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26 sept 2024

La noche que llegué al Café Gijón. Paco Umbral

25 comentarios:

«(No sé si hay repeticiones en mi libro, pero casi me gustaría que las hubiera, pues he querido que tenga el tono un poco mareado y giratorio de la vida en el café, aquella vida encerrada de espejos, loca de conversaciones, que considero muerta para siempre cuando leo, por los días cuando escribo esto, que el arquitecto que remodeló el Gijón después de la guerra acaba de morir).»

Francisco Umbral Memorias
Desde que el año pasado volviera a leer con infinito placer a Francisco Umbral -concretamente fue la lectura de su novela Las ninfas- me prometí a mí mismo que habría de volver a hacerlo sin tardar mucho. Y así ha sido, pues al año exacto finalizo otro libro suyo: La noche que llegué al café Gijón

Tiene siempre la literatura de Paco Umbral mucho de biografismo personal expresado con acierto en una narrativa memorialista de estilo impresionista y tono lirico que es consustancial y seña de identidad de su prosa. Es una manera de escribir peculiar que me agrada mucho porque no es frecuente en nuestra literatura. Y diré desde ya que si Las ninfas me satisfizo, La noche que llegué al café Gijón también lo ha hecho y además por partida doble: por la belleza que trasluce su escritura, primero, y, después, por el conocimiento que de la trayectoria del escritor dentro de la literatura española del momento he obtenido.

Tras haber leído la novela que fue Premio Nadal en 1975 y ese diario íntimo lleno de sinceridad y sentimiento acerca de la terrible enfermedad que se llevó a su hijo Pincho con tan sólo seis años, titulado Mortal y Rosa escrito un año antes, yo quería leer más cosas que el escritor vallisoletano nacido en Madrid en 1932 hubiera escrito por esos mismos años. Fue así como tras buscar infructuosamente El hijo de Greta Garbo (1982), otro libro de memorias en el que homenajea a su madre, llegué a La noche que llegué al café Gijón. Fue un encuentro casual como tantas veces le sucede a cualquier lector. Paseando hace unos días en Madrid por la zona de Cuatro Caminos topé con la librería 'Ábaco', una librería de compra-venta de libros usados. Pensé que quizás allí estaría ese libro sobre la madre de Umbral que era incapaz de encontrar; entré, pregunté, el amable señor que la lleva realizó varias pesquisas a través de su ordenador para concluir que no, que El hijo de Greta Garbo no aparecía por lado alguno. De pronto cuando ya me iba a marchar, parece que el buen hombre recordó algo, salió de detrás del mostrador donde se hallaba y se dirigió raudo a una pila de libros que al lado de otras nacía en el suelo del local junto a las pobladísimas estanterías, rebuscó allí y con un libro de Paco Umbral en sus manos vino hacia mí. No era el que yo buscaba, pero su título, La noche que llegué al Café Gijón, hizo que decidiese adquirirlo.

Conocía yo sobradamente el título de Umbral que por muy pocos euros adquirí en la librería Ábaco.  Durante  años, a lo largo de mi vida profesoral, había leído a mis alumnos infinidad de veces fragmentos de esta obra, textos que muchas veces servían de ejemplo de prosa literaria en los manuales de Lengua Española que usábamos en clase. Los textos allí seleccionados siempre me habían gustado, pero nunca hasta ahora había decidido leer de cabo a rabo la obra de la que estaban tomados. Pues bien, es lo que acabo de hacer y salgo de la experiencia henchido de placer y de conocimientos literarios. Es Umbral toda una enciclopedia si se quiere conocer lo que en literatura, y en Madrid, fue el siglo XX. Durante los años 50 y 60 del pasado siglo todo estaba en la capital, todo se cocía en la villa y corte, sin rey por entonces.

El Café Gijón le sirve al escritor de escenario donde ver y hablar de los distintos tipos que en España existían durante los años 50 y 60 del siglo pasado. Y no sólo de los tipos literarios, aunque sí sobre todo de estos. Por la palestra que es el Gijón desfilan de la pluma de Paco Umbral poetas, novelistas, periodistas, republicanos enmudecidos, falangistas ensoberbecidos, modelos, pintores, actores, actrices, estudiantes, progres, extranjeras, cineastas, opositores, meretrices... Todo el mundo de la literatura y sus aledaños cultos o simplemente sociales se asoman siquiera un momento al muestrario que fue el mítico café durante esas dos décadas.

Habla Umbral en La noche que llegué al café Gijón de literatura española comparándola a veces con la de otras naciones, en especial con la de la Francia finisecular (Baudelaire, Proust...); expresa sus afinidades y antipatías por unos y otros autores; va marcando las características de su propio estilo; cuenta sus escarceos en el mundo del periodismo, lo que le costó conseguir una cierta regularidad salarial...; y también habla de los enormes deseos que por entonces tenía de convertirse en escritor de verdad, o sea, hacer un libro salido de sus propias manos, con un estilo que fuera propio y distinto a lo que por entonces se hacía en España...  El libro del que habla es el que en 1965 vería la luz sobre la figura de Mariano José de Larra (Larra, anatomía de un dandy).

Todo en este libro me ha gustado, pero si algo tuviera que destacar por encima de cualquier otra cosa me detendría en la propia introspección que Francisco Umbral realiza sobre su propia manera de escribir y la concepción que tiene de la literatura. Desde el principio sabe que lo que está haciendo se sale de los estrechos cauces de los géneros literarios y periodísticos establecidos («Yo estaba haciendo el reporterismo rápido que había soñado, metiéndole a todo siquiera un par de líneas de literatura.»). Y va aprendiendo que ver en persona en el Café «a aquellos animales sagrados,  como los poetas del Gijón» no sustituía el disfrute de la lectura de sus obras:
«A veces, a días, a ratos, cuando tenía como una sensación dispersa y excesiva de estarme  perdiendo en todo aquel gacetilleo tan madriles, me quedaba en el cuarto de la pensión, envuelto en mantas o desnudo sobre la colcha leyendo a Valle Inclán, a Kierkegaard, a Sartre, a Gómez de la Serna, a Huxley, leyendo los cuatro libros de la colección Austral que transportaba conmigo de casa en casa, o los libros que iba robando por las librerías, las bibliotecas y los despachos. O aquellos delgados libros de poemas que me daban los poetas de la tertulia, y que eran los que más me gustaban, porque el poeta lírico, inédito y nonato, aún subsistía en mí»
Efectivamente en Paco Umbral siempre existió un poeta emboscado. La novela que se estaba haciendo durante esos años, la novela social-realista, le parece zafia, nada literaria, y otro tanto dice del verso que o era de tono imperial y laudatorio como el que hacía el grupo falangista de la revista Escorial o se había quedado varado en Antonio Machado que a él le parecía un buen poeta de finales del XIX pero no para esos años 50-60 en los que se centran estas memorias. Cuando él llegó por vez primera al Gijón lo hizo de la mano del poeta José Hierro, que es junto a otra serie de nombres, algunos como Manuel Álvarez Ortega o Ramón de Garciasol hoy casi olvidados, los que formaban lo que él denomina la tertulia de los poetas:
«Gerardo Diego, Ramón de Garciasol (que se llama Miguel Alonso Calvo y quizá eligió el seudónimo por razones más políticas que estéticas), Jesús Juan Garcés, Jesús Acacio, Manrique, Juan Pérez Creus, Luis López Anglada, Álvarez Ortega, Eladio Cabañero, Francisco García Pavón, Leopoldo de Luis y, a veces, Ignacio Aldecoa o Buero Vallejo. Casi todos poetas, como se ve, con pasajeras incrustaciones de prosistas o dramaturgos.»
Del resto de grupos tertulianos que el escritor frecuentaba el de los pintores se contaba entre sus favoritos. Las razones la expone de esta manera: 
«El grupo de los pintores, el mundo de los pintores era una galaxia cálida y espesa, una cosa cobijadora y olorosa, un interior lleno de colores, tierras y palabras cargadas de realidad, como objetos. Mejor que las palabras-palabras de los poetas. Yo me encontraba bien, protegido de no sé qué ni por qué, entre la hueste lenta, sobria y constante de los pintores, siempre vestidos de lana, pana, botas, siempre de uñas negras y aguarrás, siempre con lo mejor del cuadro impreso en las yemas de los dedos»
Es mucho lo que se aprende de literatura, en especial, de la literatura en España pasada por el filtro de Umbral, leyendo La noche que llegué al café Gijón. Muchas frases he subrayado durante la lectura. He aquí algunas de ellas: 
  • «Ha habido sólo unos cuantos genios -Kafka, César Vallejo, Baudelaire- de condición hospiciana que se nos han aparecido siempre desnudos, desvalidos en brazos de la literatura como sus víctimas o sus hijos más ciertos» (a propósito de Eusebio García Luengo, escritor que rehuía premios y reconocimientos)
  • «Qué diferencia entre el fin de siglo madrileño que nos presenta Baroja y el fin de siglo parisino que nos presenta Proust. El clima de Las noches del Buen Retiro es casi proustiano. Qué más da una marquesa madrileña que una marquesa parisina. La diferencia está en el escritor, claro.
    Baroja es una portera. Cuenta muchos chismes y los cuenta como una portera. Lo amontona todo de cualquier manera y lo deja ahí en bruto.
    » 
  • «Azorín también deja los libros sin hacer, pero no por desidia como Baroja, sino quizá por impotencia» (Azorín y Baroja eran dos ídolos en esos años, pero no para él)
  • «En mi interior galería juvenil lucían unos cuantos nombres como hogueras cordiales, indelebles y arbitrarias: Heráclito, Quevedo, Proust, Juan Ramón, Baudelaire, Neruda, Gómez de la Serna y pocos más. Quizá Henry Miller, recién descubierto. Quizá Valle Inclán y Larra, también muy trabajados por entonces. Con esta docena escasa de prosistas y poetas puedo decir que se ha molturado casi todo lo que he escrito.» (éste es el personal hit parade literario de Umbral).

De la última cita bien puede extraerse el porqué del lirismo en que el autor envuelve su prosa. Los escritores que idolatra o son poetas o manejan la prosa con una concisión, soltura, significación plena  y brevedad poéticas. Eso es lo que él hace y en mi opinión logra con suficiencia. Pero esto no quiere decir que Francisco Umbral imite a nadie, pues él desde el primer momento quiso labrarse un estilo propio. Cuando habla del proyecto que tiene de hacer un libro sobre Larra dice que después de haber leído cuanto había escrito sobre el articulista madrileño era momento de olvidarlo todo y ponerse a escribir («Ya sabía todo o casi todo lo que se podía saber de Larra. Ahora tenía que empezar a olvidarlo, antes de ponerme a escribir»).

Otra cosa no podrá decirse de Umbral, pero que su estilo es propio y característico es una verdad irrefutable. Y al decir estilo me refiero tanto a los asuntos cuanto a la manera de presentarlos. Sobre temas contenidos en este libro, el de la literatura ya lo he señalado suficientemente; otro muy importante en su obra, que también aquí aparece con vigor es el de la mujer, o mejor dicho, las mujeres. Francisco Umbral murió en 2007 y su exuberante personalidad creo que hoy no sería muy aceptada. Sus opiniones sobre las mujeres hay que entenderlas desde dentro del momento de su escritura (estamos en 1977 o por ahí cuando escribe esta obra y diez años antes es el momento en que transcurre la narración) y no sacarlas de su contexto y dejarlas expuestas a la fría intemperie de nuestro hoy. De todas ellas yo destaco sobre el innegable machismo contenido en algunas el preciosismo y lirismo de la escritura de otras; creo que en líneas generales prima lo segundo sobre lo primero:

  • «la inercia varonil de siglos nos ha enseñado que a la mujer había que engañarla un poco o un mucho, que la mujer es siempre un poco niña y desea ser engañada. Cuando una mujer rompe ese juego, puede sentirse muy libre, segura y emancipada, pero no es fácil que llegue a ser feliz.»
  • «La mujer, tanto española como holandesa, noruega o norteamericana (y en esto se ha cometido grave injusticia con la española, juzgándola por lo que es común a todas y se le atribuye a ella sola), la mujer, digo, necesita tiempo, sólo quiere tiempo.»
  • «Las chicas del Ateneo no eran exactamente las chicas del Café Gijón. En realidad no tenían nada que ver las chicas del Ateneo con las chicas del Café Gijón. Las chicas del Gijón eran como más ocasionales, variadas, aventureras, practicables y glamurosas. Las chicas del Gijón querían hacer versos, teatro, pintura, striptease o películas, usaban el perfume difícil y turbador de las grandes estrellas -por lo menos el perfume-, y se pasaban la noche con la gallofa del café, cenando en tabernas cercanas, como Casa Pepe, la Estrecha o el Comunista, o bien en tabernas lejanas, como Casa Maxi. Las chicas del Ateneo no olían a nada. Todo lo más olían a cultura, a pensión, a libros y a las horribles frituras del bar.»
  • «Grullas líricas, flamencos hembras, finas de piernas, quebradizas de tobillo, misteriosas de ojos, musicales de cuello, movían con una gracia profesional sus caros ropajes y se tomaban un cortadito o un pipermint con mucho enredo de meñique y un prodigioso estirar del cuello, que creaba en torno lagos como espejos para aquel cisne entrevisto.» ( a propósito de las modelos)

Del genérico 'mujeres' desciende en ocasiones y particulariza en mujeres concretas: Holanda («Holanda tenía enfermedades muy americanas, como la mononucleosis, y se había hecho operar del apéndice y del bazo, del tabique nasal y de las amígdalas»), María Jesús («María Jesús tenía los rasgos menudos y perfectos, un poco efébicos, los ojos negros y muy agudos, la boca grande, infantil y burlona. María Jesús llevaba una melena corta y fuerte, y fumaba con manos de chico. Eran todas ellas de Filosofía y Letras.»), Sandra («Sandra venía de una historia confusa. Unos la decían hija de Negrín y otros madre de un niño rubio y bello, niño que efectivamente tuvo casi en el café, y junto al que yo la vi en habitaciones modestas del paseo de las Delicias»), Elena Soriano... y muchas otras más.

Efectivamente en Umbral la mujer, las mujeres, ocupan lugar preeminente. También lo hacían dentro del Café Gijón, de manera que sin ellas el establecimiento no era lo mismo:
«Cuando se iban las modelos, las actrices o las extranjeras, cuando se iban las mujeres, el café volvía a tomar un siniestro color de hombres solos.»
Acabo ya con una breve referencia a una anécdota que siguió a la salida del libro. Parece que a Paco Umbral le persiguieran las mismas. En la reseña que hice de Las ninfas ya comenté la fijación que en el público general ha quedado del famoso "es que yo he venido a hablar de mi libro y veo, Mercedes, que aquí no se habla de mi libro". La ocurrida con La noche que llegué al Café Gijón se refiere a la corrección sintáctica que Fernando Lázaro Carreter, por entonces Catedrático de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid, le hiciera.  El sillón R de la Real Academia Española, cuando en 1977 el libro llegó a las librerías, apostilló que el título debiera de haber sido 'La noche en que llegué al Café Gijón' y no el que el autor había puesto. Creo que Umbral no respondió al lingüista, prefirió el silencio, convencido seguramente de la pertinencia del aviso. Recordar este hecho me ha hecho sonreír cuando leí lo furibundo que Francisco Umbral se pone con Azorín y con Baroja a propósito de la para él mala sintaxis de ambos:
  • «En Las confesiones de un pequeño filósofo Azorín dice "pero, sin embargo". Y eso que su fuerte parecía ser la gramática»
  •  «una señorita le dice a su cortejador en la novela (Las noches del Buen Retiro): "saldrían ustedes ganando dejando dirigirse por nosotras". Esos dos gerundios seguidos y toda la estructura de la frase son como anteriores creaciones del castellano, Baroja no había accedido aún a la sintaxis, cuando se murió.»
La noche que llegué al Café Gijón, Umbral y el memorialismo
Se confirma el dicho español de 'consejos vendo, que para mí no tengo'. Bueno, nada nuevo bajo el sol al respecto. A todos nos ha sucedido y en más de una ocasión. Pese a esta levísima pega que Lázaro Carreter puso a la sintaxis del título, el catedrático y académico alabó el contenido y la expresión profundamente lírica de la obra. Frente a la otra anécdota, la del programa de Mercedes Milá, parece que ésta no menoscabó para nada la enorme figura del escritor. De todas maneras ya el propio Paco Umbral en La noche que llegué al Café Gijón recordando los panegíricos dedicados a Gómez de la Serna en su fallecimiento escribe anticipándose en cierto modo a lo que le sucedería bastantes años más tarde a él mismo: 
 «Comprendí lo que ya sabía: que en este país te colocan tres adjetivos y dos frases y ya nadie varía eso en cincuenta o cien años de vida literaria

Para finalizar
Todo lo comentado hasta aquí y mucho más que dejo en el tintero llena las páginas de esta magnífica obra literaria, unas memorias próximas y tempranas escritas por el escritor en 1976, el año en que una incipiente democracia comenzaba a nacer en España. El tiempo de escritura se vislumbra en las alusiones que se hace a las votaciones que se celebrarían o quizá ya se habían celebrado por la reforma constitucional que se estaba cociendo mientras el autor escribía el libro.

El Francisco Umbral ensayista, el hombre reflexivo, también aparece en la obra. Concretamente los juicios que emite sobre la vejez son duros y espeluznantes por la absoluta verdad que encierran. E igual sucede cuando leemos desde su hoy las cavilaciones que realiza sobre su propio quehacer literario.
  • «esta corta vida se remata con quince o veinte años de ser uno el fantasma sarmentoso de sí mismo. [...] El hombre se va volviendo del revés a lo largo de su vida. [...] El hombre no se transforma con el tiempo, sino que permanece uno mismo por dentro, y el chico luciente de los diecisiete años se siente de pronto paralizado, torpe y roto en un cuerpo de viejo.» (estamos ante un Quevedo redivivo)
  • «En José García Nieto admiraba yo la perfección incorregible de los versos, la pulcritud que vagaba por toda su vida y toda su obra, la facilidad para escribir -que es cosa que yo, teniéndola, siempre he admirado mucho- y la fe con que llevaba su bigote. [...] Por algo había ido yo a caer en una tertulia de poetas. La novela me parecía y me sigue pareciendo un compromiso burgués. Del truco de la intriga se ha pasado al truco de la técnica. Como ya no hay historias maravillosas que contar, se sorprende al lector mediante las maravillas de la técnica [...] Yo más que hacer hacer novelas, quería deshacerlas, experimentar. De momento escribía aquellos cuentos sin principio ni fin, muchas veces, muy dialogados o macizos de prosa, donde el poeta que me daba vergüenza ser se disfrazaba de narrador.»

21 sept 2023

Francisco Umbral: "Las ninfas", premio Nadal.

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«El río y la acequia tenían un agua terrosa, sucia, marrón, embarrada, y esto contribuía a la sensación de Ganges purificador…Porque la otra purificación, la de la iglesia y la confesión, ya había descubierto yo que era también más física que espiritual... En las aguas oscuras de la iglesia había que bañarse con unas cuantas viejas que habían ido a confesarse, mientras en las aguas de la acequia se bañaba uno solo, rodeado de mujeres tersas e imaginarias, esas mujeres únicas que entrevé uno ya sin deseo, y que son las más frescas y puras»

Premio Nadal 1975, Las ninfas, Francisco Umbral
Entre los varios Retos literarios a los que me he apuntado a lo largo de la existencia de El blog de Juan Carlos había -o hay, no lo sé con certeza- uno que consiste en leer unos cuantos libros de esos que llevan aparcados en nuestra biblioteca un largo número de años. Las ninfas de Francisco Umbral era, sin duda alguna en mi caso, uno de ellos. No lo tenía en mi residencia habitual, sino en otra a la que acudo con frecuencia. Siempre parecía que, debidamente alineado junto a otros de igual suerte, me miraba desde su posición vertical, e igualmente yo, sin oírme ni el cuello de  mi camisa, me decía eso tan frecuente en los lectores de "a ver si un día de estos lo leo". Y por fin ese día llegó. El acicate para sacarlo de su encierro no ha sido otro que el Reto de Serendipia recomienda, un reto que me encanta realizar y que consiste en elegir unas lecturas de entre las que otros lectores por alguna razón han destacado. De las tres que hay que hacer para superarlo una de las elegidas por mí este año ha sido la de esta novela de Francisco Umbral señalada por Mar, del blog Leyendo con Mar.
 
No sé qué adjetivo ponderativo elegir para transmitir la satisfacción que su lectura me ha producido. Quizás el mejor, aunque suene algo cursi o relamido, sea el de 'preciosa'. Sí, me quedo con él. Su lectura ha sido más que satisfactoria para mí, me ha producido inmenso placer entrar en la prosa cargada de lirismo de este enorme escritor que por culpa de la estúpida simplificación que adorna nuestra época se le tiene ubicado dentro de una localidad titulada 'es que yo he venido a hablar de mi libro y veo, Mercedes, que aquí no se habla de mi libro', frase que comunicadores que poco o nada han leído de Umbral, repiten hasta el aburrimiento. Y la gente ríe, pero la gente, quizás por esto, no acude a su rica literatura, a los buenos libros de este magnífico escritor castellano que yo he disfrutado mucho. El lirismo contenido en Las ninfas me ha retrotraído al existente en otra de sus novelas memorialistas, quizás la mejor y más sentida de todas ellas, el diario escrito durante la mortal  enfermedad padecida por su hijo PinchoMortal y rosa, aparecida en 1975, un año antes de la que acabo de leer [en la reseña que hace unos años hice de La hora violeta de Sergio del Molino hablé del mágico lirismo contenido en Mortal y rosa].

Las ninfas es, como digo, una novela lírica, una novela memorialista en la que el autor relata su adolescencia en una ciudad de provincias que no es otra que el Valladolid de donde era su madre, si bien ella se desplazó a Madrid -según algunos biógrafos- para dar a luz y así evitar habladurías, ya que era madre soltera. Pero se puede decir sin temor a decir mentira que Francisco Umbral es vallisoletano, pues su nacimiento madrileño fue algo meramente accidental. En biografías escritas sobre el escritor se desvela el nombre del padre, Alejandro Urrutia, un abogado cordobés padre del poeta Leopoldo de Luis; también el de la madre, Ana María Pérez Martínez, secretaria de éste. De lo sucedido a su madre, de la reacción de la familia ante la preñez sobrevenida, de qué hacer para evitar murmuraciones, en Las ninfas nada se dice; es otra novela anterior (Los males sagrados, 1973) la que se centra en ese momento y primerísima niñez del escritor.

Es Las ninfas una novela perteneciente a la serie Francesillo (alter ego de Umbral), grupo de ocho novelas en las que el autor ficcionaliza su propia biografía. De las ocho yo había leído antes de Las ninfas y ya hace tiempo dos: Los helechos arborescentes (1980) y Leyenda del César visionario (1991); guardo más recuerdos de la segunda, en la que el autor pone su mirada en las contradicciones de los intelectuales falangistas respecto al general Franco, que de la primera, más centrada en las vivencias duplicadas y algo irracionales de un niño durante la guerra civil; pero la sensación que me devuelve mi memoria es la de también plena satisfacción y disfrute con la prosa desplegada en ellas. 

En la novela que nos ocupa el adolescente narrador siente la llegada del ardor y la llamada y/o necesidad de mujer para aplacarlo. El chico, antes de descubrirlas a ellas, inalcanzables, misteriosas, mágicas y sensuales ninfas, se apaña consigo mismo anticipando en él los futuros placeres que encontrará en ellas
  • «La insinuación, el deseo, la progresión erótica, el hastío, la depresión, todo eso lo vive el adolescente en su cuerpo, como reflejo que le viene del futuro, de lo que luego va a sentir con las mujeres»
  • «Los poetas hablan de crisálida, cuando se refieren a la adolescencia. Yo prefiero hablar de retrete.»
El descubrimiento de las ninfas lo realizará Francesillo en la plaza de San Miguel, donde corren chicos y chicas, cuando, jugando a las prendas, María Antonieta, la hija de la pescadera, cumple el mandado  de besar al chico que le guste acercándose a él para besarlo en la frente. Desde ese momento el futuro entrevisto en su solitario erotismo se hace patente. Junto a su amigo Miguel San Julián, que va para obrero manual y que es pareja de Jesusita la vinatera, explorarán el amor, se divertirán con ellas, se enamorarán de ellas. La otra ninfa es Tati, tenida por la chica más fácil de la plazuela; el otro amigo es Cristo-Teodorito, niño muy religioso con el que Francisco conoce la Congregación, donde los frailes tenían un espacio para que los adolescentes jugasen a los juegos que había en la ciudad pero sin los peligros que los acompañaban (apuestas y otros riesgos). En esta congregación está el padre Tagoro que dirige unos Ejercicios Espirituales a los que Cristo-Teodorito intenta atraer a su amigo al verlo perdido en las redes de la sensual pescaderita. Pero Cristo-Teodorito también es humano y se siente muy atraído por Tati, la ninfa más sensual de las tres. Francisco se da cuenta de que no hay seguridades ni valores seguros en este mundo, que todo es mudable, que la religión no aísla de nada ni protege de nada.
«Tati era otra devoradora de hombres -como mi María Antonieta, como Jesusita, las tres ninfas malas del barrio-, y Cristo-Teodorito lo sabía. Tati se había enamorado o se había encaprichado de Cristo-Teodorito como María Antonieta de mí, como Jesuita de Miguel San Julián.»
Su adolescencia, como se ve, gira en torno a la búsqueda de la mujer, al deseo de estar con ellas, de hacerles el amor. Pero en Paco hay otra muy fuerte atracción, que es la que siente hacia la literatura. Desde siempre, en especial desde que la tisis lo alejara por un tiempo de su amigo Miguel San Julián, la literatura (su lectura y escritura) lo tienen cautivo. A esta captación ha contribuido muy mucho uno de los primos con los que vive en esa «habitación azul» que es la España de sus años adolescentes
«Nuestras almas nadaban como barbos líricos en las aguas azules y mediocres de la habitación, porque al otro extremo de la misma, junto a la ventana enrejada, estaba mi primo, alguno de mis primos, con su laúd, sus versos, su bigote temprano y sus amores, haciendo música, haciendo poesía, haciendo romanticismo, sentimentalismo, erotismo blanco y sonetos malos»
Y fuera de la casa, en el barrio, en la ciudad, su introductor al mundo literario es el poeta de su misma edad, Darío Álvarez Alonso, a quien él tiene en un pedestal cuando le escucha recitar versos en el Círculo Académico a donde lo lleva. Como espíritu en formación, en esos recitales Francisco no sabe si lo que oye, los versos que los rapsodas declaman son buenos o son malos («"Tanta soledad me inclina a abandonarme en el viento"... ¿Era aquello bueno o malo? Todavía hoy no lo sé»). Qué enorme sinceridad hay en esta frase.

Valladolid,poesía
Entre estas dos aguas, María Antonieta y la Literatura, navega el alma y el cuerpo del adolescente. Ella le atrae mucho, pero ve que quedarse con ella equivale a convertirse en mero contable del negocio de la pescadería, actividad que lo alejará de su verdadero amor que no es otro que la Literatura. Una literatura que a nivel provinciano representa Darío Álvarez Alonso a quien él tiene en muy alta consideración y estima. Pero no existen tales alturas inaccesibles, todos somos humanos, incluso el amigo hacedor de versos a quien un día se encuentra en la carbonería a donde sus padres lo han enviado, igual que le sucede a él, a buscar «cisco picón de encina para alimentar el brasero». El divino, el ejemplo literario al que él quiere emular, se viene abajo igual que la ninfa María Antonieta se cae de su hornacina cuando le propone una relación más estable, con una proyección de futuro nada sublime.

Francisco conoce los entresijos literarios de la mano de Álvarez Alonso quien lo acerca al periódico donde Darío escribe alguna vez, aunque nunca le paguen. Los talleres, la maquinaria, el olor de la tinta, todo lo enamora y despierta en él una vertiente de su insobornable vocación literaria, el periodismo. También con Darío acude al café cantante donde actúa Carmencita María, y donde toca el violín Empédocles, un viejo bujarrón que hace sus intentos con Francesillo. Empédocles toca al violín piezas de Mozart o Beethoven y al ser preguntado por si con el stradivarius que dice tener en casa toca a Chopin responde que «Chopin es una máquina de coser», frase que al narrador le maravilla aunque no llega a comprender del todo su alcance.

En este limbo provinciano de amor a las mujeres y a la literatura vive Francisco, el narrador y autor de este libro. Podría haberse eternizado en esa situación común a muchos seres humanos. Pero hay factores, sucesos que propiciarán su evolución. En el terreno de los misterios femeninos descubrir un día a dos devoradoras de hombres (Tati y María Antonieta) devorándose mutuamente; en el de la literatura la pérdida de la sublimidad que creía haber encontrado en su faro literario, el poeta Darío Álvarez Alonso, y no sólo por el caso de la carbonería sino por otras cuestiones que no es el caso desvelar aquí. También en su toma de decisión los consejos desinteresados de unos y de otros (de Carmencita María, de Empédocles, de la misma María Antonieta) tendrán peso definitivo.

Para finalizar
Auténtica novela de iniciación que marca el final de la adolescencia, con sus anclajes familiares, y la entrada en la edad adulta, con la ruptura de estos amarres y la toma de decisiones personales. La principal de ellas es la de triunfar en la literatura. Cuando finaliza la narración el narrador aún no ha triunfado pero ya se deja ver que gracias a las experiencias vividas y a los consejos recibidos por parte de unos y de otros los cimientos del éxito ya están echados. La novela, que se abre bajo el epígrafe de Baudelaire «Hay que ser sublime sin interrupción», cierra con la confirmación de dicho lema al verlo plasmado, en su carencia, en las carnes de su amigo Álvarez Alonso
«Tampoco la cultura era verdad. La cultura podía ser el trámite hacia una pescadería. El propio Darío me había descubierto recientemente, por fin, las palabras de Baudelaire: Hay que ser sublime sin interrupción.»
___________________
Nota
Esta novela de Francisco Umbral, ganadora del Premio Nadal 1975 fue publicada el año siguiente. Al haber aparecido, pues, antes de 1980 la incluyo dentro de los clásicos que he leído dentro del Reto Nos gustan los clásicos.
Asimismo Las ninfas viene a engrosar el cupo de los libros escritos en español (Reto 25 españoles).

9 may 2018

Sergio del Molino. "La hora violeta". Literatura testimonial.

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"A la hora violeta, cuando los ojos y la espalda
se alzan del escritorio, cuando el motor humano espera
como un taxímetro espera palpitando,
yo, Tiresias, aunque ciego, palpitando entre dos vidas,
viejo con arrugados senos de mujer, puedo ver
a la hora violeta, esa hora del atardecer que nos empuja
hacia el hogar y envía del mar a casa al marinero" 
["Tierra baldía" del poeta estadounidense T. S. Eliot (San Luis, Misuri; 26 de septiembre de 1888 - Londres; 4 de enero de 1965)

"La hora violeta", novela testimonial, literatura del dolor, duelo, enfermedad

La hora violeta
En una de las últimas secuencias de la cuarta parte de la obra titulada igual que todo el volumen, "La hora violeta", el propio autor del relato testimonial que me propongo reseñar confiesa que la razón por la que puso este título al volumen está en los versos de Eliot con que encabezo el post. Sergio del Molino en esas páginas, entre otras cosas, dice al respecto:
"La hora violeta es un taxi que espera en marcha en la parada, con el motor encendido. La hora violeta, en realidad, no existe más que como lugar de paso, como transición molesta y necesaria. Nadie vive en la hora violeta: la gente huye de ella hacia la vida real, hacia la vida normal." (pág. 186)
El significado concreto de lo que para él es esa hora violeta lo conoceremos en su más amplio sentido  leyendo este relato en el que Del Molino da testimonio de la terrible enfermedad (leucemia mieloide, la más agresiva) que le descubrieron a su hijo Pablo con apenas diez meses, y lo que supuso para el propio niño y para sus padres, Sergio y Cris, sobrellevarla. En definitiva esa hora violeta no fue otra cosa que ese tiempo esperanzado -sí y no, algo más de un año- que los tres miembros de este grupo familiar vivieron luchando y expectantes. La hora violeta, ese lugar de paso, está formado por todo lo que constituye la estructura sanitaria con sus profesionales pero también por los que constituyen el soporte afectivo, tan importante siempre: los familiares, los amigos, los compañeros de planta hospitalaria, etc.

Su autor
Sergio del Molino Molina (Madrid, 16 de agosto de 1979) es un escritor y periodista español. Literariamente, aunque algo antes ya había escrito algunas otras obras ("Malas influencias", libro de relatos; "Soldados en el jardín de la paz", ensayo de corte periodístico; o "No habrá más enemigo", en 2012, su primera novela) se dio a conocer al gran público con "La hora violeta"  en 2013. Desde el principio esta narración tuvo una enorme repercusión obteniendo ese mismo año el Premio Ojo Crítico  así como ganando el XXXV Premio Tigre Juan ex aequo con la novelista Marta Sanz.

En 2016 su ensayo "La España vacía" supuso un aldabonazo al escudriñar en él las raíces del desequilibrio campo-ciudad y la afectación que el mismo tiene sobre la España actual. En el terreno narrativo en 2017 vio la luz "La mirada de los peces", novela que trata sobre la vida y muerte de Antonio Aramayona, quien fuera profesor suyo de filosofía.

La principal dedicación profesional de Sergio del Molino es la de articulista y periodista. Habitualmente publica artículos y reportajes en "El Heraldo de Aragón" de la ciudad de Zaragoza donde reside y en diario "El País" de Madrid.

Una novela del dolor
Lo primero que viene a la cabeza de quien lee esta obra es el género literario al que pertenece. Para movernos con cierta sensación de seguridad los lectores siempre queremos encasillar, clasificar, al producto o al creador dentro de una categoría. Este deseo es comprensible pero no siempre factible, y cuando hay mucha calidad la dificultad aumenta. En el caso de la novela que nos ocupa el testimonio narrativo alterna y se confunde con la reflexión personal, la cual se escapa casi como sin querer hacia terrenos más puramente poéticos.

El crítico literario Ricardo Senabre (⍏2015) la clasificó dentro de lo que él llamaba "literatura del dolor". Sí, podría valer. Pero yo creo que no es del todo correcta la mera inclusión ahí porque en "La hora violeta" Sergio del Molino no sólo lanza un grito de dolor por lo injusto de lo acaecido a su hijo: al tiempo que muestra su congoja, también transmite una sensación de paz, no porque acepte tal injusticia sino porque reconoce que como seres humanos todos -su hijo, él, su pareja, los médicos, las enfermeras, los familiares, los amigos...- hicieron lo humanamente posible por evitar lo inevitable. Y eso da paz aunque no evite el dolor de la pena, esa inmensa pena en la que como confiesa al final aún está instalado:
"Tras esta hora violeta no me espera ningún baile. No quiero ir a ningún lugar en el que no estés tú. Mi pena hace las veces de tu cuerpo. Mi pena te invoca y te reconoce.
Yo soy mi pena y mi pena eres tú" (pág. 191)
Literatura de altísimo nivel
Al acabar de leer este libro testimonial la sensación principal que he tenido es la de haber asistido a una manifestación literaria de gran altura. Aunque estemos ante una obra de no-ficción eso no quiere decir que no sea "La hora violeta" literatura de muchos quilates. Lo es en muchos aspectos y no sólo en los formales.

Temáticamente aún siendo el principal asunto tratado el de la terrible enfermedad de su hijo Pablo y la lucha sin cuartel contra ella, el escritor no se limita sólo a ella sino que a su través salta a otros:
  • La sanidad española representada en las doctoras y personal sanitaria que con inmensa altura profesional y también afectiva atendieron a Pablo. 
    "La hora violeta", Sergio del Molino, novela testimonial, No-ficción
  • La solidaridad más pura representada en la Fundación Josep Carreras, por la que de una donante de otro país le cupo a Pablo albergar cierta esperanza;
  • La esperanza y la ayuda desinteresada entre los habitantes del ala hospitalaria de Oncología infantil: los padres, los chicos mayores a los pequeños y a sus padres muchas más asustados los segundos que los primeros, las enfermeras y su conexión y buen hacer con los niños enfermos, etc.
  • Los distintos tipos de colaboradores hospitalarios. Del Molino distingue entre 'provincianos' y 'extranjeros'. Los primeros no rehúyen, como si no existiera, la enfermedad; los segundos, los 'extranjeros' son principalmente religiosos -sobre todo evangélicos- y no saben integrar las bombas, las jeringas... Hacen como que no las ven. Su finalidad es lograr adeptos a su causa, no ayudar.
Naturalmente es el plano formal lo que en esta novela resalta por encima de todo lo demás. Yo destacaría:
  • La descripción y caracterización de algunos de los personajes:
    • Eva, una chica de quince años "que lleva un pañuelo en la cabeza y no soporta el aislamiento. Quiere salir con sus amigos, ligar con chicos, ir a clase, maquillarse, beber cerveza y sentir el cierzo alborotar un pelo que no tiene" (pág. 41)
    • Cris, la madre de Pablo: "Es nuestra guardiana. Al custodiar a Pablo me custodia a mí también. Es el fuego de mi lar. Sin ella, Pablo y yo habríamos sucumbido hace tiempo al frío. Ambos estaríamos podridos y devorados por los buitres" (pág. 104)
  • La utilización de la literatura  como recurso formal
    • Metáforas, para ayudarse en la lucha directa contra la enfermedad, no para engañarse. Al respecto echa mano de Susan Sontag que ya en 1978 dijo que "la enfermedad está llena de metáforas y que el mejor modo de permanecer sano en ella es ignorándolas o destruyéndolas" (pág. 33). Pero al tiempo -reconoce el escritor- sólo la literatura, sus metáforas, pueden explicar lo inefable que tiene el sufrimiento provocado por el cáncer: "Las metáforas, una vez más, nos salvan, aunque no nos engañan. Nos ayudan a adoptar una pose menos miserable, pero no nos resguardan del dolor ni nos acorazan contra la realidad que, impasible, avanza desnuda, sin tropos literarios" (pág. 77).
    • Referencias a autores y títulos porque el escritor, no puede remediarlo, vive en literatura, todo lo que vive lo filtra a través de sus lecturas, de aquellos autores que directa o indirectamente tocaron el tema del horror de la enfermedad como Thomas Mann en "La montaña mágica" ("Esta novela contamina mis primeros días en el hospital. Me siento como Hans Castorp. Todos los libros que llevo a la habitación parecen titularse 'Ocean Steamships' y están cubiertos por una carbonilla de ferrocarril", pag. 35), Edgar Allan Poe en sus cuentos de terror ("como personajes de Poe, catalépticos", dice para describir el estado de los enfermos tras ser tratados con quimioterapia) o, claro, Primo Levi, el autor de 'Si esto es un hombre', cuando quiere hacer un símil de los estragos ocasionados por la enfermedad con esos testimonios de Levi sobre lo ocurrido en los campos nazis. Hay muchos otros autores (Cortázar, Juan Marsé, Francisco Casavella, etc.) así como personajes o libros referenciados (el Pijoaparte de Marsé, el Gran Watusi de Casavella, la Maga de Cortázar, etc.) que le sirven para metaforizar y realizar símiles que le permitan sobrevivir a experiencia tan dura.
    • "Mortal y Rosa" de Francisco Umbral. Lugar aparte y bien diferenciado merece esta
      Ensayo, memorias, crónica, pena, dolor, duelo, enfermedadobra que el escritor vallisoletano escribiera en 1975 describiendo el duelo ante la muerte de su hijo Pincho que enfermó de leucemia a los cinco años de edad. Sergio del Molino  confiesa que su vocación literaria nació con la lectura de este libro de Umbral ("Yo quería ser un escritor como Umbral. Quería mancharme y herirme de muerte en la Literatura, sin importar si la máscara pública tenía un correlato con los libros", pág. 175). Es cierto, conociendo ambos libros, que el género híbrido de novela, ensayo, prosa poética. memorias... que es "La hora violeta" debe mucho a "Mortal y Rosa".

  • La música es otro de los elementos que conforman este relato. Sergio del Molino la utiliza en un doble sentido:
    • terapéuticamente para poder él mismo aguantar y seguir en la brecha luchando junto a su mujer y su hijo.
    • y también como manera de explicar más plásticamente aquello que nos quiere hacer llegar. Sus referencias musicales al respecto son las del rock porque sus orígenes familiares son los que son ("Qué más quisiera yo que haber crecido en una casa con abono familiar para el Auditorio Nacional", pág. 111); por ello escucha a Leño, a Rory Gallagher, a los Rolling Stones, a Johnny Cash...


Enorme emotividad. Envolviéndolo todo, convirtiendo este libro en una joyita, esta la Poesía. Sí, una poesía con mayúscula que emociona cuando la percibimos en frases sueltas ("...y siento la pesadez de la tarde"  ) y sobre todo en aquello que trasciende de la lectura de esta obra en la que el novelista se desnuda ante el lector, se muestra en su más límpida intimidad, se muestra tal cual es
"Una y otra vez ciclo tras ciclo, bolsa tras bolsa, centilitro tras centilitro. Y todo para nada. Toda esa mierda que puede fulminar al más robusto de los seres humanos en pocas horas, no es capaz de detener la puta leucemia" (pág. 85)
La poesía subyacente en el relato actúa sobre la emotividad del lector que en no pocas secuencias llega a estar al borde de las lágrimas. Pero no es  una emoción melodramática, falseada, como la que deriva de un culebrón o de una mala novela del corazón. No, aquí hay realidad y sinceridad pura y dura. La obra nos coloca directamente frente a la dureza de la vida. Si a esto añadimos que quien sufre es el propio hijo de quien la escribe, sabemos que no cabe fingimiento alguno. Muchas secuencias me han emocionado profundamente, pero si hubiera de elegir una como ejemplo elegiría aquella en la que el periodista Sergio del Molino recuerda cómo durante unas Navidades de bastantes años antes a lo que  el jefe de su periódico le encargó un reportaje sobre una niña con leucemia cuyo caso había llegado a los medios porque su madre había hecho a través de televisiones y periódicos un llamamiento público para que alguien le donase médula, único remedio posible a la enfermedad de la niña de cinco años. En la despedida el novelista por animarla le dice:
"Bueno, seguro que todo sale bien, ya verás. Y ella, sin acritud ninguna, concluyó: No, nada se va a solucionar. No hay ninguna solución. Lo pronunció con naturalidad, sin emoción aparente, sin ni siquiera traslucir un destello de resignación dolorosa" (pág. 102)
Para finalizar
De esta novela se desprende un mensaje esencial: la necesidad de diferenciar lo urgente de lo importante. Es la enseñanza que su autor extrae de la terrible enfermedad y de la pena y duelo subsiguientes:
"Prohibido ensimismarse en lo importante. Hay que atender lo urgente". (pág.126)
Y lo urgente es la tarea, el día a día, el camino, el "Keep on moving"; lo importante es lo trascendente, tarea propia de filósofos y poetas que buscan certezas absolutas. Los seres humanos nos debemos a la contingencia diaria, al día a día, a lo que toca hacer... Y cuando llega la enfermedad no cabe instalarse en las certezas, hay que moverse y luchar aunque como la madre de la niña de cinco años en el fondo sepamos que "nada se va a solucionar. No hay ninguna solución". No debemos dejar que lo importante nos paralice, hay que pelear siempre.


Datos del libro
Autor: SERGIO del MOLINO
Título: “La hora violeta”
Nº de páginas: 208 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: Mondadori. Edición: 001 (21 de marzo de 2013)
Lengua: CASTELLANO
ISBN-13: 978-8439727132
Precio:
En papel: 16,50€
Ebook: 6,64€

17 sept 2015

"Cabo Trafalgar" de Arturo Pérez Reverte

6 comentarios:
Y esta es la otra novela que he leído sobre la batalla de Trafalgar. Con ésta ya son dos los relatos bélicos que incorporo a este septiembre guerrero promovido por Laky desde su blog "Libros que hay que leer"

Arturo Pérez Reverte, Juan Vallejo, Batalla de Trafalgar

... en conclusión
Creo que lo mejor será decirlo desde el principio y no dejar para el final lo que ya muchos de vosotros (Alguien, Francisco Moroz, Rosa Berrós, etc.) sabíais -y yo intuía- desde hace ya tiempo: Es muchísimo mejor el episodio nacional galdosiano, "Trafalgar", que este encargo (-¡se nota una barbaridad que es obra de encargo por la falta de fe y alegría en lo que cuenta que muestra Pérez Reverte!-) que en 2005 apareció en la editorial Alfaguara.

Comentario ordenado debidamente
He leído Cabo Trafalgar tras finalizar "Trafalgar", primer episodio de la Primera Serie de los "Episodios Nacionales" de Galdós. Mi idea era comparar dos relatos sobre un mismo hecho. Del relato de don Benito ya dejé constancia hace pocos días en este blog (ver reseña aquí); sólo me resta ahora decir algo respecto al de Arturo Pérez Reverte.

La obra de Reverte la he leído con facilidad aunque no con excesiva satisfacción por dos razones: 
La primera es el exceso de datos, de listas de nombres de marineros, de oficios según la distinta dotación de los navíos de 64, 74 o 112 cañones, de documentación cierta y conocimiento marinero que el autor demuestra; y es que no en balde la navegación es tras la escritura una pasión para el novelista. Pero tal prolijidad y exceso informativo hacen que el texto se me haya hecho tedioso por momentos.
La segunda es el registro utilizado por  el autor en las conversaciones y pensamientos de los personajes sobre los que reposa la novela: un registro actual tomado del utilizado por hablantes de nivel medio-bajo del Cádiz contemporáneo. Junto a este registro informal, destaca –y para bien- la terminología propia del mundo marinero y adecuada a los navíos que combatieron en Trafalgar.

Asunto
El 21 de octubre de 1805 a las dos de la tarde las escuadras hispano-francesa y la inglesa comandadas por Villeneuve y Nelson respectivamente se enfrentaron frente a las costas de Cádiz a la altura de Cabo Trafalgar. La contienda se decantó del lado inglés y marcó, como ya dije en la reseña sobre la novela de Galdós, el final definitivo del dominio español de los mares y el comienzo del inglés.

Tiempo y Lugar: 
El lugar ya queda dicho. El tiempo externo también; pero dado el carácter histórico del relato merece fijarse un tanto en él: Época del final del reinado de Carlos IV y del gobierno del desastroso Godoy que embarcó a España en los ominosos Pactos de Familia con el buen propósito de evitar la invasión de España por Napoleón, algo que a la postre no se evitaría.
La duración de la acción es de 3 horas y media aproximadamente, el tiempo que podría tardarse en leer la novela.
            
 Personajes
Salvo los referidos al buque Antilla desde el que se relata todo el combate y que es pura invención del autor, los nombres de los barcos y de los personajes que los gobiernan y desde los que se combate son rigurosamente históricos: Gravina, Churruca, Valdés… 
Los buques Santísima Trinidad, Bucentaire, Intrepide, Neptuno, Formidable, Monarca, San Juan Nepomuceno, San Justo… sufrieron duro castigo por la ineptitud del comandante supremo de la flota aliada, el Comandante Villeneuve que, cobarde, ordenó maniobras erráticas de la flota amén de salir en descubierta fuera del puerto de Cádiz, lo que supuso ofrecer al enemigo facilidades inmensas para que se cebara con todas sus fuerzas en una potente flota que, más que eso, parecía pandilla de delincuentes en guerrilla.

De los personajes ficticios destacan Carlos de la Rocha, comandante del Antilla; Nicolás Marrajo, pícaro gaditano reclutado contra su voluntad en la taberna “La Gitanilla de Cai” (?); del teniente Ricardo Maqua que rendirá la nave a los ingleses; Guardiamarina Falcó, Grandall; piloto Oriqueta… Y tantos otros que como si de uno de los navíos reales se tratara se parten el cobre por algo que sin saberlo en conciencia cabe traducir por la Patria, la Nación, la Independencia…, aún sin ser conscientes de que los gobernantes lo hacen sin consideración por cada uno de estos hombres que pierde la vida por no saben qué en una lucha que tampoco entienden por qué se ha originado.

Estilo
Umbral vs Pérez-Reverte, polémica estilo-asunto, forma y fondoEl mismo Pérez Reverte se ponía la venda antes de la herida cuando en 2005 al poco de salir el relato a la luz y de recibir el mismo alguna crítica poco amable, decía, como si eso sirviera de disculpa, que había hecho la novela por encargo. En mi opinión tal cosa no es disculpa alguna pues los encargos se aceptan o no, y además, buen número de obras de arte han salido de encargos similares. Ya he dicho que el discurso utilizado por narrador y personajes en el relato ha hecho chirriar las cuadernas de este lector porque por muy libre que un narrador sea a la hora de dotar de verbo a sus seres de ficción hay una norma aceptada por todos que es la verosimilitud. ¿Es verosímil que los personajes empleen el lenguaje barriobajero de algunos jóvenes de hoy día? ¿No es llevar el anacronismo, consustancial a los relatos históricos, hasta el extremo? (hay que recordar que en ocasiones el narrador alude a hechos, personas [Rocío Jurado, por ejemplo], creaciones culturales [La Traviata, por ejemplo], etc. que aún no han aparecido en la época). He aquí un ejemplo de desatinado anacronismo:
Y luego pa vengar a su compadre que a estas horas hace compañía a los peces va a tener que calzarse a su novia, la Maripepa, para consolarla, un compadre es un compadre. (p. 233)
Este asunto del estilo  dio lugar en su momento a una polémica entre dos académicos, Umbral (fallecido el año 2007) y el autor mismo. La diatriba suscitó una furibunda reacción de Pérez Reverte por la alusión de Umbral hacia su falta de estilo como novelista. Y lo más gordo fue que la reacción no quedó en las lindes de lo literario sino que, como suele ocurrir en la vida real, llegó a atacar el centro mismo de la vida personal de los creadores, al menos eso es lo que Pérez Reverte hizo. La cosa fue dura, de las más duras que se recuerdan por estos pagos. Sin embargo como en el estrambote cervantino, tras mostrarse gallitos ambos, uno de ellos "fuese y no hubo nada", y eso, a pesar de que la cosa -¡literariamente hablando!- era interesante: el proverbial enfrentamiento entre fondo y forma, entre asunto y estilo. [para los que quieran conocer más de esta polémica dejo este enlace].

¿Conocíais esta polémica? ¿Sabéis de otras polémicas actuales semejantes?