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24 ene 2026

"Hamnet": del libro a la película

23 comentarios:
Leí con muchísimo placer, hará cosa de cuatro o cinco años, la novela Hamnet de Maggie O'Farrell. Me encantó. Así lo reflejé por escrito en la reseña que de la misma hice en este mismo blog. Es por esto que al conocer que se estrenaba la versión fílmica de la misma no dudé ni un momento en ir a verla. Estrenada el 23 de enero sólo en Cines no demoré mi asistencia, aunque lo hacía con sentimientos encontrados dado que previamente había leído dos críticas bien distintas: una es la que el crítico Luis Martínez hizo en el diario El Mundo, elogiosa de todo punto («Pocos finales ha dado el cine reciente tan tremendos, tan plenos, tan dolorosos, tan brutales y tan exquisitos a la vez, tan delicados y, si se quiere, tan poco pudorosos, tan bellos sin duda, tan irresistiblemente catárticos y desmedidos, tan prodigiosos en el mismo sentido que Dreyer se atrevió a filmar el milagro de la resurrección en Ordet.»); la otra fue la del también crítico Carlos Boyero aparecida en el diario El País, en la que, tras calificar como estupidez Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson o de inane Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa, manifestaba su indiferencia ante la versión cinematográfica de Hamnet realizada por la directora china residente en Norteamérica Chloé Zhao («No tengo nada que contar de ella. Ni bueno ni malo. Es que me cuesta recordar algo de ella después de haberla visto hace ocho días. […] La película me parece una nadería pretenciosa.»).

Por todo lo dicho es por lo que me ha parecido oportuno recuperar la reseña de la novela para confrontarla con la adaptación cinematográfica que vi este fin de semana. Va aquí mi opinión sobre la novela:


"Hamnet" de Maggie O'Farrell

«La cuestión es no bajar nunca la guardia. No creer nunca que se está salvo. No dar nunca por hecho que el corazón de tus hijos late, que tus hijos beben leche, que respiran, que andan y hablan, sonríen, discuten y juegan. No olvidar ni un momento que pueden desaparecer, que te los pueden robar en un abrir y cerrar de ojos, que se los pueden llevar como leves vilanos.»

Concha Cardeñoso (traductora), Maggie O'Farrell
Es la primera novela que leo de Maggie O'Farrell, autora irlandesa a la que llegué gracias a una elogiosa crónica que escuché en una emisora de radio durante un viaje. Quien la recomendaba era Sergio del Molino, escritor a quien sigo y leo desde hace tiempo. En el programa radiofónico que oía mientras conducía Del Molino hablaba con Concha Cardeñoso, traductora de la novela en la edición de Libros del Asteroide que es quien la ha publicado en España. Mis expectativas sobre ella tras escucharlos eran grandísimas. Sin desvelar nada de lo que ocurría en la narración pero sí aclarando el origen de la misma ambos expusieron algunos extremos de la novela que en 2020 ganó el National Book Critics Circle Award for Fiction y el Women’s Prize for Fiction

Sergio del Molino ensalzó especialmente la traducción de Concha Cardeñoso, extremo que he comprobado y -¡disfrutado!- por mí mismo durante la lectura. Sin duda alguna la precisión lingüística, el cuidado por encontrar el vocablo exacto a cada una de las situaciones es uno de los grandes valores de la novela. 


Sinopsis (proporcionada por la propia editorial)
Agnes, una muchacha peculiar que parece no rendir cuentas a nadie y que es capaz de crear misteriosos remedios con sencillas combinaciones de plantas, es la comidilla de Stratford, un pequeño pueblo de Inglaterra. Cuando conoce a un joven preceptor de latín igual de extraordinario que ella, se da cuenta enseguida de que están llamados a formar una familia. Pero su matrimonio se verá puesto a prueba, primero por sus parientes y después por una inesperada desgracia. 
Partiendo de la historia familiar de Shakespeare, Maggie O’Farrell transita entre la ficción y la realidad para trazar una hipnótica recreación del suceso que inspiró una de las obras literarias más famosas de todos los tiempos. La autora, lejos de fijarse únicamente en los acontecimientos conocidos, reivindica con ternura las inolvidables figuras que habitan en los márgenes de la historia y ahonda en las pequeñas grandes cuestiones de cualquier existencia: la vida familiar, el afecto, el dolor y la pérdida. El resultado es una prodigiosa novela que ha cosechado un enorme éxito internacional y confirma a O’Farrell como una de las voces más brillantes de la literatura inglesa actual


Prosigo con mi comentario. Resulta que la novela se titula "Hamnet", nombre que tuvo uno de los hijos de William Shakespeare. En la Inglaterra de finales del XVI el nombre Hamnet se utilizaba de manera indistinta con el de Hamlet. Y precisamente "Hamlet" es el título de la tragedia shakespeariana más conocida y alabada. Oyéndo hablar a  Del Molino con Cocha Cardeñoso pensé que la novela de Maggie O'Farrell se centraría sobre todo en la figura del dramaturgo isabelino. Y con esta expectativa mental es con la que comencé la lectura de la novela. Según avanzaba en ella con mucho gusto por mi parte, sin embargo en mi cabeza se iban deshaciendo como azucarillos las equivocadas ideas previas con que empecé a leerla. Pensaba -veo que equivocadamente- que la figura de William, el padre de Hamnet, tendría mayor relevancia en el relato, algo que no es así. Bueno, en realidad no es así y sí es así, dado que en el fondo la novelista en este relato muestra, entre otros muchos asuntos, las entrañas ocultas de la creación; en esta ocasión desciende hasta el motivo escondido, ignoto para los demás, por el que, ella imagina, se gestó  la tragedia shakespeariana del Príncipe de Dinamarca: algo tan cotidiano entonces como la muerte de un hijo. Esto, tras reflexionar sobre la lectura recién finalizada, me parece de quitarse el sombrero.

La verdad es que esta magnífica narración va precisamente de eso, de la vida cotidiana en Inglaterra a finales del siglo XVI: la vida, la muerte, la peste, las relaciones familiares, el teatro... El protagonismo recae especialmente en las mujeres y sobre todo en Agnes, la esposa del creador de "Hamlet" y padre de Hamnet. Agnes es quien con su esfuerzo, su magia, sus celos infundados o no, el amor a sus hijos, la mala relación con su madrastra, etc. llena y ocupa todo el relato. Es Agnes Hathaway (en la realidad histórica Anne Hathaway) la figura esencial en este relato. Es una mujer que vive muy en contacto con la Naturaleza de la que conoce todo o casi todo; es en cierta manera algo hechicera pues por transmisión materna sabe de las propiedades de no pocas plantas con las que fabrica remedios sanadores que sus vecinos valoran en lo que valen, motivo por el que la visitan  solicitándoselos. Al tiempo Agnes posee la capacidad de intuir el futuro y penetrar en el interior de la mente de las personas al presionarles con fuerza entre el pulgar y el dedo índice de la mano. Es ella una mujer independiente que no se amilana ante la presión familiar ejercida por su madrastra Joan, que lleva adelante sus propósitos sin arredrarse, y que anima a su marido simplemente por desprendido amor a que haga realidad sus deseos literarios aunque para ello deban de separarse marchando él a Londres y quedando ella a cargo de los hijos en Sttraford Upon Avon.

El marido de Agnes aparece siempre innominado, jamás se le cita por su nombre y mucho menos por su apellido a fin de no oscurecer en nada, de no empequeñecer la inmensa figura de la esposa Agnes y la de los otros personajes, que constituyen la cotidianidad en la que Él también se mueve. Aunque hay algún hombre como John, el suegro de Agnes. o Hamnet, el malhadado hijo, la mayoría de los personajes son mujeres: Judith, la hermana gemela de Hamnet; Susana, la muy responsable hermana mayor; los suegros: Mary, que cuida a Agnes como si fuera hija suya, y John, el guantero bebedor y mal negociante del que el marido de Agnes deberá escapar si quiere hacer algo en la vida; Eliza, Gilbert, Edmond, Richard, Mary que falleció («¿piensas en ella, todavía esperas oír sus pasos, su voz, su respiración por la noche?, porque yo sí, todo el tiempo. Todavía creo que un día me despertaré y estará ahí otra vez, a mi lado; que pasara algo, una arruga o un pliegue en el tiempo, y volveremos a estar donde estábamos cuando ella vivía y respiraba.», le dice Eliza a su madre Mary), y el esposo de Agnes son hijos de John y Mary; Bartholomew, hermano de Agnes; y por último estaría Joan, la segunda madre de Agnes y Bartholomew, que de su matrimonio con el padre de ellos «tiene seis hijos (ocho, contando a la hijastra medio loca y al idiota de su hermano, de los que tuvo que hacerse cargo cuando se casó)». Los seis hijos de Joan: Caterina, Joanie, Margaret, James, Thomas y William (el pequeño) apenas si tienen protagonismo en el relato. 

Es, como se ve, una galería grande de personajes -aún debería nombrar a algún otro como Ned (aprendiz ayudante del abuelo), Hewlands (el terrateniente fallecido al que el abuelo John adeudaba unas pieles que paga con clases de latín a los chicos menores por parte de uno de sus hijos), o Heminge (un amigo del padre de Hamnet, actor de la compañía teatral que éste tiene en Londres)...- en la que jamás, como ya he dicho, se cita por su nombre a William Shakespeare. Pero aunque nunca se le nombre explícitamente de fondo, y al tiempo en un primer plano, aparece su colosal figura abriéndose paso en el mundo de los corrales de comedias. El genio que hoy admiramos por su incontestable altura y nivel literario es mostrado en este relato visto desde la pequeñez de la vida doméstica: las dificultades económicas, la mala relación con el padre, el amor hacia los hijos, la relación con su mujer, la necesidad de la separación respecto a la familia para poder abordar el éxito en la capital...

Teatro isabelino, El Globe, Corrales de comedias
Sin duda alguna el motivo principal de la novela es la muerte de uno de los gemelos, el hijo al que la peste se llevó a pesar de los esfuerzos que la madre puso en impedirlo. En la época, la muerte de un hijo adolescente o de un bebé al poco de haber nacido e incluso, algo muy habitual, de la propia madre en el momento del parto no era algo infrecuente. Sin embargo -y eso es lo que en mi opinión Maggie O'Farrell se esfuerza en transmitirnos, lográndolo plenamente- mostrar el dolor de la madre que le dio la vida, que lo amamantó, que lo cuidó y fantaseó con su futuro no es materia frecuente en un relato. Aquí sí, y este es temáticamente el punto fuerte de esta narración: vemos a Agnes deshecha, desorientada, perturbada por la muerte de su hijo querido. Quizás, quien lea esta reseña pueda pensar en este momento que su marido es un desalmado al no sentir un dolor semejante al de Agnes ante la muerte del hijo. ¿Es así la cosa en verdad? Despejar esta duda es uno más de los alicientes que tiene la lectura de esta novela. Os animo a leerla y a disfrutar con ella.  

La autora, así nos lo indica ella misma al final de la obra, se ha documentado muchísimo. En la documentación que ha manejado no todo está claro. Por ejemplo el nombre de la mujer de Shakespeare aparece casi siempre como Anne y alguna otra vez como Agnes, nombre que ella ha preferido en su ficción. Sin embargo las fechas que se explicitan (matrimonio de Agnes y el padre de Hamnet en 1583; la peste y muerte del hijo en 1596; estreno de la tragedia "Hamlet" en 1601) son todas ciertas, verídicas y debidamente comprobadas.

Estilísticamente el relato avanza en contrapunto temporal en la primera parte de la novela, la cual finaliza con el fallecimiento del hijo adolescente. La distancia temporal es precisamente la marcada por las tres fechas señaladas, con el centro en la de 1596, basculando las otras dos narraciones hacia delante ('flash forward') y hacia atrás ('flash back') respecto a ésta. Conocemos así el noviazgo entre Agnes y «el preceptor de latín». la vida de Agnes antes de casarse, el domicilio anejo a la casa de los suegros, etc.

En la segunda parte el contrapunto es más espacial que temporal. Concretamente en esta parte Maggie O'Farrell juega sobre todo con las localizaciones: en Londres donde Shakespeare intenta abrirse camino en el mundo del teatro y la casa familiar en Strafford Upon Avon donde vive Agnes con los hijos y a la que acude no con la frecuencia debida el dramaturgo. Esta tardanza en regresar a casa despierta en la cabeza de Agnes el fantasma de los celos. 

Si hay algo magnífico por encima del resto en la novela, ello es el lenguaje utilizado. Es un lenguaje pleno de imágenes y metáforas («el dulzor punzante de manzanas caramelizadas», por eso de poner un ejemplo), de una precisión léxica extraordinaria. Se nota que Concha Cardeñoso, la traductora, se ha esforzado muchísimo por hallar el vocablo justo y fiel a la frase, a su contexto. Es un vocabulario preciso y adecuado para la época. Por ejemplo 'carriola' (cama baja con ruedas que se oculta bajo otra cama más alta); 'orillo' (remate de otro color de las telas); 'sebes' (Cercado de estacas altas entretejidas con ramas largas); 'buccino' (Caracol marino de concha pequeña y abocinada, cuya tinta solían mezclar los antiguos con las de las púrpuras y los múrices para teñir las telas); 'crespina' (Cofia o redecilla que usaban las mujeres para recoger el pelo y adornar la cabeza); yegua picaza (Dicho de un caballo o de una yegua: De color blanco y negro mezclados en forma irregular y manchas grandes.), etc.

Algunas citas:
  • «Una mañana de principios de primavera, unos quince años antes de que Hamnet vaya corriendo a casa del médico, un preceptor de latín se encuentra junto a esa misma ventana; ensimismado se tira del aro que lleva en la oreja izquierda.» (ejemplo de traslación en el tiempo. Muy cinematográfico)
  • «Las plantas y las uñas conservan todavía la suciedad que acababa de recoger de la vida: polvo en la calle, tierra del huerto, barrio de la orilla al río, donde se bañaba con sus amigos hace menos de una semana.» (ante el cadáver de un ser recién fallecido)
Mi experiencia de reseñador me dice que si la novela me ha gustado como es el caso no viene a cuento señalar algo negativo respecto a ella, por muy menor que esto sea. Y no viene a cuento ni conviene porque luego parece como si eso fuese lo más destacable del comentario. Y como no deseo provocar confusión alguna y mi intención y deseo es destacar la enorme valía de esta obra, me contendré. Sólo añadiré para finalizar que me encantan los libros que hablan de libros, los libros en los que aparecen autores trabajando sobre sus creaciones, aquellas historias en las que se entremezclan en equilibrada armonía la ficción y la realidad. "Hamnet" de Maggie O'Farrell es una de ellas.

Teatro isabelino, Strafford Upon Avon, Anne Hathaway
El teatro de El Globe de Shakespeare en Londres

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Nota:
Procuro en mis reseñas no incurrir en spoiler a fin de incitar a realizar la lectura del libro reseñado. Por ello, en esta ocasión, para no desvelar un extremo importante de la trama he ocultado esa información tachándola en color negro. Si alguien, pese a todo, deseara conocer dicha información no tiene más que seleccionar la frase tachada y podrá leerla sin problema alguno.



"Hamnet" de Chloé Zhoe

Chloé Zhoe, Novelas adaptadas al Cine
Mi opinión sobre la versión de Chloé Zhoe, cuyo guion firman la propia directora del film junto a la autora de la novela, vendría a situarse en una zona intermedia de las manifestadas por Martínez y Boyero.

Prácticamente hasta el final de la película reconozco que me aburrí bastante. Para mí hay un exceso de imágenes con un tono excesivamente bajo de luminosidad en los interiores que se llevan buena parte del minutado en un buscado contraste con las de la naturaleza exterior llenas de luz y color. Es evidente que la realizadora ha querido transmitir la idea de que en los años finales del XVI el mundo íntimo y familiar, el doméstico de las casas, era así, rígido y oscuro. Por contra el exterior, de donde la protagonista Agnes Hathaway recoge plantas para confeccionar remedios que su madre tenida por bruja le transmitió, está pleno de luz. Bien, es una interpretación en imágenes de lo que en palabras expone en su narración Maggie O'Farrell; sin embargo las imágenes de la directora china no alcanzan en mi opinión la altura de belleza poética a la que llega la escritora irlandesa a base de un magnífico léxico y unas metáforas e imágenes retóricas de nivel supremo.

Como se ve por lo señalado en el párrafo anterior vengo a coincidir en algo con Carlos Boyero. Pero también estoy con Luis Martínez en la calidad cinematográfica que tiene la última parte del film, Esa parte está dedicada a la representación teatral en The Globe de la obra que el comediógrafo inglés compuso a raíz de la muerte de su hijo. Con esta puesta en escena el marido viene a reconciliarse con la esposa y a curarse él mismo -y también su mujer Agnes- catárticamente del tremendo duelo que la desaparición mortal del pequeño le ha ocasionado. Cuando leí la novela resalté que Shakespeare le transmite a su compañera la mejor prueba de amor que podía darle: hacer que su hijo desaparecido alcance la inmortalidad gracias al poder de la creación artística. En el film se percibe, quizás hasta mejor que en la novela, esta cuestión. 

En definitiva, sin pretender hacer categoría de lo anecdótico, de nuevo viene a mí el dicho más o menos extendido de que buenas novelas hacen malas películas, mientras que malas novelas hacen buenas películas. Hamnet de Chloé Zhoe no es mala película, qué va, para nada, es más según reflexiono sobre ella escribiendo estas impresiones veo en ella más y más aspectos valiosos, pero en la comparación con la obra literaria queda bastante por detrás de la misma, eso sí. 

Nota final.- He echado mucho en falta la autorizada opinión de Miguel Pina, administrador del blog Cine y críticas marcianas, que este mismo mes de enero decidió cerrarlo tras diez años de exitosa existencia. Las críticas que semana tras semana Miguel realizaba en su blog eran para mí un faro seguro. Esta vez acudí a una sala huérfano de su consejo y sabe Dios cuánto lo he echado de menos. Estoy convencido de que Miguel se habría dado cuenta de que el film a diferencia de la novela carece de muchas de esas inolvidables figuras que habitan en los márgenes de la historia  que Maggie O'Farrell en su relato trata con ternura al tiempo que, tal y como dice la propia editorial en la sinopsis promocional de la novela, ahonda en las pequeñas grandes cuestiones de cualquier existencia: la vida familiar, el afecto, el dolor y la pérdida. Estas pequeñas grandes cosas se perciben en la película, pero no al nivel con que aparecen en la novela. 

31 may 2025

Fernando Navarro. "Crisálida"

12 comentarios:
Libros en tapa dura, Novelas faulknerianas españolas
Crisálida es una novela sorprendente, distinta, de un género que no sabría muy bien delimitar (gótico, terror, aprendizaje...), pues si bien se mira muchos son sus ingredientes: violencia, terror, naturaleza, humor, familia, sociedad, drogas, antisistema...

Todo este conglomerado de cosas va perfectamente engarzado en la historia que se relata, que es la siguiente: 
Una niña llega en un estado penoso de abandono a una aldea próxima a Sierra Nevada y es ingresada en un hospital; en él es interrogada por la policía, cuidada por los sanitarios que le hacen pruebas de todo tipo. Ella vive inmersa en una espiral mental que la lleva a recrear su aventura en medio de una naturaleza dura. Sus padres han querido salir de la sociedad de consumo contra la que desde su juventud han luchado; han querido hacer realidad los eslóganes que coreaban de jóvenes en Granada; han dejado atrás todas las ataduras sociales (trabajo, colegio de los cinco hijos...) y se han metido voluntariamente en las inmensidades de la Sierra donde viven malamente con lo que el Capitán (el padre) roba o caza. 

Los personajes principales (la pareja formada por Madreselva y Capitán, y los cinco hijos) están perfectamente definidos y tienen personalidad propia: Nada, la niña narradora, es quizá la más consciente del grupo y, quizá también por ello, la que se salve y pueda hacer llegar hasta nosotros esta aventura con ciertos tintes en ocasiones de inverosimilitud dado el lugar y tiempo actuales en que se sitúa: Sierra Nevada con la atracción que para el turismo y excursionistas tiene. Tras Nada, el matrimonio de Madreselva y Capitán está dotado de características peculiares: alcohólicos, amigos de las drogas, personas antisistema..., pero muy coherentes con las ideas socio-económicas que defienden. De Capitán dice la narradora en el relato que hace de la aventura vivida: 
«Como los cristobicas de las funciones del colegio, él nos movía como si fuera un dios porque siempre pensó que era un profeta un santo un elegido y por eso lo llamábamos el Capitán.
Nuestro jefe. Nuestro amo. Papá Ceniza. Papá Niebla. Papá Dios. Papá Abismo, que un día encerró a sus hijos entre secuoyas perdidas y del que nunca se volvió a saber nada [...]»
Luego estarían los cuatro hermanos de Nada: Columbina, una niña dulce, presumida, que sería feliz jugando con las amigas del colegio del que, como el resto de sus hermanos, ha sido arrancada por los padres sin tener en cuenta su opinión; Cuarzo, un chico duro, pero sensible y consciente cuya mente funciona perfectamente y que tras una serie de meses quiere abandonar la locura en la que sus padres los han metido; Rayo, más pequeño que Cuarzo y Nada, se ríe con Columbina de tonterías y en la novela se le ve evolucionar hacia la brutal personalidad de su propio padre, Capitán; en cuanto a Cachorro, el más pequeño, es débil, enfermizo, ingenuo y muy gracioso con su media lengua de trapo («ez-que-no-tenemoz-máz-deberez», «me-han-picado-mozquitoz-he-ezcuchao-un-zapo»); por su parte la madre de todos ellos, Madreselva, es fiel seguidora de la locura marital, si bien demuestra más amor a sus hijos que Capitán como se ve cuando acoge en su furgo y cama a Cachorro que está débil y enfermo. Nada, la narradora protagonista de esta novela, dice de sí misma en un momento dado lo siguiente: 
«Nací con la columna desviada y con vegetaciones y me tuvieron que hacer una operación por la espina bífida y siempre estaba en el médico y me quitaron un lunar grande y sé que todo me pasó porque Madreselva fumaba bebía y se metía de tó cuando me tenía en la barriga, le digo a Brígida, pero creo que no me escucha.». 
Bien podría ser Nada, como así se podría deducir de la lectura de la novela una reencarnación, una digna sucesora, de Madreselva, su madre:
  • «Madreselva, planta trepadora mi madre, venenosa si quiere, decía él, con el pelo rojo parecido al de las moras de Graná, y Madreselva era guapa y pequeña y el Capitán levantó la vista y señaló a Orión y era un buen presagio.»
  • «Brígida sabe que me gusta [un flan que le ofrece como postre] y ella me dice que si la montaña existe dónde está y si el Capitán existe dónde está y yo le digo, Brígida, serás enfermera y te creerás mu guapa y a lo mejor tu madre hace buenos flanes pero no tienes ni idea de lo que dices, y ella se ríe con mi forma de hablar y con mi pelo rojo enredao mal cortado y yo no quiero que se ría de eso [...]»
Y es que Brígida es junto a los Antonios, todos ellos enfermeros en el hospital donde está ingresada Nada, personajes secundarios en esta narración. Ellos cubrirían la parte de realidad y plena racionalidad a la que Nada ha vuelto y de la que sus padres en su locura la sacaron. Ellos pensaban que yendo a vivir en la Naturaleza escaparían de la maldad inherente a la sociedad, pero no parece que lo hayan logrado, más bien ha ocurrido todo lo contrario. En cierta manera Crisálida de Fernando Navarro me ha hecho recordar durante su lectura a El señor de las moscas de William Golding. La evolución de Rayo y la del mismo Capitán, claro, me evocaron esta novela. 

La temática esencial es cruda, dura, muy dura en ocasiones. Tremenda, diría, utilizando el adjetivo que sirvió para calificar la prosa de La familia de Pascual Duarte, novela importantísima de Camilo José Cela. Justamente en Crisálida, no sé si intencionadamente o no, hay una escena en la que igual que, hiciera el celiano Pascual Duarte, una caballería es matada a navajazos. Aquí Nada mata a una mula:
«La mula me miró todo ojos grandes y le pedí perdón, no podía dejar que Rayo me siguiera con la mula porque me encontraría y le clavé la lanza donde había que clavarla para que, con un chorro de sangre saliendo y sin hacer ruido, la mula cayera en peso muerto al suelo, levantando agua y barro.»
Pero toda esta crudeza se ve compensada, atenuada, con un lenguaje y un estilo ciertamente hermosos. 
Hay un fuerte contraste entre lo truculento de lo narrado y la hermosura empleada para ello. Este choque es en mi opinión una de las grandes aportaciones de la novela. 

Además Fernando Navarro tiene clara voluntad de estilo como demuestra el uso particular y libérrimo que hace de los signos de puntuación, así como del polisíndeton. Mientras que en el empleo de este último se adivina una clara y constante finalidad (significar la manera de obrar de la mente de Nada, una niña preadolescente ciertamente algo perturbada) en la presencia o ausencia de signos de puntuación no he podido hallar nada que haga descubrir una secuencia, una pauta. A veces aparecen utilizadas en un orden recto y académico, mientras que en otras desaparecen por completo:
«Nos despertó uno por uno en mitad de una madrugada muy fría. Mis pobres hermanicos príncipes legañosos princesas en pijama no entendían lo que pasaba y la pequeña moqueaba y tosía y el grande siempre callao porque ese es más callao que yo y yo miraba a Madreselva y esperaba un gesto una frase algo y el pequeño al que llamábamos el Cachorro seguía dormido porque era un lirón y el mediano que era mu vivo se había despertado con mucha energía y gritando contento, nos vamos de excursión nos vamos de excursión nos vamos de excursión, que es lo que nos dijo Madreselva después de que el Capitán nos despertara: nos vamos, venga, nos vamos.»
 También me ha gustado mucho estilísticamente la introducción, en medio de párrafos meramente narrativos, de elementos propios del estilo directo eliminando cualquier signo de puntuación que avise de ello:
«No dejo que me toquen, les escupo a los médicos, a las enfermeras. Me pinchan cosas que no me hacen nada porque soy hija de mi padre y no pueden hacerme nada y viene Brígida, a la que han llamado para que venga desde su piso en el pueblo y la han despertado y no entraba hasta mañana a trabajar y, hay que ver la guerra que das.»
Para finalizar diré que la editorial Impedimenta, centrada habitualmente en autores extranjeros, ha apostado por la primera novela de este escritor granadino cosechando un éxito sin precedentes: desde febrero en que apareció hasta hoy mismo ya conoce tres ediciones. Un reconocimiento por parte de los lectores más que merecido.


El autor
Cine y Literatura, Novela gótica española
Fernando Navarro
esencialmente ha sido, o lo es, hasta ahora mismo guionista de películas españolas muy importantes como por ejemplo 'Segundo Premio' nominada a los Oscar de este año en muchas de sus facetas; él mismo fue nominado en 2011 por la película 'Orígenes secretos' al Goya por el mejor guion adaptado.
Desde luego Crisálida contiene muchos elementos propios del cinematógrafo como ese suspense propio del gótico que a veces se resuelve en nada provocando en el lector un mohín humorístico, una sonrisa inevitable; pero que otras veces concluye en un torrente de violencia terrorífica propia del gore. 

El mismo Fernando Navarro en confesiones hechas a una revista afirma que la obra la escribió primero como guion cinematográfico y que, al no ser aceptado el mismo por quien fuera, en dos meses, recluido en una localidad cántabra y trabajando casi de manera febril, lo transformó en la novela que es Crisálida. Como narrador, antes de esta primera novela, publicó también en Impedimenta una colección de relatos titulada "Malaventura" que fue muy bien recibida, según leo por ahí. Un autor a tener muy en cuenta desde luego. Y un título muy recomendable para aquellos que visiten estos días la Feria del Libro de Madrid.
 

28 abr 2024

Plegarias atendidas de Truman Capote

13 comentarios:

«Debo al bar del Pont Royal haber hecho muchas amistades incluyendo a la primera expatriada norteamericana, Miss Natalia Barney […] Miss Barney vivió en el mismo piso durante todas esas décadas, una suite con habitaciones sorprendentes que daban a un patio de la rué de l'Université. Vidrieras de colores en las ventanas y vidrieras de colores en los tragaluces, un tributo al Art Nouveau que habría conducido al pequeño Boaty a un estado delirante como de perro loco: lámparas Lauque esculpidas como ramilletes de rosas lácteas, mesas medievales abarrotadas de fotografías de amigos enmarcados en oro y carey: Apollinaire, Proust, Gide, Picasso, Cocteau, Radiguet, Colette, Sarah Bernahrdt, Stein y Toklas, Stravinsky, las reinas de España y Bélgica, Nadia Boulanger, la Garbo bien arrimadita a su vieja amigocha Mercedes D'Acosta, y Djuna Barnes, esta última una apetitosa pelirroja con labios de pimiento difícilmente reconocible como la áspera autora de El bosque de la noche (y como la heroína ermitaña en versión moderna de Patchin Place). Cualquiera que fuese su edad real, que debía de ser de ochenta o más años, Miss Barney, normalmente ataviada con viril franela gris, tenía aspecto de anacarada cincuentona. Disfrutaba conduciendo, e iba por todas partes en su Bugatti esmeralda descapotable, daba vueltas por el Bois o se iba a Versalles las tardes agradables. De vez en cuando, me pedía que fuese con ella, ya que Miss Barney disfrutaba echando sermones, y su impresión era que yo tenía aún mucho que aprender.»"

Santa Teresa de Jesús, Nuevo Periodismo, Jet-set neoyorquina

Había leído este libro hace ya muchos años; apenas si recordaba su contenido. El caso es que en algún sitio, ahora mismo no sabría decir si en un libro o en algún artículo sobre literatura leído recientemente, alguien consideraba Plegarias atendidas la mejor novela de Truman Capote. Siendo así, me dije, y dado que apenas si recuerdo nada de ella, he de volver a leerla. De este modo he vuelto a leer algo del creador del Nuevo Periodismo. 

En 1987, tres años después de su fallecimiento, se publicó la esperada novela Plegarias atendidas que Truman Capote llevaba prometiendo a su editor desde el espectacular éxito que supuso A sangre fría, aparecida en 1966. La novela deseada por todos, que se demoraba más y más, era calificada por su autor, en palabras dirigidas a su editor, como excelente. Pero Plegarias atendidas jamás vio la luz en forma de tal. Lo que sí hizo el escritor entre 1975 y 1976 fue publicar en la revista Esquire, de manera separada, los tres capítulos que conforman el libro que acabo de leer: "Monstruos perfectos", "Kate McCloud" y "La Côte Basque". Tras la aparición de estas tres separatas, en especial la titulada "La Côte Basque", el autor perdió completamente el favor de la alta sociedad neoyorquina con la que hasta ese momento se había codeado. El motivo no fue otro que la presentación clara y sin tapujos de la manera de vivir de sus integrantes: su afición al alcohol, al sexo, la  homosexualidad masculina y femenina de no pocos de sus miembros, el consumo inmoderado de drogas... Ponerles al desnudo ante los demás fue algo que no sentó nada bien al mundo del cine, del teatro, de la literatura, de la política... Integrantes de estos córculos se vieron reflejados en esta narración a veces con sus nombres auténticos y otras con denominaciones que claramente revelaban a quienes estaban tras ellas.

En mi opinión, la novela parece un ¡Hola! (la revista española del corazón), pero sin cortarse ni un pelo. A mí me ha recordado mucho a, entre nosotros, Terenci Moix y su novela "Garras de astracán". Lo mejor de estos tres relatos para mí es encontrarme directamente con mitos del mundo de la política (el entorno del presidente Kennedy, sobre todo), de la literatura (Samuel Bekett, JD Salinger, etc.), de la industria, de los negocios y sobre todo del Cine y el Teatro (Montgomery Cliff, Orson Welles, y muchos otros), asistir a sus devaneos, sus caídas en dependencias diversas, sus inseguridades...

Quería Capote -así se lo manifestó en multitud de ocasiones a Joseph M. Fox, su editor de Random House, cuando éste le reclamaba muestras de la novela que afirmaba estar escribiendo y por la que Fox le había entregado a cuenta altas sumas de dinero- emular nada menos que a Proust y su "En busca del tiempo perdido"; pero no, no alcanzó ese logro. Lo que sí hizo fue vengarse de aquellos ricachones que, quizás, lo ninguneaban y lo utilizaban como el payasete que daba color a sus fiestas, pero que como los bufones de la Corte quedaba al margen de los tremendos beneficios que ellos se repartían. Capote -su personaje P.B, Jones, auténtico alter ego suyo en la novela- ronda por los palacios, pero se queda sólo con las migajas. El verdadero Jonesy es el que de madrugada se acerca a los cines porno para poder satisfacer su deseo.

El libro que acabo de leer es uno de esos libros inconclusos que se publican tras la muerte del autor. No sabemos en este caso si Truman Capote desearía que se hubiera publicado o no de esta manera; también ignoramos si, como afirmó con reiteración a sus editores, existían otros capítulos y qué fue de ellos dado que, por mucho se ha buscado, nada se ha encontrado. Lo único evidente es la publicación que hizo en vida de estos tres capítulos en la revista Esquire en forma de separatas, pero siempre nos quedará la duda: ¿eran esos textos los que de verdad él quería que formaran su Plegarias atendidas? Sea como fuere, lo único que hoy tenemos es esto: las tres separatas de Esquire publicadas como capítulos de su anunciadísima durante casi veinte años y nunca aparecida fastuosa novela. Lo que yo he visto en ella es sólo una crónica de sociedad mordaz y sin cortapisas que, como es lógico, produjo que el escritor fuera expulsado de la misma como si de un piojoso animal se tratara.
 
En el prólogo que Joseph M. Fox escribe a la novela que su editorial Random House publicó en 1987, tres años después del fallecimiento del escritor, se incluyen fragmentos del prólogo que el propio Capote escribiera para "Música para camaleones", colección de seis cuentos cortos y seis entrevistas aparecida en 1980. Por ese prólogo sabemos que el escritor interrumpió la escritura de Plegarias atendidas en 1977, seguramente, aunque él lo niegue, por la furibunda reacción que ocasionó en la alta sociedad neoyorquina la publicación de esas tres separatas en Esquire:
«…Sí, dejé de trabajar en Plegarias atendidas en septiembre de 1977, un hecho que no tenía nada que ver con las reacciones que algunas partes del libro ya publicadas suscitaron en el público. El alto se produjo porque me encontraba con no pocos problemas: sufría una crisis creativa y personal al mismo tiempo. Como esta última no tenía ninguna relación, o muy poca relación, con la primera, sólo será necesario hacer alusión al caos creativo.»
Evidentemente, caos creativo debía de existir en Capote quien, por su desordenada vida y adicciones diversas, sentía que la facilidad para la la escritura con el nivel que él pretendía estaba en huida libre. Pero que esta falla creativa derivaba de la crisis personal sufrida por el escándalo producido por la publicación de sus relatos en Esquire está fuera de toda duda. 

Comienza el capítulo Monstruos perfectos con el escritor P.B. Jones escribiendo una especie de memorias, autobiografía o crónica en un apartamento de la Y.M.C.A. en Manhattan. Se muestra ciertamente deprimido, al borde del suicidio. Es por eso que decide hablarnos de él: su orfandad, su escapada del orfanato que estaba a orillas del río Mississippi a los 14 años, sus artimañas para poder sobrevivir casi siempre gracias al atractivo que para muchos hombres y mujeres tuvo. Pasa revista a varios de estos seres con los que se relacionó y a los que indefectiblemente él fue abandonando: La hermana Martha del orfanato, el masajista Ned que lo cogió en autostop, le enseñó el oficio y le puso en contacto con hombres y mujeres, algunos con bastante dinero como Agnes Beerbaum con quien acumuló el suficiente dinero como para sin previo aviso abandonarla. Fue así como llegó a Nueva York donde a sus 18 años se casará con Hulga, compañera de estudios en la Universidad de Columbia («Era una retrasada mental. O casi, maldita sea»). Su matrimonio dura poco pues en un arrebato navideño Jones rompe todos los adornos e insulta a su mujer de manera muy hiriente; los padres de Hulga le dieron una buena zurra y ahí acabó su aventura conyugal.

De su mujer sólo recordará lo bien que escuchaba los relatos que él escribía y que siempre quiso publicar. Para lograrlo Jones «visitará al director literario de una revista femenina que publicaba novelas de escritores de "calidad"». Gracias a ese hombre, Turner Boatwright 'Boaty', logrará publicar en la revista uno de los muchos relatos que le presentó; y no sólo eso, sino que contactará con muchas personalidades de la literatura, estrellas de cine, pintores... que visitaban su casa neoyorquina
«La verdad es que en casa de Boaty, se encontraban cantidades notables de personajes célebres. Actores tan distintos como Marta Graham y Gypsy Rose Lee, todo género de lentejuelas salpicadas con una colección de pintores (Tchelitchew, Cadmus, Rivers, Warhol, Rauschenberg), compositores (Bernstein, Copland, Britten, Barber, Blitzstein, Diamond, Menotti) y gran abundancia de escritores (Auden, Isherwood, Wescott, Mailer, Williams, Styron, Porter y, en varias ocasiones, cuando se encontraba en Nueva York, Faulkner, a veces buscando Lolitas, pero por lo general serio y cortés bajo el doble peso de una nobleza incierta y una resaca de Jack Daniel's). Y también Alice Lee Langman, considerada por Boaty la primera dama de las letras de América.»
De gigolo con la Langman logrará que Plegarias atendidas se publique, aunque los relatos que contiene reciben fuertes críticas. Como se ve la realidad, como es característico del Nuevo Periodismo y de la autoficción, se cuela en la obra creada confundiéndose con ella: La novela con la que P.B. Jones quiere triunfar es precisamente ésta que nosotros, los lectores, tenemos en las manos. A Jones, igual que a Capote, lo que le importa es ascender, avanzar y contactar con todos aquellos que puedan impulsar su pasión literaria. Lo hace como hemos visto hasta aquí saltando de cama en cama, le da igual el sexo del propietario. Lo definitivo le llegará cuando su protectora logre que la novela pase a la gran pantalla con el título «'La historia de P.B. Jones', una película de Paranoide Films en colaboración con Producciones Príapo». Es evidente el humor que exhibe el novelista en los nombres de las dos  productoras cinematográficas. Esta película y la novela en la que se basaba hizo que Denham Fouts 'Denny'«un hombre bellísimo que básicamente se ganó la vida como chapero y mantenido de lujo, con una completa nómina de amantes millonarios y hasta reales como el príncipe Pablo de Grecia.» (opinión de Sonia Aguirre Duque en la reseña que dedicó en 2013 a esta novela en su blog 'Heroínas díscolas'), contactara con P.B. Jones invitándole a ir a París. Con Denny y sus poco recomendables amistades Jonesy recorre los garitos de París, se enfanga en el consumo de drogas, el sexo duro, y comienza a temer el fracaso literario más que a ninguna otra cosa. Llega así hasta Aces Nelson, otro arribista cuyo oficio es vivir de los ricos, aunque afortunadamente Nelson es un trepa con cabeza
«Aces Nelson no tiene nada especial, salvo que es algo más mono que la mayoría. Está bien, comparativamente hablando. Va a Tánger dos o tres veces al año, siempre en el yate de alguien. El verano se lo pasa de un yate a otro, el Gaviota, el Siesta, el Christina, el Sister Anne, el Creóle, el que quieras. El resto del año está allá arriba en los Alpes, en St. Moritz o en Gstaad. O en las Antillas, Antigua, Lyford Cay. Haciendo altos en París, Nueva York, Beverly Hills, Grosse Pointe. Pero, esté donde esté, siempre está haciendo lo mismo. Ganándose el pan. Jugando desde el almuerzo hasta que se apagan las luces. Al bridge, al gin, al cutthroat, al old maid, al backgammon, resplandeciente, sonriendo con sus dientes con fundas y haciendo felices a los carcamales en sus salones de alta mar. Así es como se saca el dinero para sus viajes. El resto procede de extorsionar a tipas de diferentes edades y pasiones, culos acaudalados con maridos a quienes no les importa un rábano quién se lo haga con tal que no tengan que hacérselo ellos.»
Y gracias a él conocerá a Kate McCloud. Aces le cuenta la historia de esta mujer, que se casó con Harry McCloud de quien Kate, de soltera Mooney, tomó el apellido. Harry era un celoso de libro. La buena de Kate sólo revivió cuando quedó sola tras divorciarse y ser su marido encerrado en un sanatorio. Luego ella se casa con un millonario alemán, Axel Jaeger. Ahora, le dice Nelson, está en una extraña situación  («Está corriendo un gran peligro. Necesita protección. También necesita a un masajista que viaje con ella todo el tiempo. Alguien con educación. Presentable.»). Kate McCloud es el personaje central del segundo capítulo de estas Plegarias atendidas.

Me doy cuenta ahora de que no he dicho por qué Truman Capote titula así su novela y dentro de la misma también a la ficticia que escribe P.B. Jones. En el primer capítulo, 'Monstruos perfectos', la diva literaria Longman le dice a su protegido Jones«Santa Teresa de Avila dijo una vez: "Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas." Quizá no sea ésa la cita exacta, pero ya lo miraremos. Lo importante es que a lo largo de tu obra, al menos tal y como yo lo veo, aparecen personas que consiguen alcanzar un objetivo desesperado, mas sólo para que les rebote en contra de ellas mismas, lo cual acentúa y acelera su desesperación.». Esta explicación del título aclara el sentido que Capote quiso transmitir con su obra. En cierta manera, era la situación personal en la que él mismo se encontraba durante los años que estuvo escribiéndola. 

Plegarias atendidas
Artículo de Marina Ortiz Cortés publicado en el diario
El Independiente (06/02/2024)
Toda la novela está escrita desde esa celda -apartamento dije al inicio- de la Y.M.C.A neoyorquina. Con frecuencia interrumpe el relato para volver al momento y lugar de escritura e introducir alguna aclaración de tipo literario: «(¡Atención, estudiantes de literatura! Aquí hay aliteración, ¿lo han notado?, es mi vicio más pequeño.)». Quizás esta ruptura de la ficción sea una muestra más del humor que la novela contiene. En algún lugar he visto que etiquetan la novela como de humor. No lo creo yo así, aunque sí es evidente que en ella hay sarcasmo hacia la jet set, crítica acerada, en especial en el tercer capítulo, responsable de su expulsión del Paraíso social que lo había adoptado.

Los dos capítulos que siguen a Monstruos perfectos, Kate McCloud y La Cöte Basque son mucho más breves que el primero. En Kate McCloud vemos a P.B. Jones enamorado de verdad de esta mujer a la que atiende personal y profesionalmente. La ayuda en su proceso por escapar de su marido Jaeger que quiere quizás matarla y quedarse definitivamente con el pequeño Heinie, de cinco años, hijo de ambos. A HeinieAxel Jaeger lo tiene secuestrado y no se lo deja ver a Kate. Pero un día ella desaparece. Jones ve sus sueños echados por tierra. Soñaba con una vida feliz, normal con ella, él, su hijo Heinie y Chucho, el perro que Kate le pidió para mitigar su soledad. 

Es en La Côte Basque donde Capote rompió con todas sus autocensuras y decidió presentar a los personajes con los nombres reales o inventados, pero muy reconocibles, de aquellos seres en los que se había inspirado. Utiliza para hacer esta crítica de la alta sociedad neoyorquina un ficticio encuentro casual entre Ina Coolbirth (imagen de la real Slim Keith) y P.B. Jones (trasunto, como ya he dicho de Truman Capote). Una tarde, en el local neoyorquino así llamado, La Côte Basque, entre botellas de un champán carísimo Ina le cuenta las intimidades de buena parte del mundo artístico y literario del momento. Destaca entre todas las historias la de Ann Hopkins, quien asesinó de un disparo de escopeta a su marido (o quizás no fue así). La tal Hopkins se inspira en el caso real de Ann Woodward

En la conversación entre Ina y Jones, a la que se suman otras que el narrador escucha procedentes de mesas vecinas, se cuelan infinidad de cotilleos sobre personajes populares: Salinger y su relación con la que más tarde sería la mujer de Chaplin («Oona tenía un novio misterioso, un chico judío con una madre en Park Avenue, Jerry Salinger. Quería ser escritor, y le escribió a Oona cartas de diez páginas mientras estuvo en el ejército, en ultramar. Eran una especie de cartas de amor, muy tiernas, tiernísimas. Lo cual es demasiada ternura. Oona solía leérmela y cuando me preguntó qué pensaba, le dije que a mí me parecía que debía de ser un chico que lloraba con mucha facilidad.»); la relación adúltera entre un rico empresario y la mujer de un político importante; la rijosidad de los Kennedy («¿Te he hablado alguna vez de cuando me asaltó [Joe Jennedy]? Me invitó a su casa cuando yo tenía dieciocho años, era amiga de su hija Kek... [...] ...el viejo degenerado se coló en mi habitación. Eran alrededor de las seis de la mañana, la hora ideal si quieres coger a alguien fuera de combate, totalmente por sorpresa, y cuando me desperté ya estaba liado en las sábanas con una mano en mi boca y la otra en todas partes.»); las infidelidades hacia su esposa Joanne (en la novela Jane) y el gusto por el alcohol de Bobby Baxter (trasunto del conocido presentador y cómico norteamericano Johnny Carson («Jane dijo: ¿y estás solo? Ya sabes lo sádico que es Bobby detrás de esa sonrisa de frambuesa, y dijo: «No, hay una persona echada aquí a mi lado. Le encantaría hablar contigo.» Y al momento surge una voz de rubia oxigenada diciendo con una risita tonta y atemorizada: «¿De verdad, de verdad que es usted Mrs. Baxter? Ji, ji. Yo pensé que Bobby estaba haciendo una gracia, ji, ji. Acabamos de oír en la radio cómo estaba nevando ahí en Nueva York, o sea, debería estar usted aquí con nosotros, estamos a treinta y cinco grados.» Defraudada Jane dijo: «Me temo que estoy demasiado enferma para viajar.» Y la voz oxigenada, agitada y afligida: «Oh, Dios mío. ¡Cuánto lo lamento! ¿Qué le ocurre, monada?» Jane dijo: «Tengo doble dosis de sífilis y la gonorrea de siempre, una cortesía de ese gran cómico, mi marido, Bobby Baxter, y si no quiere que le ocurra lo mismo, le sugiero que salga de ahí pitando.»); y otros tantos casos más.

Es natural que, con mimbres como los expuestos, los que hasta hacía muy poco fueran íntimos amigos -y de los que Capote vivía, eso no hay que olvidarlo- lo condenaran al ostracismo. Desde este instante (la aparición en Esquire de La Cöte Basque) el escritor entró en barrena. Cayó por la pendiente endiablada del exceso en todo: sexo, drogas, alcohol... Así un día de 1984, a los 59 años, Truman Capote murió según el informe forense de «enfermedad hepática complicada por flebitis e intoxicación por múltiples drogas»

Ha sido casualidad que mi relectura de Plegarias atendidas haya venido a coincidir con el estreno en TV de la serie Feud: Capote vs The Swans. La estoy viendo y me parece fiel por ahora al cuento en que se inspira. Está dirigida por Gus Van Sant, John Robin Baitz y otros, e interpretada por un elenco de alto copete: Tom Hollander, Naomi Watts, Diane Lane, Chloë Sevigny, Calista Flockhart, Demi Moore, Molly Ringwald... Me está gustando. Creo que es una miniserie muy recomendable. Os dejo el trailer


Para concluir
Plegarias atendidas es un libro que como todo en Truman Capote bebe de la propia realidad. Concretamente realiza un ejercicio periodístico sobre sí mismo y su entorno social. Aunque omite en ocasiones los nombres auténticos las más de las veces los seres reales que están bajo los ficticios son muy reconocibles con las consecuencias personales ya comentadas.

Desde lo puramente literario quisiera señalar, además de algunas pinceladas estilísticas ya expuestas como esas interrupciones en el relato para comentar aspectos metaliterarios o simplemente propios de la realidad de quien en ese momento está escribiendo, la manera que tiene de entreverar distintos discursos. En un momento de La Côte Basque, mientras que Jones escucha a la locuaz Ina Coolbirth le vienen a éste pensamientos que Capote introduce sin previo aviso. Esta manera de mezclar dos discursos distintos dentro de otro más amplio me parece un auténtico acierto. 
 
Por último he de decir que la desnudez con que Capote muestra la vida me ha recordado mucho a Charles Bukowski, a quien dediqué en su día una entrada en este blog; también el tono confesional y en primera persona de quien está escribiendo su vida me ha llevado mentalmente a  El guardián entre el centeno (The catcher in the Rye) de J. D. Salinger; y, naturalmente, la multitud de nombres de autores del momento y anteriores han hecho que la lectura de esta Plegarias atendidas me haya resultado grata, pese a momentos en los que la procacidad, obscenidad y lascivia buscadas y exhibidas a propósito me haya resultado, por excesiva, no muy agradable. Se diría que en el mundo de J.B. Jones (Truman Capote) todo haya sido alcohol, sexo y drogas, siendo todo lo demás (literatura, cine, arte...) meros caminos para conseguirlos. 

Teniendo en cuenta la dedicación profesional de P.B.Jones (chico escort en una agencia dirigida por una tal Miss Self), el ambiente nocturno neoyorquino que, cuando no logra dormirse, visita y describe es indicativo de la realidad en la que Capote, cuando no estaba en algún sarao de la jet-set, vivía y a la que pertenecía:
«De modo que decidí recorrerme la calle Cuarenta y dos oeste, que no cae muy lejos de aquí [la residencia de la Y.M.C.A. donde P. B. Jones reside y escribe estas memorias], y buscar una película en uno de esos palacios del cine abiertos toda la noche y con aroma a amoníaco. Cuando me puse en camino, eran más de la una y el itinerario de mi paseo me llevó por nueve manzanas de la Octava Avenida. Prostitutas, negros, puertorriqueños, unos cuantos blancos y, en realidad, todos los estratos sociales de gente de la calle, los lujuriosos chulos latinos (uno con un sombrero blanco de visón y una pulsera de diamantes), los cabreantes heroinómanos dando cabezadas desde los portales, los chaperos, entre los cuales los más valientes eran los gitanos, puertorriqueños y rudos montañeses fugitivos de no más de catorce o quince años ("Señor, ¡diez dólares! ¡Fólleme toda la noche!") que rondaban por las aceras como un águila ratonera sobrevolando un matadero. Y, de vez en cuando, el coche de la policía patrullando, con sus pasajeros desinteresados y sin ver nada, al haberlo visto todo hasta tener reuma en los ojos de ver el espectáculo.» 


16 may 2020

Philip Roth, 'El animal moribundo'. 'Elegy', Isabel Coixet (A pares VIII)

20 comentarios:
"El paso del tiempo. Estamos nadando, sumergidos en el tiempo, hasta que al final nos ahogamos y desaparecemos. […] El cuento de hadas más encantador de la infancia es el de que todo sucede en orden. Tus abuelos se van mucho antes que tus padres y éstos mucho antes que tú. Si tienes suerte, las cosas pueden salirte así." (p.100)

El animal moribundo, Philip Roth, Yeats, Navegando hacia Bizancio
Philip Roth publicó esta novela corta, "El animal moribundo", el año 2001. En ella el personaje narrador, David Kepesh, a sus 70 años ya atisba el final de su vida. Lo ve y lo intuye en que a su alrededor hay personas de su edad e incluso mucho más jóvenes que ya han desaparecido. ¿Es posible que todo lo que me mantiene vivo se pueda desvanecer?, se pregunta. Unos versos de William Buttler Yeats extraídos del poema titulado "Navegando hacia Bizancio" [al final de esta entrada ofrezco completo el bello poema de W. B. Yeats] sirven al autor para titular la novela. El poema de Yeats alude a la desazón que asola al ser humano que aún ebrio de deseo toma conciencia del tiempo que le queda y el hecho mismo lo desazona. Todo el poema de Yeats es hermoso en su hedonismo y también en su estoicismo. Destaco aquí algunas palabras extraídas de estos versos que son clave para entender esta novela de Philip Roth:

Ese no es país para viejos. El joven
/ ... /
Todo lo que se engendra, nace y muere,
/ ... /
Un hombre de edad no es más que una cosa miserable
/ ... /
Consume mi corazón lejos; enfermo de deseo
Y atado a un animal moribundo

/ ... /

David Kepesh, profesor emérito de Crítica Práctica, desde su retiro reflexiona y conversa consigo mismo en un soliloquio retrospectivo o, como dicen estudiosos de su obra, en un «dialogo interiorizado» entre el 'yo' locutor y el 'yo' receptor. Durante gran parte de la lectura me preguntaba a mí mismo quién era la persona con la que Kepesh hablaba. Pensaba naturalmente que era él mismo en esa manera que tienen algunas personas de edad de pensar verbalizando e incluso emitiendo sonidos; pero en otros momentos las dudas me invadían porque hay en esta historia, acaecida ocho años atrás que ahora está recordando, instantes en los que ese 'tú' parecía corresponder a su gran amigo, personaje presente en el relato, el poeta George O'Hearn; sin embargo según avanzaba la novela hube de descartarlo; y así me pasó también con Carolyn Lyons, antigua alumna suya con la que mantuvo relaciones hacía ya casi 30 años y que ahora ha encontrado casualmente en la calle. No, verdaderamente este hombre mayor, este seductor y conquistador inveterado, este animal moribundo, está sólo consigo mismo. Es la novela un puro ejercicio autorreflexivo, un soliloquio, en el que David Kepesh podría argumentar, como decía Antonio Machado, eso de dialogo con el hombre que siempre va conmigo; e ignoro aunque no lo excluyo, habiendo leído completo el poema de Yeats que lo inspira, que como el sevillano ilustre esté en la idea de que quien habla solo, espera hablar a Dios un día.

Coprotagonista de la historia relatada junto a este profesor que mantiene muy vivo su apetito sexual está la norteamericana de origen cubano Consuelo Castillo, bellísima alumna del Seminario que sobre Crítica Práctica imparte durante un cuatrimestre Mr. Kepesh. Este profesor es muy consciente del enorme atractivo que desde siempre ha tenido para las mujeres como lo demuestra la enorme proporción de éstas que se apuntan a su Curso
En el seminario de Crítica Práctica participan unos veinte alumnos, a veces hasta veinticinco, por lo que habrá quince o dieciséis chicas y cinco o seis chicos, de los que dos o tres son heterosexuales.
Consuelo debiera de haber sido simplemente una más de esas alumnas que el afamado profesor desde un primer momento sabe o intuye será presa suya. Precavido y escarmentado, jamás mientras duran las clases tiende sus redes. Es al finalizar las mismas, una vez que ya nada sospechoso de acoso sexual o abuso de poder pueda enturbiar la posible relación que David Kepesh procura tener una aventura sexual con alguna de ellas. El  interés que emana de su figura de hombre mayor con enorme cultura, unido al prestigio social derivado de ser autor de crítica de libros en la NPR (Radio Pública Nacional) y contertulio en el programa cultural de un canal televisivo en el que habla sobre temas diversos de manera amena, clara y relajada, le permite abordar a las chicas que le interesan. En esta ocasión Consuelo Castillo va a ser un asunto distinto.

Año y medio dura la relación intensa y muy sexual mantenida entre ambos. En el transcurso de la misma vamos conociendo la vida de esta cubana nacida en Norteamérica, hija de cubanos ricos que emigraron con la llegada de Castro al poder en la isla. Todo este asunto de Cuba y la difícil relación con USA así como la liberalidad y entrega sexual de Consuelo a cuanto desea David lleva al narrador a contarnos aspectos de su propia vida. Él se casó muy temprano y de esa relación nació un hijo, Kenny, que en el momento de escritura tiene 42 años. Padre e hijo son totalmente distintos en todo, así mientras David rechaza el matrimonio y sólo desea tener relaciones sexuales con mujeres diversas, Kenny es monógamo y entiende que los sentimientos son muy importantes en cualquier relación.

Es interesante observar cómo David Kepesh achaca lo acaecido en su vida personal a los sucesos ciertamente revolucionarios ocurridos en el mundo durante los años 60 y los primeros 70. La disponibilidad sexual que para los hombres supuso que las mujeres controlasen su maternidad fue lo que a él le llevó al divorcio pues habiendo tantas mujeres ahí afuera por qué contentarse con una, le dice a su amigo O'Hearn
Las Zonas Residenciales. La Píldora. La Píldora que dio la igualdad a la mujer. La Música. Little Richard que lo impulsó todo. El Backbeat Pélvico. El Coche. Los chicos ahí afuera, dando vueltas en el Coche. La Prosperidad. La ida y vuelta cotidianas, de casa a la oficina y viceversa. El Divorcio. Mucho entretenimiento de adultos. La Hierba. La Droga. El doctor Spock. (pág. 30)
A todo esto habría que añadir en el caso concreto de Estados Unidos la revuelta política contra la Guerra de Vietnam que aunó en la lucha a los jóvenes de ambos sexos, y a éstos a su vez con las generaciones mayores que así se adhirieron también a la revuelta sexual. La vida, el sentirse vivo, se centraba (se centra para David en el momento presente) en el sexo. El sexo como medio para combatir la Muerte: El sexo no es sólo fricción y diversión superficial. El sexo es también la venganza contra la muerte. No te olvides de la muerte. No la olvides jamás. (p. 48). Es decir que si tienes sexo es que aún estás vivo. Si eres atractivo para las mujeres jóvenes es que aún estás vivo. Si cuando te reencuentras con una mujer con la que mantuviste relaciones y pasadas unas décadas las retomas de manera satisfactoria para ambos es que aún estás vivo... Todo esto es lo que piensan y les sirve de justificación a David y a su gran amigo George O'Hearn a propósito del comportamiento de ambos.
sexo hombre mayor con mujer joven, Isabel Coixet, 'Elegy', Philip Roth

El poeta irlandés O'Hearn le advierte a David Kepesh del enorme peligro que corre con esa mujer bellísima que es Consuelo Castillo dado que el narrador entra en desazón cuando ella no está o cuando él piensa que estará con chicos de su edad. En definitiva, está celoso. Por esto su amigo poeta le advierte
Has violado la ley de la distancia estética. Has imbuido de sentimiento la experiencia estética con esta chica... la has personalizado, la has sentimentalizado, y has dejado de percibir la separación esencial para tu goce.
Ambos amigos son intelectuales admiradores de la belleza y del arte y piensan que para gozar debidamente de la obra artística siempre hay que mantener una distancia. De no hacerlo así se corre el riesgo de ser fagocitado por la enorme belleza del objeto y perder el necesario juicio crítico. Pero Consuelo no es sólo un objeto bello y David lo va a ir percibiendo especialmente cuando de un modo muy diferente en la forma pero igual en las consecuencias ella se aproxima a la condición de animal moribundo que sólo él creía poseer.

La novela está escrita con ese estilo típico de Roth: directo, sin amilanarse ante la situación por dura que ésta sea, utilizando en ella las palabras exactas sin preocuparle nada que esto pueda incomodar al lector bien pensante, algo que cuando el asunto que se toca es el del sexo o el de la muerte es fácil que ocurra en algunas descripciones absolutamente explícitas de esos momentos. 

En el diálogo que David Kepesh realiza con esa segunda persona que es él mismo, en una especie de soliloquio o monólogo interior propio de las reflexiones, son varios los asuntos que van apareciendo perfectamente engarzados con el tema fundamental que es, inexorable, el paso del tiempo (El paso del tiempo. Estamos nadando, sumergidos en el tiempo, hasta que al final nos ahogamos y desaparecemos). Luego ya va mostrando otros como el de la muerte presente en todo el texto pero específicamente singularizada en la de su amigo George (George tenía la boca ladeada, abierta, esa boca de los moribundos) que por su dureza y extremado realismo no quiero mostrar en esta reseña. 

Junto a estos dos temas esenciales aparece el del choque entre ideologías como la de los cubanos conservadores (leen El Diario y el Bergen Record, aman a Reagan, aman a Bush, odian a Kennedy, ricos cubanos de Nueva Jersey) a los que pertenece Consuelo y la de los intelectuales progresistas con los que se identifica el profesor. Un profesor ya mayor que hoy día sería objeto de crítica cuando no de persecución por su pensamiento y comportamiento con las mujeres así como por sus opiniones respecto al colectivo gay que él considera conservador en grado sumo:
  • Respecto de las mujeres
    • El azaroso impulso masculino, la iniciativa masculina, no era una acción ilícita que requiriese denuncia y sentencia, sino una señal sexual a la que uno reacciona o no. ¿Controlar el impulso masculino e informar sobre él? No las habían educado en ese sistema ideológico. (p. 42)
  • Respecto del colectivo gay
    • ahora hasta los gays quieren casarse. Y hacerlo por la Iglesia, con doscientos o trescientos testigos, y esperar a ver qué resulta del deseo que los llevó a ser gays en primer lugar. Esperaba más de esa gente (p. 46) 
    • Los gays son militantes: quieren el matrimonio y quieren abiertamente enrolarse en el ejército y ser aceptados. Las dos instituciones a las que yo odiaba. (p. 47)
Para finalizar quiero señalar un asunto que es importante y de gran trascendencia en el colectivo de intelectuales estadounidense. Si a este dato -intelectuales- se le añade también el de judíos se entenderá bien claro el interés que en la sociedad americana tiene ese choque entre iniciados en el mundo del arte y de la cultura en todos sus ámbitos y el común de los mortales, o sea, el resto. Estos intelectuales se consideran élite y si además como Philip Roth son judíos su sensación de pertenencia al grupo de seres humanos elegidos es aún mayor. Así me ha parecido verlo reflejado en este David Kepesh respecto a su relación con ese bellezón que es Consuelo Castillo que procedente de una rica familia cubana él considera algo vulgar. Así mientras que él prefiere tocar música al piano, ella se molesta con él por no haber asistido a su fiesta de graduación:
Tocaba las sonatas de Mozart. Tocaba la música para piano de Bach. La tocaba, estaba familiarizado con ella, lo cual es distinto a tocarla bien. Tocaba piezas isabelinas de Byrd y compositores por el estilo. Tocaba a Purcell. Tocaba a Scarlatti. Tengo todas las sonatas de Scarlatti, las quinientas cincuenta en su totalidad (p. 64) 
Su inmensa cultura musical unida a la literaria sirve para marcar su enorme distancia con Consuelo. Distancia que creo ver reflejada en esta frase irónica, sarcástica, muy en la línea de otro gran intelectual judío dotado de un agudo y cínico sentido del humor como es Woody Allen 
¿Una chica que se quita el tampón delante de mí y luego, porque no he ido a su fiesta de graduación, rompe conmigo? (p. 64) 
Una novela, en definitiva, que muestra la lucha interna entre la autonomía o la sujeción en un ser ya pasado de época. Un hombre que quizás equivocadamente piensa que el sexo es una vacuna frente a la muerte o al menos un paliativo del destino inexorable. En el diálogo que mantiene consigo mismo respecto a su relación con Consuelo se dice No me interpretes mal. No es que, gracias a Consuelo, puedas engañarte y creer que tienes una última oportunidad de recuperar tu juventud. Y prosigue, advirtiéndose con una alucinante claridad de mente que Lejos de sentirte joven notas el patetismo de su futuro ilimitado en contraposición con el tuyo, que es limitado, percibes incluso con más intensidad que de ordinario el patetismo de los dones naturales que has perdido.

Un texto profundo, enorme, muy bien escrito, lúcido, independiente, libre, sin atadura alguna a un comportamiento políticamente correcto. En definitiva, Philip Roth (Newark, New Jersey, 1933 - Nueva York, 2018) escritor que se quedó sin Premio Nobel quizás por su tremenda independencia y que aquí en España reconocimos su Obra y categoría con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras el año 2012. Un escritor imprescindible. Un clásico contemporáneo.


"Elegy" de Isabel Coixet
Berlinale 2008, Penélope Cruz, Ben Kingsley, WB Yeats, Philip Roth
Muchas novelas de Philip Roth conocen adaptación cinematográfica y la mayoría de ellas son de mi agrado. Recuerdo ahora la adaptación de "El lamento de Portnoy" dirigida en 1972 por Ernest Lehman, "La mancha humana" que siempre que la veo me encanta dirigida en 2003 por Robert Benton, o "Pastoral americana" que en 2016 dirigió y protagonizó Ewan McGregor junto a Jennifer Connelly y Dakota Fanning y de la que tengo reseña hecha en este blog. 

También "El animal moribundo" conoció versión cinematográfica el año 2008 protagonizada por Penélope Cruz en el papel de Consuelo Castillo, por Ben Kingsley en el de David Kepesh y por Dennis Hopper en el del poeta George O'Hearn. Está dirigida por Isabel Coixet y el título que tiene el film es el de "Elegy". La vi hace ya siete u ocho años y tras haber leído ahora la novela creo que ésta supera con creces al resultado de la adaptación a la gran pantalla. 

Muchas son las diferencias entre ambas. Para empezar diríamos que el físico de Penélope Cruz aun siendo magnífico no acoge en su integridad el que Roth da a su bellezón cubano tanto en pura carnalidad como en la dulzura y enorme ternura que esa chica de 32 años desprende en el relato novelesco. Ni que decir tiene que la novela es mucho más explícita en sus escenas sexuales que la película. Pero sin lugar a dudas la diferencia más grande entre una y otra es que en el film desaparece el soliloquio retrospectivo o 'diálogo interiorizado' sustituido por uno externo realizado entre el profesor rijoso y su amigo irlandés George O'Hearn.

La cinta en general fue acogida de manera desigual. Para los amantes del escritor norteamericano entre los que humildemente me encuentro es una adaptación insuficiente del gran Roth. Muchas de las cualidades del novelista no encuentran correspondencia alguna en el film. Los detractores de Philip Roth por la crudeza de sus temas y la mostración sin tapujos de las miserias y los deseos humanos clamaron contra el escritor de origen judío considerando que de una mala novela Isabel Coixet había logrado realizar una excelente película. 

En mi opinión, Isabel Coixet prescinde de la sexualidad y opta por el romanticismo con profusión de escenas de enamorados que llegan a empalagar y que una vez leída la novela se me revelan como algo falsas respecto al modelo original. Con todo y con eso la película bien merece ser visionada porque Cine y Literatura son dos maneras de narrar que se retroalimentan mutuamente.
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WB Yeats, "Navegando hacia Bizancio"

I

Aquél no es país para viejos. Los jóvenes
Tomados del brazo, los pájaros en los árboles
-Aquellas generaciones que se mueren- cantando,
Las cascadas de salmón, los mares atestados de verdeles
, Pescado, carne, o aves, elogian todo el verano
Todo lo engendrado, nace y muere.
Atrapado en esa música sensual descuida todo
Monumentos de intelecto que no envejece.


II

Un hombre de edad no es más que una cosa miserable,
Un abrigo andrajoso sobre un palo, a menos que
El alma aplauda y cante, y cante más fuerte
Por cada arruga en su vestido mortal,
Ni hay escuela de canto sino el estudio de
Monumentos de magnificencia única;
Y por eso he navegado los mares y he venido
A la sagrada ciudad de Bizancio.


III

Oh sabios erguidos en el santo fuego de Dios
Al igual que en el dorado mosaico de un muro,
Vengan del fuego sagrado, giren en un círculo,
Y sean los maestros del canto de mi alma.
Extingan mi corazón; enfermo de deseo
Y atado a un animal moribundo
No sabe lo que es; y llévenme
Al artificio que es la eternidad.


IV

Una vez fuera de la naturaleza jamás tomaré
Mi forma corpórea de ninguna cosa natural,
Sino una forma como la que los Herreros griegos hacen
De oro martillado y esmalte dorado
Para mantener despierto a un somnoliento Emperador;
O ponerse sobre una rama dorada para cantar
A los señores y damas de Bizancio
Sobre lo que ha pasado, o lo que pasa, o lo que vendrá.

[WB Yeats, 1928, ©Traducción de Juan Carlos Villavicencio, 2016.]

13 ene 2020

Éric Vuillard: "El orden del día". Premio Goncourt 2017

21 comentarios:
Escuché por primera vez el título de esta novela de Éric Vuillard mientras veía la última película de Pedro Almodóvar. En una escena de la cinta, Salvador Mallo, alter ego del director manchego en el film, encarnado magníficamente por Antonio Banderas, mantiene una tensa conversación con su anciana madre (Julieta Serrano). Salvador Mallo sostiene entre sus manos "El orden del día" mientras en palabras del propio Almodóvar realiza con su madre, un auténtico ajuste de cuentas madre/hijo. Luego he leído no pocas reseñas sobre esta breve novela, todas ellas laudatorias. No podía por menos que leerla.

Premio Goncourt 2017, Novela histórica
Mi primera sensación tras concluir la lectura de la novela fue la de haber estado dentro de una creación literaria novedosa, breve y directa. No es desde luego una obra al uso. Todo en ella tiene nervio, su contenido llega hasta lo más profundo del lector, podría decirse que incluso lo hiere. Que en el país del autor, Francia, fuese distinguida con el Premio Goncourt en 2017 no es fruto de la casualidad.

La historia que se relata toca tres momentos históricos relevantes en la Historia de Alemania y en la del mundo. El primero ocurrió el 20 de febrero de 1933 cuando 24 popes, -'sacerdotes de Ptah' los denomina Vuillard a lo largo del relato-, de la poderosa industria alemana, son convocados por Göring, a la sazón presidente del Reichstag, para solicitarles apoyo financiero al partido nacionalsocialista en las próximas elecciones de marzo. El segundo momento sucedió el 12 de marzo de 1938 cuando se ejecuta la Anschluss, anexión 'voluntaria' entre Alemania y Austria. Por último, el tercer tiempo histórico nos lleva ya al final de la II Guerra Mundial cuando todo se precipita. Pero este final, que supuso la derrota inapelable de la Alemania nazi a la que habían apoyado estos popes, no representó el final de sus imperios cuyas producciones hoy siguen entre nosotros: aparcados en nuestros garajes, almacenados en nuestras cajas de medicamentos, utilizados dentro de nuestros edificios para subir y bajar pisos sin esfuerzo alguno, usados para reproducir música, voz e imágenes a través de nuestras radios, televisores y/o magnetófonos, etc., etc. ¿Hasta qué punto, pues, la derrota fue completa?

Vuillard dice con evidente acierto que los veinticuatro que ese 20 de febrero de 1933 se reunieron en el Reichstag con el presidente del mismo, Hermann Göring, "no se llaman ni Schnitzler, ni Witzleben, ni Schmitt, ni Finck, ni Rosterg, ni Heubel, como nos mueve a creer el registro civil. Se llaman BASF, Bayer, Agfa, Opel, IG Farben, Siemens, Allianz, Telefunken".  En efecto son las industrias alemanas más fuertes, más poderosas, las que ese día se citan con el partido nazi al que financiarán parte de sus gastos de las elecciones de marzo que auparon a Hitler al poder. Y estos veinticuatro hombres lo harán pese a haber escuchado de boca del mismísimo Göring que "si el partido nazi alcanza la mayoría, estas elecciones serán las últimas durante los próximos diez años; e incluso —añade con una sonrisa— durante los próximos cien años".

Leer esta historia hoy produce escalofríos por la inmoralidad que el comportamiento de estos "veinticuatro gabanes de color negro, marrón o coñac, veinticuatro pares de hombros rellenos de lana, veinticuatro trajes de tres piezas, y el mismo número de pantalones de pinzas con un amplio dobladillo" conllevaba. Claro es que ellos pensaban que apostaban a caballo ganador. Pero no fue así. Lo duro es observar cómo los ganadores del terrible conflicto desencadenado por los nazis no castigaron en nada a estos industriales y a sus empresas por haber apoyado o haberse beneficiado de las deleznables prácticas utilizadas por los nazis con los seres humanos confinados en los campos de concentración:
Bayer utilizó mano de obra procedente de Mauthausen. BMW reclutaba en Dachau, en Papenburg, en Sachsenhausen, en Natzweiler-Struthof y en Buchenwald. Daimler en Schirmeck. IG Farben en Dora-Mittelbau, en Gross-Rosen, en Sachsenhausen, en Buchenwald, en Ravensbrück, en Dachau, en Mauthausen, y explotaba una gigantesca fábrica en el campo de Auschwitz: IG Auschwitz, que de un modo totalmente impúdico figura con ese nombre en el organigrama de la firma. Agfa reclutaba en Dachau. Shell en Neuengamme. Schneider en Buchenwald. Telefunken en Gross-Rosen y Siemens en Buchenwald, en Flossenbürg, en Neuengamme, en Gross-Rosen y en Auschwitz. Todo el mundo se había abalanzado sobre una mano de obra tan barata.
Fascismo y Empresas
Éric Vuillard consigue que quien lee este libro se incomode ante hechos como los anteriores. ¿Cómo es posible que tales cosas hayan ocurrido y no se hayan castigado? La razón la encontramos muy pronto en el mismo texto cuando se nos dice que todo está en la construcción del relato (¡Ah, cómo suena por estos pagos este término!) y si para ello hay que modificar este o aquel detalle se hace, como bien mostró George Orwell en "1984". Los políticos europeos de la época de ascendencia hitleriana y los ganadores del conflicto tuvieron buen cuidado en blanquear, borrar, o emborronar los actos y/o biografías de estos industriales y también los de los melindrosos políticos ingleses, franceses o austriacos en su relación con Adolf Hitler. La post-verdad encuentra si no su invención al menos sí un espectacular desarrollo en estos años. Y es que "Es tal el arte del relato que nada es inocente", nos dice Vuillard. Al hablar de los hombres que apoyaron a Hitler los relatos de sus biografías omiten datos dejando sin expresar sus lazos con los nazis. Un ejemplo es la biografía de Gustav Krupp donde se lee lo siguiente:
"Gustav no apoyó activamente a Hitler antes de 1933, se nos dice, pero una vez nombrado éste canciller, se mostró leal a su país. No se afilió al partido nazi hasta 1940."
Interesante reflexión la que Vuillard presenta en este libro magistralmente escrito. Es una obra que a mí me ha recordado mucho otras de Enmanuel Carrère, compatriota suyo. Estamos ante una Novela, sí, pero una Novela de No-ficción, una novela documental, en la que el autor es el narrador que presenta la información que ha recopilado a través de documentales cinematográficos creados por Goebbels y más tarde por rusos y norteamericanos; periódicos franceses, ingleses, alemanes... del momento; ensayos sobre ese periodo histórico; libros antiguos y modernos que ilustran el pensamiento sobre asuntos como el poder, el sometimiento, la mentira...

Gracias a la existencia de esta base documental concienzudamente estudiada y comentada por el escritor francés se ponen al descubierto la crueldad, la impostura, la hipocresía... de estos hombres. Y también la estupidez humana de la que estos asesinos, politicastros de tres al cuarto, eran portadores. Su soberbia era tal que muchos de ellos ya se veían en los libros de Historia que estudiarían sus nietos en la Nueva Patria que estaban construyendo y como hiciera Göring ("Había pedido a sus propios servicios que anotaran sus conversaciones importantes; la Historia, un día, debía poseerlas") no ahorraron esfuerzos en dejar documentación suficiente para que el Futuro reconociese sus esfuerzos patrióticos. Parecida actitud detecto en la actuación y comportamiento de algunos politicos actuales -españoles y extranjeros- que actúan o se comportan pensando más en las letras de imprenta de los libros escolares que estudiarán las generaciones futuras que en las inmediatas y a veces perniciosas consecuencias de sus actos.

Del máximo interés en esta novela-ensayo es que las recriminaciones realizadas por Vuillard no sólo recaen en estos industriales colaboradores de los nazis, ni tampoco sólo en los propios gerifaltes nazis (Hitler, Goebbels, Göring y demás), sino que la capa del descrédito y la asunción de culpas la extiende con toda la razón a esos melindrosos políticos ingleses, franceses o austriacos del momento que con su miedo contribuyeron a la hecatombe que ocurriría poco tiempo después.
[en documentales realizados para cubrir la Conferencia de Múnich] "el comentarista, inspirado, anuncia con voz nasal que los cuatro jefes de Estado, Daladier, Chamberlain, Mussolini y Hitler, movidos por un mismo anhelo de paz, posan para la posteridad".
 Y nuestro novelista comenta con agudeza que "La Historia devuelve esos comentarios a la nadería irrisoria que son y arroja sobre todos los futuros noticiarios un deplorable descrédito". Por juicios tan atinados como éste es por lo que esta novela de Éric Vuillard tanto me ha gustado.

El estilo
Pero no sólo es el contenido lo que hace deliciosa la lectura de este Premio Goncourt. La forma, el recipiente en el que viaja el contundente mensaje, está muy bien trabajada. En primer lugar destaca esa mezcla entre la pura documentación -la objetividad- y el juicio que al narrador-autor le merecen ciertos datos. Precisamente esta manera que tiene Vuillard de entrar en el propio relato enjuiciando es muy cervantino y me recuerda vivamente a Carrère. Luego está la reflexión sobre la propia construcción del relato, sobre la manera como el escritor está construyendo el discurso que nos presenta. Él mismo afirma en clara introspección metaliteraria que nada en el arte de confeccionar un relato es inocente.
Éric Vuillart, Pedro Almodóvar, "El orden del día", "Dolor y Gloria"
Me ha gustado muchísimo la simultaneidad que en ocasiones el novelista establece entre unas acciones y otras sucedidas en distintas localizaciones, algo que sólo un estudioso documentalista se puede permitir y que resulta muy cinematográfico: [Albert Lebrun, presidente de la República francesa en 1938] "mientras Albert Lebrun cavila sin cesar bajo el inmenso egoísmo de su lámpara, en Viena el canciller Schuschnigg recibe un ultimátum de Adolf Hitler".

Asimismo me encanta esa manera de dirigirse al lector haciéndole partícipe o cómplice en la redacción del relato. Así cuando habla de la cena de despedida que el primer ministro inglés Chamberlain ofreció a Ribbenprop, hasta entonces embajador alemán en Inglaterra, y a partir de ahora nombrado por Hitler ministro alemán de Asuntos Exteriores, hay un momento en que el hecho menor de la receta completa de un plato interrumpe la narración del hecho principal, esa cena de despedida. El escritor-narrador toma conciencia de que la digresión está siendo excesiva y de manera muy natural para retornar a lo mollar del relato va y nos dice: "Les dispensaré de los detalles sobre la guarnición y la cocción. Lo cierto es que solían cocinarse muchas recetas francesas en Downing Street". Hay en esto hasta su puntito de humor, ¿no?