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27 jun 2026

"Septiembre negro", una novela de Sandro Veronesi

10 comentarios:

«Hay dos versos de W. H. Auden que siempre recuerdo desde que los leí por primera vez —estaba en el instituto— y que, en forma de tarjeta de visita, he repartido siempre que he podido entre mis amigos, las chicas a las que he amado, mis alumnos, mi mujer, mis hijos, en las conferencias que he dado. Dicen así: "Aunque no siempre podemos recordar por qué fuimos felices, / no olvidamos que lo fuimos»

Septiembre negro, Juan Salmerón Arjona (traductor)
Hace ya cuatro años leí con gusto El colibrí, novela exitosa de Sandro Veronesi tanto en su país como aquí o en Francia [novela reseñada en este blog]. Tras El colibrí (2019) el escritor italiano publicó Comandante (2023) y por último en 2024 vio la luz en su país Septiembre negro (en 2026 en España). Las tres han sido publicadas por editorial Anagrama y la traducción la ha realizado Juan Manuel Salmerón Arjona.

Al igual que hice en la reseña de El colibrí pensaba colocar aquí la sinopsis ofrecida por la propia editorial. Sin embargo he decidio no hacerlo, pues la sinopsis que ofrecen es tan extensa que apenas si deja espacio a la imaginación del propio lector. Así que no, no la copiaré. No quiero desvelar más de lo necesario, error en el que, creo, insurre la empresa editora.


Mi comentario
Desde la altura de sus 62 años, el narrador y protagonista Gigio Bellandi, trasunto del autor con total seguridad, rememora el lejano verano de 1972 cuando él tenía 12 años y su propio cuerpo y el mundo que habitaba experimentaron un cambio brusco, no esperado, que modificó la trayectoria de ambos. El momento cenital de esta mutación tuvo lugar durante el mes de septiembre cuando se estaban celebrando los Juegos Olímpicos de Múnich  y un grupo terrorista palestino denominado 'Septiembre negro' atentó en los mismos, secuestrando a miembros del equipo olímpico israelí tras haber asesinado a dos de sus integrantes. La resolución del conflicto fue una masacre que aún hoy día es recordada en todo el mundo. Pese al horror y crudeza de estos hechos los JJ OO continuaron como si nada hubiese sucedido. E igual ocurrió con la vida del niño-adulto Bellandi, que continuó como si lo vivido y experimentado personalmente por él durante ese verano del 72 no hubiese sido importante, a pesar de que sí lo fue.

Si el mundo que rodeaba a Gigio se vio sacudido por el suceso terrorista anterior, él mismo, como digo, también vivió transformaciones íntimas en las que entró siendo un niño y salió convertido en otra persona. El cambio que sufre es el propio de la adolescencia. Gigio Bellandi y el resto de su familia como todos los veranos veranea en el Tirreno, en una localidad llamada Fiumetto. Hasta allí se desplazan desde Vinci, pueblecito a unos 30 kilómetros de la zona de veraneo; en la playa coinciden con la familia Raimondi, ésta de alta alcurnia y mayor poder adquisitivo. El preadolescente que el joven Bellandi es se siente atraído por Astel, la hija de los Raimondi, un año maayor que él y con la cabeza ya  ocupada por asuntos más propios de mayores que de niños como Gigio. El acercamiento a Astel que el narrador consideraba casi imposible se verá favorecido precisamente por la afición a la música anglófona de la chica Raimondi. Gigio habla perfectamente inglés gracias a Betty, su madre irlandesa, y Astel le pide ayuda para que le desvele el contenido de las canciones. Por este motivo Gigio y Astel pasarán horas y horas durante ese verano escuchando música, traduciendo letras, bailando y conociéndose cada día más y mejor.

Estamos, pues, ante una novela de iniciación, un bildungsroman, en el que se muestra el muy difícil de aprehender momento de transición del mundo infantil al adulto, o sea, la adolescencia. La literatura lo ha tocado en múltiples ocasiones, aunque también en múltiples ocasiones ha preferido eludirlo por la dificultad de transcribirlo debidamente en palabras. En mi opinión Sandro Veronesi consigue presentarlo debidamente. Gigio Bellandi, el narrador, es un chico que a sus doce años es un enamorado de todos los deportes, especialmente del ciclismo: los éxitos y fracasos de los ciclistas italianos los vive como propios. Así, por ejemplo, que Franco Bittosi perdiese el campeonato del mundo de ciclismo el 6 de agosto de 1972 lo vive Gigio como un fracaso personal:
«¡Ay qué dolor, qué dolor inmenso! Sí, un dolor inmenso nos invade a todos, a sus familiares, a sus fans, a nuestros barrios, a Versilia, a Toscana y a toda Italia, porque todos amamos a Bittosi. Si él hubiera ganado, habríamos ganado todos.
Ya no es cuestión de si era niño o adulto: el 6 de agosto de 1972, el dolor nos destrozó a los dos, como destrozó a mi padre, a Gilda, a mi madre, a todos mis amigos de Bagno Stella y a todos mis amigos de Vinci, a mis compañeros de clase, a los profesores, al director del colegio, al cura.»
Es Gigio más niño que adulto, sin duda alguna, disfruta más contemplando las Olimpiadas por las primeras televisiones en color que han llegado a Italia (una de ellas precisamente está en casa de los Raimondi en Fiumetto), pero la atracción que sobre él ejerce Astel ya le hace dudar, tendrá que elegir. Y es que ser adulto no siempre es satisfactorio. El niño y el adulto luchan en su interior:
«Bailábamos, pero mi cabeza no se vaciaba del todo, siempre sobrevivía un pensamiento que me decía que estaba perdiéndome los récords mundiales de Mark Spitz o de Roland Matthes. Hiciéramos lo que hiciéramos, latía en mí, oculta e inconfesable, la esperanza de que ella se interrumpiera y me propusiera ir al salón a ver las Olimpiadas en color.»
La desazón propia de un adolescente la presenta Veronesi en Septiembre negro con acierto y total verosimilitud. El personaje narrador se siente muy unido a Augusto, su padre, quien gusta de practicar la navegación a bordo de su barquito Tivatú. Siempre que puede lo acompaña, aunque ya en un momento dado preferiría quedarse con Astel y no salir a navegar con el padre. Es enorme la cantidad de términos marineros que Sandro Veronesi presenta en su novela: orza, bolinas, foque, espináker, viento lebeche... y tantos otros más.

Si hablando del padre, Augusto Bellandi, los términos marineros cobran especial importancia, en el mundo de los adolescentes Astel y Gigio es la música la que está en el centro de sus intereses. Todos los temas musicales que se citan en la novela aparecen en una lista de Spotify de un usuario con nick 'Palomew' que al ser pública me he permitido insertar aquí. Espero que os guste tanto como a mí:


Como ya señalara yo en la reseña que hice de El colibrí, también aquí, en Septiembre negro, las referencias a la cultura popular, especialmente la música y el cine, son abusndantes. Las mismas cumplen una importante función en la formación y evolución del carácter e identidad de todos los personajes. Si la música lo hace en los adolescentes y jóvenes, el Cine lo realiza en los padres de éstos. De hecho, muchos de los nombres que los adusltos dan a sus hijos están tomados de filmes que les gustaron o conmovieron por algún motivo:
«a mi hermana la llamaron Gilda por la película de Rita Hayworth. Primer misterio: [...] Mi hermana nació en 1965, y Gilda, la película, es de 1946, mi madre tenía entonces catorce años y mi madre once, y no se conocieron hasta doce años después.[...] Gilda era una vieja película, ¿qué tenía que ver con ellos? A ver: yo también llamé Jimmy a mi primer hijo en honor a Jimmy Rabbitte de la película The Commitments, pero, para empezar, esta película se estrenó un año antes de que naciera mi hijo»
Y al igual que el escritor ya hiciera en El colibrí mucha es la metaliteratura que hay en esta última novela. Así, cuando, como en la cita anterior, el narrador percibe que se ha salido de su línea narrativa interrumpe el discurso y avisa de que no es ese el momento de decir tal cosa o que ni siquiera esa es la intencionalidad que persigue con su narración:
«Pero veo que he empezado a hablar de mí -de mí como soy ahora- y no quiero;no era mi intención y me interrumpo enseguida, porque el único yo que importa en la historia que quiero contar es el de un niño de doce años que aún no sabe nada de nada.»
En otro momento el Gigio adulto, el hombre de 62 años que está escribiendo esta historia, avisa de la finalidad de la misma. En el fondo la está usando como terapia personal. Aviva nuestro interés como lectores al oírle preguntarse si él podría haber hecho algo cuando tenía doce años para que eso no sucediera. Y el suspense se activa en nosotros: ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sucedido que aún no se nos ha contado? ¿Por qué escribe esta historia? ¿Será algo demasiado grave?... Y es gracias a esto que seguimos en la lectura,  porque el suspense Sandro Veronesi ha sabido despertarlo y sabe dosificarlo debidamente.
«La cuestión es saber si, siendo yo como era, podía o no podía oponer resistencia a la fuerza que me las arrebató de esa manera. Es una pregunta que me he hecho muchas veces, y he llegado a la conclusión de que estas respuestas no se pueden obtener directamente: se responde a una pregunta y enseguida surge otra, las respuestas solo son opiniones, y en lugar de acercarnos a la verdad nos alejamos. Me he convencido de que, si hay alguna posibilidad de que la respuesta aparezca, verdadera y esencial, tiene que ser a través de la narración: una narración exacta, detallada y honesta de todo aquello que perdimos»
Y más tarde, ya desde el hoy más actual, confiesa que, dados los años transcurridos, había olvidado muchísimas cosas de las escritas en las páginas anteriores cuando habla de ese verano de su preadolescencia  («el nombe del barco de Agnelli, los minutos que le sacó Merckx a Gimondi en el Tour de Francia, el argumento de El Eternauta»). Y de manera confesa y categórica -¡más confesión metaliteraria imposible!- concluye diciendo:
«Bobby Fischer ha pasado a ser mi ídolo borrando a casi todos los que tenía de niño cuando me gustaban todos los deportes –y cuyos nombres fui olvidando poco a poco y he tenido que buscar en Google para mencionarlos en esta narración–.»

Lo que más me ha agradado
Adolescencia,Bildungsroman
Muchas cosas me han gustado de este Septiembre negro. De todo lo que, aunque sea de pasada, toca (la política, la persecución de los diferentes, el racismo, el sexo, la infidelidad, la amistad, la familia...) para mí lo esencial es la presentación que realiza del proceso de transición hacia la edad adulta de ese niño preadolescente, su entrada en la misma. También cómo ésta se ha producido en un entorno cambiante y confuso tanto en el ámbito familiar (sus padres, los conflictos entre ellos, la relación con su hermana Gilda, la relación con el padre, el curioso tío Giotti que aparece inopinadamente en la casa y del que tanto aprendió, los amigos, el descubrimiento de la atracción física...) como en el mundial (el evidente componente racista existente durante esos años 70 del siglo pasado, el mundo del deporte, las Olimpiadas de 1972, el atentado por parte del grupo terrorista Septiembre Negro, la música rock...).

Pero sin duda alguna el mensaje que en mi opinión deja claro el autor en esta novela es el tremendo desconocimiento que los adultos tienen de aquellos que tienen a su cargo, o sea, sus hijos o sobrinos que poco a poco crecen, se transforman, se enamoran, se ilusionan, se desilisuionan... Y ellos, los padres, los tíos, los responsables, ignoran casi todo lo que les acontece o les preocupa. Tal se observa cuando en Dublín y ya con catorce años de edad Giogi pregunta a su tío Giotti por Astel:
«¿Qué pasaba con Astel? ¿Se sabía algo de ella? [...] La respuesta fue: "¿Astel?" ¿Entendéis? Mi tío Giotti no sabía ni quién era, como tampoco sabía quiénes eran Vincenzo Balestrieri y Jacky Ickx antes de que yo se lo dijera. Es verdad que se marchó de Fiumetto el día antes de que ella llegara, ni siquiera la conocía de vista, y es evidente que mi padre nunca le habló de ella. [...] En aquel momento, con la rabia que sentía, metí a mi tío Giotti en el saco de los adultos egoístas e insensibles, y no me despedí de él como se merecía.»
Una buena novela, muy bien escrita, muy en la línea, tanto en tema como en procedimientos narrativos, de  El colibrí. Un autor recomendable al que se lee con mucho gusto. Muy recomendable.


23 mar 2022

Sandro Veronesi. "El colibrí"

20 comentarios:

«Y al final llegó. Llegó la llamada de teléfono que todos los padres temen como temen el infierno, porque esa llamada es el infierno, es la puerta del infierno, que por suerte les llega a pocos, aterroriza a todos pero solo les llega a unos pocos padres desgraciados, predestinados, marcados, les llega sólo a unos pocos desventuradísimos padres abandonados de Dios, pero todos la temen, la temen sobre todo cuando llega en mitad de la noche» (Cap. “Shakul & Co.” [2021])

De Sandro Veronesi (Florencia, 1959), autor de "El colibrí", se dice en la propia edición de la novela cosas de interés como que hizo estudios de Arquitectura aunque nunca llegó a ejercer la profesión pues desde 1988 su dedicación exclusiva ha sido la escritura convirtiéndose en uno de los mejores novelistas italianos de su generación así como en un reconocido ensayista.

Con "El colibrí", aparecido en Italia el año 2019 y un año después publicado en España por Anagrama en traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona, ganó el más prestigioso premio literario italiano, el Premio Strega. Este galardón ya lo había alcanzado Veronesi catorce años antes con "Caos Calmo", novela suya también publicada por Anagrama en traducción de Xavier González Rovira. Como curiosidad, para nada menor sino en mi opinión muy significativa, decir que "El colibrí" ha sido distinguida en Francia con el Premio Fémina.


El colibrí

Sandro Veronesi, novela italiana de hoy, El colibrí
Sinopsis (proporcionada por la propia editorial Anagrama)

El colibrí es un pájaro menudo que tiene la capacidad de mantenerse en suspensión en el aire. Cuando era niño, a Marco Carrera su madre lo llamaba colibrí por su esca­sa estatura. El problema de crecimiento se solucionó con inyecciones de hormonas, pero Marco ha seguido siendo un colibrí por su habilidad para seguir en el aire a pesar de las adversidades. Un día lo visita en su con­sulta el psicoanalista de su mujer y, saltándose el secre­to profesional, le advierte de que esta ha descubierto que sigue carteándose con un amor de juventud. No será el único conflicto al que tendrá que enfrentarse Marco: deberá cuidar de sus padres enfermos; deberá tratar de reconciliarse con su hermano, porque sobre ellos planea la sombra del final trágico de la hermana muchos años atrás, y también deberá hacerse cargo de su nieta cuando su hija, madre soltera, deje de poder hacerlo...

Mi comentario
Toda la novela gira alrededor del oftalmólogo Marco Carrera a quien, tras enterarse por boca de Daniele Carradori, psicoanalista de su mujer Marina, de que ésta conoce desde hace tiempo la relación epistolar que él mantiene con Luisa Latte, el mundo le da un vuelco. De esta su vida y de las consecuencias del vuelco nos enteraremos leyendo el relato narrado por un narrador omnisciente que a veces interpela directamente a los lectores y se mimetiza con ellos. También en otros momentos hace uso de la segunda persona, aunque en esencia es la tercera persona externa a la narración y conocedora de todo cuanto va a suceder la que cual cámara de cine nos va informando de manera desordenada pero controlada de todos los extremos de esta historia.

Es una historia que desde el primer momento me ha parecido muy cinematográfica, escrita de manera muy propia de un relato de Cine. Ese narrador que en ocasiones habla en primera persona del plural abarcando en su significante junto a sí mismo a todos cuantos estamos atendiéndole es muy propia del comienzo de muchos filmes; especialmente me ha recordado muy mucho al neorrealismo italiano. Por otro lado y literariamente hablando esta manera de iniciar el relato de una historia es una muestra de la novela en construcción, algo así como si Sandro Veronesi nos estuviera diciendo: Señores lectores, tengo ante mí toda la historia y se la voy a contar así y así:
[El barrio de Trieste de Roma] «Es un barrio que siempre ha oscilado entre la elegancia y la decadencia, el lujo y la mediocridad, el privilegio y la vulgaridad, y de momento no digamos más: de nada sirve seguir describiéndolo, porque hacerlo al principio de la historia podría resultar aburrido, incluso contraproducente.»

O sea, pura metaliteratura. Sí, de esto hay mucho en esta novela que, aunque se presenta como un desordenado puzzle de 46 piezas al ir seguido el título de cada una con el año en que lo que vamos a leer se produjo, se lee muy bien sin correr el lector ningún riesgo de perderse en lo que a la vista del índice pareciera un laberinto imposible. Pues no, no es imposible y tampoco es un laberinto. Lo que sucede es que Veronesi ha ideado un sistema quebrado y discontinuo para darnos las informaciones precisas. A veces anuncia que, bueno, que sí, que esto ahora no lo cuento, pero ya lo veréis un poco más adelante, ahora me basta con anunciarlo como de pasada:

««hay que contar cómo se conocieron Marco y Marina, y se enamoraron, se juntaron y se casaron, solo que conviene no encariñarse con el relato, porque a partir de cierto momento dejará de serlo. [...]» (en pág. 81)

 Tras estos anuncios, estas incompletas anticipaciones, según vamos leyendo ansiamos alcanzar las páginas en que las tales notificaciones se expliciten Así nos atrapa Sandro Veronesi en la lectura de su novela. Tan es así esto que a veces -al menos a mí tal cosa me ha ocurrido- un hecho o un personaje se nos antoja perdido u olvidado por el autor dado que su deriva narrativa está incompleta para el lector. Así me ha sucedido con uno relevante, Duccio Chilleri, amigo de la infancia de Marco al que el resto de compañeros de colegio consideraban portador de la mala suerte («aquellos jóvenes de finales de los años setenta del siglo XX creían realmente que Duccio Chilleri era gafe») y por eso lo evitaban. Pasan las páginas y el personaje tras haber sido importante durante la adolescencia y primera juventud de Marco parece que no vuelve a aparecer. Pero no, Sandro Veronesi no lo ha olvidado y su recuperación a pocas páginas del final conformará un momento ciertamente importante en la evolución de Marco Carrera.

Quizás lo que acabo de decir se explique porque el novelista construye la novela lanzando una serie de cabos que afectan a unos u otros personajes que, aunque siempre en relación con Marco, al ir alternando los tiempos pareciera que quedan como suspendidos en éste sin concluir completamente su participación en la historia. Sin embargo según pasan las páginas se va comprobando que todo se va cerrando debidamente, aunque, claro, siempre habrá alguno que quedará para el final como sucede con la peripecia del gafe Duccio Chilleri.

En general la mayoría de los personajes -y son muchos- están bien caracterizados. Tenemos para todos los gustos: una madre y esposa de Marco peculiar y algo desequilibrada: Marina; una hermana, Irene, cuyo trágico final condiciona la vida de todo el grupo familiar y muy especialmente la del protagonista; Probo y Letizia, padres de Marco, cuyo matrimonio se tambaleará precisamente por discrepancias sobre cómo abordar el lento desarrollo de Marco; Luisa Latte, el amor imposible de Marco; Giacomo, el hermano enfadado con Marco desde que ambos se enamoraron de la misma chica durante su adolescencia; un psicoanalista que por ayudar a Marco se juega su carrera, Daniele Carradori; etc. De todos ellos es Giacomo el personaje que resulta más desvaído dada su voluntaria mudez, su falta de interacción a pesar de los múltiples requerimientos de que es objeto por parte de su hermano Marco.

Premio Strega italiano
¿Qué es en realidad "El colibrí"? Esta es una buena pregunta, sí señor. En primer lugar diré que el título si bien se dice provenir de la manera cariñosa como Letizia llamaba a su hijo por los problemas que en su crecimiento corporal  sufrió éste durante un tiempo, esconde otros dos sentidos en mi opinión importantes para la comprensión de la novela. Uno viene dado por la leyenda azteca que Luisa en una de las cartas que envía a Marco le cuenta a propósito de lo que para esta antigua cultura significaba ser un colibrí: «la mayor recompensa que recibían quienes morían en combate era convertirse en colibrí»;  Luisa, con la que en ese momento hace ya cuatro años que no habla se lo dice para animarle en la lucha que él está llevando atendiendo a sus progenitores gravemente enfermos de cáncer. El otro sentido escondido que veo en el título trasciende la propia anécdota del crecimiento y/o la lucha heroica contra las adversidades que Marco afronta y quedaría referido más a la estructura o composición decidida por el autor para presentarnos la historia. Igual que el colibrí pájaro es capaz de permanecer inmóvil en el espacio volando hacia atrás incluso, este relato se ha construido con idéntica técnica: Marco está inmóvil, se ha quedado parado en el mundo en un momento del tiempo y a su alrededor gira todo que él, inmóvil, observa y asume. La misma Luisa en una de sus cartas finales se lo dice para de paso también explicarse a sí misma:

«Y así he comprendido (por eso te escribo de pronto, aunque no sé si me responderás) que eres realmente un colibrí. [...] Pero no por las razones por las que te pusieron este apodo: eres un colibrí porque, como el colibrí, pones toda tu energía en quedarte quieto. Setenta aleteos por segundo para quedarte donde estás. En eso eres formidable. Consigues quedarte parado en el mundo y en el tiempo, consigues parar el mundo y el tiempo a tu alrededor, a veces incluso consigues remontar y recuperar el tiempo perdido, igual que el colibrí es capaz de volar hacia atrás. Por eso da tanto gusto estar a tu lado.»

En mi opinión esta novela es también un variado muestrario de distintas manifestaciones de amor y amistad. Tenemos desde el absoluto y recíproco amor paternofilial existente entre Marco y su hija Adele a otro más conflictivo sufrido por los tres hijos de Probo y Letizia; amor quebradizo es el establecido entre Adele y Marina, su madre. Por medio tenemos uno grande, magnífico, extraordinario más por extraño que por otra cosa: el que mantienen Luisa Latte y Marco Carrera. Es éste un amor platónico, ideal, que niega el mutuo contacto físico a pesar de anhelarlo; es un amor contradictorio cuyo final [cuando leáis la novela veréis en qué para el mismo. No quiero destripar nada, amigos] se irá intuyendo en el discurrir de las comunicaciones postales que se cruzan los dos amantes. Una comunicación que, claro, como es propio del género epistolar utiliza la primera persona en los relatos o exposiciones que cada uno de ellos, Marco y/o Luisa, intercambia con el otro.

Es "El colibrí" una narración que cubre un período temporal muy extenso, setenta años, el tiempo medio de la vida de un hombre, que va desde la década de los años 60 del siglo pasado hasta el futuro año 2030. Durante estos años el mundo -Europa al menos- ha conocido un sinfín de transformaciones que de una u otra forma se tocan en el relato: la liberación de la mujer, la liberalidad en las costumbres, el auge de los divorcios, el consumo cada vez mayor del psicoanálisis y de la psiquiatría en un mundo cada vez más incierto y menos sólido, las diversas formas de constituir familias, etc.  Dentro de estas transformaciones, de estos cambios, se hace hincapié en los aspectos culturales, en especial la música. En infinidad de ocasiones se producen referencias a temas musicales que Marco Carrera escuchaba en esos años que lo marcaron, esos años en los que como un colibrí ha quedado inmóvil, aleteando pero sin avanzar, sin moverse un ápice. Son temas que también sirven para observar el paso del tiempo. Como conocía muchos y son de mi gusto me he permitido confeccionar una playlist con ellos que espero que os agrade

Quizás lo que menos me ha gustado de esta entretenida y adictiva novela hayan sido las concesiones al pensamiento woke que parece hoy día generalizado y que por lo que veo en películas y leo en novelas actuales es "de obligado cumplimiento". Me refiero a las cuotas más o menos "obligatorias" de personajes diversos que actualmente las ficciones deben incorporar: cuota de negritud o de diversidad racial (Mariejin, la hija que Adele ha tenido por su propia cuenta, presenta rasgos que la acercan a la raza negra y también oriental), cuota de homosexualidad (el enfermero Rodrigo), cuota de feminismo (Adele y su hija Mariejin son muy distintas a por ejemplo Luisa Latte y a Marina), cuota de solidaridad y entrega desinteresada a los demás (Daniele Carradori infringe por pura amistad el secreto profesional. Carradori, además, viaja a Brasil en 2016 para colaborar con los habitantes de una pequeña localidad contaminada por un vertido tóxico),  y así. Junto a estos cupos, sorprendentemente, al final del relato me topo con el tópico más tópico de lo español cuando refiriéndose a Rodrigo, enfermero que cuida a Marco leemos «Rodrigo, que ha venido de Málaga a propósito. Su historia es de locos: un padre ciego, una madre gitana que fue cantante, bailaora, artista callejera y —parece ser— amante de Enrique Iglesias». Y por si esto no fuera suficiente pareciera que Sandro Veronesi cae en la cuenta de que la novela se le va acabando y no ha cumplido con una de las cuotas woke cuando añade que Rodrigo tiene «un novio que es campeón de pelota vasca». 

Para finalizar
La novela, podría decir que me ha agradado y me ha disgustado a partes iguales. Se lee con mucho agrado y es muy realista, aunque quizás el cúmulo de penas y desgracias que el personaje central debe afrontar en algún momento me haya parecido algo excesivo. Es cierto que el amor y la entrega amistosa desinteresada se muestra en los momentos duros, pero el pobre oftalmólogo Marco Carrera parece haberse hecho acreedor de todas las penalidades. 

La novela alcanza cotas de emotividad muy elevadas en algunos momentos. Principalmente cuando se narra y se cuenta con morosidad el calvario que supone un protocolo anticancerígeno como el que deben afrontar los padres de Marco.

«un vía crucis, nunca mejor dicho, con sus estaciones correspondientes, que a menudo son muchas más de catorce: descubrimiento del mal, biopsia, resultado de la biopsia, consulta de especialistas, duda entre operar o tratar, decisión de operar o tratar, resultado alentador de la operación o de los primeros ciclos del tratamiento, descubrimiento de que, aunque se decidió operar, en cierto momento es necesario tratar, efectos secundarios del tratamiento, cambio del protocolo de tratamiento, descubrimiento de que, aunque se decidió tratar, en cierto momento es necesario operar, y así

Es tal el grado de melodramatismo que Sandro Veronesi insufla en "El colibrí" en esos momentos que he llegado a pensar que el escritor busca premeditadamente conmover lacrimosamente al lector y que por eso no rehúye para nada la crudeza con que presenta en el relato el dolor, el sufrimiento provocado por la enfermedad en el paciente oncológico y en quienes lo rodean. Es de un realismo -al principio hablé de neorrealismo italiano- que paraliza, que conmueve, que emociona, que traspasa al más pintado de manera quasi literal. Quizás, ya lo he dicho antes, algo excesivo en mi opinión. A su favor añadiré que estos momentos no son excesivos ni ocupan mucho espacio.

No quisiera que estas impresiones finales fuesen las que predominasen en mi valoración general. Por encima de ellas está la excelente estructura utilizada, el simbolismo del colibrí, el optimismo y buena disposición con que hay que afrontar las malas rachas de la vida, el levantarse cuando nos caemos, la elección libre en esta vida de nuestro destino siempre que nos sea posible, luchar por los demás, el amor y la amistad por encima de cualquier cosa... Y una cosa más que he dejado para el final que viene a enlazar con la cita que encabeza esta reseña y es la carencia en ciertos idiomas entre ellos el nuestro de un término para designar la orfandad de un padre o una madre cuando pierden a un hijo: 'Shakul & Co.' En fin, amigos, que merece la pena leer a Sandro Veronesi y su novela "El colibrí", os lo aseguro.