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8 abr 2025

Teatro y Novela, "Nada" de Carmen Laforet y "El cuarto de atrás" de Carmen Martín Gaite (A pares XLIV)

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Desde que en diciembre del año pasado viera la adaptación teatral de la novela Nada de Carmen Laforet en el Teatro María Guerrero de Madrid llevaba semanas -ya más bien meses- pensando escribir algo en este blog sobre las líneas que marcan frontera entre géneros y la conveniencia, acierto o lo que sea que supone traspasarlas o no.  No es la primera vez que asisto a representaciones teatrales de historias nacidas como relatos. Recuerdo con inmenso agrado algunas de ellas ya lejanas en el tiempo: "Tirano Banderas" de Valle Inclán o "El baile" de Irene Nemirovski, podrían servir de ejemplo. Pero las dos que he visto últimamente, una la ya citada de Nada, y la otra, la teatralización de El cuarto de atrás de la salmantina Carmen Martín Gaite, en mi opinión no logran superar del todo el listón del encantamiento exigible a cualquier pieza teatral. 

 
Unas palabras sobre la adaptación teatral de Nada de Carmen Laforet 

«Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba la gran Estación de Francia y los grupos que estaban esperando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso.»

Premio Nadal de 1944, Primer Premio Nadal
La adaptación de Nada, la novela firmada por una jovencísima Carmen Laforet, ganadora en 1944 con ella del Premio Nadal en su primera convocatoria, me pareció que padecía de un exceso de voz en off para la figura del narrador. El mismo intervenía con inusitada frecuencia en la pieza siendo en ocasiones sus parlamentos de una extensión excesiva. Se convertía así la obra dramática más en una novela leída que en una obra representada. A este, en mi opinión, defecto, habría que añadir la exagerada duración de la representación -nada menos que tres horas con descanso- y la tardía hora de inicio de la sesión, las 20:30 horas de la tarde. Estos tres malos mimbres provocaron en mí que la excelencia de la magnífica puesta en escena de la directora teatral Beatriz Jaén se diluyese y no lograse que yo saliese satisfecho de la función. De los tres defectos señalados el que, en mi opinión, hace más flaco favor a la obra es el de su excesiva duración, lo que revela una adaptación escasa, una insuficiente reducción a lo esencial, un no saber sustituir debidamente los rasgos propios de la narración por otros más característicos de la dramatización. Esta adaptación, en mi opinión poco lograda, corre a cargo de Joan Yago


Beatriz Jaén, Joan Yago, Carmen Barrantes

Tras mi asistencia al teatro, no volví a leer la novela. Tenía bastante presente en mi memoria la historia de Andrea, la chica huérfana que al acabar la guerra civil va a estudiar a Barcelona alojándose en casa de su abuela. Andrea recuerda la Barcelona anterior a la guerra y ahora comprueba lo mucho que ha cambiado la vida en la calle Aribau donde está la casa de l'àvia (abuela en catalán). El ambiente, la atmósfera que se vive tanto en la casa como en la calle es bien diferente al que ella recordaba. Los personajes (sus tíos Román y Juan, su tía Angustias, Gloria, la abuela y Antonia -la criada-) viven en permanente tensión; hay una violencia subyacente y una oscuridad terrible en todos ellos. La joven de dieciocho años que es Andrea quiere vivir la vida con intensidad; ella tiene sueños, es rebelde, no quiere verse doblegada por la angustia existencial en que vive sumido todo el país. Sólo sus amigos de la universidad, en especial su amiga Ena, la ayudarán a sobrevivir. Con Ena tiene una relación de amistad especial que no es amor, pero sí más que mera amigabilidad; ambas son mujeres diferentes, se les decía "raras" por entonces, son precursoras de lo que hoy se entiende por sororidad. 




Sobre la adaptación teatral de El cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite

Ya en 2025, concretamente un día del mes pasado, asistí en el teatro de La Abadía a la adaptación teatral de la novela El cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite. La novela la publicó la autora salmantina en 1978 y según confiesa en la misma comenzó a escribirla el mismo día en que Francisco Franco murió. El Teatro de La Abadía ha recordado a la escritora perteneciente a la generación narrativa de 1955 con motivo de cumplirse este mismo año cien de su nacimiento y 25 de su fallecimiento. Lo ha hecho con dos representaciones, las dos adaptaciones de sendas novelas suyas: "Caperucita en Manhattan", novela de 1990,  y El cuarto de atrás

Adaptaciones teatrales de novelas, Emma Suárez
Resultó que cuando quise adquirir entradas para la primera ya no había localidades. Busqué para la segunda y de casualidad encontré dos butacas esquinadas en la última fila de la sala. Seguramente que ese día se jugase un competido partido de champions entre los dos principales equipos madrileños propició la existencia de esas dos entradas libres. Sea como fuere el caso es que yo, salmantino como la propia Martín Gaite, pude así rendir debido tributo a esta magnífica novelista. No había leído de manera completa esta novela antes de ver la representación, algo que si he hecho finalizada la misma. Pero antes de hablar de mis impresiones sobre esta lectura quiero exponer mi opinión sobre la puesta en escena de la misma.


La adaptación me pareció mucho mejor que la de la novela de Carmen Laforet a la que me he referido al comienzo de esta entrada. Aquí estamos ante una historia mezcla de realidad, onirismo, ensoñación y fantasía infantil que María Folguera, adaptadora de la obra, ha sabido llevar a las tablas con acierto. No hay en este caso exceso de narración en off que tanto perjudicaba a Nada, aquí vemos a una mujer adulta -la propia escritora- que en estado de vigilia por su dificultad para conciliar el sueño recibe la visita de un entrevistador que ella, en esa circunstancia, a medio camino entre la realidad y la ensoñación, viene a relacionar con aquel otro ser de alas negras que en su niñez la 'visitaba' cuando no podía quedarse dormida. La adaptación teatral se sostiene gracias a la magistral actuación de Emma Suárez que casi en un auténtico monólogo lleva al espectador del hoy al ayer, de lo real a lo imaginado, de un lugar físico a otro, de la ciudad de Salamanca a la de Madrid..., en una mezcla de espacios y tiempos que si en el texto escrito ya conlleva una cierta dificultad de intelección en el teatral es aún mayor. Pero la dificultad es superada con sobresaliente junto a la magnífica actuación de Emma Suárez, auténtica sostenedora y salvadora de la representación, por la de sus partenaires Alberto Iglesias y Nora Hernández.  

Si bien en términos generales salí satisfecho de la representación hubo dos elementos de la puesta en escena de la que son responsables Rakel Camacho como directora y María Folguera como adaptadora del texto que me sorprendieron y menoscabaron mi satisfacción. Fueron éstas el cubo en el que confinaron la historia y que giraban para un lado u otro según que deseaban llevarnos a un momento u otro, a un espacio u otro; y la bañera que ocupaba el centro de la escena en lo que simulaba ser el dormitorio o cuarto de estar de la novelista insomne. ¿Por qué se metía en esa bañera la mujer adulta a veces sola y otras en compañía de la chica que aparece por la casa en un momento de la representación? Sólo le encuentro una posible explicación: querer transmitir al espectador el extrañamiento, el onirismo, en que está inmersa la mujer que no puede dormir como desearía; un momento en el que acuden a su cabeza una multiplicidad de ideas, de recuerdos, cruces entre el hoy y el ayer. La ilógica presencia de la bañera allí donde debiera haber una cama o un sofá quizás pretenda abocarnos a la irracionalidad con que se suceden las imágenes o se ordenan los pensamientos en esos momentos de vigilia y ensoñación que preceden a la pérdida total de la conciencia al quedarnos dormidos. 


Comentario sobre la novela El cuarto de atrás
El caso fue que nada más salir del teatro me hice el firme propósito de leer la novela lo más pronto posible y comprobar si la bañera de marras también aparecía en El cuarto de atrás. Fue así como leí completa esta novela de Carmen Martín Gaite, la quinta en el orden de su producción. 

«Mi casa de Salamanca tenía dos pasillos paralelos, el de delante y el de atrás, que se comunicaban por otro pequeñito y oscuro, en ése no había cuartos, lo llamábamos el trazo de la hache. Las habitaciones del primer pasillo daban a la Plaza de los Bandos, las del otro, a un patio abierto donde estaban los lavaderos de la casa y eran la cocina, la carbonera, el cuarto de las criadas, el baño y el cuarto de atrás. Era muy grande y en él reinaban el desorden y la libertad, se permitía cantar a voz en cuello, cambiar de sitio los muebles, saltar encima de un sofá desvencijado y con los muelles rotos al que llamábamos el pobre sofá, tumbarse en la alfombra, mancharla de tinta, era un reino donde nada estaba prohibido.»

Salamanca en la obra de Martín Gaite
La novela me ha encantado. Hacía ya tiempo que no leía alguna obra de esta escritora, salmantina como yo mismo. Me ha gustado por muchas cosas, no siendo la menor la multiplicidad de referencias a Salamanca, tanto a su paisaje urbano, costumbres y paisanaje.  La familia de la escritora me ha sido fácilmente identificable, no porque la conociese de primera mano, sino porque su tipología y manera de proceder era característica de otras muchas otras de su nivel. El padre era notario y la madre «hubiera querido estudiar una carrera, como sus dos hermanos varones, pero entonces no era costumbre, ni siquiera se le pasó por la cabeza pedirlo». Su apellido materno procedía de Galicia, de ahí el apelativo Carmiña con que la novelista era denominada en su casa. La afición a la lectura que desde muy temprana edad tuvo Carmiña se la inoculó su madre a quien «le encantaba, desde pequeña, leer y jugar a juegos de chicos». Fue ella quien le aconsejaba lecturas, gracias a las cuales la Martín Gaite fue haciéndose con un  criterio literario propio. De las lecturas que por entonces, con poco más de dieciocho años, hacía dice:
«me gustaba todo el proceso del enamoramiento, los obstáculos, las lágrimas y los malentendidos, los besos a la luz de la luna, pero a partir de la boda, parecía que ya no había nada más que contar. [...]
Un día una señora había dicho de mí, moviendo la cabeza con reprobación: "Mujer que sabe latín no puede tener buen fin" [...]
Por aquel tiempo, ya tenía yo el criterio suficiente para entender que el "mal fin" contra el que ponía en guardia aquel refrán aludía a la negra amenaza de quedarse soltera.»
 En la novela, como también se ve en la adaptación teatral, el tiempo avanza y retrocede de manera caprichosa al descubrir un papel, un objeto, una caja de metal, verse en el espejo y verse en su imaginación de niña, pensar en la casa donde vive de adulta en Madrid y evocar la libertad de la que disfrutaba en Salamanca incluso durante los años terribles de la Guerra Civil que su familia pasó allí. Fue durante estos años cuando la niña Carmiña de unos doce o trece años quería parecerse a otra niña de igual nombre y edad que ella, Carmencita Franco (Carmen Franco Polo nació en 1926 y la novelista en 1925), a la que vio en su ciudad una o dos veces. Estaba junto a su padre, Franco, quien había instalado el Gobierno de la España sublevada en el Palacio del Obispo de la ciudad.
«—¿Envidiaba usted a Carmencita Franco? —pregunta, inopinadamente, mi entrevistador.
Por primera vez desde que ha entrado, se me ocurre pensar que es un entrevistador y le miro con una especie de asombro mezclado de simpatía. [...]
—Pues sí, la envidiaba un poco por el pelo —digo— como a Diana Durbin. Para la moda de entonces, lo ideal era el pelo ondulado y yo lo tenía muy liso.»
Esta referencia al tiempo real de su infancia y adolescencia le sirve a la escritora para darse un baño de costumbrismo en el relato. Hay muchas referencias a las costumbres de la época, a los oficios que se practicaban, al proceder durante la Guerra, a la manera de obrar de ciertas clases provincianas adineradas como la suya.
  • «—¿Se acuerda usted de los bombardeos de la guerra? —Miro al hombre de negro sin comprender, al principio, a qué guerra se refiere, si a la de Sucesión o a la del año treinta y seis. 
 —¿De los bombardeos? Sí, sí que me acuerdo. Un día cayó una bomba en una churrería de la calle Pérez Pujol, cerca de casa, mató a toda la familia del churrero; la niña era muy simpática, jugaba con nosotros en la plazuela, al padre no le gustaba ir al refugio, decía que prefería morirse en casa, que lo que está de Dios, está de Dios.» (sobre la Guerra Civil en Salamanca)
  • «Las "costureras de toda la vida", vivían en pisos bajos y modestos, sin rótulo en la puerta, y solían tener en la alcoba oscura donde nos tomaban las medidas y nos probaban, una cama con almohadones de muchos colores entre los que yacía una muñeca de China con peluca empolvada y zapatitos de raso. Cuando venían a coser a las casas, traían dulces o caramelos para los niños, les contaban historias y les regalaban carretes vacíos y recortes de la labor [...]  
«Las modistas propiamente dichas, es decir, las que habían tenido la suerte de afianzarse en su nombre de tales, no venían nunca a las casas, y eran apreciadas a tenor del lujo con que se hubieran montado y de la lentitud con que llevaran a cabo los trabajos. A mí siempre me extrañó el hecho de que su prestigio estuviera en razón inversa con la prontitud en terminarlos y nunca en razón directa. «Es buenísima, pero tarda mucho, hasta después de Navidad no te lo tiene», se solía decir, como una recomendación infalible.»
(costureras y modistas)
  • «"Eso, cuando vayamos a Madrid; mejor en Madrid" Todo se dejaba para comprarlo, verlo o consultarlo en el próximo viaje, que ya faltaba poco, vivíamos de aquella experiencia fraudulenta. A Madrid se venía, en primer lugar, de modistas [...] Otro de los objetivos fundamentales del viaje a Madrid era asistir  a los estrenos de cine o de teatro que no hubieran llegado a provincias (de la diferencia existente entre las provincias y la capital)
Escritoras españolas del siglo XX
Curiosamente, en una novela de tono autobiográfico, en la que la autora rememora episodios vitales de su infancia. adolescencia y juventud primera, no hay referencia alguna a sus relaciones amorosas y matrimoniales con compañeros de generación literaria (la de 1950, para unos, o 1955, en el sentir de otros). Concretamente al llegar a Madrid la escritora contactó, a través de Ignacio Aldecoa, a quien había conocido estudiando Filología Románica en la Universidad de Salamanca, con los integrantes de la generación literaria de 1950. Con uno de estos jóvenes, Rafael Sánchez Ferlosio, se casó en 1953. Fruto de esta unión que duró hasta el año 1970, fueron dos hijos: Miguel que falleció de meningitis con sólo siete meses de edad, y Marta con la que viviría en Madrid hasta la muerte de ésta en 1985 con 29 años víctima del sida. Nada de esto se dice en la novela. Tan sólo, muy tangencialmente, aparece la figura de su hija Marta volviendo de noche a casa y encontrando dormida a su madre con papeles y el libro de Todorov esparcidos por el suelo

El hombre de sombrero y alas negras de las vigilias de su infancia se transforma, cuando de la Carmiña infantil se pasa sin solución de continuidad a la insomne Carmen adulta, en un entrevistador. Gracias a este artificio en la novela podemos asistir a un discontinuo repaso biográfico de su producción literaria. Así se habla de sus inicios en la literatura fantástica, de la atracción que sobre ella ejerce lo fantástico, lo mágico, la sensación de extrañeza. Lo comenta el hombre del sombrero negro cuando alaba en su primera novela, "El balneario", la parte fantástica, pero le echa en cara la racionalidad en la que recae tras sus incursiones en lo extraño. En cierto modo es lo que está haciendo en El cuarto de atrás, viajar de la extrañeza a la racionalidad, de la imaginación onírica a la realidad. De lo fantástico e imposible a lo verosímil
«Hay un punto en que la literatura de misterio franquea el umbral de lo maravilloso, y a partir de ahí, todo es posible y verosímil; vamos por el aire como en una ficción de Lewis Carroll, planeando sobre los tejados de una ciudad, es de noche y ella se agarra fuerte de mi mano y se ríe con el pelo alborotado, porque hace mucho aire»
Y es que hay mucha, muchísima, literatura en esta novela. Se inicia con ese libro de Todorov que la novelista está leyendo en la cama y con el que se queda dormida e ingresa en ese territorio donde todo, como decía Quevedo, se mezcla, se confunde y se bazuca. 
«Introducción a la literatura fantástica de Todorov, vaya, a buenas horas, lo estuve buscando antes no sé cuánto rato, habla de los desdoblamientos de personalidad, de la ruptura de límites entre tiempo y espacio, de la ambigüedad y la incertidumbre; es de esos libros que te espabilan y te disparan a tomar notas, cuando lo acabé, escribí en un cuaderno: "Palabra que voy a escribir una novela fantástica"»
 
Y esa novela fantástica que piensa escribir, que está escribiendo, que ha escrito y descubrimos al final de la novela, no es otra que la que tenemos en nuestras manos. Esta manera de proceder literariamente es muy propio del momento en que Carmen Martín Gaite está escribiendo esta narración, en pleno posmodernismo literario.
"El cuarto de atrás" en teatro

Muchísimas reflexiones metaliterarias cruzan el relato. Son reflexiones muy interesantes y muy reveladoras del propio quehacer escritural de la novelista. Ya sólo por ellas merece mucho la pena leer este libro. pero es que además está escrito de manera muy hermosa, con cierto toque poético que le sirve de pasarela del mundo real de la edad adulta al mágico de la niñez. Esta poeticidad creo que la han logrado transmitir a las tablas la directora y la adaptadora teatrales. Pero, ¿era preciso para lograrlo colocar una bañera en el centro de la escena? Yo pienso que no. 

26 nov 2024

"La puerta secreta" de Marlen Haushofer

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« El campo del amor es de por sí el más falaz y el más tornadizo de los que existen. En él, uno sólo puede estar seguro de sí mismo, y eso a condición de no ser demasiado joven y tener experiencia. Porque en la juventud uno simplemente está enamorado del amor, no de la pareja; y la mayoría de las personas permanecen estancadas en ese estadio.»

Editorial Siruela,Feminismo,autoras austriacas
Llego hasta La puerta secreta vía la magnífica reseña que en julio de este año Lorena, administradora del blog El pájaro verde, le dedicó. Es Lorena una excelente y muy fiable degustadora de la buena literatura. Le gustan los libros exigentes con el lector, que la remuevan por dentro, que incluso la incomoden y la revuelvan; en definitiva no le agrada la literatura de consumo, la fast food literaria tan abundante hoy en día. Cuando Lorena reseña sus lecturas lo hace con suma belleza, señalando con tal nitidez el cúmulo de evocaciones literarias que, mientras las realiza, le vienen a la mente,  que es un enorme placer perderse en sus estupendas entradas. Así lo hago yo con frecuencia y confieso que leyéndolas disfruto lo indecible. Desde aquí, pues, a quienquiera  que desee conocer buenos libros, buenas novelas, le recomiendo frecuentar El pájaro verde donde Lorena reseña libros de calidad. Pero pasemos ya a la novela de Marlen Haushofer.

La escritora es una austriaca nacida el año 1920 en Frauenstein (Austria) y desaparecida, víctima de cáncer de huesos, en Viena el año 1970. La puerta secreta vio la luz en 1957; antes de ella Marlen Haushofer ya había alcanzado cierta notoriedad literaria gracias a dos libros: la novela corta "El quinto año" (Das fünfte Jahr) que la dio a conocer y "Un puñado de vida" que, según dice Manuela Reichart en el epílogo que sigue al texto de La puerta secreta  publicada por Siruela en 2003, «el libro sale en 1955, recibe críticas benévolas e incluso es traducido, pero no se convierte en un gran éxito». Con estos tres primeros títulos ganó premios en su país, aunque el verdadero éxito le llegaría con El muro novela aparecida en 1963 y distinguida con  el Premio Arthur Schnitzler. Ya en 1968 obtendría el Premio Nacional de Literatura por su colección de relatos "Fidelidad terrible" (Schreckliche  Treue).

Los datos bioliterarios anteriores los tomo del magnífico epílogo que he citado. En él Manuela Reichart muestra, tomando como referencia los tres principales títulos novelescos de Marlen Haushofer, la evolución que en ellos cree observar respecto al asunto mujer que la autora presenta. En Un puñado de vida una mujer regresa sola a su pueblo sin ser reconocida tras haber estado ausente 20 años; deseosa de una nueva vida abandonó a su marido e hijo por un amante tras una una muerte simulada. «Ahora, deprimida, pasa revista a los años y concluye: "La vida, simplemente, era demasiado fuerte para poder sobrellevarla"»

En La puerta secreta vemos cómo Annette, una mujer joven de unos 30 años, se enfrenta a la vida y a su realización como persona. Solitaria e independiente es consciente de que al otro lado, fuera de ella, está la vida normal y su posibilidad de realizarse como mujer. El amor se le aparece de manera un tanto sorpresiva en forma de embarazo no buscado. De resultas de ello se casará y se irá preparando para en el momento en que tenga al bebé abandonar su trabajo de bibliotecaria y centrarse en su función de madre. Manuela Reichardt dice, comparando la Annette de La puerta secreta con la Betty de Un puñado de vida que «Betty recuerda todavía la dicotomía de su vida: "Había elegido, en un momento, la libertad, el frío y la independencia, y había añorado, a lo largo de toda su existencia, el cariño, el calor y la compañía". En La puerta secreta, Annette ya no tiene alternativa»

Annette al principio de la novela está contenta porque Alexander con quien vivía se marcha seis meses a París. Ella dice que ama la soledad, leer un libro al llegar a casa, recibir a lo más a sus vecinos y al tío Eugen con los que habla de arte, de cine, de literatura... Cuando Gregor aparece en su vida ella sufre un terremoto interior. Ve a Gregor, su marido, casi como a un desconocido pues, afirma, que en realidad apenas sabe nada de él, de su interior; sólo conoce su exterioridad, el presente en el que él siempre se mueve. Esto la desazona, aunque al tiempo, y paradójicamente, una mujer antes tan amante de la soledad y de su independencia, sólo se siente bien cuando él aparece y está con ella.

Esta lucha interior que Annette practica con ella misma la lleva a simular ante Gregor, a seguirle en sus actividades de exterior sabedora como es de que su marido no soporta para nada la reflexión y el conocimiento. Ella según progresa su embarazo entiende que Gregor la tenga menos en cuenta y que las reuniones de trabajo nocturnas sean ahora más frecuentes que antes. Los hombres son así, necesitan eso, aliviar sus tensiones, se dice a sí misma como justificándolo, y ella ahora a un mes de dar a luz no puede satisfacérselas. 

El distanciamiento mujer-hombre es progresivo en estos tres títulos. En Un puñado de vida simplemente se produce la escapada de ella de la vida alienada en que se encontraba con él; en La puerta secreta la mujer intenta integrarse en el papel que todos estiman le corresponde por su género aun perdiendo la independencia que tanto le satisfacía; por último en El muro la mujer en un mundo futuro impreciso ha de defenderse del hombre quien con su violencia intenta anularla, despedazarla como ha hecho con la naturaleza. Y es que el asunto del retorno a la naturaleza, a un mundo en el que de niña, según confesión de la autora, fue feliz es recurrente en sus novelas.

La puerta secreta se presenta con partes escritas en forma de diario y otras narradas en tercera persona. En ambas es la perspectiva de Annette la que se muestra. En las entradas del diario es evidente, pues es ella misma quien las escribe;  en las partes narradas en tercera persona se habla sobre Annette. El estilo indirecto libre sirve en estas partes para mostrar la voz del personaje
«Sacó el diario del último cajón del escritorio, que siempre cerraba con llave, y fijó la mirada en la última anotación. ¿De veras había sido ella la autora de esas líneas? Le parecían tan extrañas. Sin duda se debía a la imposibilidad de vivenciar y escribir al mismo tiempo, a que toda anotación sobre algo vivido se transformaba inmediatamente en reflexión. Esa dificultad aún no había sido superada por nadie que hubiera escrito un diario.»
Efectivamente, como ella misma -Annette, o sea, parece claro, Marlen Haushofer- dice, hay mucha reflexión en esta novela, tanto en las entradas de diario como en las partes narradas. Reflexiones que tocan muchos aspectos de la realidad en general y de la de la autora en particular. Entre las primeras destacan sobre otras la cuestión mujeres-hombres, la diferencia entre ambos géneros, la maternidad, el mundo interior versus el exterior, la funcionalidad del amor en este mundo, la naturaleza frente al mundo urbano... Entre las segundas son las de naturaleza literaria y metaliteraria como la que aparece en la cita anterior las que más han llamado mi atención.

Mujeres versus hombres. Sin duda es cuestión nuclear en la novela. Aparece por todas partes. Un ejemplo es cuando ella, ya embarazada,  reflexiona sobre su futura condición de madre al ver a un joven entrar sigiloso en su casa para no despertar a la madre. Mientras lo observa Annette no puede por menos que reflexionar sobre la mujer siempre al servicio y cuidado del hombre, bien en su condición de hijo (la madre), como en la de marido (la esposa): «La madre se quedaba ante los restos de su desayuno (ha vuelto a embadurnar el mantel de mermelada..., claro, por leer el periódico mientras desayuna), ante sus pantalones arrugados, sus calcetines rotos y la pena lacerante motivada por las huellas de pintalabios en el cuello de su camisa. Y un buen día a la anciana se le vendría el mundo abajo: el día en que el querido hijo preferiría manchar de mermelada el mantel de otra mujer y dejarle a esa otra mujer su ropa sucia.» 

Diferencia hombre y mujer. Fundamental en el relato es cómo Annette reflexiona sobre la distinta manera de amar de los hombres y de las mujeres: «Gregor se figura que debo sufrir enormemente por ciertas privaciones que me impone mi embarazo avanzado. No puede imaginarse que las mujeres amamos de forma diferente a como lo hacen los hombres. Cuando me acaricia la mano siento exactamente lo mismo que si estuviera entre sus brazos.»

La maternidad. Annette duda sobre si estará viviendo adecuadamente el estado de gravidez en el que se encuentra; se preocupa por si no estará sintiendo la felicidad que se supone debe embargar a cualquier mujer que se halle en este estado: «La consabida sensación de felicidad no quiere hacer acto de presencia en mí. Por el momento estoy siempre indispuesta. Me siento intoxicada como cuando se tiene hepatitis y hago esfuerzos desaforados por mantener la cabeza erguida.»

El amor en este mundo. Esencial es este asunto. Quizás sea el que más espacio ocupa en la novela. En la narración se reflexiona sobre él de manera bien profunda. Se percibe con claridad la filosofía existencial que domina en todo el relato. Annette comenta el absurdo que supone amar a alguien sabiendo lo efímero que es el cuerpo; otra cosa sería amar a un alma inmortal, lo que implicaría la seguridad, aunque quizás «la seguridad significaría el final del amor, cuya esencia radica en suspender durante unos minutos la presencia sempiterna de la muerte.». Esta consideración viene a poner sobre el tablero la contradicción interna que Annette vive dado que ella ama las almas inmortales (el arte, la literatura, la filosofía...) aunque sienta la imperiosa necesidad de, como le ocurría a la autora francesa Annie Ernaux en "Pura pasión", libro que tantas veces leyendo a la Haushofer he recordado, estar con Gregor, un ser poco profundo que sólo se mueve por lo inmediato, por lo vital, por lo externo y corporal. 

En la novela la relación hombre-mujer viene marcada por el amor. Annette se pregunta, cuando una hermosísima camarera le sirve la comida y ella siente deseos de acariciarla, por qué tal acto sería improcedente; se da cuenta de que esta consideración marca otra diferencia hombre-mujer importante:
«Como mujer, en cambio, una no podía permitirse gestos de ternura hacia otra mujer sin dar lugar a un grave mal entendido. Era estúpido, fastidioso y propio de mentes masculinas pensar que las caricias tenían que significar indefectiblemente el preámbulo del acto erótico»

Otras muchas consideraciones sobre otros muchos aspectos vitales aparecen en La puerta secreta. Uno de ellos -no puedo dejar de señalarlo- parece escrito hoy mismo cuando sin embargo han pasado ya casi 70 años desde que lo escribiera; ahí se ve la tremenda actualidad de esta escritora. Me refiero a la reflexión que hace sobre la política en general y sobre los hombres y mujeres políticos
«No hay partido político que represente los intereses de las mujeres. Eso es fácil de comprobar a poco que se examinen algunas de nuestras leyes. La tan traída y llevada igualdad de géneros sólo existe sobre el papel. Los cargos que se adjudican a las mujeres, escasos y de nula influencia, no tienen otra razón de ser que la de enmascarar esta realidad y atraer votos. [...] Los hombres, por naturaleza, no son pacifistas, y menos los políticos, porque si lo fuesen no habrían triunfado nunca. Poco sentido tiene rasgarse las vestiduras. Quien ostenta el poder hace todo lo que está a su alcance para no perderlo, y es natural que sea así.»

Por último, y para ir ya cerrando esta reseña, quisiera señalar dos aspectos fundamentales en La puerta cerrada. El primero tiene que ver con ese sueño, ese deseo perdido en el subconsciente de Annette, en definitiva en el de Marlen Haushofer, de retornar a ese paraíso perdido, a esa naturaleza pura, feliz y prístina en la que todo era felicidad. Ese mundo imposible de recuperar es el que, por los datos biográficos que la propia autora dio en las entrevistas que en vida le hicieron y por las investigaciones de unos y de otros sobre ella, vivió durante su primera infancia. En la breve biografía que mi amiga Lorena publicó en Instagram al hilo de la lectura de El muro se pueden leer datos muy interesantes sobre la autora. De ellos rescato los siguientes: «Hija de un guardabosques, vive su primera infancia en contacto con la naturaleza, hecho palpable en alguna de sus narraciones, y estudia más tarde en un internado en Linz.»Annette encuentra el asidero con la naturaleza en su tío Eugen, hermano de la tía Johanna que la había acogido al quedar huérfana. Johanna la educó con rigidez en la simulación y en la ocultación de sentimientos; afortunadamente el tío Eugen acudía a rescatarla de esta severidad y la llevaba a funciones de teatro infantil y a pastelerías. Ahora, transcurridos 20 años de estos recuerdos, también el tío Eugen acude al rescate de Annette y la sitúa en un medio natural cual es una playa italiana a fin de que logre salir del impasse en que la vida y su embarazo la han situado.

escritoras austriacas,existencialismo alemán
Foto de 1935; © Sybille Haushofer
El segundo aspecto al que quiero referirme es al de la intertextualidad literaria. Annette -e igual Marlen Haushofer- vive mas en el mundo de lo que le narran o de lo que lee que en el mundo real. Así el personaje de la novela sabe de Rusia del año 1915 por lo que su tío Eugen le cuenta una y otra vez de cuando estuvo combatiendo allí durante la Gran Guerra. Del mismo modo a la autora se le ven -o al menos así me lo parece a mí- sus lecturas según que se lee La puerta secreta. Cuando Annette piensa que a su futuro hijo no podrá protegerlo de la vulgaridad del mundo porque «un niño no es un objeto que se pueda colocar bajo una campana de cristal» ese último sintagma me ha llevado a Sylvia Plath. La verdad es que esta Annette y Sylvia Plath tienen mucho en común, quizás, coincidan en esa demencia que las hace diferentes al resto de mortales, que las deforma, que las aparta. 
Igualmente, Annette piensa durante su día de descanso semanal cuál sería su papel vital si ella no trabajase: ¿Esperar como un perro a que su marido volviese a casa por la noche? Ella sufre al tener que consumir las horas en acciones inanes, colocando ese adorno, pensando en hacer la cena a Gregor, deseando mostrarse feliz y contenta cuando llegue... Leyendo esta escena y las reflexiones del personaje no he podido por menos que recordar a La señora Dalloway de Virginia Wolf. Todos sabemos cómo acabó Sylvia Plath y cómo transcurre el día de Clarissa, la protagonista de la novela de Virginia Wolf. 
«Decidió dar una última vuelta por la casa, abrigando la secreta esperanza de que algún objeto no estuviera en su lugar para hacer algo que la distrajera un poco. Pero no encontró nada. Pasó la mano por encima de la colcha alisada, movió algún cenicero unos centímetros de donde se encontraba, sopló un rastro de polvo, invisible pero quizá existente, en la lámpara de pie, y corrió el salero hacia el centro de la mesa.
En el cuarto de baño se limpió el carmín que sobresalía de los labios, se empolvó la nariz y se peinó las cejas y las pestañas. Luego, con el corazón palpitante y las corvas desmayadas, se sentó en el borde de la bañera. No debía quedarse sentada, sentarse equivalía a empezar de nuevo a dar vueltas [en su cabeza] a las cosas y tenía que evitarlo.» 

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Nota.- Con esta novela cumplimento la letra H del Reto "Autores de la A a la Z" y añado un título más a la relación de clásicos leídos en el Reto "Nos gustan los clásicos" 

     

26 ago 2024

Boileau-Narcejac. "Sudores fríos"

7 comentarios:

«Pensó en el dogma cristiano de la resurrección de los cuerpos. ¿Cómo era posible que, el día del juicio final, el cuerpo de Madeleine renaciera de aquellos átomos dispersos, reducidos a la simplicidad de los elementos?»

Pierre Boileau y Thomas Narcejac.

La editorial RBA en la promoción que hizo sobre Sudores fríos en su edición de 2013 escribe lo que viene a ser una especie de amplia sinopsis: 

Un día, llama a la puerta de Roger Flavières un antiguo compañero de la universidad que quiere contratarlo para que investigue a su mujer. El marido no sospecha que su esposa le sea infiel, sino que teme por su vida. El motivo de su temor no puede ser más sorprendente: cree que su mujer se halla poseída por el espíritu de una antepasada que murió trágicamente ahogada. Solo ello parece poder explicar por qué su esposa pasa por momentos en los que parece estar ausente, desaparece durante horas sin decir nada y se hunde a menudo en una profunda melancolía. Es así como Flavières empieza a seguir a Madeleine, una mujer de una inusual belleza de la que no tardará en enamorarse profundamente. 


La pareja Boileau-Narcejac tuvo el acierto de renovar el género policíaco. Tras el final de la segunda guerra mundial el modelo de la novela-enigma tipo Agatha Christie, Edgar Wallace, Wilkie Collins o Conan Doyle, estaba agotado. En ese momento en el mundo surgido tras la tragedia bélica y la brutal irrupción en escena del magnicidio atómico es la mera existencia, lo puramente íntimo y personal, lo que atrae a los lectores. La inteligencia humana había alcanzado increíbles cotas de estupidez, de crueldad, de falta de humanidad, se había demostrado el triunfo de la irracionalidad. ¿Para qué, pues, escribir historias en las que la racionalidad triunfaba si vivíamos una existencia frágil, con poco o nada sólido a lo que agarrarse? Triunfa en esta etapa lo psicológico, interesa ver cómo se las ingenian personalmente los personajes para sobrevivir en un mundo caótico. El existencialismo filosófico, arraigado o desarraigado, se impone. Y esto se percibe en esta novela de Pierre Boileau y Thomas Narcejac.
«La muerte de los demás siempre me ha conmocionado porque me anunciaba la mía... Y la mía... No, soy incapaz de resignarme a esa idea. Casi llegué a creer en el Dios de los cristianos... por la promesa de la resurrección. El cadáver sepultado al fondo de una caverna, la gran piedra empujada hasta la puerta del sepulcro, bajo la vigilancia de los legionarios. Y luego, al tercer día... No sabes cuánto pensaba en ese tercer día de niño
Lo cenital de la historia (primera parte de la narración) se sitúa en la Francia de entreguerras, concretamente es 1940 una fecha central en la historia de Francia al ser cuando los alemanes entraron en París y todo en la racionalista Francia se derrumbó.  Luego, la segunda parte de las dos en que se estructura el relato sucede en 1944 cuando Roger Flavières regresa a París desde Senegal donde ha pasado esos cuatro años. Su propósito es establecerse en París e indagar sobre Madelaine, la mujer de Paul Gévigne, de la que él se había enamorado en el curso de sus pesquisas sobre ella.  Parece que el alcoholismo ha hecho estragos en el personaje del abogado detective Como cada mañana, se sentía desalentado. Como cada mañana, le obsesionaba el deseo de beber. El primer chupito le limpiaba el espíritu y así recuperaba las angustias intactas e insolubles, bien ordenadas en su cabeza como cuchillos relucientes.») por lo que su mente a veces patina y es de poco fiar. Lo psicológico y mental, además del sorprendente desarrollo de la trama de esta novela,  fue sin duda alguna lo que despertaría el interés de Alfred Hitchcock, que la llevó a la gran pantalla bajo el título de Vértigo, un clásico del cine negro protagonizado por James Stewart y Kim Novak.

Los autores muestran en Sudores fríos un París bello y hermoso especialmente durante el proceso de enamoramiento de Flavières:
«Madeleine subió por la avenida hasta la Place du Trocadéro, para continuar por la explanada de blancura deslumbrante. Nunca París se había parecido tanto a un parque. La torre Eiffel, azul y rojiza, se alzaba sobre los céspedes como un tótem familiar. Los jardines se inclinaban hacia el Sena, rodeando tramos de escaleras que semejaban inmóviles cascadas bordeadas de flores.»

En la novela sobrevuela el mito de Orfeo y Eurídice, la historia del enamorado Orfeo que al perder a su amor, Eurídice, bajará hasta los infiernos para recuperarla y volverla a la vida junto a él. Precisamente eso es lo que en su fuero interno o en su mente perturbada pretende hacer Flavières al retornar a París en 1944. 
«Flavières oyó que lloraba. Caminaron abrazados hacia un bulevar iluminado. Iban a regresar al mundo de los vivos. Flavières sacó su pañuelo.»
¿Ha logrado finalmente encontrar Flavières a su Madelaine? ¿Había fallecido ésta como Eurídice? ¿Estaba ella enamorada de él? ¿Por qué Gévigne, el marido de Madelaine, quiso que Roger, su amigo de infancia, siguiera a su esposa?
Libros escritos a cuatro manos

Todas estas preguntas se las hace el lector durante la lectura de esta interesante y diferente novela detectivesca escrita por estos dos escritores que se comunicaban entre ellos por carta. Hoy, desde luego, todo les habría resultado más sencillo. Esta novela apareció el año 1954 y es la tercera de los cerca de 40 títulos que la pareja formada por Pierre Boileau y Thomas Narcejac escribió. Dentro de la novela negra ciertamente fue una apuesta novedosa que incide fundamentalmente en lo psicológico, lo que crea una tensión muy interesante. 

Pero, volviendo a los interrogantes anteriores diré que resolverlos es el gran acicate para leer esta novela. Y que se disfruta un montón resolviéndolos. Una gran novela, sin duda alguna. Leeré más de esta pareja de autores: Boileau-Narcejac.


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Un título más que viene a engrosar los leídos para completar el Reto "Nos gustan los clásicos"

3 feb 2023

El desierto de los tártaros. Dino Buzzati

18 comentarios:

«No le asaltó la más mínima sospecha de que aquella noche era muy triste para él, de que en aquellos peldaños, en aquella hora concreta, terminaba su juventud. De que al día siguiente, sin ninguna razón especial, ya no volvería al viejo sistema, ni al otro día, ni más adelante, ni nunca»

Durante meses la busqué por librerías y bibliotecas. Eran tantos quienes hablaban bien de ella que me picaba muchísimo la curiosidad. Pero nada, no la encontraba por ninguna parte. Sin embargo estas Navidades entré en La Central de Callao (Madrid) y allí me estaba esperando. No lo dudé un instante y me la regalé en ese preciso instante. Los RRMM me la habían colocado delante para satisfacer mi deseo.


He leído con gusto este libro y he experimentado con él lo que hacía tiempo no me sucedía y que para mí, cuando me ocurre,  es marchamo de calidad y buena literatura: una vez iniciada la novela, su lectura me llamaba desde que por la mañana abría los ojos. Y eso sólo me había sucedido en mi juventud con Vargas Llosa, García Márquez y algún otro de los grandes. Pues Dino Buzzati y su El desierto de los tártaros ha despertado en mí sensaciones tan gratas como las experimentadas muchos años atrás.


El desierto de los tártaros
Sinopsis
(tomada de la contraportada de la edición de Alianza Editorial)

La historia del oficial Giovanni Drogo, destinado a una fortaleza fronteriza sobre la que pende una amenaza aplazada e inconcreta, pero obsesivamente presente, se halla cargada de resonancias que la conectan con algunos de los más hondos problemas de la existencia, como la seguridad como valor contrapuesto a la libertad, la progresiva resignación ante el estrechamiento de las posibilidades vitales de realización, o la frustración de las expectativas de hechos excepcionales que cambien el sentido de la existencia.

Presenta el autor italiano en esta novela publicada el año 1940 cuestiones trascendentales en la vida del ser humano: el inexorable paso del tiempo, la soledad, el envejecimiento, la impotencia del hombre ante el mundo que se le antoja (la fecha de escritura es 1939) incomprensible, las ilusiones vanas y pocas veces realizadas, la insensata búsqueda de un sentido trascendente y épico a la existencia sacrificando en su difícil consecución aspectos más normales de la vida como el amor a una mujer, los hijos, la vida familiar...

La acción se sitúa en un tiempo inconcreto, en un país también inconcreto. Hay serias expectativas de que la guerra estalle y da la sensación de que nadie puede hacer nada por evitarla; por eso el teniente Drogo es destinado a una fortaleza situada en una zona avanzada para controlar los posibles movimientos del enemigo cuando estos se produzcan. La ilusión entre los militares allí desplazados es máxima, si se desata el conflicto estos hombres podrán demostrar su valor y comportarse con heroísmo. Por eso se vigila con afán cualquier acción de los enemigos por mínima o de poco valor que esta sea. Pero así, en medio de la rutina impuesta por la vida militar pasan los días, los meses, los años («Cuatro meses habían bastado para enviscarlo en el monótono ritmo del servicio»). El teniente Drogo llegó a la Fortaleza con el decidido propósito de a los cuatro meses pedir una baja médica y volver a la ciudad donde la vida es más agradable y donde posiblemente le aguarde María, la hermana de su amigo Francesco Vescovi; sin embargo, llegado el momento y como ya los más antiguos en la fortificación le advirtieron, va posponiendo la decisión de abandonar el destino militar.  El tiempo, el hábito, la rutina, un «presente perpetuo e interminable». Un tiempo que parece inagotable, pero que huye inexorable. Tres días o siete meses parecían haber transcurrido ayer mismo. 
 «Pero Drogo no lo sabía, no sospechaba que la partida le habría costado trabajo ni que la vida de la Fortaleza se tragara los días unos detrás de otros, todos semejantes, con velocidad vertiginosa. Ayer y anteayer eran iguales, no habría ya sabido distinguirlos; un hecho de tres días antes o de veinte acababa pareciéndole igualmente lejano. Así se desarrollaba, sin saberlo él, la huida del tiempo.»
En esta imposibilidad de marchar, de abandonar el asfixiante baluarte militar hay mucho de kafkiano. ¿Por qué, nos preguntamos, el Capitán Ortiz, con quien se encuentra Drogo en las primeras páginas camino de la Fortaleza no ha abandonado el bastión? E igual que Ortiz, Prosdocimo, el sastre del Regimiento, o el sargento Trunk o el mismísimo Coronel. Todos ellos  creen que van a irse pronto de esta Fortaleza, pero en la espera del ataque del enemigo se les van pasando los años. Todas sus expectativas inmediatas, hasta que lleguen acontecimientos espectaculares, las reducen al cumplimiento a rajatabla del Reglamento. Esta es la razón de su existencia. Tan es así que incluso un compañero de nombre Lazzari morirá a manos de su amigo Martelli, el Moreno, simplemente porque en el ejército prima la condición de soldado sobre la de persona y si Lazzari desconoce o ha olvidado la contraseña, las ordenanzas dicen que hay que disparar contra él. Y Martelli así lo hace.

La historia de Drogo y la Fortaleza donde este teniente sirve la cuenta un narrador en tercera persona, que es objetivo y que va relatando aquello que va viendo, sabiendo, comprobando: «Un oficial -de espaldas no se puede ver quién es, pero podría ser Giovanni Drogo- camina aburrido, en la mañana de primavera, por los vastos lavaderos de la tropa, desiertos a esas horas.»

Esta primavera y los cuatro años transcurridos desde que Drogo llegara a la Fortaleza le deciden a por fin abandonar el destino y volver a la ciudad donde irá a ver al General para que le cambie de destino. La vuelta a la vida civil anterior le va a desilusionar: ya no encuentra en María la gracia y jovialidad de cuatro años atrás; un enorme desencanto se apropia de él cuando llega a la casa familiar; pero lo más fuerte es que el propio General del que depende su futuro le comunica la imposibilidad de su traslado dado que todos los posibles ya han sido cubiertos por sus propios compañeros que, marrulleros, se la han jugado escondiéndole los cambios que iba a haber en la Fortaleza. Drogo aprende en carne propia el  sentido real del tan elogiado compañerismo militar: cada uno se ha movido por su propio interés
«Drogo comprendió que había hecho el papel de un imbécil, comprendió que sus compañeros se la habían jugado, que el general debía de tener una impresión muy mediocre de él y que no había ya nada que hacer.»
Sólo queda ya, para poder sobrellevar este cruel destino, que suceda lo que todos llevan años esperando, que llegue, por fin, la confrontación con el enemigo. Pero cualquier movimiento avistado en forma de figuras negras y luces es considerado por la autoridad militar como intrascendente. Nadie piensa que vaya a pasar nada, incluso llega una ordenanza prohibiendo el uso de catalejos propios debiendo usar los muy arcaicos del ejército, proscribiendo así mismo difundir rumores sobre movimientos del enemigo. La orden en cuestión tardó el Estado Mayor dos años en transmitirla, algo que se antoja claramente kafkiano. ¿No será que pese a hablar continuamente de heroísmo, deseo de entrar en combate y demás, los militares tienen miedo?

La verdad es que esta novela toca aspectos muy profundos y trascendentales del ser humano. Junto al ya señalado del paso inexorable del tiempo, aparece la idea existencial, tan arraigada en los años 40 y 50 del siglo pasado, de 'el hombre, un ser abocado a la muerte'. Esta espera, este temor, impide al individuo disfrutar del momento, de la vida, del presente. Ser un ser para la muerte es idea que plasmó en 1938 Jean Paul Sartre en su obra La náusea y en 1942 Albert Camus en El extranjero. Con estas dos obras es evidente que El desierto de los tártaros tiene paralelismos muy evidentes. Las tres obras ahondan en la idea del existencialismo que en 1927 plasmara Martin Heidegger en su obra Ser y tiempo.

La novela tiene, junto a este evidente componente existencial y junto a la también clarísima influencia de Frank Kafka, mucho de surrealista. En ocasiones parece como que el joven Drogo o cualquiera de los compañeros que llevan en ese Puesto avanzado muchos años estuvieran inmersos en un universo onírico, en un mundo de sueños. En este sentido El desierto de los tártaros recuerda en cierta manera La montaña mágica de Thomas Mann. En ambos relatos el universo vital de Castorp y los otros enfermos de la novela de Mann es similar al de la Fortaleza donde pasan las horas, los días, las semanas, los meses y los años el regimiento en el el que sirve Drogo. Son Hans Castorp y Giovanni Drogo dos seres semejantes: los dos se debaten en las contradicciones 'muerte-vida' y 'enfermedad-salud'. En ambas novelas al final parece que la ocasión heroica -el enfrentamiento con el ejército enemigo- se presenta: en La montaña mágica en el alistamiento de Castorp en el ejército alemán para luchar contra Francia y en El desierto de los tártaros, de manera mucho más cruel, en una guerra anunciada e ignorada y esperada al mismo tiempo durante décadas. No viene al caso hablar más aquí de lo que sucede, basta con leer íntegramente esta hermosa y profunda novela de Dino Buzzati para enterarse.

Lo de novela profunda creo haberlo dejado claro a lo largo de esta reseña; en cuanto a la belleza que encierra, diré que, además de la derivada de la propia historia, ésta reposa en el lenguaje empleado, un lenguaje cargado de poeticidad
«Entre tanto el tiempo corría, su latido silencioso mide cada vez más precipitado la vida, no podemos parar ni un instante, ni siquiera para una ojeada hacia atrás. "¡Párate! ¡Párate!", quisiéramos gritar, pero comprendemos que es inútil. Todo huye, los hombres, las estaciones, las nubes; y de nada sirve agarrarse a las piedras, resistir en lo alto de un escollo; los dedos cansados se abren, los brazos se aflojan inertes, nos arrastra de nuevo el río, que parece lento, pero jamás se para.»
Si es hermosa la referencia a la huída del tiempo, no lo es menos cuando el autor se refiere a la soledad en la que en definitiva el ser humano vive 
«Drogo se dio cuenta de que los hombres por mucho que se quisieran, siempre permanecen alejados; si uno sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una minima parte; si uno sufre, no por eso los otros sufren daño, aunque el amor sea grande, y eso provoca la soledad en la vida.»
Y también sobre cómo el hombre no percibe que la vida, el tiempo, se le escapa, huye
«Así Drogo sube una vez más el valle de la Fortaleza y tiene quince años menos de vida. Por desgracia, no se siente cambiado en gran cosa, el tiempo ha huido tan velozmente que el ánimo no ha conseguido envejecer.»

La novela se cierra circularmente. Al inicio de ella un joven teniente Drogo se encuentra, camino de la Fortaleza, con el Capitán Ortiz que le cuenta un poco la vida en el Regimiento y le aconseja pedir un cambio de destino en cuanto pueda no vaya a ser que le suceda lo que a él. Y en uno de los capítulos finales el ya Capitán Drogo en uno de sus viajes a la Fortaleza desde el pueblo donde ha pasado unos días de permiso topa con un jovencísimo teniente Moro que, muy ilusionado, va camino del Regimiento donde ha sido destinado. Han pasado veinte años. 


Para finalizar
Novela existencial
He disfrutado mucho leyendo a Dino Buzzati (Belluno, 1906 - Milán, 1972), un periodista del Corriere della sera que pese al enorme nivel literario de sus novelas y relatos nunca se consideró escritor sino siempre un periodista que a veces escribía ficciones. Sin embargo El desierto de los tártaros es una novela impresionante que ya sólo por sí sola encumbra al autor y lo sitúa entre lo mejor del siglo pasado. Un clásico con todas las letras, un autor imprescindible de la literatura universal. 

Considero muy recomendable la lectura de esta novela. Ahora bien, aviso para navegantes: Abstenerse lectores que busquen enganches rápidos, giros inesperados, y que desdeñen la buena literatura expresada en hermosas descripciones físicas y de carácter. 

Para aquellos que se resistan a la buena literatura, pero deseen conocer los intríngulis de la historia de  El desierto de los tártaros, les diré que existe versión fílmica de la novela realizada el año 1976 por el director italiano Valerio Zurini. No la he visto, pero estoy casi seguro de que la novela le dará varias vueltas; pero no debe de ser mala: Filmaffinity le da un 6'5 sobre 10 de calificación.

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Nota
Incluyo esta novela en el Reto Nos gustan los clásicos y en el de Escritores de la A a la Z