A la semana exacta de la 1ª 1/2 de este A pares L publico su 2ª 1/2. Como ya dije en la presentación del mismo el de esta entrada corresponde al título sobre el que hacemos tertulia en el Club de Lectura Fuencarral de la Casa del Libro un día de la última semana del mes en que nos encontramos. Respecto a Comerás flores de Lucía Solla Sobral que protagonizaba la entrada anterior sólo advertiré aquí de la sustancial diferencia entre ambos libros. Tales diferencias deben mucho, si no todo, a la enorme distancia que hay entre una obra publicada en 2025 (la de Lucía Solla Sobral) y otra aparecida el año 1953 en el contexto de una Norteamérica racista, hostigadora de cualquier identidad sexual distinta a la admitida y muy refugiada en el ámbito de la religiosidad.
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(oculto los posibles spoilers para no destrozar el gusto lector a quienes no la hayan leído. Aquellos que, pese a
todo, deseen leerlos no tienen más que seleccionar con el cursosr el texto subrayado)
James Baldwin: "Ve y dilo en la montaña"
«Erraban por siempre por el valle; y golpeaban por siempre la roca; y las aguas manaban, perpetuamente, en el desierto perpetuo. Clamaban por siempre al Señor, y alzaban por siempre la vista, y eran por siempre abatidos, y Él por siempre los alzaba. No, el fuego no podía dañarlos, y sí, las fauces del león fueron aplacadas; la serpiente no era su señora, la tumba no era su lugar de reposo, la tierra no era su hogar. Job era testigo de todos ellos, y Abraham era su padre, Moisés había elegido sufrir con ellos y no deleitarse en el pecado durante años. Sadrac, Mesac y Abdenego habían pasado antes que ellos por el fuego, y David había cantado su dolor, y Jeremías había llorado por ellos.»
Conocía desde mi época universitaria el nombre de James Baldwin (1924-1987), pero hasta el día de hoy nada suyo había leído. Sabía por quienes fueron profesores de anglística en mi Facultad de Letras, los hermanos Coy Ferrer (Javier y Juan José), que era de color y homosexual, y que por ambas condiciones había luchado contra la segregación en la que se encontraban él y quienes eran como él. Los temas principales que trata Baldwin en sus obras tienen mucho que ver con la relación que él mantenía con la religión, el racismo y la homosexualidad en el contexto de los Estados Unidos de mediados del siglo XX,
Ve y dilo en la montaña es la primera novela publicada por este neoyorquino, hijo de madre soltera y con padre adoptivo predicador. Apareció en 1953 y es una semiautobiografía suya. En la novela hay un personaje, John, que como él a los 14 años sufre una crisis religiosa que le llevará a convertirse en predicador. Ambos nacen en Harlem y son hijos de madres solteras. El de la novela es hijo de Elizabeth quien se casa con Gabriel, diácono predicador de la Iglesia del Templo del Fuego Bautizado, una iglesia protestante pentecostal situada en Harlem. Aunque Gabriel acepta al niño, la relación entre ambos será conflictiva. Gabriel es muy estricto con John y éste al sentirse odiado devuelve ese mismo odio soñando con escapar de la férula paterna, algo que no realizará jamás.
Es una novela de personajes en la que especialmente destaca Gabriel, el predicador. Proyecta en él James Baldwin su desengaño hacia la religión que sufriría por la época en que se encuentra escribiendo el libro. Gabriel es un hombre, borracho y disoluto de joven, que se convertirá en predicador del estricto cristianismo pentecostal al conocer a Deborah, mujer muy devota amiga de Florence, hermana suya. Pese a estar casado con Deborah, Gabriel no puede resistir la tentación y durante nueve días tendrá relaciones con Esther, trabajadora en la misma casa de blancos donde él trabaja. A los nueve días decide dejarla, pero ella quedará embarazada y él se encargará de sufragar los gastos que ocasionará el que Esther marche a Chicago a tener a su hijo, Royal, hijo que ella no llegará a conocer por fallecer en el parto.
La novela se estructura en tres partes de las que la segunda es la más importante por contener las llamadas «Oraciones de los devotos». Son las siguientes: «La Oración de Florence», «La Oración de Gabriel» y «La oración de Elizabeth». La primera parte se titula «El Séptimo Día» o sea, el sábado día del oficio religioso cuando los fieles de la iglesia acuden a ella para santificar y bendecir la creación del mundo por Dios. Quien prepara la sala para esta celebración es John ayudado por su amigo Elisha. Por último, el tercer apartado lleva por título «El Suelo de la Revelación» y en ella John ve a su amigo Elisha que está en el suelo recibiendoen éxtasis una revelación divina; él mismo también la recibirá. Si bien la acción lineal ocupa sólo un día que es el sábado de 1935 en que John cumple años, en los tres apartados se nos cuentan desordenadamente los antecedentes de la familia Grimes, las relaciones de parentesco entre ellos, las infidelidades, los malos comportamientos, la vida de estos negros en una Nueva York donde son los blancos quienes llevan la batuta y mantienen segregados a las personas de color...
La novela ciertamente está muy cargada de elementos religiosos. Concretamente es el Antiguo Testamento el que más importancia tiene en ella. Se habla mucho de Noé, a quien se atribuye el descubrimiento del vino y su poder embriagador. También se habla mucho de su hijo Cam que descubrió la desnudez de su padre y por eso fue maldito. De la estirpe de Cam, dice la leyenda, que procede la raza africana, los negros, una raza por ello maldita desde su origen. La religión mezclada con la segregación racial es un aspecto muy relevante en la novela. Gabriel constantemente advierte a sus hijos contra los blancos. John, que es el alter ego de James Badwin, se rebela algo contra ello, aunque admite la parte de razón que tiene el padre. La religión y los pasajes bíblicos junto a citas de himnos adventistas son utilizados como imágenes expresas o sobreentendidas que ayudan a comprender la vida de la comunidad de esta iglesia pentecostal. Me parece muy reveladora la escena en la que John el día de su 14 cumpleaños es invitado por su madre a comprarse algo y en Central Park sube hasta un montículo desde el que se divisa el perfil de la ciudad:
«Distinguió el perfil de Nueva York. No supo por qué, pero brotó en él un júbilo y una sensación de poder, y subió la cuesta a todo correr como si fuera un motor, o un loco, dispuesto a tirarse de cabeza sobre la ciudad que resplandecía ante él. [...]
Al llegar a la cima se detuvo [...] se sintió como un gigante capaz de arrasar la ciudad con su furia; se sintió como un tirano capaz de aplastar la ciudad con el pie; se sintió como un conquistador largo tiempo esperado [...]
Entonces se acordó de su padre y su madre, y de todos los brazos extendidos para retenerlo, para salvarlo de esa ciudad en la que, según decían, su alma hallaría la perdición.»
A mí esta visión de Nueva York desde ese montículo, esa montaña, me ha recordado el episodio evangélico de las tentaciones que sufrió Jesucristo en el desierto cuando fue llevado a lo alto de una montaña y el Diablo le dijo aquello de "Todo esto te daré, si postrado me adorares". Creo que este es el intertexto que subyace en este fragmento, aunque vuelto del revés. Y pienso que quizás ese sea el mensaje que la novela quiere dar: cuidado con los salvadores que quieren hacernos perder el gozo de la vida, cuidado con esos predicadores falsos, hipócritas, que predican lo contrario de lo que practican. Esta va a ser la revelación que recibirá John cuando en la Iglesia ese séptimo día caiga al suelo y se vea liberado:
«Yo, John, vi una ciudad, en lo alto y en medio del aire, esperando, esperando, esperando en lo alto»
Y muy próximo a la cuestión religiosa que incita al temor de Dios está el otro temor que Gabriel se esfuerza por inocular en sus hijos, en especial en John, hijo al que ve como más proclive a relacionarse con los blancos. En un Nueva York en el que la segregación racial estaba más que instaurada, Gabriel no hace nada para mejorar la convivencia entre los blancos y los negros. Por eso previene a John frente a ellos cuando el conflictivo hermano Roy vuelve herido a casa tras haber sido agredido por ellos:
«¿Lo ves? –añadió ahora su padre–. Han sido los blancos, algunos de esos blancos que tan bien te caen, los que han intentado rebanarle el pescuezo a tu hermano.»
En esta novela que tiene muchísimo de autobiográfica no aparece de manera explícita la condición homosexual del autor. Sin embargo creo que puede atisbarse en su relación con Elisha. Más que en su relación, en la manera como Elisha es observado por John en la Iglesia, en los pensamientos que su presencia le suscitan:
«Y se fijó en Elisha, un joven que seguía al Señor; un sacerdote de la Orden de Melquisedec al que se le había concedido el poder de vencer la muerte y el Infierno. El Señor lo había elevado, lo había transformado, y lo había situado en la senda luminosa. ¿En qué pensaba Elisha cuando llegaba la noche y se quedaba solo donde nadie podía verlo, donde ninguna lengua podía dar cuenta de él, excepto la lengua de las trompetas de Dios? ¿Cómo eran sus pensamientos, su cama, su cuerpo vil? ¿Cómo eran sus sueños?»
Muy interesante en esta novela es el papel que tienen las mujeres. Son muchas las que hay en la historia: Deborah, la primera mujer de Gabriel; Florence, la hermana de Gabriel; Estephanie, la madre soltera de John que casará con Gabriel; Esther, la aventura de Gabriel que dará como consecuencia un hijo, Royal; Ella Mae, la chica pareja de Elisha que se verá separada de él por culpa del predicador James; la Hermana Washington, abuela de Ella Mae, la Hermana McDonald, madre de Esther... En general todas ellas cargan con una condena, con una maldición, la de estar sometidas a los hombres, la de que el amor sea el señuelo para este sometimiento, la de ser engañadas y abandonadas por ellos... Así piensa Florence a propósito de su fallida relación con Frank: «a veces le venía la idea de que todas las mujeres cargaban con una maldición desde la cuna; a todas, de un modo u otro, se las había abocado al mismo destino cruel, habían nacido para aguantar el peso de los hombres.». Y en otro momento, la misma Florence, la mujer más concienciada del grupo, al conocer las circunstancias de Elizabeth y lo sucedido al padre de John concluye:
«Sí –dijo Florence, acercándose a la ventana– los hombres se mueren, eso es verdad. Y somos las mujeres las que nos quedamos, como dice la Biblia, y los lloramos. Los hombres mueren, para ellos se acaba todo, pero nosotras tenemos que seguir viviendo e intentar olvidar lo que nos han hecho. Ay, Señor.»
En lo formal es importante el desarrollo de la trama a base de ese perspectivismo centrado en esas cuatro o cinco figuras esenciales de la narración: John, alter ego del propio James Baldwin; Gabriel, alter ego del padrastro del autor, al que siempre llamó padre; y las mujeres Elizabeth, alter ego de la propia madre soltera del novelista llamada Emma Berdis Jones; y Florence, hermana de Gabriel. Gracias a sus distintos puntos de vista vamos conociendo la historia que se nos relata.
Si en lo formal no es una novela sencilla, esta dificultad se ve acrecentada a día de hoy por el excesivo contenido evangélico que contiene. En una sociedad secularizada y tan desacralizada como la nuestra las referencias bíbicas y religiosas resultan a veces muy difíciles de desentrañar; mucho más cuando en ocasiones van anejas a maneras poco habituales de presentarlas. Tal me ha parecido a mí, por ejemplo, el frecuente uso catafórico (anticipar el pronombre a su referente) que realiza (ejemplo: «Él no la sentía, esa dicha que experimentaban ellos»). Tampoco es fácil la interpretación de los momentos oníricos que les suceden a los devotos cuando reciben la revelación. No es sencilla porque en esa ensoñación que sufren, los pasajes bíblicos y religiosos que perciben o pasan por su mente son confusos, aparecen en desorden o exigen gran conocimiento por parte del lector para realizar debidamente la precisa exégesis religiosa. El momento esencial de esta revelación es la de John cuando en el oficio de ese Séptimo Día, día de su 14 cumpleaños, recibe el anuncio divino de que seguirá los pasos religiosos de predicador de su padre. En parte, así John se salvará del peligroso mundo delicuencial al que igual que su hermano Roy o su medio hermano Royal estaba abocado.
Para finalizar
James_Baldwin (foto de Allan_Warren)
Una novela tan densa como Ve y dilo en la montaña, que toca tantos aspectos de la biografía de James Baldwin, es difícil de agotar en una simple reseña como ésta. Me felicito irónicamente a mí mismo por haberla leído durante las fechas de la Semana Santa. ¡Ojalá, que la espiritualidad de esas fiestas me hayan hecho entender mejor a James Baldwin! Pero no estoy seguro de que así haya sido.
Cuando voy a cerrar esta entrada caigo en la cuenta de que nada he dicho acerca del aspecto físico del escritor que tanto le preocupó íntimamente a lo largo de su vida. Me refiero a su fealdad. Sí, él mismo, con frecuencia aludía a ella, a cómo su padre (su padrastro) lo criticaba por ello y así él también se percibe en esta novela:
«John destacaba en los estudios aunque, a diferencia de Elisha, no en matemáticas ni en baloncesto, y se decía que le aguardaba un Gran Futuro. Podría llegar a ser un Gran Guía de Los Suyos. A John no le interesaban mucho los suyos, pero la expresión tantas veces repetida aparecía en su mente como una gran puerta de latón, que se le abría para darle paso a un mundo en el que la gente no vivía en la oscuridad de la casa de su padre [...] En este mundo John, que según decía su padre era feo, que siempre era el chico más bajo de la clase, y que no tenía amigos, se volvía de inmediato guapo, alto y popular.
[...]
Su padre siempre había dicho que el rostro de John era el rostro del Demonio..., ¿y acaso no había algo -en el arco de la ceja, en el modo en que su pelo áspero le formaba una uve en la frente- que confirmaba las palabras de su padre?»
En resumen, son cuestiones centrales en Ve y dilo en la montaña las siguientes: la hipocresía, la distancia entre predicar y dar trigo, la discriminación racial, la lucha hombres-mujeres, el empoderamiento femenino, la ocultación de la condición sexual... Novela muy autobiográfica.
No me cansaré de advertir una y otra vez que el conocimiento bíblico es muy importante para una buena intelección de esta primera novela de James Baldwin. Y recuerdo que hoy día estos conocimientos son pocos y no gozan de mucho prestigio en el mundo que nos ha tocado vivir.
"Los chicos podrían haber sido muchas cosas si la Nickel no los hubiera echado a perder. Médicos que curan enfermedades, o neurocirujanos, o de los que inventan algo que salva vidas. Candidatos a presidente. Tantos genios echados a perder"
Colson Whitehead ha logrado algo insólito, ganar dos veces seguidas el Premio Pulitzer, algo sólo conseguido en los más de 100 años de existencia del galardón por William Faulkner. Desde luego es sorprendente y muy poco frecuente que un mismo autor se alce en sus dos últimas publicaciones con un galardón tan prestigioso como éste. Podríamos preguntarnos el porqué. Pienso que la razón podría estar en que el tema del racismo y de la segregación racial que en ambos relatos se toca desgraciadamente sigue de actualidad en gran parte del mundo pero especialmente en USA de donde es el autor y donde se concede el galardón. Además creo que el estilo literario y la personalidad del escritor casan a la perfección con la finalidad que figura en las bases del Premio: premiar la excelencia en el periodismo, la literatura, el teatro y la educación. Habiendo obtenido el correspondiente a la literatura es evidente tras leer la novela que Whitehead sabe mucho de periodismo y que sus libros encierran también una clara finalidad educativa.
Mi comentario
[He ocultado frases para no desvelar partes importantes.
Si quisieras leerlas no tienes más que pasar el ratón sobre esas
frases como haces cuando quieres seleccionar texto]
La novela, corta en extensión -poco más de 200 páginas-, está dividida en tres partes más un Prólogo y un Epílogo. Prólogo y Epílogo se sitúan en el momento actual y sirven de marco a la historia que a continuación se cuenta perfectamente estructurada en tres secciones que obedecen al clásico planteamiento, nudo y desenlace de cualquier obra tradicional.
En la primera parte conocemos la infancia y adolescencia del personaje central Elwood Curtis, criado por su abuela Harriet, tras la sorprendente marcha de sus padres (Percy y Evelyn) a California. Esta parte finaliza cuando ilusionadamente Elwood, siempre buen estudiante y con un afán tremendo por aprender pese a las dificultades que un negro tiene sólo por el hecho de serlo, con 16 años hace autostop para ir hasta la Universidad donde ha sido admitido para realizar un curso preuniversitario sobre literatura inglesa. La policía para el coche al que ha subido hace escasos momentos y para desgracia suya resulta que el conductor negro que lo conduce hacía nada que lo acababa de robar. Elwood es considerado cómplice y tachado de ladrón por lo que es condenado a pasar dos años en la Escuela Reformatorio para chicos Nickel. Aquí acabaron todas sus ilusiones y todo su esfuerzo y amor al estudio se ve seriamente comprometido.
En la Segunda Parte ya vemos a El en la Academia Nickel. Aprender los códigos que allí dentro funcionan le ocasionará tener que pasar por la Casa Blanca, viejo almacén donde los supervisores encabezados por Spencer azotaban a los chicos negros o blancos para hacerles entender todos los puntos no escritos del manual de conducta. de la institución.
En la Nickel, Elwood que vive en la residencia Cleveland se hará amigo de Turner, de Desmond, de Jaimie y con ellos aprenderá a sobrevivir allí dentro. Con Turner logrará participar en un servicio que sale del centro una vez por semana. Acompañan en coche al supervisor Harper para repartir entre ciertos ciudadanos de Eleanor los donativos que diversas instituciones, el Estado de Florida, el Ayuntamiento o simples particulares hacían a la Nickel para mejorar la calidad de vida de los allí confinados. La corrupción, pues, junto a la violencia es norma en este Reformatorio.
En esta parte conocemos la manera cómo se las gastan los trabajadores de la Nickel con los chicos a su cargo. Son éstos objeto de crueles palizas, de frecuentes abusos sexuales, utilizados como obreros sin salario e incluso objeto de desapariciones físicas enmascaradas con el argumento de escapadas del Centro. Escapadas que, si algunas -muy pocas en verdad- existieron, eran en su mayoría meras disculpas para ocultar la muerte y el apresurado enterramiento de los chicos en el denominado por ellos mismos cementerio de Boot Hill.
La tercera parte es quizás la más variada pues comienza con el personaje en el Nueva York de hoy. Es un próspero empresario de mudanzas que posee una flota de camiones capitoné y un nutrido grupo de empleados. Ha triunfado. Esta es la primera sorpresa que Colson Whitehead nos da. Una sorpresa que en los capítulos que forman esta sección IIIª de la novela nos irá desvelando. En una especie de alternado hoy – ayer, o vueltas atrás (flash backs) esclarecedoras de lo sucedido hasta aquí, nos enteramos de lo que aconteció a esta pareja de compañeros (Turner y Elwood) para que ahora pasado el tiempo el que atiende por el nombre de Elwood sea empresario de una empresa de mudanzas con varios empleados en plantilla y una importante flota de camiones. Ocurrió que Elwood aprovechando una visita de inspección a las instalaciones de la Nickel entregó a uno de los tres inspectores una carta en la que denunciaba los abusos sufridos por los chicos a manos de sus ‘educadores’ y la corrupción de todo el establecimiento que desviaba fondos y productos a ciertos vecinos de Eleanor dejando la comida y las instalaciones del Reformatorio en un estado lamentable.
A consecuencia de esta denuncia sufrirá castigo en la celda oscura. Afortunadamente Turner escucha que a Elwood lo van a sacar para llevarlo a Boot Hill (el cementerio) y decide que el momento de escapar juntos de la Escuela Nickel ha llegado.
Como digo, alternando los capítulos del hoy con los del ayer, vamos atando cabos y vemos cómo la pareja de fugitivos fueron perseguidos por la ciénaga, fueron tiroteados y uno cayó. Un encuentro casual en Nueva York con un compañero de la escuela reformatorio sirve de disculpa para recordar penosos
sucesos allí vividos; luego el descubrimiento que en el Prólogo leímos de restos humanos en los terrenos que ocupara la Nickel hace al Elwood empresario que vive satisfactoriamente con su mujer Mollie plantearse que ya es llegado el momento de participar activamente con su testimonio en desvelar la verdadera cara de este establecimiento y de pedir responsabilidades de lo sucedido aunque hayan pasado 42 años desde que él saliese de allí. Son varias las sorpresas que nos llevamos en esta tercera parte si bien la mayor es la que leemos en el Epílogo que cierra el relato y que, naturalmente, no voy a desvelar aquí.
La verdad es que "Los chicos de la Nickel" es una novela que aunque cuenta una historia dura y cruel inspirada en una auténtica escuela reformatorio, la Escuela Dozier para Chicos de Marianna (Florida) que funcionó hasta el año 2011, me ha sorprendido menos que "El tren subterráneo", novela de Colson Whitehead que al igual que ésta obtuvo el Premio Pulitzer el año de su publicación. Como digo en la reseña que de ella hice en septiembre de este año [leer la reseña aquí] la historia de la organización clandestina urdida por los antiesclavistas estadounidenses y los terribles castigos inflingidos a los esclavos en los estados del Sur me sorprendió por su increíble dureza y por el desconocimiento total que yo tenía sobre grupos humanos que hubiesen luchado jugándose el tipo por que otros seres humanos alcanzasen la libertad.
Es "Los chicos de la Nickel" una novela que presenta el asunto del Racismo y de la segregación racial existente de facto en no pocas personas de los Estados Unidos. Desgraciadamente lo que se cuenta en este relato me ha sorprendido menos al ser una historia más cercana a nuestro hoy, más conocida, por verla con indeseada frecuencia en los informativos diarios. Me refiero a abusos sobre personas de color por parte de fuerzas policiales que rápidamente tiran de pistola para defenderse de un supuesto ataque de un indefenso ciudadano.de color. Este asunto del racismo y de la segregación racial no es exclusivo de USA; también en la culta Europa asistimos con cierta periodicidad a revueltas ocasionadas por discriminaciones de esta clase (Francia ha conocido no pocos casos de estos por segregación respecto a su población de origen magrebí) aunque sin duda la palma se la lleva Estados Unidos donde localidades como Ferguson (en Misuri), Charleston (en Carolina del Sur), Minneapolis (en Minnesota) o Filadelfia (en Pensilvania) han conocido, sólo fijándonos en los últimos cinco años, disturbios sonados provocados por la violencia policial.
Es por esto que digo que la sorpresa de "Los chicos de la Nickel" ha sido para mí menor. Pero sí que creo que es una historia necesaria la que Colson Whitehead con un estilo ágil, muy próximo al de la crónica periodística (conviene recordar que el escritor es o ha sido habitual reseñista de libros, música y televisión en revistas populares americanas como 'Village Voice') presenta en esta novela. Sin lugar a dudas esta novela es un homenaje al pastor Martin Luther King Jr. asesinado en 1968 por su lucha por los derechos civiles de los afroamericanos. Precisamente esa lucha pacífica, en forma de escritos y cartas denunciando abusos y vejaciones de la población de color, es lo que emulándole realiza el protagonista de esta narración, Elwood Curtis. Es El un chico estudioso, trabajador, idealista, crédulo, que quiere hacer realidad las ideas del pastor King que escucha en el único disco que tiene, 'Martin Luther King at Zion Hill', que le regaló en 1962 su abuela Harriet y del que habiéndolo oído tantas veces ha interiorizado sus palabras:
«Tenemos que creer con toda nuestra alma que somos alguien, que somos importantes, que valemos, y tenemos que caminar a diario por las calles de la vida con este sentido de dignidad y este sentido de ser alguien.»
Elwood será fiel a estas palabras del Premio Nobel de la Paz 1964 así como a su propia tradición familiar: su padre Percy condecorado por su papel como soldado en la Guerra Mundial que escribió a sus superiores denunciando el trato desigual dado a los soldados de color; el abuelo Monty que pagó cara su intervención en una pelea con afán de separar a los contendientes; o su bisabuelo, el padre de la abuela Harriet, castigado con dureza por no apartarse del camino de una señora blanca en Tennessee Avenue. También, educadores como su profesor en el instituto Lincoln, Hill,que le puso en contacto con obras escritas por autores afroamericanos que denunciaban la desigualdad entre norteamericanos: «Los negros son estadounidenses y su destino es el destino del país.» (James Baldwin, Notes of a Native Son) serán muy importantes en la formación de su conciencia reivindicativa por la igualdad entre negros y blancos.
Una mente abierta como la de Elwood asimila todo lo anterior y durante su estancia en el Reformatorio se sentirá minusvalorado como ser humano, ninguneado por supervisores -supuestos 'educadores'- de una ignorancia supina, y finalmente castigado con una crueldad inusitada simplemente por haber querido socorrer a un chico débil que estaba siendo agredido por dos mayores abusones. El castigo pretendidamente educativo se iniciaba con frases muy reveladoras por parte de los supervisores encargados del castigo, Spencer y Earl: «Como te oiga quejarte una sola vez, tendrás propina.» «Cierra la puta boca, negro de mierda.»; seguía con una tanda de unos setenta latigazos en nalgas y piernas; y finalizaba como en el caso de El en la enfermería si, también como en su caso, el castigado tenía la suerte de sobrevivir al correctivo: "De resultas de los correazos, fragmentos del pantalón viejo se le habían incrustado en la piel y el médico había necesitado dos horas para extraerle las fibras.". Brutal, como se ve.
Para Elwood el único refugio era la amistad tejida con Turner, Jaimie o Desmond; juntos idean e imaginan venganzas contra estos crueles supervisores que casi nunca realizan. Sobre todo es con Turner con quien los lazos serán más estrechos a consecuencia de ser ellos dos quienes ayudan al supervisor Harper a dar salida bajo cuerda a muchos de los productos y donaciones recibidas por la escuela, o sea, serán mano de obra gratuita en la corrupción practicada por los miembros del Reformatorio a costa de la salud de los adolescentes allí internados.
La historia de la Nickel, trasunto de la Escuela Dozier para Chicos de Marianna (Florida), se presenta de manera muy cinematográfica con el descubrimiento en 2014 por parte de unos alumnos de arqueología de unos restos humanos, la indagación en los archivos de la institución desaparecida ya hace tres años de lo que allí existió y la salida a la luz periodística del infierno que allí se consintió durante tantas décadas. A partir de aquí particulariza en la historia de uno de los internos, Elwood en el relato, y avanza en su peripecia vital hasta el final en que de nuevo se vuelve al momento de 2014 en que en Tallahassee (Florida) se está realizando una especie de convención de antiguos alumnos de la escuela que aportan testimonios sobre lo allí vivido. Habida cuenta de las sorpresas que en el desarrollo de la trama se producen, no me extrañaría nada que viéramos esta novela convertida en película. Desde luego todo conduce a ello: el ritmo vivo, el juego presente-pasado, y sobre todo el relato del racismo tan arraigado en algunas partes y seres humanos de los Estados Unidos.
En mi opinión uno de los grandes méritos de esta narración es ver cómo una historia particular, la de un chico que por azar ve quebrarse su futuro, la vemos convertida en algo más amplio, de alcance más universal: la defensa de la dignidad humana, la lucha contra la violencia gratuita, la resistencia pasiva al estilo de Mahatma Gandhi para así denunciar la maldad indiscriminada, la universalidad de lo predicado por el doctor Martin Luther King y la pervivencia de su legado:
«Metednos en la cárcel y nosotros os seguiremos amando. Arrojad bombas contra nuestras casas y amenazad a nuestros hijos, y nosotros, por muy difícil que sea, os seguiremos amando. Enviad a vuestros criminales encapuchados para que entren en nuestras comunidades al amparo de la noche y se nos lleven a rastras a un camino apartado y nos abandonen allí tras darnos una paliza de muerte, y nosotros os seguiremos amando. Pero tened por seguro que nuestra capacidad de sufrimiento acabará por agotaros, y que un día ganaremos nuestra libertad.»
La novela fue la lectura elegida por la tertulia "más que palabras..." para la reunión del mes de noviembre y tuvo un rendimiento fantástico. En mi opinión es una lectura muy adecuada para debatir en grupos de lectura o lecturas colectivas.
- “ La prensa gustaba de publicitar la fantasía de la plantación feliz y el esclavo que cantaba y bailaba y quería a su amo. A la gente gustaban estas historias y políticamente resultaban útiles dado el enfrentamiento con los Estados norteños y el movimiento antiesclavista.”
-“Una plantación era una plantación; podías pensar que tus desgracias eran particulares, pero el auténtico horror radicaba en su universalidad.”
- “ El esclavista había pedido algodón Sea Island para sus tierras, pero mezcladas entre sus semillas llegaron también las de la violencia y la muerte, un cultivo que crece rápido. Los blancos tenían motivos para estar asustados. Un día la sangre derrumbaria el sistema.”
Los informativos de toda índole pero en especial los televisivos dan a la cultura el papel de puro relleno al final de los mismos, antes o incluso después del deporte rey. Fue así como oí por primera vez el nombre de Colson Whitehead puesto en boca de la periodista Ana Blanco quien para cerrar el Telediario de no recuerdo ahora qué día habló de la última novela de ese escritor norteamericano titulada "Los chicos de la Nickel".
Me puse a buscar dicha novela y a recabar información sobre su autor. Sobre el novelista supe que se trata de un afroamericano nacido en 1969 en Nueva York. Que se formó en la Universidad de Harvard y que muy pronto comenzó a hacer colaboraciones en revistas escribiendo sobre películas, libros, música y televisión. A gran velocidad se hizo asiduo a los Premios literarios siendo finalista en 1999 del PEN/Hemingway por su primera novela y del Pullitzer por "John Henry Days", su segunda publicación. Desde ese momento estaba claro que Whitehead se haría acreedor de múltiples distinciones con sus obras de ficción. Mientras iba cuajando una sólida y exitosa popularmente carrera literaria (su novela distópica "Zona Uno" fue superventas en USA durante varias semanas) el escritor no dejó -no ha dejado, más bien- de publicar artículos, reseñas y relatos de ficción en prestigiosas publicaciones estadounidenses como The New Yorker, The New York Times, New Yok Magazine, etc.
Mi búsqueda en bibliotecas de "Los chicos de la Níckel", el libro promocionado por Ana Blanco, fue infructuosa. Aún no ha llegado a sus anaqueles. Sí vi sin embargo otros títulos suyos: "Zona Uno", 2011; "El coloso de Nueva York", 2003; "El ferrocarril subterráneo", 2017; y "La intuicionista", 1999. De los cuatro me llamó especialmente la atención "El ferrocarril subterráneo" al haber sido distinguido ese año con el Pullitzer, algo que también le ha ocurrido con "Los chicos de la Níckel" en 2020 y que seguramente era el motivo que justificó su aparición en el telediario. Caramba, me dije, dos Pullitzer seguidos; dado que no está el último leeré el anterior.
Como es normal antes de hacerme con el libro me fijé en el asunto que trataba la ficción: la lucha contra la esclavitud en la Norteamérica del siglo XIX, especialmente durante su primera mitad. Esto aún me inclinó más a esta lectura dado que no hacía mucho -concretamente durante el mes de marzo pasado- había leído con gusto por mi parte "Lincoln en el Bardo", novela de George Saunders [tengo reseña hecha en mi blog] que tocaba muy directamente el tema de la abolición de la esclavitud declarada en plena Guerra de Secesión por parte del presidente estadounidense Abraham Lincoln. Sí, estaba claro, leería "El ferrocarril subterráneo".
Mi comentario
Sinopsis (dada por la propia editorial)
Cora es una joven esclava de una plantación de algodón en Georgia. Abandonada por su madre, vive sometida a la crueldad de sus amos. Cuando César, un joven de Virginia, le habla del ferrocarril subterráneo, ambos deciden iniciar una arriesgada huida hacia el Norte para conseguir la libertad.
El ferrocarril subterráneo convierte en realidad una fábula de la época e imagina una verdadera red de estaciones clandestinas unidas por raíles subterráneos que cruzan el país. En su huida, Cora recorrerá los diferentes estados, y en cada parada se encontrará un mundo completamente diferente, mientras acumula decepciones en el transcurso de una bajada a los infiernos de la condición humana... Aun así, también habrá destellos de humanidad que le harán mantener la esperanza.
Cora nació en la plantación algodonera de los Randall. Es hija de Mabel y nieta de Ajarry. No ha conocido jamás la libertad. Desaparecidas de su vida su madre y su abuela, Cora toma conciencia de su soledad y decide aferrarse a lo único que su madre antes de fugarse le dejó, una ínfima parcela de 3 metros cuadrados donde cultiva verduras y hortalizas. Cuando Blake, un esclavo recién llegado a la propiedad de los hermanos Randall, decide instalar la caseta del perro sobre ese terruño Cora se encorajina y con un hacha destruye la caseta. Todos piensan que está loca y como tal la confinan en la Cabaña de Hob, una especie de lazareto dentro de la plantación donde radican a las mujeres lelas, retrasadas o tullidas. Cora está encariñada con las mujeres de Hob, con Sybil , con Evelyn y con algunos de los niños que, inocentes, corretean por la plantación a la espera sin saberlo del primer latigazo que les propine Connolly, el salvaje capataz que disfruta haciendo surcos en las espaldas de los esclavos con el 'gato de las nueve colas'.
De vez en cuando la "magnanimidad" de los blancos permitía que los negros celebrasen fiestas que ellos muchas veces interrumpían y, borrachos, trocaban en orgías de sangre y castigos. Así fue como Caesar, un esclavo venido del norte se fijó en Cora cuando ella defendió del látigo a un niño que había manchado sin querer a Terrance Randall. Caesar propondrá a Cora escaparse igual que hiciera cuando ella era pequeña su madre Mabel. Remisa al principio, sin embargo pronto aceptará la propuesta y una noche iniciarán la gran aventura que les llevará a contactar con toda una serie de personas blancas y de color implicadas en la causa abolicionista que forman parte de una organización clandestina denominada 'El ferrocarril subterráneo'.
Los participantes en este ferrocarril (jefes de estación, maquinistas, guardagujas...) son muchos: los blancos Fletcher y Lumbly en Georgia y Carolina del Sur, el matrimonio blanco formado por Martin y Ethel en Carolina del Norte, los negros Royal, Justin y Red en Tennessee, etc. Y frente a ellos, de antagonistas, toda la sociedad sureña que disfruta realizando fiestas los viernes en los que cuelgan en la denominada Senda de la Libertad a los esclavos fugados y a quienes, blancos o negros, hayan colaborado en su huida. Los linchamientos están a la orden del día porque para mantener ese injusto sistema legal sólo existe el miedo. Dentro de este grupo de mantenedores del statu quo están los cazadores de esclavos, cazarrecompensas que viven de su captura y entrega a sus amos legales. Destaca Arnold Ridgeway el cazanegros, y su socio Tom Bird que fracasaron en la captura de Mabel, la madre de Cora, razón por la que cuando ésta huye Ridgeway se toma su captura como un reto personal. El cazanegros va acompañado ahora por Homer, un niño negro manumitido por él mismo, y Boseman, un buscavidas que había trabajado de todo hasta entrar en la banda y que se distingue por lucir un collar de orejas humanas que ganó al indio Strong una noche de juego.
La novela se centra en un caso particular, el de los esclavos negros y la lucha por su liberación, pero lo trasciende y cuando se lee estamos 'viendo' luchas similares habidas en otros momentos de la historia. Así las fugas de los campos de concentración nazis durante la segunda guerra mundial o las realizadas del Gulag soviético e incluso las protagonizadas en nuestro país durante los años duros del Franquismo se me pasaban por la cabeza durante la lectura.
Cuando una anécdota particular se eleva a categoría universal es signo inequívoco de que estamos ante una obra de arte indiscutible. Naturalmente esto tiene que tener el acompañamiento formal adecuado. ¿Sucede tal cosa en esta novela? Pues sí, siendo además uno de los motivos que propician su grata lectura. En términos generales la novela es una gran metáfora de la Resistencia ante la opresión y de la lucha por la Libertad y dignidad del ser humano. Colson Whitehead toma en su literalidad el lenguaje codificado a base de términos propios del ámbito ferroviario que utilizaban para comunicarse los miembros de la organización que era el Ferrocarril Subterráneo y fabula como si tal creación mental hubiese sido verdad.
Cualquier lector avisado -sobre todo si es norteamericano- conoce el significado del Ferrocarril Subterráneo y de los términos a él asociados (estaciones, andenes, maquinistas, máquinas de vapor, jefes de estación, etc.). Y pese a ello el novelista logra transfundir en el lector una sensación de verosimilitud traspasada de poeticidad. Un escondrijo en el suelo al que se accede a través de una trampilla para llegar a un túnel excavado y unas vías que se pierden en la oscuridad. Las preguntas que hace Cora y que como lectores también nos hacemos es el de quiénes lo han construido, cómo se ha hecho, a dónde conduce... Y las respuestas no pueden venir más que de mano de la fe en los otros y en la ilusión por el futuro. Lumbly, uno de los jefes de estación con los que topan Caesar y Cora en su escapada, se lo dice claramente a ambos cuando incrédulos en el andén aguardan la llegada del tren:
“Si queréis saber de qué va este país, siempre digo lo mismo, tenéis que viajar en tren. Mirad afuera mientras avanzáis a toda velocidad y descubriréis el verdadero rostro de América.”
Esta frase es reiterativa a lo largo del relato y esconde la clave para la intelección del mismo. Dentro de la inmensa alegoría que es la novela el tren es el ansia de libertad de cada persona que no debe de frenarse jamás sino avanzar pese a los impedimentos externos (leyes injusta en diversos Estados, segregación racial, castigos...) para así construir la Nación.
Cora en su viaje hacia la Libertad pasa por diferentes Estados, contacta con diversas personas, pierde a un buen número de ellas, deberá luchar contra unos y otros así como confiar en algunos y siempre deberá mantener viva su ilusión por reencontrarse consigo misma como persona y cuando lo logre -si es que lo logra- colaborar para que otros también alcancen ese objetivo. En su deambular por el país son innumerables los personajes que aparecen, todos ellos muy bien construidos. Es una gozada leer la novela por el inmenso abanico de seres humanos que presenta.
La novela se construye en capítulos alternando los titulados con el nombre de un personaje importante (Ethel, Ajarry, Mabel, Caesar...) con los encabezados con el nombre del Estado por donde se encuentran en ese momento los fugitivos (Tennessee, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Indiana...). Los capítulos, aunque muestran la historia de Cora en un sentido lineal de avance temporal, sirven también para dar noticia de los antecedentes de este o aquel personaje que gira alrededor o tuvo alguna relación con ella (Mabel, Caesar, Ridgeway, Royal...) de manera que Whitehead no deja cabos sueltos que puedan perturbar la comprensión del lector.
El núcleo de la historia sucede durante los años que van de 1830 a 1860, años en los que el Ferrocarril Subterráneo tuvo su momento álgido de actividad coincidente con el avance de la abolición de la esclavitud en varios Estados norteños que se anticiparon a la abolición total de la misma para todo el país dictada por el presidente Abraham Lincoln tras el término de la Guerra de Secesión en 1865. En el último capítulo Amanda, hija de Mingo,un personaje importante en la Granja de John Valentine donde se refugia Cora durante su estancia en Tennessee, hablará muchos años después de sucedida la historia de Cora de la Gran Guerra europea que está teniendo lugar en ese momento con estas palabras:
El conflicto europeo era terrible y violento, le contó a su marinero, pero discrepaba del nombre. La Gran Guerra siempre había sido entre los blancos y los negros. Y siempre lo sería
Esta frase de Amanda desgraciadamente es de una terrible actualidad como bien se sigue comprobando hoy día en los abusos policiales sobre población negra con frecuente resultado de muerte. El conflicto racial en USA a pesar de los años transcurridos desde la abolición de la esclavitud sigue aún muy vivo. Es una realidad penosa. Quizás en el éxito de esta novela haya tenido mucho que ver la persistencia del conflicto.
"El ferrocarril subterráneo" rápidamente, se dijo, tendría versión cinematográfica que dirigiría Berry Jenkins, un director negro especializado en filmar problemas típicos de la población afroamericana. Puesto a buscar la película por internet sólo he podido descubrir la existencia de una serie televisiva de once episodios que aún no ha llegado a nuestro país. De la película de Berry Jenkins nada de nada por ahora. Me tuve que conformar con volver a ver "Moonlight" película de 2016 que se alzó con el Oscar a la mejor película en la edición de 2017. Desde luego si este director finalmente filmara la adaptación de la novela estoy convencido de que hará un buen producto pues "Moonlight" de la que no voy a hablar aquí es un filme magnífico y que desde ya os recomiendo si es que aún no la habéis visto o como me ocurrió a mí no la recordáis dado el tiempo transcurrido desde el momento de su estreno.
¿Conocíais a Colson Whitehead y habéis leído alguno de sus títulos?
Tras uno de mis encuentros con un libro de John Grisham en uno de los comentarios que me hicieron a la reseña de su novela "El estafador" hecha en agosto de 2017 [leerla aquí], Mario, lector de mi blog desde la lejana Argentina (Posadas, Misiones) me recomendaba leer "Tiempo de matar"porque -le cito textualmente- 'impacta como dos balazos'. Como otras veces tomé nota del título que, contrariamente a lo frecuente, no durmió el sueño eterno de los justos sino que recurrentemente venía a mi cabeza hasta que lo compré y lo leí.
Preparando esta reseña me entero de que este libro fue su primera incursión en el género que lo ha catapultado a la fama: la novela de ficción legal. Lo publicó en 1989 cuando tenía 34 años y estaba en esos momentos sirviendo al estado de Misisipi en la Cámara de Representantes para la que había sido elegido en 1983 donde permaneció hasta 1990.
Cuenta el mismo John Grisham que la novela nació a partir de un testimonio que le impresionó vivamente, el que en 1984 presenció en la corte de Hernando, Misisipi, donde una víctima de violación de sólo 12 años contó su terrible caso. John Grisham quiso imaginar qué hubiese sucedido si el padre de la víctima hubiese asesinado a sus agresores. Durante tres años estuvo ocupado en la escritura de la novela finalizándola en 1987. Rechazada por varias editoriales, no vería la luz hasta 1989 en una modesta tirada de sólo 5.000 ejemplares.
Sinopsis
A principios de los 80, en Clanton, una tranquila localidad sureña de Mississippi, dos jóvenes blancos ebrios violan salvajemente a una niña negra de diez años. Los muchachos son detenidos rápidamente por la policía de Clanton. El padre de la niña, Carl Lee Hailey, decide tomarse la justicia por su mano y la emprende a tiros con los hombres que violaron a su hija. Los habitantes de la zona, indignados al principio por la suerte de la pequeña, se verán luego inmersos en una espiral de violencia racista. Carl Lee será juzgado por los asesinatos, mientras la tensión va creciendo y reaparecen en las calles de Clanton las cruces ardientes del Ku Klux Klan. El encargado de defender a Hailey es el inexperto Jake Brigance, un joven abogado blanco, hará todo lo posible por salvar la vida de Carl Lee, mientras trata de no perder la suya. Si Carl Lee es declarado culpable se habrá hecho justicia; pero si lo declaran inocente, también se habrá hecho justicia y además Brigance dará un fortísimo impulso a su carrera
Comentario
Sin duda alguna de lo que he leído de John Grisham -y ya van unas cuantas ("El estafador", "El proyecto Williansom", "El soborno", "El último testigo" y "Un abogado rebelde")- ésta es la novela con la que más he disfrutado. El inicio de la misma es espectacular: dos jóvenes blancos, Billy Ray Cobb y su amigo Willard, en una camioneta beben alcohol, fuman porros y violan una y otra vez a Tonya, una niña negra de sólo diez años. No contentos con su bestialidad, la golpean por diversión hasta que finalmente deciden matarla lo que no lograrán por el estado de ebriedad en que se encuentran. La arrojarán por un barranco cubierto de espinos pensando que moriría. Pero no fue así.
El comienzo del relato es muy vivo y cinematográfico. Como lector quedé ya preso en la red que Grisham había tendido. La indignación de Carl Lee Hailey, el padre de Tonya, y su deseo de tomarse la justicia por su mano es muy entendible. Todo el mundo en Clanton, especialmente la mayoritaria población negra, está indignado y si por ellos fuera matarían con sus propias manos a la pareja de niñatos. Lee Hailey lo tiene claro: los asesinará y así se lo dice a su amigo Jake Brigance, el bisoño abogado blanco que supo librar de un buen enredo a su hermano Lester Haley años atrás. Jake intenta disuadirle de su idea e incluso llega a comentar con el sheriff de Ford County, Ozzie Walls, su temor a que Hailey llevase a cabo su propósito, como así fue.
La defensa del asesino negro de los dos blancos se muestra cuestión peliaguda. Legalmente todo está en su contra dado que todos vieron la comisión del crimen. Emocionalmente la mayoría de habitantes de Clanton, incluso muchos de los blancos, entienden el comportamiento de Carl Lee como padre de una niña violada, vejada y golpeada salvajemente. El abogado Brigance sólo ve una lejana posibilidad de salvación aludiendo a una ofuscación mental transitoria. Pero, ¿qué jurado creerá tal cosa?
Además si ese jurado lo componen más blancos que negros, o más hombres que mujeres, o más personas con hijos que solteros, o... Es difícil ver una salida exitosa para Hailey en este caso.
La cosa se complica aún más con la resurrección del movimiento del Ku Klux Klan (KKK) que no quiere que los negros, que recuperaron sus derechos socio-políticos no hace más de dos décadas, tengan de hecho los mismos derechos y el mismo trato que recibiría un encausado blanco si la situación hubiese sido la contraria. El KKK movilizará a sus partidarios en la Región para que se manifiesten vestidos con su característico atuendo racista y actúen contra aquellos que defiendan la inocencia del acusado acosándolos con cruces ardiendo colocadas ante sus casas o directamente prendiendo fuego a sus pertenencias, amenazándolos de muerte, etc.
Del otro lado se moviliza la población negra en defensa de este padre al que el cadalso espera con bastante seguridad. Las iglesias de las distintas confesiones cristianas a las que acuden los negros harán colectas para socorrer a Gwen, la mujer de Carl Lee, y a sus hijos que han quedado en la indigencia. Hay confesiones que en este asunto se mueven por intereses puramente corporativos utilizando el caso de la violación de Tonya como mero pretexto para avanzar en sus objetivos políticos. Así sucede con la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People) que moviliza su maquinaria mediática (abogados, propaganda, prensa...) olvidando en gran medida al implicado en el asunto.
Como es habitual en las novelas de John Grisham vemos el funcionamiento de la justicia estadounidense: presentación inmediata del acusado ante el juez, la fiscalía y la defensa, el sistema de jurado, las alegaciones de las partes, los acuerdos entre abogados, etc. Las artimañas de abogados y fiscales se mueven siempre en la frontera de la legalidad; ambos consiguen documentos y listados de personas cuya inviolabilidad de datos personales está protegida por la ley, ambos se ocultan pruebas relevantes, ambos se tienden trampas a fin de inclinar la balanza en uno u otro sentido. Esta lucha incruenta entre el fiscal Buckley y el abogado Brigance ante el juez Noose encargado de enjuiciar el caso ocupa buena parte de la novela.
Junto al racismo y los comportamientos machistas de la sociedad sudista, en la narración se abren paso otros temas interesantes como el de la nueva mujer percibida en personajes como Carla, la esposa de Jake Brigance, o Ellen Row Ark, la joven y competente estudiante de derecho que le sirve a Jake de asistente en su despacho. Estas dos mujeres soportan sobre ellas el despertar del nuevo papel de la mujer en la sociedad.
"Carla era hermosa, y eso fue lo que le llamó la atención. […] Era una de las mejores estudiantes de la facultad de filosofía y letras, sin otra intención que la de trabajar unos años como maestra de escuela. Su familia tenía dinero y su madre nunca había trabajado. A Jake le gustó lo del dinero de la familia y el hecho de que no tuviera ambiciones profesionales. Quería una esposa dispuesta a quedarse en casa, Mantenerse atractiva, tener hijos y que no quisiera llevar los pantalones. Fue un amor a primera vista" (pág. 361)
En cuanto a la joven asistente, sobre ella el autor lanza un tenue erotismo que cualquier best seller y thriller que se precie debe tener. En este caso late especialmente la liberación femenina propia de Ellen una mujer joven y la atracción erótica que sobre Jake Brigance ejerce ella o cualquier mujer:
"- Escúchame, Row Ark, esta cena es puramente de negocios... - Claro, claro. - Lo digo en serio. Yo soy tu jefe, tú trabajas para mí y esta es una comida de negocios. Ni más ni menos. De modo que desecha toda idea lujuriosa de tu cerebro sexualmente liberado. - Parece que eres tú quien piensa en ello. - No, pero sé en qué estás pensando." (pág. 443)
Naturalmente esta entretenida novela rinde tributo al género del thriller y presenta el alcoholismo como un asunto importante. No sólo presente en el consumo inmoderado por parte de los dos jóvenes violadores sino en la adicción al mismo de no pocos personajes de la novela: el psiquiatra que ha de testificar como perito en el juicio, la del abogado retirado Sullyvan de quien Jake heredó el despacho y la cartera de clientes, incluso el alcoholismo del propio Brigance que lleva luchando contra el mismo desde que conoció a Carla, etc.
Estilísticamente es una novela que da predominio al diálogo fluido entre personajes, con descripciones plásticas y visuales, escasas digresiones, narración lineal y presencia de un narrador omnisciente. En definitiva, y en el mejor sentido de la expresión, una literatura tradicional y clásica que favorece su lectura y sirve sin duda alguna para atraer lectores que de otro modo se apartarían de la misma. Contribuye vivamente a esta adicción lectora un humorque tiñe elegantemente el texto en no pocas ocasiones. Por poner un ejemplo, además de la divertida conversación citada antes entre Ellen y Jake, destacaré la bebida alcohólica que con disimulo como si fuese agua el juez Bullard -primero en atender el caso- ingiere en plena sesión o antes de entrar an la Sala a fin de enfrentarse en plena forma a lo que le espera.
Finalizaré esta reseña señalando la fuerte carga crítica que John Grisham lanza contra el cuarto poder, la Prensa, cuyos profesionales son como buitres que se lanzan sobre lo que sea -en este caso un padre de familia vengador de la brutalidad cometida con su hijita- deseosos de emociones fuertes sin importarles una condena a muerte, una revuelta racista, una disolución familiar... Todo les viene bien si sirve para engrosar los beneficios de la empresa en la que trabajan.
Hay película de esta novela realizada en 1996 por Joel Schumacher y protagonizada por Matthew McConaughey, Sandra Bullock, Samuel L. Jackson, Kevin Spacey, Donald Sutherland y una amplia nómina de buenos actores más.