marisol Rolandi), la lleva a vivir en un confuso mundo mezcla de realidad y fantasía. Aparte de Angelines María Luisa sólo se ancla a la realidad gracias al portero (Paco Ochoa) del edificio donde vive. Es éste quien le habla sobre la conveniencia de colocar algún nombre más junto al suyo en el buzón de correo, habida cuenta de los muchos robos que se estaban produciendo por el barrio a personas mayores. Los nombres que María Luisa decide poner son por demás sorprendentes y hasta en cierto modo estrafalarios: Emerson Azzopardi (Juan Paños), un joven poeta que vive en un mundo de palabras; Benito Beckenbauer (Juan Codina), un viejo militar que ansía dar un golpe para instaurar una dictadura en la creencia de que está apoyado por todo el pueblo; y ya más tarde Juan Olmedo (Juan Vinuesa), hombre conservador más reconocible y al que María Luisa identifica como el novio que no tuvo, el objeto de su deseo insatisfecho. Los tres viven en la fantasía de María Luisa a la que acompañan en su soledad, en sus desplazamientos por la ciudad, a la que aconsejan y a la que, entre ellos, se disputan.

El planteamiento del que parte la obra me pareció muy interesante, así como la actuación de los actores me pareció justa sin ser sobresaliente. Sin embargo creo que la obra no acabó de entusiasmarme al fallar en mi opinión la puesta en escena. El decorado me pareció de una simpleza propia del teatro de marionetas, la distribución de espacios sobre la tarima de la sala principal de La Abadia no me ayudó para nada a meterme de lleno en la obra, incluso la mímica realizada por la actriz principal en sus desplazamientos dentro y/o fuera del edificio me pareció de una simpleza excesiva. El propio Mayorga en el programa de mano justifica esta puesta en escena en el intento de identificar vejez y pérdida de facultades con el mundo infantil; de ahí esa sensación de teatro colegial, de caricatura, de teatrillo de títeres. No sé, el caso es que a mí no acabó de convencerme.

Tampoco me convenció desde el punto de vista argumental ese mostrar a los ancianos siempre como seres insatisfechos, personas que han pasado por la vida sin haberla degustado debidamente. Son tantas las veces que, en nuestra propia realidad, tales mensajes son lanzados por unos y por otros que, al menos a mí así me sucede, la propia reiteración de los mismos consigue hacerlos pocos creíbles. En este sentido María Luisa vivirá en su imaginación y fantasía cuantas cosas no ha vivido en la realidad: la diversión a través del baile en locales tenidos de mala nota, la pasión por la conversación, e incluso la culminación del deseo. 




Canción del primer deseo
Teatro de la Abadía, Andrew Bovell
Si María Luisa finaliza con la realización de los deseos, Canción del primer deseo se queda siempre ahí, en el ansia por, como dice uno de sus personajes, acariciar y ser acariciado, desear y ser deseado. Andrew Bovell ha tomado como eje de la obra el poema de García Lorca Cancioncilla del primer deseo. Es un poema sencillo, simple, que da pie al título y sostiene a Camelia (Consuelo Trujillo), personaje principal de la obra al que al inicio de la misma vemos ya mayor y perdida en la nebulosa de la desmemoria; sólo mantiene lazos con la realidad a través del recitado de este hermoso poema de Lorca que habla de amor y que en sí mismo resume lo que ha sido la trágica vida de esta mujer. 

Y es que esta obra va de historia, de la necesidad de asumirla, de no arrinconarla. Es un repaso de la historia reciente de España desde la Guerra Civil  hasta nuestra inmediata actualidad pasando naturalmente por el franquismo y sus consecuencias: el exilio, la pérdida de identidad, los abusos cometidos, el restañar de las heridas... Pero lo mejor es que todo esto lo hace el autor combinando a la perfección tres generaciones de seres que pivotan en torno a Camelia, madre de dos mellizos (Julia y Luis), que la cuidan en la vieja casa que fuera de su padre, funcionario relevante de la policía franquista. Camelia es hermana melliza a su vez y se vio separada de su hermano por culpa de esta represión. Todo, al inicio de la representación, va como de costumbre: los hermanos Julia (Pilar Gómez) y Luis (Jorge Muriel) lanzándose pullas a propósito de la mayor o menor implicación en el cuidado de la madre senil; el jardín con el brocal del pozo en medio aparece descuidado y sucio por demás;  y al fondo un muro desportillado.

Todo cambia cuando Luis se presenta un día en casa con un joven colombiano (Borja Maestre) al que acaba de contratar -le dice a Julia, si bien ella vislumbra en la cara de Luis el deseo- para cuidar a la madre. Este inmigrante es un revulsivo en la vida de esta familia despertando recuerdos voluntariamente enterrados en la madre, deseos eróticos hacia él en ambos hermanos y evocaciones del duro pasado vivido por la madre de Camelia cuyo marido -el padre de Camelia, pues- fue fusilado y la madre tuvo que elegir entre ella -Camelia- o el hermano. Eligió al hermano y con él en brazos partió al exilio. No quiero contar más pues uno de los alicientes de la representación nace de la pura narratividad contenida en la misma. Los descubrimientos y giros argumentales tienen su importancia y mantienen vivo el interés del espectador.

Esta narratividad que señalo hace que aparezcan en la representación de apenas 90 minutos una infinidad de asuntos que, creo, provocan el descreimiento y cargan la obra de cierta inverosimilitud. ¿Cómo es posible que tantas cosas le hayan ocurrido a este ramillete de seres: apropiación de bebés por gerifaltes del Régimen, represión política, torturas, represión de la homosexualidad, explotación sexual y abusos sexuales en el seno de la familia, desprecio a los inmigrantes... Luego también hay un abuso, por muy metafóricos que sean, de tópicos (Goya, Luis Buñuel, García Lorca...) y de imágenes: el pozo al que se ha ido echando toda la basura hasta cegarlo, pozo que el joven colombiano se ofrece a limpiar; los mellizos que representan esas dos Españas en conflicto permanente; la anciana sin memoria que es el país que ha decidido voluntariamente olvidar; el homosexual y su identificación con Lorca; etc. 

En mi opinión son demasiados mimbres para cesto tan pequeño. Pienso que  Andrew Bovell debería haber elegido otro formato literario -el de la novela, por ejemplo- para acoger en varios cientos de páginas lo que en hora y media no tiene cabida.  Pese a esta objeción he de decir que la manera de entretejer todos estos materiales me pareció perfecta. Creo que el director Julián Fuentes Rita borda una puesta en escena perfecta. 

Otro tanto en cuanto a perfección puedo decir de los cuatro actores que dan vida a los personajes de estas tres generaciones de seres. Los cuatro se transmutan debidamente cuando dejan de ser Luis, Camelia, Julia y el inmigrante colombiano, y pasan a ser el padre franquista, la madre despojada de su hija, la hija amable de la pareja autoritaria, y/o el represaliado político torturado por la policía. Los cuatro, como digo, están muy bien. Son ellos, junto a la muy buena escenografía e iluminación, los que sostienen una obra que, como ya he dicho, se desmanda en el número de asuntos que toca.

El poema lorquiano es bellísimo. No me resisto a colocarlo aquí como cierre de esta reseña doble:


Teatro español, Generación del 27
En la mañana verde,
quería ser corazón.
Corazón.

Y en la tarde madura
quería ser ruiseñor.
Ruiseñor.

(Alma,
ponte color de naranja.
Alma,
ponte color de amor)

En la mañana viva,
yo quería ser yo.
Corazón.

Y en la tarde caída
quería ser mi voz.
Ruiseñor.

¡Alma,
ponte color naranja!
¡Alma,
ponte color de amor!






8 mar 2023

Coraje de madre de George Tabori

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George Tabori, holocausto judío, Hungría fascista

Estoy fuera de mí de pura satisfacción. Mucho tiempo hacía que una representación teatral no me gustaba y sorprendía tanto. Hablo y me refiero a Coraje de madre, obra que firma el húngaro George Tabori y que yo he visto el pasado domingo en el Teatro de La Abadía de Madrid. Salí encantado del teatro. La representación me pareció una maravilla, una preciosidad, una auténtica "delicatessen". Y eso que el asunto que toca no es nada amable, más bien al contrario. 

Estamos en Budapest durante el año de 1944.  Elsa Tabori (Isabel Ordaz), madre del autor de la obra, es detenida y obligada a subir a un tren que se dirige al campo de exterminio de Auschwitz. Viajan 4000 personas en 20 vagones de transporte de ganado; el ambiente dentro del vagón, donde sin poder moverse está Elsa junto a 200 personas más, es asfixiante. Todos saben que éste será su último viaje, que todo lo que hagan será lo último que puedan realizar en esta vida. Elsa también lo sabe y por eso justifica en su fuero interno no pocas de las acciones de alguno de los viajeros que la acompañan. 

Al llegar a Polonia, poco antes de ingresar en Auschwitz el tren se detiene y todos son obligados a descender. Por no se sabe qué motivo, Elsa se atreve a entrar en una sala donde junto a unos guardias húngaros está un joven oficial alemán que le pregunta qué quiere. Ella le dice que en su caso todo es una tremenda equivocación, que ella no debiera de estar allí, que ella tiene un salvoconducto que la exime, pese a portar bien visible sobre su pecho la estrella amarilla de judía, de ser extraditada. Al solicitarle el oficial que se lo muestre, ella, totalmente desolada, le dice que lo dejó en su casa de Budapest. El joven mira los hermosos ojos azules de esta mujer y, quizás evocando otros semejantes, ordena que vuelva en otro tren a Budapest para buscarlo. 

La suerte, el azar, la bondad en medio de la crueldad más infame, la inocencia... Todo esto subyace en este drama de George Tabori. Un drama muy narrativo pues en escena encontramos al propio George (Pere Ponce) escribiendo, escuchando, leyendo -¡a su propia madre!- los sucesos vividos durante su primera juventud por esa mujer, quien en un claro ejercicio metaliterario interviene en el discurso narrativo de su hijo para corregirlo, censurarlo, pedirle que no imagine cosas que no fueron, que sea algo más humilde, que evite arrebatos literarios algo fuera de lugar...

Cualquiera se dará cuenta de que el título de la obra resulta de un volver del revés el de la famosa pieza teatral Madre Coraje que Bertolt Brecht  escribiera en 1939. Precisamente son la estética y puesta en escena típicas del teatro épico creado por Brecht lo que Helena Pimenta, directora de la obra de Tabori, utiliza, con mucho acierto en  mi opinión. Así, pese a la inmensa seriedad y dramatismo que contiene el asunto, el tono y el montaje (vestuario, atrezzo, maquillaje) utilizados son propios del mundo circense. Los policías fascistas húngaros (Xavi Frau y David Bueno) aparecen vestidos cual si fueran inocentes y divertidos boy scouts, Elsa Tabori (Isabel ordaz) lleva los mofletes con el colorete típico de los payasos y en ocasiones imposta una voz que mueve a la risa, aunque en otras ocasiones emplea un tono radicalmente opuesto. Tan sólo en el aspecto externo (vestuario y maquillaje) George Tabori (Pere Ponce) y  el oficial alemán (Sasha Tomé) se muestran sin distorsión alguna; son ellos dos el punto de arraigo con la absoluta realidad del mundo: por un lado el nazismo y por otro los sufridores del mismo. 

Coraje de madre. George Tabori. Tealtro de la Abadía
La técnica del distanciamiento, la ruptura del encantamiento, unido al teatro narrativo (novela teatral) practicado en Coraje de madre son características propias del teatro épico, del teatro de denuncia. De esta manera se intenta evitar la identificación sentimental de los espectadores con lo que sucede sobre las tablas. Elsa Tabori se libró de ir a los hornos crematorios por un acto generoso de un partícipe en la monstruosidad nazi. Podría suceder que como la señora Tabori y su propio hijo los espectadorres suframos el síndrome de Estocolmo al valorar positivamente esta acción. A evitar esto se esfuerza George Tabori al construir una obra con elementos que mueven a la risa, con una enorme poeticidad en el lenguaje utilizado, y que, paradójicamente, pretende mostrar -y lo consigue, ¡vaya si lo consigue!-el horror diario sufrido por los judíos durante esos años terribles. Gracias a esto y en medio de la belleza, la hilaridad por momentos y el sentimentalismo, el espectador percibe la enorme monstruosidad que supuso la barbarie nazi. Fantástico.

Todos los actores rayan a una enorme altura, pero sin duda alguna Pere Ponce e Isabel Ordaz destacan con mucho por encima de los otros tres. Pere Ponce dice el texto con una variedad de matices, modulaciones en la voz y gestualidades que por sí solo absorbe la atención del patio de butacas. Isabel Ordaz, por su parte, muestra en esta obra la faceta menos conocida por el público, muy acostumbrado a sus papeles de mujer madura algo ingenua, tonta y despistada, que habitualmente realiza en seriales televisivos en los que participa. Efectivamente he visto y admirado en Coraje de madre a una muy buena actriz que sabe pasar del humor a la seriedad sin descomponer el gesto, con una naturalidad muy difícil de encontrar en actores que se encasillan en un tipo de personaje que acaba devorándolos. No es el caso de la Ordaz. ¡Bravo por ella y otro bravo por Pere Ponce!

En un local anexo a la Sala San Juan de la Cruz donde tiene lugar la representación hay una exposición sobre George Tabori, con fotos de la puesta en escena original de Coraje de madre, dirigida por el mismo Tabori y protagonizada por Hanna Schygulla; el manuscrito de la obra; imágenes de otros espectáculos escritos y dirigidos por Tabori; y extractos del documental ‘George Tabori. El escritor como extranjero’.



La obra está en cartel en el Teatro de la Abadía de Madrid hasta el próximo día 19 de marzo. Si tenéis oportunidad, no os la perdáis. Repito: es una maravilla.





29 dic 2022

Tres hermanas. Obra de Anton Chéjov

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Las tres hermanas, Tres hermanas, Tío Vania, La Gaviota, El jardín de los cerezos
Calificar el teatro de Anton Chéjov es siempre un gran atrevimiento. ¿Se le puede dar algo menos que la nota máxima? Pienso que no; pero puestos a ello, examinando en mi cabeza las obras del gran autor ruso, me refiero a sus cuatro grandes títulos: Tio Vania, El jardín de los cerezos, La gaviota, y ésta, es evidente -hablo por mí, naturalmente- que "Tres hermanas" o "Las tres hermanas", que de las dos maneras, con artículo y sin él, aparece la obra, es la que menos popularidad ha alcanzado.

¿Quiere esto decir que es una obra deficiente o mala? Para nada. Ponerse a enjuiciar a un gran maestro del drama -quasi reinventor del mismo, como es Chéjov- no es pequeño atrevimiento. Tres hermanas es una magnífica pieza de corte realista naturalista que muestra un fresco de la burguesía rusa de finales del siglo XIX representada en las tres hermanas Prozorov: Masha, Olga e Irina. Las tres están bajo la férula de varones. Olga e Irina están solteras y aspiran a encontrar marido entre alguno de los jóvenes militares del destacamento que ha llegado a la aldea y que acuden a visitarlas a la casa familiar. Sólo Masha parece haber cumplido su destino como mujer al estar casada, pero su marido no es más que un pobre y mediocre maestro que no le sirve para dar ningún salto social y que tampoco la satisface íntimamente.

El lugar en la sociedad que ocupan las mujeres y la posibilidad de realizarse como personas es lo que en el fondo plantea Anton Chéjov. El pesimismo y la desilusión se abate sobre estas tres mujeres cuando ven marchar de la pequeña localidad al destacamento militar sin que ninguna de ellas haya podido hacer realidad su deseo. Así Olga se habrá de conformar con ser directora de la pequeña escuela del lugar, la pequeña Irina tendrá que aceptar el matrimonio con un barón al que ella no ama, y Masha, la mayor, quitarse los pájaros que tiene en la cabeza de romances y aventuras con guapos militares y conformarse con su vida junto al maestro mediocre con quien en matrimonio concertado se casó cuando sólo contaba 18 años.

Juan Pastor, Anton Chéjov, María Pastor
Pero ¿por qué les sucede esto a estas tres hermanas? Pues sencillamente porque mientras vivió el padre ellas tuvieron vida y tono social, pero al morir éste todo pasó por ley a manos del hermano Andréi. Andréi es jugador, está casado con Natasha y tienen hijos. Su necesidad de dinero, por su ludopatía, y la enemistad existente entre su mujer y las hermanas hará que éstas se vean obligadas a abandonar la casa paterna que ahora por ley ya no les pertenece.

Decadencia, pues, de una clase burguesa, empobrecimiento de esta burguesía venida a menos, cambio de época, necesidad de la mujer de buscarse medios propios y honestos de supervivencia fuera del matrimonio... Todo esto y más se plantea en Tres hermanas drama que Anton Chéjov publicó en 1901 y que desde entonces se ha representado en muchas ocasiones. Hoy, de las cuatro obras cimeras del dramaturgo ruso, Las tres hermanas es, quizás, la más actual, al plantear al desnudo la necesidad de la mujer de ganar por sí misma su independencia como persona.

En enero de 2016 la compañía Guindalera la representó en los Teatros del Canal. En el video siguiente María Pastor dialoga con el crítico teatral Emilio Martínez sobre esta puesta en escena. El reparto de Tres hermanas en este montaje teatral estaba formado por Victoria Dal Vera (Olga), María Pastor (Masha), Ariana Martínez (Irina), Raúl Fernández (Andrei), Susana Hernáiz (Natasha), Juan Pastor (Chebutikin) , José Bustos (Tusenbach), José Troncoso (Soliony), José Maya (Kuliguin), Carles Moreu (Vershinin) y Aurora Herrero (Anfisa).


Nota:
Tres hermanas de Anton Chéjov me sirve para añadir un título más al Reto Nos gustan los clásicos que así queda definitivamente completado; también es el escritor que coloco en la grafía 'CH' en el Reto Autores de la A a la Z, reto que con este título y el de Claudia Piñeiro que añadiré pasado mañana queda asimismo felizmente completado.