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28 mar 2021

Calderón de la Barca vs Nao Albet y Marcel Borràs (A pares XVIII)

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La Cultura es segura”, se hartan a decir los trabajadores de este gremio cada vez que tienen ocasión. Hombre, sí, esto es cierto, la Cultura nunca ha hecho daño a nadie. Perdón, hubo un caballero allá por los años treinta que clamaba eso de ‘cuando oigo la palabra Cultura echo mano a la pistola’. Pero eran otros tiempos y otra la pandemia que asolaba el mundo, más peligrosa que la actual pues ésta, siéndolo y mucho, sólo afecta al cuerpo mientras que la que a algunos hacía llevar la mano a la cartuchera afectaba y corrompía las mentes.

Pues eso, que como la Cultura es segura en estos tiempos aciagos, y yo creo y sigo a pies juntillas las recomendaciones, no tuve que oír más para lanzarme, provisto de mi correspondiente FFP3 y con la boca bien cerrada, a los teatros de mi ciudad que van ofreciendo aquellas representaciones que se vieron bruscamente interrumpidas por el estricto confinamiento decretado en marzo de 2020 y que a cuentagotas y con muchas idas y venidas han ido reponiéndose aquí o allá, según, en función de la denominada cogobernanza que a más de uno nos tiene en un sinvivir. Dos son las representaciones a las que en el plazo de 30 días he asistido, y las dos, siendo muy distintas, mucho me han agradado.

"Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach" 

 
Nao Albet, Marcel Borràs, Irene Escolar, Vanguardias teatrales actuales
La primera fue la ideada, escrita, dirigida e interpretada junto a otros actores por Nao Albet y Marcel Borràs. El espectáculo es de título largo y sorprendente: "Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach". Se trata en esencia de un engaño al que se ven sometidos dos jóvenes amantes del teatro que quieren escribir una obra que les han encargado en la que obligatoriamente debe de existir un atraco a un banco;  según la escriben discuten posibles versiones y escenas distintas hasta que una mujer (Irene Escolar) llamada María Kapravof, estandarte de la vanguardia artística denominada (re)productivismo, les propone dar un paso más en ese movimiento estético de hiperrealidad de manera que a través de una perfomance la ficción quede perfectamente integrada en la realidad. Y ¿qué mejor fusión entre ambos niveles que la ejecución de la representación en el escenario real donde se ubica, o sea, en una entidad bancaria auténtica? Todo así va a ganar en hiperrealismo: el atraco, el secuestro e incluso el resultado de muerte que en la escritura ellos propugnan. La verdad es que se les ha ido un pelín la mano a estos artistas innovadores en su afán por agradar a Boris Kaczynski, el gurú del teatro que les ha encargado esta primera obra teatral que ellos están escribiendo. 

En esta representación todo, incluso la trama, me ha gustado. Pero especialmente me he sentido atraído por la puesta en escena. En ella se marcaba perfectamente con un escenario a dos niveles los ámbitos de la realidad y la ficcionalidad. El primero estaba más próximo al patio de butacas mientras que el de la ficción y representación era más profundo, más amplio, más habitado. Junto a esto la música moderna y las proyecciones de imágenes en movimiento así como de textos escritos cuyas letras mudaban de lugar componiendo anagramas dadores de pistas comprensivas sobre los sucedidos, son recursos innovadores que me sorprendieron gratamente. Por otra parte hay momentos en que el escenario es mostrado por su haz y su envés. Quiero decir que hay escenas -las más importantes en el desarrollo de la trama- que los espectadores vemos desde la perspectiva de quien está dentro de la habitación (despacho u oficina bancaria) donde suceden los acontecimientos y de quien está fuera de ella o sale de la misma para ejecutar la acción engañosa que a todos nos tiene boquiabiertos. 

Autores teatrales españoles actuales, Nao Albet, Marcel Borràs
Luego está el ritmo. Un ritmo endiablado, que no da descanso, un ritmo trepidante al que todo contribuye: la música, los textos proyectados, las imágenes, la luminotecnia… y la propia actuación y movimiento de los actores. Aquí hay que detenerse un poco para elogiar la buena actuación del elenco formado por (Nao Albet, Carlos Blanco, Marcel Borràs, Irene Escolar, Alina Furman, Eva Llorach, Francesca Piñón y Vito Sanz). Me han gustado todos. A algunos como los propios Nao Albet y Marcel Borràs no los conocía mientras que a otros en especial a Irene Escolar sí que la había visto en otras obras pareciéndome en éstas quedarse un poco encasillada en un estilo actoral; sin embargo en esta obra su actuación me ha encantado por todo: su versatilidad en la manera de moverse así como el dominio que demuestra de los idiomas, en especial del ruso y del inglés. Muy bien por la Escolar. Y muy bien por Nao Albet y Marcel Borràs. Lástima que el día 21 de marzo finalizase la exhibición del espectáculo en el CDN. Ojalá vuelva a reponerse o a realizar gira por toda España pues la Obra bien lo merece.

“El príncipe constante”

Tras este espectáculo teatral con el que disfruté muchísimo, unas semanas más tarde, he visto la representación de una obra cuyo título conocía pero que nunca había leído y menos había visto representada. Me refiero a “El príncipe constante” de Calderón de la Barca que desde el  pasado mes de febrero y hasta el día 17 de abril se puede ver en la sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, el Teatro de la Comedia de la calle Príncipe de Madrid.
 
CNTC, Compañía Nacional de Teatro Clásico, Teatro de la Comedia, Luis Homar

Si la obra que vi en el Teatro María Guerrero me gustó por su frescura e innovación, ésta de Calderón me ha sorprendido por su tremenda contundencia, por su imponente calidad y la elevación literaria que esconde en su interior. Los dramas históricos como éste, así como sus Comedias, Tragedias y Autos Sacramentales más importantes, hacen en mi opinión de Calderón de la Barca nuestro Shakespeare español.

En la obra estamos ante la prisión sufrida por el infante de Portugal don Fernando hecho cautivo por parte de los marroquíes en 1437 cuando con su hermano el infante don Enrique quisieron conquistar Tánger siendo derrotados por los musulmanes. El rey de Fez deja libre a don Enrique para que acuda a Lisboa y demande al rey de Portugal, Duarte I, la cesión de la ciudad de Ceuta a cambio de la libertad de don Fernando. Ceuta había sido ganada para Portugal en 1415 y durante esos veinte años se habían erigido iglesias y convertido al cristianismo toda su población. Cuando en la obra retorna de Portugal don Enrique con el consentimiento luso para el acuerdo exigido por el rey musulmán, don Fernando se opone vivamente a él considerando enorme traición a Dios y a los ceutíes convertidos ceder la soberanía de la plaza a cambio de su persona.

El rey de Fez sorprendido por esta negativa y comportamiento le dice a Fernando que será tratado como un cautivo más y que conocerá la muerte por su contumacia. A este penoso futuro el infante no se opone sino por el contrario acepta con estoicismo su suerte, comportamiento que es vivamente elogiado por los compatriotas cautivos de los musulmanes. Don Fernando sostiene su actitud en una serie de consideraciones, argumentaciones y reflexiones filosóficas de peso que a mí me han recordado muchísimo las contenidas en la Tragedia y también Auto Sacramental de “La vida es sueño”. Son esos silogismos y razonamientos que tanto gustaban en el momento (siglo XVII. La obra se estrenó en 1627) en el seno del catolicismo tipo los contenidos en el muy conocido monólogo de Segismundo de "La vida es sueño" ( ‘Nace el pez, que no respira, aborto de ovas y lamas y apenas bajel de escamas […]  ¿y yo, con más albedrío, tengo menos libertad? ‘. En el caso de la obra que comento la argumentación es de signo opuesto pues en vez de buscar la libertad lo que se quiere justificar es precisamente la elegida ausencia de ésta.

La obra se sostiene especialmente por la excelente actuación del actor Luis Homar que con voz y ritmo adecuados va diciendo sus parlamentos que lejos de hacerse pesados y/o tediosos se celebra escucharlos tan bien dichos. Son parlamentos y razonamientos envueltos en la sintaxis profusa y complicada típica del barroco con ese cúmulo de antítesis, oxímoron e imaginería conceptual a la que hoy estamos poco o nada acostumbrados. Por esto es esencial transmitir bien y con diáfana claridad el texto; y esto, a mi entender, lo logran, además de Luis Homar, pocos actores. Por citar alguno quizás Lara Grube (princesa musulmana Zara en la obra) y José Juan Rodríguez (Muley, enamorado y pretendiente de Zara, mujer a quien su padre quiere casar con otro partido más beneficioso); el resto del elenco lo logra a duras penas diciendo el verso de manera atropellada, con poca claridad articulatoria y baja altura de voz que provoca que al espectador no le llegue de la manera debida. Y esto, por favor señores del CNTC, es una terrible lástima.

Luis Homar, Xavier Albertí, El príncipe constante

El texto teatral de Calderón muestra el camino hacia el heroísmo a través de la extenuación física y la resistencia paciente frente a la tortura. Muestra también (tema muy calderoniano) la defensa de la libertad como experiencia y elección individual consciente frente a las imposiciones de la Razón de Estado. De ahí el carácter "peligroso" de esta obra para los gobernantes que ni aquí ni en otros lugares han sido muy proclives a alabar este drama calderoniano. Afortunadamente el Romanticismo europeo alemán de la mano de Goethe valoró adecuadamente este texto reconociendo en él la enorme poeticidad y lirismo que contiene. Luego ya en los inicios del siglo XX el ruso Meyerhold y el polaco Grotowski basaron en gran medida en esta obra -y también en otras de otros autores, claro- la renovación del teatro europeo que ya había iniciado el mismísimo Goethe con el Teatro Espectáculo en Weimar.
 
Es muy comprensible que Goethe se fijase en "El príncipe constante" para su Teatro Espectáculo pues Calderón de la Barca es el introductor de la música y de los efectos teatrales de magia en escena algo que hizo avanzar la dramaturgia un montón. En la puesta en escena realizada por Xavier Albertí hay que destacar la presencia en escena del Cuarteto Bauhaus (dos violines, viola y violoncelo) que ponen música a buena parte de las escenas. 

Y si Goethe, quizás, se puede reconocer en esa apuesta por la música en escena, la escenografía practicada con un escenario desnudo completamente puede que quiera evocar siquiera lejanamente al Teatro pobre de Grotowsky quien prescindía de todo lo innecesario (escenario, incluso el texto) dejando sólo lo esencial que él consideraba que era el actor. Sí, desde luego aquí, lo esencial, lo imprescindible, el soporte de todo el andamiaje teatral radica en la fuerza de dos o tres actores con Luis Homar, ¡fantástico!, a la cabeza.

Por eso, pese a esas pequeñas dificultades que he señalado derivadas del atropellamiento verbal o bajo tono de voz de algunos intérpretes, es perfectamente entendible que a su conclusión, la obra recibiese una enorme cantidad de aplausos que bien fácil tuvieron una duración de cinco o seis minutos continuados. Luis Homar y Calderón de la Barca se lo merecen sin duda alguna. 
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Nota
Aunque un día después sirva este "A pares XVIII" como mi homenaje particular al Día Mundial del Teatro celebrado ayer día 27 de marzo en todo el mundo.

12 mar 2019

Gerardo Vera pone en escena "El idiota" de Fiodor Dostoievski versionado por José Luis Collado

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Gerardo Vera llevó a las tablas "Los hermanos Karamazov" de Dostoievski hará cosa de, aproximadamente, cuatro años. Cuando acudí a verla dudaba de si una narración que en algunas ediciones alcanza la nada despreciable cifra de 1200 páginas cabría en el formato de una representación teatral. Pues sí, la gesta de tal jibarización la había logrado, y con acierto, José Luis Collado. La puesta en escena de "Los hermanos Karamazov" había corrido por cuenta de Gerardo Vera. La representación en ese ya lejano 2015 fue un rotundo éxito. [en "Reflexiones", mi otro blog, podéis leer mis impresiones sobre esta obra]


Es evidente, pues, que cuando vi que el Teatro Mª Guerrero programaba para esta temporada 2018-2019 otra puesta en escena de Gerardo Vera sobre un texto de Dostoievski en versión dramática de José Luis Collado no me lo pensé dos veces y allí que me planté a ver cómo en esta ocasión había conseguido el adaptador meter unas 800 páginas en una representación de 2 horas. Al decir de los entendidos en la obra del gran reslista ruso, el reto de meter una historia narrativa de 800 páginas en una historia teatral de no más de 60, Collado lo había superado con éxito. A tal logro contribuía, sin duda alguna, la magnífica e interesantísima puesta en escena ideada por Gerardo Vera quien en su cabeza -según confesión suya- llevaba la realización de una trilogía dostoievskiana; pero tal idea se truncó -o al menos se frenó- por culpa de una dolencia cardíaca que lo alejó del Teatro durante un tiempo. "El idiota", pues, supone su reincorporación a la actividad, una reincorporación exitosa por demás.

El mismo Gerardo Vera en el programa de mano que se entrega dice sobre la historia que se cuenta lo siguiente:
El príncipe Myshkin de Dostoievski es el último miembro de una familia noble y arruinada. Padece, como el propio autor y como el Smerdiakov de los Karamázov, ataques epilépticos. Sus pasiones son extremas, tiene una personalidad angustiada y una ardiente necesidad de amor, posee un orgullo sin límites y se deleita la mayoría de las veces en ser humillado. Infinitamente soberbio, se complace en su propia superioridad y en la manifiesta indignidad de los demás. Los que no le conocen se burlan de él; los que sí lo hacen, no pueden evitar temerle. Podría convertirse en un monstruo de rencor y de deseos de venganza, pero el amor le salva, le llena de la más profunda compasión y le enseña a perdonar los errores de los demás, desarrollando así a lo largo de la narración un elevado sentimiento de moralidad.
Todos los personajes que le rodean no pueden evitar dejarse fascinar por él, pero al mismo tiempo sienten un profundo terror ante esa mezcla de orgullo, pasión e inocencia que a todos les desborda. Este es el personaje, este “idiota” que no lo es tanto y que ya forma parte de los grandes personajes de la literatura de todos los tiempos.
Se ve claramente que estamos ante unos personajes en cuya relación la psicología tiene un importante papel. Son unos seres que actúan pero en su actuación su pensamiento interior cumple una función esencial. Al tiempo esos pensamientos interiores están mediatizados por el entorno, una sociedad de alta burguesía en crisis, en cuya actuación la hipocresía es central. Este modo de comportamiento se quiebra cuando aparece un inocente, la bondad personificada, un idiota al decir de todos, en cuyo comportamiento el amor es esencial. La historia tiene a veces claras resonancias -a mí me lo pareció, al menos- de las amables historias de enredo de nuestro teatro clásico. La disputa por el amor del Príncipe Myshkin (Fernando Gil)  entre las dos jóvenes, Aglaya (Vicky Luengo) y Nastasia (Marta Poveda) puede en algunos momentos parecerse a las de las comedias de nuestro Siglo de Oro, si bien hay en "El idiota" una mucho mayor profundidad psicológica y dramática.

CDN, "El idiota", Fiodor Dostoievski, Gerardo Vera, José Luis Collado
La bondad, la verdad inocente, la piedad incluso, es el motor de la representación. El Príncipe no sabe mentir, no es un hipócrita, dice siempre la verdad, y por eso encaja a duras penas en esta sociedad burguesa, urbana, toda ella llena de falsedad. Cuando ve a Nastasia algo en su interior le llama y lo mismo le sucede a ella hacia él. Sin embargo hay una gran diferencia en el curso vital de uno y otro personaje, pues mientras Myshkin es puro y desconocedor de las triquiñuelas y maldades burguesas, Nastasia está de vuelta de todas ellas e incluso implicada en las mismas: amante del adinerado Afanasi (Abel Viton) a quien en el fondo odia, y embaucadora del burdo pero sincero en sus sentimientos Rogozhin (Jorge Kent), a quien casualmente el Príncipe había conocido en el tren que le condujo a Petersburgo. Es, pues, Nastasia, un ser complicado, poliédrico, complejo, que supera su taimada condición cuando decide sacrificar su amor hacia el idiota por el bienestar de éste, quien en verdad será más feliz con Aglaya que con ella, un ser ya quemado por la brutalidad de la sociedad.

Rodeando a este conjunto está el matrimonio formado por el General Epantchin (Ricardo Joven) y su esposa Lizaveta Prokofievna (Yolanda Ulloa), el único familiar que tiene el Príncipe una vez que abandona la clínica suiza donde ha estado tratándose de su epilepsia. Precisamente encontrarse en San Petersburgo se debe a que ha ido a contactar con ella. Es allí en la casa del General donde conocerá a Aglaya y a Gavrila (Alejandro Chaparro) en cuya pensión se alojará Myshkin; en esta pensión también conocerá a Kolia (Fernando Sainz de la Maza), hermano de Gavrila, que cumple en la la obra un poco la función de narrador de la misma.

Si importante e interesante es la historia que cuenta Dostoievski, ésta ve acrecentados tales adjetivos con la magnífica puesta en escena ideada por Gerardo Vera. Un escenario desnudo que en ocasiones se llena de color y movimiento a través de proyecciones cinematográficas que muestran acciones de exteriores (trenes que circulan, noches de ventisca y nieve, etc.) y evoluciones de los rostros de los personajes. Con estas imágenes cinéticas 'entran' en el teatro parte de las numerosas descripciones características de la novela decimonónica. Al tiempo el sonido acompaña estas proyecciones envolviendo en él al espectador. Además en momentos puntuales del espectáculo suenan temas musicales  bellísimos que -confieso- puedo decir cuáles son tras haber leído la estupenda crónica que de la obra hace en El País (suplemento 'Babelia') el crítico y novelista Marcos Ordóñez: "un interludio de 'Lady Macbeth en el Estado de Minsk', de Shostakóvich (durante el baile en la velada central), y la versión rusa de 'Gloomy Sunday' a cargo de la cantante Severija, procedente de la serie alemana 'Berlin Babylon'" (Babelia, 2/3/2019).



Por lo demás quiero destacar la perfecta actuación de todo el elenco. En especial me gustaron dos actores: Fernando Gil (el Príncipe Myshkin) por su magnífica ejecución del papel de inocente, de idiota, de persona fuera de este mundo; y Yolanda Ulloa (la Generala) por la dignidad que da al personaje madre de Aglaya que busca por todos los medios la felicidad de su hija. Todos los personajes se ven arropados, ¡nunca mejor dicho!, por un vestuario de época acorde con sus personalidades. Con estos ropajes los actores se mueven por un escenario abierto, casi desnudo, ocupado puntualmente sólo por elementos como las imágenes ya señaladas, o por escuetos elementos de mobiliario: una mesa y dos sillas, una hermosa e historiada lámpara, y poco más. Pese a esta desnudez ornamental el espacio escénico se agranda al incorporar al mismo en algunos momentos el proscenio y pasillo del patio de butacas. De esta manera la obra gana en dinamismo y evita el posible hieratismo en que la representación podría caer en momentos puntualmente muy narrativos.

La obra estará en cartel en el Teatro María Guerrero hasta el próximo día 7 de abril. Una obra de todo punto recomendable.