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21 abr 2024

Pilar Quintana. Los abismos. Premio Alfaguara 2021

8 comentarios:
Pilar Quintana, novelistas colombianos

Los caminos del lector, como los del Señor, son inescrutables. Quiero decir que la llegada a unas lecturas, así como la dejada de otras obedece a los caprichosos vaivenes que suceden en la cabeza del lector según que uno va leyendo esto o aquello. En este caso mi arribada hasta esta escritora colombiana se ha debido a la lectura frecuente que hago de blogs que merecen toda mi confianza. En ellos, y de manera reiterada, vi durante el año 2023 e incluso también durante el anterior cómo las novelas de Pilar Quintana aparecían comentadas positivamente con frecuencia. Apunté el título de Los abismos para probarme con esta caleña. 

La escritora
Pilar Quintana (Cali, 1972) es autora de cinco novelas y un libro de cuentos.  Recibió en España el Premio de Novela La Mar de Letras por Coleccionistas de polvos raros. Participó en el International Writing Program de la Universidad de Iowa como escritora residente y en el International Writers’ Workshop de la Universidad Bautista de Hong Kong como escritora visitante. Con su novela La perra, traducida a quince lenguas, fue finalista del Premio Nacional de Novela y del National Book Award y ganó el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana y un PEN Translates Award. Con la novela que acabo de leer fue merecedora del XXIV Premio Alfaguara de novela 2021.

Argumento de Los abismos (según reza la contraportada de la novela)
Claudia vive con sus padres en un apartamento invadido por plantas que se estiran para tocarla. Como todas las familias, la suya contiene una crisis, y solo hará falta que algo o alguien llegue a detonarla. Cada quien tiene un punto de quiebre en la infancia, y Claudia, la protagonista de esta historia, narra, desde la expectación y la mirada aguda de cuando fue una niña, los hechos que abrieron las grietas por donde se colaron los peores temores, aquellos que son irreversibles y empujan al borde del precipicio. Los abismos es un relato estremecedor en el que una hija asume las revelaciones de su madre y los silencios de su padre para empezar a construir su propio mundo. 


Mi comentario
Los abismos de la colombiana Pilar Quintana es una hermosa novela en la que una niña de 8 años muestra los abismos reales y metafóricos en los que su familia, con ella dentro, vive. Hay abismos paisajísticos que tienen importancia en la novela y que generan cierta tensión o suspense en algunos momentos del relato. Pero, quizás, los abismos más importantes sean los íntimos y metafóricos que muestran a una familia en crisis, a una mamá al borde del precipicio, a una niña (de nombre Claudia, igual que su mamá) que siente placer (cosquillas en el estómago) y miedo tanto ante los terrenales como ante los familiares: 
«Quería vérselas de nuevo con el abismo, sentir la cosa rica en la barriga y el miedo y las ganas de saltar y de alejarse» 
Naturaleza y familia se mezclan en ese apartamento de Cali donde viven y en cuya planta inferior las plantas están desatadas. Estas plantas las cuida Claudia madre y son un poco ella; al final ya no están tan desaforadas, del mismo modo que también ella ha abandonado muchas de las apetencias donde se cobijaba: el whisky, la pasión erótica por otro distinto al marido, abismarse para escapar, realizarse a través del trabajo... La familia se ha salvado, quizás sí o quizás no, para sumirse en el abismo de la vulgaridad, la cotidianidad, el hastío...

Todo lo anterior es presentado desde la perspectiva inocente, ingenua, fantasiosa, pero también perspicaz y prematuramente madura de Claudia niña, la cual debe de crecer apresuradamente para poder sobrevivir en el mundo familiar que le ha tocado vivir; ella procurará que los miembros de esta familia no se despeñen por los precipicios que se abren a su alrededor. ¿Quiénes son los integrantes de esta familia? Son los siguientes: la madre -de nombre Claudia, igual que su hija- a la que casaron con un hombre veinte años mayor que ella al que no amaba; el marido Jorge, persona ensimismada preocupada fundamentalmente por el supermercado que les dejara su padre a él y a su hermana Amelia; la tía Amelia, mujer cincuentona que un día vuelve a Cali casada con un joven de 30 del que Jorge sospecha que sólo quiere el dinero de su hermana; Gonzalo, el joven apuesto y vivaz que introducirá la crisis (un abismo más) en la familia de la niña. Además de estos personajes protagonistas, en la novela aparecen toda una serie de secundarios como Gloria Inés, prima lejana de mamá Claudia, que se tirará por el balcón de un 18º piso; Rebeca, la madre de dos compañeras de colegio de Claudia madre, desaparecida sin previo aviso hace ya treinta años cuando ella era niña  y sobre cuya suerte se lanzaron la mar de posibilidades; Porfirio y Ana, guardeses de la finca a la que Jorge y las dos Claudias van a pasar una temporada en verano; Yesenia, la empleada doméstica; Paulina, la muñeca 'amiga' de Claudia niña; etc.

Muy interesantes son los diálogos entre las tocayas, la madre y la hija. Mamá Claudia cuenta a su hija sucesos que seguramente no son adecuados para una niña. Pero ésta, con su ingenuidad infantil, no hace más que inquirirle, preguntarle por esos acontecimientos de los que Jorge, el padre, apenas habla y que cuando se entera que la madre los cuenta a la niña se muestra más que molesto. En situaciones así, sobre la reacción de Jorge dice la niña: «Mi papá siguió mudo. El monstruo, lo sentí en su respiración agitada, asomándose». Que una persona adulta hable a una niña como si ésta lo fuera es revelador de cierta insania mental. No al contrario. O sea que una niña de 8 años hable con igual soltura a su madre que a su muñeca Paulina es entendible dada la mente infantil de una persona de esa edad. 

La relación entre Claudia y Paulina, su muñeca, es interesantísima. Como si se tratara de un muñeco vudú Claudia proyecta sobre ella todos sus deseos e insatisfacciones; es como si pensara que Paulina fuera el sustituto en positivo de la atención que para sí hubiera querido por parte de sus padres. Sin llegar al desapego excesivo de su abuela materna que declaró a mamá Claudia infinidad de veces que haberla tenido truncó su vida, la narradora niña se siente menospreciada por su madre, quien siempre la coloca en un nivel distinto al de las otras niñas, en especial al de las hijas de Mariú y Liliana las amigas de Claudia madre. Así Mariú al conocer a Claudia dice a su amiga de la infancia:
«—¿Es Claudia?
—Es Claudia
Se agachó para quedar a mi altura. Tenía los ojos grises con vetas oscuras y claras, y mientras me miraba, tan cerca y tan fijo, sentí que su belleza se derramaba sobre mí.
—Qué linda —dijo la más linda de todas.
Se irguió. Mi mamá le agradeció el falso cumplido y Mariú buscó alrededor.
—Las mías están por allá.
[...]
Las tres tenían trenzas de riñón y vestidos blancos idénticos, con un bordado en el pecho, mangas bombachas y un moño atrás.
—Hermosas —dijo mi mamá admirada de verdad—. Esos vestidos son como azúcar.»
La narradora niña ama a sus padres, aunque tras la crisis habida en su familia, sea consciente de que las cosas ya no son como antes y a veces ante el comportamiento de su madre llegue a decir que «es la peor madre del mundo». Es consciente de que hay grietas en la familia y añora por ello la situación anterior
«Antes de la pelea de mis papás, de la pelea de mi mamá y mi tía, de que llegara Gonzalo a la familia, yo tenía certezas. Las mamás tenían hijos porque los deseaban. Mi tía Amelia vivía feliz en su mini apartamento con sus batolas. Mi abuelo era un hombre triste. Mi papá, el más bueno del mundo.»

 Interesantísimo y plenamente verosímil es la penetración en el interior de una niña de 8 años que hace Pilar Quintana. El vocabulario puesto en sus labios, los juegos infantiles que practica con otros niños, sus diálogos con Paulina, la insistencia en preguntar que llega a descomponer a los mayores, etc. son las palabras, los juegos, los diálogos con los juguetes, la reiteración en las preguntas a los mayores... que realizan los niños, cualquier niño de la edad que tiene Claudia, tan sólo 8 años.

Otra particularidad de esta novela que me ha encantado es el léxico utilizado. Los términos propios del  español hablado  en Colombia llenan la narración y la dotan de una embargadora belleza. Son vocablos como batola (prenda de vestir femenina de una sola pieza, holgada, larga y sin botones), sacoleva (chaqué), esculcar (registrar para buscar algo oculto), samanes o ceibas  (árboles americanos), pereque (molestia, impertinencia), jejenes (insectos dípteros, más pequeños que el mosquito y de picadura más irritante), habilitar (volver a examinarse), mangones (revendedores, traficantes), capul (forma de llamar en Colombia un corte de cabello en el que se tiene un flequillo que cubre la frente), levantadora (bata delgada que usa la mujer al levantarse o para andar por casa), jugar al parqué (jugar al Parchís), juepucha (maldita sea, mierda), pintas (muda de ropa nueva), overol de bluyín (mono, buzo de tela vaquera), etc.

El vocabulario anterior unido a la mostración de una naturaleza domesticada en la casa y más salvaje y abrupta afuera, con esas vueltas y revueltas de la carretera que los lleva de Cali a la finca donde veranean, hace que la imaginación infantil se abra a cualquier posibilidad: que aparezca el viruñas («El viruñas, me dijo, era un diablo que vivía en las fincas, dentro de las casas, pero no de este lado, sino detrás de las paredes. Dormía de día y se despertaba de noche»), que el padre -temía la niña- se abismara cualquier día volviendo en coche por la carretera endiablada que discurre al lado de profundísimos precipicios desde Cali, que la niña misma sienta esa contradictoria atracción fatal por saltar y al tiempo alejarse del barranco.

Pilar Quintana
Los abismos de Pilar Quintana, en suma, es una novela deliciosa que muestra el modo como una niña intenta comprender el mundo de los adultos que la rodean. Gracias a ella estos adultos contienen sus impulsos primarios, los reprimen y mantienen viva la rueda en la que sin darse cuenta giran y giran sin haberlo ellos decidido. Esto es muy claro en el caso de las mujeres, las cuales en esta narración ven cortadas de raíz sus apetencias por salir de la tradición. Es el caso de Claudia madre a quien el abuelo cerró las posibilidad de ir a la Universidad:

«A mi abuelo se le brotaron las venas de la garganta y con su voz más gruesa le dijo que lo que hacían las señoritas decentes era casarse y que cuál universidad ni Derecho ni qué ocho cuartos.»  

También hay que señalar que no todos los hombres son iguales y que Jorge, su marido, sí le permite trabajar cuando ella así lo decide. Es ella en este caso la que se niega a seguir en el comercio donde se ha contratado, por motivos que habrá que considerar leyendo la novela. 

Decir para cerrar que la novela se sitúa en un momento del pasado, concretamente los primeros años 80 del siglo pasado.

«No encontré a Natalie Wood en la recién llegada ¡Hola! En cambio, sí a la princesa Grace de Mónaco, cuya muerte en un accidente de tránsito también obsesionó a mi mamá.»

Se marca en el relato la evolución habida en las costumbres de la época de los abuelos (años 50) a estos 80; es una distancia semejante a la que separa esos años 80 de nuestro hoy, en el que se ha avanzado mucho en liberalidad y realización personal. La niña que narra la novela es trasunto de esta Pilar Quintana que hoy  (publica la novela en 2021) concibe la vida de las mujeres de manera muy diferente a la de su madre, tía y abuelas. Es una mujer realizada que no precisa perderse en adicciones diversas. Hay esperanza clara en la novela que se muestra cuando Claudia madre abandona el whisky y deja de ser una tumbada (persona que se pasa el día tumbada en la cama).

__________________
Con "Los abismos" cumplimento la letra Q del Reto 'Autores de la A a la Z', avanzo (el 1º de 3) en el de 'Serendipia recomienda' y añado un título más al Reto '25 españoles'.


14 feb 2022

El ruido de las cosas al caer. Juan Gabriel Vásquez

21 comentarios:

«Es el ruido de las cosas al caer desde la altura, un ruido interrumpido y por lo mismo eterno, un ruido que no termina nunca, que sigue sonando en mi cabeza desde esa tarde y no da señales de querer irse, que está para siempre suspendido en mi memoria, colgado en ella como una toalla de su percha.»

Juan Gabriel Vásquez, Premio Alfaguara de Novela 2011
Esta interesante novela viene a contar, individualizándolo en una sola persona, la entrada de todo un país, Colombia, en el universo del narcotráfico casi sin enterarse. De hecho los personajes de la narración se ven absorbidos por esta vorágine de una manera no traumática, con suavidad, sin aspavientos, casi sin darse cuenta. Lo que comienza siendo una leve falta o ilegalidad pasable -el menudeo de yerba- irá subiendo de gravedad según vayan apareciendo ceros a la derecha de las cifras obtenidas por lo que decididamente ya es tráfico de estupefacientes. Es entonces cuando las autoridades tomarán cartas en el asunto y los servidores como Laverde de los grandes capos irán siendo atrapados por la DEA, la Agencia antidroga norteamericana, y encerrados en las prisiones estadounidenses por el comercio ilegal.

Sinopsis 
El ruido de las cosas al caer relata la vida de un joven profesor de Derecho, Antonio Yammara, y la relación que sostiene con Ricardo Laverde, un enigmático hombre con el que conversa en un billar de Bogotá y del que se sabe poco sobre su pasado. Sin embargo, la incipiente y fría relación entre ellos dará un giro inesperado el día en que Ricardo sufra un atentado, en el cual Antonio saldrá herido.

La acción de la novela transcurre entre 1996 y 1999, si bien se produce constantemente en la narración -en especial en la última fecha- un retorno al pasado, a los años 70 y 80. Conoceremos a través de las pesquisas realizadas por  Antonio Yammara, narrador y protagonista principal de la novela, la genealogía familiar (padres y abuelos) de Ricardo Laverde, y también el mundo doméstico más cercano de este personaje enigmático (el de su mujer Elaine y su hija Maya). Es, pues, la novela, un constante y desordenado flash-back cuyas piezas Antonio precisa ordenar en su cabeza para dar adecuado sentido a su vida que se ha visto alterada a raíz de su casual encuentro con Ricardo en 1996.

Antonio es un joven profesor universitario que tiene affaires sentimentales con alumnas. Concretamente será con una de ellas, de nombre Aura, con la que formará pareja estable y tendrá una hija, Leticia. Dice de ellas que son la razón de su vida, pero sin embargo y contra todo pronóstico se arriesga a perderlas por ver de entender lo que tres años atrás le sucedió junto a Ricardo cuando éste fue balaseado y él herido.

De esto va en síntesis este relato. Un relato que se engolfa en la tradición de la narrativa colombiana moderna que inaugurara Gabriel García Márquez. De hecho hay frases que parecen tomadas de la novela "Cien años de soledad" («Mucho más tarde, recordándolos para su hija o para sí misma, Elaine tendría que aceptar [...]»), de "Crónica de una muerte anunciada" («El día de su muerte, a comienzos de 1996, Ricardo Laverde había pasado la mañana caminando por las aceras estrechas de La Candelaria, en el centro de Bogotá») y de alguna otra obra del de Aracataca que durante la lectura de "El ruido de las cosas al caer" me han hecho evocar en mi cabeza la literatura de Gabo. Pero más que el empleo de frases que se asemejan a otras empleadas con magisterio por el Nobel colombiano, la similitud mayor con éste he creído hallarla en ciertas construcciones sintácticas como son las repeticiones de frases idénticas para introducir oraciones sucesivas con -seguramente- el deliberado deseo estilístico de producir un efecto rítmico que -ahora sí que sí- recuerda la escritura del creador de Aureliano Buendía y demás personajes de Macondo. 

    • Bien lo sabía él.
    • Bien lo sabía él, que acompañó a Ricardo [...]
    • Bien lo sabía él, que estaba junto a Ricardo cuando [...]
    • Bien lo sabía él, que ayudó con sus propias manos a [...]
    • Bien lo sabía él, que vio despegar el Cessna y [...]
    • Bien lo sabía él.
    • Bien lo sabía él, que doce horas antes de llegar a [...]
De cualquier manera me parece algo excesiva la denominación que algunos críticos literarios dan a Juan Gabriel Vásquez como el nuevo García Márquez. Él mismo sin menospreciar para nada al premio Nobel colombiano de Literatura se defiende de este marbete («Repito aquí lo que ya he dicho en otra parte: ningún escritor colombiano que tenga un mínimo de ambición se atrevería a seguir por los caminos ya explorados por la obra de García Márquez; pero ningún escritor con dos dedos de frente despreciaría las puertas que esa obra nos ha abierto, las libertades que nos ha heredado.»). 

Lo que sí que realiza Vásquez en su novela es un evidente homenaje a la literatura colombiana; un homenaje que, además de las alusiones que hace al escritor nacido en Aracataca y a su obra principal, se evidencia en las directas menciones a literatos colombianos ilustres como José Asunción Silva, León de Greiff y también Aurelio Arturo, el poeta al que hace referencia en el último de los seis capítulos que forman el libro. Es especialmente el poemario "Nocturno" de José Asunción Silva, cuyos versos van entremezclándose con la audición privada que en ese mismo instante Ricardo Laverde está haciendo de una cinta de cassette, uno de los momentos centrales y esenciales en el desarrollo de la novela:

NOCTURNO III

Una noche
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de älas,

[…]

y tu sombra
fina y lángida,
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada

[…]

¡y eran una sola sombra larga!

[…]

De cualquier manera lo que sí es remarcable, y para mí una de las características principales de la literatura realizada por Juan Gabriel Vásquez, es el estilo tan personal de su prosa. Me ha encantado leer fragmentos en los que la lengua fluye y envuelve con su magia al lector:
  • «Aura, aquella mujer extraña que se acostaba conmigo en las noches y comenzaba a soltar anécdotas propias o ajenas, y al hacerlo fabricaba para mí un mundo absolutamente novedoso donde la casa de una amiga olía a dolor de cabeza, por ejemplo, o donde un dolor de cabeza podía perfectamente saber a helado de guanábana.»
  • «esos lugares, donde unos veteranos de los Cuerpos de Paz, que acababan de pasar tres años en el Cauca y en Putumayo, se habían convertido de la noche a la mañana en expertos en éter y en acetona y en ácido clorhídrico, y donde se armaban ladrillos de producto que podrían alumbrar un cuarto oscuro con su fosforescencia
Junto a esta belleza formal el novelista nacido en Bogotá en 1973, pese a los serios asuntos que toca en este relato, deja en el mismo algún que otro detalle de humor inteligente: cuando se duerme durante la proyección de una película de culto de Luis Buñuel («había un ciclo de Buñuel, esa tarde daban Simón del desierto, me dormí a los quince minutos)» e incluso en el nombre de uno de los personajes -Maya Fritts- el cual se dedica, como no podía ser de otro modo, a la apicultura. 

Con esta novela he aprendido muchas cosas  que no sabía. Por ejemplo me ha interesado sobre manera las guerras que Colombia mantuvo con Perú. A la que se alude en el relato es la que tuvo lugar en 1932 conocida como el conflicto de Leticia. Indagando sobre ella me he enterado de que la partición en países de las colonias de España en América se realizó siguiendo los límites departamentales fijados por la metrópoli. En el caso del Virreinato de Nueva Granada del que nacieron Colombia,Venezuela, Ecuador y Panamá las cosas no quedaron demasiado claras a raíz de algunas pragmáticas dictadas pocos años antes de la independencia que jamás llegaron a aplicarse. Concretamente hubo un problema aún vivo en la fijación de los límites del virreinato de Nueva Granda con el del Perú. Este problema ha provocado más de cuatro o cinco conflictos entre los dos países, uno de ellos el de Leticia.

Quizás lo más desconocido para mí fuera la existencia de los denominados Cuerpos de Paz norteamericanos, creados en 1961 por el presidente Kennedy («[La historia] comenzaba en agosto de 1969, ocho años después de que el presidente John Fitzgerald Kennedy firmara la creación de los Cuerpos de Paz»), entidad formada por jóvenes voluntarios que se desplazaban a países en desarrollo para mejorar la vida de las gentes. Elaine, la mujer de Ricardo, llegó a Colombia en 1969 formando parte de una remesa de estos chicos idealistas. Curiosamente, al estar imbuidos muchos de ellos de antiamericanismo por su oposición a Nixon y a la destructiva guerra de Vietnam en muchas ocasiones hicieron causa con los campesinos colombianos y colaboraron con ellos en la mejora de los cultivos de marihuana para que su rendimiento fuese mayor. Y lo mismo hicieron, instruyéndoles en la fabricación de la pasta de coca, cuando la droga solicitada por los narcotraficantes desde USA fue la cocaína. 

Colombia, Drogas, Violencia, Narcotraficantes
Al tiempo, en la novela abundan detalles que informan de la vida interna de Colombia. Se cita alguno de los asesinatos de políticos realizados por sicarios a órdenes de narcotraficantes como Pablo Escobar. Este capo de la droga paradójicamente era apreciado -y temido- por bastantes de sus compatriotas, muchos de los cuales trabajaban para él; en la novela nos enteramos de que era tal la inmensidad de dinero que Escobar acumuló con el tráfico de drogas que decidió crear una reserva zoológica con animales de todas las procedencias del mundo: la Hacienda Nápoles.
  • «Era la Hacienda Nápoles, el territorio mitológico de Pablo Escobar, que en otros años había sido el cuartel general de su imperio y había quedado abandonada a su suerte desde la muerte del capo en 1993.»
  • «Yo tenía catorce años esa tarde de 1984 en que Pablo Escobar mató o mandó matar a su perseguidor más ilustre, el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla»
Este ambiente general de violencia en el país se completa con las, por toda la ciudadanía, consentidas mordidas. Los funcionarios públicos se dejan comprar por unos pocos billetes. De hecho los avances que realiza Yammara en sus pesquisas indagatorias lo son a base de dejar unos cuantos pesos en manos de policías y vigilantes.

Por todo lo señalado antes, de esta novela, que fue Premio Alfaguara de Novela en 2011, se dice que es un thriller político. Nada tengo en contra de esta clasificación. Pero sí que he echado muy en falta en el relato la nula referencia a las guerrillas y grupos paramilitares que han condicionado la vida del país durante décadas. Estas guerrillas se sufragaban a través del tráfico de la droga. Mientras que el tráfico de drogas es esencial para entender lo que les ocurre a los dos personajes, sin embargo nada se dice de la implicación de capos de los narcos como Pablo Escobar, citado en la novela, en los movimientos guerrilleros. ¿Por qué hace tal cosa el novelista? Sólo se me ocurre una respuesta aceptable: que Juan Gabriel Vásquez entienda que el lector lo sabe y que por ello no hay motivo para expresarlo. Creo que tal práctica elusiva puede ser admisible en un artículo de periódico o en una revista, pero no en una novela que tiene vocación de permanencia en el tiempo. 

Como siempre que se lee literatura hispanoamericana los americanismos de la zona geográfica de procedencia del autor sazonan el escrito. En "El ruido de las cosas al caer", pues, al ser colombiano Juan Gabriel Vásquez, son los colombianismos la peculiaridad léxica destacable en la novela. Por eso, a pesar de saber de la gran diferencia léxica existente en la designación de algunos objetos entre España e Hispanoamérica, verlos vivos en el habla común de los colombianos es algo que me ha gustado por demás. He aquí algunos ejemplos: timón (volante), aventón (acercar a alguien a un lugar), bañadera (tina de baño), ruana (poncho sin mangas), trancón (embotellamiento), berma (arcén), remezón (terremoto pequeño)..., y un sinfín de vocablos más que al tiempo que provocan cierto extrañamiento durante la lectura me producen inmensa satisfacción al comprobar la vitalidad del castellano a ese lado del Atlántico. También aparecen, como es común en la mayoría de los países latinoamericanos, muchos anglicismos: algunos meramente adoptados tal cual como joint (porro), coach (entrenador) o site training (lugar de preparación para algo); y otros con adaptación a la fonética y grafía españolas como overol (mono de trabajo o de vestir) proveniente de unir en un solo término dos procedentes del inglés ('over' y 'all').  Haber impartido clases de lengua española muchos años me ha hecho disfrutar con estos detallitos de orden lingüistico.


Para finalizar
Juan Gabriel Vásquez, Editorial Alfaguara
Un autor al que he de volver del que hasta esta lectura nada había leído y que me ha gustado mucho. Una novela interesante por la forma y por los asuntos que toca, tanto los referidos a las vidas privadas de los dos personajes, Ricardo y Antonio, cuanto al marco general del país y del tiempo en que desarrollan sus vidas, paralelas en cierto modo.

Sobre el novelista simplemente añadir que tras el éxito alcanzado con El ruido de las cosas al caer en 2011, sexta novela de las publicadas hasta entonces, aparecerían otros tres títulos: Las reputaciones (2013), La forma de las ruinas (2015) y Volver la vista atrás (2020).  

Además de su faceta como novelista, Juan Gabriel Vásquez destaca por sus relatos. En 2018 vio la luz , Canciones para el incendio, su segunda colección de relatos. La primera se publicó diecisiete años antes bajo el título Los amantes de Todos los Santos.