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17 ene 2023

James Salter: "Juego y distracción"

13 comentarios:
James Salter, generación de Kerouac, Richard Ford
De James Salter sólo había leído hasta el momento, en el ámbito de mi grupo de lectura, Años luz; y esto fue, hará ya cosa de dos o tres años. La novela, de la que tengo reseña hecha en este blog, me sorprendió y me gustó. Desde ese momento nada nuevo había leído de este norteamericano fallecido en 2015 a la edad de 90 años. Por pura casualidad Juego y distracción llegó a mis manos. No sabía de qué iba y me puse a leerla. Su corta extensión fue una de las razones que me impulsaron a ello. Últimamente busco obras de no muchas páginas; las 224 de la edición de Salamandra que he manejado son para mí una medida óptima.


Sinopsis (proporcionada por la propia editorial)
La novela narra la historia de amor entre Phillip Dean, un universitario norteamericano que deambula por Europa, y Anne-Marie Costallat, una joven francesa de provincias. Evocada en todo su esplendor erótico, la fogosa aventura de los dos amantes nos llega a través de la imaginación de un solitario compatriota de Phillip. El desdén hacia las convenciones sociales, la entrega incondicional al placer y la indolencia aparecen aquí delineados con un lenguaje conciso, que convierte el cúmulo de impresiones y la mirada reflexiva y sensible del narrador en un himno a la sensualidad.


Mi comentario
Comienza la novela con la visita del narrador a los Wheatland, Billy y Cristina, antes Cristina Cabaniss, y de soltera Poore, en París. Deseoso de conocer la realidad francesa, el joven narrador quiere viajar por la Francia profunda; Billy y Cristina le ofrecen una casa que tienen en Autun, una pequeña ciudad de 15000 habitantes distante de la capital algo menos de 300 kilómetros, para que se instale unas semanas en ella. Le recomiendan visitar a los Job, vecinos de la propiedad. 

En estas estamos durante los primeros cinco capítulos de los 37 -todos ellos bastante breves- que componen la novela. Un joven estudiante, norteamericano como él, le es presentado por los Job durante una comida. Pronto ambos congenian y el joven estudiante, de nombre Phillip Dean, pocos días después y sin previo aviso se presenta en casa del narrador y se instala en ella. Dean es un joven agraciado («Dean se parece a un actor: Eddie Constantine») que gusta a las mujeres. Así conocerá a Anne Marie Costallot, joven de 18 años que dejará a su novio negro por él. Juntos, Annie y Dean, viajarán por Francia: Nancy, Bagnoles, Joigny, Cezy, Angers, Orleans, Perros-Guirec, Nevers, Montsauche... y harán el amor. Sobre todo harán el amor. 

La verdad es que los embates amorosos practicados con asiduidad por Annie y Dean están cargados de un fuerte erotismo, aunque el narrador nos deja en la duda de si realmente todos ellos acontecieron o simplemente surgen de la imaginación de un joven, él mismo, que también se siente sexualmente atraído por esa hermosa joven. ¿Nos engaña el narrador, seguramente alter ego del propio James Salter que hasta 1961, mientras ejerció su profesión de aviador militar recorrió muchos países, entre ellos Francia? No, por cierto; desde el primer momento se nos avisa de la mucha imaginación vertida en el relato:
«Estas son notas sobre fotografías de Autun. Sería mejor decir que empezaron como notas pero luego se volvieron otra cosa, una descripción de lo que considero sucesos. Las tomaba para mí solo, pero ya no puedo ocultarlas. Aquellos tiempos pasaron. Nada de esto es cierto. He dicho Autun, pero fácilmente podría haber sido Auxerre. […]
Es la historia de cosas que nunca existieron, aunque el menor asomo de duda al respecto, la mínima posibilidad, lo sume todo en tinieblas. Solo quiero que quien lea esto esté tan resignado como yo.»
Imagina James Salter, en forma de road movie, un aprendizaje sentimental, una educación erótica producida en la pareja Dean - Annie. Los 34 años de edad de Dean y los 18 de Anne Marie marcan bien la distancia entre educador y educanda. Annie desborda sexualidad y plena disposición. Para el narrador Dean, quien le relata varios de estos encuentros, es alguien envidiable por la fortuna que tiene de relacionarse con esta bella muchacha. Pero, insisto, no está claro que todos los actos amorosos entre Phillip y Anne hayan tenido lugar y menos que hayan discurrido así. El narrador creado por Salter se los imagina así, él viene a identificarse con ese joven suertudo al que imagina en esas situaciones. Y de nuevo no nos engaña, aunque como lectores lleguemos a olvidar los avisos que nos va dando a lo largo del relato:
«Va empalmado la mitad del tiempo y se pregunta si habrá problemas para inscribirse en el hotel. De haber sido yo, y a veces estoy tan empapado de imágenes que pienso que era yo, no habría tenido aplomo, ni la menor confianza.»
¿Es fundamentalmente Juego y distracción una novela erótica? Yo diría que no, aunque sin duda alguna la sensualidad cumple en ella un importante papel. James Salter gusta de mostrar estos encuentros amatorios pero sabe cuando detenerse, apartarse y no excederse en lo explícito, que lo hay. No es fácil moverse por esos andurriales. Siempre se corre el peligro de caer en lo pornográfico o por el contrario mostrarse demasiado pacato. Mantener el equilibrio es ya demostración de maestría por parte de Salter quien logra lo que, según dice Antonio Muñoz Molina en su juicio sobre esta novela, parece imposible
«la dulzura explícita del sexo limpia de grosería, la sugestión de lo secreto y lo sagrado que ocurre entre dos amantes en el interior de una habitación, lo que es indecible y también irresistible, la mutua entrega y la desvergüenza amparadas tras la veladura del pudor.»
Leyendo la novela, que me ha gustado mucho como ya he dicho, recordaba otras narraciones primerizas  (Juego y distracción es la tercera de las novelas escritas por Salter, aunque para él es la primera auténticamente literaria dado que las dos anteriores, The Hunters y The Arms of  Flesh, estaban muy pegadas a sus experiencias de piloto de guerra). Me refiero, por ejemplo, a El lamento de Portnoy de Philip Roth, reseñada hace diez años en este blog, o a El guardián entre el centeno de J. D. Salinger, leída hace muchos más años aún y de la que no existe reseña alguna en El blog de Juan Carlos. En las tres asistimos a un viaje iniciático desde la adolescencia hacia el mundo adulto representado éste fundamentalmente por la práctica del sexo. De las dos novelas recordadas, la de Salinger es nada menos que del año 1951 mientras que la de Philip Roth vio la luz en 1969, dos años después de que Salter publicase Juego y distracción. Si por el contenido de las novelas y la explicitud con que se aborda y describe la sexualidad las dos narraciones aparecidas en los años 60 produjeron escándalo en la tradicionalmente timorata sociedad norteamericana, sólo hay que imaginar el efecto que el comportamiento de Holden Caulfield causaría el año que la novela que protagoniza salió a la venta.

Pero en Juego y distracción no sólo hay sexo; hay mucho más, si bien la manera de mostrárnoslo es a su través. Tras la lectura de esta historia se saca en claro que el sexo solo no basta, que es preciso que exista el amor. También, y aquí viene a justificarse el título de la novela, que la existencia hay que adornarla, que no sólo vale vivir. La expresión "Juego y distracción" la toma el autor de unos versos del Corán que en forma de cita inicial le sirven para enmarcar el relato («Sabed que la vida de acá es juego y distracción...! (El Corán, LVII 20)»); precisamente eso es lo que hace esta pareja: vivir, jugar, distraer el tedio vital que conlleva la existencia en una ciudad como Autun, representación de la Francia real:
«Una ciudad pequeña, sin alegría, con sus cafés y su vasta plaza. En las afueras se alzan apartamentos nuevos. Calles que nunca he visto. Hay dos cines, el Rex y el Vox. Brota agua de las fuentes. Unas ancianas pasean a sus perros. Por la mañana. Leo An Illustrated History of France. Una niebla densa ha blanqueado el jardín, donde todo queda oculto. Un silencio absoluto. Apenas percibo el paso del tiempo.»
Y junto a todo lo dicho hasta aquí, el magnífico estilo de la prosa de James Salter. Su manera de escribir está muy influida por su labor como guionista cinematográfico. No se explaya, la brevedad y la yuxtaposición son características muy reconocibles en él. Diríase que compone la descripción a base de breves brochazos que, vistos en su conjunto cuando nos alejamos un poco, muestran un cuadro perfecto. Es un estilo literario semejante al puntillismo pictórico. En otro lugar [en la reseña de Años luz] lo definí como estilo impresionista. Cuando comenté Años luz vine a decir que la insistencia en el procedimiento me resultaba algo cansina; sin embargo aquí, en Juego y distracción, por el contrario, me parece que le va como anillo al dedo.

Hace uso frecuente del símil y de imágenes que dan brillantez al texto:
  • «En el cuarto de baño la observa estirándose el pelo. Tiene los brazos en alto. En los huecos hay una sombra de espesura, corta y fina, y de ahí emana el olor húmedo, a cebollas, que él ama.» 
  • «Hablan del pasado, rememoran lugares, dificultades, alegrías. Ella toma un segundo vaso de vino. Fuera, la noche es azul.»

La manera de escribir de James Salter linda con la poesía en más de una ocasión. Esto y su contención descriptiva es lo que para mí hace de esta novela algo hermoso
«No queda nada. El poema de su amor está desperdigado a su alrededor. Los días se han desplomado por doquier, se han desmoronado como naipes. El aire es frío. Dean se sube las mantas. Ella está tan inmóvil que parece dormida. Él le toca la cara. Está bañada en lágrimas.»

En general he de decir que, si bien el personaje de Phillip Dean me ha evocado algo al Tom Buchanam  de El gran Gatsby, y su narrador innominado al Nick Carraway de la novela de Scott Fitzgerald, el estilo seco, breve, desnudo de muchas descripciones me ha hecho recordar a nuestro Azorín, del que este año 2023 celebraremos el 150 aniversario de su nacimiento. Y quizás -utilizo la posibilidad, el por qué no, emulando lo que Salter hace en su novela- esto no sea casual dado que en el escritor norteamericano, como ya dije al hablar de Años luz, abundan las referencias a España y a su literatura.  Así, por ejemplo para describir la interioridad compleja y difícil de Dean lo compara con Lorca: 
«Cuando miro sus fotos, la que le saqué comiendo una naranja, en el momento en que alza la vista, aquel día de noviembre en que fuimos por primera vez a Beaune, al mirarla veo los ojos de Lorca, los de alguien que es expulsado de la vida y destruido, nunca sabremos por qué motivo.»

Final
Muchas cosas me han gustado de esta novela. Lo primero que es diferente a otras, que tiene algo de perturbadora, que sugiere más que muestra, y sobre todo la mezcla magnífica hasta llegar a confundir al lector de realidad e imaginación. ¿Hasta qué punto lo real y lo soñado o deseado coinciden o se queda en puro ejercicio imaginativo? Esa manera de mostrar lo que quizás no hubo, pero que quien lo cuenta se lo imagina así o desearía que hubiera sucedido así es algo maravilloso en esta narración. Una narración en la que como digo al inicio de la reseña James Salter no nos está tendiendo trampa alguna pues desde el principio ha mostrado sus cartas:
«Su boca, al moverse, traza recorridos largos, dulces. Dean nota que empieza a caerse, a romperse, y yo soy como el saxofonista de una orquesta que desfila, enamorado de una reina del cine. Con mirada tierna, extraviado, desfilo pésimamente, de un lado para otro, en el descanso.»

Literatura norteamericana del siglo XX

 «No estoy diciendo la verdad sobre Dean, me la estoy inventando. Le estoy creando a partir de mis propias deficiencias, recuérdalo siempre.»

Después de leer esto no puedo menos que quitarme el sombrero y saludar la maestría que muestra este norteamericano poco conocido en España y algo opacado por otros nombres de la literatura norteamericana de su tiempo.


Nota.-
Con esta novela inicio el Reto Nos gustan los Clásicos y también el de Autores de la A a la Z.



16 jun 2020

"Años luz" de James Salter

26 comentarios:

“Tienes que ser libre. Ella no lo explicó; no podía. No se trataba de vivir sola, aunque en su caso había sido necesario. La libertad de que hablaba era la conquista de una misma. No era un estado natural. Estada destinado solamente a quienes lo arriesgaran todo por conseguirla, a quienes eran conscientes de que sin ella la vida consistía únicamente en apetitos hasta que te quedabas sin dientes.” (“Años luz”, p. 277)

James Salter. "Años luz"
Mi primera impresión sobre esta novela es de cierta confusión. Me explico: en principio mis expectativas eran, no sé, de otro tipo. Me he encontrado con una historia algo triste de una familia burguesa americana asentada en New York. Él, de nombre Viri, es un arquitecto que no ha triunfado en su especialidad y por ello se encuentra algo frustrado; ella, Nedra, no recuerdo ahora mismo bien a qué se dedica salvo a la crianza de sus hijas y a la vida social de la que tanto disfruta el matrimonio en Manhattan donde viven y en una vieja casa al norte de Nueva York. Allí, en una suerte de paraíso natural, rodeados de prados y con vistas al río Hudson, reciben a sus amigos y educan a sus dos hijas: Franca y Denny. El padre está entregado a sus hijas; para él continuarse en los hijos es lo máximo, importantísimo; para la madre lo es menos, ella es más vital, más disfrutona. Ambos tienen amantes. Viri con Kaya  Doutreau, joven contundente que le tiene absorbido el seso y a la que hace su secretaria; ella con Jivan, amigo soltero de la pareja. Los dos -Viri y Nedra- saben lo del otro, pero hacen como que no, lo ocultan, aunque es evidente que lo conocen. En su círculo social todos tienen amantes.
Esta pareja culta desea ir a Europa donde radica toda la cultura. Visitar Roma es una aspiración que tardarán tiempo en realizar. Verdaderamente será más tarde, cuando se divorcien, que cada uno visitará Europa y la experiencia se realizará en ellos con desigual fortuna.

Me ha descolocado un poco en esta novela el gran número de personajes cuyos nombres y relaciones se dan de manera algo descuidada lo que en mi opinión dificulta un poco el goce lector. Tampoco favorece del todo el ritmo de lectura ese narrador omnisciente en 3ª que en ocasiones -pocas, la verdad- recurre al "yo" e incluso a la segunda persona del singular. ¿Quién está bajo este "yo"? Es una pregunta que me ha acompañado a lo largo de toda la novela sin haber hallado solución satisfactoria del todo: ¿el autor, un personaje concreto...? Como en las novelas de investigación tipo Agatha Christie cada vez que creía haber dado con el propietario del pronombre, ¡zás!, se me evaporaba y desaparecía la opción al ver cómo evolucionaba la historia.
  • "Nedra trabajaba en la cocina. [...] Voy a describir su vida desde dentro hacia afuera, desde su médula, y también la casa" (p. 88)
  • "Se divorciaron en el otoño. Yo hubiera deseado que no sucediera. La claridad de aquellos días otoñales les afectó a los dos." (p. 213)
  • "¿Debo describir el acto de amor que les unió, puede que fuera aquella misma noche? (p. 289)
Las descripciones contextuales -los marcos espaciales y/o socio-espaciales- al principio de la novela -en las dos primeras partes sobre todo- las realiza de una manera, yo diría, impresionista, con frases muy breves en yuxtaposición, sin nexos causales entre ellas, a brochazos. Es un estilo descriptivo desnudo, frío, quizás muy norteamericano, que me ha hecho recordar cuadros de Edward Hopper. Una compañera de tertulia literaria donde comentamos esta novela dijo que James Salter era autor de guiones cinematográficos. Sí, me dije, quizás esa actividad suya en el mundo del Cine explique este estilo escueto, simple, como si se tratase de un mero puntero señalador
"Ha oscurecido. La hierba está seca; cruje al hollarla. Ha sido un día sin sol. Avanza hacia los rincones alejados, la carretera, los campos contiguos, gritando el nombre de la poni. Quietud en todas partes. Empieza a llover."(p. 3)
Este procedimiento, al reiterarlo durante bastantes páginas en las partes 1ª y 2ª de las 5 en que distribuye la historia, no me ha satisfecho del todo; no por el recurso en sí, sino por la insistencia en el mismo. En las otras tres partes parece que da paso en las descripciones a la utilización de frases más extensas y mejor interrelacionadas entre sí.

Esto que digo, unido a la confusión que a veces se originaba en mi cabeza por la denominación dada a los personajes: unas veces por su nombre propio, otras por su nombre familiar, en ocasiones por el de antes de casarse e incluso sólo por el apellido, ha dificultado mi lectura que no siempre me ha resultado fluida sino que en ocasiones me parecía que el relato discurría como a trompicones. Y eso que el tiempo discurre de modo lineal en un lapso de unos 10 ó 12 años o así dado que al inicio del relato Franca, la hija mayor, tiene unos 12 años, está entrando en la adolescencia, y cuando acaba está con 21 ó 22 años. 

Estos personajes, salvo los de la pareja protagonista formada por Viri y su esposa Nedra, me
parecen poco dibujados, incompletos, como sin perfilar. Todos ellos comparten el mundo social de sofisticación, alto nivel cultural, elevado poder adquisitivo, viajes, amantes, etc. en que viven pero aparte de servir de acompañamiento a los dos principales son como de cartón piedra y poco se puede decir de ellos salvo el nombre de algunos: Arnaud, Peter y Catherine, Larry Vern, Marina y Gerald Troy, Peter Daro, Reinhart, Eve, Anthony, Robert Chaptelle, etc.

Los asuntos que se dirimen en esta historia son variados aunque hay tres que en mi opinión
New York, Novelistas americanos,
son los fundamentales: 
  • El empoderamiento de la mujer representado en Nedra y su contraposición con el personaje de la italiana Lia ansiosa por casarse con Viri y dedicarse a él en cuerpo y alma. 
  • Otro asunto, primordial, quizás el más importante es el de la Muerte, el del final y la necesidad de dejar en esta tierra testigo humano del paso por la misma. De ahí la importancia de los hijos. Cuando éstos tengan a los suyos su mirada y el testigo memorial de la familia es ya su responsabilidad y uno puede dar su vida por culminada. El sostenedor de esta idea es esencialmente Viri y también, aunque compitiendo con su afán liberador, Nedra:
"Los hijos son nuestra cosecha, nuestro cultivo, nuestra tierra. Son pájaros a los que se da suelta en la oscuridad. Son errores renovados. Pero son la única fuente de la que puede extraerse una vida más cumplida, más lúcida que la nuestra. De un modo u otro harán una cosa, irán un paso más lejos, verán la cima. Creemos en ello, en el resplandor que despide el futuro, los días que no veremos. Los hijos deben vivir, deben triunfar. Los hijos tienen que morir; es una idea que no podemos aceptar." (p. 77)
  • El tercer asunto en importancia es la cuestión de en qué consiste el triunfo en la vida. ¿Tiene que ver con la fama? Nedra que achaca a su marido Viri el hecho de no haber triunfado en la arquitectura pregunta a Reinhart amigo de la pareja: "Lo que yo quisiera saber -dijo Nedra- es si la fama debe formar parte de la grandeza." Esta obsesión de Nedra por la fama, por la grandeza, por el triunfo en la vida, está a años luz del pensamiento de su marido, quien considera que la mediocridad es el camino de la felicidad ("Tenemos que ser borrosos, debemos ser afables"). 
Lo que anima, ¡y mucho!, a leer a este escritor norteamericano, guionista de una media docena de películas y antes de convertirse en escritor piloto en la Guerra de Corea, es la belleza de su prosa. A las descripciones impresionistas, rápidas, telegráficas, añade en muchas ocasiones unos cierres en oxímoron que vienen a contradecir, paradójicamente al menos, lo manifestado antes. 
"Tenía una figura más compacta que Nedra y una boca algo cruel, de labios blandos, complacientes consigo mismos, y sonrisa irresistible, taimada. Su cara tenía la resignación huraña de chicas que examinan objetos en los que no ven utilidad, chicas traicionadas por las circunstancias, obligadas a trabajar los domingos, chicas en burdeles extranjeros. Era una cara adorable." (p. 216)
Las caracterizaciones de objetos y personas las realiza con frecuencia mediante imágenes atrevidas, hermosas, con frecuencia sinestésicas ('tos amarilla', 'voz desenfocada') y siempre sorprendentes ("Su mujer era una yegua suelta en el campo". "Las líneas de la cara de Conrad eran las de un viudo")
"Las niñas se sientan a la mesa donde come su abuelo, el padre de Nedra, viajante de comercio, hombre de ciudad provinciana, con su tos amarilla, sus cigarrillos Camel siempre al alcance de la mano. Su voz está desenfocada, sus ojos empañados, apenas parece reparar en ellos." (p. 45)
De los personajes secundarios que antes he afirmado que me parecen vacíos, poco concretados, como desdibujados,  sin embargo quiero destacar cómo con frecuencia James Salter los dota de identidad caracterizándolos con referentes literarios o cinematográficos. Son referentes no siempre complicados, pero sí en ocasiones:
  • "Arnaud llegó aquel verano. Su llegada fue digna de Chaplin. Se presentó con Eve en un descapotable blanco", p. 112 
  • "Viri leía 'Las Navidades de un niño en Gales'", p. 102 [poemario de Dylan Thomas],
Finalmente las alusiones y citas de autores son muy abundantes (Dinesen, Borges, Simone de Beauvoir, Keats, Shelley, Céline, Montaigne, Roger Vailland, Kazantzakis, etc., etc.). De entre éstos es especial el apego que el autor siente por nuestro país y así Valle Inclán, aunque equivocadamente, es nombrado en el relato ("—Valle-Inclán era manco —declaró—. Se amputó un brazo para parecerse a Cervantes.", p. 92). También hay una alusión interesante a España y nuestra Guerra Civil pero no en su aspecto bélico sino usando nuestro proverbial y tópico carácter apasionado como término de comparación en el debate que sobre Norteamérica en ese momento se está produciendo en la conversación que mantiene el matrimonio de Viri y Nedra con el de Claire y Alba:
"Quiero decir que las pasiones totalmente ciegas, la falta de moderación… esas cosas son como una fiebre. Bueno, es más que eso. Quizá nos alarme algo que no hemos advertido antes, que siempre ha existido, pero no lo creo. ¿Conocen la historia de la Guerra Civil española? No me refiero al aspecto militar." (p. 207)
 Para finalizar
Esta novela estructurada en cinco apartados me ha parecido interesante. Presenta la vida de la sociedad urbana y culta americana durante los años 60 [la novela apareció en USA en 1975; en España hubieron de transcurrir 20 años para verla editada por vez primera.]. Muestra las contradicciones inherentes a las personas y la enorme dependencia que sentimos unos de otros. Todos buscamos un Paraíso que algunos (las dos hijas del matrimonio, Franca y Danny) sitúan en la niñez al recordar los cuentos que el padre inventaba para ellas; otros, los adultos -en especial Viri- en la casa junto al río Hudson donde amó a sus hijas ("estar próximo a un hijo, por quien uno lo consumía todo, cuya vida estaba protegida y nutrida por la tuya propia, tener a ese hijo a tu lado era la alegría verdadera, la más profunda, la única.") y otros -evidentemente Nedra- que en su afán por conquistar la libertad sacrifica la felicidad, o sea, el Paraíso, por ella ("—¿Eres feliz? —preguntó él. Ella se rio. La felicidad. Ella quería ser libre.").

escritores norteamericanos novelistas-guionistas
En una novela plenamente inmersa en la literatura, que presenta la vida teatral e hipócrita de una pareja que camina poco a poco hacia su disolución, el Teatro -la asistencia al mismo y su uso como referencia- tiene una relevante función. Aparecen citadas obras de Chejov ("El jardín de los cerezos", por ejemplo) pero sobre todo de Henrik Ibsen. Del autor noruego, Viri verá una reposición de "El maestro constructor". Viri se ve reflejado en el personaje de la obra: Halvard Solness, un gran constructor noruego que no quería ser llamado arquitecto. En justa correspondencia, Nedra fue respecto a él la Nora de "Casa de muñecas". 

¿Es una novela recomendable? Pues yo creo que sí. Eso sí, hay que aguantarle el pulso durante las primeras cuarenta o cincuenta páginas, no arredrarse. Si se logra vencerlas el disfrute de la lectura es completo. Esta generación de autores norteamericanos y otros muchos europeos -ya lo he dicho más veces- quedaron un tanto opacados por la enorme floración de escritores que durante esos años se dieron en ambos continentes. Por esta razón no llegaron a España en el  momento de su publicación y hubieron de esperar a finales del siglo XX e incluso a ahora mismo a que las editoriales los incluyesen en sus catálogos. Es algo muy de agradecer, desde luego.