"De todas formas, no espere usted una sorpresa al respecto, ya que esas cosas son más propias de las novelas que de las autobiografías: me fui de Cádiz sin saber para qué me había llevado mi jefe a Cádiz"; "¿A usted le gusta el suspense? A mí no."
Es evidente que "El azar y viceversa" no es una novela al uso. Parece más una relación, una crónica de vida, un cuadro costumbrista moderno. En el propio relato se niega su condición de novela al no existir sorpresa alguna. Sí, es cierto, estamos ante un relato en el que no hay grandes sobresaltos, el suspense es prácticamente inexistente y en las peripecias vividas por el personaje narrador resuena la tradición picaresca de la literatura española. Si a esto añadimos que los sucesos acaecen en Andalucía, más específicamente en localidades gaditanas incluida la mismísima Cádiz y también en Sevilla, para qué queremos más: el Siglo de Oro con su barroquismo andaluz permea toda la crónica vital del protagonista, Antonio Escribano Rangel, contada por él mismo.
Este Antonio estructura la narración de su vida en tres tramos: 1) Infancia y adolescencia en Rota, ciudad en la que nace y donde atiende por Antoñito; 2) Juventud, de estudiante y buscavidas en Cádiz acompañando a Fiti, un prototipo de señorito andaluz. En este segundo tramo atenderá por Ranyer; y 3) en Sevilla con el Tunecino, auténtico Monipodio que utiliza una red de tiendas de antigüedades para enmascarar negocios opacos. Aquí decide utilizar su segundo nombre, Jesús, pero cuando descubra el amor verdadero con Inma ella le llamará Toni, volviendo a su auténtico ser del que desde el primer tramo de existencia quiso escapar.
¿Ante qué estamos?
La novela, vista con perspectiva, es un relato itinerante al estilo de "El Quijote" o "El Lazarillo de Tormes". Así como el caballero andante va topando con aventuras y Lázaro con problemas y estrecheces que le hacen aguzar el ingenio y buscar cobijo bajo distintos amos, Antoñito, Ranyer o Jesús, da salida a sus penurias económicas con oficios variados, a veces muy breves (con un zapatero, un erudito local, un pintor aficionado, un poeta vanguardista, en un bar, en una funeraria...) y otras veces más duraderos (con Fiti, con el Tunecino...) que sirven al autor para presentar un cuadro costumbrista de la Andalucía actual. Muchos de estos personajes con los que trabaja o las mujeres con las que se relaciona no tienen entre sí ninguna relación y entran en el relato general por el clásico medio de las sartas, unidas al cuerpo central de la novela con conectores que recurren a latiguillos en mi opinión muy repetitivos: "según le contaré más adelante", "Y en una ilusión terrible y oscura, por cierto, me vi envuelto una vez, según paso a contarle.", etc.
